Agradecer y no amar
Gran Comedia
Fiesta que se representó a sus Majestades
Personas que hablan en ella:
- LAURENCIO, galán
- ROBERTO, gracioso.
- EL PRÍNCIPE DE URSINO.
- LISARDO, galán.
- FABIO, viejo.
- FLÉRIDA, Princesa
- LÍSIDA, dama.
- ISMENIA, dama.
- FLORA, dama
- Damas.
- Músicos.
- Criados.
Primera Jornada
Salen Flérida, Lísida, Ismenia, Flora y damas.
Flérida
Corred todas al castillo,
antes que alcanzarnos pueda
ese hombre que nos sigue.
Ismenia
Mal podremos; porque llega
ya a nosotras.
Flora
De sus planta
sel ruido se oye.
Ismenia
Y tan cerca,
señora, que viene ya
pisando las sombras nuestras.
Flora
Si te embaraza que llegue,
permite que la escopeta
ponga al rostro; que yo haré
que a su poder se detenga.
Flérida
Tente; que, aunque recatarme
quiero, no quiero que sea
tan a toda costa; y pues
tú, Lísida hermosa, es fuerza
que, por más recién venida,
menos conocida seas,
quédate en aqueste paso
a decirle que se vuelva.
Y de no hacerlo, podrás,
determinada y resuelta,
tirarle entonces; porque
alcanzándome, no sepa
que soy yo la que ver pudo
tan descuidada en las selvas.
Lísida
Pues retírate y a mí
ese cuidado me deja;
que yo haré que no te siga.
Vanse.
Sale Laurencio.
Laurencio
¡Esperad, deidades bellas!;
que, aunque monstruo de fortuna,
no lo soy tanto que pueda
poneros temor.
Lísida
Detente,
¡oh tú!, quienquiera que seas;
pues más por hombre que monstruo
nuestro temor acrecientas.
Y advierte que a un paso más
que des, o a la más pequeña
réplica que hagas, dará
este arcabuz la respuesta.
Mas ¡ay infeliz! ¿Qué miro?
Laurencio
Aunque la rara extrañeza
de hallarte en esta montaña,
¡oh ingrata, oh aleve, oh fiera
enemiga de mi vida!,
darme admiración pudiera,
me la ha quitado el hallarte
tanto a mi muerte dispuesta;
porque al ver que contra mí
fuego vibras, rayos flechas,
escucho fácil la duda
y nada al discurso dejas
de cómo vengas aquí,
puesto que a matarme vengas.
Y así, sin saber la causa
de tu venida a estas selvas,
la de la guarda que haces
ni la del rigor que ostentas,
me volveré; que no quiero
saber más de que tú seas
la que defiendes el paso
para que yo atrás lo vuelva;
no tanto por el temor
del fuego que dentro encierra
ese escandaloso monstruo
de acero, pólvora y piedra,
cuanto por el que tu pecho
más traidoramente engendra,
que de pasadas traiciones
es mina, es volcán, es Etna.
Lísida
¡Oh, quién de tantos engaños
como padeces pudiera
desengañarte, Laurencio!
Y ¡oh, quién de tantas diversas
fortunas como por ti
quiere el cielo que padezca
pudiera informarte! Pero
ya que no es ocasión ésta,
fío que me la ha de dar
algún día; porque veas
cuán erradamente acusas
de mudanza a la firmeza,
de traición a la lealtad
y a la obligación de ofensa.
Laurencio
Aunque con nuevos engaños
satisfacerme pretendas,
tarde podrás.
Lísida
No lo dudo;
pues, aunque al instante fuera,
fuera tarde para mí;
y más viendo que ahora es fuerza
dejar para otra ocasión
desmentidas las sospechas
de verme hablando contigo.
Aquí, Laurencio, te queda.
No me sigas. Y de paso
sólo te pido que adviertas,
viéndome en esta montaña
a ajeno dueño sujeta,
desterrada de mi patria,
todo por ti, cuáles sean
las lágrimas que me debes,
los suspiros que me cuestas.
Vase.
Laurencio
¡Válgame Dios! ¡Qué de cosas
tan contrarias, tan diversas
mi imaginación combate
y mi entendimiento cerca!
¿Quién creyera –¡una y mil veces
infelice!–, quién creyera
que la causa que me tiene
entre esas incultas peñas,
cortesano de sus riscos,
compañero de sus sierras,
mísero, pobre y rendido,
viniese a encontrar en ellas?
Mas ¿dónde vive ignorado
un infeliz que no venga
siempre su pena tras dél,
como arrastrada y por fuerza?
¿Quién creyera. . .?
[Roberto]
dentro.
¡Hola, Laurencio!
¿A quién digo?
Laurencio
Voz es éstade
Roberto. Ya le estimo...
Roberto
[dentro.]
¡Hola, aho!
Laurencio
...que a tiempo vengaque
me haga compañía;
porque no hay cosa que tema
tanto aquí como a mí mismo.
Roberto
[dentro.]
¡Laurencio!
Laurencio
¡Roberto! Llega
hacia aquesta parte.
Roberto
[dentro.]
¿Dónde
es hacia? Porque no encuentran
mis plantas hacia, señor,
que hacia donde caer no sea.
[Sale Roberto en lo alto.]
Laurencio
¿Dónde estás?
Roberto
Sobre la cima
de aquesta pelada peña,
tan sin mechón que no tiene
donde otro mechón se tenga.
Laurencio
¿Quién te subió allá?
Roberto
El demonio,
que ha dado en esta flaqueza
de andar subiendo a menguados.
Laurencio
Baja presto.
Roberto
Cosa es ésa
que, con dejarme caer,
la haré con más diligencia.
Laurencio
¿Qué buscabas allá?
Roberto
A ti.
Laurencio
¿A mí en la cumbre?
Roberto
Como era
necedad subir acá,
presumí que tú la hicieras;
y así, en tu busca, señor,
saltando de peña en peña,
me he hecho tantos cardenales
que todo soy eminencias.
Laurencio
Baja, pues, que hacia esta parte
está del risco la senda.
Roberto
¿Mas que se muda hacia estotra
si vas a buscarla hacia ésta?
Mas no podrá, ya la he hallado.
Laurencio
¿Y para bajar te sientas?
Roberto
¿No es mejor que lo mullido
lo pague que pies y piernas,
que son frágiles canillas?
¡Dios vaya conmigo! ¡Ah! Pesia
[Rueda.]
el primero que inventó
andar por montes y selvas
tras de un conejo, arrastrado
donde el primero no espera;
y si se yerra al segundo,
al tercero no se acierta;
el cuarto se escapa herido
por estar la boca cerca;
el quinto salta a la cumbre;
muerto el sexto, no se encuentra
entre las matas; y, al fin,
uno que se cobra cuesta
de pólvora y munición
aún más que si un hombre fuera
con secreto natural
a comprarlo a una despensa.
Laurencio
No digas mal de la caza,
Roberto, puesto que ella
en estas montañas es
la que a los dos nos sustenta.
Roberto
Pues ya que no he de decirlo,
sepamos, señor, si es esa
liga la caza de hoy;
porque no veo que tengas
otra ninguna.
Laurencio
Esta ha sido,
Roberto, toda la presa
que hoy he cazado.
Roberto
Pues vamos
a hacer un jigote della,
que será linda comida
liga montés; y más ésta
que, aunque está muerta de hoy,
estará manida y tierna.
Laurencio
No hables, Roberto, de burlas.
Roberto
¿Qué tienes que en tu tristeza,
bien que continua, parece
que hay novedad?
Laurencio
Y tan nueva
que casi en lo inverisímil
toca.
Roberto
¿Cómo?
Laurencio
¿Qué dijerassi
hubieras visto, Roberto,
a Lísida en estas selvas?
Roberto
Dijera que la habías visto;
mas dijera también que era
ilusión de tu deseo
y que él te la representa.
Laurencio
Pues dijeras mal; porque
ni mi deseo la engendra
ni fuera posible, cuando
su traición y mi tragedia
han podido hacer que más
que la quise la aborrezca.
La verdad es que la vi
y la hablé.
Roberto
Pues ¿qué deshecha
fortuna nos la ha arrojado
en esta inútil maleza
donde ignorados vivimos
al abrigo de un aldea
–que fue el último caudal
de tanta perdida hacienda
como te cuesta su amor–
pretendiendo que no sepan
tus enemigos de ti,
llenos de tantas miserias,
desnudez y hambre?
Laurencio
No sé.
Roberto
Pues ¿no dices que con ella
hablaste?
Laurencio
Sí.
Roberto
Pues ¿qué hablaste?
Laurencio
Escucha, que aún hay que sepas
otra mayor novedad.
Roberto
Mucho hará, si es mayor que ésta.
Laurencio
Salí, como ya viste, esta mañana,
cuando entre nubes de carmín y grana
de arreboles el sol al prado viste.
Ni digo sólo, ni encarezco triste;
pues ni triste ni solo el monte sigo,
supuesto que mi pena va conmigo;
y supuesto también que mi tristeza
ya no es pasión, sino naturaleza.
Salí, pues, procurando
de la tierra cobrar, cobrar del viento
el preciso alimento
a que los dos se hipotecaron cuando,
para el hombre poblando
Dios sus esferas graves,
vistió de piel y pluma fieras y aves.
A cuya providencia,
ni red, ni lazo, ni abrasada fuerza
–que hace al ave que el giro veloz tuerza–
al pájaro hizo injuria,
al mísero animal hizo violencia,
puesto que a su obediencia
obligados nacieron.
Bien que en matarlos no piadosos fueron
los que sólo por gusto
roban de sus adornos tierra y viento
y, como yo, no tienen por sustento
la crueldad de ejercicio tan robusto.
Roberto
Prosigue; que no es justo
pararte ahora a hacer moralidades,
puesto que en estas verdes soledades
a las fieras que dices parecemos;
porque, si no matamos, no comemos.
Laurencio
Digo, pues –o crueldad o piedad sea
lo que hoy a hacer me obliga
al gusto de otros mísera fatiga–,
que de esa pobre aldea
salí, sin dar un paso
que en cuidado el descuido o el acaso
contra mí no volviese,
sin que un tan solo lance me saliese
en que la suerte mía
sanear pudiese su malicia al día;
y viendo que ya en todo,
mientras que busco el modo,
ese golfo de luces igual baña
la cumbre y la cabaña
–pues igualmente todo lo divisa
cuando el hombre su misma sombra pisa–,
del calor fatigado,
al cansancio rendido,
oyendo el blando ruido
dese veloz cristal que despeñado
del monte al valle en él alivio espera
buscando alguna sombra en su ribera,
llegué a un espacio ameno
de varias flores y bordados lleno.
Aquí, templando el sol la saña ardiente,
al margen me senté de su corriente.
En ella divertía los varios casos
de mis desdichas y de mis fracasos
cuando en el agua veo
que, ladrón de cristal, para trofeo
del mar adonde ya llegar pensaba,
este cendal robado se llevaba.
A poca diligencia
que hice, cortando dos pequeñas ramas
a costa de pisar ovas y lamas
la presa le quité sin resistencia;
y haciendo consecuencia
que hasta su dueño espacio habría pequeño,
agua arriba buscando fui su dueño;
no en vano persuadido
a que hallarle, o patente o escondido,
dicha sería, pues iba
un infeliz buscándole agua arriba.
Recatado en efeto,
ladrón ya del ladrón, pude secreto
llegar donde un remanso
del fatigado arroyo era descanso,
como que en él sediento
paraba sólo hasta tomar aliento.
Adelante pasara
si, rémora vocal, no me parara
aquí, Roberto, un mal distinto acento,
que siempre adelgazándose en el viento
débil trajo a mi oído
sin palabra la voz, sin voz el ruido.
Suspenso estuve un rato
remitiendo las dudas al recato.
Poco a poco fui entrando a la espesura
adonde natural arquitectura
del abril había hecho en breve espacio
la fábrica de un rústico palacio,
cuya alfombra de rosas y claveles,
cuyo dosel de sauces y laureles
daban con el dosel y con la alfombra
a una y otra beldad albergue y sombra.
Pareme, suspendido
ya de la vista más que del oído;
y haciendo celosía
la intrincada maraña
que a partes la campaña
tal vez negaba y tal me concedía,
ya lo pudo advertir la industria mía,
con señas no pequeñas,
templo de Venus; puesto que sus peñas
adornaban por una y otra parte,
entre galas de amor, triunfos de Marte,
mirando allí esparcidos
por las yerbas riquísimos vestidos
y aquí colgados luego
por las ramas también rayos de fuego;
mostrando así que Amor, en viendo en tierra
las banderas de paz, deja la guerra.
Estaban, pues, deste apacible seno
en lo más retirado y más sereno,
tropas de ninfas bellas,
de cuyo humano cielo eran estrellas
las más vistosas flores;
y en medio, el mismo Amor, muerto de amores,
deidad era asistida
de aquel festivo coro
en cotilla y enaguas; que no ignoro
salir del baño, pues ni bien vestida
ni bien desnuda daba
a entender que de nuevo se adornaba.
¡Mal haya mi fortuna,
pues una dicha, que sólo tuve una,
hubo de ser llegando tarde! Pero
a buen tiempo llegué, si considero
cuánto el recato vive escrupuloso.
No a lo lascivo y vamos a lo hermoso.
Suelto tenía el cabello,
cuyas ondeadas hebras,
golfos fingiendo de erizadas quiebras,
inundaban la nieve de su cuello.
Perdone el sol, que no es el sol más bello
cuando los ampos de las cumbres dora
dejando en una peña y otra peña
desmelenar la mal peinada greña
que, a media luz, le destrenzó la aurora;
bien que al revés su efeto se colige.
¿Dije al revés? Pues oye, que bien dije;
porque si él sobre nieve
madejas de oro a desplegar se atreve,
ella con más decoro
nieve desparce en sus madejas de oro,
cayendo encima a tanto hielo ufano
un copo y otro en una y otra mano.
Él, por no verse a leyes reducido,
medio enredado resistió esparcido;
como quien dice que es contrario duelo,
dando los rayos libertad al cielo,
que con nuevos desmayos
el cielo ponga en su prisión los rayos.
Nácar y plata era
la hermosa primavera
de un guardapié que al monte contenía,
pues un átomo apenas descubría
al prado ni al deseo;
si bien, que nada recataba creo,
pues el pie era de modo
que en el átomo sólo estaba todo.
A este instante cegué, porque a este instante,
de una de aquellas damas, esparcida
azul enagua a líneas guarnecida
se me puso, al echársela, delante.
¿Cuando al sol eclipsó nube brillante?
¡Mal hubiese el deseo
de no perder de vista la hermosura,
pues, por mudar lugar, mudé ventura
ramas moviendo! A cuyo ruido veo
que todas asustadas,
confusas y turbadas,
como si un monstruo vieran, recogieron
armas y adornos y a mi vista huyeron
por una oculta senda, tan veloces
que, no digo mis plantas, mas mis voces
alcanzarlas en vano pretendieron.
Con todo, las siguieron
hasta lo estrecho deste inculto paso,
donde ahora empieza mi segundo acaso.
