De Una Causa, Dos Efectos
Comedia Famosa
Personas que hablan en ella.
- FEDERICO, duque de Mantua.
- FADRIQUE, su hijo.
- CARLOS, su hijo.
- PERNÍA, truhán.
- ENRIQUE, criado de Carlos.
- MARCELO, criado de Fadrique.
- FABIO, criado del Duque.
- FILIBERTO, duque de Milán, viejo.
- DIANA, infanta de Milán.
- ESTELA, dama.
- FLORA, dama.
- NISE, dama.
- CLORI, dama.
- Acompañamiento.
Primera Jornada
Salen el duque Federico y Fabio y el Duque trae una carta; y por la otra puerta sale Enrique.
Duque
¿Qué hace Carlos?
Enrique
Todo el día
encerrado con Platón
y Aristóteles –que son
luz de la filosofía–
se ha estado, sin permitir
que entre a verle sino sólo
su maestro, nuevo Apolo
de nuestra edad.
Duque
Divertir
no quiero el noble ejercicio
de sus estudios; que aunque
es mi hijo y en él fue
más curiosidad que oficio
el saber, tanto he estimado
el deseo, la afición,
el gusto y la inclinación
con que a las letras se ha dado
que no le quiero estorbar
un punto, por conocer
que tiene más que saber
quien tiene más que mandar.
Direisle, Enrique –en estando
desocupado–, que yo
vine a buscarle y que no
quise embarazarle, dando
a sus estudios lugar;
que me vea cuando esté
desocupado, porque
tengo cosas que tratar
con él que importan.
Enrique
Así,
gran señor, se lo diré.
Vase.
Duque
Agora –puesto que fue
la ocasión, Fabio, que aquí
me trajo hablar en un caso
a mis hijos–, pues está
Carlos prevenido ya,
a ver a Fadrique paso
a su cuarto, porque así
mi amor a los dos iguale.
Fabio
Marcelo del cuarto sale.
Sale Marcelo.
Duque
Marcelo.
Marcelo
¿Qué mandas?
Duque
Di,
¿qué hace Fadrique?
Marcelo
Señor,
ahí le dejo entretenido
con un juglar que ha venido
a Mantua. De estraño humor,
haciendo burlas con él
todo la mañana ha estado.
Duque
¡Qué tiempo tan bien gastado!
¡Y cuán distante de aquél,
que en estudios divertido
todo el día se ocupó!
¡Y qué dignamente yo,
quejoso y agradecido,
a un tiempo gusto y pesar
hoy, hallando a los dos, muestro,
al uno con su maestro
y al otro con su juglar!
Y puesto que a aquél dejé
por no estorbar ejercicio
tan justo, déste, que es vicio,
la ocupación entraré
a embarazar.
Pernía
¡Ay de mí!
Ruido de risa dentro y sale Pernía escupiendo sangre.
Fadrique
dentro.
¡Tenedle!
Pernía
Jurado a Dios,
no pare...
Duque
¿Qué es esto?
Pernía
¿Vos
estáis, gran señor, aquí?
Duque
Aquí estoy; y saber quiero
quién sois y de qué os quejáis.
Pernía
Huélgome, porque me hagáis
una justicia que espero.
Quién soy no habré menester
decillo, puesto que ya
la querella lo dirá
que ante vos he de poner.
Duque
Decid.
Pernía
Aquesta mañanaen
aqueste cuarto entré
de vuestro hijo, porque
a mí me hace el gusto llana
entrada cualquiera.
Duque
Así
ya sé quien sois.
Pernía
Cúbrese.
Pues después
de haber dos horas o tres
que chistoso padecí
baldones de sobrenombre
–del Príncipe, hinche y encaje
agudo alfiler de paje,
pescozón de gentilhombre–,
se resolvió la cuestión
en que una muela vendiera,
aunque de estraña manera.
Concertose en un doblón
de a cuatro; y porque provoque
a más risa y a más fiesta,
fue el barbero una ballesta
y su gatillo un bodoque.
Una cuerda de vihuela
fuerte en el bodoque ataron
y el otro cabo apretaron
en la condenada muela.
Con gafa el arco se armó
y, en el aire disparado,
el tal bodoque enramado
tras si la muela llevó
donde el aire fue servido.
Yo, pues, para mi consuelo,
al doblón de a cuatro apelo
y en sangrienta voz le pido.
Dice el Príncipe que no
–aquí entra la querella–
era –¡qué maldad!– aquella
la muela que él concertó;
porque habiendo yo, señor,
dicho que barato hacía
de ella porque la tenía
dañada y con gran dolor,
dice que se ha de apurar
si era aquélla o no era aquélla;
y así, que vaya por ella
o no la quiere pagar.
Ahora alego yo en tu sala
que mía será la pena,
pues le he vendido la buena
y me quedé con la mala.
Él dice que la dañada
concertó y que no cumplí;
que no ha de pagar o aquí
he de padecer gatada.
Duque
¿Qué es gatada?
Pernía
Atento escucha;
dirételo en breve rato:
átase a una soga un gato
y cuélgase a una garrucha
–éste se ha de recibir
aporreado en tal lugar
que, por ser particular,
no te le puedo decir–
de suerte que, cuando baja
con su cólera rabiosa,
como la parte es ventosa
como ventosa la saja;
tiran del gato después
que muy bien la presa ha hecho
y llévase un hombre al techo.
Ésta la gatada es.
Mira tú con tu cordura
si aquesta es pieza tan leve
que será bien que la lleve
la muela de añadidura.
Duque
¡Qué crueldad! ¡Qué tiranía!
Nombre de hombre no merece
quien tal hace y tal padece.
Vos ¿cómo os llamáis?
Pernía
Pernía.
Duque
Justo es que yo satisfaga
vuestra queja.
Pernía
¡Gloria a Dios,
que hay justicia!
Duque
¿Pedís vos
más de que justicia os haga?
Pernía
No pido más de que notes
si habré merecido bien
el doblón.
Duque
A ese hombre den
el doblón y cien azotes.
Pernía
Basta el doblón.
Duque
No hace tal.
Llevadle presto.
Pernía
¿Por qué
tal rigor en ti se ve?
Duque
Por vagamundo y por mal
entretenido.
Pernía
Señor,
que oigas mi disculpa pido.
Si soy mal entretenido,
soy buen entretenedor;
conque a tu justicia atajo
la instancia de vagamundo,
pues nadie vivió en el mundo
más que yo de su trabajo.
Duque
Llevadle.
Pernía
Pues ¿para qué
en eso se han de ocupar?
No tienen que me llevar;
que yo, gran señor, me iré.
Duque
Pues idos de Mantua luego,
porque no habrá apelación
si os hallo en otra ocasión.
Pernía
Nada en mi descargo alego.
Tus ojos no me verán
más en Mantua desde hoy;
y de no parar te doy
la palabra hasta Milán,
donde, más que principotes,
de mí su infanta gustó.
Cobre usté el doblón, que yo
le libro por los azotes.
Vase.
Salen Fadrique y criados.
Fadrique
¿No le tuvierais aquí
para que con él hiciera
otra burla?
Duque
¡Tente, espera!
Fadrique
Señor, ¿aquí estabas?
Duque
Sí;
aquí estoy viendo y sintiendo
en cuán buena ocupación
divertido estás.
Fadrique
No son
culpables, según entiendo,
en mí estas ocupaciones.
¿En qué me he de entretener
si no en cosas de placer?
Duque
Dices bien; pero en acciones
más nobles, Fadrique, está
de los príncipes el gusto.
¿No hay divertimiento justo
que pueda ocuparte?
Fadrique
Ya
querrás persuadirme a que,
como Carlos, todo el día
estudie filosofía
y sobre un libro me esté,
con un maestro viejo al lado,
hablando siempre de veras.
¿Tú, señor, no consideras
que yo no he de ser letrado?
¿Para qué he de saber yo,
si nada me ha de valer
el saber?
Duque
Para saber.
¿En qué se diferenció
del bruto el hombre, Fadrique,
si no es en raciocinar?
Y así, en llegando a alcanzar
ciencia un hombre se publique
más que hombre; pues la grave
superioridad que tiene
el hombre al bruto conviene
del que sabe al que no sabe.
Tanto realzan los nombres
que dan las ciencias por frutos
que uno es hombre entre los brutos
y otro es hombre entre los hombres.
Fadrique
Para lo que he de ganar
por mi ingenio de comer,
menos había de saber.
Duque
Si te llegases a hallar
en alguna ocasión, ¿no
te holgarías de lucir
en ella?
Fadrique
Sin argüir,
luzco en cuantas me hallo yo.
Pero ¿qué es a lo que obliga
el que más sabe?
Duque
A que estén
a su opinión, ni haya quien
jamás se la contradiga.
Fadrique
Pues si yo por otros modos
estos aplausos consigo
y, a cualquier cosa que digo,
me dicen que es así todos,
sin que haya contradicción,
pues en llegando a porfía
siempre es la razón la mía
y la de otro no es razón,
¿para qué me he de cansar
en estudiar y saber?
Que un señor no ha menester
saber más que porfiar.
Duque
Aquellos que, lisonjeros,
tus discursos aprobaron,
quizá después murmuraron
tu discurso los primeros.
Fadrique
Si sus lisonjas oí,
sus murmuraciones no;
y donde no lo oigo yo,
mas que digan mal de mí.
Fuera de que no he nacido
tan necio que haya de qué
murmurarme, que bien sé
cuánto a un príncipe es debido.
Una cosa es estudiar
y otra cosa es no saber
más de lo que es menester.
Duque
Sea así; que si apurar
quise al discurso el rigor
fue porque hallarte condeno,
si no, hijo, en lo más bueno,
divertido en lo peor.
Fadrique
¿Es lo peor a un juglar
hacer una burla?
Duque
Sí;
que es crueldad tratar así
a un hombre y es enseñar
a rigor el pecho.
Fadrique
Si él
pone en precio su castigo,
él es el crüel consigo,
que yo no lo soy con él.
La crueldad fuera tener
con tales hombres piedad.
Y, en fin, si aquesto es crueldad,
¿en qué me he de entretener?
Duque
Que hay mil ejercicios, nota,
dignos: danzar, tornear...
¿No hay caballos? ¿No hay jugar
armas, trucos y pelota?
Fadrique
¿Yo danzar y tornear? ¿No
será mas grandeza, di,
que otros me hagan fiesta a mí
que hacer fiestas a otros yo?
Ponerme a caballo, igual
riesgo tiene; porque quien
me ve andar en él más bien
me dice que lo he hecho mal.
En cuanto a armas, que hay destreza
no ignoro, que tiene maestros
insignes; mas los más diestros
sacan rota la cabeza.
Y así, no quiero aprender
ciencia de tan grande engaño
que se sabe todo el año
y no cuando es menester.
Pelota y trucos, servil
ejercicio son. ¿Molido
me han de ver de haber corrido
tras un cuero y un marfil
todo el día?
Duque
¿No te da
envidia cuán celebrado
Carlos vive? ¿Cuán amado
de toda la corte está
por aquestas gracias?
Fadrique
No;
tenga él su habilidad,
que en mí es más autoridad
no tener ninguna yo.
De un parto habemos nacido
los dos, sin saber cuál fue
mayor; y yo pienso que
mayor debo de haber sido
al ver sus habilidades;
y en justa razón lo fundo,
que es muy del hijo segundo
nacer con agilidades.
Salen Enrique y Carlos.
Carlos
Díjome Enrique, señor,
que en mi cuarto me has buscado
y sentí no haberme dado
cuenta de tan gran favor
para que luego viniera
arrojándome a tus pies
a besar tu mano, que es
el punto, centro y esfera
de mi vida; y a saber
en qué te puedo servir,
puesto que, tarde en oír,
no tarde en obedecer.
Duque
En dos forzosos intentos
hablar a los dos quisiera.
Salíos todos allá fuera.
Vanse los otros.
Estadme los dos atentos.
Ya sabéis las grandes guerras
que, heredados enemigos,
el gran duque de Milán,
Filiberto, y yo tuvimos.
Ya sabéis a cuántas ruinas
estos estados rendidos
para padecer se vieron
el último parasismo.
Ya sabéis, en fin, que, de uno
y otro el poder extinguido,
hizo la necesidad
treguas que el valor no hizo;
y que él y yo retirados
dos años ha que vivimos,
ahorrando sañas que el tiempo
gaste después en castigos.
En este intermedio, pues,
Filiberto ha pretendido
muchas veces mi amistad
con cuerdo y prudente aviso;
a que yo, ni despidiendo
ni acetando, he respondido
neutral siempre por tener
abiertos los dos caminos
de la paz y de la guerra,
no negándole a mi arbitrio
el uso de la elección
que le dicten sus disignios.
Pues hoy Filiberto ha hallado
un medio, con que ha podido
obligarme a hacer las paces
–sin dejar a mi albedrío
qué dudar ni qué elegir–,
porque viene con partidos
tales que han sabido hacerse,
de voluntarios, precisos.
Con Lotario, un deudo suyo
que a Mantua de Milán vino,
me escribe que... Mas la carta
mejor que yo ha de decirlo.
Saca la carta.
Lee.
“Muchos medios ha buscado
el deseo y gusto mío
para que entre los dos cesen
nuestros rencores antiguos.
A ninguno vuestra Alteza
derechamente ha salido,
si no es respondiendo siempre
sospechoso en sus estilos.
Yo, deseando acabar
de una vez con homicidios,
desdichas, estragos, muertes,
pérdidas, robos, delitos
que siempre acarrea la guerra,
de mi parte determino
hacer todo lo que puedo,
por hacer virtud el vicio.
Diana, mi única hija,
sea el iris cuyos visos,
creamos los dos, serenen
diluvios que no ha podido
el tiempo; y así os la ofrezco
para uno de vuestros hijos.
Fadrique y Carlos nacieron
juntos y, según he oído,
la vida de mi señora
la Duquesa, en el peligro
de su parto, embarazó
las matronas, que en olvido
pusieron el señalar
al primero; y pues los miro
tan iguales a los dos,
de los dos ninguno elijo.
El que vos quisiereis sea
su esposo; pero advertido
de que ha de heredar mi casa,
–renunciando por escrito
todo el derecho a la vuestra–
y mis armas y apellido
ha de conservar. Con esto,
yo habré el gusto conseguido
de echar la guerra de Italia
y vos veréis convenidos
a los dos, sin que ese estado
llegue a verse dividido;
supuesto que el que dejara,
por ser heredero mío,
de serlo vuestro, Diana
y Milán bien imagino
que puedan desagravialle.
