La Cisma De Ingalaterra
Gran Comedia
Personas que hablan en ella:
- El rey Enrique VIII.
- El cardenal Volseo.
- Carlos, embajador de Francia.
- Tomás Boleno, viejo.
- Dionís, criado.
- Pasquín, gracioso.
- Un capitán.
- La reina doña Catalina.
- Ana Bolena.
- La infanta María.
- Margarita Polo, dama.
- Juana Semeyra, dama.
- Músicos.
- Acompañamiento.
Primera Jornada
Tocan chirimías, y córrese una cortina; aparece el rey Enrique durmiendo; delante, una mesa con recado de escribir, y a un lado, Ana Bolena. Y dice el rey entre sueños.
Rey
Tente, sombra divina, imagen bella,
sol eclipsado, deslucida estrella.
Mira que al sol ofendes
cuando borrar tanto esplendor pretendes.
¿Por qué contra mi pecho airada vives?
Ana
Yo tengo de borrar cuanto tú escribes.
Vase.
Rey
Aguarda, escucha, espera.
No desvanezcas en veloz esfera
esa deidad tan presto.
Despierta.
Oye...
Sale el cardenal Volseo.
Volseo
¿Señor...?
Rey
¿Tú estás aquí?
Volseo
¿Qué es esto?
Rey
¿Quién es una mujer que ahora ha salido
de este retrete? Di.
Volseo
Del sueño ha sido
ilusión, porque nadie aquí ha llegado.
Cuéntame, pues, señor, lo que has soñado.
Rey
¡Ay, cardenal! Escucha;
conocerás si fue mi pena mucha.
Ya sabes (pero es forzoso
repetirlo, aunque lo sepas)
como yo soy el Octavo
Enrique de Ingalaterra,
hijo del Séptimo Enrique,
que por la muerte violenta
de Arturo dejó en mis sienes
la soberana diadema,
siendo heredero no sólo
de dos imperios por ella,
sino de la más hermosa
y más católica reina
que tuvieron los ingleses,
desde que en su edad primera
fueron sus hombros columna
de la militante Iglesia;
porque doña Catalina,
hija la más santa y bella
de los Católicos Reyes,
nuevos soles de la tierra,
casó con mi hermano Arturo,
el cual, por su edad tan tierna,
o por su poca salud,
o por causas más secretas,
no consumó el matrimonio,
quedando entonces la reina,
muerto el príncipe de Walia,
a un tiempo viuda y doncella.
Los ingleses y españoles,
viendo las paces deshechas,
los deseos malogrados
y las esperanzas muertas,
para conservar la paz
de los dos reinos, conciertan,
con parecer de hombres doctos,
que yo me case con ella;
y, atento a la utilidad,
Julio Segundo dispensa,
que todo es posible a quien
es Vice-Dios en su Iglesia.
De cuya felice unión
salió para dicha nuestra
un rayo de aquella luz
y de aquel cielo una estrella:
la infanta doña María,
que habéis de jurar princesa
de Walia, con que la nombro
mi legítima heredera.
Esto he dicho por mostrar
con el gusto y obediencia
que se reciben las cosas
de la fe en Ingalaterra
(pues dicen así que fue
legítima, santa y cuerda
la dispensación del Papa,
pues todos vienen en ella),
y para decir también,
cardenal, de la manera
que la defiendo, asistiendo
con el ingenio y las fuerzas;
pues ahora que Marte duerme
sobre las armas sangrientas,
velo yo sobre los libros,
escribiendo en la defensa
de los siete sacramentos
aquéste con que hoy intenta
mi deseo confundir
los errores y las sectas
que Lutero ha derramado;
pues en él, para su ofensa,
todo es refutar errores
de un libro que se interpreta
Captividad Babilonia,
que es veneno, es peste fiera
de los hombres. Escribiendo
estaba... Oye, que aquí empieza
el horror de más espanto,
el prodigio de más fuerza,
que entre las sombras del sueño
imágenes dio a la idea.
Escribiendo estaba, pues,
(en el sacramento era
del matrimonio, ¡ay de mí!),
y cargada la cabeza,
entorpecido el ingenio
de un pesado sueño, apenas
a su fuerza me rendí,
cuando vi entrar por la puerta
una mujer... Aquí el alma
dentro de mí mismo tiembla,
barba y cabello se eriza,
toda la sangre se hiela,
late el corazón, la voz
falta, enmudece la lengua.
Ésta llegó a mí; y, turbado
de considerarla y verla,
ya no acertaba a escribir;
pues cuanto con la derecha
mano escribía y notaba
iba borrando la izquierda.
Con esta imaginación
que hizo caso y tuvo fuerza
de verdad, estoy dispuesto,
considerando las señas,
tanto que agora la miro con aquella
forma, aquella imagen que antes la vi,
y aún pienso que el alma sueña;
pues, en tantas confusiones,
tantos asombros y penas,
si puede dormir el alma,
no debe de estar despierta.
Volseo
No haga la imaginación
de esos discursos empeño,
que las quimeras del sueño
sombras y figuras son.
Estas cartas han venido,
con cuya ocasión entré
hasta el retrete, porque
la brevedad he entendido que importa.
Rey
Saber espero
cúyas son.
Volseo
Aquésta, pues,
de León Décimo es.
Dáselas.
Rey
¿Y ésta?
Volseo
De Martín Lutero.
Rey
Si fuera lícito dar
al sueño interpretación,
vieras que estas cartas son
lo que acabo de soñar.
La mano con que escribía
era la derecha, y era
la doctrina verdadera,
que celoso defendía;
aquesto la carta muestra
del Pontífice. Y querer
deslucir y deshacer
yo con la mano siniestra
su luz, bien dice que lleno
de confusiones vería
juntos la noche y el día,
la triaca y el veneno.
Mas por decir mi grandeza
cúya la vitoria es, 8
baje Lutero a mis pies,
y León suba a mi cabeza.
Por arrojar la carta de Lutero a sus pies y poner la del Pontífice sobre la cabeza, las trueca.
Ahora veré lo que dice
su Santidad. Mas ¿qué es esto?
En nuevas dudas me ha puesto
otro suceso infelice.
¡La carta fue de Lutero
la que sobre mi cabeza
puse! ¡Qué error! ¡Qué tristeza!
Otro prodigio, otro agüero
me amenaza. ¡Muerto soy!
¡Santos cielos! ¿Qué ha de ser
lo que hoy me ha de suceder?
Volseo
Que tendrás mil gustos hoy.
¿Qué cometa has visto dar
con macilentos desmayos
al alba trémulos rayos?
¿Qué monte has visto temblar?
¿En qué eclipsado arrebol,
previniendo otra fortuna,
lloró a los pies de la luna
diluvios de sangre el sol?
Pues, si no, ¿qué agüero es
al dar dos cartas, señor,
trocarlas yo por error,
o entenderlas tú al revés?
Rey
Bien me consuelas, Volseo;
fuera de que aqueste error
ya le juzgo en mi favor,
ya por mi dicha le creo.
Pues si el Pontífice es
basa firme y fundamento
de la fe, como cimiento
quiso ponerse a los pies.
Que él es la piedra confieso,
yo la columna; y, así,
es bien que él me tenga a mí,
para que yo sufra el peso
que pone sobre mis hombros
esta bestia, este portento,
que hoy en las alas del viento
carga montañas de asombros.
Baje la piedra oprimida,
suba la llama abrasada,
ésta en rayos dilatada
y aquélla del peso herida,
que yo de las dos presumo
que buscan en esta acción
su mismo centro, pues son
una piedra y otra humo.
No entre nadie a verme hoy
sino tú, que escribir quiero
a León Décimo y Lutero.
Volseo
Tus pies beso.
Rey
Triste estoy.
Vase.
Volseo
Aunque yo desde la cuna
hombre humilde y bajo soy,
subiendo a la cumbre voy
del monte de mi fortuna.
A su extremo soberano
sólo falta un escalón.
Dame la mano, ambición,
lisonja, dame la mano,
que si por vosotras medro
a tan excelso lugar,
me pienso altivo sentar
en la silla de San Pedro.
Un pobre estudiante fui,
de padres humildes hijo.
Un astrólogo me dijo
que al rey sirviese; que, así,
tan alto lugar tendría,
que excediese a mi deseo.
Hasta aquí, Tomás Volseo,
no cumplió la astrología
su prometido lugar;
pues aunque tan alto estoy,
mientras que Papa no soy,
me queda qué desear.
Díjome que una mujer
sería mi destruición;
si agora los reyes son
los que me dan su poder,
¿qué funesto fin ofrece
una mujer a mi estado?
Cardenal soy y legado,
Enrique me favorece;
Francisco, que es rey de Francia,
y Carlos, emperador
de Alemania, mi favor
pretenden; que con instancia
cada uno a Enrique quiere
contra el otro, y en mí está
su gusto. Dueño será
quien Pontífice me hiciere.
Salen Tomás Boleno, Carlos, francés y Dionís, criado.
Tomás
El embajador francés,
que ha días que se detiene
en la corte, a pedir viene
audiencia.
Volseo
Venga después,
que agora a su majestad
no se puede hablar.
Vase.
Carlos
¿Quién fue
quien os respondió?
Tomás
No sé
si es la misma vanidad,
la soberbia o la arrogancia;
que todo esto, según creo,
es el cardenal Volseo.
Carlos
No os trataron así en Francia.
Tomás
No sé yo qué encanto ha sido
el que Volseo le ha dado
a un hombre tan celebrado,
tan prudente y advertido,
tan docto y sabio que bien
leer en escuelas podía
cánones, filosofía,
y teología también.
Y pues hablar es forzoso
de otra cosa, suplicaros
quiero, monsiur, y rogaros,
como a francés generoso,
me honréis con vuestra persona
esta tarde. Ya supisteis
(puesto que en Francia la visteis)
que tengo una hija, corona
de cuantas bellezas dio
al mundo Naturaleza,
pues a su rara belleza
otra ninguna igualó.
Ésta, pues, por dama viene
hoy a palacio; que así
honrarme pretende a mí
la que menos causa tiene;
pues la reina (que Dios guarde)
honrar mi sangre ha querido,
y a palacio la ha traído,
donde ha de entrar esta tarde.
En el acompañamiento
os suplico que os halléis
para honrarnos.
Carlos
Ya sabéis,
Boleno, que sólo intento
serviros, y yo seré
el que así de vos reciba
honra y merced excesiva.
Por criado vuestro iré.
Tomás
El cielo os guarde.
Carlos
Y a vos
felice os deje vivir.
Tomás
Tarde es; voy a prevenir
lo que es necesario. Adiós.
Vase.
Dionís
[Aparte.]
¡Qué triste mi amo está!
Señor, ¿no me dices nada?
¿Oyote el rey la embajada?
¿Estás despachado ya?
¿Daremos presto, señor,
la vuelta a Francia?
Carlos
¡Ay de mí!
No lo quiera Dios.
Dionís
Pues di,
¿irémonos hoy?
Carlos
Mejor
lo hizo la suerte conmigo:
ni el rey mi embajada oyó,
ni estoy despachado yo,
ni a Francia me vuelvo.
Dionís
Digo
que no te entiendo ni sé
en qué esa razón consiste.
La embajada pretendiste,
y nunca supe por qué
con tanto gusto venías
a Ingalaterra, y estás
en ella con mucho más
al cabo de tantos días,
y cuando de Francia tratas,
te entristeces en pensar
que de aquí te has de ausentar.
¿Qué es esto? ¿Por qué dilatas
decirme la causa a mí,
si al cabo la he de saber?
Carlos
Pues fuerza y gusto ha de ser
el contarlo, escucha.
Dionís
Di.
Carlos
O ya porque a su rey o al nuestro importe,
lleno de honor y de prudencia lleno,
de Ingalaterra a la francesa corte
fue por embajador Tomás Boleno.
No sé de los carámbanos del Norte
cómo en fuego llevó tanto veneno,
pero ese móvil de cristal y plata
en su curso los cielos arrebata.
Éste llevó tras sí, por mi ventura
(siempre la tuve yo para más pena),
usurpada de Londres la hermosura
en su gallarda hija Ana Bolena,
en aquella deidad hermosa y pura,
de los hombres bellísima sirena,
pues aduerme a su encanto los sentidos,
ciega los ojos y abre los oídos.
Vila en París un día. ¡A Dios pluguiera
no que (como se dice) antes cegara,
sino que a tantas plumas rayos diera,
que al ave más hermosa así imitara!
Fuera el pavón de Juno entonces, fuera
el aura celestial en noche clara,
que para ver de un sol las luces bellas,
bien fueran menester tantas estrellas.
En un festín acompañada entraba
de la mayor belleza que vio el suelo.
De plata y seda azul vestida estaba;
¿cuándo no se vistió de azul el cielo?
