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Los

caballeros del amor

(Memorias del reinado de Carlos III)

Novela histórica

Escrita por

Álvaro Carrillo

Tomo I

Barcelona

Jaime Seix, editor

Calle de Dóu, núm 15, (antigua universidad)

1978

Prólogo. Un amor criminal

Sobre las cinco de la tarde de un día de Otoño del año 1776, los bosques de Valsain se hallaban invadidos por una multitud alegre, inquieta y bulliciosa que les recorría en todas direcciones, dando gritos de júbilo.

El buen rey don Carlos III, entregábase a su favorita diversión de la caza, y precisamente esta había ofrecido durante el día las peripecias y todos los incidentes que tanto entusiasman a los cazadores.

Dos días antes había ido el montero mayor a participar al monarca, que se habían levantado algunas piezas en el bosque, y que había tomado las disposiciones necesarias a fin de que no se escaparan, hasta el día que S. M. determinase.

Carlos III, que tratándose de una cacería mostraba siempre las mejores disposiciones, participó a sus caballeros lo que había; dispuso para dentro de dos días el ataque de las piezas, y el montero mayor marchó al sitio para disponer convenientemente los ojeadores, las trahillas, los puestos y lo demás necesario para aquella diversión.

En los momentos que da comienzo nuestro relato, la cacería estaba, digámoslo así, en el período álgido.

Habíanse levantado por la mañana un jabalí, dos o tres venados y algunas otras piezas menores; los ojeadores habían ido estrechando el círculo, los cazadores habíanse esparcido por distintos sitios, las trompas resonaban cada vez con más fuerza, los rastros estaban completamente determinados ya, y todo anunciaba que la crisis suprema estaba próxima.

En uno de los extremos del bosque, donde se abría una pequeña plazoleta, corriendo a corta distancia un humilde arroyuelo, un caballero, cazador, sin duda, de los que habían ido acompañando al monarca, hablaba con un individuo de siniestra catadura y de feroz continente, e indudablemente el objeto de su conversación había de ser muy grave, puesto que hablaban en voz muy baja, y lo mismo el uno que el otro no dejaban de dirigir recelosas miradas a su alrededor.

- ¿De qué medio vas a valerte para que Alina venga a este sitio? - preguntaba el caballero.

- No creo que os importe mucho - respondió con descaro su interlocutor - mientras realice lo que deseáis.

- ¿De modo que tienes seguridad del éxito?

- Yo la tengo siempre en lo que hago - repuso con cierta fatuidad el personaje de la siniestra catadura.

- Pero, vamos a ver, García - dijo el caballero.- ¿A qué llevar esa existencia tan llena de azares, cuando una sola palabra mía pudiera darte en la corte un destino o una representación de que careces? Cesa ya en esa existencia aventurera, preñada de peligros, y yo te prometo...

- Nada me prometáis, conde, porque nada aceptaría. ¿Por qué no abandonáis vos esa existencia de liviandades, y hasta de crímenes, que estáis llevando? Porque en vos existe algo que os impulsa por ese camino, a pesar de la posición que disfrutáis en la corte, a pesar de tener una esposa que os ama, de tener un hijo que podrá ser mañana vuestro orgullo, y una hija llamada a heredar las virtudes y la belleza de su madre.

- ¿Quieres comparar tu existencia con la mía?

- ¿Por qué no? Doblemente criminal es en vos el que no hayáis podido dominar vuestros perversos impulsos, disfrutando de una posición como la que tenéis.

- Y si yo no tuviera estos perversos instintos, ¿quieres decirme de qué vivirías?

- No os lo niego; vos llenáis mi bolsa cuando está vacía, y merced a vos estoy viviendo hace algunos años alegre y divertido; pero también debéis tener en cuenta que si no os sirviera, siempre encontraría otro magnate que premiara mis servicios con la misma generosidad que vos; porque, sin que sea presunción, imagínome que valgo alguna cosa.

- Presumido eres, y aun cuando es verdad que sirves para mucho, también lo es que te lo crees demasiado.

- ¿Acaso os hubiera servido otro como os serví yo en el asunto de la duquesa de Jarandilla?

- No hablemos de eso.

- Si os lo recuerdo, vos únicamente tenéis la culpa.

- Contraigámonos única y exclusivamente a lo que vas a hacer hoy.

- ¿Y qué queréis que os diga de ello? Todo lo sabéis; estáis estorbándome ya, porque tal vez esta próximo el momento en que mis gentes conduzcan a este sitio a la hija del senador Aldobrantini, y no creo que sea conveniente que ella os encuentre aquí.

- Pero, ¿vendrá el montero también?

- Vendrá; no tengáis duda.

- Y supongo que no saldrá de aquí.

- Si eso es lo que deseáis, y por eso me habéis pagado, ¿por qué estáis dudando?

- Alina ha de quedar en mi poder esta noche.

- Quedará; estad seguro.

- El final de la cacería esta próximo; y quiero saber antes que termine, el éxito de tu empresa.

- Id descuidado, que tiempo tendréis de saberlo.

El conde de Lazán, que tal era el título que en la corte llevaba el caballero que hablaba con García, después de haber cruzado algunas palabras con éste, dándole nuevos encargos respecto al proyecto que llevaban entre manos, clavó las espuelas en los costados del corcel y salió a galope de la plazoleta, dirigiéndose por una de las veredas que en ella desembocaban, en la dirección que se percibían los gritos y las trompas de los cazadores.

García se quedó solo, y sentándose sobre un tronco de árbol, abatido sin duda por la violencia del huracán, murmuró:

- He ahí lo que es la fortuna: ¿quién hubiera de decir que el conde y yo nos hemos criado juntos, y juntos hemos pasado los primeros años de nuestra vida? Él, a pesar de sus infamias y de sus liviandades, obtiene consideraciones y distinciones en la corte; y yo, haciendo quizás menos que él, arrastro una vida miserable y azarosa, expuesto siempre a que un alcalde de casa y corte se le antoje hacer una excursión - que no dejaría de ser curiosa - por mi vida, excursión de la cual resultaríame indudablemente un encierro, que maldito lo que tendría de agradable para mí a quien tanto le agrada la libertad.

Sin duda hubiera proseguido García su monólogo, a no haber apercibido a lo lejos un rumor que se iba aproximando, que le hizo fijar su atención en él, y que le obligó a exclamar por fin:

- ¡Hola! sin duda se dirige hacia aquí la dama; pero me extraña que no me hayan hecho la señal.

En este momento percibió el gorgeo de un ave, con tanta perfección imitado, que no pudo menos de decir:

- Vamos, al Jilguero le cuadra perfectamente el apodo, porque lo hace con una perfección admirable.

Un nuevo rumor que en dirección opuesta del primero llegó hasta sus oídos, llamó su atención, y a la par que salía de la plazoleta, hundiéndose, por decirlo así, en los matorrales inmediatos, murmuró:

- Juraría que los cazadores se dirigen hacia este sitio. ¡Diablo! Esto sí que podría ser una contrariedad con la cual no he contado; necesario será que esté muy alerta por lo que suceder.

Y deslizándose por entre la maleza, casi sin hacer ruido alguno, alejóse de la plazoleta.

Y por cierto que lo hizo a tiempo.

Una bellísima dama, que escasamente podría contar algunos diez y siete años, cabalgando en un brioso corcel de pura raza andaluza, apareció en el sitio que acababa de abandonar García, y fijando curiosas miradas a su alrededor, murmuró:

- No peca de muy puntual el buen montero; si supiera que había de esperarle mucho puede que me volviera por donde he venido.

Pero de súbito, oyóse violento rumor en los jarales inmediatos; dirigió la dama su vista hacia ellos, y una exclamación de alegría estuvo a punto de brotar de sus labios.

Abrióse de pronto el ramaje, y un joven montero, de fisonomía simpática y expresiva, de gallarda apostura y de altivo continente, lanzóse a la plazoleta, exclamando:

- ¡Oh! señora, ¡perdonadme por haberos hecho esperar!

- No merecíais que una se interesase tanto por vos; y si no fuera porque os debo la vida!...

Y la joven hizo un mohín encantador, amenazando con su linda mano al gentil montero, que se apresuró a contestar:

- ¿Es decir, señora, que únicamente la gratitud es la que os obliga?

- ¡Oh! no tal; no es solamente la gratitud, sino algo que como sabéis, existe en este corazón.

- ¡Benditos sean esos labios que tan dulces palabras saben pronunciar! Señora mía, estrella de mi alma, ¿es cierto lo que me han dicho? ¿Es verdad que vais a marcharos de Madrid? ¿Es verdad que vais a dejar las tristes orillas del Manzanares por las azules aguas del Adriático?

- ¿Y qué teméis que os suceda, aun cuando sea así?

- ¿Y vos me lo preguntáis? Vos que sabéis que no tengo vida más que en vuestra mirada, ni aliento más que en vuestra sonrisa, ¿me preguntáis todavía qué puede sucederme? Morir lo mismo que muere la flor falta de sol y de aire.

- ¿Por qué no venis a Venecia con mi padre?

- ¡Oh! eso fuera la vida para mí; pero harto sabéis que aquí me retiene el deber.

- ¿Y si mi padre os pidiese al rey vuestro señor?

- Estar cerca de vos, aspirar vuestro aliento, embriagarme en vuestra mirada amante, respirar el mismo aire que respiráis y abrasarme con el mismo rayo de sol que os presta calor, fuera para mí la felicidad suprema.

- Pues sabed, señor Andrés de Montalván, que mi padre el senador Aldobrantini, ha pedido esta tarde al rey don Carlos III, vuestro señor, que le conceda la gracia de cuidarse de vuestro adelantamiento, ya que a vos le debe la dicha de conservar a su hija.

- ¿De veras?

- Sí señor.

- ¿Y qué ha contestado el rey?

- El rey, que desea estar en paz con la señoría de Venecia, se ha apresurado a conceder a mi padre lo que deseaba.

- ¡Bendita, bendita la hora en que os conocí! No hay en mi cuerpo una sola gota de sangre, ni en mi mente un pensamiento, ni en mi corazon un latido que no os pertenezcan.

Y el joven llegó a aproximarse tanto al caballo de la dama, que la mano de ésta se encontró al borde de sus labios, y no tuvo más que aproximarlos insensiblemente para depositar en ella el beso más ardiente que dio jamás enamorado alguno.

En este momento percibióse el sonido de las trompas y la gritería de los cazadores, de tal manera, que Alina, puesto que ya sabemos que así se llamaba la dama, no pudo menos de exclamar:

- ¡Dios mío, si se dirigiera la cacería por este sitio!

- ¡Oh! no paséis temor alguno; esta parte del bosque está precisamente fuera del radio que abrazan los ojeadores. Ya lo tuve yo en cuenta así al determinaros este sitio para la entrevista en que tan feliz me habéis hecho.

Pero en este momento, para demostrar quizás al joven montero el error que había padecido, percibieron a corta distancia del lugar en que se hallaban, un extraño rumor, y al fijar la joven sus ojos en aquella dirección, un grito de terror se exhaló de sus labios.

Un enorme jabalí, perseguido y ostigado por los perros, con su instinto de conservación había comprendido que el arroyo que cruzaba una parte del bosque podía salvarle, y se había arrojado a él, caminando un buen espacio por el agua hasta que llegó a la plazoleta en que se hallaban los dos jóvenes.

Si sorpresa experimentó Alina, no fue menos la del montero, que, dirigiéndose a la joven, dijo:

- Cuidado, señora; no perdáis la serenidad en estos momentos; refrenad el caballo, no os arroje al suelo en algún movimiento de espanto, y dejad todo lo demás para mí.

- Pero, ¿qué podréis hacer contra esa fiera? - exclamó Alina con tembloroso acento.

- Salvaros, o perder la vida.

Y el joven, sacando el cuchillo, lanzóse audazmente sobre el jabalí, que se había detenido breves instantes antes de acometer.

Tal vez hubiera pasado de largo, pues aterrorizado por los ladridos de los perros, los gritos de los cazadores y el sonido de las trompas, hubiera ido a buscar su salvación en lo más espeso del bosque, ya que había conseguido evadirse del círculo de los ojeadores y echado a perder el rastro a los perros.

Mas el movimiento de Andrés, pues así sabemos que se llamaba el montero, fue causa para que, por lo visto, cambiase de opinión.

Fijó alternativamente su encendida pupila en Alina y en el montero, y comprendiendo que la presa más segura era la de la primera, lanzóse sobre ella, consiguiendo burlar el golpe que el montero le dirigía, haciéndole caer al suelo.

Un nuevo grito de espanto lanzado por Alina, y un furioso bote que dio el caballo, hicieron a Andrés volver en sí del aturdimiento que le produjo la caída, y alzándose rápidamente fue a interponerse entre Alina y la fiera.

En este momento, los ladridos de los perros demostraron que, sin duda alguno de ellos había vadeado el arroyo y encontrado el rastro, llamando hacia sí la atención de los cazadores.

Segundos después, tres o cuatro sabuesos de los más finos desembocaban en la plazoleta, y se arrojaban furiosos sobre el jabalí.

Irritado éste, revolvíase contra sus nuevos acometedores, mientras que el montero, alentado con el nuevo auxilio que recibía, gritó a la aterrada dama:

- ¡No paséis temor, señora, que presto estaréis libre!

Y efectivamente, con una serenidad asombrosa fuese hacia la fiera, que se debatía desesperadamente entre los perros que habían hecho presa en ella, y le hundió el cuchillo en el costado.

Pero en este momento, y cuando el joven iba a lanzarse para sostener a Alina, a quien veía vacilar sobre el caballo, un cazador que salió de la vereda inmediata, cayó sobre él con la espada en la mano, y antes de que pudiese hacer movimiento alguno, le atravesó con ella, diciendo:

- ¡Miserable! ¿qué intentabas hacer con esa dama?

Un grito desgarrador que brotó de los labios de Alina, siguió a la caída del montero.

- Ya os he vengado, señora -dijo el caballero, que no era otro que el conde de Lazán.

Pero Alina no podía oírle.

La acción del conde había agotado sus fuerzas, debilitadas ya por las anteriores emociones.

Cerró los ojos, y hubiera indudablemente caído al suelo, a no aparecer en aquel instante en la plazoleta, atraídos por los ladridos de los perros, varios cazadores de los cuales algunos, apercibidos del estado de Alina, apresuráronse a sostenerla.

Poco después, el monarca y el senador Aldobrantini, enviado extraordinario de la República de Venecia cerca del rey de España, tenían noticia de lo ocurrido.

El conde de Lazán lo explicó, manifestando que al aparecer él en la plazoleta, juzgó que el montero intentaba algo ofensivo al decoro de Alina, y se apresuró a castigarle.

La soledad del sitio, el hallarse Alina y el montero solos en él, prestaban algún viso de verdad a la suposición del conde; así fue que no se juzgó el hecho más que como un incidente desgraciado, como una equivocación lamentable, y aun la misma Alina, cuando estuvo en estado de poder hablar, no pudo acusar al conde, quien, por otra parte, hasta entonces no le había dado lugar a concebir sospechas.

El conde de Lazán llegó a la plazoleta, creyendo que García habría ya dado cima a su encargo; pero la aparición de la fiera, primero, y la proximidad de los cazadores, después, impidieron que García se arriesgase, y el conde, lleno de ira se lanzó hacia el montero, a quien había reconocido desde algún tiempo antes como un rival peligroso.

Alina estuvo gravemente enferma, y tan luego como se restableció algún tanto, marchó con su padre a Venecia, llevando muerto el corazón para el amor; pues el montero había sido su primera, y según ella juzgaba, su única pasión.

Poco después de haber marchado Alina, el conde de Lazán consiguió de Carlos III que le confiase una misión para el rey de Nápoles, y marchó a Italia acompañado de García, a quien dijo:

- Te perdonaré tu falta de habilidad en el negocio de la cacería, con tal de que pongas en mi poder a Alina.

- ¿Y si hay que pasar por encima de algún cadáver para llegar hasta ella? - Preguntó el bandido, pues tal calificación podemos darle sin temor alguno de ofenderle.

- Pasa, como yo he pasado sobre el del montero.

García inclinó la cabeza en señal de obediencia, y llegó a Italia en compañía del conde.

Éste era apuesto y galán todavía, y su permanencia en Italia se prolongó por espacio de tres años.

Habíase propuesto no salir de allí sin realizar su propósito, y lo realizó.

Un año después de haber llegado a aquel país, dirigíase a Venecia, donde ya le había precedido algún tiempo antes García.

Hizo que el rey de Nápoles le confiriera un cargo, digámoslo así, oficial, y marchó a desempeñarle.

Pero en realidad no tenía otro objeto que el de ponerse frente a frente de Alina.

El senador Aldobrantini habíase retirado con su hija, cuya salud quedó sumamente delicada desde su regreso de España, a una quinta no lejos de Venecia, en cuyo punto fue a visitarles el conde de Lazán.

Éste poseía todas las condiciones a propósito para seducir y fascinar a una mujer.

Mucho tenía que hacer para vencer en el corazón de Alina el recuerdo de la escena ocurrida en la cacería de Valsain, pero, sin embargo, tales trazas supo usar y de tal modo se manejó, que poco a poco fue desvaneciéndose aquella impresión.

El viejo senador no se encontraba en un sentido muy favorable a España; pero Alina, que no estaba en su caso, cuya inexperiencia no habían sido suficientes los años transcurridos a vencer, escuchaba al conde con gusto, y aun le defendía cuando su padre, con mayor experiencia y más conocimiento de mundo, juzgábale hipócrita y perverso.

Pero a pesar de las simpatías que Alina tuviese respecto al de Lazán, no debe presumirse por esto que se hallase dispuesta a favorecer sus criminales aspiraciones.

Sabía que era casado; había conocido en Madrid a su esposa; y el conde, que tenía motivos para conocer el modo de pensar y los sentimientos de la joven veneciana, guardóse muy bien de hacerle indicación alguna que diese lugar a un rompimiento.

Pero lo que de buen grado sabía el conde que no se le había de conceder, estaba resuelto a conseguirlo por medio de la fuerza.

En el tiempo que había permanecido en Nápoles, había cometido ya otra iniquidad de aquellas que señalaban su paso por donde quiera que iba.

La familia Monteleone, una de las más nobles del país, había sufrido las consecuencias del impuro libertinaje del magnate español.

El anciano Monteleone había sucumbido, tratando de defender la honra de su hija; sus dos hijos, denunciados como conspiradores al rey de Nápoles, habían muerto en un suplicio innoble; la hija del anciano habíase vuelto loca de desesperación y de dolor: únicamente había podido salvarse el mas joven de todos los hermanos, merced a encontrarse lejos de aquellos sitios cuando tuvieron lugar los sucesos que acabamos de indicar.

Con esta hazaña, había el conde de Lazán inaugurado, por decirlo así, su estancia en Italia, y semejante hecho era el prólogo del sangriento drama reservado a la familia Aldobrantini.

García no se separaba del conde; su cómplice, o mejor dicho, el alma de todas sus infamias, servíale con una lealtad extraordinaria, porque realmente le pagaba aquél sus servicios con una largueza superior todavía al mismo servicio que prestaba.

En este estado, el conde anunció un día su regreso a España.

Aldobrantini no pudo menos de regocijarse por un suceso que alejaba de su presencia un hombre respecto a quien, sin poderse explicar la razón, abrigaba una repulsión invencible.

La partida tuvo efecto; pero dos días después, y en medio de una noche tempestuosa, la quinta que habitaba fue asaltada por una partida de bandidos, a cuyo frente iba un individuo cubierto el rostro con un antifaz negro, el cual se dirigió inmediatamente a la cámara de Alina, y cogiéndola en sus brazos, arrastróla fuera de su aposento.

El viejo senador encontró, para defender a su hija, el antiguo brío de su juventud; pero el raptor de Alina, sosteniendo el inanimado cuerpo de la joven con un brazo, y manejando con el otro la espada, arrojóse sobre él, y a los pocos minutos el desdichado padre regaba con su sangre la deshonra de su hija.

Porque el miserable no vaciló en cometer un nuevo crimen.

Pero, cuando iba a salir de la quinta, las gentes de las inmediaciones, puestas en movimiento por los criados del senador, acudían en su socorro, y el miserable no tuvo otro remedio que abandonar aquel sitio seguido de sus cómplices.

Mas Abina le había reconocido.

Debatiéndose entre sus brazos, había conseguido arrancarle la mascarilla que le cubría el rostro.

Y un grito de horror habíase exhalado de sus labios, grito al cual siguió un prolongado desvanecimiento.

Cuando volvió en sí, vio que al lado de su padre, cuidando de sus heridas y auxiliándole en sus últimos momentos, había un joven.

Éste, al abrir ella los ojos procurando darse cuenta de cuanto había pasado, le dijo:

- Señora, sé cuanto os ha sucedido; contad conmigo como contaríais con vuestro hermano.

Abina, viendo que el estado de su padre era completamente desesperado, no juzgó conveniente desesperarle mucho más revelándole el nombre de su infame verdugo.

Pocas horas después, el anciano Aldobrantini fallecía a consecuencia de las heridas que recibiera.

Entonces, sobre el cadáver del anciano, el joven que había ayudado a Alina en los últimos cuidados prodigados a aquél, le dijo:

- Abina, yo me llamo Mario de Monteleone; sin que vos lo hayáis dicho, presumo quién ha sido el matador de vuestro padre; yo también tengo que vengar tanto como vos. ¿Queréis aceptarme como compañero para perseguir sin tregua ni descanso al miserable conde de Lazán?

Abina permaneció pensativa durante un breve espacio.

Después alzó resueltamente la cabeza, y dijo:

- Acepto, hermano.

FIN DEL PRÓLOGO

Tomo Primero

Capítulo I. Quién era don Luis de Guevara, y quiénes eran «Los Caballeros del Amor.»

Estamos en el año 1786.

Han pasado veinte años de los sucesos narrados en el prólogo de nuestra obra.

España se felicitaba cada día más de que la muerte del buen Fernando VI, sin sucesión, hubiese facilitado el trono a su hermano, el rey de Nápoles don Carlos III.

Por doquiera tocábanse las mejoras producidas por su benéfico reinado.

Las recientes colonizaciones de Sierra Morena, era uno de los acontecimientos más notables de aquel tiempo, y la causa formada a Olavide, superintendente de aquellas colonias, como hereje, no había contribuido poco a la nombradía que adquirieron.

Muchas eran las quejas que se habían formulado respecto a la formación de aquellas colonias, y distintas las informaciones que se habían hecho sobre los excesos que se delataban.

Un día, Carlos III, temeroso de que las personas enviadas para hacer aquellas informaciones obedecieran tal vez, más que a la imparcialidad y rectitud necesarias en tales casos, a las interesadas miras o a las ideas particulares de cada uno, quiso enviar una persona totalmente desligada de todo compromiso y que no excitase sospecha, y cuya conducta anterior no predispusiese en favor o en contra de sus propósitos.

Dirigió sus miradas a su alrededor, y precisamente el conde de Lazán habíale hablado en distintas ocasiones de un hidalgo, hijo de un antiguo compañero suyo, de noble solar, pero de escurrida bolsa, el cual contaba con muchos cuarteles en su escudo y tantas heridas en su cuerpo como cuarteles, quien le había recomendado a su descendiente para que viera de adelantarle en la corte.

En igual sentido también habíale hablado el marqués del Alcázar, anciano caballero de su corte, de probada lealtad y de conocimientos bastante profundos, y merced a las recomendaciones de uno y de otro, terciando también en ellas el conde de Aranda, el monarca habíale dado uno de los cargos en el cuarto de su hijo el príncipe don Carlos.

Desde los primeros momentos habíale sido simpático el caballero don Luis de Guevara, que así se llamaba nuestro hidalgo, y Carlos III, hábil para conocer todo el partido que podía sacar de todas las personas que le rodeaban, comprendió desde luego que de la madera de aquel joven era de la que se hacían los buenos hombres de Estado.

Luis poseía eso que vulgarmente suele llamarse buena estrella.

No había persona que le viera que no simpatizara con él.

Porque en sus azules ojos estaba retratada la franqueza y la lealtad; en la sonrisa de sus labios reflejábase la nobleza de su alma, y finalmente en su frente despejada y serena, no había la más leve sombra de astucia y de doblez.

Don Luis de Guevara era valiente, audaz y enamorado.

Había mostrado su valor en el famoso sitio de Gibraltar; su audacia en el modo de presentarse en la corte, y su amor dirigiendo sus obsequios a las más nobles damas de ella.

Pero al mismo tiempo era don Luis, grave, circunspecto y reservado.

Respetaba a cuantos le trataban, para obligarles a su vez a que le respetasen, y aun cuando alegre y bullicioso compañero en las noches de aventura, persiguiendo a las tapadas en las riberas del Manzanares, o en el Prado de San Jerónimo en las noches de verbena, o requebrando a las majas en los tabladillos de la plaza de toros o en las botillerías del Valenciano y de Espejuelo, que eran los dos establecimientos más famosos de la época, era al mismo tiempo respetuoso y atento con las damas, circunspecto y afable con los caballeros, y lo mismo los superiores, que sus iguales, que los de clase más humilde, amaban a don Luis, a quien conocían en Madrid desde el campillo de Manuela hasta el barrio de Maravilla, y desde la Fuente Segoviana hasta el barrio de Lavapiés.

Era al mismo tiempo también el galán más estimado en la corte, y el señor más festejado y más querido de los barrios bajos.

Generoso, atrevido, apuesto y gallardo, compasivo y humilde cuando el caso lo exigía, y duro y fuerte cuando la necesidad le obligaba, era don Luis verdaderamente, aunque de escasa fortuna, el caballero de quien más se hablaba en la corte.

Jamás faltó a los deberes de su cargo; jamás se refirió de él ninguna acción vituperable; y el rey, que a todo estaba atento y para quien ningún detalle pasaba desapercibido, no podía menos de felicitar más de una vez a los condes de Aranda y de Lazán, y al marqués del Alcázar, y aun al mismo Floridablanca, que también se había interesado por él, visto el noble comportamiento del joven.

En éste, pues, se fijó Carlos III para la misión proyectada respecto a las colonias de Sierra Morena.

Jamás le había oído hablar mal de ninguno de los caballeros que le rodeaban; nunca se hizo eco de ninguna de las hablillas que en todas las cortes suele haber en los salones, y esta discreción era un mérito que el monarca sabía apreciar en lo que valía.

Celebró dos o tres conferencias con el joven; impúsose éste en el pensamiento del monarca; y de la noche a la mañana, sin que ni amigos ni indiferentes pudiesen apercibirse de nada, don Luis de Guevara desapareció de la corte, con no poca extrañeza de los caballeros y no poco disgusto de las damas.

Dos meses duró la ausencia de don Luis.

Al cabo de ellos súpose que estaba en Madrid; pero ninguno pudo verle en los dos o tres primeros días subsiguientes a su llegada.

El en que vamos hablando era el tercero, y a consecuencia de una orden recibida del monarca, dirigióse al alcázar poco después de haber terminado la comida del rey.

Su aparición en las antecámaras de palacio, fue un verdadero acontecimiento.

Todos los caballeros apresuráronse a rodearle; y unos estrechándole la mano y preguntándole otros, apenas le dejaban respirar.

-¿Dónde has estado, Luis? -decíale uno.

-¿En qué nueva aventura te has metido? -decíale otro.

-Creímos que arrepentido de tus pasados extravíos, habías ido en busca de una celda en la Cartuja, o en el monasterio del Escorial -añadía un tercero.

-Desengáñense, señores, Guevara ha salido de Madrid para desempeñar alguna misión diplomática.

-O arrebatado quizás en los brazos de alguna dama.

-Vamos, señores, vamos, no hagáis juicios temerarios; ni he salido de Madrid, ni tiene nada de particular mi ausencia, que asuntos puramente particulares míos han hecho completamente necesaria.

-¿Tienes deudas, Guevara? -preguntóle uno de sus amigos.

-Bien sabéis que carezco de rentas.

-Desengañarse, señores, la ausencia de Luis ha sido únicamente un negocio de amor.

-De política más bien. La esposa del conde de Aranda se le muestra muy propicia, y ya sabemos que la noble dama es más astuta y más política que su mismo esposo.

-Vuelvo a repetir lo que antes he dicho -dijo el joven con seriedad- y bien sabéis que no gusto de que se dude de mis palabras: asuntos particulares míos retuviéronme ausente de vosotros, y nada más.

-Forzoso será creerte -dijo el vizconde de Lazán, hijo del conde de aquel mismo título, y hermano de una de las más hermosas doncellas de la corte.

-¡Cómo que cuando yo digo una cosa, es para que se me crea!

-¡Cómo te han echado de menos estos días Los Caballeros del Amor ! -dijo otro de sus amigos, bajando la voz y mirando recatadamente a todos lados.

-¡Pues qué! ¿para dirigir una aventura soy yo solo únicamente el necesario?

-Chico, la verdad es que únicamente cuando tú estás se hace algo de provecho. Con decirte que en los dos meses que has estado fuera, no ha habido roto ningún farol, ni ha sido apaleada ninguna ronda, ni las milicias han sufrido ningún percance, ni a la puerta de la Paloma ha habido ningún escándalo, ni Espejuelos ha tenido que renovar las cornucopias de su establecimiento...

-Vamos, pues, veo que los caballeros van volviéndose muy juiciosos.

-Es que nos faltaba el jefe.

-Pues ya está aquí.

-¿Es decir, que desde esta noche?...

-No, esta noche no -se apresuró a contestar Guevara.

-Volvemos a los misterios.

Iba a replicar el joven, cuando presentándose uno de los ujieres en la antecámara, manifestó a don Luis que Su Majestad deseaba verle.

Capítulo II. Continuación del anterior

Los Caballeros del Amor era una sociedad formada por jóvenes de buen humor, cuyas calaveradas, en más de una ocasión, habían hecho reír al buen Carlos III, tan rígido en lo que tocaba a la moral y a las buenas costumbres.

Con esto queremos decir que en aquella asociación no había realmente nada que fuese ofensivo a la moral.

Más bien calaveradas y locuras de muchachos, que no punibles excesos eran lo que registraban los anales de aquella asociación, respecto a la cual, aunque en la corte todo el mundo conocía su existencia, no se sabía quiénes formaban parte de ella.

Armar zambra y jaleo en los bailes de majas de los barrios bajos; apaciguar o promover pendencias en las botillerías donde solía concurrir la alegre sociedad de la corte; atar una cuerda a la aldaba de la puerta de un boticario para obligarle a estarse levantando toda la noche; coser las sayas de las beatas en los rosarios, novenas y procesiones de que tan pródiga era la época de que hablamos; hacer el amor a todas las doncellas hermosas, fuese la que quisiese su clase o condición; estar dispuestos siempre a sacar la espada en defensa propia y de cualquiera de sus compañeros, o de un desvalido, o de un inocente; burlarse de las rondas, de las milicias o de los guardias nocturnos, tales eran los estatutos de aquella asociación respecto a la cual citábanse tan chistosas aventuras que, como ya hemos dicho, en más de una ocasión no pudieron menos de excitar la hilaridad del buen monarca.

Guevara fue desde los primeros momentos aclamado presidente de aquella sociedad que ya encontró constituida, y cuyos estatutos no pudo modificar.

Y decimos que no pudo modificar, porque precisamente en ellos había un artículo, el más importante, con el cual no estaba muy conforme nuestro amigo.

Este era que ninguno de los Caballeros del Amor pudieran contraer matrimonio jamás; puesto que, dedicados completamente al placer, el casamiento no era más que un yugo del cual ellos mismos trataban recíprocamente de librarse.

El que contraviniese estas disposiciones, estaba obligado abatirse con cualquiera de los asociados hasta que pidiese perdón y se arrepintiera de lo hecho, o en caso contrario hasta sucumbir uno de los dos.

Esta condición era excesivamente dura, y no solamente dura sino hasta inmoral; pero Guevara encontró firmes a sus compañeros en dejarla subsistente, aun cuando la verdad era que hasta entonces no se había llevado a cabo ningún duelo, aunque alguno de los individuos de la asociación se había casado, y los estatutos no se modificaron, y la sociedad cobró nueva vida y movimiento con el ingreso de Luis en ella.

La llamada del joven a la cámara del monarca, con preferencia a otros caballeros que tiempo hacía estaban aguardando, no pudo menos de llamar la atención, dando margen a distintas apreciaciones.

-Lo que yo he dicho -decía un caballero en uno de los grupos- la desaparición de Guevara por tan dilatado espacio, ha sido sin duda por efecto de alguna comisión reservada que le ha confiado el monarca.

-Es un hidalgo que ha entrado con magnífico pie en la corte -decía otro- y que hará fortuna.

-¡Cómo que le protege Floridablanca!

-Él tiene buenas condiciones para medrar.

-En fin, veremos cuando salga -decía un cortesano viejo- la expresión de su rostro, y juzgaremos si es un nuevo astro que se presenta en el cielo de la corte, o si está reducido como nosotros a no ser más que un satélite de las constelaciones diferentes que brillan con más o menos intensidad en este cielo tan engañador en muchas ocasiones.

-Tiene razón el marqués -dijeron algunos caballeros- esperemos la salida de Guevara para juzgar su verdadera situación.

Pero mucho hubieron de esperar los cortesanos, y finalmente quedaron defraudadas sus esperanzas.

Una hora después, el conde de Fernán-Núñez, gentil-hombre de cámara y uno de los más leales servidores del rey, apareció en la antecámara, diciendo:

-Señores, Su Majestad me encarga os manifieste que por esta tarde le es absolutamente imposible recibiros.

Los cortesanos saludaron al conde, y fueron poco a poco saliendo de la estancia, haciendo cada uno sus comentarios respecto a la entrevista tan prolongada de Guevara con el monarca.

Entretanto, el joven, objeto de aquellos comentarios, había penetrado en la cámara del rey, y éste, después de tender afectuosamente su mano que aquel besó con la expresión del más profundo respeto, dijo:

-¿Habéis descansado ya, don Luis?

-Para servir a Vuestra Majestad -repuso el joven- jamás he sentido el menor cansancio, señor.

-Habéis tenido una tarea muy ruda que desempeñar, y el espacio en que lo habéis hecho ha sido muy corto. He leído la memoria que habéis escrito, y en ella se pueden apreciar debidamente vuestros esfuerzos.

-Si ha conseguido agradar a Vuestra Majestad, si en ella he llegado siquiera a aproximarme a la idea de mi soberano, todos mis esfuerzos, todos mis afanes quedan suficientemente recompensados.

-Si por cierto, caballero; comprendisteis mi deseo y pláceme en gran manera el criterio que habéis formado respecto a lo que presenciasteis.

-Únicamente, señor, en todo ello no hubo más que la buena voluntad con que lo hice.

-¿Y acaso os parece poco? Referidme, ya que con ese objeto os he llamado, cuanto habéis visto y cuanto habéis pensado, porque en la memoria que me disteis falta algun detalle que en verdad quisiera conocer.

Luis refirió entonces al monarca todas las incidencias de su viaje; los defectos que había tenido ocasión de apreciar en aquellas colonizaciones, defectos que no podían achacarse exclusivamente a Olavide, sino que eran hijos, en primer lugar, de la misma clase de colonos que se habían traído, de los mismos contratistas, y aun de ciertas ingerencias intolerantes que contribuían a agriar los ánimos.

Carlos III escuchó atentamente el relato de Luis, comprendiendo muy bien que había hecho a conciencia el estudio que lo ordenara, y después que se hubo hecho cargo perfectamente de todo, pidió al joven su parecer con alguna más amplitud de la que le expusiera en la memoria que entregó al monarca.

Entonces fue cuando presumiendo que se prolongaría bastante su conferencia, dio orden al conde de Fernán-Núñez de que saliese a la antecámara, manifestando que no podía recibir Su Majestad aquella tarde a los caballeros que le esperaban.

Luis, con la misma franqueza con que había expuesto la situación de las colonias, exponía a su vez los medios que suponía conducentes para mejorar aquel estado, y esto expuesto con sencillez, sin mostrar pretensiones ni echársela de doctor, producía mayor efecto en el ánimo del rey, ya de suyo predispuesto en favor del caballero.

Una vez que hubo terminado éste, una vez que con tanta modestia como dignidad recibió los plácemes que le daba el monarca, éste le dijo:

-Paréceme, según ha llegado a mis noticias, que habéis alegado algunos derechos al condado y señorío de Castro-Nuño que hoy pertenece a la corona.

-Sí, señor.

-¿Y en qué fundáis vuestro derecho?

-Mis antepasados, durante el reinado del señor rey don Carlos II, hubieron de mostrarse contrarios al favor de que disfrutaba don Juan de Austria, de lo cual se produjeron persecuciones, secuestros, y finalmente la pérdida de todos sus bienes. No seré yo, señor, quien censure aquella providencia del monarca; pero durante el siguiente reinado, mi abuelo sirvió leal y fielmente al rey; mi padre ha venido haciendo lo mismo, y cuando se nos ha devuelto nuestro buen nombre y fama, cuando con la sangre de los míos se ha lavado aquella ligera mancha, aun cuando el augusto hermano de Vuestra Majestad devolvió a mi padre su estimación y aprecio, era tal nuestra pobreza, que por no poder pagar los derechos devengados en tantos años, no pudimos recobrar ese título ni ese señorío ganado en más remotos tiempos con la sangre de los ascendientes de mi padre. Yo, señor, una vez en la corte y disfrutando de la gracia de Vuestra Majestad, he creído que debía reclamar ese señorío, perdido en una época de disfavor, y que parecía lógico que al devolvérsenos éste, se nos devolviese también aquél; pero sin duda el tribunal lo entiende de otra manera, porque el tiempo se va pasando y resolución alguna no ha habido todavía.

-Está bien, señor conde de Castro-Nuño; participad a vuestro padre que el rey le devuelve su título y su estado con exención de todo derecho, haciéndole tal merced en pago de sus servicios y los de su hijo.

-¡Oh, Señor, tanta bondad! -exclamó el joven con acento trémulo de alegría.

-Pláceme premiar a los buenos servidores, que la gratitud en los monarcas engendra también lealtad y aprecio en los vasallos. Y decidle a vuestro padre también, que Nos tendremos una satisfacción en verle alguna vez por nuestra corte.

-Lágrimas de alegría derramará el noble anciano, señor, por la nueva muestra de cariño que Vuestra Majestad le otorga.

-En cuanto a vos, caballero, mostraos como hasta aquí, y de mi cuenta corre vuestro acrecentamiento.

-Harto recompensado estoy ya con lo que ha hecho Vuestra Majestad.

Luis comprendió que su entrevista con el monarca había terminado, y después de besar ardientemente la mano del rey, que con una sola palabra había cambiado de tal modo su situación, salió de la cámara, y poco después de palacio.

Capítulo III. De qué modo empleaba sus noches el señor don Luis de Guevara

Acababan de tocar las ánimas, y las calles del antiguo Madrid, estrechas y revueltas, se veían iluminadas más bien por los farolillos colgados devotamente delante de un nicho donde había una imagen, o por las antorchas con que los escuderos de algún grande iban alumbrando a su señor, que por los faroles mandados poner en las calles algunos años antes por el rey don Carlos.

Alguna que otra sombra solía deslizarse junto a los tapiales de una casa; deteníase ante una puerta o una ventana; hacía una seña, y bien se abría la puerta y la sombra desaparecía tras ella, o bien en la ventana aparecía otra sombra y se entablaba uno de esos diálogos recatados y ardientes que sólo saben entablar los enamorados.

Acontecía a veces que otra sombra llegaba a interrumpirlos; cruzábanse palabras breves y duras; se apercibía por algunos segundos el choque de las espadas hasta que el rumor de un cuerpo que caía, y los pasos precipitados de otro que huía, daba por terminado aquel incidente.

En aquella época el rumor de una lucha, las imprecaciones de un combatiente, o los gemidos de un moribundo eran una cosa tan frecuente, que nadie se preocupaba de ello; y si alguna ventana se abría al escuchar aquellos ruidos, podía asegurarse sin temor de errar, que debía pertenecer a la morada de alguna vieja curiosa y entrometida.

El noble conde de Lazán, don Diego Ortiz de Quiñones, habitaba un caserón solitario en un extremo de la población, en compañía de su hija María, hermosísima doncella de diez y siete años, huerfana de madre, tan discreta como hermosa, y tan buena como discreta.

El conde de Lazán, hombre de letras y caballero de alto linaje, pasaba por uno de los más dignos personajes de su época; pero de carácter tan brusco y arrebatado, que más bien se le temía que se le amaba.

María era el único ser que alegraba el severo rostro de su padre, a quien en la corte se tenía en mucho; pero con quien simpatizaban muy pocos.

María era una blanca azucena que principiaba a romper su capullo, anunciando ya todo el tesoro de pureza y hermosura que encerraba en él.

Nada más delicado, nada más suave, nada más encantador que aquella preciosa niña de diez y siete años escasos; pero que educada por un padre rígido y severo, y por un hermano ascético y noble, había adquirido una gravedad, un aplomo y un buen sentido tan recto y digno, que parecían impropios de su edad y de la corrupción que reinaba en la corte.

Luis de Guevara había tenido siempre franca la entrada en el palacio del conde.

Éste y el padre de Luis, compañeros siempre durante el reinado anterior, no había sido suficiente la pobreza a que éste se vio reducido, para entibiar el afecto de aquél.

Muchas veces, hablando los dos ancianos, y lamentándose don Francisco de Guevara del triste y oscuro porvenir que a su primogénito le estaba reservado, le había dicho el conde:

-No tengas pena, Francisco; tu hijo tiene un corazón de oro y una voluntad de hierro; tu hijo volará muy alto.

La alegría del anciano cuando supo que había entrado en la casa del rey, fue extraordinaria; y tanto él como su hija le felicitaron cordialmente.

María y Luis se habían tratado como niños durante unas temporadas que ésta había pasado en su palacio de Úbeda.

Viéronse más tarde en la corte, y Luis se sintió turbado en presencia de María, y ésta advirtió que su semblante se enrojecía y su corazón palpitaba con mayor fuerza.

Poco a poco estos síntomas tomaron un carácter más alarmante, y cuando Luis le besaba la mano, sus labios ardían, y el fuego de este beso abrasaba el corazón de la joven.

Por fin, sin pensarlo ellos, sin buscarlo, sin que pudieran darse cuenta de lo que hacían, sus labios pronunciaron las primeras frases de amor, y sus corazones trocaron los primeros juramentos.

Únicamente después, cuando Guevara reflexionó a sangre fría sobre la nueva situación que se había creado, se estremeció, pensando en las consecuencias que podía traerle.

Por más que su cuna fuera tan ilustre como la de su amada, sus riquezas eran nulas; mientras que la joven poseía uno de los patrimonios más pingües de Castilla.

Mas ya no había medio de retroceder.

Amaba y era amado.

Vio delante de sí un porvenir inmenso, y confió en él.

Desde aquel día, sólo tuvo un objeto.

España estaba a la sazón respetada por doquiera; el rey sabía elegir con destreza las personas que valían, y él se tenía por valer algo y estaba cerca del rey.

Llegar a ser primer ministro de aquel monarca, fue desde el primer momento su ambición.

Trazado ya el camino que había de seguir, púsose inmediatamente sobre él, y los primeros pasos le dieron un resultado que le alentó.

Él no veía más que a María.

Por ella trabajaba, y el galardón que con ella se prometía, debía compensarle sobradamente del disgusto y la repugnancia que le inspiraba la venalidad y la corrupción de aquella corte.

Los últimos sones del toque de ánimas perdíanse en el espacio, como dijimos al principio de este capítulo, y María, ansiosa y enamorada, esperaba impaciente a Luis.

La cándida niña no tenía más goce que aquellas conversaciones tímidas y recatadas, en las cuales hablaba a su corazón inocente y puro, el corazón ardiente, apasionado y altivo de Luis.

Educada casi sin madre, pues la perdió muy niña, su padre, con los cuidados de la corte, no pudo darle todo el cariño y todas esas delicadas atenciones que tanto apetecen los niños y que sólo las madres saben dar.

Así fue que desde que amó a Luis, parecióla que entraba en una nueva vida.

Concentró en aquel amor todos sus goces, todas sus esperanzas y toda su ventura, y vivía contemplando al apuesto paje si le tenía delante, y recordándole siempre cuando estaba ausente.

Sabido esto, fácil es de comprender la impaciencia con que le esperaría.

Largo rato hacía que había despedido a sus dueñas y doncellas, y Luis no hacía la seña convenida.

Sentada en un pesado sitial en el fondo de su cámara, fijaba una mirada anhelante en la ventana que tenía enfrente de sí, escuchando con infinita avidez el más imperceptible rumor que en la calle se percibía.

De repente su semblante se esclareció.

Levantóse precipitadamente, y se dirigió a la ventana.

El débil rumor de unas pisadas que iban adelantándose por la calle con extremada precaución, se había detenido, y un momento después resonó un golpe dado en la celosía de la ventana.

-¡Gracias, madre mía! -exclamó María fijando una mirada resplandeciente de placer en una imagen que se veía sobre un reclinatorio, al extremo opuesto de la cámara.

Abrió recatadamente la ventana, y dijo:

-¡Cuánto habéis tardado, caballero!

-Perdonadme, luz de mis ojos! -repuso Luis con enamorado acento- doliérame en el alma que pudierais pensar que esta tardanza ha sido motivada por mí.

-¡Si supierais, Luis mío, cuánto he sufrido esperándoos!

-El rey ha tenido la culpa.

-¡El rey! ¿y con qué derecho se interpone Su Majestad en nuestros amores? ¿No estásatisfecho acaso con reteneros a su lado la mayor parte del día, sino que también os quiere junto a sí las únicas horas en que podemos hablarnos sin testigos? Paréceme que llegaría a aborrecer al rey, a pesar del afecto y la lealtad tan encarnadas en mi familia, si continuara reteniéndoos como hoy.

-No habléis así, María, porque escuchándoos siento que mi resolución vacila, y debo mantenerla firme por nuestro mismo amor.

-No os comprendo.

-Ya sabéis la inmensa distancia que nos separa.

-Yo no he reparado en ella para amaros -repuso la joven con sencillez.

-Ni yo tampoco reparé en ella cuando dejé que mi corazón volara hacia el vuestro -repuso Luis con acento de tristeza- pero desde que pude reflexionar, desde el momento en que vi el imposible que erais para mí...

-¿Qué pensasteis? -preguntó María estremeciéndose.

-Que era necesario conquistarme una posición para poseeros.

-¡Oh, perdonad! Me habéis hecho sufrir durante un segundo lo que no podéis comprender.

-¡Que os he hecho sufrir!...

-Sí, Luis; temí que me dijerais que nuestro amor era un sueño insensato, y que debíamos olvidarlo.

-¿Temisteis que os dijera que olvidásemos, cuando vuestro amor es mi vida entera? María, no abriguéis jamás semejantes pensamientos. Os amo con un amor capaz de vencer todos los obstáculos que se opongan a su realización. Os di una palabra, y palabra que Luis de Guevara pronuncia, es porque su corazón la afirma.

-Perdonadme, Luis; pero sufro tanto, me veo tan sola, que hay momentos en que dudo de mi misma felicidad, y siento una angustia infinita temiendo perderla del todo.

-Mi tardanza de esta noche me ha hecho ganar mucho para vuestro amor.

-No os entiendo.

-Se ha acortado en gran parte la distancia que nos separa.

-¿Habláis con verdad? -exclamó la niña con infantil alegría.

-Por demás sabéis que jamás empaño mis labios con una mentira -repuso con una ligera entonación de severidad el gallardo paje.

-Perdonad si os ofendí, Luis; no era mi ánimo, creedlo, el inferiros una ofensa.

-Hice mal en mostrarme resentido, y vos sois la que habéis de concederme vuestro perdón. Conociendo como conozco la pureza de vuestra alma, no he debido suponer siquiera que me ofendieseis. ¿Me perdonáis?

La encantadora niña pasó sus diminutos dedos a través de la celosía, y el enamorado Luis, al aproximarlos a sus labios, comprendió que estaba perdonado.

-¿Os dignaréis, ahora, caballero, decirme cómo se ha acortado esta noche la distancia que nos separaba? -preguntó María con una gravedad cómica.

-Figuraos, bella señora, que esta tarde, refiriendo a Su Majestad todo lo que hice para el desempeño de la comisión que me dio para Sierra Morena, después que hube concluido, dijo el rey con la amabilidad que le caracteriza: Bien, don Luis; estoy contento de vos, y como me place premiar los servicios que redundan en beneficio de mis pueblos, sabiendo que habéis alegado algún derecho al señorío y condado de Castro-Nuño, os hago merced de él para vos y vuestros descendientes.

¡Dios bendiga a Su Majestad por el bien que nos ha hecho! -exclamó María.

-Y aquí tenéis ya explicado, mi bella señora, el motivo de mi tardanza. El rey me ha dado un señorío que me permitirá en lo sucesivo sostener mi rango con decencia, dando así mayor campo a mis esperanzas.

-¡Oh, cuanto bien me han hecho vuestras palabras!

-Nuestro porvenir, adorada María, se ha despejado mucho, y espero con impaciencia el día en que pueda pediros a vuestro padre, el noble don Diego Ortiz de Quiñones, sin que se crea herido en su dignidad.

-¿Y no os olvidaréis de mí?

-Hacéisme poca honra, si pensáis así. Os amo y os amaré siempre, y tenedlo muy presente, María; tarde uno, dos o tres años en llegar al puesto que ambiciono, y que ambiciono por vos solamente, tanto cariño os profesaré entonces como ahora. Os juré que trabajaría hasta poseeros: o pereceré en la demanda, o seréis mía.

-Y yo, a mi vez, os juro que seré vuestra, don Luis, o de Dios. Y ahora, ya que en tan buen camino estáis, permaneced fiel a vuestro rey y subid, subid sin temor, que yo os fío que al final de vuestro camino me encontraréis dispuesta.

Poco después el caballero besó, a través de la celosía, la blanca mano de la joven, y se separaba de la reja, murmurando:

-¡Cuánta pureza hay aquí y cuánto cieno en otros lugares! ¡Oh! Ignoro si obro bien o mal en lo que hago, pero la verdad es que únicamente cuando estoy al pie de esta ventana es cuando realmente goza mi alma.

Y sumergiéndose en sus pensamientos, tomó la calle adelante.

Capítulo IV. Quién era doña Catalina de Sandoval

Doña Catalina de Sandoval era la viuda de un pobre hidalgo extremeño, que tuvo la feliz ocurrencia de morirse antes que las liviandades de su esposa le hubieran puesto en el caso de darle muerte, o de recibirla él de mano de alguno de sus amantes.

Encontróse viuda, bella y pobre, y como que apetecía riquezas y lucir su belleza y disfrutar de su viudez, marchóse a la corte, donde pasando revista a los galanes que al poco tiempo la pidieron sus favores, otorgóselos sin reserva alguna al anciano marqués del Alcázar.

Era el marqués de tan antigua nobleza como libertino impenitente, y manteniéndose solterón a pesar de sus cincuenta años, había sabido de tal modo ocultar su liviandad, que el rey, tan rígido en sus costumbres, siguió concediendo al marqués el favor que desde su estancia en Nápoles le había otorgado.

Ambiciosa doña Catalina, bella, discreta y sagaz, supo excitar poderosamente los deseos del marqués, merced a su provocativa hermosura, y a la incontinencia y liviandad de aquél, y con su sagacidad y su astucia le sacó en cambio pingües rentas que a su sabor derrochaba.

Doña Catalina, tan liviana como su anciano amante, no le guardaba la mayor constancia.

Referíanse, aunque en voz baja, diversas aventuras con algunos caballeros de la corte, que probaban con harta verdad que la viuda no era ni podía ser leal en materia de amor.

Luis, apenas puso el pie en la corte, supuso que necesitaba algún asidero poderoso que le sostuviese y alentase en la lucha que iba a intentar.

Dos mujeres podían ofrecérselo únicamente.

Doña Catalina de Sandoval, y la condesa de Santillán.

Ambas eran hermosas, y ambas poseían grandes influencias.

El acceso hasta doña Catalina era muy fácil para un hombre osado y galante como Luis.

El acceso hasta doña Isabel de Zúñiga, esposa del conde de Santillán, aunque un tanto dada a la intriga, de una rigidez y pureza de costumbres extraordinarias, era bastante difícil.

Sin embargo, no desmayó por esto nuestro caballero.

Corría respecto a la condesa, una aventura bastante extraña.

Decíase que estaba casada con el conde de Santillán, más por una cuestión de honra que por amor; fundándose esta aventura en que el conde, algo atrevido, encontrándola una noche con varios amigos en su litera y acompañada de dos escuderos solamente, se había atrevido a cosas que la obligaron a darle su mano; pero jamás su corazón.

Y añadían que desde el día de sus bodas, las puertas de la cámara de la condesa no se habían abierto para el conde, de quien por otra parte era una fiel aliada.

Decíase además que varios caballeros habían intentado en diversas ocasiones aproximarse a doña Isabel más de lo que la etiqueta exigía; pero que la dama había sabido rechazarles y mantenerse a una respetuosa distancia.

Pero esto no pasaban de hablillas de los cortesanos, hablillas que en buen hora podían ser ciertas, mas para las cuales no existía una justificación exacta.

Luis conocía todo esto, y a pesar de lo difícil que era la conquista de una tan noble y tan rebelde dama, la emprendió con toda la astucia de que era capaz.

La protección que parecía dispensar al joven el conde de Lazán le abrieron las puertas de las principales casas de la corte, y si bien a algunas no fue más que las veces que la cortesía exigía, en otras, y la del de Santillán fue una de ellas, fue bastante frecuente.

Joven, atrevido, hermoso y nada vulgar, fijó sus ojos de una manera poderosa en doña Isabel, y la altiva dama no pudo resistir toda la fuerza de aquella mirada.

Luis comprendió que había hecho efecto, y poco a poco pudo convencerse de que adelantaba terreno.

En cuanto a doña Catalina, tiempo hacía que había dado parte en sus liviandades al caballero andaluz.

Tal era el estado en que se hallaban aquellos dos amores de necesidad que se impusiera el joven.

Una vez separado de la casa de doña María, dirigióse Luis, como ya hemos visto, a la que habitaba la bella favorita del marqués del Alcázar.

Una vez delante de ella, no se detuvo ante una ventana, sino que fue a parar a una pequeña puerta que se abría en un tapial que correspondía al edificio, y sacando de su bolsillo una llave, la abrió y desapareció tras ella.

Pocos pasos había dado por el jardín, cuando una dama, que sin duda le aguardaba, se aproximó a él, y le dijo:

-¿Sois vos, señor?

-Sí; condúceme a la habitación de tu señora.

La joven, sirviendo de guía a Luis, encaminóse hacia una escalera que comunicaba con el jardín; subieron por ella; franquearon varias habitaciones, hasta que María, abriendo el tapiz que cubría una puerta, se detuvo, diciendo a Luis:

-Pasad, señor.

El joven se detuvo.

Franqueó la puerta, y al mismo tiempo una mujer de espléndida belleza se arrojó en sus brazos, exclamando:

-¡Por fin habéis llegado!

Luis depositó aquella preciosa carga sobre los mullidos almohadones que circuían la cámara, y se sentó a su lado.

La belleza de doña Catalina pertenecía a un género que nos hemos permitido calificar de espléndida, porque seducía en el conjunto, pero que desagradaba en el detalle.

Alta, y gruesa en proporción, sus hombros, su pecho y cuello estaban perfectamente redondeados.

Su rostro oval, rodeado por anchas trenzas de cabellos rubios, expresaba más bien el lúbrico deseo de la bacante, que el puro amor de la virgen.

Rasgados y grandes sus azules ojos, gruesa la nariz y ligeramente entreabiertas sus ventanillas, un poco grande la boca y no muy delicado el contorno de la barba, formaba, como ya hemos dicho, un conjunto que agradaba y seducía; pero que no podía resistir el severo examen de la forma.

Más a pesar de esto, con la alegría y la sensualidad impresa en aquel semblante, vestida con un lujo deslumbrador y la tenue luz de algunas lámparas artificiosamente colocadas, la hermosura de doña Catalina era espléndida y poderosamente dominadora.

-¿Te impacientabas esperándome? -preguntó Luis a la dama con una inflexión de voz dulce y acariciadora.

-Impaciéntome siempre que no os veo, caballero, porque cuando una dama como yo se entrega a un hombre sin reserva como lo he hecho con vos, es porque le ama, y amándole no se puede vivir sin verle y sin que los celos acaben de arrebatar la calma que semejante amor ha dejado.

-¿Y tú tienes celos, Catalina? -exclamó don Luis un tanto intranquilo por María.

-Feliz tú si no los sientes.

-¿Pero de quién tienes celos? ¿Qué hay en mí que te dé motivo para ello?

-¿Qué hay? ¿Puede haber más que vuestra galantería, caballero? Las damas de la corte tienen las miradas muy indiscretas y las sonrisas muy provocativas, y vos no sois ningún cenobita para que dejéis de apetecer las unas y corresponder a las otras. ¿Sé acaso lo que hacéis cuando estáis apartado de mi lado?

-Ya te lo he dicho, muchas veces; paso en la cámara del rey la mayor parte del tiempo, o hablando con otros caballeros que me conceden su amistad.

-Porque no quiero que estés en la cámara del rey todo el día, he obligado al marqués a que influya con el monarca para que te conceda ese condado de Castro-Nuño que solicitas.

-¿Con qué has sido tú? -preguntó Luis haciendo un imperceptible gesto de disgusto.

-¿Por qué te sorprende?

-Porque ese es un nuevo lazo que me obliga más para tu amor -repuso Luis, atrayendo junto a sí a la joven y besándola en la boca.

-¡Oh, Luis mío! ¡Cuánto te amo!

-¿Con que tú fuiste quien habló al marqués en mi favor?

-No le hablé; se lo mandé -dijo Catalina con orgullo. Cuando se tropieza con un hombre como el marqués, no se debe suplicar, sino exigir.

-Tienes razón; ese marqués disfruta de un gran favor con el rey.

-Pero tú disfrutarás más que él, porque yo te pondré en situación de que le venzas.

-¿Qué estás diciendo? -exclamó Luis, por cuyos ojos pasó un fugitivo relámpago de ambición.

-Que tú subirás tan alto, que pisotearás a esos hombres.

-¿Estás en ti? El marqués del Alcázar no caerá nunca.

-Entonces caerás tú.

-¡Yo!

-Tú, sí; porque el marqués comenzará a sospechar de ti.

-No lo creas: poseyendo tu cariño y el favor del monarca, impórtame poco todo lo que el despecho del marqués pueda hacer. Hay aspiraciones en mi corazón; en mi cabeza se agitan cien ensueños de ambición que a todo trance realizaré, aunque hubieran de costarme la vida.

-¡Oh, no! ¡Morir tú! ¡Jamás! Quiero que subas muy alto, porque estoy segura de que jamás te olvidarás de lo que hice por ti.

-¡Oh, nunca!

-¡Bendito seas, Luis mío! Creo que voy a volverme loca del amor que has hecho nacer en mí.

-La felicidad no produce la locura.

-Pero la producen los celos.

-¡Celos! Ya te he dicho que deseches semejantes ideas; tú reinas sola en mi corazón.

-¡Pluguiera al cielo que fuese así!

-Lo es -repuso el joven con acento en que se advertía una ligera contrariedad.

Doña Catalina hubo de apercibirse de ello, y durante algunos minutos estuvo dándole quejas que el joven caballero trató de desvanecer, y sin duda hubo de conseguirlo, porque cuando se separaron, la dama le dijo con su acento más enamorado:

-¡Ay mi don Luis! ¡Creo que te amo hoy mucho más!

-¿Es eso cierto?

-¿Puedes dudarlo?

-Lo esencial para mí es que quedes convencida de mi amor.

-¡Lo estoy, Luis mío!

-Adiós, pues.

-No, sino hasta la vista.

Un abrazo terminó este diálogo, y los dos amantes se separaron.

Capítulo V. Marido y mujer.-El final de una noche

Don Rodrigo de Cárdenas, conde de Santillán por especiales servicios prestados por uno de sus antecesores al rey don Juan II, era un muy cumplido caballero, valiente y atrevido.

Más soldado que cortesano, era excesivamente brusco y arrebatado; pero bueno en el fondo.

Don Rodrigo se dejó arrebatar algún tanto por la corriente general.

Servía al rey con fidelidad; mas por la noche, y después del toque de ánimas, reunido con otros caballeros se lanzaba a las calles en busca de aventuras, en las cuales se envolvía generalmente más de un escándalo.

Una de las damas que más fama tenían en la corte, y con justicia, era doña Isabel de Zúñiga, hija del conde de Plasencia.

Su hermosura y su reputación sin tacha, la hacían doblemente interesante.

Altiva y poderosa, no había sentido jamás su pecho el amor, tal vez porque en la corte no había encontrado un corazón como el suyo.

Don Rodrigo la habló de amores, y doña Isabel no le escuchó.

El conde no volvió a dirigirla una sola palabra referente a su pasión; mas no olvidó por eso el desaire de que había sido objeto.

Una noche, más embriagados que de costumbre los caballeros a quienes acompañaba el conde en sus excursiones nocturnas, habían ya apaleado a algunos villanos y hecho correr a varias rondas, cuando apercibieron una litera escoltada por dos escuderos con antorchas, y conducida por dos robustos jayanes.

Dirigiéronse a ella nuestros libertinos, y el de Santillán exclamó:

-Juro por mi ánima, que siendo esta la única aventura que se nos presenta revestida de algún encanto esta noche, he de dar un beso a la dama que vaya en la litera.

-¿Y si es un caballero? -preguntaron algunos.

-Le invitaré muy cortésmente a que salga de su incómodo albergue, y me haga la honra de cruzar su espada con la mía.

-¿Y si por acaso fuese en la litera una vieja?

-Vieja o joven, mis labios se pondrán en su rostro.

Y los jóvenes, entre risas y algazara rodearon la litera; separaron a los escuderos, y el de Santillán abrió la puerta, aproximó la antorcha que cogió de uno de los escuderos, y al ver a la persona que iba dentro, exclamó:

-¡Doña Isabel!

Pero recordando su oferta, antes que la dama pudiera impedirlo, le dió un beso en la boca, diciendo:

-Lo había prometido, y un Santillán no falta jamás a su palabra.

Doña Isabel quedó petrificada por la cólera que sentía.

El ultraje había sido terrible.

Los caballeros, incluso el conde, ya no reían.

La dama, reponiéndose algún tanto, y dando a su semblante una expresión de orgullo y altivez infinitos, dijo a don Rodrigo:

-Caballero, acabáis de cometer una infamia y sois un miserable; pero como a doña Isabel de Zúñiga no puede ponerle los labios en el rostro más que su esposo, pedid mañana mi mano. En cuanto a vosotros, señores, os habéis hecho cómplices del conde y debía despreciaros. Pero os perdono. Ahora, escoltadme hasta mi casa.

Ninguno se atrevió a pronunciar una sola frase.

Mudos y avergonzados siguieron la litera, y al día siguiente el conde de Santillán pidió la mano de doña Isabel que le fue concedida.

Sin embargo, la dama no perdonó al conde jamás.

Llevó su nombre, pero no le entregó su corazón ni le dejó traspasar una noche los umbrales de su cámara.

En las apariencias, eran un matrimonio que se amaban y se estimaban por lo que verdaderamente valían.

Dentro de su casa, los dos cónyuges ocupaban habitaciones distintas.

Don Rodrigo comprendió la grave falta que había cometido, y tomó como una expiación de ella su castigo.

Conocía la clase de mujer que tenía, y dormía tranquilo y confiado por su honor, aunque disgustado y triste por su amor.

Pero pasaron los años, y el conde, hombre al fin y hombre de aquella época, buscó los placeres y encontró en ellos lo que en su casa no tenía.

Doña Isabel nada le dijo, y continuó como hasta entonces siempre en el corazón de todas las intrigas cortesanas, ayudando a medrar a su esposo.

Tales eran los dos personajes con quienes, y especialmente con doña Isabel, debemos hacer un conocimiento muy íntimo en el decurso de esta obra.

Sentada en un riquísimo estrado en el fondo de una cámara adornada con todo el lujo de la época, la condesa de Santillán apoya su frente espaciosa y admirablemente modelada, en una mano mórbida y pequeña como la de un niño.

Doña Isabel de Zúñiga frisaba apenas con los veinticuatro años; pero sus facciones tenían esa frescura y limpieza, por decirlo así, que caracterizan el rostro de una virgen.

Ligeramente moreno su rostro, destacábanse de él dos ojos negros, grandes, rasgados, ardientes y expresivos, a los que daban sombra sus espesas y largas pestañas.

Primorosamente arqueadas sus cejas, servían de base a una frente ancha y pensadora; sus sonrosados labios dejaban escapar un aliento perfumado y abrasador, que correspondía al suave movimiento de su alto y abultado seno.

Gentil, majestuoso y altivo su continente, imponía y enamoraba a la vez.

En el momento que la presentamos a nuestros lectores, con los ojos medio velados por sus luengas pestañas, y la frente apoyada sobre su mano, abstraída y abandonada, era una representación exacta de la estatua de la meditación.

Largo tiempo se pasó así, hasta que abriéndose de repente la puerta de la cámara, anunció un paje:

-¡El noble señor don Luis de Guevara!

Al escuchar este nombre, alzó la cabeza la dama, y sus mejillas se colorearon ligeramente.

Sin embargo, al aparecer el joven, el semblante de doña Isabel había recobrado su habitual expresión.

Saludó con afabilidad a Luis, y obligóle a que tomara asiento en el estrado.

-Pláceme en gran manera -dijo después de haber cambiado esas primeras frases de cortesía que en todas las épocas se han dicho al saludarse dos personas- que el monarca haya hecho justicia a vuestra casa, dándoos el señorío de Castro-Nuño.

-¿Con que lo sabíais ya? -dijo Luis con un ligero acento de disgusto.

-¿Os desagrada acaso?

-Desagrádame no haber sido yo el primero en daros semejante noticia.

-No hace mucho que el maestre de Calatrava me lo participó.

-Parece que esa gente se ha propuesto ser mi trompeta de la fama -repuso el joven acreciendo su disgusto.

-Demostráis no quererles muy bien -dijo doña Isabel, fijando una mirada escrutadora en el semblante de Luis.

-¿A qué había de negároslo? Vos sois la única persona que en la corte me inspira confianza y amor; ¿por qué he de callarlo? Con vos hablo con más libertad, si cabe, que hablaría con mi padre, y no quiero ocultaros nada. El conde de Aranda me inspira, no miedo, porque no lo he sentido nunca, pero sí una especie de terror que no puedo definir ni contrarrestar. Su esposa me causa aversión, porque no puedo concebir cómo un ser tan delicado, cuya misión es la de producir el bien, se mezcle en palaciegas intrigas que muchas veces suelen tener sangrientos desenlaces, y el amigo de ambos, el opulento marqués de Riveiro, me inspira repulsión, asco, aborrecimiento, porque es un ambicioso y un miserable que se ha atrevido hasta... hasta vos, y...

-¿Quién os lo ha dicho? -preguntó vivamente la condesa.

-En la corte, señora, todo se sabe. Si algo me faltaba para aborrecerle, era ese atrevimiento respecto a vos, y deseo que llegue el día en que pueda encontrarle de frente para cruzarle el rostro con mi acero, por villano y mal nacido.

-¡Oh, no, vos no haréis eso!-exclamó doña Isabel con espanto, cogiendo inadvertidamente las manos de Guevara.

-¡Señora! -exclamó el joven, que acababa de adivinar en las palabras de la dama algo de lo que pasaba en su corazón.

Doña Isabel comprendió que se había dejado llevar más de lo justo por sus sentimientos, y ruborosa y avergonzada soltó las manos del caballero.

Sorprendido éste, murmuró con doliente acento:

-Habéis hecho bien, doña Isabel; ¿quién soy yo para que me mostréis sentimiento de ninguna clase? Y sin embargo, yo os amo, bien lo sabéis; os amo con el primer amor de un niño, con toda la pureza que vos merecéis. ¡Oh, si yo provocase al maestre y buscase en su acero la muerte, ya que en la vida no encuentro la ventura que soñé!

Mientras estuvo hablando Guevara, advertíase en doña Isabel una agitación y una inquietud extraordinarias.

Sus labios se entreabrieron para interrumpirle; pero las palabras espiraron en su garganta.

Una lágrima tembló entre sus párpados, y cuando concluyó el joven, le dijo:

-Me habéis hecho daño hablando así; pero os perdono.

-Mayor me le hacéis a mí con vuestros desdenes.

-Si os he dicho que no entabléis una lucha con el maestro, ¿por qué creéis que lo habré dicho?

-Porque teméis que la corte pueda descubrir mi secreto, y este secreto se refiere a vos.

-¿Es decir que me juzgáis egoísta?

-No precisamente egoísta, pero sí celosa de vuestra honra.

-He ahí lo que sois los hombres -dijo doña Isabel con tristeza- os creéis conocer el corazón de las mujeres, a quienes decís que amáis, y os equivocáis de una manera lastimosa.

-¿Que me equivoco decís? Si no es por vuestro egoísmo será por ese hombre a quien detesto, por quien tratáis de evitar mi encuentro.

-Oyéndoos creo que os complacéis en martirizarme.

-Escuchadme doña Isabel, y comprenderéis quién puede sentir más martirio de los dos. Dotóme la naturaleza con corazón de gigante, pero con fuerzas de enano. Mi posición, vos la conocéis, era muy desgraciada. Noble como el primer noble castellano, mi padre no poseía más que la modesta casa situada en Úbeda, casa que vendió para que yo viniese a la corte. He tenido desde muy niño sueños de ambición; pero que al despertar me encontraba con una realidad de miseria que me aterraba. Lejos de las intrigas y de la corrupción de la corte, mi corazón ha ido formándose, nutriéndose con la amargura que mi suerte me causaba. El día que se me presentó ocasión de venir al lado del monarca, fui traído por la ambición de un hombre para que le sirviese de instrumento. Conocedor de mi posición hace mucho tiempo, no me engaño al juzgarla como lo hago, y podéis creerme que me contrista sobremanera el haber de confesároslo. Yo no había nacido para ser juguete de un grande, por más que éste fuera el príncipe de Esquilache, y hoy veo que lo soy y que no puedo todavía romper la cadena que me sujeta. Os vi, señora, y mi corazón de niño, mi corazón que acaba de perder la ilusión de la amistad y del desinterés, mi corazón que estaba rebosando amargura y dolor voló hacia vos como el ave vuela al nido donde encuentra el reposo y la quietud; vos erais para mí el cielo de la paz y de la ventura, donde podía templar el duelo que las pasiones de los hombres podrían causarme sobre la tierra. Os amé y os lo dije, porque yo no he aprendido todavía a dominar mis impresiones; me rechazasteis con indulgencia, debo confesarlo, pero me rechazasteis. Yo no era en vuestras manos y en las de vuestro esposo más que un juguete que también podíais utilizar para conocer los secretos del favorito. Yo he comprendido esto, y a pesar de la amarga pena que semejante descubrimiento me ha causado, a pesar de saber que no me amabais, no he dejado un día de venir a veros, de escuchar vuestras frases de cariño a otro hombre, de ver los esfuerzos y las combinaciones que hacéis para aumentar su poderío; y yo padezco y vengo a padecer cada día. Yo os amo y os amaré siempre, porque hay en vos algo de eso que liga para siempre dos existencias, y la mía se ha unido a la vuestra para siempre. Comprendo que vos no me amaréis jamás, y apetezco morir porque de ese modo cesaré de molestaros con quejas importunas.

Siguiéronse algunos momentos de silencio a las palabras de Guevara.

Doña Isabel estaba agitada y palpitante de una manera que en vano trataba de disimular.

De repente miró al joven, y pareció tomar una resolución desesperada.

Levantóse de su asiento, y se dirigió a la puerta del aposento.

Miró si alguien podía escucharla, y volviendo al lado de Guevara, le dijo con voz trémula y ardiente:

-¡Guevara! Miradme bien y contestadme.

-¿Qué queréis decir? -preguntó el joven alentando apenas.

-Que me habéis desconocido, y me habéis hecho sufrir mucho.

-¡Explicaos por piedad!

-¿No comprendéis que os amo hace ya mucho tiempo, y que he tratado en cuanto he podido de vencer este amor?

A semejante manifestación, a la expresión de aquellos ojos en los cuales parecía que se reflejaba todo su inmenso amor, Guevara palideció de una manera intensa.

Amaba a doña Isabel, según la había dicho.

Pero este amor era distinto del que sentía por María.

Los dos eran grandes, poderosos, avasalladores; pero totalmente diferentes.

Porque en Guevara, encerrados en un mismo cuerpo, había dos seres.

El uno, espiritual, pero candoroso, entusiasta y sencillo, que amaba todo lo tierno, todo lo ingenuo, todo lo virtuoso que encontraba en el mundo.

El otro ardiente, ambicioso, audaz y altivo que amaba todo lo grande, todo lo atrevido, todo lo imposible, y que le hacía arrostrarlo todo para llegar al fin que se proponía.

Estos dos seres sostenían en su cuerpo una lucha perenne.

Amaba a María porque sintetizaba lo cándido, lo puro, lo espiritual y lo tímido, que formaba uno de sus bellos ideales.

Amaba a doña Isabel porque personificaba la audacia, el orgullo, la ambición y lo imposible, que formaba el otro.

Al lado de la una, la hablaba con sinceridad.

Al lado de la otra, la decía igualmente lo que su corazón sentía.

La condesa de Santillán no estaba en situación de poder apreciar verdaderamente el organismo de aquel pecho, donde cogían a la vez dos amores inmensamente grandes e interesantemente verdaderos.

Mientras se vio asediada por los galantes y atrevidos caballeros de la corte, supo tenerles a raya y defenderse, porque a la pureza de su alma ofendía tal vez la actitud de aquellos personajes.

Para todos fue lo mismo; mas para Guevara, para aquel corazón noble, puro y desinteresado no pudo tener resistencia alguna.

Estaba constantemente apercibida contra la corrupción y las pasiones vergonzosas; mas para el verdadero cariño no lo estaba, y la venció desde el primer momento.

Y cuando se apercibió de ello, luchó valerosamente; pero era una lucha desigual, y debía sucumbir.

Su amor, encerrado durante tantos años; su amor nutrido, por decirlo así, con tantas ardientes pasiones como habían vibrado en su pecho por un largo espacio de tiempo; para ahogar este inmenso amor y que no se dejase burlar por algún galante caballero, debía por precisión ser infinito, ardiente y abrasador.

La mirada serena siempre, descendía hasta el fondo de su pecho, y se estremecía al comprender todo lo grande del amor que por Guevara sentía.

-Y por esto luchaba y por esto sufría.

Conocido ya el estado moral de la dama, fácilmente puede comprenderse lo que padecería escuchando hablar al joven.

Fue necesario que éste tratara de egoísmo el interés que hacia él sentía, para que, olvidándolo, rompiese el manto de hielo en que por tanto tiempo se había envuelto, para mostrarle lo apasionado y abrasador que era su cariño.

Y efectivamente, tanto vio Guevara, tal satisfacción debió causarle aquel inmenso veneno de amor, que llevándose entrambas manos al pecho, murmuró:

-¡Dios mío, parece que la felicidad hace daño también!

Doña Isabel comprendía esto perfectamente, porque, en aquel instante en que aspiraba con delicia la franca manifestación del amor del joven, y en que se la mostraba desnudo, todo el corazón puro y apasionado que poseía, sentíase desfallecer de ventura.

Guevara buscó con sus ojos los de la condesa.

Brilló en estos un rayo de tan ardiente pasión; fue tan vívida, tan inmensamente enamorada su mirada, que embebió en ella la del joven; atrájole junto a sí; le reveló en aquel mudo lenguaje un mundo de cariño y de sensaciones, y por un movimiento espontáneo, sus labios se encontraron trocando su primer beso de amor, beso que envolvía cien elocuentes protestas.

Largo tiempo permanecieron en aquella muda contemplación.

Por fin Guevara rompió el silencio, diciendo:

-¡Gracias Isabel, gracias, porque me habéis hecho el más feliz de los hombres!

-¿Y no soy yo acaso la más feliz de las mujeres? -repuso la dama envolviendo a su amante en una mirada abrasadora, saturada, si esta frase se nos permite, de todos los perfumes que encerraba su pecho.

-Pero de repente, como si una idea terrible se ocurriese a su imaginación, rompió a llorar, exclamando:

-¿Y lo seré mucho tiempo?

-¡Siempre! -contestó Guevara con acento de profunda convicción.

-¡Ay! No aseguréis lo que no sabéis si podréis cumplir. En la corte hay mujeres más hermosas, más audaces y más provocativas, y vos también sois audaz, atrevido y hermoso. Pero esas mujeres, Guevara mío, no os amarán lo que yo os amo; esas mujeres serán vuestras amantes de un día, para atraeros a su bando, porque de todo se hace un arma, hasta de la pasión más santa. No me hagáis que llore de celos cuando yo no quiero llorar más que de felicidad.

-¡Os lo juro, Isabel! -contestó el joven completamente fascinado.

-Ahora prometedme que no provocaréis lance alguno con el marqués.

-Si le aborrezco...

-Aborrecedle en buen hora, pero no luchéis con él. Tiempo tendréis para luchar y vencerle. Subid muy alto, porque yo os fío que subiréis, y cuando estéis en esa altura, yo seré la primera que os diré: herid; pero hoy sería exponeros a una muerte cierta.

-Pero, ¿llegará ese caso?

-Sí. Educada en medio de la corte, he aprendido a conocer las personas, y sé que llegaréis al fin que os habéis propuesto.

-Ya sé que tenéis fama de discreta, y vuestros elogios siempre están en los labios, lo mismo de Floridablanca que de Aranda.

-Me elogian porque me temen -contestó sonriendo doña Isabel.- Creedme, Guevara; disimulad hoy para castigar mañana.

-¿Pero me amaréis vos? -preguntó con acento cuidadoso el joven.

-¿Y me lo preguntáis, cuando durante tantos años he guardado todo mi amor para entregárosle hoy? Por Dios, que sois muy desconfiado, señor Guevara, si dudáis así.

-Tenía ya tal convencimiento de ser desgraciado toda mi vida, que la misma felicidad que disfruto me inspira esa duda.

-Tened fe en mi amor, y no abuséis de él.

-¡Os adoro, Isabel!

-Adoradme en buen hora, porque yo comprendo que no podría vivir sin vuestro amor, y retiraos ya. Si me amáis, debéis velar por mi honra.

-Tenéis razón, señora; la estimo en tanto como la mía.

-Estimándola así, bien la sabréis guardar. Quiera Dios que algún día no os olvidéis de ella.

-Confúndame el cielo con su justa cólera si llego a cometer tal perjurio.

-Idos, Guevara, idos, y dejadme que saboree a solas la dicha que disfruto.

-¡Adiós, Isabel mía! -repuso el joven aproximando a sus ardientes labios la temblorosa mano de la dama.

-Id en paz, mi señor y único dueño de mi alma.

Y el joven, aturdido por el mundo de ventura que entreveía con el amor de la hermosa condesa de Santillán, se lanzó fuera de la cámara y poco después del edificio.

Capítulo VI. Qué era lo que acontecía a no muy larga distancia de la casa de doña Isabel de Zúñiga, mientras don Luis de Guevara se encontraba en ella

Próximamente serían las diez de la noche, cuando dos damas, o al menos tal lo parecían por los largos mantos en que iban envueltas, caminando con dirección a la plaza de las Vistillas, iban apretando el paso conforme avanzaba la noche, y los barrios que cruzaban iban siendo más solitarios.

A despecho de las pragmáticas y disposiciones del buen rey don Carlos III, el alumbrado dejaba mucho que desear; y entre alguna pedrada furtiva y la escasez y la economía con que se empleaba el aceite en las candilejas, la verdad era que las calles estaban poco menos que en tinieblas.

Y si había algún farol que alumbrase bien, sólo servía para hacer más densa la oscuridad que fuera de su radio existía.

Las dos damas procuraban evitar cuidadosamente arrimarse a las paredes de las casas, para evitarse el tropezar con algún galán que departiese recatadamente con alguna linda doncella al pie de una reja, o con algún bandido audaz que se atreviese a sorprenderlas.

Rato hacía, porque las damas venían de muy lejos sin duda, que estaban sintiendo lejos de sí rumor de pisadas que había hecho que una de ellas dijese a su compañera, en voz baja:

-¿Oyes, Dolores? Parece que nos siguen.

-Ya lo he advertido, señora; y aun volviendo la cabeza con toda la discreción posible, paréceme que es un caballero quien viene detrás de nosotras, pues a la luz de un farol he visto relucir la empuñadura de su espada.

-Pues apretemos el paso.

Y las damas corrían más bien que andaban, y el caballero hacía lo propio, aproximándose en algunos momentos de tal manera, que pudo cruzar algunas palabras que fueron constantemente mal recibidas.

De este modo fueron cruzando calles y callejuelas de aquel antiguo Madrid, del cual todavía nos quedan algunos recuerdos, precisamente en los mismos barrios de que vamos hablando.

Las encubiertas vacilaron durante algunos segundos al llegar a la calle de D. Pedro, cambiando algunas palabras, las cuales expresaban su contrariedad por la extraña obstinación de su perseguidor. Después, y viendo que éste se había detenido también, demostrando con esto que estaba resuelto a saber dónde vivían, adoptaron una resolución extrema, y tomando la calle adelante, se metieron por una callejuela, a fin de salir a la del Humilladero.

-Ahora que estamos ya en sitio más solitario, donde no debéis temer a los importunos, ¿por qué no os descubrís el rostro? -dijo el caballero aproximándose resueltamente a las encubiertas.

-Ya os he dicho, caballero, que es muy cansado vuestro tema -repuso la que habló con Dolores.

-Y yo, señora, os repito que os acompañaré hasta donde vayáis.

-Es que me interesa el ir sola.

-Y a mí el acompañaros.

-Pero eso es una imprudencia.

-¿Y quién puede ser prudente después de haberos visto?

-Si lo que de galante tenéis, lo tuvierais de complaciente...

-¿Qué, señora mía?

-Nos dejaríais seguir nuestro camino.

-Si casualmente lleváis el mismo que yo!...

-Está visto; os habéis empeñado...

-En saber donde vivís.

-Importuno estáis por demás.

-Siento mereceros tal opinión.

Las damas callaron y siguieron su camino.

Cubiertas extraordinariamente con sus mantos, parecía que tanto ellas como el caballero que las perseguía, tenían un especial cuidado en que nadie les conociera.

Si ellas se cubrían con sus mantos, él se tapaba el rostro con el embozo de su capa.

Unos y otros penetraron en la calle del Humilladero.

Y los tres llegaron a la plaza de San Francisco el Grande. Eran cerca de las diez y media de la noche.

Apenas habían desaparecido nuestros personajes tras el ángulo de la iglesia, dirigiéndose a la plaza de las Vistillas, presentáronse en la esquina tres hombres que miraron a todos, y se detuvieron exclamando:

-¿Por dónde se habrá ido?

-¿Se nos escapará esta noche también? -añadió uno.

-No; es de todo punto necesario que muera -dijo otro.- Ya sabéis que el conde ha dicho que si mañana no está muerto, nuestras cabezas corren peligro, y el conde casi nunca amenaza en balde.

-¡Chist!... -dijo el tercero señalando a la iglesia. -Mirad; por allí va.

-Él es, justamente; pues bien, ánimo, y puñal en mano: vamos a librar al pueblo de ese hombre que es su enemigo.

-O al conde de un hombre que le hace sombra.

-Lo mismo es; para nosotros...

-Mientras nos paguen...

-Lo mismo nos da uno que otro; los tiempos andan muy malos, y es preciso que uno se agencie como pueda.

Y dichas estas palabras, los tres honrados asesinos se dieron a perseguir a su víctima.

Entretanto, las dos damas, también habían cruzado algunas palabras en voz casi imperceptible.

-¿Qué dirá la condesa al ver que tardamos tanto?... -decía la que conocemos bajo el nombre de Dolores.

-Se habrá puesto furiosa; pero cuando sepa los motivos...

-Nos disculpará.

-Ya sabes que la Isabel no tiene más que el primer pronto; en seguida se le pasa...

-Dígalo sino el conde.

-¡Chist!... Calla, Dolores -dijo la dama- nos vienen siguiendo, y hay cosas que no se deben decir tan alto.

-Y ambas, rebozándose más en sus mantos, siguieron su camino más de prisa.

A todo esto, ya habían salido a la plaza de las Vistillas, y se iban acercando al palacio del conde de Santillán.

El caballero seguía detrás de ellas, y a su vez era seguido por los tres asesinos.

De pronto se oyó una voz a sus espaldas que dijo: «Ahora», y los tres rufianes se lanzaron sobre el desconocido.

Éste no tuvo tiempo más que para volverse, tirar de su espada y prepararse a vender cara su vida.

Pero la suerte dispuso las cosas de otro modo.

Tras de los asesinos apareció un hombre con el traje de la gente del pueblo, y blandiendo un enorme bastón, empezó a descargar recios golpes sobre las tres espaldas que tenía a su frente.

-¡Ánimo, señor, descargad sin miedo sobre esa canalla! -dijo el recién llegado al acometido.

Éste no se hizo repetir semejantes palabras, y momentos después los asesinos huían a la desbandada, dejando tres regueros de sangre, señal evidente de que iban bien escarmentados.

Los dos desconocidos quedaron solos.

El primero miró a todas partes buscando a sus damas; pero estas se habían aprovechado de aquel incidente, y desaparecieron.

El desorientado galán se dirigió entonces al que tan generosamente le había favorecido, y dijo:

-Os doy gracias, amigo mío. Contad con mi protección que creo que vale algo en la corte.

-En cuanto a lo primero -contestó el desconocido- hace mucho tiempo que os aborrezco con toda mi alma; y en cuanto a lo segundo, me es completamente innecesaria vuestra protección.

El caballero que había seguido a las damas, se quedó asombrado.

El desconocido continuó:

-¿No me conocéis acaso? ¿Los tres años que han transcurrido os han hecho olvidar mi acento?

-Recuerdo así, muy confusamente, que os he escuchado otra vez; pero no se dónde.

-Yo ayudaré vuestra memoria, señor vizconde. Hace tres años amabais o fingíais amar a una pobre niña, que vivía en la calle de San Miguel.

-¡Luisa!... -murmuró.

-Justamente, Luisa; ella os creyó, os adoraba con toda la vehemencia de su corazón: ¿y ahora os acordáis de lo que os aconteció una noche al salir de su casa?

-Sí -contestó el interpelado con voz sorda.

-Voy a repetíroslo, pues, porque es necesario para la escena que ha de seguirse. Luisa era huérfana, no tenía en el mundo más que un pobre huérfano también, a quien su madre moribunda la había confiado. Éste la adoraba y la hubiera hecho su mujer; pero os presentasteis vos, ocultando vuestra posición y vuestro nombre; ella inocente os entregó su cariño, y el pobre huérfano ahogó su amor con tal de que ella fuese dichosa: ¿y lo ha sido acaso? -preguntó con voz colérica el desconocido.- ¡Eso es lo que hacéis siempre los señores con las hijas del pueblo! Creéis que os pertenecen de derecho, y después que les arrebatéis la flor de su pureza, las pisoteáis sin compasión.

-¡Calla, Antonio! -dijo débilmente el caballero.

-Yo no soy Antonio; soy el vengador de Luisa. Hace tres años nadie os conocía mejor que yo; es verdad que yo os contemplaba sin pasión, y conocía todo lo bajo y asqueroso que ocultaban los pliegues de vuestro corazón. Me parece que no habéis olvidado lo que os dije en aquella noche que os esperé a la salida de la casa de Luisa; decid, ¿os acordáis?

-Sí.

-¿Y cómo cumplisteis aquel juramento? Yo no os exigí más que la amaseis como ella os amaba; añadiendo que el día que Luisa vertiese la primera lágrima por vos, era el último día de vuestra vida. Me prometisteis cuanto quise, y al día siguiente contasteis nuestra conversación a vuestra amada.

-Pero -dijo el vizconde como queriéndose evadir de aquel importuno.

Éste continuó:

-Dejadme hablar, no penséis en escaparos sin oírme; he callado durante mucho tiempo, y tengo necesidad de que me escuchéis. Al saber Luisa lo que entre nosotros había pasado, temió por vuestra vida, y de una manera, la más delicada posible, hizo que me alejara de su casa. Así lo hice, y durante estos tres años os he seguido paso a paso en toda vuestra carrera amorosa y política. Ínterin Luisa ha ignorado todo y vos habéis seguido cumpliendo como debíais, nada os he dicho.

-¡Acabaremos de una vez! -gritó el vizconde haciendo un esfuerzo- ¿Qué es lo que deseas? ¿Quieres oro?

-¡Oro! -dijo el desconocido con amargo desdén- ¿De qué me serviría el oro?... Os cansó Luisa, y la dejasteis sola con su deshonra; se presentó en vuestra casa a pedir pan para su hijo, y la rechazasteis brutalmente... ¡Y aún me ofrecéis oro a mí! ¡A mí, a quien vuestra vida parece poco para lavar el daño que me habéis hecho!

-¿Qué quieres decir?

-Que he venido a mataros -contestó Antonio con una calma terrible.

-¡A matarme!

-Sí; os anuncié que la primera lágrima de Luisa era vuestra sentencia de muerte.

-Entonces ¿por qué me has salvado la vida de los asesinos que querían arrebatármela?

-Porque quería ser yo quien tuviese esa dicha.

-Luego ¿tan decidido estás?

-Sí; y ya que sabéis todos los motivos y mis deseos, creo que ahorraremos palabras inútiles, y lucharemos hasta que uno de los dos quede en el sitio.

La plaza de Oriente no era entonces lo que es hoy.

Ni jardines, ni las casas que constituyen hoy la manzana del teatro Real, se veían aún.

Escombros, casuchas de mal aspecto y medio ruinosas era lo único que se miraba por aquellos alrededores.

El sitio solitario y sombrío, el alumbrado pobre y mezquino, y la noche oscura y lluviosa, todo era a propósito para lances como el de que nos ocupamos.

El conde vacilaba todavía.

El joven sacó una espada del bastón que le había servido para castigar a sus asesinos, y dirigiéndose a su adversario, le dijo:

-Poneos en guardia, porque os aviso que aunque tenga que cruzaros el rostro para obligaros a batiros, lo haré.

-¡Oh, nunca, miserable! -gritó el vizconde a quien este insulto llenó de furor.

Las espadas se cruzaron, y durante algunos momentos no se oyó más que la agitada respiración de los combatientes, y el choque estridente del acero contra el acero.

Después se escuchó un ¡ay! lastimero, y tras este el rumor que produce la caída de un cuerpo.

En seguida el que había quedado en pie, contempló algunos momentos al caído, y exclamó con acento indefinible:

-¡Dios te haya perdonado todo el daño que has hecho!

Casi al mismo tiempo un alcalde de casa y corte, seguido de su cohorte de corchetes, desembocó por la calle de D. Pedro, y se dirigió hacia el sitio del combate.

[...]

Capítulo VII. El extraño encuentro que tuvo el caballero don Luis al salir de casa de doña Isabel de Zúñiga

Preocupado caminaba nuestro enamorado don Luis, cuando de pronto parecióle distinguir a lo lejos los faroles de la ronda, y a poco vio un alguacil que se separaba del grupo que había llamado su atención, echando a correr por una de las calles transversales.

-¿Qué desgracia habrá ocurrido -exclamó- cuando tanto corre el corchete y el alcalde de casa y corte? Parece que con su ronda tiene atalayada toda la plazuela.

Esta pregunta que Luis acababa de formular, tenía su explicación en que dos o tres alguaciles habíanse separado del grupo, y dirigiendo sus linternas en opuestas direcciones, parecían explorar todo el terreno hasta donde llegaba la luz que despedían.

De pronto el joven escuchó una voz que gritaba:

-¡Alto!

-¡Alto! ¿a quién? -preguntó el caballero comprendiendo que a él se dirigía la intimación.

-A la ronda -contestó el mismo alguacil que antes le obligara a detenerse.

-¿Y qué quiere de mí la ronda?

-Téngase quedo y no tardará en saberlo.

Luis, que sabía respetar a la autoridad, y sobre todo que conocía perfectamente lo severo que Carlos III se mostraba con los que la desobedecían, detúvose y dejó que se aproximara el alcalde de casa y corte don Leoncio Pérez de Quintana seguido de dos alguaciles.

Tan luego como las linternas de éstos dieron de lleno sobre el rostro de don Luis de Guevara, el alcalde reconociéndole exclamó:

-¿Sois vos, señor don Luis?

-Sí, por cierto, y extráñame sobremanera que me hayáis detenido, señor don Leoncio.

-Perdonad, pero acaba de ocurrir un lance que me tiene profundamente disgustado.

-¿Lance decís?

-Y desagradable por cierto.

-Contad, si os place, señor alcalde, o si podéis hacerlo.

-Responded primero a lo que voy a tener la honra de preguntaros.

-¡Hola! ¿De interrogatorio se trata?

-Pero interrogatorio de amigo, ya que con vuestra amistad me honráis, señor don Luis.

-Preguntad.

-¿Ha mucho que andáis por estos sitios?

-Llegué sin duda cuando vos llegabais, porque al dar vista a la plazuela, vi las linternas de vuestros alguaciles.

-¿Y no habéis oído choque de espadas ni alguna voz que os revelase el calor de una pelea?

-No por cierto. ¿Es decir que se trata de un desafío?

-Se trata de una desgracia que estoy seguro de que os ha de afectar.

-¡A mí!

-Si tal, porque es vuestro amigo la persona de quien se trata.

-¡Mi amigo! Vamos, señor alcalde, vamos a ver quién es.

Y Luis dio algunos pasos.

-Mañana, Su Majestad -decía el alcalde- nos reprenderá severamente, ¡como si nosotros pudiéramos evitar lances de esta especie!

-¿Pero quién ha sido el muerto?

-Presumo que no está muerto, porque me ha parecido que todavía respiraba.

-¿Pero quién es?

-Vuestro amigo, el vizconde de Lazán.

-¡El vizconde!

-Vedle.

Y el alcalde separó a los otros tres corchetes, que se habían quedado custodiando el inanimado cuerpo de Carlos, que así sabemos se llamaba el joven.

-¿Y qué habéis hecho, señor alcalde, desde que habéis encontrado el cuerpo de mi pobre amigo?

-Todo cuanto era posible hacer en semejantes casos. Mandar en busca de una litera y avisar al vecino convento, a fin de poder transportar al herido para que le presten los primeros cuidados, mientras se da parte a la familia.

-Pero, ¿no habéis podido descubrir el adversario del vizconde?

-¿También sois vos de los que creéis que quien hace tales cosas se queda sin más ni más, aguardando a que la justicia le pueda echar el guante?

-Presumo que para esto habrá habido combate; que el combate produce ruido; que el ruido llama la atención de quien lo escucha, y que no es la hora tan avanzada ni tan solitario el barrio, que no haya alguna buena comadre curiosa como la mayoría de las hijas de Eva, que no se haya asomado al ruido de los aceros; que tal vez haya escuchado alguna palabra que pueda daros luz sobre este hecho misterioso.

El alcalde no pudo menos de comprender que había un gran fondo de verdad en lo que el joven acababa de decir.

Sin embargo, con esa especie de intransigencia y esa presunción que suele dar la edad, no quería confesar que Luis tenía razón.

-Ha mucho tiempo, señor don Luis, que la ronda de Pan y huevos y los hermanos del Pecado mortal han pasado por aquí, y bien sabéis que para los barrios extremos de la villa y corte, esta es la señal para que los vecinos honrados se recojan.

-Eso quiere decir -repuso sonriéndose Luis- que nosotros, los trasnochadores, no pertenecemos quizás a ese número de vecinos honrados de quienes acabáis de hablar.

-Líbreme el cielo ni de decir semejante cosa ni de pensarlo siquiera; que precisamente don Luis de Guevara es uno de los caballeros más cumplidos y de mejores costumbres de la corte.

-Gracias os doy, señor alcalde, por el buen concepto que os merezco; mas mucho me temo que tan buena opinión sea hija únicamente de vuestra extremada galantería.

-No por cierto; que distintas veces y aun ante muy nobles señores de la corte hube de manifestarla así.

-Forzosamente me obligaréis a que os crea.

En este momento llegó el alguacil encargado de avisar en el convento de San Francisco, y a poco algunos legos condujeron una litera, en la cual depositaron el cuerpo del vizconde, y lo llevaron al convento.

-Ahora, señor alcalde, si lo creéis conveniente, podré llegar a la casa del vizconde y participar a su familia la desagradable nueva.

-Hacéisme sobrado favor en ello para que yo rehuso; precisamente es la misión más penosa que tiene el cargo que desempeño.

-Lo creo. Pues siendo así, si me dais licencia, me separaré de vos para pasar a la casa del señor conde de Lazán.

-Id en buen hora, don Luis, y os suplico que si mañana en la cámara del rey se censura la falta de vigilancia de las rondas para evitar lances de esta especie, toméis mi defensa, toda vez que ningún caballero que se va a batir viene antes a participárnoslo.

-Descansad, señor alcalde; y a mi vez he de suplicaros también que si en alguna ocasión llegarais a tropezar con los Caballeros del Amor, no hagáis alto en sus locuras, que nada de perjudicial tienen para las buenas costumbres.

-¿Pero también sois vos de los que creen en la existencia de esos caballeros?

-Dicen que todas las noches acostumbran a entregarse a sus correrías.

-Por mí puedo deciros que desde que estoy ejerciendo el cargo con que Su Majestad se ha servido honrarme, no les he visto una vez siquiera, ni ha llegado a mis oídos queja alguna respecto a ellos.

-Suerte habéis tenido entonces.

-Si como suerte lo consideráis, quiera el cielo que siga teniéndola por mucho tiempo.

Tras estas palabras pronunciadas con acento que no se sabía si era amenazador, irónico o de buena fe sincera, separáronse don Luis y el alcalde; aquél para dirigirse a la casa de María, y éste para practicar las diligencias necesarias al esclarecimiento de aquel suceso.

Capítulo VIII. Donde damos al curioso lector algunos antecedentes respecto al vizconde de Lazán

El vizconde de Lazán, hermano de María e hijo por lo tanto del conde del mismo título, protector de Luis, era un galán caballero que tenía fama de ser un tanto altanero con los hombres, un mucho complaciente con las damas y bastante dado a aventuras y galanteos, a despecho del ejemplo morigerado y severo que estaba dando el buen rey don Carlos III.

Más de una vez los alcaldes de casa y corte habían tenido que hacer con el vizconde; mas como éste se hallaba tan perfectamente agarrado y tan buenos valedores tenía, resultaba que los alcaldes solían quedar mal, y el joven siempre quedaba bien.

El rey le apreciaba a pesar de reconocer todos sus defectos, y en más de una ocasión le había reprendido más con la benevolencia del padre, que con la acritud y la dureza del juez.

Don Carlos de Lazán, de quien había sido padrino el monarca en Nápoles, había mostrado en el campo de batalla que era un valiente caballero; pero en los ocios de la corte no era posible, como él decía, más que enamorar a las damas, desesperar a los maridos y apalear a las rondas.

Ya le vimos en los primeros capítulos de nuestra obra, en la cámara de palacio hablar con Luis, y sabemos que pertenecía a aquella famosa asociación de los Caballeros del Amor.

Todo lo que tenía de elegante y de buen mozo, lo tenía de calavera y seductor.

Era rico, y derramaba el oro a manos llenas.

Era joven, y buscaba con frenesí las aventuras.

Era buen mozo, y las mujeres se dejaban prender fácilmente entre sus redes.

Pero era galanteador de oficio, y las mujeres tenían que llorar su abandono al poco tiempo de haberle entregado la esencia de su alma.

Sin embargo, hubo un día en que pareció que el vizconde había variado algún tanto.

La causa fue la siguiente:

Vivía cerca del convento de la Merced.

Una mañana, a las primeras horas de ella, de vuelta de una orgía, se le ocurrió entrar en la iglesia.

Cuatro beatas confesándose y unas cuantas comadres del barrio era lo único que en ella había, y el buen vizconde, después de haber arrojado una mirada de desdén a todas aquellas beldades que fueron, iba a salir del templo, cuando reparó en una joven casi escondida entre la sombra que proyectaba uno de los pilares que sostenía la antigua cúpula.

Iba de luto, y aquel traje negro y las sombras oscuras de la iglesia, hacían resaltar doblemente la pureza del contorno del rostro de aquella mujer, y la mate blancura de él.

Abstraída en el misterio santo que estaba representándose en el altar de la iglesia, no reparó en el apuesto caballero que la contemplaba.

Sin duda debía aquella joven sufrir mucho, porque dos lágrimas transparentes y diáfanas como las de una virgen, brillaron en sus ojos.

El caballero se acercó más hacia donde estaba la joven, y se puso a contemplarla con interés.

Al ligero ruido que hizo éste, alzó aquella sus ojos, volviéndolos a bajar inmediatamente al notar la persistencia con que era observada.

Durante el tiempo que tardó en concluirse la misa, volvieron a cruzarse, y cuando la sagrada ceremonia concluyó, al levantarse la joven para salir, el vizconde mojó sus dedos en la pila de agua bendita y se apresuró a ofrecérsela.

Ella le dio las gracias con un ligero movimiento de cabeza, y tocó suavemente con sus dedos los del caballero.

Salieron ambos a la calle, y la joven tomó una dirección completamente opuesta a la que el vizconde debía seguir.

Éste se la quedó mirando algunos momentos, y después de vacilar durante ellos, se resolvió por marcharse a su casa a descansar.

Pero no pudo hacerlo sin dirigir una última mirada hacia la joven enlutada, y murmurar después conforme se iba alejando:

-Positivamente esta mujer es muy hermosa.

A la mañana siguiente volvió Carlos a la iglesia, y tornóse a encontrar con la joven.

Cuando salió a la calle, la siguió diciéndole algunas de esas frases que tanto halagan a las mujeres, y la vio entrar en una casa de pobre apariencia, situada en la Cava de San Miguel.

Pero aquello no era bastante todavía; necesitaba saber quién era aquella mujer, y con qué medios contaba para subsistir.

Esto lo consiguió fácilmente.

En todos los barrios existen comadres que no se ocupan más que de averiguar las vidas ajenas, llevando al dedillo el alta y baja de cuanto ocurre en la vecindad.