Desta conveniencia fío
tanto que, ya como cosa
hecha y asentada, firmo:
el gran duque de Milán,
Filiberto, vuestro amigo”.
Esto escribe el Duque y yo,
gustoso y agradecido,
a sus deseos intento
responderle con los mismos.
A ninguno está mejor
que a mí, pues así consigo
–como él dice– que mi estado
nunca parcial y diviso
llegue a verse y que los dos,
dos estados tan altivos
tengáis. Lo que resta agora
es, como hermanos y amigos,
que los dos os convengáis.
Milán, estado es más rico
que Mantua. Si de la patria
el heredado cariño
os llama, en Diana hermosa
disculpas hay. Conveníos,
que uno ha de casar con ella
y otro ha de mandar conmigo.
Carlos
Con tu licencia, señor,
y de mi hermano, imagino
que hablando el primero yo
está todo concluido.
Duque
Di.
Fadrique
Lo que Carlos elija,
puesto que es tan entendido,
será lo mejor; y así,
lo que él eligiere elijo.
Carlos
Bien te acordarás, señor,
que a Mantua la nueva vino
de unas justas de a caballo
que el gran príncipe de Ursino,
como deudo de Diana,
mantenía en su servicio,
sustentando que era ella
de amor el mayor prodigio.
Bien te acordarás también
que, a tu obediencia rendido,
te pedí para ir a verlas
licencia; y que tú, indeciso,
me la negaste, temiendo
que yo fuese conocido
en la corte de Milán,
siendo el Duque tu enemigo;
a que yo te di palabra
de ir secreto y escondido,
tanto que nadie supiese
que era, gran señor, tu hijo;
que me la otorgaste en fin
y que yo, nada lucido,
salí de Mantua, quitando
a tu temor los indicios.
Pues oye desde aquí agora
lo que hasta aquí no has sabido.
Aunque de Mantua salí
de la manera que he dicho,
ya tenía yo en Milán
mis caballos prevenidos,
criados, armas, libreas,
joyas, plumas y vestidos.
Llegué a Milán de secreto
antes de la justa cinco
o seis días. La ciudad
llena hallé de regocijos,
a que yo, como estranjero,
muy particular asisto
de día; pero de noche,
el más galán y lucido,
de máscara a los festines
de palacio iba. No pinto
dellos la grandeza agora,
por no parecer prolijo;
sólo no podré escusarme
de pintar el peregrino,
bello, celestial sujeto
de Diana, donde quiso
esmerarse el cielo todo,
pues tan despacio la hizo
que fue singular cuidado
de sus estudios divinos.
Las poéticas pinturas,
los retóricos estilos
que de los rayos del sol
han coronado los rizos
de una beldad; que de grana
y nieve han hecho los visos
de sus mejillas, mezclando
los dos colores distintos;
que arcos de amor, a las cejas;
a los ojos, dos zafiros;
menudas perlas, los dientes;
los labios, claveles finos;
torneado alabastro, el cuello;
las manos, marfiles lisos;
si es que lo han dicho por ella,
verdad, gran señor, han dicho.
No vio el sol tal hermosura
en cuantos rumbos y giros
corre de un polo a otro polo
por azul campo de vidrio.
Vila y amela, señor;
y todo tan de improviso
que no sé si haberla amado
fue aun antes de haberla visto.
Absorto quedé al mirarla;
y tanto que, suspendido,
a mí mismo de allí a un rato
me pregunté por mí mismo.
No digan que ha menester
tiempo amor, porque, si ha sido
dios, en dios no se da tiempo:
presentes tiene los siglos.
Empezó el sarao por ella,
porque el príncipe de Ursino
la sacó a danzar; y yo,
que tan airosa la miro,
me cobré, diciendo a voces
a mi confuso albedrío:
“¡Albricias!, que no es deidad
imposible la que sigo;
mujer es, puesto que hacer
tantas mudanzas la miro”.
Al maestro del festín
lugar pedí, habiendo dicho
un nombre supuesto; y él
me le concedió. En el sitio
apenas me puse cuando
–aquí no importa el decirlo–
el premio de más galán
me dieron: amor lo hizo.
Dancé con ella sin darme
la mano, porque es estilo
no dar la mano la Infanta
a nadie; y así, de un limpio
blanco lienzo, por las puntas
danzamos los dos asidos.
Que comunica el veneno
un nocivo pez, he oído,
al incauto pescador
por la caña y por el hilo.
Verdad debe de ser, puesto
que este monstruo peregrino,
por el contacto del lienzo,
comunicó sus hechizos.
Mientras danzaba con ella,
pude decirla al oído:
“O la mejor o ninguna
siempre escogió mi albedrío”;
de donde, para la empresa,
se ocasionó mi motivo.
Llegó de la justa el día;
y cuando ya estaba el circo
con naturales y estraños
caballeros, sin padrino
ninguno, de negro y oro,
en un caballo morcillo
que, viéndome entrar tan mudo,
con noble, lozano instinto,
al compás de las trompetas
respondía con relinchos,
la tela ocupé, calada
la sobrevista; que Olimpo
de negras plumas, mosqueadas
de átomos de oro a los visos
del sol, desesperación
y tristeza, afectos míos,
publicaba en los colores
de lo negro y lo pajizo.
Di la tarjeta a los jueces.
Ya que me ocasionó el dicho
lo que en el festín la dije
para hacerme conocido,
así la empresa, señor,
era un coronado risco
cubierto de varias flores
y en el más ameno sitio
una bellísima rosa
con esta letra por friso:
“Fortuna,
o la mejor o ninguna”.
Empezáronse a correr
las lanzas, adonde hizo,
dando y negando los premios,
la gran fortuna su oficio.
Llegó mi puesto; y apenas
en la estacada me miro
cuando un clarín hizo seña
de embestir, a cuyo aviso
respondió el bruto tan presto
que dio a entender que era hijo
del viento y le obedecía
aun en bronce repetido.
La primera lanza iguales
el Príncipe y yo corrimos,
síncopa de la carrera,
pues juntó el fin y el principio.
En la segunda, al reencuentro
cargo el cuerpo en los estribos,
doy de los pies al caballo,
el cuento en el ristre afirmo,
con tal dicha que, gozando
de su movimiento mismo,
sacándole del borrén,
por las ancas le derribo.
Cayó en el suelo, acudieron
sus deudos y sus amigos
para vengar el desaire.
Los estranjeros, movidos
como era causa de todos
tener hecho bueno el sitio,
se pusieron a mi lado;
y, alterado y confundido
el campo en civiles guerras,
confusión, voces y ruido
fue –sin que el Duque bastase
todo el día a dividirnos–
hasta que la negra noche
a ponernos en paz vino.
Aquella misma salí
de Milán; mas tan rendido
a la beldad de Diana
que, a pesar del dolor, vivo.
El verla tan imposible
la causa, señor, ha sido
de la gran melancolía
que padezco. Los retiros
en que me ocupo, tomando
por medicina los libros,
desto nacen. Pues el cielo
a las manos ha traído
la ocasión en que yo pueda
vencer mis hados esquivos
y hacer mi suerte dichosa,
como a padre te suplico
A Fadrique.
–y como a hermano te ruego–
que yo sea el elegido
hoy de los dos para esposo
de Diana, luz que sigo,
sol que adoro, bien que busco,
vida que amo, alma en que animo
y, finalmente, deidad
que idolatro y sacrifico.
Duque
Menos encarecimientos,
Carlos; que no son precisos
para que tu amor consigas
hoy con Fadrique y conmigo.
Fadrique
Sí son, señor; y aun no bastan
para que queden vencidos
mis deseos cuando yo
a la misma gloria aspiro.
Yo he de casar con Diana,
o quejoso y ofendido
de tu amor he de vivir
si es Carlos el preferido.
Duque
Cuando pensé que de entrambos
competencia hubiera sido
el quedar conmigo en Mantua,
¿lo es sin mí a Milán iros?
Fadrique
Por mi parte, sí, señor.
Carlos
Yo lo he errado en no haber dicho
que en Mantua quería quedarme,
pues entonces imagino
que tú en Mantua te quedaras
contento; que otro motivo
no tienes para elegir
ir a Milán que haber visto
que esto es lo que yo deseo.
Fadrique
Pues ¿no tengo yo mis cinco
sentidos, mis tres potencias,
mi elección y mi albedrío
para saber elegir
lo mejor?
Duque
Cuando haya sido lo
mejor, Fadrique, habiendoa
Carlos, tu hermano, oído su
pasión, hacer debieras
del interés desperdicio.
Fadrique
Yo tambien tengo pasión;
también de Diana vivo
yo enamorado.
Carlos
¿Tú? ¿Cómo,
si nunca a Diana has visto?
Fadrique
Sí he visto.
Duque
¿Cómo, si nunca
de Mantua un punto has salido?
Fadrique
En Mantua la he visto.
Carlos
¿Cuándo,
si ella a Mantua nunca vino?
Fadrique
Sí vino y yo la vi en Mantua;
y basta que yo lo digo.
Duque
¿En Mantua Diana?
Fadrique
Sí.
Carlos
¿De qué suerte o cómo?
Duque
Dilo.
Fadrique
En un retrato pintada.
(Bien del empeño he salido.
¡Qué linda cosa es tener
ingenio! Miren si afirmo
yo bien que un buen natural
no necesita de libros).
Carlos
Una pintura no es
bastante objeto al activo
incentivo de amor.
Fadrique
Yo
no entiendo bien de incentivos
ni objetos y sólo sé
que a una pintura me rindo;
y ello sea como fuere,
yo tengo de ser marido
de Diana.
Carlos
Si pudiera,
señor, acabar conmigo
el desistir de esta dicha,
en tus manos mi albedrío
pusiera a que usaras dél;
no puedo, porque no es mío.
A mí me has de hacer dichoso.
Fadrique
De ser Carlos preferido,
no me has de ver en tu vida.
Duque
Igualmente sois mis hijos
y estais empeñados ambos;
pero ya un medio previno
mi industria. Yo escribiré
al Duque que tanto estimo
la conveniencia que trata
que a entrambos a dos envío
a Milán para que sirvan
a Diana; y elegido
sea della y no de mí
el dichoso.
Fadrique
Bien has dicho.
Carlos
Tú no estás enamorado,
pues das tu amor a partido.
Déjame, Fadrique, aquesta
dicha y siempre agradecido
me confesaré tu esclavo.
Fadrique
No puedo, porque no es mío
mi albedrío.
Duque
Esto ha de ser;
y así, al punto habéis de iros.
Carlos
Eso es querer que seamos,
no hermanos, sino enemigos.
Duque
En sagrados galanteos no
hacen los celos su oficio.
Id, pues, a Milán los dos;
servid amantes y finos;
y esté mal con su fortuna
quien la pierda y no conmigo.
Vase.
Fadrique
(Diana, sin conocerte,
voy a amarte por capricho.
Necio dicen que soy; hazme
dichoso y seré entendido.)
Vase.
Carlos
En competencia de otro,
Diana, a servirte me animo.
Cuerdo he sido; no me haga
necio tu desdén esquivo.
Vase.
Salen Diana, Estela, Flora, Nise y Clori.
Estela
En esta apacible esfera
donde cortesanas flores
con vanidad lisonjera
siempre están diciendo amores
a la fértil primavera,
dando envidia hermosa a flora,
desconfianzas al día,
celos a la blanca aurora,
puedes divertir, señora,
tu grave melancolía.
Diana
¡Ay, Estela!, que no fuera
mi melancolía grave
si este alivio permitiera;
porque no es pasión severa
la que divertirse sabe.
Flora
También desesperación
es no tratar resistir
la fuerza de una pasión.
Diana
Eso se le ha de decir,
Flora mía, al corazón.
¿Qué me importará a mí hacer
esfuerzos para vencer
si él, en tan dudosa calma,
es libre país del alma
y no quiere obedecer?
Nise
¿Ninguna te ha merecido
saber cuál la causa ha sido
que a este estremo te obligó?
Diana
No puedo decirla yo,
porque aun yo no la he sabido.
Clori
Desde el día que mantuvo
aquella justa el de Ursino,
más placer en ti no hubo.
Estela
Si yo la causa en que estuvo
tu sentimiento adivino,
¿confesarasla?
Diana
Es error decir que sí;
que al rigorla causa
ignoro crüel.
Estela
Hasta que se topa en él,
tal vez se ignora el dolor.
Diana
Si tú le hallas, sí diré.
Estela
Yo he presumido que fue
que el de Ursino te ha pesado
que vuelva tan desairado.
Diana
Pues haste engañado, a fe.
Flora
Distinta la causa ha sido
en que había discurrido
yo.
Diana
También te la diré.
Flora
Por Milán se dice que
a Mantua Lotario ha ido
a tratar tu casamiento
con el uno de sus dos
príncipes; y el sentimiento
es rendir tu pensamiento
al ciego, vendado dios,
a quien siempre le ha negado
vasallaje tu rigor.
Diana
Algo más has despertado
el dolor, mas no el dolor
de que nace mi cuidado.
Bien pudiera mi pasión
nacer de que tanto importe
forzar yo mi condición,
mas mujeres de mi porte
no casan por elección.
Y así, puesto que ha de ser,
a mi padre le tocó
tratar; a mí, obedecer,
Nise
Agora me sigo yo;
pero conviene a saber
que yo a adivinar aquí
tu tristeza no me atrevo.
¿Quieres oír un tono nuevo
que anda ahora valido?
Diana
Di.
Nise
Canta.
Fortuna,
o la mejor o ninguna.
Diana
Aguarda, ¿quien escribió
esa letra?
Nise
El caballero
que de negro y oro entró
en la justa aventurero
aqueste mote sacó;
y un ingenio le ha glosado
para poderse cantar.
Diana
Prosigue; que tú has hallado,
sin quererle, Nise, hallar,
el dolor de mi cuidado.
Nise
Canta.
En los jardines de Amor,
por más bella y más hermosa,
emperatriz es la rosa
de toda vasalla flor;
y puesto que por mejor
la corona su beldad,
sepulcro mi vanidad
haga de su verde cuna:
fortuna,
o la mejor o ninguna.
