¿Cuál Es Mayor Perfección, Hermosura O Discreción?
Comedia Famosa
Personas que hablan en ella.
- DOÑA BEATRIZ, dama
- DOÑA ÁNGELA, dama
- DOÑA LEONOR, dama
- JUANA, criada
- ISABEL, criada
- INÉS, criada
- DON FÉLIX, galán
- DON ANTONIO, galán
- DON ALONSO, viejo
- DON LUIS, galán
- ROQUE, gracioso
- UN ESCUDERO
Primera Jornada
Salen don Félix y Leonor y Inés.
Félix
Famosa tarde tendrás.
Leonor
Bien confieso que lo fuera,
si yo de gusto estuviera.
Félix
Pues ¿qué tienes?
Leonor
No sé más
de la necia pasión mía
de que lo que, en su estrañeza,
con causa fuera tristeza
sin ella es melancolía.
Mas tú, ¿qué noticias tienes
para pensar que será
buena o no la tarde?
Félix
Ya
que la disculpa previenes
de darme por entendido
de quién las visitas son
que esperas –pues la objeción
con preguntarlo has vencido
de que contigo, Leonor,
hable en esto y más si es llano
que un acaso cortesano
no es escrúpulo de honor
que no se pueda decir
a una hermana–, oye y sabrás
en qué fundo que hoy tendrás
bien en qué te divertir.
A la puente segoviana,
día del Ángel, con todos
–que para fiesta en Madrid
basta verse unos a otros–
en el coche –que esta tarde,
a causa de tus penosos
accidentes, no queriendo
gozar de sus desahogos,
me le prestaste; que en casa
donde hay damas es notorio
que a los hombres tales días
aun son prestados los propios–
con dos amigos, don Luis
de Mendoza y don Antonio
de Ayala –que son con quien
más en Madrid me confronto,
por su gran ingenio al uno,
por su buen humor al otro–,
salí, añadiendo al concurso,
ya que no pude un adorno,
un número que sirviese,
si no de lustre, de estorbo.
Dígalo el efecto, pues
embarcados en el golfo
de tantas terreras velas
como le surcan en corso,
doblando el cabo a la puente,
hubimos de tomar fondo
en el estrecho que hace
su piélago más angosto,
al tiempo que de la guarda
el orgullo presuroso
hacía a los Reyes calle;
conque fue, Leonor, forzoso
que el coche y el de dos damas,
si a la metáfora torno,
hubiesen de zozobrar
entre aquellos dos escollos
de la calzada que baja
a la Tela; en cuyo abordo,
los dos coches enredados
con la prisa de los otros
–si ya no con la porfía
de los cocheros, que sólo
su honra está en cuál rompe más
aleros y guardapolvos–
bajaron hasta lo llano,
donde en los bajos de un hoyo
dejó el nuestro al de las damas
un eje a la rueda roto.
Si se cae o no se cae
quedó, a tiempo que nosotros,
arrojándonos del nuestro,
acudimos presurosos.
La cortina, que hasta allí
en recatados embozos
a media luz brujuleaba
las personas sin los rostros,
franqueada en el fracaso,
dio lugar a que dichoso
notase de una hermosura
el más apacible asombro.
En mi vida, hermana, vi...
Perdóname si aquí rompo
fueros a la urbanidad,
que aunque ni dudo ni ignoro
que en presencia de una dama,
aunque sea hermana, es loco
el que a otra alaba, hay sucesos
que dispensan licenciosos;
mayormente cuando está
tan recusado mi voto
que, quedándose en licencia,
no puede pasar a oprobio.
En mi vida, hermana, vi
–vuelvo a decir– tan hermoso
maridaje como hicieron,
mezclando pálido y rojo,
sus mejillas; y más cuando
al sobresaltado ahogo
del lance vi no sé qué
desmandadas hebras de oro
cómo –avisándole al manto
que abandonase el rebozo–
las bosquejaron a cercos
y dibujaron a tornos.
Con el susto, la hermosura
creció más; y más si noto
que lo purpúreo dejó
a lo cándido tan solo
que solamente en los labios
se hizo reacio; bien como
diciendo: “de su semblante
bien pudo huir temeroso,
mas de los labios no pudo”;
mostrando en uno y en otro
que no era en ellas ajeno
lo que en ellos era propio.
Mas ¿para qué me detengo,
si aun ahora es culpa que absorto
ella peligre y que yo
no acuda a su amparo pronto?
Llegué al coche, pues –que ya,
mal afianzado en los hombros
de gente de a pie, impedía
que acabase de dar todo
el amenazado vuelco–,
diciendo: “Pues es forzoso,
señoras, que vuestro coche
de aquí no pase y que de otro
hayáis de serviros, éste
merezca ser tan dichoso
que, por estar más a mano,
le admitáis”. Con mil enojos,
destempladamente airados
pero hermosamente airosos,
despidió el ofrecimiento,
echándome del destrozo
la culpa. No es la primera
vez que pagamos nosotros
desmanes de los cocheros,
ni la primera tampoco
que la hermosura se dé
por mal servida de todo.
La que iba, Leonor, con ella,
con más cortesanos modos,
haciendo gala del susto
y desdén del alboroto,
dijo: “El no estar, caballeros
–seamos las dos quien somos–,
a la vergüenza de ser
–de tantos vulgares corros
como al ver el coche así
se paran– blanco afrentoso
nos obliga a que acetemos
ofrecimientos que otorgo
en fe de la cortesía
que deben tan generosos
caballeros a las damas;
pues aquí hay perdido sólo
el que desacomodados
quedéis, deuda que yo pongo
a cuenta de ser quien sois,
que es quien cobra con más logro
las situaciones a que
hace obligado lo heroico.”
Dijo; y ostentando a un tiempo,
ya del arte en el adorno,
ya en la enmienda del acaso,
lo entendido y lo brioso
–cuando apela para el garbo,
no tiene buen pleito el rostro–
pasó de su estribo al nuestro;
conque hubo de hacer lo propio
la hermosa que, todavía
en pudridos soliloquios,
acordándose del daño
se olvidaba del socorro.
Conque, tomando otra vez
vuelta el coche en lo espacioso
de la Tela, las perdimos
de vista; porque nosotros,
viéndonos a pie, fue fuerza
apelar a lo fragoso
del parque y, por su calzada,
al prado nuevo. No toco
en si quedé o no, Leonor,
o contento o pesaroso
del lance; pues si contento
digo, no sé qué penoso
cuidado desmiento que
hasta hoy en el pecho escondo;
y si pesaroso digo,
desmiento no sé qué gozo
que también dentro del pecho
hasta ahora guardo; de modo
que, haciendo pesar y agrado
de dos especies un monstruo,
ni a uno por agrado admito,
ni a otro por pesar conozco.
En fin, volviendo el cochero,
de casa y calle me informo;
y a muy poca diligencia
supe que de don Alonso
de Toledo, un caballero
rico, ilustre y generoso
–habiendo dicho Toledo
ya lo había dicho todo–,
hija y sobrina las dos
son; en cuyos nombres noto
de Ángela y Beatriz noticias,
que una y mil veces recorro
en la memoria sin dar
en cuándo, adónde, ni cómo
los había oído; hasta que
preguntando ahora, curioso
más que atento, qué visitas
esperabas reconozco
que eras tú a quien las había
oído nombrar y que, de otros
estrados, amigas vienen
a verte hoy; yo, envidioso,
dije: “Tendrás buena tarde”;
y con razón, pues forzoso
es que gozando en las dos
de lo discreto y lo hermoso,
Leonor, buena tarde tengan
los oídos y los ojos.
Leonor
Esas señoras, un día
que, sin conocernos, fuimos
donde acaso concurrimos
de una amiga suya y mía
en la visita, me hicieron
tantos agasajos que
en obligación quedé
de servirlas; conque fueron
creciendo en la voluntad
correspondencias que son,
sobre alguna inclinación,
buen principio de amistad.
Siempre que a casa de aquella
amiga nuestra volvían,
me avisaban y pedían
que nos viésemos en ella;
porque esto del visitar
a quien no me visitó
es cierto duelo que no
le quiere nadie empezar.
Y aunque me tocaba a mí
–por ser dos ellas y ser
yo una sola–, el no tener
salud me hizo que hasta aquí
lo dilatase; conque,
salvando su vanidad
el duelo en la enfermedad,
hoy vienen a verme en fe
del mal; y si verdad digo,
lo estimo; porque en mi vida
vi mujer más entendida
que lo es la Beatriz. Testigo
–sobre una amable hermosura–
sea, con aplauso justo,
en las burlas, el buen gusto;
en las veras, la cordura;
en lo que cuenta, el donaire;
en lo que dice, el cariño;
en lo que viste, el aliño;
y en todo, en fin, el buen aire.
Tanto –para que concluya
los méritos de Beatriz–
que me tengo por feliz
sólo en ser amiga suya.
Félix
Aunque el afecto los cielos
remitieron a una estrella,
de parte de Ángela bella
estoy por pedirte celos.
¿Es posible que no sea
Ángela quien te debió
mayor inclinación?
Leonor
No;
porque, aunque hermosa la vea,
la hermosura para mí
no es alhaja; mayormente
hermosura solamente
tan a solas, que no vi
sentidos que más en calma
digan: “Hermosa me soy
y no más”. Mil veces voy
a ver dónde tiene el alma
–creyendo que es escultura–
y solamente la encuentro
una fantasma que dentro
anda de aquella hermosura.
Si habla, es todo con enfado;
si responde, con frialdad;
si mira, con vanidad;
si escucha, con desagrado;
con todos, presuntuosa;
tanto que, estraños sus modos,
parece que tienen todos
la culpa de que sea hermosa.
Félix
¿Ves todo eso, Leonor? Pues
todo eso y más se asegura
afianzado en la hermosura.
Ella de las damas es
la única perfección rara.
Tenga cualquiera que fuere
todo lo que ella quisiere,
pero tenga buena cara.
Sobre hermosa, en fin, no hay cosa
que suplir ni que vencer;
que no tiene una mujer
más que hacer que ser hermosa.
Leonor
Un tono que Inés –tal vez
que a la labor engañamos
con lo que oímos y hablamos–
cantar suele, bien ser juez
de aquesta cuestión podía;
mas dejando la cuestión
quizá para otra ocasión,
si Beatriz es dama mía
y Ángela tuya, empeñados
los dos será bien no ignores,
pues partimos los amores,
que partamos los cuidados.
Yo a Beatriz regalaré;
trata tú de regalar
a Ángela.
Félix
Sí haré. A enviar
dulces voy.
Leonor
No hay para qué.
Lo que son dulces y son
chocolates y bebidas,
ya están todas prevenidas.
Alhajillas que a ocasión
de abrir un escaparate
como acaso estén allí
sólo me faltan; y así,
de enviarme tu amor trate
como relojes, cajillas
y estuches de filigrana,
de cristal y porcelana;
y si algunas sortijillas,
lazos y guantes quisieres
añadir, por eso cree...
Félix
¿Qué?
Leonor
...que no me enojaré;
pues todo lo que tú hicieres
será siempre lo mejor.
Félix
Ahora bien, si eso ha de ser,
Leonor, voyte a obedecer.
Vase.
Inés
Al bajar del corredor,
en la escalera ha topado
con las visitas que ya
subían.
Leonor
Fuerza será,
habiéndolas encontrado,
acompañarlas.
Vuelve don Félix con doña Ángela, doña Beatriz y un escudero.
Ángela
Muy bien
pudiérades, caballero,
pues la asistencia en mi calle
basta para atrevimiento,
escusar el de seguirme
tan libremente grosero
en casa de mis amigas,
donde de visita vengo.
Félix
De cuerdo y necio, señora,
dos cargos me hacéis. De cuerdo,
en abonar la elección
en creer que os seguí; de necio,
en creer que, si os siguiera,
sería tan desatento
que diera esa razón más
a vuestros justos desprecios.
Hermano soy de Leonor,
que a honrar venís; si, saliendo
de casa, quiso mi dicha
que de ella al paso os encuentro,
¿cómo me pude escusar
de haber de volver sirviéndoos
hasta su cuarto? Y así,
pues que ya a su vista os dejo,
ella a vos os desengañe
y a mí me disculpe.
Ángela
Aun eso
vaya; que aunque ser hermano
es también atrevimiento,
de mis amigas, por esta
vez y no más lo dispenso.
Félix
El cielo os guarde. (¡Que sea
tan absoluto el imperio
de la hermosura, que aun haga
de la sencillez aprecio!)
Vase.
Beatriz
(¿Hermano de Leonor es,
¡cielos!, este caballero
que desde el día del Ángel
tan en la memoria tengo?
Pero ¿para qué discurro
en pasión que está tan lejos
de ser pasión?)
Escudero
¿A qué hora
el coche vendrá?
Ángela
En volviendo
mi padre a casa, Munguía,
puedes venir.
Escudero
El sereno
hace a esas horas más daño.
Vase.
Leonor
¿Inés?
Inés
¿Señora?
Leonor
En trayendo
lo que enviare mi hermano,
trata de ponerlo luego
en algún escaparate
del camarín de allá dentro.
Inés
El caso es que él lo envíe.
Leonor
Una
y mil veces agradezco
a mis achaques la dicha,
señoras, de mereceros
esta honra; conque ya
tan bien hallada con ellos
pienso vivir que los trueque
de pesares a contentos.
Beatriz
Del hallaros levantada,
hermosa Leonor, me debo
una y muchas norabuenas.
Ángela
Yo no; que todas las vengo
a pagar por no deber
nada a nadie.
Leonor
Con tan nuevo
favor, siendo como es
el gusto el mayor remedio,
¿qué mucho que a mejor aire
respiren mis sentimientos?
Pasad a vuestros lugares.
Beatriz
Aquí me quedaré.
Leonor
¿Eso
cómo puede ser?
Beatriz
Ve tú,
Ángela; toma tu asiento.
Ángela
Ninguno hasta agora es mío.
Leonor
Ajustad los cumplimientos
las dos, que a mí no me toca
más que tomar el postrero.
Ángela
Si ha de ser, yo pasaré;
quede la virtud en medio.
Leonor
¿Cómo estáis?
Beatriz
Para serviros
salud, a Dios gracias, tengo.
Leonor
Vos ¿cómo estáis?
Ángela
Así, así.
Leonor
Que os haya ofendido temo
en preguntar cómo estáis,
viéndoos tan linda.
Ángela
Eso tengo;
pero si Dios me lo dio
gratis dato, ¿que he de hacerlo?
¿Helo de echar en la calle?
Leonor
¡Qué bien compartido pelo!
¡Qué bien asentados lazos!
Por aquí anduvo el espejo
del buen gusto de Beatriz.
Beatriz
Agravio la hacéis en eso,
que Ángela serlo de todas
cuantas hay puede.
Ángela
Sí puedo,
por si hablas en ironía.
Beatriz
¿Yo ironías? ¿A qué efecto,
prima, contigo?
Ángela
No sé;
pero agora que me acuerdo,
¿para qué tenéis hermano?
Leonor
Para que tenga el consuelo
de tener galán y esposo
en tanto que no le tengo.
Ángela
¿Galán, esposo y hermano?
Leonor
Sí; todo lo es Félix.
Ángela
¿Y eso
más? ¿Hermano, esposo y
galán? ¿Y todo a un tiempo?
Mucho es para un hombre solo.
Leonor
Dadme licencia –volviendo
a la pregunta–, que estraño
el decir con tanto ceño
que para qué tengo hermano.
Ángela
Nada que digo es a tiento;
pues no sé para qué sea
tener un hermano bueno
que se ande quebrando coches.
Leonor
Eso es lo que yo no entiendo.
Ángela
Yo sí –y el Ángel lo diga,
testigo que por lo menos
no me dejará mentir–;
pues sin querer hizo el nuestro
adredemente pedazos.
Leonor
¿Sin querer y adrede?
Ángela
Es cierto.
Ved qué mayor grosería.
Beatriz
No digas, Ángela, eso;
que en toda mi vida vi
más cortesano y atento
caballero que él anduvo.
Y antes saber agradezco
que sobre vuestro cariño
caiga el agradecimiento
de su gran cortesanía;
pues ya sucedido el riesgo
de haberse quebrado el coche,
dejando el suyo, el primero
fue, porque no acabase
de caer, que a socorrernos
llegó; y quedándose a pie,
nos le dio.
Ángela
Pues ¿qué hizo en eso...
Leonor
Dice bien.
Ángela
...si iba yo allí?
Beatriz
Claro está que por ti, es cierto,
son todas las atenciones.
Ángela
Mas no, sino no...
Leonor
A Beatriz.
(Tu ingenio,
tu prudencia y tu cordura,
Beatriz, y tu entendimiento
sólo tolerar pudiera
esta vanidad.)
