El Astrólogo Fingido
Comedia Famosa

Personas que hablan en ella:

  • Morón.
  • Don Diego.
  • Don Juan.
  • Don Carlos.
  • Don Antonio.
  • Leonardo.
  • Otáñez, escudero, vejete.
  • Doña María.
  • Beatriz.
  • Violante.
  • Quiteria.

Primera Jornada

Salen doña María y Beatriz, criada.
Doña María
¿Y que pasó tan galán?
Beatriz
A todo cuanto miraba
a un mismo tiempo causaba
amor y envidia don Juan.
Llevaba un vestido airoso
sin guarnición ni bordado,
y con lo bien sazonado
no hizo falta lo costoso;
muchas plumas que, llevadas
del viento, me parecía
que volar don Juan quería;
botas y espuelas calzadas.
Con esto y con su buen talle,
sin quitar de tu ventana
la vista, aquesta mañana
dos veces pasó la calle.
María
Por la pintura que has hecho,
Beatriz, toma este diamante.
Beatriz
Justo será que me espante
de ver agrado en tu pecho
tratando cosas de amor,
si no son albricias ya
de ver que don Juan se va.
María
Diferente es el rigor
que siento.
Beatriz
Pues tu hermosura,
porque amor se satisfaga,
tan bien las pinturas paga,
escúchame otra pintura:
al tiempo que ya dejaba
la calle don Juan, entró
en ella don Diego, y yo,
como en la ventana estaba,
le vi en un caballo tal
que, informado dél el viento,
dejó de ser elemento
por ser tan bello animal.
Con las manos confirmaba
el freno en tanta armonía
que el son con la boca hacía
a cuyo compás danzaba.
¡Si le vieras qué brioso
sacó el brazo, qué galán
pasó!
María
Hablemos de don Juan
y deja aquese enfadoso.
¿Si se habrá partido ya,
Beatriz? ¿Sabes dónde fue,
si vendrá presto?
Beatriz
No sé.
Mas ¿qué cuidado te da
que se vaya si ha dos años,
señora, que te ha servido
y que solo ha merecido
desprecios y desengaños?
Váyase, y a sus desvelos
podrá hacerlos resistencia,
que es muerte de amor la ausencia
adonde faltan los celos.
María
Pésame que los enojos
que hasta agora he resistido
no los hayas conocido
en el llanto de mis ojos.
Ay, Beatriz, amiga mía,
no sé cómo hablar, no sé
cómo decirte que amé
a don Juan desde aquel día
que conocí su afición;
aunque constante vencí
mi pena, porque temí
la opinión de mi opinión,
que un hombre con solo hablar
es más que fácil deshonra,
bastante a quitar la honra
que muchos no pueden dar.
Mas ¡qué desigual fortuna
que una lengua ponga menguas
en mil honras y mil lenguas
no puedan dar sola una!
Yo, temerosa de ver
público mi deshonor,
puse silencio en mi amor,
mas fue silencio en mujer,
pues hoy la ausencia provoca
a que salgan mis enojos
en lágrimas a los ojos
y en suspiros a la boca.
Beatriz
Si en ausencia te declaras,
¿lo mismo te sucediera
con don Diego si él se fuera?
María
Mal en mi daño reparas,
pues cuanto la pretensión
de don Juan mi pecho enciende,
tanto don Diego le ofende.
Beatriz
En tu amor y tu elección
dos novedades me ofreces.
¡Querer al de menos fama,
hacienda y nobleza! Dama
de comedias me pareces,
que toda mi vida vi
en ellas aborrecido
el rico y favorecido
el pobre, donde advertí
su notable impropiedad,
pues, si las comedias son
una viva imitación
que retrata la verdad
de lo mismo que sucede,
a un pobre verle estimar
¿cómo se puede imitar,
si ya suceder no puede?
Sale Otáñez, escudero.
Otáñez
Don Juan de Medrano pide
licencia para besarte
las manos.
Beatriz
Ya viene a hablarte
antes de irse.
María
¿Quién lo impide?
Sale don Juan.
Juan
Con licencia me atreví
a entrar donde ardiendo están
dos soles.
María
Señor don Juan,
¿espuelas y plumas?
Juan
Sí,
que no me bastó llevar
espuelas para correr,
y ansí hube menester
las plumas para volar;
que quien ausentarse intenta
del sol bien es que presumas
que ha de valerse de plumas.
María
¿Qué mandáis?
Juan
Escucha atenta.
Si a quien se ausenta o se muere
licencia se le permite
de hablar, por ausente y muerto
licencia don Juan te pide:
muerto, porque vive ausente
de ti; ausente, porque vive
muerto en tu gracia, que juntas
en mí vida y muerte asisten.
En fin, por última vez
que he de hablarte y has de oírme;
mis libertades perdona
y mis disculpas admite,
que te quise habrá dos años
—si me muero, no te admires,
pues fue mi culpa el quererte,
que confiese que te quise—,
tantos ha que a tus dos soles
alas de cera previne;
mas, si a tu nieve se hielan,
si a tus rayos se derriten,
¿qué mucho que tanto fuego
abrasado me derribe
a las ondas de mi llanto,
que un mar de lágrimas finge?
Dos papeles te escribí,
bien sabes tú cuán humildes,
porque, a no serlo, no fueran
hijos de un amor tan firme.
Engañada los tomaste,
pero tú, que iguales mides
ingratitud y belleza,
callando me respondiste.
Un día que a tu jardín
pude atrevido seguirte
y entrar en él, porque el campo
atrevimientos permite,
entre sus flores te vi
con tal belleza que hiciste
competencia a su hermosura
y ventaja a sus matices.
Corrida Naturaleza
de sus pinceles sutiles,
perdió la esperanza, viendo
que imitarse era imposible;
y dijo: «pues ya no puedo
excederme, no me estimen,
que ya no tengo qué hacer
después que este asombro hice».
Un jazmín tu mano hermosa
robaba, y él apacible
rindió sus flores al suelo
porque tus plantas las pisen.
Y dijo, viendo que ufanos
blancura y olor compiten:
«Quita a mis hojas sus flores
y tus manos no me quites,
pues es lo mismo tener
tus manos que mis jazmines».
Aquí me acuerdo que yo
llegué turbado a decirte
que estimases mis deseos;
no sé bien qué más te dije
de un firme amor, pero sé
lo que tú me respondiste,
que fue que nunca te viera
—¡brava respuesta y terrible
sentencia, ingrato precepto,
cruel rigor, hado infelice!—.
Y, viendo al fin que es en vano
que un desdichado porfíe
contra su estrella y que es bien
que te obedezca y me prive
de verte, pues tú lo quieres,
porque en mis desdichas mires
el estremo de obediencia
a que llega un amor firme,
mañana a Flandes me parto
a servir al gran Felipe,
que el cielo mil años guarde,
donde mi valor imite
de mis nobles ascendientes
tantas vitorias insignes.
Bien sé que imposible es
vivir sin ti, mas previne
un imposible de amor
vencer con otro imposible.
Quédate con Dios, y al cielo
le ruego que, apenas pise
de Flandes la tierra, cuando
la primer bala que tire
el enemigo me acierte,
si quien desdichado vive
puede morir y hay alguna
muerte para el infelice.
Mas yo te doy mi palabra
que, si el cielo me permite
dicha y por ella merezco
algún lugar que acredite
la sangre que me acompaña,
que ha de ser para servirte.
Y, si en tanto nuevo dueño
te merece más felice,
ruego al cielo que le goces
por tantos siglos que imites
la edad del sol, sin que tengas
solo un instante de eclipse.
Tú le quieras y él te adore,
para que en los dos envidie
en tus gustos lo que quiero
y en los suyos lo que quise.
Y, cuando más fácilmente
de aquesta verdad te olvides,
habrá quien más te merezca,
pero no quien más te estime.
Con esto, señora, adiós,
que mi libertad no pide,
por saber que ya la tiene,
licencia para partirse.
María
Don Juan, espera, detente,
mientras procuro romper
las prisiones a un secreto
que tantos años guardé;
pero es tanta la vergüenza
que tengo que al parecer
un lazo la lengua oprime
y la garganta un cordel.
Muda la voz, torpe el labio,
temo y dudo, mas ¿por qué
temo y dudo, si al fin somos
él secreto y yo mujer?
¡Ay de mí!, que no sé cómo
empiece a hablarte, no sé
cómo decir que te quise,
don Juan, que te quise bien
desde el día que engañada
tomé el primero papel.
Mas ¿qué vitoria me diera
lo que amé, sufrí y callé,
si yo en mis propios deseos
no tuviera qué vencer?
Mas hoy que amor en mi pecho
mina de pólvora es
que, mientras más oprimida,
revienta con más poder,
por la boca y por los ojos
sale porque ya no estés
de mi ingratitud quejoso
ni dudoso de mi fe.
No fue el alma tan ingrata
como la apariencia fue,
que en tu amor he parecido,
pero no he sido, cruel.
De mi silencio la causa
ha sido, don Juan, temer;
perdóname este temor
si es que te ofendí con él,
que tengo honor, que soy noble
y que ya la opinión es
tan difícil de ganar
cuanto fácil de perder,
y no hay desdicha mayor
que rendir una mujer
el santo honor que la ilustra
a la lengua descortés
no de aquel que ha merecido
su gracia, sino de aquel
amigo poco leal
y criado nada fiel.
En fin este recelar,
este dudar y temer,
hizo en mi cobarde amor
aquel pasado desdén.
Mas, ya que rompo el silencio,
como palabra me des,
como noble, que ni amigo
ni criado ha de saber
aqueste amor, para hablarnos
ocasiones buscaré,
si es que la partida tuya
puedes, don Juan, suspender.
Será única secretaria
deste amor Beatriz, de quien
fío lo que de mí misma,
porque su silencio sé.
Y, si no, viéndote ir,
ya por consuelo tendré
haberte dicho mi amor
porque te vayas con él.
Y no me agradezcas, no,
don Juan, el quererte bien,
porque solo el declararme
me tienes que agradecer.
Don Juan
Déjame que agradecido
el alma ponga a tus pies,
que responda con callar
porque empiece a obedecer.
Y plegue a Dios que con este
acero que al lado ves
y en cuya cruz pongo agora
la mano muerte me dé
a traición el más amigo
si quebrantare la ley
del secreto y ofendiere
de tu amor la firme fe.
Las espuelas y las plumas
dejo; que fueron diré
las espuelas para ir,
las plumas para volver.
Mas, con todo, por cerrar
la boca al vulgo cruel,
que de todo piensa mal
y de nada juzga bien,
en la casa de un amigo
con gran secreto estaré
unos días; luego pleitos
o enfermedad fingiré
por dar color a la vuelta,
si mi dicha puede hacer
que hoy se acuerden en Madrid
de lo que vieron ayer.
María
Pues con aquesa palabra
a hablarme esta noche ven
y, sin pararte en la calle,
entra en el portal, que en él
Beatriz estará advertida,
don Juan, de lo que has de hacer
—no reparen los vecinos
de verte en la calle, que es
uno mal intencionado
de toda la vida juez;
todo lo saben: ¿qué mucho,
si hay vecino que por ver
lo que pasa en una noche
no se acuesta en todo un mes?—.
En la reja estará un lienzo;
esta la seña ha de ser
si hay ocasión, pero advierte
que vengas solo.
Juan
Seré
el ave que rompe el viento
con una piedra en el pie
y otra en la boca, advirtiendo
que soy vigilante y fiel.
Vase.
María
Deste concertado amor
di, Beatriz, ¿qué te parece?
Beatriz
Que justamente merece
tanta fineza y favor
don Juan, que es noble y discreto
como galán.
María
Tú has de ser,
Beatriz, la que has de tener
la llave deste secreto:
mi vida y alma te fío;
bien sé que segura puedo.
Beatriz
Desecha, señora, el miedo,
que ofendes el amor mío.
Salen don Diego y Morón.
Morón
(¿Aquí llegas? ¿Qué procura
tu amor? ¿Qué intentas?).
Don Diego
(Intento
saber si al atrevimiento
se le sigue la ventura).
Perdóneme tu hermosura
si atrevido y descortés
pongo en tu casa los pies,
que yo en esta contingencia
no quise pedir licencia
porque tú no me la des.
María
El haberos escusado,
señor don Diego, no ha sido
por solo haberos oído,
sino por haber pensado
qué responderos, y he estado
dudosa mirando esta
osadía tan molesta,
porque, como no temía
tal libertad, no tenía
prevenida la respuesta.