Yo, que entonces de libre blasonaba,
quedé al mirarla envuelto en fuego y hielo,
que como amor es rayo sin violencia,
crece y crece en su misma resistencia.
Fácil hace un diamante a otro diamante,
y posible un acero hace a otro acero;
el imán al imán es semejante;
felice es siempre el que llegó primero:
pues ¿qué mucho que Amor en un instante
postrase humilde corazón tan fiero,
si en tanta confusión dispuso ciego
imán, rayo, diamante, acero y fuego?
Danzó, dancé con ella. No quisiera
decirte cómo allí mis confianzas
resucitaron, conociendo que era
mujer quien supo hacer tantas mudanzas.
Dejó en mi mano un lienzo, lisonjera
prenda con que animó mis esperanzas,
y astrólogo favor cuyos despojos
anunciaron el llanto de mis ojos.
Amé, quise, estimé mansos rigores;
serví, sufrí, esperé locos desvelos;
mostré, dije, escribí locos amores;
sentí, lloré, temí tiranos celos;
gocé, tuve, alcancé dulces favores;
dejé, perdí, olvidé vanos recelos.
Testigos fueron de la gloria mía
muda la noche y pregonero el día.
Porque apenas el sol se coronaba
de nueva luz en la estación primera,
cuando yo en sus umbrales adoraba
segundo sol en abreviada esfera.
La noche apenas trémula bajaba,
a solos mis deseos lisonjera,
cuando un jardín, república de flores,
era tercero fiel de mis amores.
Allí el silencio de la noche fría,
el jazmín que en las redes se enlazaba,
el cristal de la fuente que corría,
el arroyo que a solas murmuraba,
el viento que en las hojas se movía,
el aura que en las flores respiraba,
todo era amor. ¿Qué mucho, si en tal calma
aves, fuentes y flores tienen alma?
¿No has visto, providente y oficiosa,
mover el aire iluminada abeja,
que hasta beber la púrpura a la rosa,
ya se acerca cobarde y ya se aleja?
¿No has visto enamorada mariposa
dar cercos a la luz hasta que deja
en monumento fácil abrasadas
las alas de color tornasoladas?
Así, mi amor, cobarde muchos días,
tornos hizo a la rosa y a la llama,
temor que ha sido entre cenizas frías
tantas veces llorado de quien ama;
pero el amor, que vence con porfías,
y la ocasión, que con disculpas llama,
me animaron; y, abeja y mariposa,
quemé las alas y llegué a la rosa.
¡Oh, mil veces feliz aquél que alcanza
un imposible a tanto amor rendido!
Quien dice que muriendo la esperanza,
nace de sus cenizas el olvido,
quien dice que se igualan la mudanza
y posesión, ni quiere ni ha querido;
porque ¿cómo querría enamorado
quien lo niega después que está obligado?
En este tiempo acaba la embajada
su padre, y ella vuelve a Ingalaterra,
quedando yo como en la noche helada,
ausente el sol suele quedar la tierra.
Considera de un alma enamorada
cuantos discursos imagina y yerra,
que tantos hice porque no la vía.
¿Qué mucho, si es el norte que me guía?
Pedí al rey la embajada que he traído;
diómela, vine a Londres y gozoso
estoy de ver que el rey me ha detenido.
¡Ojalá fuera un siglo perezoso!
Aunque parte del bien me ha suspendido
ver que hoy viene a palacio mi amoroso
dueño. Mi pena es ésta, y mi cuidado;
mira si estoy con causa enamorado.
Dionís
Si al fin has de ser su esposo,
¿por qué vives con temor?
Carlos
Tiene mi padre su amor
en esa parte dudoso, y es Ana mujer altiva.
Su vanidad, su ambición,
su arrogancia y presunción
la hacen a veces esquiva,
arrogante, loca y vana,
y aunque en público la ves
católica, pienso que es
en secreto luterana.
Yo, enamorado y dudoso
de condición semejante,
quisiera gozarla amante
antes que llorarla esposo.
Pero ¿qué es esto?
Dentro ruido.
Dionís
Que llega Bolena a palacio.
Carlos
Di
el sol que me abrasa a mí,
el resplandor que me ciega.
Sale Pasquín, vestido ridículamente.
Pasquín
¡Qué galán voy a mi ver!
Mas ¿qué es esto? ¡Lindo cuento!
¿Cómo el acompañamiento
sin mí se ha podido hacer?
No es razón, justicia y ley.
Váyanse más poco a poco,
que falto yo...
Dionís
Éste es un loco
de quien gusta mucho el rey.
Pasquín
... que soy galán de galanes.
Carlos
¡Que un rey que es tan singular
se deje lisonjear
de locos y de truhanes!
Dionís
Viéndole en el corredor
de palacio, pregunté
quién era (desto lo sé),
y es hombre de tal humor,
que siempre anda adivinando;
decir las cosas futuras
son sus temas y locuras.
Carlos
Mira que vienen entrando.
Pasquín
Háganme luego lugar
en esta parte los buenos,
que aquí un loco más o menos
poco les puede estorbar.
Carlos
A recibirla ha salido
la reina. Mujer divina
es la reina Catalina.
¡Notable favor ha sido!
Salen Ana Bolena, su padre un capitán y acompañamiento por un lado; y por otro la reina la infanta María y Margarita Polo.
Ana
Si favor tan soberano
hoy merece mi humildad,
deme vuestra majestad
a besar su blanca mano.
[Arrodíllase.]
Llegará mi aliento ufano
a la esfera de la luna
y no habrá pena ninguna
que tema mi suerte, pues
tendré la envidia a mis pies
y en mi mano la fortuna.
Viva en mayor majestad
la que así honrarme procura,
cuanto el sol en siglos dura;
de una edad en otra edad
cuente su posteridad
el tiempo y en él prefiera
al ave que en blanda hoguera
la sucesión eterniza,
porque en caliente ceniza
siempre viva y nunca muera.
Reina
Los brazos, Ana, tomad,
y el alma misma en los brazos,
porque confirme en sus lazos
no imperio, sino amistad.
De la tierra os levantad,
que esas ceremonias son
de quien con vana ambición
a lo divino se atreve,
porque sólo a Dios se debe
tan debida adoración.
En vano el hombre procura
esto para sí usurpar,
porque no debe adorar
la criatura a la criatura.
Y más quien en su hermosura
trae favor tan soberano
que muestra en sujeto humano
con beldad y resplandor,
amagos de su Criador
en los rayos de su mano.
Besad la suya a María,
y a las damas que esperando
están ya los brazos.
Ana
¿Cuándo,
princesa y señora mía,
merecí ver en un día
dos soles? Pues de honor llena,
apenas uno enajena
su luz, cuando a otro me atrevo.
Dadme la mano.
Infanta
Yo os debo
los brazos, Ana Bolena.
Ana
Ya no será el Fénix solo,
si tantos puede admirar.
Reina
La que ahora os llega a hablar,
Ana, es Margarita Polo.
Ana
Décima musa de Apolo
la fama hacerla procura.
Margarita
Será mi opinión segura
ya, pues que robar intento
luz a vuestro entendimiento,
rayos a vuestra hermosura.
Pasquín
Aunque te suele cansar
verme a mí en conversación,
sólo en aquesta ocasión
me da licencia de hablar.
Reina mía singular,
permíteme que hable un poco,
pues con causa me provoco,
porque en precepto tan fiero
si no digo lo que quiero
¿de qué me sirve ser loco?
Reina
Yo no me canso de ti,
Pasquín, mas me pone triste
pensar que hombre docto fuiste
y que con juicio te vi,
y de verte agora así
me pesa, y que estés contento.
Esto es, Pasquín, lo que siento.
Pasquín
Por eso nos hizo Dios
a mí loco y cuerda a vos,
y para esto viene un cuento.
Un ciego en Londres había
tal, que no determinaba
los bultos con quien hablaba
en el resplandor del día,
y una noche que llovía
(como una de las pasadas)
a cántaros y a lanzadas,
por las calles caminando
se iba mi ciego alumbrando
con unas pajas quemadas.
Uno que le conoció,
dijo: «Si no os alumbráis,
¿para qué esa luz lleváis?»
Y el ciego le respondió:
«Si no veo la luz yo,
la ve el que viene, y así,
no encuentra conmigo aquí.»
Conque aquesta luz que ves,
si no es para ver yo,
es para que me vean a mí.
Yo soy ciego (aplico el cuento)
y si me llego hacia vos,
para eso os dejó Dios
la luz del entendimiento.
Apartad si estoy contento
y estáis triste; y cuando estéis
alegre no os apartéis,
porque yo con mis locuras
soy ciego y alumbro a obscuras.
Huid de mí, pues que veis.
Y agora dadme licencia,
pues que la ocasión me obliga,
para que a Bolena diga
en vuestra misma presencia,
según mi astróloga ciencia,
el hado que la previene
el cielo y el fin que tiene
reservado a su hermosura.
Margarita
Aquésta fue su locura.
Infanta
¿Que aquesto no te entretiene?
Di.
Pasquín
Lo primero que saca
la profecía que veis,
es que vos, Ana, tenéis
cara de muy gran bellaca.
Y aunque vuestro amor aplaca
con rigor y con desdén
la hermosura que en vos ven,
muy hermosa y muy ufana.
venís a palacio, Ana.
¡Plegue a Dios que sea por bien!
Y sí será, pues espero
que en él seréis muy amada,
muy querida y respetada,
tanto, que ya os considero,
con aplauso lisonjero,
subir, merecer, privar,
hasta poderos alzar
con todo el imperio inglés,
viniendo a morir después
en el más alto lugar.
Ana
Yo tomo por buen agüero
aquesta vez su locura;
pues, siendo yo vuestra hechura,
tanto levantarme espero
que en el sol me considero.
Reina
Vos merecéis más honor.
Nunca está ocioso el amor,
y más el que desconfía.
Dígolo, porque este día
no he visto al rey mi señor.
Entrar en su cuarto intento
a saber de su salud.
Va a entrar.
Carlos
¡Qué belleza!
Boleno
¡Qué virtud!
Vase Boleno, Carlos, Dionís y el capitán.
Pasquín
¡Oh, qué raro entendimiento!
Sale Volseo, y pónese a la puerta.
Reina
¿Qué hace Enrique?
Volseo
En su aposento
está escribiendo, señora;
tu majestad no entre agora,
porque mandó que no entrase
persona que le estorbase.
Reina
¿Conocéisme?
Volseo
¿Quién ignora
que vos mi reina habéis sido?
Que el respeto y majestad
nunca encubren su deidad.
Reina
¿Pues cómo tan atrevido,
Volseo, habéis detenido mis pasos?
Volseo
Guardo el preceto
a que me tiene sujeto
el rey.
Reina
¡Loco, necio, vano!
Por príncipe soberano
de la Iglesia hoy os respeto;
aquesa púrpura santa
que por falso y lisonjero
de hijo de un carnicero
a los cielos os levanta,
me turba, admira y espanta,
para que deje de hacer...
Pero bastará saber,
ya que Amán os considero,
que los preceptos de Asuero
no se entienden con Ester.
Vase.
Volseo
Señora...
Infanta
Basta, Volseo.
Volseo
... tu alteza advierta que ya
a sus plantas...
Infanta
Bien está.
Volseo
... sólo servirla deseo.
De rodillas.
Infanta
Levantad, que yo lo creo.
Vanse todas las damas.
Pasquín
Y cuando hablar al rey quiera,
nadie estorbe mi carrera,
que si Amán os considero,
los preceptos de don Suero
no se entienden con Estera.
Vase.
Volseo
¿Qué escuché? ¿Qué vi? ¿Qué oí?
¡Que la reina Catalina
piadosa a todos se inclina,
sólo airada para mí!
¡Que su corazón fiel
(es enojada, terrible)
para todos apacible,
para mí sólo cruel!
El ayo que me crió
me dijo que una mujer
mi destruición ha de ser;
si en lo demás acertó
temerlo en esto también
es prevención acertada,
pues si no es tú, reina airada,
¿quién puede atreverse, quién?
La reina, sin duda, es
la que oposición me tiene,
la que ruinas me previene;
padezca la reina, pues.
Ganarla de mano espero,
y será con civil guerra
asombro de Ingalaterra
el hijo del carnicero.
Vase.
Salen Tomás Boleno y Ana Bolena.
Tomás
Ana, ya estás en palacio;
agora en tu mano tienes
el inconstante albedrío
de la fortuna y la suerte.
El rey me honra a mí, la reina
te estima y te favorece;
yo he hecho lo que he podido,
haz tú agora lo que debes.
Ana
No porque de padre sean,
no serán impertinentes
tus consejos, cuando son
tan sin propósito siempre.