En él, pues, la asustada
escuadra fugitiva,
confusa y alterada,
que por los montes deshilada iba,
para segura hacer su retirada
dejó de posta una beldad; que, armada
con su denuedo, daba al sol asombro
teniendo, porque el paso me resista
–bien que a no ser quien era, fuera en vano–,
la coz del arcabuz pegada al hombro,
calado el can, los puntos en la vista
y en el disparador puesta la mano;
que, en rigor tan tirano,
que en defensa tan fiera,
pudiera ser que Lísida no fuera
conocida, no tanto
en rostro y voz como en acción y espanto.
Ni sé lo que la dije,
ni sé lo que me dijo;
sólo sé que colijo
de uno y otro la pena que me aflige
por saber quién es esta deidad bella,
sin saber que esté Lísida con ella;
pues cuanto aquí el deseo
me anima a averiguallo,
tanto este susto veo
que me acobarda; en cuya acción me hallo
obligado a sabello y a dudallo,
siendo así que, en andar Lísida en ello,
no quisiera dudallo ni sabello.
Roberto
De las dos dudas, señor,
que por extrañas me cuentas,
para mí no lo es más de una.
Laurencio
¿Cómo?
Roberto
Como sé quién sea
esta beldad que encareces.
Laurencio
Pues ¿quién es?
Roberto
Flérida bella,
princesa de Bisiniano,
que en aquesta fortaleza,
retirada de la corte
por gusto o por conveniencia,
vive hasta tomar estado.
Laurencio
Que vive aquí, mal pudiera
yo ignorarlo; pero de eso
no se infiere que sea ella.
Roberto
¿Va que sí? Pues ¿quién querías
que tan servida estuviera
de las damas?
Laurencio
Otra dama; que
darla un vestido no era
acción tan rendida que
una amiga no pudiera
haberlo hecho; y es sin duda
que, a estar allí la princesa,
habría guardas a lo largo
y guardas al coto puestas.
Roberto
El acaso muchas veces
sin prevención... Mas espera,
que divertidos llegamos
de su palacio a las puertas...
Salen las damas al balcón con Flérida y Lísida.
Laurencio
...y están en el mirador
algunas damas.
Roberto
Y entre ellas
está Lísida.
Laurencio
También está
entre todas aquellaque
te he dicho.
Roberto
¿Cuál es?
Laurencio
Necio,
¿no lo dice su belleza?
Roberto
Sí dirá, mas yo no lo oigo;
y es que a mí, como sean hembras,
todas me parecen unas.
Flérida
¿Quién dices, Lísida, que era?
Lísida
Un humilde cazador,
que acaso estaba en las selvas.
Flérida
Pues ¿a qué fin nos seguía?
Lísida
(Ocultar quién es, es fuerza.)
A fin, a lo que yo infiero
de verle venir con ella,
de cobrar algún hallazgo
de aquella perdida prenda
que al vestirte hallamos menos.
Flérida
Pues si ése su intento era,
¿por qué no la rescataste?
Lísida
Porque, al verme tan resuelta
decir que tuviese el paso,
fue su temor de manera
que se volvió, sin ponerse
en demandas ni respuestas.
Flérida
Presumo que dices bien.
Su pretensión sería ésa,
pues allí habla con otro
mirando siempre a estas rejas.
Laurencio
[A Roberto.]
(Pasa, Roberto, al descuido.)
Roberto
[A Laurencio.]
(¡Por Dios, con gentil librea
venimos a hacer terrero!
¿No miras, no consideras
que es fuerza que las mondongas
asco de nosotros tengan?)
Flérida
Pues ya sabemos que es hombre
en quien no caben sospechas,
llamadle. Decid que llegue.
Rescatémosla siquiera
porque fue mía.
Lísida
¡Ah del monte
Flérida
¡Cazador!
Laurencio
[A Roberto.]
(¿Llaman?)
Roberto
[A Laurencio.]
(Sí.)
Laurencio
[A Roberto.]
(Llega
tú; y aun lleva tú la banda,
porque si reñir intenta
tomarla y llegar aquí,
en ti se quiebre la ofensa.)
Roberto
[A Laurencio.]
(Como lo que en mí se quiebre
algún garrote no sea,
ofensa yo las perdono.)
¿Qué queréis, deidades bellas?
Flérida
¿Queréis feriar esa banda?
Roberto
Pues ¿no he de querer, si apenas
tenemos hoy que comer
mi camarada y yo?
Laurencio
[A Roberto.]
(Bestia,
¿qué dices?)
Roberto
[A Laurencio.]
(Pues ¿no es verdad?)
Flérida
¿Qué es lo que queréis por ella?
Roberto
No me tengáis por perdido;
dejadme que haga la cuenta.
Aquí habrá de tafetán
–¡y qué bueno es!– vara y media,
que a siete reales y medio,
como se compra en la tienda,
son once menos cuartillo.
Las puntas, a mi ver, pesan
dos onzas muy bien pesadas;
a diez y ocho reales nuevas
y a cinco traídas –que es como
cualquier gabacho las merca–
son diez y once... veinte y uno
menos cuartillo. Ahora vengan
catorce reales.
Laurencio
[A Roberto.]
(¿Qué? ¡Loco!)
Roberto
Si son muchos, doce sean.
Laurencio
[A Roberto.]
(¡Vive Dios!...)
Roberto
Pues ¿habrá más
de que sean ocho siquiera?
De aquí no bajaré un cuarto.
Y no gano, en mi conciencia,
que eso me tiene de costa;
mas quiero hacer feligresas,
porque vengan a mi casa
siempre que algo se les pierda.
¿Hacemos algo en los ocho?
Flérida
Gusto me ha dado en la cuenta.
Esperad, que cien escudos
quiero que os bajen por ella.
Roberto
Cien años estéis, señora,
de un lado en la vida eterna.
(¿Cien escudos? ¡Santa liga
hoy para mí, más que aquella
que hicieron contra el Gran Turco
España, Roma y Venecia!
¡Liga que al amor ligara
y liga con quien pudiera
dejarse cazar el fénix
a la liga de su guerra,
como quien no dice nada!)
Haced que bajen por ella.
(Que temo que mi fortuna
pecadora se arrepienta.)
Flérida
Ya van por ellos.
Laurencio
Tened,
que hay quien impida la feria;
pues sin licencia del dueño
siempre es ninguna la venta.
Roberto
[A Laurencio.]
(¡Ten, que vale cien escudos!
No tires tan recio della.)
Flérida
Pues ¿quién es el dueño?
Laurencio
Yo.
Flérida
Y vos, ¿qué queréis por ella?
Laurencio
Para mí no hay precio; pues
cuando Dios sacado hubiera,
no sólo un mundo, mil mundos
del ejemplar de su idea
y el valor de todos sólo
a un diamante redujera,
de quien se hiciera una joya
que guarnecida de estrellas
tuviera al sol por engaste
y a mí en precio se me diera,
no fuera bastante precio
sino sólo el que me cuesta.
Flérida
Pues ¿qué os cuesta?
Toda un alma.
Flora
(Locos de encontrados temas
son: uno por lo que estima
y otro por lo que desprecia.)
Flérida
¿Toda un alma os cuesta?
Laurencio
Sí;
y puesto que en buena guerra,
cuando rendidos se hacen,
unos por otros se truecan,
yo en la lid de vuestros ojos
dejé un alma prisionera;
vos, este cendal; y así,
ya que el canje se concierta,
si no me volvéis el alma,
no es bien que el cendal os vuelva.
Flérida
Risa me da de oír conceptos
a un hombre de bajas prendas.
Laurencio
No lo son tanto, señora,
que no tenga alguna vuestra.
Roberto
(¿Mas que nos matan a palos?
Ya los cien escudos diera
por uno en que recibirlos.)
Lísida
(¡Que esto, fortuna, a ver venga!)
Flérida
Loco de no mal capricho,
para que el serlo os defienda,
decid si sabéis quién soy.
Laurencio
(Peligrosa es la respuesta.)
No lo sé... Mas... sí lo sé.
Flérida
Sí y no, ¿cómo se conciertan?
Laurencio
Como si digo que no,
será culpa muy grosera;
y ignorancia, si lo afirmo;
porque es presunción muy necia
ofenderos; y así, es bien
dejar la duda suspensa.
Allá van un sí y un no;
tomad vos lo que os parezca.
Flérida
Pues también yo, equivocada,
estoy en la duda mesma;
porque si pienso que no,
haré risa la fineza;
y si pienso que sí, haré
castigar la desvergüenza.
Y pues entre estos estremos
no hay medio que serlo pueda,
allá va risa o castigo;
tomad vos lo que os parezca.
Venid, dejad ese loco.
[Quítanse del balcón Flérida y sus damas.]
Lísida
¡Ah ingrato, qué mal te vengas!
Vase.
Laurencio
¿Quién te ha dicho que es venganza?
Roberto
¡Hemos hecho buena hacienda!
Cien escudos me has quitado
como de la faldriquera;
y aun ciento y uno, pues pierdo
también el de la paciencia.
Laurencio
¡Ay, Roberto! Ven conmigo,
que llevamos a la aldea
muchas cosas.
Roberto
Y ninguna
de comer.
Laurencio
¿De eso te acuerdas?
Roberto
¿Soy yo de mármol acaso?
Laurencio
¡Ay, inconstante deidad bella!
¿Qué se habrá de hacer un triste
con tan costosa experiencia?
¿Qué te va en...?
Dentro Lisardo.
Lisardo
¡Valedme, cielos!
Laurencio
¿Qué ruido, qué voz es ésta?
Roberto
Un caballo que del monte,
desbocado, se despeña
con un hombre.
Laurencio
¡Qué desdicha!
¡Quién socorrerle pudiera!
Roberto
¿Cómo es posible si ya,
chocando en aquella arena,
le arrojó?
[Cae al tablado Lisardo.]
Lisardo
¡Jesús mil veces!
Laurencio
Sin duda quiso a mis quejas
satisfacer la fortuna
dándome en él por respuesta
que, hasta la muerte, no hay dicha
ni desdicha que lo sea.
¿Si está muerto?
Roberto
No, señor,
porque respira y alienta.
Laurencio
Infelice caballero,
a quien el dolor reserva
para consuelo de un triste...
[Quédase elevado.]
Roberto
¿Mas que mi duda es la mesma?
Laurencio
¿No es Lisardo, mi enemigo?
Roberto
Sí, señor.
Laurencio
¡Lísida bella en esa
torre y Lisardo
aquí! ¿Quién duda que venga
a buscarla o a buscarme?
Y siendo por mí o por ella,
de cualquier suerte es agravio,
de cualquier suerte es ofensa.
Roberto
Aun bien que –sea lo que fuere–
la fortuna te le entrega
tan sin manos que podrás
asegurarte...
Laurencio
La lengua
suspende. Calla, villano,
no prosigas, cesa, cesa;
porque no soy hombre yo
que había de intentar bajeza
tan grande como matar
mi enemigo sin defensa.
Más lástima que rencor
me ha debido su tragedia;
que más allá de la muerte
no pasan nobles ofensas.
Y no han de decir de mí
que es mi temor de manera
que hube menester que muerto
su desdicha me le diera
para asegurarme dél.
Llega conmigo.
Roberto
¿Qué intentas?
Laurencio
Que entre los dos le llevemos
donde a los cielos pluguiera
pudiera hacer por su vida
las más costosas finezas.
Pero haré lo que pudiere
en la limitada esfera
de mi estado. Llega, pues.
Roberto
¡Cuerpo de Dios, lo que pesa!
Laurencio
No le dejes.
Dentro el Príncipe
Príncipe
¡Ah del monte!
Cazadores, que sus sendas
penetráis...
[Voces]
dentro.
¿Quién es quien llama?
Roberto
¿Mas que otra aventura es ésta?
Sale el Príncipe.
Príncipe
¿Habéis visto a un caballero...?
Pero no me deis respuesta,
pues más que vuestra voz diga
hallo ya en la piedad vuestra.
¡Ay, amigo de mi vida,
que mucho el serlo te cuesta
pues mi amistad te ha traído
a morir! ¿Cómo pudieran
significar mis afectos
cuánto el verte así me pesa?
Roberto
(Harto más me pesa a mí.)
[A Laurencio.]
(¿Quién es?)
Laurencio
[A Roberto.]
(Yo no sé quién sea.)
Príncipe
Amigos, si la piedad
os mueve, vamos apriesa
a dar socorro a su vida.
Laurencio
Eso estaba ya a mi cuenta.
Príncipe
¿Quién creerá que mis venturas
tan presto se me conviertan
en desdichas?
Roberto
(¿Quién creerá
que hombre como yo a ser venga
hoy en esta compañía
metemuertos de la legua?)
Laurencio
(¿Quién creerá que a mi enemigo
dar vida mi honor intenta
cuando no la tiene para
matarle cuando la tenga?)
Vanse.
Salen Flérida, Flora, Fabio, Lísida y damas.
Flérida
¿Traéis instrumentos?
Flora
Sí,
señora.
Flérida
Esperad con ellos
en esos jardines bellos.
[Vanse Flora y las damas.]
[A Lísida.]
Espérate tú, que a ti
no hay secreto reservado
en mis penas o alegrías.
[A Fabio.]
Di tú lo que me querías
decir, pues sola he quedado.
(Que ya mi amor lo esperó.)
Lísida
Beso tu mano mil veces,
que así honras y favoreces
a quien por sagrado halló
de su fortuna tu casa.
Fabio
Digo, señora, que fuera
casi traición que supiera
una novedad que pasa
en aquesta soledad
y que, tocándote a ti,
no te la dijera.
Flérida
¿A mí
me toca la novedad?
Fabio
Sí, señora.
Flérida
¿Qué es?
Fabio
Sabrás
que en estos montes tenemos
con mil amantes estremos
un embozado.
Lísida
(¿Qué más
ha de declararse? Pues
es, sin duda, ¡ay infelice!,
que por Laurencio lo dice.)
Flérida
¿Embozado aquí? ¿Quién es?
Fabio
Carlos, príncipe de Ursino.
Lísida
(De estraño susto salí.)
Flérida
¿Príncipe de Ursino?
Fabio
Sí.
Flérida
Pues ¿a qué a este monte vino?
Fabio
Como han sus deudos tratado
tu casamiento con él,
u de curioso u de fiel
ha querido disfrazado
verte primero.
Flérida
Mal puede
dejar esa novedad
de ofender mi vanidad.
¿No basta ser yo?
Fabio
En ti quede
secreto este aviso mío,
por mí y por decoro suyo;
y porque es de un criado tuyo
esta carta que te fío.
[Dásela.]
Flérida
Lee.
“El príncipe, mi señor, por no echar más a sus oídos
que a sus ojos la culpa, por no llegar a las felicidades de esposo
sin pasar por los méritos de amante, acompañado solamente de
un amigo, va a ver a la princesa, mi señora. Hame parecido daros
este aviso, porque no padezca desaire, de ignorado. El secreto importa.
Dios os guarde.”
Mucho gusto me habéis hecho
en haberme dicho, Fabio,
esto. No sé si es agravio
o lisonja.
Fabio
De mi pechopuedes,
señora, creer que
solamente desea
tu servicio.
Flérida
Que lo crea será
fuerza quien a hacer
llega de vos confianza
de hacienda, vida y estado.
Id con Dios; y si el cuidado
vuestro ciencia desto alcanza
o otra novedad, vendréis
a decírmela.
