Fineza contra fineza
Comedia Famosa
Personas
- ANFIÓN, rey de Chipre
- CELAURO, general
- LELIO, criado de Celauro
- LIDORO, soldado primero
- CUPIDO
- ISMENIA, dama primera
- DORIS, dama segunda
- LIBIA, dama tercera
- ACOMPAÑAMIENTO DE NINFAS
- ACOMPAÑAMIENTO DE SOLDADOS
- COROS DE MÚSICA
Jornada Primera
Apariencia de campaña con vista del templo de Diana. Dentro, cajas y trompetas, y habiéndose dicho los primeros versos, salen algunos soldados riñendo con Celauro, que vendrá, ensangrentado el rostro, cayendo y levantando.
Voces
dentro
¡Vitoria por Anfión!
Anfión
dentro
¡A sangre y fuego no quede
piedra sobre piedra! Y sea,
por que más presto me vengue,
el gran templo de Diana
el primero en quien empiece
el incendio.
Salen todos.
Celauro
Antes que osados
os atreváis a ofenderle,
me atreveré a morir yo
en su defensa.
Lidoro
¿Qué emprendes,
habiendo quedado solo,
puestas en fuga tus gentes
a ampararse de los montes?
Celauro
Hacer gloriosa mi muerte,
matando y muriendo antes
que a ver los ultrajes llegue
del templo, a cuyos umbrales
tengo de morir.
Soldado Segundo
Si ese
es tu deseo, cumplido
lo verás presto.
Cae Celauro, y al irle a dar, sale Anfión, deteniéndolos.
Anfión
Detente,
no le mates.
Todos
¿Tú a quien tantos
tuyos ha muerto defiendes?
Anfión
Sí, que es bueno para amigo
enemigo tan valiente.
¿Quién eres, joven?
Celauro
Si antes
de decir quién soy, se atreve
a decirlo mi valor
tan desesperadamente,
¿qué será después que lo haya
dicho? Y para que me empeñe
de nuevo el nombre, Celauro
soy, general de las huestes
de Aristeo, hoy en Tesalia
rey, cuyos montes contienen
este templo de Diana,
en cuya defensa (¡deme
esfuerzo el dolor!) intento
(¡ay, Doris, lo que me debes!)
morir por que vivo no
se diga de mí (¡valedme,
cielos!) que vista y sentidos
desalentados fallecen,
bien que altivamente ufanos,
al ver cuán gloriosos mueren
más por la fama que ganan
que por la sangre que pierden.
Cae desmayado y llévanle entre todos.
Anfión
Retiralde, retiralde.
Y si por dicha no hubiere
espirado, como si
mi misma persona fuese,
cuidad de su vida; pero
no por una piedad piense
Tesalia que mis rencores
en ella el furor suspenden.
Seguid el alcance a sangre
y fuego, y, aunque mil veces
lo repita, el templo sea
de Diana en quien empiece
la hoguera, cuyas cenizas
tan desvanecidas vuelen
al aire que de su ruina
la memoria aun no se acuerde.
Las cajas y trompas.
Todos
dentro
Arda el templo de Diana.
Anfión
¿Qué concento habrá que suene
mejor que al compás de trompas
y cajas decir mis gentes…?
Dentro instrumentos; y todas las mujeres, cantando unas y representando otras, digan:
Todas
dentro
Suspende, invicto Anfión,
la saña; el furor, suspende.
Que quien vence sin contrario,
no puede decir que vence.
Anfión
Pero ¿qué voces son éstas
que a sus estruendos suceden?
Lidoro
Apenas los embreados
haces que aplicar previenen
tus soldados a su muro
la primera llama encienden
cuando de adentro se escuchan
dos ecos tan diferentes
como son música y llanto,
a cuyo compás se ofrecen,
abierto el templo, sus bellas
sacerdotisas, que vienen
cantando a un tiempo y llorando
por que sus estremos muestren
el que tu vitoria aplauden
y el que su desdicha sienten.
Ismenia
dentro
Quedaos todas, respondiendo
a lo que yo diga siempre.
Anfión
Mucho temo que sus blandos
ecos mi cólera templen,
que cláusulas y gemidos
son dos hechizos muy fuertes.
Pero no me venceré
por más que diciendo lleguen…
Coro
dentro
…suspende, invicto Anfión,
la saña; el furor suspende,
que quien vence sin contrario,
no puede decir que vence.
Sale Ismenia, representando.
Ismenia
Suspende, invicto Anfión,
la saña; el furor suspende,
que no es digno aplauso, heroico
triunfo ni blasón decente
de tus siempre vitoriosas
armas que, ya que te adquieren
el laurel contra el valor
de los hombres, le ensangrienten
en los femeniles pechos
de tan rendidas mujeres,
que en fe de noble de ti
contra ti se favorecen.
Cuantas de Diana el templo
habitan a tus pies tienes,
con segura confianza
de que han de vivir, si atiendes…
Todas
…que quien vence sin contrario,
no puede decir que vence.
Ismenia
Si ya en la campal batalla,
atropellado lo fuerte,
te coronas vencedor,
no en lo flaco a perder eches
el segundo lauro que
lograr vitorioso puedes,
pues vencer y perdonar
es ser vencedor dos veces.
El rayo sus ejemplares
te dé, que sañudo hiere,
más que en pajizas cabañas,
en dorados capiteles.
Las iras del noto más
se ceban en lo rebelde
del roble que se resiste
que en la caña que se tuerce.
¿Qué raudal, precipitado
del monte en deshecha nieve,
cuando le arranca lo bronco,
no le perdona lo débil?
El más corpulento bruto,
que sobre su espalda suele
sufrir armados castillos,
en la sangre se detiene,
que aun un bruto a sangre fría
la furia en lástima vuelve.
No, pues, tu valor disfames;
no, pues, tu valor afrentes;
que el que de valiente pasa
a cruel ya no es valiente,
pues no repara, no mira,
no considera, no advierte…
Todas
…que quien vence sin contrario,
no puede decir que vence.
Ismenia
El triunfo del vitorioso
más le ilustra y le engrandece
el vivo esclavo que uncido
arrastra el carro eminente
que el que yace en la campaña,
pues nada más claramente
dice la ruina de aquél
que la servidumbre de éste.
Y pues nuestro llanto dice
nuestro dolor y igualmente
nuestro canto tu vitoria,
no abandones, no desprecies
cuando a merced de las vidas,
por tus cautivas nos lleves,
que cláusulas y gemidos
tan en tu aplauso se mezclen,
pues celebran lo que lloran,
que lloren lo que celebren.
Y siendo así que uno y otro
más te ensalza que te ofende…
Todas
…suspende, invicto Anfión,
la saña; el furor suspende.
Ismenia
No digan de ti, si lidias
contra quien no se defiende…
Todas
…que quien vence sin contrario,
no puede decir que vence.
Anfión
Quien viere puesta a mis plantas
tan hermosa tropa y viere
que ni su canto me obliga
ni su llanto me enternece,
siendo así que en la hermosura
son –ya esté triste o ya alegre–
el canto la mejor gala
y el llanto el mejor afeite,
pensará que soy tan fiero,
tan bárbaro y tan aleve
que falto a lo racional.
Y para que no lo piense,
en público manifiesto
será preciso que honeste
que me mueve mayor causa
que las dos que no me mueven.
Todas la sabéis, mas no
sabéis todas qué accidente
la hace mayor cada día,
y así es bien que aquélla acuerde
para entrar en ésta, puesto
que es menor inconveniente
que moleste repetida
que el que ignorada moleste.
Hijo de Anteón de Chipre
quedé en tan temprano oriente
que no supe de mi vida
primero que de su muerte.
El primer idioma en que
aprendieron mis niñeces
a hablar fue el común gemido
de su nobleza y su plebe
lamentando su horroroso
trágico fin; que no tienen
públicas desdichas menos
coronistas que las cuenten.
De él, pues, supe que, arrastrado
de la inclinación vehemente
que siempre tuvo a la caza,
vino desde Chipre a este
monte de Tesalia, a fin
quizá de que a un tiempo fuesen
de sus bosques y su alcázar
tan sacrificio las reses
que los despojos de uno
coronasen los dinteles
de otro, siendo en ambos ruina
y adorno, testas y pieles.
No bien le salió el intento,
pues, cuando más diligente
penetraba de sus grutas
el más intrincado albergue,
rendido a sed y cansancio,
propensiones que traen siempre
fatigas del bosque umbroso
y sañas del sol ardiente,
llamado del blando silbo
de una cristalina sierpe
–bien dije, pues en Tesalia
no hay planta que no avenene
con lo amargo de sus hojas
lo dulce de sus corrientes–,
siguió su concento, pero,
recatándose prudente
de que el hallado cristal,
más que le alivie, le infeste,
se contuvo, por más que
brindaba halagüeñamente
sobre salva de esmeralda
búcaro de hierba el césped,
con que, burlando su risa,
hasta que sanear pudiese
lo nocivo del arroyo,
lo nativo de la fuente,
entró a lo más escondido
de un marañado retrete
que el natural sin el arte
fabricó, haciendo canceles
de melancólicas hiedras
encubertados cipreses.
Aquí en un neutral remanso
que hacía tímidamente
el agua, como dudando
si se pare o se despeñe,
a lo largo descubrió
por entretejidas redes
a Diana con vosotras
–o vuestras antecedentes
ninfas, que no quiero que
curiosos impertinentes,
habiendo dicho mi infancia,
vuestra edad por la mía cuenten–.
Depuestos, pues, los adornos
en la hermosa margen verde,
al líquido cristal daban
cuajado cristal por huésped.
Hidrópica aquí la vista
más que el sabio con dos sedes,
ya fuese de fuego helado
o ya de encendida nieve,
a su acecho se atrevió,
pero no tan cautamente
que por aclarar quizá
el corto resquicio breve
no hiciese ruido en las ramas,
con que, corrida de verse
vista Diana bien como
a la verdad pintar suelen,
por no decir que desnuda,
tanto su desdoro siente
que a fuer de casta deidad
se vengó, como si fuese
delito el acaso. En fin
–que no quiero detenerme
en retóricas pinturas,
que peligra lo decente
donde hay baños y beldades–
para que nunca pudiese
decir que la vio, en tan nueva
forma su aspecto convierte
que, de especie racional
transformado en bruta especie,
hallado fue de sus canes,
que, en lo real o lo aparente
de su semblante engañados,
para que, cuando le encuentren
halle la fiera rendida,
por servirle le acometen
traidoramente leales.
¡Oh, lisonja, cuántas veces
piensas que a tu dueño halagas,
y es tu dueño a quien ofendes!
Dígalo; mas no lo diga
nadie, porque nadie puede
decir más de que fue en ellos
la lealtad la delincuente.
Muerto, pues, aunque el dolor
creció conmigo igualmente,
no el rencor; que, venerando
la deidad de Diana siempre
por casta deidad, no tuve
acción que no se rindiese
a que, ya dada una vez
por ofendida, se vengue.
Pero en habiendo sabido
que tanto pundonor –entre
de aquella primera causa
aquí el segundo accidente–
paró en rendir a un villano
pastor de sus altiveces
la vanidad, pues por él
de noche incauta desciende
a estos montes, no me queda
ni atención que la venere
ni adoración que la estime
ni temor que la respete.
Deidad que en sus estatutos
contra naturales leyes
manda al aborrecimiento
que a pesar del amor reine;
deidad que por el melindre
de un fácil acaso leve
mata a un noble Anteón y admite
a un vil Endimión, o miente
aquel honor o este amor
o entrambos; que no convienen
bien un amor que se abata
con un honor que se ostente.
Manténgase en sus recatos
igual la que altiva quiere
que sea igual su estimación;
que emprende mal la que emprende,
mientras no enmudezca el vulgo
o la malicia no ciegue,
que se callen los favores
y se digan los desdenes.
Y pues no debo guardarla
respetos que ella se pierde,
deba persuadirme a que
aquel estrago no fuese
todo honestidad, sino
ojeriza que nos tiene
a los de Chipre por ser
adonde más reverente
adoración se da a Venus.
Y aunque ella vengada quede
viendo todos cuán en vano
el arco de Amor desprecie,
yo no, porque un heredado
dolor, aunque le tolere
la pereza de los días,
tan sobre sí mismo duerme
que es fuerza que a poca voz
sobresaltado despierte.
Y así, naciendo mi agravio
segunda vez, como fénix
de cenizas que no estaban
ni apagadas ni calientes,
sin entrar en el temor
de que en mí su saña emplee
como en mi padre –que en fin
es Venus quien me defiende,
y poder contra poder
ningún privilegio tiene–
en venganza suya intento
hacer que el mundo celebre
con desdoros de Diana
triunfos de Venus; de suerte
que no me quede en su ultraje
templo suyo que no queme,
alcázar que no derribe,
clausura que no violente,
bosque o selva que no tale,
flor o fruto que no asuele
y, en fin, estatua que no
profane, deshaga y quiebre.
Si ya no es, por que no digan
que mis armas impacientes,
porque se vieron validas,
dejaron de ser corteses,
entre el rendido lamento
vuestro y mi cólera, medie
capitulación en que
unos y otros intereses
ni bien castiguen piadosos
ni bien perdonen crueles,
con condición, pues, de que
la imagen de Diana deje
a la de Venus altar,
ara y trono en que se asiente.
Y vosotras, que hasta aquí
a sus cultos obedientes
la servistis, desde hoy,
mudados ritos y leyes,
sacerdotisas de Venus,
troquéis ufanas y alegres
sus vanas austeridades
a regalados placeres
de honesto amor, que tampoco
soy tan bárbaro que intente
que los deleites de Venus
sean no dignos deleites,
pues, si es madre de Cupido,
también de Anteros prudente.
Viviréis y vivirá
vuestro templo felizmente
mejorado de deidad.
Pero si altivas hiciereis
repugnancia a este partido,
iréis esclavas y este
templo arderá, de manera
que en vosotras mismas, jueces
de vosotras mismas, pongo
vuestra vida o vuestra muerte.
Resolveos, pues, el día
que mis sañas se resuelven
a darse por satisfechas,
con que, auxiliar de mis huestes
en el templo de Diana,
Venus viva, triunfe y reine.
Ismenia
(Cielos, ¿qué diré?).
Todas
dentro
(La vida
es amable: que la acetes).
Libia
A la puerta. (Y más cuando en libertad
nos pone, que, aunque se suele
decir que es cadena de oro
con la que Diana prende,
¿qué vale el oro en cadena
que se arrastra y no se vende?).
Todas
(Libertad y vida admite).
Ismenia
(¡Que a esto los hados me fuercen!).
Anfión
¿Qué respondéis?
Ismenia
Yo, que fui
la que hablé con los poderes
de todas para obligarte,
lo haré para responderte.
(Esto es fuerza, dando al tiempo
tiempo para que se enmiende).
No solo una libertad
y una vida te agradece
nuestro rendimiento, pero
dos; pues dos son las que ofreces
a quien perdonas y a quien
restauras piadosamente
de la opresa esclavitud
de austera deidad que quiere
que a fuer de fieras vivamos
montaraces y silvestres
siempre por selvas y bosques.
