Personajes

  • LEONIDO.
  • ADOLFO.
  • FLORANTE.
  • POLIDORO.
  • ARGANTE, viejo.
  • AURELIO, viejo.
  • MERLÍN, gracioso.
  • SOLDADOS.
  • MÚSICOS.
  • MARFISA.
  • ARMINDA.
  • MITILENE.
  • ALFREDA.
  • CASIMIRO.
  • FLAVIO.
  • FLÉRIDA.
  • MEGERA.
  • LA FAMA.
  • DAMAS.

Jornada I

Transmútase el teatro en una selva. Suenan caja y clarín y aparece en lo alto de un risco Leonido, a caballo, armado, con un escudo, pintado en él un león, y dice dentro Arminda.
ARMINDA
Dentro.
¡Seguilde todos! No quede,
tronco a tronco, peña a peña,
estancia que no registren
vuestro valor y mi ofensa.
UNOS
Dentro.
¡Al monte!
OTROS
Dentro.
¡A la cumbre!
OTROS
Dentro.
¡Al llano!
OTROS
Dentro.
A la marina, a la selva!
LEONIDO
Desbocado bruto, ¿dónde,
precipitado, me llevas
más de la espuela irritado
que corregido a la rienda?
TODOS
Dentro.
Al monte, al llano!
Cae Leonido al tablado y el caballo desaparece por otra parte.
LEONIDO
Valedme,
cielos!
POLIDORO
Dentro.
Pues ellos le truecan
el precipicio a piedad
del peñasco en que tropieza
su caballo para que
el nuestro le favorezca,
tenle tú, Merlín, en tanto
que él en mis brazos alienta.
MERLÍN
Dentro.
Cómo he de tenerle yo,
si apenas suelto le dejas
cuando, de su libertad
usando, veloz se ausenta?
Sale Polidoro.
POLIDORO
Síguele; y tú, señor, cobra
aliento, espíritu y fuerzas.
LEONIDO
Mal podré; que la caída,
si al despeño me reserva,
no al peligro.
TODOS
Dentro.
Al monte, al llano!
LEONIDO
Y más cuando no me quedan
esperanzas de que pueda
ocultarme en la maleza
del monte, según la gente
que a todas partes le cerca.
POLIDORO
Ni la fuga, pues rendido
tu caballo entre esas peñas
rendido yace; y el mío,
suelto, en el bosque se entra
de Merlín seguido.
LEONIDO
Añade
que, aunque esforzarme pretenda
a pie y armado a romper
los sitiados cotos de esta
enmarañada espesura,
por ninguna parte hay senda
que no encuentre con el mar.
POLIDORO
Quizá podrá ser que sea
nuestra dicha la que aquí
juzgas ser desdicha nuestra.
LEONIDO
Cómo?
POLIDORO
Como en su marina,
atada a un tronco, la cuerda
de la sirga de un barquillo
está; que, según las señas
de pobres remos y redes,
humilde pescador deja
fiado al mar mientras descansa;
conque podrás, si en él entras,
trocar el preciso riesgo
de las fortunas de tierra
a las fortunas del mar,
dando por lo menos tregua
el riesgo que viene al riesgo
que puede ser que no venga.
LEONIDO
Dices bien; la precisión
apele a la contingencia,
que no es hüir conocer
imposible la defensa.
Al barco, pues, Polidoro;
y porque no queden señas
de quién soy en la divisa
que es timbre de mis empresas,
tráete contigo ese escudo;
que me importa más que piensas
que no se sepa quién soy;
y, ¡oh, quién retirar pudiera
a Merlín también!
POLIDORO
Quién quieres
que ser tu criado sepa
un hombre no conocido?
En el barco, señor, entra;
que, como una vez los remos
nos aparten destas peñas,
mal podrán darnos alcance
los que nos siguen.
LEONIDO
¡Deshecha
fortuna, por cuanto en mí
el proverbio no cumplieras
de “a gran fiesta, gran desdicha”!
Vanse los dos.
TODOS
Dentro
A la marina, a la selva!
Suenan voces y salen Arminda, Flavio y soldados.
ARMINDA
¡Sitiad el monte! ¡No quede,
mil veces a decir vuelva,
tronco a tronco, rama a rama,
risco a risco y peña a peña,
estancia que no registre
vuestro valor y mi ofensa!
Sale Adolfo.
ADOLFO
En vano será; que yo,
siguiendo, Arminda, la huella
del caballo que rendido
hallé, juzgándole cerca,
seguí el rumbo y vi que al mar
se entregó en una pequeña
barquilla que acaso estaba
dado cabo en la ribera;
y aunque tu dolor y el mío
tras él me echaron, fue fuerza
la tierra ceder al mar,
por la ventaja que lleva
el delfín que menos nada
al caballo que más vuela;
conque, triste en no ser quien
vivo o muerto te le ofrezca,
vuelvo al desaire de que
sin él a tus ojos vuelva.
Sale Florante con Merlín, vestido de librea, de máscara.
FLORANTE
Con no menor sentimiento
también llego a tu presencia
yo; bien que, en señal de que
no hubo centro que no inquiera,
te traigo aqueste criado
–que un caballo de la rienda
en socorro le traía–,
según traje y temor muestra.
ARMINDA
Pues ya que habemos perdido
una y otra diligencia,
la noticia de quién es
–y seguirle donde quiera
que le lleve su fortuna–
por lo menos no se pierda.
Quién vuestro dueño es?
MERLÍN
Si yo
quién es mi dueño supiera,
supiera que es un derriba-
príncipes y no le hubiera
servido de lo que llaman
lacayo ad honorem.
ARMINDA
¡Cesa!
Más que respuesta es locura.
MERLÍN
Pues yo no sé otra respuesta;
que aunque no puedo negar
que el caballo y la librea
son suyos, tampoco puedo
decir, señora, quién sea;
porque entre otros alquilados
–a que en ellos resplandezcan
oropeles y velillos,
percances de día de fiesta–,
me tocó que, de respeto,
ese caballo le tenga.
Por no quedarme con él,
viendo que veloz se ausenta,
a luz de restitución
le seguí; para que entienda,
ya que alquilé la persona,
que no alquilé la conciencia.
ARMINDA
Todo eso dirás mejor
en un potro.
MERLÍN
Esa sentencia
la naturaleza implica;
que si la naturaleza
es ir de potro a caballo
será contra su etiqueta
ir yo de caballo a potro.
ARMINDA
Llevadle; y nada os detenga
a que en manos de un verdugo
o diga verdad o muera.
MERLÍN
¡Piedad, señora!
ARMINDA
No hay
piedad.
MERLÍN
Pues haya clemencia.
SOLDADOS
¡Venid!
MERLÍN
¿Qué les va a vustedes
en llevarme tan apriesa?
SOLDADO 1
La obediencia.
MERLÍN
Pues por sólo
que no logren su obediencia
–perdone mi amo–, tengo
de cantar antes que sea
mi instrumento el arpa en quien
son de cáñamo las cuerdas.
ARMINDA
Di, pues, di: quién es tu dueño?
MERLÍN
Aquel rayo de la guerra,
hijo expósito del hado.
Es lo más que de él se cuenta
que el gran duque de Toscana,
andando a caza en sus selvas,
recién nacido le halló
a la boca de una cueva
con ricos paños de oro
su inocente infancia envuelta
y una lámina que nadie
ha leído qué contenga.
En su familia criado,
creció con tanta soberbia
que todo es caballerías,
divisas, motes y empresas.
El Caballero del Febo,
con él fue un mandria; una dueña,
Palmerín de Oliva; un zote,
Arturo de Ingalaterra;
y, en fin, Amadís de Gaula,
un muchacho de la escuela;
y un niño de la doctrina,
el gran Belianís de Grecia.
Conque corriendo fortunas,
ya prósperas y ya adversas,
con el nombre de Leonido
y un león de oro por empresa
–orlado con el enigma
de las no entendidas letras–
llegó de Tiro, a auxiliar
en las heredadas guerras
que con Sidón tuvo, a hacerse
lansgrave de Tiro en Persia.
ARMINDA
(Esto más?)
FLORANTE
(¿Qué escucho?)
ADOLFO
(¿Qué oigo?)
ARMINDA
(Qué dolor, qué ansia!)
LOS DOS
(Qué pena!)
MERLÍN
En ella oyó que tu hermano
Lisidante, en real palestra
–a ostentación de su gala,
su valor y su fineza–
una justa mantenía;
y que sustentaba en ella,
retando a cuantos amantes
de finísimos se precian,
que la más hermosa dama
que había en todo el orbe era
Mitilene –que en la isla
de su mismo nombre reina–,
con quien casarse trataba,
por cariño y conveniencia
de ser prima hermana suya.
Él, acusando la ofensa,
en común de cuantas damas
su amor desairar intenta
–y en particular de una,
cuya ignorada belleza
en un retrato idolatra–,
salir quiso en su defensa
–para venir disfrazado
sin la pompa y la grandeza
de sus ganados blasones,
no sé yo qué causa tenga–
y así entró de aventurero
donde...
ARMINDA
¡Suspende la lengua!
No la tragedia repitas
a vista de la tragedia.
Tened aquese criado
en prisión hasta que sepa
de más cierto si es verdad
lo que ha dicho.
MERLÍN
De manera
que, castigado al mentir
y al decir verdad, se prueba
que siempre yerra el criado
o diga verdad o mienta.
ARMINDA
Generoso Adolfo, ilustre
Florante –cuya fineza,
pagándome el pundonor
la costa de la vergüenza,
a darme por entendida
en este trance me fuerza
de haber venido por mí
a la fama de estas fiestas–,
ese monstruo de fortuna
fue el que –auxiliar en aquella
solevación que intentó
contra mi hermano la fiera
república de Catania,
llamado para que fuera
gobernador de sus armas
con la traidora promesa
de coronarle su duque–
infestó las playas nuestras
con tan poderosa armada
que, en civiles bandos puesta,
toda Tinacria se vio
a más desdichas expuesta
que si a un tiempo reventaran
Volcán, Mongibelo y Etna.
Con este conflicto, el cielo,
reduciendo la violenta
saña a un perdón general,
dejó frustrada y deshecha
de su ambición la esperanza;
sin que, en tantas conferencias
como en sus ajustes hubo,
darle mi hermano quisiera,
por más que lo pretendió,
ni plática ni licencia
de salir a tierra; cuyo
desdén sintió de manera
que, protestando vengarle,
dio desairado la vuelta.
Conque las noticias de ese
criado, sin duda, son ciertas;
pues el venir encubierto,
no presentarse en presencia
de los jueces –que el seguro
juraron sin su licencia
y sin firmar el cartel–,
aparecerse en la tela,
romper la valla el caballo,
correr las lanzas sin ella
al desesperado choque
de las dos armadas testas,
señas son de que venía
más de duelo que de fiesta.
Bien pudo ser que el acaso
–de agilidades tan necias
que son para burlas mucho
y son pocas para veras–
dispusiese el trance; pero
no pudo ser que no sea
de añadir la presunción
en mi dolor pena a pena,
furia a furia, saña a saña,
ira a ira y fuerza a fuerza;
mayormente cuando no
es bien dejar la sospecha
contra mí que, del consuelo
de haber quedado heredera
de Tinacria, lisonjee
el dolor de la tragedia.
Y así, príncipes heroicos,
timbres de Rusia y Suevia,
en habiendo celebrado
las funerales exequias,
será un oscuro retiro
mi más penosa vivienda;
sin que, hasta verme vengada
de este tirano, me vea
ninguno el rostro; y supuesto
que de la fineza vuestra
ya me di por entendida,
coronad vuestra fineza
en mi venganza; porque,
como caballero sea
el que la logre, será
quien más conmigo merezca;
y si, sobre caballero,
hay lustre que le guarnezca,
será mi mano laurel
del que a mis plantas le ofrezca,
o rendida su persona
o troncada su cabeza.
Vase.
FLORANTE
(En notable confusión
su resolución me deja...)
ADOLFO
(En grande empeño me pone
su vengativa propuesta...)
FLORANTE
(...pues haberle de buscar
o perder a Arminda es fuerza;...)
ADOLFO
(...pues es fuerza que le busque
o a la hermosa Arminda pierda;...)
FLORANTE
(...y así, pues juntas me embisten
mi fama y mi conveniencia,...)
ADOLFO
(...y así, pues me embisten juntos
mi cariño y mi nobleza,…)
FLORANTE
(...en busca suya...)
ADOLFO
(...en su alcance...)
FLORANTE
(...Mas no lo diga la lengua;
dígalo el tiempo.)
ADOLFO
(...Y pues esto
a cargo del tiempo queda,
obre el valor; y la voz
quede por ahora suspensa.)
FLORANTE
Adolfo?
ADOLFO
Florante?
FLORANTE
Puesto
que en la noble competencia
de soberanas deidades
–donde el mérito no llega
a más que adoración– bien
cabe que dos se convengan
a la luz de sacrificio
en el culto de la ofrenda;
pues víctima a la deidad
de Arminda es Leonido, sea
el convenirnos los dos
en buscarle de manera
que, dejando a la fortuna
que al que elija favorezca,
empeñadas no se encuentren
las dos intenciones nuestras.
Decidme, pues...
ADOLFO
Deteneos;
que en imposibles bellezas
–tan negadas al amor
que, al mismo tiempo que fuera
el no quererlas delito,
fuera delito el quererlas–
no puede darse el afecto
a partido que no sea
que el que sirviere a mi dama
por enemigo me tenga.
Yo vi a Leonido arrojarse
al mar; y aunque en él no hay senda,
el ir yo por donde sé
que él va, escrúpulo no deja
al valor de que, en su alcance,
el mayor riesgo no emprenda;
conque asentado que donde
hay dama no hay conveniencia,
en el mar me hallará quien
seguirle a él y a mí pretenda.
FLORANTE
Quien tiene acetado un duelo,
no le cumple si otro aceta;
y para no embarazarle,
en daros otra respuesta
sólo diré que no es
el mar campaña tan cierta
como la tierra; y así,
yo le buscaré en la tierra,
dentro de Tiro, su estado,
donde es preciso que vuelva;
y donde también seguirnos
a mí y a él podréis.
ADOLFO
En esta
suspensión de armas quedamos.
FLORANTE
Norabuena.
ADOLFO
Norabuena.
FLORANTE
Seguid, pues, vuestra fortuna
y adiós.
ADOLFO
Seguid vos la vuestra
y adiós también.
FLORANTE
Él os guarde.
ADOLFO
Él a vos os favorezca;
y, en fin, el que venza viva.
FLORANTE
Y viva, en fin, el que venza.
Transmútase el teatro de la selva en el de marina y será su escena toda de peñascos ásperos, lóbregos y incultos, fundados sobre ondas, que finjan, lo más que puedan ser, escollos del mar. De una de sus cumbres se ha de desatar una ría que atraviese el tablado y bajar por ella un barco con Leonido y Polidoro; y en llegando a saltar en tierra, desaparece el barco, como llevado de la corriente.
LEONIDO
Dentro.
Pues proejar no podemos
–a fuerza de los brazos y los remos–
contra el raudal que en rápida aviada
hace el mar rebalsado en la ensenada
de escollos que rebaten su corriente,
dejémonos llevar de la inclemente
cólera del destino.
POLIDORO
Dentro.
Fuerza será –que ya no hay más camino
de vencer tanta guerra–
osar morir osando tomar tierra.
LEONIDO
Dentro.
Pues si ya no concede tregua alguna,
sálgase con sus ceños la fortuna;
y entre montes y celos,
o a morir o a vencer, socorro, cielos!
Salen Leonido y Polidoro.
POLIDORO
No en vano los invocas,
pues, conmovidos, antes que en las rocas
llegue a chocar la mísera barquilla,
rozándose en la arena,
de légamos, de brozas y ovas llena,
ha encallado la quilla.
LEONIDO
Felice, oh tierra, el que cobró tu orilla
después de la tormenta!
POLIDORO
Dices bien; pero pon, señor, a cuenta
del gozo la zozobra
de no saber qué tierra es la que cobra;
y más al ver en sus primeras señas
desnudos riscos de peladas peñas
sólo habitadas de funestos troncos,
que de quejarse al ábrego están roncos;
cuyo susurro, perezosas aves,
graznando tristes y volando graves,
en entrambas esferas
alternan con los ecos de las fieras,
cuatro ruidos uniendo a sólo un ruido:
el mar, el aire, el canto y el bramido.
LEONIDO
Bien temes. Puesto que es asombro tanto
todo horror, todo susto, todo espanto;
y pues nos es preciso que intentemos
saber qué tierra es ésta a que arribamos
–porque al mirarme, si es que gente hallamos,
en este traje escándalo no demos–,
será bien que dejemos,
hasta buscar reparo a nuestras vidas,
las armas escondidas,
resguardando el empeño
de que hayan de quedar para otro dueño
que las encuentre acaso; que sería
último vale de la suerte mía
si... (Mas ¿qué es lo que digo?;
que su enigma aun conmigo
no lo debo tratar.)
POLIDORO
Aquí una roca
descubre infausta, entre su abierta boca,
lóbrego seno en que, depositadas,
podrán estar ocultas y guardadas,
dejando seña tal que las hallemos
si por ellas volvemos.
LEONIDO
Qué más segura seña
que lo cavado de la misma peña?
Y así, para encubrillas,
desenlazando ve pernos y hebillas.
En el foro deste teatro ha de haber una gruta, cuya puerta, pintada de peñascos, pueda a su tiempo abrirse en dos bastidores; y sobre ellos, fingida la natural de una como rotura de la misma peña, por donde caigan las armas dentro de la cueva.
POLIDORO
Ya celada y escudo
a la sima entregué; donde no dudo
que no sólo capaz es su secreto
del brazalete, el espaldar y el peto,
según que, iluminada o tarde o nunca
del sol, semeja ser honda espelunca
en que, si acaso necesario fuera,
aun a nosotros esconder pudiera.
LEONIDO
A qué fin, si antes es fuerza que vamos
discurriendo hasta ver si es que encontramos
en tan deshecha, mísera fortuna
alguna población o gente alguna?
POLIDORO
A ese fin, más veloces
que no las plantas llegarán las voces.
LEONIDO
De todo nos valgamos.
POLIDORO
Pues discurriendo y dando voces, vamos.
LOS DOS
Ah de los soberbios montes!
MÚSICA
Dentro.
Ah de los soberbios montes!
LEONIDO
Oye; y por si acaso ha sido
ilusión, vuelve a llamar.
LOS DOS
Ah de los incultos riscos…
MÚSICA
Dentro.
Ah de los incultos riscos…
LOS DOS
…que siendo del mar escollos…
MÚSICA
Dentro.
…que siendo del mar escollos…
LOS DOS
…sois de la tierra obeliscos...
MÚSICA
Dentro.
... sois de la tierra obeliscos,
dad paso a mis suspiros,
por si un prodigio vence otro prodigio!
LEONIDO
Qué es esto, cielos? ¿De cuándo
acá el eco ha respondido,
tan sin sisar los acentos
que vuelve más que le dimos?
POLIDORO
No sólo la admiración
es oírlos, sino oírlos
tan sonoros cuando suenan
en tan cóncavos vacíos.
LEONIDO
Vuelve a oír, por si fue eco
o fue otra voz la que dijo...
MÚSICA
Dentro.
... escollo armado de yedra,
yo te conocí edificio.
POLIDORO
Otra voz fue, pues hablando
al monte acuerda haber sido...
MÚSICA
Dentro.
...ejemplo de lo que acaba
la carrera de los siglos.
LEONIDO
¿Cúya será tan alegre
música en tan triste sitio
que por baldón dice al monte,
como acusando su olvido,...?
ÉL y MÚSICA
...de lo que fuiste primero
estás tan desconocido...
POLIDORO
Es verdad, pues le moteja
al mirarle tan altivo...
ÉL y MÚSICA
... que de sí mismo olvidado,
no se acuerda de sí mismo.
LEONIDO
No es eso sólo, sino
que añade, glosando el ritmo,…
ELLOS y MÚSICA
... dad paso a mis suspiros,
por si un prodigio vence otro prodigio.
POLIDORO
A aquella parte parece
que es donde el canto se ha oído.
LEONIDO
Y a lo que se deja ver
–según desde aquí diviso–,
donde del mar la ensenada
remata y deja contiguo
lo áspero de la maleza
con lo afable del camino,
lucida tropa de damas
viene, cuyos repetidos
ecos vuelven a decir,
si bien llegamos a oírlos...
MÚSICA
Dentro, a lo lejos.
(Ah de los soberbios montes!
(Ah de los incultos riscos,
que siendo del mar escollos
sois de la tierra obeliscos,
dad paso a mis suspiros,
por si un prodigio vence otro prodigio!
POLIDORO
Por otra parte han echado.
LEONIDO
Salgámoslas al camino
por esotra; que no dudo,
si patria y nombre fingimos,
que nos escuche piadoso
tan bello escuadrón festivo;
que no es fuerza que anden siempre
juntos lo huraño y lo lindo.
POLIDORO
Por esta parte parece
que atravesando salimos
al encuentro.
LEONIDO
Sigue, pues,
mis pasos.
Vanse los dos y dice dentro Mitilene.
MITILENE
No haya escondido
centro en el monte que no
penetren los repetidos
concentos vuestros, diciendo
sus voces y mis disignios...
ELLA y MÚSICA
…dad paso a mis suspiros…
Entreabriéndose la puerta de la cueva, sale a ella Marfisa, vestida de pieles, como absorta, repitiendo los versos que la Música canta a lo lejos; y vense en la cueva las armas.
MARFISA
Canta.
…dad paso a mis suspiros…
MÚSICA
…por si un prodigio vence otro prodigio.
MARFISA
Cielos, qué violenta fuerza;
hados, qué impulso atractivo;
fortuna, qué poderoso
afecto; astros, qué preciso
influjo es el que en mí tiene
tan absoluto dominio
que, siendo norte del alma,
es imán de los sentidos
al escuchar...?