Diana
No cantes más.
Estela
Pues ¿de qué
te has disgustado?
Diana
No sé;
la música me cansó.
Flora
¿No te agradó el tono?
Diana
No.
Clori
Pues bien celebrado fue
en Milán.
Diana
Bien me parece
que esos aplausos merece;
mas música es cierto ya
que alegra al que alegre está
y al que está triste entristece.
Desto, Estela, habrá nacido
la causa; porque me dio
pesadumbre haberle oído.
(¡Ojalá no hubiera sido
otra la que lloro yo!
Pero ¿qué es esto? ¡Ay de mí!
¿Yo tan claramente digo
que oír el mote sentí?
Pero ¿qué importó conmigo
a solas? Mucho; y así,
este pesar me he de dar:
dejarme vencer no es justo
del dolor.) Vuelve a cantar.
(Mas, ¡ay!, que es hacerme un gusto
queriendo hacerme un pesar.)
Mientras canta, sale Pernía rebozado con capa con oro y sombrero de plumas.
Nise
Canta.
De ánimo vil se imagina
quien en una esfera hermosa,
por no atreverse a la rosa,
se abate a la clavellina.
Guárdanla una y otra espina
arqueros de su rigor,
que herirse en ella es mejor
que curarse en otra alguna:
fortuna,
o la mejor o ninguna.
Diana
Suspende, Nise, la voz;
no por la primera causa
que la suspendió otra vez
al principio de mis ansias,
sino por otra, que a más
estremos que la pasada
obliga. ¿Qué hombre es aquél
que a la retirada estancia
de estos hermosos jardines
adonde estoy con mis damas
se atreve a entrar?
Estela
En el rostro
el embozo de la capa
no le deja conocer.
Diana
Da voces que entre la guarda
a despejarle.
Pernía
No dé
voces, si no es la que canta;
que no gustaré de oír otras.
Aquésas solas me agradan
y quiero hacerla un favor
segunda vez de escucharlas.
Prosiga el tono, que no
te faltará cualquier alhaja;
que en mi recámara hay
para este efeto, a Dios gracias,
desde el tiempo de los cuellos
unas calzas atacadas
con tales bordes que, puestas
debajo de las enaguas,
servirán de guardainfante.
Diana
¿Quién vio desvergüenza tanta?
¿El osado atrevimiento
de entrar aquí no bastaba,
sino el hablarme de burlas?
Hombre, que el claustro profanas
del templo de Amor adonde
tiene el respeto sus aras,
¿quién te ha dado presunción
de poner aquí las plantas?
Pernía
Amor, poderoso rey
de las vidas y las almas.
Diana
Aún más que con la osadía,
con ese nombre me agravias.
¿Qué es amor?
Estela
(Yo he de quitarle
el embozo de la cara
y ver quién es.)
Descúbrele.
Pernía
¡Pues con eso
acabose la maraña!
Diana
Loco, ¿tú eres?
Pernía
Pues ¿quién,
señora, hasta aquí llegara
sino yo, con la licencia
de estar confirmado en gracia
tuya? Hasta tu cielo entré
y viendo cuán triste estabas
quise darte este picón,
a que ocasiónó esta gala.
Agora la menor hoja
de aquesa azucena blanca
me da a besar.
Diana
Yo confieso
que me tiene disgustada
la burla, mas te agradezco
tanto el que vuelvas a casa
que te la he de perdonar.
Toma y del suelo levanta.
Estela
Medrado vienes, Pernía,
de plumas, telas y ámbar.
Pernía
Como he andado a pecorea,
vengo lucido de alhajas.
Clori
¿Quién te dio aqueste vestido?
Pernía
El gran duque de Ferrara;
mas buen susto me costó
y me partí para Mantua.
Diana
¿En Mantua has estado?
Pernía
Sí.
Diana
Huélgome, porque me hagas
relación de quiénes son
sus príncipes.
Pernía
Lindas lanzas.
El uno es un saturnino
de aquellos que apenas hablan
dos razones entendidas;
y esas dos, muy ponderadas.
Quise embestirle y echome
muy mucho de noramala,
que es hombre todo de veras
y tiene en el mundo fama
del hombre más entendido
que hoy se conoce en Italia.
El otro es un majadero
–si es majadero el que guarda
sus doblones– caprichoso,
de presumida arrogancia
y vanidad. Allá tuve
con él no sé qué demandas
de cuatro escudos.
Diana
En fin,
¿todo ese discurso para
en que el uno es entendido
y otro necio?
Pernía
Sí, madama.
Diana
¿Mas que me cabe a mí el necio,
según soy de desdichada?
Estela
¿Y cuál es el entendido?
Pernía
Llámase...
Sale el duque Filiberto de Milán.
Filiberto
¿Qué haces, Diana?
Diana
Oyendo a este loco estoy,
que ha divertido mis ansias.
Filiberto
Darele yo este diamante,
porque a divertirte basta.
Pernía
Divertiré yo a este precio
a un genovés, cuando haga
asientos en su favor.
Filiberto
Vete y allá fuera aguarda.
Vase Pernía.
Ya, Diana, te di cuenta
de cómo darte trataba
esposo y que había de serlo
Fadrique o Carlos de Mantua.
A esto Lotario partió;
y es la respuesta que tanta
codicia en los dos ha puesto
tu hermosura soberana
que entrambos la patria propia
dejan por la ajena patria.
Viendo su gran competencia,
el Duque a entrambos les manda
vengan a servirte y que
se corone de esperanzas
aquél que en tu galanteo
llegue a merecer tu gracia.
A aquesto vienen los dos
con sus familias y casas,
sus caballos y libreas,
diamantes, plumas y galas;
y con tanta prisa que,
dándoles amor sus alas,
han llegado hoy a Milán
y ahí fuera licencia aguardan
para besarte la mano.
Yo, porque estés avisada
de todo, entré a prevenirte.
Examina, mide y tasa
cuál te agrada para esposo;
que aunque nacen destinadas
las mujeres como tú
a no elegir con quien casan,
la novedad hoy dispensa
albedrío con que hagas
elección. Por escusar
de tus mejillas el nácar,
más respuesta que decirles
que entren no espero, Diana.
Vase hasta la puerta y vuelve a salir con Carlos y Fadrique, Enrique y Marcelo con acompañamiento, vestidos de color.
Diana
¿Hay, Estela, igual suceso?
Estela
Mejor que tú imaginabas
ha sido.
Flora
¡Que no dijese,
para estar más advertida,
Pernía cuál era el necio!
Diana
¿Eso, Flora, te embaraza?
¿No está un necio conocido
a la primera palabra?
Carlos
(¡Qué hermosura tan divina!)
Fadrique
(¡Qué beldad tan soberana!)
Carlos
(Turbado he quedado al verla.)
Fadrique
(Absorto estoy al mirarla.)
Carlos
(Si no llego a ser ceniza
de aquella encendida llama,
¿para qué añades más fuego,
amor? El pasado basta.)
Fadrique
(¿Qué nuevo afecto, ¡ay de mí!,
es el que siento en el alma
después que la vi que a un tiempo
la voz hiela, el pecho abrasa?)
Filiberto
¿De qué os suspendéis? Llegad;
que ésta es, príncipes, Diana.
Carlos
Agravio has hecho, señor,
a nuestro conocimiento
en advertirnos atento
cuál es el rayo de amor.
Bien entre una y otra flor,
por más pura y por más bella,
la rosa se admira al vella;
bien entre una y otra rosa,
por más brillante y hermosa,
se hace distinguir la estrella;
bien en el más lisonjero
imperio de estrellas ya,
entre una y otra, se da
a conocer el lucero;
bien en el claro hemisfero,
entre uno y otro farol
de luceros, su arrebol
la luna ostenta oportuna;
bien entre una y otra luna
se sabe cuál es el sol;
bien así en la soberana
beldad de esta verde esfera
nuestra atención conociera
entre todas a Diana;
porque su beldad ufana
es la rosa entre las flores,
la estrella entre los colores,
lucero entre las estrellas,
luna entre breves centellas
y sol entre resplandores.
A tus pies turbado llego;
disculpe mi turbación
la precisa admiración
de ver juntos nieve y fuego.
Que es desatención no niego,
en competencia tan fuerte,
llegar aquí; pero advierte
que esta leve confianza
no nace de la esperanza,
señora, de merecerte.
En lo inmenso no se da
medida; del sol la lumbre
distante está de la cumbre
del Olimpo cuanto está
del más hondo valle. Ya
que inmensa es tu beldad bella,
suba a la cumbre mi estrella
de su luz, no por pensar
que a tocarla ha de llegar,
sino por llegar a vella.
Estela
(¡Qué atento y galán habló!)
Flora
(¡Qué cuerdas cortesanías!)
Fadrique
(Tras tantas filosofías,
¿qué tengo de decir yo?
Pero ahora se me acordó
un mote que a él mismo oí
y no viene mal aquí.)
Aunque a veros he llegado
sin estar enamorado,
desde el instante que os vi
me parece que lo estoy
muy superlativamente,
porque lo que el alma siente
no lo ha sentido hasta hoy.
Mil alabanzas os doy,
porque en todas no haya alguna
que iguale vuestra fortuna;
y yo os he de merecer,
porque para mí ha de ser
o la mejor o ninguna.
Carlos
(¡De mi mote se ha valido!)
Estela
A Diana.
(¡Bien dijiste tú que era
a la palabra primera
cualquier necio conocido!)
Flora
(¡Qué vano!)
Nise
(¡Qué presumido!)
Diana
(El mote a entender me ha dado
que éste es el que le ha costado
a mi amor tanto recelo,
tanto sueño a mi desvelo,
tanta pena a mi cuidado.
¿Y es el necio? Pero aquí
disimular importó.)
Cuanto puedo decir yo,
príncipes, diga por mí
el silencio; y pues que fui
tan feliz, callando intento
no agraviar mi sentimiento.
Seáis bien venidos los dos.
(¿Quién juntara en uno, ¡ay Dios!,
estrella y entendimiento?)
Vanse las damas.
Filiberto
Venid los dos, porque aquí
cuartos a los dos os den.
Vase.
Fadrique
A Marcelo.
(Marcelo, ¿no la hablé bien
y bien despejado?)
Marcelo
A Fadrique.
(Sí.)
Fadrique
A Marcelo.
(No lo creyera de mí,
según me vi temeroso
al verla.)
Carlos
A Enrique.
(¡Qué receloso
de Fadrique estoy!)
Enrique
A Carlos.
(Es en vano;
¿qué hay que temer?)
Carlos
A Enrique.
(Que mi hermano
es necio y será dichoso.)
Segunda Jornada
Salen Diana y Estela.
Diana
¿Estamos solas?
Estela
Sí estamos.
Diana
Pues has de saber, Estela,
que todas las cosas tienen
un término donde llegan,
un límite donde paran,
un número donde cesan,
a cuyo fin todo nace,
todo crece y todo mengua.
Aquesta filosofía
hoy se halla en mi paciencia:
nació, creció, llegó al punto
y, así, que decline es fuerza.
Ya le faltó a mi silencio
márgenes adonde pueda
caber; y pues, esplayado,
hoy de sus cotos revienta,
óyeme tú; que esto sólo
quiere el hado que le deba,
pues saliendo de mí, sale
para quedarse en mí mesma.
Bien te acuerdas que el de Ursino,
con mil amantes finezas,
a tratar mi casamiento
vino a Milán. Ahora piensa
que yo, quejosa de que
tan despechado se vuelva
a su patria, despedido
de mi padre, a sus tristezas
dile ocasión. Pues, no, prima;
y, asentando que no es ésta,
quédese al olvido y vamos
a la que lo es. Bien te acuerdas
que el tiempo, Estela, que estuvo
en Milán todo fue fiestas,
saraos, máscaras, torneos;
y, para remate dellas,
una justa de a caballo,
a cuya heroica grandeza
convidó al mundo la Fama,
llena de plumas y lenguas.
Concurrieron en Milán,
de proprias y de estranjeras
naciones, príncipes varios;
dando unos públicas muestras
de quiénes fuesen; y otros,
de rebozo. Déstos era
quien me dio muerte a traición,
pues fue la cara encubierta.
Una noche en el sarao
entró, la máscara puesta,
un caballero vestido
de azul y plata, en diversas
cifras mi nombre bordado
de memorias. Considera
si olvidará al caballero
quien del vestido se acuerda.
Desde el instante que entró
en el salón, puse atenta
los ojos en él. Pensé
que era curiosidad necia
a que me obligaba sólo
saber si sabía quién era.
Bien así como mil veces
–no hay nadie a quien no acontezca–
en lo que menos le importa
porfía un hombre y hace tema
hasta acordarse, así yo
en inútiles apuestas
estuve toda la noche
porfiando conmigo mesma.
¡Oh, quién pudiera a los astros
capitular! ¡Quién pudiera
de lo que hacen y no hacen
entrar con ellos en cuenta
y saber, haciendo doctos
cargos a sus influencias,
por qué desobligan a unos
con cuidados y asistencia
y a otros obligan acaso!
Mas, ¡ay de mí!, ellos supieran
volver por sí, que no hacen
nada acaso las estrellas.
Al maestro de la sala
del festín pidió licencia
para danzar. En secreto
debió de decir quién era;
y así, abonándole él,
calificó la nobleza
concediéndole lugar
sin que el rostro descubriera,
ceremonia que en Italia
está recibida. Apenas
se puso en el puesto cuando
en festiva, lisonjera
murmuración –que el aplauso
sabe pronunciar sin lengua–
le aclamó todo el concurso
el más galán de la fiesta.
Sacome a danzar con él.
Dancé. “La dichosa” era
el compás que nos tocaron.
¡Ah, de cuántas menudencias
tan particulares una
memoria loca se acuerda!
Esa letra que anda hoy
puesta en tono, que fue empresa
suya en la justa me dijo;
prevenida diligencia
para que en la justa yo
le conociese por ella;
si bien pudiera escusarlo,
pues al punto que en la tela
entró le había conocido
antes que diese la letra,
que en secreto el corazón
me lo había dicho por señas.
El fin que la justa tuvo
tú lo sabes, pues en guerras
civiles viste la corte
en tal confusión envuelta.