Decisme que en mis rigores
mayor gloria y gusto halláis,
y, porque no le tengáis,
estoy por daros favores.
Si los desprecios mayores
hoy son los más lisonjeros,
dejaré de aborreceros,
pues, solo por no agradaros,
no os dejaré por dejaros
y os querré por no quereros.
Vase.
Morón
¿Esto sufres? ¡Vive Cristo,
señor, que no lo sufriera
si la diosa Venus fuera!
Don Diego
¡Qué mal mi pena resisto!
¿Has visto, Morón, has visto
la ciega resolución
de una altiva condición?
Beatriz
Harto hago yo de mi parte,
mas es imposible amarte.
Don Diego
¿No sabré yo la ocasión?
Beatriz
El haber así nacido
soberbia y desvanecida.
Don Diego
Aunque me cueste la vida,
pondré mi amor en olvido.
Tú, Beatriz, que al fin has sido
a quien he debido más,
toma esta cadena.
Beatriz
Das
las prisiones (¡en qué aprieto
se va poniendo el secreto!)
como ves que libre estás.
Morón
Una república había
que al médico no pagaba,
señor, hasta que sanaba
el enfermo, y, si moría,
tiempo y cuidado perdía;
y esta ley tan bien fundada,
a nuestro intento aplicada,
digo que de amor que muere
que el alcagüete no espere
tener derechos en nada.
¿La cadena le das?
Don Diego
Sí.
Beatriz
Quitándote las prisiones
en el alma me las pones,
y fía, señor, de mí.
Don Diego
Ya no es tiempo, porque aquí
se despide mi mudanza
de una loca confianza:
adiós, malogrado empleo,
necio amor, loco deseo,
que hoy morís con la esperanza.
Vase.
Morón
Yo ¿qué tengo de decir?
Despedireme también.
Beatriz
Si ya no me quieres bien,
bien te puedes despedir.
Morón
Yo tras mi amo he de ir;
cuanto él amare amaré,
que un criado siempre fue
en la tabla del amor
contrapeso del señor.
Adiós.
Beatriz
Bien pagas la fe
que me debes.
Morón
Si quisieras,
Beatriz, que asistiera a verte,
tú hubieras hecho de suerte
que este imposible vencieras;
entonces tú me tuvieras
aquí de noche y de día.
Beatriz
No quiso la suerte mía
porque a mi desdicha excede.
Morón
Yo sé que una moza puede
a veces más que una tía;
yo sé que ni una razón
dijiste.
Beatriz
Yo sé que sí,
y aun tú lo vieras si aquí
te dijera la ocasión
que estriba su pretensión,
pero por ser fuerza callo.
Morón
Pues yo no he de procurallo,
que tú por decillo mueres,
tan liberal que aun no quieres
que me cueste el preguntallo.
Mas di, ¿qué causa la obliga?
Beatriz
Mi señor es el que viene;
basta decir que la tiene
sin que la causa te diga.
Morón
Luego ¿en vano es que prosiga
aqueste intento?
Beatriz
Jamás
de mi boca lo sabrás.
Morón
Pues de ti lo he de saber:
¿no sirves y eres mujer?
Beatriz
Sí.
Morón
Pues tú me lo dirás.
Vanse. Salen don Juan y don Carlos, de noche.
Juan
Importa al fin para un honroso efeto
el quedarme en Madrid con tal secreto
que, si a vos no os hallara,
por no fiarme de otro no quedara.
La voz ha de correr que ya he partido
y en vuestra casa quedaré escondido.
Carlos
¿Son celos de Violante?
Juan
No, Carlos; más altivo y arrogante
sube mi pensamiento.
De Violante ni amor ni celos siento;
basta decir, cuando de vos me fío,
don Carlos, que le importa al honor mío
esta resolución.
Carlos
Yo os agradezco
la confianza y desde aquí os ofrezco
con pecho noble y alma agradecida
mi casa, hacienda, espada, pecho y vida
sin saber qué os obliga,
que un amigo no quiero que me diga
sino lo que él quisiere.
Juan
Agora falta
que entréis en casa de Violante bella
y le digáis que yo me fui sin vella
porque, viendo la prisa del partirme,
alma no tuve para despedirme;
que yo la escribiré. Su casa es esta;
entrad, que por ir solo he de dejaros.
Carlos
Dadme licencia para acompañaros.
Juan
Impórtame el ir solo.
Carlos
Pues no quiero
porfiaros.
Juan
Adiós.
Vase don Juan.
Carlos
Jamás espero
entender tan notables confusiones;
todo es discursos y imaginaciones,
si bien no es menos la memoria mía
ocupándola amor de una porfía
rigurosa y cruel. Bella Violante,
¿cuándo seré tu declarado amante?
Cuando pensé que ya don Juan me daba
ocasión con su ausencia y que esperaba
a declararme, mi fortuna escasa
le tiene ausente dentro de mi casa.
Mas ella me dirá, si a hablarla llego,
lo que tengo de hacer, que amor es ciego.
Salen Violante y Quiteria.
Menos que con un recado
de don Juan, no me atreviera
a haber llegado hasta aquí
antes de pedir licencia.
Violante
Vos la tenéis para entrar,
señor don Carlos, sin ella
en esta casa. Mas ¿dónde
queda don Juan?
Carlos
¿Dónde queda?
¿Preguntáis adónde va?
Violante
¡Ay de mí! ¿Luego ya es cierta
su partida?
Carlos
Aquesta tarde
me mandó que yo viniera
a despedirle de vos,
que fue tan grande la priesa
del partirse que no tuvo
lugar, aunque no es aquesta
la mayor disculpa suya,
pues no veros en su ausencia
fue por no ver atrevido
la gloria de quien se ausenta,
y al despedirse de vos
cerrar los ojos es fuerza,
que no os viera si os dejara
o no os dejara si os viera.
Violante
¿Es posible que tuviese
tan mala correspondencia
don Juan que aun palabras solas
no quiso que le debiera?
Si esto hiciera una mujer
con un hombre, ¿qué dijera
si no que era fácil, vana,
mudable, inconstante y necia?
Pues ¿qué hemos de ser nosotras,
si ellos mismos nos enseñan?
Siempre la ocasión es suya
y siempre la culpa es nuestra.
Perdonadme que hable ansí.
Carlos
Son tan justas vuestras quejas
que ellas propias os disculpan
cuando pensáis que os condenan.
¡Que haya hombre tan descortés
o tan necio que se atreva
a hacer agravio a este amor
ni desprecio a esta belleza!
¡Vive Dios que, si don Juan
no fuera mi amigo, fuera
donde está solo a decirle,
Violante, de la manera
que os había de estimar!
Mas creed que en esta ausencia
quedo yo para serviros,
que en mí la amistad es deuda;
y mirad qué me mandáis.
Violante
Que os dejéis ver, porque tenga
con quién hablar de don Juan.
Carlos
Yo agradezco la licencia
y por serviros la aceto.
(Poderoso amor, ¿qué intentas?
Don Juan, ausente, es mi amigo;
Violante, presente, es bella:
no sé qué han de hacer en mí
la amistad y la belleza).
Vase.
Violante
Quiteria, ¿qué dices desto?
Quiteria
Que me güelgo de que veas
de tu amor el desengaño
y del suyo la experiencia.
No tomaste mis consejos,
que a fe que agora tuvieras
más oro y menos amor,
más joyas y menos quejas.
¿Qué va que estás tan perdida
que te vas de tierra en tierra
como mujer desdichada?
Violante
Aquí ha de ver mi firmeza,
que ha de hacer que yo le espere
libre y suya hasta que vuelva
porque halle el ejemplo en mí
la lealtad y la nobleza.
Vanse. Salen don Juan y Beatriz.
Beatriz
Sal presto, que ya amanece
y no hay nadie que te vea.
Juan
¡Que tan veloz, Beatriz, sea
el tiempo! No me parece
que ha un hora que anocheció
y presumo que, envidioso
de mi gloria, el sol hermoso
más temprano descubrió
entre nubes de oro y grana
los reflejos a quien dora
sus lágrimas el aurora.
Beatriz
¿Requiebras a la mañana?
Vete presto.
Juan
¡Ay, suerte mía!
¿Quién creerá en tanta ventura
que es la noche más escura
para mí el más claro día?
Vase.
Beatriz Ved lo que en el mundo pasa
y qué es honor: por no hablalle
con escándalo en la calle
le entramos dentro de casa.
Cuando miro estas honradas
pienso que en sus fantasías
vuelven las caballerías
de las historias pasadas.
Dama que tus vanidades
te hicieron impertinente,
ama al uso de la gente,
deja singularidades.
Sale Morón y don Diego.
Morón
Aquesto Beatriz me dijo.
Don Diego
¡Que hayas de darme ocasión
con tus razones, Morón!
Varios efetos colijo.
¿No lo pudieras saber?
Morón
Si su amo no viniera,
pienso que me lo dijera,
que Beatriz es muy mujer
y nada me negará,
porque es ley en las mujeres
«contarás cuanto supieres».
Don Diego
A la puerta suya está.
Morón
¿Tan de mañana? Por Dios,
que a decirlo ha madrugado.
Don Diego
Llégate allá sin cuidado
y, pues no nos vio a los dos,
yo te esperaré en la esquina
desta calle.
Morón
Allí te esconde
mientras voy.
Vase don Diego.
Beatriz
Galán, ¿adónde
tan de mañana camina?
Morón
A buscar el arrebol
que en esos ojos perdí,
pues, por solo hallarte a ti,
me levanto con el sol.
¿Qué hay de nuevo?
Beatriz
Todo es viejo
cuanto pasa por acá.
Morón
¿Y tu señora está ya
tomando mejor consejo
o estase honrada y terrible?
Beatriz
¿Tú viénesme a perseguir?
¿Cómo tengo de decir
que el quererle es imposible?
Morón
Callando tú, en conclusión
vengo, Beatriz, a pensar
que yo no soy de fiar
o ella no tiene ocasión,
porque, si ocasión tuviera,
¿qué ocasión pudiera ser
imposible de saber?
Beatriz
Yo, Morón, te lo dijera
si me juraras aquí
tenerme siempre secreto.
Morón
Y yo, Beatriz, lo prometo
a fe de gallego. Di.
Beatriz
Pues has de saber agora
que mi ama quiere bien…
Morón
Quedo, Beatriz, dime ¿a quién?
Beatriz
… y mejor diré que adora
a un caballero, a un don Juan
de Medrano, gentilhombre
de cierto señor, un hombre
tan pobre como galán.
Aqueste agora ha fingido
que a Flandes va a ser soldado,
y es mentira, que ha quedado
en una casa escondido
de un don Carlos de Toledo,
que todo me lo contó
esta noche, porque yo
ser su secretaria puedo.
Este, al fin, de noche pasa;
y, si en la ventana está
un lienzo blanco, que es ya
nuestra seña, se entra en casa;
bajo yo y, por una puerta
que piensa que está clavada
el viejo, le doy entrada,
a tales horas abierta.
Llega al jardín, donde tiene
una reja el aposento
de mi señora, y contento
toda la noche entretiene
con mil finezas. Después
vuelve a salir muy quedito,
y solo deste delito
somos cómplices los tres.
De modo que, si tú das
noticia desto a cualquiera
y se sabe luego…
Morón
Espera,
que no quiero saber más.
De algún músico civil
tu relación me parece,
que le dan mil porque empiece
y, porque acabe, cien mil.
Mas ¿este es el santo honor
que tan caro nos vendía?
¡Cuántas con honor de día
y de noche con amor
habrá! ¡Con puerta cerrada,
pañuelo, Beatriz, zaguán,
jardín, ventana y don Juan
la Chirinos fuera honrada!
Mas la honrada, ¡vive Dios
que ha caído!
Beatriz
Quiero entrar;
no tengan qué sospechar.
Esto para entre los dos.
Vase.
Morón
Fuerte cosa es un secreto;
mucho es no haber reventado
del tiempo que le he callado.
Mi vida está en grande aprieto
si no lo digo. Advertid:
esto que me ha dicho agora,
mátenme si de aquí un hora
no se contare en Madrid.
Sale don Diego.
Don Diego
A que se fuese esperaba,
a tus acciones atento,
por solo hacer a los ojos
adivinos del suceso.
¿Qué tienes? ¿Qué ha sucedido?
¿Qué te dijo? ¿Qué hay de nuevo?
Morón
(Beatriz, ya pruebo a callar,
mas ¡vive Dios que no puedo!).
Señor, gran mal hay.
Don Diego
Pues ¿cómo?
¿Qué ha sucedido? ¿Qué es esto?