Con una de estas tropezó el vizconde.

Por ella supo que Luisa, así se llamaba la joven, era huérfana.

Que sus padres habían sido un honrado empleado en Hacienda, y una buena y excelente señora, que murieron poco antes dejando a su hija casi en la miseria.

También supo que había un joven que velaba por ella; que a este joven se la habían recomendado sus padres al morir, y que era lo más probable que éste fuese su amante.

Sin embargo, tampoco le omitió la vieja que vivía con Luisita una anciana que estaba encargada por el joven de velar por ella y de hacer cuanto en la casa ocurriese.

Con estos datos formó inmediatamente el vizconde su plan de ataque.

Volvieron a verse en misa, y las palabras se trocaron otra vez.

Al vizconde le había gustado Luisa, y a Luisa no le pareció mal el vizconde.

Entonces no tenía más que una ambición sin límites, que unida al amor, eran las dos pasiones que llenaban por completo su alma.

El caballero era un tanto porfiado, y Luisa se encontró en esa edad que el corazón se abre al amor como las flores entreabren sus cálices a las primeras caricias de las brisas primaverales, y como consecuencia de esto, los dos jóvenes se amaron.

Luisa permitió al vizconde la entrada en su casa; y entonces le tocó sufrir a otra persona.

Antonio, el hermano adoptivo de Luisa, era escultor.

Muchos años antes de estos sucesos, en la casa junto a la de Luisa, vivía una familia compuesta de un matrimonio y un hijo.

El padre era un militar antiguo, cubierto de honrosas cicatrices, que no le servían sino para morirse de hambre y para estar lleno de constantes achaques.

La corta pensión que disfrutaba, no alcanzaba a cubrir sus necesidades, y don Antonio Gil de Mesa era demasiado altivo para pedir nada a sus antiguos amigos y parientes.

Estos pertenecían todos a las mejores familias de España.

El padre de Antonio había querido casarse con una mujer pobre y de una familia honrada, pero no noble, y sus parientes no le habían perdonado nunca este crimen, pues tal era a sus ojos.

Por esta razón el buen anciano no quería pedir nada a su familia.

La madre de Antonio y la de Luisa se hicieron muy pronto amigas.

Y no tardaron los padres mucho tiempo en hacer lo mismo.

En cuanto a los niños, ya hacía mucho tiempo que lo eran.

Y así pasaron los años.

Murieron los padres de Antonio, y éste, que ya era escultor y comenzaba a tener una nombradía muy regular, siguió viviendo en la misma casa, junto a la que vivía Luisa.

Antonio no había olvidado las afecciones de su infancia. Al contrario, al cambiar de sentimiento acreció en intensidad.

Había amado a Luisa como niño, y más tarde la amó como hombre, y con toda la vehemencia de su corazón.

Murieron a la vez los padres de la joven; y su madre, que fue la última, dejó recomendada su hija al escultor, como única persona en quien tenía confianza.

Antonio puso entonces en casa de la pobre huérfana una mujer anciana para que la cuidase, y él trasladó su domicilio a casa de la joven.

Y su amor acrecía cada vez más.

Sólo esperaba que pasase el luto de Luisa para ofrecerle su mano y su posición.

Pero el destino había sin duda dispuesto las cosas de otra manera muy distinta.

Luisa tenía la costumbre de ir a misa todos los dias al convento de la Merced.

Allí encontró al vizconde de Lazán, y ya saben nuestros lectores lo que resultó de aquel encuentro.

Los enamorados tienen indudablemente una doble percepción que les hace adivinar las cosas, aunque estén muy lejanas.

Antonio advirtió una preocupación extraña en Luisa, que le hizo estremecerse.

La observó con más atención que hasta entonces lo había hecho, y presto se convenció de que en el corazón de la joven había un objeto que era necesario conocer.

Algunos días después se le reveló el misterio.

El vizconde se presentó en su casa.

Luisa dijo a su hermano adoptivo el carácter con que la visitaba aquél.

Lo que sufrió el escultor es indecible; pero escondió en lo íntimo de su pecho el amor que le devoraba, y se decidió a sacrificarse por la felicidad de la mujer a quien tanto amaba.

Lo único que hizo fue observar, para obrar en su consecuencia.

No tardó mucho en convencerse de que el vizconde no se uniría jamás con la pobre niña, y por lo tanto se decidió a abordar la cuestión.

Para esto le esperó una noche al salir de la casa de su amada, y le exigió que le explicase las intenciones que abrigaba respecto a la joven.

Interpelado Carlos tan directamente, no tuvo mas remedio que decir que pensaba casarse.

Pero Antonio conocía demasiado a los hombres, y no vio en aquella respuesta la sinceridad que deseaba.

Sin embargo, le amenazó con la muerte si defraudaba las esperanzas de la pobre Luisa, prohibiéndole terminantemente que dijera a ésta palabra alguna de las que entre los dos habían mediado.

Pero el vizconde lo hizo todo al contrario.

Era valiente; pero en aquella ocasión, el ademán resuelto y amenazador del joven no pudo menos de infundirle serios temores.

Luisa era mujer, y amaba al vizconde con su primera, con su única pasión.

Por lo tanto, sintió extraordinariamente la escena habida entre los dos jóvenes.

El de Lazán indicó a su amada que vería sin sentimiento el que Antonio dejase de habitar el mismo techo que la joven.

Ésta, que no tenía más voluntad que la de su amante, se decidió por complacerle.

Para este efecto habló con el escultor, y el joven sintió un dolor terrible cuando comprendió la idea de la joven.

Sin embargo, no exhaló una queja; y comprendiendo inmediatamente de dónde venía aquel golpe que tan profunda herida abría en su alma, quiso hacer por completo el sacrificio, separándose de la joven sin buscar al vizconde, por temor de que cualquier cosa que a éste sucediera había de hacer sufrir a la huérfana.

Al día inmediato, Antonio, casi con las lágrimas en los ojos, abandonaba aquella casa donde había pasado los días más felices de su vida.

Carlos había conseguido su intento.

Había separado a Luisa de su protector; por lo tanto, se había quedado abandonada a merced de un hombre que para nada había de respetar su inocencia y su candor.

El aristócrata no deseaba más que añadir una victoria más al catálogo de sus triunfos, y ya le faltaba muy poco para conseguirlo.

Poseía lo principal, que era el cariño de la joven, y se veía libre de la severa vigilancia de Antonio.

Sin embargo, aunque lejos éste de la casa de Luisa, no por eso dejaba de observar cuanto en ella sucedía.

Entonces el vizconde buscó a uno de sus amigos, y éste encargó al escultor una estatua para uno de sus jardines, obra que necesitaba con tal premura, que no tuvo mas remedio que ponerse a trabajar día y noche en ella.

Como consecuencia de esto, su vigilancia flaqueó algun tanto.

El vizconde aprovechó esta oportunidad.

Era joven, galante, audaz, y Luisa tierna y enamorada, y la consecuencia fue que se durmió un día en los brazos de su amante; y cuando despertó, el ángel de la pureza se había alejado de la joven derramando lágrimas de un dolor profundo.

Y pasaron los días.

A estos siguieron las semanas, y el vizconde empezó a disminuir las visitas, hasta que por fin desapareció por completo.

Luisa lloró entonces.

Lágrimas que al notarlas Antonio, le revelaron cuanto había ocurrido.

Rugiendo de cólera y de desesperación, Antonio se fue a casa del vizconde, y supo que hacía diez días que había marchado de casa.

Luisa era madre.

Antonio fue a verla inmediatamente.

Ni ella ni su hijo carecieron de nada absolutamente.

De los labios del escultor no se escapó la menor reconvención.

En cambio, no olvidó la amenaza que había hecho al vizconde en otra ocasión, y ya vimos en otra parte cómo la realizó tan luego encontró la ocasión para ello.

Capítulo IX. Continúan para Luis las aventuras de una noche

-He aquí una noche que sin saber cómo, se me presenta asaz llena de aventuras.

Y Luis, al pronunciar estas palabras, envolvióse más en la capa y lanzóse resueltamente por la calle de D. Pedro, con dirección a la Puerta de Moros.

-¿Qué diablo de entuerto habrá cometido don Carlos para que le haya acontecido semejante desventura? Él es audaz y provocativo, y no tendría nada de particular que algún marido celoso o algún amante despechado le hubiese puesto en esa situación. ¿Y cómo le digo yo a María el estado en que se halla su hermano? El conde es hombre y puede soportar mucho mejor esa clase de golpes; pero aquella pobre criatura que ama a su hermano más todavía, según creo, que a su propio padre, el estado en que éste se halla, estado que a mi juicio, es desesperado por completo. ¡Demonio de casualidad que me ha conducido por aquel sitio, precisamente en aquellos momentos! En fin; ya no tengo otro remedio que cumplir la misión que me he impuesto a pesar de todo.

Y apresuró el paso, y al desembocar en la plaza de Puerta de Moros, tan preocupado iba, que tropezó con otro embozado que en dirección opuesta se adelantaba.

Tan brusco fue el encuentro, que uno y otro no pudieron menos de retroceder, exclamando Luis:

-¿No tenéis ojos acaso?

-¡Vaya al diablo el importuno! -exclamó el otro.- Mirara él por donde va y no se expondría a tales percances.

El sonido de esta voz sin duda era conocido de Luis, porque dijo:

-Perdonad, caballero; vuestra voz no me es desconocida, y quisiera...

-¡Guevara! -exclamó el desconocido desembozándose.

-Bien había presumido yo -exclamó Luis, estrechando la mano de su interlocutor.- ¿Qué diablos haces por estos barrios, Vicente?

-Estoy desesperado.

-¿Desesperado tú? ¡Tú, el pintor más alegre de la corte, usando ese acento melodramático! ¿Qué te sucede? Habla, pero de prisa que tengo mucho que hacer.

-No tomes a broma lo que te digo: estoy desesperado, y sin embargo, tu encuentro es para mí providencial.

-¿De veras?

-Sí, Luis; cuando sepas la causa de mi desesperación...

-¿Acaso no tienes dinero? ¿Has llevado algunas hembras a casa de Espejuelos y has encontrado busconas donde creíste encontrar buscadas?

-No, no es eso; es mucho más grave lo que me sucede.

Y en el acento con que Vicente pronunció estas palabras había algo que impuso a Luis, obligándole inmediatamente a suprimir la jovialidad de sus palabras, diciendo:

-¡Perdona Vicente! Dime qué es lo que te sucede.

-Una gran desgracia.

-Pues sin duda el diablo anda suelto esta noche por Madrid, porque precisamente acabo de dejar en las Vistillas al vizconde de Lazán, creo que mortalmente herido.

-Prefiriera yo estarlo también en el cuerpo, a no estarlo en el alma.

-Acaba de explicarte. ¿Qué tienes? ¿Dónde ibas por aquí?

-¿Lo sé yo acaso? Una voz interior parece que me está diciendo dónde se halla la causa de mi desgracia, y voy en busca de ella, y no sé cómo ni dónde encontrarla.

-Y el caso es que yo me estoy deteniendo contigo, haciendo falta en otro sitio.

-Vete en ese caso, Luis; déjame abandonado a mi suerte.

-Indigno fuera de llamarte mi amigo, si tal hiciera: vente conmigo, y pues caminas al azar, déjate arrastrar por él, a ver si encontramos la causa de tu quebranto.

-Vamos.

Y los dos caballeros adelantáronse por la Puerta de Moros en dirección a la Cava baja.

-¿Con que no me dirás lo que ha sucedido? -preguntó Luis a su amigo.

-Dime; ¿conoces a ese caballero italiano que ha tres meses llegó a la corte desde Nápoles, y que se llama o se hace llamar el marqués Adelfi?

-¿Que se hace llamar has dicho?

-No sé por qué paréceme que tiene más trazas de bandido, que no de caballero de la corte del hijo de nuestro excelente monarca.

-¿Qué te ha hecho el marqués Adelfi?

-¿Conoces -prosiguió Vicente, desentendiéndose de la pregunta de su amigo- a Lola la Zapatera?

-¿Estás en ti, Vicente? ¿Quién no conoce en Madrid a la maja de más rumbo que se pasea desde Lavapiés a Maravillas? Diera yo el amor de todas las mujeres que me han querido, que no han sido pocas, por una sola mirada amante de los ojos de la Lola.

-Pues esa mirada, reflejo de un amor inmenso, yo la había poseído hasta ahora.

-¡Tú!

-Sí; Dolores ha sido y es el único amor de mi existencia; por esta razón, desde hace tres meses, habéis advertido en mí un retraimiento que os ha sorprendido; yo no he vivido en todo ese tiempo más que para Lola, y Lola tampoco ha vivido sino para mí.

-¿Y siendo tan feliz, y disfrutando toda esa dicha, te quejas ahora y te consideras tan desgraciado?

-Porque Lola ha desaparecido de su casa.

-¿Cómo?... ¿Qué has dicho?

-Que Lola ha desaparecido de su casa -volvió a repetir Vicente.- Esta noche, apenas han tocado las ánimas, han ido a buscarla de parte de una amiga suya, tú la conoces, Concha, la de la ribera de Curtidores, y esta es la hora que todavía no ha parecido. La tía ha ido a buscarla; yo mismo he estado en casa de Concha, y allí no ha ido Dolores; he corrido ya todo Madrid, y esta idea torturadora va tomando cada vez más cuerpo en mi mente, y no sé hasta qué extremo me podrá conducir.

-¿Qué idea es esa? -preguntó Luis vivamente interesado en lo que su amigo estaba diciéndole.

-El marqués Adelfi conoce a Lola.

-¡Toma! como la conocemos todos.

-¡Pluguiera al cielo que así fuera nada más! Pero el marqués no sólo intentó conseguir el amor de Lola, sino que hasta trató de comprarlo.

-¡Vicente!

-Yo no conocía a Lola entonces; ella se encargó de contestarle, y lo hizo de una manera tal, que la dejó libre por entonces; mas, según la tía de Lola, hace tres días que el marqués volvió a rondar la calle, y aun parece que le vieron hablar con un individuo que más trazas tenía de rufián que de hombre honrado, y estaban señalando a la casa de Lola.

-Cuentos de comadres, amigo Vicente, paréceme eso del rufián. La imaginación abulta y desfigura, en momentos dados, hechos completamente inocentes tal vez, y no puedo creer que el marqués recurra a medios tan villanos para ganar el amor de una hembra.

-El hombre que quería comprarlo, ¿no crees que sea capaz de intentar apoderarse de él por la fuerza?

Luis comprendió que su amigo tenía razón; pero sin embargo, le repugnaba haber de convencerse de tamaña vileza.

-¿Y qué piensas hacer? -dijo.

-¿Qué pienso? Situarme en frente de casa del marqués; convertirme en su sombra; seguirle a todas partes; consagrar mi vida, si es necesario, al descubrimiento de lo que presumo, y una vez adquirido este, matarle como a un perro, sea el que quiera el lugar en que se halle y la situación en que se encuentre.

-Con tiento, Vicente, con tiento, que en estos casos es menester no dejarse llevar de los apasionamientos del corazón.

-Es que yo no vivo; es que las horas que van pasadas desde la desaparición de Lola, me parecen siglos de amargura. Quisiera ver a ese hombre, porque me parece que en su rostro he de advertir si es verdad mi sospecha, y siéndolo, yo te juro que presto acabarían mis pesares.

Tan resuelto, tan enérgico, tan implacable fue el acento de Vicente, que Luis no pudo menos de estremecerse.

-Prudencia, amigo mío, prudencia, y yo te aseguro que descubriremos la verdad.

-Dicen que el marqués pertenece a esa maldita sociedad de los Caballeros del Amor, sociedad que no está sino para derramar el llanto y la deshonra en el seno de las más honradas familias; porque sociedad que tiene por armas la violencia y el soborno, no es posible que pueda dar de sí más que lágrimas y desesperación.

-Vicente, que te extravía el dolor, y no quisiera verte injusto. Precisamente el reglamento o las ordenanzas de esa sociedad prohíben la violencia y el soborno.

-¿Perteneces tú a ella? -preguntó Vicente fijando una mirada escrutadora en el rostro de su amigo.

-No -contestó éste inclinando la vista porque le repugnaba mentir.- No pertenezco a esa sociedad; pero sé muy bien de lo que se ocupa.

-De buscar el placer a costa de todos.

-Pero no de la deshonra.

-En fin, yo necesito ver al marqués Adelfi, para saber la verdad.

-¿Quieres creerme, Vicente? -dijo Luis deteniéndose ante el ancho portalón de la casa del conde de Lazán, situada en la calle del Sacramento.

-¿Qué?

-Que dejes a mi cuidado ese asunto, y yo te prometo a fe de caballero que mañana habré descubierto el paradero de Lola.

-¡Tú!, ¿y de qué manera?

-Empleando lo que a ti te falta en estos momentos, que es la calma, la reflexión y la prudencia.

-Pero...

-¿No tienes confianza en mí?

-¡Ay! Luis, cuando se llega a este caso, de todo se duda.

-Pero no de mi amistad. Deja que yo me encargue de todo; retírate a tu casa, y está seguro de que mañana podré decirte «véngate», si a ese extremo se ha llegado, o «sé feliz» si como presumo ha sido la desaparición de Lola.

-¿Y qué es lo que presumes?

-Para decírtelo ahora no tengo tiempo. Estoy a la puerta del palacio del conde de Lazán, y su hijo agoniza tal vez en este momento. Mañana lo sabrás todo.

-Pero...

-Ve tranquilo, que yo te respondo de todo.

Y Luis púsose a llamar con tal fuerza a la puerta del soberbio caserón, que momentos después abrióse ésta con estrépito, apareciendo algunos criados en el zaguán.

Vicente no tuvo otro remedio que resignarse.

Su amigo volvióse hacia él, y le dijo:

-No olvides que te he pedido de plazo hasta mañana.

Y el joven entró en la casa del conde, llegando a poco a las habitaciones de éste.

No habían transcurrido muchos minutos cuando un movimiento extraordinario reinó en toda la casa.

Los criados iban de una parte a otra con aire azorado, y las doncellas de María penetraron en las habitaciones de su señora para prestarle sus auxilios.

La noticia de que Luis había llegado esparcióse al momento.

Poco después, el conde precedido de dos criados con hachones, seguido de otros cuatro que conducían la silla de manos, y cerrando la marcha otros dos, salieron del palacio con dirección al convento de San Francisco.

Luis, después de haber permanecido algunos momentos al lado de María, prestándole consuelos e infundiéndole esperanzas respecto al estado de su hermano, salió también del palacio, preocupado en gran manera.

-¡Diablo! -dijo tan luego como estuvo en la calle.- Bien sabía yo que me esperaba un mal rato con la misión que traje aquí. No puedo decir que la noche tiene desperdicio. Principió admirablemente; pero de tal modo ha ido nublándose, que mucho me temo no termine en deshecha tempestad. El pobre Vicente ha venido a completarla. Creo que ha adivinado bien, y que el marqués Adelfi es quien únicamente podrá darme razón de su preciosa maja. Vamos a la «Casa del Silencio», que si él la ha robado, allí seguramente la he de encontrar.

Y envolviéndose en la capa, porque el frío era cada vez más intenso, tomó la calle del Sacramento adelante, en dirección a la de la Almudena.

Capítulo X. Donde el lector va a saber quién era Vicente y quién Lola la Zapatera

Desde las Vistillas hasta el Rastro, y desde Maravillas a Lavapiés, Dolores la Zapatera era más conocida que el mismísimo rey don Carlos III.

Dolores era una flor que había venido al mundo un día en que la creación estaba de gracia, y se le antojó sin duda reunir todas las perfecciones en un cuerpo humano.

Mas como que hasta en las gracias de esa caprichosa señora suele siempre haber un pero, Dolores que tenía una garganta y unos hombros que envidiaban más de cuatro damas de la corte; unos cabellos rubios como el oro; unos ojos de color de cielo; unas cejas tan primorosamente arqueadas, que más de una vez causaron la desesperación de Goya, el famoso pintor de aquella época; una boca donde había encerrada más sal que la que contenían las famosas salinas de Torre-Vieja, y un talle que provocaba más tentaciones que las que habían afligido al virtuosísimo San Antonio, era sin embargo tan pobre, que apenas hubiera podido mantenerse a no dedicarla su madre al oficio que más tarde le dio el apodo, bajo el cual era más conocida en la corte y fuera de ella que por su nombre de bautismo.

Su padre había sido carpintero; mas con tan mala fortuna, que arreglando un día el marco de un balcón en una casa que estaba construyéndose, cayó a la calle, y aun cuando fue a dar sobre el cerviguillo de un reverendo fraile franciscano que en aquel momento pasaba; no consiguió por eso salvar su vida, sino que, por el contrario, perdió la propia y puso muy en peligro la ajena, pues el reverendo tuvo quebrado el espinazo, y desde entonces no volvió a pasar por delante de ninguna casa en construcción.

Su madre, que era vendedora de ropas en el Rastro, recibió la noticia cuando precisamente estaba vendiendo un rico vestido de paño de Francia que había pertenecido a la camarera de una de las camaristas de la difunta reina, y como siempre hay personas que juzgan que la ocasión la pintan calva y debe aprovecharse cuando se presenta, la que compraba el traje vio en la tribulación de la infeliz mujer su ocasión, y escurrióse bonitamente mientras a la revendedora la llevaban trastornada a una tienda vecina.

Así fue que la madre de Dolores tuvo que llorar su viudez, y además pagar aquel traje de que otra se había aprovechado, y como que carecía de ahorros, y además enfermó después, Dolores vio desaparecer uno por uno los cuatro trapitos que a fuerza de economías y privaciones había podido ir haciéndole su madre.

Muerta ésta, Dolores se encontró sola, teniendo por única riqueza aquella hermosura de primer orden, y su honra, que era todavía superior a su hermosura.

Fuese a vivir al campillo de Manuela, con una tía vieja y achacosa, y ribeteando zapatos, y poniéndoles lazos, y cosiéndoles las costuras, Dolores ganaba lo bastante para tener una saya de seda con alamares negros, un corpiño de alepín con cabos del mismo color, y una mantilla blanca, con la cual y una rosa con que adornaba sus cabellos en la primavera, y una media de seda con que cubría la torneada pierna, y un zapatito bajo de raso que aprisionaba su menudo pie, Dolores se llevaba tras sí todas las miradas, y veía alfombrado su camino por las capas y sombreros de sus admiradores, lo mismo en la romería de San Isidro, que en la verbena de San Antonio, que en la Fuente de la Teja y que en la plaza de toros.

Y no faltaron, que nunca han faltado para las hembras de buena planta, protectores que ofrecieron a la maja el oro y el moro, con tal que se ablandase un poquito no más; pero Dolores sabía muy bien dónde le apretaba el zapato, como que entre ellos andaba, y a oidores de Indias, y a los vireyes jubilados y a los nobles viciosos enviábales por donde habían venido, y se iba al Sotillo con sus amigas a merendar una tortilla de escabeche, y a cantar, con aquella voz de ángel que Dios le había dado, unas tiranas y unas saetas , acompañadas por la vihuela que punteaba el hijo del timbalero de la villa, que era un primor.

En las gradas de San Felipe se hablaba de la Lola, y en el Prado de San Jerónimo, y hasta en la mismísima cámara de Su Majestad no faltaba alguno de sus admiradores que se deshiciera en elogios respecto a ella.

Cuando iba por las mañanas a recoger el trabajo a la tienda del señor Pedro Cordovilla, que era el zapatero de más fama que había en la corte, y se le antojaba entrar a oír misa en las Descalzas Reales o en San Ginés, era de ver las furibundas miradas que le dirigían las beatas, porque la devoción de los hombres quedaba perturbada, y apenas ella se movía para salir, todos se apresuraban, quién a darle agua bendita, quién a tender su capa sobre las gradas de la iglesia para que aquel pie tan hechicero no tuviese que apoyarse sobre la dura piedra.

Pero donde sobre todo brillaba Lola, era en la plaza de toros.

Más orgullosa iba ella en su calesa que el rey en su carroza, y una vez que entraba en la plaza eran de oír las galanas frases con que toreros y majos, nobles y plebeyos saludaban a la encantadora zapatera.

Pero ella con la frente alta, brillantes los negros ojos, sonrientes los labios, recogida con garbo la mantilla, y saludando graciosamente a sus admiradores, seguía impávida su camino hasta llegar a la grada donde tenía su asiento.

En los toros, precisamente, conoció a Vicente González.

Éste era del mismo pueblo que Luis de Guevara.

Hijo de hidalgos y honrados padres, aficionóse de tal modo a la pintura, que no hubo otro remedio que enviarle a Madrid a estudiar el noble arte con el famoso bohemio, Antonio Rafael Mengs, honra y prez de la corte de Carlos III.

Maella, Bayeu y Ramos fueron sus condiscípulos, hasta que la originalidad de Goya le sedujo, y se fue tras de su escuela.

Vicente adquirió pronto celebridad.

Había genio en él; amaba el arte con frenesí, y consagrado a él exclusivamente, no había pensado que en Madrid se encerraban a la sazón multitud de bellezas, y que siendo él joven y apuesto, fácilmente hubiera encontrado quien le correspondiera.

Vio a Luis en Madrid, y la amistad que de niños les había unido en el pueblo, continuó en la corte, a pesar de la distancia que les separaba; pero el pincel de Vicente cada día era más notable, y el joven artista iba adelantando cada día un paso más en su posición.

Las damas de la nobleza comenzaron a encomendar sus retratos a Vicente; la fama de éste fue creciendo, y muchos de los amigos de Luis fueron también retratados por el pintor, que desde aquel momento fue su amigo.

Vicente, como había dicho muy bien Luis, era el más alegre y el más bullicioso de todos los compañeros, y de igual manera que a Luis, le conocían en todos los salones; y en todos los bailes, llamados posteriormente de candil, a Vicente no había maja, ni torero, ni buscona, ni alguacil que no le conociera.

Mas por una coincidencia muy extraña, puesto que tanto alternaba con su sociedad, no conocía a Dolores.

Capítulo XI. Cómo se conocieron la maja y el pintor

Por efecto de una de esas raras casualidades, Vicente había ido a los toros dos o tres veces que Dolores no asistió a la corrida.

El pintor, preocupado siempre con sus trabajos, no disfrutaba de una gran libertad, y de aquí que si bien las noches las tenía libres, en cambio el día le pasaba sumamente ocupado.

Había oído hablar mucho de Lola la Zapatera; pero nada más.

De igual modo ésta había visto algunos retratos hechos por Vicente, y varios cuadros de escenas de majas y toreros; pero no conocía al autor de ellos.

Uno y otra tenían curiosidad por verse; mas la casualidad lo seguía impidiendo.

Una tarde por fin, Vicente fue a los toros, en ocasión en que Lola estaba en la plaza.

Al verla, un grito de admiración estuvo a punto de brotar de sus labios.

Costillares acababa de hacer una de aquellas admirables suertes que sólo él sabía ejecutar y que tanta fama le dieran.

Todo el mundo aplaudía frenéticamente al diestro torero.

Dolores también agitó sus manos, y una rosa que llevaba en la mano, escapándose de ellas, fue llevada por el aire hasta el medio del redondel.

-¡Ay!, ¡qué lástima de rosa!... -dijo la apuesta doncella.

Vicente oyó aquellas palabras, y antes de que nadie pudiera detenerle, bajó las gradas, saltó la barrera y se encontró en medio del palenque.

Nadie sospechaba lo que iba a hacer el joven, y todo el mundo exhaló un grito de espanto al verle dirigirse tranquilamente hacia la fiero.

Vicente conocía mucho a Costillares.

Le había retratado más de una vez, y el torero también profesaba al artista un gran aprecio.

El diestro fijó su atención en Vicente, le conoció y llegándose a él le dijo:

-¿Qué va a hacer su mercé, don Vicente?

-Nada; coger una flor que se le ha caído a la mujer de más rumbo que hay en la plaza.

-¿Pero no ve su mercé que ese bicho es una fiera, y que puede sucederle algún trabajo?

-¡Bah! ¿quién piensa en eso? ¿Vas a matar ya, no es cierto?

-Sí, señor; ahora hacen la señal.

-Pues bien, déjame tu muleta que voy a coger la flor.

-Mas...

-¡Eh, qué diablo! ¿quieres complacerme o no?

-Puesto que su mercé se empeña...

Y el diestro tendió su muleta y su capa a Vicente, que se lanzó inmediatamente frente del toro.

Costillares le siguió murmurando:

-Vamos, será preciso que yo esté a la mira por lo que pueda suceder.

Todo el público que asistía a la función contemplaba con asombro el incidente extraño que ocurrió en medio de la plaza.

La autoridad creyó prudente intervenir, y ya iba a salir un alguacil con este objeto, cuando un grito se exhaló de todas las bocas de aquellos millares de espectadores.

Vicente se había dirigido a coger la rosa; pero el toro más rápido que él, se había interpuesto, y el pintor no tuvo tiempo más que para darle un recorte y prepararse con la muleta.

La manola había ya sospechado lo que el joven iba a hacer; había palidecido y seguía con una agitación extraordinaria aquella escena más extraordinaria todavía.

Y toda la multitud contemplaba fascinada a aquel hombre que vestía con el traje de la clase media de la época, y que con una serenidad pasmosa estaba a muy pocos pasos de un toro que era el más bravo de cuantos se habían lidiado aquella tarde.

La fiera se detuvo algunos momentos delante de Vicente.

Parecía que comprendía la decisión de aquel hombre, y que vacilaba al ir a acometerle.

El pintor, por su parte, esperaba tranquilo la acometida del pujante bruto.

De pronto retrocedió éste algunos pasos y tomó carrera para echarse sobre el intrépido joven.

Éste no se separó casi del sitio en que estaba.

Tendió el trapo a la fiera, y desviando muy ligeramente el cuerpo, la dejó pasar, casi rozando el asta de aquella con su costado.

Un aplauso frenético, atronador, resonó en toda la plaza.

El toro, al verse defraudado en su esperanza, rugió de ira, y revolviéndose con la rapidez del pensamiento, volvió a caer sobre Vicente.

Éste se había ya preparado, y con la espada prevenida y la pupila contellante aguardaba a su terrible enemigo.

Al irresistible empuje del animal, no pudo resistir el pintor, y ambos rodaron envueltos en un torbellino de polvo.

Todos los espectadores arrojaron un grito de angustia.

Dolores se cubrió el rostro con las manos, y un suspiro de dolor se exhaló de su pecho.

Algunos amigos de Vicente empezaron a descender apresuradamente las gradas para ir a buscar a su desgraciado compañero.

Todos los de la cuadrilla corrieron también hacia el lugar donde suponían estaría el cadáver del torero improvisado, y Costillares decía con una ligera emoción:

-¡Pobre mozo! Y no era lerdo para el oficio.

Pero contra todas las conjeturas, al disiparse la nube de polvo en que habían caído envueltos la fiera y el pintor, vieron a éste que se alzaba del suelo lleno de tierra y ostentando orgullosamente la flor de la maja.

Ya no fueron aplausos los de la multitud.

Fueron alaridos de júbilo, gritos de bravos, plácemes, y en fin, la explosión inmensa de la alegría de un público a quien fascinaba y seducía todo lo grande y heroico.

A algunos pasos del joven estaba el toro con la espada del pintor clavada en el corazón.

-¡Bravo, don Vicente! -le dijo Costillares dándole un abrazo.- Su mercé lo entiende, y por mi santa patrona que hemos pasado un rato...

-¡Gracias, gracias! -repuso Vicente estrechando la mano del torero.

Y evadiéndose del círculo que acudía presuroso a felicitarle, volvió a saltar la barrera, y subió las gradas hasta donde estaba Dolores.

Se acercó Vicente hasta ella, y presentándole la rosa un tanto ajada ya, le dijo:

-Aquí tiene usted la flor que tanto deseaba.

La joven no dijo una palabra, y palpitante y ruborizada cogió con trémula mano la flor que el pintor le ofrecía.

Cuando concluyó la corrida, Vicente estaba enamorado furiosamente de la joven.

Días después los dos jóvenes se encontraron, y sus primeras palabras de amor se trocaron.

Esto era en el año de 1786.

La corrida en que Vicente vio a la manola, formó una época en su vida.

El corazón de ambos estaba virgen de amores.

La maja concentró toda su ventura, toda su existencia en el amor de Vicente; y éste, a su vez, no pensó en nada ni en nadie más que en Lola.

De este modo transcurrieron algunos meses.

En este espacio Vicente pintó algunos cuadros que obtuvieron una aceptación extraordinaria.

Se los había inspirado Dolores.

Porque a partir del momento en que se cambiaron sus primeras palabras de amor, de tal modo se apoderó la maja de su pensamiento, que únicamente era ella la inspiradora de todas sus acciones.

Todas las noches iba Vicente a verla: entreteníanse en sabroso coloquio, o bien si era tiempo de verano descendían hasta las frescas alamedas del Manzanares; o bien si era invierno permanecían en casa de la maja, donde al amor de la lumbre y a la luz del enorme velón de metal, mientras ella ribeteaba zapatos o pespunteaba las costuras, Vicente hacía los bocetos de aquellos admirables cuadros que tanto llamaban la atención al ser reproducidos en el lienzo.

Teniendo en cuenta esto, puede comprenderse todo el inmenso dolor que experimentaría el pintor al adquirir el convencimiento de la pérdida de su amada.

Ocurriósele inmediatamente la idea de que aquel rapto había sido obra exclusiva del marqués Adelfi, y gracias a su encuentro con Luis evitóse el que se hubiese dirigido a su casa, provocando quizás un nuevo disgusto para él.

Luis, entretanto, cada vez más preocupado, dirigíase hacia la Casa de los Diablos, según la habían denominado, en busca del remedio para el dolor que aquejaba a su amigo.

Veamos de dónde procedía la extraña denominación de aquel edificio, y dónde estaba situado.

Capítulo XII. En que se cuenta una historia que viene muy a pelo para nuestra novela

A la derecha del monte de Leganitos, en el sitio que hoy ocupa el barrio de Argüelles, se alzaba en la época de que vamos hablando, una especie de capilla en la que un pobre anciano, retirado del mundo, consagraba sus días al culto y a la devoción de la Virgen de los Remedios.

Las limosnas que los devotos vecinos de los alrededores dejaban al piadoso anacoreta, bastaban para atender a su subsistencia y al alimento continuo de una lámpara que ardía constantemente en el altar de la Virgen.

Como a unos cien pasos de la capilla se veía un inmenso caserón por cuyas cercanías evitaban el pasar los supersticiosos habitantes del contorno.

Aquella era la «Casa de los Diablos.»

¿Por qué se la denominaba así?

¿No había bastado la santidad del lugar vecino para desterrar la influencia de los espíritus malignos?

Sentado cabe el hogar en las largas veladas de invierno, el abuelo centenario contaba a su numerosa prole reunida, la historia lúgubre de la Casa de los Diablos.

Las muchachas temblaban de miedo, y los hombres hacían devotamente la señal de la cruz.

¿Cuál era, pues, esta historia?

Era una leyenda, una tradición, una fantasía, hija tal vez de la imaginación de los hombres; pero a la que ellos mismos habían impuesto tal sello de verdad, que los sencillos campesinos la creían como un oráculo.

Oídla, pues.

Muchísimos años antes, una opulenta familia vivía en la «Casa fuerte de los Palomos.»

Don Pedro de Estremoz, doña Aldonza, su esposa, y don Tello, su hijo, componían la familia.

Añadid a esto doce caballos de pura raza en las cuadras; tres traíllas de doce perros cada una; cuatro arneses de corte y ocho de guerra; quince pajes en los estrados; veinte escuderos en las antecámaras, y una falange de dueñas y doncellas en las habitaciones interiores, componían la servidumbre de los condes de Estremoz.

Si aumentamos dos literas para los días de ceremonia, y cien hombres de armas que coronaban los adarves, tendremos una idea aproximada de la importancia de los habitantes del palacio.

Don Pedro era de carácter duro y violento.

Su hijo era tan duro y violento como su padre, y bajo el rostro más poderosamente hermoso, ocultaba un corazón de cieno.

En las cercanías del Pardo se alzaba una humilde vivienda habitada por un anciano caballero y su hija.

Brenda de Atares era pura como el sueño de un niño.

Un día solió de caza don Tello seguido de sus monteros, y se dio a cazar por los bosques del Pardo.

Los ojeadores levantaron un jabalí, y don Tello se lanzó a su persecución.

Al salir a un claro del bosque, don Tello se quedó sorprendido.

Cabalgando sobre una hacanea blanca, un mujer de incomparable belleza descapirotaba un azor, y lo arrojaba en persecución de una garza que cruzaba el espacio.

La jabalina que llevaba el de Estremoz en la mano, se cayó al suelo.

La virgen de Atares se ruborizó extraordinariamente.

Don Tello poseía la alta galantería de la época.

La habló en un lenguaje desconocido para ella, y su alma se adormeció en las suaves inflexiones de aquella voz que tan dulcemente la acariciaba.

Cuando despertó era el anochecer.

Brenda regresó a su castillo cabizbaja y pensativa.

Ya no era la pura virgen de la montaña.

Su aureola de pureza se había quedado prendida entre las zarzas del bosque.

Tello regresó a su casa complacido y satisfecho.

Y las entrevistas se prolongaron durante tres meses.

Al cabo de ellos, el primogénito de Estremoz no volvió al bosque.

Y pasaron nueve lunas.

Al cabo de ellas, el anciano del Pardo fue a pedir al anciano de la corte la honra que Tello le había arrebatado.

Pero Rodrigo de Atares era pobre, y don Pedro de Estremoz inmensamente rico.

Además, un odio inextinguible separaba a aquellas dos familias.

El pobre anciano salió de la casa desesperado.

Entretanto, Tello blasfemaba y se encenagaba en la crápula más espantosa.

Por entonces murió don Sancho IV el Bravo.

Su muerte fue la señal de los graves desórdenes que hubo en Castilla.

Cuatro poderes se disputaban la corona.

El que con más recursos contaba era el de don Alfonso de la Cerda.

Sostenido por los reyes de Francia, Aragón y Granada, guardaba un equilibrio completo con el partido del infante don Juan, el de la regente y el de don Enrique, tío del rey niño.

Los nobles de Castilla escuchando más sus ambiciones que su honor se dividieron también, y tomaron partido por los diversos bandos que se disputaban el poder.

Era una tarde de estío.

Don Tello de Estremoz se retiraba a su casa de vuelta de una cacería.

Cerca de la casa fuerte había un bosque.

En medio del bosque había una cruz de piedra.

Cerca de la cruz una ermita.

Brenda de Atares iba a contar sus cuitas al cenobita de la cruz de piedra.

El cenobita lloraba con ella, y derramaba sobre sus heridas el dulce bálsamo de la religión.

Tello atravesó el bosque en los últimos momentos del día.

Cuando llegó a la cruz, había oscurecido completamente.

De pronto el caballo enderezó las orejas y se detuvo en medio del camino.

Al pie de la cruz, había una figura inmóvil.

-¿Quién eres y qué haces? -dijo el caballero con enojo.

-¡Rogar a Dios por ti, Tello de Estremoz! -contestó el cenobita, pues él era la figura que estaba arrodillada.

-Basta de supercherías, apártate y déjame el paso franco.

-Tengo que hablarte por última vez.

-¿Acaso para repetirme lo que me dices todos los días?

-Sí; Brenda está próxima a ser madre.

-¿Y qué tengo yo que ver con eso? -contestó con un acento despreciativo don Tello.

-Dime, conde de Estremoz, cuando en tus vedados encuentras un cazador furtivo, ¿qué haces con él?

-Las cuerdas de los arcos de mis monteros podrán contestarte mejor que yo.

-Pues si tú has robado lo más santo, lo más puro, la castidad de una mujer, la paz de un anciano, la felicidad de una familia, ¿qué castigo merecerás?

-Ya te he dicho que me dejes. ¿Quién eres tú para meterte en mis operaciones? -dijo don Tello con voz que iba enronqueciendo la cólera.

-Soy un anciano, y tengo el derecho de aconsejar; soy un sacerdote, y revestido de mi sagrado ministerio, las palabras no salen de mis labios, son hijas del Ser, que al sacrificarse por la humanidad entera, no ha llevado más objeto que atenuar el mal cuando la falta se ha cometido ya. Has deshonrado a Brenda;.has llenado de luto una casa en la que hasta ahora había reinado la paz; y ya que aquello no se puede evitar, compensa con tu conducta de hoy tus extravíos de ayer.

-Apártate, anciano, y da gracias a tu buena estrella, que no te haga pagar bien cara la inconveniencia de tus palabras, y guardar tus sermones para los sandios de los villanos.

-Los sandios de los villanos, como tú dices, se avergonzarían de cometer la acción infame que ha ejecutado el caballero más noble de la comarca.

-¡Voto a Dios! que...

-No blasfemes de Dios al pie de la misma cruz en donde murió por nosotros.

-Ya te he dicho que te apartes -gritó Tello con un furor creciente.

-No me apartaré sin llevarme la rehabilitación de Brenda.

-¡Nunca! Déjame el paso franco.

-¡Teme la cólera de Dios! La Santa Biblia lo dice: «Diente por diente, ojo por ojo,» y ¡ay de ti y de los tuyos si no escuchas la voz de tu conciencia!

-¿Y a mí qué me importa tu Biblia, tus palabras, ni tu Dios? Lo que quiero es marcharme a mi castillo, y puedes decir a Brenda de mi parte, que ya que tan fácil fue en dejarse seducir, demasiado honrada está con que un caballero haya reparado en ella.

-¡Calla, blasfemo! No rechaces lo que ignoras; teme la cólera de ese Dios a quien te empeñas en desconocer.

-Ya te he dicho que te apartes.

-Ya te he dicho yo también que quiero la rehabilitación de Brenda.

-¡Nunca!

-¡Pues bien! Acuérdate de lo que dice la Biblia: «Ojo por ojo, diente por diente», conde de Estremoz; esa Providencia de que dudas castigará en tu honra la infamia que has cometido con la noble familia de Atares.

-¡Miserable! -gritó Tello ciego de furor.

Y antes de que el sacerdote pudiera impedirlo, arrimó los acicates a su bridón, que dando un bote furioso salió a galope tendido, atropellando al anciano anacoreta, que quedó en el suelo desmayado.

La guerra civil estaba devastando a Castilla.

Don Pedro de Estremoz tomó partido por la reina regente, o lo que es lo mismo, por el rey niño.

Don Tello, su hijo, por el infante de la Cerda.

La Providencia empezaba a vengar a Brenda.

El padre y el hijo peleaban en opuestos bandos.

En lo más recio de una de las batallas, la lanza del hijo falseó el peto, y atravesó el corazón del padre.

El conde de Estremoz conoció a su matador, y entre los torrentes de sangre que arrojaba por la boca, le envió su maldición.

Aquella noche Tello se entregaba a la orgía más desenfrenada en celebridad de los bienes y señoríos a que la muerte de su padre le daba derecho.

A aquella misma hora, Brenda también espiraba después de haber dado a luz un niño.

Un anciano sacerdote, con el rostro vendado la auxiliaba en sus últimos momentos.

Y se pasaron los años.

El niño que había nacido la noche del 13 de Setiembre de 1304 había cumplido veinte años.

Era el puro retrato de su madre, Brenda de Atares.

Su abuelo le había amado con el mismo cariño que profesó a su hija.

Pero el anciano murió, y el niño quedó bajo la custodia del cenobita de la cruz de piedra.

Nada de cuanto pudiera hacer de él un excelente caballero omitió el cenobita.

A los veinte y un años, Tello de Atares abandonó el castillejo de sus abuelos: dos escuderos le acompañaban.

La corte estaba a la sazón en Burgos.

Era el año 1325.

Acababa de declararse mayor de edad don Alfonso XI.

Tello de Atares se dirigía hacia Burgos.

Próximo a la ciudad, una gritería que se acercaba por momentos lo hizo detener su marcha.

Una señora, cabalgando en un caballo que corría desesperadamente, pasó por su lado como una exhalación.

Un toro la perseguía muy de cerca.

A lo lejos se veían infinitas gentes que corrían y gritaban sin poder impedir la muerte que amenazaba a la dama.

Tello, palpitando de emoción, tomó la lanza de mano de uno de sus escuderos, y revolviendo su caballo, se dirigió intrépidamente al encuentro de la fiera.

Ya era tiempo.

El aliento abrasador de ésta casi lo sentía la dama.

Tello picó al toro con la punta de su lanza, para llamarle la atención.

La fiera volvió sus irritados ojos hacia el temerario caballero, e inclinando su cabeza, se lanzó sobre él.

Tello sostuvo admirablemente el empuje con su poderoso lanzón de roble.

Momentos después, la fiera yacía sin vida.

A algunos pasos de ella, la dama perseguida estaba desmayada sobre el duro suelo.

Se acercó Tello, y quedó sorprendido.

No había soñado nunca un rostro más encantador que el que veía.

Abrió la dama por fin los ojos, y si cerrados habían enamorado al caballero, al admirar la suavidad de aquellas pupilas negras, quedó completamente fascinado.

Entretanto, las gentes que a lo lejos gritaban, se habían acercado.

Un señor anciano, de mirada dura y sesgada, se aproximó a Tello, y le dijo:

-Caballero, os doy gracias por haber librado a mi esposa de la muerte que le amenazaba; si vais a Burgos y para algo os sirve la protección de don Tello de Estremoz, alférez mayor del reino, podéis contar con ella. En cuanto a vos, señora -prosiguió el de Estremoz endureciendo más su acento- podéis despediros de semejantes correrías.

Una lágrima brilló en los ojos de la dama, y a través de ella fijó una mirada en el joven paladín que tan bizarramente la había defendido.

Tello de Atares se ruborizó de placer.

Murmuró algunas palabras; hizo algunas reverencias bastante torpes, y volviendo a cabalgar, siguió su camino hacia Burgos.

Su imaginación iba ocupada por un fantasma peregrino.

Tello había soñado con los sueños de los veinte años, y los había visto realizarse de un modo bastante satisfactorio.

La mirada de la dama le hizo adivinar infinidad de promesas para el porvenir.

Pero la revelación del caballero, destruyó en parte sus ilusiones.

Era casada.

Había un hombre que tenía derecho a pedirle cuenta de su cariño.

Había un hombre que poseía aquel tesoro que él había acariciado más de una vez en su imaginación.

Tello amaba, y amaba con la pasión primera, con la más pura y la más ardiente de su alma.

Al amor le basta un momento para desarrollarse, y el del joven creció en pocos momentos.

Educado en una escuela más rígida que la corte, se reprochaba aquel amor como un crimen.

En este estado llegó a Burgos.

Pasó muchos días sin salir a la calle, por temor de encontrarse con la esposa de don Tello de Estremoz.

Pero la casualidad se la presentó a pesar suyo.

Y la dama se ruborizó al verle; y él sintió que su rostro se encendía también.

Se saludaron, se miraron, se sonrieron, y aquel saludo, aquella mirada y aquella sonrisa, acrecieron doblemente su pasión.

Se alejó de ella, y la encantadora fisonomía de la dama le seguía a todas partes.

Tello sufría horriblemente.

Queriendo poner un término a sus sufrimientos, marchó a la guerra contra los moros.

Buscaba la muerte, y en vez de ella alcanzó laureles.

Se ajustaron las treguas, y Tello volvió a Burgos más enamorado que nunca.

Don Alfonso XI estaba por entonces ocupado en tomar venganza del rey de Portugal, por haber patrocinado y favorecido las miras ambiciosas del infante don Juan el Tuerto.

El conde de Estremoz, consecuente siempre a sus máximas de hacer la guerra al partido donde estaba la lealtad y la justicia, peleaba en favor del rey de Portugal.

Su esposa estaba, entretanto, encerrada en el palacio de Madrid.

Tello preguntó por el conde, y le dijeron donde estaba.

Trató de averiguar el paradero de su esposa, y nadie le dio razón.

En tal estado se le ocurrió hacer una visita a su castillejo, y dar un abrazo al cenobita de la cruz de piedra.

Pero el sacerdote había muerto, y la ermita estaba abandonada.

El castillo estaba muy arruinado, y necesitaba grandes reparos.

Tello quiso esperar hasta la conclusión de la obra.

Para entretener el tiempo, salía a cazar por las cercanías.

Una tarde, cruzaba solo por el bosque, cuando vio venir a lo lejos una dama sola también como él.

Se acercaron, y ambos se reconocieron.

Tello encontró a la esposa del conde de Estremoz.

Ésta halló al caballero que le había salvado la vida en las cercanías de Burgos.

Permanecieron mudos algunos momentos.

Al cabo de ellos se hablaron.

Cuando su encanto se deshizo, Blanca de Fuentidueña era la esposa adúltera del conde de Estremoz.

Y pasaron diez meses.

Se habían ajustado las paces entre los reyes de Castilla y de Portugal; pero el conde de Estremoz no podía presentarse en la corte del monarca castellano.

Era el único a quien no había alcanzado la clemencia de don Alfonso XI.

Blanca de Fuentidueña dio a luz un niño.

Tello de Atares se lo llevó a su castillo.

La condesa de Estremoz, después que se puso buena, solía ir con alguna frecuencia al castillo de Atares, y cuando volvía, cuasi siempre la acompañaba un caballero.

Todas estas imprudencias tenían precisamente que dar su resultado.

Una noche que Tello estaba sentado a los pies de Blanca, enseñándole un relicario que tenía en la mano, vio de pronto alzarse en el fondo de la cámara una sombra que al acercarse hizo exhalar un grito de terror a Blanca.

Su amante se alzó inmediatamente; pero volvió a caer con el corazón partido por el puñal del conde de Estremoz.

Un grito horroroso se escapó de los labios de Blanca, que abandonó la estancia precipitadamente.

-¡Toma tu merecido, infame, mal caballero! -había gritado el conde al caer sobre Tello.

El hijo de Brenda había quedado exánime.

Pero al caer al suelo, rodó también el relicario que tenía en la mano.

Furioso el de Estremoz lo recogió, y ciego de cólera miró el retrato que tenía.

Un grito ronco, de una expresión indefinible, salió de su garganta.

Fijó sus ojos en el joven cuyo rostro iban palideciendo las sombras de la muerte, y exclamó:

-¡Son sus mismas facciones!... ¿Sería acaso?...

Y aterrado no se atrevió a concluir.

Un movimiento que hizo el moribundo llamó su atención, y acercándose a él le preguntó con acento ahogado:

-Decid, ¿este retrato de quién es?

Pero Tello no le oía.

Ansioso de descubrir aquel misterio, llamó a sus criados; pidió agua; roció con ella el rostro del de Atares, y un movimiento seguido de otros más perceptibles, hizo al conde alejar a sus servidores y volver a preguntarle:

-¿De quién es este retrato?

-¡De... mi... ma... dre! -contestó Tello arrojando sus palabras envueltas en sangre.

-¡Dios mio! -gritó el conde fijando en el cielo su vista, y sintiendo agitarse algo en su pecho.

-¡Agua!... -murmuró débilmente el moribundo.

-Y vuestro padre ¿quién es? -preguntó Tello de Estremoz con acento angustiado.

-No... le he cono... cido... dadme... agua!...

-¿No le habéis conocido, decís?

-Había... sedu... cido... a... mi madre... y... la olvidó... agua... a... gua...

Tras el esfuerzo violento hecho para pronunciar estas palabras, se alzó del suelo, y volvió a caer pesadamente.

Era un cadáver.

En cuanto al conde, estaba petrificado.

Largas horas permaneció contemplando el cadáver de su hijo.

Cuando amaneció, se levantó del sillón en que había pasado la noche, y con un acento extraño murmuró:

-Tenía razón el monje de la cruz de piedra: «Ojo por ojo, y diente por diente.»

Y pálido, erizado el cabello, agitándose convulsivamente, salió de la estancia, atravesó por entre sus criados, que le contemplaban mudos de espanto, y de vez en cuando se le oía decir:

-¡He muerto a mi hijo... como maté a mi padre!... ¡Soy un parricida!

Y a estas palabras se seguía una carcajada insensata, horrible, desgarradora.

Después se internó en el bosque y nada más se supo de él.

En cuanto a la esposa adúltera de don Tello, temiendo por la suerte de su hijo, corrió a refugiarse al castillo de Atares.

Este niño fue más tarde cabeza de la familia de los condes de Fuentidueña.

El palacio del monte de Leganitos quedó deshabitado; los criados, asustados de los sucesos de la noche, se escaparon, y esparcieron por los alrededores las noticias de lo que habían visto, abultándolas extraordinariamente.

Los campesinos las creyeron; se las contaron a sus hijos, y de generación en generación fueron creciendo, hasta el punto de decir que los diablos venían todas las noches por el alma de don Tello de Estremoz; pero que irritados al ver que siempre estaba arrodillado junto a la cruz de piedra, recorrían las habitaciones de la casa fuerte, dando gritos espantosos.

Tal era la historia que los aldeanos contaban siempre que se les preguntaba a quién pertenecía aquel ruinoso caserón y por qué se santiguaban al pasar por delante de él, y tal la causa por qué se la llamaba la «Casa de los Diablos.»

A esta casa que todo el mundo creía deshabitada, era donde se dirigía don Luis de Guevara.

Capítulo XIII. Giacomo Zarini

Por el año de gracia de 1785, es decir, un año antes del en que comienza nuestra narración, en una casa del barrio de la Morería, deshabitada algunos años a causa de cierto olor de hechicería que se exhalaba de ella, se había instalado el italiano Giacomo Zarini, no sin haberse anunciado pomposamente como una notabilidad en perfumería, medicina y en decir horóscopos.

Hizo algunas curas con muy buen éxito; compuso muy buenas medicinas bajo la severa inspección de los médicos de la corte, y su fama quedó perfectamente sentada; observaba los ritos de su nueva religión con escrupulosidad; pagaba sus tributos al contado, y nadie tenía que hablar de Giacomo Zarini.

Nadie sabía nada de su vida anterior, y excepto las horas que permanecía en su tienda, era un misterio su existencia.

Sentados estos cortos antecedentes, describiremos, aunque sucintamente, la casa en que vamos a penetrar.

Completamente encajonado entre dos altos y denegridos caserones, se alzaba un edificio de un solo piso, de cuya techumbre sobresalía una chimenea que arrojaba durante la noche densas nubes de un humo negro y espeso.

Una puerta ojival y dos ajimeces sobre ella, era lo único que se veía en el interior; pero atravesando la primera se entraba en un estrecho zaguán, húmedo y bajo de techo, en cuyo fondo se veía una pequeña tienda, sostenida por columnitas delgadas de mármol, dejando ver en el gracioso arqueo de sus techos y en los frisos primorosamente escultados, el buen gusto de la arquitectura oriental.

En los tableros que circulan toda la tienda, se veían vasijas y drogas para confeccionar las medicinas dispuestas por el mismo Zarini.

En cuanto al interior, a excepción de la habitación en que recibía a las personas que iban a que les dijera su horóscopo, nadie conocía la casa; únicamente Lorenzo, criado de Giacomo, y bastante entrado en años, era el que podía dar algunos detalles; pero era un criado, contra la costumbre general, muy reservado, y guardaba fielmente los secretos de su amo.

Sin embargo, nosotros, a fuer de novelistas conduciremos al lector a las diversas habitaciones de la casa.

En el fondo de la oscura tienda, bajo un pequeño banco de herradura, se abría una puerta que dejaba ver una escalera de seis o siete peldaños, que daba paso a un estrecho corredor; a uno de los lados había una habitación sombría, redonda y abovedada, y las celosías que cubrían los ajimeces, dejaban penetrar durante el día una luz opaca que apenas bastaba a iluminar el aposento.

En uno de los rincones había un hornillo apagado a la sazón, y a su lado una gran mesa, sobre la cual se veía un reloj de arena y algunos pergaminos, en los que había caracteres arábigos, escritos con tinta roja.

Esparcidos por el suelo se veían algunos libros, y en los andenes, crisoles, retortas, vasijas, calaveras de diversos animales, pájaros disecados, y otros dos o tres esqueletos perfectamente conservados, cuyos diversos objetos eran capaces de imponer terror en el corazón más valiente.

Junto a la mesa había un sillón de alto respaldo, destinado al mago que a impulso de la vara mágica evocaba las sombras de otras edades.

La escalera que daba a este aposento tenía una puerta que encajaba perfectamente en la ensambladura del corredor, no haciendo sospechar siquiera que hubiera comunicación entre ambas habitaciones.

Siguiendo este corredor, había otra puerta, también oculta bajo la ensambladura, que daba paso a una extensa cámara, antítesis completa de la habitación del nigromante, y cuyos detalles merecen describirse.

Era un salón de regulares dimensiones, cuyas paredes estaban cubiertas de cuero recamado de estrellas de oro, bastante deteriorado en algunos puntos, efecto sin duda del tiempo. El friso, primorosamente trabajado, y el techo, en el que se veían pintados algunos pasajes del Corán, no desdecían del conjunto árabe de todo el edificio.

No tenía ventana alguna, y del techo pendía una lámpara que derramaba sobre el salón una luz pálida y triste.

Al fondo, en la pared, se veía un gran escudo en el que cualquiera un poco versado en la ciencia heráldica, hubiera reconocido el blasón de los condes de Fuentidueña; a entrambos lados había dos arneses completos, uno de corte y otro de batalla, y otros dos inferiores, destinados sin duda para los escuderos; en los espacios que dejaban libres, había colgadas dagas, espadas y puñales, y en los rincones sendas lanzas de roble.

En fin, para completar el extraño mueblaje del salón, se veían en la pared colgados diversos trajes castellanos, desde el coleto del pechero hasta el sayo de brocado del señor. Siguiendo adelante el corredor se encontraba un zaquizamí donde dormía el criado de Giacomo Zarini; un poco más allá el dormitorio de éste, y al fondo una escalera que daba a un patio húmedo y de cortas dimensiones, en cuyo denegrido paredón se abría una puerta pequeña que comunicaba con la calle del Ataúd.

Nos hemos detenido en la descripción de la casa de Giacomo Zarini, pues nos era necesario para el completo conocimiento de tan extraño personaje.

Son las diez de la noche en que a Luis le sucedió lo que ya hemos visto. Largo tiempo ha pasado desde que se cerró la tienda; sentado en un pequeño escabel en su reducido aposento, Lorenzo, el criado de Giacomo, había visto pasar, hora tras hora, las transcurridas desde que anocheció hasta entonces; un candilón de hierro colgado de la pared derramaba una sombría luz sobre los objetos que había en la habitación. El buen Lorenzo, sin duda para matar el tiempo, paseó y rezó un sin número de oraciones, hasta que cansado de pasear y rezar, se acomodó en su asiento y se dispuso a dormir; pero no quiso el destino dejarle gozar de su sueño, toda vez que un golpe seco y fuerte que sonó, le hizo levantarse y dirigirse a la puerta del postigo, la que al abrirse dejó paso a un embozado a quien sin duda conocería mucho Lorenzo, toda vez que le hizo una profunda reverencia, y después de cerrar se dirigió hacia el interior alumbrando al desconocido.

Ambos subieron la escalera, y el caballero tocó en la ensambladura un resorte, y la puerta que daba a la cámara del blasón, y que el lector ya conoce, quedó franqueada; entraron, y habiéndose quitado la capa en que se envolvía el incógnito, dejó al descubierto una fisonomía noble y expresiva, aunque un tanto acabada, y en cuya frente los trabajos, más bien que la edad, habían trazado profundas arrugas. Los ademanes inspiraban esa dignidad de gracia, que en vano se quieren imitar, y que es muy difícil perder.

Su traje era el de un hidalgo pobre; y en su cintura, pendiente de su talabarte de cuero, se veía una espada con una empuñadura de acero y un magnífico puñal.

Desciñóse las armas, y mientras se desnudaba preguntó a Lorenzo, que permanecía inmóvil a alguna distancia:

-¿Quién ha venido?

-Nadie, señor.

Siguió un momento de silencio, y al cabo de él, dijo el desconocido:

-Pronto, creo, mi buen Lorenzo, dejaremos nuestros disfraces, para ser yo el alto y poderoso señor de Fuentidueña, y tú mi montero mayor.

-¿De veras? -dijo Lorenzo, resplandeciendo de gozo su semblante.

-Sí; Floridablanca está amenazado de muerte, y hasta él mismo ha pedido al rey que le deje retirarse.

-¿Y quién ha podido vencer su irresolución?

-Doña Catalina de Sandoval.

-¡Ella! -dijo Lorenzo con un gesto de terror- ¡Ella! Lanza enemigos a su...

-¡Calla! Mi venganza se ha de cumplir, y se cumplirá.

-Pero, señor, ¡eso es horrible!

También fue horrible el crimen. ¡Acuérdate, Lorenzo, acuérdate! Hace veintidos años.

El escudero inclinó la cabeza bajo el peso del recuerdo que su señor acababa de evocar.

-La fortuna favorece mi venganza; la hija ha heredado la hermosura de su madre y un alma enérgica e indomable, que incitada por mí, cumplirá mis deseos. Todos la adoran en la corte, como a su madre; y el marqués del Alcázar y Luis de Guevara están prendados de ella.

-¡También él! ¡Dios mio! -murmuró Lorenzo.

-También la idolatra -dijo el italiano, acentuando marcadamente aquellas palabras.

-¿Y ella le ama? -preguntó anhelante el criado.

-Los dos se aman con un amor de Satanás.

-Pero, señor, vos podéis evitar todos esos crímenes que se preparan; hacedlo, vos tan bueno, tan generoso en otro tiempo...

-Basta, Lorenzo; los pecados de los padres los pagan los hijos, y sus crímenes me vengarán cumplidamente.

Durante este tiempo se había quitado las ropas de hidalgo y puéstose una hopalanda oscura, y en su rostro una barba blanca, que con una peluca del mismo color, le habían transformado en el italiano Giacomo Zarini, sin que fuera fácil reconocer bajo su disfraz al bravo y galante señor de Fuentidueña, según antes él mismo dijera.

-¿Dices que no ha venido nadie? -preguntó Giacomo dirigiéndose al criado.

-Nadie, señor; exceptuando un criado de la vieja marquesa de la Villa, en busca de la pomada que para ella confeccionasteis.

-Es extraño -murmuró el conde paseándose por el aposento- no comprendo cómo María no ha tenido ya un disgusto que la obligue a llamarme en su auxilio conforme le indiqué. Las imprudencias de Luis han de producir forzosamente un conflicto, y temblando estoy que llegue ese caso. ¡Si yo mismo, por satisfacer mi venganza, y poner frente a frente a doña Catalina y al de Lazán, y al marqués del Alcázar frente a Floridablanca, y a Luis en lucha con todos ellos, habré ido más lejos de lo que debía! Hoy que a todos los tengo colocados en la situación que deseaba; hoy que hasta el mismo marqués Adelfi ha venido, sin saberlo él mismo, a proteger mis planes, tiemblo y no sé si la catástrofe podrá sobrepujar a lo que quiero.

Dos golpes que sonaron en la puerta de la tienda, interrumpieron su monólogo, y volviéndose a Lorenzo que también estaba pensativo, le dijo:

-Enciende una luz, éntrala en mi laboratorio y baja a abrir.

Trajo el montero un gran velón de metal, y habiéndolo encendido, lo dejó sobre la mesa de que ya hemos hecho mención. Otros dos golpes que se dejaron oír, demostraban que la persona que estaba a la puerta, no era muy aficionada a esperar.

-Dáte prisa, Lorenzo; que a ella no le gusta esperar.

-¡Con que es ella! -dijo con un acento de terror el buen Lorenzo.

-Lo presumo; anda.

Bajó aquél de no muy buen talante los seis o siete escalones que separaban la tienda de las habitaciones, y abriendo la puerta, penetró por ella una dama envuelta completamente en su manto, que volviéndose a sus escuderos que la conducían en una litera, les dijo con acento imperioso:

-¡Esperad!

Y se entró en la tienda, subió la escalera, y entró en el laboratorio, dejándose caer en una banqueta frente al caballero, que al verla en aquel estado, hizo un ligero movimiento de sorpresa.

La dama, al sentarse, separó el manto que la cubría, dejando ver las bellas facciones de la alta señora doña Catalina de Sandoval; pero que estaban desfiguradas bajo el peso de la gran emoción que sentía.

Sus hermosos ojos negros se veían empañados de lágrimas; sus mejillas estaban densamente pálidas, y sus labios los agitaba un temblor convulsivo.

Al verla en semejante estado, no pudo menos de preguntarle el caballero:

-¿Qué tenéis, señora?

-¡Oh, buen Giacomo! Nunca más que ahora necesito de tu ayuda.

-Pero, ¿qué os sucede?

-Que me está engañando infamemente.

-¿Quién?

-¿Quién ha de ser, sino Luis? El hombre por quien he sacrificado mi honra, por quien hubiera dado mi vida, porque le amaba con todo mi corazón.

-Pero, explicaos, señora, explicaos -dijo Giacomo, que al oír aquel nombre había palidecido levemente.

-Don Luis de Guevara ama a la hija del conde de Lazán, a esa gazmoña que nunca levanta los ojos del suelo, y por quien ha suspirado más de un caballero de la corte.

-Pero, ¿estáis cierta de lo que decís, señora?

-Acabo de saberlo por medio de un aviso misterioso que se me ha dado.

-Y bien, señora -dijo el perfumista perfectamente tranquilo, ¿en qué os puedo yo servir?

-Vosotros poseéis el secreto de ciertas yerbas que matan: pues bien, necesito un tósigo de esa especie.

Ni un solo músculo se alteró en la fisonomía de Giacomo; pero sus dedos apretaron convulsivamente la hopalanda que le cubría, y haciendo un violento esfuerzo, preguntó:

-¿Y qué más?

-Quiero un bebedizo que haga desfallecer de amor, que inspire una pasión vehemente a quien lo tome respecto a la de quien lo recibe; quiero que Luis me adore como yo a él; y quitado el obstáculo de María, podré disfrutar feliz de su amor, sin miedo a ninguna otra rival.

-¿Y nada más queréis, señora?

-Nada más, sino que me cuentes la historia de mi familia, según me has prometido varias veces.

-No es esta la ocesion más a propósito.

-¿Por qué?

¿Olvidáis, señora, que a estas horas suele acudir mi clientela?

-Di que no estás en casa.

-No puede ser.

-Yo te pagaré lo que pierdas de ganar.

-No me comprendéis, señora.

-Dejemos eso a un lado: ¿quieres o no contarme mi historia?

El italiano pareció meditar breves segundos.

Luego dijo:

-Voy a complaceros.

Capítulo XIV. Qué era lo que tenía que decir el conde de Fuentidueña a doña Catalina de Sandoval

Profundamente sorprendida quedó doña Catalina, escuchando el tono misterioso de Giacomo.

Éste, mirándola de un modo insistente, le dijo al cabo de algunos segundos:

-Queréis saber vuestra historia, y hacéis mal a mi juicio en semejante intento. Si habéis pasado veinticuatro años ignorando realmente vuestro pasado; si al casaros, vuestro esposo os tomó como la hija de Mariano Sandoval, refugiado en el reino portugués desde la guerra de 1761; si viuda ya, el marqués del Alcázar no se ha fijado más que en vuestra belleza; si sois rica, joven y hermosa, ¿por qué querer levantar el velo del pasado, donde quizás se escondan para vos lágrimas y desesperación? Gozad de la vida, ya que tan bella se os presenta, y no evoquéis un pasado que a nada bueno puede conducir.

-¿Has concluido ya? -preguntó doña Catalina con frialdad.- Cuanto os dije, creed que fue únicamente por vuestro bien.

-Te lo agradezco; pero puesto que me has dicho que conocías esa historia, que en vano había yo preguntado muchas veces a Mariano Sandoval, necesito que me la digas.

-Ved, señora, que quizás esa historia os lleve a una venganza horrible.

-¿Qué me importa? Habla de una vez.

-Está bien; hablaré, pues que así lo queréis. Escuchadme: Hace veinticinco años próximamente, que entró en Madrid un caballero castellano que había pasado muchos años en América, donde si bien hubo de mejorar su hacienda de un modo notable, en cambio su carácter, que era adusto e irascible de suyo cuando allí marchó, tornósele más sombrío, más violento y menos amable.

Encerróse como un hurón en su antiguo palacio solariego, inhabitado desde que marchó de España, y ni le distraían las fiestas de la corte, ni le atraía el alborozo y regocijo popular.

Apenas se le veía en un paseo o en una diversión. Todo el mundo se extrañaba de tal conducta, y las especies más absurdas, los más ridículos comentarios hacíanse respecto a su aislamiento.

Juzgábanle un hombre sin corazón, y sin embargo, el pobre caballero sufría, y sufría de amores.

Pero sus amores no eran los que el vulgo ve generalmente; no pertenecían al género ni de los amores correspondidos, ni de los desengañados.

Era un amor sin forma, sin objeto; amor que sin un ser a quien aplicarlo, hacía sufrir mil tormentos a la persona que lo sentía.

Había pasado la mayor parte de su vida en América, y más a propósito para combatir que no para amar, casi no había tenido tiempo de comprender lo que era aquella pasión.

Valiente y esforzado en el combate, era dulce y compasivo con el vencido; sus años tal vez se hubieran deslizado del mismo modo, si la fatalidad no le hubiera traído a Madrid de vuelta de América.

Una noche que vagaba distraído por las calles del jardín que tenía en su palacio, una voz dulcísima, rasgando el silencio de su alma, vino a herir las fibras de su corazón, y debilitándose suavemente se perdió en el espacio, remontándose al cielo, como creyó el admirado caballero.

Largo tiempo permaneció en el jardín, esperando que aquella argentina voz volviese a sonar; pero en vano: nada volvió a interrumpir el silencio.

Profundamente contrariado se retiró a su habitación; y allí solo, siempre zumbando en su oído aquel eco maravilloso, despertó su alma del sueño en que yacía, y desplegó ante la asombrada vista del caballero todos los infinitos goces del amor.

Muchas noches volvió a oír aquella voz, y cada una de ellas añadía un quilate más a la violenta pasión que devoraba su pecho.

Buscó en vano entre las damas de la corte, una a quien aplicarle los encantos que él se formaba en su mente, y no hallándola, se refugió a su aislamiento, y en él, soñando con su fantasma, atravesaba una existencia dolorosa y triste.

De este modo pasaron algunos meses, hasta que llegó la primavera, y con ella el bajar al jardín el caballero en las primeras horas de la mañana.

Al lado de su palacio vivía un italiano llamado Zanetti, profesor de música, que había venido de Italia, su país natal, hacía muchos años con Carlos Brochi.

Una mañana que, abstraído en su pensamiento, vagaba por las calles de tilos y limoneros, un ligero ruido que sintió en una de las celosías, le hizo levantar la cabeza, y una mano hermosísima, una de esas manos que hacen adivinar en la mujer a quien pertenece tesoros de hermosura y de pureza, agitó un lienzo de finísima batista, como saludando a su melancólico vecino.

Éste, sorprendido al principio y admirado después, estuvo algunos momentos contemplándola, hasta que al ver la tenaz persistencia de su saludo, se llevó la suya al corazón, y el lienzo, tras otra agitación más violenta, desapareció con la mano que lo sostenía.

Y siguieron por espacio de algunas mañanas estos mutuos saludos.

Y el caballero empezó a respirar más libremente.

Su semblante se fue esclareciendo.

Sus sueños tuvieron un objeto.

Y este objeto fue su vecina, la dueña de aquella mano que con tanto afán le saludaba.

Deseó conocerla, y fue a casa de Zanetti.

El pretexto que empleó para entrar, fue el de aprender música bajo la dirección del entendido profesor.

Al entrar en el aposento de Zanetti, distinguió las esbeltas formas de una mujer en el fondo de un sombrío corredor, y que esta mujer le saludaba con una dulce expresión.

Todo esto fue rápido como el rayo.

Pero en aquel brevísimo instante la mágica belleza de la hija del italiano se desplegó ante los asombrados ojos del caballero.

Zanetti le hizo entrar, y enterado de su deseo, le manifestó que le era imposible acceder a él, puesto que partía para Italia dentro de breves días.

Mas el objeto estaba ya conseguido; sabía que la mujer que amaba vivía allí, y esto era suficiente para él.

Abandonó la casa de Zanetti lleno de alegría.

Al día inmediato, bajó como de costumbre a pasear por el jardín.

Las flores le parecían más aromáticas.

El cielo más puro.

Las auras más suaves, más armoniosas.

Porque su amada, a través de las espesas celosías, prestaba a las flores su aliento.

Al cielo el color de sus ojos.

Y las suaves inflexiones de su voz a las auras.

Y anhelante esperaba aquella mano de marfil, que aunque no podía contar, al menos adivinaría los latidos de su corazón.

Pero la mano no apareció más que un momento.

El suficiente para arrojar un ramito de espino egipcio, en medio del cual campeaba un clavel rojo, y volverse a retirar.

El caballero se apresuró a recogerlo, y un momento después se paseaba completamente abstraído, dibujándose en su rostro una viva satisfacción.

Vos, señora, que debéis conocer las costumbres árabes, comprenderéis el significado de un ramo de estas dos flores; ya sabéis que una flor, una cinta, una hoja arrancada de un árbol, son expresiones de una lengua especial que explica elocuentemente esas pasiones que en las mujeres de aquella raza son más fuertes, más abrasadoras.

Aquel espino egipcio, que significaba la esperanza, y el clavel el amor, eran más que suficientes para llenar de entusiasmo el corazón del caballero, y hacerlo olvidar la contestación de Zanetti, jurando en su interior hablar a aquella mujer, escuchando de sus labios las frases de que eran emblema aquellas flores.

Y pasaron días y se trocaron palabras, y una noche, después de la queda, una mujer se descolgó por uno de los ajimeces de la casa de Zanetti, y cayó delirante en los brazos de un caballero, que un momento después cabalgaba por el camino que conducía a Valladolid, a la portezuela de una litera llevada por robustos jayanes y escoltada por algunos jinetes.

Dentro de la litera iba Alina, hija de Zanetti, y el caballero que cabalgaba a su lado era el alto señor don Manuel de Castañeda, conde de Fuentidueña.

Esos fueron vuestros padres, señora.

Capítulo XV. Donde concluye Giacomo Zarini la historia que estaba contando

Concluidas las últimas palabras, inclinó Giacomo la cabeza como bajo el peso de un dolor terrible; su acento, que por grados se había ido volviendo triste y sombrío, concluyó por asemejarse a un gemido, y durante algunos momentos nada interrumpió el silencio que reinaba en la estancia.

Doña Catalina contemplaba con sorpresa a Giacomo, y aspiraba con avidez sus palabras, ansiosa de conocer los misterios de los que le habían dado el ser y los pormenores de su desgracia; había creído escucharlos de unos labios indiferentes que relatasen su historia del mismo modo que relataran alguna antigua conseja, y no de unos labios que acentuando sus palabras, imprimiesen en ellas el dolor o la amargura que su corazón sentía, y que deplorasen aquellas desgracias que al cabo de tanto tiempo estaban aún frescas en la imaginación del que las relataba: así que respetando la abstracción de Giacomo, nada le dijo.

Al cabo de un momento prosiguió éste:

-Por espacio de un año vivieron en Valladolid, donde vuestra madre abrazó la religión de su amante y se hizo una alta y poderosa señora al enlazarse vuestro padre con ella.

Pero llegó un día en que el portugués entró talando las tierras castellanas, y vuestro padre, fiel a la voz del honor, abandonó los amantes brazos de su esposa y se fue a la guerra, llevando en sí el funesto presentimiento de una desgracia, tanto más terrible, cuanto que era más desconocida.

Y razón tenía en presentir.

¡Desgraciado el hombre que fía su honra en una mujer!...

¡Es un vaso tan quebradizo, que el menor choque basta para hacerlo mil pedazos!...

¡Oh! ¡Si las mujeres comprendieran la inmensidad del amor que hacen sentir!

Pero ellas aman con un objeto particular, y casi nunca al hombre que muere de amor por ellas.

¡Pobre conde de Fuentidueña!... ¡razón tenía en presentir!

Era tan sentido, tan lúgubre el acento de Giacomo al pronunciar estas palabras, que doña Catalina no pudo menos de estremecerse involuntariamente.

Después comprendió que en sus últimas expresiones casi acusaba a su madre, y no pudo menos de decirle:

-Giacomo, si en la vida de mi madre hay algún lunar, no eres tú quien debe reprochárselo: habla.

Repuesto algún tanto Giacomo, prosiguió inmediatamente:

-Por aquel tiempo empezaba a privar con Jovellanos, su amigo el conde de Lazán, tan galanteador como cortesano, y tan astuto como enamorado.

Tiempo hacía que apasionado de vuestra madre, buscaba una ocasión para verla sin testigos, y con la ausencia de vuestro padre lo consiguió.

Introducido por un criado infiel, habló con Alina... y cuando al amanecer salió del palacio... diz que iba delirante de alegría!...

-¡Mientes, Giacomo!... -gritó doña Catalina sin poderse contener.

-¡Por Dios vivo, que mejor hubiera sido que me hubiese engañado! -dijo Giacomo con un acento lúgubre y sombrío; pero en el que sin embargo se traslucía tanta sinceridad, que la dama no pudo menos de estremecerse, y le dijo, interrogándole más con la vista que con las palabras:

-¡Según eso, mi madre!...

-Nada más sé, señora -dijo Giacomo envolviéndose en su reserva habitual.- Lo que pasó con vuestra madre y el conde de Lazán fue un misterio para mí, pero que, sin embargo, tuvo un desenlace terrible.

Una noche estaba el conde de Lazán en la cámara de vuestra madre, sentado a sus pies, cuando de pronto se aparece en el umbral de la estancia el conde de Fuentidueña, pálido, excesivamente pálido, pero severo.

Vuestra madre dio un grito.

Y su amante se puso en pie de un salto, y desenvainó la espada.

Pero el conde sin hacer caso seguía avanzando, y su mirada glacial caía a plomo sobre el rostro de su infiel esposa, que fascinada, no podía apartar la suya de su esposo.

El conde de Lazán, impasible, contemplaba aquella escena con una indiferencia estoica.

Y vuestro padre llegó junto a Alina.

Su mirada se hizo más intensa, más terrible.

Su mano buscó la empuñadura de su daga.

Y brilló el acero en alto.

Mientras que su esposa, paralizada por el terror, nada se atrevía a hacer.

De pronto un grito desgarrador resonó en la estancia. La daga del ofendido esposo se hundió hasta el pomo en el pecho de vuestra madre.

Que cayó al suelo para no levantarse nunca.

El conde de Lazán no pudo menos de palidecer.

Y un estremecimiento frío recorrió su cuerpo al ver el semblante fatídico de vuestro padre, que sin decir una palabra tiró de su espada y avanzó hacia él.

Las espadas se cruzaron.

Ambos luchaban con furor.

Y la ventaja no estaba en favor de ninguno de los dos.

Pero el amante empezó a retroceder.

Aunque sin dar ventaja a su contrario.

El conde redoblaba sus esfuerzos.

Y el de Lazán seguía retrocediendo.

Vuestro padre, en su cólera, no podía adivinar el movimiento de su contendiente.

Y de este modo llegaron cerca de la puerta de la estancia.

Entonces, por medio de un salto, rápido como el rayo franqueó el umbral, cerró la puerta, y la punta de la espada del conde fue a clavarse en ella.

Ciego de furor la hizo saltar de una patada; pero el mal caballero estaba ya muy lejos y no pudo alcanzarlo, haciendo ánimo de arrojarle su guante, al inmediato día, en medio de toda la corte.

Pero ¡ay! No sabía el conde el hombre con quien trataba.

El perfumista con quien os habéis criado, fue llamado por el conde y le confió vuestro cuidado, ocultándole la catástrofe que había amargado sus días.

Mariano le ofreció guardaros como a su propia hija, y os llevó con él.

Entonces fue cuando estalló el inmenso dolor del conde.

Había amado con delirio a su esposa, que en pago le había dado el deshonor y la infamia.

Y cada reproche que hacía al inanimado cadáver de Alina, aumentaba el odio que sentía cada vez más rugiente hacia su infame seductor.

Éste, entretanto, no se había descuidado: y merced a sus buenos oficios con el rey, antes de amanecer fue preso el conde acusado de traición, y al día siguiente confiscados sus bienes.

Calló al decir estas últimas palabras Giacomo, y su palidez cada vez más excesiva, y el temblor convulsivo de sus labios, denotaba lo penoso que le había sido evocar aquellos recuerdos.

Catalina había escuchado aquella historia, y su semblante reflejó enérgicamente los sentimientos que su relato la había inspirado.

Orgullosa con el nacimiento y los títulos de su padre, no podía perdonar al condestable que la hubiera privado de ellos.

Amante y deseosa de las caricias de una madre a quien no había conocido, pero a la que sin embargo había amado, odiaba y sentía crecer más su aborrecimiento hacia el conde de Lazán que había tenido la culpa de que no las pudiera disfrutar, y aunque conocía la ligereza de su madre, su corazón de hija la disculpaba, y hacía recaer todo su resentimiento sobre el hombre que la había seducido.

Y tan pensativa como Giacomo permaneció largo tiempo sin decir una palabra, hasta que al fin le dijo:

-¿Y de mi padre qué ha sido?

Alzó Giacomo vivamente la cabeza; por un momento sus ojos brillaron con una luz fuerte y sombría, sus labios se agitaron convulsivamente; pero al cabo de un momento, tras un esfuerzo poderoso de su voluntad, desapareció aquella expresión de su rostro y con un acento lúgubre contestó:

-Ha muerto destrozado por el dolor, maldiciendo en sus últimos momentos al seductor, y legando a su hija su venganza.

Algunos momentos de silencio se siguieron a las últimas palabras pronunciadas por Giacomo.

Catalina estaba visiblemente impresionada.

La historia contada por el perfumista, o el mago, pues bajo las dos denominaciones se le conocía; las circunstancias en que las había contado y el acento con que hizo el relato, todo contribuía para prestarle cierto carácter de solemnidad que no podía menos de producir sus efectos en la dama del marqués.

Giacomo saboreaba, por decirlo así, todas las emociones que Catalina había ido sufriendo, y especialmente aquella última emoción hija del encargo que suponía hecho por el padre de Catalina.

Cuando creyó haber dejado ya tiempo suficiente para que la dama se hubiese hecho cargo de aquellas frases, dijo:

-¿Tenéis algo más que mandarme, señora?

-Sí; necesito que me digas por dónde has sabido lo que acabas de contarme.

-¿Dudáis acaso de mis palabras? ¿No se avienen quizás con lo que os indicó alguna vez mi compadre Mariano?

-¡Ah!... ¿Con que era pariente tuyo Mariano?

-Sí, señora; por él he sabido todos los pormenores que he tenido la honra de contaros.

-¿Y qué fue de Zanetti?

-¿Del padre de vuestra madre, de vuestro abuelo queréis decir?

-Sí, eso es.

-Murió precisamente a los pocos días de haberse verificado el matrimonio de su hija.

-Pero, ¿y las pruebas de mi nacimiento?

-El conde de Lazán podrá daros cuenta de ellas, porque él precisamente está disfrutando vuestros bienes y vuestro título.

Un relámpago de odio, pero de odio terrible, implacable, de aquel que jamás perdona, que con nada se satisface, pasó por los ojos de doña Catalina.

Aquel relámpago no fue tan rápido que no lo sorprendiera Giacomo, el cual dijo con una expresión inexplicable:

-¡Oh! ¡Si vos, señora, vengarais a vuestra madre!

-¿Y pudiste dudarlo acaso? Te juro que tal ha de ser mi venganza, que supere a la misma ofensa recibida. Ahora bien, Giacomo; no te olvides de lo que antes te encargué. Ve tú mismo a llevármelos, y tales muestras de gratitud te daré, que no tendrás por qué arrepentirte de haberme servido.

Pocos momentos después, doña Catalina abandonaba la casa de Giacomo.

[...]

Capítulo XVI. Cómo cumplió Luis la oferta que había hecho a Vicente

Nuestros lectores recordarán que dejamos a Luis de Guevara, precisamente en el momento que llegaba a la Casa de los Diablos, después de haber dejado al pintor a la puerta de la casa del conde de Lazán.

El caballero pasó sin detenerse ante el sombrío salón de la casa, cuya puerta polvorienta y descolorida acusaba el tiempo que permanecía cerrada, y fue a detenerse ante una casita más pequeña y de aspecto miserable que había al lado.

Tocó de un modo particular en una ventana baja que había junto a la puerta, y doblando inmediatamente la esquina, detúvose al pie de una tapia en la cual se abría una puerta enorme, destinada sin duda para que entrasen por ella las sillas de mano, si los dueños de la casa eran personas que tal lujo se permitían, o bien los pesados carruajes de aquel tiempo.

Luis no tuvo necesidad de llamar, porque los golpecitos dados en la ventana eran una señal de antemano convenida, porque inmediatamente que él llegó ante la puerta, abrióse ésta quedando franco el paso hasta una especie de corralón destartalado y sombrío, en cuyo fondo se distinguía el débil resplandor de una luz.

Franqueó la pequeña puerta de donde brotaba la claridad y entró en una habitación sencillamente amueblada, dejándose caer en un sillón de baqueta que había junto a una mesa de roble, sobre la cual estaba el enorme velón cuya claridad se distinguía desde el portalón en el momento que él entró: la estancia estaba sola; pero a poco sin duda la persona que abría la puerta y que se había quedado a cerrarla, practicada esta operación, entró en el aposento.

-Buenas noches, González -dijo Luis saludando al recién llegado, individuo de unos cuarenta años, de fisonomía astuta y reservada, de mirada que jamás parecía fijarse de frente, de perpetua sonrisa en los labios y de cuerpo que casi nunca sabía estarse quieto.

-El cielo os guarde, señor -repuso González haciendo una reverencia- no podía esperar que a semejantes horas viniese vuecencia, y un milagro ha sido que estuviera tan atento para escuchar su seña.

-Eso quiere decir que ibas a recogerte ya.

-Sí, señor, sí.

-¿Es decir que no hay nadie en la casa?

Y Luis, que se había colocado de modo que la sombra proyectada por la pantalla del velón le diese en el rostro, fijó una mirada escrutadora en el semblante de González, que dijo con acento no muy seguro:

-No, señor; no hay nadie.

-¿Estás bien cierto de que no hay nadie? -volvió a preguntar Luis mirando con mayor fijeza a su interlocutor.

-Así he tenido la honra de decíroslo.

Y González, a fin de evitar la persistente mirada de Guevara, dio con la mayor naturalidad una vuelta a fin de sustraerse a la luz que daba en su rostro.

Pero el caballero debió conocer la maniobra, porque dijo:

-Vamos a ver, González, acércate aquí y hablemos con franqueza: no trates de negarme la verdad, porque harto sabes que te conozco; por lo tanto, créeme que te conviene no jugar conmigo a sutilezas y astucias, porque de igual manera que te he puesto en este sitio, te quitaré de él, amén de darte una paliza que te haga perder para lo sucesivo la gana de usar bellaquerías con ninguna persona honrada.

Semejante lenguaje hizo indudablemente su efecto en aquel honrado mozo, que quizás conociese a Luis como persona abonada para hacer lo que decía, toda vez que inmediatamente y con la actitud más humilde que pueda darse, aproximóse al caballero, diciéndole:

-Señor, perdonadme si pude ofenderos; pero a la verdad, habéis de comprender que la situación en que me hallo es sumamente comprometida.

-Comprometida ha de serlo si no me dices la verdad.

-Dijéraosla en buen hora si no temiera que lo pagaran mis orejas.

-Tú verás lo que haces, porque entre pagarlo problemáticamente y pagarlo con seguridad al momento, comprendo qué es lo mejor que puedes elegir.

Y tan resuelto fue el acento de Luis, y tan decidido su aspecto al levantarse de su asiento, que González comprendió que la cosa iba de veras.

Entonces, tomando una actitud en armonía con la nueva situación, dijo:

-Señor, si me prometéis no abandonarme...

-Habla.

-Es que me encuentro seriamente amenazado.

-¡Amenazado! ¿Por quién?

-Por el señor marqués de Adelfi.

-Aquí nadie tiene derecho para amenazarte más que yo.

-Sin embargo...

-En fin, acabemos. ¿Quién está en la casa?

-El señor marqués.

-¿Solo?

-¡Oh! Si estuviese así no tendría caso, pero se hallan con él cuatro de sus amigos.

-¿Y qué hacen?

-Están celebrando un ruidoso triunfo obtenido por el marqués.

-¡Cómo! -preguntó Luis frunciendo el entrecejo.

-Hace poco... digo, no, lo menos hace tres o cuatro horas, llegó una silla de manos cuidadosamente cerrada, que entró como de costumbre en el patio, y de la cual sacaron los mismos mozos una mujer desmayada sin duda, que por orden del señor marqués hice que llevasen al saloncito azul.

-¿Y qué más? -preguntó Luis, cuyo rostro iba nublándose por momentos.

-El señor marqués despidió a los de la silla; quedó solo un momento con la dama, o mejor dicho con la maja, pues maja y muy hermosa por cierto es la paloma que ha caído esta noche en la red.

-Prosigue: ¿cuánto tiempo ha permanecido con ella el marqués?

-El suficiente para hacerla beber unas gotas de no sé qué diablo de droga que llevaba en una botella, con lo cual volvió en sí al momento.

-¿Y qué dijo al ver al marqués?

-Ya no estaba en el aposento.

-¿Cómo?

-Antes de que la maja volviese en sí, marchóse fuera, encargándome que a vos menos que a nadie, si por casualidad veníais, que no vendríais, os dijese nada de lo que había.

-¿Y se quedó aquí?

-No, señor; encargó una gran cena, y dos horas después volvió con cuatro amigos.

-¿Que serán sin duda los que están ahí?

-Sí, señor.

Y González temblaba, adivinando en el rostro de Luis la tempestad que estaba rugiendo en su corazón.

-¿Y la maja? -preguntó éste al cabo de algunos segundos.

-El señor marqués me pidió la llave de la sala donde había quedado encerrada.

-¿De modo que él la tiene?

-Sí, señor.

-¿Y tú no le dijiste que está prohibida la admisión en la casa de ninguna mujer que venga desmayada?

-Hícele ya esa observación; pero a ella me contestó que no sabiéndolo vos, no había peligro alguno; que no podríais saberlo más que por mí, y que me prohibía terminantemente, si en algo estimaba mi pellejo, que saliese de mis labios una palabra, además que vos no vendríais esta noche por aquí.

-Mucha seguridad era esa.

-Nada os oculto, señor; bien sabéis todo lo de iracundo y terrible que tiene el señor marqués, y si vos no me salváis...

-Merecido tienes que te abandone a su saña.

-Pero...

-Ahora bien, villano, ¿no sabes las atribuciones que tienes, atribuciones que nosotros mismos te hemos dado?

-Es que...

-Es que el marqués te ha pagado bien tu condescendencia, y diste o fingiste dar al olvido las órdenes y los deberes que tenías.

-Creed, señor, que hice cuanto pude para impedirlo.

-¿Dónde está preparada la cena? -preguntó Luis desentendiéndose de las excusas que le daba González.

-En el salón de los espejos.

-Está bien.

Y Luis abandonó el sillón, disponiéndose a salir de la estancia.

-¿Dónde vais, señor? -preguntó González lleno de inquietud.

-A hacer lo que debo.

-Ved que el marqués al verse contrariado es capaz...

-¿De qué? -preguntó con altivez el caballero.

-De todo, señor.

-Quédese el temor para los bellacos como tú, muy valientes para faltar a sus deberes y obligaciones, y muy cobardes cuando se ven seriamente amenazados.

-Al menos permitidme que os acompañe.

-¿Necesito acaso tu compañía para nada? Quédate en buen hora en tu portería, mal cumplidor de las órdenes que te dan, que tiempo de sobra tendremos para ocuparnos del castigo que mereces.

-Pero reparad que yo hice cuanto pude; que en el mismo reglamento de la casa se me ordena que obedezca a todos los caballeros de ella.

-Sí; pero también te se limita esa obediencia; y como eso precisamente es lo que no has tenido en cuenta, eso será lo que llevará consigo tu condena.

-Ved, señor, que hasta ahora no falté.

-Ruega al cielo que yo no llegue tarde, porque si desgraciadamente es así, has de pasarlo muy mal.

Y el joven, después de pronunciadas estas palabras, salió del aposento dejando a González terriblemente preocupado con los sucesos que necesariamente habían de sobrevenir.

Capítulo XVII. De qué modo puede principiar un festín

El marqués Adelfi era un italiano que hacía algún tiempo residía en Madrid, cuyo padre había sido uno de los caballeros a quienes Carlos III, durante su soberanía de Nápoles, había distinguido, y el recuerdo de esta distinción sirvió poderosamente a su hijo cuando vino a España.

Bajo un exterior agradable y simpático ocultaba un corazón de cieno, y corrompido y audaz había sido el héroe en más de una aventura escandalosa de que se habló mucho en la corte, llegando finalmente a oídos del monarca, que hubo de manifestar su desagrado al marqués.

Pero Julio, que así se llamaba éste, cuidóse muy poco de que al monarca le agradase o no su conducta, y persistía en ella, aun cuando encubriendo algo más las locuras a que se entregaba.

Como había dicho muy bien el pintor en la entrevista que tuvo aquella noche con Luis, vio a Dolores y se prendó de ella.

Empleó todos los medios de seducción que le sugería su corrompido ingenio; pero Dolores no era mujer que cediera con facilidad, y por el mismo Vicente sabemos todo lo que ocurrió respecto a aquel particular.

Pero así como la maja no era persona que cediese ante las amenazas, tampoco era el marqués hombre que desistiese de un empeno hasta haberle conseguido.

No podía alcanzarlo por los medios decorosos, y estaba resuelto a emplearlos todos para llegar al resultado apetecido.

Con una persistencia extraordinaria, dedicóse a observar quiénes eran las personas de mayor intimidad de Lola; las horas en que ésta entraba y salía en su casa; en fin, adquirió un conocimiento tan exacto de su existencia, que pudo formar un plan completo, contando con la seguridad del éxito.

Sabía la hora en que iba Vicente a verla, y partiendo de esta base preparó la llamada de Lola, por su amiga Concha, cuando precisamente sabía que ésta no estaba en su casa.

La amada de Vicente, sin desconfianza de ningun género, salió de su casa, y no hizo alto en que un hombre que había en una puerta inmediata silbó de un modo particular, y casi inmediatamente una silla de manos que había en una bocacalle cercana se puso en movimiento, conduciéndola los portadores en la misma dirección que llevaba Lola.

Cuando ésta entró en el portal de la casa de su amiga, portal tan oscuro como lo estaba la misma calle que acababa de dejar, volvió a sonar el mismo silbido que a la salida de su casa, y sin saber por qué, Lola, que tenía el alma bien templada, como suele decirse generalmente, no pudo menos de estremecerse.

Entonces, y antes de aventurarse por la tortuosa escalera, dió una voz llamando a Concha.

Pero instantáneamente sintióse cogida por el cuerpo, y sin que pudiera evitarlo, sin tener tiempo para dar un grito, sintió que le cubrían la cabeza con un pañuelo, y sin duda éste debía estar impregnado de alguna sustancia tan fuerte, que instantáneamente perdió el conocimiento.

Entonces, el mismo hombre la cogió en brazos, y como que la silla de manos había llegado precisamente delante de la puerta, metió en ella a la joven, emprendiendo la marcha a buen paso los jayanes que la conducían.

La oscuridad de la noche, la soledad que reinaba por aquella época en los barrios extremos tan luego oscurecía, y la prontitud con que todo fue ejecutado, impidieron que nadie se apercibiera de aquel suceso, y Lola pudo llegar a la Casa de los Diablos, en la forma que hemos oído a González explicar a Luis.

Cuando la maja volvió en sí, efectivamente, como el conserje había dicho al caballero, no estaba el marqués en su presencia; había salido de la casa para ir en busca de sus compañeros de libertinaje, con los cuales tenía celebrada una apuesta que acababa de ganar.

Entre todos los jóvenes que constituían la sociedad de los Caballeros del Amor, era Julio el más libertino y el de peor instinto.

Así es que dentro del círculo en que se hallaba, dentro de aquella misma sociedad que, hasta cierto punto, se arrepentía su mayoría de haberle admitido en su seno, eligió unos cuantos amigos que juzgó los más a propósito para que secundasen sus miras, educándolos convenientemente en su escuela.

A estos amigos era a quienes iba a buscar, porque ellos conocían su empeño por Dolores, y con ellos había apostado que en un plazo determinado había de ser suya de grado o por fuerza.

Como que la apuesta estaba ganada, encargó la cena de que había hablado González, y los cinco jóvenes pusiéronse a cenar alegremente, solemnizando la buena suerte del marqués.

Entretanto, como ya hemos dicho, Lola había vuelto en sí.

La primera impresión fue la de una sorpresa extraordinaria al encontrarse en una habitación completamente desconocida.

Poco a poco fue dándose cuenta de lo sucedido, y no pudo menos de estremecerse al ver que se hallaba sola en una habitación desconocida, a merced de los que allí la habían llevado, y cuyas intenciones forzosamente habían de ser malas dada la felonía que habían usado.

Trató de buscar en su pensamiento alguna explicación para aquello; buscó salida por si acaso podía escaparse de allí; pero vio que la puerta estaba cerrada con llave, que el aposento no tenía balcón alguno y que las paredes estaban acolchadas al objeto, sin duda, de ahogar los gritos que allí dentro pudieran exhalarse.

Tamaño lujo de precauciones hizo comprender a Lola algo de amenazador para su honra.

Y no pudo menos de indignarse contra el que a tales medios recurría.

Precisamente en aquellos momentos ofrecióse a su pensamiento el recuerdo del marqués.

Únicamente él podía haber sido el autor de aquella infamia.

Y esta sola idea alentó su espíritu de tal modo, que alzando la frente que tuviera abatida hasta entonces, pareció hasta que desafiaba el peligro que acababa de presentir.

Entretanto la cena había dado principio, y los amigos del marqués mostrábanse deseosos de convencerse si eran ellos los vencidos en realidad.

Julio les había dicho que verían a Dolores, y todos estaban impacientes por la llegada de este momento.

El libertino caballero, con una perversidad extraordinaria, había calculado que los últimos momentos de la cena eran los más a propósito para aquella presentación.

Precisamente era cuando las cabezas más calientes por los vapores del vino hallábanse más propensas al escándalo, y este era el que deseaba, a fin de obligar por medio de ello a Dolores.

-Temiéndome voy -decía uno de los amigos del marqués- que Julio ha querido convidarnos y se ha valido de semejante estratagema.

-Estás en un error, barón -repuso Julio- sois vosotros quienes me convidáis.

-El caso es que toda la noche estás hablándonos de Lola, y me parece que hubieras debido principiar por traerla y que hubiese cenado con nosotros, prestando mayor encanto a la cena con su donaire y su gracejo.

-He querido reservaros esta sorpresa para los postres.

-Para que estemos ya medio embriagados y sea más fácil hacernos creer que está entre nosotros esta Lola la zapatera, cuando puede ser cualquier otra.

-Esta suposición me ofende.

-Entre nosotros no hay ofensas de ninguna especie.

-Además, la conducta que observas en este asunto se presta a toda clase de suposiciones.

-Vamos, tanto me habéis provocado, que no tengo más remedio que adelantar el momento de la presentación.

Y el marqués levantóse de su asiento, provocando con esta acción una salva de aplausos.

-Por ahí debiste principiar -dijo uno de los jóvenes.

-No, es mucho mejor que haya concluido, porque con eso he dejado a mi hechicera maja el tiempo suficiente para que reflexione acerca de su situación.

-¿Y se conforma con ella? -dijo uno.

-Y ruegue a Dios que el amante que la fortuna le depara, le guarde fidelidad siquiera algunos meses.

-O por lo menos algunos días.

-Lo cual es muy difícil.

-Sin embargo, la Lola es guapa.

-Pero el marqués es inconstante por naturaleza.

-Vamos, callad, lenguas maldicientes.

-Porque decimos la verdad...

-Os prometo guardarle constancia a Lola.

-¿Cuánto tiempo?

-Ocho días.

-¡Bravo, bravo!

Y el marqués, entre las carcajadas y los aplausos de sus amigos, se dirigió hacia la puerta del aposento.

Capítulo XVIII. La conclusión de la cena

Aun cuando el primer impulso del marqués fue dirigirse él mismo al saloncito en que había dejado a Dolores, cambió súbitamente de idea, y llamando a un criado, le dio orden de que hiciese salir a Lola y la condujese al salón en que ellos estaban, sin decirle nada absolutamente.

El criado obedeció.

Lola esperaba de un momento a otro ver aparecer al marqués, y cuando vio al criado le dijo con altanería:

-¿Te manda acaso tu señor?

-No sé de qué señor me habla su merced -repuso el criado, que como todos los que había en aquella casa, era diestro y no se dejaba sorprender con facilidad.

-¿A qué vienes entonces?

-A decirle que puede salir cuando le plazca.

-¿Dónde?

-Donde quiera su merced.

-¿Es decir que tengo libertad?

-Sí, señora.

-Pues vamos a disfrutar de ella.

Y aun cuando Lola dudaba de que se la hubiese traído a aquella casa para dejarla libre poco después, sin embargo concibió alguna esperanza y siguió al criado, aun cuando no exenta de recelo.

Cruzó éste un corredor y abriendo una puerta dijo:

-Ya puede salir su merced.

En aquel momento, el marqués, que para hacer más fuerte la sorpresa había reclamado de sus amigos silencio por algunos momentos, presentóse en la puerta en el momento de aparecer Lola en ella, y cogiéndola violentamente por la mano y atrayéndola hacia sí, dio tiempo al criado para que volviese a cerrar la puerta, dejando a Lola dentro de la estancia.

Una salva de aplausos acogió la entrada de Dolores en la sala.

Ésta, sorprendida al principio, reaccionóse inmediatamente.

-¡Hazaña digna de vos! -exclamó dirigiendo una mirada tal de desprecio al marqués, que éste no pudo menos de sentir el rostro enrojecido por el despecho, por la ira y por la vergüenza.

-Vamos, Lola -dijo uno de los jóvenes alzándose de la silla y ofreciéndole una copa llena de vino- no os hagáis la desdeñosa, y venid a brindar con los Caballeros del Amor.

-Rebajada anda la caballería si vosotros os apellidáis caballeros -repuso la maja haciendo extensiva la mirada de desprecio que fijaba en el marqués a todos sus compañeros.

