Basta Callar
Comedia Nueva

Personas que hablan en ella:

  • MARGARITA, dama
  • FLORA
  • SERAFINA, dama
  • CÉSAR, galán
  • ENRIQUE, duque de Bearne
  • FEDERICO, conde de Mompelier
  • CARLOS, galán
  • CAPRICHO, gracioso
  • ROBERTO, viejo
  • CELIO, vejete
  • ESTELA
  • FABIO
  • LIBIO
  • NISE

Primera Jornada

Salen Margarita y Flora.
Margarita
Mucho, Flora, fío de ti.
Flora
Puede tu amor, satisfecho
de la lealtad de mi pecho.
Margarita
En fe de eso, escucha.
Flora
Di.
Margarita
Hija de Enrique de Fox,
duque de Bearne –rama
de aquel sagrado laurel
que vio la conquista santa
ceñir de Bouillón las sienes–,
nací, sangre real en Francia;
tanto que sus rojos visos
tal vez la lis de oro esmaltan.
No para desvanecerme
mi estirpe te acuerdo clara,
sino antes para quejarme
de mi fortuna; que avara
en otras dichas, a cuenta
de lo liberal que anda
en ésta sola, no ve
en mi vida circunstancia
que ella no cobre en pensiones
o yo no pague en desgracias.
¿Qué piensas que es en nosotras
la grandeza que no pasa
a heredar con los blasones
el poder? Una dorada
prisión donde noble dueño,
con estimación tirana,
halagándonos la vida,
nos tiene cautiva el alma.
Mi hermano lo diga; u yo
lo diré, pues obligada
a cumplir con el decoro,
que es la herencia que me alcanza,
convengo en un casamiento
a mi disgusto. ¡Mal haya
el primer legislador
que hizo a la mujer vasalla
tanto del hombre que quiso
que ellos hereden las casas
y ellas las obligaciones!
¡Que tenga el mundo campañas,
ya al estudio de las letras,
ya al manejo de las armas,
donde se puedan labrar
mármoles, bronces y estatuas;
y, sobre darles los medios
a su mayor alabanza,
les dé también los estados,
primeros o últimos nazcan,
dejándonos a nosotras
–sin el libro y sin la espada
y sin el mando– a ser sólo
la más inútil alhaja
de sus familias! Y tanto
que el padre que más nos ama,
aun con ser padre, no ve
la hora de echarnos de casa.
Mas, ¿dónde voy, ¡ay de mí!,
con mis quejas, si no basta
el uso de padecerlas
al abuso de enmendarlas?
Dirás tú agora que ignoras
deste despecho la causa,
supuesto que el casamiento
que el Duque, mi hermano, trata
es con Federico, conde
de Montpellier, en quien hallan
tan iguales conveniencias
la sangre, el lustre y la fama;
mas responderete yo
que todo no importa nada;
porque todo, Flora, sobra
adonde la elección falta.
Y pues que para un secreto
te elegí –y hasta aquí anda
tan pública mi tristeza
que es poco lo que te encarga–,
vamos a lo reservado
del dolor, en confianza
que no saldrá de tu oído
ya que de mi labio salga.
A los montes de Gascuña,
esa fronteriza raya
que divide, de Aragón,
de Cataluña y Navarra,
nuestros términos –en cuya
siempre militar campaña
de Bearne y Montpellier
yacen estados y patrias–,
a ruego de mis tristezas,
solicitando aliviarlas
–ya te acordarás–, mi hermano
me llevó unos días a caza.
Una tarde, pues, saliendo,
como otras, Flora, a la falda
de sus empinadas cimas,
en quien el cielo descansa,
llevábamos en dos tropas
divididas en dos bandas
la caza y la montería
porque eligiese en sus varias
lides, árbitro el deseo,
de cuál de las dos se agrada,
o boreal o venatoria,
viendo en iguales distancias
que allí el montero tenía
desde la noche en las jaras
concertado un jabalí;
y allí el cazador, cebada
desde el aurora, a la orilla
de una laguna una garza.
Neutral el gusto algún rato
estuvo; porque le llaman,
de una parte, en la traílla,
el can que impaciente ladra;
de otra, en el guante, el halcón
que, al ver que la voz le falta,
picando en el cascabel
pretendía que alternaran
el latón con el latido,
disonantes consonancias.
Ésta, pues, gustosa duda
resolvió un dogo de Irlanda
que, habiéndole dado el viento
de la res, furioso arrastra
al mozo de la traílla,
tirante del cordón, hasta
que, falseado, el eslabón
rompe y el collar arranca;
conque, para socorrerle,
fue fuerza que desataran
contra el jabalí –que al ruido
deja el raso, el monte tala–
ventores que ya le acosan,
sabuesos que ya le alcanzan,
lebreles que ya le lidian;
a cuyo estruendo, levanta
su más remontado vuelo,
despavorida, la garza.
Viéndola los cazadores
encumbrarse, desenlazan
capirotes y pihuelas
y al aire dos neblíes lanzan.
De suerte que allí la fiera,
de los perros acosada,
allí la garza, seguida
de los halcones, formaban
imaginados países
–compitiendo en sus dos tablas–,
con lo feroz de las presas,
lo mañoso de las garras.
Yo que, en medio de las dos,
en esta ocasión me hallaba
en un alazán corcel
–que manchado pechos y ancas
mostraba que sólo un bruto
hiciera aliño las manchas–,
a rematar con la fiera
iba cuando veo que bajan,
hechos un globo de pluma,
garza y halcón a mis plantas.
El otro, que en los regates
había con veloz saña,
para calarse sobre ella,
tomado punta más alta
–no hallándola en la palestra–,
como con envidia y rabia
de que fuese presa de otro,
tuerce el pico y gira el ala.
Viendo yo cuán destemplado
a las nubes se levanta,
sin que al señuelo responda
ni sin que al cebo se abata,
dejando el jabalí, pongo
en él la mira, con gana
de ser yo quien le cobrase;
y como para lograrla
era fuerza no quitar
de él los ojos, a no larga
carrera me hallé, cerrado
el paso, en la enmarañada
confusión de un laberinto
que intrincadamente enlaza
lo pelado de unas breñas
con lo espeso de unas zarzas.
Repareme, no seguida
de nadie; y cuando tomara
ya por partido saber,
puesto que ignoré la entrada,
dónde estaba la salida,
siento ruido entre las ramas.
El oído aplico y la vista;
y veo suelto por las matas
un caballo, a tiempo que
oigo en triste desmayada
voz decir: “¡Ay, infelice!”
Dejo la rienda fiada
al prado –porque pie a tierra
registre mejor la estancia–
y encuentro allí una maleta,
allí un sombrero, una capa
más adelante; y después,
sobre la teñida grama,
en su sangre revolcado,
gallardo joven, la espada
en la mano, tan sin vida,
tan sin aliento y sin alma
que cada suspiro era
último. Permite que haga
aquí una ponderación,
pues ahora no le hago falta
y no es olvidar sus penas
acordarme de mis ansias.
Ya se ha visto caballero
que favorezca una dama,
ya de una caza en acasos,
ya en trances de una batalla;
que aquél la libre del fuego,
que éste la saque del agua;
cuál, del monstruo que la embiste;
cuál, del bruto que la arrastra.
Muchas veces nos lo cuentan
fábulas y historias varias.
Y aún no ha mucho que las dos
vimos caer de una ventana,
socorrida, una hermosura,
no sé si en novela o farsa.
Pero que la dama sea
la que, la suerte trocada,
en tan deshecha fortuna,
en tragedia tan estraña,
halle un caballero que,
a la gente que ya anda
en alcance suyo, mande
que a sus albergues le traiga;
que, curado, convalezca;
que, convalecido, haga
que su hermano le reciba,
porque albergado en su casa
libre esté de sus contrarios
–pues aunque él no dice nada
más de que eran bandoleros,
bien se conoce que engaña;
pues bandoleros no habían
de dejar caballo y armas,
maleta y joyas–; y, en fin,
que, sirviendo al Duque, gracias
a su ingenio y su valor,
sea toda su privanza,
viviendo amado de todos
con vida, honor, lustre y fama,
desde Angélica no tiene
ejemplar. Y más si pasas
a considerar, ¡ay Flora!,
que, sobre finezas tantas,
siendo él el favorecido,
es ella… La enamorada
iba a decir; ni me atrevo
ni sé qué me diga. Saca
tú la consecuencia; pues
en una turbación, basta
no saber lo que se diga
para ver lo que se calla.
Flora
Primero que te responda,
permíteme que te haga
una pregunta: ¿él ha visto
afecto, acción o palabra
en ti que pueda ...?
Margarita
¿Eso había
de ver en mí?
Flora
Pues, ¿qué estrañas
que no te adore rendido?
Margarita
¿Luego los hombres no aman
sino ocasionados?
Flora
Cuando
es tan grande la distancia
del sujeto que, de vista,…
Margarita
Di.
Flora
…más le agravia quien le ama
que quien le olvida.
Margarita
¿Por qué?
Flora
Porque se adelanta
mucho quien pone el deseo
más allá de la esperanza.
Dale alguna y verás... Pero
un hombre en el jardín anda;
direle que estás aquí,
que tuerza el camino.
Margarita
Aguarda;
que ése, Flora, es un criado
que después que ya él estaba
albergado, en busca suya
llegó; y antes estimara
hablarle, por si pudiera
saber si el nombre y la patria
que dijo es cierta; y si es cierta
de su tragedia la causa.
Flora
Pues háblale tú; y a mí
me deja.
Sale Capricho.
Capricho
¡Que en todo hoy no haya
dado con él!
Flora
¿Cómo aquí,
hidalgo, movéis las plantas?
Capricho
Como es jardín, el moverlas
no pensé que os enojara;
pues cualquier viento las mueve
y nadie le dice nada.
Flora
Ved que está Madama aquí.
Volveos.
Capricho
El estar Madama
más es razón de quedarme
que de irme.
Flora
¿De qué se saca?
Capricho
De que el respeto de verla
me ha dejado hecho una estatua.
A ella, con turbación, hinca la rodilla.
Buscando un amo, que Dios
me dio para mi desgracia,
entré a este jardín. ¿Quién pudo
prevenir que tan sin guardas
estuviera, estando en él
quien, si ...
Margarita
No te turbes, alza.
¿Quién eres?
Capricho
Un escudero
andante antes que llegara
aquí, mas ya parante
lo soy.
Margarita
Di, ¿cómo te llamas?
Capricho
Capricho.
Margarita
¿Quién es tu dueño?
Capricho
Bien se ve cuán soberana
deidad eres.
Margarita
¿En qué?
Capricho
En quehaces el bien
sin que hagas memoria de
que le hiciste.
Margarita
¡Ah, sí! Ya no me acordaba.
¿Criado de César no eres?
Capricho
César, mi dueño se llama,
que es lo mismo que llamarse
una negra Mariblanca.
Margarita
¿Cómo?
Capricho
Como César dice
vitorias, triunfos y palmas;
y él toda su vida ha sido
desdichas, penas y ansias;
aunque digo mal, pues desde
que sin estar enojada
ni haberte reconciliado
con él le volviste el habla,
todo es dichas y venturas.
Flora
No tu buen humor se valga,
para jugar del vocablo,
de equívocos; que no falta
quien diga que no es su nombre
César.
Capricho
Diranlo las malas
lenguas porque antes de ahora
Ludovico se llamaba;
pero heredó un mayorazgo
que le obliga a nombre y armas
de César.
Flora
Y aun dicen más.
Capricho
¿Qué?
Flora
Que no es Orleans su patria.
Capricho
Eso aun lleva algún camino;
que aunque Orleans originaria
tierra es suya, en Montpellier
tuvo unos días su casa;
y así haber pensado pueden
que es de allí.
Flora
Y hay quien añada
que no fueron bandoleros
los que por muerto en la falda
de aquel monte le dejaron.
Capricho
¿Pues quién?
Flora
Alguien, en venganza
de no sé qué antiguo duelo
de amor y celos.
Capricho
Quien habla
mucho ...
Flora
En algo ha de acertar,
el refrán dice.
Capricho
¡Mal haya
el griego comentador
que nos los envió de España!
Margarita
Pues supuesto que ya has dicho
que es verdad…
Capricho
Yo he dicho nada.
Margarita
...y que, por cierta porfía
con Flora, intento apurarla,
has de contármelo todo;
y en muestra de que obligada
tenga de quedarte, toma
–que no tengo aquí otra alhaja
más a mano– este reloj.
Capricho
El primer lacayo que haya
visto el mundo hasta hoy seré
con reloj de porcelana,
a quien diamantes adornan
y tulipanes esmaltan.
Margarita
Toma.
Capricho
No sé si me atreva.
Margarita
Pues, ¿qué es lo que te acobarda?
Capricho
Que siendo de sol en ti,
en mí sea de campana;
y dándole tú por muestra,
yo despertador le haga
si te digo que es verdad
que, por celos de una dama,
un señor le hizo seguir;
y más, si me preguntaras
luego quién era el señor
y quién la dama era, guarda,
porque al punto que dijera
que son dama y él...
Flora
Repara,
señora, que el Duque y César
llegan.
Margarita
Un poco te aparta
y vuelve luego.
Capricho
¿A qué horahacer la
junta me mandas, para
poner el reloj?
Flora
¿Ahora en preguntar te paras
la hora?
Capricho
Pues ¿de qué te admiras?
¿Quién con un reloj se halla
que no ande preguntando
tardes, noches y mañanas,
la hora a todos cuantos topa?
Vase.
Flora
No salió la industria vana.
Margarita
No; pero salió crüel,
pues me ha dejado sin alma.
¿Una dama es quien le empeña
y un señor es quien le mata?
¿Quién creerá, cielos, que celos
a la primer vista hayan
podido conmigo más
que amor, pues me declararan
ellos y él no? Si tuviera…
Sale el Duque hablando con César; y otros, de acompañamiento.
Flora
¡Que llega!
Duque
Mucho me espanta
que no baste mi favor,
César, a vencer la estraña
melancolía que traes
estos días.
César
Mis pasadas
fortunas, señor...
Duque
Después
me lo dirás, que mi hermana
está al paso. Margarita.
Margarita
¿Señor?
Duque
Pues, ¿tan retirada,
que me cueste diligencias
hallarte?
Margarita
Penas tiranas,
buscando la soledad,
me trujeron a la estancia
deste jardín, por más sola.
Duque
Otra pienso que es la causa
Margarita
Pues ¿qué puede serlo?
Duque
Que
te traigo dos nuevas, ambas
de gusto; y las que lo son,
siempre hallar su dueño tardan.
Margarita
Harto será que lo sean,
siendo mías; mas ¿qué aguardas?
Duque
Ya sabes que en Montpellier...
Margarita
(Del mal sitio vienen para
ser de gusto, ¡ay infelice!, para mí.)
Duque
...por gobernador estaba
Roberto, aquel docto anciano
que fue en mi primer crianza
maestro mío.
Margarita
Ya lo sé;
y sé también que a tu instancia,
si no en su mayor edad,
por descansar en su patria
a gobernar a Bearne
viene hoy con toda su casa
y familia; pero de eso
a mí, ¿qué parte me alcanza
que nueva de gusto sea?
Duque
Traer a su hija, madama
Serafina, con quien tú
también en tu tierna infancia
te criaste; y habiendo agora
de venir a verte, es llana
cosa que el primer amor
mueva de aquella dorada
edad las memorias.
Margarita
Bien
me holgaré verla y hablarla,
mas no tanto que merezca
ser nueva de gusto.
Duque
Vaya
la otra; quizá ella tendrá
la estimación que a ésta falta.
De tus capitulaciones
tray, con el Conde, firmadas
las condiciones; en cuya
fe, cuerda la confianza
sola esta vez, en mi pliego
envía para ti esta carta.
Margarita
En buen empeño me pones,
pues de necia u de liviana
huir no puedo.
Duque
¿Cómo?
Margarita
Como
siendo cosa que tú tratas,
será necedad si digo
que tampoco...
Duque
¿Qué reparas?
Margarita
...es nueva de gusto ésa;
y si digo que sí...,
Duque
Habla.
Margarita
...será liviandad; y así,
porque acciones ni palabras
en uno ni otro peligren,
tomarla callando basta;
no tanto porque él la escriba,
cuanto porque tú la traigas.
Sale Carlos.
Carlos
Con el séquito de toda
la corte que le acompaña,
Roberto a palacio llega
con Serafina.
Duque
Que salga yo a
recebirle es bien. Tú
ve y en tu cuarto la aguarda.
Venid todos.
Vanse el Duque, Carlos y los demás.
César
(¿Cómo, cielos,iré yo?
Pues al mirarla
es fuerza…)
Margarita
César.
César
¿Señora?
Margarita
Ya veis que no tengo casa
hasta agora y es forzoso
(¡oh, quién sin hablar hablara!)
servirme de los crïados
del Duque, mi hermano.
César
Para
serviros yo, la razón
sobra aunque la dicha falta;
pues no ha menester, señora,
tan honrosa circunstancia
para serviros con vida
y honor quien, a vuestras plantas,
de honor y vida deudor
se confiesa.
Margarita
Aquesa carta
del conde es de Montpellier.
César
(¡Ah, tirano!) Pues ¿qué mandas?
Margarita
Que ya que, entre los favores
que vuestro mérito gana
con mi hermano, es el mayor
que su secretario os haga,
a esa carta respondáis;
y para que trasladarla
pueda de mi letra, un
borrador que traigáis basta.
César
Iré a obedeceros; pero
ved que me la dais cerrada.
Margarita
¿Qué importa?
César
Mucho.
Margarita
¿Por qué?
César
Porque allá el Galateo encarga
a quien sirve que, si el dueño
le diere abierta una carta,
la guarde con tal decoro
que, sin osar desdoblarla,
cuando la vuelva no pueda
decir si está escrita o blanca.
Pues si aun en la abierta quiere
que tanto respeto haya,
¿qué será en la que no abierta
llega a mi mano?
Margarita
Mostralda.
Ya desdoblada y abierta
Riéndose.
va. Leelda y esa enseñanza
(lo fino de mi dolor
desmienta con risa falsa),
si habla al secreto que debe
tener quien sirve, no habla
al que no debe tener
cuando responder le mandan.
Vase.
César
Sólo este enigma, ¡ay de mí!,
a mi confusión faltaba
de descifrar sobre tantos
riesgos, sobre penas tantas
como mi pecho acometen,
como mi vida amenazan,
mi imaginación embisten
y mi pensamiento asaltan.