MÚSICA
Dad paso a mis suspiros...
MARFISA
Canta.
Dad paso a mis suspiros…
MÚSICA y ELLA
…por si un prodigio vence otro prodigio.
MARFISA
Si cuando rudos pastores
de estos escollos vecinos
–por quien el Peloponeso
competencia es del Olimpo–,
por solazar las tareas
de sus nevados apriscos
con sus rústicos cantares
tal vez alegran festivos,
me arrebatan de manera
que, a pesar del padre mío,
con el ansia de imitarlos
y con el gozo de oírlos
rompo la prisión en que
cruel me guarda y cela esquivo,
¿qué mucho, ¡ay de mí!, que hoy
que de la cueva he salido
por silvestres frutas, que
son nuestro vital alivio,
a hurto suyo solicite
oír de este inculto sitio,
sin que me vean, tan dulces
voces; y a solas conmigo,
mi natural complaciendo,
pruebe a ver si las imito,
diciendo como ellas...?
Canta.
…dad paso a mis suspiros.
Mas... qué es en lo que tropiezo?
¿No basta, cielos divinos,
que me admire lo que oigo
sino también lo que miro?
¿Qué destroncado animal
es el que yace esparcido
tan a pedazos que, a una
parte, el cuerpo dividido
de su cabeza –y los brazos
también del cuerpo distintos–
tanto entorpece mis labios
y ensordece mis oídos
que no puedo pronunciar,
por más que lo solicito,
con la voz que ya no oigo
ni el eco que ya no imito?
Canta titubeando.
Dad paso a mis suspiros,
por si un prodigio vence otro prodigio.
Huyendo de él y de mí
iré...
Sale tropezando en las armas.
Sale Argante.
ARGANTE
Adónde?
MARFISA
...donde impío,
ya que de mí supo el hado,
sepa él de mi precipicio;
a arrojarme de esos montes
al mar, rompiendo los grillos
y cadenas de la ley
con que a tu obediencia vivo,
monstruo racional, negados
los fueros del albedrío.
ARGANTE
Bien temí, cuando en el monte
oí músicos sonidos,
que habías de dejar llevarte
de su armonioso hechizo;
y así, a impedir tu salida
veloz vuelvo, persuadido
a que, sabiendo que tienes
tan inclinado el oído
a la dulzura del canto,
pretenden con este arbitrio
los comarcanos villajes
de estos bárbaros distritos
–que al archipiélago dan
en Mitilene principio–
armarte lazos con que
caigas en su red, movidos
del pavor que les causaste
tal vez que saliste a oírlos;
y así, a retirarte de ellos...
MARFISA
¡Ay, que no eso sólo ha sido
lo que hoy me ha despechado!
ARGANTE
Pues ¿qué más te ha sucedido?
MARFISA
¿Qué más que ver ese asombro
–despedazado vestiglo
muerto a manos de otra fiera
que en él tal destrozo hizo–
dentro, ¡ay de mí!, del oscuro
albergue nuestro?
ARGANTE
No admiro
tu discurso porque tengo
más que admirar en el mío;
que tú admiras como quien
nunca otras armas ha visto;
y yo, como quien no sabe
quién pudo haberlas traído
y arrojado en nuestra gruta
por el pequeño resquicio
que quizá dejó entreabierto
o el acaso o el olvido.
Y para que no te asombre
ese templado bruñido
acero que destroncado
cuerpo a ti te ha parecido,
defensas son que inventó
el militar ejercicio
contra el peligro a que va
quien va a buscar el peligro.
Y para que mejor veas
que no tan sólo vestido
de él el lidiador resiste
los golpes del enemigo,
le añade, porque el resguardo
se adelante a recibirlos,
este escudo, que embrazado
Alza el escudo.
de esta suerte... ¿Mas, qué miro?
¡Valedme cielos, no pase,
ya que es asombro, a delirio!
Su divisa es un león
que, de relieve esculpido,
trae por orla unas letras
con los caracteres mismos
de aquella lámina. ¡Oh hados,
qué de cosas ha movido
la memoria, reduciendo
a un instante todo un siglo!)
MARFISA
Trocado habemos afectos;
pues con eso que me has dicho,
soy yo la que se ha quietado
y tú el que se ha suspendido.
¿Qué es esto, padre?
ARGANTE
Ay, Marfisa!,
si yo pudiera decirlo,
la austeridad disculparas
con que, al parecer, te crío
en estos montes; mas no,
no es tiempo hasta que el destino
haya pasado la línea
de aquel término preciso
que en la docta magia mía
tengo a tus hados previsto;
y así, baste que ahora sepas
que hay impiedad que es cariño,
que hay rigor que es agasajo
y injuria que es beneficio.
¿Ves estas letras? Pues ellas
me están diciendo…
MITILENE
Dentro.
Este sitio
que no hemos tocado no
quede sin nuestro registro.
Venid por él, prosiguiendo
la música.
ARGANTE
Hacia aquí miro
venir la gente a la cueva,
Marfisa; que harto te he dicho
en que en estas letras y esas
voces te ronda el peligro.
MARFISA
Qué más peligro me puede
venir que el que ya me vino,
buscándome como fiera
habiendo humana nacido?
Y más el día que sé
que hay, contra el más enemigo,
para su reparo, escudo;
y armas, para su homicidio.
Deja pues, deja que al paso
les salga; ya que ha influido
tan nuevo espíritu en mí
ese acero que ha podido
trocar el pavor en saña,
mudar el pavor en brío.
ARGANTE
Deja pasar el fatal
término al opuesto signo
que viene en tu busca.
MARFISA
En vano;
a no salir me resisto.
ARGANTE
Advierte...
MARFISA
Ya nada advierto.
ARGANTE
Mira que…
MARFISA
Ya nada miro.
ARGANTE
Repara…
MARFISA
Nada reparo.
ARGANTE
Obligarasme, ofendido
de tu inobediencia, a que
lo que por ruego te pido
hagas por fuerza.
MARFISA
Será
forzarme a que diga a gritos…
MÚSICA y ELLA
Ah de los soberbios montes,
ah de los incultos riscos,
que siendo del mar escollos
sois de la tierra obeliscos!
ARGANTE
(Cierre la peña, llevando
al más oculto retiro
estas armas, hasta ver
si el que aquí con ellas vino
vuelve por ellas y qué
quiso decir cuando dijo...)
MÚSICA y MARFISA y TODOS
Dad paso a mis suspiros
por si un prodigio vence otro prodigio.
Llevándose como por fuerza a Marfisa, cierra Argante la gruta; y salen cantando Mitilene y damas y villanos.
MITILENE
No prosigáis; pues, habiendo
rodeado todo el recinto
del monte, no hemos logrado
el intento a que venimos,
en busca del nuevo monstruo
que esos villanos han dicho
que de la música al canto
seguirles tal vez han visto.
VILLANA
Y es tan verdad que no sólo
tal vez, mas muchas le vimos
venirse tras nuestros ecos.
VILLANO
Y alguna vez que quisimos
seguirle, no fue posible;
según corre fugitivo
hasta perderse de vista,
sin saber dónde es su asilo.
MITILENE
Pues hoy que, por la estrañeza
que de sus señas he oído,
con gente y música vengo
sólo por ver si consigo
–ya que inclinada a la caza
alto espíritu me hizo–
ser yo de igual presa dueño,
¿cómo no sale al oírnos?
DAMA 1
Quizá viendo tanta gente,
señora, no se ha atrevido.
DAMA 2
También puede ser que sea
él el que, en callado ruido,
viene moviendo las ramas
del fragoso laberinto
hacia aquella parte.
MITILENE
El bulto
veo, mas no le distingo.
Prevenid arcos y flechas;
porque si llevarle vivo
no logro, le lleve muerto.
Salen Leonido y Polidoro.
LEONIDO
Suspende, hermoso prodigio,
la cuerda al arco; que sobran
las armas contra un rendido.
MITILENE
Quién eres, hombre, que cuando
es nuevo monstruo el que sigo,
tú sales al paso?
LEONIDO
Quien
no te ha trocado el motivo;
que con nuevo monstruo has dado,
puesto que has dado conmigo;
que monstruo de la fortuna
soy; de sus mudanzas, hijo.
MITILENE
Pues ¿quién eres?
LEONIDO
Un humilde,
derrotado peregrino
que, arrojado de esos mares,
a dar a estos mares vino.
Mi nombre es Lelio; mi patria,
Alejandría de Egipto;
de cuyos grandes comercios
ayer poderoso y rico
mercader me vi, cuanto hoy
pobre y mísero mendigo
en tan estranjero clima
que no sé qué tierra piso.
A las provincias del norte,
a emplear el caudal mío
a precio de sus caudales
fleté a mi costa un navío.
Embarqueme en él y cuando
más sereno, más tranquilo
el mar –que para engañar
se finge a veces dormido–
sus verdinegros damascos,
encrespados y movidos
del blando céfiro, eran
espejos de nieve y vidrio
en quien se miraba el sol,
enamorado Narciso,
una trasmontada nube,
tan pequeña que al principio
una garza parecía,
extendió en trémulos visos
las alas de tal manera
que los cielos cristalinos
dejó oscuros y los vientos
despertaron el esquivo
sueño del mar, que elevando
montes de piélagos, hizo
que pareciese el farol
tal vez estrella que quiso,
desencajada del cielo,
errar por varios caminos;
y tal exhalación que
de su propio fuego activo
huyendo, por apagarle,
se echó culebreando a giros
al mar; con que gavia y quilla
rozaron a un tiempo mismo
con las estrellas del cielo
las arenas del abismo.
De un embate, pues, en otro,
el buque, cascado el pino,
arrebujado el velamen,
al norte el imán no fijo,
la bitácora sin muestra
y la brújula sin tino,
dio en iras de un huracán
que, de undosos remolinos
pirámide, a sepultarnos
embistió; tan de improviso
que, a no saltar al esquife
veloces, yo y ese amigo
no hubiéramos escapado
del náufrago torbellino
en que perecieron cuantos
salvar en él no pudimos.
Conque dejando las vidas
del mar y el aire al arbitrio,
dimos en esta ensenada,
donde, aunque pudo afligirnos
atemorizado el ceño
de sus encumbrados riscos,
también pudo consolarnos
ver, señora, convertidos
–con vuestra vista– desiertos
montes en campos elíseos;
de quien no en vano esperamos
favor, amparo y auxilio.
MITILENE
De vuestra fortuna se ha
mi piedad compadecido.
Acudid, pues, a la corte;
adonde convalecido
del mar, con alguna ayuda
de costa para el camino,
podréis dar vuelta a la patria;
que no es el menor alivio
de un peligro cuando queda
para contado el peligro.
LEONIDO
Mil veces vuestros pies beso.
Sale Aurelio, viejo.
AURELIO
Y yo otras mil os suplico
me deis a besar la mano.
MITILENE
Seáis, Aurelio, bienvenido.
AURELIO
En cuanto hallaros, señora
–después de haberos servido
de embajador en Tinacria–,
con vida y salud que a siglos
cuente el tiempo, fuerza es serlo;
de cuyo gozo, testigo
la prisa es con que, por veros,
a los montes me anticipo;
pero en cuanto a mi venida
no sé si bien recibido
seré.
MITILENE
Cómo?
AURELIO
Como traigo
dos nuevas tan a dos visos
que una es pesar, bien que otra
consuelo del pesar mismo;
y no sé por cuál empiece...
MITILENE
Si una es pesar,
no es preciso
ser preferida; porque
sobre el pesar, ya que vino,
llegue a enmendarle el consuelo?
AURELIO
Otros, al contrario, han dicho
que a consuelo anticipado
embiste el pesar más tibio.
MITILENE
No lo hagamos argumento;
que más que pesar sabido
vale consuelo ignorado.
AURELIO
Con esa aprobación, digo
que ya sabéis cuán amante,
por no entrar a ser marido
sin dejar de ser galán,
Lisidante, vuestro primo,
una gran justa en loor vuestro...
MITILENE
No prosigáis...
POLIDORO
(Haslo oído?)
A Leonido.
LEONIDO
(Sí.)
A Polidoro.
POLIDORO
(Mitilene...)
A Leonido.
LEONIDO
(Oye y calla.)
A Polidoro.
MITILENE
...que ya la fama me dijo
su loca fineza.
AURELIO
Amor
tiene locuras en juicio,
(así en dichas las tuviera!
MITILENE
Cómo? Ved que enternecido
y suspenso me dais mucho
que temer...
AURELIO
Fuerza es decirlo.
Como un aventurero
–que en el mote que dio dijo:
“La sola hermosa es aquella
que yo adoro y que no digo”–,
entró encubierto en la tela
y, al primer encuentro, quiso
la fortuna que, falseando
la sobrevista y rompido
el barberol de la gola,...
MITILENE
No digáis más; que harto ha dicho
antes que la voz el llanto.
Y en su venganza, ¿qué hizo
toda su corte?
AURELIO
Seguirle
en vano.
MITILENE
Y no se ha sabido
quién es?
AURELIO
A lo que un criado,
que se halló ser suyo, dijo:
Leonido de Tiro, en Persia
lansgrave; añadiendo indicios
a que fue caso pensado
por aquel rencor antiguo
con que en la solevación
de Catania a darla auxilio
vino y volvió desairado.
MITILENE
Y qué hizo Arminda?
AURELIO
Sentirlo
con tanto estremo que nadie
la ve el rostro, habiendo dicho
que el que siendo caballero
se le entregue o muerto o vivo,
será Tinacria y su mano
premio a tal fineza digno.
MITILENE
Y a tanta desdicha, qué
consuelo traes prevenido?
AURELIO
Ser de Tinacria heredera
vos; que habiendo recaído,
faltando el varón, en hembra
su estado y habiendo sido
hija de hermana mayor,
sois...
MITILENE
No paséis a decirlo;
que ofende el imaginarlo,
mirad qué será el decirlo.
¿Soy yo mujer a quien puede,
cuando no fuera tan digno
el sentimiento, aliviarle
tan desairado motivo
como que, desdicha de otro,
resulte en interés mío?
Por el mismo caso, Aurelio,
antes que llegue a litigio
judicial este derecho
o pase al último juicio
del tribunal de las armas
–que es quien ha de decidirlo–,
seré la que en busca de ese
traidor, aleve Leonido
–que encubrió en festivas señas
las señas de vengativo–,
más enemiga se muestre,
sin que haya en el mundo asilo
que de mí le libre; y pues
ya es de mi espíritu altivo
tan otro el duelo, dejemos
al monte con sus prodigios;
que harto prodigio llevamos,
pues que llevamos sabido
cuánto en un instante mudan
semblantes los regocijos,
viendo que vamos llorando
las que cantando venimos.
Vase.
DAMAS
No en vano en fatal presagio
fue la letra que elegimos...
MÚSICA
…ejemplo de lo que acaba
la carrera de los siglos.
Vanse.
LEONIDO
Mas en vano será, ¡cielos!,
pensar que por mí no dijo...
MÚSICA y ÉL
…que de mí mismo olvidado,
no me acuerdo de mí mismo.
POLIDORO
Aunque el sentimiento tenga
razón, en un pecho invicto
¿no ha de pasar la razón
del sentimiento al sentido?
¿Tú, despechado?
LEONIDO
Si ves,
Polidoro, que ninguna
de sus iras la fortuna
en mí ha perdonado, pues
todas cifradas en mí
atropelladas las miras,
¿qué estrañas darme a sus iras
por vencido? Y más aquí,
donde Mitilene, al verme,
apenas quiso ampararme
cuando el principio de honrarme
fue medio de aborrecerme,
siendo –a contrario sentido–
por un infame criado
en la persona amparado
y en el nombre aborrecido.
Y esto con nota de que
muerte por venganza di
a su primo; siendo así
que, entrar en su duelo, fue
sólo a fin que Arminda bella
supiera que la ofendía
quien sustentaba que había
otra más hermosa que ella;
que aunque no podía decir
que era yo, esto de saber
que servir por merecer
ni es merecer ni servir
bastó a complacer, Lidoro,
ya que sin alivio muero,
la verdad con que la quiero
y la fe con que la adoro;
que aunque hasta aquí ni aun conmigo
lo hablé, viéndome apurar,
¿con quién he de descansar
si no descanso contigo?
Yo vi su retrato un día;
pero digo mal, yo vi
el día en su retrato y fui
a ver si ganar podía
triunfo que ofrecella. No
me lo permitió mi estrella;
pues sin Catania y sin ella
me hallé en estado que aun yo
no sé dónde he de ir a dar,
haciéndome a un tiempo guerra
con sobresaltos la tierra
y con naufragios el mar.
Y más hoy, pues es en vano
mi vida estar defendida,
siendo talla de mi vida
un premio tan soberano.
Bien que de aquesta querella
airoso creyendo salgo
que valgo mucho, pues valgo
la mano de Arminda bella.
POLIDORO
Si juntas un hombre viera
todas las penalidades
que traen las adversidades,
el más constante se diera
por vencido; pero si
no juntas las considera
y que le embistan espera
cada una de por sí,
bien podrá de cada una
defenderse, pero no
podrá de todas; y yo,
a pesar de la fortuna,
viendo qué es la que insta hoy más,
que de esta tierra salgamos
te aconsejo y nos volvamos
a Tiro, donde estarás
–sin que de Arminda los llantos,
de Mitilene el empeño,
del Peloponeso el ceño
te aflijan con sus encantos–
más defendido; pues cuando
allá te vayan siguiendo
podrás irlas tú venciendo
como ellas fueren llegando.
Para el camino, conmigo
oro y joyas saqué.
LEONIDO
Mal
podrá el más rico caudal
competir, si verdad digo,
con el tesoro mayor
de cuantos dar el sol pudo:
la pérdida de un escudo
que es timbre de mi valor.
¿Qué haremos para llevalle?
Ya que menos conocidas,
las armas queden perdidas;
pues cuando haya quien las halle,
no hallará señas en ellas
que digan que fueron mías.
POLIDORO
Si de la gruta no fías
en que pudimos ponellas,
saquemos de ella el escudo.
LEONIDO
Cómo le hemos de llevar
sin nota?
POLIDORO
Con esperar
a que anochezca. No dudo
–pues es fuerza que tomemos
hasta aprestar la jornada
algún albergue o posada–
que sin ver lo que es podremos,
yendo en esta banda envuelto
como que es ropa, ocultalle.
LEONIDO
A precio de no dejalle,
a sacarle estoy resuelto;
y pues no habemos perdido
nunca de vista la peña
en que dejamos por seña
la quiebra donde escondido
quedó, por él entraré.
POLIDORO
Tente, que el que tú entres no
es justo; que cuando yo
las armas en ella eché,
lóbrego reconocí
un espacio en que quizá,
señor, algún riesgo habrá.
LEONIDO
Pues háyale para mí,
ya que dije que he de entrar;
que no me ha de detener
el temor que hay que temer.
POLIDORO
Tampoco me ha de culpar
a mí el desaire de que,
habiendo yo prevenido
no haya algún riesgo escondido,
que tú le emprendas deje.
LEONIDO
Eso es competir estremos.
POLIDORO
Competir lealtades es.
LEONIDO
Yo he de entrar.
POLIDORO
Yo también.
LEONIDO
Pues
entremos ambos.
POLIDORO
Entremos;
pero tú sin mí, eso no.
LEONIDO
Antes de llegar, a la roca
ha abierto una infausta boca.
Ábrese la gruta.
¿Quién es? ¿Quién está aquí?
MARFISA
Yo;
yo, porque habiendo salido...
LEONIDO
(Qué prodigio!)
POLIDORO
(Qué portento!)
MARFISA
...por la oculta contramina
de este pavoroso centro
por frutas que antes no trujo
–llamado de otros acentos–
el que de un miedo me guarda
a costa de muchos miedos,
hallándome sin él quise,
humanas voces oyendo,
averiguar de una vez
los amenazados riesgos
del hado; porque no puede,
apurado el sufrimiento,
el sentirlos afligirme
más que me aflige el temerlos.
Y así, si sois los que habéis
armádome tan opuestos
lazos como armas y voces
para que tropiece a un tiempo
el espíritu en lo altivo,
el sentido en lo halagüeño
hasta dar en vuestras manos,
ya está sucedido; puesto
que ya el terror, ya el halago
han despertado al despecho,
para que a voces publique
que soy el monstruo que tengo
atemorizado el monte;
pues a mí sola me vieron
los pastores los días que,
arrebatado el afecto,
me llevó tras su armonía
el boreal imán del viento.
Y pues ya veis que no soy
monstruo, aunque serlo parezco,
¿qué es lo que queréis de mí,
si ya es que a cargo vuestro
de mi destinado influjo
esté el fatal cumplimiento?
Que en ese caso seré
yo la primera que, haciendo
pretensión la ruina, el daño
suplica. El destino ruego
os pida me deis la muerte,
pues, como dije, no temo
tanto el riesgo padecido
cuanto imaginado el riesgo.
Y si no es uno ni otro,
dejadme en mi retraimiento,
desengañados de que
asombro pero no ofendo.
LEONIDO
Estraño prodigio, en quien
concurren, juntando estremos,
si montaraz la hermosura,
no montaraz el ingenio,
¿quién eres? Porque aunque has dicho
el agorado pretexto
de vivir en estos montes,
no la causa con que a ellos
veniste, ni quién te trujo,
infausta amenaza huyendo.
No temas que, para que
tu nombre y patria sabiendo
y el temor de quien te guardas,
no sólo tu ruina pero
tu libertad y tu vida
corra a cuenta de mi esfuerzo;
porque no sé tan primera
vista qué interior afecto
en el pecho ha introducido
que, con tener en el pecho
otro por huésped del alma,
tan raro lugar se ha hecho
que cabe, sin estorbar,
con un género tan nuevo
de cierto amor que no es
amor ni deja de serlo;
pues, sin celos, uno y otro
se han avenido acá dentro.
