Mejor Está Que Estaba
Comedia Famosa

Personas

  • FLORA, dama
  • SILVIA, criada
  • LAURA, dama
  • NISE, criada
  • CARLOS, galán
  • DINERO, criado
  • ARNALDO, galán
  • FABIO, galán
  • DON CÉSAR, viejo
  • CELIO, alcaide
  • CRIADOS
  • MÚSICA

Jornada Primera

Salen Flora, quitándose el manto y poniéndose otra ropa, y Silvia.
Flora
Dame presto otro vestido;
quítame este traje presto.
Silvia
¿Qué traes, señora? ¿Qué es esto?
¿Qué tienes? ¿Qué ha sucedido?
Flora
Pierdo en pensarlo el sentido;
¿ved en decirlo qué haré?
Silvia
La ropa está aquí.
Flora
Aún no sé
si estoy segura.
Silvia
Señora,
en tu casa estás.
Flora
Agora
lo que ha pasado diré.
Ya sabes las grandes fiestas
que Alemania, agradecida
de su gloria a la fortuna
como al cielo de sus dichas,
previno al recibimiento
de la gallarda María,
feliz infanta de España
y Reina feliz de Hungría.
Ya sabes que más que todas
esta famosa provincia
de Bohemia se mostró
como noble y como rica,
a cuyo aplauso la fama
con voces mil repetidas
convidó al mayor teatro
que vio el sol en cuantos gira
círculos de vidrio y nieve
desde que el alba le riza
la crespa melena de oro
hasta que la noche fría
se la desmaraña, siendo
fénix en la edad de un día,
desde el oriente al ocaso
lecho y mármol, cuna y pira.
Esta tarde, que el Danubio
era el circo donde había
de ser un torneo de agua
la fiesta, por que de envidia
de la tierra no muriese,
viendo que ella merecía
siempre en su esfera a su sol,
madama Laura, mi amiga
y mi vecina, con quien
esos jardines confinan,
me envió con un criado
a decir que, si quería
ir a hallarme disfrazada
en las fiestas prevenidas
pues, por ser fiestas de agua,
lugar ni balcón había
donde verlas, que saliese
a la española vestida,
y de rebozo las dos
podríamos divertidas
pasar la tarde, gozando
la fiesta desde la orilla.
Yo, pues que con decir yo
no es necesario que diga
más, pues, diciendo mujer,
la consecuencia es precisa,
sin prevenir los sucesos
que resultarme podrían
de que alguien me conociese,
con Laura fui donde había
sobre la crespada selva,
sobre la campaña riza,
abriles fingiendo una
primavera fugitiva
porque de enramados barcos
y de toldadas barquillas,
portátil monte de rosas,
arada estaba una isla,
en una hermosa galera
que desde el tope a la quilla
era ascua de oro, a pesar
de tantos cristales, viva.
En el río entró la reina,
a cuya agradable vista
hicieron salva las ondas,
siendo con dulce armonía
ruiseñores de metal
cañones y chirimías.
El mantenedor... Mas ¿dónde
voy?, pues no es bien que repita
juegos quien siente pesares,
gustos quien llora desdichas;
dejemos a los gozosos
las fiestas, ellos las digan;
no hablemos de ajenas glorias
donde hay desgracias mías.
Estábamos desde lejos
las dos, pero no fingidas
tanto, que la novedad
no despertase la envidia.
De los que más nos siguieron
fue uno Arnaldo, con quien iba
Licio, mi primo y mi amante,
con quien mi padre porfía
que me case a mi disgusto,
imprudente tiranía.
De Arnaldo y Licio en efecto
seguidas y perseguidas
a mi pesar, no de Laura,
fuimos, porque entretenida
me dio a entender que gustaba,
sea o no sea malicia,
de que Arnaldo la siguiese.
¡Suerte injusta! ¡Pena esquiva!
Licio, que a su amigo ya
bien entretenido mira,
envidioso o cortesano
–todo es una cosa misma–,
quiso darme a mí conmigo
celos; que en la corte, Silvia,
hay muchos hombres que aman
por solo hacer compañía.
Yo, que vi que ya conmigo
la plática disponía,
por no responderle y ser
en el habla conocida,
volví al descuido la espalda
y viendo que me seguía
–¡oh, cuánto yerra el temor!–,
a un forastero, que iba
con un criado...
Dentro dicen Arnaldo y Celio.
Arnaldo
Matadle.
Celio
Muera.
Flora
¿Qué voces, qué grita
es esta?
Sale don Carlos con la espada desnuda.
Carlos
Si en la hermosura
hay piedad, y hoy no se implican
piedad y hermosura, puesto
que siempre son enemigas,
vuestro sagrado le valga,
oh, señoras, a una vida,
contra quien hoy de los hados
se han conjurado las iras.
Arnaldo
Entrad. No importa que sea
esta casa...
Flora
No prosigas,
que a mí me toca ampararle.
Cúbrete desta cortina.
Carlos
Paren mis desdichas, ¡cielos!,
si saben parar desdichas.
Escóndese.
Salen Arnaldo, Celio, gente, y Dinero con ellos.
Flora
¿Qué es esto, señor Arnaldo?
Arnaldo
Aunque la cólera mía
debiera, divina Flora,
suspenderse cuando os mira,
perdonadme, que esta vez
rompe el enojo y la ira
el respeto a la hermosura,
la ley a la cortesía;
fuera de que, como vos
también estáis ofendida
en esta parte, es forzoso
que dispenséis con vos misma.
Siguiendo vengo a un traidor,
que deja –¡oh, suerte enemiga!–
a vuestro primo y mi amigo
muerto...
Flora
¡Ay, cielos!
Arnaldo
...de una herida.
Como forastero, en fin,
a la cárcel se retira,
pues se ha entrado en vuestra casa,
de quien guardarse debía
dos veces, siendo, como es,
de la parte y la justicia,
pues sois la prima del muerto
y del potestad sois hija,
a cuyo gobierno está
toda aquesta monarquía.
Decid, pues, dónde se esconde,
por que de una vez consiga
este acero dos venganzas,
una vuestra y otra mía.
Carlos
(¡A muy buen puerto he llegado!).
Flora
Fuerza es, ¡ay de mí!, que os diga,
pues, como decís que soy
la parte más ofendida,
la verdad: aquese hombre
entró hasta aquí...
Carlos
(¡Ah, suerte impía!
¿Qué espero?).
Flora
...huyendo, ...
Carlos
(¡Mal haya
quien de una mujer se fía!).
Flora
...pero apenas escuchó
las voces que le seguían,
cuando por esa ventana
que da a esos jardines vista
se arrojó. Seguidle, pues,
y con noble bizarría
le dad muerte; que venganzas
tan generosas son hijas
de vuestro valor.
Arnaldo
Al cielo
juro, si no se retira
a él mismo, de darle muerte.
Tras él iré; no me siga
nadie para esta venganza,
que yo basto.
Vase Arnaldo enojado, arrojándose.
Dinero
Yo, malilla.
Celio
¿Quién sois vos?
Dinero
Desta baraja
soy, si él basto se apellida,
malilla yo, y voy tras él,
por que, si fue la espadilla
el hombre que busca, y hoy
contra el hombre triunfa, sirva
yo de sentarle una baza,
que en la polla deste día
todos somos matadores.
Celio
¡Qué locuras!
Dinero
Como mías.
Celio
Pues soy su amigo y alcaide
del fuerte, bien este día,
por su amistad y mi oficio,
es fuerza que a Arnaldo siga.
Vase.
Dinero
(Criado de Carlos soy,
y así he de andar a la mira,
a ver lo que le sucede;
que a esto la lealtad obliga).
Vase y la gente.
Flora
¿Fuéronse?
Silvia
Sí; ya se fueron.
Flora
Pues cierra esas puertas, Silvia.
Sale Carlos.
Carlos
¡Hay tal valor! ¡Oh, bien haya
quien de una mujer se fía!
Flora
Ya habéis visto, caballero,
cuán a costa del dolor,
de la sangre y del amor,
daros libertad espero,
pues generosa y constante
en vuestro favor me halláis,
siendo el que muerto dejáis
mi primo, ¡ay, Dios!, y mi amante,
y siendo vuestra malicia
tan ciega, que os ha obligado
a que toméis por sagrado
la casa de la justicia.
Mas, aunque todo esto aquí
está contra vos, está
de vuestra parte el que ya
os amparasteis de mí.
Ya lo empecé, y pues en tal
delito soy delincuente,
pues quien le hace y le consiente
tienen pena por igual,
librarme a mí solicito
con libraros, por temer
que debo yo de tener
gran parte en vuestro delito.
Carlos
Cómo responderos dudo,
que, como jamás traté
dichas, hablarlas no sé,
y así estoy con ellas mudo;
que, como siempre desdichas
en mi pecho he aposentado,
nunca, señora, he estudiado
el idioma de las dichas
y no sé de qué manera
halladas conmigo estén,
que nadie recibe bien
los huéspedes que no espera.
Dicha fuera no ofenderos,
desdicha fuera no hallaros,
dicha fuera no enojaros,
desdicha fuera no veros;
y así entre uno y otro estremo
oíd la disculpa mía:
quizá la verdad podría
tener las dichas que temo,
si, de la razón movida,
templáis rigores severos;
que será gran dicha veros,
y no, veros ofendida.
Yo salí al río esta tarde
por ver si acaso podía
entre placeres del día
hacer a un pesar cobarde.
Aquí estaba, pues, señora,
una gallarda tapada,
bien como suele embozada
entre nubes el aurora.
Esta, a quien el traje ufano
de que vestida venía
encubría y descubría,
sacando una blanca mano,
mariposa de cristal
de las luces de sus ojos,
me llamó. Yo que, entre enojos,
dudaba ventura igual,
viendo que la deidad era
de flores blancas y rojas,
y oyendo de aves y hojas
la música lisonjera,
creí que acciones tan graves
no eran que a mí me llamaba,
sino compás que llevaba
a las flores y a las aves.
Como forastero, en fin,
tanta ventura dudé,
bien que villano llegué
atrevido al serafín.
Apenas, pues, pronunció:
«Aquí me importa que estéis
y que llegar estorbéis
aquel hombre», cuando yo
vi que uno la seguía
y antes me pareció acaso
apresuró más el paso
a estorbar la suerte mía.
Llegó diciendo: «El lugar,
señor, que habéis ocupado,
esa dama me ha negado;
y pues no puedo vengar
el desaire en ella, en vos,
instrumento suyo, sí».
No sé qué le respondí;
y, ya empeñados los dos,
saqué la espada impaciente,
o colérico o furioso,
cuando él, valiente y celoso,
que es ser dos veces valiente,
sacó la suya. Los cielos
saben que mi brazo fuerte
hizo poco en darle muerte,
habiéndole dado celos.
Llegó la justicia, pues,
y, viendo que a la justicia
quien no temerla codicia
ni noble ni cuerdo es,
volví la espalda, y huyendo
en vuestra casa me entré,
porque la primera fue
que sale al campo. Aquí entiendo
el gran peligro en que estoy,
si vos, deidad soberana,
tan divinamente humana,
no me dais la vida hoy,
considerando la acción
en que apenas fui culpado,
pues no fue caso pensado
con ventaja o con traición.
Una mujer me empeñó,
a quien quise obedecer;
y así, pues que sois mujer,
obligación os corrió
de ampararme; de manera
que, por mujer y ofendida,
tenéis acción a mi vida;
pues, si bien se considera,
bien la muerte mereció
quien, siendo primo y amante
vuestro, altivo y arrogante
por otra dama riñó.
Y así una vez enojada
estad, y otra agradecida:
pues, si sois prima ofendida,
también sois dama vengada.
Flora
Hoy vuestra disculpa halló
crédito en mí, de tal modo,
que me parece que a todo
estuve presente yo.
Y así, pues una mujer
tanto os empeñó primero,
otra, infeliz caballero,
vuestra defensa ha de ser.
Lo que ella erró, enmiende yo,
y quejaos desde aquí
de la que os empeñó, sí;
de la que os ampara, no.
A ese camarín entrad
y, hasta que la noche fría
sea homicida del día,
escondido en él estad;
que, en habiendo anochecido,
seguro salir podéis.
Carlos
Dejadme...
Flora
No, no tenéis
que decirme agradecido
nada, que es muy bajo indicio;
pues quien llega a agradecer,
paga, y yo no he de vender,
sino dar el beneficio.
Silvia
Gente he sentido.
Flora
Entrad presto
en esa cuadra; no os vea.
Carlos
Ella mi sagrado sea.
Cierran la puerta por donde entró Carlos, y dice dentro César.
César
Todo quede así dispuesto.
Silvia
Echo a la puerta mil llaves.
Sale Don César.
César
Flora.
Flora
¿Señor?...
César
Ya el desvelo
me ha dicho del desconsuelo
que nuestras desdichas sabes.
Flora
Ya sé, señor, que un traidor
por una fácil mujer
–porque ¿quién pudiera ser
dueño de tanto rigor?–
mató a Licio. Aquí se entró...
César
No tengas pena que pueda
escaparse, que ya queda
todo esto sitiado, y no
me ha de quedar, ¡vive el cielo!,
casa, iglesia, ni vergel
que no examine cruel
mi cuidado y mi desvelo.
Retírate tú de aquí,
que siento ruido.
Flora
Yo voy
a servirte. (¡Muerta estoy!
Defiéndame Dios de mí).
Vanse Flora y Silvia.
Salen Celio y criados, que traen preso a Dinero.
Celio
Este es, señor, un criado
del homicida; que ha sido
de nosotros conocido,
y él mismo lo ha confesado.
