Mujer, llora y vencerás
Fiesta que se representó a sus Majestades
Gran Comedia

Personas que hablan en ella.

  • MADAMA INÉS
  • MARGARITA
  • LAURA
  • DAMAS
  • ENRIQUE
  • FEDERICO
  • ADOLFO
  • CELIO
  • PATÍN, gracioso
  • TALÓN, gracioso segundo
  • ASTOLFO
  • SOLDADOS
  • MÚSICOS
  • ACOMPAÑAMIENTO

Primera Jornada

Tocan cajas y trompetas y salen Madama Inés, Margarita, Laura y criados.
Madama
Porque el militar estruendo
de las trompetas y cajas
con que Federico llega,
haciendo a estos montes salva,
en demanda generosa
–bien que no es fácil demanda–
de poner en libertad
a su hermano, que la alta
torre de aquel homenaje,
noble prisionero, guarda;
porque el militar estruendo
–vuelvo a decir– de las cajas
y las trompas no blasone
que en mí algún recelo causa,
a vista de ambos prosiga
la batida de la caza
en que estaba divertida.
Vean desde la campaña
el uno y desde la almena
el otro cuán poco o nada
de uno me asusta el denuedo
ni de otro la esperanza.
Y así, pues os halláis todas
con arcos, flechas y aljabas,
id ocupando los puestos
que, entre las espesas matas,
de las fieras que buscamos
son avenidas; y vayan
monteros y cazadores
corriendo al monte la estancia
en tanto que de mis huestes
Adolfo la muestra pasa
y yo a distribuir el orden
doy vuelta a la plaza de armas.
Margarita
De Semíramis, señora,
se cuenta que a una batalla
salió el peine en el cabello,
mostrando que no embaraza
el sobresalto al aliño.
Laura
Sólo tu valor, de tanta
novedad desprecio hiciera.
Uno
¡Al llano, al monte, a la falda!
Música 1ª
Ya sabuesos y lebreles
impacientes desenlazan
la prisión de las traíllas.
Música 2ª
Y ya la batida baja,
hiriendo el aire, en respuesta
de otros ecos.
Madama
No haga estrañeza a
nadie el ver mezclar en
voces contrariascon
aparatos de Marte
venatorias de Diana.
Y ya que en éstas me halló
el ronco son de la marcha,
no he de dejarlas; porque
vean del sol las luces claras
que de nada, como dije,
se asusta ni sobresalta
Madama Inés de Turingia,
hija del landgrave de Hasia.
Vanse.
Margarita
En tanto que complaciendo
tan soberbia, altiva y vana
acción, todas esparcidas
la siguen por sendas varias,
yo, a vista de aquella torre,
pues no caerán en mi falta,
he de ver si lograr puedo
la atrevida confianza
que a ver al príncipe Enrique
me ha traído, a cuya causa
sirvo a Madama. No en vano
parece que Amor ampara
tal vez al atrevimiento;
pues si el placer no me engaña,
junto al foso de la torre,
a corta, breve distancia
–que debe de ser el coto
que le permiten las guardas–,
él es el que reclinado
sobre una peña descansa.
No duerme, porque suspira.
¿Qué será lo que con tanta
suspensión de sí le tiene
tan ajeno que no alza
los ojos, por más que asombren
esta y aquella montaña
de los clarines el son
y el estruendo de la caza?
Entre objetos tan ruidosos,
¿hay tristezas tan calladas
que sólo el suspiro sea
quien le desmienta de estatua?
Llegaré a hablarle. Mas, ¡cielos!,
¿qué miro? ¡Oh cuánto adelanta
al sentimiento la duda!
Retrato es el que arrebata
su atención, tan suspendida
que dél la vista no aparta.
¡Qué dichosa fuera yo
si, sobre ausencia tan larga,
fuera mío! Mal las señas
de aquí a percibir se alcanzan;
y pues dispensa el letargo
el mudo ruido a mis plantas,
llegue más cerca.
Sale Enrique.
Enrique
Divino
imposible a cuyas aras
poca ofrenda es una vida,
poco sacrificio un alma,
admite, ya que no el don,
el voto con que idolatra
tu imagen un peregrino
que, entre deshechas borrascas
del amor y la fortuna
–deidades del hombre vanas–,
hijo expósito del hado,
el hado arrojó a tus plantas.
Margarita
(¿Qué oigo y qué miro? ¡Ay de mí!
¡Qué fácil se desengaña
la presunción de una duda!
¿Quién creyera que mis ansias
a tropezar con mis celos
al primer paso me traigan?
De Madama es, si no miente
a los ojos la distancia;
mas para mi desengaño,
¿qué mi sufrimiento aguarda?)
¡Suelta, tirano!
Enrique
¿Qué es esto?
¿Quién del corazón me arranca
la mitad del alma?
Margarita
Quien
hoy, liberal y avara,
para que sientas te deja
esotra mitad del alma.
Enrique
¡Margarita! ¿Tú? Pues ¿cómo?
Cuando aquí... Si yo...
Margarita
No hagas
con retóricos primores
la turbación elegancia;
que bien conocer se deja
que al oír cómo quedabas
prisionero de Turingia,
perdida aquella batalla
que fue tu ruina y la mía,
busqué modos, hallé trazas
de venir a verte. El cómo
no es agora de importancia,
pues el saber por agora
que a Madama sirvo, basta.
Desmandada de la tropa
que por esos montes anda,
llegué a esta torre buscando
ocasión en que ganaran
mis afectos las albricias
de que Federico trata
tu libertad; mas no es nuevo
en quien infelice ama
ver morir una fineza
a manos de una mudanza.
En fin, idólatra amante
de otra hermosura te halla
mi amor tan suspenso que
pude...
Enrique
Margarita, calla;
que no sabes quién te escucha.
Y si es así que una estampa
que acaso llegó a mi mano
se sabe que en ella para,
será inútil el socorro
que mi libertad aguarda;
pues la altivez, la soberbia,
la vanidad y arrogancia
de su dueño han de quitarme
mil vidas.
Margarita
Y ¿qué más rara
dicha que poder lograr
de mi agravio mi venganza?
Y así, iré con el retrato
donde, no faltando maña
que a mí me disculpe, a ti
te culpe y te...
Enrique
¡Espera, aguarda,
que no has de llevarle!
Margarita
¿Cómo
que no he de llevarle?
Enrique
Es clara
cosa, pues a mi poder
le has de volver.
Margarita
No me hagas
que, atropellándolo todo,
diga a voces...
Enrique
Mira...
Margarita
¡Aparta!
...que tirano amante...
Enrique
El labio
cierra.
Margarita
...a mi obligación faltas;...
Enrique
Suspende la voz.
Margarita
...osado
prisionero,...
Enrique
Ten el habla.
Margarita
...a Madama...
Enrique
No la nombres.
Margarita
...adoras...
Enrique
La lengua...
Una Voz
dentro
¡Ataja,
ataja por la ladera,
que herida la fiera baja
a la vuelta de la torre!
Madama
¡Yo he de seguirla y matarla!
Sale Patín.
Patín
En alcance, señor, de una
fiera que sale acosada
del monte, Madama Inés
–si es que hay Ineses Madamas–
viene hacia aquí. A la prisión
te retira; no el que salgas
a este umbral haga delito
la licencia de las guardas.
Enrique
No hará, que hasta aquí no rompo
sus órdenes.
Margarita
(Si me halla
a mí aquí, haré sospechosas
las celosas asechanzas
de que he de valerme.)
Enrique
¡Espera!,
que no has de ausentarte, ingrata,
con esa prenda.
Patín
¿Qué miro?
Enrique
A Patín.
Si es mi mal, ¿de qué te espantas?
Margarita
¿Será mejor que me vea?
Enrique
Seralo que entre las ramas
de la yedra deste muro
te escondas mientras que pasa.
Margarita
Fuerza será, porque ya
no es posible que me vaya
sin que me vea.
Patín
¿Qué es esto?
¿Qué no imaginada traza
aquí a Margarita trajo?
Enrique
Patín, no preguntes nada;
sino escóndete con ella
y no dejes que de ahí salga;
que si un siglo fuera poco
volumen a mis desgracias,
¿qué será el pequeño instante
que permite aquesta estraña
grita diciendo...?
Voces
dentro
¡A la torre!
Patín
Sólo de añadir les falta,
“¡A la torre, paladines!”
Madama
dentro
Aunque el viento te dé alas,
te alcanzaré; y pues allí
Sale.
se mueven troncos y plantas,
allí se oculta sin duda;
y en ella tengo...
Enrique
Repara
que, aunque allí la fiera está
que de tu riesgo se ampara
en las redes de esas hojas,
no será acción tan bizarra
emplear de tus arpones
el triunfo en una villana
rustiquez como en un noble
rendimiento, que a tus plantas
sabrá agradecer la dicha
de ser tú la que le mata.
Madama
Si pensara que podía
encontrarte aquí, escusara
el empeño de seguir
su huella.
Enrique
Y si yo pensara
que el verme podía ofenderte,
hiciera más, pues dejara
verte porque no me vieras,
aunque en esto aventurara
los privilegios que goza
el preso que ve la cara
de su rey.
Madama
Mejor en otros podrás
fundar la esperanza,
pues ya Federico llega
dando vista a estas murallas
en fe de tu libertad.
Enrique
Discúlpele en la ignorancia
de presumir que me obliga
y no saber que me agravia
el ser los dos tan hermanos
y amigos que unas entrañas
mismas, un mismo concepto,
nos dieron unión tan rara
que, aunque dos almas dos vidas
nos informaron, entrambas
fueron tan unas que pienso
que dieron equivocadas
a él el alma de mi vida
y a mí de su vida el alma.
Tan unos nacimos, pues,
que al mirar del sol las claras
primeras luces pusimos
aquel ser que el ser nos daba
al riesgo; y así, acudiendo
las matronas y criadas
a su reparo, dejaron,
afligidas y turbadas,
de señalar al primero,
creciendo en igualdad tanta
que hasta hoy no se sabe cuál
heredero es de la casa,
patrimonio o estado nuestro;
experiencia tan estraña
que no se vio, hasta nosotros,
haber paz donde dos mandan.
Sólo lo que en los dos tuvo
un algo de repugnancia
fueron los genios, dado él
a las letras, yo a las armas.
Y así, el día que tu padre,
glorioso archiduque de Austria,
de Turingia, con el noble
blasón de landgrave de Hasia,
pasó desta vida donde
en mejor siglo descansa,
siendo como es su dictado
dignidad que en Alemania
responde a gobernador,
o juez, a cuya causa,
por tocarme a mí, a este fin,
después de hacerte la salva
digna a tu respeto, vine
–que ya se sabe que paran
derechos de soberanos
príncipes en la campaña,
donde las últimas leyes
son la pólvora y las balas–
a tomar la posesión
que nos toca hereditaria
por ser de su hermano hijos,
en quien es fuerza recaigan
los primeros llamamientos;
y siendo así...
Madama
Basta, basta;
que en decirme lo que sé
ociosamente te cansas.
Si no puedo ignorar yo
que reducida a batalla
la ley, tus tropas deshechas,
tus huestes desordenadas,
quedaste mi prisionero,
¿para qué es decirlo?
Enrique
Para
disculpar aquí a mi hermano
de que hoy, señora, le traigan
primera causa y segunda.
Madama
Si yo el venir le culpara,
fuera bien; mas no tan sólo
culpo en él acción tan alta,
mas se la agradezco, pues
viene a añadir a mi fama
ese triunfo. Mas, supuesto
que apenas me verá el alba
sobre el polaco corcel,
que a compás el freno tasca,
de la trompeta cobrar
la noticia –de la planta
al estribo, de la rienda
al tiento la mano blanca,
del fuste al borrén la cuja,
trenzado el arnés, calada
la sobrevista, blandiendo
del herrado fresno el asta–,
cuando en repetidas voces
popular aplauso al alba
prorrumpa en festivos ecos
diciendo...
Uno
dentro
¡Viva Madama!
Otros
dentro
¡Y muera un aleve!
Todos
dentro
¡Muera!
Madama
¿Qué escucho?
Sale Adolfo.
Adolfo
¡El cielo me valga!
Margarita
¿Qué es esto, Adolfo?
Adolfo
Tomar
puerto mi vida a tus plantas.
Madama
¿Qué ha sucedido?
Adolfo
Pasando
muestra al ejército estaba;
y cuando, porque le hallases
dispuesto en buena ordenanza,
las hileras componía,
dividía las escuadras,
mal obedientes noté
que unos con otros hablaban
el no entendido rumor
de callado motín, hasta
que, por todos, de la plebe
un Celio la voz levanta,
diciendo...
Salen Celio y soldados.
Celio
Si Federico
y Enrique, en quien hoy la clara
sangre ilustre de landgrave
heroicos pechos esmalta,
tienen, al Hasia y Turingia,
la justicia hereditaria
que les dio el cielo, ¿por qué
ha de padecer la patria
hostilidades pudiendo
tan fácilmente enmendarlas?
Pues habiendo de casar
con otro señor Madama
–quizá estraño–, ¿cuánto es
mejor si con uno casa
de los dos, que ambos derechos
en un patrimonio caigan
y a nosotros nos gobierne
la siempre ilustre prosapia
de nuestro duque? Conque
su estado, que también se halla
hoy indeciso, tendrá
–quedando el uno en su casa,
pasando el otro a la nuestra–,
señor, que en buena alianza
se conserve con nosotros,
escusando las desgracias
que tray la guerra tras sí
de hurtos, muertes, penas y ansias.
Esto dije; y pues no acaso
quiso el cielo que nos traiga
el sentimiento de Adolfo
–que sedicioso embaraza
tan digno, leal pretexto–
donde, al decirte la instancia
de tu pueblo, pueda Enrique
haberla oído, o tú le ampara
–pues es justo– o a él le haremos
árbitro juez de la causa,
sacándole de prisión
y dándole la bengala
de nuestro caudillo a tiempo
que su hermano...
Madama
¡Calla, calla,traidor,
villano!, que antes
que consigas...
Enrique
Perdonadala
desatención, señora,
de que interrumpa tu saña,
que yo responda permite.
Madama
(Si él acepta su tirana
proposición, soy perdida.)
Enrique
¿Cómo, traidora canalla,
ignora vuestra osadía
que a los dueños no se habla
en voz de comunidad?
Mayormente con las armas
en las manos, pues por más
que sea digna, sea ajustada
la proposición, el modo
no lo es, quedando a la fama,
aunque sea el fin leal,
traidora la circunstancia.
Plática que, si viniera
de un parlamento acordada,
fuera también desacato,
pues, ¿qué será decretada
de una sedición? Y tanto
que aquellas mismas palabras
que honra en la consulta fueran
son en la acción una infamia.
Madama Inés de Turingia
es deidad tan soberana
que no han de ser de sus bodas
casamenteras las armas.
Eso ha de hacer la elección,
mas no la fuerza; y tan alta
materia no toca al pueblo
más que sólo adivinarla,
bien como docto sin juicio
que sabe y no sabe nada,
pues lo que en todos es ciencia,
en cada uno es ignorancia.
Y en cuanto a mí, no tan sólo
de una infame y solevada
plebe caudillo seré;
pero si a prisión y guardas
romper pudiera el jurado
homenaje, castigara
aun la presunción de haberlo
pensado de mí hoy.
Celio
¡Bien pagas
ser tuya la conveniencia!
Enrique
Mi conveniencia es mi fama;
y ella lo dijera, a estar
libre,...
Todos
¿Cómo?
Enrique
...a cuchilladas,
villanos. Pues desta suerte,
porque no dudéis mañana
el cómo podrá ser, hoy
os castigara mi espada
matándoos.
Adolfo
Contigo estoy.
Saca Enrique la espada y huye Celio.
Celio
No es esto volver la cara,
sino ir donde mejor pueda
lograrse nuestra esperanza.