¿A qué imperio me has traído,
donde, ceñidas las sienes
de rayos del sol, me vea
adorada de las gentes,
para decir que procuras
mi aumento? Llegar a verme
a los pies de una mujer,
¿qué gloria, qué triunfo es éste?
¡Yo la rodilla en la tierra!
¡Yo besar con rostro alegre
la mano a la reina, aunque
de cuatro imperios lo fuese!
Llevárasme a un monte antes,
que más estimara verme
reina de fieras y brutos
a mis plantas obedientes,
que adorando majestades
entre sagrados laureles,
nunca envidiada de alguna,
de alguna envidiada siempre.
Mas, ya que de mi fortuna
el mayor aplauso es éste,
yo serviré, que no importa,
supuesto que tú lo quieres.
Tomás
Siempre de tu condición,
por los discursos crueles
temí lastimosos fines.
Mas, puesto que cuerda eres,
sabe vencerte, y pues hoy
te ponen un transparente
cristal en la reina santa,
mírate en él, que bien puedes
componer tus pensamientos.
De sus virtudes aprende,
que yo hice lo que pude;
tú verás lo que conviene.
Dios hay, y aunque soy tu padre,
tal vez podrá ser que niegue
la sangre por el honor,
y no rehusaré tu muerte.
Vase.
Salen Carlos y Dionís.
Carlos
Sola ha quedado.
Dionís
Pues llega.
Carlos
¿Podré en palacio atreverme?
¿Podrá el alma que te adora,
con el respeto que debe
a estas paredes (que, en fin,
son sagrado estas paredes),
decirte, perdido dueño,
los suspiros que me debes,
las lágrimas que me cuestas,
de tus dos soles ausente?
Sin ellos, Bolena, vivo
a obscuras, no de otra suerte
que el girasol amarillo,
imán que abrasado mueve
las hojas siguiendo el norte
del sol y cuando le pierde
de vista marchita y seca
granos de oro y hojas verdes;
así yo, atento a tus rayos,
vivo aquel instante breve
que tu vista me permite,
siendo girasol que muere
con la luz para vivir
otra vez que llegue a verte.
Ana
¿Y yo podré, noble Carlos,
decirte, cuando se ofrecen
del honor y del respeto
tan grandes inconvenientes,
pues soy una llama fácil
entre dos suspiros leves,
que con el uno se apaga
y con el otro se enciende?
Pues estando en tu presencia,
vivo, y, a tu vista ausente,
el fuego es pavesa, es humo,
hasta que tu aliento vuelve
a darme luz, alma y vida,
siendo la llama que muere,
ausente, para vivir
otra vez que llegue a verte.
Carlos
¿Qué consuelo tendrá quien
tantas ocasiones pierde
de verte, sino saber
que está en tu memoria siempre?
Ana
Pues ama, espera y confía,
que en ella vives.
Carlos
No puede
dejar de temer quien ama,
de dudar quien vive ausente,
ni puede estar confiado
quien sabe que no merece.
Ana
Ame firme el que es querido,
quien vive admitido espere,
y confíe el que constante
mira el cielo que pretende.
Carlos
Pues ¿quién es querido?
Ana
Carlos.
Carlos
¿Quién admitido?
Ana
Quien tiene
mi voluntad en su mano.
Carlos
¿Quién es constante?
Ana
Quien vence
tantos imposibles.
Carlos
¿Cómo?
Ana
Amando.
Carlos
Mi pecho es ése.
Ana
Pues ¿ama tu pecho?
Carlos
Sí.
Ana
¿A quién?
Carlos
¿Es fuerza perderte
el respeto? Tú lo sabes.
Ana
¿Mudaráste?
Carlos
Eternamente.
Ana
¿Tendrás otro dueño?
Carlos
Nunca.
Ana
Pues ¿qué serás?
Carlos
Tuyo siempre.
Ana
¿Quién lo asegura?
Carlos
Esta mano.
Ana
¿De esposo?
Carlos
Digo mil veces
que sí, aunque mi padre ingrato
en Francia casarme quiere.
Mas agora estoy en Londres.
Ana
La reina con el rey vuelve.
Carlos
Pues hasta que me dé audiencia,
que no me vea conviene. Adiós, señora.
Vase.
Salen el rey, Volseo, la reina, la infanta y damas, y el rey, en viendo a Ana Bolena, se turba.
Ana
Él te guarde.
[Aparte.]
Ya será fuerza que llegue
a pedir la mano al rey.
¡Otra vez tengo de verme
con la rodilla en la tierra!
¿Ésta es gloria? Agravio es éste.
Vuestra majestad, señor,
me dé la mano.
De rodillas.
Rey
Aparte.
¡Qué miro,
cielos!
Ana
Si puede...
Rey
Hoy admiro...
Ana
.... merecer tanto favor...
Rey
.... aquí el asombro mayor.
Ana
.... una esclava.
Reina
Aparte.
¡Qué elevado
el rey de verla ha quedado!
Ana
Yo soy...
Rey
¡Rigurosa pena!
Ana
.... la dichosa Ana Bolena!
Pues a esos pies he llegado,
dadme a besar vuestra mano.
Rey
[Aparte.]
¿Otra vez, alma, os turbáis?
Ojos, ¿otra vez miráis
sombras en el aire vano?
¿Otra vez, prodigio humano,
rendido a tu vista estoy?
A Volseo
Ésta es la misma que hoy
alma de mi sueño ha sido.
Pues ahora no estoy dormido;
despierto estoy, vivo estoy.
¿Quién eres? ¿Cómo te nombras,
mujer, que deidad pareces
y con beldad me enterneces,
si con agüeros me asombras?
Entre luces, entre sombras
causas gusto y das horror;
entre piedad y rigor
me enamoras y me espantas;
y al fin entre dichas tantas
Volseo
[Al rey.]
Disimula.
Rey
[A Volseo.]
A tanta pena
disimular no es consuelo.
Alzad, no estéis en el suelo,
bellísima Ana Bolena,
y si el cielo me condena
haber sus luces tenido
a mis pies, disculpa ha sido
el haber, Ana, quedado
entre tanto fuego helado
y en tanta nieve encendido.
Pero esta disculpa en mí,
más que me absuelve condena,
pues no es ésta, Ana Bolena,
la primera vez que os vi.
Levantad, no estéis así.
Ana
Si en tus brazos me levantas,
tocaré las luces santas
del sol, mas no será bien
que vuele más alto quien
está, señor, a tus plantas.
Aparte.
En ellas vivo dichosa
y en ellas ¡rabiando muero!,
mayor esfera no quiero.
Rey
Tan discreta como hermosa
os hizo el cielo.
Infanta
Envidiosa
de sus brazos estuviera,
si en la majestad cupiera
envidia.
Reina
Y en mis desvelos
pienso que tuviera celos,
si amor hasta aquí supiera.
Ana
Mirad, señora, por Dios,
que agravio a mi amor hacéis.
Rey
Al mío, no; que bien tenéis
celos y envidia las dos.
Y más si os miran a vos,
Ana, tan divina y bella.
Vase.
Margarita
Con muy favorable estrella,
Bolena, en palacio entráis.
Ruego al Cielo que salgáis,
que es lo que importa, con ella.
Jornada Segunda
Salen Volseo y el rey.
Volseo
Sosiégate.
Rey
Mal podré,
que quien sin discurso ama,
sólo en sus penas sosiega,
sólo en su llanto descansa.
En las muertes de los reyes
se ven sombras y fantasmas,
aves de fuego que vuelan,
cometas de luz que pasan.
Yo vi el cometa y las lumbres,
de mis desdichas presagas,
cuando aquel sueño introdujo
miedo al cuerpo, horror al alma.
Déjame, pues, que yo muera
a manos de quien me mata;
que será lisonja siendo
Ana Bolena la causa.
Sale Pasquín.
Pasquín
Aparte.
Triste está el rey. ¿De qué sirve
cuanto puede, cuanto manda,
si no puede estar alegre
cuando quiere? Pues ¿hay causa
que os tenga a vos triste?
Rey
Sí;
que las pasiones del alma
ni las gobierna el poder,
ni la majestad las manda.
Triste estoy.
Pasquín
Pues ahora digo
que a mí no se me da nada
de no ser rey, cuando estoy
alegre. Y un cuento vaya,
que me ocurrió en este punto.
Un filósofo que estaba
en un monte o en un valle
(que no importa a la maraña
que esté en bajo o esté en alto),
y un soldado que pasaba,
se puso a parlar con él,
y al fin de pláticas largas,
le dijo: «¿Posible ha sido
que nunca has visto la cara
de Alejandro, nuestro César,
de aquél cuyas alabanzas
le coronan de laureles
y rey del orbe le aclaman?»
El filósofo le dijo:
«¿No es un hombre? ¿Qué importancia
tendrá el verle más que a ti?
O si no (para que salgas
de esa adulación común),
del suelo una flor levanta,
llévala y dile a Alejandro
que digo yo que me haga
sola una flor como ella;
verás luego que no pasan
trofeos, aplausos, glorias,
lauros, triunfos y alabanzas
de lo humano; pues no puede,
después de vitorias tantas,
hacer una flor tan fácil
que en cualquier campo se halla.»
Así, vos, después de ser
un soberano monarca,
rey temido y estimado
por el ingenio y las armas,
no podéis estar alegre,
cosa tan vil y tan baja
que en un pícaro desnudo
y muerto de hambre se halla.
Rey
Gusto me has dado, Pasquín.
Pasquín
Y tú no me has dado nada,
por no darme gusto a mí.
Rey
Di qué quieres.
Pasquín
Que me hagas
de tu corte figurín
te suplico y de tu casa;
que esto es ser denunciador
de figuras; que es bien que haya
juez de figuras que tenga
del que fuere declarada
figura sólo un dinero.
Rey
Tengo de ver en qué para
aquesta nueva locura.
Aparte.
Pasquín, yo te hago la gracia.
Pasquín
Pues pagadme, cardenal.
Volseo
¿Por qué?
Pasquín
Porque traéis la barba,
no más de porque se usa,
como chivo, larga y ancha.
Mas si es uso no me espanto.
Yo vi muy triste a una dama
(y esto es verdad, vive Dios),
y sólo porque no estaba
hipocondríaca, siendo
la enfermedad que se usaba...
Pero yo me voy, que viene
con docientas y tres damas
la reina, por divertirte
de aquesa grave, pesada
melancolía que tienes,
y siempre a la reina cansa
el verme aquí.
Rey
Eso será
por no darme gusto en nada.
No te vayas. Cardenal,
dime (porque yo no haga
algún extremo volviendo
a verla), ¿quién acompaña
a la reina?
Volseo
La primera
es mi señora la infanta;
luego, Margarita Polo.
Rey
¡Cuánto esa beldad me cansa!
Volseo
Es valida de la reina.
Rey
¿Quién se sigue luego?
Volseo
Juana
Semeyra.
Rey
Aunque no es hermosa,
tiene algún donaire y gracia.
Volseo
Luego viene Ana Bolena.
Rey
No digas más, que ya el alma,
por asomarse a los ojos,
el corazón desampara.
Por este gusto, ¿qué quieres
que te dé?
Volseo
Sólo que hagas
de una vez aquesta hechura
que empezaste a hacer de tantas.
Por la muerte de León
Décimo, agora está vaca
la silla pontifical,
y si tú, señor, me amparas,
como lo hacen Carlos Quinto
y Francisco, rey de Francia,
no habrá duda de que ciña
las tres divinas tiaras.
Rey
Eso es lo que más deseo.
Mi favor tendrás.
Volseo
Levantas
al lugar más soberano
un vasallo que te ama.
Salen la reina, la infanta y damas.
Reina
¡Vos sin salud, señor mío,
y yo viva! ¡Vos con causa
de tristeza y yo no muero!
Poco siente quien os ama.
¿Cómo os halláis?
Rey
Aparte.
¡Qué prolija!
Reina
¿Estáis mejor?
Rey
Aparte.
¡Qué cansada!
¡Falta de gusto y salud
es aquésta!
Reina
Quién llegara
a poder partir con vos,
no el gusto, que si él os falta
mal podré tenerle yo.
Conmigo vienen las damas
a divertiros con juegos,
versos, festines y danzas.
La bella Semeyra es
dulce sirena que encanta
con sus voces los oídos.
Margarita es celebrada
por sus versos, pues con ellos
hoy a todos aventaja.
Ana Bolena...
Rey
[Aparte.]
¡Ay de mí!
Reina
... extremadamente danza.
Y si festines y versos
no te divierten ni agradan,
de moral filosofía
tiene principios la infanta;
yo sé lenguas diferentes:
escoge entre cosas varias
qué puede alegrarte.
Rey
Aparte [a Volseo].
Ya
no puede alegrarme nada,
si no es que dance Bolena.
Volseo
Aparte.