(¡Que esto diga!). Y por que llegues
a ver que todas en mí
comprometidas convienen
en la adoración de Venus,
pues que ya decir no deben
que quien vence sin contrario
no puede decir que vence,
dirán, depuesto el lamento
y no el canto, una y mil veces:
Todas
Sí, diremos, repitiendo
todas ufanas y alegres…
Ellas Y Música
…pues el invicto Anfión
la saña en piedad convierte,
en el templo de Diana
Venus viva, triunfe y reine.
Sale Doris.
Doris
Ni reine, triunfe ni viva;
sino gima, llore y pene.
Todos
¿Qué intentas?
Doris
Desesperada
venir buscando mi muerte.
¿Cómo es posible, cobardes,
traidoras, falsas y aleves,
que en baldón de vuestra sacra
deidad tanto os amedrente
la muerte o la esclavitud
que, abandonando laureles
tan nobles como hoy consigo
traen esclavitud o muerte,
el voto de su pureza
rompáis? Y…
Todas Y Libia
Como no debe
obligarnos voto en que
ella misma nos absuelve
el día que del amor
es cómplice.
Doris
La voz cese,
cese el labio, no lo digas,
que, aunque mil vidas me cueste
(¿para qué las quiero ya?)
sabrá Anfión y el mundo de ese
engaño la verdad (¡ay,
Celauro, lo que me debes!):
Endimión, el más sabio
pastor que Tesalia tiene,
entre otros varios estudios
que su juventud divierten,
el principal fue observar
de aquesos orbes celestes
los nunca parados rumbos
que en siempre constantes ejes
el rápido y natural
impulso arrebata y mueve,
yendo el rápido al ocaso
y el natural al oriente.
Y siendo así que de cuantos
flamantes astros contiene
la iluminación hermosa
de ese volumen luciente,
no hay constelación, ya fija
o ya errante, que no observe.
Sólo halló dificultad
en el claro transparente
cerco de la luna, en quien
Diana es la que resplandece.
Y dándose por vencido
a que por sí no penetre
de sus tres semblantes tres
aspectos tan diferentes,
como mostrarse ya llena,
ya menguante y ya creciente,
a efecto de que piadosa
tanto caso le revele,
acudió continuas noches
a sacrificarla a este
monte cuya invocación
era repetir: «Desciende,
desciende, hermosa Diana,
a la voz de quien se atreve
a investigar tu deidad
en fe de que no te ofende,
pues antes te obliga, cuando
salvar tu deidad pretende
de la objeción de mudable,
persuadido a que no puedes
haber entrado en el uso
tú de las demás mujeres».
Agradecida la diosa
al culto, si ya no fuese
ofendida de que haya
quien sus mudanzas condene,
o ya en sueños o ya en voces
le reveló que depende
su luz del sol y que, como
opaco el orbe terrestre
se interpone entre los dos,
es preciso que se alternen
con las luces que la aclaran
las sombras que la obscurecen.
Y así, cobrando del año
los alimentos por meses,
se descuella en las dos puntas
de su coronada frente
al menguar, contra el levante
y al crecer, contra el poniente.
Conque aquella invocación,
junta con esta evidente
demostración de que él solo
el curso a la luna entiende,
al vulgo ocasionó a que
murmure, malicie y piense
que, dueño de sus secretos,
lo es de su amor. ¡Oh, inclemente
fiero, desbocado monstruo!
¡Cuántos decoros padecen,
no porque yerran, sino
porque a ti te lo parece!
Conque siendo como es
clara, pura y limpia siempre
la luz de Diana…
Anfión
¡Calla!
Tú también la voz suspende,
que ya se sabe que a quien
amantes yerros comete,
nunca faltaron buscadas
disculpas que los enmienden.
Esa lo es; y por que veas
cuán poco conmigo puede
tu hallada razón, no quiero
darte castigo más fuerte
que el que veas cuánto ultraje
sufre, llora, gime y siente.
Entrad al templo y su estatua
caiga en átomos tan breves
que, dudando el aire el bronce,
le crea polvo y se la lleve.
Y vosotras, pues usáis
de mi clemencia prudentes,
venid conmigo por que,
quitada de su eminente
solio, traigáis la de Venus
–que siempre conmigo viene
en pequeña estatua, grande
capitana de mis huestes–
desde mi tienda a sus aras,
donde triunfante se asiente.
Y para que desde luego
su primer aplauso empiece
hasta que se hagan mañana
sacrificios más solemnes,
repetid vuestras canciones,
cuyos concentos se mezclen
con cajas y trompas, todos
diciendo confusamente:
Pues el invicto Anfión…
Todos
…pues el invicto Anfión…
Anfión
…la saña en piedad convierte…
Todos
…la saña en piedad convierte.
Anfión
En el templo de Diana
Venus viva, triunfe y reine.
Todos
En el templo de Diana
Venus viva, triunfe y reine.
Cajas y trompetas y música a un tiempo; todos se van y queda sola Doris.
Doris
¿Quién, cielos, habrá que crea
que este aplauso, que sería
ayer suma dicha mía,
hoy suma desdicha sea?
Mas ¿quién no lo creerá –¡oh, hado
cruel!– si, imaginada o dicha,
siempre corre a ser desdicha
la dicha del desdichado?
Dígalo el que, siendo yo
quien más la fiera, tirana
esclavitud de Diana
en estos montes sintió,
sea quien con más esquiva
causa sienta el ver que ufana…
Voces
dentro
…en el templo de Diana
Venus triunfe, reine y viva.
Doris
Enigma parecerá
verme defender a quien
aborrecí y ver también
que a quien amé no me da
gozo el mirarla aplaudida.
Pero, si enigma no fuera
mi vida, ¿cómo pudiera
atormentarme mi vida?
Dígalo otra vez cuán ciegas
mis ansias son, pues precisas…
Sale Libia.
Libia
Como entre sacerdotisas
no hacemos falta las legas,
sin que reparen en mí,
con una duda que tengo,
en tu busca, Doris, vengo.
Doris
A mal tiempo es, pero di.
Libia
Si en mi secreto no ignoras
que, asegurada tu fama,
sé que Celauro te ama
y sé que a Celauro adoras,
pues en confianza mía
contabais los dos amantes
la edad de la noche a instantes
y a siglos la edad del día,
cuando sin temer tan graves
riesgos lograbais abiertas
por mí del jardín las puertas,
falseando al templo él las llaves,
¿cómo, acusando los dos
los preceptos de Diana
y amando a la soberana
madre del vendado dios,
en vez de que agradecida
ves logrado tu deseo,
tan a contrario te veo
ser tú sola la ofendida
de que aquesa voz altiva
mil veces repita ufana…
Ella Y Voces
dentro
…en el templo de Diana
Venus reine, triunfe y viva?
Doris
¡Ay, hermosa Libia mía!,
que esa duda y la que yo
padezco es una; y pues no
en vano a solas quería
mis desdichas apurar,
oye cómo puede ser
darme pesar el placer
y darme el placer pesar.
Libia
¿Pesar y placer?
Doris
Es cierto,
pues, cuando el placer tenía
de ver que Venus vencía,
tuve el pesar de haber muerto
Celauro en la lid.
Libia
¿Qué dices?
Doris
Bien dudas, que no debí
de decirlo, pues no vi
envuelta en tan infelices
voces la vida.
Libia
¿Quién fue
quien esas nuevas te dio?
Doris
Quejosa de no ser yo
la elegida para que
por todas a Anfión hablase,
a la mira del suceso,
la última quedé; con eso
fue fácil el que llegase
a hablarme Lelio, bañado
en lágrimas que decían
más que el labio.
Libia
¿Qué?
Doris
Que habían
los contrarios retirado
muerto a Celauro, porque
muerto aun les daba temor
en el campo su valor.
Tan a un tiempo oír esto fue
y el que Venus se aplaudía,
que, viendo cuánto su estrella
contra mí era, contra ella
volví toda la ansia mía.
¡Deidad que infiel veneré
en servicio de Diana,
el día que a su templo ufana
a solo premiar mi fe
pensé que hubiera venido,
es a quitarme la vida!
Esto y pensar que ofendida
Diana empezar ha querido
su venganza en él y en mí,
no habiendo ya qué temer
a una ni qué agradecer
a otra, acabar pretendí
con todo de una vez, siendo
yo misma en dolor tan fuerte
quien solicite mi muerte.
Y así, contra mí moviendo
de Anfión la saña esquiva,
fingí aquella ilusión vana
para que menos altiva…
Ella Y Voces
dentro
…en el templo de Diana,
Venus reine, triunfe y viva.
Libia
Cuando una desdicha está
para venir, Doris bella,
justo es oponerse a ella;
pero, sucedida ya,
no es justo que el desconsuelo
mate; sentencia es muy dicha…
Doris
¿Qué?
Libia
…que el fin de la desdicha
es principio del consuelo.
Doris
¡Para quien le pueda haber!
Pero ni le hay para mí
ni puede haberle; y así,
pues solamente ha de ser
mi muerte el consuelo mío
por si muriendo restauro
en el Elíseo a Celauro,
turbará mi desvarío
de ese triunfo lo solemne,
pues cuantas veces previene
decir su pompa festiva…
Ella Y Voces
dentro
…Venus reine, triunfe y viva.
Doris
Diré yo…
Al entrarse, sale Anfión y gente.
Anfión
…que llore y pene
vas a decir, pero no
lo dirás; que, aunque veloces
corten el aire tus voces,
sabré enmudecerlas yo,
y con castigo más fuerte
que aun el de ser tu homicida,
que darle a un infeliz vida
no es dejar de darle muerte.
Y así, por que mayor sea
dilatado su pesar
siempre que en su nuevo altar
la estatua de Venus vea,
presa al templo la llevad
con orden de que no intente
salir de él; veamos si siente,
con culto y sin libertad,
ver que en las verdes florestas
de Tesalia, al nuevo modo
de Chipre, es sin ella todo
bailes, músicas y fiestas.
Llevalda pues.
Doris
¿Quién vio, cielos,
que hoy por castigo me den
lo que ayer fuera mi bien?
Llévanla.
Libia
Aunque de sus desconsuelos
no poca culpa he tenido,
no por eso he de dejar
de cantar y de bailar,
que si a otros decir he oído:
«Con amor y sin dinero,
¡mirad con quién y sin quién
para que nos vaya bien!»,
mejor yo decir espero:
«¡Con Venus y sin Diana,
mirad con cuál y sin cuál
para que nos vaya mal!».
Vase y salen soldados con Lelio preso.
Lidoro
Llegad…
Lelio
De muy mala gana
lo haré.
Lidoro
…y echaos a sus pies.
Lelio
Ya desde aquí se los beso
interiormente.
Anfión
¿Qué es eso?
Lidoro
Este hombre, señor, que ves
sin duda es espía que viene
de parte de los que huidos
en los montes escondidos
están y inquirir previene
tus designios.
Lelio
Es engaño,
que cruel la suerte mía
espía no es, pues que no es pía.
Y para más desengaño,
yo soy, invicto Anfión,
de Celauro desdichado
criado leal, si leal criado
no implica contradición.
Viendo en la batalla que
tu gente le retiró
muerto, a saber si es que yo
por su heredero quedé
como hijo suyo –respeto
de que siempre que venía,
«ven acá, hijo», me decía–
vine tras él; y en efeto,
habiéndome detenido
en decir a no sé quién
de su hado el fatal desdén,
de vista el tropel perdido
que le traía empeñado,
entre tus tiendas me hallé
–y con ser tiendas, no sé
si vendido o si comprado–,
y pues me traen ante ti
quizá a saber lo que valgo,
y es tan poco que aun no es algo,
duélete, mi bien, de mí.
Anfión
Si de Celauro criado
eres, sabrá mi piedad
agradecer tu lealtad;
pero si no, despeñado
morirás.
Lelio
¡Ay, infelice!
Que mal probarlo podré
yo aquí.
Anfión
Ni yo lo creeré
si él mismo no me lo dice.
Lelio
¡Buen despacho tengo yo
si para haber de vivir
el muerto lo ha de decir!
Anfión
¡Muerto! ¿Qué escucho? ¿Pues no
me dijistis que no era
mortal una ni otra herida
y que la sangre vertida
fue causa de que rindiera
al desmayo su valor
y, en fin, que convalecido
estaba restituido
ya a su salud?
Lidoro
Sí, señor.
Y habiéndose levantado
y hecho homenaje de que
guardará en la prisión fe,
salir le habemos dejado.
Y para que veas si es
verdad, viene allí.
Sale Celauro.
Celauro
Y no en vano
a besar tu invicta mano
postrado a tus reales pies.
Lelio
Él por él es y está vivo.
Salto y brinco de contento.
Anfión
Levanta y llega a mis brazos
para descansar en ellos,
que esta es la distancia que hay
de estimar al prisionero
cuando se rinde lidiando
a cuando se rinde huyendo.
Celauro
Por el trato y por las armas,
que tu piedad y tu esfuerzo
me ha cautivado dos veces,
sólo yo con verdad puedo
asegurar; y así una
y otra vez tus plantas beso,
una como a rey piadoso
y otra como a invicto dueño.
Anfión
A darme por entendido
de esas dos deudas me atrevo,
en fe de que dos finezas
logren su agradecimiento.
Celauro
Tuyo soy, tuya es mi vida.
Anfión
Pues, por que no embaracemos
después lo que importa más
con lo que ahora importa menos,
¿qué hombre es éste?
Lelio
Mira bien
que soy yo.
Lidoro
¡Calla!
Lelio
No quiero
que cuando está para todos
vivo, esté para mí lerdo.
Y no es bien aventurar
a que el desvanecimiento,
o por la falta de sangre
o sobra de valimiento,
le tenga corto de vista
como a otros muchos que vemos,
que porque sangre les falta
o por verse en mejor puesto
a nadie conocen.
Celauro
Este
criado es mío; el nombre, Lelio.
Y su buena ley no dudo
le traiga en mi seguimiento.
Lelio
¡Bien haya quien te parió!
Mira, señor, si te miento.
Anfión
Libre estás y este diamante
sea por agora premio
de tu lealtad.
Dale una sortija a Lelio.
Lelio
Tantas veces
tus reales juanetes beso
cuantas él centellas brilla.
Tú, resucitado dueño,
permite que te ría vivo
pues que te he llorado muerto.
Abrázale.
Celauro
Quita, loco.
Anfión
Retiraos
Vanse Lelio y soldados.
todos. Tú agora oye atento.
La entrada que he hecho en Tesalia
–ya públicos mis pretextos–
no ignorarás que es a fin
de desvanecer los fueros
de ingrata deidad que quiso...
Mas ¿para qué lo refiero,
si ya dijo Anteón la causa
y Endimión el efeto?
La entrada, pues, que en Tesalia,
vuelvo a repetir, he hecho,
es fuerza que a restaurar
su tierra obligue a Aristeo,
mayormente cuando sepa
que en el suntuoso templo
de su Diana adorada
triunfa la deidad de Venus,
a quien ya todas sus ninfas,
movidas al sabio acuerdo
de una que tomó la voz,
entonan amantes versos.