Vase.
Enrique
Los traidores fuerza es ser
cobardes.
Madama
¡Espera, aguarda,no
los sigas!
Enrique
Deja que
no vuelvan con la jactancia
de que probaron mis iras
y no besaron tus plantas.
Madama
Mejor será que mi vista
los reduzga antes que añada
más fuerza a fuerza el empeño.
Adolfo, un caballo manda
que me den.
Enrique
Dame licencia
de que yo al estribo vaya
acompañándote.
Madama
No
es bien tanto caso haga
al principio, porque es darles
fuerza la desconfianza.
Mejor será que te quedes
y si en algo...
Enrique
¿Qué me mandas?
Madama
...has de obedecerme...
Enrique
¿Qué es?
Madama
Que de la prisión no salgas.
Enrique
Esa palabra te doy.
Vase Madama y sale Margarita.
Margarita
Cúmplele tú esa palabra,
que yo cumpliré la mía.
Patín
¡Miren ahora lo que falta
por averiguar!
Enrique
Patín,
tenla.
Patín
Sí haré.
Margarita
¡Infame, aparta!
Patín
Sí haré también.
Enrique
Oye, espera.
Margarita
¿Qué quieres?
Enrique
Que no te vayas,
sin que el retrato me dejes.
Margarita
Primero mil vidas y almas
me has de quitar.
Enrique
¿Cómo puedes
de mí defenderle, ingrata?
Margarita
Pues no ha de quedar contigo,
ya que conmigo no vaya.
Patín
¿Mas que para en tropelía?
Enrique
Pues ¿qué has de hacer dél, tirana?
Que si ya en otra ocasión
echaste al río una alhaja
que te ofendió, aquí no hay río.
Margarita
¿Qué importa que no le haya,
si no me faltará otro
elemento que me valga?
Enrique
¿De qué suerte?
Pone el retrato en una flecha y dispárala al viento.
Margarita
Desta suerte;
y pues a falta del agua
el aire es quien te le lleva,
di al aire que te le traiga.
Vase.
Enrique
¿Qué has hecho, fiera enemiga?
Patín
Yo lo diré en dos palabras:
queríale como a un hijo,
criábale mal, diole alas,
salió a volar y perdiose.
Enrique
¡Oh el artífice mal haya
que, por no dar gloria al bronce,
pintó en materia tan blanda
como una dócil vitela,
que pudo el arpón pasarla,
tan soberana hermosura!
Y otra y mil veces mal haya
homenaje que me obliga
que de la prisión no salga
para ir volando tras ella.
Esfera del aire vaga,
no te alabes que me llevas
la mejor parte del alma;
que si mi esperanza era
tenerla para adorarla,
¿cuándo, ¡ay infeliz!, no fueron
del aire mis esperanzas?
Vanse.
Tocan cajas y salen Federico, soldados y Talón.
Federico
En la apacible falda
deste nevado atlante de esmeralda,
alto haga nuestra gente;
que primero que intente
el asalto, procuro
–siendo el primero yo que llegue al muro–
hoy como embajador un manifiesto
hacer. Y así un trompeta... Mas ¿qué es esto?
Cae la flecha con el retrato.
Soldado
Una flecha que ha dado
a tus pies.
Talón
Y en su arpón atravesado
trae no sé qué, que apenas lo diviso.
Federico
Papel parece; y puede ser aviso
que del muro me envían,
que desta suerte al sitiador solían
escribir los sitiados.
¡Cuánto fueran felices mis cuidados
si de mi hermano fuera
y dél noticias mi amistad tuviera!
Que no vivo el instante que dilato
saber dél. Pero ¿aquéste no es retrato
que atravesado el pecho
trae de la flecha?
Talón
¿Sabes qué sospecho?
Que no en vano tu afecto discurría
ser de tu hermano; él es el que le envía
sin duda.
Federico
¿De qué o cómo lo interpretas?
Talón
La hermandad siempre escribe con saetas
a sus correspondientes.
Federico
¡Qué locura!
Talón
¿Muy grande?
Federico
Tanto como la hermosura
debe de ser de original tan bello;
mas que lo sea o no, ¿qué me va en ello?
Un trompeta delante, otra vez digo,
venga no más; que hoy he de hacer testigo
al mundo de que sólo es mi deseo
la libertad de Enrique. Más trofeo,
más fama no procuro;
y así, de paz llamada haciendo al muro,
he de mostrar que hermano soy y amigo.
Todos os retirad.
Talón
¿Y habla conmigo
la general?
Federico
Ven tú, porque al instante
que venza lo fragoso, lo distante
que hay deste monte a la muralla, tenga
con quien mi vida discurrir prevenga.
¿Qué accidente sería
el que a los vientos de una flecha fía
tan superior belleza?
Talón
Alguno que lo haría por fineza.
Federico
¿Fineza?
Talón
Pues ¿es poca a un buen donaire
enviarle a solas donde tome el aire?
Federico
¡Qué necedad!
Talón
¿O alguno a quien enfada
y verla no podía ni aun pintada?
Federico
Aunque esa es mayor; porque no fuera
posible que hombre humano aborreciera
perfección tan divina.
¿Viste, hermosura, di, más peregrina
en tu vida?
Talón
Cualquiera
que fuera viva me lo pareciera.
Federico
No son primores para mentecatos.
Talón
Pícaros no entendemos de retratos.
Federico
¡Con qué apacible ceño
la ofensa significa de su dueño,
como dando a entender que los enojos
despiertan lo dormido de sus ojos,
si ya no es desdén por los agravios
con que el carmín se le atrevió a los labios!
Su mano bella es jazmín nevado;
de oro el cabello es.
Talón
Y oro tirado,
si bien llegas a vello.
Federico
Mas que lo sea o no, ¿qué me va en ello?
Suenan un clarín dentro
Y más cuando el trompeta da llamada.
Y pues esto me importa poco o nada,
vamos a lo que importa.
Talón, por esa senda el paso acorta.
Mira si la respuesta desde el muro
han dado concediéndome el seguro
que pido, que no quiero
llegar hasta tenerle. Aquí te espero.
Talón
Yo volveré al instante.
Vase.
Federico
A nadie maraville, a nadie espante
la rendida fineza
que por mi hermano intenta la tristeza
con que vivo sin él. Mas ¡ay, esquivo
dolor! Te engañas, que sin él no vivo.
Y es verdad; que es un nudo tan estrecho
el de nuestra amistad, que está en el pecho
quejoso el corazón cuando no trato...
Pero ¡válgate el cielo por retrato!
Porque de verte la ocasión no pierda,
¿aun el acaso de una acción te acuerda?
¿Qué me quieres, bellísimo portento,
que vago jeroglífico del viento
a mi mano veniste?
A un triste, ¿no le basta el estar triste
sino imaginativo?
Si pretendes que, astro fugitivo
del firmamento, crea
la exhalación con que tu luz campea;
si pretendes que, al verte, te presuma
ave adornada de matiz y pluma;
si flecha del amor que, disparada,
en vez de plomo, de oro viene armada;
de más dulce veneno,
si áspid del aire que abrigué en mi seno...;
todo te lo concede mi sospecha,
que es astro, exhalación, pájaro y flecha.
Déjame, pues. Mas, ¡ay!, que ya te entraste
en mi pecho, a ocasión que en él hallaste
del corazón la puerta
para otro amor abierta.
Te aposentaste en él, huésped tirano,
por llenar el vacío de mi hermano;
y ya el echarte dél no es poco empeño.
¡Qué diera por saber quién es tu dueño
y qué causa habrá sido
la que te trujo donde, confundido,
mi juicio ha de andar equivocado
al verte, por saber quién con cuidado,
de flecha y de retrato emblema hecha,
el retrato arrojó y guardó la flecha!
O si acaso, según tu aleve trato,
arrojó la flecha y guardó el retrato.
Sale Talón.
Talón
Señor, ya han respondido
que puedes... (Mas, ¿qué hará tan suspendido?
Mirando está el retrato.
Estaba por llegar diciendo: “¡Ingrato!,
¿en mi ausencia ofenderme y agraviarme?”
Mas, ¿quién a mí me mete en empradarme?)
¡Señor, señor!
Federico
¿Quién osa llegar donde...?
Pero, Talón, ¿tú eres? ¿Qué responde
Madama a la llamada?
Talón
Que segura, señor, tiene la entrada
quien viene embajador de Federico.
Federico
Pues vamos, que he de ver si así publico
de mi fe la verdad y satisfecho
dejo mi amor. (Tú vuélvete a mi pecho
Al retrato.
y no seas en él huésped ingrato,
pues no eres tú el arpón sino el retrato.)
Vanse.
Salen Madama Inés, Laura y damas.
Madama
Dejadme, que para mí
no hay consuelo. Injusta estrella,
sólo al nacer favorable
y siempre al vivir opuesta,
¿tan poco honrado tu influjo
es que la palabra quiebras
y das las felicidades
a daño de las ofensas?
Laura
Pues el tumulto, señora,
de la plebe y la nobleza
–estando ya como estaban
a darse batalla expuestas–
se ha suspendido al oír
que de Federico venga
embajador, presumiendo
que de sus noticias pueda
ser que algún medio resulte
que abra a la quietud las puertas,
será bien que, aprovechando
este género de tregua,
des oído a que el valor
es hijo de la prudencia,
no de la temeridad;
y así, que no hay, considera,
quien venza con mayor fama
que el que a sí mismo se venza.
Tus primos son Federico
y Enrique, ¿quién puede...?
Madama
¡Cesa!,
que ya lo que a decir vas,
Laura, entendí; y aunque es fiera
proposición persuadirme
a que yo mi altivez tuerza,
dé a trato mi vanidad,
ni a partido mi soberbia,
es fuerza, ¡ay de mí!, que doble
la cerviz a la violencia
de las ráfagas del hado
y, a sus embates expuesta,
haya de tomar el puerto
a gusto de la tormenta;
en cuyo violento estrago
tanto el corazón se estrecha
que no sé cómo aliviar
sus ansias.
Margarita
Suspira, alienta.
Laura
Da voces, quéjate, llora.
Madama
¿Qué es llorar? ¿Eso aconsejas
a mi valor?
Laura
¿Hay mayor
desahogo a una tristeza
que lágrimas?
Madama
Pues ¿son másque una
mujeril flaqueza
que, por no atreverse a hacer
a los males resistencia,
fugitiva esclava huye
y robado al dueño deja
necesitado a que él solo
desamparado la sienta?
¿Yo había de llorar? ¿Yo había,
cómplice de igual bajeza,
de saber cómo se llora?
Demás que lágrimas tiernas
en la mujer no suponen;
porque han hecho el uso dellas
que, como alhajas sobradas,
a no buscarse se pierdan.
Y, en fin, más quiero que estén
por torcedores mis penas
del corazón que lloradas;
aunque tal la causa sea
como el haber de rendir
libertad, que nació esenta
de imperios de amor, a quien
grosero se desvanezca
de presumir que se supo
hacer dichoso por fuerza.
Margarita
En cuanto a la repugnancia
de casarte, no hay quien pueda
argüirte; pero en cuanto
a que, ya que ha de ser, sea
elección, no es en ti poca
ventura.
Madama
¿De qué manera?
Margarita
Las soberanas deidades,
las superiores bellezas,
antes, señora, que nazcan
se sabe para quién crezcan.
Y siendo así que había uno
que te mereciese apenas,
no es poca dicha haber dos;
y más si a elegir aciertas.
Y sí acertarás, porque es
muy pública la materia
de ser las dos condiciones
tan unidas como opuestas.
Yo lo sé bien, como quien
vasalla nació en su excelsa
corte; de donde mi dicha
quiso que a servirte venga
por deuda de Adolfo, que
en mí añadió deuda a deuda.
Y así, cuanto es Federico
–dado a los libros y ciencias–
de condición tan afable,
tan liberal, tan modesta,
tanto la de Enrique es
áspera, altiva y soberbia.
No hay hombre que a Federico
no le ame, estime y quiera;
ni hombre, ni mujer, señora,
que a Enrique no le aborrezca
tanto...
Madama
Queden por agora
esas noticias suspensas,
porque venir gente escucho.
Sale Adolfo.
Adolfo
Ya, como mandaste, llega
el embajador.
Sale Federico.
Federico
Que humilde
y desvanecido besa
la tierra que pisáis, ya
que la mano no os merezca.
Madama
Alzad del suelo...
Federico
(¿Qué miro?
¡Cielos!)
Madama
...y decid de vuestra
venida la causa.
Margarita
A Madama.
(Antes
oye.)
Madama
A Margarita.
(¿Qué quieres?)
Margarita
A Madama.
(Que sepas
que el embajador, señora,
es...)
Madama
A Margarita.
(¿Quién?)
Margarita
A Madama.
(Federico.)
Madama
A Margarita.
(Cuerda
has andado en advertirme.
Disimula.)
Margarita
A Madama.
(Que me vea
escusaré, retirada.)
Federico
(¿Si es ilusión de la idea
que, atenta al retrato, todo
quiere que se le parezca?)
Mas no; suyo es, que no pueden
convenir en dos las señas
de igual hermosura.)
Talón
(Creo,
según se pasma y eleva
mi amo de ver a Madama,
que ésta ha ser la comedia
de “El embajador turbado”.)
Madama
Decid, pues, ¿qué es lo que intenta
por vos Federico?
Federico
Dadme
para cobrarme licencia,
que turba vuestro respeto
al miraros de manera
que ha dejado al corazón
los oficios de la lengua.
El príncipe Federico,
humilde a las plantas vuestras,
por mí, señora (¡ay de mí!),
lo primero os representa
los sumos inconvenientes
que trae consigo la guerra;
y más en quien son la sangre
y religión una mesma.
Lo segundo os significa
el sumo amor con que precia
a la amistad de su hermano.
Y porque nunca parezca
que, desvalido su ruego,
a más no poder se venza,
ejército numeroso
trae a la vista en que pueda
honestar que no se vale
la súplica de la fuerza.
Y así, antes que en campaña
haga frente de banderas,
varias ciudades fundando
la población de sus tiendas,
atento a vuestro decoro
y después a su clemencia,
os suplica le feriéis
desdichas a conveniencias.
De Enrique la libertad
son todas las que desea,
que nada cree que le falte
como sólo a Enrique tenga.
Y así, por su canje ofrece,
antes que a las manos venga,
primeramente la acción
de la litigada herencia
desta dignidad, dejándoos
absoluto dueño della,
sin que puedan él y Enrique
–por quien la palabra empeña
seguro de que la cumpla,
como él, señora, la ofrezca–
repetir de sus derechos
la instancia. A cuya primera
capitulación añade
la parte que suya hereda
de su patrimonio, que aún
indivisa se conserva.
Y no ofrece la de Enrique
porque quiere que le deba
la fineza, sin que pague
los portes de la fineza.
A este fin, pues, hará al punto
particiones –que no hiciera
jamás–, jurando homenaje
de entregar todas las fuerzas,
plazas, castillos, ciudades
que a él toquen, sin que una almena
para sí reserve. Y si
espada y pluma reserva
para hacerse su fortuna,
no es ambición; pues aun ésta,
no ya prisionera, esclava
rendirá a las plantas vuestras;
adonde otra vez y otras
mil, por mí os suplica y ruega
que tantos amenazados
peligros os compadezcan.
Doleos, pues, de tantas vidas
como en un trance se arriesgan
a manos deste sañudo
monstruo, esta fiera, tan fiera
que se alimenta no sólo
de desdichas y miserias,
ansias y calamidades
de los hombres, pero llega
a ser tal que aun los hombres
de los hombres se alimentan.
Madama
Tan noble proposición,
heroica, piadosa y cuerda,
consultaré al parlamento.
Aquí esperad la respuesta.
Federico
Más he de esperar.