(¿Qué puedo
hacer si, al quedar sin padre
–que en Indias en un gobierno
murió–, hasta venir su hacienda
–que por instantes espero,
pues ya ha llegado a Sevilla–,
otro retiro no tengo
que la casa de mi tío,
en cuya prisión padezco
aquella antigua sentencia
de ligar el vivo al muerto?)
Ángela
Si es mormurar que por mí
no fue, dígalo el efecto;
pues de los tres que apeamos,
desde aquel instante mesmo
a otro y tu hermano en mi calle
a todas horas los veo
–camaleones de esquinas–
beberse por mí los vientos.
Leonor
(¿Qué fuera que fuera el otro
don Luis? Apure el veneno.)
No estraño yo que los dos,
llegando una vez a veros,
os adoren; lo que estraño
es que el otro sea tan necio
que no os adore también.
Ángela
No para todos se hicieron,
Leonor, iguales las dichas
de morir a mis desprecios.
Alguno, para contar
las ruindades de mi incendio,
había de quedar vivo.
Beatriz
Ruina querrás decir.
Ángela
Eso
o esotro es cuestión de nombre.
Y porque veáis que no miento,
una criada, que de otra
casa en que sirvió primero
le conocía, me dijo
que es, si del nombre me acuerdo,
un don Fulano de Tal.
Beatriz
Es un noble caballero.
No te olvides de su nombre,
por si le vieres, que aprecio
de su buena elección hagas.
Leonor
(Buena ocasión perdí, cielos,
de saber si es él.)
Sale Inés.
Inés
Señora,
lo que mi amo ha enviado, puesto
está ya en el escaparate
que mandaste.
Leonor
Ya te entiendo.
Beatriz
A Ángela.
(¡Que te vengas a contar
eso aquí!)
Ángela
A Beatriz.
(Pues yo ¿qué cuento?
¿He dicho yo algo de que
no esté todo Madrid lleno?
Pues adonde mueren tantos,
¿qué importan dos más o menos?)
Beatriz
(Por tapar sus boberías,
hablar de otra cosa intento.)
¿Es esa hermosa de quien
dijisteis, si bien me acuerdo,
que algunos ratos su voz
os divierte?
Leonor
Sí, mas eso
se entiende en nuestras labores;
que para no ser aquello
de cantar al bastidor,
ni es primoroso ni es diestro
lo que canta.
Pues la tarde
toda con vos es festejos,
entre a la parte este agrado.
Leonor
Inés, toma el instrumento.
Haz lo que manda Beatriz.
Inés
A mi pesar te obedezco.
Canta.
¿Cuál es mayor perfección,
hermosura o discreción?
Ángela
Con la hermosura, ¿quién puede
tener competencia? Pero
no hay que hacer caso que, al fin,
todas las coplas son versos.
Inés
Canta.
Litigaban dos sentidos
sobre ganar los despojos
de un alma. Y viendo los ojos
y escuchando los oídos,
alegaban competidos
cuál es mayor perfeción,
hermosura o discreción.
Leonor
A Beatriz.
(¡Que de cuantos tonos sabe
hubo de escoger el menos
a propósito!)
Beatriz
A Leonor.
(¿Por qué?)
Leonor
A Beatriz.
(Porque sintiera que desto
Ángela desconfiara,
imaginando o creyendo
puede tener intención.)
Beatriz
A Leonor.
(¿Agora sabes el cuento
del loco que preguntando
qué cosa en el universo
es la más bien repartida
respondió: “El entendimiento,
porque cada uno está
con el que tiene contento?”
No temas que desconfíe.)
Ángela
Nunca vi mote más necio.
Inés
Canta.
En la trabada conquista,
la sentencia se asegura:
cuando “en vista” la hermosura,
la discreción “en revista”;
conque el oído y la vista
no desisten de la acción
de cuál es más perfeción,
hermosura o discreción.
Leonor
No cantes más. Pues a honrar
venís mi casa, pretendo
que toda la honréis. Venid;
de un jardinillo que tengo
gozaréis el poco adorno.
Beatriz
Será del aliño vuestro.
Leonor
Si lo tomara de vos,
aunque empeorara de dueño,
mejorara de primores.
Ángela
(Gástense allí los conceptos
muy en buen hora, que yo
a mi hermosura me atengo.)
Vase.
Beatriz
(¿Quien creerá que haya pasión
tan obligada al silencio
que haya de morir callando?)
Vase.
Leonor
(¿Quien creerá que pueda, cielos,
dar una necia cuidado
tan solo con el recelo
de si era o no don Luis
el segundo caballero?)
Vase.
Sale Roque con un azafate cubierto.
Roque
¡Ce, Inés!
Inés
¿Qué es lo que ahora, Roque,
me quieres? ¿No ves que me entro
a servirlas las bebidas
a estas damas?
Roque
Que primero
tomes aqueste azafate;
que mientras pasó ligero
mi amo a la platería,
una joyera ha compuesto,
adonde a mí me dejó
para que le traiga; y temo
que haya tardado.
Inés
No has;
porque, aun antes que tú, Celio
volvió con no sé qué alhajas.
¡También vienes tú a buen tiempo!
¿Qué traes aquí?
Roque
¡Qué sé yo!
De mil trastos viene lleno.
Inés
Guantes, lazos, cintas... Son
iguales los aderezos,
que no discrepa uno de otro.
Roque
Oye.
Inés
Aprisa.
Roque
¿Qué fue aquello
que dijiste de bebidas?
Inés
¿Pues a ti qué te va en eso?
Roque
Bebidas y no irme a mí
implicara el argumento.
¿Podrás echar hacia acá
cualquier vaso?
Inés
Sí, por cierto.
¿Querrás agua de limón,
guindas o canela?
Roque
¿Luego,Inés, todo el
día es agua?
Inés
No, que también darte puedo...
Roque
¿Qué?
Inés
...sorbete o garapiñade aloja,
que es lo que tengo para antes
del chocolate.
Roque
Pues que me hagas, te ruego,
del chocolate y de todas
esas aguas un compuesto
y me llenes un gran vaso.
Inés
¿Estás loco?
Roque
Hacer deseo
un regalo, cual será
ver al chocolate lleno
de guindas y de limón,
sorbete y aloja.
Inés
¡Necio!
Será una gran porquería.
Roque
Mejor que mejor, pues luego
dirás a aquesas señoras
que yo las manos las beso
y que miren lo que son
sus pulideces, supuesto
que este vaso es, por defuera,
su estómago por dedentro.
Vase Inés y salen don Luis y don Antonio.
Luis
Roque, ¿está Félix en casa?
Roque
No, señor; y antes, corriendo
a buscarle donde dijo
que había de hallarle, vuelvo.
Antonio
Dile que don Luis y yo
le hemos buscado.
Roque
Al momento
se lo diré que le halle.
Vase.
Luis
Pues no está en casa, tomemos
la vuelta de aquesa esquina.
(Llevarle de aquí pretendo
para poder volver yo
a ver a Leonor, supuesto
que fuera Félix está
y desvelarle pretendo
el nuevo cuidado mío;
que una cosa es que mi afecto
me lleve tras sí y otra
que a las finezas que debo
falte.)
Entran por una parte y salen por otra.
Antonio
Tomemos; y agora,a
la plática volviendo
que dejamos empezada,
proseguid.
Luis
Bien. No me acuerdo
en qué quedamos.
Antonio
En que ya ganada
por lo menos la espía de
una criada tenéis, por
conocimiento de otra
casa en que sirvió.
Luis
Eso es todo cuanto puedo
contaros hasta aquí, pues
si la memoria revuelvo
es todo lo que me pasa;
que desde el punto, ¡ay de mí!,
que aquella hermosura vi,
de su calle y de su casa
hecho humano girasol,
no hay hora que tras su bella
luz no me arrastre mi estrella;
mas no es sino todo un sol
el que me arrastra, que menos
que todo un sol en su esfera
ser su nombre no pudiera.
Antonio
De esos hipérboles, llenos
de crepúsculos y albores,
el mundo cansado está.
¿No los dejaremos ya
siquiera por hoy, señores?
¡Que nunca me pase a mí
esto de una mujer ver
que sea más que una mujer!
En cierta ocasion me vi
en casa de una señora
–de quien decían que era
el alba su pordiosera
y su mendiga el aurora–
a oscuras por algún rato
y su luz no me alumbró
hasta que en la cuadra entró
un candil de garabato.
¡Mirad qué sol tan civil
el que arrastrando despojos
no puede hacer que sus ojos
alumbren lo que un candil!
Luis
¿Que toda la vida habéis de
estar de ese buen humor?
Antonio
¿Fuera de esotro mejor?
Luis
Vos en esto no tenéis
voto, don Antonio; que hombre
que se alaba que no ha estado
en su vida enamorado,
de balde disfruta el nombre
de racional.
Antonio
Pues sepamos,
¿cuánto más irracional
es quien no distingue el mal
del bien? ¿En qué nos hallamos
a los brutos superiores
sino en saber distinguir
el bien y el mal?
Luis
Eso es ir
a filosofías mayores
de las que el caso requiere
y no habemos de pasar
de que ¿quién deja de amar
a una hermosura?
Antonio
Quien quiere,
sin que ninguna pasión
quite que coma y repose,
“trovar quanto campare posse
la vita d’un buon poltron”.
¿Yo me había de rendir
por el más hermoso dueño
a perder un hora el sueño?
¿Yo sacrificarme a ir
de tiernos suspiros lleno
al umbral de la más bella
donde mi cielo sea ella
y yo sea su sereno?
¿Yo andar en desconfianza
de uno y otro devaneo
ajustando si el deseo
se frisó con la esperanza;
si el afecto descuidado
es crédito del olvido;
si el mérito desvalido,
disimulo del agrado?
Y cuando más a este modo
callen y hablen mis desvelos,
hételos aquí los celos
que lo echan a perder todo.
¡No, señor! De mis empleos,
mejor las mudanzas van.
Dance otro cierto y galán,
que yo he de danzar floreos
al compás de una fortuna
poltrona.
Luis
Y ¿cómo acomodas
el compás?
Antonio
Queriendo a todas
y no queriendo a ninguna.
Luis
Amor desas bizarrías
orlar suele su laurel.
Antonio
¿Habéis estado en Teruel?
¿Conocisteis a Macías?
Luis
Mejor es irme, que no
cansarme de ver reír
a quien me mira morir.
Vase y salen don Félix y Roque.
Antonio
¡Esperad!
Félix
Que aquí os dejó
a vos y a don Luis venía
diciéndome Roque.
Antonio
Sí;
mas fuese huyendo de mí.
Félix
¿Por qué?
Antonio
Porque me reía de un
alto amor en que agora,
tiernamente enamorado,
anda como embelesado.
¿Os acordáis la señora
del coche quebrado?
Félix
¿Cuál?
Antonio
La cándida beldad leve
que, sierpecilla de nieve,
hierrecito de cristal,
como a negros nos trató
el día del Ángel.
Félix
(¡Cielos!,
¿qué escucho?) Y de sus desvelos,
¿qué os ha dicho?
Antonio
¡Qué sé yo!
Aquello de que me abraso,
con su algo de girasol,
cielo, estrella, luna y sol
y lo demás que en tal caso
de derecho se requiere.
Alcancémosle los dos,
porque también os riáis vos
de ver qué conforme muere
a manos de su pasión,
tiernísimo majadero.
Félix
Sí fuera y riera, pero...
Roque
(Risas hay que rabias son.)
Félix
Si no tuviera que hacer
un negocio a que volvía
a casa... Id, por vida mía,
tras él vos hasta saber
en qué paraje se halla;
y contaréismelo vos
después.
Antonio
Norabuena. Adiós.
Vase.
Félix
¿Quien vio tan nueva batalla
como en un instante, ¡cielos!,
en mi pecho ha introducido
haber, ¡ay Roque!, sabido
que causa don Luis mis celos?
Roque
¡Ce! ¡Don Antonio!
Félix
¿A qué, di,
le llamas?
Roque
No tiene que irse
a buscar de quién reírse,
pues puede reírse de ti.
Félix
¿En cuánto, ¡ay de mí!, empeñado
ya mi amor se considera?
Roque
Haz cuenta con la joyera
y lo sabrás.
Félix
¿Mi cuidado
ése había, majadero,
de ser?
Roque
Bien creo que no;
porque ese cuidado yo
se lo achacaba al platero.
Félix
¡Calla, loco! Y ven conmigo,
que ya es tan otra mi llama
cuanto es perder a una dama
o aventurar un amigo.
Vase.
Roque
¡Qué poco cuidado a mí
lo uno ni lo otro me diera!
Vase.
Salen con luz Inés y don Luis.
Inés
Sin que te avise, ¿es posible
que a entrar hasta aquí te atrevas?
Luis
Sabiendo que no está en casa
don Félix, ¿en qué, Inés bella,
el atrevimiento estriba?
Inés
En no prevenir que pueda
haber otro inconveniente.
Mi señora...
Luis
Dilo apriesa.
Inés
...está con unas amigas
de visita; y que te vean,
ya verás que no es razón.
Luis
No me pongas en sospecha
de imaginar que Leonor,
cansada de mis finezas,
te dio orden de que impidas
la permitida licencia
que tal vez me concedió.
Inés
No es eso; y porque lo veas,
llega por aquesta parte
donde en la cuadra se asientan
que cae al jardín.
Luis
Ya veo
que es verdad. (¡Cielos! Aquélla
que a la luz de mejor luz
rayos a la noche presta,
¿no es Ángela? ¿No es Beatriz,
su prima? Sí; ya, aunque verla
siempre fuera para mí
dicha, no sé si me pesa
verla amiga de Leonor.)
Inés
No tanto ahora te detengas,
sino, pues ya las has visto,
vete presto.
Luis
Norabuena.
Inés
Pero
¡no salgas, detente!
Luis
¿Qué
es eso?
Inés
Por la escalerasube mi señor.
Luis
Decirle
que vengo a buscarle es necia
disculpa, estando en el cuarto
de Leonor.
Inés
Pues, aunque quieras
entrar, ya ves que no es
posible.
Luis
Pues deja, deja
que en la cocina me esconda.
Escóndese y salen don Félix y Roque.
Inés
(¡Hemos hecho buena hacienda!)
Félix
Inés.
Inés
¿Señor?
Félix
¿Vino a tiempolo que envié?
Inés
De manera
rico, adornado y pulido
que, aunque Angélica la bella
fuera Ángela, bastara.
Félix
Y ¿qué hacen agora?
Inés
En esa
cuadra donde han merendado
se están.
Roque
Y dime, Inés bella,
¿las damas tan lindas comen?
Inés
¿Aqueso preguntas, bestia?
¿Comer las damas habían?
¡Qué indecoro! ¡Qué indecencia!
Roque
¿Por qué? Di.
Inés
Porque las damas
no comen, aunque meriendan.
Félix
(Con otro gusto, ¡ay de mí!,
desde esta parte estuviera
adorando, Ángela hermosa,
tu peregrina belleza
si no me hubiera asaltado
la no pensada violencia
de los celos de don Luis.)
Sale el Escudero.
Escudero
Suplico a usarced, mi reina,
a mis señoras les diga
que tienen recado.
Vase.
Inés
Ya ellas
debieron de oír el coche,
porque las almohadas dejan.
Félix
Hacia aquesta parte salen
y no quiero que me vean
porque, esperando las gracias,
que al paso estoy no parezca.
Inés
Pues a tu cuarto te pasa.
Félix
Mientras se van, no quisiera,
aunque ella no me ve a mí,
dejar, ¡ay de mí!, de verla
detrás de aquesta cortina.
Vase a esconder y sale Leonor delante y luego las dos damas.
Leonor
Félix, ¿para qué te ausentas?
Que estas señoras darán
de irlas sirviendo licencia.
Y más cuando fuera culpa
que los criados que dejan
a sus dueños en visita,
por ellos, Félix, no vuelvan.
Luis
(La primera vez que vi
amagado el lance es ésta
y no ejecutado.)
Félix
Yo
me ausentaba de vergüenza
de lo mal que a sus mercedes
habrás servido.
Beatriz
Aunque sea
falsedad, no lo será
por lo menos la respuesta.
No sólo favorecidas
y honradas vamos, mas llenas
de tantos dones que dudo
que desempeñarse pueda
de sus muchos agasajos
la poca fortuna nuestra;
si ya no con decir sólo
que, conocida la deuda,
en vuestra casa, don Félix,
hay quien deje el alma en prendas.
Félix
Eso es honrar entendida
a quien serviros desea.
Leonor
Claro está.
Beatriz
(¡Pluguiera al cielo!)
Ángela
No es en Dios y en mi conciencia;
que tantísimas de cosas
nos ha dado que no hay cuenta.