Dinero
Así es la pura verdad,
pero ¿qué delito es
ser criado suyo, pues
yo diré toda verdad?;
que, viéndole aquesta tarde
sacar el acero allí,
otra vereda cogí.
César
¿Por qué?
Dinero
Porque soy cobarde.
César
Mira que el potestad es
con quien hablas.
Dinero
Norabuena,
que a mí nada me da pena,
si he de decir verdad; pues,
diciendo yo la verdad,
¿ser qué importa, en conclusión,
el trono o dominación,
cuanto más el potestad?
César
¿Cómo te llamas?
Dinero
Dinero,
por vivirme yo conmigo,
pues nadie vivió sinmigo.
César
¿Quién es aquel caballero,
amo tuyo?
Dinero
Él es, señor,
una muy linda persona.
César
¿Llámase?
Dinero
Carlos Colona,
hijo del gobernador
de Branderburg.
César
(¡Ay de mí!
¡Que es mi mayor enemigo
hijo del mayor amigo!).
Pues ¿a qué ha venido aquí?
Dinero
A sólo matar sobrinos
de potestades.
César
No trato
de burlas.
Dinero
Soy mentecato:
diré dos mil desatinos.
A ver las fiestas, señor,
que hace Alemania este día
a la divina María.
César
Llevad a éste preso.
Dinero
¿Por?
César
Por que en la cárcel estéis
hasta que la confesión
tomen y declaración.
Dinero
¿Que más claro me queréis?
Ya ser Dinero no espero,
que en cárcel –nadie se asombre–
me gastarán hasta el nombre
por dejarme sin dinero.
Llévanle, y vanse.
César
¿Quién vio mayor confusión
jamás, ¡cielos!, que la mía?
Bien decía el que decía
que hidras las desdichas son,
pues apenas muere una,
cuando otra a su sangre nace;
que ésta para aquélla hace
de su sepulcro la cuna.
Cuando como juez y parte
te busco, fiero homicida
de mi honor y de mi vida,
quisiera, ¡ay de mí!, no hallarte,
porque, si osado me atrevo
a vengarme, más me aflijo,
porque eres de un hombre hijo
a quien vida y honor debo.
Y es verdad: honor y vida
de su padre recebí
cuando... Esto no es para aquí;
baste ver que no se olvida.
Así que vida y honor,
obligados y ofendidos,
hacen guerra a mis sentidos
con piedad y con rigor.
Forzoso el buscarte es
y forzoso el ampararte,
y así he de ser en buscarte
un hombre celoso; pues
entre contrarios venenos
no vio descanso jamás,
y aquello que busca más
es lo que quiere hallar menos.
Vase.
Salen Arnaldo, Laura y Nise.
Laura
Y, en fin, ¿qué ha sucedido?
Arnaldo
Que tras él me arrojé; pero al ruido
llegó infinita gente,
y entre todos don César, diligente.
Yo, que vi que ya era
mi venganza imposible, aunque quisiera
entre todos mostrarme,
pues habían de prenderle, y no dejarme,
no quise que pensase quien estaba
allí que con justicia le buscaba
cobarde mi desvelo;
y así me retiré, rogando al cielo
que César no le halle
y me quite la dicha de matalle,
porque con menos no estaré vengado
de quien mi amigo me mató a mi lado.
Laura
¡Nunca yo te escribiera
que disfrazada iba a la ribera!
Mas ¿quién jamás previno
las ignoradas sendas del destino?
Arnaldo
Aquella necia amiga
tuya, la causa fue.
Laura
No sé si diga
que lo fue más su estrella,
pues que ya quien le llora más es ella.
Arnaldo
Lo que obligarla pudo
así a llamar a un forastero dudo,
ciega y inadvertida.
Laura
El no ser de su primo conocida.
Arnaldo
¿Luego, aquella era Flora?
Laura
Descuido del afecto fue.
Arnaldo
Y yo agora
entro a nuevo cuidado.
Si riñendo a los dos había dejado,
¿cómo, viéndole luego
tan turbado y tan ciego,
el riesgo no previno
de su primo y dio voces?
Laura
Desatino
es, en pena tan fiera,
querer que una mujer en sí estuviera.
Arnaldo
Malicias son de un alterado pecho;
mas, por Dios, que no sé lo que sospecho.
Nise
A Laura
Fabio, tu hermano, viene.
Laura
Que me vea contigo no conviene,
que ya está malicioso en esta parte.
Tú aquí con él procura disculparte.
Vanse las dos.
Sale Fabio.
Fabio
¡Señor Arnaldo!
Arnaldo
¡Señor
Fabio!
Fabio
¡Aquí, pues! ¿Qué mandáis?
Arnaldo
Que una gran merced me hagáis.
Fabio
Decid pequeño favor.
Arnaldo
Ya sabréis de mi dolor
el fin.
Fabio
Él se deja ver.
Arnaldo
Un caballo he menester...
(Los cielos me den paciencia).
Arnaldo
...para cierta diligencia
que me importa mucho hacer;
que me ha hallado en vuestra calle
una nueva, y alcanzar
me importa un hombre.
Fabio
Mandar
podéis, sin que en mí se halle
dificultad. (Sufra y calle
hasta otro tiempo el deseo
mi venganza). Yo me apeo
agora de un alazán
que me espera en el zaguán;
subid en él, que bien creo
que es para alcanzar y huir;
y ved si queréis que yo
en otro os siga.
Arnaldo
Eso no,
porque yo solo he de ir.
Fabio
En todo os he de servir.
Arnaldo
Y yo pagároslo espero.
Quedad con Dios.
Fabio
Oíd primero,
aunque tan de prisa estáis,
Arnaldo, que de aquí os vais.
Arnaldo
Decid.
Fabio
Advertiros quiero
que mi hermana tiene aquí
su cuarto, que el mío es aquél;
y así, que llaméis en él,
cuando me buscáis a mí.
Dígoslo, Arnaldo, por si
volvéis otro día a buscallo,
pues por necio lance hallo,
y treta falsa se llama,
a la casa de la dama
ir a ganar el caballo.
Arnaldo
Yo pregunté aquí por vos
Fabio
Claro está que sería así.
Id con Dios.
Arnaldo
Quedad con Dios.
Vase.
Fabio
¡Qué mal sabemos los dos
disimular ni fingir!
¡Qué mal hice en descubrir
mi recelo o mi temor!,
porque celos del honor
ni se han de dar ni pedir.
Pero ¿quién con celos, ¡cielos!,
a quien esto dijo viera,
por ver si él mismo pudiera
ni dar ni pedir sus celos?;
que tan continuos recelos,
agravios tan repetidos,
veneno de los sentidos
que penetra al corazón,
¿para qué son, si no son
para dados ni pedidos?
Sale Laura.
Laura
¿Con quién hablabas aquí?
Fabio
Con nadie. (Honor, ¿qué previenes?).
Laura
¡Así respondes! ¿Qué tienes?
Fabio
Tengo un pesar...
Laura
¡Ay de mí!
Fabio
...de lo que hoy ha sucedido...
Aunque no es de aquello, no.
Laura
¿Qué fue?
Fabio
¿No lo sabes?
Laura
¿Yo
de quién, si tú no has venido,
que es de quien puedo saber
yo lo que en la corte pasa?,
pues, siempre cerrada en casa,
ni aun el sol me llega a ver.
Fabio
Pues... (No sé cómo lo diga).
Sabrás que mató arrogante
un hombre a Licio, el amante
de Flora, tu grande amiga,
sobre hablar enamorado
una tapada este día.
Laura
Si no fuera tiranía,
te dijera que me he holgado,
porque, si a Flora adoraba,
con quien se había de casar,
¿qué tenía, pues, que hablar
con la que tapada estaba?
Aquesto es lo que nos pasa
a las mujeres, pues cuando
ella se estaría llorando,
sola y cerrada en su casa,
andaba él de esa manera
tras mujercillas tapadas,
siempre a riesgo las espadas.
¡Ay, hombres, quién os creyera!
Fabio
Si celos a Flora dio,
bien ha pagado sus celos,
y pues tú sin desconsuelos
hablas, mejor podré yo,
a quien amor asegura
de una desgracia una dicha,
porque a veces la desdicha
es madre de la ventura,
que por eso dijo un sabio:
«¿Quién desea bienes, quién,
sabiendo que el propio bien
nace del ajeno agravio?».
Hoy, pues...
Laura
No me digas más.
De ajena ventura alcanza
nueva vida tu esperanza.
Fabio
Al fin del discurso estás;
pues, si César empeñado
estaba con su sobrino,
antes fuera desatino
el haberme declarado,
y ya no.
Laura
Y harás muy mal
en no arder en tanta llama:
que su vida ama el que ama
una mujer principal;
que a fe que no sucediera,
lo que todo el lugar llora,
jamás a Licio por Flora.
Fabio
Claro está que no pudiera.
Dame un recado, que quiero
de tu parte visitar
hoy a Flora.
Laura
Su pesar
es de tus dichas tercero.
Sea el pésame el recado.
Fabio
Que es bastante ocasión, creo.
Adiós.
Laura
¡Oh, cuánto deseo
verte muy enamorado!
Fabio
Pues ¿tan mal me quieres?
Laura
Quien
tu paz busca, no hace mal;
que esto no es quererte mal,
sino quererme a mí bien.
Vanse.
Salen Flora y Silvia, como a escuras.
Silvia
Ya me parece que es hora,
señora, si te parece,
antes que se enciendan luces,
de que se vaya este huésped.
Flora
Es verdad: abre esa puerta.
Abre Silvia, y sale don Carlos.
Carlos
Decid el sepulcro breve
de un vivo cadáver, pues
entre la vida y la muerte
muere pensando que vive,
vive pensando que muere.
Flora
Ya que el ave de la noche
sus alas nocturnas tiende
haciendo sombra a los días
en los campos de occidente,
podéis iros, caballero;
la obscuridad os aliente,
que aún apenas una estrella
a tantas nubes se atreve
cuando en la hoguera del día
pavesas del sol se encienden.
Id con Dios.
Carlos
El cielo os guarde,
deidad hermosa, a quien debe
la vida un hombre infelice,
lastimado dignamente
que no sea de un dichoso,
pues por esto no la ofrece,
que vida de un desdichado
de nada serviros puede.
Silvia
Venid tras mí.
Carlos
Ciego os sirvo.
Al entrarse, habla dentro don César, y túrbanse.
César
¡A estas horas no se encienden
luces en toda una casa!
Flora
¡Ay de mí! Mi padre es este.
Silvia
Mi señor vuelve, señora.
Carlos
¿Qué haré?
Flora
A retirarte vuelve.
Cierra tú, y quita la llave.
Carlos
¿Hay piedades más crueles?
Éntrase Carlos y cierra la puerta Silvia, y sale don César y un criado con luces.
Flora
Ya están las luces aquí.
César
¿Aquí estabas, Flora?
Flora
A verte
salí, como oí tu voz,
que cuidadosa me tienes
de verte tan cuidadoso.
César
Es hoy mi oficio dos veces,
y así dos veces me importa
que hoy a este homicida encuentre;
para ofenderle la una,
la otra para defenderle;
y, aunque le dejo sitiado
dondequiera que estuviere,
pues están aquestas calles
todas tomadas de gente,
he de escribir a los puertos
que a ninguno pasar dejen.
Silvia.
Silvia
¿Señor?
César
Tráeme luces,
escribanía y papeles
a este aposento, ...
Señalando a aquel donde está don Carlos.
Flora
(¡Qué escucho!).
César
...que aquí escribir me conviene.
Flora
¿Por qué aquí, señor?
César
Porque
los que a visitarme vienen,
mientras estoy escribiendo,
en estotro cuarto esperen.
¿Qué es de la llave de aquí?
Flora
Esa criada la tiene.
Silvia
Yo no la tengo.
César
Pues ¿dónde
está?
Silvia
Sobre ese bufete
la puse.
César
Pues no está en él.
Flora
Hace señas que no se la dé.
Notables descuidos tienes.
(No se la des. Todo cuanto
tomas en la mano, pierdes.
No te enoje, Silvia mía,
que te riña).
César
¿No parece?
Silvia
No, señor.
César
La llave maestra
ha de estar –Dios me lo acuerde–
en mi escritorio. Yo voy
por ella.
Toma una luz y vase.
Flora
¿Hay lance más fuerte?
Silvia
¿Qué hemos de hacer?
Flora
Si es preciso
que vuelva y que aquí le encuentre,
con la diligencia hagamos
lo preciso contingente.
Silvia
Dices bien: dejemos algo
a la fortuna.
Abre, y al salir Carlos por la puerta, sale por otra Fabio, y vuelven a cerrarle.
Flora
Bien puede
salir, que yo estoy mirando
si mi padre... Mas detente,
que se ha entrado un hombre aquí.
¡Valedme, cielos, valedme!,
que un inconveniente es
sombra de otro inconveniente.
Sale Fabio.
Fabio
Permitid que venga a daros
un pésame en mal tan fuerte
quien quisiera venir antes
a daros mil parabienes.
Laura, mi hermana, os le envía
conmigo, por parecerle
que le dará como suyo
quien como vuestro le siente.
Flora
Guárdeos Dios. (¿Qué es esto, cielos?
Si sale delante deste
hombre, aventuro mi honor;
y si no sale, no tiene
remedio el verle mi padre.
Pero el ingenio remedie
las desdichas, si desdichas
con el ingenio se vencen).
Señor don Fabio –¡estoy muerta!–,
discreto sois y prudente;
bien sabéis de las desgracias,
que cualquiera que sucede
hace el aposento a otra,
que, a la imitación del fénix,
siempre de cenizas suyas
está el sepulcro caliente.