-Jamás habrá tenido tan honrada compañía -exclamó otro que no había comprendido el sangriento epigrama envuelto en las palabras de la joven.

-Naturalmente -repuso con frialdad Dolores- honrándola yo, muy honrada se encuentra.

-Vamos -dijo el marqués ofreciéndole su mano- en la mesa hay un asiento para ti.

-No os he dado jamás derecho para que me tuteéis, y como yo no acostumbro a admitir cenas de quien no me agrada, rechazo la vuestra y la compañía que me ofrecéis.

Y Dolores dio un paso al pronunciar estas palabras con dirección a la puerta de la estancia.

-Siento mucho decirte, prenda mía, que si para venir encontraste francas todas las puertas, para salir todas están cerradas.

Y el marqués trató de coger nuevamente la mano que Lola había separado violentamente momentos antes.

Pero en aquel momento la puerta del salón se abrió, y Luis apareció en ella.

-¿Quién hablaba de puertas cerradas y de puertas abiertas? -dijo deteniéndose en el umbral de la que acababa de abrir.

La sorpresa que en aquel momento experimentó el marqués, lo mismo que sus amigos, impidióles contestar a la pregunta que se les dirigía.

Lola, que conocía a Luis, y que en él adivinó desde luego un salvador, fue la única que le dijo:

-Estos señores que me han traído aquí a la fuerza, y que aseguraban hace poco que la que aquí entraba, no volvía a salir.

-¿Eso os decían, Lola?

-Sí, señor.

-Pues precisamente vais a demostrarles lo contrario: seguidme si os place, y veréis como ante vos se abren todas los puertas.

Y ofreció su brazo a la maja, que no pudo menos de fijar una mirada de triunfo en el marqués.

Esta mirada, no solamente pareció devolverle el uso de la palabra, sino que excitó su cólera.

Se adelantó hacia Luis, y le dijo:

-Caballero!...

-¿Qué teníais que mandar? -preguntó nuestro amigo.

-Preguntaros con qué derecho no sólo venís a interrumpir nuestra cena, sino que también os entrometéis en mis asuntos particulares.

-¿Habéis olvidado la casa en que estáis? -preguntó Luis mirando fijamente al marqués.

-Dentro de ella tengo tantos derechos como vos.

-¿Recordáis bien los estatutos que habéis jurado cumplir, y obedecer?

-Un poco impertinente encuentro vuestra pregunta.

-Y yo sobradamente atrevida, y hasta indigna vuestra conducta.

-¡Caballero!...

-De mis palabras estoy dispuesto a daros satisfacción, como y cuando gustéis.

-No lo olvidaré.

-Entretanto, debo decir a estos señores, por si acaso lo han olvidado, quo los estatutos de los Caballeros del Amor, asociación fundada por unos cuantos jóvenes alegres, prohíben terminantemente que se emplee la violencia para atraer a este sitio a ninguna mujer, ya sea noble o plebeya; que la mujer que participe de nuestras cenas, o de nuestras diversiones, ha de hacerlo por su propia voluntad; que nada de lo que a la asociación pertenece puede ni debe emplearse en servicios particulares; y finalmente que todo empeño amoroso indica desde luego un principio de amor, y ninguno de los caballeros debe dejarse dominar por ese sentimiento.

-¿Y no es acaso una tiranía todo eso que acabáis de decir? -preguntó el marqués.

-Será todo lo tirano que queráis; pero el caso es que vos lo habéis jurado, y vos mismo acabáis de ser perjuro; y por lo tanto habéis incurrido en el castigo que marcan los mismos estatutos.

-Impórtame poco, ni el castigo a que aludís, ni los compromisos de que habláis; lo único que os digo es que esta mujer me pertenece, y que no seréis vos quien trate de sustraerla a mi poder.

-¿Y de cuándo a dónde -preguntó Lola- tenéis derecho alguno sobre mí? ¿Acaso el desprecio con que os traté desde la primera vez que me ofrecisteis vuestros amores os le ha dado?

-Os quedaréis aquí -dijo el marqués.

-En esta casa -repuso a su vez Luis, que en la misma proporción que Julio se irritaba, hallábase más sereno- mientras yo esté no hay otra voz que la mía, tenedlo entendido: porque todos los caballeros, aun esos amigos que con vos cenaban, me han dado esas atribuciones, y estad cierto que sabré mantenerlas.

Y volviéndose de nuevo a la maja, prosiguió Luis:

-Venid conmigo, Lola; alguien hay que ha perdido la luz de su existencia al perder la de vuestros ojos; venid a devolvérsela, que no es justo que por la felonía de un caballero estéis puesta en evidencia vos, y penando un corazón más noble que el de muchos que se precian de serlo.

-Semejantes palabras... -exclamó furioso el marqués, llevando la mano a la empuñadura de su espada.

-No retiro ninguna de ellas -repuso Luis- y ya antes os dije que os daré todas las satisfacciones que queráis. Tan luego haya dejado a Lola en su casa, volveré a encontraros.

-Pero... reparad, don Luis -dijo uno de los jóvenes que estaba en la mesa- que no merece esta cuestión la pena de que dos cumplidos caballeros crucen sus armas.

-¡Silencio, señores! -repuso Luis- Os suplico que de lo que habéis presenciado esta noche, y de lo que quizás hayáis de presenciar después, no digáis a nadie una palabra.

-Mas...

-Volveré después; y si es que no queréis esperarme tanto, siendo ya tan avanzada la noche, mañana, por todo el día, señor marqués, me tendréis a vuestras órdenes.

Y Luis, después de pronunciadas estas palabras, ofreció de nuevo su brazo a Dolores, mientras que el marqués apretando los puños de coraje, exclamaba:

-Yo os juro que he de cobrarme en vuestra vida la afrenta que me habéis inferido.

Luis no le contestó siquiera.

Contentóse únicamente con mirarle, y volviéndose a todos los demás jóvenes, les dijo:

-Con que, señores, buenas noches, y cuidad de sellar vuestros labios.

Capítulo XIX. Grave compromiso del conde de Lazán

Han pasado ocho días desde que tuvo lugar el encuentro de Luis con el marqués Adelfi en la Casa de los Diablos, y durante este espacio han ocurrido multitud de incidentes que no podemos dejar que queden en silencio para nuestros lectores.

Naturalmente que por más que se trató de encubrir aquel suceso, y por más que, tanto los amigos del uno como del otro, cuando se supo, trataron de disculparse, la verdad se supo, llegó a oídos del rey, y aun cuando no era muy amigo, como ya hemos dicho, del de Adelfi por su desordenada conducta, su deber le obligó a censurar lo hecho por Luis, pronunciando frases un poco duras.

Los amigos del joven manifestáronselo así, y juzgaron conveniente su reclusión; por lo cual, apenas si pudo, valiéndose de una porción de ardides, hacer que llegase a oídos de María la noticia de su estado.

La pobre niña no pudo menos de sentir vivamente aquel contratiempo, máxime cuando motivos tan graves tenía para hallarse profundamente disgustada.

Su padre, días antes de que Luis regresara de su expedición a Sierra Morena, según vimos en el capítulo primero, la había llamado a su aposento, y sin ambajes ni rodeos le hizo presente que el conde de Floridablanca le había pedido su mano para su sobrino el vizconde del Juncal, secretario a la sazón de la embajada de Londres.

Semejante demanda envolvía mayor gravedad de la que parece, porque precisamente el conde de Lazán venía sosteniendo hacía años, un pleito de gran consideración con aquel joven, pleito en el cual se jugaba la mayor parte de su fortuna, y del que precisamente las últimas noticias que había recibido se lo ponían en condiciones desfavorables.

La pérdida de este pleito significaba la ruina para el conde, mientras que aquel casamiento lo conciliaba todo.

A esto debemos unir que el vizconde era un apuesto mancebo de veintiocho años, que en una de sus estancias en la corte, pues hacía años que los deberes de sus cargos diplomáticos le retenían fuera de España, había visto a María al salir de misa de las Descalzas reales, y se había quedado ciegamente prendado de ella.

Fue siguiéndola cautelosamente, y al saber quién era, recordó el pleito que con su padre sostenía, e inmediatamente se fue a ver a su tío, a quien hizo que pidiera su mano.

La alianza de Lazán con el vizconde conveníale por muchos estilos, y supuso desde luego que su hija no haría la menor oposición a un enlace tan ventajoso.

Pero María no mostró la docilidad que su padre esperaba, pues Luis era su primero y único amor.

Luis era quien por primera vez había pronunciado en su oído frases de un lenguaje desconocido para ella, y la pobre niña no podía acostumbrarse a la idea de que sus labios pudiesen decir a otro lo mismo que a Luis dijera, ni que su oído escuchase de otros labios protestas y juramentos a que ella no podía contestar.

El conde extrañó aquella negativa, que juzgó una niñada, esperando que rectificase su opinión al cabo de algunos días y cuando la reflexión le hubiese hecho comprender la situación en que se hallaba.

María no le dio importancia a la demanda de su padre.

Creyó que sus razones le habían convencido, y como que éste no volvió por entonces a decirle nada, embriagada con el placer de ver a Luis, después que hubo regresado de su expedición, ni le dijo nada porque no creyó conveniente alarmarle, ni se acordó más, hasta que su tía, la marquesa de Monte-Santo, se presentó en sus habitaciones un día y principió a hablarle, en nombre de su padre, de aquel enlace y de los bienes que de él podían resultar.

La franqueza que con su padre no había tenido, túvola con su tía.

A ella le reveló que amaba a un caballero que era digno de ella, y que no quería mancillar sus labios con un perjurio, ni destruir su ventura atendiendo a su interés.

La marquesa elogió su proceder, y cuando después habló con su primo el conde de Lazán, le dijo:

-Vamos, Diego, es necesario que te lo quites de la cabeza; no debes violentar la voluntad de tu hija, y obligándola a contraer ese enlace, podrías acarrearte tú un remordimiento y un grave disgusto para María.

-Pero, prima -exclamó don Diego sorprendido- reflexiona el grave compromiso en que me hallo; negarme a lo que me pide Floridablanca, es romper la amistad que siempre nos ha unido, y al mismo tiempo es arruinarme, puesto que según las noticias que tengo, mi pleito está perdido en la real audiencia de Valladolid.

-Comprendo lo que me dices, pero tu hija no ama al vizconde, y como casi siempre sucede en estos casos, cuantos más esfuerzos hagamos para obligarla, sólo servirán para aumentar su antipatía.

El conde quedó tan sorprendido como disgustado de las palabras de la marquesa.

Y se daba a los diablos pensando que por el capricho de una tontuela iba a perder su fortuna y su influencia.

Su hijo hallábase todavía en el lecho a consecuencia de la herida que recibió en las Vistillas, y su estado no le permitía ocuparse en los asuntos de su casa. Luis, de quien precisamente se hubiera valido, dada la amistad que le unía con él, para que aconsejase a la joven, estaba escondido; así era que únicamente en él solo debía confiar para vencer la resistencia de su hija.

En este estado, Floridablanca le dijo un día:

-Querido conde, aún no me habéis dado contestación definitiva a la demanda que en nombre de mi sobrino os hice. Comprendo que asuntos de tal naturaleza no son para tratados con precipitación; pero, amigo mío, ¿quién es capaz de calmar la impaciencia de los enamorados? Mi sobrino no me deja a sol ni a sombra, y deseo poderle dar una contestación satisfactoria.

El conde de Lazán no pudo disimular su turbación, y temeroso de que su amigo lo advirtiera, apresuróse a decirle:

-¿Querréis creer que con el trastorno que ha producido en casa el estado de mi hijo, apenas si me he acordado de lo que tanto me honra y de lo que tantos deseos tengo de que se realice?

-Lo comprendo; pero al vizconde no hay quien se lo haga entender.

-Yo supongo que desde luego, por parte de mi hija, no ha de haber inconveniente alguno.

-Sin embargo, bueno es siempre que conozcáis su voluntad; pues doliérame en el alma que atendiendo a la amistad que os merezco, o a la ventaja que por otros motivos pudiera ofreceros ese enlace, se sacrificase vuestra hija.

-¿Queréis callar? María no se sacrificaría nunca dando su mano a un tan cumplido caballero como vuestro sobrino.

-Vuelvo a repetiros que deseo os cercioréis bien respecto al estado de su corazón.

El conde prometiólo así, y salió de las habitaciones del ministro sin saber apenas cómo poder salir del compromiso en que se hallaba.

Finalmente, adoptó el partido que generalmente se adopta en las situaciones desesperadas; el de la violencia.

Pensó que siendo el dueño de su casa, y dueño por lo tanto de la voluntad de sus hijos, estos no tenían otro remedio que obedecerle, y efectivamente, siguiendo esta máxima, tan luego llegó a su casa entró resueltamente en la habitación de su hija.

Ésta, que se hallaba profundamente afligida por la suerte de su amante, apenas vio a su padre vínosele a la memoria su demanda matrimonial, y principió a temblar cual si presintiera lo que le iba a suceder.

-Hija mía -dijo el conde con acento grave y reposado, que aumentó mucho más el temor de la joven- en este momento acaba el conde de Floridablanca de renovarme su demanda, y hora es ya de que le demos una contestación, que no dudo debe estar en armonía con sus deseos.

-Padre y señor -repuso María con tembloroso acento- duéleme haber de deciros que mi corazón no puede abrigar respecto a ese caballero el afecto que en una esposa se requiere. Yo con alma y vida deseara serviros como a hija bien nacida corresponde; pero ved, señor, que no puede mandarse al corazón, y el mío, ni aun mandándole creo me obedeciera.

-¿Pero tú has pensado, hija mía, que con esa negativa es la ruina de tu padre lo que deseas?

-¡Padre mío! Ved que es muy grande el sacrificio que me pedís, y que carezco de fuerzas para llevarle a cabo.

-Pues no hay otro remedio; el conde de Floridablanca lo desea, y yo a mi vez lo quiero; el vizconde del Juncal es un cumplido caballero, y yo estoy seguro que has de ser dichosa con él.

-No puedo serlo, porque no le amo.

-El amor es cuestión de tiempo y de trato, y como el vizconde es acreedor a todo tu cariño, más tarde, si hoy no, le harás la justicia que se merece.

-Es inútil vuestro empeño: si os empeñáis en que yo le dé mi mano, harto comprendo que no tendré otro remedio que obedeceros; pero, padre mío, labraréis mi desdicha, y bien desdichada soy ya.

-¿Qué has dicho? -exclamó el conde poderosamente excitado por aquellas palabras de su hija.

-Que sufro mucho.

-¿Es decir que tu sufrimiento nace del cumplimiento de tu deber para conmigo? Está bien; yo que quiero cumplir con el que tengo contraído para contigo, yo que quiero ser buen padre, asegurando tu suerte, te declaro terminantemente que desde este momento has de considerarte la prometida del vizconde, celebrándose tu enlace cerca de un mes.

-¡Padre!

-Esa es mi última resolución, y bien sabes que no con facilidad cedo en los empeños que contraigo.

Y el conde, una vez pronunciadas las anteriores palabras, viendo el torrente de lágrimas que brotaba de los ojos de su hija, y temeroso de enternecerse, salió del aposento.

Largo rato permaneció María aturdida, por decirlo así, bajo el peso del inmenso dolor que sobre ella se desplegaba.

Después, la misma inminencia del peligro la hizo sacar, como vulgarmente se dice, fuerzas de flaqueza, y comprendiendo que tenía necesidad de depositar en alguien sus pesares y de pedirle consuelo en aquellas críticas circunstancias, cogió la pluma y escribió una carta que cerró cuidadosamente, dirigiéndosela a Paca Pérez, bordadora de gran fama que había en la corte.

Pero aquella carta, realmente, iba dirigida a Luis.

El caballero estaba oculto en casa de aquella.

Pero la carta de María no pudo llegar a su destino.

El criado encargado de llevarla estaba vendido a doña Catalina de Sandoval, y precisamente esta carta produjo la escena que nuestros lectores presenciaron en casa de Giacomo Zarini, adonde el despecho y los celos de doña Catalina la condujeron.

Capítulo XX. Donde tropieza el conde de Lazán con un auxiliar que no esperaba

Profundamente disgustado estaba don Diego Ortiz de Quiñones con aquella rotunda negativa tan claramente formulada por María.

¿Cómo negar su asentimiento a un matrimonio que tanto le convenía? ¿Cómo hacer a Floridablanca aquel desaire tan marcado, él, que precisamente pasaba por su mejor amigo?

Era imposible; además, aquel matrimonio llenaba por completo sus aspiraciones. Le aseguraba mayor influencia en palacio por medio de su yerno, sin contar con la inmensa dote que alcanzaría su hija, dote en la cual iban incluidas aquellas famosas posesiones, litigadas durante tantos años, y cuyo pleito, si el conde lo perdía, equivalía a su ruina.

De aquí todos sus esfuerzos para hacer que su hija diera la mano al sobrino de Floridablanca, y de aquí también lo profundo de su disgusto viendo que su plan fracasaba por completo.

Alborozado saludó aquél la casualidad que se le presentaba para salvar sus comprometidos intereses.

Acostumbrado a la pasiva obediencia de su hija, no dudó cuando el ministro de Carlos III le pidió su mano para su sobrino, en concedérsela lleno de agradecimiento.

A la primera negativa de la joven, creyó de buena fe que sería una niñada pasajera, una puerilidad hija del natural temor a unirse a una persona desconocida.

Mas cuando después de haberle hablado su tía, la marquesa de Monte-Santo, obtuvo la misma negativa, repitiéndose ésta cuando él le habló, según hemos visto en el capítulo anterior, entonces su furor no tuvo límites, y comprendió que era necesario tomar una resolución extrema si quería salvar aquella situación tan comprometida para él.

Cuando María no quería casarse con el sobrino de Floridablanca, era prueba que amaba a otro.

Pero este otro ¿quién era?

María apenas iba a ninguna parte: Carlos III, desde la muerte de su esposa, no había dado fiestas en la corte, y su austeridad y su severidad de costumbres habíase extendido de tal modo, que aun sus mismos caballeros apenas si daban algún baile en los días más señalados del año.

María llevaba una existencia tan retraída, que asistía a muy pocos, y generalmente acompañada de su tía la marquesa, persona de severísimas costumbres y que apenas si dejaba, como vulgarmente se dice, respirar a su sobrina.

Y sin embargo, indudablemente, cuando María de tal modo se negaba, algunos amores debían andar por medio.

Pero si estos amores existían, ¿por qué la joven no se los había revelado a su padre?

Al ocurrírsele este pensamiento, el conde no pudo menos de estremecerse.

¿Sería alguna persona indigna de ella?

Pensando en esto, estaba abstraído en su meditación y sin saber qué colegir, cuando un criado se presentó en la estancia.

El conde alzó la cabeza y preguntó:

-¿Qué quieres?

-Ahí fuera hay un caballero que desea hablaros.

-¿No ha dicho su nombre?

-No, señor.

-Pues bien, dile que pase.

Y el criado salió de la estancia mientras estaba murmurando su señor:

-¿Quién diablos vendrá ahora?... ¡Si al menos fuera García!...

La puerta de la cámara se abrió en aquel momento, y apareció ante los ojos del conde, la figura gastada, la verdadera personificación del vicio, su íntimo amigo y cómplice García.

-¡Cuánto me alegro que hayas venido! -dijo el conde.

-Y yo mucho más de encontraros.

-¿Por qué?

-¿Por qué me queríais vos? -preguntó García.

-Estoy desesperado.

-Me alegro.

-Estoy furioso con mi hija.

-Mucho mejor todavía.

-María va tomando alas con la protección de su tía.

-Infinitamente mejor -exclamó García frotándose las manos alegremente.

-Pero, ¿qué estás diciendo? -preguntó incomodado el conde.

-Que me alegro de encontraros en tan buenas disposiciones.

-Pero, ¿te has vuelto loco o tratas de jugar conmigo?

-Con vos, no, porque no sois moneda de buena ley; pero sí con vuestro bolsillo.

-Vamos, no me agradan bufonadas.

-¡Ah!... En ese caso perdonad, señor conde -dijo García con cierta gravedad cómica.

Y haciéndole una profunda reverencia, se dirigió hacia la puerta de la habitación.

El conde estuvo a punto de echarse a reír al ver el gesto de su amigo.

Después, al verle que se marchaba de veras, sintió una cólera infinita, y finalmente se levantó de su asiento, y dirigiéndose a él le cogió por un brazo, cuando ya iba a franquear la puerta.

-¿Dónde vas?

-¿No lo veis?... A la calle.

-Vamos, o tú o yo estamos locos.

-Vos me habéis dicho que no estabais para bufonadas, luego el loco debo serlo yo, y como un loco no debe estar en un sitio donde hay una persona tan cuerda como vos, por eso me retiro.

-¡Ea!, no seas así.

-Vos diréis lo que queráis; pero ya es algo difícil que sea de otra manera.

-Vamos, hablemos algunos momentos con formalidad -dijo el conde sentándose, y obligando a que García lo hiciese también.

-Vaya -dijo éste- ya podéis contarme lo que queráis.

-Yo te digo que no sé qué hacer.

-Pues si vos no sabéis...

-He hablado hoy con mi prima la marquesa.

-¿Y qué resultado ha tenido esa conferencia?

-Que nos hemos incomodado una vez más.

-Eso no tiene nada de extraño; si hubieseis hecho lo que yo os decía, que era no casaros...

-Vamos....

-Es verdad que entonces no tendríais lo que ahora tenéis, ni seríais tan gran personaje.

-Pero, García, ¿te has propuesto incomodarme?

-No; yo no me hago jamás esas proposiciones; si vos os incomodáis, será porque así lo queréis. Con que, ¿me estabais diciendo?...

-Que mi hija no quiere hacer lo que yo le digo.

-Eso prueba que tenéis una hija desobediente.

-Eso prueba que entre ella y tú me vais a volver loco.

Y el conde se puso a pasear por la estancia, con la cólera y el furor impreso en el rostro.

García lo estuvo contemplando durante algunos segundos.

-Se comprendía que estaba esperando a que se le pasara el primer instante, que en ciertos caracteres es el más temible.

Efectivamente, el conde, pocos momentos después se dejó caer de nuevo en su silla, diciendo:

-Me veo abandonado de todos, no puedo confiar ni aun en un amigo... ¡y tanto como yo creía en él!

-Vamos; cesad en vuestras lamentaciones, y hablad con formalidad.

-Parece que te burlas de mi desesperación.

-Veo que quien está loco sois vos, pues no comprendéis o no queréis comprender el verdadero sentido de las palabras.

-Perdóname, García -dijo el conde -pero te aseguro que si María no se casa con el sobrino de Floridablanca, mi fortuna corre grave riesgo.

-¡Psh!... -contestó García con indiferencia- lo sentiría por vos únicamente.

-La marquesa de Monte-Santo se muestra intransigente.

-Buen remedio; pasarse sin ella.

-No te comprendo. Ella sola es la que puede decidir a mi hija a que consienta en dar la mano al sobrino de Floridablanca.

-Veo que no entendéis nada, señor conde: parece imposible que un hombre como vos no haya caído en lo principal.

-Pero... explícate.

-Ya habéis dado uno o dos golpes en vano.

-¿Cuáles han sido?

-El haber hablado a nadie del interés que tenéis en que se lleve a cabo ese matrimonio.

-¿Qué había de hacer? -preguntó el conde sorprendido.

-Eso habría estado muy bien para después.

-¿Para cuándo?

-Decidme: ¿qué sacrificio haríais vos con tal que vuestra hija se casase con el sobrino de Floridablanca?

-¿Qué sacrificio dices? La mitad de mis bienes. No sé por qué ese casamiento representa para mí la vida, la tranquilidad.

-Vamos, pues, yo me contento con menos.

-¡Cómo! ¿qué quieres decir?

-Que yo voy a hacer que vuestra hija se case con el sobrino de Floridablanca.

Fue tal el aplomo, tal la serenidad y la confianza con que García pronunció las últimas palabras, que el conde no pudo menos de mirarle sorprendido.

¿Qué era lo que aquel hombre trataba de hacer para conseguir lo que él no podía?

¿Con qué elementos desconocidos trataba para conseguir un resultado maravilloso?

Por otra parte, le halagaba que García fuese quien se comprometiese a ello.

Y la razón de esto se explica perfectamente conociendo el carácter del conde.

García era para él otro objeto de terror.

Entre los dos, según recordamos en el prólogo de nuestra obra, había vínculos poderosos que les unían, y si alguien podía comprometer al conde, era únicamente García.

Estaba seguro de que mientras le pagase bien, callaría; pero ¿y si llegaba a no contentarse con la paga que se le diera, y hacía uso de lo que sabía?

El conde de Lazán no pudo menos de estremecerse retratándose por algunos momentos en su rostro una angustia que desapareció en breve para dar lugar a una expresión más agradable.

Habíasele ocurrido una idea para salvar la situación, y aquello fue sin duda lo que produjo el cambio de expresión.

García no se apercibió de nada.

Preocupado con los medios que iba a emplear, dijo al cabo de un rato:

-Pero el caso es que después de lo que acabo de deciros, nada me habéis contestado.

-¿Y qué he de contestarte? Cumple lo que has prometido, y yo te aseguro que has de quedar satisfecho de mí.

-Sin embargo; yo prefiriera algo a cuenta de esa oferta.

-Si no es más que eso... toma.

Y el conde sacó un puñado de monedas que puso en manos de García, cuyos ojos brillaron codiciosamente.

-Confiad en mí, señor conde, que vuestra hija se casará con el que deseáis.

-Pero te advierto que ha de ser muy pronto.

-Lo sé.

-¿Y persistes en tu compromiso?

-No doy jamás una palabra en balde.

-¿Cuándo volverás?

-Dentro de ocho días.

-¿Qué medios piensas emplear?

-No lo sé; pero no debéis fijaros en los medios si el fin corresponde a vuestros deseos.

-Sin embargo, bueno sería saberlos.

-Eso estaría muy bien pensado cuando yo tuviera trazado el plan; pero como aún he de combinarlo...

-Sobre todo procura evitar violencias.

-Por de contado. Descuidad que indudablemente quedaréis satisfecho.

Y dichas estas palabras, García salió del aposento sonando alegremente las monedas que le diera el conde.

Capítulo XXI. Doña Catalina de Sandoval vista en el interior de su casa

Casi al mismo tiempo que el conde de Lazán encontraba un auxiliar con quien no contaba, la hermosa querida del marqués del Alcázar se encontraba en su tocador.

Era este un aposento de alta cúpula, sostenido por ligeras columnas de mármol blanco.

Dos ventanas abiertas sobre el jardín y festonadas por jazmines y yedra, dejaban penetrar su levísimo aroma, que unido a los que se exhalaban de dos perfumeros sostenidos por dos bacantes de pórfido que había en los extremos de la habitación, la embalsamaban completamente.

Y aquella fragancia enervaba de una manera especial.

Se sentía un deleite infinito al aspirarla, y llenaba el corazón de deseos desconocidos al par que ofuscaba la mente.

De las paredes se destacaban ninfas y sátiros en sus más provocativas danzas; del techo pendía una jaula dorada donde un bello ruiseñor lanzaba en sus brillantes trinos quejas por su perdida libertad; magníficos transparentes puestos en los vanos de las ventanas, hacían más tenue, más misteriosa la luz que por ellas penetraba; divanes de raso azul; una tupida alfombra en la que se hendían los lindos pies de la seductora condesa, y una inmensa luna veneciana sostenida por dos genios de bronce y en cuyos costados se veían dos mesitas de palo santo a las que servían de pedestales aéreos amorcillos y que contenían las esencias, las pomadas y todas esas mil bagatelas tan necesarias en el tocador de una gran señora, completaban el adorno de la estancia.

Sentada en un sillón doña Catalina, sus camareras estaban ya concluyendo su tocado.

A su espalda, reclinado en el diván, un joven con los ojos fijos en el espejo, contemplaba ávidamente el rostro de la dama que se retrataba en el cristal. De tiempo en tiempo sus miradas se encontraban, resplandecían, y los ojos del mancebo se cerraban, no pudiendo resistir la irradiación de las brillantes pupilas de la dama.

La belleza del joven era sumamente notable; pero parecía que su rostro pudiera representar perfectamente en un momento de pasión el divino rostro de un ángel, y en un acceso de odio o de celos la belleza enérgica, sombría y terrible de Satanás.

Por fin, concluyeron su tarea las doncellas de la joven, y a una seña de ésta abandonaron la estancia, quedando solos los dos jóvenes.

-¿Qué tal te parezco, Gil Pérez? ¿Estoy hermosa? -preguntó la dama volviéndose hacia el joven y fijando en él una mirada deslumbradora.

-¡Oh! -contestó aquél, juntando las manos y cayendo de rodillas ante ella- no hay en el lenguaje humano una palabra que baste a expresar tu hermosura; mi corazón la comprende, pero mi labio no sabe decírtelo.

-¿Crees tú que podré fascinar al marqués?

-¿Y a quién no fascinarás tú, Catalina? -dijo Gil Pérez con un acento en que se traslucía una sombra de celos.- Todos los caballeros de la corte suspiran por ti, desde el primero hasta el último, y todos, que indudablemente te aman menos que yo, todos son más felices; ellos obtienen tus sonrisas, tan bellas como el cielo de nuestra patria; tu acento, tan suave como el murmullo de las olas cuando besan nuestras playas; y tus miradas, esas miradas en que yo veía un paraíso; esas miradas, que en algunos momentos que han brillado para mí, me han hecho, o bien un caballero con generosos instintos, o bien el miserable asesino que acecha su presa, se lanza sobre ella clavándole un puñal por la espalda, y se goza tranquila en las dolorosas agonías de su víctima. ¡Oh, Catalina, Catalina! Mírame siempre así, aunque tenga cien crímenes que cometer; o mátame de una vez, porque si llega un tiempo en que tus ojos no se fijen en los míos, por tener otros en quien derramar sus torrentes de amor; en que no oiga ese acento que hiere todas las fibras de mi alma, porque hay otro ser que se duerme bajo sus flexibles inflexiones; en que no vea tu sonrisa que me hace entrever horizontes sin límites de felicidad; en que no me quede la esperanza de estrechar entre mis sedientos brazos esas formas tantas veces adivinadas y deseadas tanto tiempo, porque otro hombre tenga el derecho de contar los latidos de tu corazón, poniéndolo junto al suyo; que tenga el derecho, en fin, de gozar todas esas delicias infinitas que yo he soñado, entonces, Catalina, te mataría, por tener el placer de que me perteneciera tu postrer suspiro.

Durante toda la larga tirada de Gil Pérez, Catalina había estado, por decirlo así, absorbiendo todas sus palabras.

Sus ojos, ora se fijaban amenazadores en el mancebo, ora lánguidos; entornaba sus pestañas y lanzaba a través de la transparente nube una mirada húmeda, impregnada de exquisito deleite en él.

Y sus mejillas se enrojecían.

Y su seno se agitaba con rapidez.

Sus labios se entreabrían abrasadores.

Y de todo su ser se exhalaba un perfume tan incitante, tan voluptuoso, que Gil Pérez, densamente pálido, cayó otra vez a sus pies murmurando:

-¡Oh! ¡Siempre así, Catalina, siempre así!

-Escúchame, Gil Pérez -dijo la dama velando sus ojos y apartando el fluido magnético, por decirlo así, que embriagaba al joven- ya sabes que te amo lo mismo que en Portugal cuando nos conocimos; pero también sabes que antes que a nuestro amor, yo me debo a mi venganza, y tú por afecto a mí te has complicado en ella. Es preciso que el hombre que abusó de la amistad de mi padre, muera; es necesario que expíe en un largo y doloroso tormento los dolores que ha hecho sufrir, y en cuanto al ministro, yo inutilizaré todos los esfuerzos que está haciendo en favor de su país que quiere poner tan floreciente, y este dolor que le torturará, y esa caída tan espantosa que dará, será mi venganza; entonces, libre como el aire y como él caprichosa, me abandonaré en tus brazos, y juntos volaremos a Italia, a aquella tierra, cuna del saber humano, y fijaremos nuestra morada, bien en una gruta a la orilla del mar, donde el murmullo de las olas arrullen nuestro sueño, o en el centro de un bosque sombrío, donde el ruiseñor entone sus cánticos a nuestros amores, y allí solos, lejos de todo el mundo podremos entregarnos sin reserva alguna a nuestra dicha, y mi vida te pertenecerá para siempre.

-¡Oh! -murmuró Gil Pérez cerrando los ojos como si se hiciera la ilusión de que ya estaba en el completo goce de aquella existencia- ¡tanta felicidad me abrumaría!

Y extendió hacia adelante sus brazos.

Y tocaron un cuerpo que se estremeció a su contacto.

Y los brazos le rodearon y atrajeron.

Y el cuerpo se abandonaba dulcemente.

Al través de la finísima batista que lo cubría, se podían contar los latidos de su corazón.

Y los brazos seguían atrayendo el cuerpo hacia sí.

La cabeza de aquel cuerpo, voluptuosa y ardiente, vino a unirse a otra no menos abrasadora e impaciente.

Sus cabellos se tocaron.

Sus alientos se confundieron.

Gil Pérez fue a posar sus labios secos en los frescos y poderosamente excitantes de Catalina; pero ésta, con un movimiento brusco, se separó de sus brazos y se dejó caer en un sillón, preguntando al joven que la contemplaba con desesperación:

-¿Y mi venganza?

-¡Tu venganza! -dijo el joven con tristeza- ¡tu venganza! harto te vengas de mí por haberte amado. Yo te he sacrificado mi vida, ¿y tú qué me has dado en cambio? Excitarme el deseo, ponerme el placer en el borde de los labios y despreciarme luego, irritar mi amor con tus desdenes, torturar mi alma con el aguijón de los celos, tenerme en tu cámara, en tu tocador, en esa dulce intimidad en que tu hermosura provoca sin cesar mis deseos para defraudarlos a cada instante... y esto es insufrible. Ver a ese hombre que te estrecha la mano, que tiene la audacia de llevarla a sus labios, y a quien tú torturas como a mí, gozándote en su martirio, porque tienes un alma infernal en un cuerpo de ángel. ¡Ver a ese Luis de Guevara a quien tú amas, sí, Catalina, porque sé que le amas!... ¿crees acaso que yo que tanto te adoro, yo que hace algunos años te estoy observando, no he comprendido en tu agitación, en el fuego de tul ojos, en ese no sé qué inexplicable que indica el amor, crees tú que no lo he comprendido? Sí, Catalina, y este pensamiento me destroza el alma; a su vista, mi odio dormido en el fondo de mi pecho por la influencia de tus ojos, se despierta, sube hasta mi cerebro, y me hace llevar la mano a la cintura en busca de un arma para partirle el pecho.

-¿Y tendrías valor?... -preguntó Catalina con viveza, no siendo dueña de reprimir un ligero movimiento de temor, que instantáneamente dominó.

-¿Que si lo tendría? -contestó Gil Pérez con exaltación- Sí. ¿No lo tienes tú para destrozar el mío a cada instante? ¿No contienes mi energía, mi odio, mi valor, con una mirada de tus ojos?... Ruégale al cielo, Catalina, que no llegue un día en que tu belleza me desencante, en que tu poder no sea suficiente a dominarme, porque sería un día fatal para nosotros.

Y al decir esto, sus ojos destellaron un fulgor sombrío.

Capítulo XXII. Qué era lo que doña Catalina de Sandoval deseaba

Durante un breve espacio reinó en el aposento un silencio que tenía mucho de embarazoso para los dos personajes allí reunidos.

Fue tan lúgubre, tan fatídico el acento con que el joven pronunció las últimas palabras, que un frío penetrante se introdujo por las venas de Catalina, que inclinó un momento la cabeza bajo el peso de la amenaza de Gil Pérez.

Éste, cruzado de brazos, la contemplaba daguerreotipándose en su rostro con la rapidez del pensamiento, el deseo, la rabia, el amor y el odio.

Catalina alzó su cabeza, y su brillante pupila se fijó dominadora en los ojos del mancebo que sostuvo el choque un breve espacio hasta que los inclinó completamente.

-Vencido siempre -murmuró doña Catalina.

Y sonriendo ligeramente, dijo:

-Créeme, Gil, venguémonos de ese conde miserable, venguémonos en su hija, en su hijo, en todos los suyos, y después nuestro amor nos compensará, a ti de todos los disgustos que has sufrido, a mí de lo mucho que he estado esperando esta venganza.

-¿Pero qué es lo que he de hacer? ¿Qué nueva infamia quieres que cometa? -preguntó Gil con un acento indefinible.

-Tu habilidad caligráfica es menester que se ponga a prueba.

-¡Cómo! -preguntó el joven palideciendo.

-Es preciso que Jovellanos tenga una prueba de que el conde es un traidor que vende los secretos que se le confían al conde de Aranda.

-¡Catalina, lo que me pides es terrible!

-¿Y no vale nada lo que te concedo?

-¡Dios mío! ¡qué horrible infierno! -murmuró Gil Pérez oprimiéndose la cabeza con ambas manos.

-Si no te conviene servirme, puedes dejarlo todo, volverte a tu país y vivir tranquilo; yo encontraré otro que me sirva mejor que tú.

-¿Por qué me tratas tan sin piedad, Catalina? ¿No estás contenta acaso con todo lo que hice por ti? ¿Qué me has concedido en cambio de cuanto me has exigido? ¿Te acuerdas de la tranquila vida que yo hacía en Evora cuando te conocí? No sé qué virtud extraña, no sé qué mágico poder ejerciste para mí que tu mirada me enloqueció, olvidé todo lo que era, todo lo que había sido, todo lo que ambicionaba ser para convertirme en lo que tú quisieras que fuese.

-¿Y recuerdas lo que yo te dije el día en que viniste a ofrecerme tu amor? -preguntó doña Catalina.

-Sí.

-Te dije, yo me debo antes que todo a una venganza; en mi existencia hay misterios que desconozco, que quiero conocer, y que presiento deben arrastrarme a una venganza terrible; el hombre que me ame, el hombre que busque mi amor, es menester que se una a mí para la venganza. Tú lo aceptaste, y por lo tanto no tienes derecho alguno para quejarte.

-¡Oh! Sí, sí, le tengo; porque yo creí que la venganza había de reducirse a matar una o dos personas, aquellas de quienes quisieras vengarte; pero no podía imaginarme jamás que tu objeto fuera hacerme presenciar tus liviandades; arrojarme a cada momento al rostro el mismo padrón de ignominia en que tú te envolvías; reducirme a la bajeza de estar comiendo el pan de un hombre honrado; de un hombre que deposita toda su confianza en mí, y cuya confianza estoy burlando, revelándote sus secretos; no creí que tuviera que presenciar tus vergonzosos amores con el marqués del Alcázar; que hubiera de sufrir con la pasión, que por más que niegues, sientes hacia don Luis de Guevara. ¡Oh!, mucho me has hecho, y me haces sufrir, Catalina; mucho también debes darme para que puedas satisfacer la deuda inmensa que conmigo tienes contraída.

-¿Y es posible que tengas celos del viejo marqués?

-Pero, ¿y de don Luis?

-En cuanto a don Luis ya te he dicho que todo son necias suposiciones tuyas, y no volvamos a hablar más de él si no quieres incurrir en mi enojo.

-Está bien, no volveré a nombrártele; pero recuerda bien lo que te digo, Catalina; si algún día llego a convencerme de que amas a don Luis, si obtengo la evidencia de ese amor, ¡ay de tí! entonces.

-¿Es decir que me amenazas?

-No; te prevengo. Ahora habla, dime, ¿qué nueva infamia he de cometer?

-¡Semejante calificación!...

-Es la exacta; demos a las cosas su verdadero nombre.

-Ya te he dicho lo que es necesario que hagas con el conde de Lazán.

-Falsificar su letra; hacerle aparecer como traidor, y condenarle, más que nada, por ser el padre de María.

-No por ser el padre de María, por ser el hombre a quien persigue mi venganza.

-¡Dichosa venganza, que en el tiempo que llevamos en la corte, no había encontrado todavía el objeto de ella!

-Es que hasta hace pocos días no he sabido lo que el conde representaba para mí.

-Está bien; prosigue.

-En cuanto a su hija, es necesario también devolvérsela al padre, manchada de tal modo, que se avergüence de ella, que maldiga hasta la hora en que la engendró.

-¡Oh! ¡Eso es demasiado!

-Eso es lo que ha de ser -contestó la dama, fijando su poderosa mirada en el mancebo, con una expresión tal, que éste no tuvo otro remedio que inclinar la suya.

-¿Y cómo ha de hacerse eso? -preguntó.

-Los Caballeros del Amor se encargarán de ello.

-Pero te olvidas de que el conde tiene un hijo.

-Ahora está herido; pero ya encontraremos medio de enconar su herida.

-¡Oh! Eres implacable.

-Soy una mujer que se venga, y nada más.

-Quiera Dios que tu venganza no traiga en pos de sí mayores desventuras para los dos.

-¿Qué quieres decir?

-Nada. ¿Tienes algo más que mandarme?

-No es esa la frase que debes emplear, siendo unos mismos nuestros intereses.

-Los tuyos, dirás mejor. No soy más que tu esclavo, bien lo sabes, y de ello te aprovechas.

-¡Oh! no, Gil Pérez; tú no eres mi esclavo, sino mi señor.

-No me dejes que lo sea nunca, porque quizás te arrepintieras muy pronto.

El acento con que pronunció el joven estas palabras vibró de tal manera, que doña Catalina no pudo menos de estremecerse.

Poco después, Gil abandonaba la estancia.

Tan luego como hubo salido de ella, la de Sandoval murmuró con acento indefinible:

-Ve con Dios, imbécil; procura servirme bien, que yo a mi vez procuraré impedir que llegues nunca a ser mi señor.

[...]

Capítulo XXIII. Celos de mujeres

¿Cómo había podido doña Catalina sospechar de tal manera los amores de Luis, que se creyese obligada por ellos a espiar las acciones de María, obrando de la manera que ya hemos visto en uno de nuestros anteriores capítulos?

La dama del marqués del Alcázar era excesivamente celosa, y precisamente para aumentar sus celos, el mismo marqués le dijo, aludiendo a la última concesión que el monarca le había hecho:

-Lo que es el tal caballerito tiene muy buenos protectores en la corte, y milagro será que no tenga algo que ver en esta protección una dama muy encantadora, cuyo padre, a lo que parece, es el principal interesado en su favor.

-¿Cómo habéis dicho? -preguntó doña Catalina, que desde el momento en que comenzó a hablar el marqués, no había podido menos de estremecerse y palidecer.

-Sí; hoy en la cámara de palacio se estaba hablando respecto a la fortuna de don Luis, y al interesarme yo por él, pues verdaderamente le aprecio, no ha faltado quien ha dicho que el conde de Lazán le proteje mucho también, y hasta no sé si se ha tratado de algún matrimonio con su hija, que por cierto es una bellísima doncella.

-El conde parece que era muy amigo del padre de don Luis.

-Pero desengañaos, doña Catalina, si no existiera el imán de la hija, por antiguas y poderosas que fueran las relaciones de los padres, no bastarían a tener encadenado constantemente en casa del conde a un mozo de las prendas de don Luis.

-¿Encadenado habéis dicho?

-Sí, a la verdad, porque no de otra manera puede calificarse la permanencia casi perenne de don Luis en esa casa.

-¡Como que está herido de tanta gravedad el vizconde!

-Sin embargo, más herido presumo que pueda estar don Luis por los bellos ojos de doña María.

Fácilmente puede comprenderse todo el enojo que experimentaría la de Sandoval escuchando las palabras del marqués.

La indignación de verse burlada, el amor propio ofendido, los celos, el despecho y la ira de tal manera se alzaron en su corazón, que le faltó el sosiego durante todo el día, y cuando llegó la noche no quiso recibir a don Luis por temor de que éste advirtiera en su semblante la profunda alteración que había en su alma.

El marqués, sin saber lo que hacía, habíale puesto en una situación fatal, y lógico era que recorriese toda la pendiente excitada por sus celos y su mal entendido orgullo.

Desde aquel momento no hubo ya tranquilidad ni reposo para la dama.

A todo trance quiso convencerse de la verdad encerrada en las palabras del marqués, y como que precisamente abundaba en recursos, y la carencia de estos no podía ser óbice para que permaneciese ignorante de lo que la convenía, decidióse a comprar a todo el que se quisiera vender de la servidumbre del conde, y pronto encontró una de las camareras de María y uno de los criados de su padre, que en poco tiempo la pusieron al corriente de todo lo que necesitaba.

La circunstancia de haber ocurrido por entonces el desafío de Luis con el marqués, impidió que el joven se apercibiera del estado de excitación en que respecto a él se encontraba doña Catalina, y aquel mismo incidente favoreció a ésta en gran manera para saber cuanto le convenía, y adquirir una prueba cierta de la felonía usada con ella por el joven caballero.

Aquella carta, como ya hemos dicho en otro capítulo, escrita por María a Luis, carta en la cual se revelaba la nube de desventuras que acababa de presentarse en el cielo de su felicidad, era un arma terrible en manos de doña Catalina.

Arma de dos filos que podía esgrimir lo mismo contra el uno que contra la otra, pues para ella los dos la habían ofendido de igual manera.

El vengativo afán de doña Catalina era más terrible de lo que a primera vista pudiera parecer.

Mujer toda pasión, bien fuera como amada, bien como enemiga, era terrible siempre.

En el primer caso, porque con la mayor facilidad y sólo con una leve sospecha podía llegar a convertirse en lo segundo, y siendo esto no podía ni debía esperarse de ella piedad ni gracia de ninguna especie.

De modo que nuestro amigo, no solamente tenía en contra suya las condiciones especiales en que se encontraba frente a las pragmáticas de Carlos III y a las persecuciones de que pudiera hacerle objeto la familia del marqués, sino que además había concitado en su contra el odio de doña Catalina, que, como hemos dicho, era formidable.

Y como si esto no fuera suficiente, despertáronse también otros rencores en contra suya, rencores que sin tener el carácter, digámoslo así, criminal que los de aquella, ejercieron sin embargo una influencia extraordinaria en la existencia del joven.

Nuestros lectores no habrán olvidado a doña Isabel de Zúñiga, esposa de don Rodrigo de Cárdenas, conde de Santillán, que precisamente la noche en que hicimos conocimiento con don Luis, abandonóse sin recelo alguno al amor que el joven la inspiraba, amor primero y único en su existencia.

Objeto de las conversaciones de la corte el rápido encumbramiento de Luis, cada uno le buscaba un origen distinto, pues los cortesanos en todas las épocas no han comprendido que el verdadero mérito pueda ser protegido, citando siempre por causa para ciertas fortunas el favoritismo o la protección, pero jamás el desinterés y el verdadero mérito.

Recorriendo todos los medios por los cuales podía haber crecido tanto el joven, y analizando todos los elementos que pudieran haber contribuido a su fortuna, cada uno de aquellos caballeros decía su opinión, hasta que hubo alguno que mirando maliciosamente al viejo marqués del Alcázar, dio a entender que no eran ajenas a la elevación de Luis personas que se hallaban en muy íntimo contacto con él.

La alusión hizo fortuna, y desde aquel momento juzgóse que Luis era copartícipe con el marqués en los favores de doña Catalina.

Ya dijimos en su lugar correspondiente, que la esposa del conde de Santillán, falta de los placeres del amor, habíase refugiado en las intrigas y en el enmarañado laberinto de la política; y su marido, si no podía por las circunstancias especiales que para su matrimonio mediaran, satisfacer las aspiraciones de su alma, en cambio para sus aspiraciones y sus cálculos políticos era un auxiliar poderoso.

Consecuencia de esto fue hablar de la fortuna hecha por Luis en tan breve espacio, y de aquí que don Rodrigo dijera a su esposa las versiones que en la corte se daban a aquella fortuna.

Doña Isabel, despertado súbitamente su cariño, habíale depositado grande, impetuoso, ardiente y abrasador en el joven; así fue que al escuchar las indicaciones de su esposo, a pesar del dominio que sobre sí tenía, no pudo menos de palidecer.

Y cuando se quedó sola en su aposento, cuando sin testigos pudo entregarse a su desesperación, rompió a llorar amargamente, exclamando:

-Pero, ¿será posible que Luis me haya engañado de un modo tan villano? No me atrevo a creerlo; aquel acento con que me pintaba su pasión; aquella mirada tan elocuente, y en la cual parecía reflejarse toda la pureza de su alma, no es posible que pudieran engañar. Pero si fuera cierto lo que el conde ha dicho; si otra mujer me disputara su cariño, y esa mujer perteneciese a la condición de doña Catalina, ¿qué infame no sería el proceder de don Luis? Y es verdad -prosiguió después de algunos momentos de reflexión- que nadie más que esa mujer liviana, puede haberle protegido de esa manera. ¡Insensata de mí! Había dado crédito a sus palabras; creía de buena fe que los esfuerzos del conde de Lazán, unidos a los míos y a su propio merecimiento, eran los que habían hecho su suerte; y ahora comprendo, con tanta vergüenza como dolor, que comparándome con una miserable meretriz, ha recibido de ella beneficios, a la par que a mí me mentía palabras de amor y de ternura. Pero, ¿será verdad eso?¿Acaso no sé que en la corte, la acción más insignificante a veces se abulta y se comenta de un modo escandaloso? ¡Duéleme tanto creer que Luis pueda engañarme!... y engañarme, ¿por quién? Por una mujer de oscuro linaje, por una mujer impura, que vive con su propia ignominia. ¡Dios mío! ¡Dios mío! creo que voy a volverme loca. Si al menos otro amor más puro, más grande, más digno que el mío le hubiese dominado, disculpáraselo todavía, porque, a pesar de mi propio amor, comprendo bien lo mucho que he descendido en el nivel de mi propia estimación y de mi decoro; pero la sola idea de ser desdeñada tal vez por una criatura tan indigna, hiéreme a mi pesar, y no puedo acostumbrarme a semejante idea.

Largo tiempo llevóse la dama pensando en lo que su esposo le dijera; supuso que tal vez el desafío que había tenido con el marqués Adelfi reconociera por causa aquellos mismos amores, puesto que en otro tiempo habíase murmurado en la corte de las pretensiones del marqués respecto a doña Catalina, y tomó nuevas proporciones su creencia, en términos que para corroborarla, o mejor dicho, para adquirir mayores datos, rindiendo tributo a costumbres que todavía se conservaban, decidió valerse de Giacomo Zarini, que en su calidad de nigromante podría decirle la verdad de lo que hubiera en este asunto.

Capítulo XXIV. Otro corazón herido

Giacomo Zarini, como sabemos, tenía fama, no solamente de componer drogas y cosméticos, sino también de decir la buena ventura o de levantar horóscopos como en los tiempos de la antigua magia judiciaria.

Pasaba por ser, como ya hemos dicho, el perfumista de la corte, y del mismo modo que vimos a doña Catalina de Sandoval dirigirse a su casa en demanda de un elixir para conquistarse el amor del ingrato amante, y de un tósigo que matase instantáneamente, acudían también muchas damas en busca de pomadas y de cosméticos para embellecerse el rostro.

Doña Isabel de Zúñiga había rendido tributo a la moda, y también era, por decirlo así, parroquiana de la famosa tienda del italiano.

Así fue que no pudo causar extrañeza alguna ver detener la silla de manos de la dama a la puerta de la tienda del perfumista.

Giacomo Zarini, como de costumbre, salió a recibir a la dama, haciendo toda clase de cumplimientos, ofreciéndola aquellos artículos de que sabía hacía ella uso.

Pero doña Isabel apresuróse a decirle en voz baja:

-Necesito hablarte, Giacomo.

-Pasad, si os place, señora: precisamente no hay nadie en estos momentos que pueda veros.

-Importárame poco el que me vieran -repuso con altivez doña Isabel- nada de vergonzoso tiene mi venida a esta casa, y puedo por lo tanto venir como lo hago en pleno día.

-No lo dije por ofenderos.

Y Giacomo se inclinó respetuosamente.

Doña Isabel salió de la silla de manos, y penetró en la tienda del italiano.

Éste la hizo penetrar en la trastienda, subir por una escalera estrecha y tortuosa, y llegar al laboratorio donde ya en otra ocasión le hemos visto.

Una vez allí, dijo la dama:

-Necesito, para tranquilizar a una amiga mía, en cuyo nombre vengo a verte, que me digas lo que hay de cierto en la existencia de un hombre.

-Ardua tarea es la que me encomendáis, señora; pero si me decís el nombre del caballero, preguntaré a toda mi ciencia, y posible es que pueda complaceros.

-He de advertirte de nuevo -repuso doña Isabel- que no soy yo quien interesada viene en tales averiguaciones. Vengo, como te he dicho, en nombre de una amiga mía herida por el desamor de un galán, y queremos conocer lo que hace, lo que piensa y lo que dice el galán.

-¿Cuál es su nombre?

-Don Luis de Guevara.

-Fortuna tiene el caballero -repuso Giacomo, que no pudo menos de sorprenderse al escuchar el nombre pronunciado por la dama, mirándola fijamente al mismo tiempo.

-¿Por qué? -preguntó doña Isabel palideciendo levemente.

-Porque no ha muchos días vino otra dama también con la misma demanda.

-¿Y le dijiste?...

-Lo que la ciencia me decía. Tal vez sería esa dama vuestra amiga.

-Puede...

Giacomo permaneció silencioso algunos segundos.

Hubo un momento en que creyó que doña Isabel obraba por cuenta propia.

Pero de tal modo tenía sentada esta dama su reputación de honrada y digna, tan incorruptible se la creía en cuestiones de honor, que la sospecha nacida en la mente del italiano hubo de desvanecerse al punto.

Entonces juzgó si vendría instigada por doña Catalina, para ver si lo que él le decía estaba en relación con lo que a ella le dijera.

Esta idea le pareció más acertada, y partiendo de esta hipótesis, le dijo:

-¿Es decir, señora, que queréis de nuevo que pregunte a la ciencia?

-Sí; y por tu bien debo decirte que lo hagas con todo tu saber.

Giacomo colocó sobre la mesa algunos instrumentos; puso en un lado un plano bastante imperfecto de Madrid; después en otro lado una esfera, sobre la que puso varias estrellitas negras y blancas; después colocó una pequeña cajita en otro extremo de la mesa, y sacando de una jaula una tórtola, la puso sobre la esfera de donde había sacado las estrellas.

La tórtola, separando unas estrellas y picoteando otras, fue finalmente a poner las dos patas sobre dos, de las cuales una era blanca y la otra negra.

Inmediatamente apresuróse el italiano a coger el ave, volviéndola a encerrar en su jaula.

-Ved, señora -dijo dirigiéndose a doña Isabel- qué número tienen esas estrellas.

Y le señaló las dos que acabamos de mencionar.

-El diez y el veinticinco -repuso la condesa de Santillán.

Entonces púsose Giacomo a hojear el plano de Madrid, diciendo al cabo de algunos segundos:

-Esto es; lo mismo dice la ciencia hoy que dijo ayer; don Luis de Guevara ama a dos mujeres; una rubia y otra morena, que son las dos estrellas que tenéis en vuestra mano; estas dos mujeres habitan en dos barrios distintos de Madrid, señalados con los números que habéis visto en las estrellas; barrios que corresponden a las calles de la Puerta de Moros; barrios que corresponden desde la Cruz del Humilladero hasta las Vistillas, y desde los Caños del Peral hasta Afligidos.

-¿Pero quién vive allí?

-Eso es lo que va a decirnos precisamente esa caja que está colocada en esa esquina de la mesa.

Y Giacomo señaló la caja de que ya hemos hecho mención.

-¿Qué hay en ella? -preguntó doña Isabel.

-Retratos de todas las damas principales que habitan en esos distritos.

-Pues abundante ha de ser tu galería, Giacomo, que precisamente en esos barrios habita la mayor parte de la nobleza.

-Juzgadlo por vos misma, señora; buscad en esa caja los retratos que corresponden a los números indicados, y veréis quiénes son las dos damas de quienes está prendado el caballero.

Doña Isabel se apresuró a hacer lo que el italiano la indicaba.

Los celos excitaban su deseo, y con mano febril púsose a repasar aquellos retratos, no muy bien hechos por cierto; pero que, como había dicho perfectamente, representaban lo más selecto de la nobleza madrileña.

De pronto una exclamación de sorpresa brotó de sus labios.

Acababa de tropezar con el primer número de los dos que había indicado la tórtola.

Era una estrella negra con el número diez, y correspondía a una dama morena que era doña Catalina.

Ya sabemos que respecto a ésta, sabía algo doña Isabel; pero a pesar de ello, no pudo menos de sorprenderse al ver por qué medio tan ingenioso el italiano había acertado.

Y siguió buscando llena de ansiedad la segunda dama; pero cuando este caso llegó, su asombro no conoció límites.

No fue una exclamación, sino un grito de sorpresa lo que de sus labios se exhaló.

El retrato que estaba contemplando, marcado con una estrella blanca, y con el número veinticinco, era el de María Ortiz de Quiñones, hija del conde de Lazán.

La impresión recibida fue tal, que permaneció un buen espacio muda y sin saber qué decir.

Giacomo la contemplaba con una expresión completamente indefinible.

Hubiera sido imposible determinar si en aquella fisonomía era benevolencia o vengativo espíritu lo que la animaba.

-¿Queréis, señora -dijo Giacomo viendo que nada le decía la dama- que recurramos a otro medio para obtener el resultado que deseáis?

-Pero ¿estás seguro -preguntó a su vez doña Isabel saliendo de su ensimismamiento- que es verdad lo que tu ciencia acaba de decirme?

-Sí, señora; las estrellas, para los que hemos estudiado su significación, no mienten jamás.

-¿Con que es decir que don Luis ama no solo a doña Catalina sino también a la hija del de Lazán?

-Amores son estos -repuso con intencionado acento el italiano- que matarán a los otros.

-¿Qué dices?

-Que no ha muchos días, según he tenido la honra de deciros antes, que hube de levantar el horóscopo del nuevo conde de Castro-Nuño, o sea el famoso don Luis de Guevara, y allí encontré que la estrella de doña María eclipsaba a todas las demás que influyen o puedan influir en su existencia.

-¿Y qué dama fue esa que te hizo levantar el horóscopo? -preguntó con intencionado acento doña Isabel.

-Vuestra amiga, señora.

-¡Mi amiga!

-¿No me habéis dicho que no obrabais por cuenta propia sino que veníais en nombre de una amiga vuestra?

-Sí tal.

-Pues esa amiga será sin duda doña Catalina.

-¡Oh! no; nunca semejante mujer puede ser amiga mía.

Fue tal el acento con que la dama pronunció estas palabras, que a su vez contemplóla sorprendido el italiano.

Sin duda se le ocurrió entonces la idea de si había padecido un error, y si realmente doña Isabel, a pesar de sus manifestaciones en contra, obraría realmente por su cuenta.

A fin de asegurarse más de ello, dijo:

-Perdonad, señora; creí que vendríais en nombre de esa dama, y a la verdad debo deciros que positivamente la ciencia ha hablado con verdad, puesto que las noticias que por la corte circulan, están completamente conformes con lo que dicen las estrellas.

-¿De modo que consideras como cierto el hecho de que ese hombre ame a doña Catalina y a doña María?

-Sí, señora.

La condesa de Santillán sentía que el llanto estaba asomando a sus ojos.

Suponiendo que el único amor de don Luis fuera el de doña Catalina, creía que tal vez sus encantos, sus reflexiones y sus protestas, conseguirían vencer en el corazón del caballero el amor de la meretriz; pero desde el momento en que se le ofrecía en lucha un nuevo amor como el que doña María podía inspirar, la lucha tomaba otro carácter, y era muy posible que no pudiese vencer, o por lo menos había el triunfo de costarle sumamente caro.

De aquí la horrible desesperación de su alma; de aquí aquellas lágrimas que pugnaban por salir de sus ojos; de aquí aquella extraña opresión que estaba poniéndola en un grave compromiso; pues no quería que el italiano pudiera apercibirse siquiera de que era ella una de las damas que estaban prendadas del caballero.

Así fue que se apresuró a levantarse de su asiento; y a fin de pagar a Giacomo el servicio que acababa de prestarle, encargóle diversos frascos de pomadas y de esencias, y poniendo en manos del italiano un bolsillo, le dijo:

-Creo que es inútil recomendarte la mayor prudencia y circunspección.

-Harto sabéis, señora, que jamás he pecado de indiscreto; id tranquila, que de mis labios no saldrá frase alguna que pueda comprometeros.

-Ten presente -repuso con altivez doña Isabel- que no eres tú quien puede comprometerme. Tengo mi honra sobradamente limpia, para que un aliento impuro pudiera mancharla.

Y tras estas palabras, necio alarde de un orgullo mal entendido, la dama abandonó la casa del perfumista.

Una vez en la silla de manos, el llanto contenido por tanto tiempo, y a costa de tan formidables esfuerzos, estalló por fin.

Y desde la casa del italiano hasta la suya, llorando amargamente su desventura, comprendió que la soledad de su alma era tan grande faltándole el amor de don Luis, que apenas se sentía con fuerzas para sobrellevar todo lo inmenso de aquel infortunio.

Sin embargo, aquel llanto la alivió algo, porque así como el rocío refresca la tierra ávida, el llanto es el rocío del corazón abrasado por la devoradora pena.

Capítulo XXV. Donde se ve que Simón, cuando no sabía una cosa, la inventaba perfectamente

Desesperada había salido doña Isabel de casa de Giacomo Zarini.

Había entrado en ella en la inteligencia de que iba a aclarar las presunciones que circulaban respecto a los amores de Luis con doña Catalina de Sandoval; pero se encontró con que, no solamente existían éstos, sino que también estaban por medio los de María, la hija del conde de Lazan; amores, como ya hemos dicho en otra parte, que realmente le infundían temor, tanto por la belleza de la joven, cuanto por el prestigio que le daba su juventud, su pureza y la amistad, que según el mismo Luis le había dicho, unía al padre de éste con el de aquella.

Ya hemos visto que, presa del dolor, del despecho y de los celos, hubo de permanecer largas horas entregada a sus meditaciones.

Cuando de ellas salió, brillaba en sus ojos la resolución.

-Es necesario apartar de mi camino cuantos obstáculos se presenten -dijo.

E inmediatamente envió a llamar por medio de uno de sus criados a Simón.

Poco después, un individuo de siniestra catadura, de mirada torva, de frente deprimida y estrecha, de meloso acento y brusco ademán, presentóse ante ella.

Convendrá que el lector tenga una idea, siquiera sea sucinta, de quién era el nuevo personaje que presentamos a su vista, y qué clase de relaciones le unían a doña Isabel.

Dos años antes de los sucesos que venimos narrando, hallábase doña Isabel en una de sus magníficas posesiones de la oriental Granada.

Finía el mes de mayo.

Solitaria y pensativa encontrábase la bella señora a una hora avanzada de la noche, sentada en un banco de piedra del suntuoso jardín que engalanaba su rica propiedad, gozando del fresco ambiente que suave se deslizaba en aquel delicioso sitio, y abstraída y abismada en sus propios pensamientos.

Un penetrante grito salido del interior de su casa, sacóla de su arrobamiento.

Levantóse doña Isabel precipitadamente.

Sobresaltada e indecisa no sabía qué partido tomar, tanto más, cuanto que al grito primero que escuchó sucedió un serio tumulto. Decidióse por fin, y con paso resuelto y precipitado dirigióse al interior de la casa; no había llegado aún al umbral de su puerta, cuando apareció en él y en el mayor desorden una joven doncella, pálida y descompuesta.

-¿Qué ocurre? ¿Qué alboroto es este?

-¡Ay, señora de mi alma! El pobre Jerónimo...

-¿Qué?

-Mal herido, y el ladrón está ahí.

-¡Cómo! -replicó doña Isabel penetrando en la casa- ¡un ladrón!

-Sí, señora, un asesino que ha penetrado, Dios sabe como, en el aposento de vuecelencia rompiendo un cristal de la ventana.

-¿Y dónde está ahora?

-Encerrado. Por una casualidad providencial, Jerónimo y Ramón, que no se habían aún acostado, al retirarse, parecióles percibir el ruido de un cristal que se rompía, y esto precisamente al pasar por delante de la puerta del gabinete de vuecelencia. Como quiera que Jerónimo había visto a la señora en el jardín, paróse e hizo seña a Ramón de que guardase silencio; aplicó el oído junto al quicio de la puerta; pero como ésta no se hallaba cerrada, entreabrióse y pudo distinguir perfectamente al pícaro ladrón.

Jerónimo, sin detenerse, lanzóse sobre aquel tunante, el cual al verse descubierto trató de escapar; no ha podido conseguirlo; pero en cambio ha mal herido a Jerónimo, el cual sin la ayuda de Ramón, indudablemente perece.

-Subamos.

Cuando la señora y la doncella llegaban a las antesalas del piso principal, multitud de criados y criadas se hallaban en ellas comentando el hecho que Ramón les acababa de referir con sus menores detalles. Al ver a la condesa, adoptaron una actitud respetuosa, aguardando a que ella les dirigiese la palabra.

-Ramón, ¿dónde está Jerónimo?

-En su lecho, señora condesa.

-¿Es grave la herida?

-No, señora, al parecer no lo es, y eso que el pícaro del ladrón trataba de acabarle; pero gracias a Dios, con mi presencia se ha evitado la desgracia.

-¿Y en dónde está?...

-¿El ladrón?

-Sí.

-Encerrado en aquella habitación.

E indicó una puerta que se hallaba colocada precisamente delante de la condesa.

-¿Desarmado?

-¡Ya lo creo!

-Quédate aquí, Ramón; vosotros retiraos a descansar.

Sin replicar una palabra desaparecieron los criados, excepto Ramón, que se quedó aguardando las órdenes de su señora.

-Quiero ver a ese hombre; aguárdame aquí por si me fueses necesario. Abre la puerta.

Ramón no replicó, y abrió la puerta de la habitación donde se hallaba el preso.

Cruzado de brazos y apoyado en una cómoda, estaba el escalador.

Lo que pasó entre éste y doña Isabel no pudo percibirlo; pero es lo cierto que con gran asombro por parte del fiel criado, vio éste salir a doña Isabel del aposento seguida del prisionero, y no con menos asombro, escuchó lo siguiente:

-Ramón, no quiero perder a este pobre; deseo que se escape.

-Señora...

-Esa es mi voluntad. Él por su parte me ha ofrecido...

-Señora -dijo el detenido con bronco y firme acento- yo os juro que no os pesará haberme perdonado, y vale algo en mi boca este juramento.

-Convenido, Ramón, condúcele a la puerta del parque y no se hable más de ello.

Ramón, completamente sorprendido, obedeció y guió al ladrón hasta dejarle libre en la calle.

-Vamos -dijo al verse en libertad aquel bribón- he salido ganancioso habiéndose malogrado este lance. Desde hoy tengo una gran señora por madrina.

Ramón, por su parte, se decía dirigiéndose a su aposento:

-Todos los pícaros tienen fortuna: este tunante ha logrado enternecer a la señora; lo que es a mí también me hubiera convencido. ¡Ea! vamos a descansar.

He aquí lo pensaba en tanto doña Isabel:

-¿Qué hubiera logrado con perder a ese hombre? ¿No vale más haberle convertido en defensor acérrimo de mi persona? Esos tunantes a veces son útiles, y ¿quién sabe si yo algún día podré necesitar de sus servicios?

El tiempo era el encargado de demostrar que la condesa, al libertar a aquel hombre, obedeció a un secreto presentimiento.

-Simón, toma asiento y escúchame con atención. No tengas recelo, que aquí nadie nos escucha.

-Escucho, señora, y estoy bien de pie.

-Como quieras. Supongo, Simón, que no habrás relegado al olvido los beneficios de que me eres deudor.

-En manera alguna; sé perfectamente que la primera visita que tuve la honra de hacer a la señora marquesa, en su casa de Granada, cierta noche hace dos años, pudo valerme un paseo a África; no he olvidado tampoco que desde entonces acá, gracias a su mediación he salido con bien de las manos de los escribas y fariseos, que se empeñaron no ha mucho en envolverme entre sus garras; no ignoro tampoco que es por su excelencia por quien se me han abierto las puertas del Saladero, y finalmente, no puedo menos de confesar que a no tener madrina de tanta valla, no sé qué sería de mi persona a la hora presente.

-Agrádame que tan fiel te sea la memoria, y espero llegado que sea el momento oportuno de manifestarme tu adhesión, que sabrás aprovecharlo.

-Esto me huele a negocio -pensó interiormente aquel cínico bribón.

Y en voz alta, exclamó:

-Mande su excelencia aunque sea un imposible, y ya verá de lo que es capaz Simón Zamarra por servirla.

-Eso me agrada. Procedamos por orden: ¿cómo estás de dinero?

-¡Ay, señora de mi alma! Están tan malos los tiempos, que ya es poco menos que imposible el ganarse honradamente el sustento; tan ligero ando de bolsillos como fuerte de estómago, y lo que más me apura es que tengo algunos atrasos que no sé cómo solventar.

El grandísimo tuno comprendió que era necesario para algo, y con el mayor descaro trató de sacar el partido posible de la situación.

La condesa se dirigió a un secreter de palo de rosa que estaba en un ángulo del gabinete; abrió uno de sus cajones, y de él extrajo algunos billetes de banco que entregó a Simón.

-Toma; he aquí diez mil reales.

Los ojos de Simón brillaron de codicia al asir con su mano aquellos billetes.

-Por ahora -continuó la condesa- creo tendrás lo suficiente.

-Por ahora -pensó Simón- esto quiere decir que tengo una mina que explotar. ¿Qué hay que hacer?

-Helo aquí: Habita la corte un joven que se llama don Luis de Guevara; este caballero ha tenido un lance hace cuatro días con el señor marqués Adelfi; este último está herido gravemente, y el primero ha desaparecido. Me consta que se halla oculto en Madrid, y me es absolutamente indispensable conocer la morada que le sirve de guarida; y esto por todo el día de mañana.

-Aun cuando se escondiera en las entrañas de la tierra, yo le descubriré.

El rostro de Isabel se iluminó de súbita alegría, la cual no pasó desapercibida a los ojos de su interlocutor.

-Confío, pues, en tu eficacia.

-Quedad descansada; pudiera acontecer que sobrevinieran algunos gastos, pues me será preciso valerme de cierta gentecilla...

-Gasta y pide; lo esencial es que mañana sepa yo dónde se oculta don Luis. No eches en olvido el nombre y apellido.

-Don Luis de Guevara: se ha clavado en mi memoria; ahora, madrinita, hasta la vista; quizá tenga que volver por dinero.

-Lo que quieras; pero no pierdas el tiempo.

-Quede tranquila la señora condesa.

Esto diciendo, saludó respetuosamente, y se retiró.

-Entiendo -iba diciéndose para sí el buen Simón- mi madrina y ese don Luis... entiendo, entiendo, pero ¿a mí qué? Lo que sospecho es que tengo un filón entre mis manos.

Doña Isabel quedó abismada en sus pensamientos; pero completamente segura de saber positivamente al siguiente día el escondite que servía de morada a su inolvidable don Luis de Guevara.

Capítulo XXVI. Algunos detalles respecto a la condesa de Santillán, muy necesarios para definir completamente su carácter

La resolución que había adoptado la condesa, era precisamente la más expuesta a sufrir lamentables equivocaciones que imaginarse puede.

Como que a Simón no había podido darle cierta clase de explicaciones; como que la misión de éste no era más que la de observar la vida que llevaba Luis en la casa donde se ocultaba, necesariamente todas sus noticias habían de resentirse de ese espíritu malicioso que caracteriza a las personas de su condición cuando se consideran confidentes de los secretos de sus señores, noticias que forzosamente no podían menos de envenenar el herido corazón de doña Isabel.

Simón, habitando en la misma casa donde se ocultaba Luis; teniendo su habitación condiciones para poder observar cuanto pasaba en la de su vecina, sin poder escuchar las palabras que entre el caballero y la bordadora se cambiaban, interpretaba a su antojo las miradas y las sonrisas de la maja y de Luis, y cuando en realidad entre ellos no existía inteligencia alguna, el rufián Simón les supuso enamorados uno de otro, despertando con sus confidencias sobre este particular nuevos celos en la condesa, que resuelta como ya estaba a llevar las cosas al último extremo, no vaciló en recurrir al medio de separar a Paca de Luis, a fin de cortar por completo aquellos amores.

Para que pueda comprenderse mucho mejor el carácter de doña Isabel, explicándose satisfactoriamente el lector esa extraña mezcla de atrevimiento y de timidez, de orgullo y de humildad, de cariño y de odio, es preciso que, aun cuando muy a la ligera, nos hagamos cargo de sus primeros años, de su incompleta educación, y de la forma y modo con que había crecido y con que aquella naturaleza se había ido formando.

Porque no todos los defectos que en la nueva fase de mujer celosa encontramos en la condesa, eran hijos de maldad de corazón, sino más bien de las condiciones especiales de su primitiva existencia; de los halagos que tanto en su niñez como en su juventud le habían estado tributando.

La condesa era la mujer más hermosa de la corte, según ya hemos dicho.

También era la de más antigua nobleza.

Como noble fue dama de la reina.

Como hermosa, era el ídolo y la desesperación de todos los galanes de la capital.

Carácter atrevido y aventurero, era la personificación fiel de la gran dama de los últimos años del pasado siglo.

Joven y rica, huérfana y encantadora, aquella mujer tenía un atractivo especial.

Sus padres murieron dejándola muy niña.

El colegio de niñas de Leganés la tuvo en su seno durante sus primeros años.

Los dos últimos estuvo en las Salesas.

Desde allí fue a la cámara de la reina.

Había cumplido veinte años.

Alma indomable, no había podido sujetarse nunca al yugo del amor.

El matrimonio la espantaba.

Y desdeñando siempre, sin querer casarse jamás, atravesaba su existencia, mirando con indiferencia las quejas y los suspiros, las miradas y las adoraciones.

Y no era porque a ella no le gustasen las fiestas y las aventuras.

Pero ni en éstas ni en aquéllas se interesaba nunca su corazón.

Su indiferencia glacial le había granjeado el sobrenombre de alma de hielo con que la conocían en los altos círculos de Madrid.

Y sin embargo, no era la condesa una mujer de mal corazón.

Todo lo contrario.

Compasiva y generosa, su mano estaba siempre abierta para el necesitado.

Donde había lágrimas que enjugar, infortunios que socorrer, o penas que consolar, allí estaba la condesita de Plasencia, pues tal era el título de su padre.

Pero el amor la asustaba.

Decía que el día en que amase sería desgraciada, y trataba de no serlo.

Casada, tendría que renunciar a aquella libertad tan dulce que tenía, y no podía avenirse con semejante idea.

Así es que ni amaba, ni quería casarse.

Y de este modo transcurrieron algunos años.

La reina la quería con delirio.

Carlos III la mimaba también, y el ministro hacía lo mismo que los reyes.

La corte toda, como consecuencia de esto, halagaba y adulaba a la encantadora deidad.

Sin embargo, llegó una época en que en la corte se advirtió una cosa extraña.

Sobre aquella frente pura y despejada había una ligera nube.

Aquellos ojos garzos, brillantes y seductores estaban rodeados de un círculo amoratado.

Esto no podía ser más que consecuencia de insomnios o de lágrimas.

Y las lágrimas que dejan surcos de tristeza sobre el semblante, son las lágrimas que arranca el dolor.

¿Por qué padecía la condesa de Plasencia?

No había perdido ningún pariente; no tenía desgracia alguna que lamentar entre sus amigas; sus intereses no habían sufrido quebranto alguno; luego aquellos lágrimas eran el desahogo de un amor desgraciado.

¡Amor!... ¿y a quién? ¿Quién había sido el feliz que había hecho palpitar el corazón de la condesa?

Nadie sabía contestarse a esta pregunta.

Y el hecho es que ella sufría.

Y ninguna persona de la corte pudo averiguar la causa de aquella tristeza.

Los monarcas la preguntaron con interés; sus amigos también, y a unos y a otros les dijo que no tenía nada, y que se encontraba muy bien.

Precisamente por entonces ocurrió la muerte de la reina, y la condesa hubo de dejar el cargo que en el cuarto de su soberana desempeñaba.

Preocupada la corte con aquella sensible pérdida, y embargado el ánimo del monarca por el dolor que le causó, pasó mucho tiempo antes que se ocupara de su antigua protegida, y por entonces tuvo lugar la correría nocturna del conde de Santillán y de sus amigos, de que en otro lugar hemos hablado, correría a consecuencia de la cual doña Isabel exigió terminantemente al conde que le diese su mano.

La altivez de su carácter, aquel indomable orgullo de que tantas muestras había dado durante sus primeros años, no podía soportar que el conde de Santillán pudiera decir nunca que había obtenido de ella el más mínimo favor sin que éste hubiera estado justificado por la iglesia.

El conde que precisamente, como ya dijimos, estaba enamorado de ella y había pretendido su mano, bendijo aquella decisión, sin tener en cuenta el suplicio a que se iba a condenar.

Doña Isabel fue su esposa; pero nunca fue su mujer.

La dama no le perdonó jamás su atrevimiento, y aquel corazón mostróse implacable, sin que ni súplicas, ni protestas ni consideraciones fueran bastantes a vencerla.

El conde vivía desesperado, y en más de una ocasión había arriesgado su vida por el pretexto más fútil, deseando perderla para libertarse del tormento que sufría.

Tal era la condesa de Santillán, y fácilmente puede comprenderse lo dado a extremos violentos que había de ser un carácter semejante.

Capítulo XXVII. Simón encuentra lo que busca

El buen juicio del lector habrá calculado ya la febril impaciencia con que doña Isabel aguardaría las noticias que hacían referencia al domicilio en que se albergaba don Luis.

Siglos se le antojaron los tres días que habían ya transcurrido desde el momento en que su mensajero Simón desapareció de su vista en pos de las huellas del hombre a quien ella amaba, tanto más cuanto que ella había fijado un plazo más breve. La tardanza inexplicable de Simón tenía sumida a doña Isabel en una profunda melancolía.

-¿Qué le habrá acontecido? ¿Cómo ha dejado pasar tres días sin aparecer por aquí? ¿Me habrá burlado ese hombre? ¿Tendré que confiar a otra persona las pesquisas de que se había encargado Simón?

Estos eran los pensamientos a que se entregaba en el momento en que apareció su doncella anunciándole la llegada de la persona esperada con tanta ansiedad.

-¡Ah! -exclamó doña Isabel sin poder contener la alegría que súbitamente se había apoderado de su alma, al saber la llegada de Simón.- Que pase al momento, y en el ínterin escucho a ese hombre no estoy en casa para nadie.

La doncella se retiró bastante admirada de que su señora manifestara tan inusitado afán por hablar con un hombre, que, aunque decentemente vestido, trascendía a legua y media a tunante redomado; pero sea como quiera, se dispuso a cumplimentar las órdenes recibidas, comenzando por introducir en el aposento de doña Isabel a Simón.

Vestía éste, en efecto, un traje de caballero: pero lo llevaba tan mal; hacía tales contorsiones, y se contoneaba tan ridículamente al andar, que nada tiene de extraño adivinara la doncella no ser aquel el traje usual que acostumbraba llevar el personaje esperado por su ama con tanta impaciencia.

Una vez desapareció la doncella, doña Isabel no fue dueña de contenerse y con enojo dijo mirando airada a Simón:

-¿Es esta la manera que tienes de cumplir conmigo?

Simón, impasible, mantuvo con serenidad la terrible mirada que sobre él pasó su interlocutora, pensando entre sí:

-Que descargue la nube; no tardará en aparecer el sol.

-Debías suponer mi impaciencia: ¿Qué has hecho? Explícate pronto.

-Señora; si no he venido antes como era mi deseo, ha sido porque a ello me ha obligado la misión de que me hice cargo.

Doña Isabel desarrugó un tanto el entrecejo, y dijo dulcificando algo más su acento:

-Veremos, pues, de qué manera has invertido el tiempo: escucho.

-No quiero aturdir a su excelencia refiriéndole los innumerables pasos que he tenido que dar, las pocilgas en que he tenido que zambullirme, y la mucha gente a quien he tenido que hablar a fin de adquirir las noticias que buscaba; husmeando aquí y allá, gastando a troche y moche hasta quedarme sin un real, de aquellos que su excelencia me entregó para arreglar mis atrasos, he averiguado lo que interesa a la señora.

La alegría inundó el alma de la condesa, y exclamó:

-¡Ah, por fin!

-Sí, por fin; pero, como he tenido el honor de decir antes, no se ha logrado sin hacer grandes sacrificios. ¡Qué lástima de dinero el que he tenido que gastar!

El bribón quería sacar todo el partido posible de la situación.

-Nada importa el dinero; sírveme bien, y de nada carecerás.

Una imperceptible sonrisa asomó a los labios de Simón.

-Mi gratitud para con la señora condesa, durará tanto como mi vida.

-Corriente, Simón; hazlo así, y yo sabré recompensarte. Ahora vamos a lo que importa, y deja inútiles detalles. ¿Dónde se oculta don Luis?

-En el campillo de Manuela, en casa de una bordadora muy hermosa, mejorando lo presente.

No fue dueña de sí misma doña Isabel; mortal palidez cubrió su semblante.

Simón la observaba atentamente.

-¡Ah! ¿con una bordadora? ¿Y vive sola esta muchacha?

-No; vive con su anciana madre, la cual se halla bastante enferma.

-¿Cómo se llama esa joven?

-Paca Pérez; pero es conocida por Paca la Salada.

-¿Tú la conoces?

-Desde ayer; he alquilado un cuarto que casualmente se hallaba vacío, precisamente lado por lado de la habitación que ocupa la hermosa manola, y para mayor fortuna poseo en mi palacio una ventanita desde la que se divisa el cuarto o nido de la hermosa Paca, y desde mi observatorio he observado sin ser visto, al joven don Luis: por cierto que juraría...

-¿Qué?

-¡Oh! nada, nada, tonterías mías. Sea como quiera, me pareció advertir que los dos jóvenes se miraban de una manera, que... vamos, cualquiera creería que...

Simón parecía recrearse atormentando el corazón de doña Isabel; ésta por su parte sufría lo que no es decible, sospechando lo que querían significar las medias frases lanzadas por Simón; pero quiso aclarar sus dudas de una vez.

-Claro, Simón; tú has creído advertir que esos jóvenes se aman, ¿no es esto?

-Francamente, a mí me parece que la chica no le parece costal de arroz al don Luis, y por su parte la muchacha le mira a él de una manera capaz de trastornar la cabeza a un santo.

-¡Dios mío, Dios mío! -exclamó doña Isabel, apoyando su pálida frente entre sus manos.

Simón la miraba sonriendo malignamente.

-Puedo haberme engañado en mis conjeturas; pero si la señora condesa desea asegurarse de la verdad, nada más fácil hoy por hoy; yo soy un vecino muy observador, y a buen seguro que no se pasará mucho tiempo sin que esté al tanto de lo que haya sobre el particular.

-Sí -dijo doña Isabel separando las manos de su frente.- Quiero que te enteres de lo que entre ellos pueda haber; pero procura no engañarte ni engañarme; la verdad, la verdad pura.

-Descanse su excelencia; yo me enteraré al dedillo.

-Toma, aquí tienes otros diez mil reales; bien ves que no me duele gastar el oro con profusión; pero quiero que se me sirva bien, pronto y lealmente. Marcha ya, y haz por averiguar lo que deseo saber cuanto antes, y avísame sin perder minuto cuando creas que puedes hablar con seguridad.

Simón tomó los billetes, y después de hacer una profunda reverencia salió del aposento de la condesa, diciendo:

-Estaba reventando por llorar, y ansiaba quedarse sola... yo he hecho un gran negocio; tengo las manos en la masa, y a fe de Simón que he de aprovecharme.

Al quedarse sola doña Isabel, al mirarse a cubierto de miradas indiscretas, no trató de reprimir los impulsos de su alma, y llorando amargamente, exclamó:

-¡Dios mío, Dios mío! ¡este es el pago de mi cariño! ¡para esto había yo conservado intacto mi corazón durante los primeros años de mi juventud, para entregárselo entero a un hombre que jugara a su placer con él y lo despedazara sin compasión fibra por fibra! ¡Oh! ¡Luis, Luis! ¡No sabes tú de lo que es capaz una mujer como yo, cuando se halla presa por el tormento de los celos! Mucho, muchísimo te amo; ¡ay de ti, si el inmenso amor que te profeso llega a trocarse por tus desvíos en llama devoradora de odio! ¡Ay de ti, si apelo a la venganza! ¡Ay también de la que sea causa de ello! ¡Infeliz! ¡Más le valiera no haber nacido!

Capítulo XXVIII. Quién era Paca la Salada

Alta, esbelta, altiva la mirada de sus negros y rasgados ojos, ancha la frente, rizado el cabello, pequeño el pie, ligeramente aprisionado en el escarpín de raso carmesí; torneada la pierna, encerrada en la calada media; con la falda de alepín con recortes de terciopelo, delineando la redonda cadera y el corpiño de raso del mismo color que los zapatos, Paca la Salada, bordadora de fino, llevaba por donde quiera que iba un corazón prendido de cada una de las bellotas que adornaban su sayo, y con la sal que derramaba, más de un viejo pisaverde decía que había bastante para compensar la pérdida de las salinas de Torre-Vieja.

Como hermosa, tenía Paca tanta fama como la tenía por sus bordados, y no podía vanagloriarse ninguno de los galanes de oficio de la villa del oso y del madroño, de haber alcanzado de ella el más mínimo favor que pudiese alentar sus esperanzas.

Tan ligera de pies para pasar por encima de las capas que muchas veces a su paso le tendían los mancebos, prendados de su garbo y donosura, como ligera de manos para santiguar al que se hacía sobradamente importuno con las manifestaciones de su amor, era Paca, sin embargo, una criatura sencilla e inocente, que, siempre con la sonrisa en los labios, no comprendía pudieran existir dolores en el horizonte de la vida.

Viuda su madre de un tronquista de las Reales Caballerizas, con la modesta pensión que a la muerte de su esposo le quedara, fue criando a su hija, si no con regalo, con desahogo al menos, y a la par que Paca iba creciendo en hermosura, se desarrollaban las virtudes en su alma y aumentaban las habilidades de sus dedos.

De aquí que no hubiese dama en la corte que no encomendase sus bordados a Paca, ni galán que no la tomase como punto de comparación para dureza de corazón, ni artista que no la considerase como el modelo típico de las majas madrileñas.

Más de una vez Maella había tirado los pinceles desesperado porque no accediendo Paca a dejarse retratar, no le era posible copiar aquel cúmulo de perfecciones.

El mismo Goya, que tanto conservaba en la imaginación las bellezas de aquellos tipos entre quienes vivía, no pudo jamás ni dar a sus ojos la expresión que tenían los de Paca, ni a la boca aquel graciosísimo contorno que le prestaba su sonrisa.

Sin embargo, llegó un día en que aquella franca, leal y alegre fisonomía se vio nublada por las nubes del dolor.

Paca era amiga íntima de Dolores la Zapatera y de Concha, que precisamente eran las dos majas que de mayor fama disfrutaban en la corte.

Las tres constituían el triumvirato de las majas de rumbo, como las llamaban; porque efectivamente las tres eran las que mayor lujo gastaban en el vestir, y las que más crueles se mostraban con los hombres, y las que mejor sabían gastar un doblón de a cuatro cuando llegaba la ocasión.

De la honra de las tres nadie tenía que decir una palabra; y nuestros lectores tienen una muestra del modo con que sabía defender la suya Dolores, en la conducta observada cuando se halló en poder del marqués.

De aquí que fueran tan elogiadas, que tan disputado fuera su amor y que tanto se hablara de ellas, lo mismo en el barrio de Lavapiés y de Maravillas, que en las antecámaras del palacio real.

No había verbena, ni baile ni fiestecita, en que las tres majas no lucieran su garbo; y como que precisamente don Luis de Guevara era uno de los caballeros más aficionados al estudio de las costumbres populares, lo mismo que había conocido a Lola, conoció a sus amigas, en una de las botillerías más frecuentadas a la sazón.

Una noche, contra la costumbre de Paca, entretúvose más de lo ordinario en casa de su amiga Concha, hasta que vino a revelarle la hora que era la plañidera voz de los hermanos del Pecado Mortal, que pasaban por la calle entonando sus melancólicas saetas.

Apresuróse a despedirse de su amiga, y lanzóse a la calle sin temer la soledad que ya reinaba en ella.

Cerca estaba su casa; pero al cruzar una boca-calle inmediata, salieron dos hombres, que algo más alegres de lo regular, intentaron detenerla.

Paca era valiente; pero sin embargo, la ancha mano de uno de aquellos bribones colocóse sobre sus labios para impedirla que gritara, y algo mal trecha podía haber quedado la honra de la maja a pesar de sus bríos, a no aparecer por la misma calle por donde salieran los rufianes, un caballero que, apercibiéndose de lo que ocurría, arrojóse sobre ellos, y tan buen uso supo hacer de su espada, que a los pocos minutos las armas cortas de los bribones de nada les habían servido, y el uno estaba en tierra pidiendo misericordia, y el otro con un chirlo muy regular en el rostro, tomaba apresuradamente la calle adelante, temeroso de que le alcanzase la suerte de su compañero.

El salvador de Paca había sido don Luis.

La maja le conocía ya; habíale visto, como ya hemos dicho, en algún baile, en los toros y en la botillería; pero desde aquella noche, de tal manera su imagen se grabó en el pecho de Paca, que su semblante principió a trocar su rosado matiz por la palidez de la azucena, y con general asombro de sus amigas, que no podían adivinar la causa, principió a separarse poco a poco de su anterior existencia.

Bajo el pretexto del mucho trabajo que tenía, se fue encerrando en su casa, y como que precisamente la enfermedad que por entonces principió a padecer su madre, justificó el retraimiento a que se entregaba, aquella conducta tuvo al menos una explicación.

Luis, que aun cuando muy galante, sabía sin embargo mostrarse comedido y prudente, permitíase bromas y jaleos y algazara con las majas, pero jamás salió de sus labios una frase que pudiera ofenderlas, ni cometió una acción que se hiciese merecedora de correctivo.

Preocupado con las aventuras con las tres damas que ya conocemos, no tenía tiempo para ocuparse de otros amores, y esto unido a su habitual prudencia, que jamás perdió a pesar de las locuras propias de la juventud, contribuía poderosamente para el buen concepto en que las majas y en general todas las gentes de los barrios bajos le tenían.

La conducta usada por don Luis había impresionado vivamente a Paca.

Había visto a Concha, con quien más adelante harán conocimiento nuestros lectores, prendada de uno de los toreros más famosos de su época; a Lola enamorada de Vicente, según ya hemos visto, y sin embargo, su corazón, a pesar de todas aquellas excitaciones para el amor, permanecía completamente mudo.

No había encontrado, como ella contestaba sonriéndose cuando sus amigos la preguntaban, nadie que hiciese palpitar su corazón.

Sin embargo, sin poderse ella misma explicar la causa, llegó un día en que le pareció, al presenciar las amorosas escenas entre Concha y su amante, y al percibir alguna frase de las que se cambiaban entre Vicente y Dolores, que en su corazón se agitaba algo misterioso y extraño que le causaba un dolor indefinible.

No supo en los primeros momentos definir si aquella extraña sensación era hija del placer y de la alegría, o del dolor y de la envidia.

Sin embargo, dominó su impresión, y vio a don Luis, y la verdad fue que sin darse ella misma cuenta, encontrábase perfectamente cuando él se hallaba a su lado.

Pero, a pesar de esto, no dio nada que sospechar a ninguno de sus amigos, porque la verdad era que ni ella misma sabía lo que sentía.

Mas, cuando tuvo lugar el lance de que dejamos hecho mérito; cuando don Luis, acompañándola con el mayor respeto hasta su casa, la hubo dejado en ella, de tal modo vio grabada la imagen del caballero en su pensamiento, que entonces, y sólo entonces fue cuando pudo confesarse que estaba positivamente enamorada de él.

A partir de aquel día, concluyó de desaparecer la alegría del rostro de Paca, y la brillante estrella del campillo de Manuela quedó completamente eclipsada, pues apenas si se la veía alguna vez en la calle.

La enfermedad de su madre había ido agravándose por momentos, y esta era una excusa tan legítima para justificar su ausencia de toda clase de diversiones, que ni aun sus más íntimas amigas pudieron sospechar la causa verdadera de su retraimiento y de su tristeza.

En este estado tuvo lugar el atrevido rapto de Dolores; el encuentro de Vicente con Luis refiriéndoselo, y finalmente, la salvación de la maja, merced a la presencia inesperada del caballero.

Dolores, al día siguiente, refirió a Paca, que estaba llena de cuidado, cuanto le había sucedido, y durante su relato más de una vez se mudó el color en el rostro de la maja; más de una vez también los latidos de su corazón le demostraron todo lo violento de su cariño.

Vicente había acudido inmediatamente que pareció Lola a demostrar a su amigo todo el agradecimiento que hacia él sentía, y a manifestarle al mismo tiempo que en donde quiera que viese al marqués Adelfi estaba resuelto a abofetearle y a escupirle en el rostro, por villano y mal nacido, hasta obligarle que se batiera con él.

Pero, como que Luis tenía pendiente con él el desafío que ya conocen nuestros lectores, hubo de dilatar la satisfacción de su venganza hasta ver el resultado que tenía el duelo de su amigo.

Verificado éste, la situación de Luis fue, como sabemos, bastante comprometida.

El caballero creyó conveniente evitar la primera acción de la justicia, y no quiso permanecer en su casa hasta saber el sesgo que podría tomar aquel asunto.

Vicente entonces acudió en su auxilio.

-Yo te esconderé -le dijo- donde difícilmente podrán encontrarte.

Y habló de ello a Lola, y ésta, a su vez, se fue a casa de Paca, dijo a su madre lo que había, y le pidió que albergase a Luis durante algunos días.

Paca palideció al escuchar aquella demanda; trató de oponerse, más que otra cosa, temerosa de los nuevos dolores que iban a destrozar su corazón; mas de tal modo supo Dolores pintarle a su madre lo ocurrido, así como el digno y noble carácter de Luis, que la anciana, a pesar de no encontrarse muy bien de salud, como ya hemos dicho, recordando el servicio que en otra ocasión prestara el caballero a su hija, condescendió en que se escondiese en su casa.

Una vez bajo el mismo techo, Luis principió a pensar que Paca era excesivamente hermosa.

Y que la bondad de su alma superaba a la belleza de su rostro.

Y que era tan honrada como hermosa, y tan modesta como honrada.

Y en los primeros momentos de estancia en aquella casa, dio aviso de donde estaba a María; escribió también a doña Isabel, diciéndola que estaba en salvo, aun cuando sin revelarle el sitio en que se hallaba; mas después ya no volvió a decirles una palabra, y miraba a Paca con más insistencia de la que la mera amistad exigía, y solía decirle frases con un acento algo más tierno que el que suele usar la gratitud.

Paca se ruborizaba; apenas contestaba a las frases de Luis por más que su corazón latiese con violencia, y estas escenas, algunas de las cuales hubo de presenciar Simón desde su cuarto, sirviéronle de fundamento para juzgar que ambos jóvenes se amaban.

Capítulo XXIX. Un rapto y una puñalada

Mientras Simón abandonaba la casa de doña Isabel, después de haber cobrado la cantidad que aquella le indicara, la condesa, enjugándose con el pañuelo las lágrimas que acababan de asomar a sus ojos, murmuró:

-¡Dios mío! ¿Obro bien u obro mal con el plan que me he trazado? La verdad es que este amor me avasalla, que pierdo la cabeza, que la fiebre de los celos me devora, que me siento impulsada por una fuerza irresistible, y no sé cuando ha de tener término esta inquietud que me consume y este violento afán que me arrebata la calma.

Y de nuevo volvió a caer en la meditación que ya se había hecho, por decirlo así, perenne en ella.

Entretanto, Simón tomaba sus disposiciones para llevar a cabo el proyecto que meditaba.

Y llegó la noche, y con ella el momento oportuno para realizar su propósito.

Estamos en la calle de la Paloma.

En la entrada de ella, hacia la mano derecha, hay una casita de un solo piso.

Sobre la puerta de entrada se ve un balcón ancho, como todos lo eran en la época de que vamos hablando, a través de cuyas mal cerradas maderas se distingue una luz.

Penetremos en el interior de la casa, y veremos una salita decente, aunque pobremente amueblada, y sobre una mesa un enorme velón de metal, cuya claridad es la misma que hemos distinguido a través del balcón.

Sentada cerca de la mesa, una joven estaba ocupada en hacer un bordado sumamente entretenido.

Aquella joven era Paca la Salada.

De cuando en cuando dirige solícitas miradas hacia una alcoba, de la que se exhala un rumor muy parecido a la agitada respiración de un enfermo.

Y así era efectivamente.

Sobre un pobre lecho una anciana dormitaba con la agitación producida por la calentura.

De vez en cuando, la joven volvía su cabeza hacia la alcoba con afanosa solicitud, y satisfecha sin duda con el estado de la enferma, tornaba su vista al balcón, y un gesto de impaciencia se dibujaba en su rostro.

La noche en que la presentamos a nuestros lectores, estaba más impaciente que de ordinario.

Es verdad que hacía ya mucho tiempo que habían tocado las ánimas en todas las iglesias, y Luis, que como sabemos se ocultaba en su casa, salió aquella noche y no había vuelto todavía.

El ruido más ligero que se escuchaba en la calle la hacía poner una atención extraordinaria.

Y cuando aquel ruido desaparecía, su rostro expresaba un tristísimo desaliento.

-¿Qué le habrá sucedido, Dios mío? -decía Paca con los ojos un tanto humedecidos- ¡es tan extraño que venga tan tarde!... y luego no sé por qué mi corazón está tan agitado esta noche: parece que me amenaza una desgracia desconocida, y él en su inquieta palpitación me lo anuncie.

-¡Paca! -murmuró en esto la anciana con voz doliente.

-Allá voy, madre; ¿qué queréis?

-Agua, tengo sed.

Paca se dirigió hacia la alcoba de la enferma, y le dio una bebida que el médico había dejado dispuesta.

La enferma se tranquilizó algún tanto, y preguntó a su hija:

-¿No ha venido don Luis?

-No, señora; y me tiene con mucho cuidado; ¡quién sabe lo que le habrá impedido venir?

-¡Confía en Dios, hija mía! Él y solo Él, te dará la felicidad.

En este momento se oyó un ligero rumor en la calle.

Paca lo escuchó inmediatamente, y su oído esperaba anhelante la llamada de don Luis.

Pero el rumor seguía haciéndose más perceptible, y la seña no se escuchaba.

Un temblor extraño agitó los miembros de la joven.

Su corazón empezó a latir con más violencia.

De pronto el ruido se escuchó más próximo; parecía que era en la escalera de la casa.

Paca se dirigió a su madre, y con un acento lleno de terror, le preguntó:

¡Madre, madre! ¿no oís?

Pero la enferma se había quedado un poco adormecida, y no podía escuchar a su hija.

Un grito ronco, verdadera expresión de un miedo horrible, se exhaló de repente de la garganta de la joven.

Sintió que le tapaban la boca, y que unas manos brutales rodeaban su talle.

Hizo un esfuerzo violento, desasióse, y llena de terror, vio a su lado dos hombres.

Uno de ellos era Simón.

Abarcó éste de una ojeada toda la habitación, y su vista se fijó en el rincón de la sala donde trémula de espanto, estaba la pobre Paca.

-Vamos, palomita, vamos -dijo Simón con una sonrisa sesgada y sarcástica- nuestra red está bien tendida y no tenéis más remedio que seguirnos.

Al escuchar estas palabras, la maja hizo un esfuerzo y se lanzó al balcón con objeto de pedir socorro.

Pero al abrir sus maderas, retrocedió vivamente con los ojos extraordinariamente dilatados, y todo el semblante contraído.

En el balcón había otros dos hombres.

Una carcajada de Simón fue la contestación que obtuvo la pobre niña cuando se arrodilló ante el rufián, diciendo con voz entrecortada por los sollozos:

-¡Oh, tened piedad de mi pobre madre! ¿Qué será de ella si me alejáis de su lado? ¡Está enferma!... ¿Qué queréis de una pobre mujer como yo?

-¡Ea, basta de comedias! -dijo el asesino con su acento ronco y soez- si no queréis venir de grado, os tendremos que llevar a la fuerza.

-¿Pero qué queréis de mí?

-Que nos sigáis.

-¡Oh! vosotros tendréis una madre, tendréis unos hijos que os adorarán y a quienes vosotros adoraréis; por la memoria de ellos, por su vida, dejadme con mi anciana madre; ¿qué será de ella cuando se encuentre sin su hija?

Y Paca se abrazaba a las rodillas de aquellos hombres.

Y regaba sus manos con sus lágrimas.

Pero aquellos hombres eran de piedra, y ni la más pequeña emoción se pintó en sus semblantes.

Simón se volvió hacia su gente, y dijo:

-Vamos, esto es menester que concluya.

Y dio un paso hacia la joven.

Paca retrocedió con los ojos extraordinariamente dilatados.

Simón la miró de una manera extraña, y murmuró:

-¡La moza es un bocado de rey!

Y siguió adelantándose hacia ella.

Y de esta manera, ella retrocediendo y él avanzando, llegaron hasta la cama donde se encontraba adormecida la enferma.

Paca no pudo ya evadirse de caer en poder del rufián.

Arrojó éste un tremendo voto, y su mano asquerosa y brutal se posó sobre el hombro de la joven.

La maja arrojó un grito de espanto.

Entonces, dos satélites de Simón la cogieron por la cintura.

Toda resistencia era inútil.

Tras algunos esfuerzos impotentes, Paca inclinó la cabeza sobre el hombro de uno de sus raptores, y se desmayó.

-¡A la silla de manos, pronto! -dijo el jefe de aquella canalla.

No fue necesario repetir la orden.

La hija de la pobre anciana, fue transportada en brazos de los dos hombres hasta una silla de manos que se veía un poco más arriba de la puerta de la casa.

Pero apenas habían puesto el pie en la calle, cuando se sintieron pasos que se aproximaban, y una voz varonil que preguntó:

-¿Quién va?

-¡Voto a mil rayos! -exclamó Simón- ¡a qué hora llega!

Y desviándose algún tanto de la calle, se escondió en el hueco de una puerta.

El que se acercaba, al ver que no obtenía respuesta alguna, apresuró el paso, y espada en mano se precipitó sobre los raptores de Paca, exclamando:

-¡Alto ahí, canalla!