La noche la puso en paz
y, sin que jamás supiera
quién fuese aquel caballero,
quedé en Milán. La tristeza
que desde aquel mismo día
quiere el cielo que padezca,
las melancolías que paso
son –aquí de mi vergüenza–
corrida de que en el mundo
haya un hombre que merezca
los suspiros que me debe,
las lágrimas que me cuesta.
Persuadiraste a que paran
mis desdichas en que vea
con esta imaginación
mis bodas, prima, tan cerca.
Pues no, que aún más adelante
pasan; porque aunque yo quiera
hacer del dolor desprecio
y, a mis respetos atenta,
sacrificarme rendida,
sin ser mía, a ser ajena,
aun no me deja mi hado,
mi destino aun no me deja.
Para esta fuerza que quiero
hacer mi libertad, piensa
que bien me dará de gracia
quien mal no me da de fuerza.
Y para que lo conozcas,
escúchame, que aquí empiezan
con más instancia las dudas;
mejor diré, las certezas.
Trató mi padre casarme
en Mantua. Pase mi lengua
por esto aprisa –pues sabes
la amorosa competencia
de los dos que hoy en Milán
me sirven y galantean;
que uno es discreto en estremo,
con todas las partes buenas
de caballero; que afable
toda la corte se lleva
tras sí; que nobleza y plebe
le aplauden y le celebran;
que el otro en estremo es necio;
que vanidad y soberbia
le deslucen tanto que
nadie le estima ni precia–
y lleguemos de una vez
al caso, para que veas
con cuántas causas mis dichas
de mis desdichas se quejan.
Este necio, éste de todos
aborrecido –¡qué pena!–
es el mismo del festín
y la justa, a quien confiesa
tanta inclinación el alma;
que como estas cosas eran
de agilidad, no de ingenio,
se supo esmerar en ellas.
Algo le había de dar
en premio Naturaleza,
de no darle entendimiento.
Mira agora y considera
si, habiendo de elegir uno,
habrá confusión como ésta.
Si a Carlos elijo, voy
contra el poder de mi estrella,
que ya inclinada a Fadrique
me tiene; sin que yo pueda
echarle de mi memoria,
por más defectos que advierta
en él, cuando le imagino
en el sarao y en la tela
haciendo opuestos alardes
de la gala y la destreza.
Si a él elijo –¡ay cielos!– dando
a mi inclinación la rienda,
culpable elección será
cuando en mi voto se vea
coronada la ignorancia
a vista de la prudencia.
¿Qué dirá el mundo de mí?
Y, siendo yo la consecuencia
para todas las mujeres,
¿qué dirán los hombres de ellas
si no que el tener ingenio
no es mérito que se precia
entre nosotras, que siempre
escogemos lo peor? Fuera
de que, habiendo conocido
en él tanta insuficiencia,
no me casara con él
si dueña, prima, me hicieran
del mundo. Pero tampoco
con Carlos, que es indecencia
de una mujer como yo
ver que dos afectos tenga,
por inclinación al uno
y al otro por conveniencia.
Estela
Con causa, señora, estás
triste; mas dame licencia
para hacerte una pregunta.
Diana
Ya la tienes.
Estela
¿De qué llegasa presumir
que Fadrique aquese
embozado sea
de la justa y del festín?
Diana
Fácil está la respuesta,
pues cuando aquí llegó a hablarme,
a la palabra primera,
entre muchas necedades,
me repitió de la empresa
el mote, dando a entender
que él el embozado era.
Estela
¿Tienes más indicios que ése
para pensarlo?
Diana
No, Estela.
Estela
Pues éste, señora, es
muy tibio, si consideras
que los que no saben mucho
siempre se valen de letras
y motes que en otra parte
oyeron; y estando hoy ésta
tan valida, pensaría
que era gran gala usar de ella.
Diana
Sola esa breve esperanza
a mi desdicha le queda;
y, para desengañarme,
la primer vez que le vea
me he de dar por entendida
de que él fue y tomando señas
particulares salir
de una vez de la sospecha.
Sale Pernía.
Pernía
Pardiez, señora Diana,
más el hallaros me cuesta
hoy por aquestos jardines
que pudiera por las selvas
de Arcadia a esotra Diana
que fue deidad de la tierra.
Diana
Pernía, ¿de dónde bueno?
Pernía
De cobrar vengo una deuda
que Fadrique me debía
desde Mantua.
Diana
¿Y dónde queda?
Pernía
Él y esotro circunspecto
andan por redes y rejas
de este jardín acechando
si hay parte por donde puedan
verte.
Diana
¿Y has hablado a Carlos?
Pernía
¿Yo a Carlos? Ni Dios lo quiera;
pues ¿cómo he de hablar de burlas
a quien siempre oye de veras?
Todos te culpan, señora,
de que no des la sentencia
definitiva a estos novios;
y yo sólo en tu defensa
digo que tienes razón
de dudar a cuál prefieras,
porque tan malo es el uno
como el otro, si se llega
a advertir que para esposo
es tanta culpa que sepa
como que ignore; y así,
tomando en la competencia
un medio a los dos estremos,
yo un buen consejo te diera.
Diana
¿Y es?
Pernía
Que te cases conmigo,que
estoy en la región media:
ni tan sabio que te aflija,
ni tan necio que te ofenda.
Diana
Cierto que estoy por tomar
el consejo.
Salen a una puerta Flora y Carlos.
Flora
A Carlos.
(Vuestra Alteza,
que anda Diana, mi señora,
por este jardín advierta,
con sus damas; y podrá
disgustarse de que a verla
entre estando en sus retiros
descuidada.)
Carlos
A Flora.
(Flora bella,
no quiera amor que al menor
disgusto suyo me atreva.
Yo procuraré esconderme
entre la varia belleza
de sus verdes laberintos.
Por tu vida, que licencia
me des de entrar; y esta joya,
no dádiva sino prenda
de voluntad, por fiadora
saldrá de que te agradezca
esta dicha eternamente.)
Flora
A Carlos.
(No tengo de hacer por ella
lo que no hago por vos solo.
Perdonadme y salíos fuera.)
Carlos
A Flora.
(En tomando vos la joya,
me iré; que ya mal contenta
conmigo estará quien tuvo
vanidades de ser vuestra.)
Flora
A Carlos.
(Sin obligación la aceto,
por no parecer grosera.)
Diana
¿Flora?
Flora
¿Señora?
Diana
¿Qué es eso?
Flora
No creyendo que tan cerca
estuvieses, Carlos quiso
ver la hermosa primavera
deste jardín y yo estaba
deteniéndole a la puerta.
Diana
Bien esa curiosidad
pudo escusar vuestra Alteza;
y más si sabía que yo
estaba aquí.
Carlos
De manera
turbado he quedado al veros
disgustada que, aunque quiera
disculparme, no sabré;
porque si dice mi lengua
que no supe que aquí estabais,
mentirá; y si a decir llega
que, porque lo supe, entré,
será la verdad la ofensa.
Y así, entre una y otra duda,
se habrá de quedar suspensa,
pues es tan malo que diga
hoy verdad como que mienta.
Diana
De aquestos atrevimientos
no puedo yo formar queja,
pues ya con la dilación
les doy, Carlos, la licencia;
mas yo me resolveré
presto, para que no tengan
lugar estas bizarrías
con máscara de finezas.
Carlos
Confieso que a una elección
mi vida pendiente está,
que su sentencia será
mi gloria o mi perdición;
pero una satisfación
para consuelo prevengo.
Diana
¿Cuál es?
Carlos
Si a decirla vengo,
no poder vuestra venganza
quitarme...
Diana
¿Qué?
Carlos
...la esperanza.
Diana
¿Por qué?
Carlos
Porque no la tengo.
Vivo tan desconfïado,
hermosa Diana bella,
de méritos de mi estrella
y de dichas en mi hado
que, aun a solas, no he llegado
conmigo mismo al más leve
pensamiento, a la más breve
imaginación; que bien
se atreverá a pensar quien
a pensarlo no se atreve.
Diana
Parece que contradice
a ese modo de sentir
veros, Carlos, asistir
al premio de más felice.
Carlos
Eso a esotro no desdice;
que el desahuciado de un fuerte
mal, aunque su muerte advierte,
los remedios apellida,
no por dilatar la vida,
mas por no abreviar la muerte.
Diana
No hay más modo de morir
que el vivir no dilatar;
luego el desear no abreviar
la muerte es desear vivir.
Carlos
Sí; mas débese advertir
que, aunque uno el efecto sea,
la acción con que se desea,
no en sustancia, en accidente
puede hacerle diferente.
Diana
¿Cómo?
Carlos
Un ejemplo se vea.
El hombre que es desdichado
jamás al bien aspiró;
con no ver al mal, vivió
en su esfera consolado;
luego si en aquél se ha dado
un deseo tan igual
que al bien y al mal es neutral,
en mí se dará también
no desear vivir, que es bien;
ni desear morir, que es mal.
Y así, en el alto trofeo
a que me ves asistir,
no deseo conseguir,
sólo no perder deseo;
en cuya atención me veo
con tanta desconfianza
que aun sombras del bien no alcanza,
pues asisto a tu favor
más porque tengo temor
que porque tengo esperanza.
Diana
Quien al bien no aspira y quien
no siente el mal, claro está
que ausencia no sentirá,
pues ni es favor ni es desdén;
y así, que os volváis es bien.
Carlos
De gloria y de pena ajena
vive la esperanza mía.
Diana
Siempre oí que amor tenía,
como dios,...
Carlos
¿Qué?
Diana
... gloria y pena;
mas limbo no, donde ajena
de sombras una memoria
ciega esté.
Carlos
Pues es notoria
cosa que hay limbo en que yacen
esperanzas que no nacen
a tener pena ni gloria.
Diana
¿Quién en vuestro pensamiento,
con tanta desconfianza,
ha borrado la esperanza?
Carlos
Vuestro gran merecimiento;
que a tanto milagro atento,
¿quién ha de osar ni tener
esperanzas que perder?
Diana
El que llegare a advertir
que una cosa es conseguir
y otra cosa es merecer.
Carlos
El que a conseguir se ofrece
sin mérito que le obligue
no consigue, pues consigue
la dicha que no merece.
Felice es el que padece
los defectos de tu amor;
y esto en mí es con tal rigor
que, si fuera precio justo
de haberos dado un disgusto
mereceros un favor,
solamente os suplicara
sobornándoos con mi ausencia...
Diana
¿Qué?
Carlos
...que de vuestra sentencia
el día se dilatara.
Diana
Pues ¿por qué?
Carlos
Porque durara
en la calma de mi estado
ni envidioso ni envidiado;
que más quiero temeroso
vivir en duda dichoso
que de cierto desdichado.
Vase.
Estela
¿Qué ingenio su ingenio iguala?
Pernía
Tú bien fueras a escuchalle.
Diana
¿Para qué?
Pernía
Para envialle
muy mucho de noramala.
Tanto entendimiento y gala
malograr en un marido
es lástima.
Flora
¡Qué entendido!
Estela
¡Qué cuerdo!
Diana
No le alabéistanto.
Estela
¿Por qué?
Diana
Porque hacéis
nueva guerra a mi sentido.
A la otra puerta, Nise y Fadrique.
Nise
A Fadrique.
(Mirad que está aquí Diana
y se enojará si os doy
paso.)
Fadrique
A Nise.
(¿Qué importa que hoy
vea su beldad ufana
mal vestida quien mañana
mal tocada la ha de ver?)
Nise
A Fadrique.
(A mí me ha tocado hacer
este reparo.)
Fadrique
A Nise.
(A mí no;
y puesto, Nise, que yo
tu amo tan presto he de ser,
no me disgustes.)
Nise
A Fadrique.
(No sé
que sea disgusto.)
Fadrique
A Nise.
(¿Esto pasa?
¿Replicas? Mañana a casa
de tus padres te enviaré.)
Diana
¿Nise?
Nise
¿Señora?
Diana
¿Qué fue
eso?
Nise
Fadrique ha querido
entrar hasta aquí atrevido;
y porque yo le decía
que disgustarte podía...
Diana
Prosigue.
Nise
...me ha despedido.
Flora
¿Esas joyas da?
Fadrique
Es así,
porque no ha de haber criada
tan bachillera que en nada
me haya de advertir a mí.
Diana
Orden mía fue que aquí
a nadie dejase entrar.
Fadrique
Mía no; y considerar
debiera que soy más yo
que nadie.
Diana
(¿Quien, cielos, vio
en el mundo igual pesar?
¿Que una ciega inclinación
obligue a mi vanidad,
oyendo esta necedad,
a dudar en la elección
con aquella discreción
de Carlos? Mas ya que aquí
hoy ha llegado, ¡ay de mí!,
si él el embozado fue
de justa y sarao sabré.)
Fadrique
No os espantéis de que así
hoy, a riesgo de enojaros,
a este jardín donde vengo
entre a hablaros; porque tengo
muchas cosas en que hablaros.
Diana
Y yo dispuesta a escucharos
estoy ya, porque no entréis
tra vez adonde os veis.
Decid, pues, lo que intentáis.
Fadrique
Que tan gran merced me hagáis,
señora, que os declaréis
de una vez y no dudoso
me tengáis de mi ventura;
que, si de vuestra hermosura
yo tengo de ser esposo,
es estilo riguroso,
aunque es tan grande el empleo,
comprarle con el deseo;
porque no es tan estimado
el bien que llega esperado
como aprisa.
Diana
Así lo creo;
pero Carlos me decía
agora que él estimara
que jamás me declarara.
Fadrique
Y esa opinión fundaría
allá en su filosofía,
porque es famoso estudiante.
Pero no es tan firme amante
como yo, pues que no alcanza
cuánto aflige una esperanza
en un corazón amante;
pues no ama el que en su engaño,
consolado de su dama,
no ama el favor.
Diana
Menos ama
quien no teme un desengaño.
Fadrique
Aquese es error estraño.
Diana
¿Cómo así?
Fadrique
¿Cuál es mejor,
un desengaño en rigor
o un engaño?
Diana
Mejor es
siempre el desengaño.
Fadrique
Pues,
siendo aqueso así, mi amor
mejor filósofo ha sido,
pues él adora el engaño
y yo busco el desengaño.
¿Cuál debe ser preferido,
quien lo peor ha querido
o lo mejor?
Diana
En amor
hay excepciones, señor,
donde mil veces se ha hallado
que, por lo desconfiado,
lo peor es lo mejor.