Celauro
(¡Ay, bella Doris! ¿Quién duda
que fuese tuyo el trofeo
de que, depuesta Diana,
no embarace el amor nuestro?).
Anfión
Yo, aunque en fe de vitorioso
pasar adelante puedo,
con dos causas esperarle
determino en este puesto
fortificado: la una
ser político consejo
mantener lo conquistado
más que conquistar de nuevo;
la otra, que Venus, quizá
agradecida a mi obsequio,
bien como a Paris intenta
darme una hermosura en premio.
Para uno y otro es forzoso
valerme de ti, supuesto
que el hacer de un enemigo
un amigo ha sido a efeto
de que en lo primero admitas
las ventajas de mi sueldo,
pues, como tú en mi favor
milites, el mundo entero
será poco asunto mío;
y en lo segundo, seas dueño
de los secretos del alma,
conque en ambas me prometo
coronarme vencedor
de Marte y Amor a un tiempo.
Sabrás, pues, que entre las raras
hermosuras que salieron
del templo a templar mis iras
con tan contrarios estremos
como ser gemido el canto
y ser cláusula el lamento,
una, que fue la que dije
que habló por todas, mi afecto
ganó primero llorando:
¿qué haría después riendo?
En mi vida –sobre ser
el más hermoso portento
que vieron jamás mis ojos–
vi más soberano ingenio
que el que mostró en apagar
de mi cólera el incendio.
Mas, ¡ay!, que no dije bien
en apagarle, supuesto
que en encenderle dijera
mejor; mas ¿qué mucho, siendo
esperiencia tan usada
que con un suspiro mesmo
se mate una llama y otra
se avive, que ella en mi pecho
el fuego al odio apagase
y a amor le encendiese, haciendo
que con un aliento muera
y viva con otro aliento?
No sólo, pues, como dije
–fuerza es repetirme en esto–
de mi venganza la fiera
indignación venció, pero
hizo que todas viniesen
en la adoración de Venus
y yo en la adoración suya.
Su nombre decir no puedo,
que nunca escuché su nombre;
bien que ocasión habrá presto
de que tú le sepas, pues
ya no hay retiros severos
que las nieguen a los ojos.
Y así, Celauro, pretendo
que, al señalártela yo,
me informes de su sujeto,
su nombre, su calidad,
su condición y su genio,
que lleva grande ventaja
quien entra en un galanteo
sabiendo, y no adivinando,
en qué agradará a su dueño.
Celauro
En cuanto, señor, a que
tu sueldo admita, te ruego
adviertas que, si el valor
que viste en mí fue el empeño
de tus favores, no es justo
que me adquiriese su esfuerzo
estimaciones de honrado
para que deje de serlo.
Aristeo es el rey mío:
no puedo contra Aristeo
tomar las armas; y así,
pues que soy tu prisionero,
con no darme libertad,
tampoco contra ti, es cierto,
podré tomarlas; y pues
esta vida que te debo
tuya es y en tenerla honrada
más te obligo que te ofendo,
paso a que, aunque sé muy poco
del arte de amor, te ofrezco…
Anfión
Nada me ofrezcas; negado
lo más, ¿qué importa lo menos?
Buena es tu razón, Celauro;
mas por buena que es, te advierto…
Celauro
¿Qué?
Anfión
…que el que viva quien vence
es político proverbio.
Vase.
Celauro
Enojado va, ¿qué mucho?
Que a un poderoso soberbio,
aunque él la razón conozca,
se la desconoce el ceño
de no verse obedecido.
Pero mi honor es primero;
que el ser dueño de mi vida
no es ser de mi fama dueño.
Obre yo lo mejor y obre
él lo que quisiere en esto.
Y a la estimación dejando
lo que de ella hiciere el tiempo,
vamos, imaginación,
al anticipado miedo
de pensar si sería Doris.
Sale Lelio.
Lelio
Gracias a Dios que te veo
solo y podremos hablarnos
en puridad.
Celauro
Y más, Lelio,
si es que vienes a aliviarme
en lo que iba discurriendo.
Ven acá, ¿sabes si fue,
cuando salieron del templo
las sacerdotisas, Doris
la que habló a Anfión?
Lelio
No puedo
decirlo; que salir ellas
y venirte yo siguiendo
fue tan en un punto todo
que aun no sé si entre el estruendo
de fuego y arma me oyó
que te retiraban muerto.
Mas ¿quién duda que sería
ella?
Celauro
¡Maldígate el cielo!
Que en vez de darme un alivio,
me has dado dos sentimentos.
Lelio
¿Dos?
Celauro
Sí.
Lelio
¿Cuáles?
Celauro
El pesar
que a ella diste y el tormento
que a mí me das no dudando
que ella sería.
Lelio
Al primero
respondo con que quizá
no fue pesar: ¿qué sabemos
si ella lo tendría por gusto?
Que verse amada en estremo
una dama, dicen que es
agasajo muy molesto.
Y al segundo satisfago
con que antes la lisonjeo
en pensar que ella sería
la elegida por su ingenio.
Celauro
¡Ay, que en buenas prendas fundan
su política los celos!
Lelio
¿Celos?
Celauro
Sí.
Lelio
¿De quién?
Celauro
No sé.
Lelio
Lo mejor es no saberlo;
y no quererlo saber,
mejor que mejor.
Celauro
¡Ay, Lelio!
Que, aunque tengo la razón,
no sé la razón que tengo.
Lelio
Ni la sepas en tu vida.
Y sírvate de consuelo
la general de pensar
que tener amor sin celos
es lo mismo que querer
tener coche sin cochero;
conditio sine qua non
es de amor.
Celauro
Con todo intento:
por desengañarla, si es
que te oyó, y por si son ciertos,
apurarlos.
Lelio
Más harás,
porque todos cuantos medios
pongas ahora por hallarlos,
pondrás después por perderlos.
Mas ¿cómo ha de ser?
Celauro
¿No cierra
negra la noche? ¿No tengo
llave al jardín?
Lelio
¿Qué sé yo?
Que, en volteando a un caballero
el toro, la diligencia
primera de socorrerlo
es limpiarle antes que el polvo
la fraldiquera, y lo mesmo
pienso que sucede a quien
le voltean prisionero,
pues no le dejan un plus
ni un ultra.
Celauro
¿Quién quieres, necio,
que de una llave, que ignora
de dónde es, hiciese aprecio?
Lelio
Una por una, de que
salves la objeción me huelgo;
que hay ingenios de puntillas
que sienten el que haya ingenios.
Y volviendo a noche y llave,
¿cómo has de apurarlos?
Celauro
Yendo
a ver a Doris; que, aunque,
porque no me espera, creo
que no esté en el jardín, una
vez en él, al cuarto puedo
hacer seña que conozca.
Lelio
¿Y si en tanto te echan menos
y te dan por fugitivo?
Celauro
El homenaje que he hecho,
con verme después, verán
que ni le rompo ni quiebro.
Y por que no te pregunten
por mí en aqueste intermedio,
ven conmigo; esperarasme
a la puerta.
Vanse los dos por una puerta, y al mismo tiempo salen por otra Doris y Libia.
Doris
Pues te debo
la fineza, Libia mía,
de que en tantos desconsuelos
sola me acompañes, no
me dejes conmigo, puesto
que no tengo otro enemigo
mayor que mi pensamiento.
Libia
Que yo te acompañe es justo
a horas competentes, pero
a no competentes horas
es mucho acompañamiento.
Cuando Celauro venía
y yo era, a costa del sueño,
centinela desvelada,
ya me consolaba el serlo
ocupada en buenas obras;
mas ahora toda me duermo,
que velar al muerto he oído,
mas no desvelar al muerto.
¿Es posible que de noche
en el jardín y en el puesto
adonde a verle venías,
vengas a no verle?
Doris
¿Eso
te admira? ¿Qué amor no es loco
si quiere parecer cuerdo?
Si estas sombras, si estas ramas,
este horror, este silencio,
estas fuentes y estos cuadros
callados testigos fueron
de mis gozos, ¿por qué no
lo han de ser de mis tormentos?
No a buscar alivios, Libia,
en estas deshoras vengo:
memorias, sí; y no porque
falten a mi sentimiento,
sino por que aflija más
desde más cerca el acuerdo.
Y así, déjame llorar
sobre estas ruinas, diciendo:
«Aquí fue amor».
Sale Celauro.
Celauro
(A la escasa
luz de estrellas y luceros
dos bultos distingo; y pues
no me espera Doris, necio
seré en llegar sin oír,
de estas hojas encubierto,
alguna voz que me acerque
o me retire).
Doris
En efeto,
para mí es consuelo ver
las cenizas del incendio.
Celauro
(Doris es; que esta es su voz.
Pues ¿qué aguardo, que no llego
a hablarla? Pero no sé
quién es la otra; y así, a precio
de la paciencia, es forzoso
dar espera al sufrimiento).
Doris
Aquí fue donde le oí
tantos rendidos afectos
en la esperanza fundados
(pero ¡qué mal fundamento!)
de que de Diana habría
apelación para Venus,
que fue lo que me obligó
a hablar con tanto despecho
a Anfión.
Celauro
(¿Qué es lo que escucho?
Ella es la que le habló, ¡cielos!).
Doris
Y con tan fuerte aprehensión,
con tan vago devaneo,
tan eficaz fantasía
y tan aparente objeto
me le representan, Libia…
Celauro
(«Libia», dijo; llegar puedo).
Doris
…la noche en sus negras sombras
y en sus fantasmas el viento,
que, como si me escuchara
–¡con qué poco me contento! –
al aire diré: «Celauro,
mi bien, mi señor, mi dueño,
¿cómo tan tarde esta noche
a verme vienes?».
Celauro
(¿Qué espero?
Mientes, temor; que más valen
sus lágrimas que tus celos).
Doris
«¿Cómo tanto olvido, tanto
descuido, tanto despego
con quien te idolatra?».
Celauro
Como
no pude venir más presto,
adorada Doris mía.
Doris
¡Ay de mí, infeliz! ¿Qué veo?
Libia
¡Ay, triste de mí! ¿Qué miro?
Doris
¡Qué pasmo!
Libia
Toda yo tiemblo.
Celauro
No te asustes, no te asombres;
que ese temor, ese miedo,
bien se deja ver que nace
de lo que te dijo Lelio.
Doris
Ya lo sabe.
Libia
En la otra vida
hay grandísimos parleros.
Celauro
Pero, aunque no te mintió
en que iba el cadáver preso,
vivo estoy para adorarte.
Y así, a verte, Doris, vengo
más muerto de tus amores
que de mis heridas muerto.
Doris
Celauro, yo creo que vives
elíseos campos, yo creo
que las ondas de Aqueronte
movidas de mis lamentos
te den paso; pero, ¡ay, triste!,
que, si yo en tu ausencia hoy muerto
tuve valor para hablarte,
para verte no le tengo.
Vete en paz y no me aflijas
más, que harto lo estoy.
Celauro
Mi dueño,
mi bien, mi esposa…
Doris
¡No llegues
a mí!
Celauro
Advierte…
Doris
¡Piedad, cielos!
Que a tanto susto me faltan
alma, vida, voz y aliento.
Cae desmayada.
Celauro
¡Qué miro!
Libia
Caer, si no muerta,
desmayada por lo menos.
Celauro
Infelice Doris mía,
vuelve en ti, cobra el acuerdo,
que tú la muerta y yo el vivo
es trocar los sentimentos.
¡Ay, Libia!
Libia
¡No te me acerques!
Mira que haré yo lo mesmo.
Celauro
¿Qué puedo hacer en tan raro
trance?
Libia
Volverte al infierno;
que, si hablábamos de ti
con tantísimos de afectos,
no lo dijimos por tanto
que sea el por tanto portento.
Vete en paz.
Celauro
Espera.
Libia
¡Ay,
que me agarra! Acudid presto
todas a ampararnos.
Celauro
Calla.
No, no des voces.
Libia
Sí, quiero.
¡Ah de los claustros! ¡Venid,
venid a favorecernos!
Todas
dentro
Voces dan en los jardines.
Ismenia
Para ver quién anda en ellos,
traed luces, arcos y flechas.
Celauro
(¿Quién se vio en igual aprieto?
Dejarla así es villanía;
hallarme aquí, grave empeño;
cargar con ella es hacer
público escándalo el nuestro;
llevarla donde no sepan
ni de mí ni de ella, es yerro
infame, pues es faltar
al homenaje).
Ismenia
Allí fueron
las voces.
Libia
Aquí son, ¡todas
llegad!
Celauro
(A estar me resuelvo
escondido entre estas ramas
a la mira del suceso;
que él dirá qué debo hacer,
pues ni me estoy ni me ausento).
Escóndese, y sale Ismenia y otras.
Todas
¿Qué voces son estas, Libia?
Libia
¡Ay, que anda por aquí muerto
Celauro en pena! Yo y Doris
le vimos, todo sangriento
el rostro de la manera
que unos soldados dijeron
que le habían retirado.
Ismenia
Ilusión o devaneo
sería (que no soy yo
tan venturosa que creo
ser verdad que en la batalla
haya ese tirano muerto).
Una
Sea lo que fuere, Ismenia,
a su cuarto la llevemos
y cuidemos de que cobre
sus sentidos.
Libia
Es tan cierto
como que a ella ha desmayado
y a mí me ha mallado, puesto
que me arañó por asirme.
Llévanla entre todas.
Ismenia
Aunque lo dudo, bien creo
que si a vengar de Diana
agravios tarda Aristeo,
por mí han de pasar a más
de Tesalia los portentos.
Vase.
Celauro
Impedir el que la lleven
es impedir sus remedios;
y pues en estar yo aquí
nada alivio y mucho arriesgo,
dejando en que fue ilusión
lo que Libia y Doris vieron,
vuelva a mi prisión y deje
todo lo demás al tiempo.
Fin de la primera jornada.
Jornada Segunda
Dentro chirimías, atabalillos y música. Y en habiendo cantado los primeros versos, salen por una parte Libia y algunas ninfas con guirnaldas y ramos en las manos y Ismenia con un azafate y en él unas tórtolas. Después salen por otra parte Anfión y soldados.
Música
Venid, hermosas ninfas
destas incultas selvas,
al nuevo sacrificio
que se introduce en ellas.
Venid, venid al templo
que ayer alcázar era
de la hermosa Diana
y hoy lo es de Venus bella.
Venid y en nuevo rito y nueva ofrenda
dad nueva aclamación a deidad nueva.
Ismenia
(Sacra, hermosa Diana,
perdona; que esto es fuerza,
pues a no haber rendido
el cuello a la violencia,
creyendo que Aristeo
vengue tu honor, ya fueran,
si tus aras ceniza,
polvo las vidas nuestras.
Y pues por conservarte
altares donde vuelva
a su culto tu imagen
y mi fe a tu obediencia,
fue preciso doblar
la cerviz; no te ofendas
de que yo también diga
en tu oprobio violenta:)
Ella Y Música
dentro
Venid, hermosas ninfas
destas incultas selvas,
al nuevo sacrificio
que se introduce en ellas.