Madama
¿Qué es?
Federico
Que ver a Enrique merezca.
Madama
¿Adolfo?
Adolfo
¿Señora?
Madama
Haced
que Enrique a palacio vuelva.
Margarita
A Madama.
(Qué te parece, señora,
de Federico?)
Madama
A Margarita.
(Que es cierta
tu relación, pues a Enrique
vi altivo en la acción primera
y a él discreto en la segunda.
Y si yo elegir hubiera,
no sé si pudiera más
el valor que la prudencia.)
Vanse.
Talón
Señor,¿ pues qué suspensión,
pues qué admiración es ésa?
Federico
No te espante (¡ay infelice!)
que me admire y me suspenda,
si aquel bellísimo enigma
del retrato y de la flecha
se ha disfrazado en Madama.
Talón
¿Suyo es?
Federico
Sí.
Talón
Y que lo sea,
¿qué tenemos?
Federico
¿Qué tenemos?
Muchos males, muchas penas,
que se sienten sin que den
razón de por qué se sientan.
Desde el instante que vi
tan peregrina belleza,
empezó en curiosidad
el acaso; volví a verla
y pasó el acaso a duda
de quién dueño suyo sea;
hasta que viendo a Madama,
pasó la duda a evidencia,
sin que la evidencia pase
a noticias de que pueda
ser desperdicio del aire
tan alta y divina empresa.
Talón
Nunca yo en eso gastara
el discurso.
Salen Adolfo, Enrique y Patín.
Adolfo
Aquí os espera, Enrique,
el embajador.
Enrique
(¿Qué miro? Mas si él intenta
fingir, finja yo.) Seáis
bien venido.
Federico
Vuestra Alteza
me dé su mano a besar.
Adolfo
Hablad, pues tenéis licencia
de Madama, mientras yo
doy a su vista la vuelta.
Vase.
Enrique
¡Federico!
Federico
¡Enrique!
Enrique
Dame
mil veces los brazos.
Federico
Seas
tan bien hallado del alma
que sin ti vivió violenta
cuanto ya feliz de verte
con salud.
Enrique
Y tú la tengas
para que viva mi vida,
que no era vida en tu ausencia;
y porque dudosa así
no es bien que agora la tengas,
sepa qué causa te trae
con tal disfraz.
Federico
Aunque sea
molesto el que la repita,
como no me lo agradezcas,
puesto que lo hago por mí
sólo, quiero que lo sepas.
Hablan aparte.
Patín
¡Talón!
Talón
¡Patín!
Patín
Bien venido.
Talón
Bien hallado.
Patín
Tómale la mano.
Toca.
Talón
Suelta,
que aprietas mucho.
Patín
Ahí verás
lo que un prisionero aprieta
a cualquiera que le ve
sobre que haga diligencias
en su soltura.
Federico
En efecto,
alma, vida, honor, hacienda,
todo por ti lo he ofrecido
y todo aun es poco.
Enrique
Deja
que, puesto a tus plantas, bese
tus manos; que tal fineza
lo merece.
Arrodíllase y sale Madama.
Madama
Aquí tenéis,
embajador, la respuesta
para Federico. Pero
¿qué acción tan trocada es ésta?
Patín
A Talón.
(Coger de manos a boca
llaman a esto las viejas.)
Talón
A Patín.
(Y a estotro las mozas llaman
caerse la casa a cuestas.)
Madama
Vos, Enrique, ¿tan rendido
a quien embajador llega
hoy de vuestro hermano? ¿Y vos
tan vano que lo consienta?
Enrique
(Pues con tal falsedad habla,
sin duda que aquella fiera
le ha dicho quién es. Hagamos
del ladrón fiel.) Aunque pueda
valerme de la disculpa
de que un afecto se deja
mandar tal vez de la acción,
no he de aprovecharme della;
que si a mi hermano le abona
lo ilustre de la fineza,
gozando de embajador
seguros y preeminencias
para fingirse, a mí no;
y son cosas muy diversas
el que él os finja de fino
y yo, de no fino, os mienta.
Federico, pues, señora...
Madama
Poco estimo la advertencia,
que ya era en vano el decirla.
Enrique
Sí, mas no en vano el hacerla.
Federico
Si yo, señora...
Madama
¡No más!
Y pues yo no formo quejas,
¿para qué es formar disculpas?
La respuesta, en fin, es ésta;
y aunque a vos iba cerrada,
ya está para vos abierta.
Consultadla entre los dos,
advirtiendo que, al leerla,
ni el que me elija me obligue,
ni el que me deje me ofenda.
Ven, Margarita.
A Margarita.
(Y procura
–porque a mí los que me esperan
no me echen menos– oír,
desos canceles cubierta,
cómo la proposición
admiten.)
Vase y queda Margarita al paño.
Margarita
A Madama.
(A tu obediencia
estoy; y aqueso, aunque no
me lo mandaras, lo hiciera.)
Los Dos
¿Ni el que me elija me obligue,
ni el que me deje me ofenda?
¿Qué enigma es ésta?
Talón
Ésa es
la necedad del que empieza
a dar, señor, el reloj
y pregunta, ¿qué hora es ésta?
Patín
Si está la carta en tu mano,
¿no es mejor abrirla y leerla
que preguntarlo?
Federico
Veamos
qué dice.
Enrique
Desta manera:
Lee.
“Pues en los dos una estrella
influye igual lustre y fama,
elegid quién querrá vella
en su estado sin Madama
o en este estado con ella.”
Federico
¿En su estado sin Madama
o en este estado con ella?
Si la obligación, Enrique,
de ser hermanos y amigos
ilustró alguna fineza
que hacer pensé en tu servicio;
si della, aunque fue verdad
que la hice por mí mismo,
en ti no resultó agravio
antes que en mí beneficio;
si agradecido, en efecto,
no ha un instante que te miro,
buena ocasión se te ofrece
de lograr lo agradecido.
La hermosura de Madama...
Enrique
No prosigas, Federico;
que no es justo que me ganes
la antigüedad en decirlo,
supuesto que yo la tengo
en haber primero visto
que tú a Madama y es más
que el publicarlo el sentirlo.
Desde el día que quedé
su prisionero...
Margarita
(¡Ah enemigo!)
Enrique
...la libertad de la vida
y la del alma la rindo.
Federico
No antigüedades alegues,
supuesto que nunca hizo
amor pleito de acreedores.
Mi amistad a darte vino
la libertad, ¿será bien
que habiéndome yo metido
en el peligro por ti
me dejes en el peligro?
Enrique
¿Y será bien que tú vengas
a darme la vida fino
y me des la muerte fiero,
conociendo el homicidio?
Federico
Yo vi a Madama...
Enrique
Yo y todo
y ha más tiempo que la asisto;
conque será más mi amor,
pues todo lo que ha crecido
lleva al tuyo de ventaja.
Federico
Por eso le pintan niño
y dios, mostrando que en él
aun son instantes los siglos.
Enrique
Es pintar como querer;
que, comunicado, bríos
no me negarás que cobra.
Federico
No es argumento preciso;
que también, comunicado,
muere a manos del olvido.
Enrique
En fin, no viste a Madama;
y amor tan a sus principios
tiene menos que vencer.
Federico
Eso es volverse a lo antiguo
otra vez; y porque aun eso
no esfuerce su acción te digo
que, aunque ahora he visto a Madama,
antes de agora la he visto.
Enrique
¿Dónde o cómo?
Federico
En un retrato.
Enrique
Luego hay de tu amor al mío
lo que hay de vivo a pintado.
Federico
Sí; mas de pintado a vivo
hay también el ser materia
más dispuesta mi albedrío,
pues para arder en sus aras
a menos llama le rindo.
Enrique
Una hermosura en retrato
es sólo mirar los visos
del sol, mas no al sol.
Federico
Tal vez
hiere más cuanto más tibio;
mayormente cuando causa
en él este fiel prodigio
ver cómo llegó a mis manos
arbolado basilisco
del aire, donde en mi pecho
áspid de fuego le abrigo;
y pues que, no sin misterio,
alma de una flecha vino,
no vino para que haga
del misterio desperdicio.
Enrique
¿En una flecha?
Federico
Su pecho
della lo publique herido.
Margarita
(¡Válgame el cielo! ¿Qué oigo?)
Enrique
¡Válgame el cielo! ¿Qué miro?
Federico
¿De qué te admiras?
Enrique
De que
diese armas contra mí mismo,
pero quizá en mi favor;
pues este mudo testigo
en mí desecha la causa
del efecto que en ti hizo.
Federico
Luego ¿fue tuyo el retrato?
Enrique
Sí.
Federico
¿Con qué causa, ofendido,
le diste al aire?
Enrique
En la aljabade
Margarita,...
Margarita
(¡Divinos
cielos, aquí entro yo agora!)
Enrique
...que sólo a matarme vino
a Turingia,...
Federico
Ya lo sé;
y que asiste en el servicio
de Madama, que por eso
no estraño el haberla visto.
Enrique
Pues esa ingrata, esa aleve
que aborrecen mis sentidos,
desde que a Madama vi,...
Margarita
(¡Qué mal mis penas resisto!)
Enrique
...celosa le hirió y celosa
le arrojó; conque el prodigio
que tu partido esforzaba
vuelve a esforzar mi partido,
pues matarme con mis armas
no es acción de pecho invicto.
Margarita
(Mucho será que mi ira
no me arroje a un precipicio.)
Federico
La razón de que te vales
es de mi razón indicio,
pues amaba escrupuloso
ignorando el dueño indigno
del retrato y del despecho;
y habiendo una dama sido,
lo que has dicho como culpa
yo como disculpa admito.
Enrique
Sí; pero tú en nuestra patria
fuiste en ella más bien visto.
Reina en ella y vive en ella
feliz, amado y temido;
y déjame esta fortuna
para que, adonde vencido
me vi, vencedor me vea.
Federico
Bien lo acabaran conmigo
mi amor, mi amistad, mi fe;
pero no con mi albedrío.
Y así, el retrato me vuelve.
Enrique
Si fue mío y si perdido
vuelve a mi mano, ¿por qué?
Federico
Yo tampoco. Si a mí vino,
¿por qué he de perder lo hallado?
Enrique
Mío fue el primer dominio.
Federico
Mío fue el segundo acaso.
Enrique
En fin, o hallado o perdido...
Federico
En fin, perdido o hallado...
Los Dos
...mío es.
Sale Margarita y quítales el retrato.
Margarita
No es sino mío,
pues yo también le perdí
y le hallé.
Enrique
¡Fiero enemigo,
oye, escucha!
Federico
¡Espera, aguarda,
tirana!
Los Dos
Ciego la sigo.
Patín
¿Qué dices desto, Talón?
Talón
Qué nada preguntes digo;
que no me toca, porque
la jornada ha de decirlo.

Segunda Jornada

Salen Patín, Talón, Enrique, Federico y Margarita.
Patín
¿En qué quedamos?
Talón
En que
la jornada lo dijese.
Patín
Pues dígalo la jornada,
que al mismo paso se vuelve.
Enrique
Pues antes que entres al cuarto
de Madama detenerte
pude...
Federico
Pues pude alcanzarte
antes que en el cuarto entres...
Enrique
...vuélveme, fiera, el retrato
que, como mío, me debes.
Federico
Yo le truje y, como mío,
a mí el retrato me vuelve.
Margarita
Ni a uno ni a otro he de darle,
que también es mío dos veces;
y a ti, menos.
Enrique
No me obligues...
Margarita
¿A qué he de obligarte, aleve,
falso, injusto, cruel, tirano?
Enrique
A que en ti, tirana, vengue
un lance y otro.
Margarita
¿Vengarte
tú en mí? ¿Cómo?
Enrique
Desta suerte.
Saca la daga.
Mas que... si yo... ¡Loco estoy!
Margarita
¿Tú la daga?
Federico
¡Enrique, tente!
¿Tal indecoro aquí?
Enrique
¿Cómo
que guarde decoros quieres
quien pierde el juicio? Sin mí
estuve. ¡Jesús mil veces,
lo que un primer movimiento
al más atento enloquece,
priva y enajena!
Margarita
Pues
por más que dorar intentes
tan mal parecida acción,
ingrato, no he de volverte
el retrato.
Sale Madama.
Madama
¿Qué retrato?
Federico
(¡Raro empeño!)
Enrique
(¡Lance fuerte!)
Talón
A Patín.
(¡Volviose a caer la casa!)
Patín
A Talón.
(Y aun el caso, me parece.)
Madama
¿Vos turbado? ¿Vos desnudo
el acero? ¿Tú, imprudente,
diciendo a voces que no
has de volver...
Todos
(¡Dura suerte!)
Madama
...el retrato? ¿Qué retrato
ni qué desacato es éste
tan no usado, tan no visto,
tan no imaginado?
Margarita
Atiende.
Hablando estaban los dos
a tiempo que deste verde
jardín al cuarto pasaba;
y, escusando el que me viesen,
me detuve acaso, haciendo
desos jazmines canceles.
A Madama.
(Tú me lo mandaste.)
Madama
A Margarita.
(Sí.)
Prosigue. ¿Qué te suspende?
Margarita
Una vez, pues, recatada,
oí que, rendido y prudente,
Federico decía a Enrique:
“Si hermano, si amigo eres,
para mostrarlo los cielos
bastante ocasión te ofrecen.
Déjame esta dicha a mí
y tú a nuestra patria vuelve
a ser dueño della”. Enrique,
colérico y imprudente:
“No es dicha tuya ni mía”
–respondió–. “No nos conviene
el que nunca esposa sea
la que fue enemiga siempre.
¿Cuánto es mejor –pues a vista
tan grande ejército tienes
y ella su corte alterada–
que a sangre y a fuego entres
y acabemos de una vez,
pues Turingia nos compete,
de cobrarla, sin la costa
de casarte?” “¿Cómo quieres”
–Federico prosiguió–
“que seguir la guerra intente
si es Marte quien la amenaza
y es Amor quien la defiende?
Su hermosura, Enrique, adoro;
y para que te presente
un testigo que asegure
cuán grande imposible es ése,
este retrato” –y sacole
del pecho con reverente
adoración– “diga cuánto
ha que el corazón le ofrece
mil sacrificios de fuego,
bien que el ídolo es de nieve”.
Tomando Enrique el retrato,
dijo: “Pasión tan rebelde,
ya que no pueda del alma,
del pecho arrancarte intente;
y para que nunca a él pueda
volver he de deshacerle
entre mis manos...” Sacó
la daga sin que tenerle
pudiésemos Federico
ni yo –que al ver ofenderte,
ciega salí–, en cuyo trance,
como de mí no tuviese
recato, quitarle pude
de su mano. Quiso, aleve,
cobrarle; y aquesta fue
la causa de que dijese:
“No he de volver el retrato”;
y de que a tu mano llegue,
herido el pecho, porque él
mejor que yo te lo cuente.
Patín
A Talón.
(¡Ay qué embuste!)
Talón
A Patín.
(¡Qué mentira!)
Patín
A Talón.
(Vámonos de aquí, que tiene
traza de enredar a todos.)
Vanse.
Federico
Si das, señora...
Enrique
Si crees...
Federico
...oído a tal engaño...
Enrique
...que
pueda ser...
Madama
Ninguno intente
disculparse de los dos;
que aquestas señas no mienten
ni pueden mentir.
Enrique
Señora...
Federico
Considera...
Enrique
Mira...
Federico
Advierte...
Madama
¿Qué hay que advierta? ¿Qué hay que mire
ni qué hay que considere
cuando, por no saber cuál
de los dos es el que ofende
más mi decoro, no sé
por cuál de los dos empiece
a desahogarse la queja
que ya en mi pecho se enciende?
Vos, Federico, ¿licencia
tan osada como haberse
atrevido a ver mi imagen?
Federico
¿Cuándo a la deidad ofende
la adoración?