Fadrique
Saber, señora, no espero
cómo aqueso pudo ser;
que a mí me basta saber
que es lo mejor lo que quiero.
Diana
Si otras causas considero,
no os juzgo tan mal hallado
en Milán que os dé cuidado
estar hoy en él.
Fadrique
¿Por qué?
Diana
Porque el que embozado fue
de todos tan celebrado
–que ya todo se ha sabido–,
no sé por qué le ha de dar
pena descubierto estar.
Fadrique
(¡Cielos!, Diana ha creído
–el mote la causa ha sido–
que el de la justa fui yo;
y pues el amor me dio
ocasión ahora con que
pueda obligarla, diré
que ella el riesgo me debió.)
Aunque jamás presumía
el corazón que os adora
haceros cargo, señora,
de alguna fineza mía,
viendo que este feliz día
vos la sabéis, mal haré
en negarla yo, porque
fuera agraviar la fineza
que me debió esa belleza.
Diana
A Estela.
(Cierta mi desdicha fue,
Estela. No hay que apurar
más mi pena.)
Estela
A Diana.
(Pues estamos
hoy en la ocasión, veamos
si es que te quiere engañar.)
Diana
Mucho he estimado el llegar
a haber sabido que fuisteis
vos el que a Milán venisteis,
por ser la que os conocí
yo; y afirmando ahora aquí
ser el que tanto lucisteis,
no me lo quería creer
Estela, a quien lo decía.
Fadrique
Estela es opuesta mía.
Darla estado es menester,
porque no tengo de ver
su persona a vuestro lado.
Estela
Mirad que si yo he dudado
el que vos fuisteis, señor,
quien con tal gala y valor
de todos tan celebrado
salisteis, no por dudar
de vuestros meritos fue.
Fadrique
Pues ¿por qué, Estela?
Estela
Porque
el atreveros a entrar
en Milán antes de estar
la paz confirmada no
cordura me pareció,
sino temeridad.
Fadrique
Bien;
pues ¿quién en el mundo, quién,
más temerario es que yo?
Yo vine a Milán y entré
de máscara en el festín
la última noche; y, en fin,
aunque mi nombre oculté,
con vuestra Alteza dancé,
diciéndola la voz mía
aquel mote que, a otro día,
saqué en la justa y aquél
que mi amor repitió fiel
al veros.
Estela
De mi porfía no fue
mi intento negar
que vos fuisteis; sólo fue
afirmar, gran señor, que
se han podido equivocar
las señas; y por mostrar
cuál se engañó al discurrillo,
¿qué color...
Fadrique
Dudo al oillo.
Estela
...vos sacasteis?
Fadrique
(¿Qué colordiré?
Diciendo el mejor
no puedo errarlo) Amarillo
y oro.
Diana
(¿Qué es lo que he escuchado?)
Pernía
(¡Lindo gusto de vestido!)
Diana
Yo porfiaba que había sido
azul y plata, bordado
de memoria, que ha guardado
mi nombre.
Fadrique
(¡Oh, quién lo supiera,
porque así lo repitiera!
Pero esto poco importó,
persuadida ella que yo
de cualquier color era.)
Estela
¿Ves cómo tú te engañaste
en las señas? Pues, aunque
Fadrique del festín fue,
no fue el que tú imaginaste,
señora, cuando danzaste.
Fadrique
Yo fui el que ella imaginó.
Estela
Pues ¿qué compás se os tocó?
Fadrique
(Otro aprieto. ¡Ay, ansias mías!)
Estela
¿Qué danzasteis?
Fadrique
Las folías
(que no sé otra danza yo).
Diana
(No es menester advertillo
más, pues tan cierto sería
que folías danzaría
quien se vistió de amarillo).
Mucho me he holgado de oíllo;
mucho, Fadrique, he estimado
las señas que me habéis dado
de vos mismo, si atendéis
que con las señas me habéis
sacado de un gran cuidado.
Fadrique
Si ha errado mi pensamiento,
la disculpa está notoria
en ser flaco de memoria.
Pernía
(Y gordo de entendimiento.)
Diana
No os disculpéis, que no intento
culparos de engaños lleno;
ni que os toméis os condeno
de otro el mérito, si arguyo
que quien no le tiene suyo
no yerra en tomarle ajeno.
Vanse las mujeres.
Pernía
(¡Bueno ha quedado el señor
príncipe amarillo!)
Fadrique
(¡Cielos!,
¿qué es lo que pasa por mí?
¿Qué oigo? ¿Qué escucho? ¿Qué veo?
¿Quién en el mundo se vio
en igual desaire? Pero
¿qué me admiro, qué me espanto,
si yo dél la culpa tengo?
Pues con mis desatenciones
y vanos divertimientos,
haciendo de todo cuanto
es urbanidad desprecio,
di la ocasión al desaire,
no pensando, no creyendo
que era menester que yo
tuviese merecimiento
mayor que ser yo. ¡Mal haya
tanto mal gastado tiempo!)
Pernía
(A preguntarle si acaso
fue en casa de algún barbero
el sarao de las folías
iré.) ¿Señor?
Fadrique
Oír no quiero
nada que digas, Pernía.
Pernía
¿Por qué tal desabrimiento?
Fadrique
Porque he conocido cuánto
inútiles son aquéllos
que de sus conversaciones
no dejan algún provecho
al que las oye; y así,
no solamente pretendo
no oírte agora porque estoy
disgustado, mas precepto
sea inviolable que en tu vida
me hables; pues al escarmiento
llegué ya de cuánto fuera
mejor que todo aquel tiempo
que con un loco gasté
lo gastara con un cuerdo.
Pernía
Pues me destierras de ti,
voy a cumplir el destierro;
que ya sé cuán peligroso
el oficio es del contento,
pues ha menester llegar
siempre a ocasión.
Vase.
Fadrique
Yo estoy muerto.
Y no siento haberme hallado
Diana en mentira, pues puedo
disculparla con decir
que fue un engañado afecto
de amor querer obligarla
cauteloso; sólo siento
haber con vanos descuidos
vivido tan poco atento
a cuanto es cortesanía
que, ya que a fingir me atrevo
el hallarme en un sarao,
errase tanto los medios
que aun no le supiese dar
colores al fingimiento.
¡Oh, quién enmendar pudiera
tantos mal limados yerros
como doró mi ambición
y desdoró su desprecio!
¡Qué mal hice en persuadirme,
altivo, vano y soberbio,
a que era grandeza en mí
el ignorar todo aquello
que urbanamente aun los reyes
deben saber! Tarde llego
al desengaño de que
el mejor, el más supremo
aplauso no es de la sangre,
sino del entendimiento.
Sale Marcelo.
Marcelo
¿Señor?
Fadrique
Marcelo, ¿qué quieres?
Marcelo
A darte un aviso vengo.
Fadrique
¿De qué?
Marcelo
De que aquesta noche
los celebrados ingenios
de Italia pública tienen
una academia y sospecho
que vienen a convidarte
a ti y a Carlos. Yo, viendo
cuán poco gustas de hallarte
en aquestas cosas, vengo
a avisarte de que aquí
no estés, porque en el empeño
de ir no te pongan, si acaso
llegan a verte.
Fadrique
Marcelo,
no sólo de ellos no huiré,
mas saldré a verme con ellos,
porque en esa obligación
de ir me pongan; porque intento
castigar la flojedad
de mis vanos pensamientos
con la vergüenza de verme
entre tantos sabios necio.
Llegue a vista de sus ciencias
mi ignorancia; por lo menos,
se verá que es ignorancia
que quiere dejar de serlo.
Y tú, Marcelo, me busca
en Italia los maestros
más celebrados de cuantas
buenas letras hay; y luego,
los de cuantos ejercicios
a un príncipe hacen perfecto,
cabal a un buen cortesano
y lucido a un caballero.
Que si en la mina del alma
diamante bruto mi ingenio
fue, le ha de pulir mi amor
fondos dándole y reflejos.
Si fue oro que ignorado
estuvo en su oscuro centro,
mi amor ha de acrisolarle
quilates dándole eternos.
Si fue perla mal pulida
en la concha de mi pecho,
ha de esmerarla mi amor
dándola valor y precio.
Ni una acción, ni una palabra
sola hacer ni decir tengo
que consultada no esté
y acrisolada primero
con la razón y el discurso,
la censura y el consejo
de quien sepa más que yo.
Y pues a confesar llego
que hay otro que sepa más,
ya no soy quien sabe menos.
Hermosísima Diana,
tarde mejorar intento
mis defectos; mas pues eres
casta deidad a quien dieron
templo y aras los gentiles
–y hoy en tus aras y templo
gentil mi amor todavía
tu nombre idolatra bello–,
débate aqueste milagro
la perpetuidad del tiempo.
Será la tabla mejor
que penda entre los trofeos
de tus sagradas paredes
ver a un ignorante cuerdo,
humilde a un desvanecido,
desengañado a un soberbio;
y para decirlo todo,
será el prodigio más nuevo
ver que llegó a confesar
que no supo nada un necio.
Vase.
Marcelo
¿De qué puede haber nacido
esta mudanza que has hecho
en el hablar y sentir,
Fadrique?
Vase.
Salen Carlos y Enrique.
Carlos
Si yo no pierdo
el juicio, poco, Enrique,
deberé a mis sentimientos.
Enrique
Sosiégate.
Carlos
¿Sosiego
pides a toda la inquietud del fuego,
a toda la mudanza de la luna,
del mar a la inconstancia y la fortuna,
a mi amor? Que así es bien que le publique
cuando le miro, Enrique,
en mí dos veces ciego,
ser la fortuna, el mar, la luna, el fuego.
Enrique
Pues ¿qué causa te obliga
a sentimiento igual?
Carlos
Cuando la diga,
verás en su disculpa
a la culpa sin señas de ser culpa;
que a mayores desvelos
disculpa la disculpa de los celos.
Entré, pues, esta tarde
en un jardín, donde mi amor cobarde,
más a adorar que a merecer dispuesto,
el sol vio de Diana; mas tan presto
me despidió que la esperanza mía,
síncopa haciendo de la edad del día,
vio en un instante, un punto,
la aurora y el ocaso todo junto.
A aqueste jardín mismo,
de flores y de encantos bello abismo,
Fadrique entró al instante,
adonde más feliz, no más amante,
mereció –¡pena tirana!–
que Diana tan despacio le escuchara
que se estuvo con ella
toda la tarde hablando. De mi estrella
mira el rigor, pues él vive admitido
al favor de que muero despedido.
Enrique
Que está el consuelo, advierte
fácil en este caso.
Carlos
¿De qué suerte,
si lo que mi amor pierde su amor gana?
Enrique
Creyendo que a Fadrique oiría Diana
por entretenimiento
aún más que por favor. Y el sentimiento
ser lisonja debiera
si su ingenio, señor, se considera;
pues que haya sido espero,
no tu competidor, mas tu tercero.
Carlos
Poco eso me asegura,
porque el juicio, ¡ay de mí!, de una hermosura
nunca procede a lo mejor atento;
y un capricho de amor no es argumento
que se funda en razones;
y la pasión de amor toda es pasiones.
Enrique
Ella es muy entendida
y no se querrá ver tan deslucida
en la elección que hiciere;
y mientras el efecto no se viere,
trata de desechar esa tristeza.
De Milán la nobleza
toda está en el paseo.
Entra a lucir en él, señor, pues creo
que el mirarte aplaudido
de todos y de todos tan querido,
templen en parte aquese rigor fiero.
Carlos
Si no ha de estar Diana en el terrero,
¿de que me servirá que yo en él sea
el más galán y que ella no lo vea?
Más que sus partes luce, las infama
quien las ostenta a espaldas de su dama.
Enrique
Yo de tu sentimiento
que te diviertas solamente intento;
y puesto que no quieres
salir hoy al paseo, ya que eres
docto en ciencia cualquiera,
en tu cuarto Lisandro...
Carlos
¿Qué?
Enrique
...te espera
con libros. Ellos pueden
divertir tu pesar.
Carlos
Ya no conceden
tregua maestros ni libros a mi enfado.
¡Mal haya, Enrique, amén, cuanto he estudiado,
pues no he aprendido en todo
cuestión que enseñe de obligar el modo
a una belleza ingrata!
Y así, al instante trata
de entregar cuantos libros traje al fuego;
y despídeme luego
los maestros que he tenido;
pues que tan poco a todos he debido
que no le han enseñado
en tanto docto afán a mi cuidado
cuestión de amor que la desdicha mía
alivie, siendo amor filosofía.
Enrique
En la docta academia
de esta noche, señor –donde se premia
el ingenio–, no dudo,
luciendo en ella, adviertas cuánto pudo
ser ilustre el saber.
Carlos
Yo lo confieso;
pero yo en ella no he de estar por eso.
Y, en fin, ya para mí no hay cosa alguna
más cansada, más necia y importuna
que estas juntas de ingenios;
pues en los varios genios
de sus doctos desvelos
no se habla de mi amor ni de mis celos.
Y pues Fadrique ha sido
el lucido, el galán y el entendido
a vista de Diana
–su belleza obligando soberana,
mereciendo su agrado–,
él es el que ha lucido, el que ha estudiado;
yo, el necio, el ignorante.
Y así, de aquí adelante
lucir en nada espero.
Ni quiero libros, ni maestros quiero.
Sale Pernía.
Pernía
(Aquí está Carlos, ¡pardiez!
Para mí es azar su encuentro.
Sin verle me iré.)
Carlos
Pernía,
¿por qué de mí vas huyendo?
Pernía
Porque siempre desgraciado
fue contigo mi gracejo
y nunca te agradó.
Carlos
Aguarda,
que hablar contigo deseo muy
despacio.
Pernía
Considera,
señor, que no soy de aquellos
yo que te agradan a ti;
porque soy un majadero.
Carlos
¿No me hablarás tú en Diana?
Pernía
Sí.
Carlos
Pues sólo a ti te quiero
por maestro; si eso sabes,
más sabes que todos ellos.
Pernía
¿Desde cuándo acá, señor,
tanto favor te merezco?
Carlos
Desde que tan venturoso,
tan feliz te considero
que mereces de Diana
ver el sol divino y bello
a todas horas. ¡Quién fuera
tú!
Pernía
¿No había más que serlo?
De una fiesta a su lugar
volvía un tamborilero;
y un fraile también volvía
de la fiesta a su convento.