Di, pues, ¿quién eres?
MARFISA
Si yo
supiera quién soy, es cierto
que te lo dijera, pues
también al mirarte siento
no sé qué gozo en el alma
que, sin entrar en recelo,
te franqueara el corazón
sus más íntimos secretos.
Pero no sé más de mí
de que vi en este desierto
–que es de la isla Mitilene,
el monte Peloponeso–
la primera luz del sol
en poder de un padre viejo,
que de una ciervecilla
me dio el primer alimento.
Enseñome a hablar y diome
de los humanos comercios
noticias sin experiencias
y memorias sin acuerdos;
pero no pasó de aquí
su enseñanza; pues aun siendo
docto en los mágicos artes,
no quiso que sepa de ellos
más de que ellos a guardarme
le obligan; conque no puedo
decir más de que mi nombre
es…
ARGANTE
Dentro.
¡Marfisa!
MARFISA
Mas, ay, cielos!
que aquella es su voz...
ARGANTE
Dentro
Marfisa!
MARFISA
Por todo el oscuro centro
buscándome anda; y si fuera
me halla, que me mate es cierto.
Queda en paz.
LEONIDO
¡Espera!
¡Aguarda!
MARFISA
¡No me detengas!
LEONIDO
Habiendo
oído que forzada vives
y que quedas con recelo
de que te dé muerte, ¿cómo
he de dejarte en dos riesgos?
MARFISA
Por más razones que halle
de noble tu atrevimiento,
no has de conseguirlo.
LEONIDO
¿Cómo
lo has de resistir?
MARFISA
Huyendo.
LEONIDO
Detendrete yo.
MARFISA
Será en vano.
LEONIDO
Más será en vano tu esfuerzo.
MARFISA
Es tiranía.
LEONIDO
Es piedad.
MARFISA
Es violencia.
LEONIDO
Es rendimiento.
MARFISA
¿Quién pudiera defenderse
y no defenderse a un tiempo?
LEONIDO
Llega, Polidoro, para
que entre los dos la llevemos
más veloz donde, una vez
fuera del monte, pensemos
cómo asegurar su honor
y su vida.
POLIDORO
Para eso,
con llevarla a Mitilene
lograrás, de una vez, el obsequio;
y de otra, vida y honor.
LEONIDO
Dices bien.
POLIDORO
Pues sea tan presto
que, antes que salga del monte,
su hermosa tropa alcancemos.
MARFISA
¡Ay infelice de mí,
que desmayado el aliento
fallece!
Llévanla entre los dos.
LEONIDO
Segura vas.
No temas.
MARFISA
¡Oh, qué mal, cielos,
lidia quien lidia sin gana
de lograr el vencimiento!
Pero cumplamos con todo.
¡Padre!¡Señor!
Éntranse con ella y sale Argante.
ARGANTE
¿Qué es aquesto?
Fuera de la gruta da
la voz de Marfisa el eco.
MARFISA
Dentro.
¡Favor! ¡Amparo!
ARGANTE
Qué escucho?
MARFISA
Dentro.
¡Piedad! ¡Socorro...
ARGANTE
Qué veo?
MARFISA
Dentro.
...que ajeno poder me lleva
a poder de ajeno dueño!
ARGANTE
Tras ella... Mas, ¡ay de mí!,
que aunque más seguirle intento,
con el peso de los años
a cada paso tropiezo;
y aunque la siga, ¿qué fuerza,
qué valor conmigo llevo
–pues si es que yo tengo alguno,
conmigo mismo le tengo–
para que la cobre el arte
ya que no pueda el esfuerzo?
¡Oh, tú, pálida Megera,
de las furias del Averno
principal ira, a quien toca
de las magias el Imperio,
atiende mi voz!
MEGERA
Canta dentro.
¿Qué quieres?
ARGANTE
Que atemorizando el viento,
de sus diáfanos espacios
corran las nubes los velos;
que en caliginosa lid
perturben el universo
de suerte que, confundidos
de mi horror y de su estruendo,
se pierdan de vista cuantos
el monte contiene, haciendo
que no logren de Marfisa
el robo y vuelva a mi centro
y enmiende de su resguardo
yo el modo, porque el despecho
segunda vez no aventure
su vida.
MEGERA
Canta.
Ya te obedezco,
dando sin tiempo al tiempo
lluvias, rayos, relámpagos y truenos.
Suena el terremoto.
Y no sólo ha de parar
en terremoto mi incendio,
pero en favor de Marfisa,
si me da licencia el cielo,
después que haya amotinado
la lid de los elementos,
en castigo de Tinacria,
reventaré el Mongibelo.
¡Gima a temblores la tierra,…
MÚSICA
¡Gima a temblores la tierra,…
MEGERA
…gire a cometas el fuego,…
MÚSICA
…gire a cometas el fuego,…
MEGERA
…asombre a embates el agua,…
MÚSICA
…asombre a embates el agua,…
MEGERA
…brame a rágafas el viento,…
MÚSICA
…brame a ráfagas el viento,…
MEGERA
…dando sin tiempo al tiempo…
MÚSICA
…dando sin tiempo al tiempo…
ELLA y MÚSICA
…lluvias, rayos, relámpagos y truenos!
Suena el terremoto y atraviesan el tablado asombrados todos.
UNOS
¡Qué asombro!
OTROS
¡Qué confusión!
OTROS
¡Qué ansia!
OTROS
¡Qué pena!
VILLANOS
¡Qué miedo!
AURELIO
¿Qué súbita tempestad
nos anochece tan presto?
MITILENE
La que cerrando el camino,
todo es golfo y nada es puerto.
Salen Leonido, Polidoro y Marfisa.
LEONIDO
¡Mitilene!
MITILENE
¿Quién me nombra?
LEONIDO
Quien viene en tu seguimiento
para ofrecer a tus aras
el hermoso monstruo bello
que buscas.
MITILENE
Esto sólo
podrá servir de consuelo
al susto del terror que
nos ha salido al encuentro.
POLIDORO y LEONIDO
Llega a arrojarte a sus plantas!
MEGERA
No hará tal, porque primero
se arrojará ella a las suyas.
Baja Megera y, arrebatando a Marfisa, vuelan.
MARFISA
¿Dónde voy? Valedme, cielos!
MITILENE
¿Dónde está?
POLIDORO y LEONIDO
De entre las manos
nos la ha arrebatado el viento.
Terremoto siempre.
UNOS
Qué maravilla!
OTROS
Qué espanto!
TODOS
Qué es esto, cielos, qué es esto?
ARGANTE
Eso el tiempo lo dirá.
MÚSICA y TODOS
Pues mientras lo diga el tiempo,
¡gima a temblores la tierra,
gire a cometas el fuego,
asombre a embates el agua,
brame a ráfagas el viento,
dando sin tiempo al tiempo,
lluvias, rayos, relámpagos y truenos!

Jornada II

Múdase el teatro en el del mar y salen Leonido y Polidoro.
LEONIDO
Pues ya a caballo no da
paso la inculta maraña
para penetrarla, a un tronco
esos dos caballos ata
y sígueme.
POLIDORO
Viendo cuánto
–por el riesgo de que haya
quien te conozca– te importa,
señor, que desta isla salgas
–que dos veces Mitilene,
por su dueño y por su estancia,
una te amenaza a iras
y otra a asombros te amenaza–,
¿a qué propósito, cuando
tienes ya para la patria
la jornada prevenida,
te vuelves a su montaña,
toda encantos, toda horrores
grutas, montes y borrascas?
LEONIDO
Si otro que tú me pusiera
la objeción, no me admirara
que en mis deshechas fortunas
incurriese su ignorancia;
pero tú que tan capaz
de ellas estás, ¿cómo estrañas
que todo sea delirios,
penas, confusiones y ansias?
Si sabes que de mi vida
es inestimable talla
la bella mano de Arminda
y que me importa guardarla,
no tanto por vivir cuanto
por vivir con esperanza
de que nadie la merezca,
¿cómo quieres que sin armas,
cuando más las necesito,
con el desconsuelo vaya
de que las dejé a perderlas
donde juzgué que a guardarlas?
Mayormente en una gruta
de cuyas duras entrañas
fue aborto el bello prodigio
de aquella hermosura rara
que, con fugas de divina
sobre temores de humana,
partir con Arminda pudo
la entera mitad del alma.
¿Qué ha de decirse de mí
el día que mi empresa hallada
escondida en una gruta
pueda interpretar la fama
que, porque en ella había asombro,
volví al asombro la espalda?
¡Vive Dios, que he de saber
qué portento es el que guarda
este inhabitable seno;
y si es verdad o fantasma
terror que como mujer
siente y como deidad falta!
Y así, pues que ya sabemos
que esa peña, que mordaza
es de su funesta boca,
con artificiosa maña
dispuesta está de manera
que hay quien la cierre y la abra,
llega; porque de una vez
en tan gloriosa demanda,
o pierda el favor mi vida
o cobre mi honor sus armas.
POLIDORO
Pues, ¿qué esperas? Que una cosa
es el que yo el reparo haga
y otra es que excuse el empeño.
LEONIDO
Ya sé, Polidoro, cuánta
es tu lealtad. Llega, pues;
tú de ese lado la aparta
mientras yo destotro.
POLIDORO
¡Cielos!
¿Qué es aquesto?
LEONIDO
¡Ellos me valgan!
Que a tanto esplendor, la vista
ciega y el discurso pasma.
Abren entre los dos el peñasco y vese dentro un gabinete de cristales y en un estrado Marfisa, vestida de gala, con cuatro damas, como en acción de que la están tocando; y mientras cantan, sale Argante y, hincada la rodilla, la habla como en secreto; y Leonido y Polidoro se quedan suspensos fuera de los bastidores.
CORO 1
Si yo gobernara el mar,...
CORO 2
Si yo tuviera el poder,...
CORO 1
…yo le quitara el crecer.
CORO 2
...yo le quitara el menguar.
UNA VOZ
Si cuando más en la suma
inconstancia de su esfera,
ser monte de nieve espera,
vuelve a ser monte de espuma;
porque ser nadie presuma
más de lo que nace a ser...
CORO 1
...yo le quitara el crecer.
OTRA VOZ
Poco a su espíritu debe
quien de su parte no hace
por ser más de lo que nace;
y ya que a monte se atreve
naciendo golfo de nieve,
porque lo llegue a lograr...
CORO 2
…yo le quitara el menguar.
MARFISA
Yo que gozosa me veo
de escuchar vuestra cuestión
–en cuya dulce canción,
complacido mi deseo,
que pueda imitaros creo–,
ni aprobar ni reprobar
pienso sus fueros al mar.
Canta.
Y así dejado en su ser,
ni le quitara el crecer,
ni le quitara el menguar.
TODA LA MÚSICA
Si yo gobernara el mar,
si yo tuviera el poder,
ni le quitara el crecer,
ni le quitara el menguar.
POLIDORO
¡A tan no esperado asombro
sin vida estoy!
LEONIDO
¡Yo, sin alma!
Sale Argante.
ARGANTE
Ya que de ir a nuevo dueño
mi invocación te restaura,
volviéndote, en vez de oscuro
albergue, a luciente alcázar;
con tal atención que –viendo
cuánto el afecto te arrastra
de la música–, porque
no tengas que desear nada,
la familia que te asiste
tan sonoramente canta
–todo a fin de que el despecho
que previno en tu crianza,
por tenerte más segura,
tenerte más resguardada,
no te obligue a que otra vez
a ver y ser vista salgas–,
débate yo una fineza.
MARFISA
¿Qué es?
LEONIDO
(Del viejo que la habla
A Polidoro.
al oído –cuyo aspecto,
todo pieles, todo canas,
estremece–, nada oigo.)
ARGANTE
El joven que te llevaba
–o robada o persuadida,
que es lo mismo que robada–
es sin duda el que introdujo
en nuestra gruta sus armas;
a qué vuelve no sé, pero
sé que, viendo en tu mudanza
que como monstruo te pierde
y como deidad te halla,
sin pasar de esos umbrales
ha quedado viva estatua.
Yo, aunque por la magia puedo
saber sus fortunas varias,
no puedo saber el fin
del que lo que piensa calla;
porque interiores afectos
que del corazón no pasan
al labio, allá en sus archivos
sólo el cielo los alcanza.
Y así, para que yo pueda
rastrearlos, lo que te encarga
mi recelo es que procures
tú, con ingeniosa traza,
desentrañarlos; que en esto
de los secretos del alma,
conjuros de mujer son
la más poderosa magia.
Y porque no te parezca
–si hoy contigo se declara
más que otras veces mi amor–
moverme con poca causa,
sabe que el hombre que más
te quiera y tú quieras...
MARFISA
Pasa
adelante.
ARGANTE
...al cuarto lustro
–mira si conviene hasta
que pase que oculta vivas–
te pondrá en tan gran desgracia
que o tú has de matarle a él
o él a ti. Agora repara
en que si le matas, mueres;
y mueres, si no le matas.
Y sobre este aviso y sobre
que ese hombre en tu alcance anda,
ya que es apurar su intento
nuestra mayor importancia,
advierte que a ser querida
ni a querer no des entrada;
que no podré yo guardarte
si tú misma no te guardas.
Vase.
MARFISA
Tarde temo que ha llegado
el aviso, que obligada
al afecto con que quiso
–por no dejarme empeñada
en el temor de tu enojo
ni en el rigor de mis ansias–
sacarme de aquí, no sé
qué pasión equivocada
halaga como que aflige
y aflige como que halaga.
¿Si será éste amor? Mas no,
que es fuerza que tiempo haya
para estar agradecida
primero que enamorada;
y así, haciendo la deshecha,
como que al descuido salga,
daré con él. Venid todas,
que divertirme en la playa
quiero esta tarde.
DAMA 1ª
Cantando,
porque más gustosa vayas,
te seguiremos.
MARFISA
Pues sea
el tono que más me agrada.
DAMA 2ª
¿Cuál?
MARFISA
El de la nueva flor,
hija del sol y del alba.
LEONIDO
(Hacia aquí viene; no sé
si irme o si al paso la salga.)
UNA VOZ
Viendo Amor en un jardín
una nueva flor hermosa,
a quien listó su carmín
la púrpura de la rosa
con la nieve del jazmín,...
OTRA VOZ
...sin poner en otra alguna
los ojos, dijo: “Si una
me das, Fortuna, a escoger,
¿quién duda que haya de ser
o la mejor o ninguna?”
TODA LA MÚSICA
Fortuna,
o la mejor o ninguna.
OTRA VOZ
Y así, en lirio transformado,
siendo el morado color
jeroglífico del prado,
se vio entre el lirio y la flor
el amor enamorado.
OTRA VOZ
Ella, viendo cuánto fiel
el galán lirio excedía
al narciso y al clavel,
le admiró en la monarquía
de su florido vergel…
VOZ 1ª
…con que uniendo en oportuna
paz las dos almas en una,
eligieron lirio y flor…
TODAS
…o ninguno o el mejor,
o la mejor o ninguna.
Amor, fortuna,
fortuna, amor,
amor, fortuna,
o ninguno o el mejor,
o la mejor o ninguna.
MARFISA
Oíd, esperad hasta ver
quién a estos umbrales anda.
¿Quién es quien está aquí?
LEONIDO
Quien
tan de estremo a estremo pasa
que con la noche se alumbra
y se ciega con el alba.
MARFISA
En pie se queda la duda;
que eso es decir que os espanta
el ver cuán de estremo a estremo
ha pasado mi mudanza,
pero no es decir quién sois.
Y puesto que en la pasada
primer vista yo os fie
–naturalmente llevada
de no sé qué oculto afecto–
el ser mi suerte tan rara
que pudo volverme a tal
fausto sobre tal crianza,
justo será me digáis
vos quién sois y por qué causa
a estos páramos volvéis,
donde visteis señas tantas
de desdichas que os empeñan
y de venturas que os pasman.
Sale Argante escondido entre los bastidores.
ARGANTE
(Bien le empeña a que le diga
quién es, qué intenta y qué trata
conseguir en estos montes).
LEONIDO
Mal hiciera si excusara
la desconfianza mía
pagar vuestra confianza;
pues no es menor el afecto
que hubo en vos que el que en mí anda.
Leonido es mi nombre.
ARGANTE
(A esto
me importa atender.)
LEONIDO
Mi patria,
Toscana; y mi primer cuna,
un peñasco de Toscana.
ARGANTE
(¡Ay, perdida patria! ¡Cielos!,
¿cuándo volveré a cobrarla?)
LEONIDO
Más padres no conocí
que al Duque. Criome en su casa,
de cuya marcial escuela
salí inclinado a las armas
en militares manejos
ejercitado. La varia
suerte dispuso que diese,
por la suya y mi desgracia,
muerte a un generoso joven;
con que, contra mí indignada
toda Tinacria, fue fuerza
huir no tanto la ventaja
–que fuera infamia la fuga–
cuanto la ofendida saña
de una dama; que esto de huir
los enojos de las damas
es tan gran valor que él solo
puede hacer noble la infamia.
Entregado, pues, al mar
armado de todas armas,
de un embate en otro dieron,
si en un escollo la barca,
ellas en tu gruta; y puesto
que hasta aquí lo que ignorabas
es, no habrá que repetirte
lo que sabes; conque falta
sólo saber a qué vuelvo;
y es, Marfisa, con dos causas:
una, saber de ti, atento
a –si fue violencia estraña
la que te ausentó de mí–
vengarte de quien te agravia;
otra, si cobrar pudiese
de las incultas entrañas
de ese prodigioso seno
arnés y escudo. Y pues te halla
mejorada de fortunas
quien te perdió llena de ansias,
vuelva mejorado yo
también de mis prendas. Manda
que me las vuelvan, que importa
más que piensas el llevarlas
para mi defensa el día
que sé que mi muerte trata
aquella dama ofendida,
con tan rencorosa instancia
que no hay príncipe en el norte
que no empeñe en su venganza.
ARGANTE
(Suspenso es fuerza que esté
hasta ver en lo que para.)
MARFISA
Dos veces compadecida
me tienen vuestras desgracias:
una, por vuestras; y otra,
por no poder remediarlas.
Las armas que me pedís
no está en mi mano entregarlas,
porque mi padre en su más
cerrado estudio las guarda
no sé a qué efecto, si ya
no es entender unas raras
cifras de su escudo; y puesto
que sé que os importan para
resguardo de vuestra vida,
que yo no puedo dar, haya
otro que pueda dar yo;
que es que mientras el tiempo pasa
–que ya se sabe que el tiempo
odios y cariños gasta–,
os retraigáis a estos montes,
huésped de ese real alcázar,
donde nadie saber puede
de vos.
ARGANTE
(No mal le agasaja,
a fin de apurar si es otro
su intento.)
LEONIDO
Aunque, a vuestras plantas,
agradezco la fineza,
perdonadme el no aceptarla;
pues de mí no ha de pensar
nadie que escondí la cara
más que a la dama, mas no
a quien esté con la dama,
airoso con la disculpa
de decir que no me halla.
Y así, adiós, que parecer
tengo.
MARFISA
Y a eso, ¿qué embaraza
descansar aquí unos días?
LEONIDO
¿Quién con cuidados descansa?
Mientras que yo no supiere
lo que allá en mi ausencia pasa,
tendrá la imaginación
pendiente de un hilo el alma.
Yo he de saber quién me busca,
con qué industrias, con qué trazas
se solicita mi muerte;
quién ofende o quién agrada
con ellas a Arminda... ¡Oh, cielos,
y qué mal hice en nombrarla!
MARFISA
¿Por qué lo sentís?
LEONIDO
Porqué
en presencia de una dama,
grosero es quien da a entender
que otra sus desvelos causa.
MARFISA
Aunque sé de cortesanos
duelos de amor poco o nada,
bien sé que hay un cierto amor
de inclinación tan hidalga
que agradece sin deseo
y quiere sin esperanza;
y porque veáis que este
ofrecimiento no pasa
a sentir que vuestro afecto
por otra hermosura vaya,
sino porque vaya al riesgo
que habéis dicho que os aguarda,
vuelvo a pediros que aquí
os reparéis; y si el ansia
de saber, como dijisteis,
lo que en vuestra ausencia pasa
disgustado ha de teneros
(bien puedo hablar, confiada
en que mi padre me oye),
yo haré que cuanto se trata
en orden a vos aquí
lo veáis y oigáis.
POLIDORO
(¡Estraña
proposición!)
ARGANTE
(Bien le empeña
para que de aquí no salga
sin descifrar el enigma.)
LEONIDO
¿Aquí he de ver,...
MARFISA
¿Qué os espanta?
LEONIDO
...
aquí he de oír...
MARFISA
¿Qué os admira?
LEONIDO
...lo que...
MARFISA
¿Qué teméis?
LEONIDO
...Tinacria
siente de mí?
MARFISA
Sí.
LEONIDO
¿Y veré,
ya que no importa el nombrarla,
a Arminda?
MARFISA
También.
LEONIDO
Pues, ¿qué
es lo que esperas? ¿Qué aguardas?
¿De qué suerte...?
MARFISA
Esa respuesta
ha de dar quien pueda darla.
Vase, cerrándose el monte y desapareciendo el gabinete.
LEONIDO
¡Oye, espera!
POLIDORO
¡Otro prodigio!
LEONIDO
Y tal que es fuerza que añada
duda a duda. ¿Cómo puede
ser, sin grande repugnancia,
que vea cuando me ciegas
y oiga cuando no me hablas?
Si vuelvo a verme en el monte
sin que haya en toda su estancia
más que sus primeros riscos,
¿quién lo que oír y ver pensaba
ha de decírmelo?
ARGANTE
Yo.
Vuelve a abrir esa cerrada
boca; verás dentro de ella,
a pesar de la distancia,
lo que la sucede a Arminda
en su palacio en Tinacria.