Un hombre –¡mortal estoy!–,
un hombre buscando viene
a mi padre con un pliego,
que, según dice, contiene
que un hermano suyo, ¡ay, triste!,
en estas lides valiente,
murió en servicio del César.
Ved, por Dios, si es pesar este
para contrapeso de otro.
Quisiera, ¡oh, penas crueles!,
que no hallara aquí a mi padre,
que dice que luego vuelve;
y así me importa, señor,
que por un instante breve,
mientras yo tomo las cartas,
le saquéis de casa. Hacedme
esta merced, y ella sea
la respuesta, porque él viene.
Sale don César.
César
¡Que en la última gaveta
hubo de estar!
Fabio
A Flora
Sí haré. (Deme
ingenio amor).
A don César.
Aunque vengo
como tan vuestro a ofrecerme
a vuestro servicio, hay otra
causa hoy que a hacerlo me mueve.
Yo sé, señor, dónde está
cerrado el tirano aleve
que buscáis.
Flora
(¿Qué es lo que escucho?).
César
¿Dónde, Fabio?
Fabio
En un retrete
cerca de aquí.
Flora
(Muerta estoy).
Silvia
(Él le vio).
Flora
(¡Desdicha fuerte!).
César
¿Qué decís, Fabio?
Fabio
Que, aunque esta
no es acción de un noble, puede
tanto un afecto, que hoy
permite que le atropelle.
Venid conmigo.
Silvia
(Eso sí).
Flora
(De un hilo estuve pendiente).
César
Ya me espantaba que tanto
tiempo ocultarse pudiese.
Vamos, y porque el rumor
no los avise y le ausenten,
vamos pocos; los demás
en esta puerta se queden.
Vase.
Fabio
Llevarele a la primera
casa que me pareciere;
que, cuando no le halle en ella,
no es muy grande inconveniente,
pues, con decir que se fue,
todas las dudas se absuelven.
Vase.
Flora
Esto está mejor que estaba.
Sal tú: avisa cuándo puede
salir.
Silvia
Abre tú entretanto.
Vase.
Abre Flora la puerta, y sale don Carlos.
Flora
Hombre, que no sé quién eres,
y, a fuerza de mis desdichas
y a pesar de mis desdenes,
tantas finezas me cuestas,
tantos cuidados me debes,
¿qué dejas que haga por ti
el día –¡oh, tirana suerte!–
que me obligues, si esto hago
por ti el día que me ofendes?
Si cuando me agravias más,
más de tu parte me tienes,
¿qué merece una lisonja,
si esto un agravio merece?
Vete, déjame, por Dios,
entre mis penas crueles,
que basta que tú las causes
sin que también las aumentes.
Mientras mi padre te busca
en otra parte, bien puedes
ponerte en salvo.
Carlos
Ahí verás
cuánto es mi estrella inclemente,
pues, para que aquí me libre,
van a otra parte a prenderme,
dejándome a mí por mí;
que mis desdichas no tienen
otras que espaldas les hagan
sino ellas mismas, de suerte
que es fuerza que a mí me busquen
aún, para que a mí me dejen.
Flora
Pues líbrate a ti contigo,
y vete presto.
Sale Silvia.
Silvia
Detente,
no salgas.
Flora
¿Qué hay, Silvia?
Silvia
Hay
que hay fuera infinita gente
que está esperando a tu padre.
Flora
¿No podrá salir sin verle?
Silvia
No; ni estar aquí tampoco,
que será posible que entre.
Flora
Ello está de Dios que este hombre
en mi aposento se quede,
y aun en él no está seguro
si a escribir mi padre vuelve.
Carlos
Si irme, esconderme o estarme,
todo es un inconveniente,
mejor es que la fortuna
por el más delgado quiebre.
Yo saldré.
Flora
Eso no, tampoco;
que no me está bien que llegue
a saberse que aquí estabas.
Silvia
Yo daré un medio, de suerte,
que yendo, estando y quedando,
ni esté, ni vaya ni quede.
Vente conmigo.
Flora
¿Qué intentas?
Silvia
Por la puerta, que con este
cuarto dice a aquella torre
que de caballeros suele
ser prisión, pasarle a ella
y en ella oculto tenerle,
pues no se habita, esta noche.
Flora
¿No ves que otra puerta tiene
para el cuarto del alcaide,
y él llave de ella?
Silvia
¿Qué quieres?,
¿que por fuerza sea esta noche
la que entre allá?
Flora
Quien no tiene
bien que escoger, ya es fuerza
que con el mal se contente.
Silvia
Sígueme.
Carlos
Ya el ser cobarde
en esta parte me debes.
Flora
Y tú a mí, el ser atrevida.
Carlos
Más hago yo, que más veces
se vio valiente un cobarde
que no cobarde un valiente.
Flora
¡Qué presto te desobligas
de mi piedad!
Carlos
No la tienes,
porque no es piedad curar
un mal con otro más fuerte;
y esta piedad rigurosa
es la que a mí me sucede,
pues por librarme la vida,
el alma, Flora, me prendes.
Flora
Esta es piedad del valor,
no del afecto la pienses,
porque en saliendo de aquí,
donde el riesgo que tuvieres
no corra por cuenta mía,
la primera que ha de hacerte
matar seré yo.
Carlos
Esa sí
será piedad.
Flora
¿De qué suerte?
Carlos
Porque mandarás matarme
por hacer feliz mi muerte.

Jornada Segunda

Sale Silvia, sola.
Silvia
¡Notables cosas mi ama
discurre, imagina y piensa
hoy, por no dar por vencida
su vanidad y soberbia!
Pero ¿quién me mete a mí
en si acierta o si no acierta,
pues que no me toca más
que oírla y obedecerla?
Esta es la puerta que guarda,
hasta que la noche venga,
a Don Carlos. Vaya, pues,
de invención y de novela.
¡Yo soy! Bien puedes abrir.
Abre don Carlos la puerta, y sale.
Carlos
Silvia, bien venida seas.
Silvia
¿Cómo va de soledad?
Carlos
No es posible que la tenga
un triste, pues no está solo
quien está con su tristeza.
Silvia
Si yo dijese que hay,
señor, quien hacerte quiera
en aquesta soledad
compañía, ¿qué dijeras?
Carlos
¿Quién...?
Silvia
Escúchame. Una dama
tapada llegó a la puerta
ahora y preguntó por mí.
Salí yo a saber quién era,
y no lo supe, porque
estuvo siempre cubierta.
Díjome que ella sabía,
don Carlos, por cosa cierta,
cómo estabas encerrado
aquí, porque siempre atenta
estuvo a que no saliste
por ventana ni por puerta.
Añadió a esto decir,
con mil suspiros y muestras
de dolor, que le importaba...
Carlos
¡Notables cosas me cuentas!
Silvia
...la vida y el alma verte.
Yo, con maña y con cautela,
fingiendo que me llamaba
mi ama, dejé la respuesta
pendiente y vengo a saber
cuál quieres, señor, que sea;
mira cuál te está mejor,
decirlo o negarlo.
Carlos
Deja
que me admire de pensar
una confusión tan nueva,
que no sé quién pueda ser,
que no conozco en Viena
mujer ninguna a quien yo
ese cuidado merezca.
Y, puesto que no es posible
de ningún modo que pueda
atormentar el suceso
más que la duda atormenta,
dile que es verdad que aquí
estoy y que a verme venga.
Silvia
¿No hay más de que venga a verte?
¿No miras, no consideras
que, si mi señora sabe
que alguna persona entra
aquí, cuanto más mujer...?
Carlos
¿Luego, lo ha de ver por fuerza?
Y pues, en bajando obscura
la noche, me he de ir, no quieras
que lleve esta duda más.
Silvia
De tal modo me lo ruegas...
Ahora, bien que aventurarme
quiero por ti, aquí me espera.
Vase.
Carlos
¡Mujer a buscarme a mí!
¡Válgate Dios por Viena,
y cuáles son tus mujeres!
Apenas me he visto, apenas,
en tu insigne corte, cuando
una me llama y me arriesga,
otra me ampara y me libra,
otra me busca y me alienta,
y todas tres me ocasionan
a que mil delirios tenga.
Salen Silvia, y Flora tapada con manto.
Silvia
Este, señora, es el cuarto.
No ha sido dicha pequeña
llegar aquí sin que Flora
ni lo imagine ni sienta;
que, por Dios, que me matara.
Yo voy a estarme a la puerta.
Adiós.
Vase.
Carlos
Embozado sol,
que en la escura noche negra
de ese manto desmentís
de tantos rayos la fuerza,
si a iluminar este espacio,
flechado desde otra esfera,
venís por que tanta noche
peregrina aurora tenga,
no me recatéis la luz;
ved que es hora que amanezca
y no es bien que a tantos rayos
tan sutiles sombras venzan.
Flora
Caballero forastero,
la primer cosa que os ruega
mi voz –pues, siendo mujer,
es forzoso obedecerla,
y más sabiendo que sois
tan cortesano con ellas–
es que no habéis de pedirme
que me descubra. Con esta
condición, os diré agora
lo que a buscaros me fuerza.
Carlos
Es tan grave condición,
que no me atrevo a ofrecerla
por no atreverme a cumplirla.
Porque ¿quién tendrá paciencia
para no saber quién sois?
Flora
Quien lo que le importa advierta,
pues, si vos me veis a mí,
no me queda a mí licencia
para hablaros. Luego, a vos
os importa.
Carlos
¿De manera
que de veros se me sigue
no oíros y, por la mesma
razón, de oíros, no veros?
Enigma sois; pero venza
un sentido a otro sentido,
pues hoy el amor ordena
que vea por que no escuche,
o escuche por que no vea.
Flora
Yo soy aquella tapada
que fue la ocasión primera
de vuestro disgusto; bien
os lo habrán dicho las señas.
No pensé cuando os llamé
que de tanto empeño sea
ocasión; pero en nosotras
siempre esta disculpa es necia.
Así como las espadas
sacasteis, turbada y ciega
me ausenté; mas de un criado
que os siguió la diligencia
supo que nunca salisteis
de aquí. Con esta sospecha
a buscaros he venido,
fiada en que de cualquiera
secreto había de ser
el oro llave maestra;
y así, falseando las guardas,
rompí a esta torre las puertas.
A ella vengo, a disculparme
con vos de mi inadvertencia
y a daros, señor, las gracias
de la resolución vuestra.
Ya sé que sois forastero
y que volveros es fuerza
brevemente; y por si acaso
hoy la justicia no os deja
con qué podáis, esta joya
vuestra mejor posta sea,
que las espuelas del oro
son las mejores espuelas.
No quiero, no, que volváis
publicando a vuestra tierra
que son desagradecidas
las mujeres de Viena;
pues por lo menos diréis,
cuando más os quejéis dellas,
que, si una os empeñó, supo
desempeñaros la mesma;
y hubo de más a más otra
que os ampare y os defienda;
de modo que trajo un daño
doblada la recompensa.
Con esto, adiós.
Carlos
Cuando vi
que recatada y cubierta
me hablábades, esperé
oír agravios y quejas,
no mercedes y favores,
ya que deciros pudiera
lo que a mí me dijo Flora,
aunque al revés; pues si ella
dijo «Si cuando me ofendes,
tantos cuidados me cuestas,
¿qué dejas que haga por ti,
cuando me obligues?», la opuesta
razón milita, pues yo
te digo a ti que ¿qué dejas,
si te encubres cuando obligas,
qué hacer para cuando ofendas?
En efeto, hermosa dama
–que en fe creo tu belleza,
pues ya es hermosa quien es
agradecida y discreta–,
no he menester desengaños
del valor, ni la nobleza,
ni esa joya que estimara,
más que por rica, por vuestra.
Solo lo que he menester,
es conoceros; si esta
merced de vuestro recato
no trae, señora, licencia,
también, también la perdono
y aun la atribuyo a clemencia;
pues, si apenas hoy la noche
desplegado habrá la negra
sombra cuando yo de aquí
salga, es piedad que en mi ausencia
tenga menos que sentir
quien menos que perder tenga.
Flora
¿Esta noche habéis de iros?
Carlos
Sí.
Flora
¿Por qué con tanta priesa?
Carlos
Porque para este hospedaje
es una vida pequeña
satisfacción, y he de irme
a no hacer mayor la deuda.
Flora
¿No os ampara Flora?
Carlos
Flora
es de mi vida defensa.
Flora
Pues ¿qué teméis?
Carlos
Que por darme
vida a mí, su opinión pierda;
y importa menos mi vida.
Dentro Silvia y Dinero.
Silvia
Ya he dicho que se detenga.
Dinero
Ya he dicho yo que me escuche,
y tampoco lo hace ella.
Flora
Voces oigo, caballero.
Ahí aquesa joya os queda.
Adiós, adiós; no entre alguno
que en aquesta parte os vea;
que a mí no importará tanto.
Carlos
Id con Dios, enigma bella
de mis sentidos. Amor,
¡qué confusiones son estas!
Vase Carlos y cierra la puerta, y sale Silvia.
Flora
¿Qué era eso, Silvia?
Silvia
Un criado
de Carlos, que ahora sueltan
de la cárcel, según dice,
quiere, señora, por fuerza
entrar hasta aquí, y lo cumple.
Flora
Pues no quiero que me vea,
por que, cuando allá los dos
se den destas cosas cuenta,
no pueda decir que a mí
me vio en mi casa encubierta.
Sale Dinero.
Dinero
Señoras, las mis señoras,
estadme, por Dios, atentas;
que hasta oír a un hombre es cosa
que se hace con una bestia.
Quien hubiere visto a un amo
de cara abultada y fresca
que nunca pagó ración,
que son sus mejores señas,
perdido de ayer acá,
a restituirle venga;
le darán su buen hallazgo,
o a quien le encubra y le tenga
se le pedirán por hurto.