Beatriz
No habéis de pasar de aquí.
Leonor
Llegar tengo hasta la puerta.
Beatriz
Señor don Félix, quedaos.
Félix
El favor se me conceda
de llegar hasta el estribo.
Ángela
Llegad muy enhorabuena.
Ganad el estribo.
Félix
(Yo
perderé el de la paciencia.)
Vanse los dos.
Leonor
Adiós, amiga.
Beatriz
¡Ay Leonor,
quién sin escusa pudiera,
ya que tanto se confrontan
las inclinaciones nuestras,
desahogar contigo el alma!
Leonor
Yo procuraré que tengas
ocasión de hacer por mí
esa confianza cierta
de que he de servirte.
Vase Beatriz y sale a la cortina don Luis.
Luis
¡Ce,
ce, Leonor!
Leonor
¿Quién aquí?
Luis
Deja
el sobresalto. Yo soy.
Leonor
Pues don Luis, ¿cómo, (¡qué pena!)
aquí cuando...?
Luis
A verte vine;
tu hermano impidió la puerta;
y para que, si volviere,
a otra parte le diviertas,
he querido que no estés
ignorante y que lo sepas,
porque veas qué has de hacer.
Leonor
Vuélvete a esconderte, que entra.
Escóndese y sale don Félix.
Félix
¡Válgame el cielo! ¡Qué presto
una dicha –a quien debiera
dar en albricias el alma,
viendo cuán buena tercera
en la amistad de Leonor
habían hallado mis penas–
el cielo de uno a otro instante
quiso que en pesar se vuelva!
Leonor
Félix, pues ¿qué sentimiento?
Pues ¿qué suspension es ésa?
Cuando esperaba que alegre
te dieras la norabuena
en la ocasión de lograr
el servir a quien festejas,
¿tan triste y confuso? ¿Qué
tienes?
Félix
¿Qué quieres que tenga,
¡ay Leonor!, si no hay ventura
que sin su pensión no venga?
Y ésta es tal que me embaraza
cuantos alborozos pueda
haber granjeado; pues cuando
se me entra el bien por las puertas,
por las puertas, a su sombra,
se me entra el mal; de manera
que no basta que en mi casa
la dicha un instante tenga
para que no tenga, ¡ay triste!,
también la desdicha en ella,
enlazadas una de otra.
Leonor
(Sin duda presume o piensa
que está aquí don Luis.) Pues ¿qué
(¡qué mal el temor se alienta!),
te ha sucedido?
Félix
No sé
cómo a decirlo me atreva
que tu decoro, Leonor,
no se aventure en materia
tan achacosa a tu oído,
sin que se pase a indecencia;
pero supla la objeción
el sentimiento.
Leonor
(Estoy muerta.)
Luis
(¿Adónde tantas confusas
palabras y tan suspensas
irán a parar?)
Félix
Yo...
Leonor
(¡Ay triste!)
Félix
...he sabido...
Leonor
¿Qué recelas?
Di.
Félix
...que don Luis de Mendoza...
Leonor
(¡Ay cielo, qué mal empieza!)
Félix
... enamorado...
Leonor
(¿Qué escucho?)
Félix
...pretende...
Luis
(¿Qué oigo?)
Félix
...en mi ofensa...
Leonor
(Ya ¿qué hay que esperar?)
Luis
(Aquí
amor y amistad se arriesgan.)
Félix
...a Ángela.
Leonor
(¿Quien creerá, cielos,
que tales mis ansias sean
que hayan podido tener
a los celos por enmienda?)
Luis
(¿Quién creerá que sean mis ansias
tales que a un tiempo me vean
celos que doy y me dan,
persona que haga y padezca?)
Félix
Y aunque no acuso, Leonor,
la elección, porque eso fuera
acusar la mía, no puedo
dejar de sentir que vea
desde la orilla mi amor,
antes que el mar, la tormenta;
antes que el humo, el incendio;
antes que el monte, la fiera;
la ruina antes que la mina;
antes que la nube densa,
el rayo; viendo, ¡ay de mí!,
en la amiga competencia
cuán impensados me asaltan,
cuán improvisos me cercan,
sin el nublado, el asedio,
el fuego, el golfo, la selva,
el rayo, la ruina, el bruto,
el incendio y la tormenta.
A Ángela don Luis adora;
y con tan grandes finezas
que de día ni de noche
de sus umbrales se ausenta.
Si me declaro con él,
¿qué razon hay que yo tenga
que él no la tenga? Si dejo
de declararme, es bajeza
que él no esté doble conmigo
y yo lo esté con él; fuera
de que es partido villano
que yo que él me ofende sepa
y él no que le ofendo yo;
y pues no es la vez primera
que donde andan celos ande
la amistad en contingencia,
quitémonos los embozos
y lo que viniere venga.
Mejor será de una vez
o asegurarla o perderla.
Vase.
Leonor
Entra y abre esa ventana,
Inés; y en viendo que deja
mi hermano la calle, ese hombre
en ella pon.
Sale don Luis.
Luis
Leonor bella,
oye.
Leonor
¿Qué más he de oír?
Luis
Mis disculpas.
Leonor
¿Puede haberlasa tantas
traiciones, tantos agravios,
tantas cautelas?
Luis
Óyelas y las sabrás.
Leonor
Ni oírlas quiero ni saberlas,
don Luis, sino que te vayas
tan para siempre que desta
casa en tu vida te acuerdes.
Luis
Has de oírme, aunque no quieras.
Leonor
¿Iraste si te oigo?
Luis
Sí.
Leonor
Pues di.
Luis
Viéndome en mis penas
tan suspenso, don Antonio
informarse quiso dellas;
y como penas de amor
no hay otras que las desmientan,
por no revelar que tú
eras, Leonor, dueño dellas
–y por desviarle más,
que aquí el escrúpulo tenga–,
quise nombrarle una dama,
pues con eso...
Leonor
¡Cesa, cesa,
falso, aleve, fementido!
Y para que mientes veas
y veas que, antes que Félix,
ya lo había dicho ella,
¿qué criada es la que ya
tienes en su casa mesma
sobornada?
Luis
¿Yo criada?
Leonor
En vano fingir intentas.
Muy buena boba enamoras.
Ella me vengará de ella;
y tú della y de ti. Inés,
¿qué aguardas? La puerta cierra.
Da con ese hombre en la calle
y en tu vida a abrirle vuelvas.
Luis
Leonor mía, mira que...
Leonor
Aquí no hay nada que vea.
Inés
Vamos, no vuelva mi amo.
Luis
Tú verás que mis finezas
te desenojan.
Leonor
Y tú,
la poca o ninguna enmienda
que puede tener el que
da celos con una necia.
Segunda Jornada
Salen don Alonso, viejo, leyendo una carta, y Juana.
Alonso
¿Qué hacen Ángela y Beatriz?
Juana
Las dos, señor, asentadas
a las labores están
que ésta y las demás mañanas
a estas horas las divierten.
Alonso
Dilas que tengo que hablarlas,
que a mi cuarto pasen; pero
no, mejor será que vaya
yo al suyo y no las estorbe
la digna ocupación, Juana,
de la diversión en que
dices a esta hora se hallan
bien entretenidas.
Juana
Tú
lo verás.
Alonso
Aunque me engañas,
veré también qué labores
son éstas.
Juana
Las de dos damas que de
entendidas y hermosas
se precian, supuesto que ambas,
una el ingenio se afeita
y otra se estudia la cara.
Vase.
Descúbrense, a un lado, Ángela tocándose, e Isabel, criada; y a otro, Beatriz leyendo en un libro.
Alonso
(¡Oh, quién pudiera trocar
tan opuestas, tan contrarias
inclinaciones y que
fuese Ángela la inclinada
al aprender y Beatriz
al parecer! Mas ¡qué vana
pretensión, si hay superior
arbitrio que las reparta!
En cuyos opuestos genios
suspenso quedé al mirarlas.)
Ángela
¿Es posible que no acabes
de hacer esa trenza?
Isabel
Si andas
por mirarte a todas luces
tan inquieta, ¿qué te espantas?
Ángela
¡Noramala para ti!
¡Qué torpe y desaliñada!
Si pudiera deslucirme
algo a mí fuera tu maña.
Tres tocados son con éste
los que hoy has errado.
Isabel
Aguarda;
verás si tengo disculpa.
Ángela
¿Qué disculpa, mentecata?
Isabel
Estarte viendo, señora,
dentro de tu espejo. Y tanta
es la suspensión de ver
tu hermosura que, admirada,
no es posible que te acierte
a servir.
Ángela
Si ésa es la causa,
yerra otros tres por mi cuenta;
y tres mil, si tres no bastan.
Isabel
(Criadas, si oír no queréis
esto de las noramalas,
para vuestras amas no hay
medio como lisonjearlas.)
Beatriz
Discreto amigo es un libro.
¡Qué a proposito que habla
siempre en lo que quiero yo!
¡Y qué a proposito calla
siempre en lo que yo no quiero,
sin que puntoso me haga
cargo de por qué le elijo
o por qué le dejo! Blanda
su condición, tanto que
se deja buscar, si agrada;
y con el mismo semblante
se deja dejar, si cansa.
Señor, ¿tú estabas aquí?
Alonso
Sí, Beatriz; y haciendo estaba
discursos en cuánto diera
porque la suerte trocara
aquel espejo a ese libro.
Ángela
Pues ¿por qué, señor, te cansas
de mis aliños?
Alonso
Porque verte,
Ángela, estimaramás
amiga de saber.
Ángela
Pues ¿he de ser yo letrada?
Y cuando hubiera de serlo,
¿hubiera alguno en España
que mejor parecer diera?
Alonso
Para de paso, esto basta.
A veros, hija y sobrina...
Mal dije: hijas, digo; que ambas
lo sois pues también tú eres,
Beatriz, pedazo del alma.
A veros, digo, he venido
con un cuidado. Esta carta
le dirá mejor que yo.
Prevente para escucharla,
Beatriz, pues a ti te toca
el todo destas desgracias.
Lee.
“Octavio, en cuya confianza el señor don Álvaro, vuestro
hermano mayor y amigo mío, dejó la hacienda que vino de
Indias para mi señora doña Beatriz, su hija, puesto en quiebra,
ha faltado desta ciudad; y aunque deja algunos efectos, no tan
corrientes que no necesite de mucha diligencia su cobranza.
Remitidme poder, noticias y papeles para que yo...”
No leo más, porque me quiebra
el corazón que sea tanta,
Beatriz, tu poca fortuna
que en lo más y menos hayas
de necesitar de otro.
Beatriz
No, señor, estremos hagas;
que tu menor sentimiento
será mi mayor desgracia.
Alonso
¿Cómo no? A Sevilla he de ir,
que no es para encomendada
esta diligencia a quien
le duela menos la falta
de tus aumentos.
Beatriz
Señor...
Alonso
¿Qué haces? Del suelo levanta.
Beatriz
Será en vano. No me tengo
de levantar de tus plantas
sin que, besando tu mano,
me des con ella palabra
de que no te ha de costar
de esa hacienda la cobranza
el menor desasosiego.
Piérdase todo, que nada
importa con tu quietud.
No el que sea desdichada
en lo menos consecuencia
de serlo en lo más se haga
aventurando, señor,
tu salud, tu edad, tus canas
por mí; que cuando a mi estado
no le quede otra esperanza,
para entrarme en un convento
mis pocas joyuelas bastan.
La mayor fineza sea
el cuidar de ti yo.
Alonso
Basta,
basta el ruego, Beatriz; que es
con tan nueva circunstancia
que ruega uno y manda otro;
pues con las mismas palabras,
lo contrario que me ruegas
parece que me lo mandas.
Fuera de que es bien que sepas
que desta quiebra me alcanza
no pequeña parte a mí,
que no quiero que obligada
quedes al cargo de todo;
y así, mientras la jornada
dispongo y el modo ajusto
en que ha de quedar mi casa
–bien que, quedando tú en ella,
nadie, Beatriz, hace falta–,
habré de valerme de este
caballero que, con tanta
fineza, en ti de tu padre
vivas las memorias guarda.
Vase.
Ángela
Mucho me pesa, Beatriz.
Por cierto, no te faltaba
más agora que ser pobre.
Pero vive en confianza
de que no te faltaremos
yo y el que su estrella aguarda
con la dicha de mi esposo,
pues no dudo...
Beatriz
¿Qué?
Ángela
Que traiga
tu remedio, sí, en algún
escudero de su casa.
Vase con Isabel.
Beatriz
Guárdete el cielo por tanto
favor. No en vano fiada
en ti vivo yo. Y no en vano
quiere, ¡ay infeliz!, tirana
esmerarse mi fortuna
hasta ver adónde alcanza
el sufrimiento en un pecho
y el sentimiento en un alma.
Pero de muy bajos medios
se vale esta vez si trata
de acrisolar mi paciencia;
porque contra mi constancia
no es el interés examen,
sin ver que teniendo armas
en mí contra mí tan nobles,
tan generosas y hidalgas
como mi misma memoria,
de las civiles se valga.
Y para que de una vez
desengañe su ignorancia
y sepa de cuáles puede
usar con mayor ventaja,
he de acordárselas todas.
Yo, fortuna...
Sale Juana.
Juana
Una tapada
de buen arte, al parecer,
afligida, ha entrado en casa;
y preguntando por ti,
licencia de hablarte aguarda.
Beatriz
¿A mí? ¿Quién puede ser? Pero
mujer y afligida basta.
Dila que entre.
Sale Leonor tapada.
Leonor
¿Podré hablarosa solas?
Beatriz
Sí. Salte, Juana
allá fuera.
Juana
A Beatriz.
(A que es, señora,
embestidura, apostara
la vida.)
Beatriz
A Juana.
(¿Por qué?)
Juana
A Beatriz.
(Porque hay
mil destas estrafalarias
que, a título de limosna,
se estofan de lo que estafan.)
Vase.
Beatriz
Ya estoy sola. Bien podrá,
señora, decir qué manda.
Leonor
Descúbrese.
Que me des, Beatriz, los brazos.
Beatriz
Leonor mía, pues ¿qué causa
hay que te obligue a venir
desta suerte?
Leonor
Oye y sabrasla.
Al despedirnos anoche
me dijiste que deseabas,
en fe de la inclinación
que se ha confrontado en ambas,
desahogar tus desazones
conmigo. Y tan obligada
quedé a que quieras de mí
hacer esta confianza
que no vi la hora de verte;
y como si, destapada,
a pagarte la visita
viniera era cosa clara
que me había de asistir
Ángela, de quien recatas
tus sentimientos; supuesto
que dijiste que te holgaras
que habláramos sin escucha,
quise, habiendo esta mañana
ido a sacar a la puerta,
Beatriz, de Guadalajara
un vestidillo –dejando
a la vuelta una criada,
con quien salí–, no perder
la ocasión, sino lograrla,
aunque de paso; y así,
pues no saben con quién hablas,
mira en qué puedo servirte.
¿Qué me quieres? ¿Qué me mandas?
Fíate de mí. Bien puedes.
Y si quieres que mis ansias
–que también de anoche acá
hay novedad que las causa–
quiten el miedo a las tuyas,
lo haré, acetando la paga
antes que la obligación;
pues si en mi temor reparas,
quizá te he menester más
yo a ti que tú a mí. Esto basta
que te diga por agora.
Beatriz
Más que tus labios me callan,
tus ojos, Leonor, me dicen.
Leonor
Pues ¿qué esperas? Pues ¿qué aguardas
para decirme tus penas,
si me ves llorar? Pues nada
te empeña más en decirlas
el ver que sabré llorarlas.
Beatriz
Aunque es verdad, Leonor mía
que la ocasión deseaba
de comunicar contigo
un cuidado, se adelanta
tanto tu pena a mis penas
que he de rogarte me hagas
el favor de hablar primero.
Leonor
Si es tomarme la palabra
de que mis ansias, Beatriz,
el paso a las tuyas abran,
yo lo haré. Sabrás –¡ay triste!–
que libre, altiva y ufana,
burlando imperios de amor...
La voz parece que estrañas;
pues no la estrañes, Beatriz,
que si he de contar mis varias
fortunas fuera tibieza
que de ellas amor faltara,
pues fortuna sin amor
no es más que cuerpo sin alma.
Burlando –digo otra vez–
imperios de amor, ufana,
altiva y libre vivía
cuando su deidad tirana,
ofendida de que fuese
yo la excepción de sus armas,
las que contra otras por uso,
tomó contra mí en venganza.
Don Luis, el mayor amigo
de mi hermano, con la entrada
que el serlo le permitía
a todas horas en casa
–y con el digno pretexto
de esposo–, medios y trazas
buscó de que yo entendiese
las mudas cifras del alma.