Fabio
La mano
beso mil veces ufano
por la merced que me hacéis.
[Vase.]
Flérida
Lísida.
Lísida
Señora mía.
Flérida
Aunque esta curiosidad
ofende mi vanidad
–pues que bastaba ser mía
la voz que a Carlos llegó
para que aun el eco fuera
bastante a que le rindiera–,
confieso que me dejó
corrida y desconfiada
pensar que hombre vil hubiese
tan loco que se atreviese
hablarme palabra en nada.
Casi he agradecido...
Lísida
¿Qué?
Flérida
...que el príncipe ha sido a quien
le traté con un desdén.
Lísida
¿Por qué lo dices?
Flérida
Porque
es sin duda que él sería
quien pretendió aquel favor.
Lísida
Yo presumo que es error;
que aquel hombre no tenía
talle de que, aun disfrazado,
hombre noble pareciera.
Flérida
No digas tal. Ni quien fuera
humilde hubiera alcanzado
el cortesano primor
de hallarme en el monte acaso,
saber atajarme el paso,
saber hurtarme un favor;
y, viéndote a ti resuelta,
por no ofender tu respeto,
fingirte amor; y, secreto,
tomar al muro la vuelta,
echar delante al criado
a trabar conversación,
salir a buena ocasión
y, entre atrevido y turbado,
saber afectar tristezas,
cortesanas las acciones,
equívocas las razones
y limadas las finezas.
Aquel estilo de hablar,
aquel modo de sentir,
no me tienes que decir
que no es de pecho vulgar.
El príncipe era sin duda.
Lísida
(Pues le pareció tan bien
Laurencio, a enmendar es bien
que mi sentimiento acuda
en sus principios el daño.)
Digo, señora, que no
era el príncipe y que yo
basto para el desengaño,
porque en Nápoles le vi.
Flérida
¿Cómo le pudiste ver?
Pues que yo –a mi parecer–
desde muy pequeño oí
que en la corte se crio
del Emperador; y es llano
que hasta que murió su hermano,
a quien un traidor mató
por los celos de una dama
–y eso ha muy poco–, no vino
a Nápoles el de Ursino.
Lísida
Cuando acá dijo la fama
que había llegado, ya hacía
que estaba con gran secreto
en Nápoles. Y en efeto,
pudo así la vista mía
verle, señora, mil veces,
pues no es el que ha estado aquí.
Flérida
¿Tú le viste?
Lísida
Yo le vi.
Flérida
Con eso me desvaneces
un consuelo que tenía.
Vuelvan, pues, mis pensamientos
a doblar sus sentimientos.
Lísida
¿Cómo?
Flérida
Oye la pena mía.
De dos plantas dos venenos
nacen, cada cual impío.
Uno ardiente y otro frío
están de ponzoña llenos.
Si éstos se aplican mezclados,
no sólo del corazón
tósigo, epítima son,
uno con otro templados.
El mesmo efeto violento
han hecho en mi vanidad,
de uno la curiosidad
y de otro el atrevimiento.
Pues cada uno de por sí
veneno del alma fue,
cuando en uno los junté
más templados los sentí.
Pero ya que divididos
los atienden mis cuidados,
vuelven a hacer apartados
lo que no hicieran unidos.
Ven conmigo, pensaremos
cómo hemos de castigar
esta especie de pesar.
Lísida
Yo vengara sus extremos
con divertirme; pues ya,
viéndote entrar al jardín,
suena la música a fin
de decirte dónde está.
Flérida
Dices bien; y lo mejor
es dejarlos al desprecio,
que uno es loco y otro es necio.
¡Cantad y no sea de amor!
Vanse.
Música
[dentro.]
A nadie puede ofender
querer por sólo querer.
Salen Laurencio [y Roberto].
Laurencio
Vuélvete a casa, Roberto;
que, pues no he de estar yo en ella,
seguir quiero de mi estrella
nuevos rumbos.
Roberto
No sé, cierto,
de faltar della qué diga
y de venir donde vienes,
cuando dos huéspedes tienes.
Laurencio
¿Qué has de decir? Que me obliga
a aquello honor y a esto amor.
Roberto
Déjame reír de ti.
¿Amor de Flérida?
Laurencio
Sí.
Roberto
Locura, dirás mejor.
Laurencio
Sí, pero cuerda locura.
¿Sabes tú lo que guardado
tiene a ningún hombre el hado?
Roberto
Amor es fuerza segura;
mas ¿de qué suerte sabré
que esotro es honor?
Laurencio
Yo vi
volver a Lisardo en sí
y al instante imaginé
la pena que le ha de dar
haber yo, Roberto, sido
a quien la vida ha debido.
Y así, le quiero escusar,
porque, si bien se repara,
no es de noble pecho indicio
el hacer un beneficio
para dar con él en cara.
Yo he amparado a mi enemigo
y, en su fortuna crüel,
no quiero más gracias dél
que haber cumplido conmigo.
Vuelve, pues.
Roberto
Y si él a mí
me conoce, ¿qué he de hacer?
Laurencio
¿Cómo te ha de conocer,
si nunca te habló?
Roberto
Es así.
Laurencio
Y procura por tu vida
que, hasta estar convalecido,
esté asistido y servido.
Y en razón de mi partida,
a él y al otro caballero
alguna disculpa di.
Y pues no he de estar yo allí,
quiero estar adonde quiero.
Roberto
Yo pienso que tus regalos
presto él pagará, señor.
Laurencio
¿Cómo?
Roberto
Como deste amor
has de volver muerto a palos
y habrá, si es buen cortesano,
menester curarte a ti,
voy a decir que de allí
no se vaya el cirujano.
Vase.
Laurencio
Demasiada razón tiene
quien se riere de mí
cuando, mirándome así,
vea que mi amor previene
al sol atreverse; pero...
Música
[dentro.]
a nadie puede ofender
querer por sólo querer.
Laurencio
Contemplando suspenso.
Querer por sólo querer,
a nadie puede ofender...
A mi propósito infiero
que la letra respondió;
que yo lo mismo dijera,
si la voz se suspendiera.
Dentro del jardín sonó
y por aquestas paredes
donde está una obra empezada
no está difícil la entrada.
¡Ea, corazón!, bien puedes
atreverte a entrar, que al fin...
[Vase.]
Música
[dentro.]
a nadie puede ofender
querer sólo por querer.
[Sale Laurencio.]
Laurencio
Ya estoy dentro del jardín.
A mala ocasión llegué,
pues hacia esta parte sola
viene Flérida, dejando
de la música la tropa
por el jardín esparcida
para que de lejos se oiga;
pues regalando y no hiriendo,
es como mejor se goza.
Forzoso es que dé conmigo.
Estos rosales me escondan,
que su oficio hacen, pues son
hijas de Venus las rosas.
[Escóndese y] sale Flérida.
Flérida
Gusto me dan tono y letra.
Volved a cantar la copla.
Música
El que adora en confianza
de conseguir lo que adora,
mérito ninguno alcanza;
pues enjuga lo que llora
al aire de la esperanza.
Mas el que en desconfianza
quiere por sólo querer,
a nadie puede ofender.
Flérida
Es verdad, como el amor
tanto en el pecho se esconda
que se sienta y no se diga;
pero en saliendo a la boca
ya no es querer por querer,
pues lo que se habla se goza.
Y así, yo... Pero ¿qué miro?
Parece que aquellas hojas
de más impulso se mueven
que del céfiro que sopla.
La sombra de un hombre he visto.
¿Quién está aquí?
Laurencio
Yo, señora;
que a vista del sol, fue fuerza
ser delincuente la sombra.
Flérida
Pues ¿qué hacéis aquí?
Laurencio
Adoraros,
sin que podáis rigurosa,
porque os adore, ofenderos,
pues sólo en ofensa toca...
Él y Música
...el que adora en confianza
de conseguir lo que adora.
Flérida
¡Villano, loco, atrevido!
¿Cómo con cordura poca
os atrevéis, no a adorarme,
que eso a mi altivez no importa,
sino a decírmelo? Siendo
así que el que amor blasona...
Ella y Música
...mérito ninguno alcanza,
pues enjuga lo que llora.
Laurencio
Como yo, aunque mi amor diga,
no lo digo; que es tan poca
parte dél que sin decirse
se queda, por más que corra...
Música
...al aire de la esperanza;
mas el que en desconfianza
quiere por sólo querer,
a nadie puede ofender.
Laurencio
Por mí esa voz os responda...
Flérida
¿Qué importa si la voz miente...
Laurencio
...cuando dice...
Flérida
...cuando informa...
Los Dos y Música
...querer sólo por querer
a nadie puede ofender?
Flérida
Y para que veáis si miente,
vuestras altiveces locas
castigaré desta suerte.
¿No tengo criados? ¡Hola!
¿No hay quién me mate a un villano?
Laurencio
No llames quien te socorra
contra mi vida; que tú
te bastas, pues que te enojas.
Flérida
¿Todos estáis sordos? ¿Nadie
me oye?
Salen [Lísida, Flora, Ismenia,] dama [y Fabio].
Todas
Señora.
Sale Fabio.
Fabio
Señora.
Laurencio
(Llegó el término a mi vida.)
Lísida
(Llegó el fin a mis congojas.)
Fabio
¿Qué nos mandas?
Flérida
Que le deis
a ese hombre alguna limosna.
Vase.
Ismenia
(Torció el intento a la fuerza.)
Vase.
Flora
(Volvió al enojo la hoja.)
Vase.
Lísida
(¡Ay de mí! Todo lo siento,
si castiga o si perdona.)
Vase.
Fabio
Venid; dareos lo que manda
la princesa, mi señora.
Laurencio
Donde hay limosna hay piedad.
Partamos su acción heroica:
tomad la limosna vos,
que a mí la piedad me sobra.
Fabio
Vos, pobre y soberbios sois;
tenéis dos bellacas cosas.
Segunda Jornada
Salen el Príncipe y Lisardo.
Príncipe
Los brazos una y mil veces
me volved a dar, Lisardo.
Lisardo
Y una y mil veces, señor,
el alma os doy en los brazos.
Príncipe
¿Cómo os sentís?
Lisardo
La caída,
el golpe y el sobresalto
confieso que me tuvieron
fuera de sentido; y tanto
que ahora no sé quién del monte
me trajo a aqueste poblado,
qué curas en él me han hecho,
ni dónde estoy; sólo me hallo
con fuerzas para seguiros;
y así, os pido prosigamos
el viaje porque por mí,
señor, no os detengáis.
Príncipe
Cuando
no fuera aquí la jornada,
la seguridad, Lisardo,
de vuestra vida me hiciera
no dar adelante un paso.
Lisardo
¿Aquí es la jornada?
Príncipe
Sí.
Lisardo
No me atrevo a preguntaros
dónde estoy, aunque lo ignoro;
ni a qué vengo, aunque no alcanzo
la intención; y pues sabéis
que os sirvo y que os acompaño
tan fino que no me atrevo
a preguntarlo –llevando
adelante todo el duelo
de que no pueda uno cuando
le dicen: “Veníos conmigo”,
preguntar: “¿Adónde vamos?”–,
sabed también que estoy bueno
o quedemos o partamos;
que yo a todo trance vuestro,
obedeciendo y callando,
cumpliré la obligación
de amigo, deudo y criado.
Príncipe
En dos dudas, una queja
disfrazada me habéis dado.
Y de una queja y dos dudas
satisfaceros aguardo
asentando, lo primero,
que haber hasta aquí callado
mi intención fue por traeros
para cómplice de un caso
que, si os lo dijera allá,
me lo hubiérades culpado
por inútilmente necio,
caprichoso o temerario;
y así, Lisardo, no quise
decirle hasta haber llegado
a la vista del empeño.
Y pues de desconfiado
callé hasta aquí, ya la queja
está satisfecha; vamos
a las dudas. Oíd, sabréis
dónde estáis y a lo que os traigo.
Yo, heredero de mi casa
por la muerte de mi hermano,
a quien desdichadamente
–pero ya sabéis el caso–
mató un aleve, un traidor,
sin poder hasta hoy vengarnos,
pues ni dél ni de la dama
habemos tenido rastro,...
Lisardo
No traigais a la memoria
suceso tan desdichado,
pues ya sabéis que no vivo
hasta que me vengue de ambos.
Príncipe
...en obligación me hallé
de tomar ajeno estado
que pensé, por repugnancias
que acá en mis discursos hago;
pues apenas la razón
que me dieron breves años
midió el término fatal
que hay desde la cuna al tálamo
cuando estado tomar quise.
Ya presumiréis que hablo
en aquel antiguo tema
en que se perdieron tantos,
que es que se case, poniendo
su honor puro, limpio y claro
en manos de una mujer
con tanto imperio, con tanto
dominio que, de su culpa,
en él resulte el agravio;
pues no, Lisardo, no es eso;
porque no hay hombre tan bajo
que su estimación pretenda
deslucir; y antes alabo
por muy justa ley que gocen
las mujeres tanto aplauso
que sean hermosos dueños
de todo; y así, dejando
su privilegio en su fuerza,
a cosas distintas paso.
Cuando entre todos los fueros
que goza el comercio humano,
admitidos por sus leyes,
recibidos por sus tratos,
uno solamente hallé
que, entre los discursos varios
de los políticos, fuese
a mi inclinación contrario;
esto es, que se case un hombre
sin haber visto ni hablado
con quién; y que, remitiendo
a la razón de un contrato
el unir dos voluntades
quite el oficio a los astros,
mujer que ha de serlo mía,
la que yo he de dar la mano
y a todas horas conmigo
ha de vivir a mi lado,
¿me la ha de elegir a mí
el gusto de mis vasallos,
mis deudos y mis amigos,
conmigo a la parte entrando
primero su conveniencia
que mi elección, arriesgado
a morir aborreciendo
lo que he de vivir amando?
¿Qué me importa a mí que sea
princesa de Bisiniano
Flérida, si yo en Ursino
no echo menos sus estados?
¿Qué me importa que sea hermosa
si, no siempre sujetado
a la hermosura el cariño,
una y mil veces miramos
que no logra una belleza
lo que no sé qué del garbo?
Nudo al matrimonio llaman.
No quiero que ajeno tacto
le dé el nudo, sino yo,
que sabré cuando le ato
medir con mi sufrimiento
si aprieta o no aprieta el lazo;
porque esto de la hermosura,
pompa, esplendor, lustre y fausto,
todo queda en los vestidos
y sólo llega a mis brazos
el gusto con que con ella
la mitad del gozo parto.
Yo no me he de cautivar
por ambiciones del mundo,
por acrecentar mis rentas,
ni por razones de estado.
Mujer a mi gusto quiero:
sea su dote mi agrado;
que el que a otro interés se vende,
no es marido, sino esclavo
de la ambición que lo compra.
Y así, oculto y disfrazado,
ya que a casar me dispongo,
quiero ver con quién me caso.
A este fin la vengo a ver
–en una industria fiado
que habéis de saber después–
donde ver y hablar aguardo
a Flérida; pues no quiero
creer a mis oídos tanto
como informar a la vista.
Pues ya quedáis informado
de la duda a que venimos,
vaya la de adónde estamos.