¿Qué querrá decirme, cielos,
Margarita, que encontradas
vista y voz a un tiempo mezcla
el enojo en las palabras
y en el semblante la risa?
Fortuna, ¿no tengo hartas
dudas yo con que lidiar
sin que otra mayor añadas?
Duélete de mí, por Dios;
y para ver si te cansas,
te las he de acordar todas.
Córrate ver, deidad varia,
que baste yo a padecerlas
y no bastes tú a aliviarlas.
Por muerto me tiene el conde
de Montpellier, en venganza...
Sale Capricho, mirando el reloj.
Capricho
Un hora y un cuarto y algo
más ha que te busco.
César
Estraña
cuenta y razón.
Capricho
No te espantes,
que tengo de quien tomarla.
César
¿De quién?
Capricho
Ahí es un amigo
como un oro.
César
Calla, calla, no me
vengas con locuras;
que no estoy ahora de gracias.
Capricho
Yo tampoco, porque vengo
con unas nuevas; si malas
o buenas, tú lo verás.
César
Poco haré en adivinarlas.
Mas ¿qué? ¿Has visto a Serafina?
Capricho
En este jardín estaba,
señor, a las tres y un cuarto
esperándote a que salgas
del del Duque cuando veo
que, a las tres y media, pasa
un grande acompañamiento;
voy a ver a quién le traiga
y veo que, a los tres cuartos,
todo en Roberto remata,
que, bracero de su hija,
hasta el cuarto la acompaña
de Madama, donde queda
a las cuatro en punto.
César
Aguarda,
¿qué frialdad de horas es ésta
y qué es eso que recatas
de mí?
Capricho
No es nada.
César
Si dejas
la llave fuera, ¿qué guardas?
Capricho
(¡Mal haya secreto que
estar con llave no basta!)
César
¿Tú con tan preciosa joya?
¿De quién o cómo la alcanzas?
Capricho
(Peor será negarlo todo,
pues él, cúyo es dice.)
César
¿No hablas?
Capricho
Margarita, si te digo
la verdad, por aquí andaba
cuando yo entré en busca tuya.
Llegó mi despejo a hablarla
y, de un disparate en otro,
tanto de mi humor se agrada
que me dio aqueste reloj.
César
¿Margarita?
Capricho
¿Qué te espantas?
¿Es nuevo que a un hombre, que
ser hombre de placer trata,
dé una madama una joya
al revés de otras madamas
que a hombres de pesar las quitan?
César
No es nuevo; mas, si intentara
hacer de enojo y de risa
uno un emblema, pintara
por empresa en mis fortunas
este reloj y esta carta.
Toma, que no quiero hacer
misterio el ver que en mí para;
y pues que conmigo a solas
quería recopilarlas,
ayúdame tú.
Capricho
Sí, haré.
César
Por muerto...
Capricho
Un tantico aguarda,
que da el reloj de palacio.
Pondrele con él.
César
¿No callas?
Por muerto me tiene el conde
de Montpellier, en venganza de
aquel trance en que perdí con
Serafina esperanzas, patria,
honor, vida y…
Capricho
Todo eso
para mí es historia larga,
supuesto que yo lo sé.
César
Serafina, ¡ay!, que al nombrarla,
cada sílaba del nombre
es un pedazo del alma;
Serafina –otra vez digo
y otra vez el pecho arranca
mitades del corazón–
es preciso que informada
de su venganza y mi muerte
esté; pues para lograrla,
con ella la intentó el Conde;
y ya piadosa, ya ingrata,
o la haya sentido o no,
es fuerza, ¡ay de mí!, que haga
novedad al verme, viendo
que es tan poco cortesana
mi desdicha, pues no muere
siendo ella quien la mata.
Roberto, que me conoce,
aunque interesado no haya
en su honor de nada desto
tenido noticia, es clara
cosa que diga quién soy;
conque, fingida la patria
y el nombre, también es fuerza
perder del Duque la gracia,
pues verá que le he mentido;
y más, si a saber alcanza
que en odio vivo del Conde,
con quien Margarita casa,
a tiempo que Margarita
con nuevos enigmas causa
nuevas confusiones que
no me atrevo a descifrarlas.
Y así, pues no hay otro medio
–ni es posible que le haya
a tanto golpe de penas,
tanta avenida de ansias,
tanto tropel de desdichas,
tanto embate de desgracias–
sino solamente, ¡ay triste!,
volver a todo la espalda,
en tanto que escribo yo
la respuesta desta carta
–con cuya ocasión, después
que Serafina se vaya
podré hablar a Margarita
y, fingiendo alguna causa,
despedirme; porque fuera
grosería muy villana
irme deudor de una vida
sin solicitar pagarla
siquiera con atenciones;
cuya consecuencia pasa
al Duque también y a Carlos,
a quien aquí debo tantas
finezas de amistad–, tú
puedes ir, Capricho, a casa.
Alguna ropa prevén
y con dos postas me aguarda.
Capricho
¿Qué dices?
César
Lo que ha de ser.
Capricho
¿Con qué, señores, se paga
el gustazo de servir
a un loco?
César
Pues ¿qué? ¿Qué estrañas?
Capricho
Verte anteayer desterrado,
ayer muerto, hoy en privanza
y no saber a estas horas
en qué te he de ver mañana.
César
Verasme ausentar, haciendo
por la más bella tirana
que vio amor en sus imperios
la fineza de no darla
el pesar de verme vivo.
Mas, ¡ay de mí!, que no basta
apartar della la vida,
si apartar no puedo el alma.
Vanse.
Salen el Duque, Carlos, Roberto, el Conde y acompañamiento.
Duque
Otra vez y otras mil me dad los brazos.
Roberto
No ha menester, señor, tan fuertes lazos
esclavitud dichosa
cuando feliz en la prisión reposa.
Duque
No sabré encareceros
cuánto me he holgado veros
de tan buena salud.
Roberto
El sumo gozo
de que vos la tengáis, con su alborozo,
hizo a mi edad engaños;
mas siempre es grande el peso de los años.
Duque
¿Cómo mi hermano Federico queda?
Roberto
Al Duque.
Bueno, señor. (Haz cómo hablarte pueda.)
Duque
En orden al gobierno que os encargo,
aunque después hemos de hablar más largo…
Hablan aparte Roberto y el Duque.
Roberto
Al Duque.
(Oíd.)
Duque
A Roberto.
(¿Qué queréis?)
Roberto
Al Duque.
(El Conde se ha fïado
de mí; y en mi familia disfrazado
–creyendo que es fineza
adelantar el gusto a la grandeza
con que vendrá después– ver solicita,
sin que sepa quién es, a Margarita,
con recato tan grave
que pienso que aun mi hija no lo sabe.
Mal en decirlo hago, pero hiciera
peor si no lo dijera;
y así, parto el camino
diciéndotelo a ti; con que imagino
que en ti queden seguros sus secretos;
y en mí, la obligación de ambos respetos,
pues peligrar no puede en la fe mía
fiar yo de ti lo que otro de mí fía.)
Duque
A Roberto.
(Bien habéis advertido;
pues, no dándome yo por entendido,
su queja a vos nunca llegar espera;
y salváis la que yo de vos tuviera
a saberlo después.)
Roberto
Al Duque.
(Es cosa llana.)
Duque
A Roberto.
(Ni hay para qué decírselo a mi hermana,
que darse podrá ser por ofendida.)
Roberto
Al Duque.
(A sólo obedecer con alma y vida
me vuelven a tus pies años cansados.)
Duque
A Roberto.
(¿Y es de aquesos criados
alguno?)
Roberto
Al Duque.
(Sí, señor.)
Duque
A Roberto.
(Cuál es, decirme
podéis.)
Roberto
Al Duque.
(El que yo hablaré agora al irme.)
A obedeceros voy. ¿Qué te parece,
Fabio, de aqueste alcázar?
Conde
Que merece
ser dignamente esfera
Vase Roberto.
de dueño tal. (Aunque mejor lo fuera,
si fuera Serafina;
con cuya luz divina,
hoy Margarita bella
fue cotejar al sol con una estrella.
Mas, ¡ay!, que sus rigores,
grandes siempre y mayores
desde que de sus celos mi venganza
fue Ludovico, hacen que, la esperanza
perdida, trate con mayor violencia
de que atrase al amor la conveniencia.)
Vase.
Duque
(Ya sé cuál es; y, por deshecha, luego
haré que parta un propio con mi pliego.)
A un criado.
Decí a mi hermana que su carta espero.
No vayas, Carlos, tú, que hablarte quiero.
Vanse todos.
Carlos
¿Qué me mandas?
Duque
¿Habrate sucedido
alguna vez hallarte tan rendido
a un pesar, a un placer tan entregado,
que por más que el cuidado
le quiera recatar, a su despecho,
saliendo al labio, desampare el pecho?
Carlos
Sí, señor, muchas veces.
Duque
Pues con esa disculpa que me ofreces,
oye lo que te fío.
Carlos
Seguro puedes del cuidado mío.
Duque
Salí, como ya viste,
a recebir, ¡ay triste!,
por honrar a su padre, a Serafina;
y apenas su beldad miré divina
cuando me vi postrado
a un afecto de mí tan ignorado
que, aun agora, no sé qué afecto sea;
porque una vez, afable, lisonjea;
y otra, tirano, aflige.
Tú, cuál será, colige,
pasión de tan bellísimo homicida
que, víbora piadosamente ingrata,
a un tiempo da el veneno con que mata
y la triaca con que da la vida.
De mí, pues, asistida,
al cuarto de mi hermana
llegó; y aunque a su vista soberana
estaban más a mano los enojos,
están más cerca lejos de sus ojos.
Muero por verla y el mirarla temo.
Carlos
¿Tan presto tu pasión llegó a ese estremo?
Duque
No ha menester un corazón herido
tiempo para morir; demás que ha sido
inclinación que tuve a Serafina
desde que de mi hermana fue menina.
Mas como entonces era
en los albores de su primavera
tierna, la edad no veía
la pompa, el esplendor, la lozanía
de tan bellos primores
como en su juventud brotan las flores.
Grande es, sin duda –díganlo mis daños–,
hermosura que crece con los años.
Yo la he de amar y sólo tu secreto
ha de ser, Carlos, dueño de mi afecto.
Carlos
Tan gran favor estimo;
mas no quisiera, aunque a servir me animo,
que tratados conmigo tus desvelos,
teniendo tú el amor, dé yo los celos.
Duque
¿Tú los celos? ¿A quién?
Carlos
Desde que iguales
fortunas, derrotado a tus umbrales,
a César arrojaron
–y tus honras, señor, le levantaron
a tu gracia–, su amigo
soy verdadero y fiel. No, pues, conmigo
celos le des, dueño de tu secreto.
Él es más entendido, más discreto
y sabrá aconsejarte
mejor que yo.
Duque
Concédote la parte,
no del mérito, pero
la de mi inclinación, si considero
cuánto pudo movella
fuerza feliz de superior estrella;
más tiénenle estos días
tan intratable sus melancolías,
tan ajeno, tan triste,
que ni me sirve, ni me ve, ni asiste.
¿Reparaste, saliendo
a Serafina a recebir, diciendo
que me siguieran todos,
que él se quedó? Pues tan estraños modos,
¿cómo quieres me atreva yo a vencellos
ni a fiar mi pasión por ahora dellos?
Y puesto que allí viene
y eres su amigo, sabe tú qué tiene,
con advertencia, si tu fe le obliga,
de que me has de decir cuanto él te diga.
Vase.
Sale César.
César
(Esperando que se vaya,
por no ver a Serafina,
tiempo haré en este jardín
para hablar a Margarita;
ya que, para trasladarla,
le traigo la carta escrita
y pensada la ocasión
con que della me despida.)
Carlos
César.
César
Carlos.
Carlos
Mucho estimo
hallaros.
César
¿Hay en qué os sirva?
Que ya sabéis que sois dueño de
mi honor y de mi vida.
Carlos
Mal dicen vuestros favores
con mis quejas.
César
Mis desdichas
sólo hicieran que de mí
quejas tengáis. Mas decildas;
podrá ser que satisfechas
queden, como llegue a oírlas.
Carlos
Todas nacen de lo poco
que vuestra amistad estima,
ya que finezas no sean,
los deseos de la mía.
¿Es posible, César, que
pueda una melancolía
tanto con vos que intratable
a sus estremos os rinda?
Quejoso de vos el Duque
está de que no le asista
vuestra atención, pues sin verle
se os pasan noches y días.
Yo lo estoy, no tanto, César,
de ver que de mí os retira
también la tristeza cuanto
de ver que no se me fía,
ya que no para enmendarla
la causa, para sentirla.
¿Qué tenéis? ¿Qué es esto?
César
¡Ay, Carlos!
Bien veo que es cosa indigna
en un hombre noble, a quien
aquí arrojaron las iras
de su fortuna, estrañarse,
mal hallado con las dichas.
Pero eso es ser desdichado:
ser su suerte tan impía
que, aun hallándolas de balde,
de poco o nada le sirvan.
Y porque veáis mejor
a lo que el pesar me obliga,
mirad si me mandáis algo;
que al punto que me despida,
ya despedido de vos,
del Duque y de Margarita,
a quien esta carta llevo
para que al Conde la escriba,
he de salir de Bearne.
Carlos
¿Qué decís?
César
Y tan aprisa
que están ya en casa las postas.
Carlos
¿Sois mi amigo?
César
Y con tan finalealtad que...
Carlos
Pues en fe della,
dadme para una malicia
licencia.
César
No lo será,
siendo vuestra; mas decilda.
Carlos
¿A Margarita esa carta
no lleváis?
César
Sí.
Carlos
¿No va escrita
para el Conde?
César
Sí.
Carlos
¿No fueella quien os
dio la vida?
César
Sí.
Carlos
¿Della no os ausentáis
el día que...
César
No, no prosiga
vuestra voz; que aunque mis penas
nunca fueron para dichas,
desde este instante han de serlo,
tanto porque habéis de oírlas
vos, en quien seguras quedan,
cuanto porque ya el decirlas
importa más que el callarlas,
si en un átomo peligra
en mi silencio el menor
respeto de Margarita.
Y gracias a Dios que hallé
esta ocasión de servirla,
pues sólo con un secreto
pagar se puede una vida.
Yo, Carlos, ni soy de Orleans
ni César. ¿Qué? ¿Qué os admira?
Ludovico soy; mi patria,
Montpellier. Ved cuán aprisa
haciendo escándalo entran
mis no entendidos enigmas.
La causa de haber fingido
patria y nombre bien se indicia
de haberme, Carlos, hallado
a tan mortales heridas
rendido; pues claro está
que, con tener quien me siga,
quien me alcance y quien por muerto
me deje, se facilita
el argumento de que,
el que descansen las iras
de algún poderoso, ¡ay, Carlos!,
es la razón que me obliga,
teniéndome ya por muerto,
a que patria y nombre finja.
Esto asentado –y que nunca
fue engaño sino precisa
seguridad que ignorado
viva de él para que viva–,
vamos a que aquí aún no quiere
dejarme; pues mis desdichas
hacen que sepa de mí
adonde quiera que asista.
Y porque lo veáis, pues es
fuerza que todo lo diga,
el conde de Montpellier
es quien la vida me quita.
¡Y pluguiera al cielo se
contentara con la vida!
Ved, habiendo de venir
tan presto por Margarita,
si será bien que me halle,
cuando muerto me imagina,
con otra patria, otro nombre,
en Bearne; y más a vista
de la causa de su enojo,
de su rencor y su envidia,
pues también en Bearne está.
Mejor aquí la malicia
entrara agora que antes;
y yo la agradecería,
si adelantando el saberla
me escusaseis el decirla;
puesto que ya no es posible
dejaros con la noticia
de que, siendo su vasallo,
le enoje, ofenda y desirva,
sin dejaros juntamente
con la disculpa sabida
de cuánto es noble el delito;
que, en mi vanidad, sería
desaire haber dicho de él,
Carlos, una alevosía
y de mí una culpa, Carlos,
sin ver si a los dos nos libra,
de infiel y de injusto, ser
amor quien nos precipita,
pues no hay yerro de que no
sea amor disculpa digna.
Yo, pues, amaba, ¡ay de mí!,
una hermosura divina,
en aquel feliz estado
que, de sus ceños vencida
la primer dificultad,
ya no siente que la asista,
ya no estraña que la vea,
ya no culpa que la escriba,
ya no rehúsa que la hable;
pues, afablemente esquiva,
en la fe de amante esposo,
hubo noche que permita
que, a la reja de un jardín,
por la verde celosía
de unos jazmines, la escuche
desdenes el primer día;
que, a pocos, fueron favores;
y, a no muy pocos, caricias.
En éste, ¡ay, Dios!, tiempo que
con serenidad tranquila
la nave de amor sulcaba
espumas de nieve rica,
se levantó una tormenta…
De celos a decir iba;
mas no fue sólo de celos;
de traiciones, de mentiras,
de engaños fue y falsedades.
¿Quién, ¡ay, infeliz!, creería
que en tan linda dama hubiera
mudanza? Mas, ¿qué sería
de nosotros, Carlos, si
no se mudaran las lindas?
Sucedió, pues, que el estado
mandó alistar las milicias
para el socorro que entonces
toda Francia prevenía
al sitio de Barcelona;
cuyo bando fue precisa
cosa seguir, por ser yo
cabo de las compañías
de su nobleza. No digo,
¡ay, Carlos!, que en mi partida
vi a la noche llorar perlas.
Vi que, al ver que a ella las quita,
la alba de envidia dejó
de llorarlas a otro día,
con tan gran novedad como
dejar de llorar de envidia.
Mas, ¡ay!, que bien puede esto
de ver a una dama fina
parecer cosa de llanto,
mas siempre es cosa de risa;
y si no al efeto, pues
cuando ya el socorro iba
aprestado, llegó nueva
de que don Juan de Austria había
capitulado y rendido
la plaza; cuya sentida
pérdida común fue causa
que la gente se despida,
porque como miliciana
se alojase en sus familias
hasta otra ocasión; conque
pude volver más aprisa
que ella pensó y yo pensé.
¡Oh, cómo se facilitan
los acasos cuando son
contra un triste! Yo lo diga;
pues rozándose en mi pecho
la tristeza y la alegría,
me adelanté no esperado
porque, antes que mi venida
supiese de otro, yo fuese
quien ganase las albricias.