No fueron dificultosas,
que mi hermano, en su alabanza
siempre hablando, me quitó
el cuidado de estudiarlas.
Dejo aquí, por no cansarte,
papeles, ruegos, criadas,
rejas, noches; y voy sólo
a que, en fe de la palabra
de esposo, empeñé el cariño,
en cuya tranquila, blanda
paz, viento en popa, de amor
los piélagos sulqué hasta
que los embates de celos
levantaron la borrasca.
A Ángela, tu prima, adora;
y no tan sólo me agravia
en la parte del afecto,
a quien tan ingrato falta;
pero en la parte también
de que mi hermano la ama;
y su competencia temo
que pase a mayor desgracia
si es que se encuentran los dos,
porque sé que Félix anda
buscándole desde anoche
para decirle sus ansias.
De suerte que, entre mi hermano
y amante, sobresaltada
es fuerza vivir temiendo
el todo y la circunstancia;
y así, vengo a suplicarte
–pues, como ladrón de casa,
es fuerza estar a la mira
de lo que pasa y no pasa–
procures con tu cordura,
tu entendimiento y tu maña,
haciendo que Ángela a entrambos
cierre el paso a la esperanza,
desviar aqueste empeño
que a dos luces amenaza
mi vida, pues de cualquiera
suerte soy a quien alcanzan
o de Félix las ofensas
o de don Luis las mudanzas.
Beatriz
¡Qué poco, Leonor, me fías
en lo mucho que me encargas!
Leonor
¿Es desdeñarte por ser
materia de amor?
Beatriz
Aguarda,
verás que tan al contrario
que, antes, si –¡ay Dios!– escucharas
el discurso, Leonor mía,
en que cuando entraste estaba,
vieras que por ser de amor
sólo de mano me ganas,
pues lo que quise pedirte
lo mismo es que tú me mandas.
Leonor
Pues ¿qué era el discurso?
Beatriz
Era,
recopilando desgracias,
hacer cargo a mi fortuna
de que de medios se valga
hoy contra mí tan civiles
como que quitado me haya
la esperanza de que pueda
salir desta voluntaria
cárcel –donde mis respetos
me mantienen de una vana,
necia beldad prisionera,
pues la hacienda que esperaba
de anoche acá la he perdido–,
pudiendo, si hacerme trata
asunto de sus vitorias,
usar de más nobles armas.
Éste era el discurso. Agora,
para que le entiendas, falta
saber qué armas eran éstas.
Mas, ¡ay, qué necia ignorancia!,
pues cuando dije, Leonor,
que ni desdeña ni estraña
pláticas de amor mi oído,
dije, si bien lo reparas,
que en su mar una fortuna
estamos corriendo entrambas.
Libre también del tirano
imperio de amor me hallaba
yo, Leonor, cuando trocó
en tormentas mis bonanzas.
Y para que veas, ¡ay triste!,
cuánto encadena y enlaza
un influjo nuestra estrella
hube de amar a quien amas.
No te asustes, que don Félix
–sin más amistad ni entrada
en mi casa y en mi pecho
que sola una cortesana
galantería, en que hicieron
lo medido en las palabras
y lo atento en las acciones
alarde sobre su gala
de su ingenio y su nobleza–
es el que (la voz me falta)
me debió el primer afecto,
sin presumir que pasara
ni nunca pasar pudiera
del primer afecto; hasta
que, repetida la vista,
de esa calle viva estatua,
reconocí de mi prima
el galanteo. ¡Mal haya
pasión tan incorregible
que cuando quién es recata,
para que diga quién es
es menester maltratarla!
En fin, viendo cuánto vive
imposible mi esperanza
–pues tan desfavorecida
el cielo quiso que nazca
de méritos y caudales
que todo, Leonor, me falta–,
lo que decirte quería
era, lo primero, me hagas
favor de que esta pasión
nunca de tu pecho salga,
pues es mejor que se esté
oculta que desairada;
y lo segundo, que tú
le diviertas y disuadas
del empeño de mi prima,
pues razones tiene hartas
que le desagraden de ella;
y para que tolerada
viva yo, mira a qué bajo
partido se dan mis ansias,
que el no verle galán de otra
para consuelo me basta.
Leonor
Una hermosura, Beatriz,
a las dos ofende. Haya
contra la hermosura ingenio.
Veamos quién puede más.
Beatriz
Baja
la voz y hablemos más quedo,
que está Ángela en esa cuadra.
Salen don Luis y don Antonio.
Antonio
A Luis.
(¿Que a entrar os atrevéis?)
Luis
A Antonio.
(Sí;
que viendo que no está en casa
don Alonso, pues le he visto
fuera, quiero a la criada
que os dije dar un papel.)
Antonio
A Luis.
(Pues yo me quedo a esta entrada
para hacer alguna seña,
si alguien viene.)
Retírase a la puerta.
Luis
(Aunque me enfada
don Antonio en haber sido
quien dicho a don Félix haya
mi amor, porque uno ni otro
presuman –y a que no caigan
dónde fue donde lo oí–,
no es justo darme de nada
por entendido hasta que él
se declare; a cuya causa,
no he querido que me halle
esta noche, porque añada,
dando a Isabel un papel,
siquiera esta circunstancia
de que estoy más empeñado
que él.)
Beatriz
A Leonor.
(Encúbrete.) ¿Quién anda
aquí?
Luis
(Con Beatriz he dado.)
Leonor
(¡Ah, tirano!, ¿quién pensara
que aquí había yo de verte?)
Luis
¿Quién...? Sí... ¿Cuándo...? Vos... (El habla
se me ha embargado en el pecho.)
Antonio
(Turbado se ha. ¡Quién hallara
disculpa!)
Beatriz
Pues ¿no decísqué
buscáis?
Antonio
A una criada
buscando venimos. ¿Qué
el decirlo os embaraza?
Luis
A Antonio.
(¿Qué decís?)
Antonio
El caso es... (¡Quiera Dios
que con bien salga!)
...que en la casa que servía
antes de ésta, que es la casa
de una deuda del señor
don Luis, de joyas y plata
se hizo un gran hurto; y ella
dijo que aquella mañana
vio un hombre salir, estando
asomada a una ventana;
y que le conocería,
si le viese...
Luis
A Antonio.
(¡Hombre! ¿Qué trazas?)
Antonio
Hase prendido un ladrón
con mil preciosas alhajas;
y para que reconozca
si es el que vio y si de tantas
son de su señora algunas,
me ha encomendado la Sala,
como oficial que soy de ella,
que un requirimiento la haga.
El señor don Luis, corrido
–por ser criminal la causa–
de que vos sepáis que él
en la diligencia anda
–que, al fin, pensó que sin veros
fuera posible el hablarla–,
se ha embarazado; mas yo,
a quien nada le embaraza,
doy testimonio de que
buscamos a la criada.
Beatriz
Está bien; y la que es
también sé. ¡Isabel!
Sale Isabel.
Isabel
¿Qué mandas?
Antonio
A Luis.
(¡Vive Dios, que lo ha creído!)
Luis
A Antonio.
(Conforme a lo que la llama.)
Beatriz
Ponte el manto, que con esos
señores es fuerza vayas.
Isabel
Pues yo, señora, ¿qué culpa
tengo en que...?
Beatriz
No digas nada. Ve y ponte
el manto. Y los dos, pues yo
permito llevarla,
sea donde no tengáis
que volver aquí a buscarla.
Vase Isabel.
Luis
A Antonio.
(No lo creyó mucho.) Ved...
Beatriz
¡No más!
Antonio
...que nosotros...
Beatriz
Basta;
que ha de ir con los dos.
Leonor
(No sé
cómo reprimo mi rabia.)
Salen don Félix y Roque.
Roque
A Félix.
(Señor, ¿qué intentas?)
Félix
A Roque.
(Si yo
le vi entrar y veo que tarda,
¿por qué a lo que él se ha atrevido
no me atreveré yo?)
Roque
A Félix.
(Aguarda;
que aquí están él, don Antonio
y Beatriz y una tapada.)
Félix
(Oye, pues...)
Sale Ángela.
Ángela
¿De cuándo acá
despides tú a mis criadas, Beatriz? ¿Son
tuyas o mías?
Beatriz
Tuyas.
Ángela
Pues ¿cómo las mandas?
Beatriz
Como esos señores vienen
por ella; y es cortesana
acción que por ella no
tengan que volver.
Ángela
(Si tanta
gente creyera que había,
no saliera descuidada
de que hoy sólo me toqué
para el gasto de mi casa.)
Félix
A Roque.
(Qué será esto?)
Roque
A Félix.
(¡Qué sé yo!)
Luis
(¡Qué beldad tan soberana!)
Félix
(¡Qué peregrina hermosura!)
Antonio
Si os enojáis de que salga
la criada, mejor es,
aunque se pierda la instancia,
el que nos vamos sin ella.
Luis
Decís bien. Vamos.
Leonor
(¡Qué ansia!)
Al irse, topan con don Félix.
Luis
Don Félix, ¿vos aquí?
Félix
Pues
¿qué os admira, qué os espanta,
si vos estáis, que esté yo;
y quizá con mejor causa?
Leonor
(¡Mi hermano!)
Beatriz
(¡Ya es otro el riesgo!)
¿Don Félix aquí?
Ángela
¿Qué estrañas,
si el uno por Isabel,
que venga el otro por Juana?
Luis
¿Por qué mejor?
Félix
Porque tengo
la que tenéis; a que añada
la de veniros buscando
por tener una palabra
que hablar con vos.
Luis
Quien me busca
en parte tan escusada,
no como amigo pretende
que responda.
Antonio
(¿Cómo se hablan
los dos así?) Pues don Luis,
don Félix, ¿qué es esto?
Los Dos
Nada.
Ángela
(¡Qué bueno será ver cómo
los que se mueren se matan!)
Félix
Yo tengo que hablaros.
Luis
Yo,
que responderos.
Leonor
(Turbada
estoy.)
Beatriz
Ved, mirad...
Félix
De aquí
salgamos, que de las damas
buenas campañas no son
los estrados.
Luis
Pues ¿qué aguarda
vuestro valor?
Al irse, sale don Alonso.
Alonso
¿Cómo es eso
de estrados y de campañas
en mi casa? ¿Y cómo...
Félix
(¡Bravo
empeño!)
Luis
(¡Desdicha estraña!)
Beatriz
(¡Muerta estoy!)
Antonio
A Roque.
(Roque, ¿qué es esto?)
Roque
A Antonio.
(A esto, señor mío, llaman
cuando pierden los fulleros
caerse a cuestas la casa.)
Alonso
...aquí tanto atrevimiento?
¿Nadie responde ni habla?
¿Qué es esto?, digo. ¿Y que...?
Ángela
Yo
lo diré en cuatro palabras.
Beatriz
(Ella ha de echarlo a perder,
si lo dejo a su ignorancia.)
Ángela
Aquesos dos caballeros
enamorados me...
Beatriz
Aguarda,
que si no estabas aquí,
¿has de saberlo?
Ángela
Pues ¿tanta
dificultad hay en que
enamorados...?
Beatriz
Sí; y calla,
pues no lo viste. Señor,
estando yo en esta sala,
que Ángela estaba allá dentro,
aquesa mujer tapada
huyendo se entró diciendo
que su honor y vida estaban
en riesgo y que, por mujer,
la favorezca y la valga.
Tras ella, esos caballeros
y los que los acompañan
entraron; y por la cuenta,
según el lance declara,
el uno es el que la ofende
y el otro es el que la ampara.
Púseme delante de ella;
y al verme, sin que la espada
sacasen, a mi respeto
tuvieron atención tanta
que dijo uno: “Pues llegó
esa fiera, esa tirana
enemiga, al soberano
sagrado de vuestras plantas,
él la asegure”. A que el otro
dijo que, si asegurada
ella queda, ahora podemos
los dos de nuestra demanda
ajustar en otra parte
el duelo; que de las damas
buenas campañas no son
los estrados. “Pues ¿qué aguarda
vuestro valor?”, dijo el otro.
Conque el volver las espaldas,
quedarse ella y entrar tú
fue uno. Y esto es lo que pasa.
Ángela
¡Oigan! ¿Que no era por mí
la pendencia?
Antonio
A Roque.
(Aquesta dama
tan bien miente como yo.)
Roque
A Antonio.
(Y aun mejor.)
Alonso
Aunque no basta,
para el supremo decoro
que se le debe a mi casa,
haber de su atrevimiento
sido ésa, Beatriz, la causa,
el respeto que han tenido
a tu persona me ataja
mucha parte de la ira.
Félix
Si hubiera de nuestra saña
sido elección, por ser vuestra
tuvierais en qué fundarla;
mas si el acaso o el miedo
se la dieron a esa ingrata,
quien sin elección elige
enoja pero no agravia.
Alonso
También aquesa razón
admito, para que haya
otra más que me disculpe
no echaros a cuchilladas
de mis umbrales. Señora
(mude estilo mi templanza,
que de hombres a mujeres
son las frases muy contrarias),
de lances de amor y celos
mozo fui; nada me espanta.
Ya en mi casa entrasteis. Ya
es Beatriz la que os ampara,
a cuenta suya corréis.
Ved qué queréis que yo haga;
o qué queréis hacer.
Leonor
Esto.
Sálese Leonor, llevándose del brazo a don Luis.
Luis
(A mí me dice que vaya
con ella. ¿Quién será, cielos,
esta mujer que me saca
de igual trance?)
Vanse.
Antonio
Con él vine,
con él he de ir.
Vase.
Alonso
Hasta que haya
alejádose de aquí,
que no podáis alcanzarla,
no habéis de salir.
Félix
No haré,
pues el mandarlo vos basta.
Alonso
Ángela, Beatriz, tenedle,
mientras que yo a mirar salga
si se ha perdido de vista.
Vase.
Félix
A Roque.
(¿Quien vio ni prontitud tanta
en un fracaso, ni en una
desdicha atención tan sabia?)
Roque
A Félix.
(¿Eso admiras? ¿Qué mujer,
señor, no nació doctada
en mentira infusa?)
Beatriz
(Cuerda
anduvo Leonor, pues salva
el ser conocida dando
fuerza al engaño.)
Ángela
¡Que nadade cuanto tú
viste viese!
Félix
¿Cómo acudirá quien se halla
con poco tiempo y con dos
obligaciones a entrambas?
Una es, Ángela divina,
hacerte cargo de tantas
finezas como me debes;
otra es darte a ti las gracias,
discreta Beatriz, de tantos
riesgos como me restauras.
Y pues a una y a otra deuda
razón sobra y tiempo falta,
supla una y otra arrojarme
igualmente a vuestras plantas:
a ti, por lo que me libras;
y a ti, por lo que me matas.
Ángela
¿Es eso lo que os quedó
que decir a la tapada
que se fue con otro?
Beatriz
Poco
os debe atención que iguala
nada al agradecimiento.
Félix
¿Qué queréis, si hay quien la arrastra?
Beatriz
¿Qué he de querer? Mas si fuera
mía, yo la domeñara
a que lo primero fuera
lo primero.
Félix
¿Hubiera trazapara eso?
Beatriz
Querer quererla.
Félix
¿Y querer quererla basta?
Beatriz
No; mas dispone.
Félix
No hay
dispuesta materia que arda
si está en otra parte el fuego.
Beatriz
Irla acercando la llama.
Félix
Cerca está, pero no prende.
Beatriz
Luego es consecuencia clara
que no está dispuesta; y pues
disponerla es aplicarla...
Félix
Decid, sin que más os cueste,
el cuidado de guardarla;
que hoy os quiero, sin teneros
cuidadosa.
Beatriz
Todo para
en que me la hagáis, don Félix,
de no volver a esta casa;
que no hay para cada día
un engaño, una tapada,
ni un deseo de enmienda
a atrevimientos que agravian
más que imagináis; no sólo
a ella, a Ángela, a su fama,
a mi tío y a mí, pero
a quien... ¡No sé a quién!
Félix
No vaya
con tal duda. ¿A quién decís?
Beatriz
Preguntadlo a la tapada,
que ella lo sabe y ella
os lo dirá.
Félix
¡Duda estraña!
¿Ella lo sabe?
Beatriz
No sé
y sí sé.
Félix
¿En voces contrarias
respondéis?
Beatriz
Sí.
Félix
Mal podrésin
conocerla...
Beatriz
Buscadla.
Félix
No sé donde.
Beatriz
Yo tampoco.
Pero ella...
Sale don Alonso.
Alonso
Pues ya se alargan,
idos, caballero; y ved,
ya que fue la prisa tanta
que dio la mujer en irse,
que no hubo lugar a que haga
amistades que debiera;
que salís de aquesta casa
y ha de correr a mi cuenta
cualquier disgusto o desgracia
que deste duelo resulte.