Las chirimías, y sale Anfión y soldados.
Anfión
Qué bien las consonancias
de ambos concentos suenan,
uniendo Amor y Marte
la lira y la trompeta,
cuando unísonas dicen
sus cláusulas diversas
al eco que las trae
y al aire que las lleva.
Él Y Música
Venid, venid al templo
que ayer alcázar era
de la hermosa Diana
y hoy lo es de Venus bella.
Ismenia
Y pues siempre mi celo
tus memorias venera…
Anfión
Y pues nunca mejor
sonaron sus cadencias…
Ismenia
…fuerza es que yo repita:
Anfión
…justo es que yo refiera:
Los Dos Y Música
Venid y en nuevo rito y nueva ofrenda
dad nueva aclamación a deidad nueva.
Las chirimías.
Ismenia
Ya, valeroso Anfión,
que a tus preceptos atentas
hemos salido a los montes
no a ser fieras de las fieras,
sino a coronar de rosas
nuestras sienes por que sea
la real púrpura de Venus
la mejor guirnalda nuestra;
ya, pues, invicto Anfión,
que todas a tu obediencia
en vez de las toscas pieles
y de las armadas testas,
como en vez de blancos cisnes
que, símbolos de pureza,
víctimas de Diana fueron,
llevamos tórtolas tiernas
por que símbolos de amor
hoy a su madre le ofrezcan,
ven al templo, donde alegres
volvemos de gala y fiesta.
Honrarás el sacrificio
con tu vista; y por que veas
que la primera que pudo
mover tu ira es la primera
que sabe ganar tu agrado,
seré la que en sus excelsas
aras de estas simples aves
la inocente sangre vierta.
Anfión
(¡Ay!, que más quisiera verte
piadosa yo que cruenta).
Aunque te agradezco ver
cuánto a todas te prefieras
en los obsequios (mejor
en la hermosura dijera),
no has de hacer tú el sacrificio.
(Quité el agüero de verla
cruel, aunque en crueldad piadosa).
¿Cómo no viene aquí aquella
que en loor de Diana tanto
se mostró a Venus opuesta?
Libia
Como mandaste, señor,
que del templo no saliera.
Anfión
Pues ahora mando que salga,
siendo, por que más lo sienta,
ella la que a Venus lleve
las primicias de la ofrenda.
Ve por ella.
Libia
Anoche estuvo
casi de un desmayo muerta,
y creo…
Anfión
No me repliques,
que es bien que humillada sepa
que al rayo, al raudal y al noto
no se ha de hacer resistencia.
(Oh, si cayera en cuán vivas
sus razones se me acuerdan).
Y en tanto, por que el aplauso
un breve instante no pierda,
mientras llegamos al templo,
la música a decir vuelva:
Todos Y Música
Venid, hermosas ninfas
destas incultas selvas,
al nuevo sacrificio…
Todos
dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Anfión
¿Qué alboroto es este?
Dentro cajas y trompetas, y sale Celauro por en medio de las dos, de suerte que, para hablar a Anfión, tenga de espaldas a las ninfas.
Celauro
Es,
señor, que las centinelas
que de las cimas del monte
ocupan las eminencias…
Ismenia
(Cielos, ¿no es éste Celauro?
Ya me espantaba que fuera
yo tan feliz que la muerte
de un aleve fuese cierta).
Celauro
…a lo largo han descubierto
una armada que navega,
según su rumbo, a esta playa.
Y según buques y velas,
no dudo que es de Aristeo.
Ismenia
(Oh, quiera el cielo que él sea,
si es que puede traer Celauro
nada que bien me parezca).
Celauro
Y por que del homenaje
te asegure mi presencia,
ser quise el primero yo
que con la noticia venga,
fiado en que en salvo mi honor
ponga una acción.
Anfión
¿Qué acción?
Celauro
Ésta.
Saca la espada y pónela a sus pies, hincada la rodilla.
Rendir mi espada a tus plantas
por que, hallándome sin ella,
ni la deuda de mi sangre
ni de mi vida la deuda
pueda interpretar –si acaso
al toque de la baqueta
o al aliento del clarín
por uso o naturaleza
me arrebatase a empuñarla–
si es de mi rey en ofensa
o en ofensa de mi dueño.
Y pues de cualquier manera
aun en el primer amago
mi fe o mi lealtad se arriesgan
con él, contigo y conmigo
cumplir mi valor intenta
arrojándola de mí,
que a vista de mi nobleza,
de mi esclavitud a vista
y a vista en fin de la guerra,
para tenerla envainada,
mejor me está no tenerla.
Anfión
Alza del suelo y la espada
cobra, supuesto que verla
a mis plantas o en tu mano
todo es una cosa mesma,
según de ti fío; que, aunque
me ofendí en ver que no aprecias
mis ofrecimientos, tiene
la razón por sí tal fuerza
que sin valedores sabe
ella volver por sí mesma.
Tú harás lo mejor y así
libre el arbitrio te queda,
no la persona, porque
basta a mayores defensas
no tenerte en contra, ya
que en mi favor no te tenga.
Toca al arma; y por que no
se juzgue de mí que pueda
turbarme la armada, en tanto
que voy a reconocerla
y a hacer que contra su orgullo
todas mis gentes prevengan
a su opósito, vosotras
repetid las voces vuestras
prosiguiendo el sacrificio.
Aparte los dos, teniendo Celauro siempre las espaldas a las ninfas.
(Tú me escucha; por que veas
que sé estimar la razón
y desestimar la queja,
vuelvo a valerme de ti
en lo que el honor no arriesgas.
La beldad que dije es
la que el sacrificio lleva
de las tórtolas de Venus.
No vuelvas agora a verla;
que, atenta a los dos, podrá
conocer que hablamos de ella.
Después me dirás quién es
y si acaso a hablarla llegas,
podrás decirla…)
Hablan los dos en secreto y salen a espaldas de los dos Doris y Ismenia.
Doris
¿A qué efeto,
mandándome que esté presa,
envía a llamarme?
Ismenia
Si Libia
no lo ha dicho: de que seas
la que a la deidad de Venus
sacrifiques la primera.
Y así pues la inmolación
has de hacer, toma la ofrenda.
Dale el azafate.
Doris
¡Yo a Venus, deidad ingrata!
Mas preciso es que obedezca.
Anfión
(Esto la dirás).
Vase Anfión.
Celauro
(Ya es tiempo
de salir de la sospecha).
Doris
Vamos, Libia, pues ya dije
que el obedecer es fuerza.
Vuelven los dos a un tiempo y quedan suspensos, viendo Celauro a Doris con el azafate.
Mas ¿qué miro?
Celauro
Mas ¿qué veo?
Doris es. (Oh, nunca hubiera
de la sospecha salido
para entrar en la evidencia).
Doris
Celauro es. ¿Qué es esto, Libia?
Libia
Es, pues nadie al verle tiembla,
que anoche en temblar nosotras
fuimos grandísimas bestias.
Doris
(Oh, quién sin publicidad
a decirle se atreviera
cuánto me privó de mí
tener su muerte por cierta).
Celauro
(Oh, quién sin tantos testigos
decirla, ¡ay de mí!, pudiera
que agora mejor que anoche
de mí espantarse debiera,
pues agora es cuando más
muerto llego a su presencia).
Doris
(La voz que corrió fue engaño).
Libia
(Claro es).
Doris
(Qué dicha).
Celauro
(Qué pena).
Doris
(Qué felicidad).
Celauro
(Qué ansia).
Doris
(Qué alegría).
Celauro
(Qué tristeza).
Libia
(Disimula).
Doris
(Mal podré).
Sea muy enhorabuena,
Celauro, de la cobrada
salud la convalecencia.
Yéndose.
Celauro
Guárdeos el cielo.
Libia
La voz
que corrió, con grande pena
tuvo a todas.
Yéndose.
Ismenia
Si no a mí,
que aún mi agravio se me acuerda
y no he de verme vengada
hasta que tu sangre vierta.
Yéndose.
Libia
(Agora sí, Venus mía,
iré a adorarte contenta,
diciendo mi corazón
más que esos bronces y lenguas).
Todos Y Música
Venid y en nuevo rito, en nueva ofrenda
dad nueva aclamación a deidad nueva.
Con esta repetición se van todas y queda solo Celauro.
Celauro
¿Quién creerá, cielos, que a un tiempo
dándome una norabuena
y un pésame, no sé cuál
desestime o agradezca?
La norabuena de Doris
viene en mis celos envuelta,
cuando envuelto en su rencor,
viene el pésame de Ismenia.
¡Oh, quién pudiera trocarlos
y que el sentimento fuera
de Doris al verme vivo
y el gozo de que viviera
fuera el de Ismenia, olvidada
de aquella pasada ofensa
en que dio muerte a su hermano
más mi razón que mi diestra!
Pues con eso, todos tres
mejoráramos tristezas:
vengada Ismenia en su enojo,
Doris en su amor contenta
y yo muerto de una herida
que era honor y ya es afrenta.
Sale Lelio notando sus acciones.
Lelio
Que siempre tengo de hallarte
de soliloco.
Celauro
Pues llegas
a buen tiempo para burlas.
Lelio
¿Quién quieres que esté de veras
sobre haber sido fantasma
de capa y espada?
Celauro
De esa
causa, infame, tienes tú
la culpa. Maltrátale.
Lelio
¿Yo?
Celauro
Si no hubieras
esparcido tú la voz...
Lelio
Detén la mano; no quieras
que sea cuerpo en pena yo
porque tú fuiste alma en pena.
¿Qué novedad hay agora
para que así te enfurezcas
cuando a cobrar Aristeo
viene su perdida tierra
y a ponerte en libertad?
Celauro
No sé por qué, aunque debiera
sentir el que haya de estar
neutral mi espada y suspensa
entre mi rey y mi dueño,
no es lo que más me atormenta.
Anfión a Doris ama.
Lelio
Ame muy enhorabuena
y quédese el noramala,
señor, para cuando ella
ame a Anfión.
Celauro
¿Pues no basta
sólo el que bien le parezca
para sentirlo yo?
Lelio
No,
y pruébelo una experiencia.
Estaba yo enamorado
tal vez de una ricafembra
en cuya alabanza oía
por donde quiera que fuera,
a unos: «¡Qué maldita cara!»;
a otros: «¡Qué maldita vieja!»;
a otros: «¡Qué mujer tan boba!»;
a otros: «¡Qué mujer tan puerca!».
Y siendo para mi oído
cualquiera lisonja de estas
un duro puñal, ¿por qué
tú al contrario no te huelgas
que parezca bien tu dama?
Celauro
Porque no hacen consecuencia
materias tan despreciables
a soberanas materias.
Cuando ama la vanidad,
sólo para que se sepa
suenan bien las alabanzas
del garbo, ingenio o belleza
de la dama; pero cuando
ama el recato suprema
beldad, aun en el silencio
hace la alabanza ofensa.
Lelio
Anfión.
Celauro
De aquí te retira.
Sale Anfión y soldados.
Anfión
Ya que costeando se acerca
la armada a estas playas, haz,
Lidoro, que se prevenga
toda la gente por que
en orden militar puesta
siempre esté para acudir
donde intente tomar tierra;
que yo, en habiendo asistido
al culto de Venus bella,
de quien fío la vitoria,
daré al ejército vuelta
para dar con los retenes
calor donde más convenga.
Lidoro
Así a disponerlo voy.
Anfión
Celauro.
Celauro
Señor. (Ea, penas,
haya valor para oírlas,
pues le hubo para verlas).
Anfión
¿Viste el hermoso milagro
cuya divina belleza
se ha apoderado del alma
con tan dominante estrella
que no le deja lugar
donde el sobresalto quepa
de haber visto en esos mares
tan poderosa y tan nueva
errante ciudad de pinos
y república de velas;
que parece que Neptuno
ha trasladado a su esfera
con las cumbres de los montes
los árboles de las selvas?
Celauro
Sí, señor.
Anfión
¿Y no es la más
hermosa de todas ellas?
Celauro
A mí así me lo parece.
Anfión
¿Y quién es?
Celauro
(¡Oh, ley severa
de sacra verdad! Que aun no
permites que el noble mienta
tal vez en su favor). Doris
es su nombre; su nobleza
en la corte de Tesalia
de las más ricas y excelsas.
Consagrósela a Diana
su padre en edad muy tierna.
Y así en condición o genio
no puedo darte más señas.
Anfión
¿Hablástela?
Celauro
Aquí, señor,
fuera escándalo.
Anfión
No fuera,
que ya las austeridades
de Diana a las finezas
de lícitos galanteos
dan permitidas licencias.
Y así, en habiendo ocasión,
pues no hay otro de quien pueda,
por natural, por amigo
y por conocido de ella,
valerme, sino de ti,
háblala en mí, porque lleva,
sobre la que dije antes,
otra ventaja el que llega,
habiendo dado principio
a su pasión quien la media:
sepa que amo y sabré yo
decir que amo; que a primera
vista declararse, no hay
discreción que no sea necia.
Y entra ahora al templo conmigo,
asistiré a lo que resta
del sacrificio.
Celauro
(Tonante
dios, ¿para cuándo reservas
la cólera de tus iras,
la saña de tus violencias?
¿No hay un rayo para un triste?).
Dentro terremoto de truenos y relámpagos.
Anfión
¡Qué es esto, cielos! Apenas
del templo la primer grada
sintió el peso de mi huella
cuando, obscurecido el cielo,
todo su edificio tiembla.
El terremoto.
Celauro
(Si es que Júpiter me ha oído,
ya avisó el trueno, ¿qué espera
el rayo?).
Salen ninfas y soldados.
Unos
¡Qué confusión!
Otras
¡Qué desdichas!
Doris Y Ismenia
¡Qué tragedia!
Anfión
¿Qué es esto, hermosas beldades?
Doris
¿Qué ha de ser, sino que venga
así Diana sus agravios?
(Aunque lo contrario sienta,
lleve mi tema adelante).
Ismenia
¿Qué ha de ser, sino que premia
(aunque sienta lo contrario,
lleve adelante mi tema)
así sus obsequios Venus?
Doris
Pues al punto que sangrientas
vio por mi mano las aras…
Ismenia
Pues al instante que muertas
vio las simples avecillas…
Doris
…en fe de cuánto la ofenda
el sacrificio, turbó
las cristalinas esferas
de su alto alcázar.
Ismenia
…en fe
de que el sacrificio aceta,
apagó la luz al sol
envuelto entre nubes densas.
Anfión
¿Siempre en vuestras opiniones
os tengo de hallar opuestas? A Doris.
¿En qué fundas tú que es
venganza de Diana esta? A Ismenia.
Y tú, ¿en qué que este de Venus
agradecimiento sea?
Doris
Yo en que es tormenta que dice
enojo.
Ismenia
Yo en que es tormenta
que dice piedad, supuesto
que desde aquí ver se deja
que, como hija de la espuma,
turba el aire, el mar altera
en favor tuyo, dejando
desbaratada y deshecha
esa poderosa armada
que navegaba en tu ofensa.