Morón
No te lo puedo decir
y por decirlo reviento,
que, aunque el secreto sea santo,
yo no guardo a san Secreto.
Aquí para entre los dos:
aquel pobre caballero
don Juan de Medrano, aquel
que apenas te daba celos,
aquel que dijo que a Flandes
iba, se quedó encubierto
en la corte y en la casa
de don Carlos de Toledo.
Es llamado y escogido.
No puedo decir que un lienzo
puesto en la reja de noche
es señal que está diciendo
que entre en el portal, adonde
le espera Beatriz, y luego
por una pequeña puerta
de un patio que sale a un huerto
entra hasta una reja baja
que allí cae del aposento
de doña María de Ayala,
que parlan hasta el lucero
debe de haber más de un año...
Don Diego
¡No digas más! ¡Calla! ¡Ay, cielos!
¿Alguno creerá que son
tales las penas que siento
que la menor viene a ser
en mi desdicha los celos?
No siento que a don Juan quiera
ni le admita; solo siento
que hiciese soberbiamente
de mí tan loco desprecio.
Si cuerdamente culpara
mi atrevido pensamiento
y con cortés bizarría
castigara mis deseos,
yo callara, yo sufriera;
pero con tantos estremos
de honrosas estimaciones,
de arrogantes devaneos,
de soberbias altiveces,
ni sufrir ni callar puedo.
Morón
Don Antonio es este.
Don Diego
Mira
si sale a misa, que quiero
irla siguiendo a la iglesia.
Morón
Pues ¿qué piensas hacer?
Don Diego
Pienso,
sin darme por entendido,
volverme a mi amor primero
y llegar a hablarla agora
con mayor atrevimiento,
que a mujer de quien se sabe
alguna flaqueza es cierto
que llega a hablarla el galán
sin aquel cortés respeto
que antes tuvo, porque piensa,
teniendo su honor en menos,
que el favor que al otro hizo
se le debe de derecho.
Morón
Aquí volveré a buscarte.
Vase Morón. Sale don Antonio.
Antonio
Bésoos las manos, don Diego.
Don Diego
Yo las vuestras.
Antonio
¿Qué tenéis,
que estáis tan triste y suspenso?
Don Diego
No sé qué tengo.
Antonio
Mal hice
en preguntároslo viendo
esta calle y estas rejas;
¿hay algo, amigo, de nuevo?
Don Diego
Muchas cosas.
Antonio
Pues ¿qué son?
Don Diego
Dejadme, porque no puedo
decirlas.
Antonio
Pues ¿a mí?
Don Diego
A vos
las dijera si el secreto
no viniera encomendado.
Antonio
Muy seguro está en mi pecho,
y el no decírmelo ya
será ofensa y ¡vive el cielo
de no hablaros en mi vida!
Don Diego
Sabréis, don Antonio —y esto
aquí para entre los dos—…
Antonio
Decid, que yo lo prometo.
Don Diego
… que aquel don Juan de Medrano
no fue a Flandes, como dieron
muestras plumas y colores.
Hoy se ha quedado encubierto
en casa de vuestro amigo
don Carlos; la causa desto
ha sido porque ha dos años
que con muy grande silencio
entra embozado en la casa
de doña María... No puedo
pasar de aquí.
Antonio
Yo sabré
si aqueso es verdad muy presto,
que don Carlos viene allí
y él me lo dirá.
Don Diego
Yo espero
a esta parte retirado.
Retírase. Entra Carlos.
Antonio
Don Carlos, buscándoos vengo
para un negocio importante.
Carlos
¿Qué mandáis?
Antonio
¿Sabéis si es cierto
—y esto para entre los dos,
porque me importa el sabello—
si está don Juan de Medrano
en vuestra casa encubierto
y que habrá más de tres años
que con muy grande secreto
entra a hablar todas las noches
en el noturno silencio
a doña María de Ayala?
Don Carlos
(Miren por adónde llego
a saber quién estorbó
su partida). Aunque no tengo
licencia para decirlo,
con vos no se entiende eso
y, aquí para entre los dos,
cuanto habéis pensado es cierto:
que no se fue, que quedó
en mi casa y que encubierto
entra en su casa; esto habrá
más de tres años y medio.
Antonio
Idos con Dios.
Don Carlos
Él os guarde.
Vase. Sale don Diego.
Antonio
Verdad ha sido, don Diego,
cuanto pensáis; ya él sabía
todo su amor.
Sale Morón.
Morón
Esto es hecho;
ya va a misa.
Don Diego
Idos con Dios,
que hablarla en la calle quiero
por solo ver en qué para
su favor y mi desprecio.
Morón
¿En eso te determinas?
Don Diego
Sí; ven conmigo.
Morón
Yo pienso
que ha de nacer deste amor,
señor, un notable cuento.

Segunda Jornada

Salen doña María y Beatriz con mantos y el escudero y don Diego y Morón.
Don Diego
Ya que no por vuestro amante,
mereceré por criado
aqueste lugar.
María
¡Qué enfado!
No he de pasar adelante
si no os volvéis.
Don Diego
Cuando hiere
la llama el viento, se hace
un ave que della nace,
un fénix que en ella muere,
y, sin que su riesgo tema,
mariposa iluminada,
de aquel fuego enamorada,
cercos hace hasta que quema
las alas de tornasol;
ansí anda mi amor ciego
como sombra deste fuego
haciendo cercos al sol;
hasta abrasarme porfía
esta pena, este rigor.
María
Mirad que es necio el amor
que toca en descortesía.
¿Cuándo de aquesta amorosa
locura que estoy mirando
dejaréis el tema?
Don Diego
Cuando
dejéis vos de ser hermosa.
María
Bien pudiera en tal locura
quitaros con escarmiento
mi honor el atrevimiento
que os ha dado mi hermosura.
Morón
(Este honor me ha de matar.
Mas ¡qué cosa tan cansada
es una mujer honrada!).
María
De aquí no habéis de pasar,
pues, cuando el sol mismo fuera
el que mirarme intentara,
sola mi vista eclipsara
su luz y no se atreviera
a mirarme sin desdén…
Morón
(El sol no, pero la luna
sí entre las doce y la una).
María
… cuanto más un hombre a quien
de ningún modo estimara,
aunque más altivo fuera,
no para que me siguiera,
pero para que tocara
solo un chapín de mis pies.
Don Diego
(Mucho mi paciencia temo
oyendo un tan loco estremo).
María
No me hagáis ser descortés,
que pasará de desprecio
el castigo. Beatriz, vamos.
Don Diego
Ya no importa que seamos
vos descortés y yo necio.
Escuchad si no queréis…
María
Ya pasa de necedad
y llega a ser libertad.
Don Diego
Es fuerza que me escuchéis,
que, siendo pleito de amor,
es justo darme un oído
a mí, pues habéis oído
despacio al competidor,
que, si en la justicia mía
bien informada no estáis,
será bien que nos oigáis
a él de noche, a mí de día.
No quiero yo que a este fin
haya lienzo por señal,
Beatriz que baje al portal,
reja que caiga al jardín,
puerta al parecer cerrada,
galán que está ausente y viene.
Morón
(¡Qué linda memoria tiene!
No se le ha olvidado nada.)
Don Diego
Pero quiero, pues se humana
el honor que encarecéis
tanto, que me despreciéis
más honrada y menos vana.
No me ofenden, no, por Dios,
los desprecios de honor llenos,
mas no le echara yo menos
a no encarecerle vos.
No es honra la vanidad,
que no está en encarecella
la virtud, sino en tenella;
y en lo que he dicho culpad
vuestra lengua, la mía no,
si lo dicho se os acuerda,
pues, si vos fuérades cuerda,
no fuera tan necio yo.
De vuestro desprecio fue
la culpa, no de mis celos.
María
(¿Qué es esto que escucho, cielos?)
Morón
(Señor, ¿qué has hecho?)
Don Diego
(No sé.)
Beatriz
(¡Ay de mí! ¿Qué es lo que he oído?)
María
(Ya ¿qué tengo que esperar
si esto he llegado a escuchar?
Tú, Beatriz, tú me has vendido).
Beatriz
(Yo, señora, no hice tal).
María
(¡Qué bien aquesto temía!
¡Mal haya, amén, quien se fía
de criadas!).
Escudero
(¡Pesiatal,
esto va como ha de ir!)
Morón
(¿Qué la has dicho?)
Don Diego
(Despreciado,
celoso y desesperado
ya no la pude sufrir).
Morón
(La pobre Beatriz lo paga.)
María
(Si sola tú lo has sabido,
¿quién decírselo ha podido?)
Morón
(No sé, por Dios, cómo haga
para disculparla aquí).
Don Diego
(Sácame, por Dios, Morón
de tan grande confusión
con alguna industria.)
Morón
(¿A mí
me falta hoy una mentira,
no sobrándome otra cosa
todo el año?)
Beatriz
(Rigurosa
estás).
María
(Por ti, infame).
Beatriz
(Mira...)
Morón
(¡Vive Dios que, por agora
que no hay otra, ha de servir!)
Yo lo tengo de decir
aunque me mates. Señora,
no tiene Beatriz la culpa
desta celosa pendencia,
porque en Dios y en mi conciencia
su ignorancia la disculpa.
Sabe, pues, que mi señor,
este que presente ves,
un grande astrólogo es,
puedo decir el mejor
que se conoce en España.
Don Diego
Él dirá mil disparates.
¡Ah, Morón!
Morón
Aunque me mates.
Desta ciencia tan estraña
tuvo en Italia maestro
el tiempo que en ella estuvo,
que en estas cosas no hubo
otro más sutil y diestro.
Tenía un familiar amigo
que todo se lo contaba,
porque con el diablo hablaba
como pudiera contigo.
Don Diego
Mira, Morón, lo que dices.
Morón
Siempre la verdad te enfada,
mas no ha de quedar culpada
la Beatriz de las Beatrices.
Aqueste al fin le enseñó
los planetas y los signos.
Don Diego
Él dirá mil desatinos.
Morón
Y a mí anoche me mostró
un hombre y me dijo: «agora
va a hablar con doña María
este, que mi astrología
lo más oculto no ignora»,
y yo en un espejo vi
un jardín adonde estaba,
y allí una mujer que hablaba
con él, aunque no la oí
lo que dijo; esto es verdad.
Don Diego
Pues, ya que estoy descubierto,
para que sepáis lo cierto
de aquesta ciencia, escuchad:
en la corte de Filipo,
villa insigne de Madrid,
gran metrópoli de España,
de nobles padres nací,
a quien dio Naturaleza
tan liberal y feliz
la hacienda como la sangre,
indignas de hallarse en mí.
Crecí inclinado a las armas
y letras sin preferir
nunca el valor al ingenio,
que uno altivo, otro sutil,
con la espada y con la pluma
compitieron entre sí,
midiéndose siempre iguales
al vencer y al escribir.
Apenas, pues, sobre el labio
tuve el primero perfil,
cuando en el armada vuelta
al Mediterráneo di.
Si hice algo, lo que hice
puede la fama decir,
porque en la más noble lengua
la propia alabanza es vil.
Llegué a Nápoles, adonde
por ventura conocí
a Porta, de quien la fama
me dijo alabanzas mil;
este a quien no reservó
dudoso suceso el fin
porque su ciencia tenía
presente lo por venir,
a quien planetas y signos
en sus astrolabios vi
tan obedientes que nunca
lo pudieron encubrir
el más inconstante efeto
—¿qué mucho, si desde allí
tasaba de cuántas luces
consta el celestial zafir?—.
De aquesto tomó ocasión
el vulgo para decir
que tenía familiar
secreto, mas no es ansí,
que el vulgo ninguna acción
admira sin añadir,
que la verdad más desnuda
viste de ajeno matiz.
Aquí le conocí —¡nunca
le conociera!— y aquí,
o fue fuerza de mi estrella
para mi muerte infeliz,
o fue mi desdicha solo,
tan inclinado me vi
a su ciencia como él
a mi inclinación, y así
fuimos los dos tan amigos
que no acertaba a vivir
uno sin otro. Duró
dos años que estuve allí
aquesta amistad, y en estos
con estudiar y asistir
llegué no sé si a saber
—estoy por decir que sí—
la astrología tan bien
que pudiera competir
con él mismo, a quien mil veces
envidia y espanto di.
En este tiempo envidiosos
que quisieron deslucir
su opinión le denunciaron
diciendo dél y de mí
esto de los familiares;
y, aunque salimos en fin
libres de aquella prisión,
no lo podimos salir
de la sospecha común,
pues, por quitar desde allí
el escándalo, mandaron
no pudiésemos decir
nada que nos preguntasen.