Pues para que no se haga
novedad de tu elección,
diles a las otras damas
que canten primero y digan
los versos.
Reina
¿Qué es lo que habla
tu majestad con Volseo?
Rey
Negocios son de importancia.
Reina
Cardenal, salíos afuera.
Los negocios no se tratan
tan acaso, y donde estoy,
no ha de tener más privanza
vuestra majestad. ¿No os vais?
Volseo
Aparte.
Yo me iré donde dé traza del modo que ha de tener
tu castigo y mi venganza.
Vase.
Rey
¿En qué tendré gusto yo
que os agrade?
Reina
Justas causas
me mueven. Tengo a Volseo
por lisonjero, y que entabla
más su aumento que el provecho
del reino; que sólo trata
de subir al sol, midiendo
la soberbia y la arrogancia.
Esto es daros más pesar
que gusto. Empiecen las damas
a divertiros. María,
toma un instrumento y canta.
Semeyra
Cantaré un tono, aunque antiguo
por ser la letra extremada.
Canta
En un infierno los dos,
gloria habemos de tener;
vos en verme padecer
y yo en ver que lo veis vos.
Rey
¡Extremado tono y letra!
Reina
Y no lo es menos la gracia
de María.
Pasquín
Sí, por cierto,
como un jilguerillo canta.
Reina
Toma esta piedra. Y por ver
que tanto la letra agrada
a tu majestad, diré
una glosa suya.
Pasquín
Vaya.
Reina
En un infierno los dos,
gloria habemos de tener,
vos en verme padecer
y yo en ver que lo veis vos.
A dos imposibles fieros
quiere mi amor atreverme,
y son, cuando llego a veros,
que dejéis de aborrecerme,
o que deje de quereros.
Sin esperanza yo y vos,
aborrecemos y amamos,
y pues nos condena un dios
a tanta pena, ya estamos
en un infierno los dos.
De un lisonjero clavel
que hermoso a la vista engaña,
una dulce, otra cruel,
saca ponzoña la araña,
la abeja destila miel.
Así, de veros querer
tened pena, gusto no,
vos de verme aborrecer,
mis pensamientos y yo
gloria habemos de tener.
Si vos por sólo vengaros
no dejáis de despreciarme,
fácil es el castigaros,
pues yo, por sólo vengarme,
nunca dejaré de amaros.
Si el olvidar y querer
castigo entre dos alcanza,
yo en veros aborrecer
me vengo, y tomáis venganza
vos en verme padecer.
Aunque yo contento espero
de que mudaros podéis;
pues en tormento tan fiero,
si sé que me aborrecéis,
vos también sabéis que os quiero.
El Amor vive, que es dios,
mas no el aborrecimiento;
y así esperemos los dos,
vos en ver lo que yo siento
y yo en ver que lo veis vos.
Rey
Buenos versos.
Pasquín
No muy buenos;
razonablejos les basta.
Infanta
Pues ¿qué tienen?
Pasquín
Soy poeta,
y, así, ningunos me agradan
si no son mis proprios versos;
los demás no valen nada.
Infanta
Dance Ana Bolena agora.
Ana
Danzaré, pues tú lo mandas.
Rey
[Aparte.]
Disimulemos, amor.
Pasquín
¿Qué tocarán?
Ana
La gallarda.
Danza Ana Bolena y cae a los pies del Rey.
Rey
A mis plantas has caído.
Ana
Mejor diré que a tus plantas
(pues son esfera divina)
me he levantado tan alta
que entre los rayos del sol
mis pensamientos se abrasan
más remontados.
Rey
No temas
si mis brazos te levantan.
Quiera amor que sea, Bolena,
al pecho en que idolatrada vives.
Ana
Ya sé lo que os debo.
Señor, por agora basta.
Pasquín
¿Ha danzado bien Bolena?
Que yo no entiendo de danzas.
Todas me parecen unas,
pues todas veo que paran
en ir saltando hacia aquí
o hacia allí. Una vez se alargan
con carreras y otras veces,
dando salticos se paran,
siendo pelota de viento
al compás de una guitarra.
Sale Tomás Boleno.
Tomás
Hablarte quiere, señor,
el embajador de Francia.
Reina
Días ha que le detiene
Volseo, y no sé la causa.
Pasquín
Entrando cosas de veras,
sobro yo. Quiero ir a caza
de figuras; ojo alerta,
señores, que soy la Parca.
Vase.
Rey
Entre.
Vuelve Tomás Boleno con Carlos.
Carlos
A tus invictos pies,
cristianísimo monarca,
beso la mano que ha sido
con la pluma y con la espada
admiración de dos mundos.
Desde el día que las cartas
de creencia di y besé
tu mano, hasta agora aguarda
mi deseo esta ocasión.
Rey
Mi poca salud y largas
ocupaciones, francés,
vuestro despacho dilatan.
Carlos
Pues ya, señor, que he llegado
a verte, en pocas palabras
diré el fin a que he venido.
Aparte.
Si puede decirlo el alma.
Francisco, de Francia rey,
para lograr la esperanza
que ofrecen rosas y flores,
ya con las lises de Francia,
ya con los ingleses lirios,
en las vencedoras armas
quiere unir dos primaveras
de juventudes lozanas,
a quien ni el tiempo se oponga
ni se atreva la mudanza.
Y así, para conservar
la paz, excusando tantas
disensiones como tiene
hoy la religión cristiana,
para el príncipe de Orliens
(sol a quien los rayos faltan)
en casamiento te pide
a mi señora la infanta.
Vuestra majestad, agora,
con su Parlamento haga
la unión destos dos imperios;
que ésta es, señor, mi embajada.
Rey
Yo lo veré más de espacio.
Carlos
El cielo te dé tan larga
vida que inmortal excedas
a aquel pájaro de Arabia
que el fuego en que nace y muere
sopla él mismo con sus alas.
Reina
Triste vais; iré con vos,
que el alma nunca se aparta
de donde vive.
Rey
Aparte.
Sí hace;
que si tú la tienes, Ana,
cierto es que con alma muero,
cierto es que vivo sin alma.
Vanse todos y sale Volseo.
Volseo
No hay cosa que me suceda
bien; ya es mi suerte importuna.
No des la vuelta, Fortuna,
detén un poco la rueda.
Contra las humanas leyes
al embajador tenía
suspenso; así pretendía
tener amigos dos reyes,
porque no determinando
a quién la infanta le daba,
a Carlos lisonjeaba
y a Francisco, procurando
que los dos favoreciesen
mi pretensión; que después
el español o el francés
no importa que se ofendiesen.
Y no sólo el rey ha oído
al embajador de Francia,
estorbándome esta instancia,
pero Carlos ha querido
hacer a su maestro Adriano
(quitándome a mí este honor)
dignísimo sucesor
del Pontífice romano.
Y pues la reina este día
venganza a todo me ofrece,
muera, pues que me aborrece,
y muera porque es su tía.
Y aun contra el Papa me atrevo,
por ser mi competidor,
a introducir un error,
el más prodigioso y nuevo...
¡Bolena! A buen tiempo viene;
parece que la llamé.
En una industria veré
si valor y ánimo tiene
para ayudarme, que en ella
fundo toda mi esperanza.
Hoy veré si mi venganza
tiene buena o mala estrella.
Sale Ana Bolena.
Vuestra majestad, señora...
¿Qué es esto? Como dejé
aquí a la reina, llegué
tan inadvertido agora
que hablé ciego. Perdonad,
y mi turbación abone
el descuido.
Ana
¿Que perdone
queréis una «majestad»,
cuando en discursos tan claros
los oídos lisonjeros
tienen más que agradeceros,
cardenal, que perdonaros?
¿Qué ofensas oí? ¡Pluguiera
a los cielos que ignorante
os turbarais cada instante,
y cada instante os oyera!
Y, al fin, más desvanecida
por ley, por descuido no,
¡oyera ese nombre yo...
y costárame la vida!
¿A quién le pesa de oír
nombre tan dulce y suave?
Aparte.
¡Ay, dolor! ¡Ay, pena grave!
Volseo
Aparte.
No dices mal. Proseguir puedo.
De lo que quisiera
pedir perdón, yo lo sé;
y el de que por yerro fue
o por acierto, pudiera
decirlo en otra ocasión;
pero el peligro me obliga
a callar. Basta que diga
que aquestas cosas no son
para tratadas así.
El cielo te guarde. Adiós.
Hace que se va.
Ana
Solos estamos los dos,
y no has de salir de aquí
sin declararme el secreto.
Volseo
¿Y tú le sabrás tener,
Bolena, siendo mujer?
Ana
Por los cielos te prometo
de ser mármol.
Volseo
¿Y tendrás,
ya que secreto me ofreces,
valor?
Ana
Dígote mil veces
que en mí todo lo hallarás.
Secreto tendré y valor,
porque no me puede dar
ni todo el cielo pesar,
ni todo el infierno horror.
Volseo
Pues tú mi reina serás.
En Ingalaterra espero
coronarte, si primero
mano y palabra me das
de que no has de ser ingrata,
que temo que una mujer
mi destruición ha de ser.
Por eso mi ingenio trata
de asegurar este agravio
con amallas y querellas,
porque sobre las estrellas
alcanza dominio el sabio.
Ana
Palabra te daré aquí,
con solemne juramento,
ayudar tu pensamiento.
Volseo
¿De qué suerte?
Ana
Escucha.
Volseo
Di.
Ana
¡Plegue a Dios que cuando intente
ofensa tuya (después
que tenga el cetro a mis pies
y la corona en mi frente),
que el aplauso y el honor
que tanta dicha concierta
tristemente se convierta
en pena, llanto y dolor;
y por fin más lastimoso
de lo que al cielo le plugo,
muera a manos de un verdugo
en desgracia de mi esposo!
Esto juro, esto prometo.
Volseo
Y yo satisfecho estoy.
Y para que empieces hoy
a tener dichoso efeto,
oye la mayor maldad
que hombre mortal intentó,
ni que el sol verá ni vio
de una edad en otra edad.
Sólo obedecer procura.
Ya sabes que el rey te quiere
y que enamorado muere
por tu divina hermosura.
Ya sabes que Enrique es
hombre fácil y se ciega
tanto, que, si a querer llega,
no hay respeto ni interés
a que se rinda su amor.
Pues como tú finjas bien
que le quieres, y también
que por tu sangre y tu honor
no puedes favorecerle,
y que si su esposa fueras
le amaras y le quisieras,
yo sabré después ponerle
a los ojos tal engaño,
que brote el alma del pecho,
para que nuestro provecho
resulte en ajeno daño.
Ana
¡Yo pensé que había de hacer
prodigios! Porque pedir
que sólo sepa fingir,
sabiendo que soy mujer
y que soy Bolena yo,
bien excusarse pudiera,
pues por ser mujer fingiera,
cuando por ser reina no.
Volseo
Él viene.
Vase.
Ana
Carlos, perdona
si tu firme amor ofendo
cuando hoy aspirar pretendo
al lustre de una corona.
Mujer he sido en dejar
que me venza el interés;
sealo en mudar después,
y sealo en olvidar.
Que cuando lleguen a ver
que el interés me ha vencido,
que he olvidado y he fingido,
todo cabe en ser mujer.
Sale el rey.
Rey
No en balde el alma mía,
que ausente de ti estaba,
errando me guiaba
donde tu luz ardía;
que en tan feliz encuentro
llama ha sido mi amor; subió a su centro.
¡Ay, Ana hermosa y bella!
Nuevo prodigio ha sido
de amor el que ha rendido
mi pecho; no una estrella
favorable me inclina,
sino toda la esfera cristalina.
Puesto que mi albedrío
a quererte me fuerza,
sin que mi amor se tuerza,
ya no es libre ni es mío.
Dame esa blanca mano.
Ana
Detén, señor, la tuya, porque en vano
el labio helado mueves
con amorosas quejas,
cuando de ti te alejas
y a tanto honor te atreves;
que si amor te provoca
es rayo amor y abrasa cuanto toca.
No porque yo no estimo
tu amoroso desvelo,
que también sabe el cielo
que me venzo y reprimo
si quiero más que quieres.
Pero soy tu vasalla y mi rey eres.
¡Ojalá no lo fueras!
Fueras, ¡ay Dios!, un hombre
de bajo estado y nombre.
Pobre, ¡ay de mí!, nacieras;
que quien tus partes tiene
poca deidad el cetro le previene.
Yo entonces te estimara,
yo entonces te quisiera,
esposa tuya fuera,
y como tal te amara.
¡Mira a lo que has llegado,
que para ti es desmérito el estado!
Mas ¿para qué es ponerte
en desdichas terribles
discursos imposibles?
Pues aunque merecerte
como reina pudiera,
más vale que tú reines y yo muera.
Hace que se va.
Rey
Ana, detente, aguarda.
Ana
Aquí está quien te estima.