Vase. Vuelve a abrirse el monte y vese la fachada de un palacio suntuoso >con cuatro balcones en que han de estar cuatro damas; y en medio, Arminda escribiendo y Aurelio a un lado sentado en un taburete.
ARMINDA
Ya que habéis vuelto segunda
vez con segunda embajada,
aquésta es de Mitilene
la respuesta; y de palabra,
por descifrarla, porque
de una en otra voz se esparza
lo que contiene, que en vano
reinar pretende en mi patria;
pues cuando de su derecho
todo el orbe arbitrio haga,
sabré yo, de todo el orbe,
apelar a la campaña,
donde la última razón
son la pólvora y las balas;
y que mejor la estuviera
–pues fue ella la celebrada
en la desgracia infelice
de Lisidante– llorarla
que no hacer, vanagloriosa,
interés de la desgracia;
y que cuando no tuviera
yo la justicia asentada,
del último poseedor
heredera sustentara
serlo por no abandonar
los fueros de soberana,
limitándome el poder
de mover al mundo hasta
tomar del traidor Leonido
la merecida venganza.
LEONIDO
(¡Oh, qué mal hizo el pincel
que sin ceño la retrata;
que aunque afable estaba hermosa,
más hermosa está enojada!)
AURELIO
Mucho sentiré, señora,
el ser forzoso que haya
de llevar esa respuesta;
porque sé que de llevarla
ha de resultar...
ARMINDA
¿Qué?
AURELIO
...que
Mitilene con su armada
venga a Tinacria en persona,
según su valor la ensalza.
ARMINDA
Pues añadid que me precio
tanto yo de cortesana
que la saldré a recibir
luego que sepa su marcha.
Y id con Dios.
AURELIO
Guárdeos el cielo.
(¡Ay, miserable Tinacria,
qué de desdichas te esperan
en castigo de la infausta
pérdida de tus dos hijos!
Pues transversales dos damas
te ponen en ocasión...
Mas, ¿qué digo? Lengua, calla;
que irremediables desdichas
mejor será no acordarlas.)
Vase.
POLIDORO
(Mal despachado va Aurelio.)
A Leonido.
LEONIDO
(Oye hasta ver lo que trata.)
A Polidoro.
ARMINDA
Sin duda cree Mitilene
–por ser inclinada a caza,
que es imagen de la guerra–
que, porque sea inclinada
yo a otros estudios, me lleva
el ánimo de ventaja;
pero presto de este orgullo
verá que la desengaña
mi valor cuando en persona
al opósito la salga.
ALFREDA
Todas tus damas, señora,
de sus adornos y galas
depuesto el uso, sabremos
a tu imitación trocarlas
al arnés; no por lisonja,
que no hay lisonja en las damas,
sino por gozo de estar
a los ojos de su ama
airosas con el cariño
que engendra la semejanza.
ARMINDA
Pues para no perder tiempo,
las que estáis a esas ventanas
–ya que a este retiro no entra
hombre alguno–, en voces altas
que oigan todos, como si
fueran de Céfiro y Aura,
a la compañía que está
a sus umbrales de guarda
dad orden de que al instante
reseña de leva hagan
para que, alistando gente,
suenen en toda Tinacria
los militares estruendos
de las trompas y las cajas.
LAS 4 DAMAS
A servirte iremos todas.
Vanse.
ARMINDA
Detente, Alfreda, no vayas
tú; porque quiero contigo
discurrir en cuán burlada
ha de hallarse Mitilene...
POLIDORO
(Atiende a esto.)
A Leonido.
LEONIDO
(Escucha y calla.)
A Polidoro.
ALFREDA
El favor estimo.
ARMINDA
...cuando,
al presentar la batalla,
tranzado el bruñido acero,
la sobrevista calada,
con la fuerza en el borrén
y la noticia en la planta,
sobre el polaco corcel
–bridón que con noble saña
al compás de la trompeta
la brida del freno tasca–
me reconozca ocupando
la frente de la vanguardia;
y más si por las divisas,
que es fuerza ser señaladas,
ella me busca y la busco;
conque reducido a entrambas
el duelo se verá cuando,
desde las cujas, las lanzas
pasando al ristre, al furioso
choque hechas trozos las astas,
en desatadas astillas
suban hasta el sol tan altas
que, encendidas en su fuego,
o caigan tarde o no caigan,
o caigan tan otras que
suban fresno y bajen ascuas.
LEONIDO
(¡Bella, sabia y valerosa!
Ya es mucha tiranía, para
añadirme pena a pena,
añadirse gracia a gracia.)
ALFREDA
Fía que el cielo, señora,
siempre a la justicia ampara.
ARMINDA
Tanto esta imaginación
el espíritu me inflama
que la hora no veo en que diga
marcial voz…
LAS 4 DAMAS
Cantan
¡Ah de la guardia,
oíd, atended, escuchad!
MÚSICA
Dentro.
¿Quién va, quién es, quién nos llama?
LAS 4
Quien de Arminda trae el orden.
MÚSICA
Pues ¿qué quiere? Pues ¿qué manda?
LAS 4
Que las cajas y trompetas
reseña de leva hagan,
diciendo en los ecos
de Céfiro y Aura:
“¡Arma, arma, guerra, guerra!”
Cajas y trompetas.
MÚSICA
¡Guerra, guerra! ¡Al arma, al arma…!
LAS 4
¡… que sale la hermosa Arminda en campaña!
MÚSICA
¡… que sale la hermosa Arminda en campaña!
ARMINDA
(¡Cuánto de oírlo me alegro!)
LEONIDO
(¡Cuánto al verlo duda el alma!)
LAS 4
Y así, para alistar gente
que en su seguimiento vaya
y para que desde luego
Tinacria en fervores arda…
...suenen los clarines...
Clarines
...resuenen las cajas...
Cajas.
...repitan las trompas...
Trompetas.
...con Céfiro y Aura…
TODAS
¡… arma, arma, guerra, guerra!
¡Guerra, guerra, al arma, al arma,
que sale la hermosa Arminda en campaña!
Salen Adolfo y Florante.
ADOLFO
Con la fineza, señora,
que da esta bélica salva,...
FLORANTE
Con el seguro que ofrece
quien gente a alistarse llama,...
POLIDORO
(Aún más que admirar nos queda.)
A Leonido.
LEONIDO
(Pues atiende a lo que falta.)
A Polidoro.
ADOLFO
...disculpado a este retiro
oso entrar.
FLORANTE
...bien a estas salas
puedo atreverme.
ADOLFO
Y más cuando
militan en mí dos causas.
FLORANTE
En mí, otras dos. Proseguid,
que quizá son una entrambas.
ADOLFO
En alcance de Leonido,
me hice al mar; corrí las playas
que el archipiélago roza
y, aunque en todas hice instancia,
en ninguna hallé noticia
de que arribase tal barca.
Conque persuadido a que
sin duda corrió borrasca
y que le sepultó el mar,
perdidas las esperanzas,
porque no todo se pierda,
pues llego a ocasión que mandas
gente alistar, te suplico
me permitas sentar plaza
en tu servicio que supla
del ya perdido la falta.
FLORANTE
Bien dije que habían de ser
una nuestras dos instancias;
pues yo, en seguimiento suyo,
tomé el rumbo de Toscana,
como primer patria suya,
persuadido a que la patria
de cuantos corren fortuna
es el centro en que descansan.
Tampoco en ella noticias
hallé que aportado haya
a su abrigo; y así, vuelvo
por si puedo tu venganza
conmutar a otro servicio.
Conque, hasta aquí, cosa es clara
que convenimos los dos;
mas, desde aquí, la distancia
es que Adolfo se persuade
a que el mar en sus entrañas
le sepulta y yo, que el miedo
es sólo el que le resguarda.
LEONIDO
(¿Miedo yo?)
ADOLFO
¿No es más piadoso,
Florante, creer que su fama
perezca que no que huya?
FLORANTE
Ésa es piedad afectada.
ADOLFO
No es sino que el noble siempre
piensa lo mejor.
ARMINDA
Aguarda,
que a mí responder a Adolfo
me toca. Mucho os engaña
la pasión; que lo mejor
es pensar que le acobarda
el tenerme a mí ofendida.
LEONIDO
(Mi sufrimiento, ¿a qué aguarda?
Muera quien…)
Sale Argante deteniendo a Leonido.
ARGANTE
(¿Dónde vas?)
A Leonido.
LEONIDO
(Donde
A Argante.
Arminda no se persuada
a que a mí me esconde el miedo.)
ARGANTE
(¿Cómo has de desengañarla
A Leonido.
si no es ella ni son ellos,
sino aparentes fantasmas?)
LEONIDO
(En fantasmas aparentes
A Argante.
sabré desmentir mi infamia.)
ARGANTE
(Pensar lo mejor el noble
A Leonido.
más merece tu alabanza
que tu enojo.)
FLORANTE
¡Lo mejor
es lo mejor!
ARMINDA
¡Las espadas
suspended, que estoy aquí!
ARGANTE
(¡Mira!)
A Leonido.
LEONIDO
(¡Suelta!)
A Argante.
POLIDORO
(¡Advierte!)
A Leonido.
LEONIDO
(¡Aparta!)
A Polidoro.
ADOLFO
Yo, señora…
FLORANTE
Yo, señora…
ARMINDA
¡No prosigáis; basta, basta,
no me obliguéis…!
ARGANTE
(No me fuerces,
A Leonido.
ya que no te desengaña
ni mi voz ni mi respeto,
lo haga…)
LEONIDO
(¿Quién?)
A Argante.
ARGANTE
(...mi ciencia sabia,
A Leonido.
castigándote en que no
veas todo esto en qué para.)
LEONIDO
(¿Cómo?)
A Argante.
ARGANTE
(Así. Toda esa pompa
A Leonido.
se desvanezca y deshaga
con cuanto en el no fingido
palacio de Arminda pasa,
dejando sólo las voces;
porque el orbe en lides arda,
diciendo en los ecos
de Céfiro y Aura,
diciendo clarines,
trompetas y cajas...)
Vase.
TODOS y MÚSICA.
¡Arma, arma, guerra, guerra,
guerra, guerra, al arma, al arma,
que sale la hermosa Arminda en campaña!
Con esta repetición se deshace el palacio en el aire y se cierra el peñasco.
POLIDORO
¿Qué no vistas maravillas
son éstas, señor?
LEONIDO
Hay tantas
que no me atrevo a creerlas
por no atreverme a dudarlas.
Marfisa, con sus prodigios,
me obliga a un tiempo y me espanta;
con sus mágicas, su padre
me admira y me sobresalta;
con su piedad, Mitilene
me admite; y con su amenaza,
a ir me obliga huyendo de ella;
Arminda tiene en balanzas
por mí su reino en la lid
de si le pierde o le gana;
Adolfo me favorece
cuando Florante me agravia;
y ambos me ofenden aún más
que no en buscarme, en amarla.
¿Cómo he de acudir a tanto
tropel de acciones contrarias?
POLIDORO
Dando tiempo al tiempo, que él
sabe ciertas sendas varias
que acá ignoramos.
LEONIDO
Bien dices.
Ve, los caballos desata.
Salgamos de aquí una vez,
que allá…
Vase Polidoro y sale Marfisa.
MARFISA
¿Ésa es la palabra
que me diste de que, en viendo
lo que sucede en Tinacria,
huésped mío quedarías?
LEONIDO
¡Ay Marfisa!, que la causa
que tuve para ofrecerla
tengo para no guardarla.
MARFISA
¿Cómo?
LEONIDO
Como cuanto he visto
es contra mi honor y fama.
MARFISA
¿Contra tu fama y honor?
LEONIDO
Sí.
MARFISA
Pues, ¿qué esperas? ¿qué aguardas?
Vuelve por ellas, Leonido;
que es mi afición tan hidalga
–antes lo dije– que quiero
que mueras con alabanza
más que el que sin ella vivas.
Y si para restaurarla
de mí hubieres menester
favor, lleva esta medalla
que desde que nací es
mi más estimable alhaja;
será carta de creencia
a cualquiera que la traiga
para poner alma y vida
en cuanto de mí te valgas;
y quizá te llevará
para ese empeño a tus armas.
LEONIDO
Yo la estimo; y agradezco
que, recíproca, la paga
tan a mano esté. Ésta es
otra que a mí me acompaña
también desde que nací.
Toma y será también carta
de creencia para que,
si hubiere en ti otra mudanza
que a mayor fausto no sea,
te acuda con vida y alma.
MARFISA
Parte, pues.
LEONIDO
Adiós.
MARFISA
Adiós.
LOS DOS
(¿Qué contendrá esta medalla?)
MARFISA
(Mas, ¿qué miro?)
LEONIDO
(Mas, ¿qué veo?)
MARFISA
(¡Ésta es la mía!)
LEONIDO
(Al trocarlas,
o ella se erró o yo me erré.)
¡Marfisa! ¡Marfisa!
MARFISA
Nada
me digas; mi padre viene.
Si has visto lo que deseabas,
hombre, y de tu fuerte escudo
no me revelas el alma,
¿qué me quieres? ¡Vete, vete
donde, inmensa la distancia,
ni te oiga ni te vea!
(Crea, al verme ir enojada,
que querer ni ser querida
es lo que de mí le aparta.)
Vase.
LEONIDO
¡Oye! ¿Qué mujer es ésta,
cielos, que en un punto pasa
del favor al odio? ¿O qué
afecto el que me arrastra
a mí el corazón tras ella,
que es quererla y no es amarla?
Sale Polidoro.
POLIDORO
Ya están aquí los caballos.
LEONIDO
Aunque otro impulso me arrastra,
el del honor es primero.
Vamos a ver en qué para
en el palacio de Arminda
–pues ya lo dirá la fama–
el pendiente duelo en que
me honra uno y otro me agravia.
POLIDORO
¿En qué ha de parar, delante
de Arminda, si no en que haga
su respeto que no pase
más que a empuñar las espadas
y en que se pierdan las voces
diciendo trompas y cajas…?
MÚSICA
¡Arma, arma, guerra, guerra,
guerra, guerra, al arma, al arma,
que sale la hermosa Arminda en campaña!
Vanse los dos y, con esta repetición, vuelve a verse el mismo palacio con las mismas personas en la misma acción que estaban cuando desapareció.
ADOLFO
Ya he dicho que lo mejor
se ha de creer.
FLORANTE
Yo, que nada
es peor que el huir del miedo.
ARMINDA
También he dicho que basta;
y es mucho durar porfía
tan inútilmente vana.
LAS 4
Vamos a asistir a Arminda,
pues ya aquí no hacemos falta.
ARMINDA
Y advertid que, desde aquí,
para que allá no suceda
de él resulta alguna, queda
este duelo sobre mí.
Y crea el que desatento
le rompa que halle añadido,
sobre el odio de Leonido,
segundo aborrecimiento.
Y si vuestra bizarría
aspira al que más merece,
buena ocasión se le ofrece
hoy en la defensa mía.
Ya declarada la guerra
en Mitilene está; ya
puesta en mi favor está
en arma toda la tierra;
en la campaña emplead,
no en el palacio, la saña;
que del valor la campaña
es campo de la verdad.
FLORANTE
Quedad con dios.
ADOLFO
Él os guarde.
ARMINDA
¿Cómo os vais sin responder?
ADOLFO
Como el que va a obedecer
no es bien que en serviros tarde.
FLORANTE
Como el que a serviros va
sólo le toca serviros;
y lo que yo he de deciros,
la campaña os lo dirá.
Vanse y salen soldados con Merlín.
SOLDADO 1
Como mandaste, señora,
a tus pies hemos traído
el crïado de Leonido.
ARMINDA
Llegad, retiraos agora.
MERLÍN
(¿Para qué me traerá aquí?)
ARMINDA
(¿Qué no intentará mi ira?)
MERLÍN
(¡Ay, señores, cuál me mira!
Tengan lástima de mí,
que soy niño y solo
y nunca en tal me vi.)
ARMINDA
Sabiendo yo que es verdad
cuanto dijisteis primero,
satisfaceros espero
poniéndoos en libertad.
Pero habeisme de decir
dónde vuestro amo tenía
más amor, dónde solía
con más cariño asistir,
en qué provincia os parece
que, si es que salió del mar,
habrá ido a asegurar
su vida.
MERLÍN
No se me ofrece
parte en que descanso tenga;
que es tan vario, tan altivo,
su espíritu ambulativo
que, sin que vaya ni venga,
va y viene sin descansar;
tanto que, yendo y viniendo,
saldrá de un lugar lloviendo
sin saber a qué lugar.
Jamás en él conocí
cariño yo que no fuera
cariño de faldriquera.
ARMINDA
¿Estás loco?
MERLÍN
Creo que sí,
pues que digo la verdad;
y no, pues sé que la digo;
que una caja que consigo
trae, de no sé qué beldad
incógnita, al parecer
contiene el bello retrato
que adora con tal recato
que a nadie le deja ver.
Con él a solas suspira
y tan tierno le enamora
que cuando le mira llora
y llora si no le mira.
Con que sé de cierto que
donde está la dama irá.
ARMINDA
¿Y dónde la dama está?
MERLÍN
Eso es lo que yo no sé.
ARMINDA
¿Nunca la visteis?
MERLÍN
Ni oíllo.
ARMINDA
¿Ni de qué patria es?
MERLÍN
Ni vello
ARMINDA
¡Qué os diera yo por sabello!
MERLÍN
¡Qué os diera yo por decillo,
vengándome de él y de ella!
De ella, pues por ella ha sido
haber al duelo venido
de que hubiese otra más bella;
y de él, pues si le buscaras
y matarle consiguieras,
a mí la vida me dieras.
ARMINDA
¿Cómo?
MERLÍN
Como –si reparas
en que te dije quién es–
donde quiera que me vea
me ha de matar. Esta idea
me trae tan sin mí, después
de no ver en tantos días
la luz del sol, que no puedo
vencer el usado miedo
de hipocondrías fantasías;
de que, para asegurarme,
fuerza que me valga es
del sagrado de tus pies.
De vivir aquí has de darme
licencia, puesto que aquí
es cierto que él no vendrá;
que aquí no se atreverá
a entrar nunca.
ARMINDA
Pues yo fui
la causa de ese temor,
bien es que al reparo acuda.
Aquí os quedad. (Nueva duda
ha engendrado mi temor,
persuadido a que no ignora
éste la dama quién es.
Asegurémosle pues
de otra suerte.) ¡Hola!
SOLDADO 1º
Señora.
ARMINDA
(Oíd aparte. A ese criado
Al Soldado 1º.
habéis de asistir de modo
que vais observando todo
cuanto diga y haga; y dado
una vez por muy su amigo,
procurad desentrañar
su pecho hasta averiguar
–pues más con vos que conmigo
se declarará– quién es
y dónde vive esa dama
que dice que su amo ama.)
SOLDADO 1º
(Descuida conmigo; pues
A Arminda.
o no seré yo quien soy
o cuanto su pecho encierra
le haré decir.)
VOCES
Dentro.
¡Arma! ¡Guerra!
Cajas, trompetas y sale Alfreda.
ARMINDA
¿Qué es lo que escuchando estoy?
¿Qué novedad habrá habido
para tocar arma ahora?
ALFREDA
La novedad es, señora,
haber aviso venido
de que ya de Mitilene
la armada se ha descubierto
y, de un bordo y otro, al puerto
de Faro costeando viene.
Y como pasando estaba,
muestra la gente que ya
listada a tu bando está.
En fe de cuánto deseaba
que des orden de que marche,
ese rebato ha tocado.
ARMINDA
Pues no cesen, inspirado
el bronce y herido el parche;
que antes que ella tome tierra
–¡dadme un caballo!– a la playa
es bien que a impedirlo vaya.
Vase.
VOCES
Dentro.
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
SOLDADO 1º
Mientras la marcha se ajusta
–el alma de gozos llena
una y otra norabuena–,
es justo que, de la injusta
prisión, libre os dé.
MERLÍN
Pues ¿qué
–aquí para entre los dos–,
señor soldado, os va a vos
que preso o que libre esté?
SOLDADO 1º
¿Qué me va? La compasión
de la sinrazón que han hecho
con vos; que en un noble pecho
la sinrazón es razón
para que, compadecido
por pobre y por estranjero,
vuestro amigo verdadero
sea.
MERLÍN
(El cielo me ha venido
a ver en este soldado
tan tierno de corazón.)
Pues ¿dirá su compasión
a qué ejercicio, a qué estado
aquí me podré aplicar
para ingeniarme a vivir,
ya que no tengo de ir
a parte que pueda dar
mi amo conmigo?
SOLDADO 1º
Venid,
refrescaremos primero;
que luego llevaros quiero
a donde, para la lid,
sentéis en mi compañía
plaza.
MERLÍN
En cuanto a refrescar,
convengo; en cuanto a sentar
plaza, excusarlo querría,
si fuese posible.
SOLDADO 1º
No
lo puede ser, que no puedo
tener yo amigo con miedo.
MERLÍN
Ni amigo sin miedo yo.
SOLDADO 1º
Ya sé que ésa es falsedad,
que vuestra fisonomía
muestra grande valentía.
MERLÍN
¿Mi frisoni qué? Mirad
lo que decís; que a fe mía
que la que os dio aquesa muestra
será la frisona vuestra
mas no la frisona mía;
que en mi vida conocí
a esa señora.
SOLDADO 1º
Dejemos
las burlas y refresquemos.
Aloja de nieve allí
hay.
MERLÍN
Para hacer la razón
que a tanto agasajo os mueve,
mejor que aloja de nieve
será vino de carbón.
SOLDADO 1º
¡Oh! ¿Corriente sois? No en vano
a ser desde aquí me obligo,
más que vuestro hermano, amigo.
MERLÍN
Y yo amigo más que hermano.
SOLDADO 1º
Venid, que toques de guerra
ya a marchar llaman.
Cajas.
MERLÍN
Bebamos;
y donde quisiereis vamos.
Vanse.
UNOS
Dentro.
¡Arma, arma!
OTROS
Dentro.