Pero no pudo decir más.

Al pasar por la puerta donde estaba escondido Simón, una tremenda puñalada que éste le asestó en un costado, le hizo caer al suelo sin exhalar un grito.

-¡Vamos, despachaos! -dijo entonces Simón a sus compañeros.

Y Paca, desmayada todavía, fue encerrada en la silla de manos.

Y momentos después, toda aquella turba se puso en movimiento, no quedando en la calle más que el cuerpo inerte de un hombre que arrojaba a raudales la sangre por una ancha herida.

En cuanto a la anciana, seguía dormitando con ese sueño pesado e inquieto de la calentura.

[...]

Capítulo XXX. Vicente llega a tiempo de impedir una desgracia

Apresuradamente se dirigía Vicente a casa de Paca, a fin de dar cuenta a su amigo de una entrevista que acababa de tener con Floridablanca, cuando puede comprenderse cuál sería su sorpresa al tropezar en la calle con un cuerpo casi inanimado y calcúlese el dolor que experimentaría al reconocer en aquel cuerpo bañado en sangre a su amigo Luis.

No sabía qué partido tomar; instintivamente comprendió que el estado de Luis era grave, y hasta temió que el corazón sobre el cual tenía puesta Vicente su mano, dejase de palpitar de un momento a otro.

-¿Qué haré? -se decía- ¿Dónde transportarlo? ¿Quién habrá sido el infame?... ¿Por qué Luis habrá salido a la calle, sabiendo que le era tan conveniente permanecer oculto?... ¿Qué hago yo ahora?

-¡Ah! -exclamó de repente después de algunos momentos de silencio- ¡La ronda de Pan y Huevo ! Ella es nuestra Providencia.

En efecto, en este instante desembocaban por una bocacalle inmediata los hermanos de la ronda mencionada.

Un sacerdote y dos seglares eran los tres hermanos nombrados por el mayor; y esos acompañados de un criado que llevaba una linterna encendida, componían la ronda.

Los hermanos del Refugio, o bien sea la llamada ronda de Pan y Huevo, era una institución piadosísima, de la que, aunque muy a la ligera daremos una idea al lector.

Los hermanos eran individuos de las primeras familias de la corte.

Apenas oscurecía salían ellos a recorrer las calles de la capital, cargados de pan y huevos cocidos, con cuyos alimentos socorrían a los necesitados.

No desempeñaban este cargo criados de la hermandad, sino los mismos hermanos, los cuales no arrojaban ese sustento como una limosna, sino por el contrario, suplicaban al necesitado aceptara su oferta, rogándole no hiciera estéril su caridad.

Para ser admitidos en la Hermandad, no era suficiente título el de caballero; se hacía además necesario que el solicitante fuese decente, virtuoso y bien afecto a obras piadosas, y algunos otros requisitos que serían largos de enumerar.

Al sacerdote de ronda le estaba prevenido el uso de cuello, y a los seglares les estaba prohibido usar montera ni armas vedadas, ni traje indecoroso.

Reuníanse los hermanos en la enfermería del Refugio al toque de oraciones; rezaban ellos las de costumbre, y preparados ya a cumplir la santa misión que se habían impuesto, se dirigían en pequeños grupos, cada uno a su distrito.

Examinaban antes de salir los memoriales que habían entrado en el cepillo, y disponían lo conveniente para socorrer las necesidades de que se les daba aviso.

Si no eran estas muy urgentes, se dejaban hasta las primeras horas del nuevo día, y los hermanos nombrados al efecto cumplían la misión de que se hacían cargo durante las visitas de día.

Por las noches, sólo salían a visitar las rondas y los veedores de incendios, los cuales apenas tenían noticia de uno, debían acudir al sitio del siniestro con camillas para transportar los enfermos o los impedidos.

La ronda no iba a cosa hecha, sino al acaso, y precedida de un criado, con su indispensable linterna, salían del Refugio los dos seglares, llevando en medio al sacerdote.

Si en el camino que seguían, mirando con la mayor atención a uno y otro lado, tropezaban con un ser racional que rendido del hambre y del cansancio, reposaba en el dintel de una puerta, o yacía tendido en medio de la calle, le reconocían brevemente a la luz de una linterna, y le suministraban los auxilios convenientes.

El criado, apenas se detenía la ronda, metía la mano en el canasto de las provisiones, y preparaba una libreta y un par de huevos.

Si aquel con quien tropezaba la ronda, era un enfermo, o un herido, a quien fuera imposible moverse, ni menos tomar alimento, el eclesiástico le exhortaba a que pensase en la salvación de su alma, y reunido en breve consulta con sus dos compañeros, acordaban la traslación de aquel infeliz a la enfermería de la Hermandad. A fin de no perjudicar el estado del paciente, moviéndole sin oír antes la opinión de un facultativo, el criado salía corriendo en busca de un cirujano, y autorizado por éste, le cargaban sobre sus hombros y le conducían a la enfermería.

En España (agrega el autor del famoso libro que lleva por titulo Ayer, hoy y mañana ), hemos dado poca importancia a los nombres de las cosas; pero difícilmente habrá un pueblo en el mundo, más humanitario ni más generoso.

Y téngase en cuenta que lo era cuando menos lo parecía, porque precisamente uno de los achaques de ayer, en materias de caridad, fue el de pregonar pocas cosas y hacer muchas.

Vicente pertenecía a esta benéfica hermandad.

Júzguese, pues, cuán grande sería su alegría al divisar a la ronda de sus cofrades.

Precipitadamente dirigióse a los hermanos, y los condujo junto al cuerpo de su amigo Luis.

Examinado éste, el eclesiástico opinó que la herida parecíale grave, y juzgó conveniente no dilatar los medios necesarios para tratar de salvarle si era posible.

A ruegos de Vicente se desistió de llevar a Luis a la enfermería del Refugio, consiguiendo accedieran a transportarle a una botica muy cercana de aquel sitio, cuyo doctor era amigo de Vicente y también de los hermanos de la ronda.

Adelantóse el criado a prevenir al farmacéutico.

Con el cuidado más grande cargaron los hermanos y el mismo Vicente con el cuerpo de Luis, y tomando cuantas precauciones creyeron necesarias, le transportaron a la cercana botica cuya puerta hallaron ya abierta a su llegada.

Roberto, tal era el nombre del farmacéutico, hizo penetrar en su tienda a la comitiva; cerró la puerta y colocó al herido con ayuda de sus acompañantes sobre un lecho situado en la trastienda, y que era del que se servía pocos momentos antes él mismo.

-Dispensa, buen Roberto, la incomodidad que te proporciono -dijo Vicente con acento conmovido- pero ese joven es uno de mis más queridos amigos.

-Nada he de dispensarte, sí, por el contrario, agradecerte el que me proporciones la ocasión de ser útil a un semejante.

-Paréceme -exclamó el eclesiástico- que ese joven se halla en estado sumamente grave.

-Le examinaré pues.

Con prolijo y detenido cuidado examinó Roberto la profunda herida de Luis. Los circunstantes esperaban ansiosos el fallo facultativo.

Vicente no apartaba la vista del operador, y copiaba e interpretaba a su manera el menor gesto de su fisonomía. Apenas si se atrevía a respirar.

Largo rato duró el examen, y no menos dilatado fue el que sucedió a la primera cura; terminada esta, Vicente hizo seña a los amigos que le rodeaban, y seguido de ellos salió de la trastienda.

-Mi opinión, señores, es que ese joven se halla en estado grave; pero no peligroso, ni mucho menos desesperado.

-Sería conveniente -añadió uno de los dos hermanos- transportarlo a nuestra enfermería.

-No lo creo prudente.

-Entonces, puesto que al quedar aquí es de esperar sea atendido con eficacia, nosotros, hermanos, podremos continuar nuestra ronda -dijo el sacerdote.

-Marchad tranquilos, hermanos; el herido, durante las horas que esté en mi poder, será atendido con toda eficacia.

Vicente apretó agradecido la mano de Roberto.

Los hermanos de la ronda se despidieron, y salieron a la calle en pos de su deber, y en busca de aquellos que pudiesen necesitar de sus auxilios.

Apenas quedaron solos Roberto y Vicente, rompió el silencio el último, y dijo:

-Mi buen Roberto, ¿crees no haberte engañado en tu pronóstico?

-Creo sinceramente lo que he dicho.

-Ahora bien: menester es que continúes tu piadosa obra; el herido, que como antes te he significado, es uno de mis mejores amigos, quizás el más querido y que tiene derechos a mi reconocimiento, hace días vivía oculto a consecuencia de un desafío que tuvo con un noble, al cual hirió gravemente; esta noche, al ir a dar cuenta a mi amigo del estado en que se hallaba el proceso que se le forma, he tropezado con él en la calle en el estado en que acabas de verle. ¿A qué había salido? Lo ignoro. ¿Quién ha podido herirle? No lo sospecho. De todos modos, como comprenderás, no es prudente dar aviso a la autoridad de este desgraciado acontecimiento, puesto que como antes te he dicho, mi amigo se halla en el triste caso, hoy por hoy, de eludir la vigilancia de las leyes. ¿Podré esperar de ti que se quede aquí y no des parte?

-Delicado asunto es este, y grave el compromiso que contraigo por todos conceptos; pero ¿puedo acaso negarte el favor que me pides?

-Gracias, Roberto, gracias -dijo Vicente, abrazando con efusión a su amigo.

-No tienes que dármelas; tranquilízate; aquí estará bien cuidado, y nadie, por lo que toca a mí, sabrá este lance. Mi hermano Enrique es el médico que le destino, y yo mismo seré quien asista al enfermo. Convendría que fueses en busca de mi hermano, a fin de que adelante hoy la hora en que acostumbra venir.

-Al momento; pero quisiera antes ver de nuevo a mi amigo.

-Vamos, pues, allá.

Al penetrar Roberto y Vicente en la trastienda, Luis entreabrió los ojos, y los fijó en Vicente; éste se arrimó al paciente y tomó entre las suyas una mano de Luis.

-¡Vicente, amigo mío!

-Tranquilízate, Luis; tu estado no es grave, y mi buen amigo Roberto cuidará de ti. ¿Pero cómo ha ocurrido esta desgracia?

-No conviene hacerle hablar mucho -dijo Roberto en voz baja a Vicente.

Luis fijó una ansiosa mirada en su amigo, y le dijo, haciendo un gran esfuerzo:

-Para... ha sido robada... Vicente... averigua...

Admirado quedó Vicente de lo que acababa de oír; pero teniendo en cuenta el estado de su amigo, no quiso hacerle hablar más.

-Queda tranquilo, Luis; en este mismo instante voy a comenzar las pesquisas necesarias, y yo te juro que Paca parecerá.

Luis quiso hablar para manifestar su gratitud. Vicente no se lo permitió.

-Conviene que no hables, y que sigas en un todo los consejos de mi amigo Roberto.

Luis indicó con la mirada que le complacería.

-Adiós, pues, y descansa en mi eficacia.

Vicente, acompañado de Roberto, salió de la estancia en que se hallaba Luis.

-He aquí otra desgracia, amigo Roberto. Hay que obrar aceleradamente. Voy, pues, en busca de tu hermano, y después... después Dios dirá; pero es preciso que yo dé con las huellas de Paca.

-¡Que Dios te ayude, amigo Vicente!

-Él te recompense por tu buen proceder, mi buen Roberto.

Dicho esto, se lanzó a la calle sin plan preconcebido; pero, completamente decidido a encontrar a Paca.

Capítulo XXXI. Donde Simón no sabe cómo salir del atolladero

Mientras que Vicente tropezaba con el inanimado cuerpo de Luis, y tenía lugar todo lo que hemos dicho en el capítulo anterior, la silla de manos en que iba Paca dirigióse hacia la puerta de Segovia, la cual pudo franquear merced a que el rufián pronunció al oído del jefe de la guardia el nombre del conde de Santillán, y esto fue suficiente para que la puerta quedase franca, apartándose respetuosamente los guardianes de ella para dejar franco el paso a la silla de manos de un tal elevado personaje.

Simón y los suyos, con la preciosa carga que llevaban, una vez se vieron en las afueras, encamináronse a buen paso hacia la venta del tio Langosta que era un caballero muy digno en un todo de la amistad de Simón y demás gente de su calaña.

Hallábase situada la tal venta en la misma carretera de Segovia, y distante poco más de un cuarto de legua de la capital.

El tío Langosta, a quien Simón anteriormente había confiado algo del negocio que proyectaba, esperaba impaciente la llegada de su amigo; habiendo cuidado de que su morada se hallase libre, pero completamente libre de testigos importunos.

Al divisar desde el umbral de la puerta la silenciosa comitiva que capitaneaba Simón, lanzó un suspiro de satisfacción, y exclamó:

-¡Se hizo el negocio!

Entretanto, Simón y los suyos penetraron en la venta con la silla de manos en la que Paca seguía desmayada.

-¡Bendito sea Dios, compadre! -dijo Langosta- ya creía yo que os había pasado algo desagradable.

-¿Crees acaso que se trataba de una operación tan sencilla como la de hacer cristiano el contenido de uno de tus barriles?

-No lo decía yo por tanto; pero...

-Déjate de peras y manzanas; cierra el portillo y alumbra y guía al sitio donde hemos de depositar el bulto que hemos traído.

Obedeció sin replicar el tío Langosta.

-¡Alumbra!

Aproximóse el ventero, candil en mano, en tanto que Simón con la ayuda de uno de los suyos, sacaba a Paca de la silla de manos.

-¡Nuestra Señora de la Almudena me valga! ¡Vaya una moza de rumbo! -exclamó relamiéndose de gusto el tío Langosta.

-¡Hola vejete! Parece que todavía no has perdido el gusto.

-¡Qué he de perder yo, compadre, qué he de perder! Los ojos son jóvenes siempre.

-Vamos, guía, que la moza pesa que es una bendición de Dios.

-A tu edad no me hubiera yo quejado por sostener semejante carga.

Langosta condujo a Simón y a otro de sus camaradas, que eran los que llevaban en sus brazos a Paca, a una habitación del piso superior, que consistía en una sala con alcoba que comunicaba con un pasillo en donde tenía la puerta de entrada.

Depositaron en el lecho que había en la alcoba el cuerpo de Paca, y salieron inmediatamente de la habitación, bajando de nuevo al zaguán donde habían quedado esperando los demás camaradas de Simón.

-Vaya, Langosta, saca un jarro de lo bueno para que remojen la garganta esos buenos mozos -dijo Simón.

-Y que lo tengo de amigo; arrimaos acá.

Y sacó de un armario mugriento unos cuantos vasos y una jarra grande llena de vino de Arganda.

-Servíos vosotros mismos, y a medida de vuestro deseo.

Hiciéronlo así los circunstantes, llenando cada uno su vaso hasta el tope.

-¡A nuestra mutua salud! -dijo chocando el suyo con el de los otros Simón.

Y apuró de un trago hasta la última gota del fuerte líquido.

-Ahora, caballeros -continuó- podéis retiraros a donde os plazca, y si acaso os necesito nuevamente, que no será difícil, ya sabéis que sé donde encontraros; necesito quedarme a solas un momento con el tío Langosta.

-Vaya, hasta otra -dijo el aludido dirigiéndose a los bribones, que salieron por el portillo cuya puerta les franqueó Langosta, cerrándola de nuevo en cuanto hubo pasado por ella el último de aquellos.

-Toma; he aquí lo ofrecido.

-Venga -dijo alargando la huesosa y negra mano, y tomando con ella las dos onzas de oro que Simón le entregó.

-Ya ves que sé cumplir con los amigos.

-Y yo servirles.

-En eso estamos; pero he de encargarte en gran manera el mayor sigilo.

-Pierde cuidiao, que yo no hablo nunca más que lo que me conviene; pero es preciso que nos entendamos.

-Habla, pero deprisa, que a mí aún me resta algo que hacer.

-Cuando me propusiste este negocio, me dijiste que sólo se trataba de tener guardaa a cierta moza algunos instantes y que en premio a mi servicio me entregarías dos peluconas.

-¿Y bien? -murmuró impaciente Simón.

-La moza -contestó con mucha flema el zorro viejo- está en efeto allá arriba; las dos peluconas las tengo aquí en la mano; pero... tú no me habías dicho que se tratara de dar mulé a naide, y esa moza está...

-Desmayada, estúpido, ¿no lo has conocido?

-Yo no he sido dotor en mi vida, y la verdad sea dicha, en cuanto que vi que no abría ni cerraba los ojos, conociendo las gromas que tú gastas en ciertos casos, se me había figurado...

-Pues te habías figurado mal, ya lo ves.

-Corriente; yo lo decía porque en todo caso quiero tener limpia la concencia; a mí no me gustan gatuperios ni flechurías deshonrosas.

-Sí, si; ya sé que eres todo un buen hombre.

-Esa es la pura.

-Ahora conviene que no te acuestes; yo me retiro, pero no tardaré en volver; voy a tomar órdenes.

-Pero esa moza...

-Vuelvo a repetir que sólo está desmayada; rocíale las sienes con vinagre, y verás como se espavila.

-¿Y si cuando despierta grita?

-No lo hará; pero en todo caso dile que si da voces se expone a morir ella y también don Luis.

-Convenidos; le aplicaré la melecina del vinagre, y éste y el aguardiente me lo pagarás cuando vuelvas, ¿no es esto?

-Toma, miserable avaro -dijo Simón depositando un peso duro encima del mostrador, y que Langosta se apresuró a guardar en uno de sus bolsillos.

-¡Avaro! Bien sabes tú que no lo he sido enjamás; la prueba es que no te cuento el aceite que hace dos horas gasto por tu causa, ni el que gastaré hasta que guelvas , si no tardas mucho.

-Vamos, ya veo te he de estar agradecido. Retira eso hasta que yo vuelva -dijo Simón señalando la silla de manos en que habían traído a Paca.

-Hasta pronto.

-Cuando quieras, compadre.

Salió Simón de la venta, y apresurando el paso como alma que lleva el diablo, se encaminó a Madrid, y una vez en él, tomó el camino más corto para llegar al palacio de la condesa.

Esperaba ésta con gran ansiedad la llegada de Simón, de manera que había dado las oportunas órdenes a fin de que, en cuanto se presentara, fuese inmediatamente introducido a su presencia.

Apenas le vio penetrar en su aposento, y una vez segura que de nadie podía ser oída, dijo dirigiéndose ansiosa a Simón:

-¿Y bien?

-Nuestra es ya la paloma.

La condesa lanzó un suspiro de verdadera satisfacción.

-Pero -continuó el truhán- no ha sido sin dificultades ni compromisos.

-¿Qué ha ocurrido, pues?

-Nos hemos visto precisados a poner fuera de combate a don Luis.

La condesa palideció mortalmente y tuvo necesidad de apoyarse en el respaldo de un sillón para no venir el suelo.

-No se alarme la señora condesa; todo ello no es nada; un pequeño arañazo que le obligará a guardar cama durante cuatro o cinco días.

-¿Y dónde ha ocurrido eso? -preguntó la condesa con voz temblorosa.

-En la calle, en ella nos encontró don Luis, y de tal modo se empeñó en que no lleváramos a efecto nuestro cometido, que nos hemos visto precisados a ponerlo en disposición de que no hiciera inútil nuestro trabajo.

-¿Me aseguras que no ha muerto?

-¡Bah! puede estar tranquila la señora condesa.

-¡Ay de ti, si la herida que le habéis inferido lo conduce al sepulcro!

Dijo esto con acento tan firme y resuelto, y fijó tal mirada en el rostro de Simón, que éste no pudo menos de estremecerse.

-Repito que no hay que tener cuidado.

-¿Qué ha sido de él?

-Lo ignoro; pero no tardaré en saberlo si eso conviene.

-Conviene -dijo lacónicamente la condesa.

-Corriente.

-¿Y ella?

-En parte segura.

-Atiende, pues: asegúrate bien de la incorruptibilidad del guardián o guardianes de esa mujer; averigua dónde se halla don Luis, y estudia la manera de apoderarte de él. Conseguido que sea esto, le conduces con toda la precaución imaginable y con el cuidado que su estado reclame, a mi quinta del Pardo; las puertas de esa posesión se te franquearán con sólo presentar esta tarjeta. Aquí la tienes junto con las señas.

La condesa entregó a Simón una tarjeta con su nombre y escudo de sus armas, y un papel en donde escribió ella las señas de la quinta.

-¿Necesitas dinero?

-Tengo aún.

Simón quería de alguna manera aminorar el resentimiento que la condesa le había manifestado al saber que don Luis había sido herido.

-Pues sin descanso empieza ahora mismo a dar los pasos convenientes.

-Al instante.

La condesa le indicó con la mano que se retirara, y Simón la obedeció al instante, alegrándose de no prolongar la escena.

Apenas se vio en la calle, dirigió sus pasos de nuevo hacia la venta del tío Langosta, haciéndose a sí propio el siguiente raciocinio:

-«Esa señora me dará un serio disgusto si su palomo llega a morir!... la verdad sea dicha, que me ha causado miedo. Afortunadamente no he apretado la mano, y creo que no hay temor de que por ahora le canten el gori-gori a ese señor: soy bastante práctico en esta materia. He sido generoso, no he pedido hoy dinero; pero no importa, ya me arreglaré de manera que lo cobre todo junto.»

Haciendo estas y otras reflexiones por el estilo, llegó a su punto de partida, a la venta; llamó de un modo especial, y no tardó en franquear el portillo el tío Langosta, candil en mano.

-Vamos -dijo cerrando la puerta- más creí que tardarías.

-Déjate de charlar y alárgame un vaso de vino anejo puro.

-Se entiende, hombre; ya sé que a ti te gusta moro.

Dicho esto, escanció en un vaso, que llenó hasta el borde, parte del aloque que contenía un pequeño barril.

-¡Bebe conmigo, hombre!

-Con mucho gusto; no lo hacía por no aumentar el gasto; yo soy un amigo de mis amigos. ¡A tu salud! -dijo apurando de un sorbo el vaso que para sí se había llenado.

-¡A la tuya! -dijo a su vez Simón a su contrincante.- ¿Y esa moza?

-Según lo que me dijiste, la rocié con vinagre, que no he escaseao, te lo juro, y el poco rato de la operación, lanzó un suspiro y entreabrió los ojos.

-Ya ves, pues, como no estaba muerta.

-Sí; ya lo he visto.

-¿Ha dicho algo?

-Ni media palabra. Cerró de nuevo los ojos, y pareció como que descansaba.

-Subamos.

Dirigiéronse ambos al piso superior, y como siempre, el tío Langosta llevaba suspendido de la mano el vetusto candil, cuya amortiguada luz iluminaba el recinto por donde andaban.

Penetraron en la estancia donde se hallaba Paca: el tío Langosta aproximó la luz junto al pálido rostro de la infeliz doncella.

Ésta, sin duda, al contacto del súbito calor producido por la llama del candil, entreabrió sus hermosos ojos, fijando su atónita mirada en el semblante de los dos hombres que la espiaban. Cerrólos nuevamente, y pareció quedar sumida en nuevo letargo.

-La condesa -exclamó Simón- no tiene más que pedir respecto a este asunto.

Dicho esto, hizo una seña al tío Langosta, y ambos salieron nuevamente de aquella habitación dirigiéndose a la tienda.

Una vez en ella, sentóse Simón encima de una pipa, y con tono de mando, díjole a su interlocutor:

-Cuelga ese candil, siéntate y escúchame.

Obedeció la orden el tío Langosta, y escuchó con la mayor atención.

-Conviene en gran manera a una persona a quien sirvo, y que es generosa, el que esa moza que arriba está permanezca oculta en esta casa durante tres o cuatro días. Haz, pues, de manera de ocultarla de un modo tal que nadie pueda apercibirse de ello.

-Todo eso que acabas de decirme está bien; pero yo no me entiendo de andrónimas; a ti este negocio debe valerte mucho, y las onzas que en él antes me endiñaste, son poca cosa para que yo me tome tantas molestias y arrostre denguna clase de compromisos.

-Lo menos que tú te figuras es que esto va a valerme un tesoro, sin duda.

-Tú has hablado arriba algo entre dientes, de una condesa, y esa clase de pájaras suelen pagar bien los asuntos que se hacen por su cuenta.

Comprendió Simón la imprudencia que había cometido, lanzando antes al azar la palabra condesa, que tan bien supo recoger el tío Langosta y que pudo ser oída de Paca; así es que procuró envolver al tío Langosta en el curso de su conversación.

-¡Ja, ja, ja! ¿Con que te has figurado que trataba de una condesa? No seas cernícalo, hombre; esa que tú has creído un título, no es otra cosa que el apodo que lleva cierta mujer de vida un poco airada, a la cual sirvo, y de la que espero sacar alguna utilidad, si bien dista mucho de ser rica.

El tío Langosta creyó o no creyó lo que Simón acababa de decirle; pero lo cierto es que pareció darse por convencido con esta explicación.

-¡Acabáramos de una vez! ¡Hombre, quién había de fegurarse... pero de todas maneras, yo quiero saber lo que ha de valerme este servicio.

-Otras dos onzas.

-Eso es poco dinero. Sean cuatro, y no hay más que hablar.

-Vaya, hombre, sea lo que tú quieras: este negocio se ha hecho para ti.

-No habrás dado tú mal picotazo al bolsillo de esa condesa que no lo es.

-No hablemos más del asunto: a ti te queda confiada la custodia de esa moza, y ya sabes lo que te he encargado: nadie, absolutamente nadie, ha de oler lo más mínimo.

-Pierde cuidiao , hombre, que eso corre de mi cuenta.

-Pues adiós, que aún me restan muchas cosas que hacer -dijo Simón, levantándose y disponiéndose a salir.

-Aspérate un momento, hombre. Nos habíamos olvidado de los alimentos.

-¿Qué alimentos? -repuso con sorpresa Simón.

-La comida de esa moza, hombre de Dios.

-¡Ah! Vamos, ya te entiendo. ¡Se te pagarán, hombre, se te pagarán!

-Pues no hay más que hablar: hasta la vista, mozo bueno.

-Queda a Dios, viejo camándulas.

Dicho esto, lanzóse Simón a la calle, y el tío Langosta atrancó de nuevo el portillo por la parte de adentro, murmurando entre dientes:

-Lo menos que creerá ese mozo es que me he tragao la bola que me ha soltao respecto a la condesia de esa señora. ¡Ea! vamos a dormir por ahora, que denpués ya veré yo si por el hilo descubro la hilaza.

Sacó de un rincón un felpudo; lo colocó en el suelo, junto al mostrador; arrodillóse sobre él; murmuró una plegaria con la mayor unción; se persignó devotamente; apagó la espirante luz del candil; tendióse sobre aquel fementido lecho, y al breve rato quedó dormido.

Capítulo XXXII. El lector hace conocimiento con un nuevo personaje

Dejamos a Roberto velando junto al lecho de Luis: a muy poco de haber salido de la botica Vicente, llamaba a la puerta de ella Enrique, joven médico muy aventajado y hermano de Roberto.

Enterado por el último de cuanto hacía relación con el enfermo, pasó el médico junto con su hermano a la trastienda donde tendido en el lecho, yacía dormitando fatigosamente el herido.

Examinó con escrupuloso cuidado el estado y gravedad de la herida; aprobó los medicamentos aplicados de primera intención por su hermano, y saliéndose con éste de la trastienda, se dirigieron ambos hermanos nuevamente a la sala de la botica a fin de hablar con más libertad sin temor de molestar con su conversación al paciente.

-A juzgar por tu semblante, Enrique, paréceme que no hallas grave la herida, opinando como yo sobre el particular.

-En efecto; no sólo no la creo grave, sino que por ahora no presenta ningún síntoma alarmante. La postración del enfermo obedece más que nada o la pérdida de sangre que ha experimentado; por lo tanto, creo que atendiéndole con esmero, no tardará muchos días en restablecerse. De todos modos, Roberto, hay que variarle de habitación; ahí en la trastienda está mal, y además del continuo ruido producido durante el día por las distintas personas que entran y salen de esta botica, y que indudablemente le molestaría mucho, hay la de no menos peso de que pudiera ser descubierto el asilo de ese joven, y según me has informado, eso podría acarrearlo grandes perjuicios.

-Así es la verdad.

-¿No me dijiste que te habías reservado un cuarto del piso superior que has desalojado?

-Así es; mandé tapiar la puerta que comunica con las habitaciones, con el objeto de utilizar esa pieza como a dormitorio para mí, dejando la de trastienda a Ricardo, mi mancebo. Tengo la ventaja de poderme valer de la escalera misma que mandé construir aquí dentro cuando utilizaba todo el piso; el inquilino que tome en arriendo las demás habitaciones, subirá y bajará por la escalera general de los demás vecinos, cuyo portal de entrada ya sabes que está en la parte trasera de esta botica.

-¡Corriente! Tendrás que confiarte a tu dependiente; ¿tienes confianza en él?

-Como en mí.

-Así debe ser; porque tú te hallas también comprometido para con la autoridad, y aun yo mismo, por no haber dado el correspondiente parte.

-No lo ignoro; pero respecto a Ricardo estoy seguro.

-Creo que sería oportuno trasladásemos ahora al herido aprovechando el estado de postración en que se halla. Supongo que tendrás arriba algún lecho.

-Desde luego; tengo el que destino a mi uso.

-Pues manos a la obra; subamos a nuestro enfermo transportándole en el mismo colchón.

-Un poco penosa será la ascensión, porque la escalera no es muy ancha que digamos: afortunadamente poco hay que subir.

Sin hablar una palabra más, los dos hermanos verificaron el traslado del enfermo, usando toda clase de precauciones en tanto duró la operación.

Entretanto Simón, al salir de la venta del tío Langosta, se dirigió por segunda vez aquella noche a Madrid.

-Pues señor, heme aquí convertido en general de operaciones, y maldito si sé por dónde debo comenzarlas. Lo primero que hay que hacer es indudablemente averiguar qué ha sido de don Luis, y donde se halla. Después... el diablo o mi santo patrón decidirán. ¿Dónde o cómo averiguo yo?.... Juzgo que lo más prudente es ir a ver al Ratón, ponerle en autos, y él, que es fecundo como nadie, seguramente me dará un camino para salir del atolladero; esto me costará algunos realejos, pero de todos modos no soy yo quien pago, y bueno es dar algo que comer a los buenos amigos. Nada, nada, vamos a la guarida del Ratón; quiera el diablo que le halle en su cabal juicio; a menos de tener algún negocio entre manos, ahora no puede estar en otra parte que en la taberna de la Manchega; vamos, pues, allá.

Pensando de esta manera, y decidido ya a confiarse al Ratón, su ilustre amigo, encaminóse Simón hacia los barrios bajos, y después de haber caminado largo trecho, penetró en un estrecho y oscuro callejón sin salida; acercóse sin vacilar a cierta puerta; hizo sonar de un modo particular el aldabón que buscó a tientos, y no se hizo esperar mucho la contestación.

-¿Quién va? -exclamó desde dentro una ronca voz.

-Abre, Pascual; soy un amigo.

-No son estas horas de abrir a nadie.

-¿Ni tampoco al Palomo?

-No -contestó la ronca voz; pero a muy poco oyóse rechinar la llave en la cerradura, y se entreabrió la puerta, franqueando el paso a Simón.

-¡Gracias al diablo! Creí que no querías reconocerme -dijo Simón penetrando en el interior de la taberna.

-¡Toma! -graznó más bien que respondió el introductor- de modo que cuando un hombre duerme, y se despierta de pronto, ¿es fácil que reconozca a los amigos?

-No hay nadie en la casa?

-Abajo están de tertulia, Lamparones, el Currito, Matasiete, el Ratón y dos o tres más.

-Pues mira empieza por guardarte ese durejo.

-¿Es bueno?

-Puedes guardarlo con confianza, que yo no los acuño.

-Asina me gusta. ¿En qué te pueo servir?

-Ante todo trae una luz a ese cuarto -dijo indicando una puerta que había a su izquierda.

Pascual encendió un macizo velón, y seguido de Simón penetró en un estrecho cuartucho de ennegrecidas paredes, cuyo mobiliario consistía en una mugrienta mesa de pino, un banco, también de madera, y tres o cuatro sillas cuyo asiento estaba formado de cuerdas de esparto enlazadas entre sí.

-Tráete dos vasos, dos botellas de lo bueno y algo que roer.

Desapareció Pascual, y a poco apareció trayendo consigo lo pedido; esto es, además del vino un plato con algunos trozos de atún en escabeche, y algunas aceitunas sevillanas en otro plato.

-Aquí está eso -dijo dejándolo todo sobre la mesa.

-Ahora, escucha; deseo hablar con el Ratón un rato a solas; por consiguiente, haz por manera de avisarle que estoy aquí, sin que los demás se aperciban de ello.

-¿Tienes algún asunto entre manos?

-En proyecto por ahora.

Pa que a mí se me escape nada!... -dijo el tabernero.

Y dando media vuelta desapareció.

Poco tuvo que esperar la impaciencia de Simón: transcurridos que fueron breves segundos, apareció de nuevo Pascual acompañado del sujeto esperado con tanta ansiedad.

-Déjanos, Pascual, y procura continuar tu interrumpido sueño.

Giró Pascual sobre sus talones, y desapareció al momento.

-Creía ya que te habías muerto, o cuando menos, que te hallabas viajando -dijo el personaje nuevamente introducido.

Este es un tipo que merece describirse.

De pequeña estatura, de escasas carnes, de escuálido rostro, en el cual había dejado profundas huellas la terrible enfermedad conocida vulgarmente con el nombre de viruela; pequeños y grises ojos, de mirada un tanto atravesada; roma nariz, boca grande, prominente barba, frente deprimida, y abultada cabeza, en la cual abundaban cerdosos y mal peinados cabellos; tenía el traje de este individuo cierta mezcla especial que hacía difícil definirle con propiedad; participaba lo mismo de lo seglar que de lo eclesiástico; era lo que pudiera llamarse, hablando con propiedad, un potpourrí , que lo componían diferentes prendas. Rayaba el sujeto en cuestión en los cuarenta años de edad; su voz tenía más parecido a la de una mujer que a la de un hombre.

-Sí, amigo mío; mis muchas ocupaciones me han impedido durante algún tiempo el gusto de echar contigo un párrafo, apurando, como lo hacíamos en tiempos no muy lejanos, una botella de Arganda en tu amable compañía.

Y acompañó la palabra a la acción, llenando hasta el borde los respectivos vasos.

-Comencemos, pues, nuestra plática, apurando por vía de comienzo el contenido de estos vasos. ¡A tu salud! -dijo apurando el suyo de un solo trago el elocuente Simón.

-¡Sea! -replicó imitándole su amigo- Comprendo que tu venida a esta casa y el empeño que has mostrado por verme a solas, no será sólo por el gusto de que brindemos largo rato, sin más consecuencia que la de halagar nuestro paladar. Ya sabes que soy enemigo de los rodeos, y que en todos mis asuntos me agrada irme directamente al grano, reservando la paja para aquellos menos escrupulosos.

-Efectivamente; debo confesarte que al venir directamente en tu busca, es porque necesito de tus consejos; sé los puntos que calza tu magín y el privilegiado olfato que te distingue; por eso, en el caso presente, no he dudado en hacer de ti mi consejero.

-Deja inútiles cumplimientos -dijo respirando con cierta vanidad el Ratón, y prosiguió en tono un tanto protector y chancero:

-Aquí me tienes dispuesto a oírte y aconsejarte.

Simón guardó silencio breves instantes en que indudablemente aguzara su entendimiento, a fin de que no sorprendiera su digno amigo lo que él tenía empeño en ocultar.

-Parécesme muy preocupado -dijo éste- y te aviso que si obedece tu silencio a rebuscar en tu mente el modo de instruirme a medias del negocio que traes entre manos, me conoces muy poco, pues ya sabes que yo por el hilo suelo sacar el ovillo; con que no seas zarramplín y explícate a tu manera, y yo deduciré de ello lo que me parezca oportuno.

-Voy, pues, a confiarme a ti, en la seguridad de que habrás de guardarme el secreto.

-Los caballeros como yo -dijo irguiendo su descomunal cabeza el Ratón- tienen por principio fijo el de no revelar jamás secreto que se les confía; abrevia, pues, y al asunto.

-He aquí de lo que se trata: sobre poco más o menos, a las nueve de esta misma noche y en el campillo de Manuela, ha sido herido un joven que se llama don Luis, y me conviene en gran manera averiguar qué ha sido de él, quién lo ha recogido y en dónde se halla; todo esto antes de ocho horas.

El Ratón llenó de nuevo su vaso, apuró su contenido, se limpió los labios con el dorso de la mano, y dijo con imperturbable calma:

-¿Cuánto voy ganando si te proporciono los datos que demandas?

-Eso dependerá de la premura con que desempeñes tu comisión, y de la exactitud de tus informes.

-Precisemos: a ti te es conveniente saber cómo y dónde se halla ese don Luis y esto antes de las diez de esta mañana, ¿no es eso?

-Justamente.

-Es ahora la una de la madrugada, sobre poco más o menos; por consiguiente restan escasamente nueve horas para adquirir los informes necesarios; ahora bien: si yo me encargo de todo, en vez de aconsejarte, y te satisfago a la hora convenida, me entregarás cierta cantidad; si te lo participo ganando alguna o algunas horas, la cantidad ascenderá, y si por el contrario, retardo los informes tocados que sean las diez, la cantidad que fijemos disminuirá; ¿qué te parece?

-Aceptado; ponte inmediatamente en campana -dijo Simón incorporándose y como dando por terminada la sesión.

-Poco a poco, amigo; aún nos resta algo: primero, saber dónde debo llevarte las noticias pedidas; segundo y último, convenir en la cantidad que en ese caso u otro de los convenidos, debo percibir por mi trabajo.

-Sea lo que quieras. ¿Tienes pendiente algún asunto con los golillas, que te impidan el venir a encontrarme aquí de ocho a diez?

-Tengo varios y complicados; pero eso no te importe, que aquí vendré.

-Segundo: ¿te parece bien una onza si vienes a las diez, dos si es antes, y media en el caso de retardo?

El Ratón, cuya perspicacia no tenía igual, había adivinado cuánto le importaba a Simón adquirir las noticias pedidas, y juzgó que él no se veía capaz por sí mismo de averiguarlas, y por lo tanto, se propuso sacar todo el partido posible de la situación.

-¡Ta, ta, ta! Estamos muy distantes, querido amigo; por lo tanto, no hablemos más sobre el particular; te agradezco haberme proporcionado ocasión de refrescar las fauces; doy al olvido cuanto me has dicho, vuélvome abajo, y tú busca a otro de menos categoría que el Ratón, y ese quizá te servirá por el mezquino precio que propones.

Simón quedóse sorprendido de la salida del Ratón, y al ver que se disponía a dejarle, le sujetó por un brazo, entre huraño y cortés, diciéndole:

-Los hombres hablando se entienden.

-Sí, ya sé; pero tú eres muy poco espléndido para tus compañeros, y debías saber por experiencia que yo gusto de que se me pague sin regatear; así, pues, ni un solo real he de rebajarte de lo siguiente: diez onzas si es a las diez; doce si a las nueve; por fin, aumentando dos onzas por hora a cuantas me anticipe a la señalada; y pasada que esta sea, con sólo cinco me pagas.

Simón quiso hacer alguna objeción; pero el Ratón no le dejó formular ni una sola frase.

-¿Sí, o no? No admito discusiones sobre el particular.

-¡Sea! -dijo Simón lanzando un suspiro.

-Debo advertirte que cuando vuelvas aquí a esperarme, debes traer contigo el trigo, porque ya sabes que yo acostumbro a hacer aquello de toma y daca.

-Convenido.

-Pues tócala, y adiós.

Chocaron sus manos aquel par de angelitos. El Ratón salió de la habitación; hízose tranquear la puerta de la calle por Pascual, a quien tuvo necesidad de despertar, y una vez al aire libre, aquel diminuto y deforme hombrecillo echó a volar a sus anchas, en pos de las noticias que le convenía adquirir.

Simón satisfizo el importe del gasto hecho, y a su vez salió a la calle y encaminóse a su vivienda dispuesto a tomar descanso por espacio de algunas horas, en la completa seguridad de que el Ratón le traería los datos que le eran necesarios.

Capítulo XXXIII. El Ratón cumple su promesa.-Secuestro de don Luis

A las siete de la mañana penetraba Simón nuevamente en la taberna del Sotanillo, y sin detenerse en la sala del aparador, entróse resueltamente en la sala que ya conocen nuestros lectores. Al entrar en ella, no pudo reprimir un gesto de disgusto al ver sentado junto a la mesa a un viejecillo que apuraba con deleite, sorbo tras sorbo, una copa de aguardiente. Al emprender un movimiento de retirada, el viejecillo bebedor lanzó una homérica carcajada; Simón volvióse con presteza y miró con enojo a su burlón vecino: éste entonces le dijo:

-¿Acaso no conoces ya a tus amigos?

-¡Calle! ¡eres tú!

-Yo mismo soy: acaban de dar las siete; ve contando ese dinero, que yo te pondré al corriente ce por be de cuanto tú anhelas saber.

-¿Se pagará bien?

-Juzga por lo que te ha valido tu primer servicio. Te ofrezco hacer por ti cuanto me sea posible; no te quejarás.

-Confío en ti. Déjame ahora meditar breves momentos.

Simón esperó con ansiedad a que el Ratón acabara sus meditaciones.

Poco duraron estas, pues por lo visto era el Ratón sujeto que concebía sus planes de campaña con maravillosa rapidez.

-¡Esto es! -dijo frotándose las manos lleno de júbilo.

-¿Qué has pensado?

-Ante todo, habrá necesidad de auxiliares subalternos.

-Creo que no nos faltará gente que elegir; eso queda a tu elección.

-Convenido. Ahora atiéndeme -continuó bajando la voz de manera que sólo de su interlocutor fuese oído en caso de que alguien les espiara desde cualquier sitio oculto.- Precisamente el piso superior de la botica se halla desalquilado; la habitación que se le ha destinado al herido, está en el mismo piso y comunica por medio de una puerta, hoy condenada, con los aposentos en cuestión.

-¿Y cómo sabes tú eso?

-¡Oh!- dijo el Ratón- ¿crees que yo hago las cosas a medias? En cuanto averigüé el asilo en que se encontraba nuestro hombre, quise cerciorarme de si se me había engañado; formé mi plan de campaña, y como entre las muchas cosas que ha aprendido en el curso de mi brillante carrera, entra el saber que los enemigos mayores de una familia, suelen serlo, con muy raras excepciones, aquellos individuos asalariados por las mismas, he formado mi plan de ataque; he adquirido algunas noticias referentes al mozo o mancebo de la botica, y me he enterado que el tal dista mucho de ser un Salomón, que es muy aficionado a manejar el cubilete, y que no se desdeña de apurar una botella de Arganda en compañía de un buen amigo. Precisamente estos informes me los ha suministrado un estudiante de farmacia, que es un truhán de primer orden, de quien es muy amigo el citado mancebo. A las cuatro de la mañana sabía ya todo lo que te refiero; a las cinco me he apostado cerca de la botica para espiar la llegada de mi hombre, el cual se me había dicho solía ir a aquella hora a su obligación. Le vi llegar y le paré. Díjele que su amigo y mío, el estudiante en cuestión, me había dado para él cierto encargo, por consiguiente le supliqué buscase medio de salir de la botica a eso de las seis, y que viniese a buscarme a aquella hora en la botillería de la esquina, donde tomaríamos un piscolabis y le diría la misión de que estaba encargado. Quedó conforme el hombre en todo, y entróse en la botica.

Mi objeto, al decirle que fuese primero a ella, era, como puedes comprender el de que tuviera ocasión de observar algo de lo que me convenía sonsacarle, puesto que me constaba no había pasado la noche en la tienda, y por consiguiente nada podía saber de lo que en ella había ocurrido durante su ausencia.

-Vamos, hay que confesar que sabes más que Brijan; eres un grande hombre.

-Con un cuerpo muy chico -observó sonriendo el Ratón.

-Continúa.

-Abreviaré. Compareció el mancebo a la hora y punto de la cita. Inventé un cuento referente a nuestro común amigo el estudiante; le hice beber; le convidé a cenar, fijándole la noche de mañana; aceptó muy complacido, pues dijo que como le toca hacer guardia, una noche sí, otra no, tenía por suya la de mañana; le ponderé la fiesta que nos aguardaba en compañía de varios amigos y amigas , y el pobre mozo, entusiasmado, casi me besó. En fin, poco a poco y con maña, le hice soltar la lengua, y por él supe dónde y cómo está instalado don Luis, agregándome que yo le inspiraba gran confianza, pues por nada ni por nadie haría traición al secreto que le había confiado su amo, el licenciado, a los ojos del cual pasa por un muchacho discreto. Ahí tienes en globo y a la ligera, y ahorrando detalles, el cómo y por qué he sabido lo que te ha admirado antes.

-Veamos tu plan de campaña para efectuar el secuestro de don Luis.

-Primero, conviene que hoy mismo hayas alquilado las habitaciones que comunican con la que ocupa el herido; y eso antes de dos horas.

-Corriente.

-Yo, por mi parte, dispondré lo demás, y a las cuatro reunámonos aquí, donde nos daremos cuenta de lo hecho y de lo que hay qué hacer.

Sin aguardar contestación, el Ratón se levantó, y después de apurar el último líquido que quedaba en la botella, a la cual, durante la conversación, había hecho frecuentes y prolongadas caricias, salió apoyándose en la muletilla de mano que llevaba, primero, del que pudiéramos llamar aposento reservado, y después, de la taberna.

Simón salió también a la calle, muy poco rato después de haberlo verificado su amigo y consultor.

A la hora convenida, viéronse de nuevo aquellos bribones: Simón tenía ya en su poder las llaves de las habitaciones, cuyo alquiler había satisfecho.

-Bien -dijo el Ratón- esta noche queda de guardia en la botica el mancebo; a las doce saldrá de ella el licenciado: entonces penetraré yo, y en tanto que entretengo al mancebo, tú, el Manco, el Mellizo, Jorge, el Largo y Sarapia, espiando la ocasión, abrís, con ayuda de los instrumentos indispensables, la puerta de comunicación; sacáis del lecho al herido; le envolvéis con cualquier cosa; le bajáis por la escalera principal de la casa, y os lo lleváis.

-¿Y cómo?

-¡Válgame Dios, y qué romo eres! Pongo por caso: la operación no podrá verificarse antes de la una; a eso de las doce y media, poco más, Sarapia y el Manco llegan a la esquina de la calle con una silla de manos; llegado que sea el momento oportuno, y mediante una seña que se hace desde el balcón, se aproximan los de la silla; se les abre la puerta de la escalera; penetran en el zaguán; bajáis al herido; lo metéis en ella; os salís, y en paz de Dios.

-¡Magnifico plan!

-Al oscurecer tendrás aquí los cuatro amigos que te he nombrado; se les dan las órdenes oportunas y al avío. Convendría que aprovecharas el resto de la tarde, haciendo conducir a tu nueva morada algunos efectos que justificarán las entradas y salidas que hoy has de hacer en ella con distintos sujetos.

-Ya había yo pensado en ello.

-Por mi porte, aquí me quedo para transformarme en mi habitual figura tan pronto anochezca; pues como comprendes, no he de presentarme a mi nuevo amigo, el mancebo, de distinto modo que lo he hecho esta mañana.

-Yo pensaba que habías adoptado este disfraz por precaución.

-Debía haberlo hecho, porque no me es muy conveniente mostrarme tal cual soy en plena luz del día; pero me he expuesto porque no era cosa de presentarme hecho un vejete para conquistar a un hombre joven, hablándolo de fiestas y bromas. Luego, comprendiendo que tendría que salir nuevamente, vine aquí, que es donde tengo mi guarda-ropa, y me aderecé como ves en un santiamén.

-¿No hay más que hablar?

-Sí, hombre, sí, perdona; hay algo más que hablar.

-¿Y qué?

-¡Hombre, la cuestión de ochavos!

-Mañana por la noche tendrás tu dinero -dijo Simón disponiéndose a salir.

-No olvides que confío en tu largueza.

Salió Simón de la taberna, y en ella se quedó el Ratón esperando la ocasión de variar de traje.

Si consiguieron o no su objeto aquellos truhanes, de sobra lo sabe ya el lector, si se ha hecho cargo del capítulo en que se refiere la escena ocurrida entre la condesa y Simón en la quinta del Pardo. Sólo nos resta decir que el célebre Ratón no quedó muy satisfecho de la prodigalidad de su amigo Simón, y que éste creyó de buena fe tenía ya asegurado su porvenir, pues aquel desalmado no tenía en cuenta para nada los decretos de la Providencia.

Capítulo XXXIV. Qué había sido de don Luis de Guevara

Extraordinario efecto produjo en la corte la desaparición de don Luis de Guevara.

Lo mismo el monarca que los ministros sabían dónde se ocultaba el caballero; pero todos ellos hacían, como vulgarmente se dice, la vista gorda; porque la causa de su duelo con el marqués Adelfi se había sabido, y esto atenuó en gran manera la prevención que contra el joven había.

Así fue que como no se le hizo objeto de persecución alguna, produjo mayor extrañeza aquella desaparición completamente incomprensible.

Sin embargo, como que tiempo antes, al principio de nuestra obra, habíase alejado de Madrid misteriosamente también, calmóse algún tanto la curiosidad general.

Pero como que nuestros lectores no están en el mismo caso en que se hallaban los jóvenes cortesanos del buen rey Carlos III, nos creemos obligados a decirles el paradero del héroe de nuestra obra.

En lo más pintoresco del Real Sitio, al pie de una de aquellas gigantescas montañas, no lejana de uno de los arroyos más cristalinos, se alza una preciosa quinta, que más bien parece la creación de un genio, que la obra del hombre.

Indudablemente la casa aquella había pertenecido en su origen a alguno de aquellos primorosos artistas árabes, que tantos recuerdos de su genio fueron dejando esparcidos por España.

Un primoroso arco de herradura daba entrada a un ancho zaguán pavimentado con anchas losas de mármol.

Una escalera, obra indudablemente más moderna que el resto del edificio, conduce al piso principal.

Magníficos salones adornados con un lujo casi regio, constituyen la parte principal de la deliciosa morada.

Las ventanas que dan luz a aquellos, son unos calados ejimeces que dejan penetrar una débil y suave claridad en los aposentos.

Esto es la fachada principal del edificio.

En cuanto a la espalda de él, la arquitectura ha variado por completo.

Anchas y rasgadas ventanas en las habitaciones bajas, y extensos balcones en el piso principal, dan luz a estancias que indudablemente deben ser las que más se habitan en la casa.

Las ventanas bajas de que vamos hablando, se hallan festoneadas de jazmines y rosas de Alejandría, y hasta los balcones se elevan los delgados y flexibles brazos de las parras que nacen al pie de la casa.

Sobre la puerta principal se ve un escudo de armas, y en los cuatro ángulos del edificio también se ven colocados los mismos blasones.

¿A quién pertenece, pues, aquella casa?

Si lo preguntáis a cualquiera de los aldeanos del Real Sitio, os contestarán llevándose respetuosamente la mano al sombrero:

-¡Oh! El palacio, lo mismo que todo el terreno comprendido desde aquel estribo de la sierra hasta este otro, todo pertenece a la señora condesa de Plasencia.

Ésta, como sabemos, había cambiado, al casarse, su título por el de condesa de Santillán.

Penetremos por la puerta de la casa; no pasemos del piso bajo, e indudablemente nos encontraremos con alguno de los personajes que vamos buscando.

Era una mañana del mes de Noviembre.

La aurora fatigada de su largo viaje, al regresar de los otros hemisferios, a los que había prodigado sus luces, se presentaba indolente y perezosa, y comenzaba a extender las doradas hebras de su nívea cabellera sobre los bosques que constituyen el Real Sitio.

Una de las ventanas que daban al jardín, y que pertenecían a la casa de la condesa, se abrió sin ruido, y una linda cabeza de mujer se asomó a ella.

Breves fueron los instantes que permaneció allí. Sin duda obedeció a un llamamiento interior, porque se le oyó decir:

-Voy en seguida.

Comprendemos que la curiosidad de nuestros lectores se habrá despertado con lo que llevamos dicho, y no queremos dilatarla más.

Penetremos resueltamente en la casa; atravesemos algunas habitaciones, y nos encontraremos en un gabinete abovedado, adornado con suma elegancia, en el fondo de cuya alcoba hay un lecho sobre el que está durmiendo un joven.

Cerca de su lecho, encerrada dentro de una bomba de cristal, hay una luz que indudablemente ha velado toda la noche el agitado sueño del mancebo.

Una mujer joven, la misma que hemos visto en la ventana, ha penetrado en el aposento, y después de haberse cubierto el rostro con una mascarilla de seda, se ha dirigido a aquella; la ha abierto, y ha estado algunos momentos contemplando la perspectiva sublime que la naturaleza le ofrecía.

Pero el joven que dormía en el lecho, despertado sin duda por el débil ruido hecho por la dama, abrió los ojos, y dijo:

-¿Quién está ahí?

-Voy en seguida, mi querido enfermo; soy yo.

Y la joven dejó caer un espeso transparente que cubrió todo el vano de la ventana; apagó la luz, y abriendo las puertas de la alcoba, penetró en ella.

-¿Cómo os sentís hoy, don Luis? -preguntó la dama al caballero.

-¡Ah! ¿sois vos, señora? -le dijo el joven, a quien ya habrán reconocido nuestros lectores.

-Sí; yo misma, caballerito, yo misma que vengo a ver si el médico se ha equivocado en sus predicciones.

-He pasado la noche muy bien; pero os aseguro que mi medicina mejor ha sido veros al despertar.

-¡Hola! ¡Galante estáis por la mañana temprano! -dijo la dama con un gesto de graciosa coquetería.

-No os digo más que la verdad; podéis estar segura de que si así no lo sintiera, me guardara muy bien de deciros nada.

La dama se ruborizó ligeramente.

Contempló al joven durante algunos momentos con una expresión tal, que cualquiera inteligente en el corazón humano, hubiese comprendido desde luego que en aquella mujer había respecto a aquel hombre algo más que la amistad y la compasión.

-Con que hoy me puedo ya levantar, ¿no es cierto, mi bella enfermera?

-Sí tal; así lo dijo el facultativo.

-Y hoy también me revelaréis esos misterios que tanto interés he tenido yo en averiguar, y tanto vos en ocultarlo.

-¿Y qué prisa os corre? -preguntó la dama haciendo esfuerzo en ocultar el embarazo que le causaba la pregunta del joven.

-¿Y aún me preguntáis qué prisa tengo en saberlo? Si comprendierais que durante mi delirio he visto tantas cosas extrañas, de las cuales necesito explicación... Yo he sentido en mí, una noche, una sensación extraña en todo mi ser, una nube de sangre cubrió mis ojos y perdí el conocimiento;

después estaba en una estancia desconocida para mí; mi buen Vicente estaba a la cabecera de mi lecho; luego unos hombres me arrebataron de él; cambié de domicilio; mil fantasmas sangrientos cruzaban sin cesar ante mi vista; más tarde debía ir sin duda en alguna silla de manos porque los dolores que me causaba la herida eran más agudos; sufría mucho, hasta que el exceso de mi padecimiento me hizo volver a perder el sentido: cuando volví en mí, me encontré en esta estancia, y os vi a mi lado, señora: vos habéis sido el ángel que habéis estado constantemente junto a mi lecho, e infatigable siempre y siempre cariñosa, me habéis cuidado con el afecto de una madre, con el cariño de una hermana y con la ternura de...

-¿De quién? -preguntó la dama que había seguido con visible ansiedad el relato del joven.

-De una amante iba a decir; pero perdonadme lo atrevido de esta frase. Ya comprenderéis, señora, que habiendo habido en mí tantos cambios, tantos beneficios inmerecidos y tantas transiciones inexplicables, deseo saber dónde estoy, qué ha pasado en mí y quién sois vos, cuyos cuidados, cuyos desvelos y cuya abnegación han hecho brotar en mi pecho un...

-¿Queréis callar, desgraciado?

Y la joven, haciendo un gesto de adorable confusión, puso su mano mórbida y suave sobre la boca del enfermo.

Éste besó con frenesí aquella mano, y el fuego que tenía en sus labios se comunicó sin duda a la dama, porque su rostro se enrojeció extraordinariamente.

-¿Qué hacéis, caballero? -le dijo.

-¡Perdonadme! Pero estando junto a vos, no sé lo que siento en mí.

-Vamos, vamos, no os alteréis, que vuestra salud no está muy fuerte todavía.

-¡Oh! en cuanto a eso, vos me la dais y me la quitáis; concededme el favor que os pido, y yo también, por mi parte, trataré de acceder a vuestros deseos.

-¿Pero qué necesidad tenéis de esas confidencias ahora?

-Contestando así, me demostráis que no conocéis el corazón humano.

-¿Tanto interés tenéis en saberlo? -preguntó la joven fijando en el mancebo una mirada profunda.

-Os lo repito: si es triste el misterio del tiempo que yo he permanecido así, tengo valor para escucharlo sin temblar; de cualquier modo que sea, necesito saberlo.

-Pues bien, escuchadme, y guardad en lo más profundo de vuestro corazón las palabras que voy a deciros.

La voz de la dama, se había puesto grave y severa.

Los ojos, a través del antifaz, irradiaban una luz deslumbradora, y aquellos ojos se fijaban en el mancebo de una manera que hacían vacilar las pupilas de éste.

Se sentó a la cabecera de su lecho, y le dijo después de algunos momentos de silencio:

-Antes que os hable una palabra respecto a ese misterio desconocido de vos, respecto a esas transiciones que ha habido en vuestra existencia, necesito que, puesta la mano sobre vuestro corazón, me contestéis categóricamente a lo que voy a deciros. ¿Qué es lo que sentís vos respecto a mí?

Luis se quedó mirando fijamente a la joven.

Era tan extraña la pregunta de ésta, encerraba tanto en sí, que el joven no se atrevía a contestar.

-¿No me respondéis? -volvió a preguntar después del momento aquel.

-Me preguntáis lo que siento hacia vos, y os aseguro que ni yo mismo lo podré definir; hay una mezcla tal de sentimientos, que no comprendo si es agradecimiento, amistad, u otra pasión que sería hasta una locura el pensarla.

-¿Por qué?

-Porque ni vos realizaríais nunca los ensueños que yo he tenido, ni yo tampoco podría aspirar a ello.

-¿Y por qué no?

-Señora...

-Pues bien; yo os amo.

-¡Vos!

-Sí, yo; ¿os parece extraño que una mujer le diga a un hombre que le quiere? Os he dicho que os amo, y os lo repito, y tened presente, que lo mismo que os confieso este amor aquí, lo publicaría a la faz del mundo, sin tener por ello que ruborizarme. De amaros a ser vuestra manceba hay una gran diferencia; lo primero será siempre, lo segundo no será nunca; y de esta manera creo que mi amor puedo confesarlo con entera franqueza.

Luis no supo qué contestar.

Aquella pasión tan enérgicamente expresada, le halagaba y le asustaba a la par.

Por otra parte él no podía amar a ninguna mujer.

Había jurado constancia eterna a María, y por ningún estilo debía defraudar las esperanzas que había hecho concebir a la pobre niña.

Pero Luis, a pesar de tratar él mismo de convencerse que amaba a la hija del conde de Lazán, se llevaba un solemne chasco.

Luis estaba en esa edad de transición en que el corazón, no formado todavía, se engaña muchísimas veces en los objetos de sus afecciones.

María fue para Luis la primera flor que encontró en su camino; pero flor que necesitaba estarla viendo continuamente para que no se le borrara de la memoria su perfume.

Mientras veía a la pobre niña, mientras escuchaba su tierna y candorosa voz, mientras leía en los puros destellos de su mirada la virginidad de su alma, se creía que la amaba.

Pero había transcurrido mucho tiempo sin verla, y en cambio había visto siempre junto a la cabecera de su lecho una mujer joven, que debía ser muy hermosa, como un en sueño de placer, y una mujer que posaba en él sus ojos de una manera embriagadora e incitante.

Así fue que insensiblemente la imagen de la dama iba ocupando el lugar que tenía María, y si bien había algunos momentos en que la pobre niña trataba de luchar con la altiva señora, era casi siempre vencida.

Sin embargo, Luis tenía una dosis muy regular de buen sentido, y comprendía que no debía abandonar a la pobre joven que había confiado en su cariño. Con este propósito, que él creyó muy firme, se decidió a contestar a la dama.

-Os he dicho que os amaba -le dijo ésta al cabo de un momento- y aún no me habéis dado vuestra contestación.

-Hay manifestaciones, señora, cuya magnitud es tan inmensa, que anonada nuestro corazón, máxime cuando uno se juzga harto pequeño para obtener una felicidad tan sublime; vos me amáis, y mi corazón se ha estremecido de gozo al escuchar semejantes palabras; pero yo, señora, obedeciendo siempre a los sentimientos de honradez y franqueza que profeso, ni puedo ni debo engañaros: Yo no os amo.

El acento de Luis había temblado ligeramente al pronunciar estas últimas palabras.

La dama le miró profundamente; adivinó lo que pasaba en su corazón, y envolviendo, por decirlo así, al mancebo con el fluido magnético que despedía su mirada, le dijo:

-Escuchadme, Luis, y no equivoquéis las sensaciones de vuestra alma; yo soy la duquesa del Bosque; desde que he nacido me he visto constantemente halagada por cuantas personas me han rodeado; la fortuna ha murmurado en mi oído que era rica; el tiempo me ha dicho que soy joven, y los hombres me han obligado a creer que era hermosa; pero ni la fortuna me ha envanecido, ni mi edad me ha hecho cometer ligereza alguna, ni mi belleza me ha deslumbrado; ni he amado nunca, y el desdén con que he escuchado constantemente las enamoradas frases de los caballeros de la corte, me han granjeado el nombre de «alma de hielo». Y yo era muy feliz entonces. Pero os vi, y mi alma que siempre me había gritado: «desdeña», me dijo entonces: «ama»; y yo os amé con toda la fuerza de mi juventud, con toda la vehemencia de un corazón virgen de amores. Vos, Luis, habéis amado a otra mujer.

-¿Yo, señora? -interrumpió el joven sorprendido.

-Sí: os amo hace mucho tiempo, y no queda particularidad de vuestra vida que no conozca; por eso os he dicho que amabais, pero que hoy lo que sentís hacia mí comienza a ahogar aquella pasión: entre la mujer que habéis amado y yo, existe una diferencia notable; no hablo de la de clase, hablo de la de corazones. Jamás os podría querer María con la vehemencia con que yo os amo; sí, Luis, os adoro como es imposible que nadie en el mundo ame; he concentrado durante largos años en mi corazón tesoros de cariño infinito que hoy son exclusivamente para vos; pedidme cuanta ternura deseéis, cuanta abnegación, cuanto amor quepa en el deseo humano, pedídmelo, porque hay en mi alma veneros riquísimos, en los cuales se puede anegar por completo la vuestra; respondedme, Luis, ya sabéis como yo os amo; ¿creéis vos que podréis amarme de la misma manera?

Capítulo XXXV. Un beso y una decepción

Doña Isabel, que había avanzado demasiado ya en el camino a que su ceguedad y amor la habían conducido, no se hallaba dispuesta a retroceder y sí, por el contrario, a arrostrar el todo por el todo hasta conseguir el objeto que se había propuesto.

-Comprended -exclamó con trémulo acento, después de algunos momentos de silencio, que se siguieron a las vehementes frases de amor con que terminamos el capítulo anterior- ¡cuán grande debe ser el cariño que os profeso, cuando por vos he hecho lo que he hecho, olvidándolo todo, deberes, intereses y hasta mi propio decoro!

Luis comenzaba a sentirse fascinado; sin embargo, el recuerdo de otra mujer se mantenía fijo en su memoria y en su corazón, y esto le hacía no darse por vencido.

-Yo agradezco, señora, con toda la efusión de que es susceptible mi alma el interés que me manifestáis; pero ese noble y grande sentimiento que hacia mí sentís, y del cual no me considero bastante digno, me obliga a hablaros con sinceridad; por eso os repito que mi corazón no es enteramente mío, y no me es posible disponer de él a mi antojo.

Doña Isabel escuchaba temblando las frases que salían de los labios de Luis; empero, no escapó a su gran penetración lo conmovido del acento con que fueron dichas, y esto la hizo recobrar la esperanza de salir victoriosa en la lucha que había emprendido; por lo tanto, continuó, si cabe, con más empeño e insistencia su apasionada conversación.

-Gran dicha posee esa mujer; pero ¿sabrá apreciarla como se merece? ¿No será una de tantas jóvenes frívolas en quienes la pasión dura tanto cual durar puede un ligero capricho? ¿Sabrá amaros con la vehemencia, con el delirio que yo os amo? ¿Sería capaz en un momento dado de mirar con desdén hasta su propia vida, como yo lo haría si la ocasión se presentase?

Isabel estaba sublimemente hermosa; brillantes los negros ojos, encendido el cutis, trémulo el acento y enrojecidos los labios, hubiera hecho languidecer al más austero cenobita.

Luis sintió palpitar su corazón de un modo desusado, y que una nube cubría sus ojos.

Por su parte, doña Isabel comprendía el terreno que iba ganando, y dispuesta a no desperdiciar la más mínima ventaja, continuó aproximándose más a Luis:

-¿Comprendéis la inmensa felicidad que debe embriagar la vida de dos seres que sepan amarse con un amor grande e infinito? ¿No debe asemejarse para ellos el mundo al paraíso? ¿Qué puede importarles todo lo demás que no tenga relación con la dicha que disfrutan? ¿No ha soñado nunca vuestra fantasía gozar de tan inefable placer?

Las últimas palabras las pronunció la enamorada dama tan cerca del rostro de Luis, que éste aspiró con suprema delicia el embalsamado aliento que se exhalaba del apasionado pecho de aquella; y dejándose llevar de sus impulsos, exclamó:

-Sí, sí, en efecto; he soñado más de una vez en eso que decís; y como vos, señora, creo que debe ser la suprema felicidad; pero he dudado siempre en creerla posible, y por más que haya juzgado a mi corazón capaz de amar hasta la sublimidad, me he dicho a mí mismo muchas veces: ¿dónde hallar el corazón de una mujer que sienta del mismo modo?

-Cerca de vos, a vuestro mismo lado está.

-¿Tanto me amáis, pues?

-¿Os puede quedar de ello la más ligera sombra de duda?

-¿No confundís el amor sublime de que me habéis hablado, con el fuerte empeño de un capricho?

-La que como yo a tanto se arriesga por un hombre, ¿merece acaso que se dude de su amor? ¿Creéis, pues, que no he luchado conmigo misma con obstinación durante mucho tiempo antes de hacerme esclava de la infinita pasión que me domina? Sí, Luis, Luis mío -continuó Isabel completamente exacerbada por el delirio de su pasión, y tomando una mano de Luis.- Tu amor es para mí lo que la luz al ciego; mi corazón había permanecido completamente insensible y frío hasta que te conocí; desde entonces late más aceleradamente y con más vehemencia, y sus latidos cesarán por completo el día que se convenciera de que el tuyo no le correspondía.

El suave contacto de la blanca y aristocrática mano que apretaba convulsivamente la suya; la voluptuosa mirada de aquellos hermosos ojos negros que brillaban como el carbunclo a través del aterciopelado antifaz, y por último aquellos frescos y rojos labios que se abrían con frecuencia sólo para brindarle un amor infinito, dejando ver a través de ellos dos sartas de magníficas y blancas perlas, acabaron por trastornar el juicio de Luis, y dejándose arrastrar por la situación, besó con entusiasmo la finísima mano que la dama le había completamente abandonado.

Al contacto de los labios de Luis, sintió Isabel circular con tal ardor su sangre, cual si ardiente lava hubiese penetrado dentro de su cuerpo.

-Sí, sí; tú sabes amar; tu corazón es digno del mío y tu rostro no puede menos de ser tan bello como tu alma.

Luis, por medio de un movimiento rápido, arrebató el antifaz que cubría el bello rostro de Isabel.

El semblante de la condesa, en aquel momento, apareció hermoso como nunca.

Luis quedóse admirado al reconocerla, y experimentó una agradabilísima impresión.

-¡Ah! -exclamó Isabel bajando los ojos.

-¿Vos, sois vos, señora?

-Sí; ¿os pesa de ello, Luis?

-¡Pesarme, cuando os he indicado en más de una ocasión la admiración que me causaba vuestra belleza! ¡Pesarme, cuando he descubierto en vos un manantial infinito de amor sublime! ¡Oh, nunca, nunca! -exclamó Luis completamente embriagado por la belleza de aquella seductora mujer.

Isabel, radiante de alegría, le interrumpió preguntándole:

-¿Me será dable creeros? ¿No os inspiro desprecio o compasión?

-¡Desprecio! ¡compasión! Amor, sólo amor infinito me inspiras.

-¡Oh! recordad que antes me dijisteis que vuestro corazón no os pertenecía.

-Y dije la verdad.

El rostro de Isabel palideció horriblemente al oírle.

Luis continuó:

-La verdad, sí, porque la mujer que desde hace tiempo tiene conquistada por completo mi voluntad, dominado mi corazón, eres tú, tú sola.

Isabel estuvo a punto de desvanecerse; tal fue la inmensa dicha que conmovió su ser al escuchar tales palabras.

Luis rodeó con sus brazos el torneado talle de la conmovida dama que no opuso la menor resistencia para impedirlo.

Tres días han transcurrido desde que tuvo lugar la escena que acabamos de referir.

Isabel, completamente entregada a la dicha que inundaba su alma, había dado al olvido todo lo que no tenía relación con su amor.

Luis constituía para ella su mundo todo.

La verdad, y sólo la verdad, le había dicho al afirmarle que su corazón había permanecido insensible hasta el punto en que a él le había conocido. Su esposo no le había inspirado jamás el menor amor.

Como toda persona que hace alarde de insensibilidad inquebrantable, al sentir Isabel herido su corazón por la flecha del amor, comenzó a renacer a nueva vida, y amó con arrebato, con delirante pasión, con tal entusiasmo y tal ceguedad, que sin tener en cuenta las vallas que se oponían al logro de sus ilusiones, sin calcular el horrible abismo que a sus pies abría, sin que le arredrase la idea de menoscabar su honra, liviana pompa de espuma que se deshace al soplo de la maledicencia, se entregó por completo a sus propias inspiraciones, dejando a su corazón una libertad que la conveniencia y sus deberes no le permitían concederle.

Un día había pasado desde que vio por última vez a Luis, y como quiera que las horas que transcurrían sin verle trocábanse para Isabel en interminables siglos, determinó, a pesar de lo necesario que le era el descanso a Luis para acabar de restablecer su salud, no demorar por más tiempo el placer de verle de nuevo. Dirigióse, pues, anhelante al aposento donde aquel se hallaba, y júzguese cuán grande sería su sorpresa al contemplar vacío el lecho. Latíale con violencia el corazón hasta el extremo de tener que apoyar sobre él la mano como para sujetarle dentro del pecho, de donde parecía querer saltar; miró con extraviados ojos a un lado y a otro de la sala, y convencida al fin de que el hombre a quien tanto amaba, por quien todo lo había sacrificado y olvidado, huía de ella haciéndola sufrir una amarga decepción, lanzó un grito desgarrador, y vacilante e insegura volvióse en dirección a la puerta, en cuyo umbral, cruzado de brazos y contemplándola con una mirada severa, vio la acusadora presencia de su ultrajado esposo.

Isabel, sin exhalar una queja, cayó desvanecida sobre el pavimento.

Capítulo XXXVI. Donde se ve que Paca empieza a hacerse dueña de la situación

Para justificar la desaparición de Luis, necesitamos retroceder algunos días al en que tuvo lugar aquel acontecimiento.

En uno de nuestros capítulos anteriores dijimos que Paca se había quedado en la venta del tío Langosta, bajo su custodia, con encargo especial de Simón de que para nada la dejase salir de ella ni comunicarse con nadie.

El ventero, tabernero o bandido, que de todo tenía el rufián, cumplió tan al pie de la letra su encargo, que la joven no vio en los tres días que se siguieron al en que la dejó Simón en aquel lugar, más ni menos que la figura desagradable del tío Langosta.

También recordarán nuestros lectores que entre el ventero y Simón se cruzaron algunas palabras a propósito de la misión que el primero tenía, alguna de las cuales, a pesar del aturdimiento consiguiente al estado anterior de Paca, llegó a sus oídos.

De momento no pudo hacerse cargo de ello.

Preocupada con la horrible escena que había servido, por decirlo así, de prólogo para su estado, no podía pensar, no podía sentir, no podía razonar, no podía hacer más sino dirigir a todas partes sus atónitas miradas, buscando en vano una solución para aquel estado.

Poco a poco fue recobrándose.

Desde luego comprendió que, por el momento al menos, no había intención de hacerle daño alguno.

Recordó también que la fisonomía de Simón, por más que se le había presentado bastante desfigurado, no le era desconocida.

Y diose a pensar dónde y cómo la había visto.

Y finalmente se le ocurrió que aquel hombre tenía un parecido extraordinario con un individuo que pocos días antes se había mudado a una habitación que había desalquilada en su casa.

Y una vez fija en esta idea, imaginóse que no le habría robado por cuenta propia, digámoslo así, puesto que era viejo, feo, no tenía trazas de ser rico, y la había tratado con alguna consideración, según había tenido tiempo de comprender en las breves frases que cambió con el ventero.

Además, el tío Langosta habíase presentado a ella en los primeros momentos que siguieron al en que volvió en sí, y haciéndola grandes reverencias, ofrecióle muy cortésmente que pidiese cuanto quisiera, que todo le sería concedido menos salir de allí.

De todo esto dedujo la maja, que había misterio encerrado en su rapto, y misterio que era preciso descubrir a todo trance.

Para este efecto decidió abordar francamente la cuestión, tan luego como Simón se presentara en la venta.

Pero éste tardó dos días en hacerlo.

Durante ellos fue Paca afirmándose más en su resolución.

La joven era audaz, no conocía el temor, y antes que ceder cobardemente estaba dispuesta a luchar.

Como que la enojaba aquella reclusión; como que tenía presente el dolor y la inquietud de su madre, a quien había dejado enferma; como que estaba inquieta por la suerte que habría podido alcanzar a Luis, a todo trance decidió hablar al tío Langosta, y cuando éste subió a la hora de costumbre a llevarle el cuotidiano refrigerio, le dijo, encarándose resueltamente con él:

-Vamos a ver, abuelo, ¿cree su merced que yo voy a estarme aquí toda la vida?

El ventero miróla sorprendido, y tratando de eludir la cuestión, haciendo una mueca a manera de sonrisa, repuso:

-Me paece, reina mía, que no se os trata mal en mi choza. Yo comprendo que para ese garbo y esa sal, esta casa es mu probe ; pero no sé por qué imagino que su merced va a tener más suerte que el mismísimo preste de las Indias.

-Vamos, tío... espantajo: o su merced me contesta tan claro como el agua y tan breve como el viento a lo que voy a decirle, o va a saber lo que es una maja del barrio de Lavapiés.

-No hay que encampanarse tanto, mi reina, que yo estoy dispuesto siempre a complacer a todo el mundo.

-En primer lugar, yo estoy acostumbrada a vivir como las aves en medio del espacio, y disfrutando de sol, de aire y de libertad; y como que aquí me ahogo, es necesario que abra la puerta y me deje marchar donde quiera.

-Pero, señora, ¿cree su merced que sea posible falte yo a mis deberes? Aquí donde me ve su merced, soy hombre de mucho aquel, y cuando alguien me da un encargo, por nada de este mundo falto a él.

-Pues si no salgo a la calle necesito por lo menos que me diga el carcelero cuánto tiempo voy a estar encerrada en este calabozo.

-Señora Paca, esa palabreja de carcelero no reza conmigo.

-¿Se ofende su merced? ¿Pues de qué otro modo puedo calificar a quien no me deja salir de aquí?

-Es que yo soy mandao.

-¿Por quién?

-Por mi compadre Simón que tiene grandes conocencias con altísimos señores y señoras de la corte.

-¿Y quién es Simón?

-Su merced se lo puede preguntar cuando venga por aquí.

-Puede no venir nunca.

El figonero se encogió de hombros de un modo tan significativo, que Paca dando un paso hacia él con ademán amenazador, le dijo:

-Quiero salir de aquí, maese bribón, y si no salgo por buenas, forzoso será que salga por malas.

Tan resuelta era la actitud de Paca, y tan enérgica la expresión de su rostro, que el tío Langosta acostumbrado a bravear en su juventud, y a gitanear en su vejez, y que tenía un alma completamente atravesada, no pudo menos de murmurar retrocediendo un paso:

-¡Caracoles con la hembra! ¡Y qué brava viene!

-¿Lo ha oído su merced, abuelo? -volvió a preguntar Paca.

-Abuelo seré cuando tenga nietos. No tengo más que un hijo que se le metió en la cabeza cantar misa.

-¿Con que es cura?

-Para servirle, prenda.

-Pues me parece que le va a salir a su merced otro que va a ser cardenal.

-No pico tan alto, buena moza -repuso el tío Langosta poniéndose en guardia, como vulgarmente se dice.

-¿Con que es decir que no puedo salir de aquí?

-Vuelvo a repetirle que soy un fiel esclavo de lo que se me ordena, y como se me ha dicho que haga lo contrario de lo que vuesa merced desea en ese particular, lo haré así aun cuando me mire tan irritada.

-¿Y esa es resolución formal?

-¡Y tan formal!

Y el tío Langosta, dejando su actitud humilde, irguió algún tanto el encorvado talle, mostrándose dispuesto a rechazar cualquier agresión por parte de la maja.

Ésta comprendió que nada adelantaría por medio de una lucha personal, y dijo:

-Está bien: pues prepárese su merced, porque voy a conseguir mi libertad empleando todos los medios imaginables: en primer lugar, que las paredes de esta casa no son tales que puedan ahogar los gritos de una hembra como yo, y tales los voy a dar, que a una hora u otra alguien los ha de oír y alguien vendrá en mi socorro, y entonces veremos a ver qué contesta su merced.

Esta amenaza no dejó de producir su efecto en el ventero.

A la verdad, las paredes ni las puertas podrían resistir mucho tiempo aquel ataque de nuevo género, y el ancho pecho y el timbre de voz de la maja estaban con harta elocuencia demostrando que tenía un pulmón fuerte y robusto, y que sus gritos era fácil que llegasen a oídos de los arrieros y tragineros que solían parar en la venta.

Sin embargo, intentó luchar, y dijo:

-Esta es una casa completamente aislada; por aquí se acerca difícilmente un cristiano, y por lo tanto se cansaría en balde su merced.

-A pesar de eso, esté cierto de que alguien le ha de oír, y en prueba de ello que voy a dar principio ahora mismo.

Y la joven, reuniendo todas sus fuerzas, lanzó un grito de «socorro», «favor», tan agudo y tan prolongado, que el ventero, temblando como un azogado, se acercó a la puerta de la estancia, exclamando:

-¡Ave María Purísima! Si con esa voz hace temblar toda la casa! Vamos, prenda -prosiguió acercándose a Paca, y con acento lleno de humildad- sosiéguese su merced, que yo le prometo...

-¿Dejarme libre?

-¡Oh! No se ganó Zamora en una hora. Yo me comprometo a dar aviso a mi compadre Simón, y suplico a su merced que espere hasta la noche al menos, y si no ha venido, yo obraré entonces por mi cuenta.

-Muy largo es eso.

-Más lo fuera mañana.

-Por esa razón quiero yo acortarlo.

Y de nuevo volvió la joven a lanzar otro grito, y de nuevo a atribularse el ventero, que exclamó corriendo hacia ella con ademán suplicante:

-¡Por las once mil vírgenes! señora Paca, ¿quiere su merced comprometer a un pobre padre de familia? Cuando yo os digo que hasta la noche no podrá venir Simón, es porque no puede ser de otro modo; os lo juro por la salvación de mi alma.

-Está bien, pues esperaré hasta la noche; pero os prevengo que si tratáis de jugarme una, os ha de pesar, que tengo las uñas bien afiladas y bien suelta la mano.

El tío Langosta comprendió que el caso era apurado.

Felizmente, en la venta, a la sazón, no había ninguna persona extraña, ni por el camino pasaba ningún arriero que pudiese oír las voces de Paca. El ventero, después de dar sus instrucciones al mozo que tenía y a los jayanes que habían traído la silla de manos desde Madrid, fuese precipitadamente en busca de Simón, a quien encontró satisfecho de lo bien que le saliera el rapto de Luis.

La condesa le había pagado largamente sus servicios, repitiéndole sus instrucciones para que condujese a Paca a Toledo, y el rufián se disponía a marchar a la venta para cumplir su encargo.

Al escuchar las quejas del atribulado ventero, sonrióse, y le dijo:

-Vamos, compadre, por poco te asustas.

-Quisiera yo verte en mi lugar.

-Y saldría adelante, tranquilo, y con bien.

-Si no me hubieses dicho que tratase a la hembra con miramientos, hubiérale yo puesto en la boca una mordaza, y no temiera que sus gritos me comprometiesen.

-Sin necesidad de mordaza, ya verás como se viene conmigo más humilde que un perro.

-Me paece que la moza tiene muchas agallas.

-Vivir para ver, compadre.

-¿Es decir que irás esta noche?

-Sí.

-¿Y descargarás mi concencia del peso que tiene con la guarda de esa moza?

-Escrupulosa va volviéndose tu conciencia, Langosta.

-Tan escasa está de peso, que no tiene nada de extraño.

-Vaya, ve a ver si con estas cuatro zacatecas adquiere tu conciencia el peso que le falta.

Y al decir estas palabras, sacó de su bolsillo cuatro monedas de oro que puso en manos del ventero, cuyos ojos brillaron codiciosamente.

-No te olvides que esa moza ha sido tratada en mi casa a cuerpo de rey.

-Lo comprendo, y como yo no falto jamás a mis palabras, te lo pagaré religiosamente.

-No lo decía yo por tanto, que de sobras sabes que jamás he sido interesado.

-¡Ya lo creo!

Y con estas palabras puso término Simón a aquel diálogo, separándose el tío Langosta para volver a su venta, y su companero para hacer los preparativos para el proyectado viaje.

Capítulo XXXVII. Cómo y por quién se libró Paca

Conforme y como había dicho Simón al ventero, presentóse a la hora convenida en la venta llevando una litera de camino, e inmediatamente subió al aposento en que se hallaba la joven.

Al verle ésta apresuróse a decirle:

-Bien habéis hecho en venir, que de no hacerlo, os juro que hubiese habido un escándalo, del cual no sé cómo habríamos salido.

-No hay que impacientarse, hermosa Paca, que todo se andará Dios mediante.

-Pero ¿y mi libertad, que es lo que yo quiero?

-Al momento, prenda; que precisamente cuando Langosta ha llegado a avisarme, ya tenía yo pensado venir esta noche.

-¿Es decir que me dejaréis libre?

-Yo mismo voy a tener la honra de conduciros a Madrid.

-Pudierais muy bien excusarme semejante honra.

-No tal, que siempre me he preciado de cumplidor con las damas.

-Guardar podéis todas esas alharacas para esas grandes damas con quien, según vuestro compadre, tenéis trato tan frecuente, y decidme en el castellano de mi barrio, a quién habéis servido trayéndome aquí, y qué objeto os llevasteis con ello.

-Una apuesta sencilla entre unas damas, apuesta sin otras consecuencias que las que habéis visto.

-¿Y puede saberse el nombre de esas damas?

-Líbreme el cielo de tan gran pecado; que tan alto pican, que hiciéranme pasar algún mal rato si revelara sus nombres.

-Está bien, maese; vamos a mi casa.

-No tan de prisa, reina mía, que he de hacer que prevengan la litera.

-Si ahora no hay para qué usar el tapadillo, ¿para qué la litera?

-¿Creéis acaso que estamos tan cerca de Madrid?

-¿Cómo?

-Hay más de dos leguas.

-¿Pues sabéis que la burla puede costaros cara, señor bribón?

-Protégenme señorías muy altas y no ha de seguirme perjuicio por semejantes burlas.

Paca dominó su cólera puesto que iba a recobrar su libertad, e instó a Simón para que cuanto antes saliesen de allí.

Poco después entraba en la litera, y al irónico saludo que Langosta le hizo, diciéndole:

-Vaya, prenda; me alegraré que guarde su merced un recuerdo de la venta del tío Langosta.

-Yo le juro a fe de Paca, que le tendré muy presente siempre -apresuróse a contestar.

Y la litera se puso en marcha, y Paca diose a pensar sobre la extraña aventura.

Toda la noche lleváronsela andando, y la maja comprendió que habían recorrido más camino de las dos leguas que debían separarles de Madrid.

Y trató de abrir la portezuela de la litera, y vio que estaba cerrada por su exterior.

Llamó entonces con la mano, dando sobre la caja del vehículo, presentándose inmediatamente Simón en la ventanilla.

-¿Pero es que no vemos a Madrid todavía? -preguntó Paca.

-Ya llegaremos; ¡si vamos muy despacio!

Y volvió a cerrar la ventanilla.

Había visto que era ya de día, y recordando a la hora que salieron de la venta, supuso que había tiempo muy de sobra, aun yendo despacio, para recorrer un triste trayecto de dos leguas.

Entonces le ocurrió que cuanto había dicho Simón podía ser un engaño.

Y por primera vez, realmente, desde que había salido de su casa tuvo miedo.

Indudablemente no iban a Madrid, y no yendo a este punto, ¿dónde la llevaban?

Este pensamiento mortificóle de tal manera, que estuvo tentada para llamar nuevamente.

Pero la contuvo la reflexión de que nada adelantarla con el inflexible carcelero que llevaba, exponiéndose tal vez a una nueva humillación.

Mas no por esto se resignó a dejarse conducir donde quisieran.

Por el contrario, formó la resolución de huir, aprovechando la primera oportunidad que se le presentase para ello.

Midió sus fuerzas, vio si tendría valor suficiente para hacerlo, y comprendió que sostenida por el amor por un lado, y por el afecto filial por otro, podría lograrlo.

La ocasión que ella buscaba no tardó mucho en presentarse.

La litera en que iba encerrada, era una pesada caja de madera cuyas ventanillas y portezuelas se cerraban por la parte de afuera, y en la que se podía respirar gracias a un agujero colocado en la parte posterior de ella.

Esta caja era llevada por dos mulas que a su vez eran gobernadas por dos de los secuaces de Simón.

El rufián caminaba a la derecha del vehículo, caballero en un poderoso corcel que Dios sabe a quién habría pertenecido, y le seguían dos individuos más, montados en mulas y armados a la gineta.

Paca no sabía ni quién la acompañaba, ni dónde iba, ni quién era el autor de su rapto.

Pero decidida como estaba a salvarse de cualquier modo que fuera de aquel cautiverio, más horroroso cien veces que la muerte, comenzó a mirar por los agujeros de que hemos hablado anteriormente, con el objeto de ver si divisaba algún pasajero.

Pero aquellos eran demasiado pequeños, y la vista de la joven no pudo distinguir absolutamente nada.

Sin embargo, resuelta de cualquier modo que fuese a acabar de una vez con aquella situación, empezó a dar golpes sobre la caja de la silla.

Esto produjo el efecto que ella deseaba.

Crujió una llave en la cerradura de la portezuela, y el rostro innoble de Simón volvió a aparecer en ella.

-¿Qué se os ofrece? -le preguntó de mal talante.

-Me siento mal, y quisiera respirar un poco de aire -le contestó la joven.

-Bien podíais haber guardado vuestros males para más tarde.

-Como eso no está en nuestra mano el evitarlo...

-Pues bien, andaremos así un poco de tiempo.

-Es que yo desearía poderme bajar.

-Es imposible.

-Pero ved que dentro de esta caja me ahogo.

-Pues ahogaos en buena hora, que ya me vais moliendo la cabeza con vuestras eternas quejas.

-No os he pedido nada hasta ahora.

-¡Está bien! -Y Simón prosiguió, dirigiéndose a uno de los muleteros- ¡Eh, tú, Gonzalvillo! Cuida de poner las mulas a buen paso, que hemos de llegar a Toledo antes de las nueve de la mañana.

Paca no tuvo más remedio que resignarse a permanecer en la cerrada litera.

Pero quiso su buena suerte que en opuesta dirección a la que ellos llevaban, pasara un grupo de viajeros.

Saludaron a la ligera a los que custodiaban a la joven, y prosiguieron a galope su camino.

La amada de Luis no quiso dejar desaparecer aquella ráfaga de salvación que se le presentaba, pues había escuchado la algazara que movían.

Precisamente aquel grupo se componía de personas alegres y dispuestas para cualquier lance que se les ofreciera.

Ramón de la Cruz, el que más tarde había de dejarnos tan acabados modelos de las costumbres de la época con sus picarescos cuadros, joven a la sazón y amigo de Francisco de Goya, pintor que ya comenzaba a adquirir fama, venía de Toledo donde había ido a ver torear a su amigo José de la Parra (a) Joselito, famoso matador de toros y amante de la maja de más rumbo que había en el Rastro después de Paca y de Dolores, que era Concha, la amiga de éstas.

Acompañábanles dos o tres amigos más y dos criados, y durante el camino proseguían la misma broma y la misma algazara con que habían salido de Toledo.

Paca, como ya hemos dicho, les oyó, y dando fuertes golpes en la caja del vehículo, púsose a gritar desaforadamente:

-¡Socorro! caballeros; ¡Favor! ¡Acudid en mi auxilio!

-¡Mala hembra, a quien Dios confunda! ¡Pues no trata de comprometernos la muy bellaca!

Y dio orden a los muleteros para que avivasen al ganado esperando que los viajeros no se apercibirían de los gritos de la maja.

Pero ésta volvió a repetirlos; Simón tornó a jurar, y el grupo de los viajeros se detuvo.

Joselito había percibido algo, pues aun cuando un tanto confusas, llegaron a sus oídos las palabras de Paca, y entrando en sospechas al momento, pues ya les había chocado aquella litera herméticamente cerrada, refrenó un poco su caballo, se volvió hacia sus amigos, y dijo:

-¿Has oído, Ramón?

-Sí, por cierto; me ha parecido oír una voz de mujer demandando auxilio -contestó el interpelado.

-¿Y crees que debemos dárselo?

-Con mil amores -repuso Goya- porque se me han pasado unas ganas de hacerle una caricia con mis pistolas a ese don descortés, que no ha contestado a la salutación que le hicimos cuando pasamos por su lado, que no he podido olvidar todavía.

-Pues vamos con ellos.

Y diciendo y haciendo, todos volvieron grupas, y se dirigieron hacia Simón que hacía desesperados esfuerzos para alejarse de allí.

-¿A quién lleváis ahí dentro? -preguntó don Ramón de la Cruz con altivez.

-¿Y a vos qué os importa? -respondió de la peor manera posible el agente de doña Isabel.

-Cuando lo pregunto, por algo lo haré; abrid pronto esa litera, o si no la abriremos a la fuerza.

-Seguid vuestro camino, y no os entrometáis en asuntos que para nada os conciernen.

-Ya os he dicho que queremos saber quién va ahí dentro.

-¡Favor! ¡Socorro! -volvió a gritar Paca, que había oído a sus salvadores.

-Ya estáis oyendo -repuso Goya.

-¡Eh! Idos al demonio. Seguid adelante, porque si no...

Y Simón le apuntó con sus pistolas.

Éste no se arredró, sino que al contrario, clavó las espuelas a su caballo y fue a lanzarse hacia el bandido.

Pero Simón, que no perdía de vista sus movimientos, disparó sus armas; y gracias a que el pintor tuvo tiempo para hacer dar a su caballo una vuelta, no sucedió lo que el raptor de Paca hubiera deseado.

Joselito, que vio el riesgo que corría Goya, sacó uno de sus pedreñales, y le disparó con tanto acierto, que uno de los bandidos cayó al suelo para no levantarse más.

Inmediatamente todos sus amigos se arrojaron sobre Simón y el otro bandido, pues los muleteros, juzgando el cuento mal parado y teniendo en cuenta la superioridad de sus adversarios, diéronse a huir con una ligereza que probaba cumplidamente que no se hallaban tan comprometidos en aquel negocio como lo estaban Simón y sus dos compañeros.

La lucha, como puede comprenderse, fue sumamente breve.

Simón cayó atravesado de un balazo, y el otro bandido, no sin haber sacado también algún rasguño, alejóse precipitadamente de aquel sitio sin que le persiguiesen nuestros viajeros, preocupados más bien con ver a la persona a quien acababan de salvar.

El poeta se aproximó a la litera, abrióla, y no pudo menos de exhalar una exclamación de asombro al reconocer a la persona que iba en ella.

-¡Paca! -exclamó.- ¿Qué quiere decir esto?

-¡Joselito! ¡don Ramón! ¡don Francisco! -exclamó a su vez la maja, reparando en las personas que se acercaban a hablarle.

-¿Pero qué ha pasado aquí? -preguntaron todos a la vez.

Paca, a la mayor brevedad, contó lo que le había ocurrido, y como que Simón no daba señales de vida, el otro bandido estaba muerto, y el tercero, lo mismo que los mozos de mulas, habían huido, no fue posible averiguar la verdad sobre aquel suceso.

-¿Ha visto su merced a mi madre? -preguntó Paca al torero.

-Hace siete días que salimos de Madrid para Toledo, y ahora regresamos, y cuando yo salí todavía no había tenido lugar ese lance.

-Vaya, vaya -dijo el pintor- vamos a Madrid cuanto antes, que esta moza tendrá ya ganas de descansar después de lo ocurrido, y Cruz encontrará en esto asunto para uno de sus más excelentes cuadros de costumbres.

Paca, ya tranquila respecto a su suerte, volvió a meterse en la litera, hízose volver en opuesta dirección a las mulas, y todos juntos tomaron el camino de Madrid donde llegaron aquella misma noche, siendo conducida la maja a su casa acompañada por Joselito.

Capítulo XXXVIII. Primeras diligencias practicadas por Paca

-A fe mía que no sé ya cómo componérmelas para tranquilizar a la pobre anciana.

-Otro tanto me pasa a mí, y lo peor de la cosa es que me paece que comienza a sospechar alguna cosa.

-Tan es eso verdad, que me veo apuraa pa contestar a las preguntas que a cada momento me hace: «¿Cómo Paca está tanto tiempo fuera de casa? Vosotras me ocultáis algo; habladme con franqueza; por Dios no me engañéis!» Y la pobre vieja llora de tal modo que me parte las entrañas.

-¿Y qué le vamos a hacer? ¿Cómo nos componemos?

-Yo no desconfío aún de que Paca aparezca; estoy yo muy segura que mi Vicente no dormirá tranquilo hasta dar con ella.

-También Joselillo trabaja sin descanso.

-Nada; es menester continuar mintiendo por no darle un golpe mortal a la pobre vieja.

-Se moriría si en el estado en que está, llegase a saber la verdad.

-¡Toma! Pues si yo que soy joven y estoy buena, cuando Vicente vino a buscarme y me dijo: «Luis está herido; Paca ha sido robada; ve a casa de su madre y ocúltale lo mejor que puedas y sepas lo que sucede, y cuídala», créeme, me quedé tan sorprendía que a poco más me caigo redonda.

-No lo extraño, porque yo creí que Joselillo me embromaba; pero tuve que creerlo cuando tan de veras me pidió que aquí viniera pa que tuviera cuidiao de la pobre enferma.

-Y con hoy van ya cuatro días.

-¡Vamos, esto es una picardía! ¿Qué hace la justicia?

-Dormir, como acostumbra.

-Y en tanto ¿qué habrá sucedío a nuestra amiga?

-Vaya usté a saber.

-Mia, Lola, a veces cuando pienso...

-¿Qué piensas?

-¡Ca! ¡si me da mieo hasta el icirlo!

-¡Ave María! mujer, ¿pues qué es ello? ¿Qué piensas?

-¡Toma! pienso si la habrán asesinao.

-¡Dios nos valga!... ¡No quiero ni pensarlo!

Tal era el animado diálogo que sostenían Lola y Concha en el cuarto de labor de Paca, diálogo que cortó la repentina llegada de Vicente.

-¿Qué hay? -preguntaron con ansiedad y a la vez las dos mujeres.

-Nada, absolutamente -dijo completamente desalentado Vicente, dejándose caer, más bien que sentándose sobre una silla.

-Pues estamos aviadas.

-¿Y qué vamos a hacer? ¿Cómo nos compondremos? ¿Qué le diremos a la pobre vieja?

-Hay que seguir inventando algo para tranquilizarla -dijo Vicente.

-Yo -repuso Lola- ya no sé qué decirle.

-Y la pobre esta noche la ha pasado muy mal.

Vicente, con los codos apoyados sobre sus rodillas, y sosteniendo su abrasada frente con ambas manos, parecía absorto en sus cavilaciones.

-¡Vamos, Vicente, por Dios! No te achiques tú también: no sea cosa que te nos pongas malo con el jaleo que llevas estos días.

Vicente, fijando sus enamorados ojos en la bellísima Lola, lo dijo:

-No te apenes por mí, querida Lola; afortunadamente mi salud es buena por ahora, pero mi corazón sufre horriblemente, horriblemente. ¿Qué ha sido de Paca? ¿Qué ha sido de Luis? ¿Quién puede ser el autor o los autores de semejante atentado? ¿Cuándo se hará la verdadera luz que aclare estos misterios? He aquí, amigas mías, lo que da tortura a mi imaginación; he aquí lo que me desespera.

-¿Es decir que tampoco has podido averiguar nada respecto de tu amigo?

-Nada, absolutamente nada. Mi amigo Roberto y su hermano Enrique me han ayudado eficazmente y me ayudan en mis pesquisas; pero han sido vanos cuantos pasos hemos dado hasta el presente.

-¡Ay Dios mío! -exclamó Concha sumamente afligida- ¿Cómo nos vamos a componer?

Lola, a quien entristecía sobremanera el estado de aflicción en que se hallaba su Vicente, no queriendo aumentar su melancolía, y sí, por el contrario, tratando de animarle, hizo un esfuerzo sobre sí misma, y logrando dominar aparentemente el dolor que sentía su corazón, dijo:

-¡Ea! No hay que desanimarse. Lo que no se ha logrado ayer puede alcanzarse hoy; en el entretanto, no hay más remedio que seguir mintiéndole a la pobre anciana; Dios nos perdonará, porque él ve el motivo que a ello nos obliga.

-¿Pero qué la diremos, en cuanto se despierte y nos acose como acostumbra hacerlo con sus preguntas?

-¿Qué sé yo? Que no ha concluido aún el delicado trabajo que está haciendo en casa de esa señora, donde la hemos dicho que se halla... Que esta mañana ha venido un momento y no ha querido interrumpir su sueño, contentándose con darla un beso... Que tuvo que marcharse apresuradamente porque le conviene no perder ni un momento si ha de concluir el bordado a su debido tiempo, y que nos ha encargado dijéramos a su madre, que no tardaría en regresar aquí... en fin, Concha, hay que hacer de tripas corazón y no desalentar; lo que nos conviene es ganar tiempo, y Dios dirá.

-¡Eres un ángel, Lola! -exclamó Vicente, mirando apasionadamente a su amada. Ésta hizo un delicioso mohín con su boca, y contestó sonriendo:

-Si yo fuera eso que dices, no pasaríamos lo que pasando estamos.

-Un ángel eres terrestre, lo repito, y yo el hombre más feliz del mundo, por haber merecido ser amado por ti.

Lola, con el instinto propio que poseen las de su sexo, comprendió que su amiga Concha no haría muy buen papel allí presenciando una escena de amorosas ternezas, y aunque era muy del gusto de Lola escucharlas, cortó el hilo de la conversación emprendida con tanto calor por Vicente, diciendo:

-¿Queda aprobado mi plan?

-En un todo.

-Es lo mejor que podemos hacer -replicó Concha.

-Pues adelante con él y... pero si no me engaño... ¡Bendito sea Dios! ¡Es ella; Paca, Paca; aquí la tenemos ya!

En efecto, Paca era en persona la que en aquel momento penetró en el cuarto arrojándose en los brazos de sus dos amigas que la besaban llorando de emoción y alegría.

Vicente, que como debe suponerse participaba de la alegría general, deseaba conocer los pormenores que hacían referencia al robo de Paca; pero tuvo la suficiente paciencia para esperar a que se calmasen las mutuas caricias que se prodigaban las tres amigas.

Por fin se desprendieron de los brazos en que se estrechaban una en el seno de las otras, y Paca, enjugándose las lágrimas que se desprendían de sus hermosos ojos, dijo con voz visiblemente alterada:

-Y mi madre ¿cómo está? ¿qué le ha sucedido?

-Tranquilízate; la pobre vieja está muy inquieta por tu ausencia; pero nosotras, ayudadas por Vicente, le hemos hecho creer que te hallabas en la casa de una gran señora, y que te había encargado un bordado delicadísimo, y con la condición expresa de empezarlo y concluirlo en su propia casa; por lo demás, nada le ha hecho falta, a no ser tus caricias, que esas no podían igualarse para ella con las que nosotras dos la hacíamos.

-Quiero verla.

-Ahora no -exclamó Vicente deteniendo a Paca.

-¿Ahora no?... ¿Por qué?

-Porque está durmiendo -dijo Concha- y le hace falta el descanso.

-Os doy mi palabra de no despertarla; pero dejad que la dé un beso.

-Sea; pero procurad no despertarla; una emoción repentina podría perjudicarla -dijo Vicente.

Dirigióse Paca apresuradamente al cuarto donde en su lecho reposaba la pobre anciana, en cuyo semblante se revelaba claramente la pena que atormentaba su maternal corazón.

Paca besó en la frente a su madre, bañándole el rostro con las lágrimas que se desprendían abundantes de sus pupilas; Lola y Concha, que la habían seguido, lograron arrancarla de aquel sitio, temiendo que la enferma despertara de pronto.

-¡Gracias, gracias, amigas mías! gracias, don Vicente -exclamó Paca en cuanto se halló de nuevo en su cuartito de labor, donde volvieron a reunirse los cuatro personajes.

-De nada tienes que dárnoslas, chica: hemos hecho lo que tú harías por nosotras.

-Ya sabes que eso es verdad, Lola.

-Pero ¿quieres contarnos lo que te ha sucedío ? -preguntó Concha.

-Eso es lo que aguardo a oír con impaciencia.