De noche llegué a su calle;
y viendo tres en la esquina,
me recaté en el portal
de enfrente, más por su altiva
opinión que por mi baja
sospecha. ¡Qué bien castiga
el nombre de necio a quien
fía, porfía, ni confía!
No hicieron reparo en mí;
que, al verme entrar, pensarían
que de aquella casa era;
o quizá la sombra fría
debió de ocultarme; en fin,
veo a poco desde arriba
que, entreabriendo una ventana,
mudas señas los avisan.
Viénese acercando el uno
y, apenas el umbral pisa,
cuando una escala le arrojan,
diciendo en voces remisas,
“Sube, ya es hora. En su cuarto
está sola; y recogida
la casa.” No me detengo
en pintar cuál quedaría
al ver seña, escala y voz;
porque, aun contado, sería
ruindad de mi sufrimiento,
sin que al instante le embista,
tener él el pie en la escala
y yo la espada en la cinta.
Sacándola, pues, salí;
mas por más que me di prisa,
no tanta que no sintiese
el ruido y con bizarría
no se pusiese en defensa.
Apenas las dos cuchillas
llegamos a medir cuando,
a la escasa lumbre tibia
de la luna, reconozco
ser el Conde, a quien ya habían
cogido en medio los dos;
conque, empeñada la rifa,
tuvo por mejor no darse
mi lealtad por entendida,
pues no había más disculpa
que no saber con quién riña.
Embestido de los tres,
quiso no sé si mi dicha
u mi desdicha –que ambas
fueron a una cosa misma–
que uno cayese y otro,
viendo que el Conde peligra,
pues tropezando –¿quién duda
que en su cólera sería?–
a mis plantas dio, dijese:
“¡Traidor Ludovico, mira
que es el Conde!”. Conque fue
fuerza ponerme en huida,
pues herido uno y nombrados
el Conde y yo, no podía
pensar que era de cobarde,
aunque estuviese a la mira
la aleve, crüel, mudable,
falsa, fiera...
Sale Flora.
Flora
Serafina…
César
(¡Oh, a qué buen tiempo el acaso
su nombre a mis labios quita!)
Flora
…con Margarita, cansadas
del estrado, a esta florida
esfera del jardín bajan;
y habiéndoos de Margarita
desde aquese mirador
aquí alcanzado la vista,
me manda que me adelante
y que de su parte os diga
que la esperéis.
Carlos
Pues, adiós;
que aunque tan suspenso iba
en vuestra historia, es forzoso,
con tal causa, interrumpirla.
Pero allá fuera os espero,
porque vuestra voz prosiga;
que no sosegaré, César,
hasta que acabe de oírla
y de saber si el proverbio
trujo estudiado el enigma.
Vase
César
¿No podrás decirla, Flora
–porque me importa que siga
a Carlos–, que ya no estaba
aquí?
Flora
¿Cómo, si las miras
tan cerca?
Salen Margarita y Serafina.
César
(¿Quién creerá, cielos,que sea
yo quien solicita
huir de Serafina y sea
quien me busque Serafina?)
Margarita
De aqueste jardín podremos
mejor, entre las delicias,
pasar la tarde.
Serafina
En cualquiera
parte donde yo te asista
será mi mejor estancia.
Margarita
¿Dijiste que prevenida
la música, Flora, esté?
Flora
Ya del estanque, en la isla
que un cenador forma, queda;
y según me dijo Silvia,
tienen letra y tono nuevo.
Margarita
¿Su asunto?
Flora
Una dama a vista
llorando de su galán.
Margarita
Donde hay alguna que ría,
bien es que haya otra que llore.
Mucho me holgaré de oírla.
Flora
Sí, harás; porque es del mejor
cortesano que hoy estima,
por su gala, por su ingenio,
su sangre y su bizarría,
dignamente nuestra patria.
Margarita
César, ¿traéis la carta escrita?
César
Sí, señora, ésta es.
Serafina
(¿Qué veo?)
Margarita
Mostrad.
Serafina
(¡Cielos! ¿Si delira
mi imaginación, o finge
sombras en la fantasía
aquella infeliz memoria
que me atormenta continua?)
Margarita
(Veré si entendió que fue
darle ocasión a que escriba.)
Lee para sí.
César
(¡Oh, quién dentro de su pecho
se hallara al mirar que lidian
la admiración y la duda!
Viera si es piedad o es ira
la turbación que ha mostrado.)
Margarita
(Solamente al papel fía
la respuesta de la carta.)
Serafina
(¿Si se ha engañado mi vista?)
César
(¿Si será pesar o gozo?)
Margarita
(La risa, pues, vuelva fingida
a desmentir el dolor.)
Flora, en esa galería
que sobre el cenador cae,
ve a poner la escribanía.
Y haz que la música cante
entretanto que yo escriba.
Vase Flora.
Tú por aquí te divierte;
y perdona, por tu vida,
que está detenido el propio
que mi hermano al Conde envía.
Buena está la carta, César…
Serafina
(¿César dijo? ¡Ay de mi vida!)
César
Yo quisiera... (¡Ay de mi muerte!)
Margarita
… pero permitid que os diga ...
César
¿Qué, señora?
Margarita
...que aunque está
discreta, no está entendida.
Vase riéndose.
César
(De la risa y del enojo
perdone agora el enigma,
que hay otro que aflige más.)
Serafina
(¡Cielo, tu piedad permita
que me desengañe!)
César
(¡Cielo,
tu favor, si fue, me diga
su suspensión, gusto o pena!)
Serafina
(Mas, ¿cómo que lo consiga
será posible, si al verle...)
César
(Mas ¿cómo que lo distinga
fácil será, si al mirarla...)
Serafina
(…alegre de ver que viva…)
César
(…de ver que dude, suspenso...)
Serafina
(... y triste de que le aflijan...
César
(…y absorto de que la turben…)
Serafina
(...contra las finezas mías...)
César
(...en favor de sus crueldades...)
Serafina
(... las aparentes noticias,…)
César
(...los conocidos agravios,...)
Serafina
(...el aliento se retira…)
César
(…el corazón se estremece...)
Serafina
(…y perturbada la vista )
César
(…y fallecido el discurso. )
Serafina
(...ni el labio, ¡ay de mí!, respira )
César
(...ni la voz, ¡ay de mí!, alienta )
Serafina
(…y en tal lucha )
César
(…y en tal riña )
Serafina
(...de sentidos )
César
( de potencias…)
Serafina
(...de ideas )
César
(…de fantasías )
Serafina
(...todo es ansia )
César
(...todo es pena )
Serafina
( todo pasmo…)
César
(...todo grima )
Serafina
(…todo asombro…)
César
(…todo espanto. )
Los Dos
( todo duda y nada dicha.)
César
Si por ventura algún día
sonó en tus orejas bien
de mi muerte el parabién
–que no dudo que sí haría–,
perdona la grosería
de vivir; y no ofendida
permite, hermoso homicida,
si otro el parabién te dio
de mi muerte, darte yo
el pésame de mi vida.
No vivo de desleal
porque vivo o porque quiero
vivir, sino porque muero
a manos de mejor mal,
no muriendo. Bien de igual
razón la razón se alcanza;
pues libre de una venganza,
quise asentar que no es bien
morir de otro achaque quien
no murió de tu mudanza.
Si te ofende el ver que no
mi muerte ella facilita,
quéjate de Margarita,
que es quien la vida me dio
y quien aquí me llamó
para que, al verla y al verte,
equivocada mi suerte,
dude cuál es mi homicida,
pues debo a quien me da vida
menos que a quien me da muerte.
Pero yo lo enmendaré
ausentándome de ti
adonde el verme, ¡ay de mí!,
otro susto no te dé;
y así, persuadida a que
fui una ilusión, tu crueldad
vuelva a su felicidad;
que como esa suspensión
la hagas tú que sea ilusión,
yo la haré que sea verdad.
Serafina
(Bien responderle quisiera,
mas, ¡ay de mí!, que no sé
quién me escucha o quién me ve;
y así mi temor espera
sólo hablar desta manera.)
Vase llorando.
César
Lágrimas dando en despojos,
albricias siempre de enojos,
sin responderme volvió
la espalda y sólo me habló
con el pañuelo en los ojos.
Ya en dos enigmas ignora
el alma de cuál se fíe:
de Margarita, que ríe;
o Serafina, que llora.
Mas perdone aquél agora,
que éste es en mi afecto injusto.
La música dentro.
Música
Acción lograda en el susto…
César
Acción lograda en el susto…
Música
…que recatas el intento…
César
…que recatas el intento…
Música
…di, pues lloras mi contento,
si murió para mí el gusto.
César
…di, pues lloras mi contento,
si murió para mí el gusto.
Sin duda que por mí, sí,
letra y tono se escribió;
pues tan al alma me habló
de lo que pasa por mí.
Sale Serafina.
Serafina
(A nadie en todo esto vi,
conque a hablarle me resuelvo;
y así en busca suya vuelvo.)
César
(¡Ea, discurso! Veamos
si alguna duda salvamos
de tantas como revuelvo.)
Lágrimas dicen rigor.
Serafina
Lástima dicen también.
César
Luego pueden ser desdén.
Serafina
Luego pueden ser favor.
César
¿Quién lo dice?
Serafina
Mi dolor.
César
Que él me lo diga no es justo;
que el susto de tu disgusto
deshace esa presunción
y es fuerza ser cruel acción…
César y Música
…acción lograda en el susto.
Serafina
El mío, no del espanto
de ver que vivas nació,
que muchas veces se vio
dueño del placer el llanto;
el pesar de mirar cuánto
contra mí tu sentimiento
razón tiene, lloro y siento.
César
Pues si a ese intento le aplicas,
¿por qué tan cruel le publicas ...
César y Música
...que recatas el intento?
Serafina
Porque aunque razón mi acción
tiene, temerosa sale;
y a quien la razón no vale,
¿qué vale tener razón? Llora.
César
Mi contento a esta ocasión
fue verte; pues, ¿cómo, atento
a tu llanto, haré argumento,
si te veo de ansias llena,
de que no reirás mi pena,…
César y Música
...di, pues lloras mi contento?
Serafina
Creyendo que esta pasión
durará en mí hasta que sea
tan dichosa que en ti vea
lograr mi satisfacción.
César
¿Puede haberla a una traición
tan grande?
Serafina
Sí.
César
Intento injusto.
Serafina
¿Quien no la oye en su disgusto?
César
Quien vea que no es error
vivir para ti el temor…
César y Música
...si murió para mí el gusto ...
Margarita
dentro.
¡Flora!
Serafina
Margarita bella
vuelve.
César
¿Y la satisfacción?
Serafina
Yo buscaré otra ocasión;
no te ausentes tú hasta vella.
César
Claro está.
Serafina
¡Oh hado…
César
¡Oh estrella…
Serafina
…siempre fiera!
César
…siempre injusto!
Los Dos y Música
¡Oh acción lograda en el susto,
que recatas el intento,
di, pues lloras mi contento,
si murió para mí el gusto!

Segunda Jornada

Salen César, Carlos y Capricho.
Carlos
Que salierais esperaba
deste jardín a la puerta...
Capricho
Ya prevenidas están
las postas y las maletas...
Carlos
...porque hasta acabar de oíros
el alma estará suspensa.
Capricho
...porque no vivo hasta ver
qué nos pasa en otra tierra.
César
Pues para que de una vez se
empiecen ambas respuestas,ve
tú, las postas despide;
y vos, inferid de aquesta
novedad...
Carlos
¿Qué?
César
...que ya hay otra
que añadir a la novela.
Carlos
De gusto debe de ser,
según el semblante muestra.
Capricho
Mira hacia el mío y verás
que no es sino de pena.
Carlos
¿Por qué?
Capricho
Pues, ¿hubiera cosacomo,
dejando grandezas,
honras y favores, irnos
donde con la primera selva
vuelvan a darnos con algo?
César
Capricho, locuras deja…
Capricho
Dejaré de ser Capricho.
César
...y haz lo que mando. ¿Qué esperas?
Las postas despide y quita
la ropa que tenías puesta.
Capricho
Veré a qué hora me lo mandas
para saber, cuando vuelvas
a mandarme lo contrario,
cuánto en las intercadencias
deste frenesí te dura
el crecimiento en la testa.
Vase.
Carlos
Ya estáis solo; proseguid.
César
¿En qué quedamos?
Carlos
Apenas
nombrados el Conde y vos,
la espalda...
César
Ya se me acuerda:
...volví –seguro de que,
aunque a la mira estuviera,
no podía presumir
que era de cobarde aquella
falsa, crüel, enemiga–
cuando, al verme tan sin fuerzas
contra un poderoso airado
de que un criado le hiera
a su lado y de que ame
a quien –sin que lo supiera
ni imaginara hasta entonces–
él amaba, juzgué cuerda
acción, volviendo la espalda,
ausentarme tan apriesa
que, sin volver a su calle
ni hablarla, ¡ay de mí!, ni verla,
desde en casa de un amigo,
antes que el alba amanezca,
temiendo que el día me hallase,
me ausenté la noche mesma.
Él, que sin duda tendría
espías que le dijeran
mi fuga, tomó los pasos,
mandando que tras mí vengan;
y aunque es verdad que el que huye
desigual ventaja lleva
al que sigue, como yo
salí con tanta presteza,
sin prevención, fue preciso
que a dos jornadas hiciera
tiempo a que aquese criado
me alcanzara con las letras
que aquel amigo que dije
prevenir pudo. Con esta
dilación, solo y no aprisa,
me alcanzaron, de manera
que al atravesar los montes
de Gascuña –porque era
mi intento pasarme a España–,
en una inculta maleza,
cuatro hombres de a caballo,
todos con sus bandoleras,
carabinas y pistolas,
me embisten; y aunque cubiertas
las caras, bien conocí
alguno dellos quién era.
En fin, en defensa puesto,
si para cuatro hay defensa,
pude mantenerme un rato,
hasta que, el tino sin rienda,
el estribo sin noticia,
pasé del fuste a la tierra
tan desangrado y herido
que, fallecidas las fuerzas,
los sentidos perturbados,
impedidas las potencias,
no puedo decir agora,
por más que acordarme quiera,
qué me pasó desde aquí;
y así, tímida lo deja
la voz al efeto, pues
él mejor que yo lo cuenta.
Carlos
De ahí adelante mejor
lo sé yo que vos, pues bella
Margarita, que a cobrar
un halcón dejó la selva,
por lo intrincado del monte
os halló; lo que ahora resta
es saber, pues ya sé esotro,
¿qué causa puede haber nueva,
César, de un instante acá
que la jornada, dispuesta
con tantas razones como
tenéis para haber de hacerla,
os embarace?
César
¿No os dije, si bien
ahora se os acuerda,
que estaba en Bearne la causa;
y que yo os agradeciera
que adelantárades, Carlos,
no sé qué malicia vuestra
escusándome el decirla
la lisonja del saberla?
Carlos
Sí.
César
Pues si sabéis que aquí
está, sabed...
Carlos
¿Qué?
César
...que verla
he podido en ese instante;
y aun...
Carlos
Decid.
César
…hablar con ella,
en cuyo pequeño espacio
–después que al verme, suspensa,
no supe determinar
si ciertas lágrimas tiernas
eran neutrales albricias
de que viva u de que muera–
satisfacerme ha ofrecido
diciendo que a tantas quejas
disculpa tiene que darme;
y así, aunque todo se pierda
–que Roberto me conozca;
que el Duque que no soy, sepa,
César sino Ludovico;
que el Conde a este tiempo venga;
y todos, en fin, de mí
o se venguen o se ofendan–,
importa menos que no
irme sin saber cuál sea
la satisfacción que dice
que quiere darme, aunque mienta.
¿De qué suspenso quedáis?
Carlos
De que son tales las señas,
César, que dejar no puedo
de saber, aunque no quiera
saberlo, quién es la dama.
César
Pues porque a vuestra sospecha
no debáis más que a mi voz,
Serafina es.
Carlos
¡Quién pudiera ni
haberlo adivinado antes ni
escuchado agora!
Sale Celio, escudero vejete.
Celio
Sepa
cuál de ustedes, caballeros,
es el que se llama César;
que un hombre me dijo allí
que el uno de los dos era.
César
Yo soy; ¿qué queréis?
Celio
¡Jesús
mil veces!
César
¡Celio!
Celio
Detenga
los brazos usted, señor
galán fantasma; y advierta
que no ha menester conmigo
hacer nuevas diligencias
de alma en pena; que pues yo
amante le vi en mi tierra,
claro está que, siendo amante,
había de ser alma en pena;
y así, escusado es agora
el gasto de la apariencia.
César
No, Celio, el verme os espante;
que aquella pasada nueva
que de mi muerte corrió
fue falsa.
Celio
Pues la mía es cierta.
César
Sosegad; ¿qué queréis?
Celio
Ya
sabe usted que, de la puerta
del cuarto de las mujeres
de Serafina, estafeta
soy que cada día va y viene
con dos mil impertinencias.
César
Ya sé quién sois; ¿eso había
de ignorar?
Celio
Pues una dellas,
pienso que Estela se llama.
César
Nunca yo conocí a Estela.
Celio
Mandando que a César busque,
me dio aqueste papel.
César
Venga,
que yo soy; y así me habéis
ya de llamar. Cúyo sea
veré. La letra conozco.
¡Y cómo, cielos, que es ella!;
que aunque siempre la vi escrita,
siempre la conservé impresa.
¿Es posible, amor, fortuna,
cielo, sol, luna y estrellas,
que vuelva a ver en mis manos
de Serafina la letra
y no dé el alma en albricias?
Celio
Mejor fuera una cadena,
que es alhaja de fantasmas.
César
Perdonad, Carlos, que lea.
Carlos
A quien lo puede tomar,
escusada es la licencia.
(En buen empeño me hallo,
criado y amigo; mas esta
duda quiere más espacio.)
César
No sé cómo os encarezca
mi dicha, Carlos, si no
es que lo diga ella mesma.
Lee.
“Apenas llegué a mi casa, cuando reconocí un balcón,
que por la cercanía de palacio, cae a su terrero. Por él podré
daros esta noche la satisfacción que os he ofrecido.
La seña será cantar una criada. Dios os guarde.”
Esto me escribe; y pues sólo
a vos, Carlos, lo dijera,
ved lo que importa y adiós.
A Celio.