¡A tierra, a tierra!
Transmútase el palacio en el teatro de la primera selva; con esta diferencia, que su foro ha de ser un monte ceniciento, lo más eminente que se pueda, cuya cumbre ha de estar a ratos exhalando humo y fuego; y salen a tierra Mitilene y damas, todas con plumas y espadines; y Aurelio y soldados, habiendo hecho primero faenas de marinería.
UNOS
Dentro.
¡Amaina la mayor!
OTROS
Dentro.
¡Iza el trinquete!
UNOS
Dentro.
¡A la escota!
OTROS
Dentro.
¡A la entena!
UNOS
Dentro.
¡Al cafaldete!
MITILENE
Dentro.
Pues nos ofrece el puerto,
tan poco defendido, el paso abierto,
abátase la vela,
ala de lino con que nada y vuela
de uno en otro elemento
–tanto neblí del mar, delfín del viento–
como a surcar se atreve
con máquinas de fuego ondas de nieve.
AURELIO
Dentro.
¡Echa el ancla y aferra!
UNOS
Dentro.
¡Los esquifes al mar!
OTROS
Dentro.
¡A tierra, a tierra!
Salen todos.
MITILENE
¡Salve, Tinacria! ¡Oh tú, de mi fortuna
primer patria, pues fuiste primer cuna
de la que a darme el ser, en nupcial yugo,
llevar su estrella plugo
al Nido, donde fue mi nacimiento
tan general contento
que, del Peloponeso su alto monte,
por todo su horizonte,
consagrado a mi nombre el suyo, viene
a ser el de la isla, Mitilene!
Salve y permite que en tu esfera bella
imprima, en fe de posesión, la huella;
tanto porque a mí más que a Arminda toca
cuanto por su respuesta y por la poca
instancia en seguimiento del tirano
que dio la muerte a su infelice hermano.
Desembarcando, Aurelio, haced que vaya
la gente; y vayan al ocupar la playa,
para no perder tiempo, mis blasones
doblándose en formados escuadrones;
porque yo, desde luego,
la guerra he de llevar a sangre y fuego.
AURELIO
De tu valor lo fío;
bien que un recelo, inútil como mío,
mal agüero me ha dado.
MITILENE
¿Qué recelo?
AURELIO
Que al occidente, donde el Mongibelo
es terror de Tinacria,...
MITILENE
¿Qué?
AURELIO
...presumo
que aquello, más que exhalación, es humo
que aborta de su seno;
primer señal de que, de horrores lleno,
sólo en esto clemente,
suele avisar primero que reviente.
MITILENE
Aqueso más que agüero
para mí es vaticinio, si es que infiero
que cuando hace –temiendo su castigo–
llamada el enemigo
para parlamentar, fuegos enciende;
y eso debe de ser lo que pretende
Arminda. Y como el sol, con su luz, ciego
al fuego deja, sin lucir el fuego,
no vemos de ese monte en lo más sumo
el fuego arder sin empañarle el humo.
De fantásticas sombras ni crueles
hados nunca hice caso; los cuarteles,
como se van formando, recorramos;
porque en real marcha vamos
talando cuanto opósito al encuentro
salga hasta dar con el guardado centro
que, oculta, dicen que contiene a Arminda.
AURELIO
A tu valor, ¿qué habrá que no se rinda?
Y más cuando la fama te previene
tan justa empresa.
Cajas
UNOS
A una parte
¡Viva Mitilene,
gloriosamente altiva!
OTROS
A otra parte
¡Gloriosamente heroica, Arminda viva!
MITILENE
¿Qué salva será ésta?
AURELIO
Bien claro el monte ha dado la respuesta,
dando hacia aquella parte
a voces de Belona ecos de Marte.
Gente de guerra a embarazarte el paso
será sin duda.
MITILENE
Vamos –que no acaso
tan presto a nuestra vista el triunfo se halla–
a poner el ejército en batalla.
AURELIO
Bien tu denuedo a todo se previene.
UNOS
¡Arminda viva!
OTROS
¡Viva Mitilene!
Cajas y trompetas y se entran todos y salen Leonido y Polidoro en trajes de humildes soldados.
LEONIDO
A buena ocasión llegamos,
pues desde aquí, frente a frente,
los dos campos se descubren
de Arminda y de Mitilene,
que para darse batalla
unos y otros se previenen.
POLIDORO
La ocasión es buena pero
el pretexto con que vienes
a hallarte en ella no sé
que lo sea, pues no atiendes
al peligro en que te pones
de ser conocido.
LEONIDO
Ése
es poco reparo el día
que nadie aquí llegó a verme;
y viendo un pobre soldado
en traje tan diferente
y diferente nombre, no
es fácil el conocerle.
Fuera de esto, ¿quién habrá
que imagine ni que piense
que soy yo y que vengo donde
tanto se desea mi muerte?
En ninguna parte está
retraído un delincuente
más seguro que en la cárcel,
si hay quien en ella le albergue;
porque si traerle a ella
es la instancia de los jueces,
¿de dónde le han de traer,
si está donde han de traerle?
Esto, en una parte; en otra,
las razones que me mueven
a aquesta temeridad
–como fábula se cuente–
son dos: una, si por mí
–que aunque Arminda me aborrece,
no dejo yo de adorarla–,
empeñado en una suerte
tiene de Salabria el reino,
¿será bien que yo la empeñe
en el peligro y que luego
en el peligro la deje?;
otra es que corra la fama
de que de temor me ausente.
Y si mi valor aquí
algún noble lauro adquiere,
lo que de persona a nombre
va –siendo el nombre voz leve
y realidad la persona–
irá de que allá me afrente
y aquí me alabe; de modo
que, al ver que lidia valiente
el que moteja cobarde,
es fuerza que se avergüence
de ser lo mismo que dice
lo mismo que le desmiente.
POLIDORO
No me toca con razones
argüirte; obedecerte
con lealtades, sí. Dispón
tú, que yo, a tu lado siempre
leal criado, he de seguirte
aunque la vida me cueste.
LEONIDO
No digas leal criado; di
leal amigo, pues lo eres.
POLIDORO
Y, en fin, ¿qué piensas hacer?
LEONIDO
Estar a la mira de este
primer encuentro hasta ver
si la fortuna me ofrece,
quizá por yerro, ocasión
en que mi denuedo muestre,
que a un tiempo es persona que hace
y persona que padece.
POLIDORO
Pues retírate a lo espeso
de estas ramas porque vienen
hacia aquí algunos soldados.
LEONIDO
Que no nos vean conviene
desmandados y pregunten
quién somos.
Escóndense y sale el Soldado 1º y Merlín.
SOLDADO 1º
Hombre, detente;
que ya en la ocasión implica
ser amigo y que te ausentes.
MERLÍN
Señor amigo de ayer,
que hoy me sigue y me parece
que me seguirá mañana,
no implicara a quien supiere
que ya no puedo sufrir
que a preguntas me atormente.
SOLDADO 1º
Pues ¿qué es lo que te pregunto
yo más que de dónde eres,
cómo te llamas, tus padres
cómo, cuántos años tienes
y cuántos ha que a Leonido
sirves, en qué isla mantiene
él su casa y su familia,
si es casado, si pretende
casarse, con quién y dónde?
Cosas que un amigo debe
saberlas para contarlas
a otro amigo, si se ofrece;
que esto es ser corriente amigo.
MERLÍN
Estotro, amigo moliente.
Y pues a aquesas preguntas
te he respondido otras veces
lo que sé y lo que no sé,
déjame ir donde quisiere;
que si en el pasado brindis
de aquel refresco caliente
me hice mona, no por eso
será justo que sospeches
que necesito de maza.
UNOS
¡Viva Arminda!
Cajas.
OTROS
¡Mitilene
viva!
SOLDADO 1º
Ya, dándose vista,
entrambos campos se mueven;
por eso no te respondo,
que no es justo que me echen
menos en mi puesto; pero
yo volveré a responderte.
Vase.
MERLÍN
¿No basta ser preguntante
sino también respondiente?
¿Cómo huiré de él cuando es fuerza
que en esta tierra me quede
a vivir, por el seguro
de que en ella mi amo entre?
Y pues la vida es alhaja
que no se halla si se pierde,
en lo espeso de estas ramas
me esconda. En ellas hay gente.
Otros gallinas serán,
con que entra aquí lindamente
lo de “cállate y callemos”.
Señores soldados, si éste
es cuartel de la salud,
admitan vuesas mercedes
un achacoso que trae
todo el miedo competente
para... Mas, ¿qué es lo que veo?
LEONIDO
¿Qué veo? ¡Merlín es éste!
Pues, ¿cómo, traidor,…
MERLÍN
(A esto,
cuando han errado la suerte,
caerse la casa a cuestas
llamar los fulleros suelen.)
LEONIDO
…delante de mí?
POLIDORO
Señor,
mira que...
LEONIDO
¿Tú me detienes?
POLIDORO
Sí; que hizo él como quien es
y has de hacer como quien eres
tú en no vengarte en un hombre
tan vil.
LEONIDO
¿Es mejor que quede
vivo a que pueda decir
quién soy otra vez?
MERLÍN
Detenle,
Polidoro, mientras yo
huyendo me amparo de ese
primer tercio.
LEONIDO
Suelta, digo,
que tengo que darle muerte;
Saca la espada.
que nadie mejor que el muerto
guarda un secreto.
MERLÍN
¡Valedme,
cielos!
Sale un Sargento y soldados y luego Adolfo.
ADOLFO
Acudid, soldados;
y mirad qué ruido es ése.
SARGENTO
¡Teneos!
MERLÍN
Eso, seor sargento,
dígalo a quien no se tiene.
ADOLFO
¿Qué es esto?
SARGENTO
Que ese soldado,
desnuda la espada, viene
tras otro.
ADOLFO
¿Qué esperáis?
¿Desnuda la espada enfrente
de banderas y más cuando
arma se toca? ¡Prendedle!
Llevadle al cuerpo de guardia,
donde yo haré que escarmiente
a los demás su castigo.
LEONIDO
(¡Triste hado!)
POLIDORO
(¡Desdicha fuerte!)
LEONIDO
Señor, yo, si... cuando...
ADOLFO
Nada
digáis. Sea lo que fuere
no lo he de saber de vos,
que en boca del delincuente
siempre vive sospechosa
la verdad. Vos que, prudente,
no habéis sacado la espada
viendo el peligro que tiene
el sacarla aquí, decidme,
¿qué ocasión es la que mueve
contra vos ese soldado
y quién es?
LEONIDO
(Cierta es mi muerte,
que es fuerza en decir quién soy
que se asegure y se vengue.)
MERLÍN
Ese soldado...
ADOLFO
Oye, aguarda,
antes que prosigas... ¿no eres
tú el criado de Leonido?
MERLÍN
(¡Pluguiera a Dios no lo fuese,
pues él, ya preso, ya libre,
me trae en trabajos siempre!)
LEONIDO
(Él, sin duda, se declara.)
A Polidoro.
POLIDORO
(Con justa razón le temes.)
A Leonido.
MERLÍN
Ese soldado, que yo
ni le conozco ni a verle
llegué otra vez en mi vida,
sobre juzgar una suerte
hoy en el cuerpo de guardia
con licencia de quien pierde,
dijo que la había juzgado
muy apasionadamente,
por no perder el barato
del que ganaba. Impaciente
dije: “Quien de mí pensare
tal, mi...” Y sin llegar al ente
de la razón, se interpuso
en medio toda la gente.
Tocose al arma; conque
viniendo a mi puesto, en ese
bosque contra mí la espada
sacó; que sin duda debe
de ser bisoño, pues no
sabe militares leyes.
No quise sacar la mía
y más al ver detenerle
esotro soldado, a quien
tampoco conozco. Éste
es todo el caso; y supuesto
que no hay herida ni muerte,
te suplico que si algo
contigo, señor, merece
quien obedeciendo a Arminda
la dice cuanto ella quiere
–y dijera más si más
supiera– que no le lleven
preso; que para seguro
de que aquí nada hay pendiente
delante de ti la mano
doy de ser su criado siempre.
ADOLFO
Volvedle la espada. Y vos
al soldado agradecedle
que para daros la vida
servicios de Arminda alegue.
LEONIDO
A vos, por la piedad, beso
las plantas una y mil veces;
y a él, por el ruego, le doy
los brazos; y creed que intente
pagaros mi valor cuanto
mi valor sabe que os debe.
ADOLFO
Si tanto de vos fiáis,
buena ocasión se os ofrece,
que ya a la caballería
se ha dado orden de que empiece
a trabar la escaramuza.
Y pues manda que gobierne
yo este derecho costado,
cuartel donde Arminda tiene
su corte, a darles calor
vaya avanzando la gente.
Vanse y tocan cajas y trompetas.
TODOS
Dentro.
¡Arma, arma!
MERLÍN
Ya que solos
quedamos, ¿podré atreverme
a pensar que lo que dije
con lo que he callado enmiende?
LEONIDO
Llega otra vez a mis brazos.
POLIDORO
Y a los míos.
UNOS
Dentro.
¡Mitilene
viva!
OTROS
Dentro.
¡Viva Arminda!
MITILENE
Dentro.
¡Dadme
un caballo y nadie entre
antes que yo en la batalla,
porque Arminda conocerme
pueda!
ARMINDA
Dentro.
¡Un caballo me dad
y nadie llegue a ponerse
delante, porque conozca
mi divisa Mitilene!
TODOS
Dentro.
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
LEONIDO
¡Oh, si los cielos me diesen
ocasión en que mostrarme!
MEGERA
Dentro.
Antes que las dos se encuentren
y castigada Tinacria
ni la una ni la otra reine,
su seno rasgue el volcán
y de su preñado vientre
en nubes de humo que aborte,
globos de fuego reviente.
Revienta el volcán.
UNOS
Dentro.
¡Cielos, favor!
OTROS
Dentro.
¡Piedad, cielos!
POLIDORO
¿Qué nuevo escándalo es éste?
LEONIDO
Que el volcán ha reventado;
que con la negra corriente
de su derretido azufre
y de sus llamas ardientes
el fiero embrïón, la tierra
inundan y el aire encienden.
POLIDORO
Ambos campos se retiran.
LEONIDO
¿Qué mucho, si hay quien los vence?
MITILENE
Dentro.
¡Soldados, al mar; que bien
habrá menester valerse
de tanta agua tanto fuego!
ARMINDA
Dentro.
¡Al monte, soldados! Quede
suspensa la lid en tanto
que el cielo sus iras temple.
Pasando de una parte a otra todos.
AURELIO
¡Oh, justos juicios del cielo
sin duda es –pues no consiente
que litigue la injusticia–,
que por la inocencia vuelve.
UNOS
¡Al monte!
OTROS
¡Al mar!
TODOS
¡Fuego, fuego!
LEONIDO
¿Dónde iré yo que no lleve
tras mí mis hados? El mar
con sus tormentas me ofende;
el Cáucaso con sus magias
me aflige; con sus crüeles
diluvios el aire; y ahora
el fuego, con sus ardientes
iras.
TODOS
Dentro.
¡Socorro, piedad!
POLIDORO
Pues aún hay otro accidente.
Las encendidas pavesas
–que el aire es fuerza que vuelen–
sobre aquel vecino bosque
diluvios de chispas llueven.
MERLÍN
De él huyendo salen cuantos
le tuvieron por albergue.
ARMINDA
Dentro.
¡Ay, infelice de mí!
TODOS
Dentro.
El monte en que el fuego prende
el cuartel de Arminda es.
ADOLFO
Dentro.
¡Soldados, a socorrerle!
LEONIDO
¿Qué es lo que escucho? ¿El cuartel
de Arminda? Pues, ¿qué hay que espere?
¡Pierda en su favor mil vidas!
Vase.
POLIDORO
Fuerza es que tras él me empeñe.
MERLÍN
Y yo tras ti... Pero no,
que podrá ser que me queme.
Siempre pasando de una parte a otra. Sale Florante.
FLORANTE
¡Oh, si fuese yo el dichoso...
Sale Adolfo.
ADOLFO
¡Oh, si yo el dichoso fuese...
FLORANTE
...que la socorra!
ADOLFO
...la ampare!
Sale Leonido con Arminda en los brazos y cae desmayado Leonido.
LEONIDO
¡Ay de mí!
ARMINDA
¡Cielos, valedme!
LEONIDO
Pero como alentéis vos,
¿qué importa que yo no aliente?
FLORANTE
¿Qué es lo que miro?
ADOLFO
¿Qué veo?
LOS DOS
Señora, ¿qué estrago es éste?
ARMINDA
Nada. Cuidad de ese hombre,
a quien mi vida se debe.
ADOLFO
¡Feliz quien tal dicha goza!
POLIDORO
Y infelice quien la pierde.
FLORANTE
Y felice y infelice
quien lo que ha de estimar siente.

Jornada III

Corriéndose la mutación del palacio, suenan chirimías y música y salen Merlín y el Soldado.
MÚSICA
De los palacios de Venus,
Casimiro, invicto César,
a las campañas de Marte
en hora dichosa venga.
MERLÍN
De cuanto usted me pregunta,
¿podré yo una vez siquiera
atreverme a preguntarle
qué novedades son éstas?
¿No estaba toda Tinacria
con aparatos de guerra
para darse la batalla
y en militar orden puesta?
¿No reventó el Mongibelo
a ocasión que les fue fuerza
–dejando una lid por otra–
retirarse en su defensa
a su armada Mitilene
y nuestra Arminda a su selva?
Socorridas del incendio,
una en agua y otra en tierra,
¿no quedó para otro día
la tal batalla suspensa?
Pues, ¿cómo, no solamente
en vez de volver a ella,
los estruendos militares
se han trocado en los de fiesta?
SOLDADO 1º
Como corriendo la voz
de tanto escándalo, mientras
una y otra reparaban
las ruinas de la violencia,
llegó a Chipre la noticia,
donde hoy Casimiro reina
–tío de las dos–; y viendo
cuánto militan opuestas
su sangre contra su sangre
y contra entrambas el Etna
–y que es preciso que a un tiempo,
aún más que le alegre, sienta
el dolor de la vencida
que el gozo de la que venza–
a ser árbitro entre ambas
–fiando de su prudencia,
su autoridad y sus canas
conseguir él componerlas–
venir a Tinacria quiso.
Y aunque se dijo que era
su intento en secreto, como
esto de reales ausencias
por secretas que sean son
públicamente secretas,
llegó antes que la persona
la voz; y sabiendo que entra
hoy en palacio, está Arminda
a recibirle a sus puertas.
Conque, persuadido el pueblo
a que su venida sea
el arco de la paz, tanto
en su venida se alegra
que toda es aclamaciones
galas, músicas y fiestas.
Y pues en términos yo
le he respondido, ya es deuda
el que, a lo que le pregunté,
dé en términos la respuesta:
¿dónde su amo le parece
que estará a estas horas?
MERLÍN
Ésa
es pregunta intolerable,
que no obliga; y más con esta
ocasión, cuando el concurso,
siguiéndole hasta las puertas,
llega del jardín, porque
no sepa nadie que llega
por más que lo sepan todos.
SOLDADO 1º
No es por eso; pues abiertas
están y entran cuantos vienen
tras él.
MERLÍN
Pues si todos entran,
entremos también nosotros
dando por aquí la vuelta.
Éntranse y mudándose el teatro en el de un vistoso jardín, salen Arminda y sus damas, Casimiro, Adolfo, Florante, Merlín, el Soldado y acompañamiento.
MÚSICA
De los palacios de Venus,
Casimiro, invicto César,
a las campañas de Marte
en hora dichosa venga.
ARMINDA
Vuestra Majestad, señor,
una y muchas veces sea
bien venido a éste su reino;
donde, como yo merezca
besar su mano, será
doblar la dicha primera
de verle con la segunda
de verme a sus plantas puesta.
CASIMIRO
Los brazos, hermosa Arminda,
muda retórica sean;
que en la admiración más dice
el silencio que la lengua.
ARMINDA
Vuestra Majestad perdone,
señor; y deme licencia
–ya que, en los lutos, el traje
de la campaña dispensan
para que no en el estrecho
retiro de mis tristezas
entre tropezando en sombras–
a que le reciba en esta
galería del jardín
en tanto que se prevenga
el cuarto que ha de hospedarle;
que, como mi suerte adversa
ninguna dicha esperaba,
no pudo prevenir ésta,
en que vuestra Majestad
que haya de suplir es fuerza
con miedos de no esperarla
culpas de no merecerla.
Siéntanse.
CASIMIRO
Como yo, divina Arminda,
con la salud que desea
mi amor os halle, no tengo
que desear más conveniencia,
pues no vengo por la mía
tanto como por la vuestra
y de Mitilene; que
no quiero desta fineza
haceros a vos deudora
el día que entre vos y ella
sólo el número os distingue;
fuera de que para hacerla,
la lástima de Tinacria
bastara; y más cuando llega
la imaginación a haber
hecho aprensión en la idea
de que abrirse el Mongibelo
en ocasión tan violenta
como al darse la batalla
no fue acaso –pues es cierta
cosa que nada hay acaso
en quien todo es providencia–,
quizá en castigo de que
donde hay leyes que gobiernan,
del tribunal de justicia
se apele para el de guerra,
monstruo que de humana sangre
hidrópico se alimenta;
y así, mi piedad...
ARMINDA
Segunda
vez, señor, suplico a vuestra
Majestad que a mi atención
la dé segunda licencia
para pedirle que, antes
que toque en otra materia,
trate la de su descanso
y salud. Vuestras Altezas
acompañen a mi tío
a su cuarto.
CASIMIRO
Sin que sepa
a quién con tanto decoro
lo encargas, dudar es fuerza
su obsequio y mi estimación.
ARMINDA
A Florante de Suevia
y a Adolfo de Rusia.
CASIMIRO
A mí
me daré la norabuena
de esta dicha.
LOS DOS
La de estar
a vuestros pies es la nuestra.