-Antes decidme, amigo Vicente, ¿dónde está él? ¿Qué le ha pasao ?

Lola y Concha dirigieron a Vicente una inquieta mirada. Vicente, por su parte, trató de tranquilizarlas haciéndoles una imperceptible seña, y dijo contestando a Paca:

-Por lo que hace a Luis, os enteraré de todo cuanto le ha ocurrido; nada quiero callaros, porque sería peor andar con mentidas reticencias.

Seguidamente enteró de todo cuanto sabía respecto a Luis, asegurándole que la herida de aquél era leve, como podía ella enterarse, preguntándoselo a Roberto y Enrique, a cuya presencia ofreció él conducirla, para que oyera de sus labios la corroboración de lo que él decía, y concluyó diciéndole que aunque al presente ignoraba por completo el paradero de su amigo, ofrecía hacer cuantos esfuerzos estuviesen a su alcance a fin de averiguarlo.

Paca oyó con la más viva emoción el relato de Vicente, y exclamó:

-¡Dios mío, cuántas desgracias en tan pocos días!

-Tranquilizaos, Paca, y referidnos lo que a vos os ha ocurrido. Tal vez de vuestra narración se desprenda algún dato que pueda darme alguna luz que me guíe para dar con Luis.

Refirió Paca a sus amigos cómo había sido robada; dónde fue conducida primero, y por quién había sido salvada.

Como se trata de hechos conocidos ya del lector, no hay para qué repetirlos nuevamente.

-¡Ah, mi buen Joselito! -exclamó entusiasmada Concha cuando terminó la relación de todo lo que le había ocurrido.

-Sí; a él y a los suyos debo el verme libre de aquel malvado.

-En todo este negocio anda indudablemente una mano poderosa.

-¡Oh! De ello estoy muy segura, y juraría que esa mano es de alguna mujer, Vicente -exclamó Paca mal disimulando los celos que sentía sólo con figurarse tal cosa.

-No me extrañaría -repitió Lola.

-A fe de Paca que yo he de averiguarlo. Amigas mías, os pido el favor de que me aguardéis aquí hasta tanto que dé la vuelta; no os haré esperar mucho.

-¿Dónde vas?

-Mira, Lola, voy a ver a una señora que estoy segura me atenderá, y tal vez con su ayuda pueda averiguar alguna cosa de lo que tanto me interesa.

-Y yo por mi parte voy a ver a Roberto, por si ha adquirido alguna noticia.

-Sí, Vicente, por favor no dejéis de la mano este negocio.

-Bien sabéis la amistad que a Luis me liga, y debéis suponer cuán grande será el interés que tengo en aclarar este oscuro asunto. Esto diciendo, se despidió de las tres amigas y se ausentó a toda prisa.

-Si mi madre despierta en el ínterin que estoy fuera, decidle que os he mandado un recao avisando que hoy vendría.

-¡Anda con Dios, mujer, y él te ayude!

-Descansa en nosotras.

Paca, sin detenerse, salió a la calle, dirigiéndose con acelerado paso al palacio de la condesa de Santillán. En él supo por el portero que la señora hacía tres días que se hallaba en su quinta del Pardo.

Desconcertada quedó Paca con tal noticia, y a pesar del estado en que se hallaba su ánimo no pudo menos de chocarle en gran manera el que aquella señora se hubiese ido a su quinta en estación tan poco a propósito.

Resuelta a hacer por su parte cuanto le fuera dable por adquirir noticias del hombre por quien su corazón se interesaba de una manera tan viva, determinó ir a casa de doña Catalina de Sandoval, señora que le manifestaba gran cariño, y de la que estaba segura Paca se interesaría por ella. Concebir el proyecto y ponerlo en ejecución fue todo una misma cosa.

Llegó, pues, a casa de la señora de Sandoval, y a poco de haberse anunciado fue introducida Paca a presencia de aquella.

-Vale más tarde que nunca -dijo la señora a Paca.- ¿Te has dignado por fin acudir a mi llamamiento?

-Señora, he estado cuatro días ausente de mi casa, bien a mi pesar y sufriendo mucho, por lo mismo no debe extrañaros...

-¿Cómo, cómo es eso?... Explícate, hija, explicate.

Refirió Paca, sin omitir el más mínimo detalle, todo cuanto le había pasado.

Doña Catalina mostrábase admirada y un tanto conmovida.

-Verdaderamente tiene mucho de novelesco lo que me has contado. Y dime: ¿cuál es el objeto que aquí te conduce, querida mía?

-Es de ver si podré, por medio vuestro, saber algunas noticias acerca de un sujeto que me interesa -dijo Paca ruborizándose.

-¿Cómo se llama?

-Don Luis de Guevara.

El rostro de doña Catalina cambió súbitamente de color; no pasó este detalle desapercibido a la perspicacia de Paca.

-¿Y de qué y cómo conoces tú a ese caballero?

-Por habérsele presentado a mi madre un amigo suyo suplicándole le prestase refugio en casa, hasta tanto se pudiera arreglar cierto asunto desagradable, que había puesto a don Luis en el caso de ocultarse.

-¡Ah! Según eso ¿era en tu casa donde estaba escondido?

-Sí, señora.

-Y naturalmente, no pudiendo don Luis resistir a los atractivos de tu hermosura, ¿te habrá hecho el amor?

Advirtió Paca algo extraño en el acento de doña Catalina, y comenzó a sospechar que aquella era quizá rival suya; así, pues, se propuso estar en guardia para no venderse a sí propia y ver si conseguía aclarar la duda que repentinamente había nacido en su alma.

-¡Oh! no, ciertamente; a mi no me ha dicho nunca don Luis ni una sola palabra más allá de la otra; sólo que mi madre está inquieta y también yo lo estoy, pues basta que haya estado en mi casa, sentiría que el pobre hubiese tenido algún mal tropiezo.

-Pues si no es más que eso, tranquilízate, pues presumo que ha tropezado muy a su gusto.

-¿Sabéis dónde está, pues?

-Por lo menos lo presumo. Ese joven está en moda; sé yo de varias damas que por él suspiran, y juzgo que una de ellas, la noble condesa de Santillán, es la que le retiene prisionero en sus amantes brazos.

Juzgue el lector cuánto estaría sufriendo la pobre Paca; sin embargo, haciendo un titánico esfuerzo, supo contenerse y disimuló hábilmente lo que por su corazón estuvo pasando.

-Creo haberos dicho que la señora condesa de Santillán se halla ahora y desde hace tres días en su quinta del Pardo.

-Razón de más para que se trueque en evidencia mi suposición; sí, querida mía, sí; esa mujer, olvidándose de lo que no debiera, habrá encadenado en sus redes al mimado doncel, e indudablemente en la quinta del Pardo, entregadas a las delicias de su amor criminal, vivirán las enamoradas tórtolas gozando las delicias del paraíso; pero nada tendría de extraño que sorprendiera a los palomos el milano.

Doña Catalina ocultaba bastante mal el despecho que la dominaba. Paca quedó completamente convencida de que su interlocutora amaba también a Luis.

-Vaya, pues, señora; mil gracias por vuestra bondad.

-¿Te vas ya?

-He dejado mi madre al cuidado de dos amigas; hace cuatro días que la pobre anciana llora mi ausencia, y tengo deseos de...

-Sí, sí; comprendo que no quieras prolongar su angustia. No olvides traerme cuanto antes el bordado que te encomendé.

-No os haré esperar mucho tiempo.

-Adiós, y repito que estés tranquila por lo que hace a don Luis.

Salió Paca de casa de la señora de Sandoval, dirigiéndose a la suya con el corazón angustiado; pues si bien es cierto que tenía casi la seguridad de haber averiguado lo que deseaba, en cambio había comprendido que el corazón del hombre que ella amaba se lo disputaban otras mujeres a quienes la fortuna había colocado en posición de la que ella distaba mucho.

Capítulo XXXIX. El corazón de una maja

-¡Ah! vamos, ¡gracias a Dios! -exclamó Lola viendo entrar a Paca.- Tu madre se ha despertado y arde en deseos de verte. Allí está Concha con ella.

Paca penetró en la habitación donde se hallaba su madre.

-¡Por fin, hija mía!

-Sí, ya estoy aquí, madre -le dijo Paca besándola con efusión y cariño.

-Hija mía, tú estás pálida, ojerosa, ¿estás mala? -preguntó la anciana con solícito acento.

-No, madre, no; es que estos días he trabajado mucho y tal vez sea eso.

-¡Válgame Dios, hija mía! Te estás quitando la vida.

-¡Bah! no hay miedo; me siento buena por ahora, gracias a Dios.

-¡Ea! -dijo Lola, disponiéndose a marchar con su amiga Concha- Salú y a más ver.

-Adiós, mis buenas hijas.

-Procure usté descansar y ponerse buena pronto.

-Eso, eso; y en llegando que sea ese día lo hemos de celebrar, a fe de Concha.

Despidiéronse las dos manolas de Paca y su madre, y salieron de aquella casa dirigiéndose a las suyas respectivas llevándose tras de sí más de un corazón de algún amartelado galán.

Paca, entretanto, no se apartó aquel día casi ni un momento del lado de su anciana madre.

A la mañana siguiente, hallábase Paca bordando en su cuartito, en tanto descansaba la enferma. La hermosa joven estaba hondamente preocupada, tanto que apenas advirtió la llegada de su amigo Vicente.

-Felices, hermosa Paca, ¿cómo sigue la enferma?

-Bastante mejor, según me parece.

-Vuestra presencia habrá influido mucho en esta mejoría; pero a juzgar por vuestro semblante, paréceme, amiga mía, que de ayer a hoy ha aumentado vuestra melancolía. ¿A qué viene abandonarse de tal manera al dolor?

-No; ¡si yo no estoy triste!

-He ahí una perla desprendida de esos hermosos ojos, que desmienten lo que afirmáis. Si no estáis triste ¿a qué viene llorar? Vamos, Paca, tened completa confianza en mí; reveladme, si me creéis digno de ello, la causa de vuestro pesar.

Paca, con voz que el llanto embargaba, contestó:

-Sí, que tengo en usté confianza.

-En ese caso demostrádmelo, refiriéndome lo que os ocurre.

-Sí, os lo diré todo; tengo necesidad de vuestros consejos.

-Hablad, pues.

-Ocultaros lo que mi corazón siente por Luis, es inútil, pues harto lo sabéis.

-¿Y bien?

-Ya sabéis que ayer me propuse averiguar, si podía lograrlo, por medio de una señora, el paradero de vuestro amigo. La señora es la condesa de Santillán. Fuime en derechura a su casa y no me fue posible hablarla, porque se me dijo se hallaba ausente de Madrid y en su quinta del Pardo.

-No veo el motivo para que eso os aflija de tal manera.

-Es que no es esa la causa. Escuchadme: no siéndome posible ver a la condesa, me fui a ver a la señora de Sandoval; ésta se alarmó tanto cuando vio que me interesaba por Luis, que no le fue posible disimular lo que su corazón sentía, y que yo adiviné al momento.

-¿Qué?

-Doña Catalina ama a Luis. ¡Oh! no me cabe duda de ello.

-Aunque así sea, si él no la ama a ella nada hay perdido.

-Además, doña Catalina me dio a entender claramente que está celosa.

-¿De quién?

-Díjome que indudablemente Luis se hallaría en el Pardo con la condesa de Santillán.

-¡Ah! -exclamó Vicente cual si se fuera desvaneciendo la nube que ofuscaba su vista- Seguid.

-Poco tengo que añadir; según me afirmó doña Catalina, la condesa ama a Luis, y ella es la que le retiene.

-Empiezo a ver claro en este negocio.

-¡Pero es posible eso en una mujer casada, en una gran señora!

-¡Ay, amiga mía! Si pudierais penetrar los secretos de eso que llamamos el gran mundo, estoy seguro que os horrorizaríais.

-¿Comprendéis ahora el por qué estoy triste?

-Sí; pero debo advertiros que no debéis alarmaros.

-¿Creéis acaso que pueda yo figurarme, pobre de mí, el salir victoriosa, teniendo por rivales a dos tan hermosas señoras?

-Y estoy seguro que las venceréis.

-¡Yo!

-Sí, Paca, sí.

-Sería más que tonta en creerlo. ¿Quién soy yo al lado de ellas? ¿Qué valgo?

-Sois la virtuosa y bellísima doncella; sois un cristal puro que no ha empañado ni el más mínimo soplo de corrompido aliento; sois la flor silvestre que se mece ufana y sencilla en purísimo vergel; sois el ángel de bondad y abnegación que la infinita bondad del Señor ha colocado junto a Luis, para velar por él y hacerle feliz. Entretanto, esas señoras que me habéis nombrado, ¿qué son? La una, una mujer que sin tener en cuenta las consideraciones que se le deben a un esposo, por más que éste repose en la tumba, hace gala de los ilícitos amores que la unen a un noble anciano. La otra, una gran señora que teniendo en bien poco su propio decoro y el honor del hombre a quien se uniera en los altares, no vacila en dar pasto, según me habéis manifestado, con sus amores a la maledicencia pública: ambas son dos flores que han perdido la virtud del aroma que un tiempo las embelleciera; dos flores marchitas ya y que no pueden competir en modo alguno con la fragante rosa que se columpia ufana en su tallo, conservando intactos su aroma y su color. Conozco suficientemente a Luis, y tengo la seguridad de que su corazón se inclinará decididamente hacia el lado de la virtud: no tengáis la menor duda de ello; suponer lo contrario, sería inferir una ofensa a la delicadeza de mi querido amigo.

-¡Ah! Si eso fuera verdad, ¡cuán feliz sería yo!

-Sí, mi querida amiga; no dudéis, y dejad obrar al tiempo; él se encargará de demostraros la verdad de cuanto os he hablado. Me retiro en la seguridad de dejaros más tranquila; fiad en el porvenir; de lo que me habéis referido he sacado deducciones, que creo han de serme útiles para hallar al fin a Luis. Hoy trataré de averiguar si se halla ya en Madrid la condesa; mañana volveré a informaros de las noticias que haya podido recoger.

Quedó Paca abismada en profundos pensamientos. Las palabras consoladoras de Vicente no habían logrado desvanecer completamente los recelos que atormentaban su alma. A su manera pensaba y deducía del modo siguiente:

-¿Quién soy yo, por más que diga don Vicente, para presumirme que el hombre que amo con todo mi corazón me prefiera entre las varias mujeres que ambicionan poseer su cariño? ¿Cómo podrá competir la humilde y pobre hija del pueblo con las bellas y ricas señoras que le rodean? ¿No sería demasiado mi orgullo en abrigar la menor esperanza? Podrá tal vez Luis no amar a esas dos señoras por las malas cualidades que tienen; pero entre las muchas de su misma clase y rango, ¿no es fácil que Luis encuentre una que más tarde o más temprano le enamore completamente? Sí, no debo hacerme ilusiones; mucho le amo, más que le podrá amar mujer alguna; pero, desgraciadamente para mí, creo que me he enamorado de un imposible.

Apoyó lánguidamente Paca su abrasada frente entre sus manos, y así permaneció largo rato completamente abstraída en sus melancólicas y tristes reflexiones. De repente varió de posición, y como inspirada por un súbito y leal presentimiento, se dijo:

-¿Acaso no pudiera acontecer que Luis se encontrara retenido, a pesar suyo, en poder de la condesa? Y si eso fuera cierto, ¿no debo yo, por más que esté completamente convencida de que he de sacrificar mi amor encerrándole en mi pecho, no debo, repito, poner de mi parte todo lo posible a fin de salvarle? Sí, este es mi deber; sacrifíqueme yo, pero que él sea feliz. Bien sé que tal vez él ni repare siquiera en mi sacrificio, que por desgracia suele suceder que los altos no reparan en los bajos, y los pisan sin misericordia; pero si muero por él, y al espirar le veo dichoso, moriré contenta.

Capítulo XL. Donde volvemos a hablar de la hija del conde de Lazán

Desesperada estaba María de Lazán desde el momento en que su padre le había anunciado su resolución irrevocable de dar su mano al vizconde del Juncal.

Comprendía perfectamente las razones que le daba el conde; comprendía que, efectivamente, dadas las condiciones en que se hallaba el pleito sostenido entre sus dos casas, aquel matrimonio era de gran importancia.

¿Pero y su amor? ¿Y su corazón que se hallaba tan vivamente interesado, su corazón que amaba por primera vez, que había consagrado todos sus latidos y toda su felicidad al cariño de Luis?

El sacrificio era superior a sus fuerzas: la pobre niña no tenía valor para hacerlo.

Además, precisamente en aquellos momentos, Luis estaba en desgracia.

Hacerle ella traición, sería doblemente inicuo.

Por otra parte su hermano estaba todavía en el lecho, herido a consecuencia de la venganza de Antonio, según vimos en otro lugar; también él la había hablado en el mismo sentido que lo hiciera su padre, y negarse en absoluto a la demanda de éste, tal vez pudiera ser que agravase su estado.

¿Pero cómo podría ella, cediendo a estas consideraciones, mentir al vizconde un amor que no sentía?

¿No tendría éste derecho a exigirle lo que ella por ningún estilo se encontraba con fuerzas suficientes para hacerlo?

En esta lucha, en este continuo malestar, al cual se unía también la incertidumbre en que se hallaba respecto a la suerte que él podría alcanzar por su duelo con el marqués Adelfi, la pobre joven pasaba días de mortal angustia y de zozobra perenne, que hacían palidecer sus mejillas, y que rodeaban sus ojos de ese amoratado color que imprimen las lágrimas y los insomnios.

Y entretanto íbase aproximando el día que, según el conde, debía celebrarse su enlace, y María estaba segura que aun en el mismo altar, no podría menos de negarse a entregarle su mano.

En el momento que volvemos a encontrarla, se halla en su aposento, y precisamente es el mismo día en cuya noche Luis recibió la herida que le infirió Simón.

Ha enviado un mensaje al vizconde del Juncal, y espera llena de impaciencia el momento en que éste se presente en su palacio.

Sentada en uno de los sillones de su cámara, la pobre niña se entregaba a profundas y dolorosas meditaciones a juzgar por las lágrimas que se veían asomar a sus ojos.

Sin embargo, resuelta, mientras viviese Luis, a no dar la mano al vizconde, había formado su plan y se hallaba dispuesta a realizarlo.

Muerto su amante, no hubiera vacilado en casarse, porque sabía que su sentimiento, su pena profundamente arraigada en su alma, la hubieran muerto al poco tiempo de su consorcio; pero vivo Luis, comprendía que no podría amar a otro que a él, y ni quería ni debía llevar al hombre que la confiara su honra, un corazón que abrigaba una pasión inextinguible hacia otro.

Largas horas se pasó con su linda barba apoyada sobre su mano derecha, cuando la voz de un paje vino a sacarla de su meditación.

-¡El señor vizconde del Juncal! -dijo.

-¿El vizconde? Que pase -contestó la joven.

Momentos después se alzó el tapiz que cubría la puerta de la estancia, y el futuro esposo penetró en ella.

Inclinóse con galantería para besar la mano de María, y quedó altamente sorprendido al notar la extraña expresión de su fisonomía.

-¿Qué tenéis, señora? -le preguntó.

-Tengo necesidad de hablar con vos de cosas bastante serias, de cosas que atañen a vuestra felicidad y a la mía.

-¿A nuestra felicidad? Explicaos.

-¿Vos me amáis, no es cierto?

-¡Oh! como los ángeles adoran a Dios.

-Pues bien, amándome como decís, comprenderéis lo imposible que os sería entregar vuestro cariño a otra mujer.

-Pero... ¿qué queréis decir con esto, María? -dijo el vizconde palideciendo, porque entreveía algo de terrible para su corazón.

-Esto significa que no puedo ser vuestra esposa -contestó María haciendo un esfuerzo.

-¿Que no podéis ser mi esposa?... ¿Eso habéis dicho? -dijo el del Juncal con un acento en que se advertía el dolor que aquella revelación le causaba- es imposible, señora, ¿no comprendéis que privarme de vuestro amor sería matarme?

-No moriréis, vizconde, no moriréis; os profeso una amistad demasiado grande para que no pueda consolaros, y vos sois demasiado caballero para exigirme el cumplimiento de la palabra que mi padre os ha dado.

-¿Con que es cierto? ¿Con que no me amáis?... ¡Oh! ¡bien cruel sois, señora! ¿A qué desde un principio no me dijisteis que no me pagabais, que nunca podríais pagar mi cariño? ¿A qué no desengañarme entonces? Tal vez no hubiera sufrido tanto... ¿pero, qué digo? ¡Si entonces os amaba ya con la misma pasión con que os adoro hoy!...

-Escuchadme, vizconde, escuchadme, y guardad en el fondo de vuestro pecho la más grande prueba de amistad que puedo daros confiándoos las amarguras y dolores de mi vida.

-¿Según eso, habéis sufrido mucho? -preguntó con marcado acento de interés el vizconde.

-Muchísimo. Vos sin duda habéis tenido una buena y cariñosa madre que os habrá rodeado con sus atenciones, que os habrá colmado de besos, que habrá pasado largas noches velando vuestro sueño, y que en cambio de sus desvelos, de sus cuidados, sólo os habrá exigido una sonrisa, y ese nombre tan suave de «madre» que vibra tan dulcemente en el corazón de los que nos dieron el ser. Vos tendréis un padre cuyas delicias habréis colmado, habréis poseído una familia en quien depositar vuestras penas, un amigo que os haya consolado; pero yo nada de eso he tenido. ¿No es verdad que me compadecéis?

-¡Sí que habéis sido muy desgraciada! -contestó el vizconde con acento en que se traslucía la emoción que experimentaba- pero ahora -prosiguió- ahora dejadme a mí que yo sea esa madre cuyas caricias no habéis conocido; esa familia, ese amigo, ese esposo, en fin, que os protegerá, que os consolará, y que os compensará con su cariño de todos esos goces de que no habéis disfrutado.

-¡Callad, vizconde! Ya os he dicho que eso no puede ser; escuchadme hasta el fin y comprenderéis que no es culpa vuestra ni mía el no poder aceptar el título de esposa vuestra.

Hizo el vizconde un gesto de dolorosa resignación, y prosiguió la hija del conde de Lazán:

-Ya conocéis el carácter de mi padre, y comprenderéis lo poco dulces que habrán sido sus paternales conversaciones y sus cuidados hacia mí. Entregada siempre a manos mercenarias, mi vida ha sido un desierto inmenso, donde no encontraba ni esos placeres de la infancia, ni más tarde los goces de la juventud. Pasaron los años, y entré en esa otra fase de la vida, en que el alma siente una grande, una imperiosa necesidad de amar, no con el amor que tenemos a los juguetes cuando niños, sino con el amor dulce, reservado, intenso que se siente hacia otra alma que participa de las mismas sensaciones de la nuestra.

-Proseguid, señora -dijo el vizconde con interés.

-Yo oía hablar confusamente de amores; alguna que otra vez sorprendí a mis pajes murmurando palabras de un lenguaje desconocido para mí, a mis doncellas; y todo esto hacía hervir la sangre en mis venas, y en mis largas horas de soledad en mi cámara, mis ojos se llenaban de lágrimas, y entre mis sueños, de entre mi llanto, de entre mis suspiros, brotó un fantasma que se arraigó en mi imaginación, y que a todas horas estaba ante mi asombrada vista. Sus miradas tenían un fluido especial, una irradiación cual nunca había visto en otras, y fijas siempre en las mías, con tanta dulzura, que yo no sabía apartar mis ojos de ellas. Sus labios articulaban algunos sonidos de una armonía tan extraña, tan misteriosa, que mi alma se anegaba de placer. De este modo pasé algunos, muchos días, hasta que al cabo de ellos, vi realizado mi sueño.

-¿Qué decís, señora?

-La verdad, vizconde. Un día vi entrar en mi aposento acompañado de mi padre, a un joven que me miró como nadie hasta entonces lo había hecho. Ruborizada bajé la vista, pero no fue tan pronto que no pudiera ver en su rostro el mismo que yo soñaba. ¿Qué queréis que os diga más? Yo le amé, y él correspondió a mi cariño; me ama, y yo le adoraré toda mi vida. Aquí tenéis, señor, cuanto tenía que deciros; aprecio mucho mi honra y la vuestra para entregaros un corazón en el cual vos no tendríais más que el segundo lugar. Ahora que ya sabéis mi secreto, haced lo que os parezca; decídselo a mi padre si os place así; los excesos de su furor se estrellarán ante mi resolución irrevocable.

Calló María, y durante algún tiempo no se oyó acento ninguno en la estancia.

Había quedado asaz preocupado el vizconde con lo que acababa de oír para que pudiera contestar.

Mil encontrados afectos luchaban en su corazón.

Adoraba a María con el cariño que ella sola era capaz de hacer sentir, y su deber de caballero le obligaba después de la confesión que le había hecho, a renunciar a ella; su egoísmo de amante, y de amante protegido por el padre, le incitaban a seguir adelante su proyectado enlace, forzando la voluntad de María; pero su honor, la delicadeza que le habían inculcado sus padres, se oponían a que hiciese semejante cosa.

Pero tener que renunciar a ella era superior a sus fuerzas; su corazón se desgarraba a semejante pensamiento.

Sin embargo, ahogando sus celos y su dolor, le dijo por fin:

-¿Con que según eso, vuestro amante, el hombre dichoso que posee vuestro amor es?...

-Permitidme, señor, que calle su nombre.

-Está bien, señora; me habéis hablado con franqueza, habéis tenido confianza en mí, y aunque me sea muy doloroso, procuraré hacerme digno, ya que no de vuestro cariño, al menos de vuestra amistad.

-¡Oh! ¡Gracias, vizconde, gracias! -dijo la joven con un acento tal de alegría al ver deshecho su compromiso, que el del Juncal palideció intensamente.

-Hoy mismo escribiré a vuestro padre, anunciándole que me retracto de lo que le había prometido, y será la primera vez que el vizconde del Juncal haya faltado a su palabra.

-¡Tal sacrificio!

-No hay otro remedio: o ser vos desgraciada o serlo yo; y antes que vos lo fuerais, daría mi vida. Siendo yo el que falto, el furor de vuestro padre recaerá sobre mí; y yo puedo resistirlo con más ventaja que vos.

-Pero...

-Es uno de los deberes de la amistad, señora. ¿Queréis que sea vuestro amigo? Pues dejadme hacer lo que debo -contestó el vizconde con una triste sonrisa.

Dichas estas palabras, y besando la mano que María le tendía, le dijo:

-Adiós, María, esta es la última vez que os veo como amante; permitidme que os siga viendo como amigo.

-¡Oh! Siempre.

-Sin embargo, quisiera pediros un favor antes de marcharme.

-¿Cuál?

-Mi existencia, señora, por más que haya vivido en la opulencia y halagado por todo cuanto puede proporcionar la nobleza y el dinero, no ha sido más que un eterno día sin sol y sin luz, día de amargura y de tristeza que acabáis de hacer mucho más terrible con vuestra negativa.

-Ya sabéis las razones que he tenido para ello, y a mi vez debo deciros que amor nacido en tan poco tiempo, y hasta conociendo apenas el objeto amado, no es posible que resista mucho tiempo las pruebas a que el amor de otras nobles damas puedan sujetarle.

-Estáis en un error, señora -repuso el vizconde sonriendo tristemente- los hombres de mi familia no han amado más que una sola vez, y generalmente han sido desgraciados siempre.

-¿Y creéis que de eso puede hacerse regla general, aplicable a vos en ese caso?

-Sí, señora.

El vizconde pronunció estas palabras con un acento tal que María no pudo menos de estremecerse.

-Os digo, señora, la verdad: no hay en la historia de mis antepasados una página de amores que no sea una página de desgracias.

-Vos exageráis, sin duda.

-No por cierto, y en prueba de ello, si me permitís, os haré leer un manuscrito donde estoy seguro que vuestros lindos ojos, que por las muestras que en ellos veo, han llorado mucho, tornarán a llorar por las desgracias de mi pobre familia.

-Duélenme siempre las ajenas desdichas, y las vuestras con doble motivo. Cuando os plazca podréis traerme ese manuscrito; pero recuerdo que antes ibais a pedirme una gracia.

-La de volveros a ver como antes os dije; la de consideraros como amiga, ya que no por esposa, y la de dar de este modo un ligero lenitivo a mis dolores.

-Mucho me temo que mi padre, desde el momento que se aperciba de vuestra negativa, os cierre la puerta.

-Ya haré yo de modo, señora, si vos me autorizáis para ello, de que no se muestre tan severo.

-Pues ¿qué haréis?

-Permitidme que guarde el secreto.

-Dispensado.

Y durante algunos segundos, ambos jóvenes permanecieron silenciosos.

Después alzóse el vizconde de su asiento, y dijo:

-Os ruego que no os ofendáis por la ligera negativa que acabo de formular; pero el temor de ofenderos por una parte, y el ignorar todavía la forma en que he de hacer lo que se me ha ocurrido, me impiden el que os lo diga: más tarde lo sabréis.

-Cuando lo queráis, vizconde.

Poco después, el sobrino de Floridablanca abandonaba la estancia de María, que murmuró después que aquel hubo salido:

-¡Gracias, Dios mío, porque he encontrado otro noble corazón!

Capítulo XLI. El vizconde demuestra a María la funesta estrella que había perseguido a su familia

El proceder del vizconde había llenado de agradable sorpresa a María, que no esperaba tanta generosidad de parte de quien tan inexorable se había mostrado en la cuestión del litigio, que como hemos dicho, había estado sosteniendo con el conde de Lazán.

Así fue que cuando el vizconde se marchó y quedó sola en su estancia y pudo entregarse libremente a sus meditaciones, en medio de las que trataba de ver en su pensamiento la querida imagen de Luis, veía también junto a ella, contemplándola con suplicantes ojos, la del vizconde.

Al día siguiente continuó del mismo modo, y María se reprochaba con mayor violencia aquello que ella calificaba de inconsecuencia.

En estos momentos fue cuando recibió de parte del vizconde el manuscrito que le había prometido, manuscrito que recogió maquinalmente sin atreverse a abrirle, temiendo dar con él mayor incentivo a aquella imagen que parecía ganar en su mente el terreno que iba perdiendo en ella don Luis.

Trató de buscar al lado de su hermano algún reposo para aquella agitación en que su espíritu se hallaba, y le fue completamente imposible.

El joven vizconde de Lazán principiaba a convalecer, aun cuando muy lentamente, de su herida, y el dolor que esta le ocasionaba y el disgusto que le producía el forzado quietismo a que se veía sujeto, teníanle de un humor insoportable.

Si a esto se añade lo que su padre le había dicho respecto a la negativa de María a su enlace con el vizconde, enlace que rehabilitaba su fortuna seriamente amenazada con la pérdida del pleito, se comprenderá muy bien que no estaría en disposición de mitigar las penas de su hermana, sino que, por el contrario, había de acriminarla por su conducta.

Así fue que la pobre niña salió llorando de las habitaciones de su hermano, y llorando volvió a penetrar en las suyas, dejándose caer sobre el blasonado sillón, deplorando entonces más que nunca la desdichada suerte que le había privado de una madre tierna y cariñosa que comprendiese sus penas y las aliviase.

Maquinalmente fijáronse entonces sus ojos en aquel manuscrito, y queriendo consolar sus penas con las ajenas, recordando lo que el vizconde le dijera respecto a su familia, cogió aquel cuaderno y púsose a leerlo.

Desde los primeros momentos interesaba su contenido, y más de una vez durante su lectura llenáronsele de lágrimas sus ojos.

El manuscrito del vizconde del Juncal decía así:

Don Rodrigo López de Paredes.

Por el año de 1440 había llegado a Valladolid, residencia de don Juan II de Castilla, el caballero don Rodrigo López de Paredes, que había permanecido en Francia durante muchos años, y cuya lucida hueste llamó la atención de cuantos la vieron entrar en la capital.

Hervía la corte en parcialidades y bandos qne se hacían encarnizada guerra, y cada uno de ellos trató, desde los primeros momentos, de atraerse al recién llegado.

Pero éste, contestando que únicamente había venido para servir al rey, mantúvose en una neutralidad tanto más de extrañar cuanto que todo el mundo sabía que si el caballero estaba muy sobrado de hierro con sus hombres de armas, en cambio no eran sus rentas bastantes para poderle poner a cubierto de una desgracia.

Frente a la casa donde se aposentaba don Rodrigo, que a la sazón contaba sobre veinticinco años, hallábase la antigua casa solariega de los Zúñigas, representada entonces por la hermosa doña Beatriz y por su hermano don Diego, tan iracundo, mal encarado y altanero como su hermana era hermomosa, sencilla y generosa.

Rodrigo era soltero; mas aun cuando las damas castellanas trataron de demostrarle, desde que llegó a Valladolid, que sabían apreciar en lo que realmente valía su figura arrogante y expresiva y su apuesto continente, no consiguieron que su corazón se diera por entendido.

Son las doce de la mañana. Aún no hace media hora que Rodrigo ha abandonado su lecho, y a través de los vidrios que cubren las altas ojivas de su aposento, tiene fijas sus miradas en los balcones de la casa inmediata, detrás de los cuales aparece de cuando en cuando una linda cabeza de mujer que se retira ligeramente, ruborizada al notar la tenaz mirada de su vecino, fija en su habitación.

El conde no podía disimular un ligero movimiento de impaciencia, cada vez que la traviesa niña retiraba su rostro de la ventana.

Por fin, poco a poco fue venciendo su timidez, fue permaneciendo por más tiempo detrás de los vidrios, hasta que ruborizada alzó sus hermosos ojos y los fijó en los de Rodrigo, que esperando aquella mirada, brillaban sus pupilas con el fuego de un goce, tanto más vehemente cuanto más se había dilatado.

Por un momento, aquellas dos miradas se encontraron, se confundieron en una sola, a través de ella vieron sus corazones, y aquella mirada fue el primer eslabón que unió sus almas para siempre.

La bella niña no acertaba a apartar sus ojos de aquellos otros, que en su más elocuente expresión la llamaban, la acariciaban y le mostraban esos horizontes de felicidad que había soñado tantas veces, y cuya realidad no había conocido todavía.

A aquel llamamiento dulce, amoroso y puro, su pupila se dilataba; sentía en su seno una agitación extraña; y trémula, pudorosa, en sus dulcísimos destellos mostraba a Rodrigo las impresiones de su alma.

Rodrigo comprendía lo que pasaba en el pecho de su vecina, y su mirada se hacía más intensa, más acariciadora; irradiaban sus pupilas un amor tan ardiente, que la pobre niña, subyugada, se dejaba envolver en aquella atmósfera embriagadora que el conde describía en su derredor.

Doña Beatriz de Zúñiga era hija del mariscal don Diego López de Zúñiga, personaje de gran importancia en el reinado de don Enrique III, y aun de mucha más en los primeros años de la minoría de su hijo don Juan.

Privada de su madre al nacer, alejada continuamente de su padre por la política, aquellas afecciones pasaron a una extraña, a su nodriza María, mujer de un antiguo escudero de su padre. María, aunque dotada de esa ternura y sensibilidad exquisita, sólo concedida por la naturaleza a las mujeres, estaba muy lejos de poseer esa segunda vista de una madre, que adivina en su hija el dolor antes que sus labios se lo hayan revelado; no tenía esas grandes al par que sencillas palabras de consuelo que dicta el corazón maternal; no tenía, en fin, esa fibra que descubre la menor lágrima, la más mínima huella de pesar en el rostro de la hija.

Si Beatriz hubiera tenido una hermana, tal vez en ella habría encontrado el alivio que necesitaba; pero como en vez de esto tenía un hermano, cuyo placer consistía en matar los pajarillos que ella cuidaba, y en tronchar las flores que prefería, en vez de amarlo con todo el cariño de su alma, se estremecía involuntariamente a su presencia, y trémula y asustada procuraba evitar encontrarse con él.

Pero cuando su sufrimiento se hizo más terrible, más doloroso, fue a la muerte de su padre. Entonces empezó la verdadera tiranía. Dotado, como ya hemos dicho antes, de un carácter fuerte, irascible y voluntarioso, sacrificaba sin compasión a aquella pobre víctima, que no tenía ni fuerzas para oponerse, ni palabras para desarmar su cólera, ni una persona que la defendiera de los groseros modales de su hermano.

De ahí que esta alma tierna reconcentrase todas sus afecciones, deseando encontrar en una persona una mirada de cariño, una palabra de consuelo, para entregarle en cambio tesoros inmensos de adoración, de lágrimas y de placer.

Una mañana, al abrir las.ventanas de su aposento, reparó en unos ojos que la miraban como nunca lo habían hecho otros.

Y la pobre niña se ruborizó.

Sin atreverse a levantar los suyos.

Temblaba como la hoja en el árbol.

Sus latidos se aumentaban doblemente.

Y una atracción irresistible clavaba sus pies en el sitio donde estaba.

Por fin sus ojos se alzaron; su mirada se cruzó con la de su vecino, y sus pupilas se abrasaron en un beso prolongado de amor.

El misterio estaba revelado.

Beatriz amaba, y era correspondida.

Rodrigo era la realidad del fantasma que habitaba en su pensamiento.

Pronto llegaron a entenderse la dama y el caballero.

Doña Beatriz amó a Rodrigo con su primero y único amor, y éste a su vez sintió por la encantadora Beatriz lo que hasta entonces no sintiera por ninguna mujer.

Durante algunos días fue cielo sin nubes la existencia de nuestros amantes.

Pero al cabo de ellos se nubló de un modo terrible.

Don Diego, el hermano de doña Beatriz, dotado de un carácter colérico, brusco, arrebatado y altanero, verdugo más bien que hermano de la joven, a consecuencia de las banderías en que la corte se hallaba dividida, hízose enemigo de Rodrigo, y las consecuencias recayeron de un modo formidable en su pobre hermana.

Sospechándolo o ignorándolo, el caso fue que prohibió terminantemente a su hermana todo trato con el caballero, y al mismo tiempo la exigió que se casase con otro magnate de la parcialidad que él defendía.

Beatriz sintió que se le oprimía dolorosamente el corazón ante aquella exigencia.

Trató por medio de pretextos de oponerse a ello; pero irritado a su vez don Diego, exigióle un pronto y terminante cumplimiento.

La pobre niña no era posible que accediese a lo que se la exigía.

Su corazón pertenecía a Rodrigo, y carecía de fuerzas para serle perjura.

La cólera de Diego no conocía limites.

Puso en juego todos los recursos que le sugería su ardiente saña, para evitar que su hermana viese al caballero, y como daba la casualidad de que éste habitaba frente a la casa de Diego, hizo trasladar las habitaciones de su hermana a otro punto, y el enamorado galán no pudo menos de sentir extraordinaria opresión al ver que pasaban los días y no sólo no veía a su amada, sino que ni aun sabía nada absolutamente de ella.

En este estado, ocurriósele al monarca salir un día de caza acompañado de sus caballeros.

El conde, aun cuando con el corazón desesperado porque nada sabía de su amada, no tuvo otro remedio que ir.

Los monteros habían descubierto un hermoso jabalí, a más de otras piezas menores, y la cacería prometía ser brillante.

Rodrigo se apostó en uno de los sitios en que la naturaleza desplegaba esa riqueza salvaje que tanto engrandece las vistas del campo.

A su frente se extendía el bosque con sus gigantescos olmos, sus seculares pinos y sus robustas encinas; las malezas entretejidas cubrían los claros que dejaban los árboles. A su izquierda se abría una revuelta senda que conducía al camino y que venía a perderse en un oscuro precipicio abierto en las rocas, y en cuyo tenebroso fondo se distinguía una agua turbia y cenagosa.

A unos cincuenta pasos de este precipicio, se alzaba el castillo señorial, cuyas denegridas torres cerraban el cuadro majestuoso que tenía ante su vista Rodrigo.

Pensativo por demás estaba el conde: aquella mudanza en el cuarto de doña Beatriz, aquella especie de clausura en que su hermano la había puesto, le tenía con alguna inquietud. De cuando en cuando algún ligero rumor venía a sacarle de su meditación, y empuñando la jabalina que tenía a su lado, dirigía al interior del bosque una mirada escrutadora.

Ferrando, que permanecía a algunos pasos de su señor con la ballesta preparada, participaba también de la preocupación del conde.

De pronto, el sonido de una trompa de caza, atravesó el espacio; a su última vibración se reunieron otras ciento que esperaban aquella señal, oyéndose en seguida los ladridos de los perros y los gritos de los monteros que los animaban con sus voces.

A estas seriales, el conde alzó la cabeza, preparó su arma y esperó a que la pieza pasase cerca de él para arrojársela. Entretanto las voces se oían menos distantes, las trompetas resonaban con más fuerza, y la cacería se acercaba hacia donde estaban Rodrigo y su escudero.

Al cabo de un instante, un ruido que se sintió en la maleza les hizo estremecer, y un caballo que salió del bosque desbocado, con una dama encima, les hizo dar un grito de espanto.

Al aparecer el caballo, reconocieron a la que lo montaba, a doña Beatriz, y ambos se lanzaron a socorrerla; pero apartándose bruscamente la maleza, dio paso a un jabalí monstruoso, que con los ojos chispeantes, y arrojando por la boca sangre envuelta en la baba, se lanzó en medio de la plazuela quedando un instante parado, eligiendo sin duda la presa que había de hacer.

Su elección no fue muy dudosa; dando un salto tremendo fue a caer a algunos pasos del caballo de doña Beatriz, que doblemente espantado partió como una exhalación en dirección al precipicio, sin que bastase a contenerle las riendas que con mano trémula empuñaba la joven.

-¡Tú al jabalí, y yo a la dama! -dijo Rodrigo entregando su jabalina a Ferrando y tomando su ballesta.

El riesgo era inminente, el caballo se hallaba próximo a la sima, y sólo un milagro podía salvar a doña Beatriz.

El conde, con el corazón palpitante, pero con la mano bien serena, templó la cuerda, y encomendándose a todos los santos del Cielo, la soltó, y la saeta fue silbando a clavarse en el pecho del corcel, que vaciló un momento y cayó derribando en su caída a su señora, que pálida de terror al principio, se desmayó al conocer la inmensidad del peligro.

Saltar Rodrigo de su caballo, correr a donde ella estaba y levantarla en sus brazos fue obra de un momento. Con la cabeza inclinada sobre el hombro del conde, cerrados los bellos ojos, pálida con esa palidez mate que tanto se asemeja a la muerte, Beatriz estaba sublimemente hermosa; Rodrigo la contemplaba con avidez, y se desesperaba no encontrando un recurso para hacerla volver de su desmayo.

Por fin, un débil estremecimiento que se esparció por todo el cuerpo de la joven, manifestó que volvía en sí, y cuando entreabrió sus ojos, la alegría de nuestro conde fue infinita.

-¡Rodrigo! -murmuró con inefable delicia.

-¡Ángel mío! -dijo el conde arrodillándose junto a Beatriz.- ¡Cuán feliz soy al volverte a ver!

-¡Cuánto te debo, Rodrigo! Sin ti, hubiera perecido indudablemente.

-El ángel protector de nuestros amores, no ha querido sumergirme en la desesperación que tu muerte me hubiera ocasionado -dijo el joven con pasión.

-¡Oh! ¡Y qué cruel hubiera sido morir, cuando el horizonte de mi felicidad se empieza a esclarecer! -contestó Beatriz temblorosa, como si aquel pensamiento le aterrorizase.

-No pensemos ya en lo pasado, y dime ¿por qué motivo te he encontrado en el bosque, cuando yo menos lo pensaba?

-Iba al convento de Santa María del Monte.

-¿Al convento? -dijo el conde con extrañeza- ¿Y a qué?

-A quedarme allí.

-¡Tú!...

-Sí; mi hermano me conducía a él.

-Pero, ¿por qué causa?

-¡Porque te amo! -contestó con un acento tan lleno de sencillez y de pasión la joven, que Rodrigo cayó ante sus plantas otra vez, murmurando:

-¡Oh! ¡Cuán digna eres de que yo te consagre mi amor! -Y después prosiguió- ¿Con que según eso, se halla tu hermano tan opuesto a nuestros amores?

-¡Muchísimo! No contento con haber mudado mis pajes, mis dueñas y mis doncellas, anoche me anunció con peores modales que otras veces, que ya estaba cansado de que su honra la mancillase con mis amores, que toda la corte lo sabía, y que era su resolución irrevocable, que partiese al convento de Santa María, o que olvidase mi amor.

-¿Y tú qué le respondiste? -preguntó Rodrigo anhelante.

-Ya lo ves, marchaba hacia el convento.

-¡Oh! ¡Bendita seas! ¡Cuánto te amo! Y cogiendo una mano que Beatriz le abandonaba, fue a llevarla a sus labios, cuando otra mano se interpuso separándolos violentamente, y una voz que hizo dar un grito a la joven, dijo:

-¡De pie caballero! a ver si como sabéis empañar la honra de una dama, la sabéis defender.

Levantóse el conde y se encontró con el hermano de su amada, que con el furor retratado en su semblante y la espada en la mano, le amenazaba.

Tirar de la suya Rodrigo y lanzarse sobre su adversario, fue una cosa tan rápida que no se puede explicar.

Al verlos Beatriz, se arrojó en medio de ellos exclamando:

-¡Por compasión, envainad esos aceros! Y dirigiéndose a su hermano le dijo: -¡Mátame, satisface en mí tu sed de venganza, pero no le toques a él!

-¡Aparta, infame! -le dijo aquél rechazándola con tanta dureza, que fue a caer sobre el césped desmayada.

-¡Oh! ¡Miserable! -dijo Rodrigo con los labios pálidos de coraje, y cayendo sobre don Diego López de Zúñiga con la espada en alto- Yo vengaré ese ultraje con tu vida.

La lucha fue muy corta.

Rodrigo hacía todos los esfuerzos posibles para vencer a su adversario, que lleno de ira, tirábale tan furiosas estocadas que difícilmente Rodrigo las podía parar.

Finalmente, tratando de esquivar en los movimientos de la lucha el tropezar con el inanimado cuerpo de Beatriz, quedóse un momento en descubierto, y aprovechándose de su descuido, alcanzóle la espada de Diego, que hiriéndole en un hombro, le hizo soltar el arma que tenía en la mano y caer al suelo cerca de su amada.

Ferrando acudió inmediatamente en auxilio de su señor, y mientras tanto, Diego llamando a sus escuderos recogió a Beatriz, la hizo conducir a la silla de manos, y poco después salía del bosque dirigiéndose hacia el convento, a la par que murmuraba:

-Yo te juro, don Rodrigo, que si mi espada no ha conseguido arrebatarte la aborrecida existencia, yo sabré tomar cumplida venganza de ti.

Largos días se pasaron hasta que don Rodrigo pudo abandonar el lecho.

Durante ellos, ni había tenido noticia alguna de Beatriz, ni le fue posible hacer llegar hasta ella ninguna de las referentes a su estado.

Y sin embargo, escenas sumamente fuertes habían tenido lugar entre Beatriz y su hermano.

En vano había tratado don Diego de obligar a ceder a la joven.

Ésta había formulado de una manera clara y precisa su voluntad, y ni los ruegos, ni las consideraciones, ni las amenazas pudieron hacerla ceder.

Convaleciente apenas don Rodrigo, rompióse la tregua que la corte de Castilla tenía ajustada con los moros, y el monarca hubo de reclamar el auxilio de todos los caballeros de sus reinos.

Rodrigo, tanto por obligación, cuanto porque deseaba poner término a una existencia que sin Beatriz se le hacía completamente insoportable, ofrecióse al monarca para ir a combatir con sus lanzas a los musulmanes, y en breve tiempo aderezó su hueste y se dispuso a marchar.

Precisamente por entonces tuvo ocasión el rey de conocer los amores de Rodrigo con la hermana de Diego de Zúñiga.

Interrogó sobre el particular al caballero; refirióle éste lo que había, y el buen monarca don Juan II, tratando de conciliar enemistades que tantas turbulencias estaban ocasionando a su reinado, llamó a don Diego y le pidió para Rodrigo la mano de su hermana.

No era posible desairar al rey, y el de Zúñiga no tuvo más remedio que ceder.

Pero salió del alcázar y murmuró con aquel acento a que él daba tanta expresión:

-¡Rey don Juan, mal hiciste en mezclarte en mis asuntos, porque he resuelto que don Rodrigo no sea el esposo de Beatriz, y no lo será!

Y al día siguiente, cuando la mesnada de don Rodrigo López salía de Valladolid llevando desplegado el pendón de su señor, Diego de Zúñiga salía también de la ciudad.

Las primeras noticias que en la capital se tuvieron de Rodrigo, fueron las de sus triunfos sobre los infieles.

Asentado en el fondo de un ameno valle, a dos leguas de Orihuela, el ejército vencido de Ayub ha establecido sus reales.

Sentado sobre un montón de pieles de tigre, apoyada la cabeza en sus manos, se encuentra el caudillo árabe, solo en su tienda, considerando todo el baldón que sobre él ha de caer por la derrota que ha sufrido.

Es de noche: de cuando en cuando cruzan por el espacio los gritos de los atalayas, que vigilan todas las avenidas del campamento.

Excepto esos gritos, todo reposa en un profundo silencio en el campo de los moros.

Delante de la tienda del emir se pasean dos soldados africanos, cuyo rostro, tan negro como la noche, resplandece bajo las blancas cotas que cubren sus cabezas.

De pronto se detienen, y cruzando sus largas lanzas de dos hierros, quedan inmóviles a la puerta de la tienda.

La causa de su inmovilidad ha sido la aproximación de dos bultos, que conforme se han ido acercando a ellos se han podido distinguir mejor sus formas.

El uno de ellos, cubierto con un largo caftán negro, es un árabe; el otro, armado a la usanza castellana, es un cristiano.

El primero avanzó hasta la puerta de la tienda.

El segundo se detuvo a algunos pasos de ella.

-¡Franquead el paso! -dijo el moro a los soldados.

-¿Quién sois? -preguntaron aquellos.

-Miradme.

Y el árabe, desembozándose del caftán, mostró a los africanos su rostro, sin duda muy conocido de ellos, cuando apartando las lanzas, dijeron:

-Pasad, walí.

Y el walí levantó el tapiz que cubría la entrada de la tienda y se encontró frente a frente con Ayub.

-¡Que el Dios altísimo y único te proteja, emir! -le dijo haciéndole una zalá tan profunda, como el absolutismo musulmán exigía.

-¡Que él sea contigo, Kaleb! ¿Qué me quieres?

-Nuestros atalayas han cogido un cristiano, que venía, según ha dicho, a comunicarte nuevas de un gran interés.

-Bien; mañana me las dirá.

-Es que ha dicho que urge para tu seguridad y la de nuestros soldados, que te hable en seguida.

-¿Eso ha dicho?... ¿Será tal vez algún lazo?...

-Le recogeremos sus armas, y...

-Calla, Kaleb; Ayub-Ebu-al-Gedar no ha temido nunca; que pase.

-¿Quieres que llame a tus soldados para que estén prevenidos?

-No; dejadme solo con él.

Kaleb salió de la tienda, y después de haberse asegurado Ayub de que su yatagán salía con facilidad de la vaina, esperó con seguridad la llegada del cristiano.

Entró éste, se alzó la visera del casco, dejando ver la dura expresión del rostro del hermano de doña Beatriz, don Diego de Zúñiga, y dijo:

-¡Dios te guarde, moro!

-¿Qué me quieres? -le preguntó Ayub.

-Darte lo que deseas.

-¿Y qué es lo que yo deseo? -dijo sorprendido el emir.

-La venganza.

La sorpresa de Ayub crecía, y no pudo menos de exclamar:

-¿Y quién eres tú que así adivinas mi pensamiento?

-Un hombre que como tú desea vengarse, y que te necesita a ti para que le ayudes.

-Habla, ¿de qué modo lavaré mi afrenta?

-Dentro de una hora estará sobre vosotros el conde de Rivadeo con su gente, y seréis vencidos otra vez.

-¡Por Alá! que me das una noticia satisfactoria.

-Escucha hasta el fin; para conseguir nuestro objeto, es menester que todos tus infantes se pongan en marcha y vayan a internarse en los jarales que hay a legua y media de aquí.

-Ya penetro tu intención, quieres dividir mis tropas para hacer más fácil su destrucción; ¿y tú no sabes lo que el emir Ayub hace con los traidores?

-Poco me importa lo que hace -contestó con desdén Diego de Zúñiga- pero si hubiera querido hacerte traición, ¿crees que hubiera venido a decírtelo?

-Es verdad: prosigue.

-Haz que se prepare la caballería, que un pelotón se adelante para hacerles frente y empeñarlos en la acción, en seguida empezaréis a retroceder hacia los jarales; el conde se lanza en vuestra persecución; entretanto otro cuerpo de caballería carga por la espalda sobre los cristianos; a favor de la noche, el conde no puede ver vuestros movimientos, creerá vuestra huida real, y llegará hasta vuestra emboscada con tan poca gente, que seréis, o muy cobardes o muy necios, si no vengáis vuestra derrota.

-No me parece mal -repuso Ayub, después de un instante de meditación- ¿pero quién me responde de que tú no me engañas?

-Mi vida que te entrego, hasta que hayas salido bien de la empresa.

-Aceptado: ¡Hola! ¡Kaleb!

El walí se presentó a la tienda.

-Mis armas, mi caballo, y avisa a mis walíes que se levanta el campo.

Un cuarto de hora después, una masa informe se dirigía con el mayor silencio hacia los jarales de Orihuela, mientras una descubierta de caballería avanzaba por el camino donde había de venir Rodrigo.

Era una mañana del mes de setiembre: un sol de otoño derramaba sus tibios resplandores sobre la ciudad de Valladolid, sol del que la pobre prisionera no podía disfrutar.

Sentada en una tosca banqueta de cuero, la pobre Beatriz miraba pasar tristemente las horas, que se le hacían más largas por la inmensa soledad y aislamiento en que se encontraba.

De pronto la puerta de la cámara se abrió y apareció en el umbral de ella la sombría figura del noble señor don Diego López de Zúñiga, cuyo semblante resplandecía con un gozo cruel.

Un débil grito se escapó del seno de Beatriz, grito intraducible, que tanto podía significar el terror, porque sus males se aumentaran, o la alegría, porque con su venida tuviesen término.

Adelantó algunos pasos el caballero, y fijando en su hermana una mirada de hielo, le dijo:

-¿Es decir, señora, que os habéis empeñado en moriros?

-Al menos muriéndome dejaré de sufrir.

-¡Sufrir!... ¡sufrir! -contestó con acento duro su hermano- ¿y quién tiene la culpa de vuestro sufrimiento?

Alzó sus bellos ojos Beatriz, y los fijó en su hermano con una expresión tan triste, con una especie de acusación tan dulce, que éste no pudo menos de bajar los suyos involuntariamente, contestando a aquella muda acusación.

-¡Ea! dejémonos de niñerías, señora; todo lo que ha pasado démoslo al olvido; desde ahora mismo vuelve a empezar para vos vuestra antigua existencia, y preparaos para formar mañana parte del cortejo de la reina, para recibir a la princesa doña Blanca.

Fue tan grande el asombro que se pintó en el semblante de Beatriz, tan enérgico, tan expansivo, que no pudo menos de notarlo su hermano, que prosiguió sonriéndose:

-¿Qué, te extraña mi conducta ahora?... Bastante sabes que tengo poderosos motivos para ello, y entre ellos, el principal es no tener que temer nada de la persona que me había obligado a usar contigo tanto rigor.

El acento con que pronunció Diego estas palabras, hizo estremecerse a la pobre niña; la expresión que se retrató en su semblante, aumentó su temor, y una sospecha cruel hirió su imaginación tan poderosamente, que sin poderse contener, exclamó:

-¿Y quién es esa persona de quien ya no tenéis que temer?

-Vuestro amante, digo mal, aquel necio que quiso aspirar a vuestra mano.

-¡Rodrigo!... -murmuró con voz débil Beatriz, que empezaba a entrever algo de horrible en la satánica expresión del rostro de su hermano y en su extraño acento.

-Sí, Rodrigo López, ese caballero tan fanático partidario del condestable, cuyas lanzas destrozaron nuestras mesnadas en los campos de Medina.

-Y... ¿qué le ha sucedido?... -preguntó Beatriz, cuyo temblor crecía por momentos.

-Nada; que llevado por su extremada arrogancia, se ha entrado por las fronteras de los moros, y después de haberlos destrozado, ha caído a su vez prisionero, y el alcaide de Baza se habrá cobrado en su cabeza la sangre de sus soldados.

Al oír estas palabras, dichas con la más cruel indiferencia, sintió Beatriz que todas las fibras de su alma se partían en mil pedazos, y tras un grito desgarrador; un grito que expresaba una agonía intinita, cayó casi cadáver sobre el frío pavimento de la estancia.

Lanzóse a socorrerla su hermano; tocó su frente y estaba helada; cortó con su daga los cordones de su vestido, puso su mano sobre el corazón de la infeliz amante, y el corazón no latía; entonces un remordimiento terrible y sombrío se alzó en su pecho, y casi loco se echó fuera de la estancia, gritando:

-¡Hernando, Pérez, Farfán! ¡Todos id en busca del bachiller Cibdadreal, pronto, traedme un médico, que se muere mi hermana! ¡Idos o temed mi cólera!

Temerosos del furor de su amo salieron algunos criados en busca del médico de Su Alteza, el célebre Fernán Gómez de Cibdadreal, y a los pocos minutos volvió Hernando con el célebre bachiller.

Entró éste en la estancia de doña Beatriz, donde don Diego la había hecho trasladar, y desentendiéndose de éste, que sentado en un sitial junto al inanimado cuerpo de su hermana se mesaba los cabellos con desesperación, se puso a observar con una atención profunda a la pobre niña.

En la severa expresión de su rostro, en la tristeza que se esparció sobre él cuando tocó el pulso de la enferma, comprendió Diego que no había esperanza alguna, y dio rienda suelta a su furor, acusándose de ser el verdugo de su hermana.

-No es tiempo ahora de recriminaciones; vuestra hermana vive -dijo Fernán que después de haber aplicado un frasquito de esencia a la nariz de la dama, había sorprendido una débil pulsación en su muñeca.

-¡Oh!... ¡Gracias!... ¿No me engañáis?... Hablad, pedid cuanto queráis, pero salvadla.

-Lo único que ahora quiero es quedarme solo con ella; su estado es grave, y necesito estudiarlo.

-Pero...

-Un médico sabéis que tiene ciertas exigencias que son necesarias satisfacer.

-¿Pero vivirá? -insistió Diego.

-Ahora vive; después os diré si vivirá.

Había en la mirada y en el acento del doctor, un cierto no sé qué, que imponía a Diego de Zúñiga, y sin atreverse a contradecir sus deseos, abandonó la cámara, seguido de las dueñas, doncellas y pajes que en ella había.

Solo ya con Beatriz, sacó de un bolsillo de su ropilla un pomito de cristal herméticamente cerrado con su tapón de oro, lo destapó cuidadosamente y se lo hizo aspirar a la joven, que tras un fuerte estremecimiento y un prolongado suspiro abrió los ojos.

-¿Cómo os sentís, hija mía? -le preguntó con paternal acento el médico.

Beatriz dejó vagar su mirada incierta por toda la estancia, sin fijarla en ningún objeto; pero de pronto una luz terrible hirió su espíritu, y exclamó:

-¡Ha muerto!...

-Vamos, calmaos, y decidme la causa de vuestro dolor; eso os aliviará, porque las penas al confiarlas a otra persona desahogan algún tanto nuestro corazón.

Era tan tierno, tan paternal, por decirlo así, el acento de Fernán, que la pobre niña que hacía tanto tiempo no había oído una voz semejante, se volvió vivamente hacia él, y le preguntó:

-¿Y vos que os compadecéis de mí, vos que me habláis de un modo como nadie lo ha hecho hasta ahora, quién sois?

-Un hombre que ha sufrido como vos, que como vos no ha encontrado en mucho tiempo quien le consuele de sus dolores, hasta que no esperando nada de los hombres volvió sus ojos a Dios; Dios tuvo compasión de él, y desde entonces se ha dedicado a hacer con sus semejantes lo que ninguno hizo por él: a consolarlos en sus dolores morales, y a mitigar sus padecimientos físicos; soy médico y amigo, señora. Ya sabéis quien soy, ahora: ¿queréis dejarme que cure vuestro corazón?

-¡Mi corazón! -repuso Beatriz con una sonrisa triste- ¡Mi corazón está tan profundamente ulcerado, que es incurable!

-No digáis eso, porque me haríais creer que no escucháis ni observáis los consejos que os da el venerable abad de San Diego.

-¿Le conocéis?

-Hace mucho tiempo que es mi único amigo.

-¿Y os ha dicho?...

-Todo lo que de un ángel podía decirme, a pesar de que una madre como la vuestra...

-¿También conocisteis a mi madre?

-¡También!

Sin duda este recuerdo debió excitar en él algo doloroso, porque inclinó la cabeza y permaneció silencioso algunos momentos.

Entretanto, Beatriz, que simpatizó con aquel hombre, tanto por la bondad que se reflejaba en su rostro, cuanto por ser amigo del abad de San Diego y haber conocido a su madre, es decir, a los dos seres a quienes ella había amado y respetado más, desahogó su corazón antes que con las palabras, con un torrente de lágrimas, cuyo peso la estaba oprimiendo hacía algún tiempo.

-¡Llorad, niña, llorad! -dijo- Vos que aún tenéis lágrimas para desahogar vuestra pena, llorad cuanto queráis, y después, si me juzgáis digno de vuestra confianza, decidme la causa de vuestra aflicción.

-¡Ya lo habéis oído, ha muerto él!

-¿Rodrigo? -preguntó sorprendido el médico.

-Sí; ha sido cogido por los moros, que ya le habrán muerto.

-¿Y por dónde habéis sabido semejante cosa?

-Mi hermano me lo ha dicho.

-¡Le reconozco en eso, siempre cruel y vengativo!

-Ya veis como os decía que mi mal no tiene remedio.

-Os equivocáis, lo tiene.

-¿Cuál es? -preguntó anhelante Beatriz.

-La esperanza.

-¡La esperanza! ¿de qué?

-De que tal vez aún viva don Rodrigo.

-¿Qué decís? ¡Dios mío! ¡si fuese cierto!... pero no; vos queréis engañarme, queréis consolarme con esa esperanza que no se ha de realizar nunca.

-Vos no conocéis la costumbre de los moros; antes que todo quieren el dinero, y como no haya muerto el conde en el campo de batalla, me atrevo a responderos de que aún vive.

-¡Dios mío!... ¡haced que sea verdad!

-Rogad, hija mía, rogad al que todo lo puede, y ahora decidme; ¿sabéis dónde han cogido a vuestro amante?

-Me parece que he oído decir algo de Baza.

-¡Ojalá sea cierto!

-¿Por qué?

-Porque en Baza tengo amigos que pronto lo sacarían de su cautiverio.

-Sí, sí -contestó Beatriz animada por las palabras del bachiller- ahora recuerdo que me dijo mi hermano que el alcaide de Baza se cobraría con su cabeza los soldados que Rodrigo le había muerto.

-Entonces confiad; ahora mismo voy a enviar a Baza quien nos dará cumplida razón de todo.

-¡Oh! gracias, gracias, no sé qué encanto tienen vuestras palabras que siento más tranquilo mi corazón.

-Tampoco quiero que os abandonéis a una dulce esperanza, y que después se os defraudase.

-¿Entonces qué he de hacer? -preguntó con angustiado acento Beatriz.

-Poner confianza en Dios -contestó el médico.

Siguióse un momento de silencio, al cabo del cual, dijo éste sacando de su escarcela otro pomito y dándoselo a la joven:

-Tomad; si alguna vez os sentís un malestar extraño en el corazón, pesadez en la cabeza, vértigos y cierta tirantez en los músculos, bebed unas cuantas gotas de lo que contiene este frasco y avisadme en seguida.

-Pero... no comprendo... -dijo Beatriz sorprendida del acento con que el bachiller había dicho las últimas palabras.

-Es muy fácil: vuestra naturaleza está muy predispuesta para una enfermedad que empieza con esos síntomas, y que es necesario combatir inmediatamente. Entretanto, vuelvo a repetiros que os tranquilicéis, que dentro de pocos días tendréis noticias del caballero, y creo que estas os pondrán mejor que podrían hacerlo mis medicinas.

-¡Dios os oiga!

-Cuidad de no dar a entender a vuestro hermano nada de lo que os he dicho respecto a don Rodrigo, ni le mostréis ese pomo.

-¿Por qué?

-Porque no conviene.

-No sé...

-Vamos, sed franca: ¿queréis depositar toda vuestra confianza en mí?

-Siendo el amigo del abad de San Diego, habiéndolo sido de mi madre, y sobre todo habiéndome hablado con ese cariño paternal, al que tanto tiempo no estaba acostumbrada, ¿cómo no he de tener confianza en vos?

-Entonces, no digáis nada a vuestro hermano, y aunque sufráis alguna cosa, acceded a cuanto él os exija.

-Pero...

-Yo velaré por vos.

Después de estas palabras, y de haberle dicho que le remitiría un calmante, que él mismo confeccionaría, abandonó la estancia.

En la antecámara encontró a Diego que esperaba con impaciencia su salida, y le preguntó:

-¿Cómo está mi hermana?

-Fuera de peligro; sólo necesita algunos momentos de reposo, y con la bebida que os traerá mi criado dentro de algunos instantes, confío en que la tendréis completamente buena.

-¡Oh! gracias -contestó con efusión el caballero.

-¿Mandáis alguna otra cosa?

-¿Qué os he de mandar yo, cuando después de lo que habéis hecho sólo deseo serviros?

Mediaron algunas protestas de amistad entre ambos, y tras ellas, abandonó el bachiller el palacio de Zúñiga, y se dirigió hacia su casa.

Era por aquellos tiempos rey de Granada, Mahomed-Ebu-Osman, que escarmentado por los soldados castellanos, había ajustado treguas con don Juan II, enviando por alcaides de sus fronteras, hombres de sano juicio, capaces de contener a sus soldados, si por acaso se les antojaba hacer alguna algara por las tierras de los cristianos.

El alcaide de Baza era uno de estos hombres. Muza-Ebu-Osman, era primo del rey de Granada, y únicamente a él hubiera confiado el monarca granadino la alcaidía de la principal villa de sus fronteras.

Valiente hasta la temeridad, su juventud la había pasado haciendo talas en la tierra de los cristianos, o en los campos de batalla; siempre en las zambras, en los juegos de cañas, de sortija, y en los torneos, había sido el que más había brillado, y añadiendo a esto un corazón magnánimo, una nobleza de sentimientos extremada, y una generosidad sin límites, tendremos una idea aproximada de lo que era Muza-Ebu-Osman en su juventud.

Sin embargo, corrieron los años, y si bien la mayor parte de sus cualidades no se extinguieron, se amenguó por la inmensa avaricia que sustituyó a su excesiva prodigalidad.

Este fue uno de los motivos que le impelieron a solicitar del rey la alcaidía de Baza, donde lejos de las fastuosas fiestas de Granada podría realizar mejor su plan de economía.

Mahomet-Ebu-Osman, que conocía las buenas dotes de su pariente, no titubeó en concedérsela, y el nuevo alcaide reunió en pocos años un capital considerable, capital que en vez de disminuir su avaricia, la excitó más, hasta el punto de tener espías que le avisasen cuando pasaba algún rico señor castellano por la frontera para apresarlo, y exigir después por su libertad un cuantioso rescate.

Aparte de este defecto, Muza-Ebu-Osman era un cumplido caballero, noble, instruido, valiente, y a pesar de sus años casi se le podía disimular su avaricia por las otras buenas cualidades que poseía.

Fátima, su esposa, casada sin amor, joven y unida por las conveniencias de sus familias a un anciano que casi le triplicaba la edad, ahogó toda la fuerza de sus pasiones, todo el ardor de su juventud en una caridad inmensa, en una bondad infinita que derramaba dulce bálsamo en las penas de los desdichados cautivos que gemían bajo el poder de Muza.

Para los musulmanes indigentes era un ángel del paraíso que el profeta ofrecía a sus elegidos.

Para los cristianos que gemían en las mazmorras del alcázar de Muza, era otra Santa Casilda, que bajaba del cielo a socorrerlo y consolarlo.

Fátima, pues, era querida de todo el mundo, y especialmente de su padre.

Ayub, sobrino de Muza, y el mismo que se había apoderado de Rodrigo, merced a la traición de don Diego de Zúñiga, faltando a todos los deberes y a todas las consideraciones, habíase detenido a requerir de amores a Fátima, siendo rechazado altivamente por ella.

El alcázar de Baza era más bien una fortaleza que un palacio. Dominando la población se ve la cima de una pequeña eminencia, sobre cuyos robustos cimientos se asentaba su inmensa mole de piedra, formando cubos, bastiones y murallas cubiertas de saeteras y coronadas de caprichosas y caladas torrecillas que formaban un extraño contraste con los cuatro denegridos torreones que defendían los ángulos del edificio. Un puente de madera sostenido por fuertes cadenas de hierro daba entrada al castillo, que rodeado de un profundo foso, hacía impracticable la entrada para no ser sorprendidos.

Ballesteros africanos, de atezados rostros, paseaban sobre sus adarves, y en lo alto de sus torreones se veían los atalayas; todo indicaba que Muza-Ebu-Osman no era hombre que dejase de tomar bien todas sus precauciones para no ser sorprendido.

Atravesando el puente levadizo que defendía la entrada del fuerte castillo de Baza, se encontraba un ancho zaguán, en cuyo fondo se destacaba una maciza puerta de roble, asegurada por fuertes planchas de hierro, que daba paso a un magnífico jardín, en cuyos costados se abrían otra infinidad de puertas arqueadas y llenas de candados y cerrojos, que ocultaban las mazmorras donde gemían los infelices cautivos de Muza.

A entrambos lados del zaguán se abrían dos magníficas escaleras de escasos y anchos peldaños de oro, en cuyas respectivas mesetas se paseaban constantemente, en la una dos soldados de la guardia berberisca, y en la otra dos eunucos con las manos siempre puestas en las empuñaduras de sus alfanjes, y el ojo siempre alerta y fijo en la subida de la escalera.

La puerta de la derecha daba a los salones de recibir audiencia y habitaciones de Muza-Ebu-Osman.

La de la izquierda daba al serrallo.

Extensas salas, con pavimentos de mármol y calados ajimeces que daban al jardín; tazas de pórfido, en las que se elevaban caprichosos surtidores de agua cristalina; flores en vasos de oro, pájaros en jaulas de nácar y coral, y mullidos almohadones de seda y terciopelo, eran los accesorios de aquella encantadora parte del edificio.

Mujeres de la hermosura más espléndida, desde la griega de purísimos contornos, hasta la doncella castellana de robustas formas y de continente altivo y severo.

Todas las naciones, todas las razas del mundo estaban representadas en el serrallo de Muza-Ebu-Osman.

El moravitho (ermitaño) más austero no hubiera podido menos de arder en un fuego impuro al cruzar aquellas salas, donde entre flores, perfumes y fuentes, la africana de cutis de ébano lucía sus arrogantes formas ante la inmensa luna de acero bruñido que pendía de la pared, donde la indolente hija de la Georgia, envuelta en el manto que su negra y espesa cabellera le presta, se reclinaba con molicie en los mullidos cojines de damasco; mientras que la griega, tipo de pureza de líneas y de belleza de contornos, se miraba con coquetería en las aguas cristalinas que encerraban las tazas de pórfido de las fuentes.

Aquella triple embriaguez de la belleza, de los perfumes y de los cantares, llevaba en pos de sí otra más grande, más impetuosa, más ardiente, que era el amor, y el corazón más insensible, más frío, no hubiera podido resistir aquella tentación que bajo tan seductoras formas se presentaba.

En la misma parte del edificio, aunque algo alejado de las habitaciones de las mujeres de Muza, se alzaba un pabellón, que más bien parecía hijo de la fantasía de un genio, que mansión edificada por los hombres.

Delgadas y airosas columnas de mármol sostenían una cúpula más airosa todavía; pavimentos de mosaico, pájaros y flores, perfumes y seda; todo lo de gusto más rico, más voluptuoso llenaba la estancia de Fátima la Horra (la honesta) mujer legítima de Muza.

Sentada sobre los mullidos cojines de seda damasquina, Fátima, la hermosa entre las hermosas, según la apellidaban los árabes, escuchaba indolentemente los sonidos de la guzla de cuerdas de oro que una esclava tañía, y aspiraba con voluptuosidad el ambiente que agitaba en su derredor otra esclava con un abanico de pluma.

Largas horas pasaron no escuchándose en la estancia más que los flébiles sonidos que arrancaba la esclava de la guzla, hasta que alzando perezosamente Fátima la mano indicó a sus mujeres que se alejasen; tan luego como desaparecieron bajo el elegante arco de herradura que servía de entrada a la habitación se levantó con ligereza y dirigiéndose a un ajimez, fijó al través de las doradas celosías sus ávidas miradas en el jardín.

Sólo entonces sus bellos ojos se animaron, sólo entonces su seno se agitó con rapidez, y sólo en aquel instante aquella fisonomía indolente, como dormida momentos antes, resplandeció con una llama nueva, que al extenderse por su rostro le hacía lucir su espléndida hermosura.

¿Qué había en el jardín que tanto llamaba la atención de Fátima?

Indudablemente no sería Muza-Ebu-Osman, porque en aquel momento se hallaba gravemente ocupado consultando a su consejo de walíes, alimes y wasires sobre un mensaje que el rey de Castilla le había enviado.

Y la mirada de Fátima no era una mirada indiferente, sino tierna, dulce, acariciadora.

Y la agitación de su seno era esa palpitación fuerte, animada del amor.

¿Por qué entonces latía enamorado el corazón de la honesta Fátima, sino era por Muza?

Casada, o mejor dicho vendida por su padre al arrogante pariente del rey de Granada, su corazón había sentido hacia él respeto, pero jamás amor; mas educada por una madre sencilla y buena, nunca había faltado al alcaide de Baza, no porque los más galantes caballeros de las diversas tribus que poblaban la corte de Mahomet no le hubiesen tributado sus obsequios, sino porque la rectitud de su corazón los había rechazado, valiéndole su conducta noble y honrada, el epíteto de la honesta, que le pusieron sus admiradores.

¿Qué significaba entonces la avidez con que miraba al jardín, y la enamorada expresión que tenía su rostro?

Significaba que Fátima era curiosa como todas las hijas de Eva, sea cualquiera la raza a que pertenezcan, y por curiosidad había visto a Rodrigo.

También era muy compasiva, y sus infortunios la habían lastimado profundamente, y aguijoneada sin cesar por la curiosidad y la compasión, que son las avanzadas del amor, la esposa de Muza había mirado más de lo que debía a otro hombre que no era su marido, y que se presentaba bajo la doble aureola de su juventud, de su belleza y de su desgracia, y la consecuencia de todo esto era que Fátima a los veinte y ocho años, y ocho de casada, sentía un amor terrible, punzante, devorador hacia el conde de Rivadeo.

Había luchado con ese amor cuyo solo pensamiento la ofendía; pero demasiado se sabe que las luchas, con esta pasión, la aumentan mucho más; y tras largas noches de insomnio, tras largos días de aislamiento y de lágrimas, la bella mora se convenció de que Rodrigo ocupaba por entero su corazón.

De ahí nacía el afán con que miraba al jardín, y la caridad que afectaba para con los pobres cautivos, caridad que le permitía ver más de cerca al de Rivadeo.

La puerta de la mazmorra, donde sufría por segunda vez todos los horrores del cautiverio el amante de Beatriz, daba en frente de los ajimeces de las habitaciones de Fátima; y ésta, ya que no podía verlo, se contentaba mirando las paredes, al través de las cuales le enviaba todos los enamorados suspiros de su alma, todas las más tiernas miradas de sus ojos.

Aquel día su ansiedad, su impaciencia era más grande; habían llegado a sus oídos vagos rumores de evasión, que frustrada, podía tener terribles consecuencias para los que la habían intentado; y esto la tenía más agitada que de costumbre.

Pero nada veía que pudiera satisfacer su curiosidad; el jardín estaba mudo; nadie pasaba por él que pudiese calmar la febril impaciencia de la enamorada esposa de Muza.

Por fin abandonó el ajimez, y dando con un mazo sobre la plancha de oro, a su metálica vibración un eunuco apareció en la puerta de la estancia.

-Que entre Zaida -le dijo la mora.

Desapareció el repugnante guarda del harem, y al cabo de algunos momentos una mujer anciana entró en la habitación, a cuya vista exclamó Fátima, dirigiéndose con ansiedad hacia ella:

-Dime, Zaida, ¿qué hay?

-Calmaos, señora; dominad vuestra agitación; no corre ningún peligro.

-¡Oh! Gracias -contestó con efusión Fátima, pintándose en su fisonomía una expresión de felicidad inmensa- pero háblame de él; ¿qué ha sido el ruido de esa noche? ¿qué esos rumores vagos que he escuchado en el jardín? Y dime, en fin, ¿qué le sucede? Háblame de él.

-¡Oh! Por Alhá, señora, os ruego que os tranquilicéis.

-¡Si lo estoy! ¿pero tú no comprendes mi impaciencia, no comprendes que yo le amo, y que no puedo escuchar otra cosa que no sea de él?

-Pues por la misma razón que tanto le amáis, es menester que estéis muy tranquila para escuchar lo que tengo que deciros.

-¡Tú!... -dijo asustada doblemente Fátima, tanto por la extraña entonación del acento de Zaida, cuanto por la triste expresión de que se revistió su rostro.

Siguióse a estas palabras un doloroso silencio; la esposa de Muza adivinaba algo de terrible en las extrañas palabras de su nodriza, que estaban en armonía con los presentimientos de su alma y con lo que había escuchado en el jardín.

El amago de una desgracia que pudiera arrebatarle al hombre a quien había adorado con la primera, con la más pura pasión de su alma, le aterrorizaba, hería en lo más íntimo su corazón, y trémula, temblorosa, no acertaba a interrogar a Zaida, temiendo descubrir aquella realidad terrible.

Zaida, por su parte, comprendía el estado de su señora, y temía aumentar su pena con las malas noticias de que era portadora.

Pero Fátima no era de esas naturalezas que tardan en tomar una resolución y sobreponerse a la desgracia que las amenaza.

Alzando altivamente la cabeza, más hermosa todavía bajo aquella auréola de dolor, pero dolor que se dominaba, tranquilizó su rostro, y si bien con el corazón latiendo apresuradamente, preguntó con voz serena a la asombrada nodriza, que no sabía cómo explicarse la extraña transformación de su señora:

-¡Habla! ¿qué hay? ¡Ya estoy serena!

-Pero... -balbuceó la anciana sin atreverse a decir una palabra más.

-¿No me has oído? -volvió a decir la mora con acento duro y un tanto irritado.- ¡Quiero saberlo todo, todo!, ¿lo oyes? ¡Por terrible, por dolorosa que me sea la verdad, necesito saberla!

A tal expresión era imposible seguir guardando silencio.

Zaida lo comprendió así, y contestó:

-Pues bien, señora; bien sabe el Altísimo y único señor, que no quería entristeceros; pero vos lo queréis...

-A lo que importa -la interrumpió Fátima impaciente.

-Anoche se quiso escapar el walí de los cristianos, acompañado de su compañero, y auxiliado por otros que habían sobornado a Alí, el jardinero; pero éste, buen servidor del Dios de los creyentes, lo descubrió todo al emir Ayub, y al poner el pie fuera del jardín, el emir acompañado de sus soldados, los sorprendió.

Calló algunos momentos Zaida, quién sabe si para tomar aliento, o temerosa de entristecer a su ama con lo que seguía; pero Fátima, que anhelante la escuchaba, y que ya estaba resuelta a apurar hasta las heces la copa del padecimiento, le dijo:

-Sigue: ¿qué sucedió entonces?

-Que auxiliados por los que fuera los esperaban, se defendieron algunos instantes, hasta que uno de ellos cayó herido, y entonces el walí de los cristianos, cubriendo a los otros tres con su cuerpo, los obligó a huir, mientras que él hacía frente al emir y sus soldados, y cuando los demás se alejaron, entonces cruzándose de brazos se entregó a sus enemigos.

-¡Oh, siempre noble y grande! -dijo con entusiasmo la mora.- ¿Y después?

-Después, señora, lo cogieron, lo encerraron en la mazmorra, y para evitar otra evasión, lo han cargado de cadenas.

-¡Oh! -dijo Fátima llevándose ambas manos al corazón, cuyos latidos se habían aumentado extraordinariamente durante la relación de la nodriza, y prosiguió después:- Y mi esposo, ¿qué ha hecho? ¿qué piensa hacer?

-El alto Sidy Muza-Ebu-Osman ha reunido su consejo, y creo que el resultado no ha sido el más favorable.

Al oír estas últimas palabras, todo el valor de Fátima desapareció, dejando su lugar al corazón de la mujer.

Torrentes de lágrimas inundaron sus ojos, y suspiros entrecortados salían de sus labios.

Zaida contemplaba con amargura el inmenso dolor de su señora.

Creyente fiel de los dogmas del Korán, aborrecía de muerte a los enemigos del profeta; pero demasiado afecta a Fátima, a quien había criado, y a quien quería con el cariño de madre, no encontraba una palabra para vituperar su conducta, y padecía y lloraba también al ver su impotencia para aliviar el pesar de su señora.

Largo rato pasó ésta entregada a su dolor; y en la estancia no resonó otro ruido que el de los sollozos de ambas mujeres.

Por fin, gradualmente se fueron secando las lágrimas, se debilitaron los suspiros, y Fátima alzó su cabeza, pálido el rostro, pero sereno; en sus ojos brillaba un sombrío resplandor, y dirigiéndose a Zaida, le dijo:

-Es menester salvar al conde.

-¡Salvarlo, señora!... -contestó sorprendida la nodriza, y mirándola fijamente pues creía hijas de su acalorada fantasía las palabras que había pronunciado.

-¡Sí, salvarlo! ¿Acaso crees que no?

-Muy imposible me parece, señora.

-Nada me arredra; yo sabré vencer todos los obstáculos: ¿quieres ayudarme?

-Pero ¿lo decís de veras?

-Nunca acostumbro a decir lo que no pienso hacer: ¿quieres servirme? responde.

-¿Y pudierais dudarlo, señora?

-Entonces, creo que le salvaremos. Ve, averigua cuál ha sido la resolución del consejo, y vuelve a participármela en seguida.

Salió Zaida de la estancia, y Fátima se quedó esperando su vuelta, entregada a serias meditaciones.

La resolución del consejo fue la que lógicamente debía esperarse, dadas las condiciones en que se encontraba Rodrigo.

Había derrotado a los infieles varias veces; el mismo Ayub había sido vencido por él, y ya que tan propicia ocasión se les presentaba para deshacerse de él, no era prudente desaprovecharla.

Ya esta sola razón bastaba para excitar la severidad del consejo con Rodrigo; y si ahora le añadimos el castigo de la tentativa última, de la cual Zaida acababa de hablar a Fátima, puede comprenderse que se había de mostrar inexorable.

Rodrigo y sus compañeros de prisión habían intentado escaparse.

Su fuga fue protegida por una hija de Muza que rivalizaba con Fátima en caridad y afecto hacia los desgraciados, y a quien además impulsaba el amor que profesaba a Osorio, uno de los alféreces de Rodrigo que con él cayó prisionero.

Zoraya, que así se llamaba la hija de Muza, acechó una ocasión favorable, y cuando creyó que podría sin riesgo alguno llevarse a cabo la evasión, los sacó de sus mazmorras: ya se hallaban próximos a abandonar el castillo y a verse en libertad, cuando uno de los carceleros que pudo dar aviso a los soldados, presentóse a tiempo para apoderarse de los presos.

Zoraya, por instigación de Osorio y de Rodrigo, se ocultó a fin de poderles ser útil en lo sucesivo, y los presos fueron conducidos de nuevo a sus mazmorras.

La ira de Muza no conoció límites, y como que precisamente por aquellos momentos llegó a Baza un enviado expreso del bachiller Cibdadreal, médico del rey don Juan II, y amigo además de Beatriz, la respuesta que se le dio por Muza fue la de que Rodrigo y todos sus compañeros eran reos de nuevos crímenes, y que por lo tanto lo que el consejo determinara, sería lo que se hiciera.

El consejo determinó que se les castigase, y al saberlo Fátima dispúsose a poner en ejecución el proyecto que tenía concebido.

Don Rodrigo veía pasar ante sus ojos todas las ilusiones, todos los goces de su vida, goces, ilusiones y esperanzas que desaparecían para no volver jamás.

Nada sabía de Beatriz, y graduando por el pesar tan intenso que sentía, el que sufriría su amada, su dolor se aumentaba, y en veinticuatro horas que habían transcurrido desde que volvió a entrar en la mazmorra, había padecido más que en todos los días de cautiverio que llevaba.

Abstraído en lo más profundo de su pensamiento, no advirtió el ligero murmullo de algunas personas, que al parecer hablaban cerca de su prisión, y sólo salió de su meditación al ruido que hicieron los cerrojos de su puerta al correrse, dejando franca la entrada de aquel antro.

Una mujer se adelantó por ella, llevando una lámpara en la mano, que dejó sobre el pilar que sostenía la cadena de Rodrigo.

Éste, sorprendido al principio, volvió a su estado de completa indiferencia, y alzándose de la paja que le servía de lecho, le dijo:

-¡El cielo os guarde, Zoraya!

Alzó la dama vivamente la cabeza, y fijando en Rodrigo, a través del velo que le cubría el rostro, sus ojos, en los que brillaba un resplandor siniestro, le dijo:

-Te equivocas, cristiano; no soy Zoraya.

-Pues ¿quién sois entonces? -preguntó a su vez el conde con alguna viveza.

-Soy otra mujer no menos hermosa que Zoraya, y tan compasiva como ella, puesto que a lo que parece, también ha venido a visitarte -dijo la incógnita con un leve acento de amarga ironía.

-Padecéis un error, señora; Zoraya no ha bajado a mi prisión; hablo de ella, porque he oído decir que Muza tenía una hija que era el consuelo de los cautivos de su padre, y creí que erais vos.

-Yo soy su esposa.

Y con ademán majestuoso se apartó el velo, dejando ver la hermosura espléndida, provocadora y enamorada de Fátima.

Rodrigo quedó deslumbrado, por decirlo así; la belleza de la mora, de otro género que la de Zoraya, se asemejaba mucho a la de Salonuth, y como la de ésta fascinaba, enloquecía, aunque esta fascinación concluyese en el momento en que se la perdía de vista.

Durante algunos momentos el prisionero contempló profundamente a Fátima, que ruborizada tenía los ojos fijos en el suelo, y aparecía más hermosa aun bajo aquel rubor que encendía su rostro.

-Os doy gracias, señora -dijo por fin el cautivo- pues según habéis dicho, la caridad os ha hecho bajar a mi prisión, y siento no poderos ofrecer donde sentaros, pero ya veis que vuestro esposo no es muy caritativo, y me ha tratado como al último de sus esclavos.

Y con una ligera sonrisa un tanto irónica, y una mirada más expresiva todavía, la indicó aquellas paredes húmedas, aquella paja medio podrida, aquel poste de piedra, al cual estaba sujeto como un malhechor.

El movimiento que hizo arrancó de su cadena un ruido estridente que parecía un gemido, y que fue a herir en lo más profundo del alma de Fátima, que no pudo menos de cubrirse el rostro con las manos, exclamando:

-¡Oh! ¡Esto es horrible!

Y mil entrecortados suspiros salieron de su pecho.

Y torrentes de lágrimas brotaron de sus ojos.

Rodrigo agradecía infinitamente a aquella mujer el interés que parecía tomarse por su suerte.

-¿Lloráis, señora? -le dijo con su voz más tierna, más dulce, más elocuente.

Alzó Fátima sus ojos empapados aún por lágrimas, y al través de ellas dirigió al caballero una mirada tan intensa, tan expresiva, tan poderosamente impregnada de amor, que Rodrigo no necesitó preguntar, no necesitó averiguar qué clase de sentimiento conducía a la mora a su lado, y sorprendido, triste, contrariado, retrocedió algunos pasos, esperando a que Fátima hablase.

Por fin ésta lo hizo.

El movimiento de Rodrigo no se le había escapado.

Las mujeres tienen un instinto especial para conocer la clase de impresiones que causan, y la que Rodrigo sintió, se había retratado demasiado enérgicamente en su rostro, para que ella pudiera dudar.

Mordióse los labios, y amortiguando el brillo de sus ojos le contestó:

-¿Y quién sería capaz de ver tus desgracias sin conmoverse? Aunque pertenezcas a otra religión diferente de la mía, sufres, y el sufrimiento es digno de compasión, cualquiera que sea la persona que lo sienta.

-¡Oh! gracias, señora; ese pesar de que habláis, se disminuye algún tanto, cuando hay personas tan buenas como vos, que se compadecen de él. Ya veis si tendré motivos para estar triste, cuando me veo lejos de mi patria, de mis amigos...

-¿De tu amada tal vez? -se apresuró a decir Fátima con acento incisivo y punzante.

-¿Para qué os lo he de negar? Ya que por mí os tomáis ese interés, permitidme que os confíe todas mis penas, todos mis disgustos; ¡se desahoga tanto el corazón cuando deposita sus pesares en un seno amigo!... ¿pero, qué tenéis?... ¿palidecéis?,... ¿os ponéis mala acaso?

-No... no... no es nada -contestó la mora con voz trémula- tal vez la atmósfera que se respira aquí dentro...

La verdad era que Fátima se encontraba mal; pero no era por la atmósfera, sino porque la franca revelación del caballero destruía todos sus sueños de felicidad, todas sus esperanzas de amor.

Rodrigo prefería deshacer de una vez el encanto de la mora de un modo indirecto, a tener después que avergonzarse por manifestarla un amor que no sentía, o que desdeñar más bruscamente.

En el corazón de Fátima luchaban la pasión y el orgullo.

Como mujer amaba, pero también era orgullosa, y aquel desdén indirecto la humillaba, hería su amor propio, y hacía esfuerzos por ahogar aquella pasión y odiar al prisionero con el mismo furor con que antes le había amado.

Dominándose algún tanto, le dijo:

-¡Ea! sigue tu confidencia, ¿amas, según dices?

-Muchísimo, señora.

-¿Y te corresponden?

-Si así no fuera, un ballestazo de vuestros soldados me hubiera muerto hace mucho tiempo.

-¿Y es muy joven tu amada?

-Diez y siete años tiene.

-¿Siendo tú noble, sin duda también lo será ella?

-Lo es.

-¿Y es muy hermosa?

-Tanto como vos.

Una tinta muy leve de carmín coloreó las pálidas mejillas de Fátima.

Era el primer elogio, la primera palabra algo más dulce, más cariñosa que le había oído a Rodrigo, y aunque llegaba a ella únicamente por la comparación con la otra, sin embargo, su corazón se estremecía de placer.

Pero acto continuo reflexionaba que aquel hombre no sentía por ella más que agradecimiento, indiferencia tal vez, y estos sentimientos, que en todas las razas del universo se distinguen tanto del amor, en el caballero se marcaban con caracteres demasiado significativos para que ella pudiera hacerse ilusiones.

-¿Y tanto la quieres? -le dijo con un acento marcado de celos.

-Con un amor tan grande como la tierra y tan duradero como el sol -contestó con firmeza Rodrigo.

Esta vez ya no fue dueña de contener un ligero grito que partió del fondo de su alma, y de llevarse entrambas manos al pecho, como si quisiera ahogar los latidos de su corazón.

Las últimas palabras del conde le quitaban toda esperanza; y pálida, contraída, desesperada, le dijo con una expresión indefinible, dando algunos pasos para salir:

-Te agradezco la confianza que me has hecho, y procuraré en lo posible endulzar tu suerte. Adiós.

-Él sea con vos, señora -le contestó Rodrigo adivinando la tempestad que rugía en el seno de la mora.

Conteniendo apenas sus lágrimas, salió ésta del calabozo, y ya en el jardín, dio rienda suelta a su llanto, sobre el seno de su fiel Zaida, que no encontraba palabras para consolarla.

Largo rato pasearon por aquellas solitarias calles, contándole la mora sus dolores a la anciana nodriza, que de más experiencia que ella, comprendía todo lo delicado del proceder de Rodrigo, al decirle que amaba a otra antes que ella, arrastrada por su pasión le hubiera obligado a darla una negativa, que seguramente la hubiera afectado más.

Todos estas razones, apoyadas por los consejos, y los consuelos que la edad y el cariño pueden dar, tranquilizaron poco a poco algún tanto a Fátima, cuando un nuevo incidente vino a complicar más la situación de Rodrigo.

En medio de la oscuridad de la noche, oscuridad que se hacía más intensa en los jardines, la esposa de Muza distinguió la confusa forma de una mujer, y recordando al punto la primera exclamación de Rodrigo cuando ella penetró en su calabozo, no pudo menos de pensar:

-¿Si será Zoraya?

Y presurosa trató de averiguar si su presunción era cierta, y no pudo menos de convencerse, llena de cólera, celos y despecho, de que era efectivamente la hija de Muza quien se dirigía al calabozo de Rodrigo.

La momentánea tranquilidad que en ella produjeran las razonadas palabras de Zaida, se desvaneció, y un infierno de celos rugió en su pecho, permaneciendo en el jardín todo el tiempo que estuvo Zoraya en el calabozo de los presos.

Cuando la hija de Muza salió de allí, Fátima no pudo menos de exclamar con voz sorda:

-¡Oh! miserable cristiano, por Alhá te juro que tú y tu miserable cómplice habéis de sufrir tormentos más horribles que los que estoy sufriendo.

Y al día siguiente, tras una noche de insomnio, de pensamientos de venganza y de horribles torturas, envió a buscar a Ayub a quien reveló pintándolo con los más negros colores el nefando crimen cometido por Zoraya y Rodrigo.

Precisamente estaba tratado el matrimonio entre Zoraya y Ayub, así es que la cólera de éste no conoció límites.

Pidió detalles a Fátima, dióselos ésta tal como sus celos se los inspiraron, y creciendo el enojo en el musulmán a la par que la pasión cegaba a la esposa de Muza, formóse la terrible nube que fue a descargar precisamente en el momento en que más daño podía causar a Rodrigo.

Son las once de la mañana, y se halla reunido lo más granado de Baza, en el salón de las grandes ceremonias del castillo.

Formados en semicírculo, se veían los nobles, los sabios, los ancianos y los capitanes de Muza, y a éste mismo en el fondo del salón bajo una especie de dosel teniendo a su derecha a un alférez con el estandarte en cuyo centro campeaba el famoso Le galib ile Alhá, y rodeado de sus guardias, hasta que abriéndose de par en par las puertas, anunció con voz fuerte un maestresala:

-Los nobles enviados por el alto y poderoso rey de Castilla.

Compusiéronse todos los semblantes tomando un continente severo y digno de la gravedad del caso, y avanzaron hasta el centro de la sala nuestros antiguos conocidos Diego de Villanueva y el joven conde de Benavente, seguidos de algunos soldados que se quedaron a la puerta.

Previos los saludos de ordenanza, levantóse Muza de los cojines que le servían de asiento, y les dijo:

-Nobles y valientes enviados del rey de Castilla: Bienvenidos. Todos los poderes del estado, asociado de mis wasires y de mis walíes, hemos impetrado del profeta con el rostro vuelto hacia la Santa Kaaba, que nos iluminase, y nuestra inteligencia esclarecida por la llama divina del querido del Señor, nos ha hecho comprender toda la justicia de vuestra demanda, y por lo tanto hemos accedido a ella. Que pase el cautivo -dijo dirigiéndose a uno de sus oficiales.

Salió éste y a los pocos minutos volvió acompañado de Rodrigo que nada sabía de lo sucedido, y que no pudo menos de sorprenderse al ver al hermano de doña Sol y al de Benavente, mucho más cuando el mismo alcalde, dirigiéndose a él, le dijo:

-Estás en libertad, cristiano. Tu rey nos pide que te entreguemos a él, y accedemos a su deseo. Puedes salir cuando quieras.

Nada expresó el rostro del conde: pudiera decirse que ya le era tan indiferente su libertad como su cautiverio.

Cuando más embebidos estaban sus amigos en felicitarle, se oyó ruido de fuertes pisadas que se fueron acercando hasta que apareció en la puerta la gigantesca figura de Ayub, que armado de todas armas, exclamó al ver al conde en poder de sus amigos:

-¡Eh! ¡Alto ahí! Aún no estás libre, perro cristiano.

Y dirigiéndose a Muza y a los asombrados caballeros que formaban el consejo, añadió con voz en que se advertía una cólera mal contenida:

-Yo, el emir Ayub, ante vosotros, lumbreras y brazos del Islam, y ante vosotros también, emisarios del rey de Castilla, declaro al walí de los cristianos traidor y mal caballero, y le acuso de seducción en la persona de Zoraya, mi prometida, y a ella de cómplice en su fuga de la noche pasada.

-¡Mientes, miserable! -gritó Rodrigo rugiendo de furor y dirigiéndose con los puños cerrados convulsivamente hacia el calumniador.

-¡Mientes! -repitió también Muza pálido de coraje.

-¿Quién estuvo anoche a visitarte en tu calabozo? -preguntó Ayub a Rodrigo.

-Nadie -contestó éste con firmeza.

-Miente este hombre como un cobarde. Anoche estuvieron dos mujeres a verle: la una a prodigarle palabras de resignación, de consuelo, a derramar sobre sus heridas el dulce bálsamo de la caridad; la otra a embriagarse con sus amores, a encenagarse en impuras caricias cuyo término fue estampar el cautivo sus labios en la mano de la infiel ante los ojos del carcelero y ante los míos, que escuché cuanto había pasado. La primera, era Fátima; la segunda, Zoraya. ¿Habrá alguno que me desmienta? Yo lo vi.

Y desnudándose de uno de los guanteletes, lo arrojó al medio de la estancia, exclamando:

-Y lo sostendré contra todo el mundo.

A semejante testimonio, todos enmudecieron. El mismo Rodrigo callaba también, aunque por razones distintas.

Descubrir la verdad era comprometer a Fátima sin salvar a Zoraya.

Y en esta situación, antes que disculparse de un modo que nadie creería ya, resolvió callar y esperar resignado su suerte.

Muza también callaba; pero su silencio era feroz, terrible; dos veces llevó la mano a la empuñadura de oro de su yatagán, y dos veces la volvió a bajar. Por fin dominando algún tanto la tempestad que bramaba en su corazón, dijo a dos de sus oficiales:

-Aliatar, encárgate del preso; y tú, mi buen Abenut, prende a mi hija.

Dirigiéndose hacia los mensajeros castellanos que apenas comprendían lo que pasaba, les dijo:

-Decidle a vuestro rey lo que habéis visto. Decidle que estaba dispuesto a entregarle mi cautivo; pero que ha faltado a todas las leyes del decoro deshonrándome en la persona de mi hija, y que por lo tanto ya no debe esperar salvación más que del señor Altísimo y único, a cuyo justo fallo nos remitimos.

Quisieron oponer alguna resistencia, tanto Diego como el conde de Benavente; pero Muza hizo rodear al conde por sus guardias, y conociendo aquellos su impotencia se retiraron dejándole en manos de sus verdugos, no sin una secreta complacencia del hermano de doña Sol que no podía mirar tranquilo la vuelta de Rodrigo a Valladolid.

Entonces Ayub, volviéndose a uno de sus escuderos que le había seguido, le dijo:

-Ebu-Iaguar corre y publica por los cuatro extremos de la ciudad la acusación que he hecho y lo dispuesto que me hallo a sostenerla, sometiéndolo al juicio del Dios único y vencedor.

Y tras estas palabras, salió de la estancia con el semblante sombrío y amenazador.

Así que se vio solo, Muza dio rienda suelta a su dolor: era padre, y sus sentimientos, aunque ahogados por sus deberes de juez delante de personas extrañas, lejos de ellas renacían y le hacían padecer.

Al cabo de algunos momentos llamó a uno de sus oficiales, y le dijo:

-Que venga mi hija; quiero verla.

Han pasado seis días de los sucesos anteriores.

Un silencio sombrío reina en el castillo de Baza.

Son las doce de la mañana.

Todos los habitantes de la plaza fronteriza a los dominios castellanos, se dirigen con sus trajes de fiesta hacia la campiña.

Todo lo que es bullicio y agitación en la ciudad, en el castillo es calma y abatimiento.

Y no porque nada falte en él.

Al contrario, todos los centinelas están en sus puestos, y sobre la ancha plataforma se ven formados los apiñados pelotones de las tropas berberiscas.

Pero en los semblantes de los centinelas, y en los ademanes de los soldados, vese cierta expresión triste y dolorosa,que oprime el corazón.

El muetzín desde el mirabad de la grande aljama de Baza, ha señalado las doce.

La gran puerta que da al jardín, al cual caen también todas las mazmorras, se abre con un rechinamiento que se asemeja mucho a un gemido.

Un pelotón de etíopes con sus largas picas y sus blancos caftanes abre la marcha.

Después siguen los atabales tocando una marcha fúnebre.

Tras estos viene el verdugo con sus satélites.

Luego todos los oficiales de Muza.

Y más lejos, el pregonero, un hombrecillo seco y jorobado, que lee de cuando en cuando con voz gangosa un pergamino que lleva en la mano.

Detrás de él, sentada en un palanquín cuidadosamente cubierto, y llevado por cuatro esclavos africanos, Zoraya, la hija de Muza-Ebu-Osman, pálida, excesivamente pálida, pero serena, se deja conducir hacia el suplicio.

A algunos pasos del palanquín marcha Rodrigo, con las manos horriblemente encadenadas, pero más altivo, más noble, más hermoso bajo la auréola de su martirio.

Finalmente Ayub, jinete en un soberbio corcel árabe de raza pura, armado de todas armas, llevando a su derecha el estandarte azul con caracteres rojos del profeta y seguido de sus taifas de soldados cerraban la marcha.

Al pasar toda esta comitiva por delante de los soldados y después de los vecinos que corrían al campo, no podían ocultar la pena que les causaba la suerte de la angelical Zoraya, mientras que denostaban a gritos a Rodrigo diciéndole rumi en todos los tonos y con los acentos denigrantes, y los ademanes más despreciativos del mundo.

Zoraya correspondía a aquellas muestras de cariño con una sonrisa melancólica y triste, y algunas veces una lágrima pura y transparente como una perla brillaba en sus ojos.