Flora
¿Quién vio locuras más necias?
Silvia
¿Qué queréis?
Dinero
Yo soy criado
de un hombre, que puso apenas
los pies en Viena, cuando
las manos puso en Viena
en un caballero. Al caso,
que esta es relación superflua.
Dicen que cierta ventana
aquí le sirvió de puerta;
y quisiera, si es posible,
ver la ventana o tronera
por donde salió este truco
y, arrojándome por ella,
dejarme rodar, a ver
si doy con él: experiencia
que se hace con las bolas,
cuando se pierde una dellas.
Flora
Despide, Silvia, ese loco;
que descubrirme quisiera
y no me atrevo.
Silvia
Ya he dicho,
gentilhombre, que se vuelva;
que de ese hombre no sabemos.
No haga que de otra manera
se lo haga decir a palos.
Dinero
Pesárame de oír su lengua,
y así me voy.
Ruido.
Silvia
Gente viene.
Dinero
Y ¡vive Dios!, que es don César.
¿Qué le he de decir?
Flora
¡Mi padre!
¿Qué haré, por que no me vea
con manto?
Silvia
Hacer lo que hizo
una dama en la comedia.
Flora
¿Qué fue?
Silvia
Echársele en la manga.
Flora
No puedo, porque ya llega.
Silvia
Temblando de miedo estoy.
Flora
Yo estoy turbada.
Silvia
Yo muerta.
Sale don César.
César
Flora, ¿qué es esto? A estas horas,
¿dónde vas?
Flora
Yo no voy fuera.
César
Pues ¿de dónde vienes?
Flora
Yo
de ninguna parte.
Dinero
(Ella
es Flora, tapada en casa.
Pues ¿qué tramoyas son estas?
Ello va, a decir verdad;
toda es gente honrada y buena,
mas mi amo no parece.
Quiera Dios que por bien sea).
César
Pues ¿qué haces aquí con manto,
si ni vas, ni vienes fuera?
Flora
Trájomele ahora acabado
ese sastre y, por que viera
Silvia si estaba bien hecho,
me le probé.
Silvia
Es cosa cierta.
Para en casa se le puso,
que ni va ni viene fuera.
Dinero
(Disculpa es común de tres;
quiero aprovecharme della).
¡Y cómo que está excelente!
¡Miren qué capilla esta,
y qué ruedo! ¡Vive Dios,
que viene por excelencia!
Flora
Bueno está. Dóblale, Silvia,
y guárdale hasta que sea
tiempo de quitarme el luto.
Dinero
Muchos rompa tu belleza.
César
Venid acá. Vos ¿no sois
aquel criado que era
de don Carlos de Colona?
Dinero
Concedo la consecuencia, ...
Flora
(No previne que mi padre
a este hombre conociera).
Dinero
...pero antes que le sirviese
fui oficial de la tijera
de sastre; mas de pecado
–todo es una cosa mesma–
me sacó porque me vio
convertir una Cuaresma.
Viéndome hoy que me soltaste,
niño y solo en patria ajena,
con el maestro entré, de quien
yo fui aprendiz en mi tierra.
Mandome traer ese manto
por que allá no se estuviera,
puesto que estaba acabado,
lleno de polvo en la percha.
Esta es la verdad en Dios,
mas no en Dios y mi conciencia,
porque no la tiene un sastre;
y para que tú lo veas
si la tiene o no la tiene,
él vendrá a ajustar las cuentas.
Vase.
César
¡Notable humor! Vos haced
que luz en mi cuarto enciendan,
y sea presto, porque tengo
de volver a salir fuera.
Flora
¡A estas horas!
César
Sí; a estas horas.
Flora
¿No ves que ya el sol se acuesta?
César
¿Qué importa eso, cuando importa
hacer una diligencia?
Vase.
Flora
Ya alentar el alma puede.
Silvia
Señora, pues que también
el mal se convierte en bien,
cosa que nunca sucede,
déjame aquí discurrir
en estas cosas, por Dios,
y digámosnos las dos
lo que otros han de decir.
¿Qué quieres ser, disfrazada
dentro de tu casa y ser
aventurera mujer,
hablando a este hombre tapada?
Flora
Parecerme que estará
toda su ropa perdida,
y querer agradecida
socorrerle.
Silvia
Bien está;
pero, para remediar
sus daños, ¿para qué ha sido
disfraz de manto y vestido?
Pues bien le pudieras dar
la joya, y fuera más justo,
si con esto te mostrabas
liberal a él y le pagabas,
y a mí me ahorrabas susto.
Flora
¿Y qué dijera de mí
después, si ahora me viera
tan liberal? ¿Qué dijera,
sino que yo agradecí
dar a mi primo la muerte,
pues asesino mi amor
se pagaba su rigor?
Luego, fue bien desta suerte
ser generosa, sin ser
conocida, pues así
conmigo y con él cumplí.
Silvia
Y en fin, ¿qué habemos de hacer
deste hombre?
Flora
No es justo, no,
que duda en aqueso haya;
abrir, Silvia, y que se vaya,
aunque quede muerta yo.
¿Volvió a salir tu señor?
Silvia
Flora
Pues sé tú misma juez,
que vence honor una vez
en las batallas de amor.
No, pues, la vanidad mía
crea fáciles engaños;
que, si amor de muchos años
sabe olvidar en un día,
amor de un día mejor
en muchos años sabrá
olvidarse; claro está.
Silvia
Lo hace así.
Yo llamo, pues.
Flora
¡Ay, amor!,
no aquí me despeñes, no
postres mi respeto aquí;
que, si tapada otra fui,
ya descubierta soy yo.
Sale don Carlos.
Señor don Carlos, ya es hora
que de aquesta casa os vais;
y si es que obligado estáis
de mis servicios, ...
Carlos
Señora,
de vuestras piedades soy
un esclavo, y lo he de ser.
Flora
...una cosa habéis de hacer
por mí.
Carlos
Esa palabra os doy.
Flora
Que nunca a nadie digáis
que en mi casa habéis estado
escondido y retirado.
Carlos
Poco en eso me mandáis,
que es piedad tan singular,
como en vos llego a advertir,
imposible de decir
y imposible de callar.
Luego, en lo que me mandáis
no os sirvo, pues no pudiera,
decirlo yo, aunque quisiera,
del modo que vos lo obráis.
Luego, por mi cuenta hallo
que tiene vuestra piedad
la misma dificultad
en decillo que en callallo;
y así, resuelto en hablar
y a callar, sabré sentir
por ser bien tan singular
imposible de decir
y imposible de callar.
Y en fe deste sacrificio
que tan a mi costa ofrezco,
si de piedad os merezco
otro género de indicio,
os suplico perdonéis
este atrevimiento necio
y a esta humilde joya precio
inmortal, señora, deis,
con hacerla vuestra. Enojos
no alteren vuestros sentidos;
que es bien rindan los oídos
sus trofeos a los ojos.
Esto es enigma; pensar
no tenéis ni discurrir:
que hoy es recebir y dar
imposible de decir
y imposible de callar.
Flora
Señor don Carlos, yo estimo
la joya que me ofrecéis,
mas no quiero que penséis
–(mal mis afectos reprimo)–
que con ella –(ciega lucho
conmigo)– ya en la posada
no quedáis a deber nada,
que quedáis a deber mucho;
pues, si bien consideráis
estos estremos que hacéis,
sin saber cómo, ofendéis
con lo mismo que obligáis;
pues a mí me ofende quien
presume pagarme así
y me ofende a mí por mí.
Esto es enigma también.
Idos con Dios, que es muy tarde,
y no me paguéis con nada.
Carlos
Pues dádsela a una criada;
y a Dios, señora, que os guarde.
Pero ¿quién se podrá ir
con tal duda? Sepa, pues,
algo de ese enigma.
Flora
Es
imposible de decir.
Carlos
Pues ¿para qué fue empezar,
dejando de esa manera
sin luz ni sentido?...
Flora
Era
imposible de callar.
Silvia
Si tan adelante pasa
la plática, cuando está
para irse, ¿cuánto va
que vuelve a quedarse en casa?
Vamos.
Carlos
¿Qué sirve mirar, ...
Silvia
Vete tú.
Flora
¿Qué sirve oír, ...
Carlos
...si es mi mal...
Flora
...si es mi pesar...
Carlos
...imposible de decir?
Flora
...imposible de callar?
Vanse.
Salen Arnaldo y Nise.
Nise
En esta oculta parte
del jardín, escondido has de quedarte,
entretanto que Fabio
se recoge.
Arnaldo
Ni el pie, Nise, ni el labio
darán de mí señales;
viva estatua seré de sus cristales.
Nise
En estando acostado,
bajará Laura aquí.
Vase.
Arnaldo
De mi cuidado
el suyo es digno empleo.
¡Cuán a costa el amor vende un deseo!
¡Oh, noche, sombra fuerte
del temor, del recelo y de la muerte!
¡Oh, noche, oscuro manto
del horror, del asombro y del espanto!
Si, emperatriz del sueño,
de ciprés coronada y de beleño
tienes la adusta frente
en el lóbrego imperio de occidente,
triunfe tu hueste umbría
del más hermoso ejército del día;
que, si en su sombra oscura,
pues sin luz deja hallarse la hermosura,
la de Laura merezco,
verás que a tu deidad pálida ofrezco
por vitorioso ejemplo,
de ébano, bronce y jaspe negro templo,
atezada coluna
del cóncavo edificio de la luna,
y en tus altares tu deidad ingrata
en una estatua de azabache y plata,
cuyas tímidas plantas
estrellas den, en vez de flores, cuantas
esa inconstante esfera
le debe a tu noturna primavera;
y no serán errores,
que, si estrellas del día son las flores
y tú las atropellas,
flores son de la noche las estrellas.
Sale Laura y Nise.
Laura
A Nise
Quédate tú a la puerta
de Fabio. Avisarasme, si despierta.
Nise
Allí te está esperando.
Laura
¿Es Arnaldo?
Arnaldo
No sé, que estoy dudando,
viéndome tan dichoso,
si soy otro; dudoso
tengo en tan dulce abismo
el favor y los celos de mí mismo.
Laura
Pues cree el favor y duda los recelos,
que nadie más que tú debe a los celos.
Arnaldo
No sé de qué manera.
Laura
Si mi hermano de ti no los tuviera
y, necio su cuidado,
no se hubiera conmigo declarado,
a esto no me obligara,
pues con verte de día consolara
la pena, Arnaldo, mía.
Luego, quitando este lugar al día,
se le han dado a la noche sus recelos;
luego, terceros tuyos son sus celos.
Arnaldo
Al que de algún veneno
el pecho, Laura hermosa, tiene lleno,
otro veneno cura;
así yo, a quien la muerte le procura
una pena que a llanto me condena,
el antídoto hago de otra pena,
pues veneno a veneno se prefieren,
y vivo yo de lo que tantos mueren.
Laura
Poco mi amor te debe,
pues el dolor que tus acciones mueve
desde el día funesto
Dentro ruido.
de la muerte de Licio... Mas ¡qué es esto!
Arnaldo
Un hombre se ha arrojado
al jardín.
Laura
¿Quién será?
Arnaldo
Poco ha durado
un bien que dan los celos.
Presto vienen por él.
Carlos
dentro
¡Valedme, cielos!
Laura
Sin duda, que mi hermano.
Arnaldo
No es, que él no entrara desta suerte es llano.
Laura
Pues ¿quién quieres que sea?
Arnaldo
Saca la espada.
Quien este lance averiguar desea.
Yo he de saberlo así.
Laura
De pena muero.
Sale don Carlos.
Arnaldo
¿Quién va? ¿Quién es?
Carlos
Caballero,
merézcaos tan noble brío
más ilustre vencimiento.
No contra un hombre postrado
rayos esgrimáis de acero,
porque es inútil vitoria
quitarle la vida a un muerto.
Si acaso de aquesta casa
sois el generoso dueño,
mi atrevimiento suplid,
si es la fuerza atrevimiento.
Un hombre soy desdichado,
tanto, que mil veces creo
que el cuerpo de las desdichas
es la sombra de mi cuerpo.
De una casa en otra he entrado
hasta este jardín, huyendo
de la razón de un marido,
–(por deslumbrarle, le miento)–
a quien en defensa honrosa
de mi vida herí. Supuesto
que hidalgas desdichas hallan
lugar en hidalgos pechos,
sólo que me deis os pido,
sólo que me deis os ruego
paso a otra casa, hasta tanto
que tome sagrado puerto
este desnudo bajel,
este derrotado leño
que va corriendo fortuna
en un mar que todo es viento.
Arnaldo
Hidalgo, ...
Laura
¡Ay de mí!
Arnaldo
...cualquiera
que seáis, a tanto estrecho
os trae la suerte, que aquí
daros ni negaros puedo
el paso, porque a los dos
nos está mal el concierto:
a vos, porque, si os le doy
a esotra casa, os empeño
más, que son del potestad
los jardines que con estos
confinan, y será daros
prisión y no retraimiento;
a mí, porque no soy parte
para ocultaros. No tengo
que declarar la ocasión.
Esto basta, y así luego
podéis volver a salir
por donde entrasteis, supuesto
que ni pasar ni quedaros
no os está bien.
Carlos
Deteneos,
que, si es riesgo mío el pasar
y el quedarme daño vuestro,
por escusar vuestro daño
quiero atropellar mi riesgo.
Dadme paso a estos jardines
que decís, que quizá en ellos
guardará la confianza
lo que aquí no guarda el miedo.
Arnaldo
Ya me dais más que pensar,
pues delincuente que huyendo
a la justicia no teme,
arguye mayor secreto;
y ya ni iros ni quedaros
ha de ser sin conoceros.
Saca la espada.