Félix
Yo os doy, señor, la palabra
–porque fue lance rifado,
sin empeño de importancia–
que por aquella mujer
segundo duelo no haya.
Alonso
Oíd: dejar a la que os deja
es la más cuerda venganza.
Id con Dios.
Félix
Guárdeos el cielo.
(¿Qué es lo que llevo en el alma
que, con sentirlo, lo ignoro?)
Roque
A Félix.
(Pues ¿qué ha sido?)
Félix
A Roque.
(Unas palabras
tan confusas a una luz,
a otra luz tan cortesanas,
que, viendo a Ángela, el oírlas
me divirtió de mirarla.)
Vanse.
Alonso
Si cerradas estas puertas
estuvieran, no se entraran
acá aquestos alborotos.
Beatriz
Descuido fue.
Alonso
¡No faltaba
más que era andarme yo agora,
si más el lance durara,
ajustando duelecitos
de melenas y tapadas!
Entraos las dos allá dentro.
Mas oye, Beatriz.
Beatriz
¿Qué mandas?
Alonso
La jornada corre prisa.
Ya ves que la ropa blanca
dice quién es cada uno,
mayormente en las posadas.
Si menester fuere alguna,
te ruego esta tarde salgas
a prevenirla.
Vase.
Beatriz
Saldré,
señor, de muy buena gana
esta tarde por ti. ¿Vienes,
Ángela?
Ángela
Sí; que embobada
me he quedado de saber
que los que a una mujer aman
riñen por otra.
Beatriz
¿Qué quieres?
Como eso en el mundo pasa,
no hay si no...
Ángela
¿Qué?
Beatriz
...aborrecer
a los dos.
Ángela
Desde mañana;
porque hoy tengo que hacer unos
lazos. Verán que no tratan
de más que de aborrecerlos
mis tres sentidos del alma.
Vase.
Beatriz
Sí, que las cinco potencias
estarán muy ocupadas;
que aborrecer y hacer lazos
son dos cosas muy contrarias.
Vase.
Salen Leonor, don Luis y don Antonio.
Leonor
(Que me conozca no quiero
don Luis. Y cómo podré
tomar el coche, no sé.)
Pues ya os serví, caballero,
no habéis de pasar de aquí.
Luis
¿Cómo obedeceros puede
mi obligación sin que quede
servidor a quien debí
haberme dado...? No digo
la vida, porque es menor
dádiva; que fue el honor
de una dama Y si consigo
dejarla por vos segura
del riesgo que amenazó
su opinión –pues aunque no
fue cómplice su hermosura
del atrevimiento mío,
siempre las mujeres son
deudoras a la opinión
en cualquiera desvarío
de los hombres–, ¿cómo puedo
condenarme a no saber
a quién lo he de agradecer?
Leonor
Poco convencida quedo
de la razón que me dais
(disfrazar en vano intento
el habla y el sentimiento),
pues vos a mí no me estáis
en obligación ninguna;
que hallándome acaso allí
y empeñada, cuando vi
que en tan deshecha fortuna
Beatriz de mí se valía,
¿qué hice de su fingimiento
en ayudar el intento;
pues, así como así, había
yo de salirme de allí?
Luis
Sí; pero villano indicio
fuera, cuando el beneficio
viene a resultar en mí,
el no agradecerle yo.
Leonor
Pues supuesto que queréis
agradecerle, podréis
con una acción.
Luis
¿Qué es?
Leonor
Que no
me sigáis más.
Luis
Eso es
haber, señora, querido...
Leonor
¿Qué?
Luis
Que el ser agradecido
me cueste el ser descortés;
pues si de vuestra porfía
vencerme, señora, intento,
falto al agradecimiento
por ir a la cortesía.
Y a dos defectos rendido,
ya que uno forzoso es,
más quiero ser descortés
que no desagradecido.
Quién sois, me decid, si ya
otro bien queréis hacerme.
Leonor
Quizá os pesará de verme.
Luis
Quizá no me pesará.
Sepa, pues, quién sois, por Dios.
Leonor
Estoy porque lo sepáis
no más de porque añadáis
otro defecto a los dos.
Luis
¿Qué defecto?
Leonor
(Mal, crüel
pasión, cubrirte he querido.)
No sé si el de fementido,
falso, ingrato, aleve, infiel,
mal caballero, villano.
Luis
La causa no alcanzo.
Leonor
¿No?
¿Queréis verla?
Luis
Sí.
Leonor
Pues yo
soy... Mas, ¡ay de mí! ¡Mi hermano!
Al descubrirse a don Luis solo, salen don Félix y Roque y ella se retira.
Luis
¿Quién vio empeño mas crüel?
Leonor
De aqueste portal pretendo
valerme. Ved que estoy viendo
cuanto os pasare con él;
y que si no pensáis modo
para dejar de reñir,
me tengo de descubrir
y hemos de acabar con todo.
Félix
A Roque.
(La tapada a quien siguió
don Luis, al ver que he llegado,
a un portal se ha retirado.)
Antonio
(¿Qué debo hacer ahora yo
hallándome entre los dos,
puesto que, de ambos amigo,
a uno falto si a otro obligo?)
Luis
(¿Qué he de hacer, ¡válgame Dios!,
entre Félix y Leonor
cuando, creciendo recelos,
a empeño de amor y celos
se va añadiendo el de honor?)
Félix
A Roque.
(Y pues lo quiso mi estrella
que los alcance, sabrás,
Roque, que me importa más
que imaginas conocella;
y así, aunque me veas reñir,
no cuides de mí...)
Roque
A Félix.
(No haré.)
Félix
A Roque.
(...sino tras ella te ve
adonde quiera que ir
la vieres.)
Roque
(No he menesteryo tan
grande diligencia como
huir una pendencia para ir
tras una mujer.)
Félix
Huélgome haberos hallado
tan presto.
Luis
A mí no me pesa.
Antonio
A mí sí, que de las burlas
me sé pasar a las veras.
Ninguno empuñe la espada
sin mirar la diferencia
que hay para sacarla cuando
suceden las contigencias
entre amigos o no amigos;
o el que la sacare entienda
que me halle al lado del otro.
Luis
Yo no la sacaré en esta
ocasión; que habiendo oído
que hay campañas, mal hiciera
en sacarla y más adonde
hay quien impedirlo intenta.
Félix
Si lo dije, ¿a qué más puede
obligarme que a ir a ella?
Luis
Pues guiad donde no haya
testigo que lo defienda.
Antonio
Ni guiéis vos ni vos sigáis
sin que primero se advierta
que antes que allá hable el acero
puede aquí reñir la lengua.
¿Qué se ha de contar mañana
de que dos hombres que eran
amigos ayer hoy riñen
y más por cosa tan ciega
como el amor de dos días?
Pues para que reñir deban
dos amigos, ha de ser
tan reservada materia
que, a más no poder, se esté
honestada por sí mesma.
¿Visteis una dama vos?
Félix
Y rendido a su belleza,
confieso que la di el alma.
Antonio
Pues ¿adónde está la queja
de que a otro lo que a vos
os aconteció acontezca?
¿Tenéis vos algún favor?
Luis
Ni amago de que le tenga.
Antonio
Pues ¿dónde está la esperanza
que más que un amigo pesa?
Volved, necios, en vosotros;
y ya que la acción suspensa,
si no capitula paces,
por lo menos firma treguas,
decidme, ¿vos sois amigo
de don Félix?
Luis
De manera
que diera por él mil vidas.
Antonio
¿Vos de don Luis?
Félix
Nada aprecia
más que su amistad el alma.
Antonio
Pues puesto que el reñir fuera
ya para enemigos tarde
y para amigos apriesa,
hayámonos a razones.
Luis
Yo confieso que si hubiera
sabido antes de don Félix
la pasión (esto me mueva
estarlo oyendo Leonor),
de la mía desistiera;
porque en mí no ha sido más...
(¡Que haya de ser eso fuerza!
Mas páguelo el gusto y no
la obligación de sus prendas.)
...que el capricho de saber
hasta dónde la soberbia
llegaba de una hermosura
tan vana.
Félix
Yo no pudiera
nunca desistir la mía,
aunque supiese la vuestra;
conque arguyo la ventaja
que hay, si bien se considera,
de amor a capricho.
Luis
(¡Ay,
que no es la ventaja ésa!)
Antonio
Luego si no enamorado
estáis y él lo está, compuesta
está la cuestión.
Luis
No está;
que hay segundo duelo en ella
que satisfacer.
Antonio
¿Qué duelo?
Luis
Que siendo la vez primera
que su amor supe en la casa
de Ángela, buscarme en ella
tan desatento y decir
que los estrados no eran
campañas me obliga a que
nadie que lo oiga crea
que doy la satisfación;
que sólo doy por quererla
dar al temor y no...
Antonio
Oíd.
Quien nunca, don Luis, dio muestras
de que sabía reñir,
riña siempre que se ofrezca;
mas quien sentó su opinión
tanto como vos la vuestra
deje de reñir; que más
airoso que el otro queda
quien saben todos que sabe
reñir y de reñir deja
porque quiere acompañar
el valor de la prudencia.
¿Quereislo mejor? Don Félix,
¿pensarais vos que pudiera
nunca dejar de reñir
don Luis por miedo o flaqueza?
Félix
Y si otro lo pensara,
le matara en su defensa.
Antonio
¿Creyérades vos, don Luis,
que si una cosa sintiera
don Félix dijera otra?
Luis
No; de ninguna manera.
Antonio
Pues si uno no lo pensara
y si otro no lo creyera,
¡vive Dios que será un ruin
quien mal deste duelo sienta!
Y vuélvome a mi principio:
donde hay amistad, no hay tema.
Finezas atropelladas,
¿son algo más que finezas?
Si a un amigo no se sufre
tal vez una impertinencia,
¿a quién se ha de sufrir? Daos
a buenas; y de su estrella
siga el rumbo el que no puede
no seguirle; y el que llega
a verse allí superior,
palabra...
Luis
¡Tened la lengua!
Palabra no la he de dar.
Baste que de Ángela bella
nunca he estado enamorado.
Quien me entendiere me entienda.
Félix
Dejadme echar a esas plantas;
y ved si queréis a ellas
una y mil satisfaciones.
Luis
(Haberla dado quisiera
más que admitirla.)
Leonor
(Un celoso
cualquiera que escucha aprecia.)
Vase.
Luis
(Resolvió salir Leonor en
viendo que Félix quedaya
asegurado; conque
también yo lo quedo en que ella
vaya sin ser conocida.)
Félix
¿La tapada no es aquélla
que supuso Beatriz?
Luis
Sí.
Félix
Pues ya que la competencia
volvió a su amistad, adiós,
que me importa conocerla.
Luis
Eso no. Conmigo vino
tan recatada y cubierta
que, con haber sido yo
el que eligió, no me ruega
más de que no la conozca;
y no es justo, si desea
encubrirse, que dé a otro
de descubrirla licencia.
Y antes, para asegurarla
que nadie seguirla intenta,
por esotra parte habemos
de irnos.
Félix
Vamos norabuena.
Antonio
Sea, por un solo Dios,
donde no hablemos de veras;
que me tenéis mareado,
casi vencido a que crea
si hay celos o si hay amor.
Félix
Preguntádselo a mis penas.
Luis
(Mejor pudiera a las mías.
¡Mal haya elección que empeña
a obligaciones donde haya
de quedar el gusto en prendas!)
Félix
A Roque.
(¿Roque?)
Roque
A Félix.
(Ya entiendo. El cuidado
pierde de que se me pierda;
que desde que del portal
la vi salir, ojo alerta,
su guarda he sido de vista.)
Félix
A Roque.
(Pues síguela hasta que sepas
dónde vive y quién es. ¡Cielos!,
haced que el enigma entienda
que a ella remite Beatriz.)
Vanse y sale Roque por otra parte.
Roque
Ya da a la calle la vuelta.
Alargue el paso a alcanzarla,
no, entrándose en otra puerta,
me dé con el trascantón.
Salen Inés y Leonor.
Inés
¿Era hora de que vinieras?
Leonor
Ven, que hay mucho que contarte.
Vanse las dos.
Roque
Con otra tapada encuentra
y mano a mano las dos
entran en la calle nuestra;
y aun en nuestra casa. ¿Cómo
es esto? ¡Bueno es que tenga
mi amo contratado ya
que a casa a buscarle venga
y me haga a mí que la siga!
Si ya no es que ella pretenda
darme el trascantón en casa...
Pero no; por la escalera
sube y a la puerta llama,
cual pudo a la suya mesma.
Volveré a buscar volando
a mi amo, que es bien sepa
la visita que le aguarda
y la suma diligencia
que la casa me ha costado.
Vase.
Salen Leonor y Inés, quitándose los mantos.
Leonor
Quítame este manto apriesa;
que aunque no importara, Inés,
el que mi hermano supiera
que fui en casa de Beatriz,
importa que no lo sepa
por circunstancias que hubieron
de obligarme a que por fuerza
me amparase de un portal,
en que él me vio.
Inés
Pues ya quieta
y segura estás, ¿no puedo
saber que ha habido?
Leonor
Oye atenta.
Llegué a casa de Beatriz...
Llaman dentro.
Mira quién llama a esa puerta.
Inés
Más parece invocación
que no relación aquésta,
que es ella misma, señora.
Sale Beatriz con manto.
Leonor
¿Qué dices? ¿Qué es esto, bella
Beatriz? ¿Tan presto me pagas
la visita que aun apenas
he llegado cuando ya
te dio cuidado la deuda?
Beatriz
Díjome, Leonor, mi tío,
porque una jornada apresta,
que comprase no sé qué
prevenciones para ella,
más dadas a mi cuidado
que al suyo; y viéndome fuera
ya una vez de casa quise
no volverme sin que sepa
qué te pasó con don Luis;
que ser bravo lance es fuerza
el que se hallase contigo
embarazado al ver que eras
tú la que de aquel empeño
le sacases.
Leonor
Aún no cesan,
¡ay Beatriz mía!, sucesos
que más a luz de novela
parecen imaginados
que sucedidos. Resuelta
a no descubrirme estuve;
porfió en que me descubriera;
y a sus sinrazones más
que a sus razones atenta
me descubrí.
Beatriz
¿Qué diría
al verte?
Leonor
Aun eso se queda sin
saber, porque al instante
mismo mi hermano...
Inés
¡Y él que entra!
Que parece que tu voz
hoy más conjura que cuenta.
Beatriz
¿Dónde podré retirarme?
Que no quiero que me vea,
que es hacer muy sospechosa
mi venida, sobre cierta
plática que allá tuvimos
los dos.
Inés
Pues en vano intentas
esconderte, porque ya
te vio.
Salen don Félix y Roque.
Félix
A Roque.
(¿Qué es lo que me cuentas?)
Roque
A Félix.
(Si no me crees, vesla allí.)
Leonor
A Beatriz.
(En fin, ¿no quieres que sepa
que eres tú?)
Beatriz
A Leonor.
(No, por Dios.)
Leonor
A Beatriz.
(Pues
de hallarte aquí, sin que pueda
preguntarme a mí quién eres,
cuidado con la deshecha.)
Cúbrese Beatriz.
Señora, ese caballero
no vive aquí; y bien pudiera,
pues hay puerta en que llamar,
no entrarse hasta adonde...
Félix
Espera
y no enojada, Leonor,
te desazones ni ofendas
con esta dama negando
que vivo aquí; que si piensas
que es tomarme en tu decoro
alguna libre licencia,
te engañas; y bien podías
tener hartas experiencias
de cuánto mis atenciones
pundonorosas respetan
los umbrales de tu cuarto.
Y porque no sólo queja
formes, pero aun el enojo
en agasajo conviertas,
sabe que a esta dama debo
la vida; pues si por ella
y el ingenio soberano
de Beatriz, Leonor, no fuera,
don Luis, Ángela, su padre
y yo, ten por cosa cierta,
nos hubieramos perdido
esta tarde.
Leonor
¿Qué me cuentas?
Félix
Esto es para más despacio,
que agora basta que sepas
que el venir aquí es la dicha
mayor que hay que me acontezca;
pues sin saber cómo hoy sólo
vi entrar el bien por mis puertas.
Leonor
Siendo así, trueque el estilo.
Perdonad, por vida vuestra,
el no saber que os estaba
en tan generosa deuda.
Beatriz
Perdonadme vos a mí;
y aqueste agrado os merezca
el haber de recibirle,
porque es forzoso, encubierta.
A Leonor.
(¿Qué es esto, Leonor?)
Leonor
A Beatriz.
(No sé;
que eres la tapada piensa
de tu casa.)
Beatriz
A Leonor.
(¿Qué causa hay
de que por ella me tenga?)
Leonor
A Beatriz.