El conde a cada insulto contestaba con una mirada tan terrible, que los más audaces se estremecían al pensar en lo que podría sucederles si aquel hombre no estuviese sujeto, y a cada desprecio contestaba con una sonrisa cien veces más despreciativa.

Zoraya se sublimaba por medio de su martirio.

Rodrigo adquiría proporciones fabulosas con el heroico silencio que guardó en todos los días que habían mediado desde los últimos sucesos, hasta el en que vamos hablando.

Nada había podido Muza sacar en limpio de la entrevista que tuvo con su hija.

Inocente como estaba de la acusación que se le hacía, negó con indignación los cargos de su padre.

Lo confesó, sí, que había estado en el calabozo; pero que eso no era extraño en ella, toda vez que en otras ocasiones y con otros cautivos lo había hecho.

Muza no sabía qué pensar.

Su corazón de padre la creía; pero su conciencia de juez rechazaba aquella justificación.

Por otra parte, la acusación de Ayub, acusación corroborada por el carcelero, eran pruebas demasiado ciertas para que pudiese dudar.

Sin embargo, faltaba una certeza.

El interrogatorio del conde había sido demasiado corto, y había dado muy pocos resultados.

Nada había dicho.

Le preguntaron, y no contestó.

Le amenazaron, y se encogió de hombros.

Los jueces no sabían qué resolver.

No quedaba más recurso que acudir al juicio de Dios, para ver si el Altísimo e infalible daba la verdadera y justa sentencia a los culpables.

Este, pues, fue el acuerdo definitivo.

Zoraya escuchó semejante fallo resignada, y cuando se quedó sola, se arrodilló y rogó a Dios con todo el fervor y con toda la pureza de su alma.

Cuando concluyó su súplica, estaba más tranquila.

Zoraya había rogado al Dios de los cristianos.

Amaba, y su amante era nazareno.

Y como nada hay que aproxime tanto a Dios como el amor, Zoraya estaba muy próxima a convertirse al cristianismo.

Al saber Rodrigo la suerte que le esperaba, ningún músculo de su fisonomía se alteró.

Con una expresión de indiferencia glacial, escuchó la sentencia.

Después oró también, y puso su confianza en Dios.

Así pasaron dos días.

Durante ellos, en medio del campo se formó un extenso círculo con tablas y árboles, al que se entraba por cuatro puertas que correspondían a los cuatro puntos cardinales.

A la derecha se levantó un estrado magnífico, para el alcaide y sus oficiales.

Las ricas alkatifas (alfombras) de Alepo cubrían las tablas que formaban el pavimento.

El oro, el tisú, la seda, completaban los demás accesorios.

Otras dos galerías que había a los costados, adornadas con más inferioridad, estaban destinadas para los ricos musulmanes.

Y finalmente, para el pueblo, no había estrado ni galerías, sino el duro suelo, y por techumbre el firmamento.

Frente al estrado principal se alzaban dos cadalsos cubiertos de negro.

En el uno de ellos se veía una banqueta, junto a ella un madero perpendicular sujeto al tablado, y grandes haces de maderas resinosas en torno de él.

En el otro había un banco grosero y un hornillo con varios hierros, y a su pie se veían, a duras penas contenidos por esclavos africanos, cuatro caballos de pura raza y cerriles.

Entre los dos cadalsos se alzaba una magnífica tienda, y a su lado otra más sencilla.

En la puerta de la primera, sobre dos astas, veíase en la una un cartel, y en la otra un escudo.

En la puerta de la segunda, nada.

Aquella era la del acusador, la de Ayub.

Esta pertenecía a los jueces de campo.

Algunos soldados guardaban las cuatro entradas de la liza.

De pronto sonaron los atabales.

Y cuatro escuderos, puestos en las cuatro puertas de la valla, leyeron por turno el siguiente cartel:

«Buenos y leales musulmanes: Oíd la sentencia que se ejecutará en la persona de Saida Zoraya, la hija del poderoso y magnífico Sidy Muza-Ebu-Osman, y del traidor rumi que ha abusado indignamente del candor de Saida Zoraya. Si para cuando los muetzines avisen la oración de la tarde no se presenta ningún campeón a pelear por la inocencia de Zoraya, contra el más ilustre de todos los del pueblo escogido, el valiente de valientes, el querido del señor, el emir Ayub-Ebu-Al-Mokar; la paloma sin mancha hasta ahora, la inocente gacela de los bosques, Saida Zoraya, será arrojada a la hoguera, y en cuanto a su miserable seductor, se le sacarán los ojos y el corazón; se arrojarán al fuego, y su cuerpo será despedazado por cuatro caballos del desierto. Esta ha sido la sentencia dictada por el más fuerte de los padres, la poderosa columna del Islam, el poderoso Sidy Muza-Ebu-Osman, en la alcaidía de Baza a 10 de Setiembre del año 842 de la égira.»

Y tras estas palabras volvieron a sonar los músicos sus desacordes instrumentos, y todo volvió a quedar en silencio.

Así pasaron algunas horas.

No faltaron valientes musulmanes, de corazón generoso, que no creyeron la acusación de Ayub, y que aceptando su desafío salieron a combatir con él; pero, ¡ay! eran demasiado débiles para aquel gigante que no tenía en el ejército árabe quien con él pudiese competir.

Todos midieron la arena, y ya nadie más pensó en defender a la inocente hija del alcaide.

Durante algunos momentos, notóse en los rostros de la multitud una marcada expresión de esperanza: confiaban en que Dios haría un milagro y salvarla a la joven.

Pero el tiempo pasaba, el milagro no se realizaba, y a medida que se iba acercando el momento de la ejecución, nobles y plebeyos, ricos y pobres, oficiales y soldados, sentían el corazón dolorosamente oprimido.

El tiempo transcurría con creciente rapidez.

Todas las miradas se dirigían hacia el campo, y de este a las torres de las mezquitas donde habían de aparecer los muetzines.

Y nada se divisaba a lo lejos.

Las cinco de la tarde iban a ser, y con ellas a darse lectura del último pregón.

Se oyó el primer grito del muetzín.

Al mismo tiempo leyeron los pregoneros la sentencia, y los escuderos de Ayub su desafío.

Sonaron por última vez las atakebiras, y nada respondió a su último gemido.

No había esperanza alguna.

Los muetzines seguían chillando en sus mezquitas.

A sus gritos se mezclaban los de la multitud que lloraba, y con vivas instancias pedía el perdón de Zoraya.

Una lágrima brilló en los ojos de Muza.

El pueblo era su esperanza.

Pero secándola prontamente con su mano, revistió su semblante de serenidad, y dio la señal para la ejecución.

Todo el mundo calló.

La misma emoción que sentían, les hizo enmudecer.

Ya los verdugos habían puesto su mano sobre Zoraya, ya acercaban a los ojos de Rodrigo los hierros candentes, cuando un sonido distinto y prolongado, vino a suspender todo aquello y a hacer exhalar de todos los pechos un grito de alegría delirante, infinita, inmensa.

Rodrigo miró a Zoraya, y fijó sus ojos en el cielo con una expresión de gratitud indefinible.

Efectivamente: si por alguien sentía lo que iba a suceder, no era por él, sino por Zoraya, por aquella pobre víctima, de cuya muerte él era la causa involuntaria.

Entretanto el sonido del clarín se oía más claro, más inmediato, hasta que un caballero armado de todas armas, a la usanza castellano, y seguido de dos escuderos, se presentó a la puerta del palenque.

Así que dijo su nombre a los jueces, avanzó hacia el estrado de Muza, se inclinó respetuosamente, dio vuelta, y al pasar por delante del cadalso de Zoraya se llevó la mano al corazón haciéndola un saludo, como convenía a un caballero.

En seguida, llegándose a la tienda de Ayub, se detuvo delante de su escudo, y cogiendo el hacha de armas que llevaba colgada del arzón de su silla, lo hizo pedazos gritando en el árabe más puro y castizo:

-Rompo estas armas porque son las de un traidor y un perjuro; y las rompo del mismo modo que le partiré el corazón, por haber mentido villanamente, diciendo que Saida Zoraya estaba deshonrada.

Una aclamación inmensa fue a herir los oídos del incógnito paladín, mientras que el número de curiosos que se agolpaba a las vallas se aumentaba considerablemente.

Ciego de cólera Ayub salió de su tienda, y cabalgando precipitadamente en un magnífico corcel de batalla, dijo a su contendiente con voz trémula de furor:

-Necesito tu vida, infiel.

-Guarda la tuya, bandido -le contestó el encubierto.

Y ambos partieron a tomar campo a todo el galope de sus cabalgaduras.

Situáronse los jueces en sus puestos, y un instante después, los sonidos de los instrumentos árabes daban la señal de acometer.

Una ansiedad indecible reinaba en todos los espectadores. Con poderoso estruendo se encontraron ambos campeones.

Las lanzas volaron hechas astillas.

La del desconocido falseó el coselete de Ayub, y a no haber sido por el sayo de mallas que llevaba debajo, no hubiese quedado muy bien parado.

En cambio el africano había encontrado al caballero en el guardabrazo izquierdo con tan terrible golpe, que su lanza saltó en mil pedazos.

Nadie dijo una palabra.

Entre aquellos quince mil espectadores no había uno que no siguiese con vivísimo interés todos los incidentes del combate.

Ambos lidiadores echaron mano, el uno a su corvo alfanje damasquino, el otro a su ancha espada de combate.

Entonces, en medio de aquel silencio profundo, se oyó un martilleo horrible, atronador.

Parecía que hercúleos cíclopes estaban golpeando sobre un yunque gigantesco.

Las fuerzas estaban perfectamente equilibradas.

Ayub era más forzudo; pero el desconocido era más ágil.

Los terribles golpes que el moro le dirigía, los esquivaba con maravillosa destreza.

Pronto se vieron por el suelo, plumas, pedazos de tela y trozos de armadura.

Donde caía el alfanje o la espada, arrancaba un trozo de acero envuelto en un centenar de chispas.

El brazo izquierdo del castellano estaba descubierto.

El costado derecho del africano había perdido la pieza de armadura que le defendía.

Y ambos luchaban con furor.

Nadie se atrevía a respirar.

Fijos los ojos en ambos combatientes, todo el mundo esperaba con viva ansiedad el resultado del combate.

La espada del desconocido se alzó con fuerza sobre la cabeza de Ayub.

Cayó sobre su redondo casco, y se partió como si fuera de cristal.

Ambos echaron mano, el uno al hacha que llevaba en el arzón de su caballo.

El otro a su pesada maza de armas.

Y el combate se hacía cada vez más terrible.

Y debía durar muy poco.

Jadeantes ambos de cansancio, únicamente la cólera los sostenía.

Atento cada uno a los movimientos de su contrario, espiaban el menor descuido que pudiera con un golpe asegurarles la victoria.

Cada vez que el hacha o la maza caían, se alzaban tintas en sangre.

La rabia de entrambos se hallaba en su apogeo.

De pronto el hacha de Ayub cayó a plomo sobre el almete del caballero.

Vaciló éste algunos momentos, y a no ser porque su caballo dio una vuelta, indudablemente hubiera sucumbido al segundo golpe que el africano le disparó.

Un grito de angustia salió de todas las bocas.

Sin embargo, se repuso algún tanto el desconocido, y empuñando con ambas manos la pesada maza, la dejó caer con tal furia sobre la cabeza de Ayub, antes que éste pudiera resguardarse, que abrió los brazos y cayó al suelo, exhalando entre bocanadas de sangre el último suspiro.

-¡Le galib ile Alah! -gritó el pueblo entusiasmado.

Zoraya fijó sus humedecidos ojos en el cielo.

Rodrigo también.

Una lágrima brilló en los ojos de Muza.

Otra resbaló por las mejillas de Fátima.

La del primero era de alegría.

La de la segunda de gozo y de desesperación.

Y el pueblo también lloraba y seguía gritando.

Entretanto los atakebiras y los atabales resonaban, y los heraldos anunciaban la justicia del Dios único y misericordioso, cuando un sonido agudo, prolongado, que dominó a todos los demás, resonó en el espacio.

Era el desconocido, que con un pie apoyado sobre el cuerpo del africano, soplaba con fuerza en una preciosa corneta de marfil y oro.

Inmediatamente se notó un movimiento extraordinario entre la multitud.

Mientras que a lo lejos se veía una polvareda inmensa.

El día iba amenguando visiblemente.

Un tropel de moros arrollando las guardias que impedían la entrada en la liza, penetró en ella, y subió al tablado donde se hallaba Rodrigo.

Otro pelotón subió al de Zoraya.

Entretanto la polvareda aumentaba y se acercaba más.

-¡Ya estáis libre, señor! -dijo uno de los árabes a Rodrigo.

-¡Ferrando! -gritó éste con alegría reconociendo a su escudero.

Zoraya, levantada en brazos de los moros, fue bajada al palenque.

-¡Oh! ¡Cuánto quiere el pueblo a mi hija! -murmuraba Muza enternecido.

Pero de pronto se arrugó su frente, se alzó con viveza de su asiento y echando mano a su yatagán, exclamó con furia:

-¡Traición, traición, cerrad las puertas! ¡A ellos, mis valientes caballeros, a ellos!

Y bajó al palenque seguido de sus caballeros y de sus guardias.

La causa de esto había sido que el desconocido había cogido a Zoraya entre sus brazos, seguido de dos pelotones de moros, a cuya cabeza iba Rodrigo, jinete en un caballo que había salido allí sin saber de dónde.

En vano quisieron los soldados oponerse a su salida; poderosamente secundados por otros moros que había fuera, salieron al campo libre, en medio de los gritos del pueblo, de las amenazas de Muza y de las trompetas que se oían más cerca.

Entonces corrieron a la desesperada.

Muza, seguido de sus soldados, les perseguía encarnizadamente.

Por fin, al volver un recodo del camino, un bosque de lanzas se abrió para dar paso a los fugitivos cerrándose a la aproximación de sus perseguidores.

Al frente de estas lanzas se ostentaba el pendón de Castilla.

Depositada Zoraya en los brazos de Nuño y algunos otros criados de Rodrigo, se armó éste a la ligera, y tomando su lanza de manos de un escudero, dijo, volviéndose al desconocido que les había salvado la vida:

-¡Adelante, Osorio, tomad mi enseña, y castiguemos de una vez a esos infieles!

Momentos después no se veía más que un confuso tropel de hombres y caballos, del que se exhalaban de cuando en cuando, en medio de los gemidos de los moribundos y de las imprecaciones de los combatientes, estos dos gritos de guerra:

-¡Le galib ile Alah!

-¡Castilla y León!

El resultado de aquella lucha no pudo menos de ser favoroble a las armas cristianas.

Rodrigo volvió triunfante a Valladolid, y la pobre Beatriz, a quien su hermano había sacado del convento, suponiendo cierta la noticia de su muerte, recibió inmensa alegría al saber que su amante existía.

Inmediatamente trató el caballero de ponerse en comunicación con ella y el abad de San Diego por una parte, y por otra el bachiller Cibdadreal, interesados por ambos jóvenes, hicieron cuanto de su parte estaba para conseguir que la suerte de la pobre niña mejorase algún tanto.

En esta situación ocurrió un incidente que fue el que verdaderamente determinó la suerte de Rodrigo, demostrando hasta qué punto arrastraron sus celos a la desdichada Fátima.

Días después que Rodrigo recobró su libertad, penetraba por una de las puertas de Valladolid una litera tirada por dos robustas caballerías, y a cuya portezuela iba un caballero cubierto con un brillante arnés seguido de dos escuderos que cerraban la comitiva.

Así que entraron en la ciudad, el caballero se acercó al jayán que cuidaba las bestias y le dijo:

-Guía al mesón de maese Nicodemus.

El villano se le quedó mirando con sorpresa, y al cabo de algunos momentos se aventuró a decirle:

-Señor, ¿habéis dicho al mesón de maese Nicodemus? ¿pues no estarían mejor vuesas mercedes, en el «Moro coronado» o en el del «Ciervo real?»

-¿Quién te manda hablar sin que te pregunten? -le dijo el caballero con voz de trueno- ¡Guía y calla!

Se santiguó devotamente el buen jayán, y con la cabeza baja tornó a agarrar del ronzal a sus mulas y se dio a guiarlas por las calles de la regia villa.

Y en verdad que tenía razón para asombrarse y santiguarse.

La casa de maese Nicodemus tenía realmente a peor fama del mundo.

Se contaban cosas horribles de ella.

Se hablaba de orgías desenfrenadas que tenían lugar en las altas horas de la noche.

Se habían oído blasfemias y juramentos horribles.

Y en otras ocasiones, gritos que hacían erizar de espanto los cabellos de los honrados vecinos que vivían en las casas inmediatas.

Y choques de espadas y de copas, y de canciones obscenas.

Y llantos, risas y gritos de placer y de agonía.

Y aun había alguna vieja quintañona que aseguraba, como artículo de fe, que estando ella un sábado a su ventana, a las doce de la noche, sintió un ruido extraño cerca de sí, miró a todas partes y nada vio.

Volvió a repetirse el ruido que se asemejaba al susurro de un beso, alzó la cabeza, y vio infinitas sombras que agitándose en el aire, se dirigían a la casa de maese Nicodemus, y desaparecían por el tejado.

Y aun añadía que las tales sombras se abrazaban y besaban con un escándalo tal, que encendieron de rubor su frente de ochenta años, y la hicieron retirarse a su cama, invocando a todos los santos.

Nosotros no sabemos a quién invocaría en las soledades de su lecho de solterona la buena anciana, sólo sí que la casa de Nicodemus era el terror del barrio.

Estos clamores, estas acusaciones y estos miedos, llegaron a oídos de la justicia, que se decidió a observar la causa de semejantes terrores.

Pero lo cierto fue, que sin saber cómo ni cuándo, las falanjes de corchetes, alcaldes y escribanos, desaparecieron, y que aunque el vecindario siguió diciendo que se oían las mismas voces, juramentos y carcajadas, la justicia contestó que eran aprensiones de los buenos vallisoletanos, y que la casa de maese Nicodemus era una honrada y tranquila posada, y su dueño un cristiano de chapa, que pagaba muy bien sus impuestos, y asistía a misa todos los domingos y fiestas.

Estas razones no calmaron la inquietud de los vecinos, ni las lenguas de las comadres del barrio.

Lenguas e inquietudes que tuvieron nuevo pábulo con haber agregado Nicodemus una taberna a su posada.

Pero la justicia esta vez no se contentó con decir que el tabernero era bueno y honrado, sino que bajo multa de un castellano de oro, prohibió a los habitantes delas casas inmediatas que molestasen a la autoridad con sus quejas, ni al honrado posadero con sus injuriosas suposiciones.

Desde entonces sólo se murmuró en lo interior de las casas; pero al pasar cualquier persona por delante de la puerta de la taberna no se olvidaba de hacer la señal de la cruz, como si esperara ver salir por ella una legión de diablos que quisieran apoderarse de él.

He aquí el motivo del asombro del muletero.

¿Cómo era posible que un señor tan principal prefiriese el mesón de maese Nicodemus al del «Moro coronado?»

Pero en fin, ¿qué remedio? El caballero había dado muestras de incomodarse, y no era muy prudente contrariarle.

En medio de estos pensamientos la reducida comitiva llegó a la puerta del mesón.

Nicodemus salió en seguida a recibir a sus huéspedes, y se llevó respetuosamente la mano a su caperuza.

Llamó el caballero aparte al honrado hostelero, y le dijo algunas palabras en voz baja.

Inmediatamente las maneras de Nicodemus se hicieron más humildes, y llamando a voces a sus criados, y dando él mismo el ejemplo, en un instante estuvo el caballero y dos señoras a quien acompañaba en el mejor cuarto de la casa; los escuderos calentándose en el hogar, las caballerías en la cuadra, y los asadores volteando sobre el fogón.

-¿Estáis cansada? -preguntó el caballero a la más joven de los dos señoras.

-No, Ebu-Ferik; me siento bien.

-Recordad, señora, que estamos en Valladolid, y que vos sois mi prima, doña Aldonza Díaz de Vargas, así como yo don Pedro de Vargas.

-Tienes razón.

-Pero, ¿qué locura ha sido la que hemos hecho? -dijo la otra anciana que aún no había hablado.- ¡Abandonar nuestro alcázar de Baza, por seguir una aventura loca!

-Calla, Zaida; ¿llamas aventura loca a una en que va interesado mi corazón, mejor dicho, una aventura de la cual depende mi felicidad, mi vida?

Los ojos de Ebu-Ferik irradiaron una luz terrible; pero en seguida se dominó, y dijo con voz perfectamente serena:

-Tiene razón la señora, y ni a vos ni a mi nos toca hablar ni contradecir una cosa que desee.

-¿Y cuándo vas a ver a ese amigo tuyo, que nos ha de dar noticias del conde?

-En seguida que vos me lo mandéis.

-Ve a verlo -dijo la joven; pero en seguida repuso- no, no; vendrás cansado y con ganas de comer, descansa y come y después irás.

-Como os plazca, señora.

En esto llamaron discretamente a la puerta, y el posadero entró seguido de dos mozos que llevaban la mesa.

Cubriéronla de manjares y vinos, se sentaron los recién llegados, y maese Nicodemus y sus satélites se retiraron.

Concluida la comida, el caballero se levantó y se dirigió a la puerta, diciendo:

-Voy a cumplir vuestro encargo.

-¡Cuán bueno eres! -dijo la dama con una expresión de sincero agradecimiento.

Ebu-Ferik o Pedro de Vargas, como queramos llamarle, abandonó la estancia.

Salió a la calle, y preguntando llegó a las casas de San Pablo, morada en aquel tiempo de su alteza el rey don Juan II.

Preguntó por los soldados de la guardia morisca del rey, y al primero que encontró, le dijo:

-Oyes, tú, ¿sabes dónde habita el alférez don Diego de Villanueva?

-Sí, señor -le contestó el soldado sorprendido de los modales bruscos del caballero.

-Pues bien, si quieres ganarte un escudo, condúceme a su casa.

-Es que también tengo que desempeñar una comisión de mi capitán.

-¿Tardarás mucho?

-¡Oh! no, señor; en cuanto a eso, ya verá vuestra señoría las buenas piernas y ligereza que tiene Gil Garcés.

-Entonces anda; aquí te espero.

Y púsose a pasear Ebu-Ferik por la plaza de San Pablo, mientras que el soldado echó a correr, hasta que desapareció por una de las boca-calles inmediatas.

Aún no había transcurrido media hora, cuando ya estaba de vuelta el soldado.

-Cuando gustéis, señor -le dijo.

-Vamos allá -le contestó el lacónico caballero.

Anduvieron algunos pasos, cuando al salir de la plaza le dijo el soldado, señalándole a un caballero que se acercaba hacia ellos:

-Mirad, señor; ahí tenéis al que buscáis.

-Gracias, y toma.

Y una moneda de oro cayó sobre la mano del guía, que haciendo reverencias se marchó corriendo a reunirse a sus compañeros; para gastar alegremente la dádiva del desconocido.

Entretanto, éste había estrechado la distancia que le separaba del hermano de doña Sol.

Se encontraron, y el desconocido le dijo:

-No tan de prisa, señor alférez.

Volvióse Diego, y al reparar en el semblante de su interlocutor, no pudo ahogar una exclamación de sorpresa, y dijo:

-¡Ebu-Ferik!

-No tan alto, si os place; Ismael y Ebu-Ferik son dos nombres que no pueden aplicarse a dos caballeros como nosotros; vos os llamáis don Diego de Villanueva, y yo don Pedro de Vargas.

-¿Y qué os trae por la corte, señor don Pedro de Vargas?

-Necesito una casa con todas las comodidades necesarias para que puedan habitarla unas damas.

Los ojos de Ismael se fijaron con una expresión altamente escrutadora en el semblante de Ebu-Ferik, que sostuvo con una calma imperturbable aquel examen inquisitorial.

-¿Acaso Fátima ha venido con vos? -le preguntó.

-Fátima sigue en su alcázar de Baza; es mi prima Aixa y sus esclavas.

-¡Ah! ¿con que es Aixa?... yo creía...

-Habéis creído mal -contestó secamente el moro.

-¿Y queréis una casa tranquila, eh? de apariencia modesta, aunque su interior sea suntuoso y magnífico; ¿no es esto?

-Habéis comprendido perfectamente mi idea.

-Pues bien, la tengo; contad con ella.

-¿Lo decís de veras? ¿y cuándo podremos habitarla?

-Cuando gustéis.

-¿Dónde está?

-Venid conmigo, y os la enseñaré al mismo tiempo que tomáis posesión de ella.

-¡Oh! ¡no sé cómo pagaros!...

-Ya estoy suficientemente recompensado -contestó Ismael lanzando una mirada indefinible a Ebu-Ferik.

Ambos tomaron la calle adelante.

Llegaron a una casa de apariencia bastante mediana.

Diego entró en un zaguán oscuro, se acercó a la pared, tocó un resorte perfectamente oculto a la mirada más perspicaz, y una puerta se abrió en el fondo de él.

Subieron una estrecha escalera, a cuyo final se abrió otra puerta; y cámaras, retretes misteriosos, habitaciones ricamente decoradas se presentaron a la asombrada vista de Ebu-Ferik.

-¿Os gusta la casa? -preguntó Diego.

-Muchísimo; esto supera a todo cuanto yo hubiera podido imaginarme.

-Pues desde este momento podéis disponer de ella.

-Entonces, con vuestro permiso, voy a buscar a mi prima y a traerla a tan encantadora mansión.

-¿Queréis que os acompañe?

-No, sería molestaros demasiado, y...

Salieron a la calle otra vez, despidiéronse y cada uno tomó una dirección opuesta.

Fátima y los esclavos acompañados por Ebu-Ferik se instalaron en la casa que el alférez les proporcionara.

Dos días después llamó a Ebu-Ferik la musulmana, y le dijo:

-Es necesario que entregues a Rodrigo este mensaje, y le sirvas de guía hasta esta casa.

El musulmán palideció, pero se inclinó respetuosamente en señal de acatamiento a las órdenes de su señora.

Ebu-Ferik se había criado con Fátima.

Niño, creció con ella, y cuando la joven pasó a ocupar en el harem de Muza el lugar de esposa predilecta, Ebu-Ferik ocupó también en la pequeña corte del alcaide de Baza el cargo de uno de sus oficiales.

Ebu-Ferik amaba extremadamente a Fátima.

La menor insinuación de ella era una orden para él.

De aquí que cuando la dama le significó su deseo de abandonar el castillo de Baza y trasladarse a Castilla en seguimiento del traidor que la había desdeñado, Ebu-Ferik sintió un dolor horrible en el corazón; pero accedió inmediatamente a acompañarla.

Y él sabía que aquel viaje envolvía la pérdida de sus esperanzas, de su dicha y de su felicidad.

Ebu-Ferik había conocido en otro tiempo al alférez con quien le hemos visto hablar.

Entonces estaba en Granada al servicio de su rey, y si había pasado a Castilla a servir en la guardia morisca de don Juan II, había sido únicamente por el mayor sueldo que tenía.

Fátima, ante la muestra de asentimiento dada por Ebu-Ferik; entrególe la carta de que le hablara, a fin de que la llevase a su destino.

Tiempo hacía que había cerrado la noche.

Rodrigo hallábase en su aposento departiendo con su alférez Osorio, cuando de pronto penetró un paje en la estancia el cual presentándole una carta en una bandeja cubierta con un paño blasonado, le dijo:

-Señor, esto han traído para vos.

Tomóla Rodrigo, leyóla, reflejándose en su rostro la sorpresa, y preguntó después:

-¿Está ahí quien la ha traído?

-Sí, señor.

-Dile que espere.

Salió el paje, y Rodrigo mostró la carta al alférez, diciendo:

-Ved; ¿qué opináis de semejante aventura?

Tomó Osorio la carta, y leyó lo siguiente:

«Si no tenéis miedo, señor don Rodrigo López, seguid al que os entrega esta carta, y veréis a una persona que se interesa por vos.»

-No debéis ir, don Rodrigo; ese es mi parecer.

-¿Y qué se diría entonces? Ya veis lo que ahí se me previene: «si no tenéis miedo...» ¡Hola, Ruiz Gómez! Mi espada y mi capa.

-Al menos, permitidme que os acompañe -dijo Osorio mientras Rodrigo se ceñía la espada y se ponía la capa que un escudero le entregaba.

-No; me citan a mí solo, y solo iré. Con que hasta mañana, Osorio.

-Como queráis, señor; hasta mañana.

Salió Rodrigo, y en una de las antecámaras encontró a un hombre embozado, cuyo rostro ocultaba completamente un antifaz negro. Llegóse a él y le dijo:

-¿Es a mí a quien esperas?

-Sí, señor.

-Pues bien, guía.

Y ambos salieron de la casa.

En cuanto a Osorio, así que se quedó solo en la habitación, salió por otra puerta, atravesó algunos salones, entró en un estrecho corredor, subió una escalera y llamó a una puerta que había frente a ella.

-¿Quién va? -preguntaron desde dentro.

-Abre, Ferrando; abre pronto.

Abrió la puerta el escudero, y le dijo precipitadamente el alférez:

-Toma tus armas y tu tabardo, y vamos a escape.

-Pero ¿qué hay? ¿Acontece alguna desgracia a mi señor? -preguntó un tanto cuidadoso Ferrando.

-Tal vez; pero anda pronto, en el camino te contaré lo que únicamente sé.

Tomó el escudero sus armas, se envolvió en su tabardo, y ambos salieron a la calle, se pusieron a seguir con cautela los pasos del conde y su guía, que marchaban bien ajenos de semejante espionaje.

Cruzaron muchas calles y callejuelas, hasta que al fin se detuvieron en una casa de mediana apariencia.

El guía sacó una llave y abrió la puerta, diciendo a Rodrigo:

-Pasad, señor don Rodrigo.

Entraron ambos en un portal iluminado con un farol que pendía del techo, volvió el desconocido a cerrar las puertas, y subieron una estrecha y tortuosa escalera que los condujo a una cámara bastante pobremente adornada; el encubierto se dirigió a una puertecilla que había a un extremo de la habitación, la abrió y pasaron ambos; de este modo cruzaron algunas salas hasta que llegaron a un reducido aposento donde el guía dijo a don Rodrigo:

-Esperad aquí.

Y sin que éste supiera por dónde había salido aquel, se encontró solo.

En los primeros momentos Rodrigo se creyó a oscuras.

Por fin sus ojos se fueron acostumbrando a las semitinieblas que reinaban en la estancia, y quedó completamente admirado.

Una preciosa bomba de cristal encerraba en su seno una luz, cuyo brillo amortiguaban ricas telas de seda puestas sobre ella, y encajada en un hueco del techo, despedía un resplandor sumamente suave que apenas dejaba percibir los objetos.

Rodrigo siguió en su inspección, y cada vez se encontraba más sorprendido.

Sobre unas paredes forradas de cuero negro se destacaban cuatro ángeles, que a juzgar por las inscripciones arábigas que tenían a los pies, representaban los cuatro arcángeles: Gabriel, Miguel, Azrael y Azrafael, que reconoce la religión islámica.

Los ojos de los cuatro, eran ocho brillantes de un tamaño disforme, que por sí solos valían un tesoro.

Los cinturones que plegaban sus túnicas flotantes estaban asimismo recamados de pedrería, y las inscripciones igualmente.

A entrambos lados de cada ángel, que correspondían a las cuatro paredes del aposento, había dos lunas de acero primorosamente pulimentadas, y cuyos marcos eran anchos listones dorados con cuatro rosetones en las esquinas, y en cada uno de ellos una joya de gran valor.

Un diván ancho con respaldos y capaz de contener dos personas, se veía en medio de la estancia, y perfumeros invisibles la embalsamaban con sus aromas.

Todo allí respiraba riqueza, y voluptuosidad.

Era, más bien que una habitación para personas humanas, la encantadora mansión de alguna hada.

Rodrigo no podía darse cuenta de lo que sentía; semejante riqueza era superior a todo cuanto había visto.

Fascinado, por decirlo así, ante aquella esplendidez, no podía atinar el resultado que tendría su misteriosa aventura.

De pronto se esclareció toda la estancia.

La lámpara que estaba engastada en el techo, impelida por un oculto mecanismo, descendió hasta salir completamente de su álveo.

El resplandor que se exhaló de ella al reflejar sobre los zafiros, las esmeraldas y los brillantes, les hacía brillar con tanta variedad de luces que ofuscaban la vista.

Rodrigo no pudo resistir aquellos torrentes de luz, y cerró los ojos.

Cuando los abrió, la lámpara había vuelto a ocupar su sitio.

La semi-oscuridad que había en la habitación al entrar el conde en ella, volvió a reinar.

El aroma que exhalaban los ocultos perfumeros, se hizo más fuerte, más embriagador.

Un suspiro tierno, dulce, tímido llegó a los oídos del de Rivadeo, y le hizo volver la cabeza precipitadamente hacia el sitio donde había sonado.

Sentada sobre el diván había una mujer, cuyo blanco ropaje se destacaba sobre el oscuro fondo del asiento.

Rodrigo creyó que soñaba.

¿Por dónde había entrado aquella mujer?

¿Acaso alguno de los ángeles que se veían en las paredes había dejado su puesto, y animándose bajo el poderoso aliento de un encantador se hallaba en el diván para arrebatarle el alma como ya estaban fascinados sus sentidos?

Desde que entró en aquella casa, todos fueron misterios; pero los que estaba viendo, palpando, por decirlo así, en aquel instante, eran superiores a todos los demás.

Fijos los ojos en la dama, no encontraba palabras que decirla, ni se atrevía a moverse por temor de que aquel encanto se desvaneciera.

La incógnita tuvo necesidad de romper el silencio.

-Acércate, conde -le dijo- ¿Acaso te causo espanto?

Al sonido de aquella voz, miró Rodrigo más fijamente y con más curiosidad a la dama.

Pero su rostro estaba cubierto por una especie de toca de gasa que impedía ver distintamente sus facciones.

Y sin embargo, aquel acento lo había escuchado él en otra ocasión.

Su sorpresa crecía por momentos.

-¿Nada me respondes? -preguntó la desconocida.

-Dispensadme, señora; pero hay situaciones en la vida, que por lo inesperados nos aturden.

-Yo creía que el conde de Rivadeo no era hombre que pudiera aturdirse por nada de cuanto viera.

-Os contestaré, señora: el conde de Rivadeo, en medio de los peligros, no olvida su serenidad; pero las felicidades le abruman, si bien es sólo por algunos momentos.

-¿Luego la felicidad te dura muy poco y pierdes en seguida el recuerdo de ella? ¿Sabes que eso honra muy poco tu constancia, y augura muy mal para las pobres mujeres que te den esa dicha que tan pronto olvidas?

-Veo con sentimiento que me habéis comprendido mal, o yo me he explicado peor. He querido decir, que la felicidad inesperada me sorprende, me abruma un momento; pero que pasada aquella especie de vértigo que me causa, la olvido un tanto para pensar en el ángel que me la ha concedido. Y ahora que habéis comprendido mi explicación, ¿me permitiréis la honra de besar vuestra mano?

Rodrigo poseía en alto grado la galantería de aquel tiempo.

Después era hombre, y ante aquella poderosa seducción, ninguno hubiera podido permanecer insensible.

En casi todas las situaciones de la vida, ejerce una gran influencia la impresión del primer momento.

Una aventura vulgar no hubiera llamado su atención.

Pero aquella casa, aquella habitación tan fantástica como ricamente decorada, aquellos servidores invisibles, aquellas puertas que se abrían sin ruido, y sobre todo aquella mujer que había entrado en la estancia cegándole, si cabe expresarnos así, con los torrentes de luz que despedía, permitiendo de este modo que no viera por dónde estaba la puerta que le había facilitado el paso, y que se presentaba cubierta de gasas y rodeada de riqueza, débilmente iluminada por una luz artísticamente dispuesta, y circundada de una auréola de blancas nubes de seductora fragancia, le interesaba, le seducía, y exaltaba poderosamente su imaginación.

Una dulce emoción se apoderó de la dama, al sentir el ardiente contacto de los labios del conde.

Se siguieron algunos momentos de silencio.

Por fin, dijo la desconocida:

-¡Álzate, conde, y siéntate a mi lado! ¡Tengo tantos cosas que decirte!...

Fue tan dulce, tan suave el acento de la dama, que Rodrigo creyó escuchar el acento de una de las huríes que el Korán ofrece a sus creyentes.

Y se aferró en esta idea, porque todo cuanto había visto, le revelaba el origen árabe de la dama con quien estaba hablando.

Sentóse en el mullido diván, y el suave perfume que la incógnita exhalaba empezó a turbar sus sentidos.

La agitación siempre creciente de ella, aumentó la de él.

La estrechez del asiento, hacía que sus cuerpos casi se tocaran, y aquel contacto abrasaba al conde.

Éste volvió a coger aquella mano tan mórbida, tan suave, que no deseaba otra cosa.

Cansado de aquella situación, fue a apartar el velo que cubría el semblante de la dama.

Pero ésta hizo un movimiento para impedirlo.

Y sin saber cuándo ni cómo, sus dos cabezas se encontraron y sus labios se unieron.

El velo que cubría a la incógnita cayó por fin al suelo.

Rodrigo no pudo contener una exclamación de sorpresa, ni ocultar un movimiento de disgusto.

Hasta se avergonzó del momento de embriaguez que había tenido.

Y alzándose del asiento, exclamó con un acento en que se advertían cien afectos distintos:

-¡Fátima!

La esposa de Muza, pues era ella, no perdió el movimiento del conde, ni la expresión de su voz.

Húmedos aún de placer sus ojos, una lágrima se vio brillar en ellos.

Había tenido algunos instantes de felicidad infinita, tanto más grande, cuanto que jamás la había disfrutado.

Casada con Muza sin amor, su alma no se había dilatado bajo los ardientes rayos de la mirada apasionada de un hombre.

Era hermosa, y el deseo de Muza se satisfizo.

Fue iniciada en ciertos misterios desconocidos hasta entonces para ella, y su corazón presintió que allí no estaba la felicidad completa.

Vio a Rodrigo, y sintió en su ser una cosa extraña.

Ella, que había desdeñado a los caballeros, que a pesar del rigor de los musulmanes y de la reclusión en que tienen a sus mujeres, habían encontrado medio para decirle que la amaban, deseó al ver al conde, que la mirase, que le indicase que sentía par ella lo mismo que habían sentido los demás.

Pero al revés de esto, el conde no la miró jamás, y esta indiferencia acreció su amor.

Este amor la llevó a su calabozo, y ya sabemos lo que sucedió en él, y las consecuencias de aquella visita.

Pero Fátima amaba con la primera pasión y con el fuego de las almas africanas.

En cuanto supo que Rodrigo se había escapado, no pensó más que en seguirle.

Y ayudada por un servidor fiel, lo consiguió.

Dio una cita al de Rivadeo, y merced al encanto de que con todo gusto árabe supo rodearse, consiguió fascinarle un momento, y en el gozó con todos los goces, con todas las alegrías, con todas las felicidades de que estaba avaro su enamorado corazón.

Mas ¡ay! que aquel velo tan inoportunamente caído vino a deshacer su ilusión.

Comprendió el gusto del amante, y una lágrima sola, pero ardiente, desesperada, amarga, empañó sus pupilas.

Y con un acento sumamente dolorido, contestó a la exclamación del conde:

-No apartes de mí tus ojos con esa expresión más cruel para mí que todas las palabras de desdén que pudieras decirme. ¿Por qué te disgusta mi amor? ¿Acaso no soy bastante bella para agradarte? ¡Oh! ¡si así fuera no perdonaría jamás a Alhá, el no haberme dado esa belleza capaz de inflamar tu corazón! No vuelvas la vista a otro lado; ¡te amo tanto!...

-¡Señora! -murmuró Rodrigo sin saber lo que decir.

Su situación era terriblemente comprometida.

Por una parte le halagaba el amor de aquella mujer, que por él lo había sacrificado todo.

Por otra parte su corazón rechazaba la mentira; pues al decirle que la amaba, la había de engañar.

El conde era un tanto aficionado a las aventuras.

Como a todos los hijos de Adán, no le disgustaban las descendientes de Eva.

La aventura en que se hallaba envuelto ¡era tan seductora!...

Y la mujer heroína de ella ¡era tan hermosa!...

Sin embargo, rechazó aquella voz dulce que tan fuertemente hablaba a sus sentidos, y tomó una actitud serena y reservada.

Fátima prosiguió:

-Mira, cristiano; si el amor se ha de juzgar por los sacrificios, el mío es inmenso. Yo no había amado a nadie hasta que te vi; yo entreveía una felicidad más grande que la que disfrutaba; pero jamás la había deseado. ¿Para qué te presentastes ante mis ojos, si tan cruel habías de ser conmigo que no tengo otra culpa que adorarte con todo mi corazón? ¿Crees acaso que no te amo? ¡Oh! pluguiera a Alhá que fuera eso, porque fácilmente te mostraría lo contrario. Fija tus miradas en las mías, a través de ellas leerás en el fondo de mi alma, y verás el amor que te profeso. ¿Quién podrá amarte más que yo en el mundo? Si hay alguna mujer que te diga semejante cosa, que venga, y cuando ella sea capaz de sacrificar su reposo, su honra y su vida por el hombre a quien adora, entonces creeré no que te ame más que yo, porque eso es imposible, pero sí tanto; y entonces, si tú la amas, tendrás que matarme, porque si no moriría ella, y mi muerte viniendo de tu mano sería aún una felicidad para mí.

-Señora -le dijo el conde esforzándose en dar a su acento una expresión severa- ¿qué preferís en un hombre: una palabra que os halague un momento para daros un desengaño más terrible después, o una palabra franca, leal, que os quite la ilusión en el instante, evitándoos un dolor más terrible? Creo que apreciaréis más la segunda, y esta es la que os voy a decir. No os amo... o mejor dicho, no puedo, no quiero amaros -prosiguió Rodrigo con menos firmeza y bajando sus ojos, no pudiendo resistir la deslumbradora irradiación de los de Fátima- no quiero amaros, porque para ambos sería una desgracia terrible.

-¿Y por qué? -preguntó la dama siempre con los ojos fijos en el conde.

-¿Por qué?... dispensadme si no os lo digo, pero hay cosas que...

-Que cuando se anuncian, se deben decir; ¿qué desgracia pudiera sobrevenirte amándome?

-No he dicho solamente de mí, creo que también he temido por vos; ¿creéis acaso que yo tengo miedo a algo en el mundo? Para mí nada me aterra, pero sí por la persona a quien envuelva mi suerte.

-¿Con que es por mí? ¿por mí temes esa desgracia? y si temes es señal de que me amas... ¡Oh! conde, repite otra vez esa palabra, deja a tu corazón que se desborde, anega el mío en los mares sin fin de felicidad que tus amantes palabras derraman en mi seno, y después que vengan las mayores desgracias: ¿qué dolor más terrible hay para mí en el mundo que sufrir tu desden?... Una mirada amorosa de tus ojos, una sonrisa tierna de tus labios, una palabra de cariño me harán fuerte para desafiar los peligros más grandes; vuelve, vuelve a repetir lo que has dicho, y mi corazón entero irá a dar las gracias al tuyo, confundiéndose en uno nuestros seres.

Rodrigo veía que aquello iba tomando mal giro.

Sabía por experiencia lo que eran los amores africanos.

Salonuth se lo había demostrado bien claro.

Y no quería que Fátima fuese una segunda Salonuth.

Y sin embargo, la esposa de Muza excitaba poderosamente sus deseos.

Aquellos ojos negros, rasgados, húmedos aún y brillando de amor y voluptuosidad, hacían bajar los suyos al conde, que a su pesar los alzaba otra vez, miraba, y el rayo que de las ardientes pupilas de la africana se exhalaba, abrasaba las venas del caballero; aquellos labios encendidos, aquel seno que se aumentaba o se deprimía, a impulsos de una fuerte agitación; aquel perfume lánguido, suave y embriagador que emanaba de Fátima, todo turbaba, todo enloquecía, todo fascinaba al conde, que no era ningún San Antón para resistir las tentaciones que bajo tan bellas formas se le presentaban.

Sin embargo, San Antón venció a Satanás, porque la gracia del Señor le sostenía.

Rodrigo se defendió de Fátima, porque el recuerdo de Beatriz cruzó por su imaginación.

Temió por ella la venganza de la mujer del alcaide de Baza, y recobró su serenidad.

Volvióse a Fátima, y le contestó:

-Habéis interpretado mal mis palabras; no os repetiré que os amo, porque no puedo amaros; ¿creéis que en la vida puedan sentirse dos amores? Yo he amado, he concentrado toda mi vida en una mujer; la he adorado como una madre adora a su hijo, con el más puro, con el más inmenso, con el más desinteresado cariño; pero ha muerto, y mi corazón ha muerto con ella también; ¿cómo queréis que pueda sentir amor hacia vos, cuando ni aun sensaciones tengo ya? Esta es la desgracia que quería evitaros. Comprendo vuestro cariño, y lo horrible que os ha de ser escuchar semejante confesión, pero vos lo habéis querido, y a mi pesar he tenido que complaceros.

Concluyó de hablar Rodrigo, y aún creía escucharle la mora.

La declaración del conde la había aterrado.

Por un momento germinó en su alma un odio profundo, un deseo del hombre que despreciaba su amor.

Pero era tan franco, tan dulce, tan melancólico al mismo tiempo, que aquellas palabras, que salían de un pecho herido, dulcificaban la llaga que en el suyo abrían.

Como se ve, el conde sabía mentir a las mil maravillas.

Pero su mentira tenía un objeto noble.

Alejar de Beatriz el resentimiento de Fátima.

Pero el amor de ésta se acrecía doblemente con la negativa del conde.

La mora era buena, y amaba con delirio.

El amor es la pasión que más purifica el alma y que hace brotar de ella los más generosos, los más grandes sentimientos.

Al engrandecerse, el cariño de Fátima cambió de objeto.

El alma del hombre a quien adoraba, estaba ulcerada terriblemente, y ella quería derramar sobre aquella úlcera el bálsamo dulcísimo del amor.

En el fondo de este pensamiento había bastante egoísmo.

Pero era perdonable, ¡porque amaba tanto!...

Hubo algunos momentos de silencio.

Al cabo de ellos, lo rompió Fátima, diciendo:

-A pesar de lo dolorosa que me ha sido tu franqueza, te la agradezco, conde; más doloroso, más terrible me hubiera sido que desdeñases mi amor por el de otra mujer; pero tú sufres, tú lloras en tu vida un vacío profundo, déjame a mí que enjugue tu llanto, déjame a mí que trate de atenuar el recuerdo de ese vacío. No te hablaré nunca de mi pasión; te hablaré de ella, me dirás su nombre y mis lágrimas correrán al par que las tuyas; mis cuidados, mis atenciones, mis desvelos te rodearán por do quier; seré la madre que padece al ver el sufrimiento de su hijo querido, y que se afana, se apresura a mitigar su pena. ¿Quieres más, cristiano? ¿quieres más? Pídeme consuelos, abnegación, cariño, toda mi vida la sacrificaría por ti. ¡Oh! yo seré tu madre, tu hermana, tu amiga, ¡nunca tu amante! y bien sabe el dios Altísimo y Omnipotente el dolor que esto me cuesta: estar a tu lado, escuchar tu acento, recibir tus primeras miradas será mi única felicidad.

Era tan poderosamente enérgico el dolorido acento de Fátima, que Rodrigo sintió vacilar su resolución.

Pero afirmándose más y más en su idea, repuso:

-No os canséis, señora; para mi alma, ya no hay consuelo; dejadme que siga mi solitaria carrera por el mundo, que el alivio ni lo espero, ni lo deseo tampoco.

-¡Oh! ¡De rodillas te suplico que aceptes mi oferta! ¡No hables de este modo porque sufro extraordinariamente! ¡Ya que desdeñas mi amor, acepta mi amistad! ¡Yo seré tu esclava, lo que tú quieras que sea, pero al menos pueda verte y pueda consolarte!

Fátima había caído a los pies del conde, y llorosa y palpitante se arrastraba ante él.

Rodrigo la rechazó, y le dijo:

-Es inútil; no acepto vuestro ofrecimiento.

Al sonido seco y duro de aquella voz, alzóse vivamente la africana.

Sus ojos se habían secado: una luz sombría se dibujaba en ellos.

Con su instinto de mujer había adivinado que el conde le engañaba.

Fijó en él una mirada intensa, y le dijo:

-Te daba mi amor, y lo has desdeñado; te he ofrecido mi amistad, creyendo en tus dolores, y la rehúsas también; te he suplicado de rodillas, y has rechazado mi súplica; pues bien, guárdate que llegue el día en que tú me supliques también, porque seré inexorable.

Y tocando en la pared, volvió a bajar la luz, volvió a deslumbrarse Rodrigo, y cuando abrió los ojos, la dama había desaparecido.

Aquella aventura le disgustó extraordinariamente.

Sin saber por qué, presentía una desgracia.

Estaba deseando salir de aquella casa; pero el tiempo pasaba y nadie venía a buscarle.

Cansado de esperar, empezó a llamar a grandes voces; mas sus gritos se ahogaban dentro de la misma estancia.

Entonces comprendió el sentido de las últimas palabras de Fátima: comprendió que estaba preso, y que su cautiverio sería ilimitado.

Efectivamente, Fátima estaba desesperada, y su amor había llegado a aquel extremo en que no se repara en nada; ni se detiene ante consideración alguna.

Si don Rodrigo no la amaba porque su corazón pertenecía a otra mujer, tampoco ésta podría disfrutar de su amor.

Prefería verle muerto, a verle en otros brazos.

Sin embargo, no había contado la celosa musulmana ni con el entrañable afecto que al caballero profesaban sus servidores, ni con la fuerza de voluntad y la energía, de él.

Así fue que una y otros inutilizaron por completo su propósito.

Osorio y Ferrando se habían quedado a la puerta de la casa, cuando su señor penetró en ella.

Con suma impaciencia esperaron algún tiempo, impaciencia que se trocó en inquietud cuando pasaron algunas horas y vieron que no salía el conde.

Aguardaron algunos momentos todavía, y aquellos dos hombres se dirigieron una sola mirada, pero con ella se entendieron, y dándose un apretón de manos se dirigieron resueltamente a una de las ventanas bajas sobre la que caía un balcón de madera groseramente trabajado.

Trepar por la ventana y encaramarse al balcón fue obra de algunos segundos para aquellos dos hombres que se sentían dispuestos a sacrificarse por su señor.

Fuertes puertas defendían el paso del balcón a las habitaciones.

Detuviéronse algunos momentos indecisos sobre lo que habían de hacer; pero la inacción no era para ellos larga, porque tirando Ferrando de su daga, la introdujo por las junturas de las puertas, y apoyando sus dos cuerpos con una fuerza prodigiosa, saltaron los barrotes interiores que las defendían y dejaron la entrada franca a los dos escaladores.

La habitación en que se encontraron estaba completamente oscura.

Fueron tentando por las paredes hasta que Osorio exhaló una especie de grito de alegría: había encontrado por fin una puerta.

Alzaron el pestillo, y gozosos, vieron que se abría, dándoles entrada a otra cámara tan oscura como la anterior.

Así sucesivamente, unas veces cediendo las puertas fácilmente, y otras empleando la fuerza, atravesaron muchas habitaciones, al final de las cuales se hallaron en un corredor sombrío, por el que se lanzaron con admirable decisión.

Siguieron bastante rato por él, cuando allá a lo lejos distinguieron una luz débil, y hacia ella apretaron el paso.

Cerca ya, repararon que la luz se hacia más fuerte, y que de pronto una sombra se interpuso entre ella.

Deseosos de encontrar a alguno que les dijera lo que deseaban saber, aunque para ello tuvieran que recurrir a medios violentos, echaron a correr en dirección a la sombra que acababa de salir del centro de la luz y que les parecía que iba a su encuentro.

-¡No te muevas y responde! -gritó Ferrando asiendo por el cuello a la sombra.

Ésta se conoce que no gustaría de semejantes chanzas, porque repeliendo con fuerza al buen escudero, le dijo:

-¡Eh! ¡alto, canalla!...

-¡Ah! ¡loado sea Dios! ¿Sois vos, señor conde?... -exclamó entonces con alegría Osorio, abrazando a Rodrigo.

-¿Pero cómo estáis aquí? -preguntó éste con extrañeza.

-Ferrando y yo, señor, os hemos seguido, y al ver que tardabais, no hemos podido resistir al deseo de saber si os había acontecido alguna desgracia.

-¡Bravos corazones! -contestó el conde conmovido- vamos, vamos a casa, porque tengo deseos de salir.

Y volviendo a tomar el mismo camino por donde habían entrado, abandonaron la casa de Fátima.

Silenciosos fueron todo el tránsito hasta la del conde, y no porque ninguno de los dos servidores no anhelase saber lo acontecido a su señor; pero le veían callado y serio, y ninguno se atrevía a preguntar nada.

Con la libertad de Rodrigo, volvió, es cierto, la felicidad de poder ver a doña Beatriz y concertar la anhelada unión; pero también con ella aumentaron sus peligros.

En primer lugar, aquel desdeñado amante de Fátima, que le servía tan dócilmente en apariencia, pero que sólo deseaba vengarse de ella, era un peligro terrible para Rodrigo, pues del mismo modo que la mora decía que antes que en los brazos de otra mujer, prefería verle muerto, así también Ebu-Ferik decía, que antes de que Rodrigo llegase a poseer a Fátima, le daría la muerte.

Por otra parte, el hermano de Beatriz era otro enemigo formidable de Rodrigo, y si a esto añadimos todo cuanto podía inventar el despecho y los celos en la desesperada Fátima, se comprenderá perfectamente que la situación del caballero no tenía nada de agradable.

Pero éste, para nada se ocupaba de los peligros que pudiera correr.

Al recobrar su libertad de acción, sólo pensó en realizar aquel proyecto tantas veces acariciado, y tantas veces desvanecido.

Dar su mano a Beatriz.

La pobre niña, por su parte, tampoco podía resistir más tiempo los inmensos dolores que le causaban toda aquella serie de venganzas y de animosidades, que sin saberlo, ella misma había excitado.

Rodrigo, que sabía era inútil cuanto tratase de conseguir respecto al hermano de Beatriz, no tuvo otro remedio que dirigirse al abad de San Diego, a fin de que éste bendijera su unión con todo el mayor recato posible, para evitar que nadie pudiese impedirla.

Pero Fátima no lo ignoraba.

La desesperación de la musulmana no conoció límites cuando supo la desaparición de Rodrigo.

Inmediatamente desplegó a su alrededor una vigilancia tal, que verdaderamente puede decirse que no daba el caballero un solo paso que no fuese por ella conocido.

Ebu-Ferik la ayudaba maravillosamente.

Es verdad que con su venganza también se hallaba interesado, y obraba con una actividad y un celo verdaderamente pasmosos.

Así que Rodrigo, sin poderlo presumir y sin poderlo evitar, por lo tanto, estaba espiado.

En esta situación llegó el día destinado para que se verificase su unión.

Doña Beatriz, pretextando la asistencia a una función religiosa en uno de los conventos de Valladolid, salió de su casa y bien pronto su litera se halló fuera de la ciudad, y en camino del monasterio de San Diego.

Al mismo tiempo también Rodrigo, acompañado de su fiel Ferrando, dirigíase por opuesto camino hacia el mismo punto.

A la vez que esto sucedía, Diego de Zúñiga recibía un pergamino sin sello, pero cuidadosamente enrollado, en el cual se le decía:

«Mientras tú estás muy tranquilo en tu casa, tu hermana está entregando su mano al conde don Rodrigo López.

»Si quieres sorprenderlos y evitar esa unión, corre inmediatamente al monasterio de San Diego.»

-¡Ira de Dios! -gritó el hermano de Beatriz dando un puñetazo sobre la mesa de roble que a su lado tenía- ¡por mi nombre, que si es cierto lo que dice este miserable papel, yo les juro que con cien vidas que tuvieran no pagarían bastante mi deshonra!

Y llamando a sus escuderos vistióse apresuradamente, y poco después salía de Valladolid emprendiendo a todo escape el camino hacia el monasterio de San Diego.

Rodrigo y Beatriz hallábanse arrodillados ante el altar, mientras el abad de San Diego celebraba las ceremonias determinadas por el ritual.

En una de las capillas y completamente envueltos en la sombra, estaban Fátima, Ebu-Ferik y don Diego de Zúñiga.

-¡Oh! Hemos llegado tarde -exclamó Fátima con doloroso acento.

-Yo le mataré -murmuro Diego con voz sorda.

-Sí, sí, matadle -dijo la musulmana con acento indefinible.

Ferrando, a corta distancia de su señor, apercibióse de aquellas inmóviles figuras que sigilosamente habían entrado en el templo y que poco a poco habían ido colocándose de modo que pudieran ver perfectamente a los contrayentes, y aun estar cerca de ellos.

La ceremonia religiosa terminó.

Beatriz y Rodrigo estaban casados.

El deseo de ambos, aquella aspiración tantas veces manifestada y que tantas alteraciones había sufrido, realizóse por fin.

Un gemido desgarrador se exhaló de los labios de Fátima al terminar la ceremonia.

Al mismo tiempo un rugido de cólera brotó también de la garganta de Diego.

-Hijos míos -decía al mismo tiempo el abad a los recién casados- mucho habéis sufrido; por luengas contrariedades habéis tenido que pasar; pero felizmente todo ha terminado para vosotros, y únicamente lo que ahora debéis hacer es procurar evitar en cuanto sea posible, los funestos efectos de la cólera de don Diego, que han de ser terribles.

-Más terribles de lo que os parece, padre -gritó en esto la colérica voz de don Diego, que de un salto y antes que nadie pudiera impedirlo, con la daga en la mano arrojóse sobre don Rodrigo.

Un grito desgarrador lanzado por Beatriz hizo comprender a su esposo el peligro que corría.

Trató éste de retirarse para poder sacar la espada; pero la rapidez del movimiento de Diego fue tal que inutilizó la idea de Rodrigo.

-Vas a morir -gritóle.

Pero de súbito, Fátima, sin poderse contener al ver el peligro de Rodrigo, lanzóse en medio de ambos con ánimo de separar a Diego, y éste que tenía alzado ya el brazo para herir, dejóle caer con tan desdichada suerte que la daga fue a hundirse en el albo seno de Fátima.

Un grito de horror brotó de todos los labios.

A este grito se siguió una carcajada que nada de humana tenía, y a ella la caída de un cuerpo.

Beatriz no había podido resistir el peso de tantas emociones, y tuvo que ser conducida fuera del templo, en un estado que verdaderamente inspiraba temor.

El abad condújola a una de las celdas, mientras que Ebu-Ferik, Rodrigo y Ferrando trataban de auxiliar a la desdichada moribunda.

En cuanto a Diego de Zúñiga, lleno de ira y de despecho, había salido tras de su hermana, sin que en aquellos momentos de tribulación se apercibiese Rodrigo de ello.

Fátima estaba en sus últimos momentos.

Fija su mirada, que se iba enturbiando por grados, en la del conde, en sus opacos destellos le daba la vida que por él, y sólo por él estaba perdiendo.

Y sin embargo, en aquel rostro que palidecía por instantes, había una expresión tal de felicidad, que se comprendía que para aquella mujer la muerte era un beneficio inmenso.

Así era. Morir por el hombre a quien había amado, dar su vida por salvar la de él, era para aquella alma dolorida un goce supremo, una ventura que le hacía olvidar el dolor que su herida le causaba.

Rodrigo sufría horriblemente.

Tres mujeres le habían amado.

De ellas ignoraba la suerte de dos, y en cuanto a la tercera era un pobre lirio cuyo tallo habían cortado en la flor de su juventud.

Ebu-Ferik no podía, no encontraba palabras que decir en aquellos momentos.

Amar a una mujer con toda la fe de su alma; concentrar en ella su vida, sus sensaciones, su porvenir; relegar este amor al fondo de su pecho por temor de que su acento empañara la pureza de ángel de aquella mujer; verla después amar a otro hombre, adorarle con la misma fe que ella era amada, y finalmente, ¡verla espirar por haber entregado su vida para salvar la de su ingrato caballero!... Hubiérase dicho que la puñalada de Diego de Zúñiga, al romper el albo seno de Fátima, había roto también todas las fibras del alma del moro.

-¡Rodrigo! -murmuró débilmente la esposa de Muza.- ¡Rodrigo!... acércate más a mí... ¡Déjame que te vea... en mis últimos momentos!...

-Aquí me tenéis, señora, tranquilizaos. ¿Quién os ha hablado de morir? -dijo Rodrigo con un acento que se esforzaba en aparecer tranquilo.

-¿Quién me habla de morir?... esta felicidad que siento brotar en el fondo de mi alma, me dice que es la muerte que se aproxima... ¿quién te habrá amado más que yo en el mundo?... ¡Ah, Rodrigo!... ¡pregúntale a esa mujer que sufre en silencio!... ¡a esa otra que te envía su amor envuelto entre sus insultos, pregúntales si hubieran sacrificado su vida por la tuya!... ¡Ah! ¿por qué no me habías amado como yo a ti?...

-Señora...

-Callad, Fátima; los esfuerzos que estáis haciendo para hablar empeoran vuestro estado; ¿no es cierto, caballero? -dijo Ebu-Ferik dirigiéndose a Jacob, que profundamente pensativo no separaba sus ojos de la moribunda ni había dicho una palabra.

-Dejadla que hable -contestó el médico en voz baja a Ebu-Ferik- dejad que esa alma sublime se desahogue; ¡pobre cisne! permitid que en sus últimos momentos entone el postrer canto a la vida.

-Tenéis razón, señor -contestó Fátima, que con esa percepción extraña que tienen los moribundos, había escuchado las últimas palabras de Jacob- tenéis razón... ¡a qué negarle a un alma que se muere este postrer desahogo!... ¡Oh! ¡Rodrigo!... ¡si cien vidas tuviera, cien vidas perdería gustosa por este único momento de felicidad!... estás a mi lado... fijas tus ojos en los míos... una lágrima acaso brilla en ellos... ¡Oh! ¿por qué no podré beberla como hubiese aspirado tu amor?... ¡Estrecha con tus manos las mías... siento un frío extraño que circula por todo mi cuerpo!... parece que se turba mi vista... ¿iré a morirme ya?...

-¡Desgraciada! -murmuró Rodrigo, conmovido extraordinariamente.

-¿Dónde estás, Alhá? -dijo Ebu-Ferik fijando una mirada insensata en el cielo.

-¡Pobre mujer! -decía Jacob contando en el pulso de Fátima los momentos de vida que le quedaban.

-No veo... ¡Rodrigo!... ¿será cierto que en esa eternidad donde voy a entrar... no te haya de ver más? ¿No he de escuchar ese acento... que a pesar de lo duro que para mí ha sonado siempre... tanto he deseado oír?... ¡Oh! eso no puede ser!... ¡sería el más horrible de los martirios!... Dime... dime si eso es cierto... porque si es así, yo no quiero morir... aún tendrá vuestra ciencia recursos para darme la vida... pero bajáis la vista... nada me respondéis, no tengo más remedio que

-Señora -dijo Jacob- poned vuestra confianza en nuestro Dios; él es infinitamente misericordioso y bueno, y tal vez os dé el alivio que mi ciencia no pueda daros.

-¿Con que no hay remedio!... -dijo Fátima fijando sus miradas extraviadas en todas partes.- ¡Rodrigo!... ¡Rodrigo!... ¿es cierto que me amas?... vuelve a repetirme que ese amor que yo he soñado... me pertenece por entero... ¡Dices que me has amado siempre!... ¡siempre!... ¡qué dulcemente resuena esa palabra en el fondo de mi alma!... vuelve a repetirlo... ¡es tan hermoso oír de boca del hombre que se adora... una expresión de cariño! tú no amas a las demás mujeres... ¿es verdad que no?... ¿qué te importan las amenazas... los halagos... los amores de las demás... cuando mi corazón es tuyo?... ¡Oh, amado mío!... ¡qué bien sabes expresar tu pasión!... ¿qué mujer habrá que no te idolatre!...

El delirio de Fátima iba creciendo por momentos.

Sus mejillas se habían enrojecido, sus palabras, ora tiernas, suaves, acariciadoras, ora doloridas, iban envueltas entre la sangre que brotaba de sus labios.

Sus miradas brillaban de un modo extraño.

Era el último resplandor der aquella luz próxima a extinguirse.

Mudos y profundamente oprimidos aquellos tres corazones, no encontraban una palabra, ni aunque hubieran querido, tampoco hubieran podido pronunciarla.

-¡Oh! -gritó de pronto la mora- este frío glacial que siento en mis venas... este velo que turba mis ojos... este ardor que devora mi pecho... esta es la muerte... ¡Dios mío! ¡Oh! ¡no, no... yo no quiero morirme!... soy joven... la vida tiene mil atractivos... para mí... desde que él me ama... ¡Rodrigo!... -prosiguió con exaltación, y rodeando por medio de un esfuerzo supremo, con sus brazos, el cuello del conde.- ¡Rodrigo!... ¡tú no puedes... tú no debes consentir... que yo muera!... tú me amas... ¿no es cierto?... ¡Oh!... siento una hoguera en mi corazón... las palabras... se ahogan... en mi garganta... dadme... dadme agua... yo quiero vivir... ¡Ah!... ¡no te veo!... ¡Rodrigo!... ¿dónde... estás?... ¡Dios mío!... ¡luz!... ¡vida!... ¡Rodrigo!... te am...

No pudo concluir la frase.

Una bocanada de sangre se llevó aquella alma tan pura, que tanto había amado, y cuya muerte sublimaba su ardiente amor.

Momentos después, tres hombres arrodillados ante el cadáver de una mujer, expresaban en su sombrío silencio, el intenso dolor de que estaban poseídos.

La melancólica luz de la lámpara hacía más poderosamente lúgubre aquel cuadro.

Un ligero estremecimiento de Fátima fue ya la única señal que determinó su tránsito de la vida a la muerte.

Los tres hombres arrodillados junto al cadáver de la infeliz, lloraban silenciosamente.

Beatriz recobró la razón.

Por mediación del monarca, verificóse la reconciliación entre don Rodrigo y don Diego de Zúñiga; pero ni don Rodrigo pudo ya ser feliz, ni tampoco lo fue Beatriz.

El cadáver de Fátima estaba constantemente entre ellos, y dos años más tarde, Rodrigo quedaba viudo.

Don Fernando López.

Era el año 1560.

Por este tiempo había en medio de la frondosa vega de Granada, una casa donde vivía tranquilo y dichoso un anciano, llamado Andrés de Bobadilla, con su hija Clara.

Clara, que no tenía más goce que sus flores, sus cabras, y el cariño de su padre, dichosa con su ignorancia, no anhelaba salir de aquel estado. Hermosa como la tierra en que había nacido, al retratarse su rostro en las aguas del límpido arroyuelo, arrojaba un grito de alegría, y con coquetería infantil se arreglaba sus hermosos cabellos bajo la linda toca que los cubría.

El anciano había sido en su tiempo uno de los guerreros más esforzados, pero no le habían quedado ya más que sus laureles, su recuerdo, su hija, y la lindísima casa que habitaban, que la presencia de Clara hacía más encantadora todavía.

Clara tenía un amante.

Residiendo casi siempre en Granada, iba con alguna frecuencia a ver a su amada y al padre de ésta.

Él, que se llamaba don Fernando López, la profesaba el cariño más tierno, la afección más desinteresada, el amor noble y puro del honrado caballero hacia la joven casta y confiada, que no tenía más goce que verle a su lado.

Y don Fernando no podía amarla de otro modo.

Don Fernando López era el más cumplido caballero de Granada.

Como noble, descendía de reyes.

Como valiente, el mismo emperador Carlos V le había abrazado con orgullo en más de una batalla.

Y como honrado, no había mancha alguna que pudiera empañar la pureza de su blasón.

Había visto un día a Clara en medio de la vega, y su corazón, que hasta entonces sólo había palpitado en medio de los combates, latió rápidamente al contemplarla.

Y la candorosa niña inclinó sus ojos con el rostro encendido de vergüenza, al ver la mirada insistente del gallardo joven.

Y volvieron a verse otra vez, y finalmente, cuando don Fernando supo que Andrés de Bobadilla, aunque en aquel entonces nada poseía, había sido un valiente y honrado soldado, no vaciló en hablar con ella, y declararle el amor que hervía en su pecho.

Por entonces el monarca español no estaba en guerra con nación alguna, y varios caballeros fueron a Granada a admirar la belleza de su suelo y la incomparable hermosura de sus mujeres.

Uno, entre todos, se distinguía por su fuerza en los ejercicios que la requerían, por su destreza en el juego de la sortija, por su bravura en los combates, y por su gallardía en los torneos.

Bruto, arrebatado, casi feroz, encubría aquellos defectos bajo la máscara de una franqueza sin límites.

Ambicioso, bajo, cruel, lleno de todos los vicios de la especie humana, los encubría con la hipocresía más refinada.

Don Fernando, que era bueno y confiado, creyó en él y le llamó su amigo.

Sin secretos para él, una tarde lo llevó a la casa donde vivía el padre de su amada.

Eran las últimas horas de la tarde.

El perfume de los naranjos, el aroma de los jazmines, la fragancia de las rosas embalsamaban el ambiente; sus caballos iban pisando sobre una alfombra de flores.

Murmuraba el aura por entre las hojas de los árboles.

El plácido arroyuelo tendía en todas direcciones sus cintas de plata, liando aquel inmenso y encantador ramillete.

Los pájaros cantaban sobre las copas de los árboles.

Y como exhalándose de aquel centro de poesía la blanca casita de Clara se asemejaba a un grueso brillante engastado en aquel inmenso mar de esmeralda.

Aquellos ajimeces primorosamente festoneados de jazmines y de yerba.

Aquellas primorosas torrecillas.

Aquella naturaleza tan virgen, como virgen era la dueña de la casa, oprimía dulcemente el corazón.

La noche cerraba completamente.

Un concierto extraño, atronador, atravesó el espacio.

Concierto sublime que tenía por salón toda la tierra, y por techumbre la azulada cortina del firmamento.

Los pájaros, esas mil lenguas arpadas que habitan en los árboles, alzaban su himno de gracias al Dios único que les daba la noche como manto para ocultar sus amores, como refresco suave que templase los ardores del día, como sombra bienhechora que envolviera entre sus pliegues sus plácidos ensueños.

En aquel instante una voz dominó todo aquel concierto, cruzó el espacio, y emanada sin duda del trono de Dios, hasta el mismo llegó su vibración.

Era la voz de la encantadora hurí de aquel más encantador paraíso.

Era Clara.

Los ángeles y los pájaros tienen una afinidad inmensa entre sí.

Clara era un querube, y unía su acento al de sus hermanos para saludar al Padre de toda la creación.

Don Fernando y su amigo detuvieron sus caballos.

No querían perder ni una sola nota de aquella armonía sublime.

Había mucho de fantástico, mucho de ideal en aquella noche, en aquella naturaleza y en aquellos acentos.

Cesó la voz de cantar, y aún vibraba en lo intimo de sus corazones.

Llegaron a la casa.

Una sombra blanca, diáfana y pura como la primera sonrisa de un niño, se destacó de las paredes de la quinta, y gritó con alegría infantil:

-¡Aquí está don Fernando, padre!

Y después, ruborosa y palpitante porque vio otra persona extraña, se retiró junto al anciano, ocultando su cándido rostro en su seno.

¡Qué hermosa era Clara!

Tal debió parecerle también al que acompañaba a don Fernando, porque cuando abandonaron la casa iba muy preocupado, y a veces se le oía decir:

-¡Qué hermosa es!

Las visitas se repitieron algunos días.

Al cabo de ellos el caballero abandonó la ciudad de los Gomeles y de los Abencerrajes.

Y don Fernando quedó solo otra vez.

No tenía más consuelo que ir a ver todas las tardes a la encantadora hurí de la Casa del Ángel, como la llamaban los vecinos.

Aquí, la voz argentina de Clara derramaba en su corazón una dulce melancolía.

La suavidad de sus miradas llenaba de deleite su corazón.

Y su pureza de ángel ejercía una influencia tal sobre todo cuanto la rodeaba, que al entrar en el círculo que aquella mujer describía en su derredor, se sentía un goce puro, infinito, prolongado, y que le alejaba a uno de todas las mezquindades de la tierra.

Don Fernando la amaba con un cariño sin límites.

Pero llegó un día en que recibió un dolor horrible.

La guerra ardía de nuevo en el Milanesado y él tenía que ir a cumplir con su deber.

Y hubo lloros y protestas, pero no vaciló en sacrificar su amor por su deber.

Por fin, al cabo de un año volvió a Granada.

Cabalgó en su corcel, y se internó en la vega.

Su corazón no estaba como otras veces.

Un sombrío presentimiento le oprimía.

Sin comprender la causa, temía y deseaba llegar a la Casa del Ángel.

La naturaleza se ostentaba como otras veces; rica, espléndida y riente.

Y sin embargo, al caballero le parecía que aquella hermosura era el último esfuerzo de una existencia próxima a extinguirse.

Los pájaros cantaban en los árboles.

Los arroyos susurraban resbalando sobre el suelo.

Las flores esparcían sus aromas al ambiente.

Y aquel cantar, aquel susurro, aquel perfume, aquella armonía misteriosa de la creación, le parecían un encanto fúnebre, un himno postrero cantado a la vida.

Presa de una violenta agitación, don Fernando clavó los acicates a su corcel, y en su rápida carrera iba cortando el espacio que le separaba de la Casa del Ángel.

Conforme se acercaba, su corazón se oprimía doblemente.

Al cabo la distinguió destacándose de la verde enramada.

Frotóse los ojos porque le pareció ver un blanco sepulcro rodeado de sauces y cipreses.

Llegó a la plazoleta que se extendía delante de la casa, y contra la costumbre, nadie había en ella.

Una soledad, un silencio profundo reinaba por todas partes.

Cada vez más agitado, el caballero echó pie a tierra.

Entró en la casa, cuya puerta estaba abierta, y aunque llamó, no recibió contestación alguna.

Su corazón latió con doble rapidez.

Volvió a llamar, y el silencio continuó.

Aquello parecía un cementerio, y el eco de su voz, al repetirse por todas las habitaciones de la casa, tenía algo de lúgubre, algo de aterrador.

Don Fernando llamó a Clara y a su padre.

Una especie de gemido pareció contestar a aquel llamamiento.

El caballero, palpitante de emoción, se dirigió hacia donde la voz había sonado.

Abrió una puerta y quedó petrificado.

Un grito de horror se exhaló de sus labios.

Tendido sobre el duro pavimento, y horriblemente ensangrentado estaba el cadáver del anciano.

A pocos pasos, sobre unos almohadones de damasco, estaba Clara.

¡Pero en qué estado se hallaba la infeliz! Rotas y destrozadas las ropas que la cubrían, pálida, esparcido por su semblante ese manto lívido de la muerte, era casi un cadáver.

Sus ojos casi vidriados ya, se volvieron hacia don Fernando, que no acertaba a explicarse cómo se había ejecutado aquel drama desgarrador.

El caballero se acercó a Clara para que se lo explicase.

Entre suspiros, entre frases entrecortadas, escuchó una acción infame.

El caballero amigo de don Fernando, había estado hacía dos noches.

Seguido de una turba de escuderos, había entrado en la casa.

El padre quiso defender a su hija.

Y ante su vista, que empezaban a velar las sombras de la muerte, se había cometido el crimen más grande que puede imaginarse.

Clara había sido deshonrada.

Y la pobre niña, perdida su auréola de pureza, tenía necesariamente que perder la vida.

Don Fernando escuchó aquella historia con los labios temblando de cólera y la frente surcada de profundas arrugas.

-¡El nombre de ese infame! -gritó ronco de furor el amante de Clara.

La desgraciada criatura se lo dijo.

Don Fernando profirió entonces un juramento terrible.

Se llevó inmediatamente a la joven a Granada, y la puso en una casa donde pudiera ir poco a poco recobrando sus perdidas fuerzas.

Y al cabo de algún tiempo, Clara dio a luz una niña.

Entonces, don Fernando, después de haber cumplido con el deber que se había impuesto, trató de cumplir su juramento.

Se fue a Madrid, y buscó a don Diego de Acuña, que así se llamaba el infame que deshonró a Clara.

No le habló una palabra de la desgracia de la joven; pero le convidó un día a comer a su casa.

Y después que acabaron, le dijo:

-Escuchadme, don Diego; tengo que contaros una historia.

-¿De amores, tal vez? -le preguntó el mal caballero con la imaginación un tanto oscurecida por los vapores del vino.

-De amores justamente.

-Entonces hablad.

Y don Fernando le relató palabra por palabra lo mismo que le había sucedido.

Y cuando llegó el momento de revelarle el nombre del infame que había abusado de la joven, le dijo:

-El nombre que pronunció Clara, fue el tuyo, Diego de Acuña; ¿lo oyes?...

Don Diego estaba aterrado.

Ante aquella voz vibrante que evocaba ante sus ojos las sombras de aquellas dos personas sacrificadas por sus deseos, su conciencia se estremecía y quedaba sin aliento, sin voz, sin fuerzas para contestar a la agresión del caballero.

Éste prosiguió:

-Diego, ¿te acuerdas de Clara y de Andrés de Bobadilla?

Diego no contestó.

Por medio de un esfuerzo violento se desasió de don Fernando, y quiso levantarse.

Comprendió lo que de él debía esperar, y quiso prepararse para la defensa.

Pero la mano de aquel hombre le detuvo sobre el sitial, gritándole al mismo tiempo:

-¡Quieto, miserable! El término de tu vida ha llegado ya con el cumplimiento de mi venganza. No vas a morir como un caballero; morirás como un perro, y con una muerte digna de la vida que has llevado. Tienes en tus venas un veneno cuyos efectos no tardarás en sentir, y que te quitarán la acción para moverte, para gritar, para todo, menos para escuchar las últimas palabras que voy a decirte.

Un grito ronco, que expresaba la desesperación infinita de la cólera impotente de don Diego, se exhaló de su pecho.

Quiso llevar la mano a la empuñadura de su daga, y la mano volvió a caer pesadamente a lo largo de su cuerpo.

Su mirada fue amortiguándose por grados, y tras algunos esfuerzos, tras de algunos gemidos, tras de diversos ademanes cayó inerte sobre el banco en que estaba sentado.

Una sonrisa de cruel satisfacción se dibujó en los labios de su enemigo.

-Ya ves, Diego -prosiguió el implacable don Fernando- como me he vengado y no te he muerto como caballero, porque no eres digno de que mi acero se escondiese en tu corazón; tú has emponzoñado mi vida, tú has hecho que el mundo para mí no sea más que un desierto; pero yo he vengado como debía la infamia que cometiste con Clara.

Entretanto Diego se revolcaba por el suelo, presa de los más atroces dolores.

Su semblante desencajado y el estertor que se exhalaba de su pecho, demostraban bien claro que aquel hombre, iba muy pronto a dar cuenta a Dios de su conducta.

Efectivamente, un momento después sus miembros se retorcieron en una última convulsión, y don Diego de Acuña quedó convertido en un cadáver.

Don Fernando entonces, sombrío y letal, se acercó a él, se arrodilló; y el ruego que se exhaló de aquel corazón noble y generoso, fue para que el cielo perdonase los extravíos de aquel hombre.

Un instante más tarde salía el caballero de su casa.

Una hora después abandonaba a Madrid.

Llegó a Granada, y se encontró a Clara más hermosa que nunca.

Los pesares habían impreso en su rostro una tinta de melancolía, que era su nuevo encanto.

Don Fernando se acercó a ella, y le dijo:

-Clara, ya estás vengada.

-¿Qué quieres decir? -preguntó la joven sorprendida.

-El hombre que te ofendió, ya no existe.

Y al recuerdo de su deshonra, las lágrimas asomaron a los ojos de la joven.

Y el caballero hizo un esfuerzo, y continuó:

-Aún tengo que cumplir otro deber.

-No sé...

-La hija que tienes, no tiene padre.

Clara miró conojos extraordinariamente dilatados a su amante.

Éste hizo otro esfuerzo más violento, y prosiguió:

-Quiero que lo tenga, y ese padre seré yo.

La joven se quedó durante algunos segundos sin poder decir una sola palabra.

La emoción la ahogaba.

Por fin exhaló un grito en que se exhalaron todas las sensaciones que la agitaban, y cayó desmayada en los brazos del caballero.

El esfuerzo que aquel hombre había hecho, era infinito.

Iba a dar su nombre a un hijo de su enemigo.

Iba a rehabilitar a la pobre mujer deshonrada.

Pero Fernando era el más noble caballero de su tiempo, y aunque con el corazón desgarrado, no quería que la mujer a quien con tanto delirio había querido, tuviera que ruborizarse algún día cuando le preguntasen por la procedencia de aquella niña.

Días después, Clara era la esposa de don Fernando.

Una noche sola pasó el caballero bajo el techo conyugal.

Al día siguiente partió para Flandes, con la firme intención de hacerse matar por algún protestante.

Nueve meses después cayó herido ante los muros de Amberes, al mismo tiempo que un mensajero que le enviaba su esposa, ponía en su noticia que la hija de don Diego había fallecido, y que doña Clara había dado a luz otra niña, que daba grandes esperanzas de vida.

Pero estas noticias no pudieron atenuar el efecto del balazo recibido.

Don Fernando falleció a los tres días, después de haber ido perdiendo gradualmente las ilusiones, y después de haber visto que en su corazón había un vacío inmenso que hizo imposible de llenar la infamia cometida por don Diego de Acuña.

Capítulo XLII. Donde se ve que doña Catalina es implacable en su venganza

Necesario es, antes de continuar, que digamos cómo había sabido doña Catalina lo que dijo a Paca, referente a don Luis, y lo que ella hizo para satisfacer su venganza.

Precisamente, al día siguiente de aquel en que estuvo doña Isabel de Zúñiga en la tienda de Giacomo Zarini, según hemos manifestado en uno de nuestros capítulos anteriores, éste, llevando consigo un pequeño frasquito que contenía un bebedizo, se dirigió a la casa de doña Catalina de Sandoval. Introducido inmediatamente a la presencia de aquella señora, que tenía en Giacomo una ilimitada confianza, se apresuró el perfumista a entregarle el bebedizo de amor que le había encargado.

-¿El efecto de este rojo licor es seguro?

-No tenéis que dudarlo.

-Parece imposible -dijo doña Catalina observando con cierta delicia el líquido que contenía el frasquito- que con sólo algunas gotas de este específico se pueda conseguir lo que no hayan podido lograr cuantos recursos haya empleado una mujer hermosa para hacerse amar.

Giacomo se sonrió, compadeciendo interiormente la necia credulidad de aquella mujer, y le contestó con un tono en que se revelaba la mayor seguridad:

-A do no alcanza el amor, llega la ciencia.

-Eso es verdad, y ya sé yo, Giacomo, que eres todo un sabio.

-Señora, mucho me falta para merecer con justicia ese venerado título; pero hago cuanto está de mi parte para alcanzarlo un día.

-¿Quién duda que lo alcanzarás? Y dejando esto, ¿qué hay de noticias? ¿qué se miente? porque yo hace dos días que no salgo de casa.

-Entonces me explico el no haberos visto durante ellos; pero lo que no comprendo, es el por qué mandasteis a casa a una amiga vuestra, para adquirir las noticias que ya os había dado respecto a los amores de don Luis con María, la hija del conde de Lazán.

-¿Que yo te he mandado a una amiga? -repuso doña Catalina asombrada.

-Sí, por cierto.

-Y ¿quién era?

-¡Pues qué! ¿Lo habéis olvidado?

-Cuando pregunto, por algo será; ¿quién era esa amiga?

-Doña Isabel de Zúñiga.

-¡La condesa!

-La misma condesa de Santillán.

-¿La condesa te dijo que yo la había rogado?...

-No usó vuestro nombre, pero yo creía que era a vos a quien aludía al decirme que cierta amiga le había suplicado viniese a ve Luis; yo, que sabía que aquella señora era una amiga vuestra, aunque sorprendido por la comisión de que se había hecho cargo, referí lo que ya vos sabíais, y que pareció desagradarle en alto grado, a juzgar por la contracción de sus cejas.

Catalina no volvía en sí de su asombro.

-Amigo mío, te engañaste completamente en tus suposiciones.

-¡Cómo!

-Completamente digo, puesto que yo no he encargado ni a la condesa ni a nadie, que te viera y preguntara en mi nombre cosa alguna.

-Entonces, aquella dama...

-Aquella dama -continuó doña Catalina, en cuya alma había nacido negra sospecha- se informó en nombre propio, e indudablemente se valió de una estratagema para entablar contigo conversación y sonsacarte a su placer.

-De manera, que a juzgar lógicamente...

-Doña Isabel, la mujer insensible, invulnerable, como la llaman sus adoradores -dijo Catalina con irónico acento- ha caído presa en las redes de Cupido. Será cosa de ver la cara que pondrá el señor conde, si llega a apercibirse de ello. Tendría curiosidad y además interés en averiguar si es cierta la sospecha que ha nacido en mí, y que, no quiero negártelo, me martiriza cruelmente en este momento. Procura indagar...

-Perded cuidado; haré por mi parte cuanto pueda a fin de complaceros.

-Adiós, pues, y no olvides tu promesa.

Giacomo salió del aposento de doña Catalina; en sus ojos brillaba la alegría que embriagaba su alma.

-¿Amará la condesa a don Luis? ¡Oh! si fuera cierto... el conde de Lazán...

Esto diciéndose, se internó por las revueltas calles en dirección a su vivienda.

Por su parte, doña Catalina, presa el alma por el infierno de los celos, meditaba el modo cómo pudiera averiguar cuanto antes lo que hubiera de cierto en los amores que ella suponía mediaban entre Luis y la condesa.

-¡La altiva condesa de Santillán, doña Isabel de Zúñiga, la desdeñosa dama a quien todos veneran y admiran, la invulnerable virtud de la corte yendo a casa de Giacomo Zarini, y valiéndose de una superchería para averiguar asuntos que se relacionen con el amable y espiritual joven don Luis! ¿Qué quiere decir esto? ¿qué significa? Claro se manifiesta: doña Isabel ama, y el objeto de su amor lo es precisamente el hombre por quien yo tanto sufro. ¡Ah! ¡Desgraciados ellos si mis sospechas se truecan en certidumbres! ¿De qué no fuera yo capaz porvengarme de una manera cumplida?¿Pero cómo averiguar?... ¿De quién valerme para saber?... De éste.

En aquel momento penetraba en su aposento Gil Pérez.

-Vienes como llovido del cielo.

-Gran placer me causa el que no te sea enojosa mi presencia.

-Bien sabes tú que no hay tal, pero en este momento debo confesarte me es doblemente satisfactoria tu vista porque necesito de ti.

-Aquí me tienes, y como siempre dispuesto a convertirme en humilde esclavo de tus menores mandatos.

-No se trata aquí del esclavo sino del amigo.

-Uno y otro soy para ti.

-Siéntate y escucha.

-Habla, pues,¡hermosa mía! -dijo Gil Pérez tomando asiento junto a Catalina.

-No he de negarte, y tú lo sabes, que anhelo vengarme de don Luis...

La mirada de Gil tornóse momentáneamente sombría; doña Catalina lo advirtió, y mirando de un modo fascinador al galán que tan rendido por ella se mostraba, le dijo:

-¿Vuelven de nuevo los celos a emponzoñar tu alma?

-¿Qué quieres? no lo puedo remediar; el solo nombre de ese hombre conmueve y agita de un modo extraño todo mi ser; sé que le has amado, y...

-Sabes que hoy le odio. Creí que estabas convencido de ello, y sentiría que mis palabras y protestas fueran letra muerta para ti.

-Harto sabes que no lo son.

-¿Pues por qué me ofendes con tus dudas?

-Por ser tanto mi amor.

-En ese caso, nada tengo que decirte.

Gil, que amaba con locura, como ya sabemos, a la hermosa viuda, acababa siempre por hacer cuanto ella quería; en esta ocasión, como en todas cuantas doña Catalina se mostraba con él resentida, aquel hombre se rendía a discreción y hubiera hecho hasta imposibles por desarrugar el ceño de su amada.

-Vamos, Catalina -dijo con acento sumiso y tomando una mano de la bella en la que depositó un amante y entusiasta beso- perdona a un pobre loco sus arrebatos; manda, y como siempre, serás obedecida.

Catalina, que indudablemente ya estaba acostumbrada a aquellos cambios favorables para ella, miró a Gil rendido como siempre a su albedrío, y en pago de tal sumisión concedióle una sonrisa.

-Así me gusta. Pero debo advertirte que me ofenden tus continuas dudas; no ama bien el que recela. Yo ansío vengarme por odio, no por despecho, como tu supones algunas veces; el logro de mis fines colmará mi ventura y también la tuya.

Y lanzó a Gil una mirada tan arrebatadora, que éste se sintió enajenado de placer. La astuta viuda sabía poner en juego con gran utilidad para ella, todos los recursos de que disponía.

-Dispón, manda, ¿qué hay que hacer?

-Una cosa muy sencilla: averiguar si es cierto que se aman y corresponden don Luis y doña Isabel de Zúñiga.

-¿Doña Isabel de Zúñiga?

-La misma, amigo mío.

-¡Imposible!

-Pues yo lo creo evidencia.

-Doña Isabel goza fama de austera virtud.

-Ríete de lo que pregona la fama.

-¡Parece increíble!

-Cosas más raras se ven todos los días.

-Vamos, te aseguro que me resisto a creerlo.

-No me acontece a mí otro tanto, y como al confirmarse mis sospechas, mi venganza sería segura, debes suponer mi afán por cerciorarme de lo que haya sobre el particular.

-De modo, que deseas...

-La posición que ocupas cerca de Floridablanca, pone a tu disposición mil medios por los cuales puedes asesorarte convenientemente, y sin que se pase mucho tiempo.

-En efecto; poniendo sobre las huellas del asunto a los sabuesos que yo me sé, no tardaremos mucho en saber de pe a pa lo que de verdad haya en tal negocio.

-Tú y yo debemos desear que llegue cuanto antes el día de la venganza.

-Sí, porque espero que aquel día me hagas el más feliz de los hombres. Sin detenerme, voy a dar principio a las indagaciones.

-No retardes ni un momento el traerme las noticias que alcances.

-En cuanto las adquiera.

Gil besó apasionadamente la mano que Catalina le alargó, y retiróse, llena el alma de gratas ilusiones.

La encantadora viuda había alcanzado de aquel hombre cuanto deseaba en aquel momento, y con impaciencia aguardó el instante en que Gil se presentase de nuevo, a fin de aclarar o desvanecer las dudas que tan cruelmente la mortificaban.

Hubieron de pasar veinticuatro horas mortales, que fueron para la impaciente señora veinticuatro siglos.

-¡Por fin! -exclamó al ver a Gil en su presencia.- ¿Qué hay?

-Mucho y bueno.

El corazón de doña Catalina de Sandoval latía con extremada violencia.

-¿Has averiguado?...

-Los alanos de que me he valido, saben hacer las cosas pronto y bien.

-Habla, pues; te escucho con impaciencia.

-Todo es verdad.

Catalina hizo un soberano esfuerzo para ocultar la sensación horrible que experimentó.

-Con que la condesa...

-¡Oh! es muy curioso. ¡Parece increíble! ¡Quién puede fiar ya en la virtud!

-Deja a un lado inútiles exclamaciones, y explícate sin rodeos.

-Doña Isabel de Zúñiga, la incorruptible condesa de Santillán, perdidamente enamorada de ese nuevo cupido, llamado Luis, ha hecho secuestrar a su doncel, valiéndose de un tuno llamado Simón, y hoy por hoy, la apasionada señora se entrega en su quinta del Pardo a las delicias y arrebatos del amor.

-¡Ah! -exclamó llena de ira y sin poderse contener doña Catalina.

Gil Pérez tradujo aquel grito a su manera, creyéndole hijo de la satisfacción.

-La ocasión para que realices tus proyectos de venganza, no puede ser más propicia.

-¡Oh! ¡en verdad que sí, y te prometo que esta será pronta y ruidosa!

-Réstame darte otra buena noticia. Sabe, amiga mía, que ya pertenezco de hecho, a contar desde hoy, a la famosa sociedad de Los Caballeros del Amor.

-Te doy la más completa enhorabuena, y te ruego que me avises con anticipación tu primera salida de noche en compañía de los Caballeros.

-Así lo haré.

-No lo olvides.

-Pierde cuidado. ¿Estás satisfecha de mí?

-¡Oh, sí! ¡mucho, mucho!

-Eso colma mi alegría. ¿Tienes algo quemandarme? Ordéname; no puedes tú calcular cual es el afán que tengo para que mires cumplida tu venganza.

-Lo adivino; pero no quiero mezclarte por ahora en ella. Déjame, pues; quiero no perder ni un minuto en dar comienzo a mi plan de campaña.

-Avisa, si me necesitas.

-Así lo haré.

-Adiós, pues, y hasta la vista.

-Adiós.

Tan pronto como hubo desaparecido Gil Pérez, doña Catalina se entregó por completo y sin reposo a su despecho. Los vivos celos que sentía aquella mujer, habían comunicado en aquel momento a su semblante una expresión de fiereza capaz de intimidar, no sólo a una mujer, sino al hombre más animoso.

Paseábase agitadamente por su aposento murmurando entre dientes y con voz alterada:

-¿Qué haré?... ¿Qué será más conveniente para no errar el golpe?... ¡Ah! -repuso golpeándose la frente y sonriendo malignamente- ya lo sé.

Sentóse, dicho esto, y escribió rápidamente, pero cuidando mucho de desfigurar la letra, una carta que no era otra cosa que el anónimo que recibió a su debido tiempo el conde de Santillán, esposo de la enamorada doña Isabel de Zúñiga.

-He aquí -dijo agitando el billete con su diestra- el dardo mortífero que disparo; confío en que dará perfectamente en el blanco.

Capítulo XLIII. De cómo un padre recoleto puede servir perfectamente de intermediario en una intriga vergonzosa

El padre Juan José Antonio de la Encarnación, del convento de Recoletos, era un bendito y reverendísimo señor, de abultados y redondos mofletes, ojos pardos y saltones, de ancha y prolongada frente, grande y semi-roja nariz, cuyas ventanas, a fuerza de aspirar rapé, habían tomado proporciones colosales; de boca grande, guarnecida de amarillentos, salientes y fuertísimos dientes; mediana estatura y tan pronunciado abdomen, que bien pudiera, unavez sentado el padre, colocar encima de é1 y con todo descanso hondo plato rebosando en sopa.

Frisaba este santo varón en los cincuenta y cinco años.

La gula era su pasión favorita.

Era amable para con todo el mundo, y muy capaz de hacer un favor al prójimo si el hacerlo no le traía a él la más mínima molestia ni el más leve perjuicio, que de no ser así, tenía siempre a mano el caritativo fraile un pretexto cualquiera para evadirse de la solicitud del demandante.

Tenía muy buenas relaciones en la corte.

Repartía los días de la semana comiendo en casa de algunos magnates, y puede asegurarse que hacía honor a la mesa donde él se sentaba, pues engullía por cuatro., y menudeaba los tragos que era una bendición.

Asimismo tenía destinadas las casas de algunas damas principales, a las cuales acudía con escrupulosa puntualidad el padre recoleto a tomar el chocolate acompañado de exquisitos bollos.

Hablaba poco y despacio, y comía y bebía mucho y de prisa.

Tal era en resumen el nuevo personaje con el que va a trabar conocimiento el lector.

El día en que da comienzo este capítulo, era el destinado por el pater a honrar la sibarítica mesa del ministro Floridablanca, y como supondrá el lector, no se hacía esperar a la hora en que se servía la comida cuotidianamente, antes por el contrario, adelantábase a ella como lo tenía por costumbre, temeroso sin duda de no llegar a tiempo.

-¡Bendígaos el cielo, amado hijo! -dijo con su bronca voz penetrando en el cuarto- despacho del secretario Gil Pérez.

-¡Amen! -contestó brevemente el secretario revolviendo papeles y más papeles.

-Atareadillo andáis, por lo que veo.

-Bien podéis decirlo, padre; tanto y de tal manera lo estoy, que apenas si tendré tiempo de comer, y volver a engolfarme otra vez entre estos papelotes; y bien puede asegurarse que no podré desocuparme en toda la tarde.

-¿Tanto urge la cosa?

-Muchísimo; tanto, que ha de quedar despachada hoy mismo.

-En ese caso, paciencia, hijo mío; la paciencia es una gran virtud -observó el reverendo sepultando sus dedos en la descomunal caja de rapé, y sorbiendo con evidente delicia media libra por lo menos de tabaco.

-Lo que más siento es que hoy debía, a fin de cumplir cierta promesa que le hice, llegarme a la casa de doña Catalina de Sandoval,. y no sé cómo arreglármelo, porque veo imposible el poder salir por lo menos hasta las siete de la noche, y a esa hora precisamente tengo yo qué hacer en otra parte.

-Si el encargo es de tal naturaleza que pueda yo cumplirle, me ofrezco a hacerlo, pues bien sabéis que suelo ir de cuando en cuando por las tardes a tomar el chocolate en casa de esa señora: suponiendo que lo que tengáis que decirle sea cosa que no esté vedada al sagrado ministerio que ejerzo, contad conmigo.

-En efecto -exclamó con grande alegría Gil- me haréis señalada merced.

-Pues decidme lo que ello sea.

-Sencillamente, que los caballeros amigos por quienes me preguntó, han decidido dar esta noche un prolongado paseo.

-¿Nada más que eso?

-Nada más; se trata de unos señores a quienes trata esa dama.

-Pues dad por cumplida la misión; terminado mi paseo acostumbrado, me llegaré a casa de la señora de Sandoval, a la cual comunicaré lo que acabáis de decirme.

Impaciente sin duda el reverendo señor, viendo que se dilataba la acostumbrada hora de hacer la colación, no apartaba sus ojos de la esfera de un gran reloj que encerrado en su correspondiente caja de madera, estaba colocado en el sitio preferente del despacho. Lanzó un prolongado suspiro de satisfacción en el momento en que un criado, adornado con la vistosa librea de la casa, apareció en el umbral de la puerta anunciando con clara voz que la comida estaba dispuesta.

-¡Bendito sea el Señor! Ya comenzaba a desfallecer mi estómago; pues hoy, excepción hecha de unas magras revueltas con jamón y una perdiz escabechada, no ha entrado en mi cuerpo ningún otro alimento.

-¡Ea! Pues pase vuestra paternidad, y desquítese prontamente de la abstinencia que hoy ha sufrido.

Apresuradamente, y sin cuidarse de si le seguía o no el secretario, se encaminó el bendito varón al comedor; se arrellanó en la poltrona que por costumbre solía usar cuando iba a comer a aquella casa, y decidido a pelear heroicamente con sus armas predilectas, que lo eran la cuchara y el tenedor, esperó con visible ansiedad el para él suspirado momento de comenzar la lucha contra los manjares que sucesivamente se le fueran presentando.

Terminada la comida, que fue suculenta, quedóse el buen pater dormitando en su sitial. Según solía, duró la siesta una hora larga, y al despertarse se levantó, despidióse echando su paternal bendición a los criados que danzaban a su alrededor, y no quedándole ya nada que roer en aquella casa hasta su nueva visita, salió a la calle respirando con toda la fuerza de sus pulmones el fresco airecillo que soplaba; dio su acostumbrado paseo, no sabemos si para hacer la digestión o con el deliberado intento de hacer apetito para despachar convenientemente los deliciosos bollos que solían acompañar el chocolate con que le obsequiaba la señora de Sandoval.

Pausadamente llegó a la casa de la mencionada señora, y como quiera que era muy conocido en ella, apenas fue anunciado, obtuvo el permiso de presentarse ante la hermosa viuda.

-Hace ya rato que esperaba a vuestra paternidad; soléis venir más temprano los demás días, que tenéis destinados a honrarme.

-Hija mía -dijo acomodándose en un mullido sillón- hoy he prolongado algo más mi acostumbrado paseo, porque hace días que estoy algo inapetente, y siguiendo los consejos de mi prudente médico, me he excedido andando y a buen paso un largo trecho; de todos modos, el paseíllo creo que me ha sentado bastante, bien, porque me encuentro perfectamente dispuesto a saborear el rico soconusco y los magníficos bollos con que soléis obsequiarme.

Doña Catalina tocó un timbre, y dio orden al criado que se presentó para que se le sirviese al instante el chocolate.

No tardó éste en aparecer seguido de otro criado, trayendo ambos el servicio pedido; sirviéronle al reverendo padre un tazón de grandes dimensiones lleno de chocolate, colocándole delante una bandeja con seis hermosos bollos, confeccionados por las reverendas madres Agustinas. A su vez, doña Catalina tomó la jícara para ella destinada y la mitad de un bollo que a pequeños trozos dividió con el cuchillo. Retiráronse los domésticos y el inapetente fraile embistió a paso de carga y dando fin con pasmosa actividad a los manjares antes expresados. Zambullóse entre pecho y espalda el agua que contenía el gigantesco vaso para él destinado, limpióse los labios con la servilleta, aspiró con delicia un buen polvo de rapé, lanzó un suspiro de satisfacción, y exclamó dirigiéndose a su interlocutora:

-La verdad sea dicha, que los bollos que os proporcionáis son deliciosos y suculentos.

-Confeccionados están por santas manos; me los hacen de encargo las reverendas madres Agustinas.

-¡Que Dios las bendiga y les conceda su suprema gracia!

-Así sea -repuso hipócritamente doña Catalina.

-Habéis de saber, querida hija, que he recibido para vos cierto encargo.

-No adivino cuál pueda ser.

-El secretario del ministro, el señor Gil Pérez, que está hoy sumamente atareado, me ha rogado al saber que esta tarde tendría yo el gusto de veros, que os dijese que vuestros amigos saldrán esta noche a paseo.

-¿Mis amigos? no sé cuáles puedan ser -dijo doña Catalina, que realmente en aquel momento no comprendía el significado que podía encerrar el aviso que le mandaba su íntimo amigo y adorador Gil Pérez.

-¿No os ha dado más detalles?

-Absolutamente ninguno otro más.

-Es por cierto bien extraño; por más que haga, no caigo...

-Pues hija, os repito que sus palabras han sido estas: «Decidle que los caballeros, sus amigos, saldrán esta noche...»