Yo, que entonces advertí
el poco fruto y la mucha
sospecha que conseguir
pude, por no verme en otra
ocasión siempre encubrí
lo que sabía; por esto
nunca has oído decir
que era astrólogo hasta agora
que, despreciado de ti
como pudo el más humilde
hombre, el más bajo, el más vil,
de tus desprecios la causa
y de mi desdicha el fin,
por no preguntarla a otro,
la quise saber de mí,
y anoche con ese loco
que se atrevió a descubrir
tan gran secreto —¡mal haya
quien se fía de hombre ruin!—
hallé el paño, hallé la reja,
hallé la puerta, el jardín
hallé… Pero ya no puedo,
no puedo pasar de aquí.
Si llego a hablarte celoso,
¿cómo pude resistir
tus desprecios y mis celos?
Perdona si me atreví
a tu honor, a tu respeto,
que mal se pueden sufrir
desdenes de enamorado,
y, pues que fío de ti
este secreto, aunque seas
mujer, sabe desmentir
la opinión que las acusa
de fáciles, pues aquí,
por verme ya descubierto
y disculpada a Beatriz,
ha sido fuerza contarte
cómo lo supe y lo vi.
Morón
Esta es la verdad.
Beatriz
Señora,
¿jamás oíste decir
que era astrólogo don Diego
otras veces? Pues yo sí.
María
¡Ay de mí! ¿Qué puedo hacer?
Beatriz
Quéjate agora de mí
y di que yo te he vendido.
Escudero
No he visto, por san Crispín,
hombre más sabio en mi vida.
Don Diego
(¿Qué te parece?)
Morón
(Que así
lo has fingido que yo mismo
casi, casi lo creí.)
María
Señor don Diego, no quiero
tener de vos qué temer
si al respeto considero
que a una principal mujer
debe un noble caballero.
Y quien tan bien conoció
la fuerza de las estrellas
bien verá en sus luces bellas
que no puedo torcer yo
lo que dispusieron ellas.
Solo un consuelo me dais,
que es ser tan noble y discreto,
pues con esto aseguráis
mi honor y vuestro secreto,
y mirad qué me mandáis.
Don Diego
Quien no puede suplicar
¿cómo ha de poder mandar?
El cielo os guarde.
María
Y a vos
dé vida.
Morón
¡Cuerpo de Dios!
¡Aqueste es modo de hablar!
Beatriz
Si él no te dijera aquí
la verdad tan claramente…
María
Nunca de ti lo creí.
Beatriz
Estaba al fin inocente;
volvió la verdad por mí.
Sale Leonardo, viejo.
Leonardo
(Hablando en la calle está
con un hombre; ¿quién será,
que en la calle la detiene?)
María
(Mi padre, don Diego, viene.)
Don Diego
(Ireme.)
María
(No importa ya,
pues nos ha visto.)
Leonardo
(Yo llego
dudoso.) ¿Qué haces aquí?
María
Nunca la verdad te niego.
Para que te rías de mí,
hablaba al señor don Diego,
que un recado me traía
de mi prima, porque, estando
en su casa el otro día
de varias cosas tratando,
me dijo que conocía
un gran astrólogo a quien
preguntó su nacimiento,
y, aunque creerlos no es bien,
quise de mi casamiento
ver el efeto también,
que el señor don Diego es
el astrólogo mejor
que se conoce.
Don Diego
Tus pies
beso por tanto favor,
que no es justo que me des
tal nombre.
Leonardo
Muchos ha habido
que en estudio tan dudoso
aqueste nombre han tenido,
mas es tan dificultoso
que pocos le han merecido;
ninguno al fin ha llegado
de estudios tan peligrosos.
Vos tenedme por criado,
que a los hombres ingeniosos
les soy muy aficionado.
También yo en mi mocedad,
si he de deciros verdad,
alguna cosa estudié
y con deseos pequé
en esta curiosidad.
Don Ginés de Rocamora
me enseñó tiempos atrás.
Morón
(¡Por Dios, que el viejo no ignora!,
y no nos faltaba más
que te examinase agora.)
Don Diego
(Si él me pregunta, atropella
mi intención, porque no sé
nombre de signo ni estrella
y mil locuras diré.)
Leonardo
Esta es mi casa, y en ella
os suplico me veáis.
Don Diego
Mirad vos qué me mandáis,
que yo os he de obedecer.
Leonardo
Suplícoos que os dejéis ver,
que quiero que me digáis
algo de la suerte mía
y que tratemos los dos
un poco de astrología.
Don Diego
Yo vendré a veros. A Dios.
Leonardo
Él os guarde.Ven, María.
Vanse.
Don Diego
Fuéronse. Dame tus brazos,
que tú en aquesta ocasión
me has rescatado, Morón,
de aquel Argel.
Morón
Los abrazos
estimo, pero quisiera,
agradeciendo el favor,
que me endonaras, señor,
algo que abrazo no fuera.
Don Diego
Toma esta sortija, tal
que hace de la luz desdén,
porque fingiste tan bien.
Morón
No lo ayudaste tú mal,
que de suerte lo pintaste
todo que, si no estuviera
advertido, lo creyera.
¿Adónde a Porta te hallaste,
y con tanta brevedad
que aun imaginallo admira?
Don Diego
Morón, la buena mentira
está en parecer verdad.
Morón
¿Y no en haber encontrado
a quien tan presto la crea?
Don Diego
No hay cosa como que sea
también el viejo engañado:
¡por astrólogo me tiene!
Morón
Sí, mas, si el viejo supiera
algo, buena burla fuera.
Aquí don Antonio viene.
Sale don Antonio.
Don Diego
Antes que me preguntéis
qué ha habido, lo he de contar,
que sé que os habéis de holgar
del suceso que sabréis.
Hablando a doña María,
soberbia me respondió
como siempre; pero yo,
con la celosa porfía,
que hizo en mí tan bajo efeto,
no pudiéndolo sufrir,
me determiné a decir
de su amor todo el secreto;
y, porque ella no supiese
quién me lo ha contado a mí,
le dije a Morón que allí
una mentira fingiese;
él dijo que yo sabía,
siendo en esto sin segundo,
cuanto pasaba en el mundo
y que por la astrología
pude llegar a saber
el secreto que la admira.
Buena o mala la mentira,
ella la llegó a creer,
porque yo le di color
notable a su fingimiento.
Antonio
¡Por Dios, estremado cuento!
Don Diego
Pues me falta lo mejor:
llegó luego el padre, a quien
por disculparse contó
cómo era astrólogo yo.
Antonio
¿Creyolo el viejo?
Don Diego
También.
Él queda más engañado,
pues me dijo que le viera
muy despacio porque era
a hombres de ingenio inclinado.
Lo que falta agora es
que en toda conversación
se dilate esta opinión,
porque, si acaso después
de alguna persona sabe
que he merecido alcanzar
este nombre, será echar
a la mentira otra llave.
Publicaldo vos y ansí,
sin temer el desengaño,
tendrá más fuerza el engaño.
Antonio
Eso dejádmelo a mí
y a Morón, que ¡vive Dios
que, para hacerlo creer
al mundo, no es menester
sino contarlo los dos!
Morón
Sí, que en barrios divididos
como los demandaderos
seremos dos pregoneros,
y yo iré dando alaridos
como un médico que iba
diciendo por el lugar
«¿hay enfermos que curar?».
Ansí pues, con voz altiva
diré «¿no hay algo perdido?,
que, para hacer parecer
cuanto se puede perder,
un astrólogo ha venido».
Don Diego
Sí, mas luego ¿qué he de hacer
si todos estos se juntan
y mil cosas me preguntan?
Morón
Lo que todos: responder
una vez sí y otras no;
sea de gusto o de pena
Dios se la depare buena,
pues ¿qué astrólogo acertó
cosa ninguna?
Don Diego
Advertid
que os espero.
Antonio
Yo seré
vuestra fama.
Morón
Y yo daré
cuenta de medio Madrid.
Vanse. Sale don Carlos con un pliego de cartas.
Carlos
¿Habrá en el mundo nacido
quien quiera como yo quiero,
que soy galán y tercero,
ni amado ni aborrecido?
Entre don Juan y Violante,
si varios discursos sigo,
por ser amante y amigo
ni soy amigo ni amante.
Estas cartas que él escribe
desde casa he de fingir
que acabo de recebir
de Zaragoza. Si él vive
en su pecho yo veré
si al leellas en despojos
el alma sale a los ojos,
y más cuerdo callaré
mi amor; pero, si al tomar
las cartas se tarda en vellas,
miraré su olvido en ellas
y me podré declarar.
Ayude Amor mi osadía,
ya que tan confuso estoy.
Sale don Antonio.
Antonio
(¿No es don Carlos? Sí. Aquí doy
principio a la industria mía).
¡Jesús, Jesús! ¡Si creyera
que un hombre pudiera haber
que tal llegara a saber!
Carlos
Tente, don Antonio, espera.
¿Qué tienes?
Antonio
No sé, por Dios.
Vengo absorto y admirado
de ver…
Carlos
Di, ¿qué te ha pasado?
Antonio
¿Estamos solos los dos?
Carlos
Sí.
Antonio
Pues habéis de saber
que en don Diego, aquel mi amigo,
el que suele andar conmigo,
acabo agora de ver
el prodigio más estraño
que se puede —no hay qué hablar—
en el mundo imaginar.
Carlos
Ya deseo el desengaño.
Antonio
Este hombre que aquí ves
tan humilde, tan modesto,
tan reportado y compuesto,
el hombre más docto es
que tiene la astrología.
En este punto lo vi
—aunque él tiene para mí
gran ramo de hechicería—:
conmigo se declaró
esta tarde y me ha contado
cosas que a mí me han pasado
conmigo y que Dios y yo
las sabemos solamente;
no sé cómo pudo ser
que él lo llegase a saber.
En dos rasgos de repente
hizo la figura allí
teniéndome a mí delante.
¿Cómo? En menos de un instante.
Carlos
¿Don Diego de Luna?
Antonio
Sí.
Carlos
En mi vida no le he hablado
si no es una vez o dos,
y en estas solas, por Dios,
no sé bien qué aire me ha dado
que, aunque no de astrología
—que esto era mucho saber—,
en él he echado de ver
que era hombre que sabía;
pero que es tan eminente…
Antonio
Un día te he de llevar,
que dice me ha de enseñar
una mujer que está ausente;
y esto es lo menos que él hace,
porque, si verdad te trato,
he visto hablar un retrato,
que de aquesto, Carlos, nace
tanta confusión.
Carlos
¿Qué escucho?
¿Aqueso es cierto?
Antonio
Y tan cierto
que fuera lo mismo un muerto.
Carlos
Holgareme en verlo mucho.
Antonio
Tú le hablarás y verás
que es verdad lo que te digo.
Carlos
Don Antonio, hazme su amigo.
Antonio
Sí, y en él conocerás
un muy cortés caballero.
Pero callar te conviene
por el peligro que tiene
aquesto de lo hechicero.
Carlos
De todo quedo advertido,
porque en más tu amistad precio.
Antonio
Pues adiós. (Este es el necio
primero que me ha creído.)
Vase Antonio.
Carlos
¡Qué cosas Madrid encierra!
¡Que los mismos que tratamos
aquí no nos conozcamos!
¡Cuánto la inocencia yerra!
Quien se le ve tan compuesto
a él con su capa y espada
dirá que no sabe nada,
y es un rayo después desto.
Salen Quiteria y Violante.
Quiteria
Digo que don Carlos es,
señora, el que en casa entró.
Carlos
Dame tus manos, si yo
merezco tanto interés
por porte desta que agora
en un pliego que he tenido
para ti la he recebido.
Violante
¿Es de don Juan?
Carlos
Sí, señora.
Violante
¿De dónde escribe don Juan?
Carlos
De Zaragoza.
Violante
¡Ay de mí!
¿Que ya está tan lejos?
Carlos
Sí.
Tus dos soles lo verán
mejor. (No se holgó al tomar
la carta ni con deseo
rompió la nema; yo creo
que me puedo declarar.)
Lee Violante.
Violante
«No me despedí, bien mío,
de tus ojos porque al vellos
el alma que vive en ellos
no usase de mi albedrío,
que, viendo que era tan fuerte
ocasión, por resistirme
no quise verte al partirme
por enseñarme a no verte,
ni yo quisiera acordarme
de ti».
Carlos
(Lágrimas ofrece
al papel; ya me parece
que me voy sin declararme).
Lee otra vez.