Venid vos por la respuesta;
y diréisme en el camino,
cómo ya no es la tercera
de aquestos papeles Nise.
Celio
Como a Nise tienen presa
en un oscuro aposento,
sin que sol ni luna vea.
César
¿Quién?
Celio
Serafina y su padre;
tanto que, para traerla
a Bearne, la mandaron
poner en una litera,
sola, cerrada y con guardas.
César
¿A qué fin?
Celio
No hay quien lo entienda.
César
Ni yo en entenderlo quiero
gastar ahora tiempo. Bella
luciente antorcha del día,
si de que amaste te acuerdas,
compadécete a mi ruego
y el curso a tu edad abrevia,
pues está en que espire un sol
el que otro sol amanezca.
Vanse.
Carlos
En buen empeño me hallo
–a engarzar ahora vuelva
con la soledad la duda–,
criado y amigo, entre César
y el Duque, de dos secretos
dueño; aunque mejor dijera
de uno, puesto que los dos
corren una línea mesma.
El Duque fía de mí
el que a Serafina bella
ama rendido y al mismo
tiempo me manda que sepa
de las tristezas la causa
de César. Voy a saberla
y, fiándola de mí,
hallo que de sus tristezas
es la causa Serafina;
y aunque hasta aquí sólo fuera
bastante el empeño, no
para aquí. El Duque me ordena
que lo que César me diga
le diga yo; él me encomienda
que lo que me dice calle;
de suerte que, en competencia
el precepto de que hable
con la ley de que enmudezca,
o mal criado o mal amigo
han de dejarme por fuerza;
porque si le cuento al Duque
lo que a mí César me cuenta
–quién es y que Serafina
es la causa de sus penas–
con el Duque descompongo
la gracia; pues cosa es cierta
que los celos y el engaño
uno estrañe y otro sienta.
Si se lo callo y encubro,
no cumplo con la obediencia;
y toca en fidelidad
el que yo a mi dueño mienta.
Pues vea aquí de qué otro modo
prevenir el daño quiera.
Diciéndole a César que
el Duque servir intenta
a Serafina, que deje
atrevidas competencias,
rompo el secreto del Duque
y, sin que el aviso tema
–que no está a tiempo, según
lo que esta dama le cuesta–,
incurro en la necedad
del amigo que aconseja
a quien sabe que el consejo
le aflige y no le remedia.
Si no se lo digo, dejo
abierta al riesgo la puerta
de que otro segundo lance
con el Duque le acontezca,
como con el Conde; y es
de mi obligación bajeza
estarme a la mira yo
de que un empeño suceda
y, siendo capaz del daño,
no ser capaz de la enmienda.
Luego decirle a uno ni otro,
de ninguno es convenencia;
ni convenencia callarlo
a uno ni a otro. ¿Cómo hubiera
medio que, cumpliendo yo
con dos tan precisas deudas,
como criado y amigo,
ni el decirlo les ofenda
ni el callarlo les empeñe?
No sé a lo que me resuelva.
Sale el Duque con un papel.
Duque
Carlos.
Carlos
Señor.
Duque
A buscarte
vengo con dos diligencias:
una, enseñarte un papel
que hoy a Serafina bella
escribo; y otra, a saber
qué te ha pasado con César.
Y pues el papel agora
espacio da, hasta que venga
un hombre que ha de llevarle
–entre no sé qué preseas
de joyas, puntas y guantes,
fingiendo que va a venderlas–,
cuéntame lo que él te ha dicho
para que el tiempo entretenga.
¿Hablástele?
Carlos
Sí, señor.
Duque
¿Díjote qué causa mueva
sus grandes melancolías?
Carlos
Sí, señor.
Duque
Pues, ¿a qué esperas,cuando
estoy para aliviarlas deseoso de
saberlas?
¿Ahora suspiras? ¿Qué es esto?
Habla. ¿Qué hay que te enmudezca?
Carlos
No saber cómo decir
lo que decir no quisiera;
ni cómo callar, señor,
lo que por la razón mesma
tampoco quisiera callar.
Duque
¿Qué hay que hablar y callar temáis?
Carlos
Ser noble, ser criado tuyo
y ser su amigo.
Duque
¿Qué emblemas,
qué cifras, qué enigmas, qué
contraditorias son éstas?
¿Por noble, criado y amigo
callas? ¿Cómo, sin que adviertas
que lo noble de criado
desluces en que me tengas
con igual duda; y lo noble
de amigo, en que le difieras
el alivio, si es que puedo
dársele yo?
Carlos
De manera
que, como tú puedas darle,
¿le darás?
Duque
Como yo pueda,
ya he dicho que sí; porque
entrando, al ver sus tragedias,
por la lástima el cariño
y pasando a la sospecha
de qué es de lo que dice
–a que se añaden las prendas
de su ingenio y su valor
y sobre todo una estrella
que, predominante en mí,
inclina, ya que no fuerza–,
claro está que he de desear
su salud.
Carlos
Pues considera
que no, como decir suele
quien facilitar desea
alguna cosa, que dice:
“En tu mano está”, lo entiendas;
porque está materialmente
en tu mano el que él la tenga.
Duque
¿Materialmente en mi mano?
Carlos
Sí.
Duque
¿Cómo?
Carlos
Como está en ellaese papel.
Duque
Harto has dicho.
Carlos
Pues más que decir me queda;
y yérrelo o no, señor,
por lo menos me consuela,
cuando el efeto sea malo,
el que la intención es buena;
y, pues en un laberinto,
donde perdidos se encuentran
el discurso y la razón,
me da tu piedad la senda
diciéndome que su alivio
de tus noticias dependa
y de fiar de ti lo que él
fía de mí, que no es bajeza,
acudiendo al menor daño,
hacer que el mayor no venga.
Duque
Mucho me das que pensar;
no, pues, pendiente me tengas.
Habla, ya, por Dios.
Carlos
¿Me ofreces
que pasarás por fineza
el error, si es error?
Duque
Sí.
Carlos
Pues escucha.
Duque
Pues empieza,
sin que me reserves nada.
Carlos
Contaré cuanto él me cuenta.
César no es César, señor,
ni Orleans su patria; su tierra
es Montpellier y su nombre,
Ludovico.
Duque
Aguarda, espera,
que viene hacia aquí mi hermana;
y no quiero que suspenda
ningún acaso suceso
tan estraño que ya entra
haciendo novedad. Ven
conmigo, Carlos, sin verla,
por aqueste jardín.
Carlos
Otra
y otras mil veces protestan
mi amistad y mi lealtad
que, si lo yerran, lo yerran
con buena intención.
Vanse los dos y salen Margarita y Flora.
Margarita
¡Oh, cuánto
estimo que no me vea
mi hermano, porque no estorbe
volver al antiguo tema
de aquel sentimiento, Flora,
contigo, hablándole en esta
soledad!
Flora
¿Qué sentimiento
agora hay que te entristezca?
Margarita
¿Qué mayor que haber sabido
que César huyendo venga
de un poderoso por celos
de una dama; y que no sean
verdad ni nombre ni patria?
Flora
Mal de uno ni otro te quejas,
que haber amado antes de ahora
no es culpa; y callar quién sea
tampoco es, señora, engaño,
supuesto que es convenencia
al resguardo de su vida.
Margarita
Y no entenderme las señas
de la carta, del enojo
y de la risa, ¿no es muestra
de que tenga la atención
quizá en otra parte puesta?
Flora
Volveré a decir aquello
de que distancias inmensas
no fácilmente se miden.
Margarita
Dices bien; y nada fuera
peor que, siendo quien soy, Flora,
esta inútil pasión necia
se alimentara de algo;
y así, puesto que el tenerla
no fue en mi mano y lo es
el solicitar vencerla,
en tu vida me has de ver
que te vuelvo a hablar en ella;
que quien no puede dejar
de sentir, por ser quien sea,
basta callar.
Flora
El mejor
acuerdo será.
Sale Capricho.
Capricho
Ya quedan
las postas... (Mas, ¿con quién hablo?
¡Qué notable inadvertencia,
pensar que todavía aquí
donde le dejé estuviera
mi amo!)
Margarita
Oíd, esperad. ¿Por qué
os volvéis con tanta priesa?
Capricho
Porque aunque en Francia se usan
más esparcidas llanezas
que en España y los prosistas
tienen poéticas licencias
para hablar con las madamas,
con todo eso, no quisiera,
usando mal del estilo,
que a algún crítico parezca
que es acción “male morata”
contigo hablar.
Margarita
¿No te acuerdas
de que yo misma te dije
que a verme, Capricho, vuelvas?
Capricho
Ya volví. Más puntual
que el mismo reloj; mas era
estando aquí Serafina
y no quise hablarla y verla.
Margarita
¿Por qué?
Capricho
Yo me sé el porqué.
Margarita
Luego, ¿conocías, espera,
tú a Serafina antes de ahora?
Capricho
Tanto que, aunque me la dieran
por un real, no la comprara;
y a Dios, señora, pluguiera
no la conociera tanto.
Margarita
¿Cómo?
Capricho
(¡Mal haya mi lengua!)
El cómo no sé; mas sé
que, dando al jardín la vuelta,
la vi contigo y no quise
que ella conmigo me viera.
Margarita
Pues, ¿qué causa puede haber
que a ti te retire della?
Capricho
El que allá en Orleans tuvimos
los dos no sé qué pendencia.
Margarita
Pues, ¿ella ha estado en Orleans?
Capricho
No ha estado, pero pudiera.
La causa fue cierta Nise,…
Margarita
(¡No te adelantes, sospecha!)
Capricho
...una criada...
Margarita
Está bien;y dejando
esa materia,
¿qué era aquello de las postas
que veníais diciendo?
Capricho
Era
que ya estaban despedidas.
Margarita
Pues, ¿quién había de ir en ellas?
Capricho
Mi amo.
Margarita
¿Tu amo?
Capricho
Sí, señora,que quiso hacer de
aquí ausencia.
Margarita
¿Por qué?
Capricho
Por no verla, pienso.
Margarita
¿Por no verla?
Capricho
Tanto apreciamis disgustos.
Margarita
Y el no irse,
¿por qué es?
Capricho
Pienso que por verla.
Margarita
¿Por verla y no verla?
Capricho
No
me apures; que si me dieras
más relojes que hay en todo
palacio, en torres, en mesas,
en escaparates, muelles,
bolsillos y faldriqueras,
y éstos, en vez de dar cuartos,
diesen reales, no dijera
que Serafina es la causa
de que mi amo huyendo venga
del conde de Montpellier;
y que todas sus tragedias,
sus destierros, sus heridas,
sus disfraces, sus cautelas,
son Serafina y el Conde;
porque en llegando a materias
tan graves, no hay interés
que, aunque me ladee, me tuerza;
y pues no lo he de decir,
no me apures la paciencia.
Margarita
A Flora.
(¿De qué sirve, ¡ay, infelice!,
Flora, que callar ofrezca,
si doblados los agravios
todo lo que olvido acuerdan?
¿No bastaba Serafina
darme el disgusto con César
sino también con el Conde,
a quien por esposo espera
–sin mi elección– mi desdicha?)
Sale César.
César
(Ya di a Celio la respuesta;
y porque espero la noche,
nunca con mayor pereza
corrió el día. ¿Si se olvida
que es hora de que anochezca?
Pero aquí está Margarita.)
Flora
A Margarita.
(Allí, señora, está César.)
Margarita
A Flora.
(¡Quién pudiera callar, Flora!)
César
(¡Quién disimular pudiera!)
Capricho
(¡Quién, por si algo se desliza,
de aquí estuviera a mil leguas!)
Margarita
A Flora.
(Mas, puesto que no es posible,
partamos la diferencia
callando agora y hablando
después; que no es justo tenga
la falsedad de que a todos
nos engaña sin que sepa
que sabemos sus engaños.)
Yo tengo una diligencia
que sólo a vuestro cuidado
mi cuidado fiara, César.
César
Ya sabéis cuánto obediente
estoy a las plantas vuestras.
¿Qué mandáis?
Margarita
No es tiempo agora;
Flora os lo dirá a una reja
del terrero aquesta noche.
No faltes de él; y la seña
será cantar en mi cuarto.
Vanse las dos.
César
¿A quién, cielos, sucediera
que dos dichas embaracen
y no embaracen mil penas?
Pero bien que en un espacio
están las dos y pudiera
ser hacer tiempo la una
a la otra –crüel estrella,
no sólo opuesta en las ansias,
mas en las dichas opuesta–
dejando que Margarita
siempre en mi estimación tenga
primero lugar. ¿Será
posible, ¡ay de mí!, que pueda
dar Serafina disculpa
a tan declarada ofensa?
Pero no desconfiemos,
amor; o mentira sea
o verdad, que venga basta,
sin ver el traje en que venga.
¡Oh qué largo es hoy el día!
¿Qué hora será?
Capricho
Seis y media.
César
Mientes.
Capricho
No es posible quereloj
tan pintado mienta.
César
Si ves que ya el sol declina,
¿cómo puede ser que sean
las seis y media no más?
Capricho
El sol ha errado la cuenta;
porque o decline o conjugue,
u haga lo que le parezca,
él puede engañarse y éste
no puede.
César
Bueno es que quieras
pensar que él anda mejor
que el sol.
Capricho
Pues, ¿quién no lo piensa
de su reloj?
César
Ahora bien,
pues que tanto espacio resta
de aquí a las diez y allí el Duque
viene, verele en respuesta
del cuidado de enviar
tantas amorosas quejas
con Carlos de mis retiros.
Capricho
¡Señor, por Dios, que te duelas
de mí! ¿Qué quiere ser esto
de irte y quedarte?
César
Que bella
Serafina aquesta noche...
Capricho
¿Qué?
César
...para darme, me espera,
satisfacción a mis ansias.
Capricho
Huélgome, por si pudiera
yo también hablar a Nise.
César
No podrás, que a Nise presa
dicen que tienen sus amos.
Capricho
¿La causa?
César
No hay quien la sepa.
Vamos, que se aleja el Duque.
Vanse.
Salen el Duque y Carlos.
Duque
Notables cosas me cuentas.
Carlos
Pues, señor, cosas notables
notables efetos tengan.
Él no pudo adivinar
en su patria y en tu ausencia
que Serafina podía
inclinarte nunca; fuera
de que tú estás al principio
de una voluntad tan tierna
que la puedes arrancar
fácilmente antes que crezca.
La suya tiene raíces
tan asidas en la tierra
que, sin destruir el tronco,
no es posible desprenderlas.
En tu casa le albergaste
y no es bien que encuentre en ella
el peligro de que huye.
Muévante tantas deshechas
fortunas y, pues le diste
puerto, no al golfo le vuelvas,
que no es abrigo la orilla
si hay en la orilla tormenta.
Esto de amar el señor
y el criado una belleza
siempre para en que desista
generosa la grandeza;
pues empiécese esta farsa
por donde ha de acabar.
Duque
Cesa,
Carlos; y no tus razones
más que me obliguen me ofendan.
Carlos
Pues, ¿qué ofensa…?
Duque
Presumir
que yo necesito dellas.
La del ser quien soy me basta
para que hacer no pretenda
pesar a un criado a quien
estimo; y porque lo veas
si soy quien soy, este roto
papel te dé la respuesta.
Carlos
Mil veces tus pies...
Duque
Levanta;
y sola una cosa piensa
de todas las que me has dicho
que siento y que no quisiera
haber sabido.
Carlos
Será,
sin duda, que el Conde sea
de sus fortunas la causa.
Duque
Antes he estimado ésa.
Paréceme que podré
con el Conde componerlas
el día que, de otra suerte
que hoy está, a mi corte venga.
Carlos
¿Es que fingió patria y nombre?
Duque
Tampoco, que fue advertencia
recatarse de enemigo
tan poderoso.
Carlos
Cuál sea
no sé.
Duque
Haberme dicho, Carlos,
que aquesta noche le espera
Serafina para darle
satisfacción de sus quejas.
Carlos
Pues, ¿por qué?
Duque
Porque una noble
acción, generosa y cuerda,
no necesita de más
premio de hacerla que hacerla;
pero una acción consentida
en la indignidad es fuerza
que, ajando la estimación,
el escrúpulo mantenga.
Que yo mirase una dama
con rendido afecto, que ésta
tenga anticipado empeño,
que mi obligación atenta
deje –al oírlo– la esperanza
en manos de la prudencia,
vaya; pero que sabiendo
yo que va su amante a verla
y, cómplice de mis celos,
voluntario los consienta,
generosidad será,
mas generosidad necia;
y tanto que casi frisa
en especie de bajeza.
Corra César su fortuna,
ame, olvide, goce o sienta,
cuando no lo sepa yo;
pero cuando yo lo sepa
es mucho domeñar, Carlos,
los celos. Para fineza,
basta callar sin que pase
a consentir. Mas él llega.
Salen César y Capricho.
César
Dame, gran señor, tu mano
Carlos
Al Duque.
(Disimula.)
Duque
¿Cómo, César,te sientes?
César
Mejor, señor,desde
que un favor...
Duque
(¡Qué pena!)
César
...tan grande como deber
memorias a tus finezas
ha sido todo mi alivio.
Duque
Huélgome de que le tengas,
que está el despacho atrasado
estos días y quisiera,
pues que te sientes mejor,
firmarle. Ya vuelvo; espera
en mi cuarto y de él no salgas.
César
Yo, señor...
Duque
No, no pretendas
escusarte; que, si acaso
cansar en cosas tan serias,
irás conmigo después
donde fatiga y molestia
de ocupación y salud,
paseándonos, se divierta;
que tengo gana esta noche
de dar a la ciudad vuelta.
Espérame aquí.
Vase el Duque.
César
¿Qué es esto,Carlos?
Carlos
¿Qué queréis que sea?
Llegar a ocasión que el Duque
decía que quería ir fuera
y querer que con él vais;
y la culpa ha sido vuestra,
pues, habiendo tantos días
que de él habéis hecho ausencia,
os dio gana de venir
a la hora que os esperan;
pues el papel a la diez
dice y son las nueve o cerca.
César
Este pícaro, este infame
me engañó, que dijo que era
más temprano; conque yo,
sin presumir que pudiera
esto sucederme, quise
ver al Duque, porque hiciera
la obligación tiempo al gusto.
Capricho
Otra vez y otras ochenta
vuelvo a decir que no son,
señor, más que seis y media.
Carlos
¿No ves cerrada la noche?
Capricho
¿No ves tú la tapa abierta
del infalible y que no
puede ser más?