CASIMIRO
Llegad, llegad a mis brazos.
ARMINDA
Hallándose en la tragedia
de mi hermano, hasta vengarla
no han querido hacer ausencia;
y habiendo en este intermedio
tomado la armada tierra,
ya una vez aquí han querido
militar en mi defensa.
CASIMIRO
Con tales soldados
no admiro que tan severa
la plática divirtáis,
que mira a la conveniencia
de una común paz.
ARMINDA
No es
sino que esa conferencia
ha de ser con Mitilene,
no conmigo; que si ella
viene a echarme de mi casa
forzoso es que me defienda:
a ella reducid. Y en tanto,
id, señor, donde os espera
humilde esfera, que vos
haréis soberana esfera;
que sois sol y el sol no mide
distancias; con la luz mesma
que lo sublime ilumina,
iluminar no desdeña
lo no sublime; que iguales
participan su belleza
la torre que la cabaña
y la cumbre que la selva.
CASIMIRO
Por obedeceros más
que por descansar, aceta
el partido de dejaros
el de no veros tan bella.
¡Que lástima hubiera sido
que el fuego, de envidia, hubiera,
porque luciera su lumbre,
logrado apagar la vuestra!
ARMINDA
Entre unas peñas que, como
materia menos dispuesta
que los troncos, no había el fuego
conseguido el que se enciendan,
a todas partes sitiada,
del fuego y del humo ciega,
sin buscar senda al entrar
y al salir hallando senda,
a un soldado de fortuna
debí la vida.
CASIMIRO
¡Quién fuera
fortuna de ese soldado!
FLORANTE
(Harto a mis ansias les cuesta
el no haber sido yo).
ADOLFO
(Poco la debí a mi estrella,
pues no me quitó la vida
la envidia de que otro fuera).
CASIMIRO
¿A dónde, príncipes, vais?
ADOLFO
Sirviéndoos hasta la puerta
del cuarto.
CASIMIRO
Eso no; quedaos.
FLORANTE
Esto Arminda nos ordena
y, a fuer de soldados suyos,
estar al orden es fuerza.
CASIMIRO
Obedezcámosla todos.
¡Oh, Aurelio! ¿Quién nos dijera
que había de volver a veros
con estas canas y en esta
edad cuando de Tinacria
salí en joven edad tierna
con esperanzas de que
había de cobrar la prenda
que en ella, ¡ay de mí!, quedaba?
AURELIO
Mejor, señor, lo dijeras
si hablara yo.
CASIMIRO
¡Oh, vil memoria!
Bien dijo el que dijo que eras
alhaja de desdichados;
pues, condicional potencia,
lo que has de acordar olvidas,
lo que has de olvidar acuerdas.
Vanse todos los hombres y quedan las damas.
MERLÍN
Si hace bien el que antes que
le despejen se despeja,
salgamos de aquí.
SOLDADO 1º
Salgamos.
ARMINDA
Llama a ese soldado, Alfreda.
ALFREDA
¡Ah, soldado!
SOLDADO 1º
¿Qué mandáis?
ARMINDA
¿Qué hay de aquella diligencia?
SOLDADO 1º
Nada, señora, que este hombre
es loco. Ni da respuesta,
ni en cuanto discurre y habla
razón con razón concuerda.
ARMINDA
Pues dejadle para loco;
no prosigáis, pues, en ella;
que, perdidas otras, nada
importa que ésa se pierda.
SOLDADO 1º
(¡Gracias a Dios que salí
de andarme tras una bestia!)
Vase.
ARMINDA
Retiraos todas; dejadme
sola.
DAMA 2ª
(¡Qué poco la alegra
la venida de su tío!)
DAMA 3ª
(¿Quién duda que la tristeza,
con cualquiera novedad,
más que se alivia se aumenta?)
ARMINDA
Si te he dicho, Alfreda, ya
que contigo no se entienda
lo que con todas, ¿por qué
a acompañarme no quedas?
ALFREDA
Porque me lo mandes tú;
que del cariño las muestras,
por ver si en ti el repetirlas
es maña, en mí, no saberlas.
ARMINDA
Pues sabe –logra esa maña–
que nunca con mayor pena
hube menester a quien
contándola la divierta.
Pensarás que la venida
de mi tío y que pretenda
nuestra paz, en que es preciso
que algo en mi derecho pierda,
es la causa; pues no, que esto
y que hasta ahora no sepa
–bien que he mandado le asistan
como a mi persona mesma–
si vive o no aquel soldado
a quien debí la fineza
de haberme dado la vida
no son cosas que me cuestan
más que un cuidado, que no
pasa de cuidado a pena.
Lo que de pena a cuidado
pasa, a ira, a rabia, impaciencia,
es que no me basten medios,
trazas, industrias, cautelas,
para saber de aquel fiero
Leonido; y más hoy que fuera
especie de baldón que
Mitilene y mi tío vieran
que, siendo sangre de todos,
soy yo sola quien la venza.
Esta presunción, que en una
parte rencorosa y fiera
y en otra heroica y altiva
a todas horas molesta,
me ha puesto en el pensamiento
una imaginada empresa,
con que le mate en la honra
ya que en la vida no pueda.
ALFREDA
¿En la honra?
ARMINDA
Sí.
ALFREDA
¿De qué suerte
has de conseguirlo?
ARMINDA
De ésta:
yo tengo comprometida
–conozco que fue imprudencia
de arrebatado furor–
mi mano a quien, como sea
de real generosa estirpe,
vivo o muerto me le ofrezca;
y para desempeñarme
de cumplir esta promesa
y no dejar de cumplir
con mis rencores, quisiera
hallar un hombre de tal
valor y de tal esfera
que, aunque se atreva al empeño,
a la paga no se atreva.
La industria que he imaginado
es que...
ALFREDA
No prosigas; que entra
gente en el jardín y creo,
si no me engañan las señas,
que es el soldado, señora,
del incendio.
ARMINDA
(Mas ¿qué fuera
que no acaso con valor
y sin lustre me le ofrezca
el cielo?) Pídeme albricias
de su salud. (¡Oh, qué apriesa
piensa un vehemente deseo
que no hay más de lo que piensa!)
Salen Leonido y Polidoro.
LEONIDO
(Pues las puertas del jardín
A Polidoro.
están hasta ahora abiertas,
licencia debe de haber
de entrar en él.)
POLIDORO
(Oye, espera;
A Leonido.
que está en él Arminda.)
LEONIDO
(Mas
A Polidoro.
respeto, que no licencia,
debe de ser quien le guarda.)
POLIDORO
(Retirémonos afuera;
A Leonido.
no de que hayamos entrado
inadvertidos se ofenda)
ARMINDA
¿Quién anda allí?
POLIDORO
(Pues contigo
A Leonido.
que menos se enoje es fuerza,
respóndela tú; que yo
quedaré escondido en estas
altas murtas.)
LEONIDO
Quien, señora,
no pensó que vuestra alteza
aquí... porque yo... si...
ARMINDA
No
os turbéis; que más sintiera
que por mí hubierais dejado
de entrar a esta verde esfera
que no que entrado hayáis; pues
desigual retorno fuera
que, quien en otras por mí
pisando volcanes entra,
dejara por mí de entrar
pisando flores en ésta.
LEONIDO
Para entrar aquí, señora,
no tener licencia vuestra
me acobarda; pero allá
no hube menester tenerla
porque, para arder por vos,
yo me tomé la licencia.
ARMINDA
Y ¿cómo os sentís?
LEONIDO
Mejor;
y más hoy, con una nueva
que de mi patria he tenido.
ARMINDA
¿De qué?
LEONIDO
De que estoy muy cerca
de una dicha que en mi vida
esperé llegar a verla.
ARMINDA
¿De dónde sois?
LEONIDO
Alemania
es mi patria.
ARMINDA
¿Noble en ella?
LEONIDO
Mi padre no conocí;
sólo sé, criado en la guerra,
que hijo de la guerra soy.
¡Ved vos si tendré nobleza,
pues es la madre que más
ilustres hijos engendra!
Oyendo cómo en Tinacria
vuestra persona hacía levas
para salir en campaña,
movido de oculta estrella
que a vos más que a Mitilene
me inclinó –con conocerla
a ella más que a vos–, llegué
a vuestro campo en tan buena
ocasión que pude daros
de mi valor primer muestra
para que os sirváis de mí
en lo demás que se ofrezca.
ARMINDA
(¿Soldado estranjero, pobre,
osado y de corta esfera?
Sin duda el cielo dispone
mi venganza). Que agradezca
la elección es justo; y pues
no hay modo de agradecerla
más pronto que el de acetarla,
pasemos a su experiencia.
¿Tendréis valor?
LEONIDO
Sí, señora.
ARMINDA
¿Antes que mi voz refiera
para qué decís que sí?
LEONIDO
Sí, que sé por cosa cierta
que le tengo para todo.
ARMINDA
(Retírate de aquí, Alfreda,
A Alfreda.
donde puedas avisarme
cuando alguien por aquí venga;
y donde puedas oírme,
pues lo que aquí te dijera
es lo que a él he de decirle.)
ALFREDA
(No, señora, te resuelvas
A Arminda.
a fiar de quien no conoces.)
ARMINDA
(En la ira no hay espera;
A Alfreda.
demás de que en este hombre
es segunda conveniencia,
para mi agradecimiento,
juntar en una dos deudas.)
POLIDORO
(¡Oh, si pudiera yo oír
desde aquí la conferencia!)
LEONIDO
(¿Qué será lo que de mí
quiere fïar? Pero sea
lo que fuere, ¿qué más dicha
puede haber que obedecerla?)
ARMINDA
Para lo que he de fiaros,
la primera diligencia
ha de ser jurar secreto.
LEONIDO
Sí juro; la mano puesta
sobre la cruz de la espada
protesto a una y otra esfera
que, el cielo con su poder,
el sol con sus influencias,
con sus horrores la luna,
con su ceño las estrellas,
con sus ráfagas el aire,
con sus temblores la tierra,
el fuego con sus ardores
y el agua con sus tormentas,
a ojerizas me destruyan
el día que llegue mi lengua
a romperle.
ARMINDA
Pues oíd.
Yo aborrezco de manera
a ese embrión de los montes
–abortivo hijo de fieras
que prohijado de Toscana
Tiro hizo lansgrave en Grecia–,
a ése, en fin, traidor Leonido,
que no ha habido diligencia
que no haya hecho en busca suya;
y viendo cuánto le ausenta
el miedo y que de cobarde
se esconde, he dado, resuelta,
en una imaginación
que le obligue a que parezca
o a que perezca su fama.
Ésta es que haya quien se atreva
a retarle de traidor;
pues con aleve cautela
rompiendo las vallas hizo,
por particulares quejas
que de mi hermano tenía,
su festividad tragedia.
De que se siguen tres cosas:
una, que si es como piensan
muchos que murió en el mar
me quiete yo, satisfecha
con que contra el muerto no hay
noble rencor que trascienda;
otra, que si vive y no
parece donde le retan,
para todas las naciones
ya propias y ya estranjeras
quedará, sobre la nota
de cobarde, con la afrenta
de traidor, pues contra todo
buen duelo rompió la tela
para ganar la ventaja
de ir uno a lid y otro a fiesta;
la otra, en fin, que dado caso
que como retado venga
–con seguros de retado
que haberle de dar es fuerza–
cumpliré conmigo, pues
escrúpulo no me queda
de que no hice cuanto pude,
dejando desde allí a cuenta
de la fortuna el relance
de que el que venciere venza.
Vos sois el primero a quien
esta imaginada idea
he participado en fe
de ser relativa empresa
que la que os debe la vida
también la venganza os deba.
Y pues no triunfa glorioso
quien osado no se arriesga,
ved vos si os atreveréis
–fijando en cortes diversas
firmado cartel que lleve
la fama en plumas y lenguas–
a mantener la estacada;
que para los lustres de ella,
galas, armas y caballos
os darán mis asistencias
sin que digan que son mías,
porque no quiero que entienda
que es motivo mío mi tío,
ni el de Rusia, ni Suevia,
hasta mejor ocasión.
Y no me deis la respuesta
ahora, que tampoco quiero
que os resolváis tan apriesa
que no lo penséis despacio;
pues ahora basta que sepa
valor que es tan para todo
que no menor premio espera
que el de mi mano. (Esto es
empeñarle con reserva
de que, decir de mi mano,
no es decir mi mano mesma.)
Vase.
LEONIDO
(¿Habrá hombre a quien el hado
haya puesto en tanto abismo
como haber de ser él mismo
el retador y el retado?)
POLIDORO
Ya que al cuarto retirada
Arminda, señor, se ha ido,
¿qué es lo que habéis conferido
en todo este tiempo?
LEONIDO
Nada.
De dónde era, preguntó;
de Alemania, yo respondí.
Preguntó el nombre y la di
el que primero ocurrió.
En esto y en cómo estaba
de mi padecido ardor
y en responder que mejor,
toda la plática acaba.
POLIDORO
Hablemos más claro; di
lo demás que hablasteis.
LEONIDO
Yo
no sé más que esto.
POLIDORO
¿Qué no
sabes más?
LEONIDO
No.
POLIDORO
Pues yo sí,
porque cuanto habéis hablado
desde allí escuché escondido.
Y puesto que tú has cumplido
con el secreto jurado,
fuerza es por capaz me dé
de tus hados infelices;
que lo que tú no me dices
y yo por mí me lo sé,
no obsta aun en caso más grave
al juramento; que no
estoy obligado yo
a callar lo que otro sabe.
En notable empeño estás
el día que Arminda de ti
contra ti se vale.
LEONIDO
De mí,
Polidoro, inferirás
cuál está mi corazón;
y pues no rompo el secreto
hablando contigo, a efeto
de saber tú su razón,
dime lo que debo hacer.
Yo adoro a Arminda; ofendida,
ella aborrece mi vida;
cuando llego a merecer
el verla afable, obligada
del riesgo que la saqué,
solamente es para que
vuelva a verla más airada;
que yo a mí me desafíe
me manda: ¿cómo ha de ser
llamarme y no responder?
¿No es fuerza que desconfíe
–si yo como a otro me llamo
y como yo no respondo–
y que se crea que me escondo
de temor, con que disfamo
en mi nombre mi valor?
Si me dejo de llamar,
¿cómo a Arminda he de obligar
a premio de tanto honor,
que es su mano conseguir?
¿O cómo se ha de ajustar
que sea yo el que ha de esperar
y sea yo el que ha de venir?
POLIDORO
Es tan estraño y tan nuevo
el fin de uno y otro daño
que, si no es nuevo y estraño
el medio que dar me atrevo,
no es posible que igualar
pueda la cura al dolor.
LEONIDO
Dile; que nada es peor
que dejarle de curar.
POLIDORO
¿Si no es fácil de creer?
LEONIDO
Quien creyere lo que a mí
me pasa, lo creerá. Di,
¿qué he de hacer?
POLIDORO
Lo que has de hacer
es el acetar, señor,
el duelo que te propone;
que yo, en cuanto te baldone,
volveré allá por tu honor.
LEONIDO
¿Cómo?
POLIDORO
Saliendo por ti
–pues que no eres conocido–
con el nombre de Leonido.
LEONIDO
¿No será fuerza que allí
tú y yo hayamos de lidiar
hasta morir o vencer?
POLIDORO
No; que pues toca escoger
al retado armas nombrar,
desmintiendo aquella idea
de que del caballo fue
la ventaja, escogeré
que a pie nuestro duelo sea.
LEONIDO
¿Qué mejoramos con eso
si a pie es fuerza que vencido
te des tú como Leonido,
conque es contra mí el suceso;
o por vencido me dé
yo, conque el desdoro allí
también será contra mí,
pues el premio perderé
de la victoria que espero?
POLIDORO
No harás, pues entre esos plazos
podremos venir a brazos;
conque por preciso infiero
que el que el campo te asegure
nos haya de dividir
para volver a partir
el sol; y como procure
yo entre este intermedio hacer
–sin que te rinda o me rinda–
pública protesta a Arminda
y el cielo de que en mí haber
no pudo intención ninguna
más que el que delante de ella
se aplaudiese otra más bella
–y que fue de la fortuna
lo más del trance–, no
dudes, volviendo a embestir,
que lo haya de impedir
el pueblo, que siempre dio
oídos a la razón;
y que ella...
LEONIDO
En vano prosigues,
que aunque a ella y al pueblo obligues
con esa satisfacción,
es persuadirnos nosotros
acá, a nuestro parecer,
a lo mejor, sin saber
qué harán o no harán los otros;
demás que contigo nada
puede obligarme a lidiar.
POLIDORO
Señor, quien se mira ahogar
se ase de desnuda espada.
Piensa tú otro medio, puesto
que aqueste no te conviene.
LEONIDO
No sé...
VOCES
Dentro.
¡Arminda y Mitilene
Chirimías y atabales.
vivan!
LEONIDO
¿Qué puede ser esto?
POLIDORO
Merlín, que viene hacia allí
tras otro, nos lo dirá.
Sale el Soldado huyendo de Merlín.
SOLDADO 1º
Pues no te pregunto ya,
hombre, ¿qué quieres de mí?
MERLÍN
Preguntarte yo, por ver
si bien de ti lo aprendí.
SOLDADO 1º
Si a eso va, también de ti
yo aprendí a no responder.
Déjame, que ya no quiero
ser tu amigo.
El Soldado huyendo de Merlín.
MERLÍN
¿Cómo no?
Has de serlo, pues que yo
lo fui al envite primero;
y has de mantenerme mano,
haciendo al mundo testigo
ser mi hermano más que amigo,
o mi amigo más que hermano.
Escoge pues.
SOLDADO 1º
Huir de ti
solamente escogeré.
Vase.
MERLÍN
¿Qué importa, si tras ti iré?
POLIDORO
Merlín, tente; y pues aquí,
como que no nos conoces,
sin sospecha hablar podemos,
dinos, ¿qué nuevos estremos
son esas confusas voces?
MERLÍN
Mitilene, en cortesano
estilo, desde la mar,
a Arminda, para besar
al Rey, su tío, la mano,
salvoconducto pidió.
Ella, con galantería
–que esto de la cortesía
en la guerra se aprendió–,
ha salido a la marina
a recibirla; y mirando
que el Rey las está esperando,
alegre el pueblo imagina
la paz; y como éste es
tiempo de Carnestolendas,
dando tregua a las contiendas
de la guerra, como ves,
de gala, máscara y fiesta,
delante el concurso viene.
UNOS
¡El rey viva!
OTROS
¡Mitilene
viva!
OTROS
¡Viva Arminda!
Atabalillos, chirimías y Arminda con sus damas y Mitilene con las suyas. Florante y Adolfo y demás acompañantes cada uno por su parte y el Rey por en medio.
LEONIDO
Ésta,
para tomar tu consejo,
la mejor ocasión fuera,
si una cosa no temiera.
POLIDORO
¿Qué es?
LEONIDO
La causa por que hoy dejo
de acetalle es porque no,
ya que a tan mal tiempo viene,
me conozca Mitilene,
a quien patria y nombre yo
de otra manera fingí.
POLIDORO
Eso no tu intento ataje;
que tan de paso y en traje
tan otro del que vio allí
–sobre las manchas del fuego
que aún en el rostro te duran–,
esa objeción aseguran.
LEONIDO
Pues ven; que resuelto y ciego,
sea estraño o nuevo el modo,
sea la acción loca o cuerda,
como Arminda no se pierda,
¿qué importa?, piérdase todo.
Vase.
CORO 1º
Mitilene, deidad de los mares,
hermosa y divina,...
CORO 2º
Divina y hermosa deidad de los montes,
bellísima Arminda…
CORO 1º
…el arco de paz que del cielo de Chipre
banderas despliega,
para esmaltar sus matices, le ofrece
corales y perlas…
CORO 2º
…el arco de paz que del cielo de Chipre
banderas tremola,
para pulir sus combates, les rinde
claveles y rosas…
MÚSICA
…y entrambas publican
que reine, que venza, que triunfe, que viva.
MITILENE
Vuestra Majestad, señor
me dé su mano.
CASIMIRO
Los brazos,
que son los mejores lazos
que supo tejer Amor.
MITILENE
Vos, hermosa prima mía,
la vuestra me dad.
ARMINDA
Sí haré;
pero de amistad, en fe
de lo que seguro fía
del vuestro mi corazón.
MITILENE
Bien puede; que el pretender
es lidiar, no aborrecer.
CASIMIRO
No es ésta ahora ocasión
para más que festejar
vuestras vistas. Ea, venid;
y vosotras proseguid
vuestro aplauso.
ARMINDA
(¡Qué pesar
A Alfreda.
llevo, Alfreda!)
ALFREDA
(¿De qué ahora?)
A Arminda.
ARMINDA
(De no saber qué resuelve
A Alfreda.
el soldado.)
TODOS
El baile vuelve.
ALFREDA
(Pues, disimular, señora.)
A Arminda.
MÚSICA
Mitilena, deidad de los mares,
hermosa y divina…
Hermosa y divina,
deidad de los montes,
bellísima Arminda,
al arco de paz…
Al irse a entrar se oye la caja.
CASIMIRO
Oíd, esperad; ¿qué será esto?
ARMINDA
¿Quién, sin orden de tocar
a bando, en marciales ecos
confunde los que festivos
son hoy lisonjas del viento?
DAMA 1ª
(¿No sea, señora, que Arminda
A Mitilene.
finja algún levantamiento
para hacerte prisionera?)
MITILENE
(No digas, Flérida, eso;
A Dama 1ª.
que tan vil traición no cabe
en tan generoso pecho.)
TODOS
¿Quién este alboroto causa?
Sale Leonido.