Mira allí un bajel que sube
a rozar con las estrellas
de la gavia el tope; mira
allí otro de quien era
el casco mecida cuna,
ser tumba, la quilla vuelta.
Cuál choca con los peñascos,
cuál encalla en las arenas
y cuál sin rumbo, sin norte
ni bitácora se entrega
a la discreción del mar,
que con cíclope soberbia
montes de piélagos finge,
cumbres sobre cumbres puestas.
Y pues vencerla ha querido
primero que tú las venzas,
mira si Venus te ampara
o si Diana se venga.
Vase.
Anfión
Oye, aguarda; que tú tienes
razón (¡que nunca la tengas
tú para mí!) y pues me da
el tener que agradecerla
ocasión de hablarla, ¿qué
hago que no voy tras ella?
Aguárdame aquí, Celauro.
Vase.
Celauro
Dejarte a ti y ir tras ella
y decir que yo le aguarde,
todo esto es hacer deshechas,
¡ay, Doris!, para que yo
me quede a hablarte en sus penas;
mejor dijera en las mías.
Doris
¿Qué penas hay que lo sean
ni mías ni tuyas ni suyas?
El día que a verte llegan
mis ojos vivo, después
de aquella aprensiva idea
que arrebató el corazón
con tan helada violencia,
que me desmayó temida,
¡mira lo que hiciera cierta!
Celauro
¡Ay, Doris!, que de tu fe
no dudo; mas no te ofenda
que dude de mi fortuna.
Y pues declararme es fuerza
por que tú estés advertida
y yo cumpla con la deuda,
pues vengo con la embajada
de volver con la respuesta,
sabe que Anfión, ¡ay, triste!,
a tu ingenio, a tu belleza
rendido, se fía de mí.
Sabe…
Doris
Pues, hay más que sepa
el día que sé que tú
en otro me hablas.
Celauro
Peor fuera
que otro te hablara y no yo
y que tú le respondieras
lo que no responderás
conmigo, Doris, siquiera
por este último riesgo
de los muchos que me cuestas.
¿Ves amarte con recato
tal que aun la menor sospecha
no resultó de la muerte
de Flavio, hermano de Ismenia,
contra ti? ¿Ves la prisión
y destierro en cuya ausencia
a este templo de Diana
tu padre quiso que vengas?
¿Ves al transcurso del tiempo
las estrañas diligencias
que por este puesto hice
por mirarte de más cerca,
en cuyo gobierno todo
ha sido una concurrencia,
en los amores de sustos,
en las armas de tragedias,
hasta verme esclavo? Pues
todo es nada con que venga,
tercero de otros amores,
a decirte…
Doris
Ten la lengua,
no lo digas; que no quiero
verte cometer bajeza
tan ruin como…
Celauro
No lo digas
tampoco tú y considera
que no es decirte que él ama,
decirte que tú agradezcas,
sino que estés advertida.
Doris
Con todo eso nunca adviertas
a tu dama de que hay,
Celauro, otro que la quiera,
que, aunque la voz no oiga, oye
el ruido, como quien llega
a oír música desde lejos
y sin percibir la letra
le suena bien la armonía.
Celauro
¿Luego a ti no te disuena
oír?
Doris
Yo no lo digo; tú
te sacas la consecuencia:
cúlpate a ti y, si no, dime,
necio amante, es… Pero Ismenia
vuelve; quédate por que
hablar a los dos no vea.
Celauro
¿Y qué respondes?
Doris
No sé.
Que de una parte mi queja
y de otra mi amor batallan
y así, por si hicieren treguas,
no dejes de ir esta noche
al jardín por la respuesta.
Vase, y sale Ismenia.
Ismenia
(Aquí está Celauro. ¡Oh, nunca
por esta parte viniera!).
Celauro
(Peor será irme sin hablarla,
ya que esta ocasión me alienta).
Divina Ismenia, aunque sé
que de mi vida te pesa,
también sé que de mi vida
nadie puede sino ella
desenojarte; y así,
por que tú no la aborrezcas,
de mí aborrecida, viene
a ampararse, a tus pies puesta.
La desgracia de tu hermano
sin traición y sin cautela
fue, en igual duelo; la causa
entre los dos tan secreta
que, aunque la espada la dijo,
no la ha de decir la lengua.
Baste saber que no hubo
trance de honor en que deba
lo ilustre de nuestra sangre
dejar el odio en herencia.
Y así humilde te suplico…
Ismenia
No prosigas. Cesa, cesa,
que haberte oído no es estar
atenta, sino suspensa.
Sale Anfión.
Anfión
(No pude alcanzarla, hasta
que Celauro a hablar con ella
llegó; oh, si pudiera oír
escondido entre estas hiedras
si es de mí).
Ismenia
Mas ya cobrada
de la suspensión y atenta
también al osado arrojo,
tirano, de que te atrevas
a haber hablado conmigo
en plática tan ajena
de mi estimación…
Anfión
(Sin duda
que la habló en mi amor).
Ismenia
…es fuerza
que en nueva ira, en nueva rabia,
volcanes el pecho encienda.
¿Cómo es posible, villano
loco y bárbaro, que tengas
atrevimiento de hablarme
en tan odiosa materia
para mí?
Celauro
Como no pude
nunca pensar que lo fuera,
que un noble rendido afecto
que solamente desea
verse en el agrado tuyo
más es obsequio que ofensa.
Anfión
(Bien me disculpa).
Ismenia
¿Qué obsequio?
¿Pensar de mí que yo pueda
domeñar de mi altivez,
de mi sangre, mi nobleza,
mi pundonor y mi duelo
la nunca rendida fuerza?
Celauro
El de persuadirte a que
no hay deidad que no agradezca
verse rogada.
Anfión
(No mal
la persuade; qué fineza
tan de amigo).
Ismenia
Ruego injusto
ninguna deidad le aceta.
Y para que no alterquemos
en demandas y respuestas
tan indignas de mi oído,
en tu vida a hablarme vuelvas
en esto; y vete de aquí,
quítate de mi presencia.
No me fuerces, no me obligues
a que con la espada mesma
que tú…
Celauro
Detente.
Vale a sacar la espada, él la le detiene y sale Anfión.
Anfión
¿Qué es esto?
Celauro
Una cólera que ciega
conmigo; quizá, señor,
contigo estará más cuerda.
Vase.
Anfión
Poca razón, soberana
beldad, cuya primavera
las que en su coturno flores
son en su guirnalda estrellas;
poca razón has tenido
en mostrarte tan severa
contra un afecto que sólo
aspira a que te venera.
Cuanto te ha dicho Celauro
es más de que quien desea
tus piedades no merece
tus rigores, pues si esta
es culpa y viene a ser
la suya y la mía una mesma,
véngate en mí, que sabré
hacer menos resistencia,
pues es lo proprio morir
a tu ira que a tu belleza.
Ismenia
¡Esto sólo le faltaba
a mi ofendida paciencia!
Anfión
Desde el instante primero
que te vi…
Voces
dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra!
Las cajas, y sale Lidoro, soldado primero.
Anfión
Pero ¿qué alboroto es este?
Unos
Mueran todos.
Otros
Nadie muera.
Anfión
¿Qué es esto?
Lidoro
Acude, señor,
a impedir el que sucedan
mil desdichas: la resaca
de la pasada tormenta,
en desatados fragmentos
gente en esas playas echa
derrotada, conque alguna
de la tuya, mal resuelta,
no les da cuartel, bien que otra
los ampara y los alberga;
en cuya desigualdad
opuestos…
Anfión
No me refieras
que hay quien disfame mis armas,
con los rendidos soberbias.
Iré a enmendar el desorden.
Tú entretanto considera
que quien vence sin contrario
–si de ti misma te acuerdas–
no puede decir que vence,
conque tampoco el que llega
a vengarse sin agravio,
podrá decir que se venga.
Vase.
Ismenia
Esto sólo me faltaba
–otra vez a decir vuelva
y otras mil– para apurar
el resto de mi paciencia.
¿No te bastaba, fortuna,
que forzadamente atenta
a conservar, bien lo sabes,
el templo y las vidas nuestras,
tomase la voz de Venus?
¿No te bastaba que, puestas
en esa armada, corriesen
mis esperanzas tormenta,
sino que una vez perdidas,
sobre que dure depuesta
Diana y Venus colocada,
las sinrazones padezca
de que Anfión y Celauro
osadamente se atrevan
el uno a olvidar respetos
y el otro a acordar ofensas?
Pero ¿qué me desconfía?
¡Aquí, cielos, de mí mesma!
No se pierda la venganza,
ya que el socorro se pierda,
que, si la noche me ayuda
–dejando aparte las quejas
de Celauro para otra
ocasión, pues no son de esta–,
verá Anfión de su Venus
todas las pompas deshechas;
Diana, todos sus agravios
vengados; todas mis penas
consoladas, yo; y el mundo
verá que el valor de Ismenia
en los montes de Tesalia
supo hacer su fama eterna.
Salen Lelio y Libia.
Lelio
Libia hermosa, no te asombre
que de amarte me dé gana,
pues ya en Libia de liviana
tienes la mitad del nombre.
Libia
Ay, Lelio, los accidentes
de tan mal bochorno entibia,
que soy Libia y doña Libia
sólo ha engendrado serpientes.
Lelio
Bien se ve, pues, cuando en esta
montaña no hay quien no halle
todo músicas el valle,
todo bailes la floresta
en regocijo de que
la armada desvaneció
Venus y diosa quedó
de Tesalia, en cuya fe
una y otra juventud
celebran con igualdad
las ninfas su libertad,
los ninfos su esclavitud,
sola tú, sorda a mis quejas,
ni me oyes ni me escuchas.
Libia
Aunque son tus quejas muchas,
ya son más las que me dejas.
¿Sorda yo? Loco atrevido.
¿Sorda yo? Tonto, insensato,
necio, simple, mentecato,
grosero y mal advertido.
¿Sorda yo? Siendo yo quien
a sátiros que me llamen,
como lega digo «amen»
en vez de decir «amén».
¿Sorda yo? ¡Qué grosería!
Y en castigo, pues, menguado,
has de mí desconfiado,
ven a hablarme cada día;
verás si soy sorda o no.
Esto, cielos, es volver
por mi honor; y ha de saber
que a cualquiera escucho yo;
porque, como no sea mucha
la parola en que se apoye,
no es sorda la que no oye,
sino aquella que no escucha.
Vase.
Lelio
Qué constancia y qué valor
tan heroico y singular.
¡Oh, qué gran cosa es amar
a damas de pundonor!
Albricias pedir quisiera
a todo el mundo.
Al entrarse, sale Celauro.
Celauro
¿De qué?
Lelio
De que a Libia hablar podré
también yo como cualquiera.
Celauro
Qué necedad.
Lelio
Si lo es
el amar, cúlpate a ti,
pues que de ti lo aprendí.
Celauro
¿Que siempre tan necio estés
que no pueda consolar
–siendo así que otro testigo
ni hay ni puede haber– contigo
siquiera el menor pesar
de tantos como padezco?
Lelio
Pues ¿quién te lo quita?
Celauro
Quien
está siempre loco.
Lelio
Aun bien
que hoy a estar cuerdo me ofrezco.
Cuanto quisieres me di,
que en pago te he de oír atento.
Celauro
¿Qué pago?
Lelio
El neutral contento
de que Libia me oiga a mí.
Celauro
A Doris, ¡qué confusión!,
de parte de Anfión hablé.
Lelio
También yo a Libia; mas fue
de parte de mi afición.
Celauro
Que esta noche la respuesta
en el jardín me daría,
dijo.
Lelio
A mí Libia de día.
Celauro
No sólo mi pena es esta,
que a Ismenia llegué rendido
y también se enfureció.
Lelio
Fuéraste, como hice yo,
sin darte por entendido.
Celauro
Colérica,...
Lelio
Estotra, brava.
Celauro
...no oyó aun mis voces primeras.
Lelio
Llamárasla sorda y vieras
cómo de estilo mudaba.
Celauro
Vete, bárbaro, de aquí,
que sin ti con mi dolor
hablaré a solas mejor,
ya que tan triste nací
que no tengan mis cuidados
con quien hablar de otros modos.
Lelio
Paciencia, señor, que todos
estamos enamorados
y nos hemos de sufrir
sin hallar, si yo me fuera,
ni tú otro que te sirviera
ni yo otro a quien servir.
Vase.
Celauro
De cuantos disfamaron,
obscura noche fría,
tu lóbrega estación, a quien nombraron
émula infausta de la luz del día,
te ha de desagraviar la pena mía,
pues a pesar del sol verás que nombra
mi fortuna su oráculo tu sombra,
alumbrándome en ella,
aun más que todo el sol, sola una estrella
que grata me responda
y más que a nunca ver el sol se esconda.
Duélete, pues, oh, noche, de una vida
de tan contrarios vientos combatida
que a morir o vivir se arroja expuesta
a la equívoca voz de una respuesta.
Y no porque deseo
más vivir que morir, según me veo
a todo prevenido,
sino por fallecer de una vez, pido
a tu deidad que el arrugado velo
con negra tez borre la azul del cielo.
Desciende, pues, y para más obscura,
vístete del color de mi ventura.
Mas, ¡ay!, que necio invoco
a quien mi ruego ha de estimar en poco,
pues, aunque no la ruegue,
de oficio es fuerza que por sí despliegue
el ceño de sus pálidas tinieblas,
conque en este horizonte
ni el valle es verde ya ni pardo el monte.
Bien me parece que acercarme puedo
al templo. ¿Quién llevó valor y miedo
a un tiempo tan iguales?
Mas ¿quién pudo llevar bienes y males
tan a un tiempo tampoco?
La hierba apenas con la planta toco.
¡Oh, qué corbarde pisa una fortuna
siempre infeliz!
Éntrase por una puerta y sale por otra Ismenia.
Ismenia
Si el orbe de la luna
dosel es de Diana,
si la noche, su imperio, y las estrellas
su vasallaje son, no con liviana
satisfación, no con erradas huellas
en su favor me vengo a valer de ellas.
Fúnebre tropa, oh, tú, que vas huida
del sol, tu alta deidad está ofendida.
Yo la ofendí fiada en la esperanza
de que Aristeo la daría venganza.
Deshízose el intento
por la inconstante condición del viento,
no porque Venus, diosa de la espuma,
turbase el mar, cual dije, ni presuma
que han menester sus cóleras violentas
que haya milagros para haber tormentas,
siendo en el puerto, el golfo y en la playa
el milagro mayor que no las haya.
Y pues de mí sin culpa está agraviada,
de mí a mi riesgo se ha de ver vengada;
sed, pues, testigos si la reverencio,
¡oh, noche obscura!, ¡oh, tímido silencio!
En el altar, que pura ostentó honores,
¿la infiel diosa no está de los amores?
Pues si una de él se vio desposeída,
ultrajada y rompida,
véase otra robada
y en términos rompida y ultrajada.
Veamos si al verla desaparecida
el vulgo cree que es darse por vencida,
dejando, como menos soberana,
desocupado el trono de Diana
y dejando también yo al mundo ejemplo
de celo, amor y fe.
Vase, y sale por otra parte Celauro.