Carlos
¿Qué os importa?
Arnaldo
Saber sólo
si esto ha sido fingimiento
para conocerme a mí.
Carlos
Ciego fuera, y más que ciego,
quien a tanta luz no viera
hurtos de amor y de celos.
No queráis más desengaño
de que a buscaros no vengo,
sino que viendo a esa dama
me voy, y con ella os dejo;
pues, aunque fuera verdad,
mayor vitoria no creo
que quedar con ella airoso,
y ella me viera ir huyendo.
La causa de no temer
esa casa, es porque tengo
noticia della, y sabré
della escaparme más presto.
Arnaldo
Pues nadie fuera cobarde
a los ojos de sus celos,
no quiero más desengaño,
más satisfación no quiero.
Llegad, que de este emparrado,
como yo os ayude, es cierto
que pasaréis fácilmente.
Carlos
La vida diré que os debo.
(Huyendo de mi prisión,
Flora, a tu prisión me vuelvo).
Vanse los dos.
Laura
¡Quién vio más estraño lance!
¡Quién vio más raro suceso!
La primera noche que...
Dan golpes dentro, y vuelve Arnaldo, y dice dentro don César.
César
Abrid estas puertas presto.
Laura
¡Ay de mí! ¿Qué ruido es este?
Arnaldo
Ya pasó. Pero ¿qué estruendo
oigo?
Fabio
Dentro
Hola, dadme una luz.
¡Ruido en mi casa! ¡Qué es esto!
César
Dentro
Abrid aquí.
Arnaldo
¿Qué he de hacer?
Laura
Salir tú también.
Arnaldo
No puedo;
que si el otro...
Laura
¡Ay, infelice!
Arnaldo
...pudo, fue porque yo...
Laura
¡Ay, cielos!
Arnaldo
...le ayudé a salir, y yo
quien me ayude a mí no tengo.
Laura
Ya entra luz; procura, pues,
retirarte a un aposento.
Vase Arnaldo.
Sale con un hacha Fabio y criados.
Fabio
Yo sabré... ¿Quién va? ¿Quién es?
Laura
Yo, señor.
Fabio
¡Pues tú –¿qué es esto?–
en el jardín a estas horas!
Laura
De mi cuarto salí huyendo
a las voces.
Fabio
Esas puertas
abrid todas y veremos
quién llama.
Sale don César y gente.
César
Señor don Fabio,
que no os alteréis os ruego
desta novedad; que quien
fue tan prevenido y cuerdo
a avisarme que sabía,
si bien no tuvo allá efeto,
dónde estaba este homicida
y mostró tanto deseo
de su prisión, dará el susto
por bien empleado a trueco
de que le prendan.
Fabio
Pues ¿dónde
está?
César
Siguiéndole vengo,
que a las puertas de mi casa
le reconocí; bien cierto
que es él, según dicen todos.
Al fin, más veloz que el viento
volvió la espalda y se entró
en una casa. En efeto,
de una en otra llegó a echarse
en estos jardines vuestros.
Fabio
Pues, si él se echó en mis jardines,
no hay duda de que esté en ellos,
que no hay por donde salir.
César
Mirad, pues, la casa.
Éntranse todos por diferentes partes.
Laura
¡Cielos!
¡Qué desdicha es esta mía!
Si hallan a Arnaldo, yo muero,
pues los celos de mi hermano
serán agravios, no celos.
Sale Arnaldo embozado, con la espada desnuda.
César
Aquí está un hombre embozado.
Fabio
Descubríos ya.
Arnaldo
Primero
perderé la vida.
César
A los criados
¡Fuera,
apartaos!
A Arnaldo.
Deteneos,
señor don Carlos Colona.
Arnaldo
(¡Qué escucho! ¡Viven los cielos,
que aquél era mi enemigo!).
César
Aunque tantas causas tengo
para vengarme de vos,
por otros justos respetos
os sufro esta demasía,
os paso este atrevimiento.
Daos a prisión.
Laura
(Ya, ¿qué aguardo?).
Arnaldo
(¿Qué he de hacer? Si aquí me entrego
preso, dejo de decir
que es Carlos el que va huyendo,
y después de darle vida,
espaldas le hago yo mesmo.
Pues también, si me descubro,
a Laura infelice pierdo,
pues hará, en viéndome Fabio,
evidencia a los recelos.
Decir que el otro huyó es
decir que yo estaba dentro;
descubrirme es villanía,
bajeza estarme encubierto
y resistirme imposible.
En una balanza puestos
están mi vida y su honor.
Pero ¿qué dudo, qué temo?
Más es su honor que mi vida).
Señor don César, ...
Laura
(Hoy muero).
Arnaldo
...solamente a vos rindiera
esta vida y este acero.
Vuestro preso soy.
César
Volvedle
a la cinta. Lleva, Celio,
a don Carlos a la torre.
Arnaldo
Celio, vamos.
Celio
Pues ¿qué es esto?
¡Vos sois!
Arnaldo
Calla, Celio, calla;
que importa mucho el secreto.
Vanse Celio, Arnaldo y criados.
César
Fabio, adiós. Perdonad, Laura,
este alboroto.
Laura
No puedo;
que hay mucho que perdonar.
Fabio
Yo tengo de iros sirviendo.
César
Eso, no. (Ya en mi poder
Carlos está. Ya me veo,
entre amistad y venganza,
a dos impulsos atento.
Ya la obligación de juez
cumplí y la de amigo espero.
Deme la venganza ira,
deme la amistad consejo,
deme la prudencia aviso
y deme paciencia el cielo).
Vase.
Laura
(¡Preso Arnaldo por la muerte
que más llora, habiendo él mesmo
dado a su enemigo vida,
y tener yo sufrimiento
para no haber dado voces!
¡Qué es esto, cielos, qué es esto!).
Fabio
(¡Laura vestida a estas horas
y en el jardín encubierto
este hombre, este homicida!
¡Haber en guardarse puesto
el rostro tanto cuidado!
¡Qué es esto, cielos, qué es esto!).
Laura
(Pero, en sabiendo quién es,
¿darle libertad no es cierto?).
Fabio
(Pero ¿qué dudo, si César
aquí le vino siguiendo?).
Laura
(Mas, ¡ay!, ¿qué dirá mi hermano,
si mañana no hay tal preso?).
Fabio
(Con saber quién es mañana,
¿todas las dudas no absuelvo?).
Laura
(No hay medio, no, a mis desdichas).
Fabio
(A mi mal no hay otro medio).
Laura.
Laura
Fabio.
Fabio
Tarde es ya.
Recógete a tu aposento.
Laura
(Así pudiera, ¡ay de mí!,
recoger mis pensamientos.
¡Qué cobarde es el honor!).
Fabio
(¡Qué atrevidos son los celos!).
Vanse.
Salen Silvia y don Carlos por la puerta que significa ser de la torre, como a escuras.
Carlos
Dicha fue de un desdichado
que tú a tales horas fueras
la que a este jardín vinieras,
donde ya desesperado
estaba.
Silvia
Yo me he atrevido,
después de pasado el susto
de hallarte en él, aunque injusto
atrevimiento haya sido,
sin dar parte a mi señora,
a traerte al retraimiento;
quédate aquí, porque intento
ir a decírselo agora.
Carlos
Pues dile que apenas yo
de su casa me ausenté
cuando a su padre encontré,
que a conocerme llegó;
que, por que no me prendiera,
varias fortunas corrí,
hasta haber parado aquí
como en mi centro y esfera.
Dile que me hallaste, en fin,
en su jardín, donde vía
por aquella celosía
la deidad de su jazmín.
Silvia
Todo aqueso le diré;
y quédate, porque ya
muy presto mi amo vendrá
y, si me siente, no sé
qué disculpa pueda dar
de estar vestida a esta hora.
Vase y cierra.
Carlos
Discúlpame tú con Flora;
triunfarás de mi pesar.
¿A quién habrá sucedido
en el mundo semejante
caso? ¿Hay caballero andante
Comienzan a abrir la puerta, y salen Arnaldo y Celio con luz, muy a espacio.
que pueda...? Pero ¿qué ruido
escucho hacia esotro lado
de la torre? ¿Si, por donde
a otra casa corresponde,
han abierto? Ya han entrado
con luz dos hombres. ¿Qué haré?
Sin duda que me han seguido
hasta aquí, y aquí han venido
a darme muerte, porque
de vista conozco al uno
que al lado de Licio estaba
riñendo. ¿Hay pena más brava?
¿Hay lance más importuno?
La casa miran. Lo estrecho
de este paso he de tomar.
¡Vive Dios, que han de llegar
cara a cara y pecho a pecho!
Salen Celio y Arnaldo.
Celio
De la torre y de mi casa
esta es la pieza mejor.
Tercia la capa, empuñando la espada, don Carlos, y pónese a un lado hacia el paño, y saca Celio una luz, y pónela sobre un bufete.
Arnaldo
De cualquier suerte, en rigor,
Celio, una noche se pasa.
Celio
Con causa admirarme puedo
de vuestro suceso.
Arnaldo
En fin;
estaba yo en el jardín
con Laura...
Celio
Hablemos más quedo.
Carlos
(Si vinieran a buscarme,
no tan despacio vinieran.
Si no me buscan, ¿qué esperan?
¡Oh, si pudiera acercarme
a oír lo que hablan! Mas no;
más vale estar retirado
que, si ellos no me han buscado,
¿por qué he de buscarlos yo?).
Arnaldo
En efeto, le di paso
a quien la muerte le diera
dondequiera que le viera,
y quedé yo...
Celio
Hablad más paso.
Arnaldo
...de suerte que en mi piedad,
vuelta entonces contra mí
porque al otro se la di,
me dejó sin libertad.
En vuestro poder estoy,
por lo que más lloro, preso.
Celio
Bien estraño es el suceso,
pero ya desde aquí doy
las gracias al desengaño,
pues, en viéndoos, claro está
que César os soltará
libremente.
Arnaldo
No es mi daño
el que yo siento. ¡Pluguiera
al cielo en eso parara!
Que el delito confesara,
por que Laura no tuviera
esta sospecha en su fama;
que es infamia conocida
consolarme con mi vida
tan a costa de mi dama.
Celio
Yo bien quisiera tener,
Arnaldo, una industria, un modo
para sacaros de todo.
Arnaldo
Uno solo puede haber.
Celio
¿Cuál es?
Arnaldo
Dejarme salir
a avisar y disponer
a Laura lo que ha de hacer
y lo que yo he de decir;
no discrepemos los dos.
Lo que hemos de hacer sepamos
por que una cosa digamos.
Yo volveré, ¡vive Dios!,
brevemente.
Celio
No quisiera
que os volvieran a buscar;
mas algo ha de aventurar
el que serviros espera.
Pero ved que de vos fía
mi honor su reputación.
Arnaldo
Yo volveré a la prisión
antes que declare el día.
Celio
Id con Dios.
Arnaldo
Con eso alcanza
nuevas prisiones mi pena,
porque la mayor cadena
de un noble es la confianza.
Vanse los dos y dejan la luz.
Carlos
¿Fuéronse? Sí. ¿A qué han entrado
estos hombres? ¡Oh, quién fuera
tan venturoso, que hubiera
oído lo que han hablado!
Ni una palabra entendí,
ni una razón escuché;
y solo de aquesto sé
que ya no estoy bien aquí.
Pues, entrando aquí esta gente,
es forzoso que me vean;
¡que tantos contra mí sean!
Y, en fin, lo más conveniente
es el irme. ¡Oh, quién contar
pudiera a Silvia –¡ay de mí!–
esto que ha pasado aquí!
¡Oh, quién pudiera llamar
sin hacer ruido! Mas ¿ya
para qué? Ella lo sabe,
pues vuelve a torcer la llave.
Vuelven a abrir.
¿Quién duda que ella será?
Mato la luz..., pero no;
mejor es que sea testigo
que acredite lo que digo.
¿Quién es, quién me busca?
Sale don César.
César
Yo.
Yo soy, Carlos.
Carlos
¡Señor, vos!...
César
Dejad turbados estremos
y sentaos, que tenemos
que hablar a solas los dos.
Siéntanse.
Señor don Carlos Colona,
no os admire, no os espante
que a estas horas os visite
en esta torre, esta cárcel,
quien es en vuestros sucesos
abogado, juez y parte,
y hace un todo de desdichas,
compuesto de dos mitades.
Yo quise, pues, esperar
para hablaros a que nadie
me vea entrar en vuestro cuarto,
y así vengo cuando yace
en el sepulcro del sueño
toda mi casa cadáver.
Confuso estaréis de oírme
tan apacible y afable
agora, habiéndome visto
hoy tan riguroso antes.
Pues, para que no lo estéis,
reportaos y escuchadme,
que dificultades dichas,
ya no son dificultades.
Yo soy el mayor amigo
que ha tenido vuestro padre,
sin que esta amistad el tiempo
ni la melle ni la gaste.
La vida y el honor mío
le debo, y he de acordarme
entre tan grandes ofensas
de obligaciones tan grandes.
Acuérdome, pues, que un día,
siguiendo los estandartes
católicos que a los cielos
lleva en sus alas el ave
de dos cuellos, tuve yo
con dos nobles de la sangre
de Nasau, deudos cercanos
del gran príncipe de Orange,
un desafío, y saliendo
a campaña, por que iguales
estuviésemos, saqué
por segundo a vuestro padre.
En fe, pues, de su valor,
salí ufano y arrogante,
tanto que limpio mi honor
fue...; mas no quiero acordarme,
que se corre la vejez
de escuchar sus mocedades;
esta obligación y muchas
en mi pecho escritas trae
mi valor; que un pecho noble
es lámina de diamante;
y siéndolo, no, no es mucho
que en mí dure sin borrarse,
cuando con buril de acero,
Carlos, la grabó con sangre.