Violante
«Que te llore ausente es bien
y presente no te goce,
porque nunca se conoce,
hasta que se pierde, el bien».
No leo más, porque pasar
no puedo de aquí.
Rásgale.
Carlos
(Leyendo
rasgó el papel; yo voy viendo
que me puedo declarar.)
Si acabando de leer
tantas perlas derramáis,
dichosamente mostráis
que hay lágrimas de placer.
¿Qué causa turbó la gloria
que en tan abrasado empleo
partida en dos soles veo?
Violante
Una pasada memoria
pudo, Carlos, obligarme.
Carlos
(La memoria la entristece;
segunda vez me parece
que me voy sin declararme.
Yo como el necio habré sido
que, pensando lisonjear,
suele decir un pesar,
y yo un pesar he traído
cuando pensé que traía
una lisonja). ¿Tan vivo
está tu amor?
Violante
No recibo,
Carlos, mayor alegría
que cuando su ausencia siento.
Por ver a don Juan no hubiera
cosa que yo no emprendiera.
Carlos
No es dificultoso intento.
Violante
¿Cómo?
Carlos
Algún hombre pudiera
enseñarte a don Juan hoy
de la suerte que yo estoy.
Violante
¡Oh, cuánto lo agradeciera!
Carlos
(Mal camino mis desvelos
han tomado de obligar,
que no la tengo de dar
gusto que me pague en celos.
Desde el principio lo erré.)
Violante
¿Es verdad lo que me dice,
Carlos, tu voz?
Carlos
(¡Qué mal hice!
Pero yo lo enmendaré:
válgame la ciencia aquí
del otro que me contó
don Antonio). Sí, pues yo
hoy a un hombre conocí
que en tu casa te hará ver,
aunque don Juan está ausente,
al mismo don Juan presente.
Violante
¿Eso cómo puede ser?
Carlos
Porque es de ciencia un abismo:
yo sé que le enseñará
de la suerte que allá está.
Violante
¿Al mismo don Juan?
Carlos
Al mismo
no es posible que lo sea,
que el que desta suerte ves
cuerpo fantástico es
que se retrata en la idea;
mas verasle de la suerte
que está, si le quieres ver.
Violante
Del modo que pueda ser,
don Juan, me holgaré de verte.
¿Y quién ese hombre es?
Carlos
(Ya con la verdad espero
engañarla). Un caballero
que no hace por interés
aquesto, sino por gusto.
(Lindamente lo he enmendado).
Vive en la calle del Prado.
Mas es pensamiento injusto
el verle ansí, porque asombra,
aunque tan fácil parece,
pensar que después te ofrece
una fantasma, una sombra.
Violante
Ánimo tendré si llego
a examinar en su ausencia
tan peligrosa esperiencia.
¿Cómo se llama?
Carlos
Don Diego
de Luna.
Violante
¡Eso puede ser!
Carlos
Con Dios os podréis quedar,
que yo os quiero dar lugar
para que acabéis de leer.
Vase.
Violante
Dame sin tardanza alguna
el manto.
Quiteria
Pues ¿qué has de hacer
con él?
Violante
Yo tengo de ver
hoy a don Diego de Luna.
Quiteria
¿Sin conocerle?
Violante
¡Qué importa!,
que, si caballero es,
por fuerza será cortés.
De pensamientos acorta.
Quiteria
Tus desengaños verán
que todo es mentiras, juego.
Violante
¡Bueno es eso! Si don Diego
quiere, yo veré a don Juan.
Vanse. Sale don Antonio y don Diego.
Antonio
Astrólogo excelente
sois divulgado ya de gente en gente;
en Madrid no he topado
hombre ninguno a quien no haya contado
mil cosas: sea justo o no sea justo,
¡por Dios, don Diego, que el mentir es gusto!
Al punto que de vos me aparté, luego
fui a la casa de juego;
díjelo a dos mirones,
que es lo mismo llamaros a pregones.
Salí de allí y entreme en los corrales
de las comedias, donde
la más oculta cosa no se esconde.
Pasé adelante a aquellas cuatro esquinas
de la calle del Lobo y la del Prado,
a quien por nombre ha dado
una discreta dama Mentidero
de varones ilustres; lo primero
fui a hablar de vos y había
allí quien por astrólogo os tenía,
y, como si no fuera
yo quien mejor que todos lo supiera
—a quién esto no admira—,
por verdad me contaron mi mentira;
mas lo mejor de todo no fue esto,
sino que entré en los trucos, donde estaba
un hombre que contaba
cosas que os había visto
hacer —no sé por Dios cómo resisto
la risa—. No pudiendo
sufrirlo, empecé a hablar contradiciendo,
de tantos disparates enfadado;
levantose enojado
diciéndome: «Vuested no le conoce;
yo sí, muy bien, y sé lo que aquí digo
de buen original, porque es mi amigo»;
tanto una novedad Madrid esfuerza
que mi mentira la creí por fuerza.
Don Diego
Bien lo habéis ponderado.
Sale Morón.
Morón
Una señora
de angosto talle y de cadera ancha,
con más cañas que carro de la Mancha,
a quien el manto solo deja fuera
un ojo que le sirve de lumbrera,
dice que hablarte quiere.
Don Diego
¿Mujer? ¿Quién puede ser?
Antonio
Sea quien fuere,
di que entre.
Morón
Ya está dentro de la sala.
Don Diego
Por Dios, que la fachada no es muy mala.
Van entrando Violante y Quiteria.
Violante
¿Quién es de ustedes el señor don Diego?
Don Diego
Yo soy, señora, que a ofrecer me llego
a esos pies, si merecen obligaros
tan súbditos deseos.
Violante
Solo quisiera hablaros.
Antonio
Pues yo despejaré. (Desde aquí quiero
saber qué encanto es este.)
Desvíase. Vase Morón.
Don Diego
Lo primero
sentaros ha de ser y descubriros.
Violante
Por cansada me siento y por serviros
me descubro.
Don Diego
No es bien que cielo tanto
tenga oculto la noche dese manto;
aunque en luces tan bellas
ante el sol se eclipsaron las estrellas,
no sé cuál de las mías levantarme
pudo a tanto favor.
Violante
Con escucharme
sabréis mi pensamiento.
Don Diego
Ya os escucho; decid.
Violante
Estadme atento.
Amorosos estremos
no será bien que causen
vanas admiracion
a hombre que tanto sabe;
mayormente quien pudo
con ingenio tan grande
merecer que la fama
en dulce voz lo alabe.
Ansí pues, confiada
que puedo declararme
como mujer a un noble
y a un cuerdo como amante,
me atreveré a deciros
la causa de mis males
—con lágrimas y quejas
rompiendo el pecho salen—.
Yo quise bien —yo quiero
diré mejor, que tarde
olvida quien bien quiere,
ni es posible que pasen
por el amor los días,
los años, las edades,
que, como amor es glorias,
sus siglos son instantes—
yo quiero a un caballero;
no os alabo sus partes,
que no importa deciros
más de que supe amarle.
Al fin de muchos días
me dejó y se fue a Flandes,
que son de un firme amor
los desengaños tales.
Aquesta carta suya
he tenido esta tarde,
mensajero y testigo
de su ausencia bastante
a defender la vida
que quisieron quitarme
pasados gustos, siendo
ya presentes pesares.
Nació desto un deseo
de verle; no os espante,
pues sois cuerdo y discreto,
los estremos que hace
una mujer que quiere,
que en las antigüedades
me previenen disculpas
hechos más admirables.
Supe que sois tan sabio
que con ingenio y arte
esta dificultad
es para vos muy fácil.
Ansí pues, si os obligan
los estremos que esparcen
lágrimas por la tierra,
suspiros por el aire,
por triste, por rendida,
por mujer, por amante
merezca ver, señor,
a don
Juan esta tarde.
Don Diego
(¡Quién en el
mundo ha visto
suceso semejante!)
No sé qué hacer, señora;
no es razón que os engañe
quien serviros desea,
y aqueso no es tan fácil
como a
vos os parece
ni astrólogos lo hacen,
porque representar
a la vista la imagen
de un hombre que está ausente
es magia y castigarle
podrán a quien lo hiciere,
si alguno hay que lo alcance
porque esa es una ciencia
que
ya no sabe nadie
Violante
No llegara
yo a hablaros,
señor, sin informarme
de que sabéis hacer
cosas más admirables.
Si teméis el secreto, muy bien sabré guardarle,
aunque mujer.
Don Diego
Señora,
por Dios, que el escusarme
no es sino no saberle
Violante
Otras dificultades
mayores habréis hecho
que
yo he estado esta tarde
con hombre que os ha visto
hacer prodigios grandes.
Don Diego
(¡Qué bravamente aprieta!
Ansí habré de librarme,
porque aquí yo no pierda
la opinión y ella calle.)
Pues, señora, la causa
de no determinarme
ha sido por estar
esa persona en Flandes,
y, si hay mar de por medio,
no es posible alcanzarle
los conjuros, porque ellos
no penetran los mares;
si por acá estuviera,
aun pudiera enseñarle,
pero en Flandes no puedo.
Con esto, perdonadme.
Violante
Si advertís las razones
que tengo dichas antes,
fueron que a Flandes iba,
mas no que estaba en Flandes;
él está en Zaragoza:
no hay cómo disculparse
agora.
Don Diego
(¡Vive Dios
que es apretado el lance!)
Violante
Si saber para esto
el nombre es importante,
es don Juan de Medrano.
Don Diego
(Aun por aquí enmendarse
mi confusión pudiera.)
No paséis adelante,
que muy bien lo sé todo.
(Ansí he de asegurarme.)
Si es el que yo imagino,
no ha dos meses cabales
que está ausente.
Violante
Es verdad.
Don Diego
Como juréis guardarme
el secreto, me atrevo
esta noche a llevarle
a vuestra casa.
Violante
Y yo
os juro de guardarle,
siendo mi obligación
de mi silencio llave.
Don Diego
Morón.
Sale Morón.
Morón
Señor. (¿Qué es esto?)
Don Diego
(Un lindo cuento.) Trayme
tinta y papel.
Vase Morón.
¿Tendréis
ánimo para hablarle?
Violante
Ánimo tengo.
Vuelve a salir Morón.
Morón
Aquí
está el recado.
Don Diego
Dame
esa carta y vete.
Agora es importante
que escribáis.
Escribe Violante.
Violante
Notad vos.
Don Diego
«Don Juan, ya sé»…
Violante
Adelante.
Don Diego
… «adónde estáis.Venid
aquesta noche a hablarme
o iré donde estáis vos
a descubrir maldades».
Violante
Ya está puesto.
Don Diego
Firmad
vuestro nombre.
Violante
«Violante».
Firma.
Don Diego
Con esto podéis iros;
y esta noche esperalde,
que yo sé que irá a veros.
Violante
Don Diego, el cielo os guarde.
¡Que hoy, don Juan, he de verte!
¿Hay dicha semejante?
Vanse. Sale don Antonio.
Don Diego
¿Habeisla escuchado?
Antonio
Sí.
Don Diego
¿Y habéis visto otro suceso
más gracioso?
Antonio
Yo os confieso
que ya perdido me vi
de risa cuando os cogió
en lo del mar.
Don Diego
¡Qué segura
vino de mí!
Morón
La ventura
toda estuvo en que nombró
a don Juan.Y ¿qué has de hacer?
Don Diego
Por la reja de la calle
este papel has de echalle,
porque, si él le llega a ver,
viendo público el secreto,
por fuerza a su casa irá
aquesta noche y tendrá
nuestra burla lindo efeto.
Morón
¿Piensas que comedia es,
que en ella de cualquier modo
que se piense sale todo?
¿Si le lee y no va después?
Don Diego
Mil disculpas habrá. En tanto
mudarnos los dos podemos
para que a la vista estemos
de lo que para el encanto.
Vanse. Salen don Carlos y don Juan.
Carlos
Dile la carta; mostró
al tomarla un sentimiento
de tristeza y de contento,
de adonde conozco yo
que os quiere bien y pagáis
mal una fe tan segura
en tan perfeta hermosura.
Juan
Vos, don Carlos, no miráis
que las perfecciones bellas
en la hermosura mayor
no dan lugar al amor
si le niegan las estrellas.
En vano Violante espera
premio a fineza tan rara.
Carlos
Según eso no os pesara
que un amigo la quisiera.
Juan
No sé qué hiciera en rigor
ni si me diera desvelos,
que suelen soplar los celos
las cenizas de un amor.
Carlos
¿No os causa melancolía
la soledad que pasáis?