Celauro
Pues ya del templo
la puerta abrí, abra ahora la que pasa
al jardín; ruido siento y a la escasa
luz de trémula lámpara, que densa
apenas un crepúsculo dispensa,
a medio viso, como que agoniza,
temiendo, siendo lumbre, ser ceniza,
subir las gradas veo
una mujer; bien lo que dudo creo,
pues creo que llegar al trono pudo
y que pudo quitar la estatua dudo,
no porque no es pequeña,
sino por admirar en qué se empeña.
Con ella carga y hacia el claustro vuelve.
Atienda a ver qué es lo que hacer resuelve.
Sale Ismenia con un ídolo de Venus de color de bronce y pasa atravesando el tablado.
Ismenia
Pues mi fuerza no basta a deshacella,
para que rastro nadie encuentre de ella,
la arrojaré en la sima
en cuyo centro nadie a entrar se anima.
Y pues cerrar no puedo ahora la puerta,
hasta volver, fuerza es dejarla abierta.
Vase.
Celauro
Tras ella iré, mas no, que no quisiera
que otra me viese o que ella me sintiera,
mayormente no yendo
hacia el jardín; ¿y para qué pretendo,
por lo que no me importa,
lo que me importa aventurar perdiendo,
vencida ya la noche, la edad corta
que resta para el día?
Volveré hacia el jardín, ¡ay, Doris mía!,
a saber tu respuesta.
Pero ¿gran flojedad no será o poca
curiosidad que novedad como esta
se quede sin saber? Mas ¿qué me toca?
Bien que no sé qué influjo de mi estrella
más que mi amor me mueve; iré tras ella.
Al entrar él, sale Ismenia y encuéntranse los dos y él se cubre el rostro con una banda.
Ismenia
Cierre agora la puerta.
Mas ¿quién va?
Celauro
No va nadie.
Ismenia
Yo estoy muerta.
Hombre o fantasma o quien eres,
¿cómo aquí, ¡el cielo me valga!,
a estas horas estás?
Celauro
¿Cómo,
mujer o sombra o fantasma,
en este sagrado tú
también a estas horas andas?
Ismenia
Yo en mi casa estoy.
Celauro
Pues yo
en la ajena.
Ismenia
Esa arrogancia,
llamaré quien la castigue.
Celauro
(Cielos, yo conozco esta habla).
Llama norabuena, pero
advierte que si la llamas…
Ismenia
¿Qué?
Celauro
…que llamas de camino
a quien castigue la osada
acción de haber de ese altar
quitado a Venus la estatua,
que todo lo he visto.
Ismenia
(¡Ay, triste!
Que, aunque diga que el llevarla
fue para adornarla, ya
no me es posible sacarla
de donde la eché).
Celauro
¿Enmudeces?
Ismenia
No, porque, cuando (¡qué ansia!)
lo digas, diré también
que su sagrado profanas
y te quitarán la vida.
Celauro
(Ismenia es, si no me engaña
la voz y así he de apurarlo).
Pues calle yo si tú callas
y a Dios, bella Ismenia.
Ismenia
Espera,
que conocida y nombrada
de ti, tengo de saber
también yo, antes que te vayas,
quién va dueño de un secreto
en que me van vida y alma.
Celauro
No lo intentes, porque yo
no he de decirlo.
Ismenia
Repara
que, si el partido es igual
de que calle, pues tú callas,
se desiguala el partido
llevando tú la ventaja
de poder decirlo todo
sin poder yo decir nada.
Y así he de saber quién eres
para quedar resguardada
de mi secreto en el tuyo.
Celauro
Para ese resguardo basta
saber, Ismenia, que soy
noble yo y que tú eres dama
y no has de perder por mí.
Ismenia
Todo eso el temor no salva,
que no asegura que es noble
quien nombre y rostro recata,
y más a una dama a quien
deja mal desconfiada
de su verdad.
Celauro
Quizá es
esto por asegurarla
de que en sabiendo quién soy
no entre en más desconfianza.
Ismenia
Ya esa es enigma que pone
más deseo en apurarla
y no has de irte sin que yo
sepa quién eres. Repara...
Celauro
Tú también que ya la noche
huye vencida del alba.
Y pues a su media luz
es fuerza, si aquí nos hallan,
que ambos secretos se pierdan,
a Dios, a Dios.
Ismenia
Oye, aguarda,
que, aunque se aventure todo,
no he de quedar obligada
a guardar dos vidas yo
sin ver quién una me guarda.
Celauro
¿Dos?
Ismenia
Sí.
Celauro
¿Cuáles son?
Ismenia
La tuya
y la de la que ingrata
te da estos atrevimientos,
conque si tú me restauras
de una culpa, de dos yo
te restauro a ti.
Celauro
Te engañas,
pues con decir que eres tú
vendrás tú a tenerlas ambas.
Ismenia
¿Cómo dices que eres noble
si te defiendes y amparas
ya de vil mentira?
Celauro
Como
quizá es verdad (¡ay, amada
Doris!, esto es prevenir
el que en sospecha no caiga,
si el día dice ser tú
la que en el jardín aguardas).
Ismenia
Ser yo y guardarte de mí
hace tan gran repugnancia
que ella misma te desmiente.
Y así con mayor instancia
me importa saber quién eres.
Celauro
¿Y cómo saberlo aguardas?
Ismenia
Pues me favorece el día,
quitando al rostro la banda.
Descúbrele.
Celauro es, ¡valedme, cielos!
Celauro
¿Ves si bien te aseguraba
que en viéndome habías de entrar
en mayor desconfianza?
Ismenia
(¿Qué haré, cielos? Mas ¿qué puedo
hacer cuando, a la garganta
el agua, todo va a pique,
si no asirme de la espada?).
Celauro, de nuestra diosa
el celo (la voz me falta)
me movió (el labio entorpece)
a que (el aliento desmaya)
viendo perdido (qué pena)
el socorro (qué desgracia),
robase (el corazón tiembla)
de Venus (qué horror) la estatua,
en desagravio (qué ira)
del sacrificio (qué rabia)
de hoy por que fuese (qué injuria)
otro ultraje su venganza.
Conque yo… si… cuando… ¡Ay, triste!
Celauro
Pues ¿de qué es turbación tanta,
si te aseguras con solo
volver la imagen al ara?
Ismenia
Ay, que no puedo, y así,
pues más obliga que agravia
un noble afecto rendido,
mi infelice vida ampara,
que, aborrecida de mí,
llega a ponerse a tus plantas.
Morir es fuerza, si tomas
de mis rencores venganza,
diciendo que por mí vienes
y por mí la imagen falta.
Humilde, pues…
Celauro
No prosigas,
que es nueva especie de infamia
dejar pedir lo que es fuerza
que uno por sí mismo haga.
Yo soy quien soy y te doy,
testigos haciendo a cuantas
deidades contiene el cielo,
la fe, la mano y palabra
de que ni lo uno ni lo otro
jamás de mis labios salga.
Ismenia
En esa confianza… Pero
gente ya en los claustros anda.
Vete, vete, mientras yo,
saliendo al paso, hago espaldas
a tu fuga.
Celauro
A Dios.
Ismenia
A Dios.
(¿Quién, cielos, imaginara…
Celauro
(¿Quién imaginara, cielos, …
Ismenia
…que mis iras…
Celauro
…que mis ansias…
Ismenia
…se hayan convertido en que
de mi enemigo me valga?).
Celauro
…se hayan trocado en que yo
sin ver a Doris me vaya?).
Los Dos
(¡Ay de quien deja honor, vida y alma
pendiente hasta ver si es ventura u desgracia!).
Fin de la segunda jornada.
Jornada Tercera
Salen Ismenia, Doris y Libia y demás ninfas huyendo, y tras ellas Anfión empuñando la daga, Celauro y soldado primero deteniéndole, Lelio y otros.
Unas
Piedad, dioses.
Otras
Favor, cielos.
Celauro
Señor…
Lidoro
Señor…
Anfión
Quita, aparta;
que todas han de morir
a los filos desta daga,
si no me dicen cuál es
la que ha quitado la estatua.
Todas
Ninguna lo sabe.
Anfión
¿Cómo
ninguna, si es cosa clara
que no pudo ser de afuera
el que allí entrase a robarla?
¿Cerrado el templo no estuvo?
Todas
Sí, estuvo.
Anfión
Luego de casa
es la sacrílega aleve
que la tiene y que la guarda,
mayormente cuando veo
entre esa vil tropa ingrata
alguna que contra Venus,
siempre en favor de Diana
se mostró; pero no quiero
que parezca el condenarla
violenta pasión, sino
justicia igual; y así, hasta
que al trono se restituya
y la que fuere, del ara
manche el jaspe, el mármol tiña
y humano holocausto arda,
no han de templarse las iras
de mi furia, de mi rabia;
tanto que, por que una no
pueda escapar de mi saña,
habéis de perecer todas.
Doris
Advierte…
Libia
Mira…
Ismenia
Repara
que suma justicia es sumo
rigor.
Anfión
No me digas nada
(que ya sé que vencerás
si tú del ruego te encargas).
Todas
A tus plantas…
Anfión
Ya otra vez
perdonaron mis hazañas
vuestras vidas: era mía
en aquel trance la causa;
esta no es mía, es de Venus.
Unas
Señor…
Otras
Señor…
Anfión
Retiraldas
–no las vea, no las oiga–
adonde ninguna salga
hasta que entre sí confieran
y me entreguen la culpada,
o mueran todas.
Libia
Aun bien
que yo y Doris la cuartada
probaremos que estuvimos
en el jardín hasta el alba,
de que no habrá tulipán
que no sea testigo.
Vase.
Anfión
Calla.
Celauro
(¡Ay de quien no pudo en él
verla ni ahora disculparla!).
Doris
(¡Ay de quien aquí el indicio
llora y allá la tardanza!).
Vase.
Ismenia
(¡Ay de quien en su enemigo
ha puesto la confianza!).
Vase.
Lelio
(¡Ay de quien se enamoró
sólo para que a su dama
se la pasen a cuchillo!).
Anfión
Celauro.
Celauro
Señor. Los dos aparte.
Anfión
¿Acabas
de oír a una de esas aleves
que ella y Doris hasta el alba
en el jardín estuvieron?
Celauro
Sí, señor.
Anfión
Dime, ¿qué traza
en eso fundar podemos
para que no entre en la airada
pena de todas?
Celauro
¿Qué más
que quererlo tú? (¡Que haya
trance en que pueda en un noble
ser convenencia la infamia
de sus celos!).
Anfión
Yo quisiera
que con industria o con maña
su esención se disimule.
No diga después la fama
que abandonó la justicia
mi interés, pues entre tantas
reservar una es dejar
sabida la circunstancia.
Celauro
Entre dos en un delito
indiciados, si se halla
que uno sólo fue agresor,
piadosas las leyes mandan
(¡oh, quién pudiera templar
de tanto rigor la instancia!)
que se perdonen entrambos,
teniendo por más fundada
razón que el culpado viva,
que no que al suplicio vaya
el no culpado. Esta ley
se ve en la guerra observada,
pues cuando algún motín mueven
muchos o un bando quebrantan
sortean a uno; conque puedes,
puesto que un ejemplo basta
para un delito, mandar
que en una la suerte caiga,
que no ha de ser luego en Doris
tan precisa la desgracia
que caiga en ella; conque
sin nota su vida salvas,
y la opinión de cruel,
dejando a la soberana
providencia de los dioses
el que ellos la elección hagan.
Y dado caso que sea
ella la más desgraciada,
podrás, disponiendo que
se eche llorosa a tus plantas,
fingir tú que la piedad
al enojo se adelanta
y perdonarla.
Anfión
Bien dices.
Lidoro.
Sale Lidoro.
Lidoro
¿Qué es lo que mandas?
Anfión
Mudar consejo el prudente
dicen que es sentencia sabia
y así mi cólera quiero
que suspenda la amenaza
de que todas mueran, siendo
quizá una sola culpada.
Pero para que no quede
el delito sin venganza,
remitiéndome a los dioses
el que vuelvan por su causa,
échese suerte entre todas,
muera la que ellos señalan.
Quéjese de su fortuna,
no de mí; y por que no haya
sospecha de que en mi gente
–que al fin es nación contraria–
hubo maña, fraude u dolo,
asiste, Celauro, a echarla
tú, pues con esto verán
que hay quien justicia las guarda.
(Y oye aparte; si pudieres,
sea dolo, fraude o maña,
hacer la suerte precisa
para que en Doris no caiga,
hazlo así; mira que en Doris
me van amor, vida y alma).
Vase.
Celauro
(¡Cielos! ¿A quién se ha pedido
que dé la vida a su dama
sino a mí? Pero ¿a quién, cielos,
se ha pedido que el guardarla
sea para verla ajena?).
Lidoro
Venid, pues Anfión lo manda,
a ser testigo de cuanto
regularmente se trata
esta acción entre nosotros.
Vase.
Celauro
¿Quién se vio en confusión tanta,
persona que hace y padece?
Pues si a Doris -¡pena estraña!-
no toca la suerte, es fuerza
que Anfión del poder se valga
contra mi amor; si la toca,
es fuerza también que haga
mérito de la fineza
que ha de hacer en perdonarla,
de suerte que contra mí
resulta, salga o no salga,
ser desgraciada la dicha
u dichosa la desgracia,
sin que para uno ni otro
pueda servirme de nada
el que sepa yo quién es
quien tanto escándalo causa.
Vase.
Lelio
Aquí entro yo, Fortunilla,
siempre fiera, siempre infausta,
siempre necia, siempre loca,
y siempre… A decir «borracha»
iba, pero no mereces
verte en dignidad tan alta.
¿Qué será de mí, ¡ay de mí!,
si a Libia la suerte alcanza,
o no la alcanza la suerte?,
cuando de lo uno se saca
que, si no hace caso de ella,
no es persona de importancia,
y sobre mal empleado,
perderé dicha tan rara
como ver en vivo fuego
hecha polvos a mi dama;
y en lo otro, que si hace caso,
perderé también la gana
que tengo de verla mía
para matarla a patadas,
que es el último desquite
que tienen los que se casan,
conque, salga o no, es preciso
que diga…
Sale Libia.
Libia
A los cielos gracias,
que ya me libré del susto.
Lelio
¿Qué es eso, Libia?
Libia
Que echada
la suerte, escapé por dicha.
Lelio
¿Y en quién cayó la desgracia?
Libia
Hasta agora no lo sé,
porque todavía se andan
brujuleando las que quedan.
Lelio
¿Y cómo saberlo aguardan?
Libia
Echáronse en una urna
muchas cedulillas blancas
y una escrita que decía:
«Esta es la desdichada».
Después que se barajaron
por que no haya engaño o trampa
ni nadie pueda quejarse
sino de sí misma, mandan
que cada una por su mano
sacando una suerte vaya,
hasta que la que sacare
la escrita, en la pena caiga.
Llegué yo, saqué la mía,
salí en blanco –aunque no en blanca
mano, que también hay duelo
que negras manos no agravian–
conque, ya libre, escapar
pude, dando al cielo gracias
de haber salido del susto.