Rey
Tu hermosura me anima...
Ana
Tu deidad me acobarda...
Rey
... ¡ay, Bolena!, a adorarte.
Ana
... ¡ay, Enrique!, a perderte y a olvidarte.
Rey
Si yo hombre humilde fuera,
¿tu afición me estimara?
Ana
Mi respeto humillara
y tu humildad subiera,
porque en extremos tales
el amor a los dos hiciera iguales.
Rey
Pues menos aventuras,
si favores previenes
sin humillarte y vienes
a más honor.
Ana
Procuras
tú mi deshonra clara,
que el ser tu esposa ya me disculpara,
pero no el ser tu dama.
Y así, piedad no esperes.
Si me estimas y quieres,
no borres hoy la fama
que limpia y clara vive.
Rey
No es descortés mi amor; también escribe
finezas amorosas.
Si fuera único dueño
del mundo (honor pequeño
a tus plantas hermosas),
como libre me hallara,
de los rayos del sol te coronara.
No puedo, tengo esposa;
soy casado, no puedo.
Ana
Pues disculpada quedo.
Rey
Dame una mano hermosa,
ya que a matarme vienes.
Ana
No puedo; eres casado, esposa tienes.
Ni tú puedes casarte
ni yo puedo quererte,
y en tan dudosa suerte
es forzoso dejarte;
no digan los enojos
que callo con la lengua y con los ojos.
Adiós, adiós, rey mío,
mi señor y mi dueño.
No haga en ti nuevo empeño
el triste llanto mío.
Sabe el cielo si quiero.
Vase.
Rey
Y el cielo sabe si rabiando muero.
Sale Volseo.
Volseo
Aparte.
¡Con qué grave tristeza
divertido ha quedado!
Llegaré descuidado;
que aquí mi engaño empieza,
si ha obrado como creo.
¿Qué hace tu Majestad?
Rey
Morir, Volseo.
Todo el infierno junto
no padece en su llanto
pena y tormento tanto
como yo en este punto,
porque en muerte deshecho
si es Etna el corazón, Volcán el pecho.
¡Ay de mí, que me abraso!
¡Ay cielos, que me quemo!
No es de amor este extremo;
mover no puedo el paso.
Algún demonio ha sido
espíritu que en mí se ha revestido.
Volseo
Sosiégate.
Rey
Sosiego
pides a la fortuna,
constancias a la luna,
obediencias al fuego
leyes al mar salado,
que estoy de Ana Bolena enamorado.
¿Quieres saber a cuánto
esta desdicha excede?
¿Quieres ver lo que puede
pena y tormento tanto?
Con ella me casara
si libre en este punto me mirara,
y aun no sé lo que hiciera
con estarlo. Confieso
que estoy loco, sin seso.
Volseo
Señor, pena tan fiera...
Aparte.
Valor, mi lengua mueve;
aquésta es la ocasión, al sol te atreve.
... fiero remedio pide.
Más importa la vida
de un rey que ver perdida
la majestad que os mide
cetro y laureles de oro.
Rey
¿Qué me quieres decir?
Volseo
Señor, no ignoro
que sabe vuestra alteza
más que yo a saber llego.
Pero escúchame y luego
córtame la cabeza,
que por darte la vida
estará mal guardada y bien perdida.
Mil veces ha querido
mi lealtad, que te adora,
decirte lo que agora,
pero no me he atrevido,
que por injustas leyes,
no se dicen verdades a los reyes.
Mas hoy que en tu provecho
puedo hablar libremente,
salga aqueste vehemente
escrúpulo del pecho.
Tú estás, señor, soltero;
no fue tu matrimonio verdadero.
Ni humana ni divina
ley habrá que conceda
que ser tu esposa pueda
la reina Catalina,
siendo caso tan llano
que fue primero esposa de tu hermano.
Rey
Al alma me has llegado
con aquesa razón. Si ha dispensado
el Papa...
Volseo
¿Qué recelas?
Esa opinión se trate en las escuelas,
no aquí, porque en andando con razones
equivocas la causa en opiniones;
todos, cuando se arguya,
por rey, por docto, han de tener la tuya.
Cuando verdad no fuera
y ciegamente tu afición quisiera
deshacer la razón y la justicia,
¿quién pensará de ti que fue malicia?
¿Quién pensará de ti que no lo has hecho
aconsejado del común provecho
y tu misma conciencia?
Sal del yugo, sacude la obediencia,
repudia a Catalina;
en un convento esté, pues es divina;
que cuando este partido se la ofrezca,
no dudo yo, señor, que le agradezca.
Sin gusto, sin amor estás casado:
repúdiala, señor, pues has llegado
a tan notable extremo.
¿Qué tienes que temer?
Rey
Yo nada temo
en intentarlo todo;
sólo temo, Volseo, hallar el modo.
Volseo
Llama tu Parlamento,
y, junto, haz un retórico argumento
diciendo que te aflige la conciencia
a tomar contra el Papa esta licencia;
y mostrando que es celo aqueste intento
haz extremos, señor, de sentimiento.
Apártala de ti; quedarás luego
libre para apagar el vivo fuego
que te abrasa y después se tendrá modo
para que el Papa lo componga todo,
que yo sólo deseo
tu gusto y tu salud.
Rey
Parte, Volseo,
pues tú sólo procuras dar la vida
a tu rey, que la tiene ya perdida
a manos de un amor desatinado.
Junta los consejeros de mi estado,
porque las confusiones con que lucho
nunca permiten que se piense mucho.
Aparte.
Que en cosas graves siempre las disculpa
la prisa con que se hacen.
Volseo
Aparte.
Ya me culpa
a mí la dilación y la tardanza.
Mi vida se asegura y mi privanza,
aunque se pierda todo;
pues pienso hacer de modo
que el que engañado agora y ciego queda,
cuando se quiera arrepentir no pueda.
Vase.
Rey
Confieso que estoy loco y estoy ciego,
pues la verdad que adoro es la que niego.
Pero si un hombre el daño no alcanzara,
aunque errara parece que no errara,
que en tan confusa guerra,
sólo errará el que sabe cuándo yerra.
Bien sé que me ha engañado
Volseo, y que he quedado
de su falso argumento satisfecho,
y es que el fuego infernal que está en el pecho
hace que, ciega mi turbada idea,
niegue verdades y mentiras crea.
Bien sé que no repugna (caso es llano)
el casamiento que hace el un hermano
con mujer del hermano, porque Judas
(para satisfación de aquestas dudas),
gran patriarca, dijo
que con Tamar, viuda de Her, su hijo
casase. Era también hijo segundo.
Todo en ley natural también lo fundo
y en Escritura, pues que fue forzoso
que la mujer después del muerto esposo
(y más cuando sin hijos se quedase),
con el hermano suyo se casase.
Luego si esto no fue contra el derecho
escrito y natural, por el provecho
común el Papa pudo
(confieso que es verdad, y no lo dudo)
en la ley eclesiástica y humana
dispensar: es verdad, es cosa llana.
Y cuando en mi argumento no se quede,
el Papa es Vice-Dios, todo lo puede.
Pero aunque lo confieso,
faltó en mí la razón pues faltó el seso.
Padezca Catalina
por cristiana, por santa, por divina,
si, pues quieren los cielos
hoy acabarme; si, pues mis desvelos
me ponen, desta suerte,
en las últimas líneas de la muerte.
Catalina, perdona
si quito de tus sienes la corona
para ponerla en otras, pues el cielo,
que mira tus desdichas y tu celo,
por mayor alabanza
me dará a mí castigo, a ti venganza;
pues si la pierdes tú por virtuosa,
por vana, por lasciva y ambiciosa
otra podrá perdella.
Ésta fue mi desdicha, ésta mi estrella.
Sale Pasquín.
Pasquín
Con una duda vengo
del cargo figurífero que tengo:
el que es figura doble
figura de dos hierros, de dos filos,
de dos haces, cansados los estilos,
¿debe pagar dos veces? Porque he hallado
un figura de a dos.
Rey
¡Terrible estado!
Si no alcanzo el efecto que hoy espero,
muero de amor; y si lo alcanzo muero
de dolor. Pues ya estoy desta manera,
muera de gusto y no de pena muera,
pues de cualquiera suerte
voy pisando las sombras de la muerte.
Vase.
Pasquín
No quiso responderme. Peligroso
alcance sigue el hombre que es gracioso,
pues llega en ocasión donde se enfría,
cuando dice una gracia y no hay quien ría.
Pero a palacio viene
mucha gente. A esta puerta me conviene
estar, y como vayan hoy entrando,
del que fuere figura iré cobrando.
Sale por una parte Tomás Boleno y el Capitán, y por otra Carlos y Dionís.
Tomás
¿Qué querrá el rey?
Capitán
Si al Parlamento llama
cosa grave será.
Tomás
Voló la Fama,
que dice que le mueve su conciencia
una gran novedad.
Pasquín
Tened paciencia,
señor Tomás Boleno,
que estas son cosas que hace Dios. Condeno
el cabello.
Tomás
¿Por qué?
Pasquín
¿No ha reparado
que fue alazán y es hoy rucio rodado?
Pero no me responda, porque vienen
las damas. Todas sus pericos tienen.
Llegaré a cobrar dellas.
Pero ¿cuándo no hay soplo por ser bellas?
Salen las damas, córrese una cortina y estarán sentados el rey y la reina con coronas y cetros y la infanta sentada junto a la reina, y Volseo detrás del rey, en pie.
Carlos
Ya el rey está sentado
con la reina y la infanta.
Tomás
¡Qué turbado
se muestra en su semblante!
Volseo
Ya tu corte, señor, está delante.
Rey
Vasallos, deudos y amigos,
cuyos valerosos hombros
son las basas de un imperio,
las columnas de dos polos;
ya sabéis que yo en el mundo
católico y religioso,
por ser obediente al Papa
cristianísimo me nombro;
ya sabéis que vigilante
a los errores me opongo
con que nuestra fe perturba
ese prodigio, ese monstruo
de Lutero, y ya sabéis
que, advertido y cuidadoso
(bien lo dicen mis escritos),
me llaman Enrique el Docto.
Pues yo, que en tantas acciones,
de las muestras que os propongo,
he sido quien ha evitado
tantos errores y asombros,
bien cierto es que no pretendo
causar nuevos alborotos
en la cristiandad, pues antes
por excusar los estorbos
a tantos heresiarcas
a quien la fe causa enojos,
en aqueste Parlamento
a que os he llamado, sólo
asegurar mi conciencia
pretendo. Escuchadme todos.
Catalina, vuestra reina...
(Aquí, turbado y dudoso,
hablen antes que las voces
las lágrimas en los ojos).
Catalina, nuevo ejemplo
de virtud (que más dichoso
que por rey de dos imperios
me tengo por ser su esposo)
fue de mi hermano mujer:
esto a todos es notorio;
y, así, conmigo no pudo
ser válido el matrimonio.
Y viendo que yo no estoy
casado con ella, pongo
en libertad mi conciencia
(sabe el cielo si lo lloro)
con apartarla de mí;
y así, agora la despojo
del imperio, y a sus manos
quito el cetro y laurel de oro,
porque no siendo mi esposa,
está en su poder improprio.
Esto es ser César cristiano,
pues a una mujer que adoro
más que a mí, pues a una santa
de mis estados depongo.
¡Sabe el cielo si sintiera
apartarme de mí proprio
tanto! Pero donde es ley
es obedecer forzoso.
La infanta doña María,
verde rama deste tronco,
mi sucesión asegura,
y así, aunque es de matrimonio
disuelto, princesa queda:
tal la juro y reconozco.
Y tú, Catalina, vete,
en hado tan riguroso,
donde llores tu fortuna
y des a la envidia asombros.
Carlos Quinto es tu sobrino:
vete a España, o con piadoso
celo vive en un convento,
que es a tus costumbres propio.
Que yo triste y condolido
de un acto tan lastimoso,
no puedo verte, porque
tus fortunas siento y lloro.
Y el vasallo que sintiere
mal, advierta temeroso
que le quitaré al instante
la cabeza de los hombros.
Reina
Escucha, señor, si puedo
hablar; que el aire, medroso
de tus preceptos, parece
que se niega a mis sollozos,
y yo por obedecerte,
leyes a mi lengua pongo,
con mis lágrimas me anego,
con mis suspiros me ahogo.