Madama
Vos, Enrique,
¿tan desatento?
Enrique
Si entiendes,
que es verdad...
Madama
¡Basta, basta!
Y, supuesto que igualmente
se opone a mi estimación,
a mi respeto se atreve
el que mi retrato adora
que el que mi retrato hiere,
no más. Idos, Federico,
que aunque pudieran las leyes
de embajador no valeros,
pues que no lo sois, no quiere
mi valor embarazaros
el consejo que os ofrece
Enrique; porque veáis
cuán poco mi esfuerzo teme
vuestras armas. Vos, Enrique,
volved donde preso os tiene
el homenaje; que yo
sabré, aunque nobleza y plebe
quieran lo contrario, hacer
que mi cólera escarmiente
al que mi sombra idolatra
aún más que al que la aborrece.
Federico
Señora, yo...
Enrique
Yo, señora...
Margarita
No he de oíros.
Federico
Si no atiendes...
Enrique
Si no escuchas...
Madama
¡Baste, baste!
Idos, pues.
Federico
Obedecerte
es fuerza, mientras el modo
de desenojarte piense.
Enrique
Y yo, mientras el camino
hallo de satisfacerte.
Federico
Y hasta que lo estés, permite
el que tu corte no deje.
Enrique
Y hasta dar con él, perdona
que no tengo de volverme
a la prisión.
Federico
(¡Qué temor!)
Enrique
(¡Qué ansia!)
Federico
(¡Qué pena!)
Enrique
(¡Qué muerte!)
Madama
No os vea yo agora; que, como
mi furor de mí os aleje,
más que después nunca estéis
ni uno preso ni otro ausente.
Vanse Enrique y Federico.
Margarita
El que te ofendas de Enrique
es justo, pues él te ofende;
mas que te ame Federico,
¿por qué, señora, lo sientes?
Madama
¡Ay, Margarita, que hay
más mal que piensas!
Margarita
Bien puedesfiarte de mí.
Margarita
Claro está,
pues tú, ¡ay infelice!, tienes
de mi voluntad las llaves;
pero es tal el dolor fuerte
que me aflige, que aun a ti
no sé cómo te lo cuente.
Desde que determinó
el parlamento que fuese
uno de los dos mi esposo,
a la fortuna obediente
el brazo torcí, agobiando
a tantos inconvenientes
la cerviz –que aun no tenía
domadas mis altiveces–,
imaginando entre mí
que nadie a la mano puede
ir a la imaginación.
Y así, al dudar que pudiese
–siendo su estado más rico–
trocar a los intereses
de mi mano, discurrí
si me era más conveniente
Federico por lo sabio
que Enrique por lo valiente.
Representábame aquél
cuán discreto, cuán prudente
hizo la proposición
a que vino; a tiempo que éste
me representaba cuán
animosamente débil,
bañado en su noble sangre,
le hallé animando sus huestes
el día de la batalla;
y cuánto, restado, hiciese
volver la espalda después
tanto número de gente
como, en el primer motín,
a Adolfo siguió. De suerte
que, entre el valor y el ingenio,
estaba, ¡ay de mí!, pendiente.
Mas como la simpatía
incline, ya que no fuerce
por aquel mandado influjo
que de los astros desciende,
se confrontó con el mío
más el espíritu ardiente
de Enrique, deseando que él,
ya que había de ser, fuese.
Entiéndelo tú, sin que
a mí el decirlo me cueste.
Mas ¿qué importa que lo diga
si es preciso –¡pena fuerte!–
que, al oír –¡dolor injusto!–
de ti agora –¡dura suerte!–
que Federico me adora
y que Enrique me aborrece,
la mina del corazón,
que estaba oculta, reviente?
Tú tienes, ¡ay Margarita!,
la culpa que tú no tienes;
pues con decir que él me injuria
me dices que yo me queje.
Enrique, que ver el puerto
desde la cumbre eminente
de sus esperanzas pudo
al golfo de mis desdenes,
no sólo a él aspira, pero...
Mas él a esta parte vuelve.
Porque no se atreva a hablarme
y alguna vez se destemple,
en tanto que yo me escondo
en las marañadas redes
destas murtas, Margarita,
sal tú al encuentro y detenle
diciéndole que se vuelva,
porque conmigo no encuentre.
Margarita
Pues ¿cómo quieres que yo
me atreva?
Madama
Pues tú ¿qué temes?
Margarita
Haberte dicho...
Madama
¿Qué importa
que la verdad me dijeses?
¿Pudístelo tú escusar
a lo que te dije?
Margarita
Advierte
que podrá...
Madama
Yo estoy aquí.
Escóndese.
Margarita
(¡Quién vio empeño como éste!)
Salen Patín y Enrique.
Patín
¿Es posible que te atrevas
a volver aquí?
Enrique
¿Qué quieres?
¿Tengo yo elección, ni arbitrio,
ni juicio?
Patín
Pues ¿qué pretendes
sin aquesas tres alhajas?
Enrique
Morir donde me consuele
el ver que me he de morir.
¿Quién creyó de mí...?
Margarita
¡Detente,
Enrique! Y de aquí no pases,
porque anda Madama en ese
jardín y quiere estar sola.
Enrique
¿Que aun un alivio tan leve
como el verla hubieses tú
de ser la que lo impidiese?
Pero yo me volveré
sin verla a ella por no verte;
que una acción desatinada
no es acción para dos veces
y temo que mis desdichas
segunda vez me despeñen.
Adiós, pues.
Margarita
Vete tú agora
y sea por lo que fuere.
(Bien, fortuna, ha sucedido.)
Enrique
Pero antes que me ausente,
ya que las pruebas de loco
hechas mi dolor me tiene,
no puedo dejar, ingrata,
de decirte...
Margarita
Nada tienes
que decirme.
Enrique
Sí tengo. Oye.
Margarita
Nada he de oírte. ¡Vete, vete!
Madama
Al paño.
(Aquí entra agora la queja
de que el suceso dijese
pasado.)
Enrique
Mas no será,
fiera, sino solamente
que, ya que de mí te vengas,
será justo que me vengue.
Verdad es que yo te quise
un tiempo, pero ¿qué tiene
que ver que un hombre se mude
con que una mujer se arriesgue?
¿No bastó que hallando medios
de nuestra patria vinieses
a Turingia? ¿No bastó
que a verme a la torre fueses,
cuando la batida?
Madama
(¡Cielos,
ya es muy otro caso éste!)
Margarita
No prosigas, porque nada
de lo que dices entiende
mi discurso.
Patín
Sí prosigas.
Desbucha cuanto supieres,
descansa tu corazón.
Enrique
¿Y no basta, finalmente,
el que, hallándome adorando
aquel retrato, tú fueses
la que el arpón le pasases
y, porque a mí no volviese,
le disparases al viento
–que por raro contingente,
clavado en la flecha, a manos
de Federico le lleve–,
sino que –volviendo agora
a la tuya– me pusieses
en ocasión –esto sólo
me pesa que se me acuerde–
de que, sacando la daga,
pudieses decir...?
Margarita
Suspende
la voz que, si porque dije
que andaba Madama en ese
jardín, pensando que te oiga,
inventar novelas quieres
–y tan mal trazadas que
aun no son para aparentes–,
es en vano.
Enrique
Mira cuánto
de mí lo contrario temes;
que, a pensar que alguien lo oía,
callara, porque no debe
ser disculpa de los hombres
desdoro de las mujeres.
El decirte esto no es más
que pedir tus iras temples.
Siente tus celos sin que
sienta mi honor que lo sientes.
Y así no temas que nunca
esto a su noticia llegue,
aunque padezca, aunque llore,
aunque gima y aunque piense
perderla por ti; que, en fin,
soy quien soy y eres quien eres.
Vase.
Patín
Él bien lo podrá callar;
mas yo, que soy un pobrete
que no entiende del honor
las filigranas de allende,
aquí y en cualquiera parte
lo diré, si se me ofrece;
y a voces, porque en efecto
soy quien soy y eres quien eres.
Vase.
Sale Madama.
Madama
En fin, Margarita, no hay
cosa que no se revele.
Margarita
Si tú te ocultas tan mal,
señora, que pueda verte,
¿qué mucho que en su disculpa
tales fábulas invente?
Que yo cuando...
Madama
Bien está.
Vete de mis ojos, vete;
y sin orden mía, a mis ojos
no vuelvas.
Margarita
(¡Cielos, valedme!
Víbora he sido; mi misma
ponzoña me ha dado muerte.)
Vase.
Madama
¿Quién se atreverá a decir
en lo que llego a oír y ver
si tengo que agradecer
o si tengo que sentir?
Porque si quiero inferir
quién es dueño de un temor...
Música
dentro
...es el engaño traidor;...
Madama
...y quién, de una ansia mortal,...
Música
dentro
el desengaño leal.
Madama
¿Quién con tal eco sonoro
ha aumentado mi dolor?
Cuando entre uno y otro horror
son para mí en pena igual...
Música
dentro
el uno dolor sin mal
y el otro mal sin dolor,
es el engaño traidor;
el desengaño, leal.
Madama
La música que mandé
que a los jardines bajara
parece que, de mi rara
duda, el oráculo fue.
Y es verdad, que cuando en fe
de un ignorado dolor
preguntaba a mi temor
¿qué mal es el mío?, me advierte
que quien quiere darme muerte...
Ella y Música
es el engaño traidor.
Madama
Díganlo de Margarita
las cautelas con que ya
nuevos afectos me da
pensando que me los quita;
pues cuando más solicita
a Enrique poner en mal
es la verdad de amor tal
que hace que de parte esté
contra la traidora fe...
Ella y Música
...el desengaño leal.
Madama
De él me juzgaba ofendida
juzgándome a él inclinada;
pero ya, desengañada,
debo estarle agradecida,
que si de otro amor se olvida,
los celos, en caso tal,
aunque son dolor, no igual
al que temí. Conque, ¡ay Dios!,
ya que son dos, de los dos...
Ella y Música
...el uno, dolor sin mal.
Madama
Albricias, pues, corazón;
que aquí que nadie os escucha.
De aquella callada lucha,
la duda de la elección
no toca a la estimación;
y cuando sea en rigor
de Federico el favor,
me aliviara en pena tal...
Ella y Música
...que el uno es dolor sin mal
y el otro mal sin dolor.
Salen Federico y Enrique.
Federico
(Desta música guiado...)
Enrique
(Llamado destos acentos,...)
Federico
(...vengo, a pesar del enojo...)
Enrique
(...a pesar de la ira, vuelvo...)
Federico
(...de Madama, porque juzgo...)
Enrique
(...de Madama, porque pienso...)
Federico
(...que, cuando el riesgo es tan noble,
ha de apetecerse el riesgo.)
Enrique
(...que, cuando es tal el peligro,
es el peligro el remedio.)
Federico
(Pero aquí esta. ¡Qué bien dudo...)
Enrique
(Pero aquí esta. ¡Qué bien temo...)
Federico
(...volver a ver su semblante!)
Enrique
(...volver a mirar su ceño!)
Federico
(Ya me vio. ¡Vengan desdenes!)
Enrique
(Ya me vio. ¡Vengan desprecios!)
Madama
¿Federico? ¿Enrique? Ya
habréis visto de aquel pliego
la consulta.
Los Dos
Sí, señora.
Madama
Y ¿qué es lo que habéis resuelto?
¿Quién queda en Turingia?
Los Dos
Yo.
Madama
Pues ¿quién, decid, según eso,
a Sublac vuelve?
Los Dos
Mi hermano.
Madama
Ya la cortesanía entiendo.
Si yo embarazo, enviad
la respuesta al parlamento
y no me la deis a mí;
que ver padecer no quiero
en la atención de los dos
escrúpulos al respecto
para no decirme cuál
se vuelve. Guárdeos el cielo.
Vase.
Federico
¿Qué es esto? Cuando esperaba...
Enrique
Cuando aguardaba, ¿qué es esto?,...
Federico
...que de aquel traidor engaño
volviera a los sentimientos,...
Enrique
...que durara la ojeriza de
aquel traidor fingimiento,...
Federico
...¿tan otra la acción?
Enrique
...¿tan otro
el semblante?
Federico
¿Qué sucesola
habrá mudado?
Enrique
No sé;
si ya no es su entendimiento
que, viendo que un accidente
no ha de destruir precepto
tan general, ha tomado
sin duda por buen acuerdo
hacer desperdicio dél,
restituyendo al primero
estado lo principal.
Federico
No discurres mal. Y puesto
que fue un paréntesis sólo
el pasado desacierto
–que una vez cerrado, vuelve
a proseguir el concepto–,
Enrique, hermano, amigo,
pongo por testigo al cielo
que, si a costa de mil vidas
presumiera que el incendio
de mi pecho se apagara
con la sangre de mi pecho,
me le rompiera, sacando
dél en cenizas envuelto
el corazón para que,
víctima en el ara ardiendo
del templo de la amistad,
fuera culto de su templo
en fe de tuyo; mas ¿qué
ha de importarle, muriendo
con la terquedad del alma
mi amor? Y pues que no puedo
yo borrarle della, tú...
Enrique
Que no volvamos, te ruego,
a la pasada cuestión;
que aunque esperanzas no tengo
y es fuerza ser el mal visto
–por el aborrecimiento
que de mí creyó–, es en vano
que ceda; porque más quiero
que ajena mano me mate
que matarme yo a mí mismo.
Desprécieme mi fortuna,
no mi elección.
Federico
Haya un medio.
Enrique
No sé que le tenga amor.
Federico
Sirvamos los dos a un tiempo,
sin que la dicha de uno
sea de otro sentimiento;
conque quedará la pena
cautelada del consuelo
el día que ganes tú
la ventura que yo pierdo.
La competencia en los nobles,
dijo un hidalgo proverbio
que era una lid generosa.
Enrique
No es sino abatido duelo,
tal que hiciera ruin el alma
si el alma pudiera serlo.
Quien adora lo que adoro,
quien espera lo que espero,
lo que idolatro idolatra,
festeja lo que festejo,
goza también lo que gozo,
padece lo que padezco,
¿puede ser competidor
y amigo? No. ¿Cuándo fueron
los celos plaza sitiada
para capitular medios?
Yo serviré; sirve tú,
mas no con consentimiento;
que no han de pasar mis penas
el que salgan los desprecios
con insignias de favores,
pues dice adagio más cuerdo:
“sobre celos no hay partido”.
Federico
¿No hay partido sobre celos?
Enrique
No.
Federico
¿Y has de sentirlo?
Enrique
Sí.
Federico
¿No hay remedio?
Enrique
No hay remedio.
Federico
Pues dame, Enrique, los brazos;
y adiós, porque no teniendo
medio el disgustarte, hoy
verás que a la patria vuelvo;
pero sabe que a morir.
Enrique
¿Lloras?
Federico
Sí, yo lo confieso;
y sin vergüenza, porque
si amor disculpa este yerro,
¿qué harán amor y amistad?
Enrique
Límpiate, que gente siento.
Salen Adolfo y Celio.
Adolfo
De parte de la nobleza,
yo...
Celio
Y yo de parte del pueblo...
Adolfo
...vengo a saber de los dos...
Celio
...saber de los dos pretendo...
Los Dos
...en qué os habéis convenido.
Enrique
Yo lo diré. (¡Dadme, cielos,
paciencia, ya que me obligan
tan nobles sus rendimientos.)
Es tan alto el interés,
es tan soberano el premio
de ser de Madama esclavo
y ser de Turingia dueño
que no hay conveniencia en que
ninguno pierda el derecho
a tan no esperada dicha.
Y así, hemos los dos resuelto,
con el debido decoro
que al ser quien somos debemos,
en las manos de Madama
volver a poner el pliego.
Sea suya la elección,
que nosotros no queremos
más que servir; y que den
los influjos de su cielo
a quien quisiere la dicha,
ya que no el merecimiento.