Juan
La soledad que miráis
es mi mejor compañía.
Carlos
¿Que al fin nadie ha de saber
la causa que preso os tiene?
Juan
El callarla me conviene.
Creed, si pudiera ser,
rompiendo tan gran secreto,
saberlo en el mundo dos,
el uno fuérades vos;
mas como amigo os prometo
que no lo puedo contar.
Carlos
(La confianza es graciosa
cuando no anda otra cosa
tan pública en el lugar.)
Por daros la compañía
que estimáis quiero dejaros
solo.
Juan
¿Con qué he de pagaros
tanto amor?
Vase don Carlos.
Ven, noche fría;
estiende el velo que dio
en triste, funesto empeño
negros sepulcros al sueño.
¡Muera el sol y viva yo!
Échanle un papel.
Mas ¿qué es esto? ¿No es papel
el que está en el suelo? Sí.
¿Quién pudo traerle aquí?
Veré lo que dice en él.
Lee.
«Don Juan, ya sé dónde estáis.
Venid esta noche a verme».
¿Vela el pensamiento o duerme?
Ojos, ¿qué es lo que miráis?
«Violante» la firma dice;
sin duda Carlos contó
que estaba en su casa yo.
¿Hay suerte más infelice?
Que Carlos me ha descubierto,
sí; bien claro me ha mostrado
que está muy enamorado
de Violante, esto es lo cierto,
y aun él me trujo el papel.
¿Qué pena a mi pena iguala?
Porque dentro desta sala
nadie ha entrado si no es él.
¿Qué puedo hacer? Si no voy
a vella, más atrevida,
de mi silencio ofendida,
publicará dónde estoy.
Pues, si ya se ha de saber
que estoy encubierto aquí,
mejor lo sabrá de mí,
que de modo sabré hacer
que quede más engañada
con lo que la he de contar,
que es muy fácil de engañar
la mujer enamorada.
Vase. Sale Violante y Quiteria con luz en una bujía.
Quiteria
¿Es posible que has creído
que haya de venir a casa
en esta noche don Juan
y no creas que te engaña
tu deseo? ¿Cómo puede
venir quien de leguas tantas
hoy te ha escrito?
Violante
Necia estás.
¿Quieres tú con tu ignorancia
poner límite a las ciencias
que tanto poder alcanzan?
Como no haya mar en medio,
eso es cosa averiguada
que vendrá, mas no don Juan,
sino sombra que retrata
al mismo de la manera
que allá estuviere.
Quiteria
¿Y qué sacas
de verle así?
Violante
Solo verle;
y no me preguntes nada
si no sabes qué es amor,
que ya sé que hay muchas damas
que se entretienen en ver
en qué los ausentes pasan.
Quiteria
Y, cuando fuera posible
el verle, ¿no te causara
miedo pensar que era sombra?
Violante
Ningún temor me acobarda;
ánimo tengo.
Quiteria
Yo no.
Violante
Mira que a la puerta llaman.
Toma esa luz y abre presto.
Quiteria
La color tienes turbada.
¿Has creído que es don Juan?
Violante
No lo creo, pero acaba.
Quiteria
Yo voy a abrir.
Vase.
Violante
¡Qué no intenta,
celosa y desesperada,
una mujer! ¡Qué de cosas
sabe prevenir quien ama!
No hay al amor imposibles:
todo lo vence y lo allana,
como es dios.
Sale Quiteria.
Quiteria
¡Jesús mil veces!
Señora, verdad es clara
el encanto; muerta vengo.
Don Juan era el que llamaba
a nuestra puerta.
Violante
¿Qué dices?
Quiteria
Que está dentro de la sala.
Violante
Hasta agora más valiente
y más animosa estaba,
mas ya, en saber que es don Juan,
estoy medrosa y turbada.
Sale don Juan.
Juan
Violante, dame los brazos.
Violante
¡Espera, don Juan, aguarda!
¡Detente, don Juan, espera!
Juan
Después de ausencia tan larga
¿desta suerte me recibes
y desta suerte me pagas
venir a verte no más?
Quiteria
(Bien claro nos desengaña
que viene no más de a verte).
Juan
¿Qué dices?
Violante
(Estoy turbada;
el cuerpo me cubre un yelo
y el corazón se desmaya.)
Don Juan, ya veo que vienes
a verme de donde estabas.
Vuélvete presto, que a mí
haberte visto me basta.
Juan
Si por mi fingida ausencia
estás,Violante, enojada,
escúchame las disculpas.
Violante
Yo pienso que tienes hartas.
¡Vete y déjame!
Juan
Si estoy
en Madrid por ciertas causas…
Violante
Ya sé las causas que son.
Juan
Si en este papel me llamas…
Quiteria
(¿Quién se le llevó tan presto?
Aquí algún demonio anda.)
Violante
Yo te llamé por pensar
poderte hablar, mas es tanta
mi turbación que no puedo.
Bien verás que no fue falsa
mi voluntad, pues que hizo
diligencias tan estrañas.
Juan
Ya sé que tus diligencias
han sabido cuanto pasa;
por eso vengo yo a verte.
Quiteria
(¡Qué bien dice que la causa
del haber venido fue
tu diligencia!)
Violante
¡Fantasma,
vuélvete y déjanos ya!
Juan
¡Qué bien finges que me engañas!
Dame los brazos.
Violante
¿Los brazos?
¡Ay de mí!
Juan
Detente, aguarda.
Violante
Cerrada en este aposento
Vase adentro.
estaré hasta que te vayas.
Juan
Cerró la puerta; no quiso
satisfación porque, airada
de ver que estaba en Madrid,
ninguna repuesta aguarda.
Quiteria.
Quiteria
Señor, detente.
Juan
Dime, ¿qué ha sido la causa…
Quiteria
(Mas ¿que he de pagarlo yo?)
Juan
… de su enojo?
Quiteria
No sé nada.
¡Vuélvete y déjanos ya,
Huyendo temblando.
sombra, ilusión o fantasma!
Juan
¿Hay suceso más notable?
¿Hay confusión más estraña?
¿Quién vio tantas turbaciones,
penas y desdichas tantas?
Carlos la culpa ha tenido;
Carlos ha sido la causa.
¿A quién he de responder
si a un mismo tiempo me llama
con mil quejas un amigo,
con mil celos una dama?

Tercera Jornada

Salen doña María, Beatriz y don Juan.
Juan
Pues ¿no me darás los brazos
siquiera por bien venido?
María
Sí, don Juan, puesto que han sido
del alma y la vida lazos.
Juan
Dichosa la ausencia fue
si por fin de su rigor
merezco tanto favor.
María
Más mereces tú.
Juan
No sé
cómo me atreva a pedir,
usando desta licencia,
otro que supla esta ausencia.
María
¿Cómo, don Juan? Con decir
lo que te agrada.
Juan
Señora,
dame esa cinta pendiente
de tu cuello, porque afrente
al iris que el cielo dora.
María
(La joya darle imagino.)
Dale una joya.
Juan
La cinta pido no más.
María
Tómala así, que vendrás
empeñado del camino,
pues de tu vuelta fingida
el día llegó feliz
que yo esperaba.
Juan
Beatriz,
¿no me das la bienvenida?
Beatriz
¿Es hora, señor, de verte?
Juan
Bien, Beatriz, has preguntado.
¿No me has visto y me has hablado
todas las noches?
María
Advierte
bien lo que has de fingir
y de lo que nos conviene,
porque ya mi padre viene.
Juan
Yo sé lo que he de decir.
Sale Leonardo.
Dame mil veces tus pies.
Leonardo
Los brazos será mejor.
(No le conozco.)
Juan
Señor,
estos quiero que me des
por la obligación que tengo
a esta casa; y, porque más
no estés dudoso, sabrás
que de Zaragoza vengo,
donde muchos días fui
huésped, señor, de tu hermano,
de cuya liberal mano
mil mercedes recebí.
Unas cartas que traía
para abono desto yo,
entre otras cosas me hurtó
un criado que tenía;
y ya, señor, que la culpa
de aquella falta no tengo,
si a dar las cartas no vengo,
vengo a daros la disculpa.
Leonardo
Siento en estremo no vellas,
y no por lo que os abona,
que basta vuestra persona
para más crédito.
Juan
En ellas
lo que don Pedro os decía
es que me ayudéis, señor,
aquí con vuestro favor
en una pretensión mía,
causa de pleitos muy grandes
que hoy a la corte me han vuelto
cuando ya estaba resuelto
de pasar sirviendo a Flandes.
Leonardo
Esta es mi casa y en ella
no os falta la de mi hermano.
Juan
El estilo cortesano
estimo.Vos, dama bella,
mirad si algo me mandáis.
Leonardo
Responde.
María
(Turbarme temo.)
Yo me he holgado con estremo
de que con salud vengáis
en esta casa. Mirad
que os servirán sin alguna
falta, que sé que en ninguna
hallaréis más voluntad.
Leonardo
(¡Qué triste que habla María!)
Beatriz
(¡Y qué bien don Juan fingió!)
Leonardo
¿He de ir con vos?
Juan
Eso no.
(Bien salió la industria mía.)
Vase.
Leonardo
¿Qué tienes, que así has estado
divertida en mil enojos?
María
Si hoy delante de mis ojos
una joya me ha faltado,
¿he de tener alegría?
Y aun pienso que fue el perdella
por tener el gusto en ella.
Leonardo
¿Tales estremos, María?
¿Qué joya era?
María
Era el cupido
de diamantes.
Leonardo
¿Que eso pasa?
Búsquese en toda la casa;
y, si se hubiere perdido,
más joyas tenéis en quien
valor y arte se acrisola,
porque no estaba esta sola.
María
Esta sola quise bien.
Leonardo
Tanto tu pecho sintió
que te pudiese faltar
que no me has dado lugar
para que lo sienta yo;
y a tanto tu llanto obliga
que por darte gusto luego
he de buscar a don Diego,
que de la joya me diga.
Vase.
Beatriz
¿Ves lo que has querido hacer
con los estremos que has hecho?
Si él va a don Diego, sospecho
que todo se ha de saber.
María
¿Hay más pena, hay más crueldad
de estrella siempre enemiga,
que solo en mi agravio diga
un astrólogo verdad?
Sale Leonardo.
Leonardo
Aquesto se me olvidó.
Beatriz
Tu padre vuelve, señora.
Leonardo
Dime, María, ¿a qué hora
esta joya te faltó?
María
Entre once y doce.
Leonardo
Ansí goce
tu edad y te llegue a ver
casada que he de saber
quién la tiene entre once y doce.
Vanse. Sale Morón y detiene a Beatriz.
Morón
A saber, vengo, Beatriz,
pues te importa, cuanto pasa
a don Juan en esta casa,
que es dar más vivo matiz
a tu engaño y mi disculpa
con que lo sepa don Diego,
pues esto acredita luego
que tú no tuviste culpa.
Beatriz
Has de saber que ha venido
hoy de camino y, por dar
a entrar en casa lugar,
unas cartas ha fingido.
Una joya que le dio
doña María a don Juan,
hoy a preguntarle van
a don Diego quién la hurtó.
Avísale porque diga,
al preguntárselo, quién.
Morón
Digo que dices muy bien;
a esto el ser mujer te obliga.
Vanse. Sale don Diego y don Antonio.
Don Diego
Huyendo vengo de mí,
que no sé en qué confusión
me habéis puesto, don Antonio.
Antonio
En lo que dijistes vos.
¿Vos mismo no me dijistes
que estendiese aquella voz?
Don Diego
Sí, mas no que publicarais
que era mago encantador,
sino astrólogo no más.
Antonio
La fama crece veloz.
Mas sepamos de qué os pesa.
Don Diego
De que no hay hombre a quien dio
duda cualquiera suceso
que por ruego o por favor
no me venga a preguntar
el fin de su pretensión.
Antonio
¿Y aqueso os enfada tanto?
Don Diego
Como sin certeza doy
la respuesta, temo luego
que, en sucediendo un error,
han de quejarse de mí.
Antonio
Pues ¿qué astrólogo acertó
cosa ninguna? Pensad
que el mejor del mundo sois,
que vos os saldréis con ello.
¿Pudo haber cuento mejor
que aquel de doña Violante?
Mirad cómo sucedió
y veréis cómo os holgáis.
Don Diego
No puedo alegrarme yo
cuando a un punto me atormentan
desdenes, celos y amor.
Salen Violante y Quiteria con mantos.
Quiteria
Señor don Diego, una dama
hablaros quiere.
Antonio
(¡Por Dios
que, si viene a consultaros,
que viene a buena ocasión!