O porque del sol la saña
era diluvio de rayos,
o por no pasar de día
a vista de ese palacio,
determinamos –si bien
con pena o con sobresalto–,
haciendo hora, de ese monte
en el más ameno espacio
a que, sentados los dos,
esperemos a que el plazo
que dio de treguas al día
la noche rompiese, cuando
interrumpió nuestro oído
la riña de los caballos,
que arrendados a sus ramas
estaban al pie de un árbol.
A desparcirlos los dos
fuimos juntos y llegamos
al tiempo que por las camas
tenía el mío hecha pedazos
la brida. Cobrarle quise
y, al ir a echarle la mano,
corrió y al punto subisteis
para ir a atajarle el paso
en el vuestro; y como estaba
de haber reñido irritado,
colérico ya y fogoso,
viendo al otro ir por el campo
tras él fue, sin que pudiesen
reducirlo ni templarlo,
ni con rigor el castigo,
ni con blandura el halago.
Desbocado, pues, corriendo
–mejor dijera, volando–,
en aquel instante os vi
sobre los riscos más altos;
conque seguiros no pude;
y así, sólo vi a lo largo
que, chocando ciego, dio
con vos en unos peñascos.
Aquí, cuando yo llegué,
ya os tenían en los brazos
dos cazadores, que al monte
pisaban la senda acaso.
En toda mi vida vi,
en humilde traje basto,
aposentador tan noble,
ni corazón tan hidalgo
como en uno dellos; pues
vuestras desdichas llorando,
os trajo hasta aquesta aldea,
donde en su casa albergado,
limpiamente, si bien pobre,
cuidó de cura y regalo.
Lo primero fue traeros
de ese vecino palacio
a donde Flérida vive
médicos y cirujanos
de su familia; y después
de haberos así guardado,
al monte volvió, de donde
trajo también los caballos,
sin que faltase ni una
joya de algunas que traigo
en sus arzones –a efeto
de la experiencia que trazo–,
acudiendo luego a todo
tan noble, tan cortesano,
tan liberal, que no dudo
que en obligación le estamos
de vuestra vida, que el cielo
os deje gozar mil años.
Lisardo
Aunque pudiera, señor,
satisfacer a lo estraño
del intento con decir
que Flérida es el milagro
mayor, el mayor hechizo,
mayor triunfo, mayor lauro
de las vitorias de amor,
a nada he de replicaros,
por no sacar verdadero
vuestro temor; y así, vamos
solamente a que deseo
ver ese piadoso hidalgo
que me dio vida.
Príncipe
De aquí
ha que falta mucho rato,
pero éste nos dira dél.
Sale Roberto.
Príncipe
¿Dónde está, amigo, vuestro amo?
Roberto
Fue a un negocio que, a importarle
menos que la vida, es llano
que no os dejara.
Príncipe
¿La vida?
Roberto
Sí.
Príncipe
¿Cómo?
Roberto
Son cuentos largos;
mas baste que, a no estar vos,
caballero, bueno y sano,
no os dejara. Y que os sirváis
de su casa os ruega en tanto
que entera salud cobráis;
corrido y avergonzado
de no dejaros en ella
cuanto sea necesario
a vuestro servicio. Pero
hasta un rocín y dos galgos,
tres paveses y un lanzón,
una daga y tres o cuatro
sillas de brida o jineta,
un peto fuerte y dos cascos,
un lampión en el portal
y una alcándara en el patio,
sin otras ruinas de noble,
que son los preciosos hatos
de una casa solariega,
su escudero, sus vasallos,
sí estarán...
Príncipe
¿Vasallos tiene?
Roberto
Y hartos.
Príncipe
¿Cómo?
Roberto
¿No son hartos
las urracas de ese soto
y de esa torre los grajos?
Príncipe
Tenéis mil razones.
Lisardo
Yo
siento que se haya ausentado;
que agradecerle quisiera,
como más interesado
hoy en sus piedades, vida,
hospedaje y agasajo.
Roberto
Ve aquí por lo que no puede
hacer nada un hombre honrado
delante de su amo.
Lisardo
¿Cómo?
Roberto
Como todo lo hace su amo.
¡Cuerpo de Cristo conmigo!,
yo también os traje en brazos.
¿Hizo él más que yo? Por señas
de que sois hombre pesado.
Pues ¿por qué a mí...?
Lisardo
Ya os entiendo.
Perdonad, que no me hallo
aquí con mejor alhaja
que esta cadena.
Roberto
De esclavo
me la echáis, señor, al pie
con ponérmela en la mano.
Lisardo
¿Qué miráis?
Roberto
Si mi amo viene.
Lisardo
Pues ¿de qué tenéis recato?
Roberto
De que si algo me da otro,
al punto me da con algo.
Príncipe
Decid, Lisardo, ¿podréis,
porque tiempo no perdamos,
ir de aquí a la torre?
Lisardo
Sí.
Príncipe
Pues la industria con que vamos
a ver aquesta hermosura
que encarecido habéis tanto
ha de ser... Pero venid,
que por el camino hablando
os lo diré. Si viniere
vuestro dueño, amigo, en tanto
que volvemos, le diréis
que se deje ver; que estamos
deseosos de servirle.
Lisardo
Y yo más, pues que me hallo
en obligación de ser
su amigo.
Vanse [el Príncipe y Lisardo].
Roberto
Vivas mil años, que
él desea serlo vuestro...
(como de todos los diablos.)
Ve aquí que en obligación
de filosofar un rato
quedo, pues que solo quedo.
¡Ea, ingenio, discurramos!
Aquí hay dos cosas que importa
que sepa y no sepa mi amo.
“¿Cuáles son?”, pregunta agora
el entendimiento anciano.
La que ha de saber: que van
a ver a Lísida, es llano,
puesto que es una belleza
que ha encarecido Lisardo.
Y la que no ha de saber:
que yo esta cadena guardo
en mi pecho, porque fuera
un ejemplar muy bellaco
saber el amo lo que hay
en el pecho del criado.
Y así, que sepa o no sepa,
voy a buscarle volando.
Vase.
Cantan y sale Lísida.
Música
Ardo y lloro sin sosiego,
llorando y ardiendo tanto
que ni el fuego apaga el llanto,
ni el llanto consume el fuego.
Lísida
“Ardo y lloro sin sosiego,
llorando y ardiendo tanto
que ni el fuego apaga el llanto,
ni el llanto consume el fuego.”
Por mí, sin duda ninguna,
el concepto se escribió;
pues siempre ardo y lloro yo
sin que nunca a mi fortuna
le deba piedad alguna;
si ya no es que siempre que
Flérida gozando esté
la música, hagan los cielos
que del amor y los celos
sea oráculo que dé
respuestas a mí y Laurencio.
Pues si a entrambos nos habló,
¿no basta que guarde yo
en mis desdichas silencio,
que por deidad reverencio,
sino que el viento prosiga
tan a voces mi fatiga
que ni aun arder ni llorar
pueda a solas mi pesar
sin que el viento me lo diga?
Ya veloz y muy sonoro
vuelve el triste acento tardo.
Ya sé yo que siempre ardo,
ya sé yo que siempre lloro;
y pues mi pena no ignoro,
¿para qué a escucharte llego...?
Ella y Música
Ardo y lloro sin sosiego,
llorando y ardiendo tanto
que ni el fuego apaga el llanto,
ni el llanto consume el fuego.
Salen Flérida, y los démas [(Flora, Ismenia y damas)].
Flérida
¿Todo ha de ser amor? Flora,
avisa, porque ir quisiera
al monte.
Lísida
¿Está puesta ahí fuera
la carroza?
Sale Laurencio.
Laurencio
Sí, señora.
Flérida
¿Tócaos responder agora
a vos?
Laurencio
No; pero si a eso
a este umbral a verme llego,
en no hacerlo hiciera mal.
Flérida
Pues ¿qué hacéis vos a este umbral?
Laurencio
“Ardo y lloro sin sosiego.”
Vase.
Flérida
Mal este loco...
Lísida
(¡Ay de mí!)
Flérida
...usa de la piedad mía.
Avisa a la montería
que voy al bosque.
Flora
¿Está ahí
la casa y monteros?
Sale Laurencio.
Laurencio
Sí.
Flérida
¿Soislo vos?
Laurencio
No; mas a cuantosea a
servir me adelanto;
por si, sirviendo, consigo
obligar, ya que no obligo
“llorando y ardiendo tanto”.
Vase.
Flérida
Ya no saldré, Flora. Mira
que abierto el jardín esté.
Ismenia
¡Ah jardineros!
Sale Laurencio.
Laurencio
Yo iré
a avisarlos.
Flérida
Ver me admira
que, ni a la piedad ni a la ira
atento, nada os dé espanto.
Laurencio
Pues ni el favor al encanto
cede, ni el gusto al desdén,
¿por qué no admiráis también
“que ni el fuego apaga el llanto”?
Flérida
Pues, ¡vive Dios!, atrevido
bárbaro, loco, villano,
que sea otra vez en vano
torcer mi enojo al sentido.
Laurencio
Seguro la muerte pido.
Flérida
¿Seguro?
Laurencio
Sí, si a ver llego
que libre al fuego me entrego,
puesto que ahora ni después
consuma la vida, pues
“ni al llanto consume el fuego”.
[Vase.]
Flérida
Ya ésta no es tema, es agravio.
¿Qué tengo que esperar más?
¡Fabio! ¡Hola!
Sale Fabio.
Fabio
¿Con quién estás
tan airada?
Flérida
Con vos, Fabio.
Fabio
¿Conmigo?
Flérida
Sí, pues ni sabioni leal
sabéis servir
vos ni cuantos a asistir
conmigo estáis...,
Fabio
¿De qué suerte?
Flérida
...pues no dais a un loco muerte
llegando a ver y advertir,
poco finos y leales,
ofender la altivez mía;
pues de noche ni de día
se aparta de estos umbrales,
con demostraciones tales
que ya del valle, el aldea
y aun de todo el mundo sea
la desvergüenza que pasa
pública nota en mi casa;
sin que señora me vea
de ir al bosque ni al jardín,
ni aun de ponerme a una reja,
sin que le escuche mi queja
o su sombra encuentre en fin.
Y si no hay en el jardín
criado ni vasallo a efeto
de volver por mi respeto,
¡yo habré de volver por mí!
Lísida
(¡Ay infelice de mí!)
Fabio
A no pensar que el efeto
de su castigo, señora,
ilustrara su osadía,
ya tu familia hecho habría
lo que la mandas agora.
Y presto verás si llora,
trocados en escarmientos,
atrevidos pensamientos.
Lísida
(¡Mal hayan tan poco sabios
afectos que los agravios
convierten en sentimientos!)
Flérida
¿De qué, Lísida, has quedado
tan triste?
Lísida
De verte a titan
enojada, que a mí,
¿qué puede darme cuidado
que este loco castigado
esté ni deje de estar?
Si bien no puedo dejar
de culpar, señora (¡ay cielos!,
valga yo más que mis celos,
y mi amor que mi pesar),
el rigor con que ofendida
te muestras de verte amada.
¿Qué hermosura celebrada
escapó de ser querida?
Aun de no serlo, admitida
queja pudieras tener;
que al absoluto poder
más razón es –que convence–
le ofenda, que lo que vence,
lo que deja de vencer.
Si está en la desigualdad
que hay de tu estrella a su estrella
la culpa, también en ella
está la seguridad.
Acción es de la deidad
–excepto de serlo indicio
y a tu semblante propicio–
que el culto que a un dios se da
en el sacrificio está,
no en quien hace el sacrificio.
“¿Por qué aqueste hombre padece?”,
dirá el pregón de la fama.
¿Ha de decir: “Porque ama
a quien tanto lo merece”?
No, señora, que parece
especie de tiranía.
Morir de amante sería
dejar un mal ejemplar
al mundo; y aun acabar
con todo el mundo en un día.
Pues si esto tu amor siente,
ya procede en infinito;
que de tan noble delito
todo el mundo es delincuente.
No hagas que el castigo cuente
lo que calla la fatiga,
ni quieras que después diga
la piedra en su sepultura:
“Yace, porque una hermosura
lo que ha de estimar castiga.”
Digo, señora, estimar,
no digo favorecer;
que bien puede una mujer
agradecer y no amar.
Deja que le llegue a dar
muerte su desconfianza.
Adore sin esperanza;
que, fuera de tu memoria,
morir él será vitoria
y matarle tú, venganza.
Que le olvides desde agora
es lo que pretendo yo.
Muera a tus desprecios, no
a ajenas manos.
Sale Fabio.
Fabio
Señora.
Flérida
¿Turbado, Fabio...
Lísida
(¡Ay de mí!)
Flérida
...volvéis? Pues ¿qué ha sucedido?
¿Dieron muerte a ese perdido?
Fabio
No, otra es la causa.
Lísida
(Eso sí.)
Flérida
Pues antes que a saber llegue
la que ha sido, digo...
Fabio
¿Qué?
Flérida
...que no hagáis lo que os mandé.
No una cólera me ciegue
a hacer de las burlas veras
con un mísero rendido.
[A Lísida.]
(Ves que he hecho lo que he podido.)
Lísida
(¡Pluguiera a Dios no lo hicieras!
Que muerta entre dos desvelos,
sin saber cuál es mayor,
tu crueldad siente mi amor,
tu piedad sienten mis celos.)
Flérida
Decid vos agora: ¿qué hay
de nuevo?
Fabio
Dos mercaderesdicen,
señora, si quieres ver unas
joyas que tray
su codicia; porque agora,
oyendo tu casamiento,
te quieren ver con intento
de que aquí han de hacer, señora,
de su caudal rico empleo.
Flérida
Y eso ¿qué os da que temer?
Fabio
Mucho; que el un mercader...
Flérida
¿Qué?
Fabio
...que es el Príncipe creo.
Flérida
¿De qué lo inferís?
Fabio
De que
lo aseguran modo y traje,
hábito, estilo y lenguaje.
Flérida
Pues que tú me has dicho que
le conoces, desde aquí
mira, Lísida, si es él.
Lísida
(¿Quién vió lance más crüel?
Que yo en mi vida le vi
y el decirlo entonces fue
segura de que no era
él Laurencio.)
Fabio
Ya ahí fuera
están.
Flérida
[A Lísida.]
Llega.
Lísida
(¿Qué diré?)
De espaldas el uno está;
y el otro, que el rostro veo,
me parece que es. (No creo
que esto culparme podrá;
pues cuando después no fuere,
diré que me pareció.)
Flérida
¿No hubieras dicho que no,
Lísida? No sé qué infiere
mi pecho hacer con quien viene
a verme, desconfiado
de lo que de mí ha contado
la fama.
Lísida
Lo que conviene,
a mi parecer, hacer
es, señora, que te vea,
para que a sus ojos crea.
Flérida
Contrario es mi parecer.
Que me viera no dejara
por no dejarle salir
con su intento; y con huir
dél el rostro, me vengara.
Lísida
Eso fuera que hasta verte
se estuviera en esta parte;
y tener de que guardarte
otro loco.
Flérida
Desa suerteserá
su desconfianza
salirse con merecer.
Lísida
¿Qué importa dejarse ver
quien puede con tal confianza?
Flérida
Destos dos estremos sea
otro engaño el medio. Oíd, pues,
el parecer mío.