Carlos
A ver, muestra.
¿Cómo han de ser más, si está
parado el reloj, sin cuerda?
Vase.
Capricho
¿Qué llama sin cuerda usted
y parado? ¡Oh, cruel estrella!
¡Vive el Señor, que el tris tris
no se le oye!
César
Si no viera que eres
loco, ¡vive Dios,
que había…! Mas ello es fuerza,
no sólo sufrirte, pero
valerme de ti.
Capricho
¿Qué intentas?
César
Que al terrero de palacio
vayas y decir pretendas
a Serafina, ¡ay de mí!,
que estará en un balcón puesta,
siendo una sonora voz,
para que llegues, la seña...
Capricho
¿Y tendrá remedio esto
de que a andar otra vez vuelva?
César
¡Oh, mal hayas tú y mal haya
mi infelice suerte adversa
que necesita de ti!
Capricho
¿Qué la he de decir?
César
Que aquesta
noche no la puedo ver,
que me perdone; y que crea
que, hasta escucharla, no vivo;
y esto mismo, que a otra reja
la hallarás, dirás a Flora.
Capricho
Yo iré, aunque nada consuela
mi dolor ver a dos locas
cuando me falta una cuerda.
César
Mira que de Nise nada
digas, ni te des con ella
por entendido.
Capricho
No haré;
que, aunque yo solía quererla,
es que no tenían de qué
cuidar entonces mis penas;
pero en tiniendo reloj,
¿quién de su dama se acuerda?
Vanse.
Salen Serafina, Nise y Estela a la ventana.
Nise
Feliz yo, ya que ofendida
de mí, señora, te ves,
si el llamarme agora es
para quitarme la vida.
Serafina
No esperes de mí piedad
tan grande como quitarte
la vida, que fuera darte
barata la libertad
muriendo de una vez; no
quiero sino que conmigo
vayas para ser testigo
de que nunca pude yo
ser cómplice en tus engaños.
Estela, al balcón con ella
sube y vuelve luego.
Nise
(¡Oh, estrella!
¿cuándo tan continuos daños
cesarán? Menos crüel
fui con Ludovico yo
que él conmigo, que él murió
por mí, y yo vivo por él
muriendo.)
Vanse.
Serafina
Gracias, fortuna;
que ya el trémulo arrebol
dejó el imperio del sol
al arbitrio de la luna,
si bien su pálida sombra
perezosamente vuela
de ver que una vez consuela
de cuantas veces asombra.
Un cortesano decía
discretamente que quien
vivía a vista de algún bien
siglos por horas vivía;
y es verdad, pues nadie alcanza
hacer más largo el empleo
de la vida que un deseo
en manos de una esperanza.
Sale Estela.
Estela
Contenta, señora, estás.
Serafina
¿No he de estarlo, si después
de tantas penas me ves
con venturas que jamás
pude esperar cuando advierto
que, a costa de aquel esquivo
dolor, vengo a encontrar vivo
a quien he llorado muerto?
Tanto a Ludovico amé
que, al ver que sin él vivía,
yo mil veces me decía:
“Miente mi traidora fe,
miente mi pena cruel,
porque no es posible, no,
puesto que estoy viva yo,
que deje de estarlo él”.
Mira si salió verdad;
pues hoy le vi y hoy le espero
donde a su estado primero
vuelva mi felicidad,
si satisfago sus celos;
y sí haré, que es la razón
la mejor satisfacción;
y más cuando mis desvelos
tienen guardado el testigo
que, aunque no pude inferir
que me pudiera servir
con él, bastó que conmigo
tal sirviese su tormento
de venganza. Y pues agora
no importa lo que no ignora,
Estela, tu pensamiento;
y todo lo significo
con que tan dichosa soy
que ausente del Conde estoy
donde vive Ludovico,
baja a ver si recogido
mi padre está.
Estela
Ya lo vi
antes que subiera aquí
y está acostado y dormido.
Serafina
El instrumento al balcón
tray, que tu voz ha de ser
imán que le ha de atraer.
Estela
Ya yo estoy en tu intención,
que es que quieres que, cantando,
se desmienta la sospecha
del hablar con la deshecha
de que está como escuchando
la música.
Serafina
Es la verdad,
que contra mí, claro es,
que no habrá sospecha; pues
la misma publicidad
me asegura, siendo así,
que cantando tú, él parado,
se hará descuido el cuidado.
Vanse.
Salen Fabio, Libio y el Conde, de noche.
Fabio
¿A eso te resuelves?
Conde
Sí;
que aunque le dije a Roberto
que en su familia quería
ver la curiosidad mía
a Margarita, lo cierto
es que Serafina fue
la que me trujo tras sí;
y supuesto que ya aquí
no puedo durar, porque
por estar de día encerrado
–a causa de haber temido
ser de alguien conocido–
y no lograr mi cuidado
–pues Serafina no deja
ver su beldad soberana–,
habiéndome de ir mañana,
quiero esta noche a esta reja
decir cuánto mi pasión
ha de sentir su destierro.
Quizá se ablandará un hierro
primero que un corazón.
Fabio
Si ella a Ludovico amaba,
con quien casar pretendía;
y si, viéndola tú un día
que él ausente della estaba,
sus criadas solicitas
y, al fin de varios desvelos,
en venganza de tus celos
la vida a su amante quitas,
mandándome que le alcance
y que la muerte le dé
donde le encuentre, ¿de qué
te quejas? ¿Es este lance
para ponerle en olvido?
Conde
No sé qué diga, ¡ay de mí!
Salen Serafina y Estela a un balcón.
Estela
Ya está el instrumento aquí.
Fabio
(En el balcón hacen ruido.)
Tocan dentro.
Conde
A Fabio.
(Retírate, que cantar
parece que quieren; no
lo dejen por vernos.)
Fabio
(Yo, Al Conde.
si hubiera de aconsejar
a tu amor, pues que tan bella
es Margarita...)
Conde
A Fabio.
(¡Ay de mí!,
que el día que la vi, vi
a Serafina con ella.)
Serafina
Canta, Estela, a ver si alcanza
mi esperanza en tu veloz
eco alivio.
En otro balcón, Margarita y Flora.
Margarita
Dé tu voz, Flora,
al aire mi esperanza.
Tocan dentro.
Conde
A Fabio.
(A estotra parte también
otro instrumento se oyó.)
Fabio
Al Conde.
(Quizá el eco respondió.)
Conde
A Fabio.
(No suena el eco tan bien.)
Estela
Canta.
Si digo mi pena airada,
Clori se muestra enojada.
Flora
Canta.
Y si la tengo escondida,
no se da por entendida.
Estela
Canta.
¿Qué he de hacer
en favor de mi pesar?
Flora
Canta.
Hablar.
Estela
Canta.
Callar.
Flora
Canta.
No puede ser...
Estela
Canta.
No puede ser...
Las Dos
Cantan
que es en mí culpa el hablar
y culpa el enmudecer.
Fabio
Al Conde.
(Parece que han convenido
entrambos tonos.)
Conde
A Fabio.
(¿No ves
que es fácil ser uno, si es
tono que anda introducido?)
Serafina
A lo lejos se ha escuchado
otra voz.
Margarita
¿Has oído, Flora,
otro instrumento que agora
en otra parte ha sonado?
Flora
Sí, le he oído; pero, ¿qué
te embaraza?
Margarita
Nada a mí.
Prosigue.
Estela
¿Canto más?
Serafina
Sí.
Conde
A Fabio.
(Si osaré llegar no sé,
a ver quién en el balcón,
más que la que canta, está.)
Sale Capricho.
Capricho
(Pues se oyen las voces ya,
yo llego a buena ocasión.)
Estela
Canta.
Si digo a Clori mi pena,
desdeñosa se desvía.
Flora
Canta.
Y yendo a ella como mía,
a mí vuelve como ajena.
Estela
Canta.
Si callo, de rigor llena,
mi mal no quiere entender.
Flora
Canta.
¿Qué he de hacer
en favor de mi pesar?
Estela
Canta.
Hablar.
Flora
Canta.
Callar.
Estela
Canta.
No puede ser...
Flora
Canta.
No puede ser...
Las Dos
Cantan
que es en mí culpa el hablar
y culpa el enmudecer.
Conde
A Fabio.
(Un hombre se ha adelantado,
Fabio; que hice mal, infiero,
en no llegar yo primero.)
Fabio
Al Conde.
(Ya es fuerza que retirado
esperes.)
Serafina
Un hombre viene
hacia aquí. Sin duda es
Ludovico. Canta, pues
ahora es cuando más conviene
desmentir la voz.
Margarita
Pues no
viene, aunque ya fuera hora,
no dejes de cantar, Flora.
Serafina
¿Sois vos?
Capricho
Claro que soy yo.
Estela
Canta.
Si digo mi pena airada,
Clori se muestra enojada.
Flora
Canta.
Y si la tengo escondida,
no se da por entendida.
Capricho
Porque si yo yo no fuera,
yo, señora, no llegara…
Serafina
Si bien mi atención repara,
no es él.
Capricho
…porque no pudiera,
siendo yo otro, llegar yo.
Serafina
¿Y quién sois, tan atrevido?
Capricho
Soy un Capricho, que ha oído
a la voz que le encaprichó.
Serafina
¿Capricho?
Capricho
Sí.
Serafina
Pues decid,
¿qué queréis?
Capricho
Hablaros quiero.
Fabio
Al Conde.
(Con él hablan.)
Conde
(Y yo muero A Fabio.
de celos.)
Serafina
Pues proseguid.
Conde
A Fabio
(Nada oigo.)
Capricho
César, señora,que
Ludovico solía
ser, a deciros me envía
que le perdonéis que agora
no venga a veros, que tiene
no sé qué cosas que hacer;
que otra noche podrá ser
venir, si no le detiene
más gustosa ocupación.
Serafina
Decilde que es un grosero,
villano y mal caballero;
y que la satisfacción
con que le esperé no era
por él, no, sino por mí;
y siendo tan vil que aquí
vengar con desaires quiera
pasadas quejas, crüel
sabrá también mi opinión
no dar la satisfacción
ya ni por mí ni por él.
Y, por fin, de mis enojos
le decid que, aunque viniera,
mejor a él que a vos le diera
con la ventana en los ojos.
Vase, cerrando la ventana.
Capricho
Yo voy muy bien despachado.
Conde
A Fabio.
(Aunque la voz no he entendido,
bien de la ventana el ruido
muestra que se han enfadado
con el hombre que llegó.)
Capricho
Llevemos, aunque me ultraje,
a Flora el otro mensaje.
Fabio
Al Conde.
(La reja apenas dejó
cuando a esotra parte va.)
Flora
Un hombre viene hacia aquí.
Margarita
¿Sois vos?
Capricho
Yo pienso que sí;
vuesa merced lo verá.
César, mi amo, dice que
no puede esta noche oír
lo que le queréis decir;
que otro día, si se ve
desocupado, vendrá.
Margarita
Deja, Flora, aquesa reja
y para locos los deja
a él y a su amo.
Vanse cerrando.
Capricho
Bien hará,
que no somos para más.
Fabio
Al Conde.
(Lo mismo allí le ha pasado,
pues la ventana han cerrado
por no escucharle.)
Conde
A Fabio.
(Jamás
hombre tanto me enfadó
al ver que por él dejaron
las músicas y cerraron.
No será bueno que no
se vaya aquesta osadía
sin castigo.)
Fabio
Al Conde
(¿Qué te va
en eso a ti?)
Conde
A Fabio.
(Que quizá,
si está alguien todavía
en uno u otro balcón,
se holgará ver castigado
al que así las ha cansado;
y esto es ya resolución.)
Hidalgo, haber vuestro error
ocasionado el despecho
destas damas fue mal hecho.
Capricho
Pues hágalo usted mejor.
Conde
Y quiero que vean que hay quien
castiga esta demasía.
Capricho
Don Quijote no podía
hacer más. Mas creed también
los tres que el no responderos
no es por no hacer alboroto.
Conde
Pues, ¿por qué?
Capricho
Porque he hecho voto
de no reñir en terreros
con los hombres como vos.
Conde
¿Como yo? ¿Por qué?
Capricho
Porque
me engaño u sois uno que
riñe en medio de otros dos.
Conde
Solo os sabré castigar.
Retiraos.
Fabio
¿Cómo podemos
dejarte, señor, si vemos
gente a esta parte llegar?
Conde
Agradeced que allí a ver
gente veo, que si no...
Capricho
Agradeced vos que yo
tengo reloj que perder.
Conde
De castigar vuestro error,
tenía no poca gana.
Capricho
Pues decídmelo mañana
en la quinta de Belflor,
que en ella con el día espero.
(Todo esto es dar tiempo a que
la gente llegue.)
Conde
Sí, haré.
¿Con qué seña, saber quiero,
conoceré que sois vos?
Capricho
Yo, si el buscarme os empeña,
con un pañuelo haré seña.
Fabio
¡Que llegan!
Conde
Adiós.
Vanse.
Capricho
Adiós.
El diablo que fuera allá
y que alto agora no hablara
viendo que hay gente. ¡Repara,
traidor, que me vino ya
la cólera y que no quiero
dejarlo para mañana!
Salen el Duque, Carlos y César.
Todos
¿Qué es esto?
Capricho
Reñir sin gana.
Todos
¿Con quién?
Capricho
Con un majadero,
de otros dos acompañado,
que aquí me llegó a embestir.
Carlos
¿Qué es dellos?
Capricho
Los hice huir.
Duque
Y vos, ¿quién sois?
César
Un criado
mío, señor, que es loco.
Capricho
Él fue el César, mas yo fui
el que llegué, vi y vencí.
Duque
Pues, ¿qué hubo?
Capricho
Todo fue poco.
Oyendo cantar he estado
dos divinas ruiseñoras
–decir no puedo qué horas,
porque está el reloj parado–,
esperando que viniera
mi señor contigo, cuando
tres hombres, dando y tomando
en si era yo o yo no era,
me embisten de romanía.
Tomo una puerta entreabierta...
Duque
¿Dónde en el terrero hay puerta?
Capricho
Supongamos que la había.
César
Ya te he dicho que es un loco;
no hagas de él caso, señor.
Duque
Pues que ya el primer albor,
confundiendo poco a poco
vislumbres y sombras, va
dando al día rosicler,
César, vete a recoger.
Carlos me desnudará.
Ven, Carlos.
César
(¡Otro pesar!)
Carlos
Al Duque.
(Lástima, señor, me ha dado.
¡Cuál toda la noche ha estado!)
Duque
(¿Qué quieres? Basta callar.)
Vanse los dos.
César
¿Avisaste a Serafina?
Capricho
Y hubo aquello de grosero,
villano y mal caballero;
y por fin de la mohína
con que sintió los enojos
del desaire, cerró brava,
diciendo que a entrambos daba
con la ventana en los ojos.
Por eso, mira si a ti
te ha hecho mal, que a mí no sé
hasta agora dónde fue
el golpe.
César
¡Infeliz de mí!,
que he perdido la ocasión
que más pude haber deseado;
y si a desaire ha juzgado
faltar, la satisfacción
jamás que espero dará.
Capricho
También me dijo algo deso.
Y no paró aquí el suceso,
que pasando a Flora, allá
idem per idem, señor,
iguales las quejas miden.
César
¿Cómo?
Capricho
Como, idem per idem,
cerró con igual rigor.
César
¡Ay de mí, qué desdichado!
En una noche he perdido,
con la ley de agradecido,
las señas de enamorado.
Pero, espera; ¿no es aquél
Celio, di, que con el día
sale de su casa?
Capricho
Haría
mal quien dudara que es él,
viendo su mala figura.
Sale Celio.
Celio
¡Que apenas el alba sea
cuando empiece la tarea
del torno!
César
(Temor, apura
lo que puedas de su enfado,
que quizá Celio entendió
algo de lo que pasó.)
¡Celio!
Celio
Seáis bien hallado,
que en verdad que me quitái
sel trabajo de buscaros.
César
Pues, ¿qué me queríades?
Celio
Daros
este papel. Que leáis
dicen y no deis respuesta.
Vase.
César
(¿Cuál debe, ¡ay de mí!, de ser
papel que no quiere ver
lo que su estilo me cuesta?
Turbado le abro; aunque ha sido
vano al enojo el temor,
que a amor siempre está mejor
el enojo que el olvido.)
Sale Carlos.
Carlos
(No se quiso recoger
el Duque. Mucho el estremode
que “baste callar” temo. Yo
hice lo que debía hacer;
obre agora la fortuna.
Pero aquí todavía está
César.) Pues, ¿no es hora ya,
tras noche tan importuna,
de estar recogido?
César
No;
y pues a tiempo llegáis
que de mis penas sepáis
el estado en que dejó
tan penoso, tan crüel
lance el dolor de que muero,
sabed que ofendida... Pero
mejor lo dirá el papel.
Lee.
“Persuadida mi señora a que la falta de anoche fue estar
divertido en otra parte, se halla determinada a no satisfaceros.
Pero yo, persuadida también a que en esto no la desagrado,
os aviso que unas amigas por festejarla, recién venida,
la llevan todo el día a la quinta de Belflor. Id a lo largo,
haced una seña; y si os respondieren con otra, llegad donde,
dando vos vuestras satisfacciones, podrá ser que oigáis las suyas.”
Esto escribe una criada.
Carlos
Bien se ve que es el consejo
de Serafina que quiere,
sin duda, satisfaceros
sin dar a torcer su enojo.
César
Pues yo estoy, Carlos, resuelto
a, sin que el Duque ni otro
ninguno me vea, irme luego;
que más vale que yo espere
en la quinta; y más si veo,
para gozar la mañana,
ya el coche a su puerta puesto.
Carlos
Y Roberto de su casa
sale.
César
Retirarme quiero,
dilatando cuanto pueda
el lance, Carlos, de vernos.
Ven Capricho.
Vase.
Capricho
Aunque de paso,
pues usted entiende desto
de pararse los relojes,
dígame, ¿tendrá remedio?
Carlos
Y muy fácil.
Capricho
¿Cómo?
Carlos
Muestra.
Así. Toma.
Capricho
¡Vive el cielo,
que sonecillo y bullicio
me han vuelto el reloj al cuerpo!
¿Y cómo se hizo esto?
Carlos
Dando
vuelta a este muelle, que eso
es darle cuerda.
Capricho
No habrá hora,
instante ni momento que
no le dé cuerda porque
él no me dé cordelejo.