-¡Ah! Vamos, ya sé de lo que se trata.

En efecto, doña Catalina comprendió se la avisaba, según ella había rogado se hiciera, dándole cuenta de que aquella noche hacía su primera salida por las calles, el que pudiera llamar su esclavo, Gil Pérez, en compañía de los Caballeros del Amor.

-He cumplido, pues, mi comisión.

-Y por ello quedo muy agradecida a vuestra paternidad, y si no os sirviera de molestia, a mi vez os rogaría, puesto que para regresar a vuestro convento tenéis necesidad de pasar por la casa del ministro, que tuvierais la amabilidad de entrar en ella, y a nombre mío dijerais al señor secretario que esta noche, entre ocho y nueve de la misma, me avistaré con los caballeros mis amigos, paseando por la Cruz del Humilladero y el atrio de San Millán; como él, de fijo, les acompañará en su paseo y les hará saber el punto y hora donde deben hallarse conmigo, podrá tener efecto el encuentro; se trata, padre mío, de hacer una buena obra.

-Siempre habéis sido vos muy caritativa.

-Hago lo que puedo: consolar al prójimo. Hoy, por ejemplo, trato de reconciliar a una desgraciada familia, y para ello necesito que me acompañen esos caballeros cuyo concurso me es muy necesario.

-Pues quedad tranquila; veré al señor Gil Pérez.

-No olvidéis la hora y el sitio.

-Entre ocho y media y nueve de la noche, por la Cruz del Humilladero y el atrio de San Millán.

-Perfectamente.

-Ea, pues, ya es hora de que os deje.

Con gran dificultad pudo el reverendo levantar su pesada mole del sillón donde se hallaba sentado.

-Dadme vuestra bendición, y hasta el próximo lunes.

-¡Sed bendita de Dios, querida hija!

Doña Catalina besó sonriendo la seráfica mano que le tendió el reverendo, y después de ofrecerla éste no dejaría de acudir el lunes a verla de nuevo, salió del gabinete de la bella viuda, haciendo retumbar el pavimento con sus pesados pasos.

-Todo sea por amor de Dios -exclamó al verse en la calle- iré a ver al señor secretario; hagamos este sacrificio en pro de la humanidad.

Caminando pausadamente, se dirigió hacia la casa del ministro.

Capítulo XLIV. María se encuentra en un grave compromiso

La lectura del manuscrito había producido en María una impresión sumamente penosa.

Efectivamente, hay familias que parecen predestinadas a que el infortunio se cebe en ellas con violencia, y la del vizconde se hallaba en este caso.

Pero lo particular era que, como éste manifestara a María, las desdichas de su familia no habían tenido otro origen ni reconocido otra causa que el amor.

Sin saber por qué, sin explicarse ni poderse dar cuenta la hija del conde de Lazán de la razón que la impulsara, fue lo cierto que no cesó de pensar en todo el día en aquel funestísimo destino que presidía la suerte de aquella familia.

Más de una vez, durante la lectura, habíanse llenado de lágrimas sus ojos, había palpitado su corazón con el desasosiego amoroso de aquellas damas, que tanta influencia ejercían en las vidas de sus respectivos amantes.

La imagen de Luis no estuvo tan presente en la imaginación de María, como lo estuvo la del vizconde.

Y cuidado, que la pobre niña había derramado muchas lágrimas en aquellos últimos días especialmente.

Posterior a la visita que le hizo el vizconde, y en la cual le manifestó María la imposibilidad en que se hallaba de amarle, había ocurrido la desaparición de Luis de casa de la maja.

María cesó de recibir noticias de él.

A la horrible soledad en que la sumía la voluntad de su padre, agregábase aquella inmensa soledad del corazón, soledad en la cual no había más que lágrimas, sollozos y amargura.

Su hermano, el vizconde, yacía en el lecho donde le había conducido la intemperancia de su conducta.

Su padre, preocupado con la solución de aquel pleito en el cual iba envuelta su ruina, solución que únicamente su hija podía darle por medio de su matrimonio con el vizconde, apenas si la veía y si lo hacía era con ceñudo rostro y desagradable aspecto.

De aquí que la joven no tuviera más consuelo que el llanto, ni más confidente de su desdicha que las mudas paredes de su estancia.

En estos momentos fue, como ya hemos dicho, cuando recibió el manuscrito del vizconde.

Al día siguiente de haberlo leído recordábale todavía.

Le parecía escuchar el acento melancólico y triste con que el vizconde le había dicho:

-Ved, señora, si leyendo tanta desdicha tenéis un resto de compasión en el alma para el representante hoy de todos esos desgraciados.

Y efectivamente, en su alma había compasión para aquellas desdichas.

Al día inmediato a la lectura de aquellos papeles, la doncella favorita de María, la que estaba enterada tanto de sus amores como de sus desgracias, presentóse en el aposento de la joven, precisamente en los momentos en que ésta se hallaba más inquieta y desasosegada.

-¿Dadme vuestra venia, señora? -dijo Micaela desde el umbral de la puerta.

-Adelante.

La doncella penetró en la estancia, cuidando al hacerlo de cerrar la puerta tras de sí.

-¿Por qué cierras la puerta?

-Porque tengo un encargo reservado para vos.

-¿Para mí?

-Sí, señora, para vos.

-¿Y qué es ello?

-Esta carta -dijo mostrándole una la doncella.

-¿Y de quién es?

-Ya podéis presumirlo, señora; ¿hubiera yo admitido para entregároslo un billete que no fuera de don Luis?

El corazón de María palpitó con violencia, y su rostro se coloreó levemente.

Tomó la carta con mano trémula María, y Micaela, a fuer de prudente y astuta, abrió de nuevo la puerta que antes cerrara, quedándose a la mira por la parte de afuera, por si acertaba a llegar alguien.

He aquí el contenido de la carta:

«María:

«Os supongo informada del desgraciado lance cuyas fatales consecuencias me obligan a vivir encerrado y oculto, hasta tanto que los que se interesan por mi suerte alcancen el indulto apetecido.

»Entre todos los sinsabores que me agobian en estos momentos, el más doloroso para mí, el que menos me resigno a sobrellevar, es el de verme privado de vuestra adorada presencia, el de gozar la inefable dicha de mirarme en vuestros bellos ojos, y oír vuestra purísima y argentina voz.

»¿Qué felicidad puede existir para aquél que ha entrevisto el paraíso, y desciende repentinamente al infierno?

»¡Oh! Si mi pluma fuese bastante hábil para saber retratar exactamente los sufrimientos de mi corazón, el vuestro, tierno y generoso, no podría menos de compadecerme.

»Añádense a mis desgracias la de verme obligado a molestaros suplicándoos un favor que os puede causar violencia concederme, pero que se hace indispensable, si tenéis en algo mi existencia.»

María, al llegar a este punto de su lectura, apartó los ojos de la carta, y exclamó con acento conmovido:

-¡Dios mío! Tiemblo de seguir leyendo. ¡Su existencia amenazada!

Largo tiempo permaneció sin determinarse a continuar la lectura, pero al fin se resolvió a hacerlo entre temerosa y anhelante.

«Se hace indispensable que os vea y os hable; vos, sola vos podéis, por más que ahora no os lo podáis explicar, salvar mi amenazada vida.

»A pesar del riesgo que corro si soy descubierto, esta noche, entre ocho y media y nueve, os aguardaré en el atrio de San Millán; si desatendéis mi ruego, señal evidente será del poco interés que os inspiro, y en tal caso ¿qué me importa lo demás? ¿Para qué conservar una existencia que me sería odiosa sin vuestro amor?

«¿Qué arriesgáis con acceder a mi súplica? Nada; sin necesidad de que descendáis de la silla que os conduzca, yo, de pie junto a la portezuela, podré comunicaros lo que sólo de vos puede ser oído. Accediendo me daréis dos veces la vida, una en el mero hecho de poderos contemplar, y otra evitando por vuestra mediación el inminente peligro que la amenaza.»

María tuvo necesidad de enjugar con su pañuelo las lágrimas de que estaban inundados sus ojos.

»¿Querrá (terminaba la carta) la mejor, la más bella y pura de todas las mujeres, desatender el reverente ruego de su apasionado esclavo

Luis de Guevara?»

Absorta y pensativa quedóse la sensible joven al terminar la lectura.

-¿En qué podré yo influir tan directamente para desviar el mortal golpe que le amenaza? ¿Qué podrá ser? Dudar de la sinceridad de Luis, es inferirle una ofensa; y por mucho que me ame, por muchos que sean sus deseos de verme, le conozco bien, y le creo incapaz de apelar a una indigna farsa; si no acudo al llamamiento, no lo dudo, no cuidará de ocultarse y entonces está completamente perdido, y de salir, por más que nadie me lo impide, ¿qué pretexto aparentaré? ¡Oh! ¡Dios mío! ¿qué es lo que debo hacer?

Tales eran los pensamientos en que se hallaba embebida la candorosa y bella hija del conde de Lazán.

-Negarme al inocente favor que de mí solicita sería hasta una inhumanidad, puesto que según me afirma va su vida en ello; es, pues, hasta un deber en toda alma piadosa el de evitar una desgracia, tanto más cuando para alcanzarlo no hay que hacer grandes sacrificios. Debo acceder; estoy decidida a ello, y puesto que hoy hay ejercicios en la ermita del Humilladero, acudiré a ellos, y a la salida, pretextando cualquier cosa, haré que se dirija la silla que me conduzca al lugar de la cita a la hora convenida.

La sensible joven estaba, como acaban de revelárnoslo sus propios raciocinios, dispuesta a acudir al llamamiento que se le hacía.

Guardó cuidadosamente la carta en lugar seguro, y de nuevo volvió a abismarse en sus reflexiones.

Sacóle de ellas la voz de Micaela, su doncella.

-¿Tiene algo que mandarme la señora?

-No.

-Entonces, me retiraré.

-Haz lo que gustes.

-Ya en el umbral de la puerta Micaela, detúvola la voz de María.

-¡Micaela!

-Señora -dijo la doncella llegándose de nuevo junto a María.

-¿Mandaste que estuviera en disposición de acompañarme la silla de manos?

-Perdonadme, pero nada he mandado.

-¡Pues qué! ¿No te dije esta mañana que deseaba asistir en tu compañía a los piadosos ejercicios que hoy tienen lugar en el Humilladero?

-Señora, me atrevo a aseguraros que nada me habéis ordenado.

La pobre muchacha tenía sobrada razón. María, por su parte, aunque haciéndose gran violencia en mentir, había ideado aquel medio para que ni remotamente pudiera sospechar ni aun la misma Micaela el principal objeto a qué obedecía su salida.

-Es, pues, bien extraño; yo creía que te lo había encargado.

-¿Queréis que de las órdenes oportunas?

-Sí; que esté la silla, los criados y tú dispuestos a la hora conveniente; esto es, después del toque de ánimas.

Salió la doncella del aposento de su señora, a fin de transmitir las órdenes que de ésta recibiera.

María parecía satisfecha de haber hallado un medio que, sin dar que sospechar a nadie, le facilitaba el complacer la petición que le hiciera el hombre que tan simpático le era a su corazón.

A la hora convenida, se presentó vestida y arreglada convenientemente la predilecta doncella en el gabinete donde ya la estaba esperando, dispuesta a marchar, la hija del señor conde de Lazán.

Señora y doncella se metieron en la silla de manos que las aguardaba ya con sus conductores, dispuesta en el zaguán de la casa, y una vez dentro de ella las dos mujeres, se emprendió la marcha en dirección a la ermita del Humilladero.

Capítulo XLV. Donde Gil Pérez intenta cometer una felonía

Reverentemente arrodillada se hallaba María junto a su doncella en el pequeño templo, y aun cuando aparentemente tranquila, distaba mucho de estarlo.

Realmente se hallaba muy inquieta.

Las horas corrían velozmente, y estaba ya muy próximo el instante en que debía acudir al punto designado por Luis.

Al fin terminaron los religiosos ejercicios.

María se apresuró a salir de la ermita seguida de su doncella, a la cual dijo:

-Me duele horriblemente la cabeza.

-Sin duda será efecto de las luces, y...

-Creo -repuso María al respirar el fresco ambiente de la calle- que no había de sentarme mal dar un pequeño paseo.

-Por lo menos no creo que os perjudique; sin embargo, a estas horas...

-Demos una vuelta por estas inmediaciones. Dirigíos hacia San Millán -dijo dirigiéndose a sus criados, a la par que entraba en la silla de manos.

Cerca estaban de sonar las nueve, cuando esta se alejaba de la ermita del Humilladero en dirección de las gradas de San Millán.

Ama y doncella guardaban profundo silencio.

La primera, según juzgará el discreto lector, estaba entregada por completo a sus propios pensamientos.

La segunda no se atrevía a desplegar los labios, temerosa de molestar con alguna inconveniencia a su señora.

Como se ve, Micaela era una doncella modelo, pues si bien es verdad que no carecía del defecto de que solían adolecer y adolecen en el día las jóvenes de su clase y condición, por lo menos tenía la virtud de no tomarse la libertad de hablar cuando comprendía que no debía hacerlo.

Por poco que hubiera pensado María en la extraña forma con que se le diera la cita, en lo intempestivo de la hora, y en lo inconveniente del sitio, no habría podido menos de comprender que era imposible que hubiese cometido Luis la incomprensible ligereza de dar cita semejante a una dama de tan elevada alcurnia.

Pero María no vio más que el compromiso que la unía con el conde, que éste se hallaba en peligro, y hasta reprochándose como un crimen las horas que había estado pensando en el vizconde, apresuróse a ahogar bajo el peso de su olvido las impresiones que éste con su conducta le produjera.

Sin embargo, no era lo que la joven había estado sintiendo todo el día la dulce inquietud, el impaciente anhelo del corazón enamorado que espera gozar la inefable dicha de hablar algunos momentos con el objeto amado.

Era más bien el punzante dolor de un peligro desconocido; era el presentimiento de un daño, tanto más amenazador, cuanto menos definido estaba.

La pobre niña achacábalo a la zozobra consiguiente a la acción que iba a cometer, pues de sobra sabía que contravenía las disposiciones de su padre con semejante entrevista; pero su corazón la arrastraba hacia ello, y sabido es que nada resiste a su incontrastable fuerza.

Al salir de la ermita, no pudo menos de estremecerse.

La oscuridad de la noche, oscuridad que todavía hacía más densa la mortecina luz de los faroles que algunos años antes habían comenzado a ponerse en las calles, oprimióle tristemente el pecho, y no fue dueña de contener un movimiento de espanto que llamó la atención de la doncella.

Pero su discreción obligóle a callar, y únicamente cuando su dueña le habló, según vimos al empezar el capítulo, fue cuando contestó.

Sin embargo, conforme iban internándose por lo que hoy es plaza de la Cebada, la inquietud de María iba en aumento.

La doncella percibía el ligero temblor que de vez en cuando agitaba los miembros de su señora, y finalmente le dijo:

-Señora: ¿qué tenéis?

-¿Lo sé yo acaso? -repuso casi maquinalmente María.- La oscuridad que nos rodea me asusta, y...

-¿Queréis que de orden para que nos vuelvan a casa?

-¿Crees acaso que exista por aquí algún peligro?

-Me parece que no, y en todo caso, ya sabéis que llevamos, además de los lacayos que llevan la silla, otros cuatro; dos con los hachones, y dos armados por lo que pueda ocurrir. De mí sé deciros que no tengo temor alguno; pero si vos queréis...

-No, continuemos, que ya no hemos de estar lejos de la villa.

-Ya lo creo; si no me engaño, estamos ya en el hospital de la Latina.

Efectivamente, en aquellos momentos la silla de manos llegaba delante de aquel edificio.

Entonces, en el silencio de la noche, percibióse, aun cuando lejano, una especie de alarido que hizo estremecerse a María.

-¿Qué es eso? -dijo.

-No os asustéis, señora; son los hermanos del Pecado Mortal que van cantando sus saetas.

-Te aseguro que estoy en una disposición de ánimo fatal.

-Lo cual no puede menos de sorprenderme cuando siempre os he visto tan animosa.

-Es que en estos momentos voy vagando por entre lo desconocido.

-No os comprendo...

-¿Acaso me has visto salir alguna noche a estas horas?

-Cierto; no había caído en ello.

-Esto por una parte, y por otra el pensar que mi padre pudiera descubrir el verdadero motivo de esta salida, me tienen sumamente inquieta.

-¿Pues a qué venir entonces por aquí?

-Porque lo ha querido él -repuso María con voz apenas perceptible.

-¡Él! -exclamó Micaela sorprendida.

-Sí, mujer; don Luis, que a todo se arriesga por verme.

-¡Os ama tanto!...

-Suya era la carta que te dieron esta mañana, según presumiste, y en ella me pedía que viniese a verle, pues su existencia se hallaba en grave riesgo.

-¿Dónde habrá pasado todos estos días? ¿no os lo ha dicho?

-No, y por cierto que me extraña.

-Ahora os lo dirá.

-¿Oyes? -dijo de pronto María prestando atención.

-Serán sin duda, o los hermanos del Pecado Mortal, o los de la ronda de Pan y Huevo.

-El rumor parece anunciar una reunión numerosa.

Efectivamente, oíase a no larga distancia del sitio en que las jóvenes se hallaban, algunas carcajadas y voces cual si hablaran algunas personas.

En este momento uno de los criados se aproximó a la portezuela de la silla.

-Ya estamos en San Millán, señora -dijo- ¿Qué ordenáis ahora?

-Acercaos al atrio -repuso María.

La silla se puso en movimiento nuevamente, pero de súbito los dos hachones que llevaban los criados fueron arrojados violentamente al suelo.

Percibióse choque de espadas, la silla quedó inmóvil, y en la portezuela aparecieron dos o tres individuos, que sin ceremonia alguna cogieron a María y a su doncella, diciéndoles:

-El menor grito, la más ligera voz que deis, os cuesta la vida.

Y uniendo la acción a la amenaza, las afiladas puntas de dos puñales pusiéronse ante el pecho de las dos aterradas mujeres.

-¡Dios mío! -exclamó María- ¿Qué quiere decir esto?

-Ya lo sabréis.

Entretanto, los criados de la joven estaban portándose como buenos.

Lo mismo los que llevaban los hachones que los dos que iban a manera de descubierta, echaron mano a las espadas y arremetieron con la media docena de enemigos que parecían haber brotado de la verja de San Millán.

-¡Favor! ¡Socorro! -gritaban.

-¡Presa de los Caballeros del Amor! -decían a su vez los acometedores- dejadla, que ya sabéis que no nos duele el puño.

Pero los criados no estaban en ánimo de ceder, y únicamente cuando uno de ellos cayó herido mortalmente y el número de los acometedores aumentó con dos de los que se habían aproximado a la silla de manos, fue cuando empezaron a cejar.

María y Micaela permanecieron mudas de terror y de espanto; pero en cambio, los criados gritaban desaforadamente:

-¡Favor! ¡Socorro!

-¡Ánimo! -gritó una voz a corta distancia- ya voy a socorreros.

-¡Pronto! -dijo a su vez Gil Pérez, pues él era quien mandaba la cuadrilla de rufianes, que fingiéndose Caballeros del Amor, habían acometido a los guardadores de doña María- ¡acabad con esa gente!

Y dando el ejemplo, tendió a sus pies a otro de los criados.

Pero los dos que quedaban habían conseguido resguardarse contra la pared, y alentados por el auxilio prometido seguían haciendo esfuerzos de valor.

-¡Atrás, canalla! -gritó la misma voz que había prometido auxilio.

Y una espada terrible, porque desde el primer momento dejó tendido en tierra a uno de los rufianes y desarmado a otro, llegó a tiempo de variar por completo la faz del combate.

Este fue ya muy breve.

El choque de las espadas, los gritos de los combatientes y las voces de algunos vecinos llamaron la atención de una ronda, y a su aproximación declaráronse en precipitada fuga Gil Pérez y los suyos, dejando sobre el lugar de la lucha los cadáveres de tres de sus compañeros.

El caballero que tan oportunamente había llegado en socorro de María, era precisamente el vizconde del Juncal, que se dirigía a su casa situada en la calle de D. Pedro.

Inmediatamente que supo por los criados quieén era la dama que iba en la silla de manos, aproximóse a ella.

María había concluido por desmayarse, y fue menester prodigarla prontos y eficaces socorros para que volviera en sí.

El vizconde no pudo menos de sorprenderse del extraño capricho que había tenido la joven de ir a semejantes horas por aquellos sitios.

Pero se guardó bien de decir una palabra, y procuró tranquilizar a María en cuanto le fue posible, acompañándola hasta su casa.

Capítulo XLVI. Lo que puede suceder en la romería de San Eugenio

Los que vivimos en pleno siglo XIX y hemos tenido la suerte de presenciar las romerías a que en la actualidad acude el buen pueblo madrileño, apenas podemos imaginarnos lo que eran aquellas antiguas fiestas, para las cuales estaban haciéndose preparativos seis meses antes de que llegasen, y de las que había siempre materia para hablar otros seis después que habían pasado.

De modo que entre la esperanza de lo porvenir y el recuerdo de lo pasado, pasábase el año hablando de la fiesta.

Y era de ver allí cómo las majas lucían su garbo, los manolos y los chisperos hacían alarde de su rumbo y de su fantesía, como decían ellos, y la clase media y la aristocracia, confundiéndose con el honrado gremio de la manolería, solazábase con su alegría, y a veces también servía de solaz a las majas, cuyos dichos y cuyas agudezas tenían por blanco a aquellos pacíficos y honrados vecinos, víctimas expiatorias de algún pellejo de Arganda vaciado con más presteza de la que para el equilibrio de ciertas cabezas conviniera.

Dejando aparte la romería de San Isidro, que se llevaba la fama no sólo entre las fiestas de primavera, sino entre todas las del año, la romería de San Eugenio era la que mayor boga tenía entre las gentes de Maravillas y del Avapiés, de las Vistillas y del Barquillo, y el afán de ir a coger bellotas al Real Sitio del Pardo era únicamente el pretexto para desocupar algunos pellejos de mosto y embaularse algunas tortillas del rico jamón de Candelario o de escabeche de Laredo.

Es verdad que solía haber alguna cabeza rota y algún brazo estropeado; pero ¿qué importaba eso, si el día se había pasado alegremente, y podían los romeros regresar a Madrid trayéndose el taleguito lleno de bellotas del Pardo, objeto aparente de aquel día de broma y de jaleo?

Así como no hemos podido comprender las rosquillas de San Isidro, ni los buñuelos de las verbenas, tampoco podemos comprender las bellotas del día de San Eugenio, porque no sabemos que ninguno de esos benditos santos, cuyas festividades se solemnizan con aquellos comestibles, hubiesen merecido su canonización ni por haber comido rosquillas de Fuenlabrada, ni por haberse dado un hartazgo de buñuelos, ni por haberse estado engordando con bellotas.

Pero, en fin, el pueblo ha dado en conferirles semejante especialidad, y cuando él lo hace, él sabrá por qué.

Precisamente tres días después de aquel en que Paca había sabido por doña Catalina de Sandoval la sospecha que abrigaba, o mejor dicho, la semi-seguridad de que don Luis estaba en la quinta de la condesa de Santillán, era el día de San Eugenio, día en el cual hubiera sido un delito de lesa manolería el que Paca, Concha y Lola, es decir, la flor y nata de las Vistillas y Avapiés no se presentasen en el Pardo, en la incómoda calesa tirada por el jaco, empenachado y lleno de cascabeles, y llevando en el estribo cada una de ellas un majo en calidad de amante o de pretendiente.

A punto había estado Paca de no poder asistir a aquella romería, a no llegar tan oportunamente en su socorro el cronista, por decirlo así, de las majas, el famoso pintor de sus costumbres y el torero más conocido en todos los redondeles de la España de pan y toros del erudito don Melchor Gaspar de Jovellanos.

Felizmente, el estado de su madre había ido mejorando; primero merced a los cuidados de que la hicieron objeto Concha y Dolores, y después a los de la misma Paca.

Por lo tanto, nada hubo que se opusiera a que se presentase la joven con sus compañeras en la característica romería.

Sin embargo, otro motivo tenía Paca para asistir a ella.

Precisamente el día antes, sin decir a nadie sus propósitos, había tomado una calesa dando orden al calesero de que la condujese al Pardo.

Una vez en el Real Sitio apeóse, y encargando al dueño del vehículo que le esperase en un sitio que le indicó, dirigióse resueltamente hacia el palacio.

Un primo de su padre estaba empleado en él, y después que hubieron cruzado las frases de ordenanza, le dijo:

-¿Y Venancio por dónde anda?

-Le tenemos empleado ahora -repuso el pariente de Paca.

-¿De modo que no trabaja en los jardines?

-No; hace cuatro o cinco días estuvo aquí la señora condesa de Santillán, y como supimos por el mayordomo que quería aumentar el servicio de su casa, le hablé yo y al momento entró allí tu primo.

-Me alegro mucho.

-Si quieres verle ya le enviaremos a llamar; precisamente está aquí la señora condesa que vino hace unos cuantos días, como te he dicho, y a quien le sucedió una aventura bastante rara.

-¿De veras? -preguntó Paca para quien todo cuanto decía su tío tenía gran interés.

-Figúrate que como esta señora es tan caprichosa como todas ellas (eso es aparte) ocurriósele salir hace noches por el camino de Madrid, y según parece, cerca de la Puerta de Hierro tropezó con un caballero que estaba herido gravemente: como es tan compasiva y tan buena se lo trajo a la quinta.

-¿Y sigue todavía en ella?

-Sí, por cierto.

-¿Y sin duda mi primo habrá estado cuidándole?

-Alguna vez creo que ha entrado. Con que, vamos, ¿quieres que le llame?

-¿Para qué? ya iré yo misma.

-Como quieras; es verdad, ya tienes motivos para conocerle porque en vida de tu padre, que en gloria esté, más tiempo pasabais en el Real Sitio que en Madrid.

-Ya lo creo.

Paca estaba impaciente por salir de la casa de su tío.

El verdadero objeto de su viaje había sido el de ver a éste a fin de alcanzar por medio de su primo alguna noticia referente a lo que sucedía en casa de la condesa, pues sabido es que en los pueblos todo se sabe con facilidad.

Así fue que su alegría no conoció limites cuando supo que su primo estaba precisamente en aquella misma casa que tanto deseaba conocer.

Desde aquel momento, solo anheló dirigirse a ella.

Porque Paca había concebido uno de esos proyectos audaces, que solamente a una mujer se le ocurren.

Quería saber si don Luis se hallaba en la quinta de doña Isabel de grado o por fuerza; si la amaba, correspondiendo a la pasión que ella sentía por él, o si únicamente estaba allí retenido por la fuerza.

En este caso, estaba resuelta a salvarle.

¿Cómo? No lo sabía. ¿Qué medios podría emplear ella, débil mujer, sin recursos y sin experiencia alguna? Los ignoraba, pero no por eso era menos firme su resolución.

Desde el momento en que Luis había entrado en su casa buscando un asilo bajo su techo, habíase impuesto la obligación de salvarle y de defenderle aun cuando para ello hubiera de exponer su vida.

Tenía muy presente de una parte el proceder de Luis la noche en que la salvó de la brutal acometida de los dos borrachos que encontró en la calle; y de otra, su amor nacido de aquella noche, que había ido tomando cuerpo desde entonces, y se había aumentado en los días que permaneció el caballero guarecido bajo su techo.

Capítulo XLVII. Paca y Luis

Apresuradamente se dirigió Paca hacia el palacio de la condesa.

Conocedora como era de las costumbres de las grandes señoras, puesto que con frecuencia se veía obligada por el oficio que tenía a tratarlas, supuso muy bien que dada la hora que era, no se habría levantado doña Isabel todavía.

En su consecuencia, como lo que ella deseaba era ver a Venancio, su primo, una vez que hubo llegado a la quinta preguntó al portero por él, y una vez que éste le hubo manifestado que estaba dentro, suplicóle que le hiciese salir.

No tardó mucho en presentarse en la portería el primo de Paca, que era un robusto jayán de veintidós años, colorado de rostro y un tanto romo de ingenio, el cual, tan luego como la vio, le dijo abrazándola alegremente:

-Adiós, prima; ¡válgame la virgen de la Paloma, y que rebuena moza que estás!

-¡Mira, prima, que haber venido al Pardo para obligarme a mi a hacer estos papeles!...

-También cuando triunfemos conseguirás lo que deseas.

-Ya sabes, prima, lo que yo quiero.

-Pues ya hablaremos de eso. Anda, que ya me voy hacia la puerta de la tapia.

Y Paca separóse de Venancio, y momentos después iba a detenerse ante una pequeña puerta que había en la espalda de la quinta.

A poco abrióse esta, y apareció Venancio en ella.

-¿Y la condesa? -preguntóle Paca en voz baja.

-Duerme todavía.

-Pues aprovechemos el tiempo; anda.

Y Paca, empujando a su primo, hízole adelantar por un corredor largo y estrecho; hízole cruzar por un pequeño patio, volvieron a penetrar en nuevos corredores, hasta que finalmente fueron a detenerse ante una puerta que abrió Venancio, no sin decir a su prima:

-Te encargo que seas muy breve, y sobre todo que mires lo que haces.

-Tú vigila, y si oyes algo, ven al punto a avisar.

Y Paca, con el corazón palpitante, encendido el rostro, pero resuelta y altiva, penetró en el aposento.

Luis estaba bien ajeno de aquella visita.

Hubo un momento, como ya hemos manifestado, en que cegado, digámoslo así, por el encanto que aquella mujer describía a su alrededor, creyó que realmente todos los fantasmas de amores que en su imaginación había quedaron eclipsados por la espléndida belleza y el ardiente amor de doña Isabel.

Pero a aquella embriaguez sucedió la calma, y don Luis comprendió que era muy distinto aquel amor que por algunos momentos había halagado sus sentidos, al verdadero, al único, al legítimo sentimiento del amor tal como él le concebía.

Y desde este momento principiaron a desfilar ante su calenturienta mente las imágenes de todas las mujeres a quienes había amado.

Doña Catalina de Sandoval, María de Lazán, doña Isabel de Zúñiga, y finalmente Paca, sucesivamente fueron hablando a su corazón, sin que ninguna de las tres primeras dejasen en él la huella de un verdadero amor.

Sin embargo, al aparecer en aquella especie de cosmorama intelectual la figura de Paca, sucedió una cosa extraña.

Efecto quizás de la situación excepcional en que había visto a la joven, efecto de la simpatía que necesariamente debía haber entre la persona salvada y el salvador, fue lo cierto que aquella imagen quedóse buen espacio fija en su pensamiento.

Es verdad que él había salvado el honor de la maja la noche en que estuvo a punto de ser víctima de la brutal agresión que ya hemos mencionado.

Pero esto en nada disminuía el proceder noble y generoso, la afectuosa solicitud con que Paca se había portado con él, y finalmente, el interés que estaba tomándose durante los días que estuvo en su casa para asegurar su suerte.

Entonces, durante aquellas largas horas de soledad y de meditación, fue analizando uno por uno todos los encantos de Paca, fue haciéndose cargo una por una de todas las virtudes que había en su corazón, virtudes y encantos de los cuales no se hiciera cargo hasta aquellos momentos, a pesar de las muchas veces que la había encontrado, ya en la botillería, ya en las fiestas, ya en los corrales de la comedia, ya en la plaza de toros, y encontró que efectivamente había en ella un número mayor de perfecciones que en otras muchas mujeres que había conocido.

Sin embargo, atribuyó la persistencia con que el recuerdo de Paca tomaba cuerpo en su mente, a la amistad, a la gratitud, pero nunca a otro sentimiento más tierno.

Así fue que al aparecer en su estancia, precisamente en los momentos en que estaba ocupándose de ella, la joven, tendió hacia ella los brazos por un impulso irresistible, y hubiese exhalado una exclamación de sorpresa a no impedírselo la misma Paca, que llevándose graciosamente el dedo a los labios, dijo con recatado acento:

-Callad, señor; pudieran oíros.

El estado de Luis era relativamente satisfactorio.

Cuando salió de Madrid, recordaremos que el mismo médico que le hizo la primera cura aseguró que la herida era cosa insignificante, y fue adelantando rápidamente en los dos o tres días que habían transcurrido.

Únicamente lo intempestivo de la hora, pues Paca, con toda intención, había ido muy temprano al Real Sitio, fue causa de que todavía estuviera en el lecho.

-Pero, Paca -repuso don Luis cuando la joven se hubo aproximado a él- ¿qué quiere decir esto? ¿Cómo es que os encontráis aquí?

-No podemos perder tiempo -dijo la maja en voz baja y un tanto temblorosa- sé que os aprisiona aquí el amor de una mujer.

-¿Quién os lo ha dicho?

-No hace al caso ahora. Lo que debéis hacer, es responderme con toda franqueza. ¿Os halláis en este sitio por vuestra propia voluntad, o estáis retenido por fuerza?

-Retúvome hasta ahora este maldito rasguño que recibí hace algunas noches a la puerta de vuestra casa.

-¿Es decir que el amor de doña Isabel?...

-Cuidado, Paca, cuidado con las palabras que pronunciáis, que siendo el honor de las damas cristal tan puro, el menor aliento basta para empañarle.

-¿Os interesáis por ella, señor?

El acento de Paca vibró de un modo extraño al hacer esta pregunta.

Don Luis la miró con atención.

-Me intereso por gratitud -repuso.

-Está bien; en ese caso no debo permanecer aquí. Quedad con Dios, señor, y aliviaos pronto.

Y Paca se dirigió hacia la puerta de la estancia.

[...]

Capítulo XLVIII. Cómo se libró don Luis de manos de doña Isabel

El caballero siguió mirando lleno de asombro a la maja.

El acento empleado por ésta, su agitación, su misma impaciencia, aquel movimiento tan rápido al escuchar sus palabras, movimiento en el cual había cierto despecho que no se pudo ocultar a los ojos del caballero, hiciéronle comprender que tal vez en aquello se encerraba un misterio, sin que sospechara en lo más mínimo que pudiera este ser un misterio de amor.

Sin embargo, interesóle tanto la actitud de Paca como su conducta, y le dijo deteniéndola casi cuando iba a franquear la puerta del aposento:

-Paca, ¿dónde vais?

-Puesto que para nada os hago falta, puesto que no puedo seros útil en nada, dejadme que me aleje.

-¿Pero os marcháis enojada?

-No, por cierto; ¿qué razón tengo yo para ello? ¿en qué pudiera fundar mi enojo?

-¿Queréis explicarme cuál ha sido la razón de vuestra pregunta?

-¿Cuál?

-La de si estaba en esta casa por mi voluntad o por fuerza.

-¿Pero estáis, señor, por vuestra propia voluntad?

-Trajéronme sin ella aquí, y hoy tal vez me holgara de poder salir.

-¿Por qué no se lo habéis manifestado a la señora condesa?

-No es para este momento referiros las razones que a ello puedan oponerse.

-¿Pero vos querríais salir de esta casa?

-¿De qué sirve que tuviese deseos, si existen obstáculos que lo impiden?

-No es eso lo que yo os pregunto, señor; no es de los obstáculos de lo que yo quiero hablaros; deseo que realmente, con entera claridad, me digáis si queréis evadiros del poder que os sujeta aquí.

-Y si os lo dijera, ¿qué haríais?

-Sacaros de aquí.

-¡Paca!

-Ya lo habéis oído. Guardárame muy bien ni de obligaros ni de obligarme, a no partir de vos la petición; pero una vez resuelto, dejad todo lo demás a mi cuidado.

-Difícil creo que podáis conseguirlo.

-¿Por qué? ¿Por hallaros bajo el poder y la vigilancia de una mujer celosa? no os importe, señor.

-¡Bravo, mi bella heroína! Veamos de qué manera cumplís con vuestra misión.

-En todo caso, podéis contar que no será por falta de voluntad, ni de esfuerzos para conseguirlo.

-Pero ¿qué interés os mueve en mi favor? ¿Qué pude yo hacer para inspirar vuestro afán de servirme?

-¿No os debo acaso la conservación de mi honra?

-Es decir que únicamente la gratitud es la que os impulsa -repuso Luis con acento en el cual no era difícil advertir el despecho.

-No más, señor -repuso Paca ruborizándose enteramente.

-Está bien. ¿Qué otra cosa podría yo apetecer?

Paca salió de la estancia de Luis tan profundamente afectada, que su primo, que como sabemos estaba esperando. y vigilando para que nadie pudiera interrumpirles, no pudo menos de decir:

-Prima, ¿qué tienes? ¿Te ha dicho algo ese caballero que te pueda ofender?

-Calla, simple -contestó la joven- ni don Luis es capaz de faltar a nadie, ni yo tampoco soy hembra que consienta a nadie que lo haga.

-Yo lo decía únicamente...

-Está bien; no hablemos más sobre ese particular, que de asuntos más graves hemos de ocuparnos

-¡Cáspita, prima! ¿sabes que vas infundiéndome temor con tus asuntos, y mucho me temo que esas conspiraciones no te produzcan algún disgusto?

-¿Qué he de hacerle? Comprometida ya, no hay otro remedio que seguir adelante.

-Sí, pero tú ¿qué ganarás con todo eso?

-Servir a los que quiero.

-Que si te ven en un aprieto, maldito si se acordarán de ti.

-Vamos, primo, no hables de lo que no entiendes; no te ocupes de eso y atiende lo que voy a decirte.

-Está bien: habla; tú sabes más que yo, y no podrás decir nunca que te he desobedecido.

-Es necesario que mañana ese caballero abandone este palacio.

-¡Toma! ¿qué necesidad tiene para eso de nosotros la señora condesa, que es quien bajo unas órdenes muy severas, nos ha prohibido, no sólo que le dejemos salir, sino que ni aun prestemos oídos a ninguna de sus proposiciones, no sólo para huir de aquí, sino ni aun para llevar mensaje de ninguna especie, que pueda levantar aquellas órdenes y dejarle en libertad?

-Ahí está el caso, que como la condesa es enemiga política de don Luis, éste no puede pedirle su libertad; libertad que tampoco ella le concedería.

-Ya comprendo.

-En su consecuencia, es menester que tú lo hagas.

-Pero ¿tú sabes, prima, a lo que yo me expongo?

-A que la condesa te despida, en cuyo caso entrarás al servicio de don Luis, con lo cual habrás ganado un amo que tendrá siempre algo que agradecerte.

Venancio mostrábase un tanto reacio para conceder a su prima lo que deseaba.

Si bien prestaba crédito a sus palabras, no lo hacía en absoluto; y era don Luis sobradamente galán, y Paca sobradamente hermosa, para que no entrase por algo en aquella supuesta conjuración el amor.

Sin embargo, tales razones supo usar Paca, de tal modo le habló, y tanta habilidad demostró para comprometerle, que finalmente dijo que al día siguiente él mismo sacaría a don Luis de su prisión.

La condesa, con toda previsión, había hecho retirar de la habitación del caballero las ropas que llevaba cuando le hirieron, y que Simón, precavido a su vez, llevóse consigo al apoderarse de él en la farmacia del licenciado Roberto.

De aquí que hubo precisión de subvenir a semejante necesidad, encargándose Paca de comprar las ropas necesarias y enviarlas aquella misma tarde a fin de que todo estuviera dispuesto.

Al día inmediato era, como ya hemos dicho, el en que se celebraba la romería de San Eugenio.

Desde bien temprano, el trayecto que media entre la coronada villa y la Puerta de Hierro y entre ésta y el Pardo, veíase cruzado por vehículos de todas las especies conocidas entonces, y más que todo, por una multitud que a pie entretenía lo fatigoso del camino con sus carcajadas, con sus chistes y con sus cantares.

Paca, Concha y Dolores, el triunvirato de la gracia y de la belleza, presentóse en la romería superando si cabe a los años anteriores en la riqueza de los collares y en el gusto de los trajes.

Vicente, Joselito, don Ramón de la Cruz y todos los aficionados a la broma, al jaleo y a la alegría que reinaba siempre en las fiestas de las majas, todos se hallaban en el Pardo, y todos ellos no pudieron menos de admirar la gracia y la hermosura de Paca.

Sin embargo, había en su rostro una nube de impaciencia y aun de zozobra que quitaba a su rostro gran parte de su alegría; pero sin embargo, tal era la belleza de aquel semblante, que aun esto mismo constituía otro de sus encantos.

Cuando llegó la hora en que había quedado con Venancio, sin decir nada a sus amigas, separóse de éstas y momentos después se reunía con su primo, que le dijo:

-No hay un momento que perder; la señora parece que trata de trasladar a don Luis a otra prisión más segura, y según tengo entendido, piensa hacerlo esta misma noche.

-Vamos allá.

Y los dos primos se dividieron del mismo modo que el día anterior, yéndose Venancio por el interior de la casa hasta el aposento de don Luis, y Paca a la puerta de la tapia.

No se hizo esperar mucho la llegada del caballero.

Merced al traje facilitado por Paca, traje perteneciente a las clases del pueblo, podía perfectamente pasar por en medio de los mismos criados de la condesa, que difícilmente le hubiesen reconocido.

Cuando se vio en completa libertad, estrechó con efusión entre las suyas la mano de Paca, diciéndole:

-Gracias, gracias; no olvidaré jamás lo que habéis hecho por mí.

-Es necesario que os alejéis de aquí, señor -dijo Paca, tratando de ocultar su turbación- alguien pudiera reconoceros, y a pesar de todo mi valor, muriérame de pena si lo llegaba a presenciar.

Luis miró a la joven del mismo modo que lo había hecho el día anterior, y sonriendo con una expresión que hubo de aumentar el temblor y la turbación de Paca, le dijo:

-No paséis temor, que por evitaros el más leve disgusto, evitaré caer en manos de mis enemigos.

Poco después, Luis, reunido con Vicente, permaneció casi todo el día por aquellas inmediaciones, hasta que llegó la noche y a favor de ella entró en Madrid yendo a hospedarse a la casa de Vicente.

Pocos momentos después de haber salido Luis de la quinta de la condesa, ésta entraba en la habitación de aquél, encontrándose a su marido, y produciéndose el desmayo de que hablamos en otro lugar.

Capítulo XLIX. Marido y mujer

El conde de Santillán hizo conducir a su esposa al gabinete que ésta habitaba en la quinta; la depositaron en el suntuoso lecho que en él había, y el conde, terminada que fue esta operación, mandó alejar del aposento a los criados, quedándose solo al cuidado de la enferma.

Era el conde de Santillán hombre que rayaba en los treinta años de edad. Su rostro, sin ser hermoso, no dejaba de ser simpático. Alto, bien proporcionado, y de maneras distinguidas, pasaba plaza de petimetre en la corte.

Su moreno rostro estaba en el momento en que lo presentamos a nuestros lectores, cubierto de mortal palidez. Sus grandes y negros ojos parecían querer saltársele de sus órbitas, y brillaban de un modo siniestro.

Agitadamente medía la estancia a grandes pasos, limpiándose de cuando en cuando con el blanco pañuelo el frío sudor que abundante bañaba su ancha frente.

Roncos y apagados suspiros exhalaba de cuando en cuando, y sus trémulos labios se abrieron al fin para murmurar:

-¿Con que es cierta mi desgracia? ¿El infame anónimo que he recibido, y cuya lectura ha trastornado mi ser, dice la verdad?¡Oh! aún dudo; Isabel es incapaz... ¿pero es que yo estoy ciego? ¡Desgraciado de mí y desgraciados de ellos!

Ni una sola frase más pronunciaron sus labios en el largo tiempo que medió hasta que la condesa comenzó a volver en sí, y abrió de nuevo sus ojos.

-¿Cómo os sentís, señora? -preguntó el conde llegándose junto a ella.

La condesa, a quien confundía la presencia de su esposo, no acertaba a responder.

El conde, sin que le fuera dado ocultar la emoción de que se hallaba poseído, continuó:

-Jamás me hubiera imaginado os fuese mi presencia odiosa hasta el punto de haceros perder el sentido su vista.

-¡Oh! -repuso con débil voz la condesa- no creáis...

-Yo creo lo que veo, amiga mía. Vuestro desvanecimiento es muy elocuente.

-Según del modo que vos lo traduzcáis -dijo doña Isabel incorporándose en el lecho.

Fugaz como una exhalación cruzó por la mente del conde un sombrío pensamiento, y fijando una mirada acusadora en el rostro de su esposa, exclamó:

-Yo puedo perdonarlo todo, señora; puedo ahogar en mi pecho, sin que asomen a mis labios, los sufrimientos de mi alma; puedo vivir muriendo desesperado por causa de vuestros rencorosos desvíos; vos podréis jugar a vuestro albedrío, haciéndole pedazos, con mi ulcerado corazón; pero ni vos podéis, ni yo debo ni quiero consentir se convierta en frágil juguete el sagrado de mi honor.

-Señor conde: ¿es a vuestra esposa a quién os dirigís? -preguntó con firme y desdeñoso acento doña Isabel.

-Sí; a mi esposa es: a la noble condesa de Santillán, doña Isabel de Zúñiga, a la desdeñosa dama de corazón de hielo, modelo de virtuosos ejemplos y honestísimas costumbres, es a la que me dirijo.

El acento irónico del conde hizo asomar el carmín en las entonces pálidas mejillas de doña Isabel, la cual interrumpió a su esposo, diciéndole:

-Dejad a un lado irónicas reticencias, y explicaos con claridad.

-Efectivamente, creo que a entrambos nos conviene una franca explicación.

-No la demoremos pues.

-Sea: harto sabéis, señora, el profundo y respetuoso amor que os profeso, y el desdén a que por vuestra parte vivo condenado desde el día en que os llamasteis condesa de Santillán. Cuantas pruebas de tierno cariño pueda dar el hombre más enamorado al dulce objeto de su amor, os las he dado yo, señora; si libertino en mis mocedades, he procurado borrar con mi actual conducta los extravíos de la pasada. Bien lo sabéis; jamás desde nuestro enlace ha asomado a mis labios, para con vos, el mandato, antes por el contrario, han prodigado la súplica, y vuestros menores caprichos se han convertido en órdenes para mí. Esclavo sumiso y reverente, esperaba que a fuerza de amor, de constancia y de solicitud, alcanzaría en tiempo más o menos lejano ablandar vuestro endurecido corazón; funesto error del que despierto ahora. En tanto llegaba el suspirado día en que reconocierais vuestra injusticia, vivía yo, sufriendo por vuestros desdenes; pero completamente tranquilo respecto a vuestra virtuosa conducta. Jamás he celado vuestros pasos, porque al hacerlo hubiera creído inferiros un agravio; así es que a vuestro antojo habéis abandonado la corte en distintas ocasiones, dirigiéndoos a cualquiera de nuestras posesiones sin que yo haya opuesto a ello el más mínimo obstáculo, ¿no es cierto?

-No puedo negarlo.

-Nada, pues, hubo de extrañarme, atendida la rareza de vuestro carácter, el saber hace tres días que os hallabais aquí, a donde no hubiera venido a molestaros a no ser por cierta carta en la cual se me significaba que era de todo punto necesaria mi presencia en esta quinta.

-Nada puedo deciros respecto a esa misiva que me significáis haber recibido, porque nada sé de ella ni de su contenido, pero algo puedo contestaros a vuestras anteriores quejas.

-Estoy ansioso por escucharos.

-Seré breve.

-Como mejor os plazca.

-¿De qué modo conseguisteis mi mano? ¿lo habéis olvidado ya?

-Señora... -balbuceó el conde.

-Ejerciendo conmigo una violencia -continuó la condesa.

-No fue tan grande la falta por mí cometida entonces que mereciese tan duro castigo.

-No debéis quejaros del desvío que os he manifestado, porque os advertí de él.

-Pero no podía yo imaginar que fueran eternos vuestros rigores.

-Vos podíais pensar lo que tuvierais por conveniente; pero yo estaba resuelta a cumplir mi ofrecimiento.

-Eso quiere decir...

-Quiere decir que no sé a qué vienen vuestras quejas, puesto que ya debíais haberos acostumbrado a considerar nuestro alejamiento como cosa invariable.

El corazón del conde se hacía pedazos dentro del recinto estrecho en que se albergaba. Las frases de la condesa, lejos de disipar, aumentaban las crueles angustias que desde hacía algunas horas habían venido a aumentar los dolores que desde largo tiempo minaban el alma enamorada de aquel hombre. Sin poderse apenas contener, dijo a su esposa:

-Perfectamente, señora; ¿pero qué me decís a fin de disculpar la pérdida de vuestro decoro?

-Señor conde; hasta ahora he podido no amaros, pero no dejaros de creer caballero.

-¡Ah! ¿Con que, según vos, deja de ser caballero el hombre que pide cuentas de su honra?

-Eso es, pues, lo que vos me exigís.

-Sí, eso os exijo. Este infame papel que abrasa mi mano -repuso el conde estrujando un papel escrito- me da cuenta de vuestras liviandades.

El rostro de doña Isabel tomó el color de un cadáver al oír el apóstrofe de su esposo.

-Según eso, vos creéis...

-Al leer lo que aquí se me dice, a tener frente de mí a su autor, le hubiera cortado el brazo con que se atrevió a escribir lo que os ofende y me ultraja; la indignación que me produjo tal escrito superaba al desprecio que me inspiran aquellos que se valen del pérfido anónimo, sirviéndose de él como de un arma matadora y vil; vine aquí para entregároslo y haceros conocer que la maledicencia se ocupaba de nosotros, y al llegar a esta quinta, sé que en ella ha habitado durante vuestra permanencia un hombre joven; esta noticia concuerda con la que se me da en el anónimo; os busco por toda la casa, y os hallo al fin en un aposento que no es el vuestro, y al verme en su umbral lanzáis un grito desgarrador y os desvanecéis. ¿Podéis contestarme ahora si creéis que dejé de ser caballero porque osé interrogaros preguntándoos: qué habéis hecho, señora, de mi honra y de vuestro decoro?

Durante breves momentos permaneció la condesa con la frente inclinada sobre su pecho; pero irguiéndola nuevamente, contestó con seguro y firme acento:

-Dispuesta me hallo a todo, y se aviene mal con mi noble carácter el hipócrita fingimiento; así, pues, voy a contestaros con toda la sinceridad de mi alma, y sin que ni poco ni mucho trate de atenuar mi culpa a vuestros ojos.

-¿Confesáis, pues?...

-Que ni os amé, ni os amo, ni jamás podré amaros; que mi corazón, virgen hasta hace poco del sublime sentimiento del amor, despertó por fin del letargo en que yacía adormecido; ama, y ama con toda la vehemencia de que él es capaz; he luchado por vencer la pasión que en él ha nacido, pero he luchado inútilmente; ella es más grande que mi voluntad.

-¡Señora!... -dijo el conde cuyas facciones estaban trastornadas, acercándose más hacia su esposa.

-Podéis matarme, ya lo sé; hacedlo; no quiero manchar mis labios con la mentira.

Temeroso, sin duda, el conde de no poderse contener si permanecía más tiempo en aquel aposento y en presencia de aquella mujer a quien tanto amaba, y la cual acababa de confesarle la pasión que por otro sentía, hizo un esfuerzo supremo sobre sí mismo, y logrando dominarse, miró a su espopa con ojos extraviados, en tanto que se apartaba de ella, y con voz cuya vibración hubiera hecho estremecer a otra mujer menos animosa, o quizá menos abismada en sus propios pensamientos, le dijo al retirarse:

-No se hará esperar mi resolución.

La condesa, cuyas fuerzas habían agotado las encontradas emociones que había experimentado en el transcurso de tan pocas horas, inclinó con desaliento su abrasada frente sobre el blando cojín de su lecho, y exclamó tan luego hubo desaparecido su esposo:

-Corazón, ¿por qué no te arranqué cuando diste el primer latido de amor?

Capítulo L. Los osos del río

En las afueras de la ex-puerta de Segovia, y en las inmediaciones del río Manzanares, en medio de un grupo de casas, había una más pequeña que las demás, casa cuyos inquilinos por efecto de lo poco que se presentaban en público, por la quietud que siempre reinaba entro ellos, y por la carencia de ruido que en ella se advertía, habían dado en llamar los vecinos de las inmediaciones la Casa de los Osos.

Toda la casa estaba ocupada por una misma familia, y lo mismo los amos que los criados, tan misteriosamente obraban, tan poco se les veía y tan insociables se mostraban para todo el mundo, que se les denominaba con el calificativo de osos, y bajo este nombre quedaban incluidos los amos y los criados.

Nadie sabía de dónde habían llegado los primeros, ni cuántos eran los segundos.

Lo único que se sabía positivamente era que aquellos tenían siempre su mano abierta para los pobres, que donde había miseria siempre alcanzaban sus beneficios, y que si les llamaban osos, no era por otra cosa más que por su insociabilidad.

Jamás hablaban con nadie, a nadie veían, y solamente un criado anciano y tan agreste como ellos, era el único que se veía diariamente ir a la capital a comprar los artículos que necesitaban para el consumo.

Por conjetura sacaban las gentes que vivían en los alrededores, que los osos eran dos, puesto que decían algunos mozos de los lavaderos inmediatos, que en las altas horas de la noche habían visto pasearse a dos personas, que observándolas sin ser vistos, vieron que desaparecían tras la puerta de la casa que tanto preocupaba su atención.

Sin embargo, a pesar de aquella curiosidad despertada con un motivo tan justo, no hubiera quedado de seguro ninguna persona de aquellos contornos que al saber que a los osos les sucedía alguna desgracia, no hubiese acudido inmediatamente a tratar de remediarla.

Esto nacía de los beneficicos que, como antes hemos dicho, prodigaban a manos llenas.

Pero como nosotros no podemos atenernos solamente a las hablillas del vulgo, justo es que tratemos de penetrar el misterio que envolvía a los habitantes de la casita de la Virgen del Puerto.

Franqueemos la puerta de entrada, y atravesando un estrecho y oscuro corredor, dejemos aparte una puerta que daba al salón en donde ya han asistido nuestros lectores a una de las reuniones que celebraron los amigos del pueblo.

Subamos una escalera de peldaños estrechos y carcomidos, al final de la cual hallaremos una puerta que nos permitirá el paso a una salita de paredes ennegrecidas y agrietadas, a cuyo final nos encontraremos otra que, abierta a su vez, nos conducirá a una estancia que forma un extraño contraste con todo lo que hemos visto anteriormente.

Figuraos, lectores míos, un aposento octogonal, cuyas paredes están cubiertas de raso azul, y cuyo suelo desaparece bajo una tupida alfombra.

No hay ventana ninguna en esta habitación.

Del techo pende una magnífica lámpara cuyas luces son las únicas que iluminan el aposento.

En el fondo de él, sobre una mesa de palo santo con primorosas molduras, se veía una magnífica luna veneciana encerrada en un marco ovalado de la misma madera.

No había sillones en la habitación, pero en cambio tenía magníficos almohadones de damasco del mismo color que el forro de las paredes.

Dos perfumeros colocados a entrambos lados de la mesa, embalsamaban por completo aquel aposento encantador.

Reclinada, más bien que sentada sobre los mullidos almohadones, se veía una mujer de hermosura incomparable.

La estatuaria griega estaba representada en ella admirablemente.

Sobre su rostro ligeramente moreno destacaban dos ojos negros y rasgados, cuya brillante radiación era imposible resistir.

De una frente ancha y despejada se desprendía una nariz casi recta, bajo de la cual una rosa entreabrió sus pétalos dejando percibir dos hileras de dientes blancos y brillantes como el marfil, y pequeños e iguales como los de un niño.

Asentad esta cabeza, rodeada de anchas trenzas de cabellos negros, sobre unos hombros modelados con una delicadeza infinita; añadidle como adherentes un talle de una flexibilidad extrema, ponedle un pie y una mano en miniatura, y tendréis una idea de quién era la dama que se reclinaba voluptuosamente sobre los mullidos cojines de la oriental habitación.

Cuando la presentamos a nuestros lectores, estaba sola.

Parecía presa de serias meditaciones, porque su frente se hallaba surcada de algunas arrugas, y su actitud era asaz meditabunda y pensativa.

El traje que vestía la dama era negro completamente, lo que hacía resaltar doblemente su espléndida belleza.

Sin duda sus pensamientos fueron sucesivamente ennegreciéndose más, porque su rostro tomó una expresión de odio tan implacable que casi causaba miedo.

De pronto, una pequeña puerta que había en la estancia, se abrió casi sin ruido, y un caballero joven y hermoso, pero con una hermosura tan fatídica como la de la dama, penetró en ella, y le dijo con un acento muy respetuoso, pero nada más:

-Cuando gustéis, Alina.

-Estoy a vuestra disposición.

Y la dama, al decir estas palabras, arrojó una mirada de tan indescriptible expresión sobre el caballero, que éste no hubiera podido menos de sorprenderse si hubiera podido interceptarla.

Pero estaba también muy preocupado, y con la cabeza apoyada sobre el pecho se entretenía en medir a grandes pasos la anchura de la sala.

Alina, puesto que ya sabemos que este era el nombre de la dama, se levantó, y dirigiéndose a otra puertecita, desapareció por ella, reapareciendo pocos momentos después cubierta completamente con un ancho manto negro. También el caballero estaba asimismo vestido con su traje de calle, y en cuanto vio a la enlutada, le ofreció galantemente el brazo, y sin trocarse entre ambos una palabra más bajaron la escalera, y en el zaguán se encontraron con un anciano que tenía en la mano una linterna.

Salió el criado, pues tal lo parecía el anciano por su traje de la casa, precediendo a sus señores, y después de haber cerrado la puerta con un grueso candado, se dio a caminar con dirección a la puerta de Segovia, alumbrando el camino con la linterna que llevaba.

No sabemos si hemos dicho ya que era de noche, pero si ha sucedido así, suplicaremos a nuestros lectores que nos dispensen esta repetición.

Era de noche, y muy oscura, lectores míos, y doblemente tenebrosa en aquellos tiempos en que no se conocían los faroles que hoy alumbran la puerta segoviana, ni los que igualmente iluminan los lindos jardines de la Cuesta de la Vega.

Por lo tanto, nuestros amigos de la casa de la Virgen del Puerto, tropezaron más de una vez, y aun si nuestras noticias no son inexactas, hubieron de dar un resbalón tal, que casi los labios del caballero hubieron de rozar la frente de la dama, haciéndola que se ruborizase extraordinariamente, rubor que pasó desapercibido a favor de la oscuridad de la noche.

En este estado, y sin que se hubiese cruzado palabra alguna entre ambos, llegaron nuestros personajes muy cerca de la casa del conde de Lazán, que habitaba el generalísimo francés.

-¿Os acordáis, Alina, de hoy hace diez años? -dijo por fin el caballero con un acento concentrado.

-Sí.

-¿Recordáis lo que os dije aquella noche memorable?

-Yo estaba sola en la misma quinta de mis padres, contemplando ante mi vista el cadáver del senador Aldobrantini; miraba el escudo de mi casa hecho pedazos, deshonrada mi antigua estirpe, cuando os presentasteis vos, y me dijisteis si quería vengarme. La sangre italiana corría en mis venas, y acepté con reconocimiento la oferta que me hacíais.

-Y la he cumplido. Yo tenía poderosos motivos para vengarme del conde, y todos los años, a la misma hora, ya sabéis que en cualquier parte que se haya encontrado, nosotros, como dos sombras de maldición, hemos ido siempre a ser los nuncios de alguna desgracia para ese hombre; hemos tratado de envenenar su vida y lo hemos conseguido, pero no con el veneno que mata instantáneamente, sino con ese otro que consume día por día, mes por mes y año por año, y que arrebata hasta la última creencia que pueda hacer agradable la vida.

-Venganza terrible, en la cual nosotros sufrimos tanto como el mismo de quien queremos vengarnos.

-No lo creáis, Alina; el sufrimiento nuestro es un exceso del mismo goce que sentimos. ¿Creéis que no se goza con una venganza?

-Demasiado, pero ¡cuesta tan caro! -contestó la joven con un acento particular.

-¿Estáis cansada ya?¿Os pesa el haber emprendido este camino?

-¡Nunca! Mi venganza es justa, y jamás vacilaré ante ella; pero hay cosas...

Y la encubierta dama arrojó sobre el misterioso caballero otra mirada como la que le dirigió cuando estaban en la casa.

El joven, esta vez como entonces, no pudo reparar en ella, y sólo le dijo:

-Acabad, señora.

-Son asuntos míos particulares, que para nada tienen que ver con nuestro proyecto.

Y tras estas palabras, volvieron ambos a su anterior silencio, y apretaron el paso hacia el palacio que ocupaba el conde de Lazán.

Pensativo se hallaba el conde en sus habitaciones, cuando la aparición de un criado llegó a arrancarle de sus meditaciones.

-Una dama y un caballero -le dijo el criado- solicitan vuestra venia para hablaros.

-¿Por qué has dicho que estaba en casa? -repuso el conde de mal talante.

-Como el señor conde nada me había dicho...

-Está bien; que pasen.

Un momento después, Alina y su misterioso acompañante, hallábanse en la estancia del conde.

Al verlos éste, no pudo menos de exclamar con acento en que vibraba tanto la cólera como el terror:

-¡Alina Aldobrantini! ¡Mario Monteleone!

-Sí -repuso la joven con severo acento- las dos víctimas de tus impurezas, conde. Hoy hace diez años que mi padre murió asesinado por ti, ¿recuerdas la fecha?

-¡Oh!

-Y hoy hace diez años y tres meses que la mujer que amaba fue villanamente ultrajada por ti, conde de Lazán -repuso el joven que ya sabemos se llamaba Mario.

-¡Callad, callad! -exclamó el conde con acento en que vibraba el terror.

-¡No, no es posible callar, especialmente en el aniversario de aquellas dolorosas escenas: acuérdate de todos los crimenes que has cometido; recuerda bien todo lo que ha sucedido desde entonces: por donde quiera que has ido, te ha perseguido nuestra venganza; piensa que de lo que de existencia te quede has de vernos del mismo modo acusándote constantemente, arrojándote al rostro lo indigno de tu proceder!

-¡Piedad! ¡Perdón!

-No existe para ti -repuso Alina- ¿Puedes devolvernos acaso lo que nos has arrebatado?

-¡Dejadme! ¡Alejaos de aquí!

-Pronto vas a quedar complacido; nuestra misión hoy está cumplida ya, conde de Lazán; ruega al cielo, porque el año que viene no te vengamos a ver, pues si volvemos, es muy posible que hayas tenido que llorar en tu familia una nueva desgracia, mayor todavía de la que has tenido con tu hijo.

Y tras estas palabras, Alina y Mario, silenciosos como habían entrado, semejantes a dos fantasmas del remordimiento, y sin que el conde se atreviera a detenerlos, salieron del aposento, abandonando poco después el palacio.

Capítulo LI. De cómo cumplió García sus promesas

Al siguiente día en que tuvieron lugar los acontecimientos que hemos narrado en el capítulo anterior, el conde de Lazán se hallaba solo en su aposento, cuando acertó a entrar en él su antiguo amigo y confidente García.

El lector no habrá indudablemente olvidado la comisión que el conde había confiado a este personaje.

-Vamos, vale más tarde que nunca -exclamó el conde al ver aparecer a García.

-Pues créame el señor conde, que bien a pesar mío he retardado este momento.

-Lo que yo creo es que te hice un encargo, y que tú no has cumplido como me ofreciste.

-Eso es mucha verdad; pero ya sabéis, señor conde, que muchas veces el hombre propone y Dios dispone.

-Cuando se trata de complacer, se ponen los medios para conseguirlo; lo demás son pretextos más o menos capciosos.

-No, a fe mía; yo hubiera venido a veros cuando os lo ofrecí, pero se ha atravesado en mi camino nada menos que todo un señor de casa y corte, y este buen sujeto ha sido la causa de mi tardanza.

-¿Un alcalde de casa y corte?

-Sí, por cierto, pues tal creo que lo sea don Leoncio Pérez de Quintana.

-¿Y a santo de qué?...

-A santo de que estaba yo con varios caballeros amigos míos en la botillería de Canosa echando una cana al aire, cuando acertó a pasar por allí su señoría, y so pretexto de que hablábamos demasiado alto, se empeñó el señor alcalde en que trasladáramos nuestra residencia; y como quiera que es un señor sumamente galante, nos proporcionó alojamiento en la cárcel, en cuyos aposentos he tenido el honor de vivir unos cuantos días.

-Si en vez de entregarte a excesos, te hubieses ocupado de lo que debías, no te hubiera ocurrido ese suceso que lamentas.

-¡Oh! perdonad, yo no lamento nada; vos sois el que...

-Sí, es verdad, yo soy; ¿a ti qué te importa que yo sufra más o menos?

-Si el señor conde me hace el honor de recordar algún hecho antiguo, comprenderá la injusticia de su reproche.

El conde palideció y arrugó sombríamente el entrecejo.

Los recuerdos de su pasada juventud le atormentaban de continuo, y no pudo menos de estremecerse al oír a García.

-Sí, sí; ya sé... -balbuceó el conde.

-Bueno es que no lo olvidéis, porque me parece que en aquella ocasión me porté de modo tal, y tan a vuestro gusto, que bien merece recordarse.

El implacable García parecía recrearse en mortificar al conde.

-Yo no lo niego; pero no es de eso de lo que se trata.

-Ya sé de lo que ahora se trata; pero me habéis acusado, y me defiendo.

-Estás insufrible, y pareces recrearte mortificándome.

-He aquí otra acusación.

-Tú debes suponer la impaciencia que me domina, y sin embargo, nada has hecho para calmarla. A consecuencia de tu encarcelamiento, nada has podido hacer, y heme aquí que hoy me hallo en el mismo caso que el día en que te confié la delicada comisión de que te hiciste cargo.

-Tampoco eso es enteramente exacto; hoy estáis desgraciado en vuestras apreciaciones.

Contrastaba singularmente la humorística calma de García con la febril impaciencia que dominaba al conde. Éste exclamó:

-¿Has averiguado algo?

-Según vos, nada; porque nada me importan vuestros asuntos.

-Hombre, ¡por las once mil vírgenes, deja a un lado las lamentaciones y las quejas! Nada tiene de particular que haya vertido la frase a que aludes, teniendo en consideración el estado en que me hallo, y que tú conoces perfectamente. Yo no dudo de ti; sé que me has servido bien.

-Hasta el extremo de hallarme unido íntimamente a vos en cierto comprometido asunto.

-Sí, hombre, sí; eso es muy cierto -replicó el conde con tembloroso acento.

-Así me gusta, que lo reconozcáis. Si hubiera yo podido prever que su señoría, el señor don Leoncio Pérez de Quintana, tenía un genio como el que tiene; si se me hubiese ocurrido que desde la famosa botillería hubiesen de dar con mi cuerpo en la cárcel los caballeros golillas que hasta ella me escoltaron, yo os protesto hubiera procurado evitarlo a toda costa; pero como os he dicho al empezar nuestra conversación, el hombre propone... y un alcalde de casa y corte dispone. Sin embargo, como yo no olvido jamás lo que no conviene olvidar, apenas me fueron abiertas las puertas del palacio que don Leoncio me dio por morada, en vez de ir a holgarme con mis amigos, en celebridad del fausto acontecimiento, me fui a donde creí conveniente que debía ir, en busca de los datos que me pedisteis.

-¡Ah! -exclamó el conde con marcada ansiedad.

-Sí, señor conde; el buen García no ha perdido su tiempo, ha corrido de ceca en meca, y merced a su discreción y diligencia, y en virtud de cierto dinerillo ofrecido a los caballeros que me han ayudado en mis pesquisas, he podido lograr saber lo que tanto se me había encargado.

-¿Con que sabes?

-Tened en cuenta, señor conde, que debo algún dinero a los honrados sujetos que me han prestado su generosa ayuda.

El buen García no quería en manera alguna que el conde hiciera caso omiso de lo que a él más le interesaba.

-Eso es lo de menos.

-No, por cierto; eso es lo de más.

-Quiero decir -añadió el conde a punto ya de dar al traste con su paciencia- que es lo de menos el tener que hacer por mi parte un nuevo sacrificio; esto es, que no te hará falta lo que necesites para saldar esa deuda.

-Convenido; eso es precisamente lo que me tenía un tanto inquieto, porque hay ciertos compromisos que son sagrados, y un hombre como yo no gusta de faltar a ellos.

-Me parece -repuso el conde un si es no es picado- que jamás he dejado de mostrarme espléndido.

-No lo niego.

-Pues al hecho.

-Sé ya a lo que obedece la obstinación de vuestra bella hija en no querer admitir la mano del señor vizconde.

-Sepamos.

-Yo no sé de qué frase valerme para evitaros una desazón.

-¡Pues cómo! ¿qué hay? -preguntó el conde sumamente alarmado.

-Hay que doña María tiene un amante.

El conde se levantó, cual movido por un resorte, del asiento que ocupaba, y con la faz lívida y ronco acento, dijo a García:

-Mientes.

-Pues, no señor; no miento -respondió con el mayor descaro García.

-¡Un amante, mi hija!... Vamos, no puedo creerlo.

-En eso haréis lo que os acomode; pero la verdad es verdad siempre.

-¡Oh! Si fuese cierto, si fuese cierto... -dijo el conde golpeando violentamente con el puño el pupitre que cerca de él había.

-Vais a lastimaros la mano, señor conde, y con eso no conseguiréis el resultado que deseáis.

-¿Y habrás indagado quién es el favorecido? -preguntó el conde sin hacer caso de la maliciosa observación que acababa de hacerle García.

-¡Toma! Ya lo creo; a mi no me gusta hacer las cosas a medias.

-¿Quién es?

-Un amigo vuestro.

-¿Amigo mío?

-¡Ya lo creo! ¡como que se trata nada menos que del elegante joven don Luis de Guevara!

-¡Don Luis! -exclamó en el colmo de su asombro el conde.

-El mismo que viste y calza.

-No es posible; tú sueñas.

-Pues señor, hoy estáis muy inclinado a dudar.

-¿Pero estás seguro de ello?

-Tan seguro, como seguro estoy de que tengo que entregar hoy mismo veinticinco peluconas amarillas a los amigos que me han ayudado a descubrir el misterio.

El conde comprendió que su buen amigo no relegaba al olvido la cuestión de maravedises, y a fin de que no le hiciera más observaciones sobre el particular, se apresuró a poner en sus manos la cantidad que García suponía adeudar a los que le habían ayudado a adquirir las noticias que acababa de suministrar.

-Toma, y paga -dijo el conde con acento un tanto irónico.

-Puedo aseguraros, señor conde, que siento tengáis que hacer este nuevo desembolso; pero ¿qué remedio? no es cosa mía, y yo nada puedo hacer.

-Ni yo creo haberte regateado, ni mucho menos suplicado que se me sirva de balde.

-Eso es muy cierto; pero creo que tampoco dudaréis de mi caballerosidad.

El conde sabía de sobras hasta donde rayaba la caballerosidad de García, y dijo:

-No la he puesto nunca en duda.

-Eso me consuela; por lo demás, no pongáis en duda lo que os llevo dicho, porque tengo pruebas.

-¡Pruebas!

-¡Vaya, y seguras!

-Haz el favor de explicarte con claridad y sin circunloquios.

Capítulo LII. Los proyectos de García

-Pues como antes tuve ya el honor de deciroslo, al salir del alojamiento que me había proporcionado la generosa magnanimidad de don Leoncio, anhelante por adquirir las noticias por vos demandadas, acudí a ciertos amigos a cuyo fino olfato no escapa nada, como se les ponga sobre la pista. Pusiéronse mis lebreles a husmear, y ayer por la mañana uno de ellos me aseguró estaban ya sobre las huellas del negocio en cuestión. ¿Creo que desearéis suprima ciertos detalles poco interesantes?

-Sí, sí; suprime lo que no me interesa.

-Corriente. Es el caso, pues, que valiéndose ya de unos, ya de otros, me pusieron en contacto con cierto mozo que sirve a cierta dama, a quien por lo visto no parece el don Luis costal de paja.

-¿Y qué?...

-Supe por él, que su ama estaba celosa porque había descubierto los amores que mediaban entre vuestra hija y el señor de Guevara.

-Pero ¿eso qué prueba?

-Eso mismo dije yo a mi hombre.

-¿Y qué contestó?

-Mediante ciertas ofertas, le hice cantar de plano. Díjome que por la tarde debía llevar una carta que se suponía ser de don Luis, sin serlo. Le propuse que me entregase a mí la carta cuando la tuviera en su poder; convínose a ello, y a la hora y en el sitio convenido, nos vimos y me entregó el susodicho billete, el cual yo me ofrecí a llevar. Con las precauciones consiguientes, abrí la carta, y después de enterarme de su contenido, la cerré de nuevo sin dejar la menor huella de la profanación.

-¿Y qué decía? -preguntó el conde con impaciencia.

-En ella suplicaba don Luis de una manera tiernísima a vuestra hija, que por la noche, a eso de las nueve, buscase un pretexto cualquiera, a fin de verse con él en el atrio de San Millán.

-¿Y con qué objeto se mandaba esa carta a María?

-Con dos.

-¿Cuáles eran?

-Primero, cerciorarse de si eran o no efectivos los susodichos amores; segundo, apoderarse de vuestra hija, caso de que acudiera a la cita convenida, porque sería prueba evidente de que ella y don Luis se amaban.

-¿Y María?... -preguntó con afán el conde.

-Acudió.

-¿Acudió?

-¡Vaya! acompañada de una doncella y los criados que conducían la silla de manos.

-Sí, sí; ahora lo comprendo todo; he aquí el motivo del asalto a la silla por aquellos rufianes, de cuyas manos la rescató el vizconde. ¡Don Luis de Guevara! ¡El hijo de mi amigo!

-Ya, ya; en cuestiones de faldas, fiad en los amigos.

-¡Abusar así de la confianza con que era recibido en esta casa! ¡Oh, yo les juro que ambos sentirán el peso de mi legítimo furor!

-Creo que no debéis entregaros a él por completo, si no queréis echarlo todo a rodar.

-¿Qué pretendes, pues? ¿Acaso he de mirar con indiferencia asunto de tamaña importancia?

-Nada de eso, pero yo en vuestro lugar lo tomaría de distinto modo.

Durante breves momentos guardaron silencio ambos personajes. El conde se paseaba, mostrando en todos sus movimientos el furor de que se hallaba poseído. En cambio García permanecía cómodamente sentado, afectando la mayor tranquilidad.

El conde fue el primero que se decidió a hablar.

-Vamos a ver, ¿qué es lo que tú harías en mi caso? Aconséjame, porque yo no sé qué hacer.

-Lo primero, calmar la indignación que os domina por completo.

-¿Crees acaso que eso sea muy fácil?

-Creo que el hombre debe tener sobre sí bastante imperio para hacer aquello que mejor le parezca; la fuerza de voluntad es una gran virtud.

-Déjate de moralidades que no son del caso, y habla.

-Precisemos la cuestión. Vos pretendéis casar a vuestra hija, ¿no es eso?

-¿A qué preguntar lo que se sabe?

-Para concretar y deducir lógicamente lo que convenga hacer. Un obstáculo imprevisto habéis encontrado al querer realizar vuestros deseos; ese obstáculo es don Luis; pues nada más sencillo.

-No te comprendo.

-Que el obstáculo desaparezca.

-¿Cómo?

-El cómo importa poco; lo esencial es que desaparezca.

-¿Y con eso crees que mi hija?...

-Vuestra hija, por de pronto, se obstinará en su resolución.

-Entonces...

-Entonces se la encierra en un convento, se inventan mil patrañas para hacerla creer que el objeto de su amor, menospreciándola, ha desaparecido de la corte llevándose consigo a tal o cual mujer a la cual ama frenéticamente; entonces el despecho logrará lo que no ha obtenido la obediencia.

Quedóse el conde pensativo durante algunos instantes.

-Creo que no vas por mal camino -exclamó de pronto el conde.

-¡Oh! yo siempre elijo los caminos más cómodos.

-Y en el caso de que adoptara tu pensamiento, ¿te encargarías tú de que don Luis?...

-En habiendo el dinero necesario para los gastos que se originan, no tengo ningún inconveniente en responder del éxito.

-No hablemos del dinero.

-No, señor conde, no, al contrario: el dinero es la llave maestra que...

-Ahora como antes no me has entendido, y francamente esas repeticiones son de muy mal gusto.

-Yo no he querido ofenderos, sino aclarar...

-Sí, sí, te comprendo; y para que tú también me entiendas, te diré que dispondrás en un caso del dinero necesario.

-Perfectamente; ahora disponed a vuestro antojo.

-¡Oh! gran violencia tengo que hacerme para no dar rienda suelta a mi indignación. No puede ya caberme la menor duda acerca del innoble proceder de don Luis, y esto me exaspera hasta el punto de que, a tenerlo delante, no me sería dado contenerme. Es un infame, un mal caballero el que así abusa de la confianza que se le concede.

-Es joven.

-¿Y eso basta? -dijo el conde cuyo furor iba en aumento.

-Siempre es alguna disculpa; vos también lo habéis sido.

La frente del conde se nubló de un modo muy visible.

-¡Oh! sí, yo también lo he sido, y harto me atormentan los recuerdos de mi juventud.

-¡Bah! eso no debe inquietaros; imitadme; yo relego el ayer al más oscuro rincón del olvido; lo que fue, fue, y ya no hay modo de evitarlo.

-Debiera no haberse ejecutado -contestó el conde profundamente conmovido.

-¿Quién sujeta sus pasiones en la florida edad de la juventud?

-La conciencia, que luego nos atormenta, debiera hablar más alto en esa edad de locuras y disipación.

-¡La conciencia! ¿Y qué es eso? Confieso francamente que oigo hablar de ella cual si se tratara de un mito.

-¡Dichoso tú; no puedo yo decir otro tanto!

-Yo creo que la conciencia es acomodaticia, y si os hallarais ahora en estado de poder apreciar mis disertaciones, yo os haría ver...

-No, no; déjalo para mejor ocasión.

-Convenido. Resolved.

El ánimo del conde fluctuaba entre mil encontradas dudas; así es que no se determinaba a decidir en la grave cuestión que tanto le preocupaba.

-Decidir... decidir... eso se dice fácilmente.

-Y más fácilmente se hace.

-Sin embargo, creo que sería conveniente que yo tuviese una explicación con don Luis y con María antes de determinarme.

-Vos podéis hacer lo que gustéis; pero yo no lo apruebo.

-¿En qué razón te fundas?

-En una sencillísima.

-¿Y cuál es?

-¿Vos estáis o no sobrexcitado?

-Lo estoy, ¿a qué negarlo?

-Perfectamente. Habéis dicho antes, si mal no lo recuerdo, que a tener delante a don Luis, no seríais dueño de conteneros.

-Es verdad.

-Pues bien, juzgad vos mismo el final que tendría la escena de la explicación vuestra con el susodicho caballero.

-¡Chit! calla.

El conde vio antes que su interlocutor a un paje que hacia él se adelantaba y que traía en su mano una bandeja de oro, en la cual había una carta.

Capítulo LIII. El conde recibe una noticia inesperada

-Está bien -dijo el conde tomando la carta- podéis retiraros.

Una vez fuera el paje, el conde, sin abrir la carta exclamó:

-Es del vizconde, y sin duda me recuerda en este billete la promesa que le hice.

-Es lo más probable.

-Hoy me es preciso salir de esta situación, y saldré; basta ya de condescendencia.

-Obrad, pues, con energía.

El conde abrió la carta y leyó para sí su contenido, que era el siguiente:

«Señor conde de Lazán:

»Mi respetable amigo: circunstancias imprevistas y que no me es dado evitar, me obligan hoy a desistir del honor que yo mismo había solicitado respecto a mi enlace con vuestra adorada hija.

»Adjunta os remito una cesión firmada por mí, de todos los bienes que constituyen el litigio que ambos tenemos pendiente, y que desde ahora queda terminado en favor vuestro; pues he comprendido estudiando a fondo la cuestión, que es vuestro todo el derecho, por más que los tribunales hayan fallado en contra; y como por encima del dictamen de los señores jueces está mi conciencia, no quiero violentarla gozando de unos bienes, que, según ella, os pertenecen por completo; por lo tanto, os ruego encarecidamente admitáis la cesión que tengo el honor de remitiros, y os suplico a la par dispenséis las molestias que os haya podido ocasionar en el transcurso del litigio que hemos sostenido.

»Tengo el honor de ofreceros mis respetos, y repetirme vuestro afectísimo amigo:

El vizconde del Juncal.»

Atónito se quedó el conde con tan inesperada salida. ¿A qué podía obedecer el repentino cambio del vizconde respecto a María? ¿Qué circunstancias eran esas a que aludía en la carta?

García estaba contemplando al conde y tratando de adivinar en su fisonomía lo que aquél le ocultaba; pero la verdad es que no había sacado nada en limpio de su observación, y al terminar el conde la lectura de la carta, viendo que éste permanecía entregado a sus pensamientos, le pareció oportuno advertirle su presencia. Al efecto, se levantó y dijo:

-Si estorbo...

-No; quédate -contestó el conde al mismo tiempo que tiraba del llamador.

Presentóse el mismo paje portador de la carta a muy poco tiempo después de haber sonado la campanilla.

-Pasad aviso a doña María de que deseo verla, y que la espero.

El paje saludó respetuosamente y se retiró.

-Os aconsejo de nuevo que hagáis acopio de calma y de prudencia.

-Tú juzgarás.

¿He de presenciar la entrevista?

-Sí, pero oculto en ese gabinete -respondió el conde indicando a García la puerta de un aposento que comunicaba con la habitación donde se hallaban ambos en aquel instante.

-Como gustéis.

-Desde ahí podrás oír perfectamente cuanto aquí hablemos.

-Procuraré no perder una palabra.

-¡Oh! yo te aseguro que en breve sabré a qué atenerme.

-Eso es cosa que debíais ya saber.

-Yo me entiendo.

-Siendo así, no digo nada, y con gran satisfacción me parece observar que estáis ahora menos impresionado, y por lo tanto, en mejor disposición que antes para sostener cara a cara una explicación con vuestra bella hija.

-No te engañas.

-Es lo más prudente.

-Retírate, porque creo que se aproxima.

-Os recomiendo mucha calma.

Dicho esto, se ocultó García en el aposento que antes le indicara el conde.

Presentóse María, y a juzgar por la palidez de su semblante, bien podía asegurarse que la bella joven estaba sufriendo horriblemente.

El conde fijó en ella una mirada severa, y le dijo con aire de enojo:

-Es preciso que hoy hablemos de cierto asunto que no ignoras, y que sepamos de una vez a qué debemos atenernos.

-Estoy a vuestras órdenes.

-Siéntate y escucha.

La joven obedeció el mandato del conde. Este continuó:

-¿Has tenido alguna entrevista recientemente con el señor vizconde del Juncal?

-Sí, señor; hace dos días.

-¿Qué pasó en ella?

-Nada que merezca especial mención.

-¿No te habló de su amor?

-Así lo hizo en efecto -contestó María, cuyo rostro se coloreó ligeramente.

-¿Insistió en ofrecerte su mano?

La joven guardó silencio, y el conde continuó:

-Espero oír la contestación a mi pregunta.

-No puedo negar que el vizconde me reiteró su ofrecimiento.

-Y tú...

-Yo... -balbuceó María.

-Tú ¿qué le respondiste? sepamos.

-Negué de nuevo mi consentimiento -contestó la joven, respetuosa, pero enérgicamente.

-Aguardo oír razones que justifiquen la conducta que sobre ese particular observas, estimando en poco mi mandato.

-Yo, señor, no menosprecio vuestras órdenes.

-Entonces, ¿por qué no me has obedecido aceptando la mano del vizconde?

-Porque...

La pobre niña temblaba, y no sabía qué contestar.

-Sepamos; no son lágrimas, sino razones las que de ti espero.

En efecto, de los ojos de María brotaba un raudal de llanto.

-¿Te obstinas en callar? ¿Crees acaso que desconozco los motivos en que se funda tu negativa? ¿Has creído que se me podía burlar con facilidad? Ten entendido, pues, que vives engañada; sé perfectamente que has dado oídos, teniendo en poco el respeto que me debes, a un miserable que ha abusado de la confianza que en él tenía yo depositada.

-Padre mío, yo...

-No niegues, porque sería inútil, pues te repito que estoy muy bien informado, y sé a qué atenerme respecto a ese particular.

María, cada vez más asustada, no acertaba a pronunciar una sola palabra. El conde, cuya exaltación iba aumentándose por grados, sin tener en cuenta los sufrimientos de su hija, que claramente se retrataban en su hermoso semblante, continuó increpando el mal proceder que con él se tenía.

-Una joven honesta y respetuosa no debe dar oídos a galanteos que no estén autorizados por el asentimiento paternal, y mucho menos debe hacerlo sabiendo que la persona que se los dirige no es aquella a quien su padre se inclina. ¿Conoces hasta dónde raya la caballerosidad del vizconde?

-Conozco algunas de sus bellas cualidades.

-Y a pesar de ello le has desairado.

-Yo... yo...

-¡He aquí el gran recurso de las mujeres! Balbucear palabras, derramar abundantes lágrimas y nada más; con esto creen que basta y sobra para justificarse cuando se las acusa; pero ya te he significado, al dar comienzo a nuestra conversación, que quiero saber claramente si estás o no dispuesta a obedecerme, a fin de que yo pueda obrar según lo reclama mi dignidad. ¿Te obstinas en rechazar la mano del vizconde?

-Padre mío -exclamó María con voz embargada por el llanto- bien conocéis vos...

-Nada de evasivos. ¿Estás dispuesta a obedecerme gustosamente?

-Gustosamente...

-O disgustada, lo mismo da.

María hizo un gran esfuerzo sobre sí misma, y decidida a arrostrar del todo la cólera del conde, respondió:

-No deseo por ahora contraer matrimonio.

-¡Ira de Dios! -repuso el conde sin poderse contener.- ¿Has llegado acaso a acariciar la idea de que yo consienta al fin en autorizar tus locos amoríos?

-No, padre mío, no.

-No creas ni por un solo momento, que deje pasar sin el correctivo debido la desobediencia de que haces gala.

-Creed, padre mío, que quisiera...

-Lo que tú quisieras no lo conseguirás; me sobra energía para evitarlo, y a fin de demostrártelo claramente, empezaré por alejarte del hombre a quien amas.

-Quizá estéis engañado -se atrevió a observar María, que en efecto creía que el conde hablaba por meras sospechas.

-Engañado, engañado... no; harto me consta, y para que te convenzas de una vez, te diré que sé que tu bello Amadís se llama don Luis de Guevara.

Capítulo LIV. Donde se tocan las consecuencias de haber obrado mal

Anonadada quedó María después de oír pronunciar al conde el nombre de don Luis.

El conde, dispuesto a confundirla más y más, si era posible, no apartaba de ella su severa mirada.

-Juzgo que no abrigarás ya la menor duda de que conozco todos tus secretos.

-Sí; reconozco que he obrado mal no dándoos parte de los sentimientos que abrigaba mi corazón; pero confío en que vuestra paternal bondad sabrá dominar vuestro justo enojo, y me perdonaréis.

-¿Eso crees?

-Mi única culpa consiste en haber oído las palabras de amor que don Luis me ha dirigido.

-¡Villano! ¡Quién podía esperar de él tamaño proceder!

-Quizá don Luis espere el momento oportuno...

-¿De qué?...

-De hablar con vos, y manifestaros...

-Es tarde para eso.

-No, padre mío; no lo es, si vos me queréis ver feliz -dijo suplicando tiernamente la pobre joven.

-¡Feliz! ¿Acaso dejarías de serlo con el vizconde?

-Pero, puesto que ya sabéis...

-Puesto que sé hasta donde ha rayado tu audacia y el atrevimiento de un joven insensato, pretendes que en recompensa otorgue yo mi permiso para que se verifique un día vuestro enlace, ¿no es eso?

-Yo me atrevo a esperar que, dando al olvido nuestra falta, nos otorguéis ahora vuestro perdón, y más adelante no pongáis obstáculos a la felicidad de ambos.

-Jamás, no lo esperes. Lejos de eso, sabré obligarte a que comprendas tus deberes y obedezcas mi mandato, y en cuanto a don Luis, yo le haré conocer el peso de mi justo furor.

María cayó de rodillas a los pies de su padre, y juntando ambas manos, convulsa y temblorosa la voz, la pobre niña se propuso desarmar el furor de que aquél se hallaba poseído.

-¡Padre, querido padre, no desatendáis mis ruegos!

-Antes desatendiste tú los míos, obligándome a convertirlos en mandatos.

-Por lo que más améis en este mundo, doleos de mi aflicción.

-Levántate y cesa de suplicar inútilmente; tus ruegos redoblan mi animosidad.

María se levantó; pero temiendo no poder sostenerse en pie, se sentó en el sillón que más cerca tenía.

-El vizconde es un noble caballero, un dignísimo joven cuya mano anhelaría conseguir más de una de nuestras hermosas y opulentas damas; yo le he ofrecido la tuya; pero tú te propones contrariarme; pues bien, te manifiesto que estoy resuelto a ser obedecido, o de lo contrario, acabarás tus días en la soledad de un claustro; estoy decidido a ello. Tú decidirás.

-¡Dios mío, Dios mio! -exclamó para sí la desolada joven.

-¿Callas? ¿Te obstinas aún?... no sé cómo me es dado contenerme.

El conde calló porque percibió los pasos de una persona que se dirigía indudablemente en su busca.

Apareció el paje, y al verle el conde preguntóle al punto:

-¿Quién te ha llamado?

-Señor, una dama que acaba de llegar me ha rogado con tanta insistencia que os pase recado, que no he podido menos aun a riesgo de afro ntar vuestro enojo.

-¡Una dama! ¿ha dicho su nombre?

-Díjome que se llamaba Alina.

-¡Alina!

Y el semblante del conde descompúsose de tal modo, que no pudo menos de advertirlo su hija.

-Padre mío, ¿qué tenéis? -le dijo.

-Nada -contestó secamente el conde- vete a tus habitaciones, que ya veré yo lo que dispongo respecto a ti.

María obedeció silenciosamente, mientras su padre volviéndose hacia el paje, prosiguió:

-En cuanto a esa dama, que entre; y cuida mucho de que nadie llegue a interrumpirnos. Si tú hubieras cumplido con mis órdenes, no me viera yo en este caso.

El paje, un tanto confuso por la reprimenda que acababa de recibir, salió del aposento, penetrando a poco en é1 la dama a quien ya conocen nuestros lectores, compañera del extraño personaje que habitaba en las inmediaciones de la Virgen del Puerto.

El conde había procurado dominar la primera impresión, y al entrar Alina, le dijo:

-¿Es decir, señora, que os habéis propuesto, en compañía de Monteleone, martirizarme constantemente? ¿Por qué no concluís de una vez con mi existencia? Si tanto os he ofendido, si realmente tenéis motivos sobrados para quejaros de mí, ¡concluid de una vez con todo! Es preferible a la existencia a que me habéis condenado.

-El quitaros la vida, señor conde, fuera todavía haceros sobrado favor; recordad toda la magnitud de vuestros crímenes, ved las muchas lágrimas que habéis hecho derramar, y comprenderéis que todavía fuimos sobrado generosos con la venganza que hemos querido tomar.

-¿Es decir que os parece poco sujetarme al tormento de veros, de escuchar vuestras frases preñadas de amenazas, y temblar siempre, yo que jamás he conocido el temor?

-Eso prueba cumplidamente lo empañada que tenéis vuestra conciencia.

-En fin, concluyamos de una vez; ¿qué es lo que queréis de mí?

-Hoy no vengo para hablaros de mi venganza; no es Alina Aldobrantini la que se presenta a acusar al conde de Lazán por la muerte de su padre, por su felicidad perdida; es la defensora de una causa justa, que viene a demandar una legítima reparación.

-No os comprendo.

-Vuestro hijo ha estado gravemente herido, ¿y sabéis quién le hirió y qué causa hubo para su herida?

-¿Acaso lo sabéis vos?

-Sí, señor conde.

-Decídmelo, porque yo os juro que me mostraré completamente inexorable con él.

-Precisamente, vos menos que nadie tenéis derecho para castigar al que ha herido al vizconde.

-Explicadme vuestras palabras, porque llenándome estáis de confusión, y hartas llueven ya sobre mi espíritu.

-Vuestro hijo, siguiendo el digno ejemplo que su padre le diera, vio una honrada joven cuya belleza tuvo la suerte sin duda de excitar sus deseos; consiguió hacerse amar de ella, y después, como de costumbre, la abandonó.

-¿Y algún rival, sin duda, ha sido el autor de su herida?

-Era un rival mucho más digno que el vizconde.

-¡Alina!

-Mucho más digno que vos también.

-Reparad que estáis en mi casa, y es a mí a quién habláis.

-Vos no debéis olvidar el derecho que tengo para hablaros así, y las gracias que habéis de darme.

-Terminemos de una vez.

-El que ha herido a vuestro hijo es un joven escultor, sumamente honrado, que amaba a Luisa, que así se llama la joven de quien os hablo, y que al ver el amor de vuestro hijo, no vaciló en dominar el suyo, en sacrificarse, creyendo que de aquella manera labraba la felicidad de Luisa.

-Pero bien; ¿a dónde vais a parar?

-Luisa, la desventurada joven, seducida y abandonada villanamente por vuestro hijo, necesita una rehabilitación.

-¿Qué queréis decir? ¿intentáis acaso obligarme a que case a mi hijo con esa virtuosísima señora?

-No tan irónico os mostréis, señor conde; que alguna más virtud existe en esa pobre niña, que en muchas damas de las que vos sin duda estáis acostumbrado a tratar.

-Virtud que tiene primero por guardador a ese escultor de quien habéis hablado, que no sabe después resistirse a mi hijo, que ahora sabe Dios a qué otro nuevo peligro se verá expuesta, francamente, señora, tiene tan poco de segura, que no diera por ella absolutamente nada.

-Está bien; lo siento por vuestro hijo.

-¡Mi hijo! si eso me lo decís en son de amenaza, ya sabrá defenderse contra ése escultorcillo.

-Escultorcillo le habéis llamado, y viénenme ganas de contaros una historia a propósito de ese escultor.

-Perdonad, señora; pero no estoy para perder el tiempo escuchando historias de ese género.

-Os interesa más de lo que creéis; y habéis de escucharla, porque he venido con ese objeto.

El conde dirigió una mirada terrible a la joven, mirada que ésta sostuvo de un modo tal que obligó al conde a bajar la suya, diciendo después con acento entre furioso y humilde:

-¡Hablad!

Entonces Alina púsose a referir al conde un suceso ocurrido veinte años antes, suceso que nosotros, en nuestra calidad de novelistas, transformamos bajo la forma que verán nuestros lectores en el capítulo inmediato.

Capítulo LV. Qué hizo el conde de Lazán veinte años atrás

- I -

Sobre las cuatro de la tarde de uno de los días del mes de marzo de 1766, un hombre, una mujer y un niño adelantábanse trabajosamente por el camino que desde la frontera francesa llegaba hasta la corte de España.

Una jornada faltaba a nuestros viajeros para llegar a Madrid, y sin embargo, en vista de la lentitud con que caminaban y de la fatiga y abatimiento que se retrataban en el rostro del hombre y de la mujer, comprendíase perfectamente que no podrían pasar de una venta que a corta distancia del lugar en que se hallaban distinguíase sobre una pequeña eminencia.

La mujer iba cabalgando sobre un asno, llevando en sus brazos un niño de unos dos años durmiendo sobre su regazo.

Envolvíase en su luengo manto, que la servía sin duda tanto para resguardarse del frío, cuanto para evitar las miradas indiscretas.

El hombre caminaba al lado de su compañera, y si su traje demostraba lo poco desahogado de su posición, el polvo que llevaba encima, lo tardo y lento de sus pasos, el abatimiento de su mirada y la triste expresión de su rostro demostraban también de un modo elocuente que la jornada había sido larga sin duda, y que otras anteriores había hecho ya, y que el cansancio iba apoderándose de él de un modo formidable.

Con la cabeza baja caminaba, y únicamente cuando se sentía tal vez a punto de desfallecer, alzaba los ojos, fijábalos en su compañera, un resplandor extraño brillaba en ellos, y enderezando su estatura daba algunos pasos con energía hasta que otra vez tornaba a dominarle el anterior decaimiento.

La cabalgadura en que iba la mujer, apenas podía andar tampoco, amenazando a cada momento depositar en el suelo su carga y tenderse a su lado para no levantarse más tal vez.

Buen espacio caminaron sin que se cambiase la más ligera frase entre los dos viajeros.

De pronto el pobre jumento dio un tropezón tan fuerte en una piedra que había en medio del camino, que la mujer perdió el equilibrio, y hubiera caído al suelo, a no encontrarse tan cerca su compañero que pudo sostenerla, y sostener también al animal que vaciló a la violencia del choque.

Al brusco movimiento que hizo la mujer, separósele el manto que la cubría.

-¿Te has asustado, Azucena? -preguntó con cariñosa solicitud el viajero.

-No -repuso la interrogada con un acento dulcísimo y suave.

-¿Irás muy cansada, es verdad? -volvió a decirle su compañero.

-No es mi fatiga la que me molesta, es tu cansancio, Pedro; es el ver cómo te sacrificas por mí. Llena está mi alma de dolores viéndote andar, hace tantos días, y sufrir del modo que estás sufriendo.

-¡Oh! pero todo tendrá su término pronto -repuso Pedro con acento sombrío.

-¡Dichosa venganza, que a tal extremo nos ha conducido! -dijo Azucena con acento indefinible.

-Yo te juro que la duquesa de la Jaridilla, ha de arrepentirse más de una vez de su proceder contigo.

-Calla, Pedro -repuso la joven con el semblante ligeramente alterado por el terror.

Y hemos dicho la joven, porque efectivamente joven y hermosísima era la viajera que iba sentada sobre el jumento.

Como quiera que después de pronunciadas las anteriores palabras, tornó de nuevo a envolverse en el manto, aprovecharemos los momentos en que permaneció descubierta para presentarla a nuestros lectores lo mismo que a su compañero.

- II -

Ambos eran jóvenes y hermosos.

Azucena tenía efectivamente en su rostro algo de esa blancura aterciopelada de la flor cuyo nombre llevaba.

Dentro del óvalo que formaba aquel semblante, destacábanse dos poderosos ojos negros, rasgados, dominadores, ligeramente velados por una pestaña larga y espesa, y cubiertos por unas cejas primorosamente perfiladas.

La frente era ancha, despejada y algo prominente en el centro.

En la boca de aquella mujer estaba encerrada toda la pureza y toda la frescura de una niña, a la par que toda la delicadeza de detalles que un artista hubiese deseado para una de sus obras maestras.

Los dientes, esmaltados e iguales, encerrábanse dentro de unos labios rojos y encendidos que formaban el contorno de aquella boca encantadora.

La nariz era recta, acusando desde luego en el origen de la joven algo de las asiáticas.

Si añadimos a este rostro una barba redonda, digno complemento de él, y encerrándole dentro un marco de negros y rizados cabellos, tendremos, una ligera idea de lo que era el semblante de Azucena.

Su traje era algo más rico que el de su compañero; pero lo mismo en el del uno que en el de la otra, había algo que les daba carta de naturaleza entre los gitanos, que poco tiempo antes, y en virtud de una pragmática de Carlos III, habían sido reducidos a la vida civil.

Efectivamente, aunque de cuatro o seis años más Pedro que Azucena, parecía también esa belleza típica, por decirlo así, de la raza asiática; y sus ojos también eran negros y rasgados, y su nariz de una pureza extraordinaria, y su continente altivo y dominador.

Azucena podría tener unos diez y ocho años.

Pedro representaba veinticuatro.

El gitano, pues así podemos calificarle sin temor de herir su susceptibilidad, arregló cuidadosamente los pliegues del manto de su mujer, pues legítimamente lo era Azucena, diciéndole:

-Necesario es que lleguemos cuanto antes a la venta para que puedas descansar, y adquirir yo también alguna noticia respecto a la duquesa, que, según juzgo, debe haber pasado por aquí hace dos o tres días.

-¿Tanto la temes? -preguntó Azucena.

-Entre ella y yo hay un duelo pendiente: por ella murió mi padre, por ella -prosiguió Pedro bajando la voz, y con acento en que vibraba el despecho, el dolor y la ira- fue deshonrada y muerta mi hermana; ya tú ves si tengo motivos para odiar a esa mujer.

-Dicen que es muy hermosa -exclamó Azucena fijando al través de su manto una mirada insistente en Pedro.

Éste, a su vez, fijó otra mirada escrutadora en su compañera, y después, afectando un aire indiferente, repuso:

-Sí que es muy hermosa.

En aquel momento, el niño que Azucena llevaba en brazos, el cual no se había despertado a pesar del violento choque anterior, hizo un ligero movimiento.

Esto sin duda despertó la atención de Azucena, que dijo:

-Pero todavía no me has dicho, Pedro, este niño a quién pertenece.

-Ya lo sabrás -repuso el gitano frunciendo el entrecejo- a la duquesa.

-Lo que yo quiero saber, es quién es su padre.

-Su padre... su padre... su padre... no te importa para nada.

Durante algunos segundos no se cruzó palabra alguna entre ambos personajes.

Una expresión sombría y terrible esparcióse por el rostro de Pedro.

Azucena caminaba también sumamente preocupada. De pronto alzó la cabeza, y dijo:

-Parece, según he oído, que la duquesa era muy aficionada al trato y diversiones de la gente de nuestra raza.

-No hables de esas cosas, Azucena, tú no entiendes de ello, y mejor fuera también que no tuvieses que entender jamás.

- III -

Entretanto, merced a un esfuerzo supremo hecho por el jumento, que quizás había comprendido la proximidad de la cuadra, salvaron la pendiente en cuya cima se hallaba la venta, y apenas llegaron a ella, sorprendióles la animación y el movimiento que en ella reinaba.

En el patio, y bajo un cobertizo de madera, hallábase una pesada carroza de camino con algunas maletas atadas a la zaga, y otro coche de peor aspecto lleno de cajas y baúles, guardados uno y otro vehículo por una media docena de lacayos.

En las cuadras apenas había espacio, ocupado todo por las mulas de los coches, y por los caballos de los criados.

El ventero y todos los mozos de la casa corrían de una a otra parte con el aspecto de personas muy ocupadas en el hogar, alrededor del cual había sentada una turba de mozos, palafreneros y lacayos; ardía un manojo de sarmientos que esparcía un benéfico calor por toda la estancia, y los fogones, las marmitas, y las cacerolas y los asadores apenas tenían reposo, dernostrándose con esto la abundancia de huéspedes que había en la posada.