Adolfo
Tan cortesana respuesta
a Madama llevaremos.
Celio
Y ella hará la estimación
que debe a tan noble acuerdo.
Adolfo
A Enrique.
Y creed que la nobleza
estimará con estremo
que seáis vos el elegido.
Celio
A Federico.
Y creed que todo el pueblo
está deseando que vos
seáis quien goce su gobierno.
Adolfo
A Enrique.
A cuyo efecto, tendréis
siempre en mí un leal tercero
–si la elección se reduce
de mis canas al consejo–
que en vuestros méritos hable
como debo.
Celio
A Federico.
A cuyo efecto,
siempre en mí tendréis quien haga
de vuestro mérito acuerdos
en aplausos populares,
que no son malos terceros
para amantes pretensiones.
Enrique
A Adolfo.
Con el alma os lo agradezco.
Federico
A Celio.
Yo con la vida os lo estimo;
y os doy palabra que el tiempo
os diga cuán obligado
quedo del ofrecimiento.
Celio
A Federico.
En fin, ¿lo pagaréis?
Federico
A Celio.
Sí;
y otra y mil veces ofrezco
el seros agradecido.
Celio
A Federico.
Otra y mil veces acepto.
(Aunque no tanto por vos
cuanto por vengarme, ¡ah cielos!,
de aquel desaire de Enrique.)
Adolfo
Vamos donde hagamos, Celio,
desta respuesta la forma,
para ir con ella luego
a la audiencia de Madama.
Vanse.
Enrique
Federico, ¿estás contento
con que me he dado a partido?
Federico
Contento no; pero, atento
a tu cordura, te estimo
la resolución.
Sale Patín.
Patín
¡Qué presto
corre una voz en el vulgo!
Sale Talón.
Talón
Si vuela en alas del viento,
¿qué mucho?
Enrique
A Patín.
¿De qué es di, loco,
la alegría?
Federico
A Talón.
¿De qué es, necio,
el placer?
Patín
De que oyó apenas
la gente el conforme acuerdo
de los dos en reducirse
a público galanteo
vuestra competencia cuando,
adivinando torneos,
justas, saraos, festines,
galas, libreas, festejos,
todos se alegran.
Talón
Y tanto
estima que se hayan vuelto
duras campañas de Marte
en blandas selvas de Venus
que, como si fuera éste
de Carnestolendas tiempo,
de máscaras y disfraces
en un punto se han cubierto
calles y plazas.
Patín
Y más,
que todo se sabe luego;
y es que esta noche las damas
dizque un festín han dispuesto
en albricias de la paz,
cuyo nombre es, si me acuerdo,
“La galería de Amor”,
que es un bailete compuesto
de cuantos en el salón
de máscara entran.
Talón
Y atentos
es fuerza estar los dos con
el digno embelesamiento
de ojos. Mas, oíd los ecos.
Patín
Ya de voces y instrumentos
el aire se puebla.
Unos
¡Viva
Enrique!
Patín
¡Viva por cierto!
Otros
¡Viva Federico!
Talón
¡Viva
también!
Patín
Parece que opuestos
a cátedra estáis, según
los vítores.
Enrique
Pues supuesto
que ya estamos declarados
competidores, los cielos
te guarden.
Federico
¿Por qué de mí
te despides con despego?
Enrique
Porque a mi competidor,
aun saludarle el sombrero
es por decir de los otros.
Federico
Pues si ése es tu gusto quiero,
antes que tú te le hagas,
hacértele yo. Los cielos
te guarden. Vamos, Talón.
Talón
Que has de ser, sin duda, creo,
tú el elegido.
Federico
¿Por qué?
Talón
Porque lo mereces menos.
Vanse.
Enrique
¡Ay, Patín!, llegó mi vida
a su fin.
Patín
¡Téngate el cielo en
descanso! Mas, ¿por qué
desconfías?
Enrique
Porque es cierto
que está creyendo Madama
que soy yo quien la aborrezco
y mi hermano quien la adora.
Patín
No te desconsueles deso,
que vencer lo no vencido
suele el desvanecimiento
por tema más que por gusto;
y en cuanto a ser tema, pienso
que esté en tu favor.
Enrique
¡Mal haya
tan malogrado despecho
que, ya que dejó noticias
de loco y de desatento,
no dejó comodidades
–que suele tener el serlo–,
dando la muerte a aquel áspid,
a aquel basilisco fiero,
por quien sin culpa y disculpa
tantas desdichas padezco!
¿Qué diera, ¡ay Dios!, por poder,
sin faltarme yo a mí mesmo,
desengañar a Madama?
Sale Margarita a una reja.
Margarita
(Sólo está el jardín. No veo
más que a él y al criado.) ¡Enrique!
Enrique
¿Llamaron?
Patín
Sí.
Enrique
¿Dónde?
Patín
Pienso
que hacia allí.
Margarita
¡Enrique!
Enrique
¿Quién llama?
Margarita
Leed, responded y sea presto,
que una cinta bajará
por la respuesta.
Enrique
¿Qué es esto?
Patín
Si es Margarita, ¿qué quieres
que sea sino otro enredo?
Enrique
Un libro es de memoria.
Patín
Veamos si es de entendimiento.
Enrique
Lee.
“Madama oyó lo que me dijisteis y, desterrada
de su cuarto, me tiene en el mío retirada.
Temo que amenazan mi vida su condición
y mi delito. No os acordéis que erré,
sino que erré celosa; y pues me
sacaron de mi casa mis finezas, vuélvame
a ella vuestra obligación.
Entre las máscaras desta noche saldré
disfrazada. Tened quien me
acompañe; que si vos estáis quejoso,
yo, afligida; y nada debe de
agradarnos, a mí de mujer ni a vos
de caballero. Dios os guarde.”
¿Quién en tal duda se ha visto?
Patín
Y ¿qué has de hacer?
Enrique
¿Cómo puedo
faltar, ya que falte al gusto,
a la deuda? Fuera desto,
lo que me debo por mí
ya en albricias se lo debo;
pues sé que sabe Madama
que la adoro y no la ofendo.
Responderela que salga.
Patín
Que fuera mejor, sospecho,
dejarla que pereciera
a manos de su embeleco;
que si saben las mujeres
que, en enredando y mintiendo,
ha de haber quien las escape,
ya verás qué harán con eso,
sobre su mal natural.
Salen Madama y Laura a una reja debajo de la de Margarita.
Laura
A Madama.
(Esta galería del cierzo,
que en lo bajo participa
de más saludable fresco,
podrá divertir, señora,
un rato tus sentimientos.)
Madama
A Laura.
(Dices bien; pues amparadas
de las ramas que sirvieron
de celosía a sus rejas,
ver sin ser vistas podemos
en tanto que aquí me traigan
de la nobleza y el pueblo,
en la respuesta que aguardo,
la ventura que no espero.)
Laura
A Madama.
(¡Qué solo el jardín está!)
Madama
A Laura.
(Sólo a Enrique y su escudero
veo en él.)
Laura
A Madama.
(Y me parece
que está, señora, escribiendo.)
Enrique
Ya respondí.
Patín
Y bien tasado
de la tal respuesta el tiempo
echan de arriba un listón.
Margarita
(A asomarme no me atrevo.
Basta que baje la cinta.)
Baja un listón.
Enrique
Mira si hay en todo esto
quien pueda vernos.
Patín
No hay nadie.
Enrique
Pues a dar el libro llego.
Laura
A Madama.
(Hacia aquí viene.)
Madama
A Laura.
(Si acaso
oyó ruido y quiere vernos,
no lo logre. Cierra y deja
sólo un postigo entreabierto
para ver, sin que nos vea,
si acaso es otro su intento.)
Enrique
Bien podéis subirle ya.
Madama
No puede.
Quita el libro Laura.
Enrique
¿Qué miro? ¡Cielos!
¿Quién es quien el libro quita?
Laura
¿Quién os mete a vos en eso?
Patín
¿Quién le ha de meter? El cura.
Enrique
¡Ay de mí, infeliz! ¿Qué es esto?
Patín
¿Eso dudas? Una mano con
todos sus cinco dedos
que, entreabriendo la ventana,
pescó el libro y cerró luego.
Margarita
(Sin nada vuelve el listón.
Si aun respuesta no le debo,
¿cómo le deberé amparo?
¡Ah infame, mal caballero,
que a una mujer, sea quien fuere,
dejas en manos del riesgo!)
Patín
¿Qué piensa usted? ¿Que era sola
la quitaretratos? Bueno,
pues también hay quitalibros.
Enrique
¿Quién ha visto igual suceso?
Patín
Yo, por estos mismos ojos.
Enrique
¿Viste, Patín –¡yo estoy muerto!–
quién tomo el libro?
Patín
Una dueña,
con todos sus paramentos
blanquecinos.
Enrique
¿Tú la viste?
Patín
No la vi, pero lo infiero.
Enrique
¿De qué?
Patín
De lo bien que pesca.
Enrique
¡Quita, loco! ¡Quita, necio!
Que no estoy para locuras.
Patín
¿De cuándo acá? Peor es esto;
que sale al jardín Madama
acompañada de Celio
y Adolfo.
Enrique
Pues no me vea,
porque si aqueste suceso
llega acaso a su noticia
pueda negarlo diciendo
que no estuve en el jardín.
Patín
¡Buena disculpa!
Vanse.
Salen Madama, Laura, Adolfo y Celio.
Madama
En efecto,
¿eso responden los dos?
Adolfo
Tanto a tu decoro atentos
están.
Celio
Y a tu gusto humildes.
Madama
¿Posible es que digáis eso?
Pues, ¿pudieran responder
más en mi agravio ni menos
en mi favor?
Adolfo
¿De qué suerte
lo entiendes?
Madama
Así lo entiendo.
(Después hablaré contigo;
déjame ahora, pensamiento,
que hable con los demás.)
Quien pone en mi mano, es cierto,
su elección, pone en mi mano
mi arbitrio. Yo no le tengo,
que, mujeres como yo,
el día que resolvemos
casar por razón de estado,
no es decente que dejemos
resquicios a la malicia
de que fue por gusto nuestro.
¿Cómo puedo yo decir
a éste elijo o a éste dejo
sin peligrar en que tuve
determinado el afecto?
¿Yo había de nombrar? ¿Yo había
de dar a entender que quiero
más a éste que a aquél? ¿No fuera,
sin poder dejar de serlo,
una casi liviandad?
Celio
La inclinación en sujetos
tales no tiene ojos.
Madama
¿Cómo?
Celio
Como no se atiene a ellos,
sino a sus heroicas partes.
Federico es sabio, es cuerdo.
No le elijas a él; elige
a la virtud de su ingenio,
que elegir una virtud
más que indecoro es acierto.
Adolfo
Dice bien. Enrique es
osado, altivo y resuelto.
Elige en él el valor.
Madama
Ni uno ni otro resuelvo;
y así, basta que me dé,
por redimir los asedios
de la patria, a los partidos
de casar a gusto vuestro,
sin que parezca que es mío.
Adolfo
Mira cómo ha de ser esto;
que el pueblo no ve la hora,
ufano, alegre y contento,
de ver publicar la paz;
y ese ejército, deshecho,
que tiene a vista.
Celio
Y pues ambos
han comprometido y puesto
en tu mano la elección,
no hagas, señora, desprecio
de acción tan digna, sino
declárate.
Adolfo
Y sea tan presto
que no se malogre el gozo...
Celio
...que no se entibie el festejo.
Adolfo
Que están todos deseando...
Celio
...saber para su consuelo...
Adolfo
...quién es tu feliz esposo.
Celio
...y quién feliz duque nuestro.
Vanse.
Madama
De plática tan molesta
vuelva a hacer divertimiento
–ya que nos embarazó
entrar los dos a aquel tiempo–
lo que él responde, pues vimos
lo que ella escribe.
Laura
¿Y qué es?
Madama
Esto.
Lee.
“Nunca yo podré faltar a mis obligaciones
y hasta aseguraros procuraré asistiros.
Tomad vos la resolución, que yo pondré
los medios para que volváis a vuestra casa,
donde servida os hallaréis de mi memoria;
perdonad que no digo voluntad, que no puedo
ofrecer lo que no es mío.
Dios os guarde.”
Laura
¿Y qué intentas?
Madama
Por si acaso
a darla otro aviso ha vuelto,
no ha de lograr la hidalguía
esta noche por lo menos,
porque quiero hacerla yo
antes que él la haga. Ve presto,
Laura, y dila que, porque
la nota no la eche menos,
baje esta noche al festín.
Y ten cuidado, te ruego;
no te apartes de su lado.
Laura
Verás cómo te obedezco.
Vase.
Madama
Ya que hemos quedado a solas,
te he de cumplir, pensamiento,
la palabra que te di
de hablarte con el silencio.
Óyeme tú, pues a otro
no descubriera mi pecho;
ni aun a ti, si no supiera
que te ha de llevar el viento.
Música.
Yo confieso que es de Enrique
la inclinación. Yo confieso
que no la han desayudado
de Margarita los celos,
porque no sé qué se tiene
–ya que hablo contigo– esto
de arrastrar despojos que
de otras hacen aprecio.
Pero ¿qué importa que tengan
ni la inclinación trofeos
ni los celos desengaños
si declararme no puedo
sin nota de que parezca
que entra a la parte el afecto?
¿Cómo, pues, hubiera un modo
–dame tu favor, ingenio–
de dar a Enrique la mano
sin dársela yo, cumpliendo
con mi altivez y conmigo
y con mi estado, supuesto
que no me puedo escusar
y, en dilatársela, arriesgo
que eligiendo ellos elijan
a Federico? ¿Quién, cielos,
el modo me dará, cuando
están mis penas diciendo...
Música
dentro
quiero y no saben que quiero;
yo sólo sé que me muero?
Madama
¿Siempre, música, has de ser
para mí fatal proverbio?
Y hoy más, pues repites, como
si me estuvieras oyendo,...
Ella y Música
quiero y no saben que quiero;
yo solo sé que me muero.
Salen Federico y Talón.
Federico
Pues la máscara, señora,
al festín que prevenido
está licencia ha tenido
de entrar –poblándose agora
de músicas y disfraces
el salón, donde ha de ser,
todos mostrando el placer
de las esperadas paces–,
decid si entre ellos (¡ay Dios!)
podrá o no tener lugar
un aventurero entrar.
Madama
Pues ¿sois de máscara vos?
Federico
Sí, señora; y el primero
con quien este mote habló.
Madama
¿Cómo?
Federico
Como sólo yo...
Él y Música
quiero y no saben que quiero.
Madama
Festín que a todos permite
tan general la licencia,
no fuera justa advertencia
que a uno solo se le quite.
Venid, pues.
Federico
A Talón.
(Felice he sido,
pues afable llego a ver
su semblante.)
Talón
A Federico.
(Tú has de ser
el llamado y escogido.)
Salen Enrique y Patín.
Enrique
(Acompañando a Madama
va Federico. ¿Y habrá
quien diga que convendrá
en que otro sirva a su dama?
¡Vive Dios!) Si la licencia
de Federico, señora,
hace ejemplar, ¿quién ignora
que pueda a vuestra presencia
llegar otro aventurero
que quizá a ese mote dé
más razón?
Madama
¿Por qué?
Enrique
Porque...
Él y Música
...yo sólo sé que me muero.
Madama
Lo que a Federico dije
diré a vos; y es que el lugar
que hoy todos tienen, negar
a uno no es bien.
Patín
A Federico.
(Colige
de su semblante su enfado.)
Federico
A Talón.
(Su ceño más riguroso
le habló; yo seré el dichoso.)
Enrique
(Y yo siempre el desdichado;
pues aun habiendo sabido
que Margarita mintió,
nada he mejorado.)
Federico
(No
te des, amor, por vencido
de tu parte hasta acabado.)