Vase.
Sale Roberto.
Roberto
Señor don Carlos.
Carlos
Señor.
Roberto
Mucho de hallaros me huelgo.
Carlos
¿Tenéis algo que mandarme?
Roberto
Pues que ser su amigo pienso,
¿quién es César, secretario
del Duque? Que le deseo
conocer, por las noticias
que de su persona tengo.
Carlos
La obligación de buscaros
es suya. No ha estado bueno.
Yo le diré la merced
que le hacéis.
Roberto
Decidme, os ruego,su casa.
Carlos
Agora de aquí
se va. (Desvelarle intento.)
Pienso que al cuarto del Duque.
Roberto
Entrad conmigo, que quiero
me le deis a conocer;
porque con tan buen tercero
me tenga más por criado.
Carlos
Él siempre lo será vuestro.
Mas venid. (No en otra parte
le busque.)
Sale el Duque.
Duque
Carlos, Roberto.
Roberto
¿Tan de mañana, señor,
vestido ya?
Duque
Nunca el sueño
amigo fue del cuidado.
No os vais, porque hablaros tengo.
Tú, Carlos, oye.
Hablan aparte.
(En mi cuarto
me dejaste... No lo quiero
decir si contento o triste;
pues de vencerme, contento;
y triste de que me venzo.
De mal resistido afecto
conmigo luchaba a solas
cuando, a una vidriera puesto,
vi que con César estabas
no sé qué papel leyendo.
¿Hay algo de nuevo?)
Carlos
Al Duque.
(No,
señor, me hagan tus preceptos,
cuentos trayendo y llevando,
malquisto con mi silencio.
Mira que es muy mal oficio
en palacio el chisme.)
Duque
A Carlos.
(Esto
me has de decir; no otra cosa
te preguntaré.)
Carlos
Al Duque.
(Con eso…
Antes que César saliera
de la plaza del terrero,
tuvo un papel en que dice
una criada, fingiendo
en Serafina el enojo
y en sí el agradecimiento,
que a la quinta de Belflor
hoy va; que él vaya y haciendo
una seña podrá ser
que el campo le ofrezca medios
on que ella, desenojada,
le satisfaga.)
Duque
Roberto.
Roberto
Señor.
Duque
Aunque yo quería
hablaros en el intento
con que está el Conde en Bearne,
importa no perder tiempo
para otra cosa que corre
más prisa.
Roberto
De paso puedo
decirte que el Conde hoy
ha partido, muy contento
de haber visto a Margarita.
Duque
Después hablaremos de eso.
César, un criado mío,...
Roberto
No le conozco, mas tengo
noticias de él.
Duque
…ha tenidoun papel
en que resuelto no sé qué
contrario suyo,mío dijera
más cierto,
a la vista de Belflor
le llama. Id allá, supuesto
que como gobernador
os toca impedir el duelo.
Si le alcanzárades antes
que riñan, prudente y cuerdo
de él no os apartéis sin daros
por entendido un momento;
pero si a reñir hubieren
llegado y de los aceros
los trances dieren lugar,
los traeréis a entrambos presos.
Y, en fin, de cualquiera suerte,
o riñendo o no riñendo,
no dejéis un punto a César.
Roberto
Verás cómo te obedezco;
porque aunque no le conozca,
como he dicho, llevar puedo
a quien me diga quién es.
Duque
Pues no os detengáis; id presto.
Vase Roberto.
Carlos
¿Qué intentas, señor?
Duque
Que en todo
hoy no se aparte Roberto
de César.
Carlos
Pues si...
Duque
No, Carlos, pidas razón a
los celos;
y pues basta que el amor
calle, conténtate; puesto
que el amor puede callar
en un generoso pecho,
pero los celos no pueden.
Vase.
Carlos
Yo haré que puedan, haciendo
que no tengas otro aviso.
Vase.
Salen Serafina y Estela.
Serafina
Pues ya en la quinta nos vemos,
sube, por si hace la seña,
tú al mirador. Yo me quedo
–para que hagamos mejor
la deshecha en que no tengo
noticia que le has llamado–
como acaso en este ameno
espacio donde me halle
más al descuido.
Estela
Dispuesto
lo has lindamente; que, estando
divididas, será cierto
no pueda pensar que es tuya
la industria.
Vase.
Serafina
¿Qué fuera, cielos,
que tampoco ahora viniera,
quizá porque en otro empleo
tiene el alma, castigando
con desaires y desprecios
sus bien fundadas sospechas,
mis mal merecidos celos?
¡Ay Ludovico!... Ruido oigo;
aquí retirarme intento
si es él, hasta que se acerque
y haga la seña.
Salen César y Capricho.
César
Por presto
que hemos llegado a la vista
de Belflor, llegó primero
la carroza que nosotros.
Capricho
Eso tienen los cocheros
y los relojes, que andan
si les dan cuerda.
César
Yo quiero,
por si Estela me responde,
la seña hacer con un lienzo.
Hace seña y sale en lo alto Estela.
Estela
(Ya hizo la seña; con otra
responderé.)
César
Albricias, cielos,que de la
quinta me llaman.
Serafina
(Pues ya entrambas señas veo,
dejareme ver agora.)
César
Ya aquesta vez, por lo menos,
no embarazará mi dicha
ningún acaso, supuesto
que me llaman y que miro,
si no me engaña el deseo,
allí a Serafina hermosa.
Serafina
(Ya me ha visto.)
César
Pues, ¿qué espero
que no voy volando donde
mi dicha…?
Sale el Conde.
Conde
Mucho me huelgode
haber visto en vuestra seña
la causa con que aquí vengo
a buscaros. (Mas ¿qué miro?)
César
Pues, ¿qué causa ...? (Mas ¿qué veo?)
Capricho
(¿Éste es mi desafiado?
¡Buena hacienda habemos hecho!
¡Y es el Conde! ¿Aquesto más?)
Conde
(Absorto al mirarle quedo.)
César
(Al verle quedo turbado.)
Serafina
(Hacia esta parte viniendo,
un hombre le salió al paso;
y así, a retirarme vuelvo.)
Conde
¿Cómo, traidor…
César
¿Vos, señor?
Conde
... aquí, cuando...
César
(¿Quién vio empeño
tan raro?)
Conde
...juzgo mi enojo
vengado, vivo te encuentro?
César
Como soy tan desdichado
que, para morir, no muero.
Serafina
(¿Quién será éste, que al mirarse
ambos quedaron suspensos?)
Capricho
(Esta vez, pues no se asusta
el Conde de ver a un muerto
al paso de la fantasma,
echo por aquesos cerros.)
Conde
Pues ya –sea como fuere
no haber logrado mi intento
y que con aquesa seña
me has ofendido de nuevo...
César
(Celos son de Serafina,
pues con la seña le ofendo;
sin duda por ella aquí
disfrazado está.)
Conde
...diciendo
que siempre riño entre dos–,
saca la espada, que quiero
que veas que riño solo.
César
Pues, ¿cuándo yo he dicho eso?
Conde
¿No me lo dijiste anoche,
cuando para aqueste puesto
me desafiaste?
César
No
te entiendo.
Capricho
(Yo sí le entiendo;
y porque no caiga en mí,
me voy, dos veces huyendo.)
Vase.
César
¿Yo, señor, desafiado?
Pues, ¿supe yo que...?
Conde
Dejemos
razones. Saca la espada,
que aquesa seña que has hecho,
cuando otra causa no hubiera,
bastaba.
César
Ya yo lo veo;
y si es la causa esta seña,
perdona, que no hay respeto
donde hay celos.
Conde
Claro está.
Serafina
(¡Ay, infeliz! ¿Qué es aquello?
La plática a las espadas
pasó. Arrojareme en medio.)
¡Ludovico! Mas, ¡ay triste!,
el Conde es. ¡Válgame el cielo!
César
A buen tiempo, Serafina,
llegaste; pues que con eso
disculparás mi osadía.
Conde
Antes llegaste a mal tiempo,
pues culparás mi furor
segunda vez.
Roberto
¡Llegad presto!
Salen Roberto y gente.
Serafina
(¡Mi padre, ay de mí infelice!)
Conde
(¡Qué ansia!)
César
(¡Qué temor!)
Roberto
¿Qué es esto?
¿Vos, señor, con Ludovico,
a quien juzgábamos muerto
todos? ¿Y tú, Serafina,
aquí?
Serafina
Las espadas viendo
–que ya sabéis que a esta quinta
hoy con tu licencia vengo–,
salí, sin saber quién eran,
neciamente presumiendo
que embarazara sus iras
la atención de mi respeto.
Roberto
Vete de aquí; y otra vez
Vase Serafina.
y otras mil decir vuelvo,
¿qué es esto? ¿Con Ludovico,
a quien juzgábamos muerto,
vos, señor?
Conde
Él lo dirá,
que yo ni puedo, ni quiero.
Vase.
Roberto
¿Vos, Ludovico,...
Fabio
Éste es César,
a quien buscas.
Roberto
…otro empeño
con el Conde?
César
Él os lo diga
que yo, aunque quiera, no puedo.
Vase.
Roberto
Seguid a César vosotros;
yo seguiré al Conde, puesto
que como Justicia aquí
de parte del Duque vengo.
Vanse.
¡Oh, loca imaginación
y qué de cosas revuelvo!
¿El Conde, que juzgué ausente,
Ludovico, que por muerto
tuve, en duelo tan reñido?
¿Serafina, ¡ay de mí!, en medio
de los dos? ¿Nise encerrada?
Pero, ¿qué discurro? ¡cielos!,
que al honor basta callar
mientras no halla otro remedio.

Tercera Jornada

Salen Margarita y Flora, por una puerta.
Margarita
No me digas, Flora, nada;
que no hay estraño delito
sin disculpa, sino sólo
el de desagradecido.
Diciéndole yo que tengo
que fïarle en mi servicio
y que tú se lo dirías,
¿ha de escusarse de oírlo
y enviar a disculparse
con un criado?
Flora
No digo
que hizo bien, pero hasta oírle...
Margarita
¿Qué he de oírle? Si es preciso
que la venida le haya
de Serafina tenido
quizá… (Pero, ¿cómo, cielos,
hablo yo así? Afecto mío,
mira que lo eres; no
te arrojes; que sí permito
que atormentes; no que hables;
que no te doy más dominio
de que a solas conmigo
callen las voces y hablen los suspiros.
Las mujeres como yo,
ya que su estrella lo quiso,
basta que sientan callando.)
Salen el Duque y Carlos.
Duque
¿Qué les habrá sucedido,
Carlos, a Roberto y César?
Carlos
Si a impedir un desafío
que no hay, le envías, señor,
claro es que lo que habrá habido
será que, habiéndole hallado
sin su contrario en el sitio,
habrá estorbado le hable
Serafina y, advertido
de que no le ha de dejar,
se le haya vuelto consigo.
Duque
Éste fue el fin de mi intento.
Carlos
Difícil, señor, le miro
de conseguir; que no puede,
por más que vele continuo
el cuidado, embarazar
ocasiones que previno
amor a un amante.
Duque
Cuando
yo no las sepa, no digo
que no las logre; mas cuando
las sé, ya el afecto indigno
baste que con él, fino,
callen las voces y hablen los suspiros.
(Mi hermana está aquí; no entienda
la plática.)
Flora
A Margarita.
(Al Duque he visto
allí.)
Margarita
A Flora.
(Disimula, Flora;
no entienda lo que decimos.)
Duque
Margarita.
Margarita
Señor.
Duque
¿Cómo
tan desdeñosa conmigo,
que apenas me miras?
Flora
(Todos A Margarita.
ven en tu semblante esquivo
tu enojo. Finge, por Dios.)
Margarita
A Flora.
(Harto callo y harto finjo.)
No te espantes, que unos celos
no son fáciles (¿qué digo?)
de disimular.
Duque
Pues, ¿tú
tienes celos?
Flora
A Margarita.
(¿Qué le has dicho?)
Margarita
Sí, señor, que como eres
hermano, amante y marido,
es forzoso que de ti
los tenga habiendo sabido
que, desvelado, la noche
has pasado hasta el día mismo
fuera de palacio; y más
si advierto que mi cariño,
sabiendo que fuera estabas,
cantar a mis rejas hizo
porque llegaras a ellas
y no te merecí.
Duque
Estimo
los celos y el agasajo.
César, Carlos y yo fuimos
paseando la ciudad
sólo a fin de divertirnos.
Margarita
¿Tú, Carlos, y César?
Duque
Sí.
Margarita
La satisfacción admito
con tanto gusto que quiero,
en fe de que la recibo,
pagártela con los brazos.
Duque
Son de tu amor claro indicio.
Margarita
A Flora.
(¡Y cómo que los son!)
Flora
A Margarita.
(Mira
si hay disculpa a no haber ido.)
Margarita
A Flora.
(Ya lo veo, y no sé, Flora,
cómo el contento resisto.)
Duque
(No sé cómo el cuidado
saliera. Mas hasta oírlo,...)
Margarita
(Mas hasta hablarle,...)
Duque
(…en mi pena
pendiente,...)
Margarita
(...triste en mi alivio,...)
Duque
(...sin razón,...)
Margarita
(...sin aviso,…)
Duque
(...callen las voces.)
Margarita
(... hablen los suspiros.)
Sale Roberto.
Roberto
Dame, gran señor, tus plantas.
Duque
Seáis, Roberto, bienvenido.
¿Qué ha habido?
Roberto
Mucho, señor; que aunque
no quiera, es precisoque lo diga.
Duque
A Carlos.
(Triste viene.)
Carlos
Al Duque.
(¿Qué sería? ¿Haber sabido
que el papel de Serafina
era, o que la hubiera visto
la seña haciendo o hablando?)
Duque
A Carlos.
(Tantas cosas imagino
que ya por saberlas muero.)
Hablad, pues, decid. ¿Qué ha habido?
No os embarace mi hermana.
Roberto
Aunque quisiera, advertido,
recatarlo a sus noticias,
pasó con tantos testigos
que no es posible.
Margarita
(¿Qué puede
ser esto?)
Duque
Pues bien, ¿qué ha sido?
¿Hallasteis a César?
Roberto
Antes que os diga que
sí, advertirosconviene...
Duque
De que no es César
vais a decir. No indeciso
eso os detenga.
Roberto
Es verdad,
porque es, señor,…
Duque
Ludovico.
Roberto
Su patria...
Duque
No ha sido Orleans.
Roberto
No, que...
Duque
Montpellier lo ha sido.
También lo sé.
Carlos
(Ya el secreto
salió del término mío.)
Margarita
(Ya es público lo que yo
anoche le hubiera dicho.)
Duque
En fin, proseguid.
Roberto
Por presto
que llegué, señor, al sitio,
ya con su enemigo estaba
riñendo.
Duque
¿Con qué enemigo?
Roberto
Con el que sabíades vos
que le había el papel escrito.
Carlos
Al Duque.
(¿Si es Serafina y te habla
con equívocos sentidos?)
Duque
¿Con su enemigo riñendo?
Roberto
Pues bien, ¿qué os ha suspendido?
Pues, ¿no me enviasteis a eso?
Duque
El no saber quién ha sido.
Roberto
(¡Ay!, entra mi turbación,
que no quisiera decirlo.)
Carlos
Al Duque.
(Ella es, sin duda.)
Margarita
(Pendiente
me tiene el alma de un hilo.)
Duque
¿Quién, pues, su enemigo es?
Hablad, decid.
Roberto
Federico,
el conde de Montpellier,
que aquí disfrazado vino
(¡bueno me hallara yo agora
si antes no os lo hubiera dicho!)
con pretexto de adorar
de Margarita el divino
sol, anticipando amante
las finezas de marido.
Margarita
(¿Qué escucho?)
Roberto
Debió de verle;
y hallándole, señor, vivo
–cuando él le juzgaba muerto
allá en venganza o castigo
de que una noche con él,
no habiéndole conocido,
¿quién lo duda?, en una calle,
riñendo, le dejó herido–,
un criado le llamó
a Belflor con el aviso
del papel de que tuvistis
noticia. En fin, como digo,
desnudos ambos aceros
y ambos esfuerzos vestidos
de igual valor, igual saña,
igual cólera, igual brío,
a los dos hallé; y llegando
con mi gente a despartirlos,
a pesar de sus rencores,
viendo ya el duelo impedido,
se retiraron. La gente
sigue, obediente a mi arbitrio,
a Ludovico o a César,
que ya es todo uno. Yo sigo
al Conde, que en un caballo
que tenía prevenido
veloz parte sin que sea
posible a nadie seguirlo.
La que a César alcanzó
le dice apenas: “¡Rendíos
al Duque!” cuando al instante
se dio a prisión; y conmigo,
obedeciendo tu orden,
preso a la ciudad se vino.
Mira qué quieres que haga
en empeño tan preciso
como cumplir con el Conde,
con él, señor, y conmigo,
porque a mí sólo me toca
obedecer tus designios.
Duque
A Carlos.
(En fin, Carlos, salió cierto
el duelo que yo fingido
había imaginado.) ¿Y dónde
le dejasteis?
Roberto
Advertido
de la estimación que de él
hacéis, su sangre y su oficio,
a mi casa le llevé,
donde en un cuarto, del mío
distante, con un crïado
cerrado queda.
Duque
(¿Qué he oído?
¿En su casa, cielos?)
Margarita
(¡Cielos!
¡En su casa!)
Duque
(Mas, ¿qué digo...)
Margarita
(Mas, ¿qué hago...)
Duque
(...si es forzoso,
¡ay, infeliz!,…)
Margarita
(…si es preciso...)
Duque
(...que mudas...)
Margarita
(…que oprimidos…)
Duque
(…callen las voces.)
Margarita
(…hablen los suspiros.)
Roberto
Ved, pues, qué ordenáis.
Duque
Roberto,
aunque por mayor he oído
sus fortunas, sus tragedias,
sus destierros, sus peligros,
para saberlo mejor
todo desde su principio
y ver lo que debo hacer,
de su boca quiero oírlo.
Traelde al instante a mi cuarto.
Roberto
Yo iré, si en aqueso os sirvo.
(¿Cuándo, cielos, mis temores
saldrán deste laberinto?)
Vase.
Margarita
A Flora.
(Si mi hermano no tomara
la resolución que he visto,
no sé qué me hiciera, Flora;
y aun tomándola, imagino
que se queda en pie la duda,
pues en habiéndole oído
le volverá a la prisión.)
Flora
A Margarita.