El tamborilero iba
en un burro caballero
y el fraile a pie. Preguntole
el padre: “¿De dónde bueno?”
“De tañer –dijo– esta flauta,
y este tamboril.” “Por eso
–le preguntó–, ¿qué le han dado?”
Él respondió: “Poco, cierto:
cincuenta reales, comido
y bebido, que no es menos,
llevado y traído, sin otros
regalillos que aquí tengo.”
“¿Eso es poco? –dijo el padre–.
Pues yo de predicar vengo
y ni aun de comer me han dado;
y, como ve, a pie me vuelvo.”
El tamborilero entonces
dijo enojado y soberbio:
“Pues tamborilero y padre
predicador, ¿es lo mesmo?
Aprendiera buen oficio
y no se quejara de eso.”
La aplicación está fácil:
si queríais, señor, veros
con Diana a todas horas,
hubierais para ese pleito
aprendido buen oficio;
pues veis en el que yo tengo
que no somos todos unos,
frailes y tamborileros.
Carlos
¿Estabas tú en el jardín
cuando entró Fadrique?
Pernía
¿A eso
va el agasajo? Y a fe
que sucedió un lindo cuento.
Carlos
¿Qué fue?
Pernía
Que Fadrique dijo
que había venido encubierto,
por sólo ver a Diana,
a las fiestas que se hicieron;
que danzó con ella y que
la dijo un mote, que luego
empresa fue de la justa;
y, al fin, paró todo esto
en que Diana...
Carlos
¡Detente!
No digas más, que no quiero
oír que paró en que Diana
le dio en agradecimiento
lugar de hablarla. ¡Oh traidor
hermano! ¡Oh vil caballero!
Nunca te hubiera contado
yo de la justa el suceso
para hacer de ajenas glorias
propios los merecimientos.
Pernía
Oye y sabrás.
Carlos
¿Qué he de oírni saber?
Pernía
¿Qué? Todo el cuento.
Carlos
Yo lo sé.
Pernía
¿Quién te le ha dicho?
Carlos
Yo me le he dicho a mí mesmo.
Por temer que se ofendieran,
siendo el de Ursino su deudo,
cuando supiesen Diana
y el Duque que yo fui, ¡cielos!,
el que le echó del caballo
y puso su corte a riesgo,
mi silencio ocasióné;
y me mató mi silencio,
para que le aprovechase
la vanidad de mis hechos.
Pero yo le buscaré;
y en cualquier lugar o puesto
que le halle he de vengar
de la traición el intento.
Enrique
Advierte, señor, que en ti
cualquiera acción...
Carlos
Nada advierto.
Enrique
...será más culpa.
Carlos
Sea.
Enrique
¡Ten prudencia!
Carlos
No la tengo.
Enrique
¡Repórtate!
Carlos
Será en vano.
Enrique
Mira que...
Carlos
Ya nada veo.
Enrique
...aventuras la opinión
que de entendido y de cuerdo
tienes.
Carlos
Pues ¿qué importa, Enrique,si
está todo el mundo lleno
de que en celos no hay cordura
ni en amor entendimiento?
Vanse.
Pernía
Bachillera lengua mía,
¡buena hacienda habemos hecho!
Mas, ¿qué va si se colige...?
Salen Diana y damas.
Diana
Pernía, ¿qué ha sido esto?
Que pasando agora al cuarto
de mi padre he estado oyendo
mil desentonadas voces
que en esta parte se dieron.
Pernía
Un cuento que yo llevé
la causa ha sido; y pretendo
que otro cuento que yo traiga
sea, señora, el remedio,
pues yo no sirvo de más
que de traer y llevar cuentos.
Empecé a decir a Carlos
de Fadrique el fingimiento;
y así como llegó a oír
que había dicho que encubierto
a Milán había venido
a las fiestas de secreto,
una legión de demonios
se le revistió en el cuerpo.
Y, en fin, diciendo que había
sido él y de respeto
había callado por ver
que era el de Ursino tu deudo,
en busca fue de su hermano;
y si da con él, sospecho
que dé con él en el limbo,
que no es capaz del infierno.
Vase.
Diana
Estela, ya mi fortuna
han mejorado los cielos;
pues el mérito y la estrella
han juntado en un sujeto.
Carlos fue el que a Milán vino
y Carlos el que, discreto,
dos veces mereció ya
la inclinación y el afecto.
Albricias pudiera dar
hoy el alma de saberlo;
y así, sin más competencia,
declararme por él pienso.
dentro Carlos y Fadrique; y salen luego.
Carlos
No es mi hermano, es mi enemigo
quien desluce mis aciertos.
Fadrique
Para defenderme sólo
la espada saco.
Diana
¿Qué es esto?
Advertid que estoy aquí.
Fadrique
Ya, señora, me detengo;
que de mis acciones es
rémora vuestro respeto;
en fe de lo cual, la espada
rendida a la vaina vuelvo.
Carlos
Yo no; porque antes a más
me he de atrever cuando os veo
presente, porque veáis
que a vuestos ojos me vengo
de la traición de un hermano.
Diana
Si os escuchara sin veros,
pensara que vuestras voces
habían trocado los cuerpos
cuando a vos tan advertido
os miro y a vos os veo
tan inadvertido.
Fadrique
Yo
a mí esta atención me debo;
que como de saber poco
estoy indiciado, temo
que todos me den la culpa
de cualquiera desacierto;
y así, corregir procuro
mis acciones.
Carlos
Yo pretendo
despeñarlas hasta que
Diana oiga que te has hecho
dueño tú de mis aplausos,
siendo yo sólo su dueño.
Fadrique
Eso yo lo diré a voces;
que otras disculpas no tengo
de mi yerro si no es
confesar que ha sido yerro.
Yo me quise atribuir
hoy, señora, los trofeos
de Carlos; que como amor
es guerra y en guerra fueron
permitidos los ardides,
creí era bien usar dellos.
De necio me motejasteis,
cuyo desaire me ha puesto
en obligación de hacer,
a vuestro servicio atento,
estudio de mis acciones.
Con la que habéis visto empiezo
a parecer, si entendido
no, advertido por lo menos;
porque haciendo de mi parte
cuanto puedan mis deseos,
si el serlo no me debáis,
me debáis el querer serlo.
Carlos
Aunque el desengaño pudo
templar a mi enojo el medio,
tiene dos partes la culpa;
y aunque de la una le absuelvo,
que es el haber declarado
la verdad, la otra no puedo,
que es haber querido hacerme
el engaño; y así, intento
a vuestros ojos, señora,
castigarle.
Diana
¿Qué es aquesto?
¿En mi presencia os mostráis
hoy, Carlos, tan desatento?
¿Cuando le debo a Fadrique
que, enmendado, en sus afectos
proceda, vos procedéis
tan despechado en los vuestros?
Carlos
Sí; y en más obligación
os pongo yo cuando llego
a empeorarme en mis acciones
que cuando él llega –esto es cierto–
a mejorarse en las suyas;
pues trocados los estremos,
en el tribunal de amor
yo mejor sentencia espero
cuando él prudente y yo loco
a un mismo tiempo aleguemos:
él, que por amor fue sabio;
y yo, que dejé de serlo.
Diana
Para cuestiones de amor,
no es este lugar ni tiempo.
A vuestros cuartos los dos
os retirad.
Fadrique
Yo obedezco;
que, como ando por no errar,
ciegamente tus preceptos
he de observar, porque sé
que nadie erró obedeciendo.
Vase.
Diana
¿No os vais vos?
Carlos
Yo bien me fuera,
si pudiera; mas no puedo.
Diana
¿Por qué?
Carlos
Porque temo que
despedirme vos tan presto
es por hablar más despacio
con Fadrique, que es lo mesmo
que sucedió en el jardín;
y así, ausentarme no intento,
porque no quiero que haga
mi amor espalda a mis celos.
Diana
Esa plática es muy nueva
en mis oídos. ¿Qué es eso
de celos y amor? ¿Sabéis
que soy la que os está oyendo
ese estilo, ese lenguage,
esa frase, esa voz? Pero
no quiero enojarme, idos;
disculpado estáis, si advierto
que es la mayor necedad
la necedad del discreto.
Idos, pues.
Carlos
Sin mí dos veces
me iré, cuando considero
que voy por mi error sin mí
y sin mí porque me ausento.
Vase.
Diana
Estela, ¿hay mayor desdicha
que la mía? Cuando tengo
la afición en una parte,
están allí los defectos.
Cuando el desengaño puede
mudarla, tras ella veo
que los defectos se van.
¿En qué ha de parar aquesto,
amor? ¿Qué te va en sacar
de una causa dos efectos?
Tercera Jornada
Salen por una puerta el duque de Mantua, Federico, con acompañamiento, y Fabio; y por otra, Filiberto, duque de Milán, con acompañamiento.
Filiberto
Vuestra Alteza haya sido,
señor, a este su estado bien venido.
Duque
Y vuestra Alteza hallado
en él con la salud que ha deseado
quien, centro suyo, este palacio adora.
Y ¿cómo está Diana, mi señora?
Filiberto
Para serviros, tiene
salud.
Duque
Dios se la dé como conviene a
nuestra paz, contando sin engaños
su edad el tiempo a siglos y no a años,
con el aumento que mi amor desea.
Filiberto
¡Que tan felice mi fortuna sea
que llegue a mereceros
esta dicha, señor, de poder veros
en Milán este día!
Duque
La dicha y la fortuna sólo es mía;
si bien por pensión tengo
de ella el grande cuidado con que vengo.
Porque habiendo sabido
que Carlos y Fadrique no han tenido
en aquesta asistencia
la atención que debió igual competencia;
y habiéndome avisado
por cartas un criado que ha llegado
a tanto su locura
que con necia, con vil descompostura,
tantas sagradas leyes olvidadas,
sacaron las espadas
sin tener advertencia
de la hermosa Diana a la presencia,
me puse en el camino;
porque así componerlos determino,
castigando a los dos con que no sea
ninguno tan dichoso que se vea
en tan grande ventura
como dueño feliz de su hermosura;
poniendo a vuestras plantas,
si este es el fin de competencias tantas,
mi persona y mi estado,
sin lo que entre los dos está tratado.
Filiberto
Aunque ha sido tan justo
vuestro enojo, señor, vuestro disgusto,
una celosa culpa
anticipada tiene la disculpa;
y no han de hallarse en todas ocasiones
prontas a lo mejor las atenciones;
y más, jóvenes pechos
de sus méritos mismos satisfechos.
Duque
Aunque la inadvertencia
de los dos fuese, me daréis licencia
a que crea que ha sido
sólo uno quien la culpa haya tenido
en tanto atrevimiento;
que ya se deja ver quién poco atento
la ocasión haya dado.
Filiberto
Yo no he de ser fiscal sino abogado;
y así, a ninguno espero
culpar, que diculpar a los dos quiero.
De Fadrique aquel cuarto es y de Carlos
éste. Vos a los dos entrad a hablarlos,
en tanto que yo pido
albricias a Diana de que ha sido
tan felice que huésped igual tiene
y a besaros, señor, la mano viene.
Vase.
Duque
Bien recelé siempre, Fabio,
que Fadrique había de dar
a estos estremos lugar;
que Carlos, en fin, es sabio,
cuerdo y prudente.
Fabio
Es así.
Duque
Puesto que ya aquí llegué,
primero a Carlos veré.
Fabio
¿No es aquel Enrique?
Duque
Sí.
¡Enrique!
Sale Enrique.
Enrique
Dame, señor,
tu mano.
Duque
Álzate del suelo.
¿Qué hace Carlos?
Enrique
Con recelolo diré.
Duque
Habla sin temor.
Enrique
Con Pernía todo el día
le dejo en conversación.
Duque
¿Quién es Pernía?
Enrique
Un bufón.
Duque
Ya me acuerdo de Pernía;
pero advierte que por quien
pregunto es Carlos, Enrique;
no pregunto por Fadrique.
Enrique
Por él respondo también,
porque él es con quien alcanza
el hombre que he referido
tal agrado que aquí ha sido,
señor, toda su privanza.
Duque
¿Lisandro, su maestro, no
asiste a Carlos?
Enrique
No sé
cómo he de decirte...
Duque
¿Qué?
Enrique
...que a Lisandro despidió
después de tanto servicio;
que a su tierra se ha tornado
bien quejoso y mal premiado.
Duque
Pues ¿y aquel noble ejercicio
de los libros?
Enrique
Ya no tiene
gusto en ellos. Si no fuera
por mí, todos los hubiera
quemado. Pero aquí viene
con él; dél sabrás mejor
que nada te he encarecido.
Salen Carlos y Pernía.
Carlos
Pernía, tú sólo has sido
el mercurio de mi amor;
y así, contigo no más
hablo ya de buena gana,
que, en fin, me hablas de Diana.
Pernía
Es así; pero jamás
de cuantas veces tu pena
consuelo, tú de la mía
te acuerdas.
Carlos
Toma, Pernía.
Pernía
¿Por fuerza ha de ser cadena?
Que es consonante forzado.
Duque
(En mi vida no creyera
que un sólo instante estuviera
Carlos tan mal ocupado.
De esta novedad sabré
la causa.) ¿Carlos?
Carlos
Señor,
¿tú en Milán?
Duque
No ha sido error,
al verme, admirarte; que
con saber yo que tú aquí
estás, también me he admirado
yo de haberte a ti mirado.
Carlos
Pues ¿qué te admira de mí?
Duque
El que estás tan divertido,
Carlos, con ese juglar...
Pernía
(¿Mas que me viene ahora a dar
el centenar prometido?)
Duque
...y en tanta conversación.
Carlos
Algo me ha de divertir.
Duque
Tú que solías decir
que hombres inútiles son
y que un loco solamente
puede a hombres de ese humor
hablar, ¿le escuchas?
Carlos
Señor,
consejo muda el prudente.
Fuera de que si culpé
a quien con ellos trató,
fue cuando en ellos no halló
segunda intención en que
disculpar el mal gastado
tiempo.
Duque
¿Y tú tiénesla?
Carlos
Sí;
pues dél solamente oí
la ciencia que me ha agradado.
Duque
¿En qué ciencia –¡error notable!–
ese loco hablará bien?
Carlos
En todas habla bien quien
habla en lo que quieren que hable.
Duque
¿Y Lisandro?