(Tampoco lo sé; mas puesto
que por tan claro lo asienta,
alguna tendrá y así
convenir con él es fuerza.)
Beatriz
A Leonor.
(¿Y a qué he de decir que vine?)
Leonor
A Beatriz.
(Tú allá en tu ingenio lo inventa.)
Félix
Ahora, señora, mil veces
dejad que a las plantas vuestras
ponga primero la vida
que os debo; y luego con ella
la alma en agradecimiento
de escusar la diligencia
de ir a buscaros, a cuya
causa mandé que os siguiera
este crïado; y pues fue
mi suerte hoy tan lisonjera
que supieseis vos mi casa
al ir yo a saber la vuestra,...
Beatriz
A Leonor.
(Bien haberte a ti seguido
y hallarme a mí se concuerda.)
Félix
...decidme qué me mandáis
porque, obedecida, tenga
la razón de suplicaros
que me saquéis de una pena
en que me puso Beatriz
diciendo que vos...
Beatriz
La lengua
tened; que porque veáis
que lo que allá diría ella
es lo que yo aquí a deciros
vengo de su parte, es fuerza
adelantar la razón.
Pero más sola quisiera...
Félix
Salte tú allá fuera, Roque.
Leonor
Inés, allá dentro te entra.
Inés
(¿Secretico? No en mis días,
sin que saberle pretenda;...)
Roque
(¿Caso reservado a mí?
No en mis meses, sin que quiera
alcanzarle;...)
Inés
(...que seríamal
contado...)
Roque
(...que error fuera...)
Los Dos
(...el que volviesen los mantos
y no volviesen las puertas.)
Vanse los dos.
Beatriz
Lo que Beatriz os diría
es que hay a quien ofenda,
Félix, vuestro galanteo;
aún más...
Félix
¿Sí?
Beatriz
...que a Ángela bella,
a su padre y al honor
de su lustre y su nobleza.
Y tanto que traéis la vida
muy a riesgo de perderla;
no porque haya Ángela dado
–que infamemente mintiera–
nunca ocasión, mas porque hay
tan locas pasiones ciegas
que se empeñan donde no
saben en lo que se empeñan.
Un poderoso enemigo
tenéis, de tantas cautelas
que quizá hablando con vos
está; y cuando más os muestra
descubierta el alma es cuando
la tiene más encubierta.
Yo, sea quien fuere, sé
vuestro riesgo. Y por sospechas
que pueden tocarme en que
él os mate y yo le pierda,
sabiendo cuánto es Beatriz
prudente, advertida y cuerda,
tapada, como me hallasteis,
me fui a declarar con ella,
porque su ingenio pusiese
a tanto peligro enmienda.
Que no bastaba, me dijo,
porque su prima era necia,
loca y vana; tanto que
no ve la hora en que sucedan
por ella escándalos, que hacen
más ruidosas las bellezas.
Y que así viniese yo
a deciros que ella os ruega
de su parte que la hagáis
merced de que por sus puertas
no paséis, que sentiría
más, Félix, vuestra tragedia
que el deslustre de su prima.
Diréis, al valerse ella
de mí, cómo escogí al otro,
teniendo en esta materia
que hablar con vos. Pero fácil
me parece la respuesta
con que quise desvelar
para con vos la sospecha
de la segunda intención,
reservando para esta
ocasión el declararme.
También diréis que es muy nueva
cosa hacer bien y guardar
la cara. Pues no os parezca
que no hay razón; que si yo,
don Félix, me descubriera,
acabado estaba todo,
pues por mí fácil os fuera
que supieseis quién es vuestro
enemigo. Y error fuera
curar un daño con otro,
pues saber basta en mis penas
que di el aviso a Beatriz;
y Beatriz a vos, por señas
que os pide que no lleguéis
ninguna noche a las rejas
de la vuelta de su calle,
porque os aguardan en ella.
Con esto, adiós; y no hagáis
otra vez la diligencia
de que un criado me siga,
pues cuando el cuidado os mueva
de saber quién soy, Beatriz
os lo dirá, ya que es fuerza,
pues ella os remite a mí,
el que yo os remita a ella.
Vase.
Félix
¡Oíd, esperad!
Leonor
No la sigas,que no es
correspondencia de un
agasajo un pesar.
Félix
No quiero más de que sepa
que peligros no retiran
a los hombres de mis prendas.
¡Vive Dios, que no ha de haber
noche que no esté a sus rejas!
Leonor
Será gran temeridad.
Félix
Que lo sea o no lo sea,
esto no te toca a ti.
Leonor
Pues tóqueme...
Félix
¿Qué?
Leonor
...que adviertas
lo que debes a Beatriz,
pues allá el peligro enmienda
y aquí el peligro te avisa.
Félix
Pero ¿qué importa, si es fea
y entendimiento no hay
que se iguale a la belleza?
Tercera Jornada
Sale don Antonio embozado, recatándose; y don Félix, tras él; y Roque.
Antonio
No pongáis tanto cuidado
en conocerme. Ya he dicho
que pienso que en este puesto,
más que os embarazo, os sirvo;
y que no es la primer noche
que a esa reja hablar os miro.
No me debe de importar,
pues lo veo y no lo impido.
Llegad, pues, llegad a ella;
que seguro estáis conmigo
más que pensáis.
Félix
Caballero,
los reservados motivos
de un alma no se revelan
fácilmente. No os he visto
otra noche sino es ésta,
por eso no he pretendido
conoceros otra noche.
Ya os vi; y no puedo conmigo
dejar de saber quién es
de mis acciones testigo.
Antonio
Descúbrese.
Pues no os empeñeis. Yo soy,
don Félix.
Félix
¿Qué es lo que miro?
¿Don Antonio?
Antonio
Sí.
Roque
¿Esperabas
para mañana a decirlo?
Que he estado de aquello de
pendiente el alma de un hilo.
Félix
Pues, don Antonio, ¿qué es esto?
Antonio
Es saber vuestro peligro;
y, sin que vos lo sepáis,
venir, salir y asistiros.
Félix
La fineza os agradezco,
pero no el riesgo imagino;
pues no tiene inconveniente,
cuando a ninguno compito,
hablar a una dama.
Antonio
Basta
que disimuléis conmigo;
como si yo no supiera
que es el ordinario estilo
de un amante cortesano
negarse a cualquier indicio
del susto, muy en su duelo
el disimulo al amigo.
Yo sé que en aquesta calle,
centinela de vos mismo,
esperando la invasión
de un poderoso enemigo,
estáis en vela a un cuidado,
si desvelado a un cariño.
Y aunque a él ignoráis, sabéis
que en lo fatal del destino
el más ignorado riesgo
es el riesgo más preciso;
y así, sin haceros cargo
de que es la amistad servicio,
todas las noches he estado
como veis.
Félix
Mucho os lo estimo.
Mas ¿yo enemigo? ¿yo riesgo?
¿Quién, don Antonio, os lo ha dicho?
Antonio
Si lo hemos de decir todo,
Roque fue quien me lo dijo.
Félix
Pues tú, ¿de qué lo sabías?
Roque
Si todo hemos de decirlo,
de aquella dama tapada
a quien seguí y en tu mismo
cuarto hallaste, sin romperse
la tramoya donde vino.
Félix
Pues ella contigo, ¿cuándo
habló?
Roque
Cuando habló contigo;
porque, como me mandaste
que me saliese a no oírlo,
a oírlo me salí; que, en fin,
criados, dueñas y vecinos,
¿de qué servimos, señor,
si de acechar no servimos?
Contéselo a don Antonio,
pretendiendo leal y fino
te disuadiese el empeño.
Si él, en vez de hacerlo, hizo
la fineza de asistirte,
disculpado está el delito.
Antonio
Y bien disculpado está.
Pues que el barrio recogido
no está y esta noche más
temprano vuestro amor vino
que otras noches. Haciendo hora,
que me digáis os suplico:
de la noche al alba, ¿qué
diablos tenéis que deciros?;
porque cuando vos hablando,
estoy yo perdiendo el juicio;
y más con una señora
que, a lo que a todos he oído,
no es la sabia Pitonisa
–si ya no es que discursivo
de lo que visteis de día,
amante contemplativo,
enamoráis de memoria–;
que, aunque es un cielo divino
lo lindo de su hermosura,
¿qué importa, si anochecido
se apaga todo y se queda
a buenas noches lo lindo?
Roque
Que enamore con linterna
más de mil veces le he dicho;
o que se traiga el lampión
de Psiquis y de Cupido,
con que, maulero de amor,
podrá ser que halle perdidos
en los barrios de lo hermoso
los trastos de lo entendido.
Félix
¡Ay, don Antonio!, si hubiera...
–ya que, en los estremos míos,
para hablar de esto con vos
rodado el lance se vino–;
si hubiera, digo otra vez,
de explicaros, de deciros
la novedad de un amor
tan nuevo y tan peregrino
que dudo que hasta hoy en otro
se haya escuchado ni visto,
no acusarais estas horas;
y antes, ¡ay de mí!, imagino
que las tasarais a instantes
aunque las vierais a siglos.
Decirlo deseo y deseo
no decirlo; porque miro
que, si lo digo, aventuro
la verdad con que lo digo;
y si no lo digo, falto
también al pequeño alivio
de contarlo; de manera
que, en dos afectos distintos,
en el uno vengo a darme
lo que en el otro me quito.
Pero entre una y otra duda,
parta la voz el camino,
pues el decirlo yo todo
será callarlo y decirlo.
Bien os acordáis de aquel
lance en que todos nos vimos
restados, cuando Beatriz
tan rara enmienda previno;
pues no contenta con darme
la vida que me dio, hizo
que de no darme la muerte
me dé la tapada aviso.
Díjome, pues, de su parte
aquello de un enemigo
poderoso, a quien mi amor
ofendía. Agradecido
la empecé a estar desde entonces.
Pero por el caso mismo
que el peligro me avisó,
abandonando el peligro,
vine aquella misma noche;
que es carabana del brío
hacer aprecio del riesgo
para hacerle desperdicio.
En la calle estaba cuando
vi que, entreabierto un postigo
de esa reja, una mujer
en sumisa voz me dijo:
“¿Es Félix?” “Sí”, respondí.
“Según eso, no os han dicho”,
prosiguió, “que no vengáis,
Félix, de noche a este sitio”.
“Antes, según eso, debe
inferirse que lo he oído,
pues que quiso que viniese
quien que no viniese quiso”.
En fin, no perdamos tiempo.
De este pequeño principio
resultó, de un lance en otro,
que ser Beatriz averiguo;
y aún no sé de qué pasión,
con ingenioso disinio,
en voces adrede erradas,
acertados los indicios.
Conque siguiendo en su ingenio
el imán de lo atractivo,
no es Ángela con quien hablo
de noche, siendo a quien miro
de día. Ved de un amor
el más ciego laberinto
que jamás se supo; pues,
queriendo cada sentido
hacer bando de por sí
con opuestos desvaríos,
si en doña Ángela lo hermoso
me suspende, lo entendido
en doña Beatriz. A una,
Clicie de su luz, la sigo
todo el tiempo que su luz
goza resplandores vivos
del sol; a otra, todo el tiempo
que es la flor que en su capillo
se oculta hasta que la noche,
pundonoroso el capricho
de que luce sin el sol,
la hace que trémulos giros
la perficionen a sombras
sin iluminarla a visos.
En cuya guerra civil
–ya lo dije– de sentidos
dentro de mí amotinados,
día y noche a dos asisto,
enamorado de dos:
de la una, si la miro;
de la otra, si la oigo;
llevándose a un tiempo mismo
hermosura y discreción
–acabemos de decirlo–,
si la hermosura los ojos,
la discreción los oídos.
Antonio
Una grande novedad
pensaréis que me habéis dicho
en que amáis a dos.
Félix
¿No lo es?
Antonio
No; que a mí me ha sucedido
mas de cuatrocientas veces.
Roque
¿Qué pobrete no ha tenido
en una parte el deseo
y en otra parte el capricho?
Félix
La reja abren.
Antonio
Pues llegad,
que yo hacia allí me retiro.
Beatriz a la reja.
Beatriz
¿Es don Félix?
Félix
Y rendido
a la pena de esperar,
casi llegaba a culpar
tu tardanza.
Beatriz
Nunca ha sido
pena esperar, que si llena
de susto a la posesión
una breve dilación,
¿por qué ha de llamarse pena?
¿Contrario efecto no es justo
que a una causa se conceda
para que inferir se pueda
de una pesadumbre un gusto?
Félix
La gloria, Beatriz, de hablarte
con la esperanza se alcanza;
luego tiene la esperanza
la culpa en aquella parte
que sentir toca al cuidado
la dilación del empleo;
luego es fuerza que al deseo
le dé la esperanza enfado.
Del sol una propiedad
lo diga: en la noche fría,
cuanto más vecina al día,
es mayor la oscuridad.
Beatriz
Sí; mas si llega a advertir
que al mirar su rosicler
el empezar a nacer
es empezar a morir,
¿qué logra la posesión
del día en su lucimiento,
si es preciso que al aumento
siga la declinación?
Auge es en la astrología
no poder pasar de allí;
y término el hasta aquí
es de la filosofía;
luego la esperanza más
que la posesión alcanza
si, cuando va la esperanza,
la posesión vuelve atrás;
y, poseído, a perder
llega estimación tan grave,
pues no la admira hoy quien sabe
que mañana le ha de ver.
Roque
A Antonio.
(¿Has oído aquello?)
Antonio
A Roque.
(Sí.)
Roque
A Antonio.
(Y dime, por vida mía,
¿hablan en algarabía?
Porque yo nada entendí.)
Antonio
A Roque.
(Sí deben de hablar; mas yo
a estas horas sólo entiendo
que me estoy de sed muriendo.
¿Sabes, Roque, si hay o no
por aquí una casa en que
o aguas o aloja se venda?)
Roque
A Antonio.
(Que hay detrás de aquella tienda
una tabernilla sé.)
Antonio
A Roque.
(¡Qué propia noticia tuya!)
Roque
A Antonio.
(Cada uno habla en lo que alcanza.)
Félix
Mucho os debe la esperanza.
Beatriz
No os admire de que arguya
tan en su favor, porque
me está muy bien el tenella.
Félix
Pues ¿vos necesitáis de ella?
Beatriz
Y aun de dos.
Félix
Eso no sé.
¿De dos esperanzas?
Beatriz
Sí.
Félix
¿Cuáles son?
Beatriz
Vos las sabéis:
que dejéis de amar y améis.
Mirad, Félix, siendo así
que la ha menester a dos
varias luces mi pesar,
si la debo lisonjear.
Félix
No; que de ninguna vos,
que necesitáis os digo.
Beatriz
Mejor lo dirá mi estrella;
y mejor, Ángela bella.
Salen Ángela y Isabel.
Ángela
A Isabel.
(¿Quién la mete a usté conmigo?
Y pues estoy acechando,
sin que me cause fatiga
y sin que a mi padre diga:
“Señor, aquí andan parlando”,
háblense allá, sin que yo
entre en la danza.)
Beatriz
¿Tú aquí?
¿Cómo, Ángela?
Ángela
Como sí.
Beatriz
¿No te acuestas?
Ángela
Como no.
Beatriz
Bien ves cómo te he cogido
en el hurto; que no en vano
te quise ganar de mano
en haber aquí venido
a ver esto.
Ángela
¿Luego yo
soy sobre quien caen las quejas?
Beatriz
Caballero, a aquestas rejas
no se habla.
Ángela
¡Mal año, no!
Félix
A Antonio.
(Vamos de aquí, ¡ay infeliz!)
Antonio
A Félix.
(¿Qué hay?)
Félix
A Antonio.
(Ver con la sombra oscura
a Ángela sin hermosura
y con ingenio a Beatriz.)
Vanse los tres.
Beatriz
Ven tú y cierra esa ventana.
Vase.
Isabel
¿Viste bien el hombre?
Ángela
¿Y pues
no había de verle?
Isabel
Y ¿quién es?
Ángela
El hermano de la hermana.
Isabel
Pues ¿cómo, celosa al vello,
no sentiste que hable así
con Beatriz quien te amó a ti?
Ángela
Tú tienes la culpa de ello.
Isabel
¿Yo?
Ángela
Sí; que es muy fuerte cosa
querer que me acuerde yo
si tú, majadera, no
me acuerdas que estoy celosa.
Vanse.
Salen Leonor y Inés con luces.
Leonor
Inés, no me pesa oír
su queja; pero si ha sido
verse de mí aborrecido
lo que le obliga a venir
con rendimientos, ¿por qué
me tengo yo de quitar,
para volver a enfermar,
la cura con que sané?
Inés
Dices bien; pero, señora,
quien de sanar busca medios
aborrece los remedios
en el punto que mejora;
por cuanto pudiera ser
que, despechado, dejara
de venir y te pesara.