Mi Enrique, mi rey, mi dueño,
mi señor, mi dulce esposo
(que este nombre entre los dos
como a sacramento adoro),
no siento ver a mis plantas
la corona y cetro de oro,
depuesta de mis estados,
ésta seca y aquél roto;
no siento que de tu imperio
trofeos del ambicioso
me aparten, pues de la muerte
serán caducos despojos;
siento verme sin tu gracia,
siento verte con enojos,
y haberte dado ocasión
a extremos tan rigurosos,
y, si no, para saber
cuál destas desdichas lloro
ponme en obscura prisión,
donde los rayos hermosos
del sol me nieguen sus luces;
llévame a lo más remoto
del mundo, donde entre fieras
y en un monte duros troncos
me escuchen; o ya en el mar,
entre nevados escollos,
desnudas peñas habite;
pues ya en unos o ya en otros,
viviré pobre y contenta
como sepa que mis ojos
están, señor, en tu gracia,
que pueda llamarte esposo.
Y cuando quiera mi amor
que, por darte gusto en todo,
no sienta el estar sin ti
(¡qué de imposibles propongo!),
¿cómo dejaré, señor,
de sentir el peligroso
extremo en que vives, siendo
causa a nuevos alborotos?
Tú, cristianísimo rey,
que prudente y religioso
las colunas de la Iglesia
trajiste sobre tus hombros;
tú, que, sabio, confundiste
con estudios cuidadosos
a Lutero, ¿pones duda
sobre los rayos de Apolo?
Menos sé que tú, señor,
mas cuando las cosas toco
de la fe y su religión,
creo, cerrados los ojos,
que el peregrino en el mar
fin tuviera lastimoso
si el gobierno de la nave
tiranizara el piloto.
Las cismas y los errores
con máscaras de piadosos
se introducen; pero luego
se van quitando el embozo.
Mira no vayas, señor,
deslizando poco a poco;
porque el volver sobre ti
será más dificultoso.
El Pontífice Dios es:
pues si Dios lo puede todo,
no hay duda, todo lo pudo;
esto sé y esto conozco.
Para él apelo, y a Roma
arrastrando con los ojos,
partiré peregrinando
a pedir justicia sólo.
Y, así, aunque a España pudiera
irme, adonde el vitorioso
Carlos me diera su amparo,
ni le pido ni le invoco,
por no pedirle venganza
contra ti; pues, si animoso
solicitara vengarme,
mi pecho, mi pecho proprio
fuera tu escudo, y en él
deshicieran los enojos
golpes del templado acero,
iras del ardiente plomo.
Irme a un convento, señor,
por religiosa, tampoco,
porque si yo estoy casada
en vano otro estado tomo;
y, así, en palacio he de estar
a vuestros umbrales proprios,
y sabrán, muriendo en ellos,
que os estimo y reconozco
por mi dueño, por mi bien,
por mi rey y por mi esposo.
Vuelve el rey la espalda y se va con Volseo poco a poco.
¿Las espaldas me volvéis?
¿No merezco vuestro rostro?
Aunque, si he de verle airado,
por mejor partido escojo
no miraros. ¡Muera yo,
y vos no tengáis enojos!
Púsose el sol, ¡ay de mí!,
tinieblas y sombras toco.
Carlos
No he visto en toda mi vida
teatro más lastimoso.
Capitán
¡Qué tiranía!
Vase.
Tomás
¡Qué agravio!
Dionís
¡Qué maravilla!
Carlos
¡Qué asombro!
Volveré a Francia con esto;
que no siendo el matrimonio
legítimo, no querrá
mi príncipe ser esposo
de María. A Francia voy,
y, acabados los enojos
del rey, vendré luego adonde
celebre mi desposorio.
Vanse Carlos y Dionís.
Reina
¡María!
Infanta
¡Señora!
Reina
Dame
el postrer abrazo.
Infanta
¿Cómo
podrá hablaros quien os pierde?
Sirvan de lengua los ojos.
Estando abrazadas sale Volseo y aparta a la infanta.
Volseo
El rey, señora, os espera.
Reina
¡Aún no aguardaréis un poco!
¡Así, tirano crüel,
la vid desasís del olmo!
¡Así del mar de mi llanto
sacáis ese breve arroyo!
Hija, adiós.
Infanta
Señora, adiós.
Reina
Hágate el cielo piadoso
más dichosa que a tu madre.
Cardenal, por Dios, que es solo
Juez Supremo, os ruego y pido
(ved que en la tierra me pongo)
que advirtáis, que aconsejéis
bien al rey.
Volseo
El rey es docto.
Él se aconseja consigo
y con él yo puedo poco.
Perdonadme que este gusto
os quito.
Vase con la infanta.
Reina
Yo os lo perdono,
aunque veo que el cordero
va entre las manos del lobo.
Boleno, pues que las canas
son el freno de los mozos,
decid al rey cuánto yerra.
Tomás
El rey es sabio, y conozco
la razón; mas no me atrevo
a su espíritu furioso.
Dios os consuele; que así
a riesgo mi vida pongo.
Vase.
Reina
Ana, pues que la hermosura
en los oídos más sordos
halló piedad, id al rey
y en discursos amorosos
habladle en mí, y de mi parte
estos suspiros que arrojo
le llevad. Decid que en llanto
un mar de lágrimas formo.
Vase Ana Bolena.
En fin, ¿que todos me dejan?
¿Que me desamparan todos?
¿La majestad vive ya
tan sin aplausos y adornos?
¿Aun no tengo a quien quejarme,
que es el consuelo que sólo
a un desdichado le queda?
Margarita
Yo, que tus desdichas oigo,
quedo a llorarlas contigo.
Mi vida, señora, pongo
a tus pies; ésta te ofrezco,
que espero un nombre famoso
cuando por Dios y por ti
muera Margarita Polo.
¿Dónde iremos?
Reina
A un castillo.
¡Ay, palacio proceloso,
mar de engaños y desdichas,
ataúd con paños de oro,
bóveda donde se guarda
la majestad vuelta en polvo!
¡Ay, entierro para vivos!
¡Ay, corte; ay, imperio todo!
¡Dios mire por ti! ¡Ay, Enrique,
el cielo te abra los ojos!
Jornada Tercera
Sale Carlos y Dionis.
Carlos
¿Qué me dices?
Dionís
Lo que pasa.
Carlos
¡Bolena en tan breve tiempo
se mudó! Mas ¿qué me espanta,
si son de mujer efectos?
Fui a Francia, y a mi rey dije
las mudanzas, los extremos,
sediciones y alborotos
de Enrique, y mandó al momento
que no se tratase más
de la infanta. En este tiempo
murió mi padre; yo, triste
y alegre en un punto, viendo
ya mía mi libertad,
el tratado casamiento
dije al rey. Diome licencia;
despedime de mis deudos,
todos contentos de verme
de tantas venturas dueño.
Venía por los caminos
en alas de mis deseos...
¡Oh cuántas veces, Dionís,
me pareció torpe el viento!
¡Qué alegre me imaginaba
en sus brazos! ¡Qué contento
pensé que me recibiera
Ana, agradecida, en ellos!
¡Y está casada!
Dionís
Después
que tú dejaste revuelto
con el repudio infeliz
todo este cristiano imperio,
con Ana Bolena el rey
se desposó de secreto,
que dicen que enamorado
hizo aquel notable extremo
que de Catalina santa
vimos en el Parlamento.
A todo esto el reino estaba
en bandos y a todo esto
el rey vive con Bolena.
La reina firme en su intento
está en un pobre castillo
junto a Londres, padeciendo
mil desdichas. Esto pasa,
señor, en tan breve tiempo.
No hay sino tener paciencia
y volverte a Francia luego,
porque hoy en Londres estás
a mil peligros expuesto.
Carlos
Fuerza será que me vuelva,
Dionís, si ya no es que quedo
muerto en Londres a las manos
de mi amor u de mis celos.
Mas antes que a Francia vaya
veré a la reina. Resuelto
estoy; con ella he de hablar
y denme mil muertes luego.
Mas ¿quién a palacio viene
con tanto acompañamiento?
Dionís
Ya su vanidad nos dice
Carlos
que es el cardenal Volseo.
Déjale, vente conmigo;
contaréte cómo pienso
hablar a Bolena.
Dionís
Mira
tu peligro.
Carlos
Ya le veo;
mas, Dionís, no me aconsejes,
que mi loco pensamiento
en esta ocasión no está
para admitir tus consejos.
Vanse y sale Volseo, arrojando a unos soldados que traen memoriales y Pasquín.
Volseo
¡Qué cansados memoriales!
Dejadme ya, que no puedo
sufriros; nadie me siga.
Soldado 1
¡Qué tiranía!
Soldado 2
Los cielos
me den venganza de ti.
Soldado 1
¡Qué cruel!
Vase.
Soldado 2
¡Y qué soberbio!
Vase.
Pasquín
A mí, señor, cardenal.
Volseo
Pasquín, ¿qué hay de nuevo?
Pasquín
Vengo
tan elevado y absorto
como admirado y suspenso
de una cosa que hoy he visto.
Volseo
Pues ¿qué has visto?
Pasquín
Vuestro entierro.
¡Oh, qué gran capilla hacéis!
Para un pájaro pequeño,
muy grande jaula es aquélla.
Mas ¿no sabéis lo que pienso?...
... que no os habéis de enterrar
vos en ella.
Volseo
Loco, necio,
malicioso, calla y mira
lo que te mando: al momento
sal de palacio, Pasquín;
no entres en él.
Pasquín
Esto es hecho.
Vase.
Sale Ana Bolena.
Volseo
Vuestra majestad, señora,
me dé sus pies.
Ana
Levantad.
Volseo
Ya que vuestra majestad
de los rayos del sol dora
la frente, pedirla quiero una merced.
Ana
Pues ¿qué habrá que pueda negaros? Ya
saber vuestro gusto espero,
cardenal.
Volseo
La presidencia
del reino en aqueste día
al rey pedirle quería;
y, siendo en vuestra presencia,
si ayudáis mi pretensión
tendrá efecto.
Ana
No tendrá,
que la tengo dada ya.
Sin saber vuestra intención
a mi padre se la di.
Volseo
Yo, señora, no creyera
que tu majestad la diera
sin saber antes de mí si la quería.
Ana
¿Por qué?
Volseo
Porque mi pecho entendió
que estaba más cerca yo
que tu padre, pues si él fue
quien de mujer te dio el ser,
yo el de reina, y así estás o
bligada lo que vas
de ser reina a ser mujer.
Pero vuestra majestad
con mayor cuidado advierta
que no se cerró la puerta
por donde entró esa deidad
y que el mismo que la abrió
para una reina tirana,
abrirla podrá mañana
a quien por ella salió,
pues quien a la tiranía
halló paso, claro está
que más franco le hallará
a la justicia otro día.
Vase.
Ana
¡Oh, qué cosa tan pesada
en la gloria conseguida
es quedar agradecida
una mujer y obligada!
Porque ¿a quién no causa enfado
cada punto, cada instante
ver un acreedor delante
de las glorias de su estado?
Muera Volseo. ¿Tirana
me llaman? ¿Ingrata soy?
¿Quien la puerta me abrió hoy
podrá cerrarla mañana?
Pues no pueda. Esto ha de ser.
Firme en mi venganza estoy.
Derriben mis manos hoy
a quien me levantó ayer.
Sale el Rey.
Rey
Esta carta recebí
de Catalina, y sin vella
quise, Ana hermosa, traella
para entregártela a ti.
Abrela tú, que es razón
que mi amor y mi obediencia
te pidan esta licencia.
Quejas inútiles son
de una mujer despreciada.
Ana
¿Para qué quieres que vea
cosa que lástima sea?
No sólo que esté cerrada
deseo, sino también
que la leas y respondas
a ella y que correspondas
a la piedad, porque es bien
que se atienda a lo que ha sido,
pues no perdió con el ser
haber sido tu mujer
y mi reina.
Rey
Agradecido
a esa piedad soberana
te rindo un pecho fiel.
¿Que digan que eres cruel
siendo tan afable, Ana?
Tanto estimo lo que has hecho,
que por tu gusto este día
saldrá la Infanta María
de palacio y de mi pecho.
Con su triste madre viva.
Con la respuesta verás
que la envío, pues me das
licencia de que la escriba.
Ana
Sí, yo la doy, como vea
la carta para saber
qué la escribes.
Rey
¿Qué ha de ser
sino un engaño que sea
alivio a un pecho tan lleno
de desdichas?
Ana
Aparte.
Yo veré
la carta. Y será porque
en ella ponga veneno.
Y agradecida, señor,
a la merced de enviar
a la infanta, os quiero dar
los brazos. Pero mayor
mi gusto y el vuestro fuera
si en aqueste mismo día
otro, antes que María,
de vuestro pecho saliera.
Rey
¿A quién podré reservar
si a mi hija desterré
de mí? Prosigue. ¿Quién fue
quien a ti te pudo dar
ocasión?
Ana
El que llegó
a hablarme tan libremente
y sin respeto...
Rey
Detente.
¿Hombre humano se atrevió
al sol mismo? ¿Desleal
hubo, que con vil efeto
a ti te perdió el respeto?
¡Tal escucho! ¡Que oigo tal!