(¿Y hanos de faltar arbitrio
para que no importe nada?)
Duque
¿Qué es lo que te ha parecido,
Margarita, de suceso
tan estraño?
Margarita
Que es indigno
afecto que el Conde venga
a buscar a su enemigo
dentro de tu misma casa,
sin que le valga el retiro
de tu gracia por sagrado;
y más si acaso ha entendido
que fui yo quien restauró
su vida, pues no es estilo
ni de esposo, ni de amante,
ni de galán, ni de fino,
quitar él lo que yo he dado.
Duque
Muy arrastrado motivo
es el de ese duelo y pienso
que es sólo honestar desvíos
con que siempre al casamiento
del Conde opuesta te he visto.
Margarita
Engáñaste, porque yo
no tengo más albedrío
que tu gusto.
Duque
Así lo creo.
Margarita
(¡Tirana estrella!)
Duque
(¡Hado impío!)
Margarita
(¡Cruel fortuna!)
Duque
(¡Injusta suerte!)
Margarita
(¡Vil temor!)
Duque
(¡Tormento esquivo!)
Margarita
(Si basta sentir postrada...)
Duque
Yéndose.
(Si basta sentir rendido...)
Margarita
(...haz que en mi pena...)
Duque
(...haz que en el pecho mío…)
Los Dos
(...callen las voces y hablen los suspiros.)
Vanse.
Salen Estela y Serafina, abriendo una puerta.
Serafina
¿Qué dices?
Estela
Tú le verás;
que éste es, señora, el postigo
por donde le he visto yo.
Serafina
¿En mi casa Ludovico?
Estela
Vuelvo a decir otra vez...
Serafina
Ya yo sé lo que me has dicho:
que, apenas sobresaltadas
del pasado desafío
en que nos vimos, tomamos
la carroza y nos volvimos
a casa, cuando subiendo
de comer en su retiro
a Nise, en esotro cuarto
de la torre que vecino
está a la prisión en que
la tengo, sentiste ruido;
y que a Ludovico viste
por el pequeño resquicio
de la llave; y, en efeto,
que, como anciano edificio,
tenía el quicio de la puerta
tan gastado y el pestillo
tan en falso que, a muy poca
fuerza, sin goznes el quicio
y el pestillo sin defensa,
le abriste; y ya yo me afirmo
en que aquí mi padre preso
le traería, pues le miro
pasearse con su criado;
y pues no me determino
a hablar yo hasta asegurarme
si hay alguien que pueda oírnos,
ve tú por esotra parte,
mira con qué guardas vino,
que no saldré yo hasta que
vuelvas tú con el aviso.
Vase Estela.
Salen César y Capricho.
César
¿A quién sino a mí en el mundo
ir le hubiera sucedido,
Capricho, con una dicha
y volver con un peligro?
Capricho
A mí; que cuando pensé
que iba por los desperdicios
de una merienda, me hallo
–nunca el refrán más bien vino–,
“sin comello ni bebello”,
en una torre metido,
donde mi reloj por horas
me está contando al oído
los plazos de mi cordel,
vísperas de tu cuchillo.
¡Nunca a andar hubiera vuelto,
ni nunca hubiera aprendido
yo cómo se le da cuerda!
César
Deja ese tema, Capricho,
que es ya muy prolijo y cansa.
Capricho
También el tuyo es prolijo
y cansa y tú no le dejas;
pues cuando el Duque, ofendido
por sí y por el Conde, está
obligado a tu castigo,
te acuerdas de una mudable,
falsa, aleve, que te quiso
ver en este estado.
César
¿Ves
con cuántas causas me aflijo,
cuánto sufro, cuánto siento,
cuánto lloro y cuánto gimo?
Pues todo importara poco
–valimiento, amparo, abrigo
hacienda, honor, vida y alma–
como hubiera conseguido
oír, aunque fingida fuera,
la satisfacción que dijo.
Serafina
Tú la oirás, si me aseguro
de que no tengo registros.
César
Mas, ¿cómo, ¡ay de mí!, es posible
si, cuando con el aviso
del papel voy a la quinta,
no solamente consigo
oír la satisfacción,
mas encuentro en mi enemigo
ratificada la ofensa
y en mi enemiga el delito?
Serafina
(¡Oh, si ya volviera Estela!
Y pues a hablar no me animo,
suplan los labios los ojos.)
César
Ven, paséate conmigo.
Si tenía al Conde aquí,
que sin duda, ¡ay de mí!, vino
por ella, pues en Bearne
otro ninguno le ha visto,
¿para qué me llamó anoche,
ni hoy? ¿Para qué?
Capricho
¿No está dicho?
El Conde vino por ella,
ella lloró al verte vivo;
luego ella y él concertaron
que, con traidores cariños,
te llamase para darte
la muerte. Los que conmigo
riñeron anoche bien
lo muestran; y haber querido
(el demonio que dijera
que fui yo el del desafío)
hoy reñir contigo solo
es que, a su vista, no quiso
embestirte aventajado,
quizá por haberlo oído
y quedar con ella airoso.
César
No lo digas,...
Capricho
No lo digo.
César
...que aunque quiero padecerlo,
no quiero, villano, oírlo.
Capricho
Di, al efeto, no lo chisme;
verás que yo no lo chisto.
César
Mientes tú, miente el efeto.
Y en ti –pues, inadvertido,
no teniéndote más costa
el tormento que el alivio,
mano de lo peor echaste–
he de vengar el delirio
de no saber que hay consuelo
el que sabe que hay martirio.
Capricho
¡Ten la daga! ¡Oh, si tuviera
salida aqueste postigo
por donde escapar!
César
En vano
lo intentas, que... Mas, ¿qué miro?
Serafina
Hablar el llanto en mis ojos,
mientras en los labios míos
hablar no puede la voz
hasta ver que no hay testigos
que puedan sentir sus ecos.
César
Engañoso cocodrilo,
que una y otra vez del llanto
te vales, si ya no ha sido
usar siempre de los ojos
por armas del basilisco;
áspid no escondido en flores,
sino en puertas escondido
porque su traición no tenga
ni aun lo apacible del viso,
si lloras porque tu amante
su intento no ha conseguido
–tantas veces en mi vida
malogrado el homicidio–,
preso en tu casa me tienes.
No llores, que ya ofendido
el Duque también, que era
sólo mi amparo y mi asilo,
será en tu favor, sin que
quede tu rigor esquivo
deudor a la obligación
de otro acero y...
Serafina
Ludovico,
no en quejas desaproveches
con celosos desvaríos
este breve, este pequeño
instante que el cielo quiso,
a ruego de mis tristezas,
mis lágrimas y suspiros,
conceder a mis lealtades;
que es muy precioso, muy rico
el veloz metal del tiempo
para hacer de él desperdicios.
Razón tienes, no lo niego;
mas no es claro silogismo
el que tú tengas razón
para no tener yo alivio.
Satisfacerte ofrecí;
y pues amor te ha traído
por tan ignoradas sendas,
por tan estraños caminos,
no sólo a donde oigas pero
aun donde veas tú mismo
–con desengaños que no
pudo tener prevenidos
ni cautelosa la industria,
ni mañoso el artificio
para este trance, pues nunca
le pude esperar– si ha sido
traidor o leal mi llanto,
entra pues, entra conmigo
por esta parte; que quiero
que examines un testigo
en mi descargo antes que
mi honor alegue en su juicio
la ley de...
Capricho
Señor...
Sale Estela.
Estela
Señora...
Serafina
¿Qué hay, Estela?
César
¿Qué hay, Capricho?
Estela
... mi señor en casa ha entrado.
Capricho
...en esta puerta hacen ruido.
Serafina
Quédate; que pues en casa
estás y en ella vecino
al desengaño, yo haré...
Mas ya entran.
Retíranse las dos.
César
(¡Oh, hado impío!
¿Qué te costaba un instante
más o menos?)
Sale Roberto.
Roberto
Ludovico.
César
Señor?
Roberto
El Duque me manda
que a palacio vais conmigo.
César
Vamos, que en nada, Roberto,
a su obediencia resisto.
Roberto
Ansí se lo he dicho yo.
Venid.
César
(¿Quién volver ha visto,tan
al fin ya de su pena,
su pena tan al principio?)
Vanse.
Serafina
Capricho.
Capricho
(¿Si acaso oyó
lo que della mi voz dijo
y quiere matarme a palos?)
Serafina
Oye, escucha.
Capricho
(Ello es preciso.)
¿Qué mandas?
Serafina
Di a tu señor
que si fuere mi astro esquivo
tan crüel que no le vuelva
a aquesta prisión, le pido
que de otra cualquiera haga
–pues que no hay guardas que al ruido
no se adormezcan del oro–
(turbada, apenas respiro)
diligencia (muda hablo)
de salir (mortal me animo)
esta noche; que yo haré
que del jardín el postigo
esté abierto; porque no
descanso, aliento, ni vivo,
hasta saber sus sucesos
y hasta que él sepa los míos.
Vase.
Capricho
Yo se lo diré; y a ese
efeto sólo le sigo,
cuando de mucho mejor
gana torciera el camino
hacia Argel que hacia palacio;
pues lo mismo era cautivo
ser de un renegado que
de un amo enamoradizo.
Pero agora que me acuerdo,
mucho del reloj me olvido.
¡Más ha de un hora que no
le doy cuerda, Jesucristo!
¡Y qué della que le he dado!
No se parará en mil siglos
desta vez. Mas, ¿cómo es esto?
Parose adrede al oírlo.
¡Quebrado está, vive Dios!
¡Oh, mal hubiese artificio
que no basta ser de bronce
para parecer de vidrio!
Malo si le andan y malo
si no. Pero, ¿qué me aflijo
de verle quebrado, pues
con sus tulipanes mismos
y sus diamantes se queda
rico siempre? ¿En qué me admiro
ver que todos los que quiebran
son los que quedan más ricos?
Y pues entre éstas y estotras
ya el cuarto del Duque piso,
a ver qué hacen de mi amo
a esta parte me retiro.
El Duque, Carlos, Roberto y César.
César
En tres delitos culpado,
bien que en todos tres leal,
teniendo por tribunal
el que tuve por sagrado,
dichoso hoy y desdichado,
el labio a tus pies aplico:
dichoso cuando publico,
como César, tu favor;
y desdichado, señor,
cuando, como Ludovico,
tu enojo temo; y así,
como ambos te pido que
creas, si el nombre callé
y si la patria fingí,
que fue porque pretendí
que de mi muerte el conceto
al Conde llegara; a efeto
de que, libre de sus daños,
pudieran hoy dos engaños
salvarse en fe de un respeto.
Duque
Alza del suelo; y no creas
que mi enojo significo
porque seas Ludovico
y porque César no seas;
y para que hasta aquí veas
que yo satisfecho quedo,
la libertad te concedo.
Mas considera que, sabio,
puedo perdonar mi agravio,
pero el del Conde no puedo;
y así, hasta saber cuál fue
la causa que al Conde obliga
a que te busque y te siga...
César
Yo, señor, te la diré
en confianza de que
no es mi delito traidor.
Piensa el más noble y mejor,
que ése es.
Duque
Ya lo solicito
y no hallo noble delito.
César
Pues, ¿qué más noble que amor?
Duque
Amor que a su dueño ofende
pequeño delito no es,
ni noble, ni mejor, pues
casi ser traidor pretende.
César
Si ser primero se entiende
mi empeño que no su empeño,
aun no es delito pequeño;
que no he de amar dama yo
con fianzas de que no
ha de agradar a mi dueño.
Duque
Y aquí y allá, ¿con qué, di,
salvas reñir, poco fiel?
César
Con que aquí me embistió él
y allá no le conocí.
Duque
Aunque todo eso sea así,
por él y por mí es razón
que alguna satisfacción
le dé; y mientras no le escriba
y su respuesta reciba,
habrás de estar en prisión.
César
Mil veces beso tus pies;
y obediente me hallarás
tanto en ella que jamás
della salga. Vamos, pues
gusto esto del Duque es,
Roberto; vuelva a la esfera
donde viva y donde muera
venturosa mi fortuna
sin ver cielo, sol, ni luna,
más que el que allí entre.
Duque
Oye, espera;
que aunque yo cumplir espero
con el Conde, no ha de ser
de modo que parecer
pueda que entregarte quiero.
Como Ludovico infiero
le enojaste, a tiempo que
como César te amparé;
y así, tal prisión te aplico
que esté preso Ludovico
donde César no lo esté.
Que si es justo que no escasa
tu disculpa el Conde crea,
también es justo que vea
que la das desde mi casa.
Y pues de una en otra pasa
mi atención a que igualmente
para todos sea decente,
es bien, viniendo a partido,
que estés como detenido
mas no como delincuente;
y así, a casa no has de ir
preso del gobernador,
que es cárcel. Carlos.
Carlos
Señor.
Duque
En tu casa ha de vivir
César; tú le has de asistir.
César
(No es prisión menos crüel.)
Carlos
Criado soy y amigo fiel.
Duque
A Carlos.
(Pues mira que te le entrego
para saber de ti luego
lo que tú supieres de él.)
Carlos
Al Duque.
(¿Puedes obligarme a más,
señor, que a decirte yo
lo que él me dijere?)
Duque
A Carlos.
(No.)
Carlos
Al Duque.
(Pues sin faltarle a él jamás,
como te sirvo verás.)
Duque
Venid, Roberto, que quiero
que vos la carta que espero
enviar al Conde escribáis.
Vanse el Duque y Carlos hablando.
Roberto
(¿Dónde, pensamientos, vais
buscando el dolor primero?
En mi calle el ruido vi;
triste a Serafina hallé;
a Nise encerró, que fue
trance ahora de amor oí;
mas esto no es para aquí.)
Vase.
Capricho
¿De qué, señor, te has quedado
tan suspenso y tan helado?
Vuelve en ti, no estés mortal;
que no has negociado mal.
A peor lo tenía yo echado.
César
¿Qué peor, si cuando, ¡ay cielos!,
volver, Capricho, esperaba
donde tan vecino estaba
al fin de mis desconsuelos,
me apartan de él?
Capricho
Tus desvelos
con una nueva pudiera
yo enmendarlos, si quisiera.
César
Pues, ¿por qué no has de querer?
Capricho
Porque en llegando a saber
que Serafina te espera
esta noche, luego habrá
quien, aunque llegues a vella,
te embarace hablar con ella;
y así, juzgo que será
mejor callarlo.
César
¿Quién ya
me podrá embarazar viendo
que, ausente el Conde, escribiendo
con Roberto el Duque queda;
yo, en prisión que salir pueda;
y ya el día anocheciendo?
Capricho
El diablo, señor, que ha dado
en que ni has de ver, ni hablar
esta dama sin llegar
nunca a aquel paso apretado
de fino y enamorado.
César
Hoy no es posible.
Sale Carlos.
Carlos
¿No iremos,
César, a casa, pues vemos
que ya anochece?
César
Aunque hoy
vuestro prisionero soy,
os suplican mis estremos
deis licencia de no ir
a recogerme tan presto.
Carlos
Siempre a serviros dispuesto
estoy.
César
Sabréis...
Carlos
Sin oír
lo que me queréis decir,
podéis iros y volver
cuando quisiéredes.
César
Ver
me importa...
Carlos
No prosigáis.
Id y no me lo digáis,
que no lo quiero saber.
César
¿Es haberos disgustado
que tan presto la licencia...?
Carlos
No, sino que mi advertencia
con el secreto pasado
vivió con mucho cuidado
de que otro ninguno no
le supiera; y pues ya vio
rota al silencio la llave,
secreto que otro le sabe
no quiero saberle yo.
César
Habeisme de oír...
Carlos
No he de oír.
César
¿Qué riesgo en vos puede haber?
Carlos
Lo que no llegue a saber,
no lo llegaré a decir;
y así, bien os podéis ir.
Y advertid que, entre mí y vos,
siendo quien somos los dos,
corre peligro un secreto;
y pues no le fía el discreto,
ni a mí le fiéis. Adiós. Vase.
César
¿Qué enigma éste puede ser?
Capricho
Margarita lo dirá.
César
Hacia aquí viene.
Capricho
¿Qué va
que te estorba el ir a ver
a Serafina?
Margarita y Flora.
Margarita
A saber
del Duque al cuarto venía,
Ludovico, lo que había
dispuesto en resolución
de aquella satisfacción
que al Conde dar pretendía;
y habiéndoos a vos hallado,
vos me lo diréis. ¿Qué ha habido?
César
Que habiendo, señora, oído
las disculpas que le he dado
para haberme vos llamado
Ludovico, su atención
dispone que yo en prisión
esté hasta que al Conde escriba.
Y pues que mi vida estriba
en una satisfacción
que espero y vos de mi vida
sois dueño, sin que creáis
que fue no ir donde mandáis
acción desagradecida,
os suplico que no impida
ser el Conde la ocasión
lograr la satisfacción
que cerca mis ansias ven;
y perdonad, que no bien
fuera estoy de la prisión.
Vanse los dos.
Margarita
Bien se ve cuán bien hallado
en ella, ¡ay cielos!, está.
Y aunque es verdad que en mí ya
murió aquel necio cuidado
que tantos días callado
a ti sola te fie,
con todo aqueso, porque
nunca se pueda alabar
que me dejó con pesar,
aunque preso en casa esté
de Serafina, he de hacer
de suerte que dentro della
no pueda hablalla ni vella.
Flora
Eso, ¿cómo puede ser?
Margarita
Ven conmigo, que has de ver
lo que he llegado a pensar.
Flora
Si no te has de declarar,
¿por qué quieres impedir?
Margarita
Porque no quiero sentir,
Flora, pues basta callar.
Vanse y salen Serafina y Estela.
Serafina
¿Dijístele a aquesa fiera,
a esa enemiga, que esté
escondida entre esas ramas,
como áspid de este vergel,
hasta llamarla yo?
Estela
Sí,
señora. Haciendo cancel
los cuadros de aquella murta,
retirada la dejé,
diciendo que tú la llamas,
sin decirla para qué.
Serafina
¿Y parécete, ¡ay de mí!,
que ya a este jardín y a aquel
cuarto de la torre venga
Ludovico?
Estela
No lo sé;
porque sólo sé, señora,
que acaba de anochecer
y ni al cuarto, ni al jardín,
vienen mi señor, ni él.
Serafina
¿Qué resolución habrá
tomado el Duque?
Estela
Oye.
Serafina
¿Qué es?