Venistes vos a Viena,
donde –esto en silencio pase–
la fortuna, que no hay quien
mejores novelas trace,
por una parte, me pone
en ocasión de vengarme,
y de ampararos, por otra;
y yo, en confusión tan grave,
conociendo que hay en mí
dos afectos tan iguales,
dos impulsos tan conformes,
dos deseos tan constantes
de piedades y rigores,
mezclándolas cada instante,
hago un cuerpo, en que no son
ni rigores ni piedades.
Preso estáis en mi poder.
Desdicha fue que os hallase
en aquel jardín, y bien
mostré de veros pesarme,
pues, por no veros, la capa
nunca os quité de delante.
No pude dejar entonces,
entre obligaciones tales,
de estar severo, ni agora
puedo dejar de mostrarme
piadoso, porque pretendo
satisfacer a ambas partes.
Y así, si entonces fui juez,
ahora amigo; si allí parte,
aquí abogado. Ved vos
qué disculpas podéis darme,
qué descargo puedo haceros,
qué medio puede tomarse
para que cumpla yo a un tiempo
con las quejas de mi sangre,
los ruegos de mi amistad,
las deudas de vuestro padre,
la obligación de mi oficio;
y esto no lo sepa nadie,
porque, si ahora soy amigo,
mañana, juez. Dios os guarde.
Vase, cerrando la puerta.
Carlos
¿Qué es lo que pasa por mí?
¿Hay suceso más notable?
¡Quién vio mayor confusión!
¡Quién vio más estraño lance!
¡Don César, cuando escondido
aquí estoy, a visitarme
viene, sin que el verme aquí
ni le enoje ni le agravie!
Cuando pensé que venía
a prenderme o a matarme,
¡a contarme, viene, cielos,
desafíos de mi padre!
Aquí hay algún grande engaño,
o alguna traición hay grande;
porque –apuremos el caso–
supongo que sepa alguien
que aquí me escondo, ¿es posible
que con tal paciencia trate
sus agravios? No; pues cuando
quiera por su honor no darse
por entendido, pudiera
fingirlo prudente y grave
con la lengua y con la voz,
pero no con el semblante;
porque el semblante en un hombre
ni puede mentir, ni sabe.
Pues, si no pudo fingirse
tan vivamente este lance,
¿qué jardín es este, ¡cielos!,
donde me prendió? Dejadme,
confusiones, que no es
posible que un pecho baste
a resistirse de tantas
sin que la menor le mate.
A espacio, a espacio, desdichas;
a espacio, a espacio, pesares;
vamos cogiendo los cabos
a este caso, que importante
será recogerlos todos
por que no se desenlace
alguno; veamos si hay
memoria que tantos ate.
Yo a un caballero di muerte
por un disfrazado ángel;
su prima y su esposa a mí,
esta torre en que guardarme;
la tapada, agradecida,
finezas trueca a diamantes;
un su amigo, que me busca
para darme muerte, llave
tiene de ese cuarto donde
entra libremente y sale;
el mesmo de quien yo huyo,
como juez y como parte,
no habiéndome allá prendido,
no estraña que aquí me halle.
Pues ¿qué es lo que puedo hacer
en confusiones tan grandes?
Salir de aquí es muy difícil;
esperar aquí no es fácil.
¡Oh, qué de cosas pendientes
se quedan para adelante!,
pues es fuerza que mañana
don César se desengañe,
Flora con él se disculpe,
la tapada se declare,
el enemigo se vengue...
¡Ojalá –por que se allanen
tantos piélagos de penas,
montes de dificultades,
laberintos de recelos–
y si es que habéis de matarme,
no vengáis despacio, agravios,
no vengáis a espacio, males;
apriesa, apriesa, desdichas,
apriesa, apriesa, pesares!

Jornada Tercera

Salen Flora y Silvia.
Flora
¿Qué me dices?
Silvia
Lo que pasa.
En pie la duda se está,
pues está don Carlos ya
otra vez dentro de casa.
Flora
Aunque acabas de decir
lo que con él te pasó,
me parece a mí que yo
no lo he acabado de oír;
y así, antes que el alba fría,
envuelta en blanco arrebol,
dé priesa diciendo al sol
que es hora que venga el día,
me levanto.
Silvia
Digo, en fin,
que acostada te dejé;
que salí al jardín; que hallé
a Carlos en el jardín;
que al principio me turbó;
que al cabo me aseguré;
que la causa pregunté
y que él me respondió
diciendo que había venido
huyendo otra vez; que entró
por tal parte, y señaló
esas tapias que han caído
a los jardines de Laura;
que allí confieso muriera,
si acaso yo no saliera;
que su temor le restaura
mi piedad, pues le socorre
solamente por saber
que tú lo has de agradecer;
y, al fin, que se está en la torre.
Flora
Lo que diera mi sentido,
por que Carlos no se hubiera
ido ayer, agora diera
por que no hubiera venido.
¡Oh, qué mal contento amor
vive siempre! ¡Quién habrá
que te agrade! ¡Quién, si está
siempre flechado tu ardor!
Siempre te escuchan tus quejas
trocando males y bienes,
por dejarlos, si los tienes,
por tenerlos, si los dejas.
Si ayer lloraste un olvido,
no llores hoy una fe;
si sentistes que se fue,
no sientas que haya venido;
que, aunque daño pueda ser
mío ver que aquí volvió,
¿qué te importa a ti, si yo
te lo quiero agradecer?
Silvia
Con el discurso, señora,
hasta la puerta has llegado
de la torre.
Flora
Mi cuidado
el móvil ha sido agora
desta acción mía y no mía,
pues tanto me arrebató,
que me trajo, sin que yo
supiese dónde venía.
Abre... Pero ¿quién se ha entrado
hasta aquí?
Ruido.
Silvia
El hombre que ves;
el sastre fingido es
que fue de Carlos criado.
Flora
¡Que aquí le dejen entrar!
Silvia
No así tus labios se quejen;
que él se entra, aunque no le dejen,
que es de humor muy singular.
Flora
Pues sal antes que aquí llegue,
Silvia, y dile que se vaya.
Silvia
¿Qué importa, si él no ha de hacello?
Sale Dinero.
Dinero
Flora, la que llaman casta
¡pluguiera a Dios no lo fuera!
Que no es justo que las damas
de todo punto lo sean,
porque no sirven de nada...
Silvia
Deje esas necias locuras,
y váyase noramala.
Dinero
¿No habrá un manto que probar
siquiera?
Arnaldo
¡Oh, perro! ¿Aquí estabas?
Dentro, cuchilladas.
Flora
¿Qué ruido es ese?
Dinero
¿Qué ruido?
De muy lindas cuchilladas.
Flora
Dentro de la torre son,
¡gran desdicha me amenaza!
Arnaldo
Dondequiera que yo hallare
a quien me ofende y me agravia,
puedo darle muerte.
Carlos
dentro
Yo,
guardarme.
Arnaldo
Estrecha es la sala,
y hemos venido a los brazos.
Salen los dos luchando.
Flora
¡Qué miro!
Arnaldo
¡El cielo me valga!
Flora
¡Ay, triste!
Arnaldo
Agora, traidor,
verás si es rayo esta espada
que sabrá hacerte pedazos.
Carlos
No harás poco si te guardas.
Dinero
Para hallarle así, mejor
fuera que nunca le hallara.
Flora
¿Qué es esto, Arnaldo?
Arnaldo
Traiciones
tuyas, pues tú las amparas;
mas no es mucho, no, no es mucho,
si tú mesma fuiste causa
de que a tu primo matasen,
tener dentro de tu casa
a su homicida y tu amante,
que ahora me desengañas
de que entonces fueron celos
y que el venirse a tu casa
tan sin temor fue por esto.
Mas, ya que a tu sangre faltas,
no falte yo a la amistad,
tomando justa venganza.
Flora
(Todo Arnaldo lo ha sabido,
y que aquí Carlos estaba,
y ha entrado a vengar su amigo.
¡Quién vio confusiones tantas!).
Carlos
Pues, si vengarte deseas,
¿qué es lo que esperas? ¿Qué aguardas?
Riñen.
Sale don César.
César
¿Qué es esto? Afuera. ¿Qué es esto?
Flora
(Esto solo me faltaba.
Hoy muero).
César
¿Cómo se pierde
así el respeto a mi casa?
¡Vive Dios!...
Arnaldo
Señor don César,
el que más respeto guarda
a estas paredes soy yo;
pero hallando en vuestra casa...
Flora
(Ya ¿qué tengo que esperar?
¡Que todo aquí se declara!).
Arnaldo
...escondido ese traidor,
siendo Flora quien le ampara,
pues para darle la vida
fingió que por la ventana
salió, y a pesar de todos
en esa torre le guarda,
quise...
César
Suspended, Arnaldo,
razones tan mal pensadas;
que es en mi honor, ¡vive Dios!,
delito el imaginarlas.
Si está en mi casa don Carlos,
yo le he traído a mi casa
preso; que tanto ha podido
mi cuidado y vigilancia,
que vine a prenderle anoche
en los jardines de Laura.
El traerle a aquesa torre
es por ser determinada
prisión para caballeros
o porque yo tengo causas
para prenderle y honrarle,
y quiero cumplir con ambas.
Y agradeced que os respondo
con la lengua y no la espada
a tan descortés malicia,
a sospecha tan villana.
Flora es mi hija, y no pudo...
Idos de aquí; no me haga
la cólera...
Arnaldo
(Él ha pensado,
como en su casa le halla,
que es el que anoche prendió,
pues me hace la puerta franca.
Y pues así se asegura
la reputación de Laura,
y él queda preso, y voy libre,
esto está mejor que estaba).
Yo, señor, ...
César
No os disculpéis.
Arnaldo
...entré...
César
No habléis más palabra.
Arnaldo
...osado...
César
No prosigáis.
Arnaldo
...porque fui amigo...
César
¿Aún no basta?
¡Vive Dios!, que hagáis os eche
desta suerte de mi casa.
Échale a rempujones, y vanse.
Flora
¿Qué tengo ya que esperar?
Don Carlos, ya veis a cuántas
desdichas estoy dispuesta.
Mi padre no ignora nada
de la verdad, pues Arnaldo
se lo ha dicho. (¡Estoy turbada!).
El decirle que él te trujo,
supuesto que tal no pasa,
bien se ve que es fingimiento
por disimular su infamia;
mas con nosotros, con quien
no puede fingirse, es clara
cosa que ha de declararse.
Mi vida, señor, ampara.
Carlos
Dices bien; aunque esperé
ser algún engaño causa
de su agrado, ya con esto
no me queda esa esperanza,
mas moriré en tu defensa.
Flora
Todo es malo, pues que guardas
mi vida contra mi vida.
Vuelve a salir don César.
Silvia
Sin duda que aquí se matan.
César
Señor don Carlos, aquella
de vuestra prisión la estancia
es. Retiraos y pensad
que esta cólera bizarra
de Arnaldo fue obligación
de su amistad disculpada,
que, pues la perdono yo,
bien podéis vos perdonarla.
Esto os pido, porque quiero
yo que entre los dos se hagan
las amistades.
Flora
(¿Qué es esto?
¡Cuando su muerte esperaba,
tan cortésmente le ruega!
¡Tan blandamente le habla!).
Carlos
(En César sin duda hay mucha
prudencia o mucha ignorancia;
y de cualquiera manera
será mejor no apurarlas.
Y, pues son tales mis penas
y tan grandes mis desgracias,
que es la menor estar preso,
esto está mejor que estaba).
En todo he de obedeceros.
Vase.
Dinero
(Ahora entro yo en la danza).
César
Vos, ¿qué hacéis?
Dinero
Viendo, que aquí
la fiesta se celebraba
del amo perdido, al punto
dejé tienda, perchas, tabla,
dedal, hilo, seda, agujas,
jabón, pergamino, vara,
tijeras, cincel, patrones,
retazos, mentiras, trampas,
etcétera, y vine aquí
no pensando que enfadara
Dinero; mas yo me iré
muy mucho de noramala;
que para ti no hay más ruegos,
ya lo sé, que irse el que cansa.
César
Si a vuestro amo buscáis,
entrad con él.
Dinero
Lo que mandas
está tan puesto en razón,
que no respondo palabra.
Vase.
Flora
(A todos ha despedido,
y conmigo solo traza
quedarse). La puerta cierra.
César
Silvia, allá fuera te aguarda.
Vase Silvia.
Flora
(Esto es hecho. No hay remedio
mejor que echarme a sus plantas
y contarle la verdad).
Señor, ...
César
¡Qué es esto! Levanta.
Flora
...Arnaldo te ha dicho...
César
Sí;
que tú a Carlos ocultabas
en casa.
Flora
Yo soy tu hija,
y el valor tuyo fue causa...
César
...de sentir que de ti formen
sospechas tan mal fundadas,
para disculparse así;
y estarás muy enojada
de que tal atrevimiento
sin castigarle se vaya,
y tienes mucha razón;
mas como conmigo hablaba,
que sé la verdad de todo,
no me dio cuidado nada.
No estés enojada, Flora,
que quiero que por mí hagas
una fineza. De este hombre,
que he traído preso a casa
desde hoy mandarás que tenga
cuidado alguna criada
en su regalo; verás
que cómo al que ayer buscaba
para darle muerte, hoy
festejo; cómo eso pasa
en el mundo, que es un monstruo
compuesto de partes varias,
pues lo que es agravio hoy,
es obligación mañana,
y a ningún muerto, en efeto,
fue sufragio la venganza.
No puedo decirte más;
que son historias muy largas.
Adiós, adiós.
Vase.