Carlos
Yo mandéque me
dejase y se fuese, que
estaba caduco.
Duque
¿Y ese
fue digno premio?
Carlos
Sí fue;
pues, en cuanto me enseñó,
facultad no le debí
que me aprovechase aquí.
Y desengañado yo
de haber echado de ver
cuán poco puede ayudar
el saber para el amar
he aborrecido el saber.
Duque
Muchas réplicas tuviera
esa máxima, si yo
quisiera argüir; mas no
he de hacer más que una. Espera:
¿amor no es voluntad? Di.
Carlos
Voluntad es el amor.
Duque
¿Y no es potencia inferior
del entendimiento?
Carlos
Sí.
Duque
Luego es en este argumento
cierto que, para tener
voluntad, ha menester
tener uno entendimiento;
conque no me negarás,
si a la voluntad prefiere
y manda, que el que supiere
más, Carlos, amará más.
Carlos
El que a amar haya llegado
con las ciencias que le das,
concedo que amará más;
mas no será más amado.
Yo que con entendimiento
a hablar a Diana llegué,
cuanto pude amar amé;
conque de más sentimiento
están mis discursos llenos,
como al efecto verás;
pues siendo quien quiere más,
soy quien la merece menos.
Y así, no quiero saber
lo que me ha de preferir
en el modo del sentir
y no en el de merecer.
Esté conmigo Pernía,
que a todas horas me habló
en Diana; y de quien yo
sé lo que hace cada día.
Dígame, pues, qué color
es de la que más se agrada;
a qué dama, a qué criada
más merced hace y favor;
qué gala tiene elegida;
qué tocas y qué flores
usa más y son mejores,
que con esto entretenida
mi pena está y mi dolor
más bien hallado; porque
ésta en un amante fue
la filosofía mayor.
Y no digo yo que fuera
un hombre con quien ufana
mi melancolía estuviera,
que a un perrillo de Diana
el mismo agasajo hiciera.
Duque
Argüirte más no intento,
por el pesar que me da
ver que aborrecido ya
de ti está tu entendimiento.
Hablemos en lo que ha sido
lo que a los dos ha obligado
a haber la espada sacado,
que es a lo que yo he venido.
Carlos
¿Eso preguntas?
Duque
¿Pues no?
Carlos
Pues ¿qué hay que discurrir?
Quien nos envió a competir,
a reñir nos envió;
luego si habemos reñido
compitiendo no tenemos
culpa, pues antes habemos
nuestra obligación cumplido.
Duque
En sagrados galanteos,
la competencia es cortés.
Carlos
Eso poner puertas es
al campo de los deseos.
¡Vive Dios, si en tanto abismo
yo a dividirme llegara
en otro yo y éste amara
a mi dama, que a mí mismo
yo mismo no me sufriera
competencias de igualdad
y que en mi misma mitad
mis celos satisfaciera!
Duque
Según eso, tú habrás dado
la ocasión en esta acción.
Carlos
Yo no he dado la ocasión,
mas tampoco la he escusado.
Duque
Pues cuéntame cómo fue.
Carlos
Ya te acuerdas de que aquí
a unas fiestas vine.
Duque
Sí.
Carlos
Y que a Fadrique conté
en tu presencia el suceso
de ellas.
Duque
De todo fui yo
testigo.
Carlos
Pues él contó
que él había sido; y por eso
colérico le busqué
y matarle pretendí.
Duque
¿Estando Diana allí?
Carlos
Esa mi ventura fue;
que si reñir bien mi fama
solicitaba, señor,
¿cuándo se riñe mejor
que a los ojos de la dama?
Duque
¿De su respeto el preceto
no fuera justo que guardes?
Carlos
Más de un millón de cobardes
tiene en el mundo el respeto.
Duque
Y el estar tan deslucido,
¿es también parte de amor?
Carlos
Sí; que el descuido, señor,
es gala del desvalido.
Ande galán el dichoso;
que, al uso de su cuidado,
cuanto más desaliñado
más galán está un celoso.
Yo de Fadrique lo estoy;
y viendo que ha merecido
por necio y por deslucido
más lugar en Diana, voy
haciendo por parecelle;
y así, señor, hago aprecio
de ser deslucido y necio.
Duque
Con miedo llegaré a velle;
que si tú tan necio estás
habiendo tan entendido
venido aquí, el que ha venido
necio habrá de estarlo más.
Y aunque mi temor crüel
me llama a un tiempo y me admira,
a tu cuarto te retira,
que le quiero ver a él.
Vete, pues.
Carlos
De buena gana.
Pernía...
Pernía
Seguirte quiero.
Carlos
Ven, que ha más de un siglo entero
que no hablamos de Diana.
Vanse los dos.
Duque
Si así está Carlos, ¿qué hará
Fadrique? Fabio, no sé
qué genero de amor fue
éste.
Fabio
Allí Marcelo está.
Sale Marcelo.
Duque
¡Marcelo!
Marcelo
Señor, tus plantasmil
veces me da a besar.
Duque
¿Qué hace Fadrique?
Marcelo
Estudiar.
Duque
Más me admiras, más me espantas
con eso que con haber
visto a Carlos.
Marcelo
Pues, señor,
¿por qué?
Duque
Porque lo mejor
no es tan fácil de creer
como lo peor.
Marcelo
De mí,
diciéndolo yo, sí es.
Duque
Pues ¿qué ha sido esto?
Marcelo
Después
que oyó de Diana aquí
no sé qué baldón, no ha habido
–con vigilante cuidado–
ciencia que no haya estudiado,
maestro que no haya tenido.
¿En qué agilidad, señor,
de lucido caballero
no se señala el primero?
Duque
¡Raros efectos de amor
son éstos, Fabio, que aquí
llegamos a ver! No sé
si, aun viéndolo, lo creeré.
Sale Fadrique muy galán.
Fadrique
Tu voz, gran señor, oí;
y aunque, como dicha mía,
pude dudalla y temella,
el deseo de creella
me persuadió a que sería
verdad, siendo la primera
vez en que mis ojos ven
que diga verdad el bien.
Dame tus plantas, esfera
en que, como centro, está
mi humildad.
Duque
Alza del suelo;
que aunque también de Marcelo
tu ocupación dudé, ya
oyéndote la creí.
¿Qué hacías?
Fadrique
Desear saber,
señor, para merecer
una hermosura que vi;
porque está muy desairado
con su dama un ignorante.
Duque
Pues ¿es ciencia el ser amante?
Fadrique
De harto desvelo y cuidado;
porque aunque para sabella
no es menester estudialla
–pues el más necio se halla,
sin pensarlo, dentro della–,
para aprovecharla sí.
Y no sólo es ciencia amor,
pero no hay ciencia, señor,
que amor no contenga en sí:
la de artes, pues cada día
todo silogismo es;
de filosofía, pues
natural filosofía
es; la de leyes también,
pues para que bien se avenga,
no hay república que tenga
más leyes que el querer bien;
también la de astrología,
que es ciencia de las estrellas
y el amor consiste en ellas;
hasta la de teología
es, pues si tiene, señor,
de la teología el efeto
a Dios mismo por objeto,
el amor también es dios.
Duque
Aunque contigo enojado
–por lo que supe– venía
persuadido a que sería
tuya la culpa, quitado
me has el enojo.
Fadrique
Señor,
mía no más fue la culpa;
que a un error no hay más disculpa
que confesar el error.
Y así, enojado conmigo
y no con Carlos estés.
Yo le ocasióné; y si es
justo darme a mí castigo,
a tus pies estoy.
Duque
Levanta.
Fadrique
Si no es perdonado, no
me levantaré.
Duque
(¿Quien vio
en los dos mudanza tanta?)
Marcelo
A buscarte con Diana,
señor, aquí el Duque vuelve.
Duque
Pues retírate de aquí
hasta que su enojo cese.
Fadrique
(¡Ay, bellísima Diana!
¡Qué de cuidados me debes!)
Vase.
Salen Filiberto, Diana, Estela y damas.
Diana
Vuestra Alteza, gran señor,
venga con bien a esta breve
corte suya; que incapaz
de tan generoso huesped,
corrida está.
Duque
Vuestra Alteza,si tanto
favor merece
mi humildad, me dé su mano;
y crea que, si es que debe
correrse de algo su corte,
será de que en mí no albergue
mayor planeta; porque,
si hacen palacios los reyes,
los soles harán estrellas;
y ésta lo es, pues tantos tiene.
Diana
De vuestra salud mi padre
me informó.
Duque
La vuestra aumente
el cielo como deseo,
que así será la del fénix.
Filiberto
La paz pondré yo entre tantos
cumplimientos tan corteses
suplicándoos que vengáis
a vuestro cuarto.
Duque
Obediente
estoy. Si aquí vuestra Alteza
no queda, mi amor ofende.
Diana
Yo me quedaré, si en eso
mi humildad os obedece.
Duque
(En toda mi vida vi
hermosura más prudente.)
Vanse todos los hombres.
Estela
Ya, señora, no podrás
dilatar más el haberte
de declarar por el uno
de los dos que te pretenden.
Diana
¡Ay Estela, ay prima, no
mis desventuras me acuerdes,
pues tú, como mitad mía,
tan de cerca las adviertes!
Nise
¿Cómo quieres ya escusarte?
Clori
No es posible.
Diana
¿Y cómo quieres
que no me escuse mirando
que a su principio se vuelve
la duda, pues es la misma
que fue antes?
Estela
¿De qué suerte?
Diana
Primero me persuadí
a que el de mi afecto fuese
Fadrique y, viéndole necio,
traté olvidarle y perderle.
Supe después que fue Carlos
y cuando ufana y alegre
por él quise declararme
–hallando en él juntamente
el mérito de su ingenio
y el influjo de mi suerte–
veo que tan desatento
en sus acciones procede
que delante de mí saca
la espada y después se atreve
a pedirme cara a cara
celos; tan imprudente,
en fin, que su ingenio ya
más que me obliga me ofende.
Pues, si uno es necio, otro, loco,
¿cómo queréis que yo llegue
por ninguno a declararme?
Antes me daré la muerte.
Nise
Fadrique, señora...
Diana
Di.
Nise
...hacia aquesta parte viene.
Clori
Lindo ingenio para que
en tus dudas te aconseje.
Estela
¿Qué dirá de disparates?
Sale Fadrique.
Fadrique
Si pensara que estuviese
aquí vuestra Alteza, antes
que de mi cuarto saliese,
con recelo de su enojo
–pues lo es llegar a verme–
me dejara en él, señora,
morir, haciéndole breve
sepulcro de un desdichado,
como en su inscripción dijese:
“Aquí yace un infelice,
que muere porque no muere.”
Diana
No estoy yo tan poco atenta
de urbanidad a las leyes
que me ofenda de que vos
me habléis hoy, cuando sucede
el acaso de toparme
aquí; que si algunas veces
me ofendí fue porque fue
no acaso; y es diferente
un cuidado que se niega
a un descuido que se ofrece.
Fadrique
Esa distinción, señora,
de que tan sutil me advierte
vuestro soberano ingenio,
no era justo que la hiciese
yo; que no me toca a mí
más que saber cuánto ofende
un desvalido que adora
a una deidad que aborrece.
Y así, no advertí que aquesta
ocasión, señora, fuese
acontecida o buscada;
que el que sus errores teme,
nunca a la disculpa acude
por ir a la culpa siempre.
Pero ya que disculpado
–vos lo dijisteis– merece
mi deseo esta ocasión,
bien será que la aproveche.
Dadme licencia de que
a vuestros pies obediente
una merced os suplique.
Diana
Ya la tenéis, si sois breve.
Fadrique
Eso, señora, es negarla.
Diana
¿Por qué?
Fadrique
Porque quien ofrece
debajo de un imposible
antes niega que concede.
Diana
¿Qué imposible os he pedido?
Fadrique
¿Qué mayor hallarse puede
que ser breve un ignorante?
Diana
Pues decid lo que quisiereis,
que ignorancia confesada
mucho de cordura tiene.
Fadrique
Yo, señora, os supliqué
alguna vez que me hicieseis
merced de que os declaraseis,
sin atender neciamente
a cuán remoto el consuelo
está para el que os perdiere.
Imaginaba yo entonces
que podría ser que fuese
yo el dichoso. Mal he dicho;
porque no tan solamente
lo imaginaba, mas ya
lo creía. ¿Qué imprudente,
aconsejado consigo,
a sí mismo no se cree?
Desengañome un desaire;
y de un instante a otro halleme,
de más allá de mis males,
aún más acá de mis bienes.
Traté curarme a esperiencias
que hice en mí mismo; de suerte
que, aunque mal convalecido
estoy de aquel accidente
de mi ignorancia, temiendo
cuánto quien os pierde pierde,
suplico que dilatéis
la sentencia de mi muerte
hasta que acabe la cura;
que, al fin, la herida más fuerte,
si blanca mano la halaga,
sana más y menos duele.
Diana
Dos admiraciones son
las que vuestra voz me advierte:
una, lo que emprende; y otra,
el modo con que lo emprende.
La pretensión y el estilo
me han suspendido dos veces;
y así, no sé responderos
hasta saber cómo pueden
el valor, ingenio y gala
mejorarse.
Fadrique
Desta suerte. De
gala, ingenio y valor
amor es dueño; pues fuera
cierto que valor no hubiera,
gala, ingenio, sin amor.
El hombre que con mayor
perfección lucir desea
y en sólo salir se emplea
más galán que el mismo Apolo,
amor lo hace; pues es sólo
porque su dama le vea.
El que más ansia ha tenido
de mirarse señalado
por su ingenio y celebrado
de cortesano entendido,
la principal causa ha sido
amor; para que pretenda
en una y otra contienda
de ingenio, por varios modos,
verse aplaudido de todos
porque su dama lo entienda.
El que más vanaglorioso,
coronado de victorias,
en las humanas historias
hizo su nombre famoso,
amor es el poderoso
afecto que a ellas le llama;
no es sólo opinión y fama
las que le ilustran valiente,
pues lo hace solamente
porque lo escuche su dama.
Yo así, como nunca he amado
hasta agora, ni he tenido
dama, ni galán he sido,
ni entendido, ni alentado.
Pero ya que enamorado
sigo la imposible estrella
de la hermosura más bella,
los medios he de buscar;
que con nadie quiero estar
más airoso que con ella.
Vase.