LEONIDO
Quien a vuestras plantas puesto,
valeroso rey de Chipre,
siempre invicto y siempre excelso;
quien también a vuestras plantas,
hermosos prodigios bellos
–en Tinacria y Mitilene,
competidos los estremos,
sois en valor y hermosura
ambas Palas y ambas Venus–;
quien, ¡oh príncipes heroicos
de Rusia y Suevia!, ¡oh pueblo
de militares blasones
y políticos compuesto!,
viene a valerse de todos
para el más glorioso empeño
en que todos comprendidos
os halláis; a cuyo efecto,
por no perder ocasión
de hablar con todos a un tiempo,
con esa salva os previene,
en fe de no ser exceso
el atrevimiento cuando
es noble el atrevimiento.
ARMINDA
(El soldado que me dio
A Casimiro.
la vida es.)
CASIMIRO
(¡Cuánto me huelgo
A Arminda.
de conocerle!) Decidnos
quién sois y qué es vuestro intento.
LEONIDO
Caballero alemán soy
que, por un delito huyendo,
a la discreción del hado
corriendo fortuna vengo.
Huyendo y delito dije.
De uno y otro me avergüenzo;
que el delito fue de amor,
en venganza de unos celos;
y el huïr, de la justicia;
conque, de uno y otro a un tiempo,
ennobleciendo el delito,
también la fuga ennoblezco,
pues el medio de los nobles
es de la justicia el miedo.
Ausente, pues, de mi patria,
buscando a la vida medios,
seguir la guerra elegí;
que un ejército es el centro
donde corren líneas todos
los bien nacidos alientos.
De las guerras de Tinacria
noticias tuve; y viniendo
a probar fortuna en ellas,
quizá cansada del ceño
con que nunca infausta pudo
apurar mi sufrimiento,
se dio por vencida al daño
y acudió con el remedio.
Éste fue del valeroso
arrebatado denuedo
con que Prometeo segundo
–si atrevido Prometeo–
hurtó a todo un sol el rayo;
yo, todo un sol el incendio.
Tan vanaglorioso al ver
que en paz conmigo se ha puesto
y que, empezando a dar
males o bienes, es cierto
que así bienes como males
siempre los lleva en aumento
–y a que ha torcido el camino
de mis pesares–, pretendo
saber si lleva adelante
también el de mis deseos
en otro triunfo que, altivo,
me ha dictado el pensamiento.
Que todos interesados
sois en él –dije– y lo pruebo
en que es vengaros a todos
de aquel Leonido soberbio
que tanto estrecho a Tinacria
–y aun a todo el orbe– ha puesto.
Él, o es cierto que murió
en el mar o que de miedo
se guarda; si murió, en que haya
otra razón de creerlo
nada se aventura; y si es
que vive y que está encubierto,
por no vivir con la nota
de cobarde y el recelo
de que Tiro le degrade
de su dignidad, es cierto
que le obligue a que parezca
si por carteles le reto
que en sus plumas y sus bronces
entregue la fama al viento.
Para fijarlos, señor,
a pedir licencia vengo;
y para que –del seguro
tan soberano y supremo
árbitro– me deis –que no
pueda salvarle el recelo
de que viene aventurado–
firmado en todo el buen duelo
su salvaconducto. Y pues
a todos el sentimiento
de su ofensa toque, toque
a todos aplicar medios
que, si no viene, le infamen;
y si viene, venga a riesgo
de vernos a vuestras plantas
a él vencido o a mí muerto.
ALFREDA
(Ya no hay que dudar, señora,
A Arminda.
qué habrá el soldado resuelto.)
ARMINDA
(En toda mi vida vi
A Alfreda.
concurrir en un sujeto,
ni más discreta la gala,
ni más valiente el ingenio.
MITILENE
(Mira, Flérida, si fue
A Dama 1ª.
ocioso tu pensamiento.)
DAMA 1ª.
(Ya veo que no fue cuerda
A Mitilene.
malicia.)
MITILENE
(Que he visto, creo,
A Dama 1ª.
otra vez a este soldado;
pero dónde, no me acuerdo.)
ADOLFO
(¡Que no hubiese mi fortuna
dictádome a mí este empeño!)
FLORANTE
(¡Que hubiese mi poca dicha
negádome a mí este riesgo!)
CASIMIRO
(La novedad de una acción
tan rara, absorto y suspenso
me ha dejado, si ya no es
admiración del denuedo
de tan valeroso joven.
¡Qué glorioso en su pretexto!
En su ejecución, ¡qué airoso!
En sus razones, ¡qué cuerdo!
¡Y qué amable en su persona!
Mucho haré si me detengo
en no arrojarme a sus brazos,
según me roba el afecto.)
LEONIDO
Si para el duelo, señor,
la licencia no merezco,
para el consuelo merezca
la respuesta, por lo menos.
CASIMIRO
A donde está Arminda, a mí
no me toca responderos.
ARMINDA
Ni a mí, donde Mitilene
está el día que la tengo
por huéspeda.
MITILENE
A mí tampoco
donde está mi tío, a quien debo
dar siempre el primer lugar.
CASIMIRO
Por poner en paz el duelo
de vuestras cortesanías,
ser árbitro suyo aceto;
y quizá por ensayarme
en otro mayor a serlo,
valiente joven, los brazos
me dad.
LEONIDO
Los pies no merezco.
CASIMIRO
Llegad, llegad; que esto y más
merece el asunto vuestro.
ADOLFO
(De honrada envidia no vivo.)
FLORANTE
(De rabiosa envidia muero.)
CASIMIRO
(¿Qué es esto que el corazón
me está diciendo acá dentro,
en cuyas calladas voces
mucho escucho y nada entiendo?)
LEONIDO
(¡Cielos!, ¿qué nuevo alborozo
es el que en el alma siento,
que me dice que ya es
la temeridad acierto?)
CASIMIRO
Ley es en todas las islas
de los divididos reinos
que el archipiélago boja
–mostrando que en su terreno
es país libre cada uno–
que al que pida campo en ellos,
mayormente cuando es
honorífico el pretexto,
no se le niegue; y así,
no solamente os concedo
la licencia que pedís
de fijar carteles, pero
de que en ellos mi seguro
publiquéis y de que luego
seré juez y tan padrino
suyo en la lid como vuestro.
Vamos, sobrinas.
ARMINDA
No sólo
la fineza os agradezco,
pero el modo.
Vanse.
LEONIDO
(¿Quién logró,
antes que el peligro, el premio?)
MITILENE
De mi parte también yo
las gracias os doy.
LEONIDO
El cielo
os guarde.
MITILENE
(¡Que no me acuerde
dónde le vi ni en qué tiempo!)
Vase.
ADOLFO
Gran desdicha hubiera sido
si, cuando mandé prenderos,
no lo suspendiera, pues
ni a Arminda librara al fuego,
ni Tinacria en su desaire
se desempeñara. Esto,
sacar fuerzas de flaqueza
llama un prudente proverbio.
Ved en qué puedo serviros.
LEONIDO
Honrarme, señor; que excelsos
príncipes no sirven, honran.
ADOLFO
(Todo esto es buscar consuelos
en que tan particular
soldado no aspire a precio
más del que su corta esfera
le dé su merecimiento.)
Vase.
POLIDORO
¿Has reparado que sólo
Florante, señor, no ha hecho
de ti estimación?
LEONIDO
Quien habla
mal de otro en ausencia, bueno
para amigo ni enemigo
es. No hagas, pues, caso de eso,
sino vamos a que tú
–ya que a la nave el barreno
en alta mar hemos dado–
partas a que vuelvas, luego
que esparza el cartel la fama,
con todo aquel lucimiento
que viniera yo y que dieren
de sí joyas y dineros
que de la mar escapamos.
¡Ah si pudieras, ay cielos,
venir con mis mismas armas
y mi mismo escudo! Pero
¿cómo es posible?
POLIDORO
Quizá
habrá cómo pueda serlo.
Yo he de parecer en parte
que me asegure primero
de Casimiro el indulto
–sea ésta el Peloponeso–,
firmando tú en la respuesta
en que has de acetar el duelo
–valido esta misma noche
de su nocturno silencio–
que en él te hallará; conque
diré a Marfisa el empeño
en que te hallas y que voy
de tu parte, aunque no llevo
su lámina por aquel
acaso de errarse el trueco.
Y encareciéndola cuánto
echas hoy tus armas menos
para este duelo, no dudes
que haga con su padre esfuerzos
para entregármelas.
LEONIDO
Bien
discurres; y añade a eso
que también es bien que lleves
contigo a Merlín; que siendo
sólo el único testigo
que aquí me conoce, temo,
ya que él un yerro enmendó,
que no incurra en otro yerro.
Y porque el que presto vayas
facilite el llegar presto,
dame los brazos y adiós.
POLIDORO
¿Quién creerá, señor, al vernos
abrazar, al despedirnos
con tal cariño, cuán presto
volverá a ver abrazarnos
lidiando los dos?
LEONIDO
Si esos
maravillosos, estraños,
raros y varios sucesos,
ya en verdaderas historias,
ya en fabulosos ejemplos,
el tiempo no los labrara,
¡qué ocioso estuviera el tiempo!
Vanse los dos y sale Florante.
FLORANTE
¡Cielos, qué sañuda envidia,
qué envidiosa saña es, cielos,
la que este alemán soldado
ha introducido en mi pecho
con haber hallado industria
tal que, aunque en el vencimiento
el trofeo no consiga,
ya el intentarle es trofeo!
VOCES
Dentro.
¡Viva el valiente alemán
que restaura el honor nuestro!
FLORANTE
Ya el cartel publica el vulgo,
de cuyos confusos ecos
tomará la voz la Fama
alimentada del viento.
¿Qué modo habrá para que
no llegue a su plazo el duelo?
Dar la muerte a este soldado,
determinado y resuelto,
fuera el más fácil; mas fuera
el más peligroso, siendo
tan en agravio de todos
que es fuerza en busca del reo
se empeñen; y es, si sabemos,
Arminda a quien más ofendo.
Mejor será –y más bien visto
a ella y todos– que sea el muerto
el mismo Leonido, pues
salvo al soldado con eso
que la dio la vida y doy
venganza a sus sentimientos;
conque, ausente Casimiro,
que fui yo diré yo mesmo
declarándome acreedor
de su mano, pues le he muerto.
No mal lo he pensado; y pues
él es fuerza que primero
se manifieste en seguro
país a esperar el decreto
del indulto para entrar
en Tinacria, yo en sabiendo
–pues será público– dónde
está le saldré al encuentro
en el traje de bandido
disfrazado y encubierto;
conque no importa que ahora
diga alborozado el pueblo...
VOCES
Dentro.
¡Viva el valiente alemán,
que restaura el honor nuestro!
FLORANTE
Ni que la Fama después
diga en repetidos ecos...
Córrense los bastidores, quedando el teatro en el de bosque; y en lo alto se ve la Fama cantando; y atraviesa el tablado, midiendo la distancia con los versos.
FAMA
Canta.
Venga a noticia de cuantos
en uno y otro confín,
sin dejarse ver la Fama
la Fama se deja oír.
Venga a noticia de cuantos,
repita otra vez y mil,
contiene el orbe debajo
de todo el azul zafir
el aplazado cartel
de la más heroica lid,
digna de voces y plumas,
que vio el sol; a cuyo fin,
volando veloz,
da al aura sutil
el ala la pluma
y el bronce el clarín.
Sale Marfisa.
MARFISA
¿Qué voz es ésta que corre,
que hasta el desierto país
de estos montes sus noticias
llega la Fama a esparcir?
FAMA
Canta.
Su tenor es que, citado
de militar adalid
Leonido de Asia en la nota
de que fue traidor ardid
el de su encuentro, le reta
de mal lidiador y ruin
caballero, indigno ya
de que pueda hallar en mí
honor que merezca
en su loor adquirir
ni al ala la pluma
ni al bronce el clarín.
MARFISA
¡Leonido de Asia! ¿Qué escucho?
Mas no impida el proseguir.
FAMA
Canta.
Y protestando que no
ha podido descubrir
adónde le esconde el miedo
temerosamente vil,
fijado el cartel, le espera
desde uno en otro cenit,
de sol a sol, en el puesto
que Casimiro, feliz
rey de Chipre, les señale,
para haber de combatir
–como árbitro que ha de ser–
hasta vencer o morir,
fiando que yo
dé al que triunfe gentil
del ala la pluma
y del bronce el clarín.
Y para que nunca pueda
excusarse de venir,
en su seguro su real
palabra da; y de asistir
a toda la ley del duelo,
siendo él el que ha de partir
el sol y medir las armas
que el retado ha de elegir;
y tomar el homenaje
de que ninguno entre allí
con supersticioso hechizo,
reservando para sí
lauros a quien den
lámina y buril
del ala la pluma
y del bronce el clarín.
Desaparécese.
MARFISA
Leonido, cielos, por quien
la primer vez que le vi
sentí un nuevo afecto que era
más complacer que sentir;
Leonido, a quien sin saber
qué astro dominaba en mí,
di a la primer vista cuenta
de mi fortuna infeliz;
Leonido, que compasivo
sacarme intentó de aquí
y viendo que me volvía
mi padre a restituir
horrorosamente al monte,
al monte sin advertir
magos encantos volvió
a sólo saber de mí;
Leonido, que aunque me halló
en estado más feliz
y más poderoso, pues
pude hacer que desde allí
viese lo que deseaba
–mejor pudiera decir
lo que no deseaba, puesto
que le obligó a que por ir
a satisfacer su honor
le excusase de admitir
mi hospedaje, abandonando
en cristalino viril
real alcázar, opulenta
mesa, florido jardín
y dulce música–, ahora,
retado de oculto y ruin
caballero, le publica
la Fama. ¿Cómo, decid,
hados, es posible que
espíritu tan gentil
que por mí supo volver
no sepa volver por sí?
Miente la Fama; que no
tengo yo de presumir
que falte a su honor, por más
que diga su voz...
Dentro, a una parte, Florante; y Polidoro, a otra.
FLORANTE
¡Aquí
la vela amainad!
FLORANTE
¡La sonda
aquí echad!
MARFISA
¿Qué es lo que oí?
A una parte y a otra, a un tiempo
uno y otro bergantín
la ancla aferra. Bien será,
ya que quise divertir
a mis solas mis tristezas,
que sola no me hallen si
echan gente a tierra; y bien
será también advertir,
aunque a lo lejos, qué señas
dan en sus trajes; y así
esta maleza me oculte.
Escóndese y salen Polidoro y Merlín.
POLIDORO
Sólo conmigo Merlín
a tierra salga.
MERLÍN
Me huelgo;
porque la guerra civil
de la rana y del mosquito
fue sobre si era morir
en vino mejor que no
vivir en agua.
POLIDORO
Tú aquí
has de esperar que la gente
que ya a tierra veo salir
–y es sin duda la que tray
el indulto– llegue a ti
y te pregunte si está
Leonido en la isla. Que sí
–pues ya sabes cuánto importa
que soy Leonido fingir–
dirás y que a aquí vendré;
que esperen; conque acudir
podré, antes que me vean,
a lo que me hizo elegir
este monte para hacerme
manifiesto en él.
MERLÍN
Así
lo haré.
POLIDORO
Grande dicha fuera
si pudiera conseguir
ver a Marfisa y llevar
las armas.
Vase.
MARFISA
(De dos que vi
salir del mar, uno queda
en su orilla y otro ir
veo hacia la gruta al mismo
tiempo que también venir
a otros veo desde el mar
al monte, sin distinguir
más que los bultos, porque
la distancia percibir
no deja rostros ni trajes.)
Salen Florante y otros de bandoleros.
FLORANTE
Todos conmigo venid
donde, hasta saber de cierto
si está o no Leonido aquí,
esperemos embozados;
pues es fuerza el ver o oír
o seña o voz que nos diga
si está o no.
Un hombre hacia allí
solo se ve.
MERLÍN
¡Ay, qué figuras!
FLORANTE
Ya él nos vio. Todos cubrid
los rostros. Soldado...
MERLÍN
No
soy soldado; no es a mí.
FLORANTE
¿Con quién hablo?
MERLÍN
¿Qué sé yo?
FLORANTE
Llegad, llegad y decid...
Pero no me digáis nada;
id en paz.
MERLÍN
Harelo así,
porque soy muy inclinado
a obedecer y servir
a cuantos me envían en paz;
y porque es justo esparcir
cuán pacíficos señores
habitan este país.
Vase.
¿Cómo, sin que de Leonido
te diga, le dejas ir?
FLORANTE
Como sin decirlo ha dicho
todo cuanto hay que decir.
Este es el criado que
de Leonido conocí
desde que dijo quién era
y cómo encontrarle aquí.
Sobre responder tan presto
al cartel, da a presumir
tener allá confidente;
y que para ir y venir
no puede tener espía
mejor que éste, como en fin
quien tiene allá introducción
y tiene cariño aquí.
No quise apurarle más
para poderle seguir
sin sospecha hasta que, yendo
tras él, pues él ha de ir
donde está su amo, podamos
nuestro intento conseguir.
Alistad, pues, las pistolas
y venid todos, venid;
no de vista le perdamos.
Vanse
MARFISA
Nada he podido inferir
más que solamente ver
a lo lejos, sin oír.
Hacia la gruta el primero
fue; tras él, el otro; y
tras el otro, los demás.
No me atrevo a discurrir
qué será su intento, pero
tampoco me atrevo a ir
a averiguarle hasta que
sepa si es esto venir
a buscarme como fiera
que era antes de su confín
y ahora como deidad
de su encantado pensil.
Pero sea lo que fuere,
yo no me he de descubrir
ni parecer hasta que
alguien me venga a decir
de los que me asisten...
Tiros dentro y voces.
FLORANTE
Dentro.
¡Muera
el aleve!
POLIDORO
Dentro.
¡Ay infeliz!
MARFISA
¿Qué truenos son éstos cuando,
claro el sol en su cenit,
no hay nube que por tupida,
no hay pavor que por sutil,
entre él y el orbe interponga
su raridad?
POLIDORO
Dentro.
¡Ay de mí!
FLORANTE
Dentro.
¡Muera! Y para hacer verdad
que en el mar vino a morir,
vaya el cadáver al mar
y todos al bergantín.
TODOS
Dentro.
Vaya el cadáver al mar
y todos al bergantín.
MARFISA
¡Cielos! ¿Qué será esto?
Sale Merlín.
MERLÍN
¿Dónde
podré esconderme?
MARFISA
Hombre, di...
¡Detente! ¿Qué es esto?
MERLÍN
Esto
es y ha sido y será huir.
MARFISA
¿De quién?
MERLÍN
De quien viene dando;
porque como a mi amo, a mí
no me maten.
MARFISA
¿Qué violentos
truenos fueron los que oí?
MERLÍN
Los de los rayos que abortan
uno y otro serpentín.
MARFISA
Eso no entiendo; mas baste
oír que hay sierpe de tan vil,
desvergonzado veneno
que, sobre matar y herir,
se alabe diciendo a voces:
“Quien lo cometió yo fui.”
Y esto aparte, ¿quién tu amo
fue?
MERLÍN
(¿Quién me mete en decir
que fue Polidoro; y desto
se saque que estuve aquí
y me prendan otra vez
por cómplice del ardid?
Mejor es correr con todos.)
MARFISA
¿Cómo no respondes, di?
Di, ¿Quién fue tu amo?
MERLÍN
Un Leonido
de Asia, que dio que decir
tanto a la Fama que la
hizo añicos el clarín.
MARFISA
¿Qué escucho, cielos? ¿Leonido
de Asia ha sido el infeliz?
MERLÍN
Sí; porque estando retado
de un forastero malsín
–que teniéndole por muerto
quiso de balde lucir–
y hallándose tan burlado
como estar vivo y pedir
–acetando en su cartel
el duelo para cumplir
con él– no sé qué seguro
y otro no sé qué que oí
de una dama y unas armas,
eligió esperar aquí.
Conque el tal desafiador,
viendo que ya el combatir
fuerza es, desos asesinos
se ha valido. Y porque a mí
lo mismo no me suceda,
paso entre paso he de huir
que, si él supo pasar de
balandrón a malandrín,
también yo sabré pasar
de bergante a bergantín.
Vase.
MARFISA
¿Hasta dónde, Fortuna,
has de llevar al fin
de apurar el valor
de un pecho femenil?
¿Hasta dónde, si apenas
de la prisión salí
de una gruta a un alcázar,
de un peñasco a un pensil,
cuando más de tropel
me vuelven a embestir
pesares ciento a ciento,
desdichas mil a mil?
¡Muerto Leonido a manos
de enemigo tan vil
que, creyéndole muerto,
le reta y por lucir
con su jactancia, viendo
que va a volver por sí,
atrasando el lidiar
le adelanta el morir!
¡Y esto a mis ojos, siendo
mi bárbaro confín
teatro de su tragedia,
por comprenderme a mí
en su delito, puesto
que quien le trujo fui
sus armas procurando
cobrar para la lid!
Pues ¿cómo, cielos, cómo
aquesto permitís?
¿Cómo, hados, lo dictáis?
¿Cómo, astros, lo influís?
Mas no me respondáis;
dejadme presumir
que es porque este castigo
se quede para mí.
Mi padre, ¿no salió
hoy al mar a adquirir
de ese vecino escollo
–en cuya alta cerviz
Egnido y Pafo suelen
las perlas producir,
que en sus nácares cuaja
el rocío sutil
del aurora al llorar
y del alba al reír–,
para que de mis rizos
coronen, el Ofir?
¿No puedo yo en su ausencia
sus estudios abrir,
quebrarle sus cristales,
romper y destruir
cuadrantes y astrolabios,
porque a restituir
no pueda a su prisión
mi libertad? ¿Y, en fin,
hurtándole las armas,
de Leonido suplir
la ausencia –que no acaso
él me las trujo aquí,
y ellas a él me trujeron–
porque nunca decir
pueda el traidor que vive
y que dejó de ir
de temor y haya quien
lo crea? Y siendo así
que yo nada aventuro
–que si mi hado infeliz
es “amante o amada”
o “matar o morir”
no llega el punto, pues
ni le amo, ni él a mí–
y vuelve por su fama
mi espíritu gentil,
por quien, después de muerto,
su honor ha de vivir,
para que no le niegue
restaurado por mí
honor que merezca
de su loor adquirir
al ala la pluma
y al bronce el clarín.