Id, astrólogo, que os llama.)
Don Diego
(Dejad las burlas.)
Descúbrense.
Violante
Yo soy
la que os busca y la que viene
solo a quejarse de vos.
Don Diego
¿Vos tenéis queja de mí?
Violante
Sí: don Juan no se ausentó.
Si estaba en Madrid don Juan,
decidme ¿por qué razón
vos no me desengañastes?
Don Diego
Pues ¿pude saberlo yo?
Si dije que a vuestra casa
iría como en visión
y después os llevo al mismo,
señal es que fue mayor
y más poderosa fuerza
la del encanto.
Violante
Razón
es esa a quien yo no hallo
respuesta, y, puesto que estoy
desengañada, os suplico
deis remedio a mi dolor.
Don Juan está enamorado
de una dama que ocasión
fue de quedarse en Madrid.
Un su amigo me contó
esto, y dice que en secreto
casados están los dos.
Don Diego
(Esta mujer ¿qué pretende?)
Violante
Pues vuestro estudio alcanzó
tal fuerza, que se aborrezcan
puede hacer.
Don Diego
(¡Pluguiera a Dios!)
Violante
Haced que más no se quieran,
que se olviden; y el rigor
de los celos los abrase.
Mueran, pues muriendo estoy.
Don Diego
(Bueno es poner en mi mano
la cura de mi dolor
y pedirme a mí el remedio
del mal que padezco yo.
Porque me deje, me importa
engañarla, que, si doy
otra respuesta, en su vida
ha de dejarme.) Mintió,
Violante, tu amor; tus celos
mintieron, que la ocasión
de estar don Juan en Madrid
fuiste tú, y él se quedó
por celos que de ti tuvo.
Si un amigo te contó
otro amor, mintió el amigo:
concierto fue de los dos.
Vete y vive satisfecha,
que te adora.
Violante
Yo lo voy
con tu respuesta felice.
¿Quién tanta ventura vio?
Vanse.
Antonio
¿Y qué la habéis respondido
a su pregunta molesta?
Don Diego
Con equívoca respuesta
oráculo suyo he sido.
Díjela que la quería
don Juan y la despreciaba
por solo ver si le amaba,
y aquella esperiencia hacía.
Con esto, si la desprecia,
ha de pensar que la quiere,
y, si algún favor la hiciere,
más engañada y más necia
ha de pensar que es amor;
y con esto no vendrá
a darme la muerte.
Antonio
Ya
tenemos otro mayor:
cuando a Carlos sutilmente
conté vuestra astrología,
dije que le llevaría
a ver una dama ausente
a vuestra casa, y de suerte
desea, don Diego, veros
que él muere por conoceros
y yo padezco la muerte.
Don Diego
Mirad, si uno solo así
os cansa, lo que serán
tantos juntos.
Sale don Carlos.
Carlos
(Aquí están
los dos; venturoso fui.)
Señor don Diego, yo soy
un muy grande aficionado
vuestro y quien más ha estimado
serviros.
Don Diego
Muy cierto estoy
que tengo esa obligación.
Carlos
Aunque pudiera valerme
de amigos, quiero atreverme,
fiado solo en razón.
Un día a la dama vi
de un amigo; yo hice mal
de rendirme, aunque leal
mi misma pasión vencí.
Los ojos fueron despojos
del alma sin gusto mío,
porque es un cierto albedrío
de por sí este de los ojos.
No fue amistad verdadera
la suya, y yo, por tener
venganza, quisiera hacer
que le olvide y que me quiera:
aquesto vengo a pediros
y esto habéis de hacer aquí;
tendréis un esclavo en mí
eterno.
Don Diego
Yo he de serviros,
y haré de suerte que os quiera
esa dama: proseguid
vuestros amores, servid,
que, aunque altiva, ingrata y fiera
esté los primeros días,
a muy pocos os prometo
que, yendo haciendo su efeto,
le tengan con las porfías.
Carlos
Yo esperaré hasta vencer
este imposible de amor.
Vase.
Don Diego
¿Hay ignorancia mayor?
¿Que esto se llegue a creer
sin mirar que es fingimiento?
Antonio
Pues, en fin, ¿qué respondistes
a don Carlos?
Don Diego
¿No lo oístes?
Pues hice el mismo argumento
con Carlos que con Violante:
díjele que su porfía
siguiese, que yo le haría
después venturoso amante.
Antonio
¿Y cómo saldréis de aquí?
Don Diego
Porfiando alcanzará
el favor y me dará
todas las gracias a mí.
Pero ¡bendito sea Dios
que libre un rato me veo
de necios! ¡Aún no lo creo!
Sale Leonardo.
Leonardo
(Aunque estén juntos los dos,
hablarle aquí solicito.)
Buscando os vengo.
Don Diego
(¡Qué presto
se cansó!)
Antonio
(Mas ¡que por presto
se dijo «no muy bendito»!)
Don Diego
Señor, pues ¿qué me mandáis?
¿Hay en que pueda serviros?
Leonardo
Yo he de hacer eso y, dejando
los cumplimientos prolijos,
sabréis, don Diego, que hoy
una joya se ha perdido
en mi casa, que por gusto
más que por valor la estimo.
Quisiera que me dijerais
dónde está, y ansí os suplico
que me estudiéis con cuidado
esta figura.
Don Diego
(¿Hase visto
confusión como la mía?
Si alguna mentira finjo,
será imposible que deje
de averiguarse. Perdido
estoy, que el lance es forzoso;
pero sin causa me aflijo,
pues con nadie importa menos
la opinión que he pretendido
que con Leonardo; esta vez
toda la verdad le digo,
que no sé ninguna ciencia,
y él quedará agradecido
al desengaño. Más quiero
perder del crédito mío
que engañar a un viejo noble:
en esto me determino.)
Señor Leonardo, escuchad:
yo tuve algunos principios
de astrología, es verdad,
de donde tomé motivo
para tener opinión
acreditada de amigos:
todos dicen que lo sé,
pero ninguno lo ha visto;
y es verdad, pues no sé tanto
como alguna vez he dicho,
porque entonces no importó
con poca causa fingirlo.
Mas hoy que ya llega a veras,
porque no penséis que estimo
más la opinión que el trataros
verdad, la verdad os digo:
yo no sé de astrología
tanto que pueda deciros
de esa joya.
Leonardo
Cuando yo
jamás hubiera tenido
noticia de que vos sois
hombre docto, haberos visto
hablar con tanta humildad
basta para haber creído
que sabéis mucho.
Don Diego
Por Dios
que no sé nada.
Leonardo
Eso mismo
que decís es lo que más
os acredita conmigo;
ansí han de ser los que saben,
muy modestos y encogidos:
vuelva por ellos su ciencia,
no su soberbia.
Antonio
(¡Por Cristo
que le da cordel el viejo!)
Don Diego
Si yo hubiera merecido
ese nombre, yo os dijera
la verdad.
Leonardo
Otra vez digo
que, si fuerais ignorante,
os alabarais, y estimo
esa humildad por más ciencia,
que el hombre que de sí dijo
que sabe ese es el que ignora,
pues llega a haberlo creído.
Y, volviendo a nuestro caso,
era la joya un cupido
de diamantes.
Don Diego
(¡Vive Dios
que quiere quitarme el juicio!)
¿Cómo tengo de decir
que en mi vida no he sabido
si son los planetas siete
ni si son doce los signos,
si el zodíaco guarnecen,
si anda el sol por su epiciclo,
por la eclíptica o por dónde?
Leonardo
Don Diego, aunque habéis querido
de propósito ignorar,
verdad en todo habéis dicho,
que también yo alcanzo un poco.
Olvidóseme deciros
que faltó entre once y doce
la joya.
Don Diego
(¡En qué laberinto
me pusistes, don Antonio!)
Sale Morón.
Morón
(Importante es el aviso;
yo llego). (Señor, escucha:
todo cuanto ha sucedido
después que no voy allá
es que esta mañana vino
don Juan a su casa, y ella
por favor le dio un cupido
de diamantes. Con su padre
fingió habérsele perdido
y él también fingió venir
a buscarle de camino
con unas cartas).
Don Diego
(¡Morón,
a qué buen tiempo has venido!).
Perdonadme, que un criado
la respuesta me ha traído
de un recado que me importa.
Leonardo
Disculpado estáis conmigo;
pero ¿qué me respondéis
de esotro?
Don Diego
Yo he pretendido
disimular hoy con vos
mi estudio por no deciros
cosas que os han de pesar;
mas, puesto que habéis querido
saberlo, yo esta mañana
toda la figura he visto,
que su prima me avisó
de cómo se había perdido:
un hombre que en vuestra casa
hoy vestido de camino
ha entrado tiene la joya,
y, pues tanto habéis querido
saberlo, no me culpéis
si os pesare de lo dicho.
Leonardo
(¡Lo que la necesidad
hace! Aquel hombre que vino
de Zaragoza, ese hurtó
la joya; mas qué mal hizo
Naturaleza en poner
en aquel talle aquel vicio.
He de buscalle y cobralla,
aunque con otro desinio,
para pedirla sin que él
eche de ver que he sabido
su flaqueza; para esto
habrá trecientos caminos).
¿Veis, don Diego, cómo yo
nunca me engaño? Si digo
una vez «este hombre sabe»,
es cierto. Agora os suplico
que vais a verme esta noche,
que habéis de cenar conmigo.
Don Diego
Yo iré a serviros, señor.
Vase Leonardo.
Don Antonio, ¿habéis oído
otro cuento como este?
Antonio
A tiempo llegó el aviso,
que, si no, el viejo apretaba
notablemente.
Sale el escudero.
Escudero
(Que vino
por esta parte don Diego
allí mi señor me dijo.)
Don Diego
De bravo aprieto salí;
pero ¿si el viejo ha tenido
pensamiento de pedille
la joya?
Morón
El enredo es lindo
si él le prende por ladrón
—o por yerno, que es lo mismo,
pues de la hacienda y la vida
entrambos son enemigos—.
Escudero
(Él es.Yo llego.) Señor
don Diego, por quien se dijo
lo de «¡oh, qué lindo don Diego!»,
pues sois el don Diego lindo,
a suplicaros me atrevo
un poco por haber sido
criado de una señora
que vos amáis y yo sirvo.
Don Diego
Ya os conozco. ¿Qué queréis,
buen Otáñez?
Escudero
Yo he vivido
mucho tiempo muy reglado,
con cuya cuenta he podido,
para pasar mi vejez,
juntar algún dinerillo.
Quisiera irme a la Montaña
y, por temer los peligros
que a un hombre, y más con dinero,
suceden en los caminos
y por ahorrarme la costa,
humildemente os suplico
que me enviéis a mi tierra
por encanto, pues yo he oído
que llegaré si queréis
en un instante muy chico.
Don Diego
(Esto solo me faltaba.)
Morón
(Este encanto o este hechizo
a mí me toca, señor,
y ansí por merced te pido
me le remitas a mí.)
Don Diego
Id al punto a preveniros,
que esta noche habéis de ir.
Morón estará advertido
de lo que ha de hacer.
Escudero
Señor,
deste Morón no me fío.
Don Diego
Pues ¿atreverase a hacer
más de lo que yo le digo?
Vanse don Antonio y don Diego.
Morón
Mucho me pesa por vos
hacer nada, mas ya he visto
que he de obedecer por fuerza
a mi amo.
Escudero
Pues yo digo
que no lo habéis de perder.
Morón
Ea, pues seamos amigos,
y lo que ahora habéis de hacer
es poneros de camino,
botas y espuelas; si acaso
tenéis algún papahígo,
llevalde,que es menester
caminar con grande abrigo,
porque en las sierras de Aspa
hace temerario frío;
aunque vos en esta vida
más veces habéis temido
aspa y fuego que aspa y nieve.
Escudero
Mentís, que no soy judío.
Morón
En fin, si aquesto ha de ser
del modo que os significo,
habéis de estar a la puerta
de vuestro jardín en hilo
de las doce.
Escudero
Pues yo voy
a prevenirme.
Morón
(¡Por Cristo,
que esta vez, viejo avariento,
en la trampa habéis caído!)
Vanse. Sale don Juan.
Juan
Llegó el felice día
del fin dichoso de la pena mía,
pues ya seguro puedo
ver a mi bien sin que me cause miedo
los celos de Leonardo,
cuya amistad hacer eterna aguardo.
Sale Leonardo.
Leonardo
(Él es; tiemblo de hablalle.