Madama
(Para lo que imaginé,
deshechas hago porque
parezca acaso el cuidado.)
Venid, Federico.
Enrique
(¡Fiero
rigor! ¿A él llama? ¿A mí no?)
Federico
(Él sin duda no mintió.)
Música
Quiero y no saben que quiero;...
Enrique
(Si me desprecia, ¿qué espero?)
Música
...yo sólo sé que me muero.
Vanse todos y quedan Talón y Patín.
Talón
Desde hoy, Patín, me parece
que habrás en contienda igual
de hablarme por memorial.
Patín
¿Qué es lo que te desvanece?
Talón
Ser mi amo, como troven
mis discursos a un semblante,
el más venturoso amante.
Patín
Y el más desdichado joven
será también, si casado
el premio es que ha de llevar.
Talón
Si te quisieres quedar
en casa para criado
mío, podrá ser que te
reciba. Acude, que creo
que hacerte algún bien deseo.
Patín
Pícaro, yo te le haré
a ti y todo tu linaje.
Talón
¿Qué hay, buen Patín, por acá?
¿Qué se ofrece? ¿Cómo va?
Patín
Desvanecido salvaje,
lo que se me ofrece es
romperte aquesa cabeza.
Talón
Pues ya la música empieza,
déjalo para después.
Y entre el festivo rumor
mezclémonos a sus modos,
pues que somos trastos todos
de la galería de Amor.
Salen Músicos, Madama, Margarita, Laura y damas, Adolfo, Enrique, Federico y Celio, en forma de sarao.
Música
Que tapatán,
que esta varia alegría,
que tapatán,
es de Amor galería;
que tapatán,
que este alegre rumor,
que tapatán,
galería es de Amor.
Todos
Que tapatán,
que este alegre rumor,
que tapatán,
galería es de Amor.
Música
Que tapatán,
que no hay instrumento,
que tapatán,
que no pueble el viento,
que tapatán,
de confusa armonía.
Todos
Que tapatán,
es de Amor galería.
Música
Que tapatán,
que aqueste placer,
que tapatán,
do no hay hombre y mujer,
que tapatán,
que no sepan hacer,
que tapatán,
mudanza a primor.
Todos
Que tapatán,
galería es de Amor.
Música
Que tapatán,
que esta confusión,
que tapatán,
donde no hay nación,
que tapatán,
que no baile sin son,
que tapatán,
de noche y de día.
Todos
Que tapatán,
es de Amor galería.
Música
Que tapatán,
este alegre rumor.
Todos
Que tapatán,
galería es de Amor.
Adolfo
Todo vuestro pueblo aguarda
que le honréis.
Madama
Pues es tan justo,
hacerle quiero este gusto.
Adolfo
¿Qué tocarán?
Federico
La gallarda,
que danzando vos será
cualquier compás.
Enrique
¿No es mejor
una alemana de amor,
pues vos lo sois?
Federico
No; y pues ya
este lugar merecí,
fortuna que amor exalta,
tocad para mí la alta.
Enrique
Y la baja para mí.
Madama
Que elijáis los dos no es bien,
si he de danzar con los dos.
Federico
Elegid el compás vos.
Enrique
¿Qué tocarán?
Madama
El desdén.
Música
Francelisa, Francelisa,
la del talle alemanés,
mañana me parto a Francia,
¿qué mandáis o qué queréis?
Madama
Que os vais y que no tornéis.
Tropieza y cae en los brazos de Enrique.
Madama
¡Válgame el cielo!
Enrique
Felice
yo, pues tanta dicha alcanzo
que puedo decir, señora,
que tuve el cielo en mis brazos
después que fuisteis mi cielo.
Madama
Soltad, Enrique, la mano.
¿Vos atrevimiento?
Enrique
Ved
que no atrevido os agravio;
porque ¿quién viera, señora,
venir todo un cielo abajo
que la mano no le diera?
Madama
Habiéndola vos tomado,
yo no quiero que sea mía.
No me la volváis. Vasallos,
esta mano es ya de Enrique.
Vuestro duque soberano
le aclamad; pues, sin que incurra
mi altivez en el agrado,
el acaso se la dio.
Enrique
Claro está que un desdichado
mal pudiera ser, señora,
dichoso sin el acaso.
Unos
¡Viva Enrique!
Otros
¡Enrique viva!
Adolfo
Y goce felices años
a Turingia.
Todos
¡Viva Enrique!
Federico
(¿Qué ira es ésta, cielo santo,
que ha introducido en mi pecho
la envidia de haber pensado
que no ha sido acaso sólo?)
Margarita
(¿Para esto, infelices hados,
después de no responderme
ni darme ayuda un ingrato,
quiso Madama que yo
asistiese en su sarao?
¿Para que fuese testigo?
¿Pero de qué me acobardo?
El tiempo dirá mis iras.)
Celio
(En fin, fortuna, has logrado
hacer dueño al que aborrezco.
Pero otra ocasión aguardo,
que quizá mi saña diga.)
Enrique
Federico, pues yo gano
la dicha, tú no la pierdes,
que esto es competir hermanos
y amigos.
Federico
Si la elección
te la hubiera, Enrique, dado,
fuera válida la dicha;
pero habiendo sido acaso,
aún le queda al albedrío
su voluntad.
Madama
Ya es en vano;
que, aunque fue acaso, es verdad.
Habiendo caído el acaso
en la parte del valor,
con quien se confronta tanto
mi ardiente espíritu altivo,
le afirmo y no le retracto.
Venid todos repitiendo
una vez y otra en su aplauso:
¡Viva Enrique!
Todos
¡Enrique viva!
Federico
(De ira y de cólera rabio.
¿La parte del valor? Pero
esto es para más despacio.)
Vanse.
Patín
Talón, si quieres quedarte
en Turingia, por criado
mío te recibiré.
Acude por allá a ratos,
que ya que algo no te dé
podrá ser te dé con algo.
Talón
Deja venganzas y dime
si dama y galán casados
están ya, ¿qué falta a esta
novela de nuestros amos?
¿Por qué no da fin?
Patín
Porque
presumo, si no me engaño,
que ha de ser otra jornada
la que acabe de contarlo.

Tercera Jornada

Salen Federico y Talón y soldados.
Federico
Emboscado entre las breñas
deste oculto sitio umbroso
–que, aun contra el sol defendido,
son rebellines sus troncos–,
tan astutamente mudo,
tan calladamente sordo
que aun no sepa dél el viento,
quede el ejército todo
–ya que de su marcha real,
con que partí cauteloso
despedido de Madama
y Enrique, torcer dispongo
los designios y, valido
de los pálidos embozos
de la noche, he penetrado
esos collados fragosos–
mientras, la vuelta del Rin,
al Rin sus cristales torno.
Retiraos, pues, en tanto
–ya que el alba en rayos de oro
nos va despuntado el día–
que yo el puesto reconozco
por donde, más recogido,
su rápido curso undoso
da mejor disposición
para que pueda ese soto
trasladar a sus espumas;
que si una vez, de su coto,
de hayas y fresnos fabrico
portátil selva en su golfo,
que paso me dé por esta
parte –que en fe de su foso
es la menos defensible–,
veréis si valiente logro
desempeños de mi honor.
Soldado
Siempre a tu obediencia prontos
nos tendrás; porque de Enrique
ofendidos y quejosos
también estamos al ver
que quede vanaglorioso
de haber trocado su patria
a la ajena.
Vanse los soldados.
Talón
Ya que solo
has quedado y que conmigo
no habla aquello de “idos todos...”,
¿no me dirás –si tú fuiste
el que blando, el que amoroso
rogaste con el partido–
cómo agora...?
Federico
Calla, loco,
que, sin responderte a ti,
has de ver que te respondo.
Segunda vez, patria injusta
de aquel imposible hermoso,
tan monstruo en la ingratitud
cuanto en la belleza monstruo,
segunda vez tus murallas
vuelvo a ver; mas con tan otro
motivo cuanto distaron
lo crüel y lo piadoso.
Y aunque de lejos en vano
de mis pretextos te informo,
para cumplir yo conmigo
básteme el que ya los oigo.
Tres son los que a ti me vuelven
y ninguno el de celoso;
que, en llegando el desengaño,
no hay amor que no sea odio.
El primero es que mi hermano
–por quien mi estado depongo
y su libertad a precio
del alma y la vida compro–,
ingrato a tanta fineza,
no supiese generoso
agradecérmelo cuando
en ahogados sollozos
era despego en sus labios
lo que era llanto en mis ojos.
El segundo es que no debo
de aquel acaso estudioso
pasar por la elección, puesto
que en los partidos que otorgo
yo no capitulé acasos;
y errado el solemne modo,
si lo fue, no fue elección;
y si no lo fue, fue oprobio.
Conque pasando al tercero,
que es el que los ciñe a todos,
revalidar el acaso
con tan notado desdoro
como decir que el valor
fue del empeño el abono
es lo que en obligación
me pone de que animoso
dé satisfación al mundo;
que no, porque en el blando ocio
de la paz me dé a las letras,
dejé del acero botos
los filos que, en sangre tintos,
verá el Rin, si el puente formo
y de su cerviz nevada
el crespado orgullo domo;
pues, entrando por adonde
no hay plaza que me haga estorbo,
dirá esta verde campaña,
dirá ese cerúleo globo,
dirá el tiempo...
Margarita
dentro
¡Ay infelice!
Federico
Mas ¿qué acento lastimoso
es el que se escucha?
Talón
Allí,
si las señas reconozco,
una barca me parece
que se va a pique.
Margarita
dentro
¡Piadosos
cielos, favor!
Todos
dentro
¡Favor, cielos!
Uno
dentro
¡Que me anego!
Dos
dentro
¡Que me ahogo!
Federico
¡Quién socorrerles pudiera!
Celio
dentro
¡No más, prodigio hermoso,
que, a pesar de la fortuna,
yo te sacaré en mis hombros!
Alienta, pues; y respira,
que ya de la orilla toco
la blanda arena.
Margarita
dentro
¡Ay de mí!
Federico
Desdichados tan dichosos,
que de la dicha y desdicha
las líneas tiráis a un propio
centro, ¿quién sois?
Sale Celio con Margarita.
Celio
Si de tantos
sustos los alientos cobro,
yo lo diré. Desa barca
que el ímpetu proceloso
del Rin con un remolino
echó zozobrada a fondo,
arráez soy; que a esta dama,
que con mortales ahogos
mal viva yace, por orden
de Madama...
Federico
Espera un poco.
¿No eres tú quien, de los gremios
caudillo, me hablaste en otro
puesto?
Celio
Sí, señor; que agora,
más cobrado, te conozco.
Celio soy, que de la plebe
el sindicado depongo
por no ver mi dueño a Enrique;
y así, de mi oficio corro
las fortunas.
Federico
Di, prosigue.
Celio
A esta dama –a decir torno–,
de orden de Madama, hasta
un pobre villaje corto
que hay a esta orilla traía
con otra gente; no ignoro
que a tomar bagajes para
pasar a Sublac.
Federico
¿Qué oigo?
¿A Sublac? Pues ¿quién la dama,
al arbitrio lastimoso
del hado y de la fortuna
expuesta, es?
Margarita
A Celio.
(Si generoso,
en tus brazos, noble arráez,
mi vida pones en cobro,
consigues hoy... Mas ¡ay cielos!
¿Qué miro?)
Federico
(¿Qué es lo que noto?)
¡Margarita!
Margarita
¡Federico!
Federico
¿Qué es esto?
Margarita
El fatal destrozo
de un amor desengañado,
cuyo alcázar suntuoso
ruinas de fuego sepultan,
cenizas que ya son polvo.
Madama (¡falta el aliento!)
supo (¡mal las voces formo!)
quién (¡con qué penas respiro!)
era (¡oh hado riguroso!
¿para qué salí del agua
si con el aire me ahogo?).
Madama supo quién era;
y con ceñudos enojos
de sí me arroja, fiada
a ese cristalino asombro,
que piadosamente fiero,
que fieramente piadoso,
no me dio muerte por más
que en sus ímpetus furiosos
sus mismas espumas eran
las que, en vagos promontorios,
levantadas fabricaban
la tormenta y el escollo.
Federico
Cóbrate y piensa que el hado
–ya que parecidos somos
en las fortunas de amor,
desdichados uno y otro–
te trae donde tu venganza,
si como espero la tomo,
veas sombra de la mía;
pues apenas este umbroso
bosque verás trasplantado
al Rin, haciendo los troncos
atada puente de leños,
cuando en purpúreos arroyos
le pague el pasaje haciendo
se desconozca a sí propio
al mirarse en sus cristales
nacer blanco y morir rojo.
Celio
A menos costa me atrevo
(llegó a mi pasado odio
la ocasión de su venganza)
yo a darte pasaje.
Federico
¿Cómo?
Celio
Como a mi orden están
de aquesta ribera todos
los barqueroles, que agora
aún no habrán dado reposo
al sueño y tienen sus barcas
dadas en la orilla fondo;
y si yo otra vez del Rin
a nado las ondas corto
y, antes que a sus pesquerías
se dividan, los convoco,
al anochecer verás
que desta parte te pongo
vasos, sobre que, teniendo
tú desmontados los olmos,
podrás fabricar el puente.
Margarita
Y aún más que eso tus arrojos
podrán conseguir.
Federico
¿Qué más?
Margarita
Una vez el paso roto,
Madama y Enrique en una
quinta, gozando amorosos
en los imperios de Flora
vasallaje de Favonio,
con moderada familia
viven seguros y solos,
siendo en aquesta ribera
descuido al cuidado el ocio;
y sin ser sentido puedes
llegar de primer abordo,
ganando por interpresa
en sólo una noche todo
cuanto en uno y otro encuentro,
cuanto en un asedio y otro,
pudieras desear.
Federico
(Fortuna,
muestra en mí que, poderoso,
tu dominio sabrá hacer
de un desdichado un dichoso.)
¿Qué esperas, pues, Celio amigo?
Celio
Ya en tu servicio me arrojo
a vadear del Rin las ondas.
Federico
Ven tú conmigo; y vosotros,
soldados, a desmontar
el bosque, para que prontos
tengáis la broza y fajina
cuando él llegue. (Hoy, rigurosos
astros, verá amor si vengo
de mi valor los oprobios.)
Vase.
Margarita
(Hoy verá el sol si una dicha
en una desdicha logro.)
Talón
Y viendo que yo desmonte,
verá el mundo lo que monto.
Vanse.
Sale Enrique.
Enrique
Pues de esmeralda y rubí,
ribera, esmaltar te ves,
sin duda la bella Inés
ha pasado por aquí.
Ajado, dice que sí
un clavel; y me ha mentido,
pues no la veo; o ha sido
que la huella que ha dejado
no se sigue por lo ajado
sino por lo florecido.
Sale Madama por otro lado.
Madama
Dime, margen –a quien dio,
en las escuelas de abril,
idioma el aura sutil–,
si Enrique hacia aquí llegó.
Movido, dice que no
aquel sauce; pero aquel
laurel, ínclito y fiel,
constante dice que sí.
Su valor amé; y así,
mejor lo sabrá el laurel.
Y no en vano... ¡Dueño mío!
Enrique
¡Segunda aurora del día!
Madama
¡Prisión de la altivez mía!
Enrique
¡Libertad de mi albedrío!
Madama
¿Sin verme un hora? ¡Ah, desvío
tan grande!
Enrique
Yo presumí
que era un siglo; y aun creí,
muriendo en esta ribera
del Rin sin verte, que era
la del Nilo.
Madama
¿Como así?
Enrique
Como hay unos moradores
que, a orillas de su corriente,
se sustentan solamente
de oler las frutas y flores;
y mueren, si sus olores
les faltan. Conque el pensar
que un sentido puede dar
vida y muerte da a entender,
si otros mueren de no oler,
morir yo de no mirar.