Flora
¡Santos cielos!,
¿qué es esto que por mí pasa?
Mi padre dice que trajo
preso a Carlos, ¡cosa estraña!,
y Silvia, que en el jardín
le halló, y cuando yo esperaba
el disgusto de mi padre,
¡que le regale, me manda!
¿Sueño? Sí; que no es posible
que lance tan nuevo haya
en el mundo que convierta
el mal en bien; pero basta,
que de cualquiera manera,
esto está mejor que estaba.
Sale Laura.
Laura
Flora hermosa.
Flora
Laura mía,
¿qué es esto? ¡Tan de mañana
a visitarme!
Laura
Sí, Flora;
que un triste nunca descansa.
A buscarte vengo, amiga,
llena de penas y ansias,
y a depositar en ti
todo el tesoro del alma.
No habré menester decirte
de mis tristezas la causa,
porque tristezas de amor
se dicen sin pronunciarlas.
Un hombre en tu casa está
preso. Vida, honor y fama,
verle y hablarle me importa.
Hablando conmigo estaba
anoche, porque es el dueño
de todas mis esperanzas,
cuando quisieron los cielos
que de mi casa a tu casa
le pasasen mis desdichas;
y, aunque por la confianza
del alcaide volvió a verme,
no me pudo decir nada,
que estaba despierto Fabio.
Por tu vida, que des traza
para que yo le hable, y sea
la respuesta ejecutarla;
que nunca dan más espacio
las penas y las desgracias.
Flora
(¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?).
Laura
Pues ¿no me respondes nada?
Flora
No sé cómo responderte.
(Y es verdad, porque palabras
que traen la hierba de celos
son el veneno del alma.
Apenas de haber salido
de un mal daba al cielo gracias,
¡cuando vuelvo a dar las quejas!
¡Oh, cómo es cosa asentada
que son cobardes las penas,
pues siempre en cuadrillas andan!
Laura es dama de don Carlos,
Carlos es galán de Laura.
Anoche, cuando salió
de aquí, se fue a visitarla;
desde su jardín, adonde
hablando con ella estaba,
pasó al mío; bien lo dice
ella, pues dice, ¡ay, tirana!,
que le pasó una desdicha
desde su casa a mi casa.
Pues si a Carlos Laura quiere,
pues si a Laura Carlos ama,
volved atrás, pensamientos;
que aún no está mejor que estaba).
Laura
¿Qué me respondes? ¿Qué dices?
¿Qué tienes?
Flora
No sé qué haga.
(¿Daré paso yo a mis celos,
tercera a sus esperanzas?
No; que ninguno guardó
a sus celos las espaldas).
Laura
¿Por qué con tal turbación
me miras?
Flora
Porque me mandas
cosa en que será imposible
servirte. Siempre cerrada
la puerta está que responde
al cuarto donde se guarda
ese hombre, y el alcaide
por otra calle se manda.
Laura
¿Hay más de abrir esa puerta?
Flora
Más hay, porque está clavada.
Laura
Rómpela y déjala en falso.
Flora
Veranlo aquesas criadas.
Laura
¡Oh, qué de dificultades
me pones!
Flora
¿De qué te cansas?
Laura
De que, si fueras mi amiga,
inconvenientes no hallaras.
Flora
Yo hago...
Laura
No me digas más.
Flora
...más que puedo.
Laura
Tú te engañas.
Sale don César.
César
¿Qué voces, Flora, son estas?
¿Qué voces son estas, Laura?
¿Las dos amigas ansí
se enojan?
Flora
No ha sido nada.
Laura
No es sino mucho, y pues traje
dos diligencias pesadas,
he de intentar la segunda,
pues la primera me falta,
y en lágrimas y suspiros
salgan de mi pecho, salgan
de una vez tantos pesares,
de una vez desdichas tantas.
Escúchame. Yo, señor,
vengo con un desengaño
a sacarte de un engaño,
a librarte de su error.
A un caballero le di
ocasión de que me viera
en mi casa –¡oh, si pudiera
esto decirse sin mí!–,
cuando un hombre, que venía
huyendo de dos, se entró
en el jardín y pasó
a esta casa de la mía.
Vos, siguiéndole, llegasteis
y a mi amante –¡ay, penas tristes!–,
por el hombre que seguisteis,
preso a una torre enviasteis.
No me pude declarar
por mi hermano, y ahora vengo,
con la obligación que tengo,
¡oh, señor!, a suplicar
que con generoso indicio
miréis por mi fama, pues;
soltadle, pues que no es
el que dio la muerte a Licio.
Con mi hermano disculpada
quedé yo de hallarle allí.
César
En toda mi vida vi
mentira más mal trazada.
Señora, si vuestro amor
quiere, ostentando finezas,
tomar vado en sus tristezas,
hallar puerto a su dolor,
no ha de ser con fingimientos
neciamente imaginados;
mejor negocian postrados
los ruegos y rendimientos.
Porque, si el que yo seguí
y en vuestro jardín hallé
don Carlos Colona fue
y es el mismo que está aquí,
¿qué sirven engaños?
Laura
Esa
es mi desdicha cruel:
el presumir vos que es él.
César
Pues, si él mismo lo confiesa,
¿puede él mismo mentir?
Laura
Sí;
que, por no formar, señor,
sospechas contra mi honor,
querrá condenarse a sí.
César
Cuando en su pecho cupiera
una fineza tan rara,
que el delito confesara
y él mintiera, no mintiera
un criado que ha venido
con él, le ha visto y le ha hablado.
Laura
Puede mentir el criado.
César
Haréis que pierda el sentido.
¿Y si yo mesmo al instante
que le envié preso aquí
a solas le hablé y le vi,
y él...?
Laura
No paséis adelante.
¿Vos le hablastes? ¿Vos le vistes?
César
Yo mismo, yo mismo, yo.
Laura
Pues será otro, pero no
el que en mi casa prendistes,
porque vos le conocéis
al que en mi jardín hablaba.
Flora
(Esto está mejor que estaba).
César
Si a eso persuadir queréis,
dejadme, por Dios, señora,
que es querer que a un fingimiento
me quite el entendimiento.
Dile, por tu vida, Flora,
cómo el que anoche prendí
don Carlos Colona es.
Flora
¿Eso tiene duda? Pues
el que ahora está preso aquí
muy bien le conozco yo
y es el mismo que venía
huyendo aquel mismo día,
¡ay, infelice!, que dio
la muerte en el campo a Licio.
César
Díselo así, porque temo
que su locura y mi estremo
me quieren quitar el juicio.
Vase.
Flora
Pues ¿qué duda puede haber
en verdad tan asentada?
Laura
Flora, no me digas nada;
que yo lo sabré saber.
Vase.
Flora
Como de mi mal me espanto,
del tuyo, Laura, también;
mas de mi mal o mi bien
hoy veré el fin. Dame un manto,
Silvia.
Sale Silvia.
Silvia
¿Qué quieres hacer?
¿No ves que ya su criado
que eres tú le habrá contado
la tapada?
Flora
Qué temer
no tengo. Venza el rigor
de tan confusos desvelos
y denme muerte mis celos
o deme vida su amor.
Vanse.
Salen don Carlos y Dinero.
Dinero
¡Lástima es, vive el cielo,
si crédito he de dar a tu desvelo,
que un amante no seas
de novela!
Carlos
Pues oye, si deseas
saber todo el suceso.
Estaba yo escondido donde preso
ahora estoy, cuando vino
otra dama de ingenio peregrino
a buscarme tapada
diciendo que de mí estaba obligada
porque la dama era
que fue de mi rigor causa primera.
Esta pues...
Dinero
Era Flora.
Carlos
¡Qué dices!
Dinero
La verdad; escucha agora
Flora es esa tapada,
que a visitarte vino disfrazada;
yo lo sé porque estaba
contigo cuando yo, que te buscaba,
la saqué de un aprieto
con su padre, fingiéndome en efeto
sastre. ¡Al cielo pluguiera
que, antes que sastre, diablo me fingiera!
César adónde iba preguntaba
y ella dijo que un manto se probaba
que yo entonces traía; de manera
que Flora es la tapada.
Carlos
Aguarda, espera;
que, si vamos juntando
partes, hay muchas que lo abonen. Cuando
riñendo Arnaldo estaba,
dijo que darme muerte procuraba
por vengar a su primo, cuya muerte
ella causó; de suerte
que habiendo ella causado
la muerte de su primo, con cuidado
a ampararme obligaba
visitarme tapada,
guardarme temerosa
y obligarme en efecto generosa
muchas verdades son, o yo las creo,
por lo que persuadir sabe el deseo.
¿Quién decirte supiera
del modo que la vi cuando mi fiera
suerte por la pared de esos jardines
me ocasionó volverme a sus jazmines?
Dinero
No todo sea pesar, va de pintura.
Carlos
Escucha, aunque se enoje su hermosura.
Ya te dije cómo anoche
de aquesta casa me fui
y que en la calle don César
me reconoció al salir.
Ya te dije cómo, huyendo
de un lance en otro, caí
a un jardín, donde un amante
favorecido y feliz
gozaba su paraíso
sin temor de serafín,
pues le tenía en sus brazos.
Pues escucha: desde aquí
a los jardines de Flora
pasé y confuso me vi,
porque entre los laberintos
de su amoroso país
era la noche medrosa
monstruo tan cobarde y vil,
que, pisando blandamente
el clavel y el alhelí,
no dejó a fuentes ni flores
ni mormurar ni reír.
Entre nieblas empañado
el cristalino viril,
sepultó abismos de estrellas
en túmulos de zafir.
Desta suerte discurría,
cuando entre las sombras vi
un noturno rayo cuyo
norte me obligó a seguir
su luz. Hallé, pues, por una
celosía de jazmín
entreabierta una ventana
que el aire debió de abrir
para penetrar su cielo,
enamorado y sutil.
Estaba entre sus criadas
Flora, bien como lucir
suele entre vasallas flores
la rosa, su emperatriz.
Una, hincada la rodilla
en un azafate, allí
recogía los despojos
de su vitoria gentil.
Desenlazó las sortijas
de la prisión de marfil
y luego acudió al cabello,
donde como Flora, en fin,
fue desperdiciando flores
tan hijas suyas, que oí
para adornarse otra aurora
que las envidió el jardín;
porque por desechos suyos
llaman galán el abril.
De los cuidados del día
ya absuelto el cabello, vi
un oceano de rayos
donde la mano feliz,
bucentoro de cristal,
corrió tormentas de ofir.
Tan hermoso el desaliño
era, que quise decir:
«¡Mal haya el aliño donde
es el desaliño ansí!».
Luego, a más leve precepto
rendido, le volvió asir
en una red de oro y seda
labrada a colores mil.
En cotilla y en enagua
quedó de un verde tabí;
que, como es Flora, no quiso
ajeno color vestir.
Una guarnición no más
era el último perfil,
donde en líneas de oro iban
a rematar y morir
otra hermosa primavera
de muchas flores de lis;
y como a joven verano
sigue el cano invierno, así
se miró a esta verde pompa
la blanca nieve seguir
de otra enagua de cambray
que, crepúsculo sutil,
no dejaba entre dos luces
ni obscurecer ni lucir.
La estatura de otro día
fiada dejó al chapín,
quedando su perfección
menos no, mas menor sí.
Sentose sobre la cama,
que era ocaso carmesí;
¿cuándo no se acuesta el sol
tras cortinas de carmín?
Aquí cegaron mis ojos
porque una criada aquí
a descalzarla se puso,
las espaldas hacia mí;
y por más que codicioso
brujulear y descubrir
quise, entre lejos y sombras
sólo alcancé, sólo vi
no sé qué rasgos de nácar,
de un cendal azul turquí
abrazados, y una caja
sí se pudo percebir,
porque era un átomo breve
que nació para vivir
concha de la menor perla,
botón del mejor jazmín.
Púsose sobre los hombros
otro rico faldellín
porque un baño las criadas
la empezaron a servir.
De las lágrimas que el alba
llora cuando va a salir
debió de ser porque entonces
todo respiró ámbar gris.
Metió los pies en el agua,
y trabaron entre sí
cristales contra cristales
una batalla civil;
y como estatua de nieve
era Flora, y yo la vi,
por ser con cristal cuajado,
deshecho cristal, temí
que la estatua por los pies
se empezaba a derretir.
En aqueste punto, Silvia,
de gasas quitó un terliz
a las almohadas y abrió
el lecho, donde a dormir
se despeñó mejor sol
que el que en campos de zafir
suele madrugar topacio,
suele acostarse rubí.
Corriéronle la cortina,
dejándome a mí sin mí
en manos de mi temor,
venturoso e infeliz,
hasta que Silvia salió,
como ya te referí.
Y lo que me admiró más
fue, viendo esparcir así
sus adornos, que mañana
sepa volverse a vestir.
Dinero
Con todo cuanto has gastado
de ámbar, clavel y jazmín,
se te olvida lo mejor
de su adorno.
Carlos
¿Cómo así?
Dinero
¿No traía guardainfante
Flora, señor?
Carlos
Luego vi
que había de ser frialdad
la que ibas a decir.
Dinero
Ya que tú me la has pintado,
puesto que yo no la vi,
quiero pintártela yo.
Va pendiente de la cin-
tura; en cuanto la enagua,
dejó enjauladas las tri-
pas en un enjugador,
barba de ballena y cin-
tas; que como las enaguas
al humo de las pasti-
llas se curan, no se halla
sin enjugador y sin
perfumes; y en conclusión
«est custos infantis sic»;
que, por no espantar a tantos,
decirlo quise en latín.
Sale Celio.
Celio
(Advertido ya de cuanto
pasó a Arnaldo, he de fingir
que este es el preso que anoche
don César me encargó a mí).