Lísida
¿Qué es?
Flérida
Que me vea y no me vea;
pues, viéndome sin saber
quién soy, volverá por mí
mi vanidad cuando aquí
por otra me llegue a ver;
y no viéndome, creyendo
que hablando a otra habla conmigo,
su fingimiento castigo,
engaño a engaño añadiendo.
A quien miente he de mentir.
Haya de amor en la escuela
cautela contra cautela.
Tú, Lísida, has de fingir
mi papel; yo, el de tu dama;
que quiero, en esta ocasión,
que sobre la estimación
al crédito de mi fama.
Lo que no venga por mí
no lo quiero agradecer
al estado ni al poder.
Ven, pues, y a todas les di
que vuelvan contigo luego.
Lísida
Harto castigo es, si aquí
viene a verte, verme a mí;
pero si a servirte llego,
aunque yerre estilo y modo
lo haré.
Flérida
Si quieres con él
acertar bien mi papel,
desagrádate de todo.
Vuelva su curiosidad
castigada.
Va[n]se Lísida [y las damas].
Decid vos,
Fabio,...
Fabio
¿Qué?
Flérida
...que entren los dos.
Aquí de mi vanidad.
La princesa, mi señora,
conmigo a decir envía
que en aquesta galería
la esperéis.
[Vase Fabio y] sale[n] el Príncipe y Lisardo.
Príncipe
Si tal aurora
es el primer arrebol
de esta soberana esfera,
¡ay del infeliz que espera
a que le amanezca el sol!
Flérida
Si en las lisonjas está
vuestro caudal, poco a fe
feriaréis.
Príncipe
¿Por qué?
Flérida
Porque
deso hay mucho por acá.
Príncipe
Cuando lisonjas trujera,
no aquí, señora, llegara;
porque aquí no se empleara
caudal que fino no fuera.
Falsa es la lisonja; y son
joyas de mayor fineza,
de más lustre y más riqueza
y de más estimación
las que traigo; si bien creo
que es inútil mi venida
y diligencia perdida
la esperanza de mi empleo.
Flérida
¿Por qué?
Príncipe
Porque ¿quién, señora,
llevó al mayo flores bellas,
al campo del cielo estrellas,
luces a la blanca aurora?
Pues, si a vista del crisol
fallecen las más brillantes,
lo mismo es poner diamantes
junto a los rayos del sol.
Flérida
¿Finezas? Ni eso tampoco,
cortesano mercader,
por acá hemos menester.
Príncipe
¿Cómo?
Flérida
Como hay acá un loco
que nos dice cada día
muchas de aquesas ternezas
y nos cansa oír finezas.
Príncipe
Algún cuerdo trocaría
el juicio por tal locura.
Sale Fabio.
Fabio
Su Alteza sale.
Sale Lísida y [las otras] damas.
Príncipe
[A Lisardo.]
(¡Ay de mí,
que en toda mi vida vi
más peregrina hermosura!
Llegad a Flérida vos,
porque pueda retirado
yo notar sin ser notado.)
Flérida
(¿Cuál será de aquestos dos
el Príncipe? El que me habló
se retira. ¡Ay Dios! ¿Quién niega
que es el que a Lísida llega
imaginando soy yo?)
Lisardo
Si ha merecido, señora,
siquiera por forastero,
un humilde mercader
besar vuestra mano (¡ay cielos!),
[Conócela.]
dadle licencia (¡ay de mí!)
para que pueda (¿qué es esto?)
a vuestras plantas lograr
tan gran dicha.
Lísida
Alzad del suelo;
que la lisonja de haber
venido (¿qué es lo que veo?)
[Conócele.]
con intento de servirme...
(¡Turbada estoy!)
Lisardo
(Yo estoy muerto.)
Lísida
...me pone en obligación
de agradecéroslo. (Miento,
que no haber venido fuera
de más agradecimiento.)
Lisardo
Yo, señora, si..., mas..., cuanto...
Perdonadme, que no puedo
con la turbación hablar.
Lísida
Pues ¿de qué os turbáis?
Lisardo
De veros.
Lísida
No es poca la admiración.
(Que a mí me pasa lo mesmo.)
Ismenia
[A Flérida y Flora.]
(Él se ha turbado de verla.)
Flora
[A Ismenia y Flérida.]
(Claro nos ha dicho en eso
que es el novio, pues se turba.)
Flérida
[A Ismenia y Flora.]
(En otra cosa es más cierto.)
Ismenia
[A Flérida e Ismenia.]
(¿En qué?)
Flérida
[A Ismenia y Flora.]
(En que no es de los dos...
Pero proseguir no quiero,
que para sentirlo es tarde
y para decirlo es presto.)
Lisardo
(¡Lísida en este palacio...)
Lísida
(¡Lisardo en este desierto...)
Lisardo
(...fingiendo ser la princesa!)
Lísida
(..ser un mercader fingiendo!)
Lisardo
(Mal disimular procuro.)
Lísida
(Mal disimular intento.)
Príncipe
(Hermosa Flérida fuera,
a no haber visto primero
otra mayor hermosura.)
Flérida
(Galán fuera el forastero,
si no trajera a su lado
a quien le está desluciendo.)
Lísida
¿Qué joyas de más valor
son las que traéis? Que quiero
feriar algunas.
Lisardo
Pues sea
la primera aqueste bello
Cupido, que de diamantes
labró artífice discreto
por ver firme algún amor.
Lísida
Antes anduvo muy necio,
que amor de diamantes no es
joya del uso ni el tiempo.
Lisardo
Ésta una águila es, señora;
vedla y advertid que en medio
del pecho trae un diamante
de mucho fondo.
Lísida
Sí advierto;
mas no es mucho, que yo alcanzo
todo el fondo de su pecho.
Lisardo
(¡Ah ingrata, que no me entiendes!)
Lísida
(¡Ah tirano, que sí entiendo!)
Flérida
[A Lísida.]
(¡Qué bien lo finges! De todo
muestra enfado y haz desprecio.)
Lísida
(¡Ay, si supieras qué poco
tengo que fingir en esto!)
Lisardo
Esta es firmeza, señora.
Lísida
No abráis, que verla no quiero.
Lisardo
Pues ¿por qué no las miráis?
Lísida
Son joyas que yo me tengo.
Flérida
[A Lísida.]
(Bien respondes.)
Lísida
(Y tan bien,
que te admirara el saberlo.)
Lisardo
Estas son unas memorias.
Lísida
Por lo contrario no intento
comprarlas.
Lisardo
¿Por lo contrario?
Lísida
Fácil es el argumento;
porque, si lo que es firmeza
por tenerla no la ferio,
lo que es memoria será
por no tenerla; supuesto
que memorias y firmezas
no me han de ser de provecho:
las unas por no tenerlas,
las otras porque las tengo.
Príncipe
(Sobre no ser muy hermosa,
tiene Flérida despego.
Si me casara sin verla,
¡buena hacienda hubiera hecho!)
Lísida
¿Qué joya es ésa?
Lisardo
Es, señora,
de menos estima.
Lísida
¿Menos?
Lisardo
Sí; porque no es de diamantes,
de esmeraldas es. Y creo
que el color de la esperanza
os desagrade, supuesto
que quien no estima finezas
ni memorias será cierto
que con mayor causa hará
de la esperanza desprecio.
Lísida
Mirad cuánto es al contrario
que antes la querré por serlo.
Esta joya he de feriar.
Lisardo
¿Ésta?
Lísida
Sí, porque no quiero
que volváis con esperanza,
habiendo entrado aquí dentro.
Flérida
[A Lísida.]
(En tu vida has hecho cosa
ni mejor ni más a tiempo.)
Lísida
Mirad la tasa y haced,
Fabio, que den el dinero
desta joya. Y advertid,
mercaderes estranjeros,
que volvéis sin esperanza,
que es con lo que yo me quedo.
Flérida
[A Lísida.]
(¡Qué bien has hecho el papel!)
Lísida
Ven, señora, que tenemos
muchas cosas que pensar.
Príncipe
¡Ay Lisardo, yo voy muerto!
Lisardo
Ven, señor, que hay muchas cosas
que allá fuera trataremos.
[Vanse todos, quedando el Príncipe y Flérida.]
Príncipe
(¡Oh, si fuera alguna dellas!
Pero en vano lo deseo,
que no seré tan dichoso.)
Flérida
(¡Ah, si fuera alguno! Pero
es locura imaginarlo.)
¿No despejáis, estranjero
mercader? ¿A qué os quedáis?
Príncipe
Sólo a deciros, me quedo,
digáis a Flérida...
Flérida
¿Qué?
Príncipe
Que aunque es hermosa, la advierto
que no os envíe delante,
pues sois el sol de su cielo.
Flérida
Pues decidle vos también
a ese camarada vuestro
que os deje vender las joyas
a vos, que os turbaréis menos.
Príncipe
No diré; porque si arguye
cuánto es turbarse respeto,
querer quitársele fuera
quitarle el merecimiento.
Flérida
¿Luego vos, que no os turbasteis,
no le habéis tenido?
Príncipe
A eso
hay también razón.
Flérida
¿Cuál es?
Príncipe
Yo...
Flérida
Que prosigais no quiero.
Príncipe
¿Por qué?
Flérida
Por quedar mejor.
Príncipe
Id con Dios.
Flérida
Guárdeos el Cielo.
Vanse.
Salen Laurencio y Roberto.
Laurencio
¿Qué me dices?
Roberto
Lo que pasa.
Laurencio
¿Qué había venido, dijeron,
a buscar una hermosura
que alabó Lisardo?
Roberto
Es cierto.
Lísida es sin duda.
Laurencio
¿Quién?
Roberto
Pues ¿qué tenemos con eso?
¿Tú no estás enamorado,
con tantos locos estremos,
de Flérida?
Laurencio
Sí.
Roberto
Pues ¿cómote ha
dado Lísida celos?
Laurencio
Ni honrado es, ni será noble,
sino infame, vil y necio,
quien celos que tuvo amando
no los tiene aborreciendo;
que aunque haya mudado un hombre
gusto no ha de haber por eso
mudado estimación; fuera
de que hasta ahora hay otro duelo,
supuesto que, habiendo sido
mi competidor, es cierto
que vuelve a hacerme el agravio
siempre que me hace el acuerdo.
Roberto
Engañar a un tiempo a dos,
vaya, señor –yo lo he hecho
muchas veces y es gran cosa–,
mas no amar a dos a un tiempo.
Laurencio
Yo tampoco; que no son
sino un amor y unos celos,
de la una porque la quise,
de la otra porque la quiero.
Roberto
Yo me alegro, pues será
ya con esa razón menos
de Flérida el amor.
Laurencio
Antes
será mayor.
Roberto
No lo entiendo
Laurencio
¿Viste pavesa que, al paso
que ardía, si al humo denso
que aun conserva se le aplica
nueva llama, arde al momento?
Pues considera que a mí
me ha sucedido lo mesmo.
Dispuesta materia era
la pavesa de mi pecho;
y así, con facilidad,
arde a nueva luz más presto;
porque incendio que aún humea
no deja de ser incendio;
y no es tan grande locura,
si he de contarte el suceso,
que no haya merecido
alguna piedad.
Roberto
Dime eso,
¿qué ha habido?
Laurencio
Que alguna vez
culpando mi atrevimiento
dio voces, a cuyos ruidos
los criados acudieron.
Roberto
Y te mataron a palos.
¡Linda piedad!
Laurencio
¡Calla, necio!,
que de un instante a otro instante
mudó de la ira el afecto,
vengándose solamente
en un airoso desprecio,
motejándome de pobre.
Roberto
¿De pobre? Pues peor es eso
que matarte; porque quien,
en oprobio y menosprecio,
dijo “pobre”, dijo todas
las seis palabras del duelo,
sin las menores de calvo,
zurdo, corcovado y tuerto.
¿“Pobre”, dijo?
Laurencio
¡Vive Dios,
que te dé muerte, si necio
me quitas la estimación
de una piedad! Mas ¿qué es eso?
Roberto
Ser pelícano, pues que
me desangro por el pecho.
Laurencio
¿Qué cadena es ésa?
Roberto
Una.
Laurencio
¿Quién te la dio?
Roberto
El forastero.
Laurencio
¿Por qué la tomaste?
Roberto
Es de oro.
Laurencio
Villano al fin y grosero.
Roberto
Hidalgo al principio y noble,
si me la dejas.
Laurencio
Sí dejo,
por dejarla y por dejarte;
porque ya apurar deseo
a qué han venido los dos
a este palacio.
Roberto
Pues dellos
puedes saberlo, que aquí
vienen. Vámonos.
Laurencio
No quiero;
que un lance puedo escusarle
yo, pero huirle no puedo;
que uno es buscarle yo y otro
buscarme él; y, así, tengo
de esperarle cara a cara,
pues él me viene al encuentro.
Salen el Príncipe y Lisardo.
Lisardo
No sólo es Flérida, digo,
aquella que fingió serlo,
pero es Lísida la dama
que por su amor y sus celos
costó la vida a tu hermano.
Príncipe
Uno estimo y otro siento.
Estimo que no sea ella,
por si es la que yo deseo
que lo sea; y siento que
este agravio me hayan hecho.
Que esta mujer de mi azar
haya sido el instrumento,
¿qué habrá sido la ocasión?
Lisardo
No sé; mas lo que yo siento
es que Flérida ha sabido
que tú... Yo lo diré luego;
que he visto en el mirador
algunas damas y quiero,
si está allí, averiguar algo
de las dudas que padezco.
Vase.
Roberto
Lisardo se va y el otro
viene a nosotros.
Laurencio
No tengo
de buscarle ni de huirle
venga o no venga el empeño.
Príncipe
(Flérida tan cautelosa
conmigo, que...) Mas ¿qué veo?
Dadme mil veces los brazos,
que deseaba mucho veros.
Laurencio
Guárdeos Dios; pero mi ausencia
fue precisa, porque creo
que os sirvo en ella.
Príncipe
¿A mí?
Laurencio
A vos.
Príncipe
No os entiendo.
Laurencio
Yo me entiendo.
Príncipe
Mirad que mi camarada
desea mucho conoceros.
Venid conmigo.
Laurencio
Sí haré;
mas de una cosa os advierto.
Príncipe
Decid qué es.
Laurencio
Que voy con vos.
Príncipe
Claro está.
Roberto
(Malo va esto,
que vuelve Lisardo.)
Sale Lisardo.
Lisardo
No era
ninguna Lísida.
Príncipe
A tiempo
venís que, dando lugar
las dudas que padecemos,
conoceréis al que os dio
la vida.
Lisardo
Mucho me alegro.
Príncipe
Pues llegad.
Lisardo
Dadme mil veces
los brazos, para que en ellos...
[Vale a abrazar y, al conocerle, se apartan y sacan las espadas los dos.]
¡os dé muerte!
Laurencio
Eso será
desta manera.
Príncipe
¿Qué es esto?
Lisardo
Haber un traidor hallado
adonde una ingrata encuentro.
Laurencio
Haber un traidor venido
adonde una fiera veo.
Roberto
Mientras que se matan, voy
por una espada corriendo.
Vase.
Príncipe
Tan presto, el favor trocado
en furor, ¿sois homicida
vos de quien os dio la vida,
vos de a quien se la habéis dado?