Vase. Salen Casimiro y Aurelio.
CASIMIRO
La mitad de Chipre diera
por no haber venido, Aurelio,
a Tinacria.
AURELIO
¿Qué hay que pueda
causarte ese sentimiento?
CASIMIRO
Aunque suele la memoria
morir a manos del tiempo,
también suele revivir
a vista de los objetos,
mayormente cuando son
para dolor sus acuerdos.
¿Veis ese alcázar? ¿Veis ese
jardín? Pues no hay en su centro
flor ni adorno que no sea
torcedor del pensamiento,
representándome a todas
partes, fantástico el viento,
de la infelice Matilde
–al nombrarla me enternezco–,
la imagen; y porque vos
sabéis la razón que tengo,
de que vos me veáis llorar
poco o nada me avergüenzo.
Salen por un lado Arminda y por otro Mitilene.
ARMINDA
(A ver a mi tío venía
a su cuarto; y advirtiendo
cuán triste del llanto enjuga
los ojos...)
MITILENE
(Aunque a hablar vengo
–para volverme a mi armada–
a mi tío, al ver cuán tierno
con Aurelio habla...)
ARMINDA
(...no oso
llegar...)
MITILENE
(...el paso suspendo...)
ARMINDA
(...porque temo que conmigo
el sentimiento es respeto
de que a su dictamen no
me reduzco.)
MITILENE
(...porque temo
que es porque sin ajustarme
a su dictamen, me vuelvo.)
ARMINDA
(¡Oh, si pudiera entreoír
si es éste su sentimiento!)
MITILENE
(¡Oh, si pudiese rastrear
si nace su dolor desto!)
AURELIO
No me admiro de que hagáis,
señor, tan finos estremos.
CASIMIRO
Sí; pero es con tal violencia
que me parece que veo
a las voces del estrago,
que nunca son en silencio,
allí público el delito,
allí rompido el secreto,
allí amenazado el daño,
allí ejecutado el riesgo
y allí malogrado el fruto...
Los frutos dijera, puesto
que el hado quiso doblarlos,
porque era para perderlos.
ARMINDA
(Ya esto es muy de otra materia.)
MITILENE
(Ya es muy de otro caso esto.)
CASIMIRO
Y pues desdichas no tienen,
ya sucedidas, más medios
que llorarlas acordadas,
porque crezca el sentimiento
al paso de la memoria
repitámonos, Aurelio,
lo que sabemos. Decidme
ahora más por extenso
lo que entonces no escribisteis;
que si un dolor fue el saberlo,
el saberlo y escucharlo
serán dos; y mi consuelo,
ya que siento mis desdichas,
verme sentir que las siento.
AURELIO
¿Para qué queréis, señor,
que tan trágico suceso
nuevo os hagan mis noticias?
CASIMIRO
Para sentirlo de nuevo.
No, no os excuséis.
AURELIO
¿Es fuerza?
CASIMIRO
Sí, fuerza es.
AURELIO
Pues oíd atento.
ARMINDA
(Deseo de saber, oigamos.)
MITILENE
(Curiosidad, escuchemos.)
AURELIO
En las guerras que, heredadas,
Chipre y Tinacria tuvieron
–ya que he de decirlo, sea
con todo su fundamento–,
en un trance de fortuna
vuestro padre prisionero
quedó de Tinacria. Y como
para ajustar los conciertos
de su canje, su persona
hacía falta, fue convenio
que, en rehenes de vuestro padre,
a ser huésped más que preso
quedásedes vos. En este
entonces florido tiempo
pusisteis, señor, los ojos
en aquel prodigio bello
del ingenio y la hermosura,
en quien la desdicha el ceño
declaró que siempre tuvo
contra hermosura y ingenio.
Con la palabra de esposo
–y aun desposado en secreto–,
ajustadas conveniencias
se publicaron diciendo...
TODOS
¡Viva el valiente alemán
que restaura el honor nuestro!
CASIMIRO
Ved qué novedad es ésta.
Vase Aurelio.
ARMINDA
(La deshecha hacer pretendo
de que no estaba escuchando.)
MITILENE
(De que aquí no estaba oyendo,
el disimular me importa.)
Salen las dos.
LAS DOS
¿Qué es esto, señor?
CASIMIRO
Ya Aurelio
a saberlo fue.
Sale Aurelio.
AURELIO
Mejor
lo dirá Adolfo, supuesto
que él a decirlo venía.
Salen Florante y Adolfo.
FLORANTE
Sin duda quien llevó el pliego
del indulto, en el camino
supo que a Leonido han muerto;
y de que el soldado venza
sin lidiar, se alegra el pueblo.
ADOLFO
Esto, señor, es que el parte
que salió con el decreto
del indulto en el camino
noticias tuvo...
FLORANTE
(Ello es cierto.
Gran dicha ha sido volver
sin haberme echado menos.)
ADOLFO
…del vïaje que Leonido
tray. Saliole al encuentro,
diole el parte y trae las nuevas
de que estará aquí muy presto.
FLORANTE
(¡Buenas noticias trae el parte!)
ADOLFO
Conque el alemán, sabiendo
que se le acerca el rival,
por cumplir con todo el duelo,
en la plaza de palacio,
que es el señalado puesto
por ti para el desafío,
en bridón corcel soberbio,
armado de todas armas,
salió a pasear el terreno,
como quien dice: “Aquí estoy”;
conque, aplaudido del pueblo,
prorrumpió en festivas voces.
En mi vida caballero
vi más galán, que una cosa
es tener yo sentimiento
de no ser él y otra es
negarle el merecimiento.
CASIMIRO
¡Cuánto me huelgo de oíros,
con noble envidia del riesgo
y no con villana envidia
de los méritos ajenos!
Y no admiro, invicto Adolfo,
que a vos os gane el afecto,
que desde que yo le vi
me sucedió a mí lo mesmo.
FLORANTE
(¡Qué corridos se han de hallar
uno y otro afecto en viendo
que sin Leonido no hay
victoria ni vencimiento!)
Clarín.
CASIMIRO
Oíd. ¿Qué clarín será aquél
que del mar nos trae el viento?
MITILENE
De mi armada no será.
CASIMIRO
Id vos, Aurelio, a saberlo.
Vase Aurelio.
ARMINDA
(¡Que no quisiera mi dicha
que prosiguiese el suceso
Aurelio que iba contando!)
MITILENE
(¡Que no permitiese el cielo
saber dónde iba a parar
la rara historia de Aurelio!)
Sale Aurelio.
AURELIO
La llamada que el clarín,
señor, a la tierra ha hecho,
es de un jabeque en que viene
Leonido.
FLORANTE
(¿Qué escucho, cielos?
¿Cómo es posible que venga
Leonido después de muerto?)
AURELIO
Y aunque pudieran tomarle
en fe del seguro vuestro,
con todo, vuestra licencia
aguarda sin tomar puerto.
Y añade que, de retado
gozando los privilegios
de nombrar armas, porque
no se sujete el esfuerzo
a los desmanes de un bruto
sino a los del propio aliento,
ni falten tampoco en él
las armas de caballero,
armado de todas armas
y a pie remite el encuentro,
tras los botes de las picas,
al escudo y al acero.
CASIMIRO
Pues volved, decid que salga;
y para no perder tiempo,
que vaya donde le espera
ya su contrario en el puesto.
Y pues ceremonia es
de todo público duelo
–mayormente en el que yo
a ser árbitro me ofrezco–
que no haya ventaja en uno
ni otro lidiador, os ruego,
invictos príncipes, que
el campo que yo hice bueno
autoricéis y le hagáis
mejor en el lustre vuestro.
Vos, Adolfo, habéis de ser,
porque no se atreva el pueblo
a valer a uno ni a otro,
de ese gallardo mancebo
alemán, padrino; vos
habéis, Florante, de serlo
de Leonido.
Vase Aurelio.
FLORANTE
(¡Bueno es
ser padrino del que he muerto!)
CASIMIRO
Lo que os toca es registrar
las armas, reconociendo
el que en todo sean iguales
en la gravedad del peso,
lo doble de las defensas
y temple de los aceros.
ADOLFO
De todo (¡ay de mí!) advertido
voy. (Vos, imposible dueño,
ved, ya que arbitrio en lidiar
no tuve en servicio vuestro,
que asistir a quien le tuvo
aun juzgo que no merezco.)
CASIMIRO
Vos, Florante, ¿no vais?
FLORANTE
Sí,
señor, que ya os obedezco.
(O aquí hay grande encanto o hay
grande error, que yo no entiendo.)
CASIMIRO
Pues para la conferencia
nuestra después queda tiempo,
desde aquese mirador
que del palacio el terrero
y plaza domina, entrambas
podéis ver en qué el suceso
de la lid para.
ARMINDA
Aunque yo
valor para lidiar tengo,
para ver lidiar no sé
si le tendré; y más si atiendo
a ser causa mía que fuera
desaire de mi ardimiento
que un particular soldado,
sin mi arbitrio, mi consejo,
mi mandato o mi dictamen,
se hubiera en su riesgo puesto
y me pusiera yo a ver
en qué paraba su riesgo.
No, señor; en mi retiro
aun recataré el saberlo,
para callarlo si es malo,
para gloriarme si es bueno.
Vase.
MITILENE
Con tu licencia, señor,
seguir a mi prima intento;
siquiera porque conforme
en algo el motivo nuestro.
Vase
CASIMIRO
Bien hacéis, que, si pudiera,
también yo hiciera lo mesmo.
Mas ya es fuerza, pues lo dije,
proseguir con el empeño
–y más tan a vista de él
Trompetas y cajas.
que ya se escuchan los ecos
de las cajas y trompetas
repetidas de los vientos–,
vamos, Fortuna, a saber
si, sobre el pesar que llevo
de haber acetado el campo,
añades el del tormento
que será para mí ver
rendido o herido o muerto
aquel joven que llevó
tan arrastrado mi afecto.
Vase. Salen Merlín y el Soldado.
MERLÍN
Dime, amigo “ad litem”.
SOLDADO
Tente,
que yo pregunté primero
y hasta que esté respondido
no me toca. Lo que quiero
saber es si este Leonido
que viene llorando duelos
es aquel Leonido mismo,
tu amo, que juzgan ha muerto
en el mar.
MERLÍN
Que si en el mar
murió no es él, sé de cierto;
que el que viene no murió,
también lo sé; y que es el mesmo
Leonido el que en la estacada
estará, siendo y no siendo
el que se ahogó no se ahogando,
el que vendrá no viniendo
y el que cumplirá el refrán
de “cátale vivo y cátale muerto”.
SOLDADO
Hombre, ¿quién quieres que entienda
el revoltillo que has hecho?
MERLÍN
Nadie, que no puedo dar
yo a nadie el entendimiento.
Y ya que te he respondido,
responde tú: ¿qué hay de nuevo
que yo no sé?, porque de otra
parte en este instante vengo.
SOLDADO
Lo que hay...
Sale Argante, de gala.
ARGANTE
Señores soldados,
si la ley de forastero,
la licencia de las canas,
consigo traen los respetos
y cortesanas licencias
apadrinadas, con serlo
(lo que yo sé les pregunto
por encubrirme), ¿qué estruendo
de trompetas y de cajas
es el que se oye?
SOLDADO
A mal puerto
habéis llegado, porque
el uno y otro tenemos
sólo el don de preguntarnos
pero no el de respondernos.
MERLÍN
¡Miren con qué se venía
ahora el maldito viejo,
sólo para embarazarnos
que vamos a tomar puestos!
(Y yo con más causa, pues
no sé qué Leonido nuevo
es el que nos ha venido.)
Vanse.
ARGANTE
¡Oh crueles hados, oh cielos,
oh sol, oh luna, oh estrellas,
planetas, signos, luceros!
¡Cuán en vano solicita
el humano entendimiento
torcer de vuestros influjos
los soberanos decretos!
Marfisa lo diga, pues
criada con tanto secreto,
sin ser vista o ver el vario
tráfago de los comercios,
no pudo toda la ciencia
de mis mágicos desvelos
ocultarla hasta que el punto
de su amenazado riesgo
cumpla el hado; pues el día
que a su auge llegue el agüero
es el que a mi estudio roba
y de mí se viene huyendo.
Bien pudiera yo cobrarla
como otra vez hice; pero
si imperio en Megera tuve,
en su influjo no me atrevo
el día que por vencido
me doy a mayor imperio.
Y así, lo más que en mi amor
puedo hacer –porque no puedo
dejar de amarla– es venir
tan otro en su seguimiento
a ver en qué para haber
traído consigo el veneno
de amor, que amando o amada
la destina... Mas ¿qué es esto?
Ha de andar por el tablado. Aquí, corriéndose los bastidores, se descubre la plaza de palacio; y van saliendo todos, como lo dicen los versos y Marfisa armada con el escudo y armas de Leonido.
Divertido tras el vulgo
que va de tropel corriendo,
a la plaza de palacio
he llegado, donde veo
a Casimiro en su trono;
y todo el mirador lleno
de bellas y hermosas damas;
y con acompañamiento
de padrinos ir entrando
dos armados caballeros
en la valla, a cuya vista
repiten todos diciendo...
VOCES
Dentro.
¡Viva el valiente alemán
que restaura el honor nuestro!
CASIMIRO
Echad bando de que nadie
dé voz que a uno infunda aliento
ni desconfianza al otro.
UNA VOZ
Dentro.
¡Silencio todos!
TODOS
Dentro.
¡Silencio!
LEONIDO
(Fortuna, ¿qué es lo que miro?
Mi arnés y mi escudo mesmo
es el que trae Polidoro.
¡Oh, cuánto a Marfisa debo!)
FLORANTE
(Las mismas armas que trujo
cuando entró de aventurero
son las que he reconocido.
Él es Leonido, o fue yerro
o malicia del criado;
conque ya no hay otro medio
que el de llevarlo adelante.)
Ya, señor, medido habiendo
las armas de uno y de otro,
de igual temple y de igual peso...
ADOLFO
...y de traición o ventaja
recibido el juramento...
FLORANTE
...esperan que la señal...
ADOLFO
...mandes hacer, porque a un tiempo...
LOS DOS
...puedan embestirse.
CASIMIRO
Toca
al arma.
MARFISA
(Vea el universo
que de Leonido restauro
su honor y su muerte vengo.)
LEONIDO
(Pues contra mis mismas armas
conmigo mismo peleo,
déjate lograr, Fortuna.)
Cajas y pelean con lanzas.
ADOLFO
Pues ya de las lanzas vemos
ejecutados los golpes,
al escudo y al acero
apelad.
FLORANTE
Para esa lid,
las sobrevistas calemos.
MARFISA
(¡Oh si al verle el rostro, en mí
se aumentara el ardimiento!)
LEONIDO
(Para llegar a los brazos
yo y Polidoro ya es tiempo.
¡Marfisa! Pero ¿qué miro?)
MARFISA
(¡Leonido! ¿Qué es lo que veo?)
Luchan.
CASIMIRO
Apartadlos, divididlos;
que la lucha es de groseros
gladiadores, no es batalla
de valientes caballeros.
FLORANTE y ADOLFO
No es posible que podamos
dividirlos.
CASIMIRO
¿Cómo es esto?
¡Quitad, apartad! Veamos
si es verdad lo que sospecho.
Lidiar espacio tan grande
sin haberse herido o muerto
me da a entender que aquí hay pacto,
o ya explícito o ya expreso.
¿Qué lámina, qué carácter,
qué hechizo o contraveneno
traéis que a tanto golpe os hace
impenetrable el acero?
MARFISA
Porque de mí no presumas
que en fe de algún pacto vengo,
esta lámina que traigo
conmigo desde el primero
aliento que respiré
hoy a tu mano le ofrezco.
LEONIDO
Yo ésta, que también a mí
desde mi primer aliento
me acompaña.
CASIMIRO
Mostrad, pues.
(¿Qué es esto que miro, cielos,
mejor diré... esto que admiro?
¡Ellas son!) Decidme, Aurelio,
¿las láminas no son éstas?
Salen Arminda y Mitilene.
ARMINDA
Señor, ¿qué estraño suceso
es éste, de quien la voz
llegó a mi cuarto, diciendo
que hay una gran novedad
que a todos tiene suspensos?
CASIMIRO
Lo que a Aurelio preguntaba
lo dirá. Decidme, Aurelio,
¿las láminas no son éstas
que, si por injurias del tiempo
perdían una, duplicadas,
fiando de vos el secreto,
a Matilde dejé cuando,
ajustados los conciertos
de los rehenes y del canje,
salí a mi pesar del reino
de Tinacria?
AURELIO
Sí, señor.
CASIMIRO
Pues, ¿cómo aquí a hallarlas vengo
en la reñida batalla
de tan distantes sujetos?
AURELIO
Como, aunque yo os escribí
el lastimoso suceso
de la muerte de Matilde
y que su padre, sabiendo
cuál fue el accidente –que
durar no pudo encubierto–,
coléricamente hizo
tan equívocos estremos
que, pareciendo de amor,
eran de aborrecimiento;
y así, habiéndome entregado
en el nocturno silencio
de la noche la que era
confidente del secreto
la amenazada inocencia
de esos dos infantes tiernos,
sobre ricas vestiduras
las dos medallas al cuello,
temiendo que la venganza
tomara de vos en ellos,
porque de ellos no supiese
y cumplir con el precepto
de que a vos los entregase,
llevarlos quise yo mesmo;
embarqueme y, por no ser
sentido, fue un pobre leño
mi sagrado; alborotose
el mar y, sañudo y fiero,
en un monte de Toscana
naufragando tomé puerto.
En él me dejó el arráez ,
porque no le echasen menos
y cómplice de tal hurto
corriese su vida riesgo;
conque, hallándome en un monte
solo, por no ir discurriendo
con dos infantes buscando
albergue en que guarecerlos,
a la sombra de unos sauces,
de varias flores cubiertos,
los puse; y a poco espacio
–que no me apartaba de ellos
para perderlos de vista–
vi una leona, del yermo
páramo aborto, cargar
con uno y meterse dentro
de una estrecha cueva donde...
LEONIDO
…me halló el Duque, pues no tengo
más señas que dar de mí,
pues el nombre que me dieron
por la leona fue Leonido.
MARFISA
Pues, ¿tú eres Leonido?
LEONIDO
Eso
se averiguará después.
CASIMIRO
Prosigue tú, que suspenso
al oírte estoy.
AURELIO
Sucedida
ya una desdicha, temiendo
no fuesen dos, a amparar
a la otra fui cuando veo
otro, bien que humano monstruo
de brutas pieles cubierto,
cargar con ella y llevarla
tan veloz, hijo del viento,
que nunca pude alcanzarle.
ARGANTE
Ese fui yo, porque huyendo
desterrado de Toscana
por mágico y agorero,
para vivir más seguro,
pasaba al Peloponeso
llevando conmigo...
MARFISA
…a mí,
que en sus bárbaros desiertos
me criaste tan altiva;
que de Leonido sabiendo
que estaba retado y que
un su amigo, que viniendo
a suplir por él, habían
villanos bandidos muerto,
quise yo suplir la falta.
LEONIDO
(¡Muerto Polidoro, cielos!
Perdí un verdadero amigo;
que no faltaría a su empeño,
es cierto, por menos causa.)
ARGANTE
Piedad fue, pues antes viendo
el peligro en que ahora te hallas,
pues te ves en el soprieto
de haber de vivir matando
o haber de matar muriendo,
con que...
CASIMIRO
No prosigas, no;
que pues revoca el decreto
de que mates o que mueras
con sus piedades el cielo,
trayéndome a mi poder
por tan estraños sucesos,
estas láminas que dicen
y yo solamente leo:
“Este hado y divisa
de quién soy te avisa”;
y pues me avisa que eres
tú mi hijo y heredero
de Tinacria y que es tu hermana
Marfisa y el hado fiero
ha mejorado la suerte,
ambos llegad a mi pecho,
¡pedazos del corazón!
LOS DOS
¡Cielos! ¿Es verdad o es sueño?
TODOS
¡Vivan Leonido y Marfisa,
de Tinacria heroicos dueños!
ARMINDA
Vuestra Majestad, señor,
la goce siglos eternos.
LEONIDO
Mi mayor logró será
que os reconozca por dueño
suyo a vos. Vuestra es Tinacria;
y aun de todo el mundo entero,
si pudiera, os coronara.
Este retrato presento
por testigo de mi amor,
porque sepáis que no tengo
de la pasada desdicha
causa para vuestros ceños
más que adoraros constante.
CASIMIRO
No es tiempo de sentimientos.
ARMINDA
Seralo de que agradezca
yo la vida que le debo.
Y pues mi mano ofrecí,
siendo tan alto el sujeto,
por su persona sabrás
que cumplo lo que prometo.
Ésta es mi mano.
LEONIDO
¡Qué dicha!
A Adolfo, príncipe excelso
de Rusia, con tu licencia
dar a Marfisa pretendo;
que a quien ausente me honró,
presente esto y más le debo.
ADOLFO
Celebre mi dicha el mundo.
MARFISA
La mano y el alma ofrezco.
LEONIDO
Florante con Mitilene,
vivirán en lazo estrecho.
MITILENE
Solo esta dicha faltaba
sobre el general contento
de vernos en paz a todos.
FLORANTE
(Pues mi delito en silencio
queda, venturoso he sido.)
CASIMIRO
Y repita ufano el pueblo...
TODOS
¡Vivan Leonido y Marfisa,
de Tinacria heroicos dueños!
Y dé fin “Hado y divisa
de Leonido y de Marfisa”.
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Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach

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TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. Hado y divisa de Leonido y Marfisa. Hado y divisa de Leonido y Marfisa. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbhr.0