Madama
Nada he quedado a deberte;
que en esta isla hay una bella
fuente que el cristal que della
nace en piedra se convierte.
Y aunque al contrario, se advierte
su efecto en mi pecho igual,
pues siendo de pedernal,
desde que es de un olmo yedra,
si allá se hace el cristal piedra,
aquí, la piedra cristal.
¿En qué, pues, te divertía
mi ausencia?
Enrique
Dejando aparte
el que sólo en adorarte,
te confieso que sentía
la grave melancolía
con que mi hermano partió.
Madama
¿No fuera peor que no
fuera él el triste?
Enrique
¡Ay de mí,
si él no lo fuera! Mas...
Madama
Di.
Enrique
...quisiera, mi dueño, yo
que entre lo amante y lo fiel
hubiese tal simpatía
que, siendo la dicha mía,
no fuera la envidia dél.
Madama
Tú que, él áspero, él cruel,
te diste a partido en vano,
¿ahora tan tierno y humano?
Enrique
Como el odio en mi favor
cesó de competidor,
quedó el cariño de hermano.
Madama
No sé si me he de quejar;
mas no, que vergüenza tengo.
Enrique
¿Cómo?
Madama
Como también vengo
a darte yo algún pesar.
Enrique
Pesar que tú puedes dar
no puede ser, Inés bella.
Madama
Margarita...
Enrique
El labio sella;
que si a hablarme della vas,
ahora es cuando me le das,
pues ahora me acuerdo della.
Madama
Margarita te escribió.
Enrique
Luego ¿tú el libro tomaste?
Madama
No sé; pero agora baste
el que a mi mano llegó.
Enrique
No me pesa, porque yo
lo más que en él la decía
era que no faltaría
jamás a mi obligación.
Madama
Y aun por eso mi atención,
siendo tuya, la hizo mía.
Enrique
¿Cómo?
Madama
Como te pidió
que a su casa la volvieras;
y porque tú no lo hicieras,
he querido hacerlo yo.
Hoy deste sitio partió,
de mí no mal asistida,
regalada y bien servida
de gente que la pondrá
muy presto en su patria; y ya,
hallándome en la florida
ribera del Rin, en quien
las primaveras viví,
por mejor viaje elegí
–y por más breve también–
que sus cristales la den
pasaje en su embarcación.
Enrique
Ejemplar, lustre y blasón
de las más cuerdas bellezas,
¿cómo serán tus finezas
si así tus pesares son?
En tu vida no has podido
hacerme gusto mayor.
Madama
A mí no, pues vi un amor
muerto a manos de un olvido.
Enrique
Aquél ni lo es, ni lo ha sido,
ni puede serlo.
Madama
Pues ¿qué
diremos que fue?
Enrique
Que fue,
diré yo, un sueño, un engaño,
a quien llega el desengaño
como a ciego.
Madama
Eso no sé.
Enrique
Si un ciego en la noche oscura
cobrara la vista y viera
una estrella, ¿no creyera
ser del sol la lumbre pura?
Si, al admirar su hermosura,
desembozara un lucero
su esplendor más lisonjero,
rendido a amor más fiel,
¿no creyera ser aquél
el sol que adoró primero?
Si la luna le saliera
a este tiempo, hermosa y clara,
¿al lucero no dejara
y tras la luna se fuera?
Si la aurora le siguiera,
¿a la aurora no creería
hasta que, de fantasía
en fantasía, de arrebol
en arrebol, luego el sol
le diera con todo el día?
Pues así, ciego mi amor,
vista cobró en noche oscura
y la primera hermosura
la tuvo por la mayor
hasta que, de un esplendor
en otro, vio la luz pura
de tu sol; y, como ella
Música.
a todas las demás dora,
se le apagaron aurora,
luna, lucero y estrella.
Madama
Bien pudiera, Enrique, aquí
al concepto responder;
mas la música ha de ser
la que responda por mí.
¿Laura?
Salen Laura y Flora.
Laura
¿Qué me mandas?
Di
que algo canten. No quisiera
que el más breve espacio hubiera
que no te hiciera mi amor
un agrado.
Enrique
¿Qué mayor,
que ser tú sol desta esfera?
Y tal que, cuando ya allí
esotro en sombras fallece,
para todos anochece,
sino solo para mí.
Y porque mejor aquí
se vea que eres mi aurora,
canta, Laura; canta, Flora.
Música
Si de amor vencida estás,
mujer, llora y vencerás.
Madama
¿La mujer vence si llora?
No prosigáis. En mi vida
vi letra más necia.
Enrique
¿Cómo?
Madama
Como aconseja que haya
quien llore; y aunque es tan otro
en la parte de mi amor
mi espíritu a éste, con todo
me disuena que haya quien
viva con caudal tan corto
que, para hacer un empleo
de penas, ansias y ahogos,
traidores del corazón,
le hayan de servir los ojos.
Enrique
Aunque yo también pudiera
responder cuán poderoso
afecto es del alma el llanto,
arguyéndole a tu enojo
que quien no llora no siente,
no lo haré, por ver que estorbo
de la música el acento.
Mudad, pues, de letra y tono.
Madama
Y pues ya la noche cierra,
prevenid luces vosotros.
Música
Hombre, aunque estés más rendido,
sobre celos no hay partido.
Enrique
No prosigáis, que no gusto
yo de esa letra tampoco.
Madama
¿Por qué?
Enrique
Porque fue mi tema;
y si como mío le noto,
el amor propio podrá
ser llevarme como propio;
y adonde está el tuyo, no es
bien que entre a la parte otro.
Madama
Sólo es que de Federico
te acuerdas, triste y quejoso.
Enrique
Porque veas que no es eso,
volved a cantar lo propio.
Madama
Porque veas tú también
que yo siento aunque no lloro,
no volváis sino al primero.
Laura
Mejor para eso es a todo...
Música
Si de amor vencida estás,
mujer, llora y vencerás.
Hombre, aunque estés más rendido,
sobre celos no hay partido.
Y repitan todos
que en celos no hay medio,
ni en llanto socorro.
Tocan cajas.
Voces
dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Federico
dentro
¡Mueran todos!
Voces
dentro
¡Mueran todos!
Enrique y Música
Que en celos no hay medio.
Madama y Música
Ni en llanto hay socorro.
Voces
dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Enrique
¿Qué es lo que escucho?
Madama
¿Qué oigo?
Unos
¡Traición, traición!
Otros
¡Guerra, guerra!
Enrique
¿Quién dirá qué es esto?
Sale Patín.
Patín
Un tonto;
tanto, que se atreve a dar
mala nueva a poderosos.
Por esa parte del Rin,
donde ciñe más angosto
sus explayadas corrientes,
escuadrones numerosos
de armada gente han pasado
haciendo fiero destrozo
en todas las alquerías
y villajes del contorno
hasta llegar a esta quinta,
donde a ampararse medrosos
todos concurren diciendo
que Federico, quejoso
de ti y de Madama,...
Enrique
¡Calla!
¿Quién se vio, cielos piadosos,
entre su esposa y su hermano
en empeño tan forzoso?
Pero con morir –¡ay triste!–
habré cumplido con todo.
Toma, mi bien, un caballo
en tanto que yo recojo
esa desmandada gente
y a la interpresa me opongo,
muriendo feliz si muero
dejándote puesta en cobro.
Madama
¿No es mejor que tú conmigo
también escapes en otro?
Enrique
No; porque, si en tu elección
me hizo mi valor dichoso,
mal, si huyo, desempeñarme
podré, diciendo en mi oprobio
esas gentes –si las dejo
y en salvo mi vida pongo–
que me faltó para el riesgo
sobrándome para el logro.
¡Huye tú!
Madama
Yo no he de huir;
que no han de decir tampoco
que, porque admití lo amante,
he abandonado lo heroico.
A tu lado he de morir.
Salen Adolfo y soldados.
Adolfo
Eso habrá de ser forzoso;
y todos contigo, puesto
que toda la quinta en torno
sitiada está.
Laura
Y ya la entran,
diciendo el fiero alboroto...
Voces
dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Federico
dentro
¡Mueran todos!
Voces
dentro
¡Mueran todos!
Patín
¡Ah, quién no fuera ninguno!
Enrique
Antes moriréis vosotros.
Celio
(Ya que la piedra tiré,
agora la mano escondo.
Saldré de aquí sin ser visto,
volviendo a hacer cauteloso
la deshecha a la ribera.)
Enrique
¡Ay, mi bien, perdidos somos!
Madama
Esta torre es, de la quinta,
un antiguo fortín roto
en quien que una mina hay,
desde mis niñeces oigo.
Valgámonos dél u della
mientras nos viene el socorro
de la corte, adonde puede
ir por los tercios Adolfo
de las milicias.
Enrique
Bien dices;
y pues yo la puerta tomo,
entra tú, que ya te sigo.
Laura
Yo también allá me acojo.
Entran y Laura cierra la puerta.
Patín
Y yo también; que huye un mucho
el que no huye más que un poco.
Mas, ¡ay!, que con ser hermosa,
Laura,...
Laura
dentro
¿Qué?
Patín
...me has dado en rostro.
Madama
dentro
¿Qué has hecho, Laura?
Laura
dentro
Cerrarla.
Madama
dentro
¿Cómo, ¡ay, infelice!, cómo,
antes que entre Enrique? Ya
abrirla es dificultoso,
echado el golpe al rastrillo.
Laura
dentro
El temor lo yerra todo.
Patín
En fin, ¿te has quedado fuera?
Enrique
Viva ella, que yo no importo.
Todos
dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Federico
dentro
¡Mueran todos!
Margarita
¡Mueran todos!
Salen Federico, Margarita y soldados y pelean.
Enrique
Sí morirán, falso amigo,
fementido hermano fiero,
que a tu fe y palabra faltas
habiendo sido tú mesmo
quien pediste los partidos;
pero será tan a precio
de vidas que no te salga
barato el atrevimiento.
Federico
Yo no rompo mi palabra;
honestado es el pretexto
de mi baldonado honor
en pensar que no la tengo.
Y ahora lo verá Madama.
Enrique
Sí verá; pero primero...
Mas ¡ay infeliz de mí!
Cae.
Federico
No le matéis, que no quiero
lograr en su muerte el triunfo
de mis venganzas tan presto.
Date a prisión.
Talón
A Patín.
Y tú y todo.
Patín
Pues yo, señores, ¿qué he hecho?
¿Quién me eligió a mí?
Talón
Nosotros.
Patín
¿Tú me prendes?
Talón
Yo te prendo.
¿No vale más un amigo
que un estraño? Por lo menos,
te prenderá con cariño.
Enrique
Vosotros –¿qué es lo que veo?–,
ingratos vasallos míos,
¿me prendéis?
Soldado
Cuando tú mesmo
nos has dejado por otros,
ya no eres príncipe nuestro.
Los que elegiste podrán
socorrerte.
Federico
Vaya preso
al cuerpo de la batalla.
Y para ver que le tengo
con seguridad, a ti,
Margarita, te lo entrego.
Su guarda has de ser de vista.
Enrique
Sólo me faltaba esto.
¿Tú, tirana, aquí? Pues ¿cómo?
Margarita
Es largo para aquí eso.
Después te diré la causa.
Federico
Llevadle mientras pretendo
seguir a Madama, que
debió de escapar huyendo.
Sale Madama en lo alto de la torre.
Madama
Madama no huye, cobarde;
y el no estar en ese riesgo
hoy al lado de su esposo
es porque un acaso, un yerro
esta puerta me cerró.
Por dónde salir no tengo.
Rómpela tú; verás si huyo
o si sé matar muriendo.
Federico
Todas tus acciones son
crüeles. Que estés, me huelgo,
donde puedas ver a Enrique,
tu amante y tu esposo, puesto
a mis pies. Mira el valor
que elegiste; y mira luego
el valor que despreciaste.
Enrique
(¿A qué más llegar pudieron,
cielos, las desdichas mías?)
Madama
¡Tirano, crüel, soberbio!
No ese ajamiento es vitoria;
no esa acción es desempeño,
que una traición no es valor,
ni valentía un desprecio.
Federico
Aunque me baldones más,
no has de negar, por lo menos,
el que le tengo a mis plantas;
y a ti sitiada te tengo
en esa torre, de donde
no has de salir si primero
no retractas la elección.
Madama
¿Qué es retractar? Si los cielos
de mil almas, de mil vidas
proveyeran en mi afecto
la duración; y que todas,
a las iras del acero
o a los embotados filos
de hambre y sed, dieran su aliento,
no la retractara.
Federico
Pues
resuélvete a que es su centro
tu sepulcro.
Enrique
Federico,
no ya hermano sino dueño,
no ya amigo (¡ay infelice!)
sino señor, si mi ruego,
no en fe de lo que es sino
en fe de lo que fue, puesto
a tus pies, bañado en llanto,
te merece algún acuerdo
de hermano y amigo, sólo
te pido, pues yo te ofendo,
te vengues en mí, mas no
en mi esposa. Yo te ofrezco
por su libertad la mía.
Federico
No hay que proponerme medios.
Sobre celos no hay partido.
Enrique
Generosa lid un tiempo
llamaste a la competencia.
Federico
Pues no es sino infame duelo,
tal que hiciera el alma ruin,
si el alma pudiera serlo;
y han de ver Madama y todos,
pues vine por ti y te llevo
a despecho suyo, cuánto
airoso a la patria vuelvo,
pues consigo el fin que traje.
Llevadle, a deciros vuelvo,
al cuerpo de la batalla.
Margarita
Yo a ser su guarda me ofrezco.
Madama
¿Tú su guarda? (¡Ay infelice!
De ira y cólera reviento.)
Pues ¿cómo has vuelto, tirana?
Margarita
¿No basta saber que he vuelto
sino cómo? Ven, ingrato.
Enrique
¡Esposa!
Madama
¡Mi bien!
Enrique
¡Mi dueño!
Margarita
¡Lindo tiempo de favores!
Retiralde y vamos presto.
Enrique
Preso a morir voy sin ti.
Madama
Sin ti a morir presa quedo.
Enrique
Adiós; y admite este llanto
por sacrificio postrero
de mi amor.
Madama
Sólo eso fuera
lo que enmendara, pudiendo:
que no lloraras, porque
en los casos más adversos
de las deshechas fortunas,
el rencor, la ira, el despecho
me suenan mejor que el llanto.
Talón
Ven tú también.
Patín
Caballeros,
déjenme decir no más
de veinte o treinta requiebros
siquiera.
Talón
¿Tú? ¿A quién?
Patín
A quien
los dicen desde el terrero
otros que, sin ver a nadie,
adoran de cumplimiento.
Voces
dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Margarita
Ven Enrique.
Federico
¿Qué es aquello?
Sale un soldado.
Soldado
Que de todo este villaje,
escuadrones se han compuesto;
y por hombre de valor,
según dicen prisioneros,
a un barquerol han nombrado
caudillo. Y llegan a tiempo
que, en la alquería también,
de la corte han descubierto
las centinelas, señor,
de gentes número inmenso
a larga marcha marchando.
Federico
Quede en esta torre el tercio
de mi guardia mientras yo
salgo con el demás resto
a ambos opósitos. Tú,
pues te agradas de estar viendo
más que lágrimas rencores,
estragos más que lamentos
y más que ternezas iras,
que no te quites, te ruego,
de esa almena; porque veas
si es traición o si es esfuerzo
el valor que me ilustró.
Vase.
Madama
¿Quién en un instante, cielos,
de la dicha a la desdicha
se miró pasar tan presto?
¿Ni quién en su misma casa
prisionera se vio?
Laura
Si esto
cuenta la historia algún día,
¿habrá quien pueda creerlo?