Lisardo
Sí; porque si yo supiera
que él era el que me la dio,
por no recibirla yo
mi propio homicida fuera.
Laurencio
Sí; porque si ya mejora
del peligro en que le vi,
sólo entonces se la di
para quitársela agora.
Lisardo
Digo que él es mi enemigo.
Laurencio
Ya mi piedad es crüel.
Príncipe
Ved vos que vengo con él.
Mirad que viene conmigo.
Laurencio
Mal esa acción...
Lisardo
Mal el labio...
Laurencio
...piensa estorbar...
Laurencio
...quitar piensa...
Laurencio
...que yo no vengue mi ofensa.
Lisardo
...que yo no vengue mi agravio.
Príncipe
¿Agravio vos? Nada os digo.
Perdonad, que ayudar tengo
al amigo con quien vengo,
obre bien o mal mi amigo.
Lisardo
Decir que me dejéis no
es decir que me ayudéis.
Príncipe
Pues entrambos reñiréis
sabiendo la causa yo.
Hacedme del lance dueño.
Lisardo
Yo no lo puedo decir.
Príncipe
Pues ¿por qué?
Lisardo
Por no añadir...
Príncipe
Proseguid.
Lisardo
...empeño a empeño.
Laurencio
Yo sí lo sé. Pienso que
es...
Lisardo
Vuestra voz no prosiga.
Laurencio
...miedo; porque no se diga,
riñendo con él, maté
–a las puertas de una dama
que aun hasta aquí a matar vino–
a Federico de Ursino.
Príncipe
Pues ya eso toca a mi fama.
¿Tú diste muerte a mi hermano?
Logró el cielo mis deseos.
Laurencio
¿Qué es lo que escucho?
Lisardo
¡Teneos!
Príncipe
¿Vos defendéis a un tirano
que muerte a mi hermano dio?
Lisardo
Sí; por pagarle la vida
que dél tengo recibida
para quitársela yo.
Laurencio
Pues porque no defendáis
mi vida en esta ocasión,
yo os largo la obligación
que de la vida me estáis.
Señor príncipe de Ursino,
si a vuestro hermano maté,
sin ventaja o traición fue;
porque acompañando vino
a quien mi dama servía.
Y así, si os queréis vengar,
cómo ha de ser consultar
debe vuestra bizarría;
que yo, para que os venguéis,
su favor no he de admitir.
Si vos habéis de reñir
con uno, aquí me tenéis.
Príncipe
No; que en venganza yo aquí
no me he de satisfacer.
Retiraos.
Lisardo
No ha de ser, que el
duelo me toca a mí.
Príncipe
Yo soy más interesado.
Lisardo
Más ofendido estoy yo.
Príncipe
Ved que mi hermano mató.
Lisardo
Ved que lo mató a mi lado.
Príncipe
Pues algún medio ha de haber.
Laurencio
Ese elegidle los dos.
Príncipe
Escoged el uno vos.
Laurencio
Pues si tengo de escoger,
Lisardo es; pues todavía
me ofende, viniendo hoy
tras Lísida adonde estoy.
Príncipe
Oíd, que aquesa culpa es mía.
Yo le traigo, ¡vive Dios!,
a ver a Flérida aquí.
Laurencio
¿A ver a Flérida?
Príncipe
Sí.
Laurencio
Pues ahora os escojo a vos.
Y ya que a dos elegí,
no me he de volver atrás.
Reñid ambos.
Príncipe
Loco estás;
y aunque yo pudiera aquí
castigar esa osadía,
no lo he de hacer, porque quiero
dar satisfacción primero
de reñir solo. Desvía,
pues yo la espada saqué;
y si tú la sacas, ya
tuya la infamia será,
no mía.
Riñen.
Lisardo
Ver no podré
reñir sin reñir, ¡por Dios!;
que ya no hay duelo ninguno,
pues dos pueden matar uno
cuando uno se atreve a dos.
Salen Fabio, Flérida, Lísida y Flora.
Lísida
[dentro.]
¡Las espadas han sacado!
Flérida
[dentro.]
¡Acudid, acudid presto!
Laurencio
Su Alteza está aquí.
Flérida
¿Qué es esto?
Príncipe
Nada, habiendo vos llegado;
que aunque quien de engañar trata
de atención no necesita,
pues a sí mismo se quita
todo lo que se recata,
me reportaré al miraros,
porque el cielo podrá darme
otra ocasión de vengarme
y no otra de respetaros.
Vase.
Flérida
¿Cómo en mi casa los dos?
Lísida
(¡Ay de mí! Yo estoy turbada.)
Flérida
Decid, pues, ¿qué es esto?
Lisardo
Nada,
habiendo llegado vos;
que aunque pudiera obligarme
que con una ingrata está
un traidor, no faltará
ocasión para vengarme.
Vase.
Flérida
Seguildos, Fabio. ¿Qué ha sido?
[Vase Fabio.]
Decid vos lo que ha pasado.
Laurencio
Ser yo sólo desdichado.
Lísida
Decid, pues, ¿qué ha sucedido?
Laurencio
Sí diré. (Pues mi fortuna
dispone que pueda, ¡ay Dios!,
hablar, hablando con dos,
de por sí con cada una.)
Esto ha sido que un amante
viene a aqueste monte a ver,
disfrazado, a una mujer,
que fue a matarme bastante.
Quién es, decir no imagino;
noble en mi pecho le guardo.
Lísida
(Por mí lo dice y Lisardo.)
Flérida
(Por mí lo dice y el de Ursino.)
Laurencio
Bien pensaréis que mi llanto
su cólera ocasionó,
loco de celos; pues no,
que aunque yo lo soy, no tanto
que, ya que celos tuviera,
a nadie los publicara;
que por mí mismo callara,
cuando por ella no fuera.
La causa que hemos tenido
es haber sido, señora,
enemigos antes de agora
por habernos competido
por una esfinge engañosa,
por una sirena infiel,
tiranamente crüel,
injustamente alevosa.
Della huyendo vine aquí,
ignorado y escondido,
donde a buscarme ha venido
mi contrario; siendo así,
el haberme hallado lloro
por ser el mal que padezco
tener hoy lo que aborrezco
tan cerca de lo que adoro.
Y pues ya entendéis las dos
por quién lo diré, de mí
no ha de decirse que aquí
me tiene el temor. Adiós.
Vase.
Flérida
¡Esperad!
Lísida
Sin escuchar
tu voz, veloz en estremo
va a buscarlos.
Flérida
Mucho temo
que los dos lo han de matar,
o él mate a alguno; y cualquiera
lance no le estará bien
a mi opinión; y así, es bien
escusar que mate o muera.
Flora, llama a ese hombre.
Lísida
(Pues
llegó a estremo su dolor,
deje de ser noble amor.)
Favor ni amparo le des;
deja que le den la muerte
como lo tenías mandado;
que el haberse declarado
que es más que parece es fuerte
indicio contra ti; fuera
de que, ya el Príncipe aquí,
importa el volver por ti.
Este hombre digo que muera;
y no tu piedad le obligue
a que del favor blasone.
Flérida
Antes porque le perdone,
y ahora porque le castigue...
Lísida
Esto es lo que me parece.
Flérida
Y ¿qué ha de decir la fama?
¿Ha de decir: “Porque ama
a quien tanto lo merece”?
No, Lísida, no es bien diga
la piedra en su sepultura:
“Yace porque una hermosura
lo que ha de estimar castiga.”
Yo la vida le he de dar.
Llámale, Flora.
Lísida
Y después,
¿qué dirán de ti?
Flérida
Que es
agradecer y no amar.
Tercera Jornada
Sale Roberto con la espada desnuda.
Roberto
¿Qué es aquésto? ¿Con mi amo
superchería tan brava?
No en mis días. ¿Dos a uno?
O traigo o no traigo espada.
Tírole a éste un par de tajos,
rásgole a estotro la capa.
¡Qué bien riñe uno a sus solas!
A éste embisto, aquél repara,
hágole la conclusión
y ¡zas!
Sale Laurencio.
Laurencio
¿Qué es aquesto?
Roberto
Nada,
habiendo llegado vos.
Laurencio
¡Vive Dios!, si no mirara
que estás borracho...
Roberto
Bien miras.
Laurencio
¿Has visto por esta estancia
a Lisardo y a su amigo?
Roberto
Apenas llegué yo a casa,
cuando llegaron tras mí;
y sacando de la estala
los caballos, se pusieron
en ellos, dándoles alas
el viento.
Laurencio
¿Dijeron algo?
Roberto
Ellos no hablaron palabra;
yo sí, que les dije a ellos
que era ingratitud villana
pagar tan mal hospedaje
y vida; que de su infamia
yo les daría a entender
la ruindad a cuchilladas;
pues que yo bastaba solo...
Laurencio
Y ellos, ¿qué dijeron?
Roberto
Nada.
Bien que no lo dije yo
de suerte que lo escucharan,
porque fue entre mí quedito.
Sólo lo que a voces altas
les dije, que se tomasen
su cadena noramala,
porque aquél no era mesón
para pagar la posada;
y arrojándola en el suelo,
Lisardo la tomó.
Laurencio
[Vele la cadena.]
Aguarda.
Si la tomó, dime: ¿qué es
esto que aquí veo?
Roberto
El alma,que apenas
ve un abujero por donde
ella no se salga.Pero
dejando, señor,
cosas de poca importancia,
¿sabes lo que pienso?
Laurencio
¿Qué?
Roberto
Que no vuelven las espaldas
hombres tales sin intento
de asegurar su venganza.
Y este Fabio no me ha dado
buena espina, porque estaba
con ellos en gran secreto,
después del monte, en la estancia.
Laurencio
Aun si supieras el otro
quién es, mejor lo pensaras;
que es el príncipe de Ursino.
Roberto
Como quien no dice nada.
¿Hermano del muerto?
Laurencio
Sí;
que, por criarse en Alemania,
no le conocí hasta agora.
Y aun ésta no es, con ser tanta,
la mayor desdicha mía.
Roberto
Pues ¿hay otra?
Laurencio
Que le traiga...
Roberto
¿Quién?
Laurencio
...de Flérida el amor.
Roberto
Pues ya con eso, ¿qué aguardas?
Y puesto que no te queda
de amor ni vida esperanza,
huyamos, señor, de aquí.
Laurencio
¿Cómo, si dejo aquí el alma?
Fuera de que no le está
bien a mi honor hacer falta
del puesto en que quedé.
Sale Flora.
Flora
¡Hidalgo!
Laurencio
¿Qué queréis?
Flora
Flérida os llama;
y manda os vengáis conmigo
adonde hablaros aguarda.
Laurencio
¿A mí?
Flora
A vos.
Laurencio
No os espantéis;
que dicha, que gloria tanta,
más decoro que creerla
será, señora, dudarla.
¿Qué es lo que decís?
Flora
Que al punto
que salisteis de la estancia
de su jardín me mandó
que os siga y diga que os llama;
y así, otra vez he venido.
Laurencio
¿Quién poderoso se hallara
para daros en albricias
todo un mundo? Mas la falta
perdonad. Daca, Roberto,
esa cadena.
Roberto
¿Qué es daca?
Laurencio
No seas necio.
Roberto
Ya lo hago,
puesto que no quiero darla.
Laurencio
Pues quitarétela yo.
Roberto
Mira que me despedazas
el corazón y el vestido.
Laurencio
Tomad que, aunque pobre alhaja,
la estimación suple el precio.
Flora
Agradezco merced tanta,
por ser desa mano.
Roberto
Pues
no tenéis que gratularla,
porque no es sino destotra.
Laurencio
¿Qué haces?
Roberto
Procuro quitarla;
porque, si te llama a ti,
gratula tú, ¡pese a mi alma!,
mas ¿por qué he gratular
yo?
Laurencio
Guiad donde me manda
Flérida que vaya a verla.
Y tú oye, mira y calla;
que no sabes lo que el hado
al más infelice guarda.
Vanse los dos [(Laurencio y Flora)].
Roberto
¿Qué ha de guardar, sino mucha
mala ventura?¡Mal haya
el padre que me engendró
en hora tan desdorada
que, si a las quínolas juego,
siempre los oros me faltan!
¿Qué he hecho yo a este metal,
que tan mal conmigo se halla
en escudos y cadenas?
Mas ser bermejo le basta.
Pero ahora bien, a saber
voy lo que el hado nos guarda.
Esto se llama seguir
a longe.
Vase.
Salen Flérida y Lísida.
Lísida
¿Qué es lo que trazas,
señora, llamando a ese hombre
después de estar informada
de Fabio que ya los dos
la vuelta del monte marchan?
Flérida
No sé cómo te lo diga,
que temo hablarte palabra;
pues cuando su muerte intento,
intercedes por su causa;
y cuando intento su vida,
acriminas su arrogancia;
y así, en esto no quisiera
decirte, Lísida, nada,
porque no sé si estarás
o favorable o contraria.
Lísida
Yo siempre estaré, señora,
de la parte de tu fama.
El mudar consejo es
más prudencia que ignorancia.
Flérida
Pues ya que de los estremos
o te ofendes o te cansas,
veamos si un medio, por serlo,
es hoy el que más te agrada.
Yo determino decir
a ese hombre que se vaya;
pues, sabiendo que enemigo
es de Carlos, cosa es clara
que haré mal en permitir
sea mi estado el que le ampara;
fuera de que el ausentarse
Carlos con presteza tanta
da a entender que lleva más
intención. A esto se añada
haber, Lísida, sabido
que está contra él conjurada
mi familia; pues, habiendo
corrido ya la palabra
de que es el Príncipe aquél
y éste su enemigo, tratan
de matarle con violencia,
o con veneno o con armas.
Y así, entre amparar su vida,
Lísida, u dejar quitarla,
ausentarle me parece
que es el medio donde halla
más piedad y más rigor
la bien medida distancia
de agradecer y no amar;
pues, compasiva y ingrata,
ni favorezco su amor
ni permito su desgracia.
Lísida
Dices bien. Él entra ya
en el jardín.
Flérida
Pues repara
–si mudar consejo es
más que defeto alabanza–
en que no quiero tampoco,
ya que su persona pasa
a alguna estimación, que
vuelva a hablarme cara a cara.
Y así, de mi parte tú
le has de decir que se vaya
o le quitaré la vida;
y para ver lo que pasa
y escusar que me lo cuentes,
lo escucharé retirada
detrás desta verde murta.
Lisarda
Señora, yo...
Flérida
¿En qué reparas?
Haz, Lísida, lo que digo.
Escóndese.
Salen al paño Flora y Laurencio.
Lísida
(¡Cielos!, la suerte está echada;
pues, sin saberlo Laurencio,
Flérida oye lo que él habla.)
Flora
[A Laurencio.]
(Allí la dejé y allí
está. Llegad.)
Vase.
Laurencio
A tus plantas
humilde vengo a saber,
señora, lo que me mandas.
Lísida
Su Alteza os llama, es verdad;
mas aunque su Alteza os llama,
en esta parte soy yo
quien de su parte os aguarda.
Laurencio
Claro está que habías de ser
–siempre aleve, siempre ingrata,
y siempre para mí fiera–
tú de mi muerte la causa,
pasándome con las dos
lo que al peregrino pasa
con la voz de la sirena,
que le enamora y le encanta
para quitarle la vida.