Lelio
Yo también, Libia, que estaba
pendiente el alma de un hilo
si hacen calcetas las almas.
Libia
Ismenia por aquí viene
libre también.
Sale Ismenia.
Ismenia
(¡Cuánto engañas,
oh, fortuna, a quien previno
su oráculo en tus mudanzas!
Dígalo yo, pues que siendo
yo la cómplice, me sacas
libre del peligro y dejas
en el peligro empeñada
a la que inocente diga…)
Doris
dentro
No era menester que hablaras,
suerte, para decir que
yo soy la más desdichada.
Ismenia
La voz de Doris es esta.
¡Qué dolor!
Unos
dentro
¡Qué pena!
Libia
¡Qué ansia!
Lelio
¡Pobre Celauro! ¿Quién te hizo
testigo de tu desgracia?
Ismenia
¿Qué le va a Celauro en eso?
Lelio
No le va, señora, nada,
que antes le viene gran pena.
Ismenia
¿Por qué?
Lelio
¿Qué sé yo? (Mal haya
mi lengua).
Libia
Amén.
Ismenia
Pues yo tengo
de saberlo.
Libia
(Infame, ¡calla!).
Hace señas Libia a Lelio de que calle y Ismenia repara en ellas.
Ismenia
¿Qué señas son esas, Libia?
Libia
¿Yo, señas?
Ismenia
Prosigue, habla;
di, ¿por qué?
Lelio
Porque se tienen
simpatía las dos casas
desde que un abuelo suyo,
saliendo de una batalla
vitorioso, a un lauro dijo:
«¡Ce lauro!». Los que allí estaban,
viendo que el lauro se hacía
sordo, dijeron: «¿Qué aguardas
para que sus sienes dores?»,
con que se hizo la alianza
de los Celauros de Armenia
con los Doris de Tesalia,
y así sentirá ser Doris
la infeliz; esta es la causa,
y por si fuere otra, voy
con tu licencia a buscarla.
Vase.
Ismenia
Libia, las locuras de éste
y tus señas me declaran
que hay algún secreto en esto
que te obliga a que le hagas
callar, forzándole a que
diga necedades tantas.
Libia
Yo no sé nada, señora.
Ismenia
Doris, ya la suerte echada,
ha de morir; mejor soy,
Libia, si bien lo reparas,
viva yo, que muerta ella,
para amiga.
Libia
No sé nada.
Ismenia
Mira que me importa más
que piensas, el que yo salga
de una duda.
Libia
No porfíes:
que no diré, sí me matas,
que a Doris Celauro adora,
que a Celauro Doris ama
y que por que él no lo diga,
quitándome a mí la gana
que tenía de decirlo,
según reventando estaba,
le decía que callase.
Ismenia
¿Qué me dices?
Libia
Lo que pasa.
Ismenia
¿Celauro a Doris?
Libia
Por señas
que el quedarse desmayada
una noche, fue creyendo
que muerto Celauro estaba,
y por señas de que anoche,
como ya dije, hasta el alba
en el jardín esperando
estuvimos a que entrara,
como suele, por el templo,
y no entró.
Ismenia
Ya eso me basta
para salir de una duda
y entrar en muchas. (Tirana
fortuna, ¿a qué más estremo
pudo llegar tu inconstancia,
que hacer dueño de un secreto
a un hombre en que es fuerza que haya
de dar vida a su enemiga
u ver dar muerte a su dama?
En grande peligro, cielos,
estoy).
Libia
Doris, mal hallada
con su suerte, como muchas;
Celauro con su esperanza,
como muchos, mal contento,
sin hablarse una palabra,
enternecidos los dos,
solos han quedado.
Ismenia
No hagas
reparo en ellos y ven
conmigo por otra estancia,
que hay mucho, Libia, en que hablemos
las dos.
Vase.
Libia
Oh, quiera doña Ana
o doña Venus –que a mí
basta cualquiera– no salga
desta junta un nuevo amor
de que ser yo secretaria.
Vase.
Salen Doris y Celauro.
Doris
Más siento, Celauro, verte
las lágrimas en los ojos
que todos cuantos enojos
me pudo acarrear la suerte.
No te enternezca mi muerte;
que yo desde anoche puedo
decir que la perdí el miedo;
que el día que tu amor me olvida
¿para qué quiero la vida?
Celauro
¡Ay, Doris!, tan sin mí quedo
al mirarte que no sé
qué responder a esa queja.
Y pues entender se deja
que libre un punto no esté
quien prisionero se ve,
culpa a Anfión y no a mí;
él me detuvo y así
(¡quién hablar claro pudiera!)
no ser justo considera
que un forzoso acaso aquí
se sienta cuando tenemos
tantas cosas que sentir.
Doris
¿Quién te ha dicho que el morir
trae más sensibles estremos
que el presumir que nos vemos
olvidadas las mujeres?
Y si consolarme quieres,
pues es lo más que he sentido,
consuélame de tu olvido
y a Dios.
Celauro
No llores, que no eres
tú quien muere, sino yo;
ni la olvidada tampoco,
sino yo también, que loco
de celos moriré.
Doris
No
sé que hasta hoy ninguno vio
que celos quien muere dé.
Celauro
Ni yo tampoco lo sé.
Mas sé que tú vivirás
y yo moriré.
Doris
¿En qué vas
fundando ese trueco?
Celauro
En que
es más infeliz mi suerte
que la tuya; bien mostrando
lo está el que yo viva cuando
tú estás condenada a muerte.
Yo fui quien a Anfión di, advierte,
medio con que darte pueda
la vida cuando suceda
el caer la suerte en ti.
Ya sucedió; mira si
causa de morir me queda,
pues, de Anfión adorada
y de mí, Doris, perdida,
siendo quien pone tu vida
a su fineza obligada,
fuerza es tenerte mudada,
que, aunque movió la cuestión
ciega desesperación
de cuándo daría más pena,
muerta una dama o ajena,
es tan fina mi pasión
que ella el modo le advirtió
con que de él vida recibas,
que a precio de que tú vivas,
¿qué importa que muera yo?
No me lo agradezcas, no,
y pues el modo ha de ser
darte lugar de poder
llegar a sus pies rendida,
triste, llorosa, afligida
para dar él a entender
que tu llanto le ha movido,
Doris, y no su pasión,
a que te otorgue el perdón,
que te consueles te pido,
pues la suerte no ha caído
de morir tú, sino yo.
Doris
No desconfíes; que no
porque mi vida le pida
y de él sea concedida,
podré yo disponer della,
supuesto que ya mi estrella
te hizo dueño de mi vida.
Vivamos pues y esperemos,
tú en amar, yo en resistir.
Celauro
¿Quién te ha dicho que es vivir,
vivir entre dos estremos
tales?
Doris
Pues si en ambos vemos
que tu vida amenazó
que yo la pida o que no,
¿para qué la he de pedir?
Que habiendo tú de morir,
¿para qué he de vivir yo?
Y así el medio que buscaste
contra mi estrella cruel,
no habiendo yo de usar de él,
presume que no le hallaste
y que no me ofenda baste,
que ¿quién finezas llevó
de otro a su dama?
Celauro
Quien vio
que su dama a morir iba
y a precio de que ella viva,
¿qué importa que muera yo?
Doris
Pues si esto no basta, advierte
otra razón tú.
Salen soldados y échanle un velo negro en los ojos y llévanla como presa.
Lidoro
Llegad
y un velo al rostro la echad
en fe de que es la que a muerte…
Celauro
¡Duro trance!
Doris
¡Pena fuerte!
Lidoro
…lleva el hado destinada.
Y venid por que adornada
de lutos pueda llegar
donde entre pira y altar
ha de ser sacrificada.
Celauro
Lidoro, escucha.
Lidoro
¿Qué quieres?
Celauro
Orden tengo de Anfión
para que en esa ocasión,
cuando cercano le vieres,
la dejes como pudieres,
sin nota, echarse a sus pies.
Lidoro
Lo mismo, Celauro, es
lo que me ha ordenado a mí
cuando noticia le di
de que Doris era.
Vase.
Celauro
Pues
hazlo así. (¡Quién, cielos, vio…!
Mas deje la queja esquiva,
que a precio de que ella viva,
¿qué importa que muera yo?).
Sale Anfión.
Anfión
Celauro, pues ya llegó
el caso que prevenimos
cuando los dos discurrimos
en dar vida a Doris bella
si la suerte caía en ella,
obremos lo que dijimos.
Ven al templo, donde creo
que el riesgo me ha estado bien,
si, obligando su desdén,
agradecida la veo
en favor de mi deseo.
Celauro
¿Quién dudará que lo esté
si tan gran fineza ve
que obra por ella tu amor?
Que dar la vida, señor,
ninguna dádiva sé
que pueda igualarla.
Anfión
A ti
te la debo yo, pues fuiste
el que el arbitrio me diste.
Celauro
(Mejor dijeras que fui
el que le dio contra sí.
Pero no, que bien obró
en lo que dijo y calló
mi siempre opinión altiva.
Y a precio de que ella viva,
¿qué importa que muera yo?)
Mas ¿qué es esto?.
Dentro cajas destempladas y sale Lelio.
Lelio
Que, arrastrando
negros lutos, y después
al compás de destempladas
cajas ir Doris se ve,
si no por su pie a la pila,
a la pira por su pie.
Anfión
Salgamos, Celauro, al paso
para que pueda más bien
Lidoro hacer la deshecha
como yo se lo mandé
y tú preveniste.
Celauro
(¡Ay, triste!
Que lo que previne fue,
por ser con ella piadoso,
el ser conmigo cruel).
La caja y algún ruido dentro.
Doris
Soltad, tiranos.
Sale Lidoro, soldado primero.
Lidoro
Tenelda
antes que a vista del rey
pueda llegar.
Anfión
¿Qué es aquello?
Lidoro
Que del militar tropel
que la lleva, desasida,
sin que la impida el no ver
por transparente el cendal,
al descubrirte, y sin que
los que la cercan la puedan
resistir ni detener,
hacia aquí viene, señor.
Salen algunos soldados como deteniendo a Doris.
Doris
No es eso sólo.
Anfión
Pues ¿qué es?
Doris
Querer los cielos que tome
el sagrado de tus pies,
facilitándome el paso,
compadecidos de ver
que muero inocente.
Anfión
El llanto
suspende, la voz detén,
que yo no pude hacer más
que haber hecho al cielo juez,
puesta tu suerte en tu mano.
Llevalda, llevalda pues.
(Dime, Celauro, si finjo
bien la deshecha).
Celauro
(Y muy bien).
Doris
Ya que no por infeliz,
permíteme por mujer
que pueda decirte, ¿cuándo,
señor, dio fuerza de ley
a la suerte el que prudente
supo en sus mudanzas ver
que ceños de la fortuna,
contra la razón tal vez,
por salir con su dictamen
suelen votar al revés?
¿Al condicional acaso
de un mal doblado papel,
que yo misma le elegí
sin saber lo que había en él,
se ha de dar crédito? ¿Más
que a la lástima de quien
en su abono hace testigo
a todo el cielo también
de que no cometió el robo?
Y en cuanto, señor, a haber
puesto mi suerte en mi mano,
¿qué prueba contra mí? Pues
antes prueba en mi favor
que en mano de una mujer,
desdichada antes, no es mucho
prosiga el serlo después.
Y cuando…
Anfión
No más. De aquí
la llevad.
Al soldado.
(No la llevéis).
A Celauro.
(Dila tú que ruegue más).
Celauro
(A mi pesar lo diré).
Prosigue (pues mi pesar,
viviendo tú, es mi placer).
Doris
Señor, si yo…
Anfión
Baste, baste.
Doris
¿La espalda vuelves? Mas ¿qué
me aflige? Que todo es rostro,
y no tiene espalda el rey.
Sale Ismenia.
Ismenia
(Aunque aventure el quedar
obligada a agradecer
lo que haga por mí, sabiendo
que Anfión me quiere bien,
algo he de hacer por Celauro;
que más es lo que hace él
en guardar contra su dama
mi secreto). Si a tus pies
un ruego más, ya que no
mérito haga, puede hacer
número, a ellos te suplico…
Anfión
(¿Qué es lo que mis ojos ven?
¿No es ésta la que yo adoro?).
Ismenia
…que ya que a lograr llegué
la primera vez tu agrado,
le logre segunda vez,
que en ánimos generosos,
dignos de eterno laurel,
es de una merced el fin
principio de otra merced.
Si por mí vivieron todas
cuando a Venus aclamé,
supuesto que no se sabe
que ella la agresora es,
no por un acaso deje
de vivir Doris también.
Su vida en nombre de todas
te pido humilde.
Anfión
(No sé
lo que me sucede, cielos.
¿Si son dos de un parecer?
Entre la noche y el día
confuso me llego a ver.
Allí el nombre todo es sombras.
Aquí todo es rosicler
el semblante; mas si es sol,
¿qué mucho a desvanecer
la oposición de la niebla
se venga la luz tras él?
¿A cuál creeré de las dos?
Pero ¿qué lo dudo, qué,
si tan cerca el desengaño
está?). Ese velo corred
al rostro de esa infelice.
Celauro
Esto es, llegándola a ver,
honestar lo compasivo.
Anfión
¡Qué miro! ¿Tú no eres quien,
osadamente soberbia
y atrevidamente infiel,
contra Venus a Diana
disculpaste? Mira si es
acaso el haber caído
la suerte en ti o si es haber
concurrido todo el cielo
de tu fortuna al desdén.
Él te condena, no yo,
que su claro azul dosel,
que espejo es de la verdad,
no había de empañar la tez
en la inocencia, pudiendo
en la malicia más bien.
Y pues que no es suerte ya,
sino justicia la que
te condena, convencida
en que otra no pudo ser
la que intentase aplacar
de Diana el ceño, volved,
volved a cubrirla el rostro
y llevalda donde dé
la vida en aras de Venus;
que, aunque en el altar no esté,
verá que está en el altar
a la que le robó de él.
Tú perdona no otorgarte
lo que me pides; yo haré
otras finezas por ti.
Celauro
(Advierte, señor, que es
ya ese mucho fingir; puesto
que has de perdonarla, ¿qué
esperas?).
Anfión
(¿Quién, di, tirano
ingrato a mi buena ley,
te dijo que esto es fingir
ni que la perdonaré,
si, en lugar de la que adoro,
me pone tu falsa fe
la que aborrezco a los ojos?).
Celauro
(Pues ésta, señor, ¿no es
la que tú me señalaste,
cuando, volviéndola a ver,
la ofrenda en sus manos vi?).
Anfión
(Cuando eso llegase a ser,
error que ya yo imagino
cómo pudo suceder,
¿cómo de mi parte hablabas
a esotra, cuando después
la decías que pagase
un rendimiento cortés
y ella, ofendida, a tu espada
acometió y yo llegué
a embarazar su furor?).
Celauro
(Advierte que eso no fue
hablar yo de parte tuya
a Ismenia, señor, porque
eso fue de parte mía
en orden a merecer
su desenojo).
Anfión
(¡Eso más!
Sólo falta que me des
celos ahora).