Diana
¿Has visto, Estela, en tu vida
estilo tan diferente?
Estela
Yo lo he escuchado, dudando
de ser él.
Salen Carlos y Enrique.
Carlos
¡Déjame!
Enrique
Advierte...
Carlos
Ya no hay qué. Piérdase todo,
pues que Diana se pierde.
Diana
Conmigo venid.
Carlos
Detiénela.
Aguarda;
y pues otro lugar tiene
de hablar, téngale yo, que
soy quien mejor lo merece.
Diana
Nadie para hablar conmigo
lugar mereció; y si puede
llegar a tenerle alguno,
tenerle no es merecerle.
Fuera desto, cuando fuera
verdad que otro le tuviese,
nunca estabais vos más lejos
de tenerle, si se advierte
que no soy yo en quien podía,
por irse aquél, llegar éste.
Carlos
Si tuviera entendimiento
yo con que advertir pudiese
que ninguna acción es mía,
la advirtiera; mas no puede
prodecer más atinado
quien sin discurso procede.
Diana
Pues yo me acuerdo de oír
alabaros de prudente.
Carlos
Yo también; pero era cuando
procedía libremente
desocupado mi ingenio
de la prisión que hoy padece.
Ya ninguna acción es mía,
que embargadas me las tiene
una pasión poderosa
a que ni atienda, ni piense,
ni imagine, ni discurra.
Diana
Pues ¿qué pasión hay que fuerce
al entendimiento?
Carlos
Amor.
Diana
Yo vi efecto diferente,
pues se puso en libertad.
Carlos
No amaba como yo ése.
Diana
Luego ¿errar es amar?
Carlos
Sí.
Diana
¿De qué suerte?
Carlos
De esta suerte.
De gala, ingenio y valor,
por ruina amor se señala;
pues no hay ingenio, ni gala,
ni valor donde hay amor.
El hombre que con mayor
perfección galán se llama,
en el instante que ama,
de sí se deja olvidar,
que hay mucho de qué cuidar
en solamente una dama.
El que más desvanecido
del ingenio que alcanzó
se dio a sus estudios, dio
sus estudios al olvido
en habiendo amor tenido
y, sólo a su dama atento,
hace discursos al viento;
porque tibiamente adora
quien por su dama, señora,
no pierde el entendimiento.
El que más noble y augusto
en la lid llegó a mirarse,
en llegando a enamorarse
le cedió el valor al gusto;
siendo el trofeo más justo
y la vitoria más cuerda
que por su dama se pierda
todo; y con dama no hay fama,
pues se olvida de su fama
quien de su dama se acuerda.
Luego habiendo yo olvidado,
señora, mi lucimiento,
mi valor, mi entendimiento,
yo estoy más enamorado.
Nada, pues, me dé cuidado;
que si todo lo atropella
una hermosa deidad bella,
de nada me he de acordar,
pues con nadie quiero estar
más airoso que con ella.
Diana
Pues mal podréis; que aunque esté
quien, enamorado, pierde
el juicio en perderle airoso,
desaire es el no tenerle;
y nunca ha sido disculpa
del yerro que se comete
la causa que le ocasiona,
que sólo al yerro se atiende.
Vos habéis, Carlos, conmigo
estado muy imprudente
y el amor no puede dar
las disculpas que no tiene;
y aunque quiera, Carlos, yo
disculparos con que fuese
yo la ocasión, también yo
soy la que de ella se ofende.
De suerte que, a un tiempo mismo,
me obligáis a que me queje
de vos y a que os agradezca
de la queja el accidente.
Y así, mi enojo y mi agrado,
neutrales y indiferentes,
con no castigaros, Carlos,
os pagan. Dejad de verme;
no me obliguéis a deciros
que habéis echado, imprudente,
a perder una ocasión
que, tarde, perdida vuelve;
y que ya resuelta... Pero
¿qué digo? Mi lengua miente;
nada me creáis. Y baste
saber –y esto aquí se quede–
que si finezas obligan,
desatenciones ofenden.
Vanse las damas.
Carlos
¡Espera, detente, aguarda!
Sepa yo, señora... Fuese
sin escucharme. ¡Mal haya
pasión que llegó a ponerme
del monte de la fortuna
hoy en la cumbre eminente,
pues fue sólo para que
al abismo me despeñe
de mis desdichas, que un triste
sólo a despeñarse crece!
Y no solamente, cielos,
perdí en desdicha tan fuerte
el discurso, mas también
la ocasión. Nada en mí quede
y pierda la vida quien
discurso y ocasión pierde.
Sale Pernía.
Pernía
A avisarte de que va
Diana al jardín, por si quieres
seguirla, vuelvo.
Carlos
¡Ay, Pernía!,
ya no hay para qué lo intente...
Pernía
Pues tóquente las folías.
Danzaraslas lindamente.
Carlos
...que ya espiró mi esperanza.
Salen el Duque y Filiberto.
Filiberto
¿De qué das voces?
Duque
¿Qué tienes?
Carlos
¿Qué sé yo, ni para qué
lo pregunta quien no puede
remediarlo?
Duque
Pues ¿qué estilo,
qué modo de hablar es ése?
Carlos
El que me enseñó el dolor.
Duque
¿De cuándo acá de esta suerte
hablas tú?
Carlos
¿Cómo he de hablar
si he perdido –¡dolor fuerte!–
la ocasión de merecer
la deidad más excelente
que en el templo del amor
colocó estatuas de nieve
coronadas de jazmines
y ceñidas de claveles?
Duque
¿Estás loco?
Carlos
¿Quién lo duda?
Filiberto
Pues ¿tú, que en ingenio excedes
los más doctos...?
Carlos
Sí, que amando
no le tiene quien le tiene.
Duque
Mira...
Filiberto
Considera...
Carlos
Haréis
los dos que me dé la muerte;
y si no lo hago es por dar
a mis desdichas crüeles
este gusto de quedarme
con la vida que lo siente.
Y tanto el sentirlo estimo
que, a pesar de mis desdenes,
a despecho de mis ansias,
hoy vivo porque no cesen
de una vez todos mis males,
que son mis mejores bienes.
Vase.
Duque
¡Espera, Carlos, escucha!
Filiberto
¡Aguarda, Carlos, detente!
Duque
Síguele, Pernía.
Pernía
Primero
siguiera un pleito.
Vase.
Duque
No tieneesto más que
un medio.
Filiberto
¿Y es?
Duque
Que declare quién merece
ser más dichoso Diana
de los dos que la pretenden,
pues con esto cesará
la competencia; y quien fuere
tan desdichado que pierda
fortuna tan excelente,
ausencia y tiempo le curen,
porque nadie convalece
de amor mejor ni más presto
que un enamorado ausente.
Vanse.
Salen todas las damas.
Estela
Triste estás.
Diana
¿Cómo pudiera,
Estela, estar más alegre
quien hoy sitiada se mira
de pasiones tan crüeles?
Estela
Si hubiera de ser, señora,
yo quien la sentencia diese,
presto me resolvería,
dando el premio a quien más debe
amor.
Diana
¿Cuál de los dos fuera?
Estela
¿Cuál? El que se hizo prudente,
cuerdo y atento de necio.
Nise
¡Oh, qué engañada procedes,
Estela! Que el que de cuerdo
se hizo necio es quien merece
más, pues se le debe más
al amante que más pierde.
Estela
Ser, Nise, en una ocasión
necio un discreto acontece
muchas veces; pero cuerdo
un necio, tarde sucede.
Nise
Es verdad; mas, por usado
estilo, juzgarse debe
ser de amor; y esotro pudo
causarse de otro accidente.
Diana
¿Cuál te parece a ti, Flora,
que mayor derecho adquiere?
Flora
Siempre yo, señora, huyo
de conferir pareceres.
Si de divertirte tratas,
el discurrir no divierte.
Dejemos en este estado
la cuestión, si te parece,
y escucha una letra que
muy a propósito viene;
que con ella sacarás
la opinión y, sin que dejes
el caso, podrás hacer
de la porfía deleite.
Por el instrumento voy.
Vase.
Estela
Pues, aprisa, Flora, vuelve.
Sale Fadrique al paño.
Fadrique
(Cobarde mi pensamiento
–haciendo de aquestas verdes
hojas y tejidas ramas
celosías y canceles–,
desde esta parte a Diana
verá, pues que no se atreve
a pasar de aquí por no
aventurar si se ofende.)
Sale Carlos al otro lado del paño.
Carlos
(Ya que han de morir mis penas
a manos de mis desdenes,
muera sabiendo Diana
la enfermedad de que mueren.
Aunque no sé qué temor
al mirarla me suspende
que pasar de aquí no puedo,
hecho una estatua de nieve.)
Salen a otra parte los duques y gente.
Filiberto
Al Duque.
(En esta parte, Diana,
con sus damas se divierte.)
Duque
A Filiberto.
(Pues discurramos, primero
que a hablarla en esto se llegue,
el mejor modo de hacer
que se declare a quién quiere.)
Sale Flora con la guitarra.
Flora
Ya el instrumento está aquí.
A la letra y tono atiende.
Canta.
¿Quién me dirá cuál ha sido
amor de mayor aprecio,
el que hace entendido al necio
o el que necio al entendido?
Diana
Aquesa es mi confusión.
Fadrique
(Buena ocasión se me ofrece
de llegar a hablar.)
Carlos
(Parece que amor me
dio la ocasiónpara hablar
en mi pasión.)
Fadrique
(Pues el favor o el desprecio
de uno buscamos, en precio
nuestro la letra ha venido.)
Flora
Canta.
¿Quién me dirá quién ha sido
amor de mayor aprecio?
Fadrique
(De aquesta letra la duda
licencia de responder
a ella ha dado.)
Carlos
(Yo he de ser quien a
responder acuda.)
Llegan los duques.
Duque
A esa cuestión os ayuda
nuestra venida; que ha sido
la que apurar ha querido
de vos cuál merece el precio...
Flora
Canta el que hace entendido al necio
o el que necio al entendido.
Sale Fadrique.
Fadrique
Mío ha de ser en rigor
el más digno premio, pues
siempre mejor causa es
la que hace efecto mejor;
luego si la de mi amor
hizo en mí mejor efeto
–cuanto hay de un necio a un discreto–,
más noble amor es, señora,
el que un sujeto mejora
que el que destruye un sujeto.
Sale Carlos.
Carlos
Concedo cuán mejor es
cuerdo hacerse un ignorante,
mas no es eso en un amante
mérito, sino interés.
Si tú has mejorado, pues,
yo he empeorado; y siendo así,
tú ganaste y yo perdí.
Si fue causa Diana bella,
tú a ella lo agradece y ella
agradézcamelo a mí.
Fadrique
Más tiene que agradecer
quien da en cualquiera ocasión
la causa a una ilustre acción
de ganar que de perder;
luego yo he venido a ser,
valiéndome tu conceto,
a quien tiene en este efeto
que agradecer su fortuna;
pues la obligamos, yo a una
perfección y tú a un defeto.
Carlos
El alma, como es esencia,
siempre a saber aspiró;
amor, como es pasión, no;
luego adquirir una ciencia
no es amor; sí, en su violencia,
perderla. Luego, en rigor,
los defectos del amor
son perfecciones; y es tanto
mayor la perfección cuanto
es el defecto mayor.
Fadrique
Que el alma aspiró a saber,
como esencia pura, yo
lo concedo; pero no
que el defecto pudo ser
perfección en el querer;
porque aunque amor en tal calma
sólo es pasión, a la palma
irá de la esencia; pues
quien pasión del alma es,
costumbres tendrá del alma.
Carlos
Luego estando el alma ya
sólo en querer ocupada,
su pasión acostumbrada
sólo a querer estará;
luego tiempo no tendrá
de estudiar ni de saber,
pues la ciencia del querer
el tiempo le está quitando.
Luego, es más fineza, amando,
ignorar que no aprender.
Fadrique
Aprender por obligar
y obligar por merecer,
todo nace de un querer.
Carlos
Sí; mas de querer lograr
y no es amar por amar.
Fadrique
¿Amar por amar ha sido
amor que obliga rendido?
Carlos
Más digno es.
Fadrique
De más aprecio
el que hace entendido al necio.
Carlos
El que necio al entendido.
Filiberto
Aquesta cuestión de amor
ya no te deja, Diana,
más que discurrir; y es fuerza
que declares quién alcanza
mayor mérito.
Duque
Yo humildete lo
suplico a tus plantas,
porque cesen de una vez
los efectos con la causa.
Clori
¿Qué dudas?
Nise
¿De qué recelas?
Estela
¿Qué es lo que esperas?
Flora
¿Qué aguardas?
Diana
Igualmente de los dos
convencida y obligada
estoy, viendo dos efectos
tan opuestos de una causa.
Igual el estremo ha sido,
aunque con acción contraria;
y así, es fuerza que a ninguno
prefiera.
Pernía
(¡Cuánto me holgarade
que a ninguno escogiera
y la comedia acabara
quedando esta vez solteros
los galanes y las damas!)
Diana
Y así, dejando a los dos,
pasiones de amor estrañas,
en su estimación –quedando
en igual crédito ambas–
y acudiendo a haber tenido,
antes que mi amor llegara
a aquesta experiencia, a Carlos
inclinación reservada
desde el día que le vi
en el festín con mil galas
y con mil vitorias luego
en la tela, a él le señala
por dueño suyo. Mi voz
poco, Fadrique, os agravia,
pues no os prefiere porque
su amor excedido os haya,
sino su estrella, primero
que a veros a vos llegara.
Fadrique
Yo estoy tan desvanecido,
hermosísima Diana,
de verme cuerdo por vos
que no quiero esta alabanza
malograr con los estremos
de mi necedad pasada;
pues es la mayor cordura
que el arte de amor alcanza
saber sufrir una pena
y sentir una desgracia.
Carlos
A mí me da, Diana hermosa,
a besar tu mano blanca;
que si amor me hizo indiscreto
con penas, desvelos y ansias,
cuerdo me hará con favores.
Pernía
Conque en la comedia acaban
de una causa dos efectos;
y nacerán de otra causa
otros dos gustos, si es buena;
y perdones, siendo mala.
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- Zitationsvorschlag für diese Edition
- TextGrid Repository (2026). Calderón de la Barca, Pedro. De una causa, dos efectos. CalDraCor. https://hdl.handle.net/21.11113/4gc1p.0