Estela
Que a la puerta han hecho ruido.
Serafina
A abrirle volando ve;
pero asegúrate, Estela,
antes que la abras. Crüel
Vase Estela.
fortuna mía, ya es hora
de dejarte, ¡ay de mí!, ver
siquiera un rato apacible.
Permite piadosa que
sólo le dé esta disculpa
y dame muerte después.
Estela, César y Capricho.
Estela
Entra, que esperando está
mi señora.
Capricho
A César.
(Desta vez
la maraña se acabó,
pues ya la llegas a ver
sin que nadie te lo impida.)
Serafina
¿Ludovico?
César
A Capricho.
(No me des,
con el pesar de dudar
si es otro, aguado el placer.)
Yo soy.
Serafina
Pues atento escucha;
que si puedo, no ha de haber
cosa hoy que hablar me estorbe;
y así, antes de saber
qué te pasó con el Duque,
ni cómo, cuándo o por qué
pudiste venir aquí,
has de oírme.
César
Empieza, pues.
Capricho
(Gracias a Dios que llegó
la hora de oír, hablar y ver.)
Serafina
Yo, Ludovico, ya sabes
quién soy; y sabes también
que, siendo quien soy, fiada
en la palabra y la fe
de amante esposo, a pesar
de mi primero desdén,
siendo quien soy, te admití
y, siendo quien soy, te amé.
Roberto
dentro.
¿Cómo no hay aquí una luz?
Estela
¡Mi señor!
Capricho
¡Que no haya ley
de que los padres no tengan
siempre en su casa qué hacer!
Estela
Hacia aquí viene.
César
¡Que hubiese
de llegar ahora a romper
el hilo de tu discurso!
Capricho
Mi reloj debe de ser,
que también ha roto el hilo
de los suyos.
César
¿Qué he de hacer?
Serafina
Retírate entre esos cuadros,
que no ha de verte, porque
él se recogerá luego;
y yo, como aquí te estés,
vendré a proseguir.
César
(Fortuna,
acaba ya de una vez.
No, Tántalo de mis dichas,
me obligues a padecer
la hambre del manjar
ni de la fuente la sed.)
Estela
Escóndete también tú.
Capricho
¿Ya no me escondo también?
Escóndense los dos y sale Roberto.
Roberto
Serafina.
Serafina
Señor.
Roberto
¿Cómo
sola y a escuras?
Serafina
Bajé
a divertirme (¡ay de mí!)
poco antes de anochecer
a este jardín; y no habiendo
de durar más tiempo en él
que hasta refrescar la noche,
no pedí luces porque
me iba retirando. Vamos,
Estela.
Roberto
Escusado es,
que has de ir conmigo a palacio.
Serafina
¿A palacio a esta hora? ¿A qué?
Capricho
A César.
(¡Si él se la llevase agora,
quedabas bueno, pardiez!)
Roberto
De aquel disgusto en que hoy
te hallaste acaso (¡crüel
discurso, no me atormentes!)
ha resultado prender
a Ludovico; y queriendo
el Duque satisfacer
al Conde, me mandó a mí
que de su prisión le dé
cuenta. Estándole escribiendo,
entró un recado de que
un forastero quería
ver al Duque; y era él.
Retiráronse al jardín
para hablar, conque dejé
pendiente de su secreto
la nota de mi papel.
Margarita, que no ignora
nada desto, como ve
por una parte que ella
quien le dio la vida fue
a Ludovico y, por otra,
que el Conde su esposo es,
embarazada en sus dudas,
me llamó para saber
qué se trataba. Y, en fin,
paró su discurso en que
sus damas, viéndola triste,
quieren un festejo hacer
de música aquesta noche.
Ella, conmigo cortés,
dice que sin ti no quiere
lograrle; que siempre fue
cariñoso en otra edad
el amor de la niñez.
Que te lleve allá me manda;
y así, por tu vida, ven
conmigo.
Serafina
Yo estoy, señor,
no buena.
Roberto
Aunque no lo estés,no
es justo que este favor
se pague con un desdén.
Manda, Estela, prevenir
unas hachas.
Vase Estela.
Serafina
Mira que ...
Roberto
No he de admitirte ninguna
disculpa, aunque más me des.
Serafina
(Peor será ponerle, ¡ay triste!,
en sospecha.) Vamos, pues.
Roberto
¡Si supieras cuánto gusto
me haces! Que no fuera bien
no admitir de Margarita
la fineza.
Serafina
A César.
(¡Cielos!, ¿quién
embarazó que dijese
verdades una mujer?)
Vanse Roberto y Serafina.
César
¿Ni quién embarazó, ¡cielos!,
a un desdichado saber
lo que muerte le ha de dar?
Y digo muerte porque
a una vida alimentada
del mal, le es veneno el bien;
y así pudieras, desdicha,
dejarte satisfacer,
que pues viví del pesar
yo muriera del placer.
Capricho
El Conde ausente, escribiendo
Roberto, el Duque con él,
yo en prisión de que salir
la noche cerrando... ¿Quién
podrá embarazarme hoy?
César
¡Que agora de burla estés!
Capricho
Pues, ¿quién no se ha de reír
de verse en este vergel,
sin satisfacción, sin dama,
luz, ni criada, ni saber
por dónde salir ni entrar?
César
Por aquesta parte ven;
quizá hallaremos la puerta.
Capricho
El paso, señor, detén;
que ya a la escasa luz veo
de la luna una mujer
hacia allí, si no me engaño.
César
Estela debe de ser.
Sale Nise.
Nise
(¡Cielos!, ¿qué querrá de mí
aquesta tirana hacer,
toda esta noche mandando
que aquí espere? ¡Oh, si coger
pudiese la puerta! Pero,
¿hombre aquí?) ¿Quién va? ¿Quién es?
César
Ludovico soy.
Nise
¿Qué escucho?
¡Ay de mí, infeliz!
César
¿De qué
te espantas?
Nise
¿No he de espantarme,
si muerto te llego a ver?
César
A Capricho.
(No es Estela. ¡Qué mal hice
en nombrarme!)
Capricho
A César.
(Antes fue bien,
que el paso de la fantasma
tardaba mucho.)
Nise
Detén,
Ludovico, paso y voz;
y no la muerte me des,
que si de la tuya fui
la causa, humilde a tus pies
te pido perdón.
César
¿Quién eres?
Nise
Nise.
César
¿Cómo?
Capricho
A César.
(La voz ten;
déjame el paso, que tú
no haces las fantasmas bien.)
Nise, desde la otra vida,
sabiendo que presa estés,
vengo a hacerte una visita,
y así...
Nise
¡Ay, triste!
Capricho
...hazme merced
de decirme cómo estás.
Nise
¿A eso vienes?
Capricho
Pues, ¿a qué
quieres que venga? Que yo
soy un muerto muy cortés.
Nise
Si en castigo del delito
mío me vienes a ver,
no tuve la culpa. El Conde,
ofendido del desdén
de mi ama, que en tu ausencia
roca incontrastable fue,
grandes cosas me ofreció.
Movida del interés,
sin que lo supiera ella,
le eché la escala que él
mismo me dio. Si de aquí
resultó que a ti te den
la muerte, basta que presa
desde aquella noche esté
sin ver cielo, sol, ni luna.
Vete en paz; déjame pues.
No me aflijas, no me mates.
Vase.
César
Oye, Nise, el paso ten;
que más que a darte yo muerte,
vengo a que vida me des.
Oye, espera, escucha, aguarda.
Tras ella, ¡cielos!, iré,
porque otra vez me lo diga
para que aliente otra vez.
Vase.
Capricho
Yo, en tanto que tú la asustas,
el postigo buscaré.
Advierta el pío letor
que, para satisfacer
una dama a su galán,
verle muerto ha menester,
porque a los galanes vivos
no se satisface bien.
Vase.
El Conde y el Duque.
Conde
A esto, como he dicho, vine,
creyendo que era fineza
adorar una belleza;
no, señor, porque previne
ver a Ludovico aquí.
Un acaso me empeñó
con él; y él fue el que citó
el puesto donde hoy le vi.
Volverme determiné;
pero habiendo consultado
conmigo cuán declarado
en aquel lance quedé
y que es fuerza que sepáis
vos, señor, que estuve aquí,
a volverme resolví
porque de mi boca oigáis
la razón de mi venida
y de mi empeño también.
Y supuesto que no es bien
–aunque me enoja su vida,
conmigo habiendo reñido–
que él esté preso y yo no,
a estar también preso yo
vengo a vuestros pies rendido.
Duque
Casi en el mismo concepto
estaba escribiéndoos yo,
porque supierais que no
fui sabidor del efeto
que le arrojó a mis umbrales
–dígalo el nombre fingido
con que siempre me ha servido–;
pues a imaginar yo iguales
empeños vuestros, cierto era
que, porque no os disgustara,
ni mi casa le amparara,
ni en mi servicio estuviera.
Pero ya que aquí le veis,
ved qué queréis hacer.
Conde
No
puedo suplicaros yo
que vos, señor, le entreguéis,
ni le castiguéis tampoco.
Lo que os puedo suplicar
es que, pues yo he de vengar
las arrogancias de un loco,
que le digáis que su estrella
siga en otra parte; que
yo en ella le buscaré,
puesto que no siendo ella
vuestra casa, donde está
hoy de mí tan defendido,
es el más digno partido
para todos; pues verá
el mundo que le libráis
vos de mí y que sé buscalle
yo en otra parte y matalle.
Duque
En todo buen duelo estáis;
pero yo, señor, quisiera…
dentro, instrumentos de música.
Mas bien por aquí no vamos,
que el retiro que tomamos
para hablar solos esfera
es adonde Margarita
suele unas noches bajar;
y este instrumento es mostrar
que ésta templar solicita
tristezas suyas cantando.
Por aquí nos retiremos.
Conde
Tomado el paso nos vemos;
pues, luz y gente bajando,
no es posible que ya deje
de vernos alguien; y a mí
no será bien.
Duque
Pues aquí,
retirados, que se aleje
esperemos; pues no ignora
mi atención que siempre va
hacia los estanques.
Salen Margarita y Serafina y Flora con luz.
Margarita
Ya
que canten les dirás, Flora.
Música
Quien por cobardes respetos
no se puede declarar,
basta callar.
Duque
(Viendo a Serafina bella,
conmigo aquel tono habló.)
Margarita
(Sin duda que les dictó
aquel asunto mi estrella.)
Conde
(Oyendo esta letra, en ella
el mal que padezco he oído.)
Serafina
(A mí me habló aquel sentido,
pues que dijo en sus concetos...)
Ellos Y La Música
Quien por cobardes respetos
no se atreve a declarar,
basta callar.
Sale César.
César
A Capricho.
(Mira si por aquí ves
a Carlos, que darle quiero
parte en mis dichas primero
y irme a su prisión después.)
Capricho
A César.
(¿Cómo quieres que pasar
pueda, si está Serafina
con Margarita divina?)
César
A Capricho.
(Pues en tanto que hay lugar...)
Música
Basta callar.
Margarita
Otra vez y otras mil digo
que nada puede aliviar,
Serafina, mi pesar
sino tenerte conmigo.
Serafina
Si yo, señora, creyera
que con aqueso te servía,
toda la noche y el día
a tus plantas estuviera,
sin apartarse de ti
sólo un instante mi fe.
Margarita
Mira que te tomaré
la palabra.
Serafina
¿Cómo así?
Margarita
Como si en ti gusto veo
de acompañarme, jamás
de mi lado faltarás;
porque lo que más deseo
hoy en mis tristezas es
que tú me hagas compañía,
pues ella la pena mía
sola divierte.
Serafina
Tus pies
beso mil veces, señora.
Mas, ¿cómo puedo faltar
yo a mi padre? (¡Qué pesar!)
Margarita
Él por mí hará, ¿quién lo ignora?,
la fineza de quedarse
algunos días sin ti.
Aquesto has de hacer por mí.
Serafina
(¡Oh, cielos! ¿Si a declararse,
viendo en ella tanto agrado,
mi desdicha se atreviera...?
Mas, ¿qué duda? Mas, ¿qué espera
siempre mudo mi cuidado?
Quizá por aquí podré
darle la satisfacción,
pues no logro otra ocasión;
y cuando lo yerre, en fe
de que lo acierto, disculpa
me queda.)
Margarita
¿Tanto contigo
suspensa lo que te digo
te ha dejado?
Serafina
Si una culpa
me atreviera a declarar,
viendo tanto agrado en ti...
Margarita
¿Por qué has de dudarlo? Di.
Serafina
Porque he llegado a escuchar...
Música
Quien por cobardes respetos
no se puede declarar,
basta callar.
Serafina
Y así, cobarde, señora,
estoy; aunque mi temor,
alma, ser, vida y honor,
pusiera a tus pies agora.
Margarita
(Nuevo mal conmigo lucha.
¿Qué irá a decirme?)
Serafina
(Mas, ¿qué
duda?) En quien eres se ve...
Margarita
Pues prosigue…
Serafina
Pues escucha.
Conde
(Atento esté mi temor.)
Duque
(Esté mi dolor atento.)
César
A Capricho.
(¿Qué será su pensamiento?)
Capricho
A César.
(Él te lo dirá mejor.)
Conde
(Pena...)
Duque
(Recelo…)
César
(Rigor...)
Los Tres
(…¿qué serán estos secretos?)
Música
Quien por cobardes respetos
no se atreve a declarar,
basta callar.
Serafina
Ludovico...
Margarita
(Bien temí.)
Serafina
…que hoy el Duque...
Margarita
(Ya hice mal.)
Serafina
...por complacer...
Margarita
(¡Qué temor!)
Serafina
...con el Conde...
Margarita
(¡Qué pesar!)
Serafina
...tiene preso…
Margarita
Ya lo sé;
pasemos a lo demás.
Serafina
...amante fue de una dama
con quien yo tuve amistad.
Margarita
¿Conócesla?
Serafina
Como a mí.
Margarita
Pienso que dices verdad.
Serafina
El conde de Montpellier,…
Conde
(Ella a declararle va
mi amor.)
Serafina
…perdona si celos
te doy,…
Margarita
No hay que perdonar,
Serafina (que aún no sabes
bien los celos que me das).
Serafina
...hizo que fuese su amor
todo guerra, nada paz,
hasta ponerle, ¡ay de mí!,
en el riesgo que hoy está.
Por lo que a esta amiga debo,
te quisiera suplicar
intercedas con el Duque,
señora, en su libertad,
pues un delito de amor
siempre es de perdón capaz.
César
(¡Cielos, que escuche este ruego,
tanto en mi ausencia eficaz,
sobre la satisfacción
de Nise!)
Duque
(¿Qué hay que esperar
oyendo este desengaño?)
Margarita
(No pudo llegar a más
mi dolor. Pero, ¿qué digo?
No es sino felicidad
poder hacer del dolor
granjería, si a mirar
llego que el hacer un bien
es el despique de un mal.
Aquí, pues, de mi valor.)
Serafina
¿Qué dices?
Margarita
Que en ruego tal
yo intercederé por él,
si tu intercesión no es más;
que también a mí me toca,
por el empeño que ya
tengo en su vida, pues fui
quien, hallándole mortal,
le reparó y le albergó;
y la vida que le da
mi piedad no querrá el Conde
quitársela.
Conde
Claro está.
Serafina
¿Quién respondió allí?
Duque
Al Conde.
(¿Qué habéis
hecho?)
Conde
Al Duque.
(Dejeme llevar
del afecto.)
Margarita
¿Quién aquía
tales horas está?
Duque
Yo soy. Tu música oyendo,
salí a este jardín.
Margarita
¿Quién más,
que no era tu voz aquélla?
Conde
Quien no ocultándose ya,
humilde a vuestros pies llega,
traidoramente leal.
El conde de Montpellier
soy; que pudiendo escuchar
que distis a Ludovico
vos la vida, hiciera mal
en solicitar la muerte
de vida que vos le dais.
De nuestra composición
no era fácil de ajustar
el duelo; pero llegando
rendida mi voluntad
a saber que a cuenta vuestra
corre su felicidad,
desde luego le perdono.
Duque
Yo he de añadir otra más
a aquesa fineza. (¡Ea,
amor que en mi pecho estás
siempre oculto, haz del dolor
noble liberalidad!)
¡Hola!
Salen Roberto y Carlos.
Carlos
¿Qué mandas?
Roberto
¿Qué quieres?
Duque
Id vos, Carlos, y llamad
a Ludovico; pues vos
sabéis de él.
Carlos
(¿Dónde estará?)
César
A Carlos.
(Aquí, que buscándoos, Carlos,
vine para asegurar
que no he roto la prisión.)
Carlos
Aquí Ludovico está.
César
Cobarde llego a tus pies.
Duque
Antes que a los míos, llegad
a los pies del Conde.
Conde
En ellos
confirmada halláis la paz;
porque es justo que logréis
vida que mi dueño os da.
Duque
Mi fineza sigue agora.
Roberto.
Roberto
Señor.
Duque
Mandad
que Serafina la mano
le dé.
Roberto
Si vos lo ordenáis,
dicha es de todos.
Serafina
(¡Ay, triste,
que satisfecho no está!;
y si replica, es forzoso
en esta publicidad
decir la traición del Conde.)
César
Las plantas, señor, me dad
y tú la mano.
Serafina
A César.
(Pues, ¿cómo,
sin oírme, me la das?
Más que mi dicha, tu honor
estimo.)
César
A Serafina.
(No digas más;
que si como amante pude
y debí desconfiar,
como marido, ni debo
ni puedo; pues claro está
que, en siendo propia mujer,
no hay satisfacción que dar:
basta callar.)
Duque
Vos, Conde, dad a mi hermana
la mano.
Conde
Con dicha tal,
felice soy.
Margarita
Y yo os pago
la vida, señor, que dais
a Ludovico con ella;
porque se llegue a mostrar
que, en mujeres como yo,
si no está en su mano amar,
basta callar.
Capricho
Pues acabemos diciendo,
puesto que cada uno está
con su afecto bien hallado
y yo con mi reloj mal,
dejando al mundo enseñanza,
que siendo preciso amar...
Todos
...quien por cobardes respetos
no se atreve a declarar,
basta callar.
Capricho
Y ya que no merecemos
aplauso, sin mormurar,
basta callar.

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Zitationsvorschlag für diese Edition
TextGrid Repository (2026). Calderón de la Barca, Pedro. Basta callar. CalDraCor. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbrr.0