Celauro
(No es materia
de celos ésta; que, aunque
a Ismenia, que es esa, adoro,
es a fin…)
Anfión
(La voz detén,
que a ningún fin ni a mirarla
tú por ti te has de atrever.
Y pues este es duelo para
averiguado después,
quitadme ahora de delante
esa alevosa, esa infiel.
Y cuando por delincuente
no muera, muera por ser
aborrecida).
Celauro
(Fortuna,
¿habrá amante padecer
a quien, quitados los celos,
le dejen la pena en pie?).
Detiene Lidoro, el soldado primero, a los otros.
Lidoro
(Todo esto es fingido; no
a retirarla lleguéis,
aunque él lo mande).
Anfión
A Ismenia. (Oye tú
disculpas de no poder
ahora obedecerte).
Celauro
(¡Cielos!
¿Qué es lo que aquí debo hacer?
Dejar que inocente muera
Doris, a quien amo, es
cruel dolor; guardar su vida,
contra la palabra y fe
que a Ismenia jurada di,
también es dolor cruel,
y tan contrarios que uno
de amor mira el interés,
de honor el interés otro.
Por ser amante, ¿he de ser
ruin? No; mas por no ser ruin,
¿no he de ser amante? ¡Oh, quién
hallara medio! No hay otro
sino el que ya imaginé.
¿Anfión no perdonaba
a Doris bella al creer
que era la que amaba? Luego
ha de perdonar también
a Ismenia, en viendo que Ismenia
es la delincuente; pues
si no aventuro su vida,
¿qué importan palabra y fe?
Mas, ¡ay de mí!, mucho importan;
que, aunque no llegue a perder
la vida ella, pierdo yo
la opinión. ¿Qué hombre de bien
dijo nunca criminal
dicho contra una mujer?
¡Yo delator de una dama!
Aun cuando no hubiera ley
de fe y palabra, eso no,
que, aunque ella viva por él
después, ya yo habré hecho antes
la infamia y no me está bien
ser mía antes la infamia y suya
la fineza de después.
Pues medio ha de haber, fortuna,
y glorioso éste ha de ser,
que yo…)
Anfión
Espera. ¿Todavía
ahí esa fiera os tenéis?
Lidoro
Como me mandaste…
Anfión
Ya
no es tiempo. Llevalda pues,
quitádmela de delante.
Celauro
Esperad, no la llevéis,
que no merece morir.
Anfión
¿Por qué, tirano?
Celauro
Porque
ella no robó la estatua,
que yo quién la robó sé.
Ismenia
(¡Ay, infelice de mí!
Mas ¿qué me espanto de ver
que por dar vida a su dama
a mí la muerte me dé,
y más siendo su enemiga?).
Anfión
¿Tú lo sabes?
Celauro
Sí.
Anfión
Bien ves
si eres traidor, pues que tratas
mis favores con doblez.
¿Cómo, sabiéndolo, hasta ahora
callaste?
Celauro
Como pensé
que nunca llegara a tanto
estremo como perder
nadie la vida; mas viendo
que es forzoso, mejor es
que muera quien cometió
el delito que no quien
no le cometió.
Ismenia
(¡Ay de mí!).
Anfión
Pues ¿qué aguardas? Dilo pues,
di quién le cometió.
Celauro
Yo,...
Doris
(¡Qué oigo!).
Ismenia
(¡Qué escucho!).
Celauro
...que, al ver
cuán mi opuesta Venus fue,
disponiendo contra mí
la batalla que perdí,
la prisión en que quedé,
no pudiendo mi dolor
vengar inmediato en ella,
le vengué en su imagen bella.
Yo soy, pues, el agresor
que, ultrajando su deidad,
de sus aras la robé.
Yo, el que deslucí y ajé
la pompa y la vanidad
del sacrificio que había
hecho Doris; que esto fue
en lo que me equivoqué.
Y pues es la culpa mía
y suyo el obsequio, en mí
venga el delito, no en ella;
que temo que su querella
clame al cielo, siendo así
que de un pecho noble y fiel
mejor es diga la fama
que murió por una dama,
que no una dama por él.
Ismenia
(Qué generosa hidalguía,
por no romper mi secreto
condenarse a sí).
Doris
(¡Qué afecto
tan hijo de su osadía;
pero no le ha de valer;
haya pues en mi nobleza
fineza contra fineza!).
Anfión
No sé qué te responder,
sino que, pues despechado
sin temor mío te ofreces
a la muerte que mereces
quizá en mi amor confiado,
no ha de valerte el favor,
si en él tu esperanza estriba.
Muera él y Doris viva.
Celauro
(Eso pretende mi amor
el día que sé que sin mí,
no siendo ella la querida,
queda de ti aborrecida).
Anfión
Cubrilde el rostro y de aquí
al ara en que ha de morir
le llevad. ¿Qué esperáis, pues?
Doris
No le llevéis; que no es
él el que debe morir,
pues no cometió el delito.
Ismenia
(Él, que yo fui la contó).
Anfión
Pues ¿quién le cometió?
Doris
Yo,
que, viendo que solicito
con mis razones en vano
volver por Diana bella
y que en el sacro altar della
pudo tu rigor tirano
forzarme a sacrificar
a Venus, desesperada
la robé por que vengada
quedase en su mismo altar.
Celauro, que, enamorado
–perdone aquí mi altivez–
desde mi primer niñez
me amó, viendo el triste estado
a que mi suerte me guía,
por que su fineza arguya,
pretende hacer que sea suya
la culpa que solo es mía.
Y así, ya que cometí
yo el delito, pague yo
el castigo, pues él no
le ha merecido y yo sí.
Celauro
¿Cómo es posible creer
que ella robarla pudiese
y, siendo bronce, tuviese
tanta fuerza una mujer
que del altar la quitase?
Doris
¿Cómo es posible también
que hubiese de noche quien
cerrado en el templo entrase?
Celauro
A esa duda satisface
dar por testigo y ejemplo
esta llave que del templo
a todas las puertas hace.
Doris
Yo en fin…
Celauro
Yo en fin…
Anfión
Oye, aguarda,
que es sobrada mi paciencia
sin llegar a una esperiencia
que ha mucho rato que tarda,
y que uno por otro quiere
morir y que en duda está
la fineza, cumplirá
el que la estatua me diere
su deseo.
Doris
(¡Qué crueldad!).
Celauro
(¡Quién hubiera visto dónde
fue donde Ismenia la esconde!).
Anfión
¿Cuál de ambos la tiene? Hablad.
Celauro
Yo no te la puedo dar.
Doris
Ni yo entregarla podré.
Celauro
Porque yo al fuego la eché.
Doris
Porque yo la arrojé al mar.
Ismenia
(¿Que aquesto suceda, ¡ay, Dios!,
por lo que yo cometí?).
Anfión
Pues si uno es cómplice aquí
y otro miente de los dos,
que entrambos mueran ni es ira
ni es despecho ni es crueldad,
el uno por la verdad
y el otro por la mentira.
Llevaldos, pues, sin oír
réplicas, ¿qué os detenéis?
Ismenia
Esperad, no los llevéis;
que no merece morir
ni uno ni otro.
Anfión
¿Cómo no?
Ismenia
Como ellos no ejecutaron
la culpa que confesaron.
Anfión
Pues ¿quién la ejecutó?
Ismenia
Yo,
yo, que, siendo de Diana
–molesto a nadie parezca
recopilar cabos, cuando
irlos recogiendo es fuerza–
yo, que, siendo de Diana
la más fina, más afecta
sacerdotisa, la voz
de Venus tomé en su ofensa,
en esperanza de que
a vengarla Aristeo venga,
cuya facción frustró el fiero
huracán de la tormenta,
de lo que contra ella dije,
dispuse satisfacerla;
y así, hollando de la noche
las obscuras sombras densas,
entré al templo y del altar,
tímidamente soberbia,
quité la imagen, a tiempo
que con esa llave maestra
–para que no haya testigo
que no sirva en su defensa–
al templo Celauro entró
–si fue o no por Doris bella,
cállelo mi lengua, puesto
que ya lo ha dicho su lengua–.
Cogiome el hurto en las manos
y con ser las casas nuestras
siempre enemigas a causa
de alguna casual tragedia
que dio ocasión para que
desenojarme pretenda
–porque aun esto no se quede
sin desvanecer sospechas
de verme empuñar su espada–
y con ser, a decir vuelva,
yo su mayor enemiga,
es tan grande su nobleza
que, cumpliendo fe y palabra
de que ninguno de él sepa
que fui la agresora yo,
se deja morir y deja
que muera con él su dama.
Pues siendo esto así y que a ella,
por desdichada, la suerte
tocó y que él por defenderla
y defenderme se acusa,
¿cómo es posible que pueda
dejar mi valor de entrar
en tan noble competencia?
Contra la fineza que él
por Doris hace, ¿no intenta
hacer la fineza Doris
de volver contra sí mesma
la acusación del delito
que no cometió? Pues vea
el mundo que entre Celauro
y Doris, también Ismenia
tiene valor para hacer
fineza contra fineza.
Yo fui quien robó la estatua
y, pues tu última sentencia
fue que el que te la entregare
haya de ser el que muera,
muera yo, pues yo seré
quien te la entregue por ella.
Ven, sabrás adónde está.
Vase.
Anfión
Oye, aguarda, escucha, espera.
Seguilda todos y en tanto
la ejecución se suspenda.
(¡Cielos! ¿Qué he de hacer si es
que es la delincuente Ismenia?).
Doris
Vamos, Celauro, a saber
si nuestra ventura es cierta.
Celauro
¿No has oído que yo sé
que lo es?
Doris
Sí. Mas ¿quién creyera
que contra ti y contra mí
lo callaras?
Celauro
Quien supiera
lo que fe, mano y palabra
dada de hombre noble fuerza,
y más a una dama.
Vanse.
Libia
Lelio,
dime en Dios y en tu conciencia,
¿has reparado en cuán muda
he estado más de hora y media
sin hablar una palabra?
Lelio
No; que hube menester esa
admiración para mí,
que callé casi las mesmas.
Libia
Pues desquitémonos; ¿viste
jamás porfía tan necia
como andarse estos menguados
matándose sobre apuesta?
Lelio
Primores son de amor.
Libia
Yo
bien sé que no me muriera
por tus pedazos.
Lelio
Yo sí,
por verte pedazos hecha,
me muriera por los tuyos.
Y dejando esta materia,
¿dónde van y dónde vamos
tras ellos?
Libia
Hacia unas peñas
que en lo apartado del parque
se incorporan con la cerca.
Pero mira cómo pisas
por aquí, que hay unas cuevas
cuyas bocas por encima
brozas cubren y están llenas
abajo de escuerzos, sapos,
lagartos y de culebras.
Lelio
¿Luego ya son tres las Libias?
Libia
¿Qué tres?
Lelio
África, tú y ella.
Libia
Desdichado del que caiga
en una.
Éntranse los dos por una parte y abriéndose un escotillón en medio del tablado, salen todos por otra parte.
Ismenia
Esta es la funesta
sima donde la arrojé.
Manda que alguien baje a ella;
verás si, hallada, soy yo
la que merece que muera
más por el ultraje que
por el hurto.
Anfión
¿Quién pudiera
hacer que no hubieses sido
tú de tan pública ofensa
la agresora?
Ismenia
No sería
tan noble la recompensa
de la fineza que hizo
Celauro por mí, si fuera
menos restada la mía
que verme a morir espuesta.
Manda, pues, que alguno baje
y saque la estatua de esa
pavorosa horrible boca.
Anfión
¿Quién ha de haber que se atreva?
Celauro
Yo; mas será a no sacarla
por que contra mí se vuelva
a quedar la presunción,
y vivan Doris y Ismenia.
Anfión
Detente; que es tarde ya
para andar fino con ellas.
Busca, Lidoro, un esclavo,
u hombre vil, que, aunque perezca,
no importe.
Lidoro
El que menos monta
de cuantos aquí se encuentran
es éste.
Lelio
Mire vusted
que no ha hecho muy bien la cuenta,
que hoy soy lacayo y hoy
montan mucho, pues apenas
manda el amo que el caballo
lleve a casa de la rienda
cuando no sólo le monta,
pero le mata a carreras.
Anfión
Con una cuerda le atad
y echalde abajo.
Lelio
Que adviertas
te suplico que esto más
es cordelejo que cuerda.
Átanle.
Unos
Vaya abajo.
Otros
Abajo vaya.
Lelio
Libia, a Dios.
Libia
Ve norabuena,
que apenas saldrás mordido
de sabandijas tan fieras
cuando me enamore de otro
para que de mí se sepa
que también supe yo hacer…
Al hacer que le arrojan, suena música dentro y todos se suspenden.
Música
Finezas contra finezas,
mas la madre del Amor
que las castiga, las premia.
Unos
¡Qué prodigio!
Otros
¡Qué portento!
Ismenia
Dentro de la sima suenan
dulces acentos.
Celauro
El aire
sonoras músicas pueblan.
Doris
No hay eco que no publique
sus blandas cláusulas tiernas.
Anfión
Oíd, por si repite que…
Música
Finezas contra finezas,
mas la madre del Amor
que las castiga, las premia.
Todos
Sagrados, divinos dioses,
¿qué es esto?
Sale por el escotillón Cupido con la estatua en brazos.
Cupido
Que Venus bella,
a los ruegos de Cupido,
ha remitido su queja;
que, viendo cuanto resulta
en triunfo mío su ofensa
logrando en Celauro y Doris
tan amante competencia,
quiere que os la restituya
el mismo Amor; conque Ismenia,
pues su fineza no fue
de amor, sino de nobleza,
sea la víctima que ellos
habían de ser y se vea
que castiga insultos cuando…
Música
…finezas contra finezas,
mas la madre del Amor
que las castiga, las premia.
Ismenia
Muera yo, pues sola yo
la culpada fui.
Anfión
Oye, espera,
que, si en finezas de amor
Venus sus enojos templa,
finezas de amor te alcanzan
que de la muerte te absuelvan.
Cupido
¿Qué finezas?
Anfión
Perdonarla
yo, que soy quien más desea
que en Tesalia Venus triunfe
por laurel de mis empresas
y timbre de mis hazañas.
Conque, aunque su agravio sienta,
ya es triunfo de amor vencerme
yo a mí mismo; de manera
que es justo verse en mí el que…
Él Y Música
…finezas contra finezas,
mas la madre del Amor
que las castiga, las premia.
Cupido
Convencida de su parte
te perdono yo con que ella
te dé la mano de esposa.
Ismenia
De esclava, a sus plantas puesta,
siendo quien, ya no fingida,
la imagen al altar vuelva,
acompañándome todos
con música, baile y fiesta.
Celauro
Dame tú la mano, Doris.
Doris
Mi amor tal dicha merezca.
Libia
Lelio, venga acá esa mano.
Lelio
No haberme librado fuera,
de echarme a las sabandijas.
Todos
Vaya de música y fiesta,
repitiendo todos que…
Todos Y Música
…finezas contra finezas,
mas la madre del Amor
que las castiga, las premia.
Fin de la comedia.
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