Madama
Sí; que esto y más cabe, Laura,
en los anales del tiempo;
y más cuando el coronista
deste estraño acaecimiento
es amor y tiene, ¡ay triste!,
por instrumento los celos;
pues de todo cuanto miro,
con estar desde aquí viendo
que ya una y otra vanguardia
traban el primer encuentro,
yo sitiada, preso Enrique,
nada, ¡ay infelice!, siento
sino el ver a Margarita
ir por guarda suya.
Voces
dentro
¡A ellos!
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Madama
¡Qué horror! ¡Qué estrago!
Laura
¡Qué estruendo!
Madama
Volcán de Marte parece
la campaña, cuyo incendio
en pirámides de humo,
globos exhala de fuego.
Laura
Ánimo para mirar
tantas desdichas no tengo.
Llora.
Madama
No las mires; más no llores,
que es vil infamia de un pecho,
de quien los paveses son
destroncados hombres muertos,
teniendo ojos para el llanto,
para el horror no tenerlos.
Voces
dentro
¡Vitoria por Federico!
Madama
Por Federico los ecos
vitoria aclaman; y es
verdad, pero ¿cuándo, cielos,
el viento mintió, con ser
todo lisonjas el viento?
Pues, a lo que se divisa,
a pesar del polvo denso
de la pólvora y el humo,
desbaratado y deshecho
mi campo se ha puesto en fuga,
hacia la corte volviendo
en mal desmandadas tropas.
¡Ah cobardes, cómo es cierto
que no estábamos Enrique
ni yo con vosotros! Pero
¿qué aguardo que no lo estoy,
si una mina –a lo que entiendo–
aqueste anciano edificio
ha de tener en su centro?
Ven conmigo, que aunque esté
de la caduquez del tiempo
ciega podrá ser que paso
nos dé; y cuando no, a lo menos
nos servirá de sepulcro,
que más vale morir dentro,
vivos cadáveres, que
expuestas al duro ceño
del hado, al crüel arbitrio
de un tirano, estar oyendo...
Vanse.
Voces
¡Vitoria por Federico!
Salen Federico y soldados.
Federico
Pues vuelven la espalda huyendo,
seguid el alcance, en tanto
que yo, con este trofeo
más, a vista de Madama,
para que se rinda vuelvo.
¡Ah de la torre! Dejó
la almena. Por no estar viendo
sus mismas ruinas sería.
¡Ah de la torre! ¿Qué es esto?
¿Aun ahí niegas los oídos?
¡Echad la puerta en el suelo!
Entrad y decid que salga,
pues ya no tienen más medio
ni esperanza de socorro.
Hoy haré mi nombre eterno,
pues con Enrique y con ella
seguro a Turingia vuelvo,
siendo la primer vitoria
ésta que han dado los cielos
a un amor desesperado.
Sale un soldado.
Soldado
La puerta abrimos y dentro
no está Madama, señor;
que penetrando sus senos
hemos hallado una mina
por donde, sin duda, es cierto
que ha podido salir.
Federico
Ya
la vitoria importa menos,
pues perdí lo más. Mal hice
por salir de allí al encuentro,
¡ay de mí!, en dejarla aquí.
La seguridad me ha muerto
con que della me confié.
Mas yo lo enmendaré; y puesto
que a su corte se habrá huido,
hoy he de ponerle cerco.
Marche, pues, el campo en forma
de batalla; y en su cuerpo,
Enrique y la compañía
de su guarda, en buen concierto
de militar disciplina,
marche también. Yo os ofrezco,
soldados míos, a saco
la ciudad –que yo no quiero
para mí más que el resguardo
del valor– si a sangre y fuego
entráis. Aunque no haré mucho,
si ya en mis ansias enciendo
contra mi hermano la sangre
y contra Madama el fuego.
Vase.
Voces
dentro
¡Marche el campo y Federico
viva!
Salen Enrique, Patín y Talón.
Enrique
Viva, pues yo muero.
Patín
Muera, pues que yo no vivo,
dijera yo.
Talón
¡Calla, necio!
Patín
¿No ves que contradición
implica el callar y serlo?
Enrique
Hermosas luces, en quien miro atento
con rasgos y bosquejos desiguales
el número infinito de mis males
y la esfera capaz de mi tormento,
¿cuál de vosotras, cuál, desde su asiento,
es la que influye en mí desdichas tales?
¿Cuál de vosotros, astros celestiales,
a su cargo tomó mi sufrimiento?
Tú me parece que serás, estrella,
la más pobre de luz, la más oscura;
óyeme tú, pues para ti prevengo...
Ya pensaras que digo una querella;
no es sino un galardón por la ventura
que no me has de quitar, pues no la tengo.
Soldados, ¿cómo, ¡ay de mí!,
quedando Madama aquí
marcha el campo?
Sale Margarita.
Margarita
No quedó.
Enrique
Pues ¿no está en la torre?
Margarita
No.
Enrique
Luego ¿della salió?
Margarita
Sí.
Enrique
¿A Federico (¡ay, estrella!)
rendida?
Margarita
No.
Enrique
¡Qué favor!
Margarita
No grande, que tu querella
mayor es.
Enrique
¿Cómo mayor?
Margarita
Como no se sabe della.
Enrique
Pues, no saliendo rendida,
¿cómo estar puede ignorada?
Margarita
Como, al mirarse afligida,
dicen que, desesperada,
ella se quitó la vida.
Soldado hay que de la almena
más alta que sobre el Rin
cae la vio, de furias llena,
echarse al agua.
Enrique
Su fin
cumplió el número a mi pena.
¿Cómo, amada esposa mía,
si el día yace en tumba fría,
hay día? Mas, ¡ay de mí!,
que si yo vivo sin ti,
no es mucho que viva el día.
¿Cómo el luciente arrebol
del sol no huye fugitivo
faltándole su crisol?
Mas, ¡ay!, si yo sin ti vivo,
¿qué mucho que viva el sol?
¿Cómo, altas esferas bellas,
sin luz esmaltáis de estrellas
ese azul campo turquí?
Mas, si yo vivo sin ti,
¿qué mucho que vivan ellas?
¿Cómo, sin flor, los verdores
deste ameno campo esquivo
se matizan de colores?
Mas, ¡ay, si yo sin ti vivo,
¿qué mucho vivan las flores?
Y pues, villano grosero,
mi amor con bárbaros modos,
no muriendo yo el primero,
dio ejemplar que vivan todos,
mueran todos, pues yo muero.
Y así, sepulcro funesto,
en cuyo golfo se han puesto
con los rayos, vivo ardor,
día, sol, estrella y flor,
admite en ti a quien...
Sale Federico.
Federico
¿Qué es esto?
Enrique
Es, tirano, el desconsuelo.
El dolor causa la injuria,
la pena, la ira, el anhelo,
la rabia, el rencor, la furia
en que tú... ¡Válgame el cielo!
Cae desmayado.
Margarita
¡Cielos! ¿Qué miro y qué toco?
Helado ha quedado y yerto.
Federico
¿Qué fue esto?
Patín
Que poco a poco
se va volviendo tan loco
que se ha quedado tan muerto.
Margarita
Como en el campo corrió
voz de que Madama...
Federico
Di.
Margarita
...de la almena al Rin se echó,
privado el juicio, pasó
a desmayo el frenesí.
Federico
A mi tienda le llevad
y de su salud cuidad;
y pues una mina fue
la que la libró, pondré
hoy el sitio en la ciudad;
que aunque me haya lastimado,
no por eso dejar quiero
el aplauso comenzado.
Y lograré el fin que espero.
Margarita
No le dejes, ya que el hado
te favorece.
Federico
¿Quién, cielos,
creyera que a Enrique viera
en tan grandes desconsuelos,
sin más dolor?
Margarita
Quien supiera
o tus celos o mis celos;
que tampoco yo pensara
que pudiera ser llegara
a tal estremo el rencor
de un mal satisfecho amor.
Vase.
Federico
Si en mí a la parte no entrara
ver mi valor ofendido,
ya me hubiera enternecido;
mas, a baldón de cobarde,
llega la lástima tarde.
Voces
dentro
¡Piedad, señor!
Federico
Mas ¿qué ruido
es éste?
Adolfo
dentro
No llegue nadie,
que yo por todos procuro
hablar.
Celio
dentro
Yo hablaré por todos.
Quedaos, no llegue ninguno.
Salen Adolfo y Celio.
Adolfo
Otra vez, príncipe excelso,...
Celio
Otra vez, príncipe augusto,...
Adolfo
...de parte de la nobleza...
Celio
...yo, de la parte del vulgo...
Adolfo
...postrado beso tus plantas.
Celio
...llego humilde a los pies tuyos.
Adolfo
Su pretensión (¡ay de mí!)
es representarte el sumo
desconsuelo en que se halla
con la voz que correr pudo
de que Madama, señor,
a ese piélago profundo
del Rin se precipitó
desde la almena del muro;
y aunque crédito no dé
a tan no esperado insulto
de su valor, con todo eso,
viendo añadir susto a susto,
te suplica que te duelas
del estado en que la puso,
de tu valor y su hado,
el ejecutado influjo;
y pues es fuerza tomar
sus fortunas otro rumbo,
que muera Madama o viva,
hasta buscarla, del duro
sitio con que la amenazas
suspendas el fiero impulso.
Celio
Con la misma pretensión,
de parte de ese tumulto
que me buscó para hacerme
hoy, señor, caudillo suyo
–siendo así que, por no serlo,
no sé si en servicio tuyo
había dejado el puesto–,
en ti el mesmo amparo busco,
fiado en que por mí has de oír
de todos los ecos juntos.
Todos
dentro
¡Piedad, señor!
Federico
Por más que
su voz y la vuestra escucho,
no esa lástima me mueve,
no a la vuestra me reduzgo.
¿Nobleza y pueblo no fueron
los que admitieron con gusto
a Enrique? Pues que él los valga,
sin que haga en mí efecto alguno
ni la falta de Madama
ni el triste lamento suyo
para que mi valor deje
de ir en alcance del triunfo.
Adolfo
¿Tal respondes?
Federico
Tal respondo.
Celio
¿Tal pronuncias?
Federico
Tal pronuncio.
Adolfo
¿Piedad falta en noble pecho?
Federico
Sí, miserable caduco.
Celio
¿Tal falta en heroica sangre?
Federico
Sí, aleve; y aun fuera justo
que tú murieras porque
viviera yo más seguro.
Adolfo
(¿Que esto escucho?)
Celio
(¿Que esto oigo?)
Federico
De mí no esperéis más fruto,
aunque más a pedir vuelva
piedad el rumor confuso
de una y otra voz diciendo...
Madama
dentro
No pida piedad ninguno
a un tirano, que ya yo
valor a todos infundo
para que sea furor
y no piedad vuestro asunto.
Federico
¿Quién con tan osada voz
trocar el estilo supo
de la lástima en la ira?
Sale Madama.
Madama
Quien no en vano, del oscuro
centro que, vivo cadáver,
le fue prestado sepulcro,
restituida a la luz,
viene en tu busca.
Federico
¿Qué escucho?
Margarita
¿Qué oigo?
Celio
¿Qué veo, cielos?
Madama
¿De cuándo acá –dime–, injusto,
falso, aleve, fementido,
crüel, tirano, perjuro;
de cuándo acá –dime– fue
noble acción poner en uso
que el desaire de una dama
sea de una guerra asunto?
Confieso que no fue acaso
la elección. ¿Tan mal dispuso
hacerte el repudio quien,
por disfrazarte el repudio,
la hubo de costar, mañosa,
el cómo hacértele estudio?
Y cuando en la parte toque
de valor el desdén suyo,
¿qué satisfación la das
–por más que mire el inculto
verdor de aquesta campaña
vuelto en piélago purpúreo–,
si traidoramente vienes
en el silencio noturno
como dando a sospechar
que tu valor aun no es tuyo,
pues ladrón de tu valor
la hubiste de hacer por hurto?
Y si es que pretendes dar
hoy satisfación al mundo,
el que lo duda no es él,
que yo soy la que lo dudo.
Dámela a mí, reduciendo
este militar concurso
a singular lid; que yo,
armado el pecho o desnudo,
a pie o a caballo, ya
con la espada y el escudo,
ya tirando con pistolas
o ya al choque de ambos brutos,
te reto y te desafío.
Federico
Nunca a mí obligarme pudo
a desafío una dama.
Madama
Bueno es que mires, injusto,
que soy dama para el duelo
cuando no para el disgusto.
Mas ya que de eso te vales,
de estilo y de intento mudo.
Pues en tu poder mi esposo
está, mi estado y el tuyo
al trance de una batalla
pendiente, que los disturbios,
ansias y calamidades
reduzgamos a otro punto,
sacudiendo la cerviz
del tiranizado yugo
de esa fiera, que no sólo
de los hombres se mantuvo,
mas del hambre de los hombres
hacer alimento supo.
Desdichas a conveniencias
feriemos. El absoluto
principado de Turingia,
con el gran blasón augusto
de la casa de Austria que
a Enrique en mi elección cupo,
en canje suyo te ofrezco.
Tú verás cómo lo cumplo,
sin reservar para mí,
no sólo digo del muro
más desmantelado una
almena, pero el más rudo
albergue a quien sólo labran
toscos adobes y juncos.
Y si aqueste precio es poco,
que vale mi esposo mucho...
Llora Madama y quiere disimular el llanto.
(¿Qué es esto, valor? Pues ¿cómo
flaqueas? Cóbrate astuto.)
Y si aqueste precio, digo,
es poco (¡qué mal pronuncio!),
yo... (¡mal el acento formo!),
yo... (¡mal la voz articulo!
¿De cuándo acá por vidriera
mis ojos miran tan turbios
al sol?) ...añadiré a él
las joyas de que me ilustro,
los tesoros que poseo;
y si son de precio alguno,
aun las niñas de mis ojos,
(¡oh encarecimiento sumo!).
A Laura.
(Hazme espaldas, porque nadie
vea, Laura, que el llanto enjugo).
Y finalmente, no sólo
vasalla (cobarde dudo)...,
pero esclava iba a decir
(mintió el afecto que trujo
tan baja voz a mis labios),
pues si a medios no reduzgo
tu crueldad, aunque ahora estés
vitorioso, mi sañudo
valor le sabrá sacar
del poder del dueño injusto,
falso amigo, infiel hermano.
(Mas, ¡ay de mí!, mal me ayudo,
si por desmentir que lloro
al que he menester injurio.)
No solamente vasalla
quedaré en el poder tuyo,
pero esclava fui a decir;
y aunque la voz se redujo,
lo digo a fuerza del llanto,
que está empeñado su curso
en que ha de romper la presa
de mis congojas; y dudo,
él una vez declarado,
que pueda quedar oculto.
Y así a tus plantas...
Federico
¡Detente!
Que lo que el clamor no pudo
de esas gentes, ni pudiera
conseguir el orbe junto,
ha conseguido tu llanto.
Pero que venzas, ¿qué mucho,
si detenidas tenías
las lágrimas para el triunfo?
Sabed si cobrado Enrique
está del pasado susto.
Salen Enrique y toda la compañía.
Enrique
Sí, Federico, que oyendo
la voz de mi esposa pudo
ella sola darme vida.
Federico
Pues agora que no es tuyo
el desdén y es mío el aplauso
de hacer este estado tuyo,
gózale feliz; que yo,
para mi blasón augusto,
no quiero más desempeño
de ser yo quien hace el gusto.
Enrique
¡Qué felicidad!
Madama
¡Qué dicha!
Talón
(Que aquí no hay bodas barrunto.)
Federico
Tú, Margarita, conmigo
irás; y tú, Celio, al punto
desterrado de Turingia
y Sublac saldrás.
Madama
¡Qué justo
premio de un traidor!
Margarita
¡Qué pena
de tan ciego amor!
Patín
Con cuyo
caso verdadero, demos
fin, diciendo todos juntos:
“Mujer, llora y vencerás”.
Perdonad los yerros suyos.

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