Una tapada mujer
te busca y, aunque yo aquí
no tengo tanta licencia,
en algo te he de servir.
Dinero
Agora verás si es Flora.
Carlos
Merced me haces. Si es así,
tendrán premio tus albricias,
tendrán mis desdichas fin.
Sale Silvia.
Silvia
Aquella dama tapada,
que te vino a ver, aquí
vuelve otra vez.
Carlos
Ya lo sé;
mas que puede entrar le di.
Celio
A Laura
Aquel, señora, es el preso
que buscáis y que decís.
Vase.
Silvia
A Flora
Solo está; bien llegar puedes.
Vase.
Sale por una parte Laura con el criado, y por otra Flora con Silvia, tapadas.
Carlos
¡Qué miro! ¿Que cuando aquí
una tapada esperaba,
vienen dos?
Dinero
Es de sentir;
que a más moros más ganancia,
el refrán suele decir;
mas a más cristianas, no.
Laura
Señor...
Flora
Carlos...
Laura
(¡Ay de mí!,
que este no es Arnaldo).
Flora
(¡Cielos,
esta es Laura!).
Carlos
Proseguid.
¿Por qué os retiráis las dos?
¿Que mandáis? ¿A qué venís?
Laura
Yo no tengo qué deciros,
porque en mirándoos perdí
la memoria. (Aquella es Flora).
Flora
La voluntad, yo.
Carlos
Advertid
que solo el entendimiento
hay que perder para mí;
y, antes que le pierda, sepa
qué hacéis aquí o qué decís.
Laura
Yo no tengo ya qué hacer.
Flora
Ni yo tengo qué decir.
Carlos
Embozadas hermosuras,
que detrás de ese nublado
antes de haberme alumbrado
me queréis dejar a escuras,
piedades son mal seguras
iros sin haber venido;
que, si ver el bien perdido
quien le tuvo es gran desdén,
¿que será perder el bien,
antes de haberle tenido?
Y, si de un día al arrebol
sigue una noche importuna,
quedando a pagar la luna
obligaciones del sol;
si un farol a otro farol
más o menos rayos fía,
advertid que es tiranía
a que ninguna igualó
que pase dos noches yo
sin debérselas a un día.
Laura
Yo no me he de descubrir,
porque no os importa a vos
ni a mí; porque, donde hay dos,
de nada puedo servir.
Dinero
Por mí deben de venir.
Carlos
Apártate. No tenéis
que recelaros, pues veis
que, si tanto habéis tardado
que dos noches han pasado,
dos auroras me debéis.
Sale Celio.
Celio
En mi cuarto mi señor
os espera, porque quiere
–tanto su fama prefiere
al sentimiento el valor
y a la piedad el favor–
hacer hoy las amistades
de Arnaldo y vuestras.
Carlos
Verdades
sus ofrecimientos son.
Rompa, pues, mi confusión
por tantas dificultades.
Ya veis que es fuerza asistir
donde me llaman. Adiós.
Dinero
Yo me quedo entre las dos.
Carlos
A ninguna dejes ir.
Vase con Celio.
Dinero
¡Ea! Tiempo es de embestir.
Flora
(Si muero, ¿por qué dilato
el desengaño?).
Laura
(Yo trato
de averiguar mis recelos).
Dinero
(Si ello hay, batalla de celos,
yo he de tener lindo rato).
Flora
A Silvia
Tú por un instante aguarda.
Allí puedes apartarte.
Vase Silvia.
¿Laura?
Laura
Sí.
Flora
Pues oye aparte.
Laura
Escucha tú aparte, Flora.
Flora
Mi sentimiento no ignora...
Laura
Bien conocen mis estremos...
Flora
...que de un mal adolecemos.
Laura
...que padecemos un daño.
Flora
Cúrenos un desengaño.
Laura
O muramos, o sanemos.
Flora
¿Tú a Carlos, Laura, has seguido?
Laura
¡Yo a Carlos! Haste engañado,
porque en mi vida le he hablado
y apenas le he conocido.
Flora
Pues ¿cómo a verle has venido
desta suerte?
Laura
Yo no vengo
a ver...
Flora
Mayor duda tengo.
Laura
...a Carlos, a Arnaldo sí,
que preso ha de estar aquí.
Flora
Ya el desengaño prevengo.
¡Arnaldo, Laura, fue a quien
mi padre anoche prendió!
Laura
Por eso le busco yo.
Flora
¿Y es el que tú quieres bien?
Laura
Sí.
Flora
¿Y el que anoche también
en tus jardines te hablaba?
Laura
Él era el que se ocultaba.
Flora
¿No Carlos?
Laura
¡Con Carlos yo!
Flora
¿Luego, no le quieres?
Laura
No.
Flora
Pues mejor está que estaba;
y en albricias darte quiero
otra buena nueva ya.
Arnaldo preso no está.
Laura
¿Cómo?
Flora
Como de aquí infiero
que Carlos fue el prisionero
y a Arnaldo dejaron fuera.
Laura
¿Luego, de aquesa manera,
no tengo ya que temer?
Flora
No, pues no se ha de saber.
Laura
¿Luego, ya mi pena fiera
tan felizmente se acaba,
que mi opinión y mi hermano
se asegura?
Flora
Eso está llano.
Laura
Pues mejor está que estaba.
Dinero
(¿Puede haber pena más brava
que no oír uno, hablando dos?
¡Oh, dueña!, decidlo vos).
Laura
Pues encerrados están
y el paso franco me dan,
adiós, Flora.
Vase.
Flora
Laura, adiós.
Dinero
La una se va por aquí;
la otra por acá; después
esta entra en casa: esta es,
y he de declararme ansí.
Detiene a Flora.
Flora
¿Qué es lo que hacéis?
Dinero
Miro aquí
si está bien hecho este manto.
Mal redondo un tanto cuanto
quedó. Quitáosle por que
le vuelva al maestro.
Flora
No sé
qué decís.
Dinero
Poco me espanto,
que yo tampoco me entiendo,
mas suelo darme a entender.
Vuelve Laura, alborotada.
Laura
Flora, amiga, si deseas
mi vida, ampárame.
Flora
¿Qué
te ha sucedido?
Laura
Mi hermano,
al salir, me pudo ver
y me sigue. Mas ¿qué temo?
Por esta puerta me iré
y, cerrándola tras mí,
aún no me aseguro de él.
Éntrase por la puerta que da paso a la habitación de Flora, y cierra.
Flora
No cierres, detente, espera;
déjame a mí entrar también.
La puerta cierra; el temor
no la aseguró. ¿Qué haré?
Sale Fabio.
Fabio
¡Laura en aquestos umbrales,
y desde el amanecer
fuera de casa! ¡Ay de mí!
Mis celos dijeron bien.
Pero ¿cuándo dicen mal
las desdichas que han de ser?
¡Él embozado, y ella
en su prisión! Entraré,
aunque me lo estorbe el mundo.
¡Ah, falsa, aleve y cruel!
¿Piensas que de tus traiciones
toda la culpa no sé?
Flora
(¿Qué haré? Porque descubrirme
ni encubrirme me está bien).
Fabio
Mas yo me sabré vengar,
como declararme sé;
que celos de honor, no más
se han de pedir de una vez.
Flora
Detente.
Dinero
(¡Cuerpo de Cristo!
¿No tengo yo de saber
a qué sabe el ser valiente
en mi vida alguna vez?
Y quizá aqueste es gallina).
No es hombre noble, cortés,
el que tan groseramente
atropella una mujer.
(¿Quién me mete en esto a mí?).
Fabio
¿Quereislo vos defender?
Dinero
Sí quiero, y vuelvo a envidar.
Fabio
Sacan las espadas.
Pues veamos si podéis.
Dinero
(Luego habrá quien meta paz).
Salen Arnaldo y todos.
César
Las espadas suspended.
Dinero
(¡A qué buen tiempo han llegado!).
Flora
(¿Hay estrella más cruel
que la mía? Aquí es forzoso
que me hayan de conocer).
César
Pues, señor don Fabio, ¿aquí
estos estremos hacéis?
Dinero
(Si tardan un poco más,
¡vive Dios!, que echo a correr).
Fabio
Señor don César, yo tengo
para el estremo que veis
ocasión, y solo os ruego
que no me la preguntéis.
Con esa dama en la calle
he tenido no sé qué;
entrose huyendo hasta aquí
y tras ella hasta aquí entré;
púsoseme ese criado
delante...
Dinero
Y hice muy bien.
Fabio
Todo importa poco. Así
os suplico que me deis
licencia para llevarla.
Flora
(Nada me estará tan bien).
Arnaldo
(¿Quién esta mujer será?).
César
(¡Triste de mí, que esta es
su hermana! Bien lo declara
que a don Carlos viene a ver).
Dinero
(¿Esto, en efeto, es reñir?
Pues cosa bien fácil es).
Fabio
A Flora
Venid.
Carlos
Eso no. Esta dama,
aunque su nombre no sé
ni quién es ni lo que os mueve,
a mí me ha venido a ver,
y no ha de ir con vos, sin que ella
me diga que la está bien.
Flora
(Pensando que me defiende,
Carlos me ha echado a perder).
César
(No hay palabra que no sea
un nuevo empeño).
Fabio
Sabré
desempeñar lo que he dicho
hasta morir o vencer.
Dinero
(No se me ha de pasar día
sin reñir alguna vez).
César
¿No miráis que estoy aquí?
¿Qué es esto? Mas ahora bien,
no ha de ir con vos ni con nadie;
esto, en efecto, ha de ser;
y mientras que se averigua
el caso, en mi casa esté
en compañía de Flora.
Flora
(Esto sólo podía ser
el remedio de mi vida).
César
Segura estará, que a fe
que nunca aprendiera della
los lances en que se ve.
Venid, señora; y, por cierto,
muy poca razón tenéis
en aventuraros tanto
una principal mujer.
Dinero
(He de reñir cada día,
hasta que alguno me den).
Fabio
Señor don César, no son
cosas las que llego a ver
tan fáciles de pasar,
que suspensas queden bien.
Esa mujer es mi hermana,
ya lo dije, y no me iré
sin que mi honor y su honor
queden libres.
Arnaldo
¿Laura es?
Pues ya aquesta obligación
a mí me toca, porque
quien la sacó de su casa
y a quien ella viene a ver
soy yo.
César
(¡Esto sólo faltaba
ahora de suceder!).
¿A veros, Arnaldo, a vos
aquí? ¿Cómo o para qué?
Dinero
(¡Ah, qué gusto es tirar una
de tajo, otra de revés!).
Arnaldo
Ya me es forzoso decirlo,
que, si ha de ser mi mujer,
mejor es que lo sepáis
que no que lo sospechéis.
Yo soy el que vos prendisteis
en su jardín porque en él
estaba con Laura yo
–digno premio de mi fe–
cuando en él entra don Carlos.
Dile paso y me quedé
yo empeñado.
César
Según eso,
¡ella porfiaba bien!
Mas ahora de mi agravio
la duda se queda en pie.
A don Carlos.
¿Cómo estabais en mi casa
vos?
Carlos
(Esto me has de deber,
Flora; que no he de culparte).
Como a esta casa pasé
y llegando a aqueste cuarto,
como tan solo le hallé,
me pareció que estaría
más seguro cuando a él
pasastes y, como os vi
de mi padre amigo fiel,
fiado en vuestra amistad,
ni me fui ni me ausenté.
Dinero
(Póngome de firme a firme,
doy el trapo y meto pies).
Fabio
Que seáis vos o sea don Carlos,
yo me he de satisfacer.
Arnaldo
Yo, defenderla.
César
Apartad;
que ni uno ni otro ha de ser.
Entrad en este aposento,
y averigüemos después...
Mas ¿quién está aquí?
Sale Laura.
Laura
Yo soy,
que a Flora he venido a ver
y, escuchando aquí a mi hermano,
vengo a saber lo que es.
César
¡En verdad, señor don Fabio,
que es muy bueno lo que veis!
Está estotra con mi hija,
y queréis dar a entender
que es la que tapada está.
Fabio
A nadie le está más bien
que a mí el haberse engañado.
Confieso que engaño fue.
Arnaldo
Pues, si aquesta es Laura, ¡cielos!,
¿quién esta tapada es?
César
Descubríos ya, señora,
quienquiera que seáis, por que
salgamos de tanto engaño.
Descúbrese Flora.
¡Qué es lo que miro! ¡Ah, cruel!
Dinero
A don César.
¡Oh, qué bien hecho está el manto!
No te enojes, que esto es
probarle, que en este punto
le acabé yo de traer.
César
Ahora conozco mi error.
La muerte la he de dar.
Carlos
Ved
el empeño en que yo estoy,
porque la he de defender.
César
Quien no fuere su marido,
¿cómo, dime, ha de poder
defenderla contra mí?
Carlos
Siéndolo, señor, podré.
César
Si yo casar a don Carlos
con Flora siempre pensé
para poder perdonarle,
y esto vino a suceder,
¿de qué me puedo quejar?
Fabio
A Carlos
Yo estimaba tanto el ver
empleada en vos mi hermana,
que me ha pesado de que
ella no fuese.
Carlos
A César
Mi mano
os responda a esa merced.
Dinero
Y pues tras tantos engaños
el mal se convierte en bien,
si es bien casarse, las faltas
nos perdonad.
Carlos
Y diré
que esta comedia, que ofrece
el autor a vuestros pies,
hoy «está mejor que estaba»,
si os ha parecido bien.

License
CC0 1.0 Licence
Link to license

Citation Suggestion for this Edition
TextGrid Repository (2026). Calderón de la Barca, Pedro. Mejor está que estaba. CalDraCor. https://hdl.handle.net/21.11113/4gc17.0