Leonor
Yo no le he de oír ni ver.
Inés
Mira, ya que mi señor
seguro está hasta la hora
–que es cada voz de la aurora
clarín que rompe el albor–,
no le oigas ni le veas,
mas deja que desde allí
pueda oírte y verte a ti.
Yo fingiré, sin que seas
sabidora para él,
que soy yo la que me atrevo
a abrir la puerta.
Leonor
No es nuevo
el lance.
Inés
¿Hay más de que aquél
que le oiga de mala gana
cuando por viejo le muevo
que le ponga hoy como nuevo
y me le vuelva mañana?
¿Qué dices?
Leonor
No sé.
Inés
¿Voy? Di
presto sí o no.
Leonor
¡Qué sé yo!
Inés
Qué sí has dicho.
Leonor
¿Sí?
Inés
Un no
que no sabe qué es, es sí.
Vase.
Leonor
Ve, ya que pensar me deja
si es cierto o no el refrán sabio
de que se duerme el agravio
al conjuro de la queja.
Vuelve con don Luis, que se esconde.
Inés
A Luis.
(Mira que no te ha de oír
ni ver.)
Luis
A Inés.
(Bástame, Inés bella,
que yo pueda oílla y vella;
pues, si tengo de decir
la verdad, desde aquel día
que Leonor se retiró,
a su principio volvió
la ignorada pasión mía.)
Inés
A Luis.
(De un adagillo que a España
añadió Lope, se infiere...)
Luis
A Inés.
(¿Qué?)
Inés
A Luis.
(Quien piensa que no quiere,
el ser querido le engaña.
Mas yo me vuelvo a fingir
que con ninguno aquí hablaba.)
No era nadie el que llamaba.
Leonor
¿Y acabose ya de ir
ese necio que a mis rejas
no deja de porfïar?
Inés
Debiéronse de acabar
por esta noche las quejas
que prevenidas traía;
y habrá ido a dar a hacer
otras nuevas que traer
para mañana.
Leonor
¡Que fría
cosa, pesada y crüel,
es oír con desazón
los ecos de una pasión!
Inés
Noramala para él
si tu favor merecía,
siendo tú en quien asegura
el ingenio y la hermosura
su mejor medianería,
sin costarle en la atención
de nivelada igualdad
lo hermoso una necedad,
lo feo una discreción.
¿Quién metió a la tal persona
en buscar caballerías
hecho infante Bobalías?
¿La infanta Bobalindona?
Tienes sobrada razón
de enojarte. Mas, señora,
él no nos escucha agora;
toma la satisfación
que te da, pues cosa es clara
que perdón un yerro espera.
Leonor
No bastara, aunque me diera
tantas, Inés...
Sale don Luis.
Luis
Sí bastara,
si tú quisieras, Leonor.
Leonor
¿Qué es esto?
Inés
Pues ¿cómo entraste
aquí?
Leonor
El disimulo baste,
traidora, que...
Luis
Tu rigor
no a Inés culpe, sino a mí;
que no tiene culpa Inés
de mis despechos. Y pues
tú no te dueles de mí,
déjala que ella se duela;
y no acuses su piedad,
que no dejas tu crueldad
para nadie. Ya que apela
a tus plantas, Leonor bella,
mi culpa, óyeme en mi culpa;
no porque tengo disculpa,
mas porque quiero tenella.
Yo...
Leonor
Señor don Luis, en vano
el satisfacerme es;
y puesto...
Félix
dentro.
¡Una luz, Inés!
Leonor
¡Ay infelice, mi hermano!
Inés
Como llave maestra tiene,
entrar pudo.
Leonor
¡Muerta estoy!
Luis
¿Qué haré?
Félix
dentro.
¿No bajas?
Inés
¡Ya voy!
Leonor
Que te retires conviene
a ese camarín.
Luis
Escóndese.
Fuerza es.
Inés
¿Inventara esto el demonio?
Toma una luz y sale don Félix.
Félix
En mi cuarto, don Antonio,
con Roque esperad; Inés,
saca unos dulces y de agua
un búcaro, porque tiene
sed un amigo que viene
conmigo.
Inés
(¡Oigan lo que fragua
la fortunilla!)
Félix
Leonor,
¿vestida a estas horas?
Leonor
Sí;
pues ¿cuándo no me halla así
el día con el temor
de los sustos y recelos
en que hasta volver me tienes?
Mas como siempre que vienes
te entras al instante (¡ay cielos!)
en tu cuarto, no me ves
si en vela o dormida estoy.
Félix
Don Antonio, de quien hoy
me hallo obligado, después
que ese loco le contó
que un enemigo tenía,
ni de noche ni de día
me deja: tanto debió
mi amistad a su amistad.
Conmigo al umbral llegó,
dijo que tenía sed y yo
le dije: “En mi cuarto entrad;
que del de mi hermana, Inés,
que siempre esperando está,
agua y dulces sacará”.
Aquesta la causa es
de haberme entrado. Y, en fin,
si oyéndome estás, ¿qué aguardas?
¿Cómo en ir por ello tardas?
Abre aquese camarín.
Saca un barro.
Inés
Sí abriré.
Félix
Y dulces.
Inés
En todo estoy.
Vete tú, que ya yo voy.
Félix
Abre, yo los llevaré;
no pases tú allá.
Inés
¿Hay mohínacomo ésta?
Félix
¿Qué sucedió?
Inés
(¿Para esto nos perdonó
el lance de la cortina?)
La llave se me ha perdido.
Félix
¿Has visto qué torpe estás?
Inés
No hallo la llave.
Quiébranse unos vidrios dentro.
Félix
Tú harás
que la abra así. Mas ¿qué ruido
dentro hay?
Inés
(¡Ay de mí!)
Ladrones deben de ser.
Vase.
Félix
Quien anda en él he de ver.
Luis
(Embarazarelo así,
ya que al sentir que iba a a abrir,
por retirarme, encontré
con los vidrios que quebré.)
Sale y mata la luz.
Félix
O he de matar, o morir,
o saber quién eres.
Leonor
(¡Cielos!,
¿qué haré en tan fiero rigor?)
Luis
A Leonor.
(¡Toma la puerta, Leonor!)
Leonor
(¿Dónde irán mis desconsuelos
a dar?)
Vase.
Luis
(Que a que no te siga,
me quedo.)
Sale Roque con luz y don Antonio.
Roque
Acudamos presto
al ruido.
Antonio
Tray luz. ¿Qué es esto?
Félix
Mi desventura os lo diga.
Tomad esa puerta y no
salga ninguno.
Antonio
Sí haré.
Luis
A Antonio.
(Mirad, don Antonio, en qué
os empeñáis; que soy yo.)
Antonio
(¿Quien habrá en el mundo oído
tan nuevo lance, que pende
de ser mi amigo el que ofende
y mi amigo el ofendido?
Uno en mí el favor espera,
otro a mí se me declara.
¡Quién, sin que a alguno faltara,
a entrambos favoreciera!)
Félix
Hombre, ya estoy contra ti;
y en aquella puerta está
quien salir no dejará.
Roque
¿Yo también no estoy aquí?
Que siendo tres contra uno,
si fin al refrán no das,
a tu lado me hallarás.
Félix
Medio no te queda alguno,
sino el morir o decir
quién eres.
Luis
Pues a escoger
me das, el medio ha de ser...
Félix
¿Cuál? Di presto.
Luis
...el de morir.
(Hacia don Antonio voy.)
A Antonio.
(Que me deis paso prevengo.)
Antonio
A Luis.
(Ved, si hay con quien vengo vengo,
que hay con quien estoy estoy.)
Luis
(Pues sea desta manera.)
Abrázase con don Antonio y vanse.
Félix
A los brazos arrestado
con don Antonio ha llegado.
Roque
Y aun rodado la escalera.
Félix
(Tras ellos, cielos, iré,
¡ay enemiga Leonor!,
a restaurar de mi honor
la parte que pueda.)
Vase.
Roque
¿Qué
te toca, Roque? Quedarte;
hasta que de empeño igual
lo que pasa en el portal
diga la segunda parte.
Vase.
Salen don Alonso y doña Ángela.
Alonso
Mira, Ángela, lo que dices.
Ángela
Muy bien mirado lo tengo;
y así, antes que te partas,
quise decírtelo, a efecto
de que ese cuento te lleves
hacia allá, porque sospecho
que oí decir que en los caminos
suele hacer gran falta un cuento;
y éste de que Beatriz sale
de noche a la reja pienso
que no dejará de ser
a criados y cocheros
–pues las cosas de importancia
tú no has de tratar con ellos–,
cuando no haya de qué hablar,
de algún entretenimiento.
Alonso
(De que sea verdad, dos
grandes conjeturas tengo:
ser necedad el decirlo
y necedad el hacerlo.
En Ángela bien se ve
guardarlo para este tiempo;
y en Beatriz, pues fue el amor
la necedad del discreto.)
Ven acá, vuelve a decirme:
¿lo has visto?
Ángela
Por estos mesmos
ojos que se han de comer
mariposicas; que aquello
de los gusanos, señor,
no se ha de entender con éstos.
Alonso
Disimula, porque viene
Beatriz.
Sale Beatriz.
Ángela
A Alonso.
(Nací para eso.)
¿No sabes lo que a mi padre
le estaba agora diciendo?
Cómo en una reja anoche
estabas tomando el fresco
y no más.
A Alonso.
(¿No disimulo
muy bien, señor?)
Alonso
A Ángela.
(Sí, por cierto.)
Beatriz
Es verdad que anoche estaba
a la reja, pero a efeto
de que andaban por la calle
unas sombras; y queriendo
saber, señor, qué criada
le daba el atrevimiento
–que hay alguna que en tu casa
se conserva a mi despecho–
la reja abrí.
Alonso
Ése sería
a buen seguro el intento;
pero ¿por qué esa criada
ha de estar?
Ángela
Porque no tengo
otra que me sepa hacer
más garambainas del pelo;
y esto importa más que estotro.
Alonso
Pon tú, Beatriz, el remedio.
(Disimule yo mejor,
a pesar de algún recelo
que aún ha quedado en el alma.)
Sale el Escudero.
Escudero
Ya, señor, está dispuesto
todo. Bien puedes bajar.
Alonso
Beatriz, adiós; que yo espero
sacarte deste cuidado.
Beatriz
Sabe Dios que el que yo tengo
es tu salud y que sólo
tu descomodidad siento.
Alonso
Adiós, Ángela. Los brazos
me dad las dos. Los estremos
bastan, Beatriz, por mi vida.
No llores.
Ángela
“Yo para eso no
llorara por mi padre”
por esto diría el proverbio.
Alonso
Adiós otra vez. (Aunque
nada al escrúpulo creo,
mucho al escrúpulo dudo.
Pero no es para aquí esto.)
Abrazadme vos, Munguía.
Al Escudero.
(Esta noche el aposento
vuestro procurad que esté,
sin que nadie lo vea, abierto;
y esperadme en él.)
Escudero
A Alonso.
(Ya sabes
con la fe que te obedezco.)
Alonso
(Veré lo que hace esta noche
y tomaré, por lo menos,
resolución para irme
o para volverme medio.)
Vase.
Ángela
Ven acá. ¿Lloras de veras?
Beatriz
¿Llora alguien de burlas?
Ángela
Pienso
que sí, porque yo mil veces
me suelo llorar riendo.
Vase.
Beatriz
¡Válgame Dios, qué de cosas
concurren a un mismo tiempo
a un pensamiento afligido!
Dígalo mi pensamiento,
pues cuando por una parte
voy, llevada del afecto
de aqueste enigma de amor
que le trato y no le entiendo,
me sale por otra parte
siempre Ángela al encuentro.
Pero ¿qué mucho? ¿qué mucho
que aún no sepa lo que siento
si, como nocturno amor,
de las sombras le alimento?
¡Oh cuánto...!
Sale Leonor.
Leonor
Beatriz, perdonasi, sin
avisarte, entro;
que hoy no piden atenciones
las fortunas; que corriendo
vengo a tus pies tan deshecha
que aun este manto sospecho
que es la tabla del naufragio,
tan acaso hallada, ¡ay cielos!,
que es de una vecina, adonde
tomé anoche el primer puerto.
Mi alma, mi vida, mi honor
a fiar de ti, Beatriz, vengo;
que no me atreviera de otra.
Beatriz
Sosiégate. Cobra aliento.
¿Qué ha sucedido? ¿Qué ha habido?
Leonor
Don Luis anoche –¡yo muero!–
entró en mi casa; y mi hermano
en ella... ¡Válgame el cielo!
Desmáyase.
Beatriz
En mis brazos sin sentido
cayó con el desaliento
y la pasión que traía;
y aunque del grave suceso
que iba contando, el desmayo
trocó el discurso tan presto,
introducidos en él
Félix y don Luis, bien temo
que de Félix el honor
amancillado... Mas esto,
aunque corre prisa, más
corre la de su remedio.
¡Juana! ¡Juana!
Sale Juana.
Juana
¿Qué me mandas?
Beatriz
¡Anda por tu vida, presto!
Ayúdame a que a Leonor
a aquesa cuadra llevemos,
que reservada a los cofres
detrás de mi alcoba tengo;
que fuera dicha que nadie
la viera.
Juana
Pues es a tiempo,que
Ángela con Isabel
está en el cuarto de adentro.
Beatriz
Algo suceder había,
a pesar del hado fiero,
en favor.
Leonor
¡Jesús mil veces!
En fin, ¡ay Beatriz!, riñendo
a mi hermano y a don Luis
dejé en mi casa, y –no puedo
proseguir– huyendo de ella...
Beatriz
Pues no prosigas, que luego
lo dirás. Alienta agora
y, cobrando algún esfuerzo,
procura venir conmigo.
Leonor
En vano, Beatriz, lo intento;
que el corazón a pedazos
se está quebrando en el pecho.
Vase.
Beatriz
Pues ya ella se esfuerza a ir,
enciérrate por de dentro
con ella tú mientras yo
a la deshecha me quedo
de desmentir las espías
de Ángela. No ambas faltemos
juntas y entren a buscarnos.
Nadie la vio. Todo esto
está solo. Algo en favor
–otra vez a decir vuelvo–
en tanto tropel de penas
había de sucedernos.
Mas, ¡ay!, que el favor es uno
y ellas muchas. Y aunque el cielo
nunca deja los resquicios
tan cerrados al consuelo
que no puede la esperanza
acecharlos entreabiertos,
tan tomadas las desdichas
tienen los pasos que pienso
que será posible hallarlos,
pero no fácil tenerlos;
siendo la mayor de todas
que el honor de Félix puesto
a las censuras esté
de quien sepa por lo menos
la pendencia; y por lo más,
que su hermana –¡qué tormento!–
falta de su casa. Hombre
a quien, o de mi hado el ceño
o de mi estrella el influjo
abrasaron en mi afecto,
desaire en su honor y yo
capaz de él sin que...
Sale Juana.
Juana
Ya ha vuelto
en sí y dice que la veas.
Beatriz
Pues en tanto que yo entro
a verla y a escribir, Juana,
dos letras, ponte corriendo
el manto.
Juana
¿Dónde he de ir?
Beatriz
A buscar un caballero.
Juana
¿Quién es?
Beatriz
Don Luis de Mendoza.
Juana
Aunque de vista, acudiendo
a esta calle, le conozco,
no sé dónde vive.
Beatriz
A eso
nos puede servir de algo
siquiera el conocimiento
de Isabel; y así, al descuido
se lo pregunta.
Juana
En efeto,
no hay mal que por bien no venga.
A obedecerte voy.
Vase.
Beatriz
¡Cielos!
¿Félix, restado su honor
y yo sabidora de ello
y no tratar de enmendarlo?
Eso no; que por mi mesmo
pundonor debo acudirle.
Tan vana sólo en aquesto
que el tiempo, de desairado,
presumo que le aborrezco.
Y así, Félix, donde quiera
que estás tu dolor sintiendo,
alienta, vive y respira
adivinando o sabiendo
que está seguro tu honor,
pues yo en mi poder le tengo.
Vase.
Salen don Félix y don Antonio.
Félix
No hay consuelo para mí,
don Antonio; ni ha de habelle
viendo que aquel hombre, ¡ay triste!,
cuando a salir se resuelve
llega con vos a los brazos;
y tanta fortuna tiene
que, desasido de vos,
de vos y de mí pudiese
tomando la calle, ¡ay triste!,
escapar tan velozmente
que ni sé de él ni de aquella
ingrata, tirana, aleve;
ni qué deba hacer.
Antonio
Yo sí.
Félix
Pues ¿qué aguardáis?