Y así, cautelosas ambas,
habéis hoy entre las dos
partido dulzura y saña,
pues ella es la que me trae
y eres tú la que me matas.
Lísida
Hidalgo, yo no os entiendo
ni sé qué razón, qué causa
tenéis para hablarme así;
si ya no es que desto os salva
nuevo tema de locura.
(¡Oh, quiera el cielo que haya
entendídome una seña!)
Laurencio
¿Falsa conmigo?¡Ah tirana!
Mas ¿qué mucho, pues que siempre
conmigo has estado falsa?
Lísida
¿Yo con vos? Si nunca os vi.
Flérida
(¿Qué fuera que averiguara
que no era yo de su amor,
sino Lísida, la causa?)
Laurencio
En fin, ¿qué es lo que me quieres?
Prosigue; pues si no bastan
las desdichas que me cuestan
tu traición y tu mudanza
hasta hacerme deste monte
fiera racional humana...
Flérida
(¿Si sintiera yo saber
que no era por mí la instancia?)
Lísida
No os entiendo... Y la princesa
por mí que salgáis os manda,
pena de la vida, destos
montes que...
Laurencio
¡Calla, pues, calla!
¡No prosigas, no prosigas!,
que ya te entiendo, tirana.
Como has visto aquí a Lisardo...
Lísida
¿Qué Lisardo? ¿Con quién hablas,
hombre?
Laurencio
¡No, no me atropelles!
¿Presumes que es por tu causa?
Lísida
¿Yo? ¿A qué efeto, si a Lisardo
ni a ti conozco?
Aparte.
(¡Que no haya
entendídome una seña
aun con haberle hecho tantas!)
Laurencio
Para que no estorbe, dices
que deste monte me vaya.
Lísida
Aparte.
(¡Ay de mí! Atajar no puedo
mi llanto ni sus palabras.)
Laurencio
Pues no me he de ir; no porque
celos a mi amor le causa
la venida, que no quiero
que aun de aquesto quedes vana;...
Lísida
¿Yo? ¿Cuándo? Si a ti, Lisardo...
Pues, ¿qué...? ¿Qué amor? ¿Qué esperanza?
Laurencio
...que ya mis celos no son
dél, sino del que acompaña,
cuando lo que adoro y pierdo
Flérida es.
Flérida
(Aun esto, vaya;que
sin desear ser querida,
sintiera estar engañada.)
Lísida
Hombre, no entiendo a qué efeto
me dices locuras tantas.
Ella manda que te diga
que deste monte te vayas.
Laurencio
Ya sé que mientes y que
no lo manda ella.
Sale Flérida.
Flérida
Sí manda;
y si al punto no salís
de todas estas comarcas,
os haré quitar la vida;
que ya mis piedades bastan.
Laurencio
A vos obedeceré
tan a costa de mis ansias
que el ausentarme y morirme
no sean dos cosas contrarias,
sino tan una las dos
que, equivocándose ambas,
de mí se ausente la vida
pues de vos se ausenta el alma.
Vase.
Flérida
Y bien, Lísida; y agora
¿de qué parecer te hallas?
¿Vivirá o morirá?
Lísida
¿Dasme
licencia, puesta a tus plantas
para decírtelo?
Flérida
Sí.
Lísida
Pues oye atenta.
Flérida
Levanta.
Lísida
Este noble caballero,
a quien la fortuna ultraja
desluciendo en sus desdichas
lustre, honor, nobleza y fama,
en Nápoles...
Dentro [cuchilladas].
[Uno]
dentro.
¡Muera!
Otro
dentro.
¡Muera
traidor que a todos agravia!
Flérida
¿Qué es aquello?
Lísida
¡Ay cielos! Mira
que tus criados le matan.
¡Acude presto, señora!
Flérida
Por no remediarlo estaba
por pedírmelo tú.
Todos
¡Muera!
Salen todos tras Laurencio.
Laurencio
¡A costa será de tantas
vidas...!
Flérida
¡Deteneos! ¿Qué es esto?
Roberto
Es lo que el hado nos guarda.
Flérida
¿No miráis que estoy yo aquí?
¡Tened, tened, las espadas!
¿Qué es esto, Fabio?
Fabio
Es, señora,
del agravio de tu casa,
tomar –como criados tuyos–
por ti y por Carlos venganza,
ocasionados de ver
que el que a Federico mata
tanto huye como pierde
que entra hasta aquí.
Flérida
¡Basta, basta!
[A Laurencio.]
Por esta puerta que al parque
sale de la muerte escapa,
que yo te defiendo.
Laurencio
El cielo
sabe que en desdichas tantas
vuelvo a tus respetos más
que a su temor las espaldas.
Vase.
Flérida
[A Roberto.]
Id vos con él.
Roberto
Cosa es ésa
que haré de muy buena gana.
Vase.
Flérida
Y vosotros ved agora
que son muy anticipadas
finezas y muy sin tiempo
tomar de Carlos la causa.
Fabio
Señora...
Flérida
Nada digáis.
Fabio
[A los Criados.]
(Venid, que en vano le ampara;
pues Carlos a la salida
de esotra puerta le aguarda.)
Vase [con los criados].
Flérida
Prosigue tú.
Lísida
Digo, pues,
que en Nápoles, nuestra patria,
me sirvió este caballero
y, debajo de palabra
de esposo...
Dentro cuchilladas.
Príncipe
dentro.
¡Agora ha de ver
tu presumida arrogancia,
quién basta a reñir con dos!
Laurencio
[dentro.]
Uno que por los dos basta.
Flérida
¿Qué es aquello?
Lísida
Yo ¿qué puedo
decir sino penas y ansias?
Flérida
¿Iré a remediarlos?
Lísida
¡Tente!,
que es el Príncipe. No vayas.
Flérida
Antes, porque tú lo estorbas,
iré yo de mejor gana.
¡Teneos todos! ¿Qué es aquesto?
[Salen riñendo el Príncipe y Lisardo, Laurencio y Roberto.]
Roberto
Es lo que el hado nos guarda.
Lisardo
Dentro de palacio muera.
Laurencio
Aunque la tierra me falta,
no el valor que vive en mí.
[Cae.]
Flérida
Ved que ha llegado a mis plantas.
Príncipe
Otra vez ese sagrado
y otras mil veces le valga.
Segunda vez por vos viva.
Lisardo
Pero no con esperanzas
de que siempre ha de tener
ángel segundo de guarda.
[Vase.]
Flérida
¡Oíd, esperad!
Príncipe
Perdonadme,
pues no darle muerte basta
sin que también pretendáis
desairar tanto mi fama
que ante vos estemos, él
con vida y yo sin venganza.
Y así, hasta estar más airoso,
es fuerza volver la espalda;
porque no fuera quien soy...
Ya que el disfraz se declara,
¿cómo he de estar desairado
a los ojos de una dama
y dama a quien...? Pero esto
para otra ocasión se guarda.
Flérida
¡Oíd, esperad, tened!
Lísida, que no se vayan
sin oírme di a los dos.
Lísidas
¿Quién vió confusiones tantas?
Vase.
Flérida
Hombre, ¿qué me va en tu vida
que tantas veces te amparas
de mis piedades?
Laurencio
Si es tuya, por ti, no
por mí, la guardas.
Flérida
¿Aún no lo agradeces?
Laurencio
No;
porque es piedad muy tirana
el quitar que otros la quiten
sin quitarte a ti el quitarla.
Flérida
Siempre para estas locuras
fue tarde –y hoy con más causa–,
y para que ocasión puedas
tener tú de mi esperanza.
Laurencio
Hasta tenerla bien puedo;
lo que no puedo es lograrla.
Flérida
Ni aun tenerla, cuando es
tan inmensa la distancia.
Laurencio
Mayores estremos...
Flérida
Eso
es bueno para la farsa,
mas no para la verdad;
y ha de ser tan nueva traza
la de mi vida que vea
el mundo que mi honor saca
ésta del común estilo
y que puede una bizarra
presunción, una altivez
generosa, una fe hidalga,
agradecer y no amar.
Laurencio
¿De qué suerte?
Flérida
Aquí te aguarda;
y hasta tener orden mía,
destos jardines no salgas.
Vase [(Retírase al paño)].
Laurencio
¿Qué es esto, Roberto?
Roberto
¿Esto
dudas? ¿Hay cosa más clara?
¿No lo conoces?
Laurencio
No.
Roberto
Pues
es lo que el hado nos guarda.
Laurencio
¿Qué confusiones son éstas
con que Flérida...?
Roberto
¿Eso hablas?
[A Laurencio.]
(Mira que Flérida escucha;
porque detrás de esas ramas
se ha parado y oye cuanto
dices.)
Laurencio
[A Roberto.]
(No vuelvas la cara,
ni te des por entendido.)
Flérida
(A esta parte retirada,
que Lísida vuelva espero.)
Laurencio
Hermosura soberana
bien sé que no te merezco,
porque eres deidad tan alta
que te me pierdes de vista;
pero aliente mi esperanza
ver que nadie te merece.
Flérida
(Bien suenan de amor las ansias,
por más que uno las escuche.)
Sale Lísida.
Lísida
Tan veloces las espaldas
volvieron que no escucharon
que tú, señora, los llamas...
¿Y su Alteza?
Laurencio
Ya se fué.
Lísida
Pues puedan, traidor, mis ansias,
aunque de paso...
Laurencio
(¡Ay de mí,
si Lísida en su amor habla
sin saber que ella lo escucha!)
Lísida
...quejarse de ofensas tantas.
¿Es posible, ingrato dueño,
que aunque aborrecido hayas
lo que quisiste...?
Laurencio
Mujer,
¿qué dices o con quién hablas?
Porque yo no sé quién eres.
Lísida
Ingrato, presto te pagas
del disimulo que tuve
porque Flérida escuchaba.
Laurencio
Pues si piensas que es por eso,
lo mismo es. ¡Déjame, calla,
no prosigas!
Lísida
Decir quiero,
si otra ocasión me falta,
mis penas.
Laurencio
No he de escucharte.
Lísida
¿Cómo es posible?
Laurencio
(¡Que no haya
entendídome una seña,
con haberla ya hecho tantas!)
Lísida
¡Que seas tan crüel que niegues
lo que pasó por tu causa!
¿Cómo es posible...
Laurencio
¿Qué dices?
Lísida
...que aun siquiera...
Laurencio
¿Con quién hablas?
Lísida
...por lo que quisiste...?
Laurencio
Yo
no te entiendo.
Lísida
Pues me atajas
y sin oír atropellas
en sola una razón tantas,
sal deste jardín.
Laurencio
No quiero.
Lísida
Pues de aquí Flérida falta,
no es justo que estés en él.
Laurencio
No en esto tomes venganza,
que ella manda que aquí espere.
Lísida
No manda, traidor.
Sale Flérida.
Flérida
Sí manda.
Lísida, éntrate allá dentro;
tú en estotra parte aguarda.
Laurencio
(¿Hay hombre más infelice?)
Vase.
Lísida
(¿Hay mujer más desdichada?)
Vase.
Roberto
(¿Hay hombre y mujer más necios
que el que babeando se anda
hecho un Juan de Esperamor?
¿O es lo que el hado nos guarda?)
[Vase.]
Flérida
¡Válgame Dios!¡Qué de cosas
por mí en un instante pasan
tan atropelladas que
unas a otras se embarazan!
Porque ya confusas,
opuestas y varias,
o quitan la vida
o turban el alma.
Ahora bien, discurso mío,
procuremos apurarlas
de una vez y de una vez
a luz este engaño salga.
Aquí hay un hombre de tanto
espíritu que a la cara
de mi deidad, atrevido,
puso locas esperanzas;
que al sol fuera menos
que, osado, intentara,
de cera y de pluma,
quemarse las alas.
Aquí hay una dama hermosa
que vino a valerse a casa
–a intercesión de una amiga–
de una muerte –¡qué desgracia!–,
que, a lo que se deja ver,
debió ser ella la causa;
pues de esa causa se infiere
que él la aborrece, ella le ama.
¡Oh, cuánto se ofende,
desluce y ultraja
mujer que se queja
a amante que agravia!
Del secreto de los dos,
si bien no bien informada,
llegaron mis vanidades
a entrar en desconfianza
de que por ella –¡ay de mí!–
y no por mí fuera tanta
porfiada tema de amor;
de que el mismo amor se salva,
sonándome su desprecio
aun mejor que mi alabanza.
No sé qué se tiene
el ser una amada
que aun penas que ofenden,
ofenden si faltan.
Dejemos en esta parte
a este galán y a esta dama,
pues ya no me engaña a mí
quien a ella la desengaña;
y vamos a que el de Ursino
para verme se disfraza,
o sea agravio o sea lisonja
que a mis altiveces haga
–sin que entre a la parte
mi lustre o mi fama–,
vendiendo finezas
feriar esperanzas.
Esto no es del caso agora;
y presto dirán sus ansias
que, aunque a mi hermosura diesen
la estimación de ventaja,
me basto yo por mí sola
a una victoria más alta
de la que al amor le ofrecen
los blasones de mi casa;
que dama que viene
no más que a ser dama
ni gana trofeos,
ni triunfos arrastra.
Y pasando de una vez
desde una causa a otra causa,
lleguemos sólo a que Carlos
aquí su enemigo halla;
donde a despecho de ser
mi sagrado el que le ampara,
neciamente solicita
asegurar su venganza.
Aquí, pues, del duelo
¿será ley bizarra
que muera a otras manos
quien llegó a mis plantas?
No, que de algo han de servirle
los seguros de mi casa;
fuera de que, aunque me ofende
su presumida arrogancia,
me ofende tan de buen aire
que la misma ofensa basta
a interceder por él, siendo
culpa y disculpa tan clara
que están en mi pecho
equívocas ambas,
pues una me obliga,
cuando otra me cansa.
Este hombre no ha de morir.
Mas ¿cómo, ¡ay de mí!, alcanzan
a saber que en mis jardines
se quedó, los que le aguardan;
y el príncipe y mis criados
tienen las puertas tomadas,
al tiempo que ya la noche
temerosamente baja?
Pues con la sospecha
de ver que me ama,
tenerle yo en ellos
será confirmarla.
Pero ¿de qué me embarazo?
¿No hay en el ingenio trazas
para que dellos a un tiempo
este hombre salga y no salga?
Sí; porque no será bien
que hombre que ha tenido tanta
noble altivez muera a manos
de menos ilustres armas;
que fuera bajeza
que sólo me hallara
ingrata, quien puede
piadosa y ingrata;
para que conozca el mundo
–dándole a él vida, a su dama
honor, venganza al de Ursino
y nuevo asunto a la fama–
que hay hermosura tan noble,
que hay presunción tan bizarra,
vanidad tan generosa
y, en fin, piedad tan hidalga
que, sin que el amor la obligue
ni la obligue la venganza,
castiga y perdona,
piadosa y ingrata,
pues sabe dar vida
al mismo a quien mata.
Vase.
Salen Lisardo y el Príncipe.
Príncipe
Seguros los caballos
deja.
Lisardo
Cuidado puse en desviallos,
porque no nos suceda
segunda vez que de su riza pueda
seguírsenos desdicha de fortuna.