Saber su nombre deseo.
¿Qué dudas? Prosigue, pues.
Ana
Temo decirte que es...
Rey
¿Quién?
Ana
... el cardenal Volseo.
Rey
¿Que Volseo se atrevió
a ti, y quejosa te ofreces?
Pues si ya tú le aborreces
no podré quererle yo.
Vete, no te vean conmigo,
y cree que hoy será Volseo
de su vanidad trofeo.
Ana
Aparte.
Beso tus pies. Si consigo
las tres cosas que intenté,
las tres muertes que emprendí,
dichosa diré que fui,
y más dichosa seré
si, cual mi pecho imagina,
en el imperio me veo
sin el cardenal Volseo
y la reina Catalina.
Vase, y sale Pasquín.
Pasquín
¿Podré llegar hasta aquí,
sin tener licencia yo?
Rey
¿Quién a ti te la negó?
Pasquín
Quien te la negara a ti
como a él se le antojara,
pues si el cardenal quisiera,
de aquella misma manera
que a mí, a ti te desterrara.
Salen los dos soldados.
Soldado 1
Tú, señor, eres mi rey;
si a ti, señor, te serví
poniendo a riesgo por ti
la misma vida, ¿qué ley
hay para que al cardenal
acuda y que él me dilate
mis pretensiones y trate,
siendo tu soldado, mal?
Sale el cardenal Volseo, y viendo a los soldados, se pone muy airado.
Volseo
¿Qué es esto? ¿No he dicho ya
que ninguno entre hasta aquí?
¿Guárdanse y cúmplense así
mis órdenes?
Rey
Muy severo.
Bien está,
cardenal. Basta, Volseo.
Volseo
Como sólo he procurado
excusarte del enfado
que mendigos...
Rey
Yo lo creo,
y mejor lo excusará,
remediando su porfía,
la hacienda que tenéis mía;
no sois cancelario ya.
Vuestros bienes, granjeados
con codicia y ambición,
no los gozaréis, que son
de aquesos pobres soldados.
A los soldados.
A saquear podréis ir
sus casas.
Volseo
Pues ¿qué me dejas,
entre lágrimas y quejas,
para que pueda vivir?
Rey
Aunque os pudiera quitar
vida que es tan atrevida,
quiero dejaros la vida
por dejaros más pesar.
Vivid, morid; que es penoso
estado llegarse a ver
un avaro sin poder
y sin mando un ambicioso.
Vase.
Soldado 1
Llegó el deseado efeto que mi suerte pretendió.
Vase haciendo burla.
Volseo
Apenas éste me vio,
¡y sin temor ni respeto
pasa delante de mí!
Soldado 2
Sólo este día esperé.
Castigo del cielo fue.
Vase.
Volseo
¡Que éstos me traten así!
Llegue de mi vida el fin,
porque sirva de escarmiento
al ambicioso.
Pasquín
Al momento
sal de palacio, Pasquín;
no entres en él más. A fe
que todo mando se acaba.
Vase.
Volseo
Esto sólo me faltaba.
Un soplo mi vida fue.
¡Ay, dudosa astrología,
y qué bien me previniste!
¡Qué con tiempo me dijiste
el que una mujer sería
mi destruición! ¡Ay, Bolena!
Por engrandecerte a ti
sobre las nubes, caí
al abismo de mi pena.
¡Plegue a Dios, que pues ingrata
mi infame muerte deseas,
que como me veo te veas;
muera así quien así mata.
Y pues al cielo le plugo
darme fin tan lastimoso,
a ti te mate tu esposo
a las manos de un verdugo.
Vase, y salen la reina Catalina y Margarita.
Margarita
Divierte aquesa pasión
en estos campos, señora,
sal a ver la blanca aurora,
que la torre no es prisión,
pues nunca della saliste.
Reina
Mal dijiste;
que a un triste sólo consuela,
Margarita, el estar triste.
Margarita
Esta cadena te envía
mi tío Reinaldo Polo
con grande secreto.
Reina
A él sólo
debe la tristeza mía
su alegría,
pues solamente a los dos
debo tanta caridad.
Margarita
Voluntad
muestra, como pobre.
Reina
Dios
os pague tanta piedad,
y en tanto que estos claveles
matizo entre aquestas rosas
apacibles y amorosas,
dime aquel tono que sueles.
Margarita
¡Que consueles
tu llanto y tus penas hoy
con aquella letra!
Reina
Sí,
porque se escribió por mí;
pues en tal estado estoy
que ayer maravilla fui
y hoy sombra mía aun no soy.
Margarita
Canta.
Aprended flores de mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui
y hoy sombra mía aun no soy.
Estando cantando sale Volseo, vestido pobremente, como oyendo la voz.
Volseo
«¡Que ayer maravilla fui
y hoy sombra mía aun no soy!»
Siguiendo el acento voy
desta dulce voz que oí,
pues que así
de los ecos el rumor
arrebató mi sentido,
que en mí ha sido
un reloj despertador
de mi sueño y de mi olvido.
Vuelve con voz homicida,
serrana hermosa, a cantar,
vuelve, y vuelve a señalar
los instantes de mi vida,
que perdida
huye de mí.
Margarita
Gente viene.
Reina
Cubre el rostro.
Margarita
A lo que creo
éste es Volseo.
Reina
Novedad el verle tiene.
Saber la causa deseo.
Volseo
Bellas serranas, si han sido
vuestros divinos despojos
tan dulces para los ojos
como son para el oído,
hoy os pido
que a un peregrino amparéis,
tan pobre y tan desdichado
que ha llegado
a pediros que le deis
menos de lo que ha dejado.
Hoy limosna a pedir llega
quien ayer la pudo dar,
quien, escapado del mar,
en vuestro arroyo se anega.
Una luz ciega
a quien el sol le vio así.
Enigmas confusas soy.
Tal estoy
que podéis cantar de mí:
«Que ayer maravilla fui
y hoy sombra mía aun no soy.»
Reina
Aparte.
Disimula, Margarita.
¿Quién te derribó?
Volseo
Una ingrata.
Margarita
Muera así quien así mata.
Reina
Si tu muerte solicita,
si te quita
tu hacienda, causa la obliga
a tal furia, a tal desdén.
Volseo
Antes bien
pienso que Dios me castiga
sólo porque la hice bien.
Reina
Hiciérasle tú a quien fuera
agradecida.
Volseo
Sospecho
que si bien hubiera hecho
a otra persona, tuviera
en pena fiera
el sentimiento doblado;
pues en la suerte que sigo,
advierto y digo
que a tener otro obligado,
ya tuviera otro enemigo.
Reina
¿Que a tal extremo has llegado?
Volseo
¿Qué más te puede decir
quien ha menester pedir,
que es el más humilde estado?
Reina
Tú has hallado
en mí remedio felice.
Y yo hallé consuelo en ti,
pues que vi
un hombre tan infelice
que me ha menester a mí.
Volseo
¿Consuelo te da mi pena?
Reina
Sí, pues, aunque pobre quedo,
a ti remediarte puedo.
Toma, toma esa cadena.
Volseo
Si, cual liberal, el cielo
te hizo piadosa, que es más,
ya que el remedio me das,
no me niegues el consuelo
y en el suelo
tendrás dos piadosos nombres.
Reina
Pues el mío saber quieres,
si tú eres
el infeliz de los hombres,
yo lo soy de las mujeres.
La vida y alma te diera
por consolarte, Volseo.
¿Conócesme?
Descúbrese.
Volseo
Ya en ti veo
la piedad más verdadera
que venera
todo el orbe. ¡Oh, cuánto yerra
el que bien hace! Repara
si es cosa clara,
pues Bolena me destierra
y Catalina me ampara.
Margarita
Señora, gente de guarda
se va llegando hasta aquí.
Volseo
Sin duda vienen tras mí.
Ya aquí el temor me acobarda.
Por mí vienen; si me alcanza
su furor, me dará muerte.
Pues acabe desta suerte
y no logren su esperanza.
Mi venganza
yo mismo la he de tomar,
que no han de triunfar de mí.
Desde allí,
despeñado he de acabar,
y muera como viví.
Vase, y salen el capitán, la infanta y soldados.
Capitán
El rey mi señor te envía
de su corte desterrada,
del cetro desheredada,
a la princesa María.
Infanta
¿Qué alegría
mayor pudo en tales plazos
darme mi padre cruel?
Pues fiel
como yo viva en tus brazos,
¿qué importan cetro y laurel?
Reina
Pierda yo cetro y corona,
pierda al mundo y viva aquí,
donde no te pierda a ti.
¿Cómo está el rey?
Capitán
Bien te abona
tu virtud. Ésta te envía
en respuesta.
Reina
Muerta estoy,
pues en albricias no doy
la vida a tanta alegría.
¿Que el ver merecí en mi mano
carta del rey mi señor?
¿Hay dicha, hay gloria mayor?
¿Hay favor tan soberano?
Decidle a Enrique, a mi bien,
a mi señor, a mi esposo,
cuánto mi pecho amoroso
estima tan alto bien;
que estoy tan agradecida
y tan contenta en extremo,
que hoy aqueste gusto temo
que me ha de costar la vida.
Vanse, y sale el rey.
Rey
El pecho de un alevoso,
¡qué inquieto y confuso vive!
¡Qué de sospechas le cercan!
¡Qué de temores le rinden!
Deseoso de saber
cómo en mi corte se admiten
las novedades, pretendo,
hecho Argos, hecho lince,
escuchar lo que de mí
en el palacio se dice.
Desde aquí suelo escuchar;
de cuyos efectos vine
a conocer qué vasallos
o me niegan o me siguen.
Retírase al paño, y salen Carlos, Tomás Boleno y Dionís.
Carlos
De todo os doy parabienes.
Tomás
Y todo es de quien os sirve
como amigo.
Carlos
De mi rey
ofendido, vengo a Enrique
a que en su corte me ampare.
Dionís
Aparte.
¡Oh, qué bien la causa finge
de haber vuelto!
Salen Ana y Semeyra.
Tomás
Esta es la reina.
Carlos
Deja que a tus pies se humille
un nuevo vasallo tuyo
que ahora ha llegado a servirte.
Dame tu mano, y diré
que por ella sola vine.
A tus pies llego a ampararme
donde justicia te pide
mi valor, de cierto agravio
que me hizo el rey.
Dionís
[Aparte.]
¡Qué bien finge!
Ana
¿Agravio el rey?
Carlos
Sí, señora.
Ana
¿Y qué fue?
Carlos
En mi ausencia triste
me quitó lo que era mío.
Ana
Aparte.
Ya sé que por mí lo dice.
¿Qué os quitó?
Carlos
Una fortaleza
al parecer invencible.
Pero al fin quedó por suya.
Ana
No hay muralla que no humille
la majestad.
Carlos
Es verdad.
Son reyes; todo lo rinden.
Ana
¿Era vuestra?
Carlos
La tenía
yo por posesión felice,
y como dueño pensaba
verla en mi poder humilde.
Pero al fin todo se muda.
Ana
Por mí os juro y por Enrique
de satisfaceros hoy,
si es que vuestro agravio pide
satisfación.
Carlos
No la tiene.
Ana
¿Por qué, Carlos?
Carlos
No es posible.
Ana
Semeyra.
Semeyra
Señora.
Ana
Bajen
músicos a los jardines;
que ya voy. El rey espera,
Boleno.
Tomás
Y yo iré a servirte,
que es obligación.
Ana
Y yo
en aquesta cuadra quise
quedar sola, para hablarte,
Carlos, y para decirte
que no es la satisfación
de aquel agravio imposible.
Si un rey me quiere, si un rey
me adora, si un rey me sirve,
¿qué resistencia tuviera
una mujer?
Carlos
¿Qué me dices?
Si me dijeras:
Rey
Aparte.
¡Qué oigo!
Carlos
«Tú te ausentaste y te fuiste;
cúlpate a ti, pues no hay
mujer en ausencia firme»,
dijeras bien; pero el rey.
no es disculpa, que no rinde
el poder la voluntad,
porque ésta siempre fue libre.
Toma esos falsos papeles,
toma aquesas prendas viles,
que en mi poder están mal,
cuando, huyendo como Ulises,
pienso cerrar los oídos
a los encantos de Circe.
Mas no me quejo, ¡ay triste!,
eres mujer y como tal hiciste.
Dale los papeles y vase con Dionís.
Ana
Espera, Carlos, detente.
¡Ay de mí! Oprimida y libre,
entre el amor y el respeto
el alma dudosa vive.
Vase.
Sale el rey de donde estaba escondido.
Rey
¡Qué es esto que escucho, cielos!
¿Que es posible, que es posible
que pasen por mí, en un punto,
tantas desdichas? ¡Terrible
aprehensión! ¡Fiera sospecha!