Antonio
Mirad, Félix:
la primera instancia en casos
tan ásperos como éste
del acero es; la segunda,
del consejo. Si la muerte
le hubiérades dado anoche,
desempeñarais valiente
el dolor, mas no el honor,
que es el que agora os compete
desempeñar; que una cosa
es que el fracaso me encuentre
y otra que le busque yo;
y así, lo que me parece
es que el dolor tolerado
en ambas instancias muestre
que, andando restado en una,
anduvo en otra prudente.
Fuerza es que quién es se sepa.
(¿Quién decírselo pudiese?
Pero fiose de mí
y fuerza es que Leonor fuese,
claro está, de él a ampararse.)
Y siendo –como se debe
presumir de su dolor–
en quien nada el lustre pierde,
lo que os toca es tolerarlo,
ya lo dije, cuerdamente.
Poneros, Félix, de parte
del dolor; y hasta que muestre
el veneno su malicia,
para que mejor recete
su antídoto la cordura,
no hacer novedad; no os eche
nadie menos, ni repare
en voz ni en semblante; aliente
el corazón hacia afuera,
aunque hacia dentro reviente,
que los estremos de honrado
tal vez lo ignorado advierten;
y si aprovechan algunos,
dañan infinitas veces.
¿Qué hiciérades sin dolor
a estas horas?
Félix
Me parece
que de Ángela la calle
pasara, porque tuviese
su jurisdición el día,
hasta que a la noche entre
en otra jurisdición
el alma.
Antonio
Pues aunque os pese,
habéis de venir a ella.
Félix
Porque se vea que tiene
ganas de sanar mi honor,
ningún remedio desprecie.
Vamos; aunque es tan costoso
como que de amor me acuerde
y dél me olvide.
Antonio
No olvida
quien se acuerda de que siente.
Sale don Luis.
Luis
(¿No me bastaban, fortuna,
las confusiones crueles
de no saber de Leonor,
ni dónde ni cómo fuese,
sino que añadirme quieras
la de que Beatriz pretende
hablarme? ¿Qué me querrá?
Pero sea lo que fuere,
puesto que el papel me dice
seguro en su casa entre,
veré qué me manda.)
Félix
Oíd.
¿Don Luis no es aquél que viene
hacia casa de Beatriz
y aun en ella me parece
que entra?
Antonio
¿Qué intentáis hacer?
Félix
¿Qué queréis que hacer intente?
Lo que hiciera sin dolor
al ver que don Luis me ofende.
Antonio
¿Don Luis os ofende?
Félix
Sí.
Antonio
(¿Quién, cielos, haberle puede
dicho que es él?) Ved...
Félix
Quitad,
pues vuestro consejo es éste.
¡Don Luis! ¡Don Luis!
Luis
¿Quién me llama?
Félix
Yo os llamo.
Luis
(¡Ay de mí! ¡Don Félix!
Y demudado el semblante...
Si don Antonio le hubiese
dicho que soy yo el de anoche...)
Antonio
(Echada está ya la suerte
con todo el resto a una mano.)
Luis
¿Qué mandáis?
Félix
Saber qué tiene
que hacer en aquesta casa
don Luis, quien, ya que no ofrece
clara palabra, la da
a entender tácitamente
de no entrar en ella.
Antonio
(Menos
que yo presumí sucede.)
Luis
(Bien se ve que don Antonio
no le ha dicho que yo fuese;
y bien, cuánto sobresalta
cualquier vara al delincuente;
y pues lo más nos mejora,
no lo menos nos arriesgue.)
La palabra que a uno di
cumpliré (el valor se esfuerce);
que si vengo aquí, no vengo
porque ver a Ángela piense;
y pues dar satisfaciones
de cómo un hombre procede
nunca puede ser desaire,
Beatriz me llama por este
papel. A ver a Beatriz
vengo; y pues ella no tiene
que daros pesar, ni yo
por qué el decirlo recele
–pues ni el secreto me obliga,
ni el escrúpulo me vence–,
tomad el papel y adiós.
Vase y dale el papel.
Félix
(¿Quien creerá que, si tuviese
lugar el corazón donde
nueva pena se alimente,
se le añadiera ésta más
de que Beatriz, ¡pena fuerte!,
a don Luis escriba y llame?)
Antonio
¿Cómo dice?
Félix
Desta suerte.
Lee.
“Pues podéis, sin que mi tío
os sirva de inconveniente,
señor don Luis, os suplico
vengáis al instante a verme,
que me importa y os importa.”
Don Antonio, aunque deseche
en parte vuestro consejo,
no tengo de hacer en este
lance con dolor lo que
sin él hiciera: que deje,
perdonad, de obedeceros.
Antonio
¿Cómo?
Félix
Como si yo hubiese
de obrar aquí, como obrara,
entrara donde supiese
que me ofende con Beatriz
quien con Ángela me ofende.
Mas no es bien que nuevo empeño
hoy nuevo escándalo empiece;
que una cosa es que yo arguya
que la palabra me quiebre
y otra que le informe (¡ay triste!)
en duelos que el duelo aumenten.
Vamos de aquí, que no quiero
que algún delirio me fuerce
a errarlo.
Antonio
Decís bien. Vamos.
Sale Roque.
Roque
¿Es hora de que te encuentre?
Félix
¿Qué me quieres?
Roque
De Beatriz,
en casa dejaron este
papel.
Félix
¿De Beatriz? Oíd,
pues nada hay que a vos reserve.
Lee.
“Sin que esperéis ni la hora
ni la reja, entrad a verme
al anochecer; pues ya
no es mi tío inconveniente.”
Con unas mismas razones,
poco o nada diferentes,
a mí y a don Luis escribe;
conque es forzoso que cese
aquel primero motivo
de reportarme prudente
y vaya a saber qué es esto,
supuesto que ya anochece.
Adiós quedad.
Vase.
Antonio
Id con Dios.
Agora tras los dos entre
adonde intente, escondido,
estar a lo que sucede.
Cumpla yo mi obligación
y venga lo que viniere.
Vase.
Roque
Tras ellos es bien también
que yo por testigo entre;
y lo que viniere vaya.
Vase.
Salen don Luis, Beatriz y Juana con luz.
Luis
A serviros, obediente
vengo a ver qué me mandáis.
Beatriz
Pon ahí esa luz y vete
donde puedas avisarme
si hacia aquí Ángela viniere.
Vos esperadme a esta parte.
(¡Ce, Leonor, ce!)
Sale Leonor al paño.
Leonor
A Beatriz.
(¿Qué me quieres?)
Beatriz
A Leonor.
(Que oigas y no te descubras.)
Leonor
A Beatriz.
(En todo he de obedecerte.)
Luis
(¿Qué prevención será ésta?)
Beatriz
Señor don Luis, cuánto aleve
es el hombre que a su amigo
en sólo el gusto le ofende
vos lo sabéis; y sabéis
qué será en el honor. Este
principio asentado, vamos
a que, siéndolo don Félix
vuestro y siéndolo Leonor
mía, a entrambos nos compete,
por él, por ella, por mí
y por vos mismo, que enmiende
el juicio lo que erró amor;
y así, atended, que a ponerme
de parte de la razón
os llamo y que... Allí anda gente.
En tanto que quién es miro,
retiraos a ese retrete;
que, si es quien sospecho, nada,
ni aun con el tiempo, se pierde;
pues lo que os dijera a vos,
será lo que a él le dijere.
Y así, ved que hablo con ambos.
Escóndese don Luis.
Leonor
(¿Qué enigma, cielos, es éste?)
Sale don Félix.
Félix
(Sola está Beatriz. Pues ¿cómo,
si don Luis llamado viene
de ella, con ella no está?
Mas no en discurrir me empeñe,
ni en darme por entendido.)
Perdona, Beatriz, si a verte,
llamado de tu papel,
no vine tan velozmente
como quisieran mis ansias.
Luis
(¿Llamado de Beatriz viene
también don Félix? ¿Qué es esto?)
Leonor
(¿Qué es lo que Beatriz pretende
que a mi hermano también llama?)
Félix
¿Qué mandas, pues, y qué quieres?
Beatriz
Perdido el color, la voz
torpe, el labio balbuciente,
a todas partes mirando,
¿uno dices y otro sientes?
¿Qué miras?
Félix
Nada.
Beatriz
¿Qué buscas?
Félix
No sé.
Beatriz
(Fuerza es que recele
si sabe algo de que aquí
Leonor está.)
Luis
(El alma teme
si es su cuidado pensar
si le engaño y, al no verme
con Beatriz, juzga que estoy
con Ángela.)
Félix
Porque no eches
de ver en mí ni un cuidado
ni otra nueva causa invente,
no admires, Beatriz, que cuando
el alborozo de verme
llamado de ti debiera
traerme a tus plantas alegre,
triste me traiga un dolor.
Mi hermana, ¡ah, tirana aleve!
(si voy a mentir, ¿qué mucho
que de su traición me acuerde?),
a un accidente postrada
queda en manos de la muerte
y aun muerta para conmigo.
Leonor
(Nada en lo que finge miente;
que es verdad: muriendo estoy.)
Luis
(¿Qué escucho? ¡Cielos, valedme!
Sin duda, donde ella fue
a ampararse y socorrerse,
él la halló; y para matarla
más a su salvo, accidente
va entablando que después
mejor su venganza honeste.)
Beatriz
Mucho de tan gran desgracia
me pesa; pero consuele
saber que de esos achaques
se sana muy fácilmente,
si se aplican los remedios
a tiempo; y como uno llegue,
la veréis mejor.
Félix
No sé.
Beatriz
Yo sí.
Félix
¿Cómo?
Beatriz
Desta suerte.
Hablemos, don Félix, claro;
que aunque es la verdad, don Félix,
que no se tratan achaques
tan penosos como éste
sin que empacho a quien los dice
y a quien los escucha cuesten,
con todo eso, cuando caen
en quien más que tú lo siente
no es desdoro; y antes es
dicha que, doliendo, empiecen
los remedios; que hay remedios
que no sanan si no duelen.
Males, pues, de amor, y honor
–no el oírlo te avergüence;
que en mí se ha quedado el rayo,
aunque hasta ti el trueno llegue–
son dos males tan contrarios
que el alma que los padece,
implicándose uno a otro,
a sus mismas ansias muere.
Y son dos males tan uno
que, si a la cura obedecen
y se contienen, el alma
mejorada convalece.
El remedio del amor
es considerar que pende
la inclinación de un influjo
que domina, aunque no vence;
el del honor, advertir
que no hay venganza tan fuerte
como no tomar venganza,
si hay otro fin que lo enmiende.
Conque, de parte de amor,
a aquestas plantas, don Félix,
te suplico por Leonor
que el pasado enojo temples.
Yerros dorados llamaron
a sus yerros, mayormente
cuando caen sobre sujeto
que, si tú elegirle hubieses,
no le eligieras más noble
en los naturales bienes;
en los bienes de fortuna,
más rico, ilustre y decente.
Siendo así, agora de parte
de Leonor otra y mil veces
a tus pies, Félix, te pido
que mires, que consideres,
que no hay quien se vengue como
quedar bien sin que se vengue.
Lo ruidoso de la sangre,
por templado que se cuente,
suena a agravio; pero cuando
se le embaraza el que suene,
por más que corra ruidoso,
suena a queja solamente;
y siendo así que de amor
y honor las suaves, leves
medicinas no te apliques
y estar mejor te parece
ofendido que quejoso
y vengado que prudente
(esto es que sepa don Luis
que otro remedio no tiene),
la que a tus plantas humilde,
postrada y rendidamente
llora, heroicamente altiva
sabrá en tus manos ponerte
a tu enemigo; porque,
tras lo lenitivo, entre
lo cáustico –fuego y sangre
cautericen tus crueles
ansias– y quedes mejor
cuando con esto lo quedes.
Dentro de mi casa está,
de donde salir no puede;
un caballo de mi tío
en aquesa esquina tienes;
prevenidas estas joyas
que para tu fuga lleves;
y esta pistola en mi mano,
para que de ti no piensen
que ventajoso reñiste;
conque si él te diere muerte,
se la daré en tu venganza;
que aun muerto no quiero dejes
de quedar siempre mejor.
Mira a lo que te resuelves.
Pero no, no te resuelvas,
sino que otra vez te ruegue
que acudas a lo mejor.
De tu mismo honor te duele
en ti y en Leonor, supuesto
que cuando muerto a él le dejes
y a tu casa vuelvas, ya
podrá ser que a ella no encuentres.
Pues ¿qué haréis? ¿Huir forzados
ella y tú? ¿Será bien lleves
tú contigo una desdicha
y ella otra, cuando puedes,
con no publicarla nunca,
mejorarla para siempre?
Yo te he pagado hasta aquí
un afecto que me debes;
y aun has de deberme otro,
pues yo te ofrezco, don Félix,
si te restauras tu honor,
desde aqueste instante serte
tercera de Ángela y...
Félix
Basta,
Beatriz. Las lágrimas cesen;
que ellas y la acción te estimo
como debo; y me convencen
tus razones de manera
que es fuerza que las acete.
Beatriz
¿Dasme esa palabra?
Félix
Sí;
siendo, como me prometes,
noble.
Beatriz
Mira si lo es.
Saca a don Luis.
Félix
Aunque pudiera ofenderme
de una amistad ofendida,
son tantos los intereses
que con vos, don Luis, mejora,
que nada hay de que me queje.
Luis
No sé qué respuesta daros,
sino es que los pies os bese
a vos y a Beatriz, a quien
tanto bien mi vida debe.
Félix
Parezca, don Luis, Leonor;
que a vos y a ella juntamente
daré los brazos y el alma.
Luis
Pues ¿cómo, si tú la tienes
a ese accidente rendida,
que en mí parezca pretendes?
Félix
Yo no sé della.
Luis
Tampoco
yo.
Beatriz
Yo sí. Bien salir puedes,
Leonor.
Leonor
Humilde a tus plantas.
Alonso
dentro.
¡Hoy a mis manos, aleve,
morirás!
Beatriz
¿Qué voz, ¡ay triste!,
aquélla es?
Todos
¿Qué ruido es éste?
Félix
Cuchilladas en tu casa
son.
Sale doña Ángela.
Ángela
¿Sabrán decirme ustedes,
qué hay por acá?
Sale Roque.
Roque
Don Antonio
y yo a ver lo que os sucede
estábamos a esa puerta
cuando un hombre, al sentir gente,
sacó la espada diciendo...
Alonso
dentro.
¡Hoy vengaré con tu muerte
los agravios de mi casa!
Beatriz
¡Mi tío! ¡Desdicha fuerte!
Salen acuchillándose don Antonio y don Alonso.
Todos
¡Teneos, señor don Alonso,
que aquí ninguno os ofende!
Ángela
¿Tan cerca estaba esa villa
que tan aprisa te vuelves?
Alonso
¡Todos me ofendéis y en todos
me he de vengar!
Beatriz
Señor, tente;
que cuantos están aquí
a sólo a servirte atienden.
Leonor, sabiendo que estabas
desde esta mañana ausente,
a vernos vino esta tarde;
su hermano, el señor don Félix,
viendo que era ya de noche,
para acompañarla viene
por ella; y esos señores,
por él.
Ángela
¡Miente, señor, miente!
Que Leonor no ha estado acá
esta tarde; que no pienses
que has de salirte esta vez
con los engaños que sueles;
que me ha reñido Isabel
que celosa no me muestre
y me he de mostrar celosa.
Alonso
¿Celosa? ¿De quién?
Ángela
De éste;
el primero que casarse
conmigo, señor, pretende.
Luis
Si casado con Leonor estoy,
¿cómo eso ser puede?
Ángela
Pues será destotro, que
también aquí por mí viene.
Félix
¿Cómo, si yo de Beatriz
esposo soy? Porque muestre
que, entre ingenio y hermosura,
el que pueda elegir debe,
si para dama la hermosa,
para mujer la prudente.
Ángela
Pues ello ha de ser alguno.
Ya que no hay otro, sea éste.
Antonio
¿De mí celosa? ¿De cuándo
acá?
Ángela
De cuando ello fuere.
Alonso
Caballero, que Leonor
a ver a Beatriz viniese;
Félix, por su hermana; y que
se case con Beatriz Félix,
es creer lo que está bien;
pero no que se sospeche
que a vos os hallo en mi casa
y que mi honor no remedie.
Dadle a Ángela la mano.
Antonio
Y...
Félix
¿Qué mal estaros puede,
si sois pobre y ella rica?
Antonio
Ahora bien, coma y reviente.
Echad esa mano acá.
Ángela
Ahora bien, tomad.
Alonso
Como eche
los escándalos de mí,
mas que bien o mal se emplee.
Roque
Conque dirá la comedia,
aunque a don Antonio pese...
Todos
...que para dama, la hermosa;
para mujer, la prudente.
- Rechtsinhaber*in
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