Príncipe
¡Pluguiera a Dios hubiera sido una!
Pero tantas han sido
que se pierde del número el sentido
Lisardo
Justamente te admiras;
porque si todas de una vez las miras,
dudo que haya memoria
que a número reduzga nuestra historia.
Príncipe
No nos será posible;
y así, hablemos no más de cuán terrible
en Flérida ha tomado la venganza
su vanidad de mi desconfianza;
pues pompa, fausto, autoridad depuso
y solamente en la campaña puso,
para vencer segura,
el armado escuadrón de su hermosura.
Bien que, a tanto poder, gloria es pequeña
una vida, pues cuando...
Dan con una espada.
Lisardo
Esta es la señaque al criado
dijimos.
Príncipe
Respondamos
con otra, porque sepa dónde estamos.
Sale Fabio.
Fabio
¡Oh César! ¿Eres tú?
Príncipe
Y, agradecido
a la fineza con que habéis querido
de mi parte poneros,
os estoy esperando para haceros
sabidor de que habiendo
Laurencio aquí venido...
Fabio
Ya os entiendo;
y lo mismo también a los criados
sucedió; pues que, todos conjurados
contra él, darle quisimos,
cuando enemigo tuyo ser supimos,
en el jardín la muerte
y Flérida amparó su infeliz suerte.
Pero ya no es posible que irse pueda,
pues del jardín adonde le he dejado
fuerza es salir y todo está cerrado,
para que no le valga
su dicha, por cualquier parte que salga.
Príncipe
Aunque de vos no dudo
que mi valor de mí informaros pudo,
cuando a hombre como yo ofender se atreve
algún particular, primero debe
reñir con él, salvando lo primero
lo personal del riesgo del acero;
pero en habiendo dado
satisfación, si acaso barajado
el lance queda y vivo el enemigo,
le queda acción en él a su castigo
para desenojarse,
que una cosa es reñir y otra vengarse.
Y así, yo he aceptado
matarle como pueda; y como he dado
muestras que cuerpo a cuerpo en menor duelo
pude reñir con él...
Dentro Laurencio disparando una pistola.
Laurencio
[dentro.]
¡Válgame el Cielo!
Lisardo
¿Qué voz ha sido aquésta?
Fabio
La pistola lo ha dicho en su respuesta,
pues ni dudo ni admiro
que uno de tantos ha logrado el tiro.
Lisardo
Vamos a ver adónde
ha sido el tiro y el rumor se esconde.
Príncipe
La misma confusión que tú padeces,
padezco yo. Venid.
Vanse.
Salen Laurencio, Roberto y Flora.
Laurencio
¡Jesús mil veces!
Flora
Ya aquesta pistola mía
y esa voz tuya desmiente
la prevención que con gente
sitiado el jardín tenía,
pues cada uno, imaginando
que fue el otro el que tiró,
oyendo tu voz dejó
los puestos. Solicitando
no te reconozcan, ven,
que así Flérida lo manda.
Laurencio
Piadoso conmigo anda
su favor y su desdén.
Flora
¿Qué tienes de qué quejarte,
cuando ves que su hermosura
tan a su costa procura
de tus contrarios librarte?
Roberto
¿Tengo de ir yo allá también?
Flora
Sigue a los dos; porque yo,
aunque ella no me lo mandó,
que te deje aquí no es bien,
porque de lo que ha pasado
no quede ningún testigo.
Venid, pues, los dos conmigo,
siguiéndome hacia este lado.
Laurencio
En segunda oscuridad
vas confundiendo mis huellas,
pues ya nacen las estrellas,
muriendo la claridad.
¿Adónde desde el jardín
a escuras desta manera
me tienes? Do estoy quisiera
saber.
Flora
En un camarín, donde
Flérida mandó,
Laurencio, que te dejase
y que al punto la avisase;
y así, es preciso que yo
te deje aquí. Sólo digo:
ni hables, ni alientes, ni des
paso; lo demás después
dirá ella al verse contigo.
Vase.
Laurencio
¿Al verse conmigo? Cierta
mi dicha es. ¿Ves si guardó
algo el hado?
Roberto
¿Aqueso yo no lo
dije? Mas la puerta cerró
tras sí la mujer.
Laurencio
No te muevas y habla quedo.
Roberto
Dejar de saltar no puedo
de contento y de placer.
En fin, te ha dado la vida:
en su camarín estás.
Laurencio
Ninguna mujer jamás
se ofendió de ser querida.
El fuego que arde más poco,
no deja al fin de ser fuego.
Roberto
¡Miren ustedes! ¡Y luego
dirán que es malo ser loco!
Lo que te pido, señor
–pues señor serás después
de beldad y estado, que es
lo mejor de lo mejor–,
te acuerdes que te he servido
sin beldad y sin estado,
sin mirar que soy criado.
Laurencio
Habla quedo y no hagas ruido.
Roberto
Aquesto dirá mi pena
con callados labios mudos:
“Memento”, amo, cien escudos,
“et in pulverem” cadena.
Laurencio
¿Cómo podré yo olvidar
tan justo agradecimiento?
Roberto
Salto y brinco de contento.
Laurencio
¡Quedo está! ¿Quieres quebrar
deste camarín, que lleno
de riquezas estará,
algo, cuyo ruido hará
ser descubiertos?
Roberto
No es bueno;
que es tal el gusto que no
reparo que a cada lado
un escritorio hay grabado...
de diamantes, digo yo
qué será.¡Qué lindo espejo
que debe de ser aquél!
¡Qué escaparate está en él!
Habrá, según el reflejo
que no da la luna, aquí
mil juguetes de cristal,
de porcelana y coral.
¿Esto no es un catre? Sí;
y de la china, dorado,
de suerte que maravilla;
de plata es la barandilla
y cabecera. A este lado,
en un brasero bizarro,
la espinilla fui a quebrar.
¡Ay! Y duele el tropezar
en plata como en guijarro.
¡Oh, qué catre!¡Quién le viera!
Laurencio
¡Que hables tanto disparate!
Roberto
¡Pues qué estotro escaparate
de relojes todo!
Laurencio
Espera; que en
locuras divertido, que se
ha pasado, parece, la
noche, pues ya la aurora
por resquicios amanece.
Roberto
Dices bien; y ¡vive Dios!,
que a la escasa lumbre breve
huyeron escaparates,
escritorios y bufetes;
y sólo quedó la piedra
en que tropecé.
Laurencio
Este albergue,
más que camarín de dama,
parece cámara fuerte.
Roberto
Y aun cámara de la antigua
fortaleza es. Y ¿no adviertes
que es un cubo de sus torres,
sin luz, sin adorno y gente?
Pues, ¡aquí de Dios!, ¿habemos
muerto a las nuestras mujeres
para encubarnos? Que aunque
los dos hemos sido siempre
perros y gatos, no tanto
que, ya que fuese, no fuese
cuba y no cubo.
Laurencio
Sin duda que por
librarme me prende;o es que
Flérida, ¡ay de mí!,publicar
al mundo quiere que ya me
castiga, dando satisfación
de la muerte
de Federico a su hermano;
y viendo que era indecente
el matarme en sus jardines,
quiere hacerlo de otra suerte,
muriendo, no como amante,
sino como delincuente.
Roberto
¡Lindamente lo discurres!
Y agora veo claramente
que, de ser queridas, nunca
se ofendieron las mujeres.
¡Mal haya el alma y la vida
que bien a ninguna quiere!
Y más ahora, que del aire
no sé qué es lo que desciende.
De lo alto ha de caer un billete.
Laurencio
Este ¿no es billete?
Roberto
Yo
no juzgo bien de billetes.
Laurencio
Aguarda a ver lo que dice.
[Lee.]
“Así quien no ama agradece.”
¿Qué querrá decir el mote?
Roberto
De motes mi amor no entiende;
mas lo que quiere decir
de cierto es que no te quiere.
Laurencio
Miremos, pues que ya el día
con mayor luz nos advierte,
si habrá por donde salir.
Roberto
Una tronera parece
que más adentro, señor,
alumbra: y sin duda quiere
hoy favorecernos por
lo que de tronera tienes.
Flora
dentro.
¡Laurencio, Laurencio!
Laurencio
¿Quién
me ha llamado y qué pretende?
Laurencio
Por Dios, que tiene esta dama
cosas de la dama duende.
Flora
Por esta parte que al cuarto
de Flérida sale, el breve
caracol de una escalera
hallarás. Mira y atiende.
Laurencio
Por esta parte es sin duda
por donde la voz me advierte.
Roberto
Pues ¿qué ves por esta parte?
Laurencio
Una galería excelente,
adonde ir entrando veo
por dos partes diferentes
al Príncipe y a Lisardo,
a Flérida y sus mujeres.
Pues atendamos a ver
qué nuevo capricho es éste.
[Vanse.]
Salen el Lisardo, el Príncipe y Fabio.
Príncipe
Aunque no habemos sabido
dónde Laurencio cayó,
basta el saber que escapó
de nuestras armas herido
para quedar yo vengado.
Y así, lo que ahora quisiera
es, Fabio, antes que me fuera,
dejar sólo disculpado
con Flérida mi rigor;
y que dispongáis, espero,
que la hable.
Fabio
Fácil infieroconseguir
eso, señor;
porque, a lo que yo he entendido,
ella hablaros pretendió
la postrera vez que os vio
y parece que ha salido
aquí con el mismo intento.
Príncipe
Ya que prevenido estaba,
ánimo, amor; que ya acaba
uno y otro fingimiento.
Salen Flérida, Flora y Lísida.
Flérida
[A Lísida.]
(Lísida, quédate aquí;
y a nada que oigas ahora,
salgas.)
[A Flora.]
(¿Dijiste tú, Flora,
que escuche a Laurencio?)
Flora
Sí.
Príncipe
Dadme, señora, a besar
vuestra mano.
Flérida
Alzad del suelo
y escuchadme. (Aquí entra el duelo
de agradecer y no amar.)
Señor príncipe de Ursino,
bien pensaréis que ofendida
de vuestras desconfianzas
me tienen mis bizarrías;
pues no, que antes el fingiros,
para llegar a mi vista,
un mercader es agravio
que por favor califica
mi vanidad; porque el oro
de noble vena, real mina,
hiciera mal en quejarse
del crisol que le examina;
pues más debe a la esperiencia
su valor que a la fe el día
que, acendrado del examen,
con mejor crédito brilla.
Y cuando de aqueste engaño
resulte a la altivez mía,
no sé si diga un desaire
o si una lisonja diga,
lo que haya sido os perdono,
ufana de que yo misma
tan por mí vuelva que pueda,
a costa de otra mentira,
en resultas hoy de amor
veros condenado en vista.
Y así he dejado a una parte
amorosas tropelías,
que los límites no pasan
de airosa cortesanía,
de que se engañe el que engaña
y de que al que finge finjan;
voy a que sólo me ofendo
de que puedan vuestras iras
hacer teatro mi casa
de tragedias y desdichas.
Un hombre, que una vez y otra
pudo amparar sus fatigas
en la inmunidad sagrada
de verse a las plantas mías,
¿deja rencor para otra
ocasión, tal que amotina
en su favor los afectos
traidores de su familia?
¿Qué cosa es que en mis jardines
halle las flores teñidas
de humana sangre y que, cuando
salgo a gozar sus delicias,
vea el llanto de la aurora
y no del alba la risa?
Muerto en ellos hallé hoy
a Laurencio y...
[Sale Lísida.]
Lísida
¡Qué desdicha!
Falte a mi vida el aliento,
pues faltó aliento a mi vida.
Y perdóname; que, aunque
has mandado que te asista
sin salir aquí, no tienen
ley ni obediencia las iras
y a tanto tropel de penas
ya no hay valor que resista;
y así, a arrojarme a tus plantas
salgo a pedirte justicia
de la muerte de mi esposo.
Y no a ti sólo me rinda,
sino al centro soberano
de vuestras plantas invictas.
A ambos toca el ampararme:
a ti, porque perseguida
vine a valerme de ti;
y a vos, porque desta impía
acción saquéis el blasón
de que de vos no se diga
que sabéis tomar venganza,
señor, y no hacer justicia.
Lisardo es de quien la pido,
que fue la única desdicha
de vuestro hermano; pues si él
le llevó a su compañía
para una traición tan fea,
para una acción tan indigna
como quebrantar la casa
de dama que a otro quería,
él fue quien le dio la muerte,
pues le puso su osadía
a que riña en ocasión
adonde sin razón riña.
Y para que no parezca
que desta tragedia impía,
siendo yo cómplice, quiero
librarme, lo que os suplican
mis voces es que empecéis
la venganza por mí misma.
Diga Lisardo si yo
le di ocasión en mi vida
para tanto atrevimiento.
Diga si yo...
Lisardo
No prosigas;
que supuesto que no fue nunca
en el amor mal vistala
culpa de que un amante
traicione y engaños finja,
no quiero que ahora lo sea
con que ahora mis labios digan
que tú me diste ocasión,
puesto que fuera mentira.
Para que se vea cuánto
tu fama está pura y limpia,
la mayor satisfación
sea que mi amor publica,
muerto Laurencio, mi mano.
Lísida
No prosigas, no prosigas;
que antes me daré la muerte
que consienta ni que admita
la mano de quien con sangre
hoy de Laurencio la tiña.
Príncipe
Pues ¿qué satisfación puedo
daros si ésta desestima
vuestro amor, no siendo ya
posible Laurencio viva?
Que a serlo, ¡viven los cielos!,
que por no ver ofendida
a Flérida, a vos quejosa,
con él partiera la vida.
Flérida
¿Daisme esa palabra?
Príncipe
Sí,
con la mano, de cumplirla.
Flérida
Yo con la mano la acepto.
Y pues ya es vuestra la mía,
sal, Laurencio, y a los pies
hoy del Príncipe te humilla;
y pues la mano no puedo,
basta que te dé la vida.
Sale[n] Laurencio [y Roberto].
Laurencio
Del nuevo estado, señora,
no puedo dar ya en albricias
sino esta banda. Y agora
es bien que a los pies me rinda
del Príncipe.
Flérida
Espera; que antes
es bien, porque no se diga
que de vuestro amor ser pudo
cómplice la casa mía,
que a Lísida hayas de dar
la mano.
Laurencio
Y agradecida
el alma a tanta fineza,
ya que los celos me quita
la satisfación que hacéis.
Lísida
Hoy se lograron mis dichas.
Laurencio
Vuestras plantas dad, señor.
Príncipe
Nada quiero que me digas;
que si con aquesta acción
me hablaran tus bizarrías
cuando supiste quién era,
lograras la piedad mía.
Lisardo
Y en mí el agradecimiento
de haberme dado la vida.
Roberto
Pues Flérida generosa
es, Lísida agradecida,
el Príncipe liberal,
Lisardo queda sin ira,
Laurencio premiado y todos
con gusto y con alegría,
de “Agradecer y no amar”
la comedia acabe; y pida
yo por todos el perdón
a vuestras plantas invictas.
- Lizenz
-
CC0 1.0 Licence
Link zur Lizenz
- Zitationsvorschlag für diese Edition
- TextGrid Repository (2026). Calderón de la Barca, Pedro. Agradecer y no amar. CalDraCor. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbv1.0