¡Que un mozo desta cara y deste talle
hiciese tal! A no tener María
su gusto aquí, por vida suya y mía
que no se la pidiera, y he tenido
vergüenza de miralle;
pero no me daré por entendido
de que él la hurtó.) Yo vengo,
don Juan, buscándoos.
Juan
Desde aquí me tengo
por dichoso si ha sido
para mandarme, porque, agradecido
al favor, he deseado
serviros.
Leonardo
(¡Qué cortés, qué bien hablado!
Gran lástima es, por cierto,
que veneno tan vil esté encubierto
en tan hermoso vaso).
Yo he venido, don Juan —vamos al caso—,
buscándoos (ciego estoy) porque he sabido
que una joya tenéis que hoy se ha perdido
en mi casa (turbado,
qué presto su delito ha confesado).
Juan
(¡Cielos! ¿Qué es lo que he oído?).
Leonardo
No digo yo que vos habéis tenido
culpa, si no es aquella
mano de quien la hubistes.
Juan
(¡Triste estrella
es la mía!)
Leonardo
Ni dudo,
don Juan, que quien la dio darla no pudo.
Vos estáis disculpado,
pues al fin la tomasteis engañado.
(Ansí un error tan grave
le pretendo dorar.)
Juan
(Todo lo sabe;
celoso viene; mas, por Dios, María,
que aquí toda la culpa ha de ser mía.)
Señor.
Leonardo
Yo no pretendo,
don Juan, satisfación.
Juan
Dártela entiendo
para que de tu engaño
llegues con mi verdad al desengaño.
La joya yo la tengo,
que esta es. La disculpa que prevengo
no es para mí; yo he sido
solamente, señor, quien ha tenido
culpa, que te ha engañado
quien te dijo que nadie me la ha dado.
Leonardo
(Tanto su error le ciega
que se le encubro yo y él no lo niega.)
Juan
Yo solo…
Leonardo
Don Juan, mira,
que yo lo sé muy bien.
Juan
(¿A quién no admira
que él venga a disculparme?
Luego el mejor camino es declararme.)
Señor, pues has sabido
quién la joya me dio, más advertido
sabrás que ha muchos días
que con piedad oyó las quejas mías,
y, como habrás oído,
aunque pobre, señor, soy bien nacido.
Disculpas son forzosas.
Leonardo
Mozo fui; no me espanto desas cosas.
Juan
Pues que mi bien dispones,
por quitarnos de tales ocasiones,
honra la humildad mía
con tu hija, señor, doña María,
y cesará con esto
la ocasión que en tal lance nos ha puesto.
Tú mismo...
Leonardo
Poco a poco,
don Juan (este hombre es loco:
porque él ladrón no sea,
quiere que yo le case —¿hay quien tal crea?—
con mi hija, y ¡qué presto
dijo que la ocasión cesa con esto!)
Vete cuando quisieres,
que casar con mi hija no lo esperes.
Don Juan, yo te prometo…
Juan
¿A tu hija, señor?
Leonardo
Basta el secreto.
Vase.
Juan
Pues ¿cómo me ha dejado
Leonardo ansí, después de haberme dado
ocasión que pidiese?
¿Dísela yo para que así se fuese?
¿Cómo, si ya sabía
quién la joya me dio, quién la tenía,
no remedia sus daños?
De un engaño nacieron mil engaños.
Sale Violante y Quiteria.
Violante
Señor don Juan, no creía
que, aunque pudo en tal violencia
faltar la correspondencia,
pudiese la cortesía.
También la voluntad mía
se acabó, mas no por eso
os olvido, pues confieso
que os quise.
Juan
(Esto me faltó
agora para que yo
de una vez perdiese el seso.)
Mandaisme que en vuestra casa
no entrase; yo he obedecido
por estar más encendido
otro fuego que me abrasa.
Corrió el tiempo, el gusto pasa;
si vos misma me mandáis
que no os vea, ¿qué os quejáis
si os obedezco?
Violante
¡Qué bien
sabéis fingir un desdén!
Juan
Mirad si algo me mandáis.
Violante
Solo que no me mostréis
estar aquí con disgusto,
pues yo sé que tenéis gusto
de verme cuando me veis;
pues me amáis, pues me queréis,
ya es la entereza sobrada.
Juan
Estáis, por Dios, engañada,
que, después que otro sol vi,
sois,Violante, para mí
la cosa más olvidada.
Vase.
Violante
¿Hase visto ni se ha oído
en un hombre enamorado
desprecio tan mal fundado
ni desdén tan bien fingido?
Quiteria
Antes presumo que ha sido
verdad cuando a mirar llego
que en un engaño tan ciego
te quieres asegurar.
Violante
Pues ¿esto puede faltar
si me lo dijo don Diego?
Quiteria
Lo que yo he visto es que aquí
hizo tan notable exceso.
Violante
Pues ¿vesle? Con todo eso
se va muriendo por mí.
Quiteria
¿A eso te persuades?
Violante
Sí.
Con aquel desdén prolijo
más me alegro que me aflijo.
Quiteria
Mira que el tiempo se muda.
Violante
¿Esto puede tener duda
si don Diego me lo dijo?
Sale Carlos.
Carlos
Si tu luz hermosa sigo,
escucha, hermosa Violante,
oye un declarado amante
que ha sido encubierto amigo.
Aunque hoy mis penas digo,
testigos fueron los cielos
de que lloré sus desvelos.
Violante
(Don Juan, con venganza estraña
engáñese quien engaña:
tenga celos quien da celos.
A Carlos he de fingir
que quiero para probar
si celos se saben dar
como se saben pedir.)
Carlos
Si no me atrevía a decir
mi afición, fue por temer.
Violante
Bien la supe conocer
si pagarla no he sabido,
porque no le es permitido
declararse a una mujer.
Carlos, vergüenza y respeto
tuvieron la lengua muda.
Carlos
(Ya del hechizo sin duda
se va mostrando el efeto.)
Violante
La vida y alma os prometo,
Carlos, cuando a tanto fuego
turbada a abrasarme llego.
Vanse.
Carlos
Al fin la supe obligar;
mas ¿esto pudo faltar
si me lo dijo don Diego?
Vase. Sale el escudero con botas y espuelas, y galán.
Escudero
¡Adiós, Madrid! Desta vez
no pienso volver a verte,
que va a buscar buena muerte
quien tuvo mala vejez.
Mas ¡cómo tarda Morón!
Sale Morón.
Morón
Yo estoy aquí. ¿Venís ya
prevenido?
Escudero
Todo está,
amigo, puesto en razón.
Morón
¡Qué cabalgadura os tengo!
Escudero
(No entendí que hasta este día
mozos de diablos había
como de mulas.)
Morón
Prevengo
que, aunque mucho ruido oigáis
de voces muy lastimosas,
de aullidos y de otras cosas,
ni os turbéis ni los temáis,
que no es nada. Ahora tapaos
con ese gabán muy bien,
y yo los ojos también
he de atar. Arrebozaos
con mucho brío, eso sí.
La mula está aquí; saltad.
¡Jo, demonio! Ahora tomad
esta rienda, y, porque ansí
vais más seguro, yo quiero
ataros contra la silla.
Estará caballero en un banco.
Escudero
Tened de un pobre mancilla;
no atéis tan fuerte.
Morón
¡Escudero,
que por esos aires vas!
Escudero
Yo siento que voy volando,
que la voz se va quedando.
Morón
(¡Aquí me lo pagarás!)
Vase. Sale doña María y don Juan.
María
¿Que mi padre te pidió
la joya?
Juan
A enojo tan fuerte
mil disculpas le previne,
todas a efeto de hacerme
culpado, porque quedases
en su conceto inocente.
Escudero
(Que paso sin duda agora
por un lugar me parece,
porque en el viento he escuchado
hablar a diversas gentes.)
Sale Beatriz.
Beatriz
¡Ay, señora! Mi señor
con el convidado viene.
¿Qué hemos de hacer?
María
¿No podrás
llevarle tú a mi retrete?
Beatriz
No, que ya está en el jardín.
María
Pues fuerza será esconderte
detrás de aquellos jazmines.
Sale don Diego, Leonardo, Morón y don Antonio, y escóndese Juan.
Don Diego
Agradable vista ofrece
este jardín: bien le adorna
con su hermosura esta fuente
y esta fresca galería.
Escudero
(Ya es otro lugar aqueste,
pues de las que oí no ha mucho
son las voces diferentes).
Don Diego
Mucho me huelgo de veros
con salud, señora.
María
Siempre
para serviros.
Entra Violante y Carlos.
Carlos
¡Aguarda!
Violante
Yo he de entrar.
Leonardo
¿Qué ruido es ese?
Antonio
¿Qué es lo que intentas,Violante?
Violante
No te espantes de que entre
ansí, Leonardo, en tu casa,
que tales licencias tiene
en los hombres el engaño
y el desprecio en las mujeres.
Yo vengo siguiendo a un hombre
que es el que a tu hija quiere
y está dentro de tu casa
escondido. Desta suerte
quiero avisarte, intentando
que tú por los dos te vengues.
Escudero
(Las voces son lastimosas
que prevenidas me tiene
Morón; no hay de qué espantarme.)
Leonardo
¿Un hombre en mi casa?
Don Diego
Tente,
señor.
Leonardo
No me ha de quedar
un átomo que no queme.
Escudero
(Estas son las confusiones;
ninguna mi pecho teme.)
Violante
Un hombre está atado aquí.
Leonardo
¿Atado? ¿Qué encanto es este?
¿Hombre aquí? ¿Quién puede ser?
Carlos
Ya están rotos los cordeles.
Escudero
Ya he llegado. ¡Ah, patria mía,
deja que tu tierra bese!
Leonardo
¿Qué es esto, Otáñez?
Escudero
¡Jesús!
¿Pues tú también, señor, vienes
a las montañas? ¿A qué?
Oigan, y qué honrada gente;
todos estamos acá.
Morón
Figurilla de bufete,
en Madrid estáis.
Escudero
Por Dios,
que es verdad. ¡Jesús mil veces!
Leonardo
Detrás de aquellos jazmines
hay alguien. Dejad; ¿qué gente?
Juan
Si es, señor, para vengarte,
rendido a tus pies me tienes:
yo soy quien pudo escondido
estar aquí.
Leonardo
Pues ¿qué quieres?
¿No te bastó la de hoy,
que hurtarme otra joya quieres?
Juan
No soy ladrón, que tu hija,
que mi humildad favorece,
me dio la joya, y yo quise,
por disculparla, ofenderme.
Pobre soy, pero mi sangre
por mayor lustre merece
en tu enojo más piedad.
Leonardo
(Honor, otro caso es este,
y, para templar el daño,
consejo muda el prudente.)
Dale la mano a María,
porque quiero desta suerte
que de mi honor las sospechas
todas satisfechas queden.
Juan
¡Dichoso soy!
María
Tú, don Diego,
como, aunque fingidamente,
descubriendo mis secretos
quisiste estorbar mil veces
mi casamiento, en efeto
no pudiste, luego miente
tu ciencia.
Violante
¿Ves cómo a mí
me dijiste que estuviese
segura que me quería
don Juan, y al llegar a verle
le hallo casado con otra?
¡Mal haya, amén, quien os cree,
astrólogos mentirosos!
Carlos
¿Ves, don Diego, cómo hacerme
de Violante firme amante
prometiste, y locamente
viene a buscar a don Juan,
celosa de sus desdenes,
sin acordarse de mí?
Luego no hay cosa en que aciertes.
Escudero
¿Ves cómo a mí me dijiste
que iría muy brevemente
a la Montaña, y me estoy
en Madrid?
Beatriz
Señores, cesen
los baldones, que harto ha hecho
hasta agora en defenderse
no siendo astrólogo.
Leonardo
¿No?
Beatriz
Ya mi señora no pierde,
supuesto que está casada,
en cuanto llegue a saberse.
Yo le dije tus amores
a Morón.
Morón
Y brevemente
yo se los dije a don Diego.
Antonio
Y él a mí.
Carlos
Yo estoy presente,
a quien vos se lo dijistes,
porque yo estaba inocente;
yo se lo dije a Violante.
Morón
¡Muy lindo secreto es este!
Antonio
¡Qué frío os habéis quedado!
Don Diego
¿Alguno obligarme puede
a más que no adivinar?
Pues yo juro eternamente
de dejar mi astrología.
Esta boda se celebre,
para que con su contento
suplan las faltas que tiene
Un astrólogo fingido,
si tantas perdón merecen.
CC0 1.0
Licence

Rechtsinhaber*in
Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach

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TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. El astrólogo fingido. El astrólogo fingido. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbxc.0