¡Suerte injusta! ¡Hado infelice!
¿Yo engañado? Ajeno dueño
lo fue de aquella que hoy mide
los rayos del sol. ¿Qué mucho?
Era sol, llegó su eclipse.
Este papel se cayó
Álzale.
entre aquéllos... ¿Quién resiste
tanto dolor? Letra es suya.
«Vos sois, Carlos», y prosigue,
«Mi dueño...» ¡Tal pronuncié!
¡Tiernos amores le escribe!
Mas ¿qué mucho que le escriba
mujer que a mis ojos dice:
«Entre el amor y el respeto
el alma dudosa vive»?
Pues no haya duda en mi fama,
ella dude y yo confirme.
¡Ah de mi guarda!
Sale el capitán.
Capitán
Señor.
Rey
Sin el respeto que pide
la majestad, a la reina...
¿A la reina? ¡Qué mal dije!
A esa mujer, a esa fiera,
ciego encanto, falsa esfinge,
a ese basilisco, a ese
áspid, a ese airado tigre,
a esa Bolena prended,
y en el castillo invencible
de Londres, que del palacio
está enfrente, en noche triste
viva presa. Y al francés
que fue embajador, y libre
está en palacio, también.
¡El alma dudosa vive
entre el temor y el respeto!
La que duda, ya concibe
la ofensa, y en esta parte
bastará que se imagine.
Y mujer que a dudar llega,
¿cuándo, cuándo se resiste?
¡Ay, Bolena! Desde el centro
te levantaste y subiste
a coronarte de nubes,
mas ¿qué violento está firme?
Sale Tomás.
Tomás
¡Tú, señor, voces al viento!
Grande mal es el que rinde
la majestad.
Rey
¡Ay, Boleno!
Tú eres prudente, tú riges
mi imperio, tú le gobiernas,
mi presidente te hice:
guardar me debes justicia.
Hoy he de ver cómo mides
la piedad con el rigor.
Tomás
Ocioso es el prevenirme
con tantos extremos. Juro
a los cielos que administre
justicia en mi propia sangre,
tan limpia desde su origen.
Rey
Pues esa palabra aceto.
Toma, toma y no examines
más testigo.
Dale el papel.
Tomás
Aunque pudiera
como padre, en fin, rendirme
a la pasión, no pretendo
sino que el mundo publique
que he sido juez, y no padre.
Libre estoy, quedaré libre.
Lavaré en mi misma sangre
las manos.
Salen Ana Bolena, el capitán y soldados.
Ana
¡Villanos, viles!
Vive Dios que en vuestro pecho
hoy mi furor examine.
¿Yo presa? ¿Quién en el mundo
pudo, atrevido, medirse
con mi poder y mi mano?
Capitán
Orden es del rey; él dice
que te prendan.
Ana
Si él me escucha
él lo dirá. ¿Tú, invencible
César, me mandas prender?
Rey
Yo lo mando.
Ana
¿Quién resiste
a tus preceptos? Yo estoy
siempre a tus plantas humilde.
En ellas pondré la boca.
Mas ¿qué causas hay que obliguen
a este extremo?
Rey
Tú las sabes
y mi voz no las repite
hasta que ofensa y castigo
con tu muerte se publiquen.
Vase.
Ana
Aquí dio fin mi fortuna,
aquí los triunfos sublimes,
aquí las doradas glorias,
aquí las honras insignes.
¡Ay fortuna, loco almendro
que sin tiempo y sazón diste
rosadas hojas! ¿Qué importa
que a sus giros ilumine
el sol tus flores si, luego,
airados vientos embisten,
y hechos cadáver del campo
tus destroncados matices,
aves sin alma en el viento,
fueron despojos sutiles?
Tomás
Id con ella y ese orden
se ejecute.
Capitán
Como dices se cumplirá.
Vanse, y sale el rey.
Rey
Ay, discurso,
¿qué me atormentas y afliges?
Ilusión, ¿qué me amenazas?
Temor, ¿por qué me persigues?
¡Tantos enemigos juntos
a sólo un pecho le embisten!
Socorred, Señor piadoso,
al hombre más infelice
que verá el mundo en sus tornos,
aunque eternamente giren.
Quédase un poco suspenso.
Ya que me inspiráis, presumo,
mucho aliento con que alivie
mis ansias, si yo le admito,
pues comenzáis, concluidle...
Que vuelva con Catalina
me decís, bien se permite.
¡Buen consejo! Mas el cielo
¿cuándo le dio malo, Enrique?
Ea, tráiganme a mi esposa
verdadera, a quien humilde
pediré que pida a Dios
que con su piedad me mire.
¡Hola, guarda!
Salen la infanta y Margarita, con luto.
Infanta
Aunque mi vida
ponga a riesgo, he de pedirle
justicia a mi padre el rey.
A tus pies, invicto Enrique,
y no como hija tuya,
sino como la más triste
mujer, te pido justicia.
Rey
¿Por qué negro luto vistes?
¿Murió Catalina?
Infanta
Sí;
trabajos fueron posibles
a deshacer una vida
tan santa, y vengo a pedirte
venganza. De aquesos pies
no he de levantarme humilde
hasta que me la concedas,
o que la mía me quites.
¡Justicia, señor, justicia!
Rey
¡Ay de mí! Ya el alma vive
en mejor imperio. ¡Ah, cielos!
¡Qué mal hice! ¡Qué mal hice!
Mas si no tengo remedio,
¿de qué sirve arrepentirme?
¿De qué sirven desengaños
y deseos? ¿De qué sirven,
si está cerrada la puerta?
Yo negar al Papa quise
la potestad, yo usurpé
de la Iglesia un increíble
tesoro, tanto, que es ya
restitución imposible.
Si a los grandes hoy les quito
las rentas y a los que hoy viven
libres les vuelvo a poner
leyes, haré que apelliden
libertad. ¡Ángel hermoso
que en trono de luz asistes
y en tu venturosa muerte
mártir generosa fuiste,
dame favor, dame ayuda,
pues ya quiero arrepentirme!
Pero es muy tarde, no puedo.
¡Qué mal hice! ¡Qué mal hice!
Hablando con la Infanta.
Tú serás de Ingalaterra
reina, y porque se confirme,
hoy te ha de jurar el reino
para que en ti resuciten,
de tu siempre santa madre
memorias que lo acrediten.
Y casaréte en España
con el Segundo Felipe,
hijo de Carlos, honor
de los flamencos países,
y daréte la venganza
de la Jezabel que pides.
Porque tu coronación
tenga principios felices,
llamen a la jura al reino.
Infanta
En el día que tan triste
estás, señor, y lo estoy,
no será bien que me obligues
a tan festivas acciones
como los aplausos piden.
Otro día podrá ser.
Rey
Hoy ha de ser, no repliques;
que ya que a tu madre no
pude, aunque tanto la quise,
restituirla en su reino,
quiero en él restituirte.
Para ella será la gloria
cuando del cielo lo mire,
y para Bolena horror,
si ya en el mayor no asiste.
Vete y vístete de gala.
Infanta
Con obedecerte, dice
mi humildad que es ley tu gusto.
Rey
¡Qué mal hice! ¡Qué mal hice!
Vase la infanta y sale Tomás Boleno.
Tomás
Ya hice lo que mandaste.
Rey
Callad, mirad, prevenidme,
ya me entendéis, a la jura
lo necesario.
Tomás
Si hice
lo más, en lo que es lo menos,
¿cómo podré no servirte?
Vase.
Rey
¿Cómo tengo de mirar,
pues no verlo es imposible,
el más funesto teatro
y espectáculo más triste,
que del exordio del mundo
a su período mire
en todo el globo inferior
el sol, de sus orbes lince?
Tocan dentro.
Ya la seña de la jura
hacen. Quiero prevenirme
a disimularme afable,
a consolado fingirme.
Aquí, valor, ayudadme;
aquí, valor, permitidme
que muestre aquí del que tuve
alguna seña visible.
¡Ayuda aquí, poderoso
Señor, que el bajel va a pique!
¡En qué piélagos navega
de confusiones Enrique!
Vase.
Tocan chirimías y clarines y salen a la jura los que pudieren y el rey y la infanta, que suben en un trono a cuyos pies en lugar de almohada ha de estar el cuerpo de Ana Bolena, cubierto con un tafetán y en estando sentados la descubren.
Infanta
¡Qué bien vuestra majestad
satisfizo mis ofensas,
pues que me ha puesto a los pies
quien pensó ser mi cabeza!
Con tan alegres principios
mis dichas serán eternas.
¡Gloriosos triunfos me aguardan,
triunfantes glorias me esperan!
Capitán
El cristianísimo Enrique,
a quien la corona inglesa,
con ser tan grande, le viene
a sus méritos pequeña,
para dar satisfación
al vulgo, monstruo que piensa
que la reina Catalina
no fue legítima reina,
hoy a María, su hija,
infanta y señora nuestra,
única heredera suya,
quiere jurarla princesa.
Para cuya acción heroica
los grandes de Ingalaterra
y titulados, a Londres
los conduce su obediencia,
y manda, como rey suyo,
como universal cabeza
en entrambos fueros, que
al juramento procedan.
¿Así lo obedecen todos?
Todos
Sí, obedecemos.
Capitán
Su alteza
ha de jurar de cumplir
su obligación, que es aquesta:
que ha de conservar en paz
sus vasallos, aunque sea
a costa de su descanso
obligación de quien reina.
Que a nadie ha de compeler,
con alteraciones nuevas
en materia de costumbres,
a la extirpación de sectas.
Con Roma y con su prelado,
para excusar diferencias,
si quiere proceder bien
como su padre proceda.
No ha de quitar a los legos
las eclesiásticas rentas,
ni ha de presumir que es robo
quitárselas a la Iglesia.
Si esto vuestra alteza jura
cumplir, toda la nobleza
princesa la jurará.
Infanta
Pues no quiero ser princesa.
¿Vuestra majestad, señor,
este juramento ordena
que haga?
Rey
El reino lo pide,
y no pide cosa nueva.
Infanta
Si el reino piensa de mí
que he de jurarlo, mal piensa,
cuando de mil reinos juntos
imperios me prometiera.
Y pues vuestra majestad
sabe la verdad, no quiera
que, por razones de estado,
la ley de Dios se previerta.
Quien los siete sacramentos
escribió con excelencia
tan grande, que los más doctos
como milagro veneran;
quien la inobediencia al Papa
condenó de tal manera,
que al hereje más sofista
concluyen sus consecuencias;
quien della escribió tan alto
que confundió la protervia
del sacrílego Lutero,
aquella alemana bestia,
¿hoy ha de contradecirla?
Rey
Dices verdad; mas ya es fuerza
por mi opinión.
Aparte.
¡Pobre Enrique!
¡Qué de daños que te esperan!
María, moza y mujer
sois, y la poca experiencia
os hace hablar de ese modo.
Tocaréis las conveniencias
y veréis lo que os importa.
Infanta
Lo que importa es que a la Iglesia
humildes obedezcamos,
y yo, postrada por tierra,
la obedezco, renunciando
cuantas humanas promesas
me ofrezcan, si ha de costarme
negar la ley verdadera.
Rey
No se niega aquí la ley;
algunos preceptos della,
sí.
Infanta
Pues quien en uno falta
a todos los hace ofensa.
Margarita
¡Oh, católica señora,
vivas edades eternas!
Tomás
Vuestra majestad modere
el pensamiento a su alteza,
porque no la jura el reino.
Infanta
Hará muy bien, porque crea
que al que me jure y faltare
a lo que mi ley profesa,
si no le quemare vivo,
será porque se arrepienta.
Rey
Efímeras de la edad
de María son aquéstas.
Ella es cuerda y sabrá bien
moderarse como cuerda.
El reino puede jurarla
y si, cuando llegue a reina,
no fuere del reino a gusto,
depóngala Ingalaterra.
A la infanta.
Callad y disimulad,
que tiempo vendrá en que pueda
ese celo ejecutarse,
ser incendio esa centella.
Capitán
¿Quiere el reino hacer la jura?
Todos
Sí, pues nuestro rey lo ordena.
Tomás
Con las condiciones dichas.
Infanta
(Aparte.)
Yo la recibo sin ellas.
Tocan chirimías y bésanla la mano con las ceremonias ordinarias.
Rey
Ya sois princesa de Walia
jurada, ya Londres muestra
en sus aplausos su gusto.
Todos
¡Viva, viva la princesa
muchos años!
Infanta
¡Dios os guarde!
Capitán
Y aquí acaba la comedia
del docto ignorante Enrique
y muerte de Ana Bolena.
FIN
- Rechtsinhaber*in
- Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach
- Zitationsvorschlag für dieses Objekt
- TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. La cisma de Ingalaterra. La cisma de Ingalaterra. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbgw.0