Precisamente al llegar Pedro y Azucena a lo alto de la eminencia en que la posada estaba situada, por el camino de Madrid que al mismo sitio conducía, distinguióse una nube de polvo que hizo exclamar a Azucena al distinguirla:

-¿Qué es aquello, Pedro?

-Parece una tropa de jinetes que avanza rápidamente hacia este sitio.

-¿Qué podrá traer esa gente aquí? -exclamó Azucena con inquietud.- Si fueran soldados que saliesen a nuestro encuentro...

-¡A nuestro encuentro! ¿Por qué?

-El rapto de este niño...

-¿Quién puede saberle todavía?

-Un propio puede muy bien haber pasado delante de nosotros.

-No tengas miedo, Azucena; entremos y reposarás.

En aquel momento el ventero apareció en la puerta de la posada.

-Decid, maese -exclamó Pedro dirigiéndose hacia él- ¿podrá vuestra merced darnos para mi esposa y para mí buena cama, buena cena y buen pienso para nuestra cabalgadura?

-No queda un rincón en la venta que no esté ocupado. Hásenos descolgado por aquí una dama de muchas campanillas, acompañada de una turba de criados y camareras que se han apoderado de todo.

-Es que nuestro dinero paréceme que es tan bueno como el de esa dama -repuso fieramente Pedro.

-No se lo niego a su merced -repuso con un tantito de sorna el ventero, fijando una mirada irónica en el miserable aspecto de los viajeros- pero si hubiera sabido antes que habíais de venir, habría dicho a la excelentísima señora duquesa de la Jaridilla que pasase de largo, pues no podía darle albergue en mi posada.

- IV -

El nombre pronunciado por el ventero tuvo la virtud de dominar instantáneamente la ira que el tono de sus palabras habían despertado en el corazón de Pedro.

Un estremecimiento extraño conmovió tanto al gitano como a su compañera.

Azucena maquinalmente estrechó contra su seno al niño, cubriéndole con el manto, mientras que Pedro, mirando audazmente al posadero, le dijo:

-¿Habéis dicho que la duquesa de la Jaridilla está en la venta?

-¿La conoce su merced?

-Acaso: -repuso secamente el gitano- dejadnos entrar, y después le llevaréis un recado de mi parte.

En este momento los jinetes en quienes nuestros viajeros habían reparado al llegar a la venta, habían seguido adelantándose por el camino; y mientras Pedro hablaba con el ventero, ganaron terreno de tal modo, que al pronunciar las últimas palabras el gitano, estaban a pocos pasos del ancho portalón que formaba la entrada.

Aquellos jinetes eran soldados de guardias walonas.

Eran doce, e iban mandados por un oficial al cual acompañaba otro caballero.

Éste, de altanero y hermoso semblante, aunque un tanto repulsivo, adelantóse hacia el grupo formado por Pedro y Azucena, gritándoles:

-¡Paso franco, mendigos!

Al sonido de aquella voz, estremecióse la gitana, y volviéndose súbitamente Pedro, hallóse de frente con el jinete.

Un relámpago de odio brilló en sus ojos.

Su mirada fijóse en él, y con acento en que la ira sofocaba el respeto, dijo:

-Bien sabéis, señor conde, que no somos mendigos.

Y permaneció firme en su puesto, sin hacer caso de Azucena, que con acento suplicante, le decía:

-¡Pedro!

El conde refrenó algún tanto su caballo, y frunciendo algún tanto el entrecejo, y nublando de un modo poco tranquilizador el semblante, exclamó:

-¡Mendigo o no, apártate de ahí!

-No vayáis tan de prisa, señor; tengo a mi mujer enferma y cansada, necesito reposo para ella y la venta está ocupada.

-¿Y yo qué tengo que ver con todo eso? -gritó el caballero.

-Pero tengo que ver yo -repuso Pedro conteniéndose a duras penas.

-Vamos, no estoy para bellaquerías; apártate de ahí, o haré saltar mi caballo por encima de ti.

-¡Oh! -exclamó Pedro en cuyos ojos brilló un relámpago de cólera, y cuyos puños se apretaron convulsivamente- no lo haréis así.

-¿Me provocas?

-Líbreme Dios de cometer tal pecado, que el señor conde de Lazán pasa por ser un modelo de mansedumbre y de prudencia.

-¡Miserable!...

Y el conde lanzó su caballo con tanta violencia sobre el gitano, que éste no pudo apartar a tiempo la cabalgadura de Azucena, recibiendo ésta el choque, cayendo al suelo y dando un grito, al mismo tiempo que el niño, bruscamente despertado, rompía a llorar amargamente.

La cólera cegó a Pedro, el grito de Azucena y el llanto del niño hiciéronle palidecer horriblemente, y sacando una daga que llevaba bajo la chupa, lanzóse sobre el caballero, cogiendo violentamente las bridas del caballo.

El conde, que al hacer su anterior movimiento habíase prevenido, al ver brillar la hoja de acero en manos del gitano, sacó una pistola del arzón de la silla, y disparó a boca de jarro sobre el gitano.

Éste no pudo decir una palabra.

Al ruido de la detonación siguió un grito desgarrador, horrible, indescriptible, grito lanzado por Azucena.

Después siguióse la caída de dos cuerpos.

El gitano abrió los brazos, y cayó como una masa inerte.

La bala le había deshecho el cráneo.

Azucena dio un paso hacia el conde, y alzando las manos al cielo, exclamo el caer sobre el cadáver de Pedro:

-¡Maldito seas, conde de Lazán!

- V -

Al mismo tiempo una mujer, atraída por el rumor de las voces, por el rumor de la contienda, apareció en el balcón que caía precisamente sobre el portal.

Aquella mujer era joven y hermosa.

Iba vestida, aun cuando de viaje, con un lujo extraordinario, y al reconocer a Pedro, que a la sazón echaba mano a la daga para lanzarse sobre el conde, su semblante cubrióse de un encendido carmín, murmurando:

-¿Por qué viene Pedro tras de mí?

Y apenas tuvo tiempo para acabar esta frase, porque sonó el pistoletazo del conde, y el gitano cayó muerto.

Entonces, al anterior carmín sucedió en el rostro de la dama una densa palidez, apoyó sus dos manos en el balaustre de madera del balcón, y exclamó con un acento sordo y amenazador, a la par que en sus ojos temblaba una lágrima:

-¡Desgraciado de vos, señor conde de Lazán!

Y separóse del balcón, dejándose caer sobre un canapé que había en la estancia.

Fácilmente puede comprenderse el tumulto que se seguiría a la caída de los cuerpos de Pedro y de Azucena.

Todos los mozos de la venta, los lacayos de la duquesa de la Jaridilla, algunos arrieros que estaban calentándose en el hogar y los guardias walonas que iban acompañando al conde, todos se agruparon a la puerta, mientras el posadero decía:

-¡Válgame el cielo, y qué desgracia tan grande!

El conde arrojó una mirada de desdén sobre el cuerpo de Pedro, y dijo:

-Merecido lo tenía, porque era un bribón de marca el tal Pedro Linares.

-Siendo así -exclamó el ventero santiguándose- ¡que Dios le haya perdonado!

Y volviéndose a los mozos que rodeaban con entereza a Azucena, les dijo:

-A ver, entradme vosotros a esa buena moza y al chiquillo al cuarto del portal, y haced que vuelva en sí. Tú, Alonso, lleva a la cuadra ese animal, para que si se ha de morir no vaya a darnos ese espectáculo a la puerta.

Los mozos y los arrieros cogieron en brazos a Azucena y al niño, otros ayudaron a levantar al borrico, y después de esto, mozos, arrieros y soldados penetraron en el ancho zaguán de la posada.

En aquel momento una camarera de la duquesa aparecía en la escalera que al primer piso conducía, pidiendo informes respecto a lo ocurrido.

-Decid, maese -preguntó entonces el conde, que todavía no había podido dirigirse al posadero- ¿esta duquesa y esos escuderos pertenecen acaso a la noble y alta señora duquesa de la Jaridilla?

-Sí, señor -repuso el interrogado.

-En ese caso, oíd, prenda -prosiguió el conde dirigiéndose a la doncella- decid a vuestra señora que el conde de Lazán, enviado expresamente por nuestro buen rey y señor don Carlos III, desea ofrecerle sus respetos.

Al escuchar la misión que el conde traía, y la calidad de éste, lacayos y arrieros inclináronse respetuosamente.

La doncella desapareció presentándose poco después, anunciando al conde que su señora le otorgaba su venia, pudiendo pasar cuando gustara a su aposento.

Dio el de Lazán sus disposiciones para que se alojaran como pudieran los guardias walonas que le habían acompañado, y arrojando una bolsa a los pies del ventero para que se le entregase a la gitana como indemnización por la muerte de su marido, subieron a las habitaciones ocupadas por la duquesa.

Entretanto, y en virtud de lo dispuesto por el ventero, Azucena fue trasladada al cuarto que había en el portal, cuarto que servía para el mozo que se quedaba de vigilante por la noche por si acaso llegaba algún viajero a deshora, y en el cual estaban hacinados y en confuso desorden los sacos de cebada y de avena, aperos de labranza, muebles de algunas habitaciones y el colchón que constituía la cama del mozo que allí dormía.

Extendióse aquel en el suelo, y sobre él se depositó el cuerpo de la gitana.

Extendióse una manta en el otro extremo de la habitación, y allí se puso el cadáver del gitano.

Grandes esfuerzos costó el hacer volver en sí a Azucena; pero cuando abrió los ojos y ante ellos se ofreció el ensangrentado cuerpo de su esposo, un ¡ay! desgarrador se exhaló de sus labios, volviendo a cerrarlos de nuevo.

Pero esta vez fue por poco tiempo.

Vuelta a la vida, el sentimiento embargó todo su ser, y desbordando el torrente de su llanto, subió éste hasta sus ojos, y rompiendo por entre sus párpados, dos raudales de lágrimas principiaron a resbalar por sus mejillas.

Entonces, los mozos y los arrieros, comprendiendo que lo principal había pasado ya, siguieron el ejemplo del ventero, que, aproximándose a Azucena, le dijo:

-Vamos, niña, ha sido una gran desgracia, ya lo veo; pero la verdad es que tu marido provocó al conde, y con estos señores sale siempre mal parado el que se mete. Tú eres joven, eres hermosa, y el mundo es grande; y ¡qué demonio! como que con tus lágrimas no has de volverle a la vida, consuélate con que mucho peor hubiese sido que tú hubieses muerto también. El señor conde me ha dado esto para ti. Ello es verdad que estos señores cometen sus demasías, pero ¡qué demonio! también saben repararlas, y como dicen que los duelos con pan son menos, puesto que tienes pan, da treguas a tus dolores, y el muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Y el ventero, convencido de su filosófica peroración, y convencido de que había hecho su efecto, dejó la bolsa que el conde le diera junto a la cama, y salió del aposento seguido de las demás personas allí reunidas, a quienes el discurso del ventero parecióles tan bueno, que no sabiendo nada mejor que decir tomaron el prudente partido de callar.

Azucena, apenas si se hizo cargo de lo que acababan de decirle.

Completamente abstraída en su dolor, apenas si tenía la conciencia de lo que la rodeaba.

- VI -

Largo tiempo permaneció llorando.

El velo de lágrimas que cubría su vista impedíale ver, y únicamente cuando en un momento de tregua alzó los ojos fijándose en el cadáver de su esposo, irguióse de repente, y adelantándose hacia él se arrodilló a su lado, y con un acento indefinible, con una expresión en que se revelaba todo un mundo de dolores, de celos y de desesperación, murmuró:

-¡Ay, Pedro! ¡Bien había adivinado mi corazón que la duquesa de la Jaridilla había de ser tu perdición! Tú no has sabido jamás todo el infierno de angustias en que he vivido, porque yo había comprendido que tú amabas a la duquesa, porque yo sabía que entre ella y tú existía un secreto, que a pesar de todos mis esfuerzos no había podido penetrar. ¡Oh, tú no me veías cuando a solas en mi habitación, surcaba por mis mejillas el amargo llanto de los celos; porque yo te amaba, Pedro; te amaba con el primero, con el único amor de mi existencia; y muerto tú, no sólo te juro no amar a ningún hombre, sino que desde este momento me consagraré a vengarte! Yo buscaré a ese conde miserable, a quien tú odiabas porque había sido el amante de la duquesa; yo buscaré a ésta también, y al uno por tu amor, y al otro por mis celos, te juro que han de sufrir todo lo que yo he sufrido.

Y de nuevo tornó a llorar la gitana, pasándose de este modo algunos minutos, hasta que sintiendo ruido en la puerta de la estancia, depositó un beso en los helados labios del gitano, secó sus lágrimas y se levantó, volviéndose hacia la puerta.

Un ligero grito se exhaló de sus labios.

En el umbral de ella estaban la duquesa, el conde de Lazán, el ventero, y detrás de ellos, pero mirando al través de la puerta, los mozos, los lacayos, los arrieros y los guardias, asombrados de que una tan gran señora descendiese a visitar a una tan humilde mujer.

Durante algunos segundos la mirada de la gitana, insistente, poderosa y enérgica, estuvo fija en la de la duquesa.

En aquella mirada había un deseo tal de saber quién era la persona que ante sí tenía, que intuitivamente, si así podemos expresarnos, hubo de adivinarlo; porque adelantándose hacia ella, le dijo:

-¿Sois vos, señora, la duquesa de la Jaridilla?

-¿Qué se te ofrece? -preguntó la interrogada un tanto desconcertada por la pregunta de la gitana.

-Ya que habéis venido, quiero hablar con vos.

Había tal imperio en aquel «quiero», que lo mismo el conde que la duquesa no pudieron menos de estremecerse.

Y sin duda la dama hubo de ver en los ojos de la gitana algo que la obligase a acceder, porque dijo:

-Bien; habla cuanto quieras.

-Ha de ser con vos sola.

-¡Conmigo!

-Señora -dijo el conde, que hasta entonces no había terciado en la conversación- dejad a esa pobre mujer, a quien sin duda su dolor extravía, y puesto que ya habéis satisfecho vuestro capricho, salgamos de aquí si os place.

-¿Todavía tienes valor de hablar, conde de Lazán? -exclamó Azucena dando un paso con ademán amenazador hacia el conde- ¿Todavía te atreves a levantar tu voz en presencia de aquella a quien has arrebatado la luz de sus ojos? ¡Oh! ¡maldito seas, conde de Lazán! Valiérate más no haber nacido que haberte puesto en frente de mí, porque te aseguro que torrentes de lágrimas has de derramar por cada gota de la sangre de mi esposo.

El conde, a pesar de toda su audacia, no pudo menos de impresionarse escuchando las palabras de la gitana.

Ésta, en uno de los movimientos que hizo, tropezó con la bolsa que el ventero al marcharse había dejado al lado de su cama.

Fijó sus ojos en ella, asombróse al propio tiempo; pero recordó sin duda después, y la ira se reflejó de tal manera en su rostro, que al verle coger la bolsa, la duquesa maquinalmente retrocedió algunos pasos.

Pero Azucena no se fijó en ella.

Cogió la bolsa, como ya hemos dicho, y adelantándose hacia el conde le dijo con un acento imposible de describir:

-Ahora recuerdo que me han dejado estas monedas de tu parte; es sin duda el precio en que estimas la sangre derramada. ¡Toma, conde miserable, este oro está abrasando mis manos, porque viene de la infamia de la venganza. No has muerto a Pedro porque te hubiese faltado al respeto; le has muerto porque entre los dos mediaba un secreto terrible que yo descubriré algún día, y ¡ay entonces de ti! ¡tú has muerto de un pistoletazo a mi marido; tú morirás a manos del verdugo!

Y Azucena arrojó la bolsa a los pies del conde, y cogiendo de la mano a la duquesa, que estaba aterrada por lo que oía, prosiguió diciendo:

-Arrojad de aquí a toda esa gente, que he de hablar con vos sola, señora.

- VII -

La duquesa, dominada por aquel acento, hizo que se alejaran todas las personas que la rodeaban, y cerrando la puerta de la estancia, quedóse sola con Azucena.

Ésta enjugóse el llanto que pugnaba por salir de sus ojos, y atrayendo junto a sí a la duquesa, y llevándola delante del cadáver de Pedro, le dijo con voz sorda:

-¿Le conocéis, señora? ¿recordáis las veces que vuestros ojos se han encontrado con los suyos? ¿recordáis las frases que entre ambos se han cambiado? ¡Cuán ajena estaríais de que había en el mundo una pobre gitana que conocía vuestro secreto, que ha estado viviendo desesperada, llevando la sonrisa en los labios y la muerte en el corazón, porque sabía que el hombre a quien amaba, el hombre que era su vida, el hombre que le había jurado amor, fe y constancia al pie del altar, ese hombre os amaba a vos, señora, a vos que sois quien le ha muerto!

-¡Yo! -exclamó la duquesa con tembloroso acento.

-Vos, sí; vos sois quien le ha muerto; porque por vos venía a Madrid.

-Pero ¿qué estás diciendo?

-La verdad; yo no sabía quién erais vos, yo no os conocía, yo no sabía más sino que existía una duquesa de la Jaridilla, a quien mi Pedro amaba. Vos le inferisteis alguna ofensa hacía algún tiempo, y Pedro venía a Madrid para vengarse de vos, señora; y yo os juro que su venganza, que es la mía hoy, será tan grande que todo el llanto de vuestra existencia no es bastante para llorarla.

-¿Pero de qué tenía que vengarse Pedro de mí? -exclamó la duquesa terriblemente herida por las frases de la gitana- ¿Qué venganza es la que tú puedes tomar de mí? ¿Quién eres tú para poder amenazarme?

-Quien tiene derecho para ello. Ahora ya estáis advertida, señora; os he traído junto al cadáver del hombre a quien burlasteis, para que recordéis siempre mis palabras. Su venganza es la mía, y yo os juro que presto, muy presto, habéis de sentir todo el peso de ella.

-Desprecio tus palabras, hijas del mismo dolor que te agobia. La duquesa de la Jaridilla está demasiado alta para que tus amenazas puedan alcanzarla.

-Pues le alcanzarán, no lo dudéis. Ya os he dicho cuanto tenía que deciros, os he avisado porque no quiero que jamás podáis culpar a nadie del daño que os suceda. Podéis salir, y dejadme que sola reze las últimas oraciones junto al cadáver del hombre a quien habéis muerto.

Tras estas palabras Azucena tornó a arrodillarse junto al cadáver de su marido, mientras la duquesa, maquinalmente, presa de un extraño terror, abría la puerta del aposento y salía de él, no sin arrojar una última mirada sobre el cadáver de Pedro y sobre la mujer que junto a él estaba arrodillada.

Al poco tiempo percibióse un movimiento y una agitación extraordinaria en la venta.

La duquesa, a pesar del propósito que había formado de pasar en ella la noche, dio orden, al salir del cuarto de Azucena, de ponerse en marcha inmediatamente.

Los lacayos engancharon las mulas a la carroza, los guardias que el rey había enviado a recibirla y escoltarla, montaron a caballo, y no tardó mucho en tomar el camino de la corte la excelentísima señora duquesa de la Jaridilla, dama que había sido de la reina doña María Luisa de Sajonia, esposa del rey don Carlos III, y a quien ésta había profesado un cariño extraordinario, afecto que también le profesaba el monarca, en términos, que al saber que regresaba a la corte después de algunos años de ausencia, apresuróse a enviarle aquella escolta de honor para que la acompañase, y uno de los caballeros de su corte para que la recibiese.

Cuando se hubo perdido a lo lejos el rumor de la ruedas de los carruajes y las pisadas de los caballos, alzóse Azucena del suelo, y dijo dirigiéndose al cadáver:

-Adiós, Pedro, reposa en paz, que cuando vaya a reunirme contigo, podré decirte:

-Estás vengado cumplidamente.

Y salió del aposento y llamó al ventero, y dándole algunas monedas de oro, le dijo:

-Tome vuesa merced; ahí tiene lo bastante para que se entierre con decencia a mi marido y se digan algunas misas por su alma. En el cementerio del pueblo inmediato, enterradle y poned sobre su tumba una losa, para que yo sepa donde encontrarle. Haga vuesa merced lo que le digo, para que no tenga que reprenderle cuando vuelva por aquí; ahora deme el niño que llevaba en brazos cuando caí al suelo; y como presumo que mi cabalgadura no estará en disposición de emprender el camino luego, ved si en vuestras caballerizas tenéis algún caballo que pueda conducirme hasta Madrid: le compro, y le pagaré al contado.

El ventero, hablándole de aquel modo, mostrábase propicio siempre.

Prometió hacer lo que Azucena quería; facilitóle el caballo, al cual hizo trasladar todos los efectos que el jumento llevaba; pero en cuanto al niño, no pudo complacerla del mismo modo.

Buscósele por todas partes, interrogóse a todos los criados, pero no fue posible encontrarle.

En medio de la confusión producida por la muerte del gitano y el desmayo de Azucena, los mozos vieron que uno de los arrieros cogía al niño y entraba con él en la posada.

Después no volvieron a verle.

- VIII -

Sin embargo, uno de los mozos puso en manos de la joven un papel que dijo le había dado uno de los guardias walonas, al ponerse en marcha la comitiva de la duquesa.

Aquel papel que Azucena tomó con mano trémula, decía así:

« Azucena: te he amado como un loco, y me has desdeñado.

»Te casaste con un hombre que no te amaba, y le entregaste tu corazón desdeñando el mío.

»Hoy me vengo de ti; tienes un hijo, y este hijo crecerá en mi poder aborreciendo a su madre. El día en que te lo devuelva, te lo devolveré de tal modo, que maldecirás hasta la hora en que le concebistes.

Mariano López.».

-¡Oh! -murmuró Azucena estrujando el papel entre sus manos- el miserable, como que ha permanecido dos años fuera del pueblo, ha creído sin duda que el niño era nuestro. ¡Infame cien veces! No sabe en realidad todo el daño que me ha hecho. ¿Qué hago yo ahora de mi venganza? ¿cómo realizarla, cuando me han arrebatado el elemento más indispensable? Pero no por eso me dejo abatir; no temas, Pedro mío, ignoro los medios que emplearé, pero yo te juro que quedarás vengado.

Y guardando aquella carta, y envolviéndose en el manto, sin temor a lo avanzado de la noche, y sin preocuparse por lo que pensar pudieran las gentes de la venta, subió a caballo, y poco después iba galopando por el camino de Madrid.

Capítulo LVI. No hay falta que no lleve su castigo

Durante el relato de Alina, el conde había significado en su semblante la impresión que recibía.

Aquella historia, referida casi con los mismos detalles con que nosotros la hemos transcrito a nuestros lectores, oprimió dolorosamente el ánimo del conde de Lazán, que precisamente, como veremos, hallábase en aquellos momentos agitado por dolores de mayor consideración.

Así fue que tan luego hubo terminado la joven, le dijo:

-Pero ¿será posible que os mostréis tan implacable en vuestra venganza, que vayáis eligiendo los momentos en que más daño puedan hacerme vuestras palabras?

-Recordad, señor conde, lo grave de la ofensa que me inferisteis. En aquellas horas de agonía, sobre el cadáver de mi padre, caliente todavía, juré tomar en vos cumplida venganza, y ya veis que no he faltado a mi juramento. Debéis desengañaros, la enormidad de vuestros crímenes lleva en sí también una enormidad de expiaciones, y aun cuando yo no viniese a recordaros todo lo que habéis hecho; aun cuando yo en estos momentos no me convirtiese en la voz de vuestra conciencia, el mismo remordimiento que habíais de sentir en esas horas de soledad y de quietud, en que el pensamiento se concentra en sí mismo y en que la mente se empeña con abrumadora persistencia en evocar el pasado, sería indudablemente más terrible que cuanto yo os pueda decir.

-¡Oh! no -repuso el conde con acento desconsolador- no hay nada para mí tan terrible, no hay nada que más me desespere, que el temor de veros aparecer ante mi vista, y el recuerdo que dejáis en mi corazón después que os habéis marchado. Hace años que os estoy viendo constantemente, tanto en los aniversarios de aquel desdichado suceso, cuanto en las situaciones más importantes de mi vida; y os juro que desearía más bien que me hubieseis arrancado la vida de una vez, que no sujetarme al tormento a que me estáis sujetando.

-Si hubiésemos obrado de ese modo, habría sido vengar un crimen con otro crimen, habría sido convertirnos en asesinos como vos lo fuisteis, y es necesario que resalte la diferencia notable que existe entre las víctimas y el verdugo.

-Como si no estuvierais siendo verdugos más terribles y más implacables que yo.

-Pero...

-¿No os conmueve el ver la profunda amargura de que me hallo poseído, los dolores que me rodean, los disgustos, que tanto en el seno de mi familia cuanto fuera de ella, me asedian? Para vosotros nada hay que os contenga; creí que el dolor infundía respeto, pero sin duda vosotros lo juzgáis de otro modo, y al dolor que por un estilo me agobia, añadís vosotros otro dolor más terrible.

-No somos nosotros, conde; es la consecuencia natural de vuestras culpas; no habéis sembrado más que desventuras por donde quiera que fuisteis, y justo es que sólo recojáis llanto y desesperación.

El conde nada pudo decir.

Encontraba tal vez lógico lo que decía la joven, y no encontraba palabra alguna que oponer; quizás abatido por el mismo dolor quedóse sin fuerza para luchar contra aquella enemiga tan implacable.

Alina le contempló silenciosamente durante algunos segundos.

Por un momento resplandeció en su rostro una ligera tinta de compasión, tinta que se desvaneció inmediatamente para dar lugar a aquella misma expresión implacable que revelaba lo profundo del encono que sentía hacia el conde.

-¿Habéis comprendido bien toda la historia que os he contado? -le dijo después.

-¿Por qué volvéis a recordármelo? ¿Quién os ha podido enterar tan minuciosamente de lo ocurrido en aquel día?

-¿Quién puede haber conservado en su imaginación, grabadas con imperecederos caracteres todas las escenas de aquel día?

-¿Quién creéis que haya podido conservar fijas en su memoria hasta las palabras que pronunció en aquellos momentos de prueba? Azucena únicamente, aquella pobre, viuda por vuestra culpa, es quien ha conservado fijos en su pensamiento todos los incidentes de aquel funesto día.

-¡Azucena también! ¿Es decir que todos se han conjurado en contra mía?

-Todas las víctimas se han ido reuniendo en derredor de su verdugo.

-Y ¿qué es lo que intenta Azucena? ¿Qué venganza quiere contra mí?

-La infeliz no quiere venganza alguna, la única arma que hubiese podido esgrimir, desapareció sin saber cómo ni cuándo aquel mismo día; y desde entonces, resignada con su suerte, aun cuando odiándoos con toda su alma, ha ido pasando la infeliz sin revelar a nadie esa historia, hasta que la casualidad me hizo encontrarla.

-Casualidad bien extraña, por cierto.

-Pero hay más todavía, señor conde; hay más que Azucena ignora y que tal vez vos ignoráis también, según la resolución que adoptéis en vista de lo que os he dicho.

-No os comprendo.

-Ya sabéis la acción que ha cometido vuestro hijo; ya sabéis también que Luisa es un ángel de bondad, es un ángel cuyas alas vuestro hijo ha arrastrado por el cieno. ¿Estáis dispuesto a que cumpla vuestro hijo como debe?

-Explicaos mejor.

-Luisa necesita una reparación; ¿creéis que vuestro hijo debe dársela?

-¿Qué cantidad cree necesaria esa desventurada para cubrir su honra?

-¿Qué habéis dicho? ¿Creéis acaso que el honor mancillado, el corazón herido, la esperanza y la ventura destruida, pueden rehabilitarse con un puñado de oro?

-¿Pues qué queréis entonces?

-¿Qué quiero? Lo que toda mujer honrada tiene derecho a exigir del hombre que tan villanamente la ha engañado: Luisa es digna de vuestro hijo.

-¿Esto más?

Y el conde, olvidando por aquello que él creía humillación los disgustos que había evocado la presencia de Alina, alzó, fieramente la cabeza, mirándola con altivez.

-¿Es decir que juzgáis que no debe rebajarse el señor vizconde de Lazán hasta dar su mano a la joven que ha seducido y abandonado?

-No hubiera ella sido fácil, ni no se hubiese mi hijo atrevido.

-Sabéis que vuestro hijo tiene fama de burlador de damas y buscador de aventuras; es decir, la misma que vos teníais, y comprendo que le disculpéis por esa misma razón.

-Pero ¿qué tiene que ver?...

-¿Sabéis quién es Luisa?

-Vos lo habéis dicho, una pobre huérfana, y yo os juro que, pues me dijisteis también el nombre del que ha herido a mi hijo, yo sabré encontrarle.

-Vos le dejaréis en paz.

-¡Señora!

-Y le dejaréis, no porque yo os lo mande, sino porque vos mismo habéis de evitar el tropezaros con él siquiera.

-¿Cómo?

-Azucena no sabe, como antes os dije, lo que yo sé; Azucena no conoce a Luisa ni a Antonio, pero en cambio los conozco yo.

-¿Y qué me importa los conozcáis o no? ¿Creéis acaso que siempre voy a ser vuestro juguete? Todo tiene sus límites en este mundo, y la desesperación le tiene también. Vos me habéis desesperado, y yo os juro que sacaré fuerzas de esa misma desesperación, pará oponerme de hoy en adelante a vuestros propósitos.

-¿Es esa vuestra última resolución, señor conde?

-Vos misma la habéis provocado; no contenta con haberme acibarado la existencia, tratáis también de arrastrarme hasta la deshonra.

-¿De modo que juzgáis una deshonra la unión de vuestro hijo con Luisa?

-Lo mismo eso que vuestra exigencia de que desista de vengarme del que ha herido a mi hijo.

-Pues las dos cosas tendréis que hacer.

-¡Jamás!

-No pronunciéis esa palabra, e, porque acostumbrado debéis estar a que cuanto os he dicho o yo he querido, se haya realizado.

-Pues yo os juro que no os saldréis con este último deseo.

-Lo mismo que con los demás.

-Pero ¿es que os habéis propuesto desesperarme?

-No sabéis quién es Luisa, y es preciso que lo sepáis.

-Ya os dije que no necesitaba saberlo.

-Luisa, señor conde de Lazán, es la hija de Pedro y de la duquesa de la Jaridilla.

-¿Qué decís?

-Y Antonio es el hijo de la duquesa de la Jaridilla y del atolondrado calavera y burlador de mujeres, el conde de Lazán.

-¡Bondad divina!

Y el conde, completamente abatido por aquel último golpe, sepultó la cabeza entre sus manos.

-Ya veis -dijo Alina- como haréis lo que yo quería.

El conde no pronunció una palabra.

Un sollozo desgarrador se exhaló de sus labios, sollozo que sin duda tuvo la extraña virtud de conmover a Alina, que, palideciendo algún tanto y revelando en su rostro una ligera emoción, respetó el dolor del caballero, y salió de la estancia silenciosamente, mientras que éste se quedaba murmurando:

-¡Dios mío, Dios mío! ¡Cuánto os he ofendido para que así me estéis castigando!

Capítulo LVII. Triunvirato de majas

Seis días después de las escenas a que han asistido nuestros lectores en los anteriores capítulos, hallábanse reunidas en casa de Paca sus dos amigas, Concha y Lola.

Luis había abandonado definitivamente tanto la casa de la bordadora, como la de su amigo, donde, como sabemos, había ido a refugiarse después que hubo regresado del Pardo, porque habiendo entrado ya en vías de curación la herida del marqués Adelfi, hacíase inútil guardar precaución de ningún género.

El marqués no había hecho reclamación alguna; el rey amenguó su enojo sabiendo que el marqués estaba fuera de peligro, y por lo tanto, hacíase completamente inútil la precaución del joven.

Sin embargo, como que Luis no podía olvidar ni el encantador semblante de la maja, ni el servicio que de ella había recibido, todos los días iba a verla, y Paca, a pesar de su natural desenvoltura y de aquel valor de que había dado tan repetidas muestras, especialmente mientras estuvo en poder de Simón, no podía menos de sentirse turbada e inquieta en su presencia.

Vicente, lo mismo que sus amigos, conocían la verdadera causa de la inquietud y del abatimiento de Paca; pero, sin embargo, ninguno de ellos habíase atrevido a decirle una palabra, ni aun el mismo Luis, y eso que realmente el joven caballero encontraba cada vez más bellísima a la maja.

En el momento en que las encontramos nuevamente están preocupadas, y contra su costumbre, silenciosas.

Cada una ocupada en su labor, no hacen más que dirigir de vez en cuando su mirada hacia la puerta, cual si esperasen la llegada de una persona.

De repente Concha, fijando los ojos en sus amigas, exclamó:

-Pero, chicas; ¿qué diablo tenemos las tres, que estamos aquí sin decir una palabra?

-Tienes razón -contestó Lola- pero esto no prueba sino lo mucho más que queremos a nuestros hombres, de lo que ellos nos quieren, porque la verdad es que si las tres nos hallamos preocupadas, es debido únicamente a esa endemoniada conspiración en que no sé por qué se han metido.

-¡Toma! Se han metido porque don Tadeo les ha comprometido, y ellos se creen que van a hacer la felicidad de España.

-Y mirándolo bien -repuso Concha- la verdad es que Floridablanca lo está haciendo cada vez peor.

-¿Y crees tú que el conde de Aranda lo haga mejor que Floridablanca?

-¡Toma, pues ya lo creo! Así lo dice Joselito, y me parece que no podréis negarme que tiene motivos para saberlo.

-Buenos motivos te de Dios. Mira, Concha, la verdad es que nosotras no entendemos nada de eso; pero si Vicente hubiera de creerme, no se hubiera metido en un berengenal que sabe Dios cómo va a concluir.

-Pero, chica, si los hombres no hacen, ¿quién lo ha de hacer? Nadie está contento con el conde de Floridablanca, y el rey no se atreverá a quitarle mientras que el pueblo no manifieste de un modo ostensible su descontento; ¿no lo crees tú así también, Paca?

-No sé de lo que hablabais -repuso Paca separando la mirada de la labor.

-Vamos, ¡válgame la Virgen de la Paloma! ¡y qué tonta estás, hija! ¿Es decir que a ti te están hablando las personas, y tú como si tal cosa? Pues te aseguro que lo que es para esto no merecía la pena siquiera de que una se molestase en venir a verte.

-¿Qué queréis que os diga? Estoy preocupada sin saber por qué. Mi misma madre tiene también esa manía. Me habla muchas veces, y tan distraída estoy que apenas le contesto.

-¿Y tú no sabes en qué consiste esto? -preguntó Concha con acento ligeramente irónico.

-¿Cómo queréis que lo sepa? A podérmelo explicar, debéis comprender que ya le habría puesto remedio.

-Es que hay cosas, querida Paca, que no se remedian con tanta facilidad. O mucho me engaño yo, o las tuyas pertenecen al número de esas.

Paca no pudo menos de sentir que el rostro se le enrojecía al escuchar las palabras de su amiga.

Dolores, a fin de alentarla algún tanto, apresuróse a decir:

-Vamos, mujer, que tienes tú también unas ocurrencias, que si no fuera por lo mucho que nos queremos, harían que nos incomodásemos.

-¡Toma! ¿y por qué? porque digo la verdad. Paca no tiene más ni menos sino que está enamorada.

-¡Jesús mil veces! -exclamó la aludida con voz débil y haciéndose mucho más violenta su turbación.

-Sí, hija, sí; y es en vano que trates de disimularlo, porque todo el mundo lo conoce, y yo he querido decírtelo varias veces, y siempre ha habido algún inconveniente.

-Y aun cuando así fuera -dijo Lola- ¿qué de particular tendría?

-El estar enamorada, nada a la verdad, porque en el mundo estamos para eso; pero lo que sí tiene, es el que nada nos haya dicho a nosotras, cuando sabe que entre las tres no hay secretos.

-¡Pero si estás equivocada, Concha!... ¡si yo no tengo, secreto alguno!... ¡si yo no amo a nadie!...

-Eso se lo explicas a otro.

-Lo que oyes.

-¿A quién podría yo amar? ¿Quién veis que entre en mi casa que realmente merezca ser amado?

-Eso no lo digas, di más bien que no tienes confianza en nosotras, que quieres reservarte tus secretos; pero no digas que en tu casa no entra hombre alguno que no sea digno de ser amado. Creo que si mi Joselito no se me hubiese presentado antes, y no me quisiera como me quiere, si me hubiese dicho algo, con la mejor voluntad le digo que sí.

-Pero, chica, ¿qué estás diciendo? -exclamó Lola.

-Yo soy así, ya lo sabéis; el pan, pan; y el vino, vino; lo que tengo en el pecho lo llevo en los labios, y si algún señor hay en la corte que pudiera haberme hecho tilín, es sin duda don Luis de Guevara.

-¡Ah!

Paca, con el rostro encendido por la emoción que experimentaba, no fue dueña de ahogar aquella exclamación que acabó de venderla.

-¿Lo ves? ¿Comprendes que yo tenía razón cuando decía que estabas enamorada?

-¡Dios mío! ¡qué desgraciada soy!

-¡Desgraciada! Y ¿por qué?

-Porque la vergüenza me consumirá si como tú llegan otras a comprender el estado de mi corazón.

-¿Y qué hay de malo en ello? -dijo Lola- ¿qué de particular tiene que te hayas enamorado de un real mozo? Mientras que en tu conducta no haya nada que te obligue a bajar la cabeza, ríete de lo que te diga el mundo.

-¿Y de lo que diga él?

Concha y Dolores se miraron silenciosamente.

Ambas comprendieron lo que quería decir su amiga, aludiendo quizás a la indiferencia del caballero.

-Vamos, Paca -dijo Concha después- muy descontentadizo fuera, si no te encontrase más perfecciones y más honra, o tanta por lo menos, como tienen todas esas señoras con quienes él se trata.

-Y sobre todo, después de lo que por él has hecho.

-¿Quién piensa en eso ahora?

-Él, si de agradecido se precia.

-Es que yo no quiero que me ame por gratitud.

-Que te ame y te corresponda, sea por lo que quiera.

Iba a replicar Paca, cuando una tosecilla seca que se percibió en el interior de la estancia, hizo exclamar a Concha:

-¡Y dale si es pesado y machacón este vejete! Ya vendrá ahora con alguna historia para Joselito.

Capítulo LVIII. El tentador

-¿Dan vuestras mercedes licencia? -dijo una voz cascada y débil, contestando a las últimas palabras de Concha.

-Adelante, don Tadeo -repuso Paca, al mismo tiempo que murmuraba Lola:

-No sé qué haría para evitar que este viejo hablase con Vicente.

Don Tadeo, puesto que ya sabemos que así se llamaba la persona que acababa de entrar en el aposento de las majas, era un hombrecillo de unos cincuenta años, bajito, delgado, y de fisonomía astuta y sagaz.

Su mirada, recelosa y apagada por los cristales azules de los anteojos que llevaba constantemente, era tan perspicaz y escrutadora, que difícilmente se le podía ocultar nada.

Era tan meloso su acento, mostrábase siempre tan excesivamente cortés y agasajador, que no podía menos de llegar a ser molesto, fastidioso y repugnante, lo que dicho y hecho a tiempo, hubiera hecho de aquel individuo una persona simpática.

Vestía humildemente, pero iba sumamente limpio; decía que había pertenecido a la servidumbre del duque del Infantado, de cuya casa había salido por haberse indispuesto con el mayordomo, y que el señor duque, generoso como lo era con todos sus dependientes, le había señalado seis reales diarios mientras viviese.

Con esta módica suma se iba sosteniendo, ayudándose sin embargo con otros emolumentos de una procedencia tan dudosa como la de aquél.

Don Tadeo se había mudado a la casa de Paca, y ocupaba precisamente el mismo cuarto que anteriormente habitaba Simón, y desde donde había estado haciendo sus curiosas observaciones respecto a la maja y a Luis.

Aquella habitación era un magnífico observatorio para la casa de la joven.

Don Tadeo se hizo bien pronto amigo de todos los vecinos.

Con todos se mostraba tan obsequioso, tan afable, que se captó la benevolencia del vecindario.

Sin embargo, a los pocos días surgieron algunas disputas entre los vecinos, cosa muy rara hasta entonces, y estas disputas no fueron más ni menos que consecuencia de habladurías y chismes de don Tadeo.

Pero tenía la rara habilidad de hacer que ninguno de aquellos chismes se le pudiesen achacar como tales, y únicamente se le podía tachar de ligero en decir palabras que pudiesen producir una excisión.

Si se le hacía algún cargo por ello, pedía mil perdones, daba mil excusas, mostrábase tan dolorosamente afectado por lo ocurrido, que no había más remedio que disculparle, y aun que pedirle perdón por el mal rato que haciéndole cargos por aquello se le había ocasionado.

En casa de Paca había entrado, lo mismo que en las demás, y en ella conoció, no solamente a Lola y a Concha, sino a Joselito y a Vicente.

Con una destreza superior a cuanto podamos decir, procuró desde los primeros momentos ver de qué pie cojeaban, como vulgarmente se dice, y presto comprendió que, como a la mayoría de los españoles gustábales murmurar del gobierno.

Una vez hecho este descubrimiento, el viejecillo en la soledad de su habitación restregóse las manos sumamente satisfecho, murmurando:

-¡Van a quedar satisfechos de mí!

Desde este momento don Tadeo comenzó a hacer el papel de conspirador.

Había muchos descontentos, según decía, del gobierno de Floridablanca, y únicamente el conde de Aranda podía remediar aquella situación tan desdichada.

Verdaderamente, el famoso ministro de Carlos III había tomado algunas disposiciones que fueron recibidas con desagrado.

Sus enemigos aprovechábanse de ellas para aumentar la guerra que le hacían, y conociendo él la tempestad que se iba formando, había solicitado ya del rey que se le permitiera retirarse del poder.

Pero Carlos no accedía, y la opinión pública, irritándose doblemente por la resistencia que encontraba, mucho más formidable; porque se la estaba excitando por quien tenía en ello interés, era fácil que llegase a producir un conflicto.

Circularon sátiras y libelos contra el ministro, y precisamente de ello sacó partido el viejecillo para engañar a Joselito y a Vicente.

Lo mismo el torero que el pintor hablaban respecto al gobierno más por lo que oían a la generalidad, que por verdaderas combinaciones, así fue que las primeras frases de don Tadeo les hallaron un poco reacios.

Sin embargo, éste no se desanimó por el primer ensayo. Con suma destreza fue sacando a los jóvenes los hábitos, las costumbres y las aspiraciones de uno y de otro, y de este modo consiguió halagar a cada uno por su propio flaco.

Cuando las jóvenes vieron a sus amantes comprometidos, o por lo menos muy adelantados en este terreno, instintivamente adivinaron un peligro, y aun cuando no pudieron definir cuál fuera, el cariño les hizo ver el riesgo, y apresuráronse a combatirlo.

Mas la casualidad dispuso las cosas de otro modo.

A pesar del afecto que a don Luis de Guevara profesaba el monarca, afecto del cual tan repetidas pruebas le diera al presentarse en palacio, Carlos III le echó una reprimenda, y Floridablanca, a su vez, reprendióle también, diciéndole que no era aquel el modo de pagar los favores que había recibido de la corte.

La casualidad de que en aquellos momentos se hallase el ministro bajo la impresión producida por la lectura de uno de aquellos papeles escritos contra él, dio a sus palabras una acritud y una dureza impropias por completo de su carácter.

Además, precisamente no reparó que al censurar la conducta de don Luis había dos o tres personas delante, lo cual acabó de mortificar a éste, contestando con alguna destemplanza, con lo cual aumentó el enojo del ministro.

Don Luis salió de su cámara profundamente resentido, y dirigiéndose a casa de Paca, según tenía por costumbre, dio rienda suelta a su cólera, sin reparar que estaba allí don Tadeo.

No desperdició éste la ocasión.

Apenas salió don Luis de casa de la maja, fuese tras él, alcanzóle a no muy larga distancia, y tan buena maña se dio, de tal modo supo aprovecharse de las mismas armas que él diera, que el joven, con la impremeditación propia de la edad y la irritación consiguiente a lo que él juzgaba ofensa, entró en la conspiración ofreciéndose al conde de Aranda por medio de don Tadeo.

La adquisición de don Luis sirvió al astuto viejo para vencer la resistencia que le oponían Vicente y Joselito, y precisamente el día antes el en que nosotros presentamos en escena a don Tadeo, habíanse comprometido, aun cuando de palabra, los dos jóvenes.

De aquí el disgusto de las majas, de aquí las palabras que les hemos escuchado, y de aquí la poco benévola acogida que hicieron a don Tadeo al presentarse éste en la habitación.

-¿Saben sus mercedes, señoras mías, que al entrar aquí se percibe un olor de gloria que encanta?

-Pues, don Tadeo -repuso Concha con desenfado- me la da de preciso, porque me parece que la gloria que su merced alcance, bien me la pueden clavar en la frente.

-¡Je!... ¡je!... ¡je!... -repuso el viejezuelo con su falsa sonrisita- esta Concha siempre ha de estar de broma.

-¡Pues no sé cómo es eso, porque tengo ganas de llorar!

-¡Jesús, María y José! Unos ojos tan hermosos como esos, no se han hecho para estar empañados por las lágrimas, y bien me sé yo que cuando el señor Joselito se haya quedado con el abasto de las carnes, por obra y gracia del señor conde de Aranda, brillarán esos ojos de alegría que será un contento.

-¿Pero quiere su merced decir que sucederá eso?

-¡Pues ya lo creo! Y muy pronto.

-¿Pero y si antes, como por desgracia hay en el mundo tanto soplón, se descubre y me los cogen a todos?

-Vamos, Dolores, que cuando vea su merced a mi señor don Vicente, pintor de la real cámara de nuestro buen monarca don Carlos III, dará por bien empleados los disgustos que hoy pueda experimentar, porque con trescientos o cuatrocientos doblones de costas, podrán dejar ya esos lindos dedos de ribetear escarpines.

-¡Oh! jamás he pensado en eso.

-Pero más de una vez habrá pensado mi señor don Vicente, y a mí también, aun cuando viejo, no deja de ocurrírseme que es muy doloroso que un rostro tan hechicero y unos encantos tan peregrinos, hayan de vivir oscurecidos en una modesta habitación de estos barrios.

-Nosotras no hemos querido nunca más que ganarnos honradamente la vida, y poseer el cariño de nuestros hombres.

-Pero, hija, no quita lo cortés a lo valiente, y bien puede hacerse lo uno procurando el adelantamiento en lo demás.

-¿Y cree su merced que a mi Joselito le darán ese empleo?

-El mismísimo conde de Aranda -repuso don Tadeo bajando la voz y mirando a todas partes como si temiese que le escucharan- me ha empeñado su palabra, y la palabra de un caballero como él es muy sagrada.

-¡Jesús! ¡tengo una gana de que deje esa vida tan arrastrada que lleva!

-Ya se ve que sí. Expuesto a dejar la piel en las astas de un toro... ¿y todo por qué? por unos miserables ducados que maldito si valen la pena que hacen pasar.

-Ya tiene razón su merced en eso.

-Lo mismo le sucede a mi Vicente. ¡Cuántos que valen mucho menos que él, solamente porque han tenido favor, están ganando lo que quieren y disfrutando de las mayores consideraciones!

-¡Como que hoy es el tiempo en que únicamente medran los que Floridablanca quiere que medren!

-Pues esto está muy mal hecho, porque al fin y al cabo el que lo merezca, justo es que se lo den.

-Esa es la tendencia del señor conde de Aranda, y ya ven sus mercedes como todos los buenos españoles hemos de ayudarle.

-Eso es verdad -dijo Lola.

-Yo, con tal de ver a mi Joselito tranquilo...

-Y yo lo mismo digo respecto a Vicente.

-También para don Luis habrá la suya -dijo don Tadeo mirando intencionadamente a Paca, que apenas había levantado los ojos de su labor.

-¿Y qué pueden hacer a don Luis después de haberle dado el rey, nuestro señor, el condado de Castro-Nuño?

-Todavía hay muchas mercedes que hacerle, y el señor conde tiene ya en la mente lo que ha de hacer para premiar los servicios que no ha mucho prestó en las colonizaciones de Sierra-Morena.

-Don Luis -dijo Paca alzando finalmente la cabeza- es muy posible que no acepte merced alguna del monarca, porque de ese modo creería, y con razón, que se le pagaba por el servicio que había prestado.

Capítulo LIX. Donde don Tadeo se ve obligado a hacer grandes esfuerzos para triunfar

Las palabras pronunciadas por Paca, no pudieron menos de impresionar a sus amigas.

-¡Pues es verdad! -dijo Lola- Parece que lo que don Tadeo nos propone, es simplemente comprar los servicios de nuestros hombres.

-Una de dos- prosiguió Paca- o lo que se desea es justo, o no lo es.

-¿Y quién duda que sea justo el cambio de gobierno que el reino está deseando? -dijo el viejo que no pudo menos de estremecerse al escuchar las palabras de Paca.

-Pues si es justo, los que contribuyan a que se realice no pueden ni deben apetecer otra recompensa que la satisfacción de haber contribuido al bien general.

-Eso prueba lo noble de su corazón -repuso don Tadeo mordiéndose los labios con cólera- pero permítame su merced que le diga que también el desinterés tiene sus límites.

-En el terreno en que estamos hablando no hay límite alguno; o se hacen las cosas desinteresadamente, o no se hacen.

-Chica, tú has hablado poco, pero bueno.

-Y me parece que Vicente no volverá a pensar en adquirir ese título ni esos adelantos en su posición que don Tadeo dice, si ha de ser por esos medios.

-Pues mira tú a quien se lo dices -repuso Concha- en cuanto venga Joselito, ya verás lo que yo le digo.

-Vamos, señoras mías, reparen sus mercedes que están un tantico obcecadas, y estos asuntos no son para tratarlos así.

-No sé lo que quieren decir esas palabras.

-Si Joselito hubiese pedido, por prestar su ayuda y la de sus amigos al señor conde, el empleo que antes dije, estaría en su lugar calificar de indigno el pedir semejante paga por un servicio del cual al fin y al cabo se podría prescindir.

-Pues eso debía hacer precisamente su merced -repuso Lola.

-No comprendo.

-Prescindir de Vicente y de Joselito, y buscar otros que se prestaran mejor, y que tal vez sirvieran más.

-¡Válgame el Santo Cristo de las Guardias! ¡Y qué impresionables que son las mujeres!

-¿De veras? ¿lo cree así su merced?

-Sí, señora.

-¿Y en qué se funda?

-Sencillamente, en que hace un momento se entusiasmaban a la idea de los adelantamientos que iban a alcanzar sus futuros, y ahora de repente, porque Paca ha soltado una palabra hija de su honrado corazón, ha sido lo bastante para que muden de ideas.

-Es que Paca tiene razón.

-¡Si yo no lo niego!...

-Pues entonces...

-Lo que quiero decir, es que no todos los casos son iguales.

-Para obrar bien, todos lo son -dijo Paca.

-¡Ay! hija mía, en el mundo es necesario dejar que la cabeza obre también.

-De todas esas retóricas, don Tadeo, nosotras no entendemos una jota. Aquí se dice lo que se siente, sin meternos ahora en lo que la cabeza dice, lo que debe decir y lo que habla el corazón y todas esas tonterías. Nuestros hombres si en ese fregado se meten, es porque lo creen justo; si lo creen justo nada merecen por ello, y para no ganar nada y exponerse a que algún alcalde de casa y corte, de con ellos en la cárcel, y se pudran allí hasta Dios sabe cuándo, vale más, mucho más, que se estén tranquilos en sus casas.

-Tiene razón Concha -añadió Dolores.

-¿No estás tú en lo mismo que yo, Paca?

-Ya se ve que sí.

-Pero vengan acá sus mercedes; voy a convencerlas en un momento.

-¿De qué?

-De que no es eso lo que creen.

-¡Pero, qué! ¿Su merced trata de hacernos comulgar con ruedas de molino?

-¿No es justo que los hombres honrados, los de buena fe, ayuden al triunfo de la justicia y de la razón?

-¿Y quién niega eso?

-Ya llegaremos al final; tengan un poco de paciencia, que todo se ha de andar. Pues si aquello es justo, también lo es que se otorguen recompensas y mercedes a los que tienen verdadero derecho para ello, es decir, a los hombres honrados que pueden producir con su conducta un verdadero beneficio al rey y a la nación.

Concha y Dolores se miraron sin saber qué decir.

Colocada la cuestión en aquel terreno, verdaderamente no podía rechazarse la idea de aquellos dos destinos.

Las dos majas, que se veían batidas, por decirlo así, con sus propias armas, fijaron sus ojos en Paca, como tratando de pedirle auxilio, puesto que no sabían qué decir.

Pero la joven había vuelto a su anterior preocupación.

Don Tadeo paseó su mirada triunfante de una a otra de las majas, no pudiendo menos de felicitarse de la distracción de Paca, pues era la enemiga de quien más recelaba.

Concha, viendo que no encontraba una frase con que rebatir, en realidad, lo dicho por don Tadeo, y viendo que Paca no se había apercibido, dijo:

-Con que, chica, ¿has oído lo que ha dicho don Tadeo?

Éste volvió a inquietarse, fijando su mirada anhelante en Paca, que levantó la cabeza a la interrogación de su amiga.

Pero felizmente, en aquel momento entraron Vicente y Joselito en la estancia.

Al verlos, el viejo dirigióse a su encuentro, y estrechándoles las manos, les dijo:

-Todo va bien, amigos míos ¿han hecho algo sus mercedes en pro de nuestro objeto?

-Sí por cierto -dijo Joselito- yo cuento con una cincuentena de compañeros, que cada uno de ellos, si llega el caso, se batirá como un león.

-Pero, Joselito -dijo Concha terciando en la conversación- ¿lo has pensado bien?

-¡Pues no he de pensarlo, mujer! Las arbitrariedades y los abusos de Floridablanca no pueden tolerarse más.

-Todo el mundo está indignado ya -añadió Vicente.

-Pero ¿y si os sucede alguna cosa? -dijo Lola.- Acaso el conde de Aranda, o los que sustituyan a Floridablanca ¿podrán, compensarnos la pérdida que experimentemos?

-Si en eso pensásemos, nada se haría.

-Eso mismo digo yo.

-Hay muchos señores -añadió Joselito- que están metidos en la danza.

-Y la piel de ellos, guarda la vuestra.

-Ya han visto sus mercedes la lista que les he manifestado, y en ella hay nombres muy importantes.

-Eso nos recuerda que nosotros debemos también poner los nuestros en ese compromiso -dijo Vicente.

-Sí, en verdad -repuso don Tadeo- también el señor don Luis de Guevara me ha dicho que vendría a firmar esta tarde.

-Pues vamos a poner nuestros nombres.

-¡Joselito, mira lo que haces! -dijo Concha que volvía a sus anteriores temores.

-Ya sé yo lo que hago, prenda; y don Tadeo no es persona que nos quiera mal.

-Pero eso de poner tu nombre en ese papel, es muy grave; si cayera en manos de los amigos de Floridablanca, me parece que todos tendríamos que llorar.

-¿Quién piensa ahora en eso? -dijo Vicente cogiendo la pluma para firmar.

Don Tadeo miraba ávidamente a los dos jóvenes.

Comprendíase que tenía un gran interés en aquellas dos firmas.

Dolores, al ver la acción de su amante, se estremeció, y maquinalmente fijó sus ojos en el viejo.

Entonces, presa de una angustia inmensa, presintiendo tal vez una desgracia, dirigióse hacia el pintor, y cogiéndole el brazo, le dijo:

-¡Vicente, por Dios! ¡no firmes ese papel!

Don Tadeo palideció intensamente.

Volvióse el pintor sorprendido, y al ver la palidez y la agitación de su amada, no pudo menos de exclamar:

-¡Lola! ¿Qué tienes?

-Que no firmes eso.

-¿Pero por qué?

-Por... no lo sé, pero no quiero que te comprometas de ese modo.

-Nada, nada -dijo entonces don Tadeo, sacando, como vulgarmente se dice, fuerzas de flaqueza- no contraríe su merced los deseos de su amada; otra vez será de los nuestros.

-¿No comprendes que eso es una tontería? -dijo Vicente contestando a lo que la maja le había dicho.

-Será lo que tú quieras, pero yo no estoy tranquila.

En este momento llamaron a la puerta de la casa, y poco después don Luis de Guevara entró en la estancia.

Al verle Paca, coloreáronse sus mejillas, y su rostro se animó por completo.

En breve espacio se puso al corriente de lo que ocurría.

-Vaya, ¡qué diablo! -exclamó- lo que importa es que derribemos de una vez a Floridablanca.

-¡Pero, señor! -dijo Paca- ¿Vais a ganar acaso algo con que caiga el conde?

-No; pero ¿qué importa eso? Me ha ofendido, y basta.

-Lo que es estas jóvenes -dijo don Tadeo- son partidarias sin duda del ministro, cuando tanto abogan por él.

-Tenga un poco más comedida la lengua, señor don Tadeo -dijo Concha- aquí no tenemos preferencia alguna, ni por Floridablanca ni por nadie.

-¡Pero si vosotras no entendéis de esto!

-Vamos, vamos, don Tadeo -dijo Luis- os he dado mi palabra de firmaros esta acta, y bueno o malo, jamás he faltado a ella; dadme el papel, y concluyamos.

-Reparad, don Luis, en lo que os he dicho.

-No tengáis miedo, Paca; todo ello no pasará de un motín como dicen que fue aquel otro contra Esquilache: mucho ruido, y salirse el pueblo finalmente con lo que quería.

-Así será, señor don Luis -repuso Tadeo- Usía ha puesto el dedo en la llaga.

-Pues firmemos -añadió Vicente.

-¿Es decir que de nada sirven mis ruegos? -exclamó Lola.

-Lo mismo que los míos -añadió Concha.

-Como que no tienen razón de ser en estos momentos...

Y el pintor al pronunciar estas palabras, cogió la pluma y firmó al lado de su amigo Luis de Guevara.

Joselito imitóle a su vez, mientras las tres mujeres estrechamente abrazadas, demostraban en sus semblantes la contrariedad que experimentaban.

No pasó mucho tiempo sin que don Tadeo, después de haber doblado cuidadosamente el pliego que contenía las firmas de nuestros amigos, abandonase la estancia de las jóvenes, y dirigiéndose a su cuarto les contempló durante algunos segundos, murmurando después:

-Lo que es el marqués Adelfi y doña Catalina de Sandoval, han de quedar bien satisfechos de mí. Esto se llama matar dos pájaros de un solo tiro.

Capítulo LX. Ojeada retrospectiva

Las últimas palabras pronunciadas por don Tadeo nos obligan a retroceder.

Es necesario que sepan nuestros lectores lo que sucedió, tanto en casa de doña Catalina de Sandoval, como en la de doña Isabel de Zúñiga, para que pueda apreciarse debidamente el trabajo de aquel astuto viejo.

Como que con estos antecedentes se enlazan también otros sucesos no menos interesantes, suponemos que nuestros lectores no han de ver con disgusto esta semi-digresión, máxime cuando tan importante es.

Doña Catalina había creído que su anónimo dirigido al conde de Santillán produciría un terrible efecto.

Juzgaba que el esposo ofendido tropezaría con el culpable amante, y la espada del conde la vengaría de la deslealtad de don Luis.

Pero nada de esto sucedió.

El criado que a su completa devoción tenía en casa de doña Isabel, le dijo que, sin saber cómo ni cuándo, la jaula estaba vacía cuando llegó el esposo, y lo que es más todavía que en aquella desaparición no había tenido arte ni parte doña Isabel.

Don Luis había desaparecido sin dejar huella alguna por donde pudiera suponerse que estaba.

Durante algunos días doña Catalina, a pesar de toda su vigilancia, no pudo descubrir el paradero de su infiel amante, hasta que éste se presentó en la corte, una vez que estuvo convencido de que no se le había de perseguir.

Para que se sobreseyera el proceso formado a consecuencia de aquel desafío, no fue ajena la doña Catalina, puesto que con mucho fundamento supuso que una vez tuviese la seguridad de que no había de seguirsele perjuicio alguno, se presentaría, y de este modo le sería mucho más fácil averiguar lo que hacía. El inesperado desenlace que tuvo la tentativa respecto a la hija del conde de Lazán, disgustóla profundamente, haciendo severos cargos a Gil Pérez, cargos completamente infundados, puesto que ya sabemos que a no ser por la inesperada aparición del vizconde del Juncal, la pérdida de la joven era segura.

El joven, una vez libre ya, más por compromiso que por verdadero afecto trató de ver a la hija del conde de Lazán; pero en el mismo momento que se disponía a pasar a su casa, recibió una carta del conde, carta que le hizo cambiar de resolución, impresionándole de un modo extraordinario.

Decía así:

«Señor don Luis de Guevara:

»Francas hallasteis las puertas de mi casa, y la amistad que al padre había profesado, hícesela también extensiva al hijo.

»Vos mejor que yo sabéis cómo pagasteis tanta amistad y tan noble confianza.

»Las puertas que se abrieron para el hijo de mi amigo, para el hidalgo que necesitaba amparo y protección, y que se mostraba respetuoso y agradecido, se han cerrado para el caballero pérfido y desleal.

»Dentro de breves días mi hija dará su mano al vizconde del Juncal, y únicamente cuando entre vos y ella se haya interpuesto el sagrado vínculo de otro matrimonio, será cuando podréis volver a la casa que tan mal habéis sabido apreciar.

»Entretanto os ruego que olvidéis hasta su propio nombre.

El conde de Lazán.»

Fácilmente puede concebirse el efecto que la lectura de semejante misiva, había de producir en nuestro amigo.

No podía comprender cómo ni por dónde había sabido el conde aquellos amores, acabándole de sorprender la docilidad con que sin duda María cedía a su voluntad, cuando iba a casarse con el vizconde.

Durante algún tiempo permaneció sin saber qué hacer.

Después cogió una pluma, y dirigió una carta a María.

En ella le pedía una entrevista; le indicaba lo que su padre le había dicho, y la conjuraba en nombre de su antiguo amor, a que le diese una explicación respecto a aquel matrimonio concertado tan repentinamente y tan próximo a verificarse.

Teniendo en cuenta que precisamente el medio de que se había valido doña Catalina para hacer que la joven saliese de su casa la noche en que Gil Pérez debió apoderarse de ella, fue también otra carta de don Luis, pidiéndole una cita, carta cuya letra había sido hábilmente falsificada por Gil, debe comprenderse que la joven no se mostraría muy dispuesta a acceder a semejante petición.

Por otra parte, la extraña conducta que Luis había seguido con ella, aquel extraño silencio que se siguió a su repentina desaparición de Madrid, no pudieron menos de influir poderosamente en su ánimo.

La joven ignoraba que don Luis había sido herido, que después había estado en poder de doña Isabel, y que posteriormente, en Madrid, en los días que permaneció en casa de Vicente, tuvo que adoptar dobles precauciones, tanto para que no dieran con él los que le perseguían, cuanto para evitar que la misma doña Isabel descubriese donde estaba.

Porque el joven, por el relato que Paca le hiciera cuando por primera vez la vio en el Pardo, comprendió que la condesa de Santillán había sido su verdadera raptora, y no únicamente por evitarse él un percance, sino por evitárselo también a Paca, hubo de procurar que su existencia no fuese de nadie conocida.

Pero María todo esto lo ignoraba; no había visto más sino que el joven no le había dado noticias de sí en todo aquel tiempo, y que la única vez que lo hizo, ocurrióle una aventura que daba a sospechar si habría sido intencionado aquel suceso.

De aquí que no contestase a la carta del joven, que éste se resintiera por ello, y que su enojo recayese por completo sobre la joven que de tal modo se había olvidado de su amor.

Entonces marchó a ver a doña Catalina.

La dama recibióle entre altiva y cariñosa.

No había en ella ni la dosis bastante de prudencia ni de educación para comprender lo difícil de su situación, y esto precisamente fue lo que la perdió.

-Inútil es que os disculpéis -dijo a Luis, que trataba de ocultar su aventura- porque conozco perfectamente que los hombres son por lo regular olvidadizos y desagradecidos.

-Paréceme, señora, que no diréis eso por mí, pues bien sabéis que de bien nacido me precio, y ni soy ingrato para el amor, ni desagradecido para el bien que se me hace.

-Inútil es cuanto me digáis; sé perfectamente todo lo que de vos puedo esperar.

Esto, dicho con una entonación que no pudo menos de desagradar al joven, hízole fijar su mirada interrogadora en la dama.

Esta, a su vez, sin amenguar la tiesura de su aspecto, continuó:

-Hice por vos todo cuanto una mujer enamorada puede hacer; llegué hasta comprometer mi reputación y mi fortuna; y vos, juzgando cosas baladíes ambas, habéis hecho lo que mejor os ha convenido en todo este tiempo, hasta que arrepentido sin duda, o necesitado quizás, habéis vuelto a mí tratando de proseguir la farsa que en otro tiempo estuvisteis representando conmigo.

Todo el orgullo de don Luis sublevóse al escuchar la grosería de aquella acusación.

Habríase apresurado a enjugar el llanto, a mitigar las quejas, si con las unas y con el otro se le hubiese presentado doña Catalina.

Pero desde el momento en que no solamente altanera sino insultante se le mostraba, arrojándole al rostro los favores que pudiera haberle hecho, el orgullo y el amor propio del joven se sublevaron, y alzándose de su asiento, dijo fijando en la dama su mirada brillante de cólera y de indignación:

-Señora, creo que no me habéis conocido, y a mi vez deploro yo también el no haberlo hecho hasta ahora.

Y tras estas palabras, y antes que la dama del marqués del Alcázar hubiese tenido tiempo para decir una palabra, abandonó el joven el estrado, dejándola confusa y suspensa.

Únicamente después que hubieron pasado algunos segundos, fue cuando se dio cuenta de lo que había sucedido, y retorciéndose las manos llena de desesperación, murmuró:

-¡Miserable de mí! ¿qué es lo que yo he hecho? Razón tiene en abandonarme y despreciarme.

Y un torrente de lágrimas brotó de sus ojos, y comprimidos sollozos brotaron por fin de su pecho.

Largo tiempo permaneció así.

Al cabo de él ue calmándose su agitación, cesaron de correr as lágrimas, y con acento ligeramente alterado, exclamó:

-¡Necia de mí! ¿Si él me amara, no hubiera comprendido que en las palabras que acabo de pronunciar no había más que todo el despecho hijo de los celos? Sí; no tiene duda, ni me ama ni me ha amado, como dijo Giacomo Zarini; yo no le he servido más que de escabel para su fortuna, y una vez conseguida esta, no ha buscado más que un pretexto para abandonarme. ¡Oh! pero yo le aseguro que no ha de burlarse de mí, ya que la casualidad hizo, sin que pueda explicarme la razón, que el conde de Santillán no le hallase en su palacio, ya encontraré medio de castigarle de otro modo. ¡Hola! -prosiguió aproximándose a la puerta de la estancia, y dirigiéndose al paje que apareció en ella- avisa inmediatamente a don Tadeo.

El paje saludó respetuosamente, mientras doña Catalina se quedaba murmurando:

-Veremos si este viejo miserable, que tanto me debe, sabe pagarme en proporción de los favores que le hice; y como así lo haga, yo le juro a don Luis que ha de guardar memoria de mí.

Pero súbitamente volvió a gritar en ella el amor que por el caballero sentía.

Porque en doña Catalina había mucha parte de sensualidad, mucha parte de las faltas de educación, hijas de la condición en que se criara y del repentino cambio que en su posición se verificara; pero la verdad era que en medio de todo esto había amado y amaba al caballero con el único amor que había tenido en su existencia.

A la explosión de este mismo amor siguióse pronto otro rapto de indignación, producido por el recuerdo, tanto de la indiferencia que don Luis acababa de demostrarle, cuanto por la convicción de los nuevos amores a que se había entregado.

En este nuevo momento, en esta nueva fase, digámoslo así, de aquella existencia que había dado comienzo para ella con las revelaciones de Giacomo, apareció el paje en la puerta de su aposento, y le anunció la llegada de don Tadeo.

Capítulo LXI. Volvemos a encontrarnos con antiguos conocidos

No habremos olvidado la escena que tuvo Alina con el conde de Lazán cuando fue a hablarle en favor de Luisa.

Conocido nos es ya también el origen de ésta, y por lo tanto, justo es que veamos lo que hizo la joven después que hubo salido de casa del conde.

Una vez en la calle, la joven entró en la silla de manos, y poco después deteníase en la casita de la Virgen del Puerto, con gran extrañeza de las pocas personas que vivían por aquellos contornos, que no estaban acostumbradas a que saliesen de día los dueños de la misteriosa casita.

Al entrar Alina en sus habitaciones, preguntó a uno de los dos criados:

-¿Y mi hermano?

-Está en su cuarto. ¿Quiere la señora que le avise? -dijo el criado.

-No. ¿Ha venido Luisa?

-No, señora.

-Cuando venga, haz que entre inmediatamente.

El criado se inclinó respetuosamente, y Alina penetró en su aposento cerrando la puerta tras de sí.

-¡Qué horrible soledad, Dios mío! -murmuró soltando el manto que le cubría, y dejándose caer en un sillón.- Apenas puedo comprender cómo se han deslizado tantos años de mi existencia, en medio de este inmenso desierto. Hay momentos en que hasta la misma venganza a que me entrego, esa venganza a la cual he consagrado mi existencia, me abruma, me enoja, se me hace insoportable, porque realmente me veo sola, no en la soledad de la venganza, digámoslo así, porque en eso Mario me acompaña; me encuentro sola en la vida íntima, en la de las dulces satisfacciones del alma. ¡Cuántas veces al volver la vista a mi pasado siento que se llenan de lágrimas misojos, y que un profundo desfallecimiento se apodera de micorazón! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Qué desgraciada me ha hecho ese miserable!

Y Alina escondió la frente entre sus manos, permaneciendo en aquella postura largo espacio.

Efectivamente, la existencia de la joven era bien triste.

Consagrada por completo a la venganza desde que junto al cadáver de su padre Mario y ella se consagraron a perseguir a su verdugo, no habían cesado un día en su tarea.

Abandonaron su país por seguirle; pero de tal modo guardaban las apariencias, de tal manera procuraban cumplir la especie de pacto fraternal que ambos jóvenes habían hecho, que únicamente se veían a las horas de comer, o en los momentos en que se reunían para presentarse ante el conde de Lazán.

Uno y otro vivían bajo el mismo techo; pero sus habitaciones y su servicio eran totalmente distintos.

Los dos criados que tenían, pertenecían a la casa de Alina.

Entregados por completo a la venganza, sólo se ocupaban de ella, y consecuentes con la idea que se habían propuesto, hicieron al conde de Lazán pasar días llenos de una amargura infinita.

Donde quiera que iba el conde, iban ellos también.

Únicamente les acompañaban los dos antiguos criados de Alina, que adoraban a su señora con un cariño casi fanático, y que no habían querido separarse de ella en los azares y peligros a que se iba a exponer.

Jamás tuvo el conde enemigos más encarnizados que ellos.

Evocaban sus recuerdos, hacían que los remordimientos torturasen su conciencia, que los peligros amenazasen su vida; y si para distraerse se quería entregar a cualquiera diversión, la pálida faz de Alina, o la más lívida aún de Mario, venían a enturbiar sus placeres.

En resumen, el plan de Alina produjo sus resultados.

La vida del conde era un martirio continuo que a cada instante aumentaba más su intensidad.

Alina, como hemos dicho, permanecía sentada en su estancia, sin que diera otra señal de existencia que el imperceptible movimiento de su seno al respirar.

La italiana era una mujer hermosa hasta lo infinito.

Y para añadir un encanto más a los que poseía con tanta usura, el dolor había estampado en su rostro una palidez mate, sobre la que resaltaban doblemente sus negros y rasgados ojos y sus cejas y pestañas aterciopeladas.

Largo rato llevóse la joven entregada a su preocupación.

Y tal era esta, que no advirtió el ligero ruido que hizo una puerta al abrirse, ni el leve rumor de las pisadas de un hombre que penetró en la estancia.

Era Mario.

Se adelantó hacia ella, y después de haberla contemplado algunos momentos, le dijo con voz vibrante y armoniosa:

-¡Siempre lo mismo, Alina!...

-¡Ah!... ¿Sois vos? -exclamó ésta alzando la cabeza y fijando sus ojos en el joven.

-Sí, yo soy, que os encuentro preocupada como siempre.

-¿Y qué otra cosa queréis que haga? ¿Acaso mi suerte puede proporcionarme otros motivos de placer?

-Yo creía que había llegado a ocupar en vuestro corazón un lugar que me diera derecho a toda vuestra confianza, a ser yo el consuelo de todos vuestros males, y...

-¿Y no lo sois acaso?... ¿No sois vos mi único, mi mejor amigo?...

-¡Amigo! -dijo con un acento intensamente triste Mario- ¿amigo sólo?

-¿Pues qué queríais?... -preguntó Alina.

Y sus manos oprimieron convulsivamente la finísima batista de un pañuelo que tenía sobre sus rodillas.

Y su seno se agitó algo más de lo ordinario.

Y una emoción vaga, desconocida, que en vano trató de ocultar, se apoderó de todo su ser.

Mediaron algunos momentos de silencio.

Al cabo de ellos, le dijo:

-Mirad, Alina; llevamos bastantes años de vivir juntos como dos hermanos, y jamás os he dicho la menor palabra que pudiera ofenderos; sin embargo, hoy voy a hablaros de otro modo que hasta ahora lo he hecho.

-No comprendo que significa...

-Desde que tuvo lugar el acontecimiento que nos unió, creí que en mi corazón no cabía más sentimiento que el de la venganza; pero hace algunos meses que he sabido que aún podía albergar otro más dulce, más santo, más puro, que era el amor.

La agitación de la joven se hacía más crecida cada vez.

Y el acento de Mario era más tierno también, más insinuante.

Éste prosiguió así:

-Viviendo bajo vuestro mismo techo, viéndoos continuamente junto a mí, admirando sin cesar vuestra belleza, sentí en mi pecho una cosa desconocida; lo achacaba al principio al deseo insaciable de mi venganza; pero ¡ay, Alina! me equivoqué. Aquel desasosiego, aquel mal extraño, se agravaba de día en día, hasta que llegó un momento en que analicé con detención mi alma, y comprendí que os amaba por desgracia mía.

El joven se detuvo otra vez.

Fijó su vista en la dama, pero el semblante de ésta era impasible.

Mas, a pesar de esto, los latidos de su corazón redoblaron su fuerza, y sus dedos oprimieron con más fuerza el pañuelo.

Mario continuó:

-He dicho que os amo por desgracia mía, porque no he abrigado nunca la esperanza de que vos me correspondáis; vuestro corazón, más fuerte que el mío, vive sólo para la venganza, por manera que sólo tengo un sufrimiento más que añadir a los míos. He querido ahogar esta pasión en su germen, pero nació gigante ya, y no ha podido menos de rebosar hasta mis labios para decíroslo: Alina, os amo con un delirio indescriptible: ¿qué puedo esperar para este cariño?

-Lo que deseáis -le contestó con resolución Alina- ese cariño taninmenso como el vuestro.

Hay situaciones en la vida imposibles de describir.

La en que se encontraba Mario es una de estas.

La manifestación repentina de la dama, y su manera de explicarse no pudieron menos de sorprenderle extraordinariamente.

Alina comprendió lo que pasaba en el corazón de Mario, y le dijo al cabo de algunos momentos:

-¿Os ha extrañado acaso la franqueza de mi manifestación?...

-Os lo diré francamente; no la esperaba.

-Pues bien, escuchadme y comprenderéis mi conducta. Os conocí en una época bien aciaga para mi existencia, os vi tan muerto para el amor y la felicidad como yo lo estaba, y ansiosa de venganza como vos, me uní al hombre que podía ayudarme. El padecimiento tan terrible que tenía entonces, se amenguó con el tiempo, y pude mirar más detenidamente las cosas y las personas que me rodeaban. Entonces reparé en vos; me parecisteis hermoso y noble, sufríais también y yo aspiraba a consolaros. Vos siempre estabais grave y silencioso, parecía que no poníais atención a lo que os decía, y que no os cuidabais para nada de mí, y esto me mortificaba extraordinariamente. En resumen, comencé por aborreceros, y he concluido por amaros con toda la fuerza de mi alma; ahora he comprendido que lo que sentí por ese infame conde de Lazán no fue más que una fascinación; pero que mi alma guardó intacta la purpurina flor de sus amores para vos; sí, Mario, os amo como se ama en nuestro país, con una pasión infinita, pero susceptible de un odio tremendo si es defraudada, y a tal estado llegaba ya, que si vos no me hubieseis dicho nada, yo habría roto este silencio que me hacía daño.

-Gracias, Alina, gracias; no podéis comprender cuánto bien me hacéis con esas palabras; he sufrido tanto callándoos la pasión que me consumía!...

-Pues ya han cesado vuestros sufrimientos y los míos, hoy sólo debemos pensar en que nos amamos, pero...

-¿Qué? Alina hablad -le dijo Mario sorprendido de la interrupción de la joven.

Esta vaciló todavía algunos momentos; pero instigada suavemente por su amante, le dijo:

-Creo que será inútil que os diga, que antes que a nuestro amor nos debemos a nuestra venganza.

-No os comprendo.

-El amor -le contestó Alina- es siempre exigente; ¿no es cierto?

-¡Oh! Ya lo creo; como que esto forma la mejor parte de sus encantos.

-¿Según eso , vos?...

-¡Alina!

-Pues sobre eso quiero hablar; comprendo perfectamente que entre dos almas que se amen, esas exigencias sean muy naturales y muy justas; pero nosotros estamos hoy fuera de la regla común; tenemos una misión que cumplir, y hasta entonces no debemos abandonarnos a nuestro cariño: ¿me habéis comprendido ahora?

-Sí, Alina; os comprendo y os admiro.

-¿Y consentís?

-Sí -dijo con no muy seguro acento el joven.

-Gracias, Mario, gracias; ahora creo que os adoro más.

Y la dama tendió su mano al joven.

Lo atrajo hacia sí, y antes de que él pudiera comprender la idea de su amada, acercó ésta los labios a su frente.

Al contacto de aquellos labios ardientes se estremeció Mario, y atrayendo a su vez a Alina, unió su boca con la de su amada.

-Basta -le dijo ésta- ya hemos santificado nuestra unión; ahora nuestra venganza.

-Tenéis razón; no podemos entregarnos a esta hasta que no hayamos cumplido con aquella. Me han dicho que habéis estado en casa del conde.

-Sí; tenía necesidad de hablarle y de sacar partido también del lance que a su pobre hija le ocurrió la otra noche.

-¿Le habéis dicho algo de Luisa?

-Precisamente ese fue mi principal objeto.

-¿Le habréis dicho quién era?

-No he tenido otro remedio.

Y Alina refirió a Mario toda la escena que nuestros lectores han presenciado en casa del conde.

Cuando concluyó, dijo el joven:

-Parece imposible que ese hombre sea tan duro, que no vea en todo cuanto le sucede el justo castigo de la Providencia.

-Mucho ha llorado; pero presumo que tiene mucho que llorar todavía. Por supuesto, que lo que se puede sentir es lo que sufren otras personas por su culpa.

-¿De modo que Luisa no puede abrigar esperanza alguna?

-De momento, no.

-Eso quiere decir que confiáis para más adelante.

-Sí; he concebido un proyecto.

-¿Cuál?

-Necesito saber dónde está la duquesa de la Jaridilla.

-¡Ah! Comprendo.

-Procurad averiguármelo, y quizás lo que yo no he podido conseguir, lo alcance la duquesa.

-¿Y Azucena?

-Cuando sea necesario, se presentará también.

-¿De modo que estáis resuelta a jugar eltodo por el todo?

-Sí; la suerte de esa pobre criatura me ha interesado tanto, que estoy dispuesta a hacer cuanto sea posible en su favor.

-Ya sabéis que, aun en esto, que es exclusivamente vuestro, podéis contar conmigo.

-Hoy no debéis decir ya que esto es exclusivamente mío; la protección que vamos a ejercer respecto a Luisa es de los dos.

En este momento apareció en el aposento uno de los criados anunciando la presencia de Luisa.

Capítulo LXII. Para qué llamaba doña Catalina a don Tadeo

Don Tadeo era el mismo ser zalamero, adulador, astuto y sagaz a quien hemos visto en casa de Paca.

Un día dijo doña Catalina a Gil Pérez:

-Necesito que me proporciones un hombre discreto, un malvado a quien yo pueda tener siempre en mi poder para evitar que me haga traición; pero que tenga talento, que no carezca de formas, y al cual se le pueda dar una idea para que la desarrolle.

-¿Qué piensas hacer de ese hombre? -le preguntó Gil Pérez.

-Un agente diestro para todos mis negocios, una persona que pueda suplirte, cuando tú, por efecto del cargo que desempeñas junto a Floridablanca, no puedas trabajar por mí.

-Está bien; pero cuida de engañarme.

-Te advierto que lo necesito viejo, o cuando menos de una edad que pueda alejar toda clase de sospechas.

-Dices bien. Tendrás lo que deseas.

Precisamente a la sazón había en Madrid, y estaba en la cárcel de la villa, un individuo que había sido agente político del embajador español en Roma, el cual le había remitido a España, acusándole de infidelidad.

Por su destreza, por su astucia, por su sagacidad había conseguido alcanzar aquel puesto, y efectivamente había llegado a prestar muy buenos servicios; pero llegó un momento en que se le descubrió que a la vez que cobraba del gobierno español, estaba también cobrando de la corte pontificia, y reduciéndole el embajador de España a prisión, envióle al ministro Floridablanca para que se le juzgara con arreglo a la felonía cometida.

Floridablanca mostróse inexorable con él, y la suerte de don Tadeo, que tal nombre llevaba el pobre diablo, era bastante crítica.

En este estado tuvo lugar la petición que doña Catalina hizo a Gil Pérez.

El joven secretario de Floridablanca dirigióse hacia la cárcel de villa un tanto pensativo, porque el asunto era de suyo espinoso y comprometido, y como que por efecto de la posición que ocupaba cerca del ministro, era conocido en la cárcel y conocido también de don Tadeo, una vez en presencia de éste, apresuróse a entrar en materia, diciendo:

-Amigo don Tadeo, vengo en nombre de una persona que se ha interesado por vos, aun cuando a la verdad poco interés merecéis habiendo sido tan torpe vuestra conducta, y deseo que tengáis en cuenta el verdadero estado en que os halláis.

-Os confieso con entera ingenuidad -repuso el redomado viejo que desde luego comprendió que se le necesitaba- que no he podido comprender bien lo que me queréis decir.

-Negaros que vuestra posición es un poco crítica, me parece que sería una necedad.

-Desde luego, porque yo mismo lo conozco.

-Por lo tanto creo que estáis en el caso de aceptar cualquiera proposición razonable que tienda a mejorar vuestra situación.

-Hablad, explicaos; que presumo no ha de ser difícil que nos entendamos.

-Es el caso, como os he dicho antes, que hay una dama que se interesa por vos.

Lo cual quiere decir que me necesita.

-Creo que aún más la necesitáis vos, y os digo esto a fin de que no tengáis exigencias exageradas que no habían de contribuir más que a perjudicaros.

-¿Cómo no he de comprender que necesita de mí esa dama, cuando si así no fuera pudiera muy bien haberse dirigido a cualquier otro?

-Paréceme que pecáis un tanto de presuntuoso, señor don Tadeo.

-Y vos de reservado, señor don Gil.

-¿En qué os fundáis para ello?

-En lo mismo que vos para lo otro.

-Dejémonos de palabras inútiles, y vamos realmente a lo que importa.

-Precisamente eso es lo que estoy deseando.

-Una dama, como os he dicho, oyéndome hablar respecto a vos, y como que el asunto vuestro ha dado tanto que decir, manifestóme su interés de tal manera, que juzgué oportuno ponerme a su disposición para veros.

-¿Y qué desea de mí esa dama?

-En primer lugar, que seáis discreto, obediente, reservado y habilidoso.

-¿Y qué servicios exige?

-Ella misma os los dirá cuando a ella os presentéis.

-Pero si tan mal están mis negocios, si tan desgraciada es la suerte que me amenaza, ¿cómo va esa dama a conseguir mi libertad?

-Si no la obtiene de un modo, la obtendrá de otro -repuso Gil Pérez bajando la voz.

-¿Es decir que se trata de mi evasión?

-¡Ya lo creo! Pero es necesario que no perdáis de vista el que continuáis más sujeto que antes.

-No comprendo.

-Desde el momento en que salgáis de la cárcel, quedáis a merced completa de la dama de que os hablo, y es preciso que le seáis tan fiel, y la sirváis con tanta lealtad como merece serlo la persona que con una sola palabra suya pudiera sumiros después en un lóbrego calabozo.

Don Tadeo quedóse pensativo un momento.

La proposición era tentadora; pero también el compromiso con que se le amenazaba era verdaderamente grande.

-Podéis pensar todo el tiempo que gustéis -déjole Gil Pérez- pero en el momento en que os decidáis, tened en cuenta lo que hacéis, porque la dama de que os hablo, será inexorable, y yo que he mediado en este asunto, lo seré quizás más que ella.

-Y decidme, señor Gil, ¿cuánto irá ganando en ese negocio?

-Por de pronto ganáis la libertad, que me parece es un beneficio harto importante.

-No os lo niego; pero cuando van a hacerse cierta clase de trabajos, cuando hay comisiones particulares que evacuar...

-¿Quién os ha dicho tal cosa?

-Es una deducción lógica, pues presumo que esa dama no será tan filantrópica que ponga en libertad a un pícaro como yo por el solo placer de hacerlo.

Gil Pérez se mordió los labios.

-Se os pagará con arreglo a la importancia de los servicios que prestéis.

-¿Y cuándo no tenga servicios que prestar? Porque debéis comprender, mi excelente señor, que si no se presenta ocasión en algún tiempo de prestar servicio, no sería justo que me muriese de hambre, o me fuese a servir a otro dueño.

-Por ningún estilo.

-Ya veis si tengo razón.

-Pues bien; se os darán treinta ducados al mes, y las comisiones o servicios especiales serán recompensados según su importancia.

-Eso ya es otra cosa.

-Pensadlo bien, sobre todo, porque como vos tenéis propensiones a la infidelidad, si aquí cometieseis alguna, podría, según os dije antes, costaros sumamente cara.

-Descuidad, que la experiencia me ha servido.

-¡Quiéralo el cielo!

Don Tadeo aceptó.

Su fecunda imaginación sugirióle los medios para engañar a la dama cuando lo creyese necesario, y la posición que se le ofrecía era sumamente ventajosa para que no la aceptase.

En su consecuencia, pocos días después, y precisamente cuando estaba ya a punto de verse la causa, evadióse don Tadeo de la cárcel, sin que a pesar de cuantas diligencias se habían practicado, se le hubiese podido encontrar.

Y natural era que así sucediese.

El viejezuelo se hallaba oculto en el mismo palacio de doña Catalina.

Una vez que hubieron pasado los primeros momentos de peligro, dijo ésta llamando a su presencia a don Tadeo:

-Ya habéis visto lo que hice por vos; pues tened en cuenta que del mismo modo que soy poderosa y fuerte para defender a los que me sirven bien, soy dura e inexorable con los que me engañan. Estáis advertido ya; obrad como más conveniente creáis.

Don Tadeo adoptó las precauciones que la misma doña Catalina le indicó, y cambiando de domicilio y hasta de hábitos y costumbres, trasladóse desde el barrio de Maravillas, donde siempre había residido cuando estaba en Madrid, al del Rastro, donde era totalmente desconocido.

La casualidad hizo que fuese a vivir a la misma casa donde vivía Paca. Pero como ésta, a la sazón, no se hallaba en ella, porque la noche anterior había ocurrido el rapto de que ya tienen noticia nuestros lectores, ni vio a la joven en aquel día, ni se enteró tampoco de las circunstancias por efecto de las cuales no estaba en su casa.

Por el momento, lo que a don Tadeo le convino fue orientarse respecto a la vecindad que tenía y a los elementos de que podía echar mano en caso de necesidad.

Todos los días se presentaba en casa de Catalina apenas había cerrado la noche, por si algo se la ofrecía, según quedaron convenidos, y a esta obligación no faltó un momento, dedicando los restantes a enterarse minuciosamente de todo lo que podía importarle referente a las gentes de su casa.

El día en que doña Catalina le envió a llamar, precisamente era el mismo en que había visitado a Paca, pues había visto en su casa al poeta Ramón de la Cruz, el torero Joselito, al pintor Vicente González, a don Luis de Guevara, y a algunos otros caballeros que no se desdeñaban de frecuentar el trato de las majas como Paca la Salada, Lola la Zapatera, y Concha, que eran las que realmente ponían la ley en aquellos barrios.

Una vez en presencia de la dama el vejete, inclinándose respetuosamente ante ella, le dijo:

-¿Qué tiene que mandarme la noble dama doña Catalina de Sandoval?

-Ha llegado el momento de servirme -repuso ésta con acento breve e imperioso.

-Mandad, que bien sabéis soy vuestro humilde siervo.

-¿Conocéis por casualidad, o habéis oído acaso alguna vez hablar de un caballero que se llama don Luis de Guevara?

Al escuchar este nombre no pudo menos de felicitarse el viejezuelo por la casualidad que aquella misma mañana le había conducido a casa de Paca, donde indudablemente pensaba adquirir las noticias respecto a las que dolía Catalina le pudiera decir.

Así fue que contestó sin vacilar:

-Sí, señora; tengo esa honra.

-¿Y de qué le conocéis?

-¡Oh! Eso fuera muy largo de contar -repuso don Tadeo dándose importancia- básteos, saber, señora, que le conozco del mismo modo que conozco también a otra porción de personajes.

Capítulo LXIII. Doble misión que recibe don Tadeo.-Los celos de doña Catalina

Sorprendida quedó doña Catalina escuchando al viejezuelo que era muy conocido de don Luis, y hubiera deseado alguna explicación respecto a un conocimiento que, dadas las condiciones distintas de entrambos personajes, no podía menos de reconocer un origen sumamente interesante.

Sin embargo, dominó aquella curiosidad, puesto que el mismo don Tadeo parecía eludir el dar explicación alguna, y puesto que lo principal para ella estaba conseguido, toda vez que su servidor conocía a la persona que ella deseaba, le dijo:

-¿Pero vuestras relaciones con don Luis son de simple conocimiento de la persona, o de trato íntimo?

-Hasta ahora han sido de mero conocimiento; pero mañana, si os agrada, podrán convertirse en relaciones íntimas.

-No comprendo lo que queréis decir.

-Me parece, señora, que para serviros no tenéis tampoco necesidad de conocer más. Decidme lo que deseáis, y yo os prometo satisfaceros cumplidamente.

Doña Catalina quedó pensativa durante algunos segundos.

Fijó sus ojos en su interlocutor con una marcada expresión de curiosidad, y hubo sin duda de desistir en el conocimiento que se proponía adquirir respecto a lo que pasaba en el fondo de su pecho, porque separó la vista con disgusto, murmurando:

-Vamos, es inútil cuanto haga.

-¿Decíais, señora? -exclamó don Tadeo, que había conocido perfectamente lo de que se trataba.

-Nada. Decía que necesito me sirváis con entera fidelidad; que lo que os voy a decir no salga jamás de vuestros labios; pues sabiendo, como sabéis, que os halláis en mi poder, la menor imprudencia os podría costar muy cara.

-Inútil es, señora, que me hagáis semejante advertencia; conozco perfectamente lo que os debo, mi noble y excelente señora, y no debéis por ningún estilo sospechar en mí la más leve sombra de felonía.

-Sin embargo, no creo que esté de más el advertiros...

-Nada debéis advertirme, porque sé las obligaciones que tengo respecto a vos.

-Siendo así, es preciso que a todo trance y sin mezclarme en ello para nada, puesto que si yo hablo y obro así, lo hago en nombre de una amiga a quien deseo servir, es preciso, os repito, que me averigüéis de un modo exacto lo que hace don Luis de Guevara.

-Lo sabréis.

-Quiero conocer su vida, hora por hora; quiero saber sus amores, sus amistades, todo, en fin, lo que constituye la existencia íntima de una persona.

-Está bien, señora.

-Pero, guardaos bien de que pueda apercibirse que soy yo quien os dio semejante encargo.

-¿Creéisme tan falto de razón que no sepa las condiciones de una tan noble dama como vos, para que os fuese a comprometer?

-Está bien.

-De momento, puedo deciros casi que el caballero don Luis de Guevara gusta de la vida de la gente alegre.

-¿Cómo?

-Da la coincidencia de que en la casa que habito viven algunas majas, y precisamente nuestro don Luis va a verlas con sobrada frecuencia.

-¿Cómo habéis dicho? ¿Sospecháis que don Luis ame a alguna?

-Ni lo negaría ni me atrevería a asegurarlo tampoco -repuso el truhán que había sonreído imperceptiblemente escuchando el acento empleado por la dama, comprendiendo que era una cuestión de celos únicamente la que así la obligaba a obrar.

-¿En qué os fundáis para ello? -volvió a preguntar doña Catalina cada vez más interesada.

-En que le veo con mucha frecuencia en aquella casa, en que una de las majas especialmente es bastante hermosa, y en que el don Luis ha tenido siempre fama de ser muy enamorado.

-¡Oh! Callad -exclamó la dama sin poderse contener.

-Perdonad, señora, no había creído ofenderle, ni tampoco ha sido ese mi ánimo.

-Está bien; haced lo que os he dicho y procurad cumplir el encargo pronto y bien.

Don Tadeo comprendió que su misión estaba concluido.

Sin embargo, quiso asegurarse algo más y dijo:

-Pero en el caso en que saliesen ciertas las presunciones respecto a la existencia del tal don Luis, en el caso de que estuviere prendado de alguna de esas hembras de que os hablé, ¿qué debo hacer?

-Herir sin piedad ni gracia -contestó doña Catalina con implacable acento.

-¿Cómo?

-Quiero decir -repuso la dama conteniéndose inmediatamente- que con don Luis tiene esta amiga mía motivos particulares de resentimiento. Y si él persiste en su impertinencia, y se entrega a vergonzosos e inconvenientes amores, podréis obrar de manera que quede completamente castigado, con lo cual presumo que habéis de complacer mucho a mi amiga.

-¿Y bajo qué forma puede darse ese castigo?

-Eso es cosa vuestra; no soy yo quien debe daros el patrón de ello. Puesto que tenéis talento y no os falta maldad procurad que el castigo esté siempre en relación con la falta cometida.

Don Tadeo salió de casa de doña Catalina plenamente convencido de que ésta amaba a don Luis, que don Luis la habría amado algún tiempo hasta que se excusó de ello, y que deseando vengarse del ingrato que la había olvidado, confióle a él la misión de hacerlo.

Pensativo iba nuestro hombre por la calle, pensando en los medios de realizar en todas sus partes el deseo de doña Catalina, cuando de súbito viose detenido por un individuo que le dijo, dándole una palmada en el hombro:

-¿Qué es eso, don Tadeo? ¿Ya no se acuerda su merced de los buenos amigos?

Alzó los ojos el taimado viejo, y al ver la persona que ante sí tenía, que era un mocetón de algunos treinta años, alto, grueso, fornido, cejijunto, mal encarado y poco simpático, no pudo menos de decir:

-¡Calle! ¿Sois vos, mi querido señor Gaetano?

-El mismo que viste y calza.

-¿Y el señor marqués Adelfi?

-Retiénele en el lecho cierta estocada que le puso a dos dedos de la muerte, y precisamente hace dos o tres días que os estuvo nombrando.

-¿De veras? ¡Qué excelente señor! ¡Acordarse de un personaje tan ruin como yo! ¿Y qué decía, amigo Gaetano, qué decía?

-Que si os tuviera a mano, había de confiaros una empresa de gran importancia.

-¿Y creéis piense todavía del mismo modo?

-Sí tal.

-Forzoso será acudir entonces a su presencia, que el ilustre marqués era persona que pagaba bien; ¿os acordáis, Gaetano?

-¡Ya lo creo! Y doy gracias al diablo por esta casualidad, pues tenía encargo de buscaros.

Don Tadeo había servido en Italia, como ya hemos dicho, de agente secreto al embajador de España en Roma.

Con éste motivo había recibido distintas misiones para el reino de Nápoles, y como que el marqués Adelfi, padre de nuestro héroe, era muy importante personaje, por medio de él había conocido a su hijo, a quien había servido también en algunas de sus empresas amorosas.

Gaetano era una especie de bravo, mitad bandido, mitad mayordomo que el joven marqués tenía a su servicio, y como que los bribones se entienden fácilmente, él y don Tadeo supieron hacerlo durante el tiempo que éste permaneció en Nápoles.

De aquí su conocimiento, de aquí, según decía Gaetano, el deseo que el marqués tenía de encontrarle, y de aquí la alegría experimentada por el italiano al tropezar tan inesperadamente con él.

Entrambos tunantes se dirigieron hacia la casa del marqués.

Éste, como ya hemos indicado, hallábase convaleciendo de la herida que le había inferido don Luis.

Al ver al viejezuelo, exclamó:

-¡Gracias a todos los diablos del infierno que pareciste!

-Podéis creer, señor -contestó con su más meloso acento el aludido- que a saber que estabais en Madrid y que me necesitabais, hubiera acudido inmediatamente a vuestro lado.

-¿Y decís que no sabíais que estaba en Madrid, vos que todo lo sabéis, y que de todo os ocupáis? Vamos, maese, dejadnos en paz con vuestras excusas, y contestad categóricamente a lo que voy a deciros.

-Preguntad, señor marqués.

-¿Conocéis a un don Luis de Guevara, que pasa por ser uno de los caballeros más galantes de la corte?

Don Tadeo le contempló asombrado.

Verdaderamente era una coincidencia muy extraña que las dos personas que le habían buscado, quizás para cometer un crimen, tuvieran el mismo objetivo.

-¿Por qué me miráis así? -preguntóle sorprendido el marqués- ¿Acaso no conocéis a la persona de que os hablo?

-Le conozco perfectamente -repuso don Tadeo.

-Entonces, ¿qué quiere decir esa expresión de asombro?

-Que me sorprende que un caballero como vos, tenga motivos de resentimiento con don Luis, a quien siempre he creído...

-Concluid; ¿a qué viene esa detención?

-Le he creído algo loco; algo altanero si queréis, pero nada más.

-Será lo que queráis, pero a mí me estorba don Luis, y es necesario que me le quitéis de enmedio.

-¿Queréis que muera? -preguntó don Tadeo, que no pudo menos de estremecerse.

-Oídme unos momentos, maese bribón, y pensad después lo que habréis de hacer para complacerme.

Y el marqués púsose a referir entonces a don Tadeo todo lo que había mediado en el asunto de Lola, hasta el momento en que fue herido en su desafío con don Luis.

-¿Qué decís a esto, maese? -preguntóle cuando hubo concluido.

-Que tenéis razón en querer tomar la revancha, señor -repuso el miserable.

-Perfectamente. Veo que nos entendemos, y todavía nos entenderemos mejor. Necesito que veáis el medio de apoderaros de Dolores, y de otra maja muy amiga suya llamada Paca, inutilizando por de contado a todos los hombres que puedan estorbar la ejecución del plan que forméis.

-¿Es decir que vos no habéis pensado nada?...

-Nada absolutamente más que vengarme de don Luis, arrebatándole esa maja a quien, según noticias, ama, y castigando a Lola por su esquivez.

-Está bien -repuso el vejete con aire pensativo.

-¿Qué os parece? ¿Saldréis bien con vuestra empresa?

-De otras más difíciles he salido, con que me parece que también saldré de esta.

-No economicéis nada, y por lo que pueda ocurrir, sabed que tengo una casa a propósito donde poder llevar a las mujeres.

-Muy bien; eso ya es una ventaja.

-Aprovechadla, y formad un plan acertado.

Poco después don Tadeo abandonaba la casa del marqués, sumamente preocupado por lo que acababa de oír.

Capítulo LXIV. Cómo se habían reunido los libertinos

La extraña proposición hecha por el marqués Adelfi, no habrá podido menos de extrañar a nuestros lectores, aun cuando por lo poco que de este personaje hemos indicado, ha debido comprenderse todo lo de vengativo que tenía su carácter.

En esta ocasión, su venganza había recibido un poderoso, incentivo.

Uno de sus amigos, precisamente el compañero en todas sus calaveradas, tan libertino y pervertido como él, el barón del Pinar, había estado a verle dos o tres días antes.

De igual manera que el marqués se había prendado de Lola la Zapatera, el barón había encontrado que Paca era sobradamente hermosa para que pudiera ser prenda de algun chispero de los del barrio de Maravillas, o de algún manolo de los del barrio del Avapiés.

De igual modo que el marqués había entrado algunas veces en la botillería de Canosa, en ocasión en que se hallaban en ella las tres majas, acompañadas de Vicente, Joselito, y de algún otro compañero de éste, y como ambos eran conocidos lo mismo de los toreros que del pintor, acercábanse a las mesas, y pasaban en sabrosos pláticas hasta el momento en que los hermanos del Pecado Mortal comenzaban su ronda, momento en que terminaba la tertulia.

Hubo un momento en que el barón, acechando una ocasión oportuna, se aproximó a la maja en los momentos en que ésta iba también a hacer entrega de sus labores y a visitar algunas de sus amigas, y deteniéndola, le dijo:

-Pero, vamos a ver, Paca, ¿es posible que hayáis de mostraros tan esquiva conmigo?

-Señor barón, las mozas de mi clase, si son poco para llegar a convertirse en usías, son mucho para descender hasta mancebos.

-Pero es que yo os quiero mucho.

-Y yo agradezco ese amor; pero no puedo hacer nada más.

-Es que me estoy muriendo por ti -proseguía el barón apeando ya el tratamiento a la joven.

-Pues, señor barón, que avisen a la parroquia para que le cubran a usía los sepultureros.

-¿Tomas a burla lo que te digo?

-Si en serio lo tomase, no volvería usía a escuchar una palabra de mis labios.

-¿Por qué?

-Porque a quien me ofende, sé castigarle como merece.

-Está bien; pero no olvides que a pesar de cuanto de él dudas, mi cariño es cierto; que una gota de agua consigue horadar una peña, y que si tu corazón es de roca, mi amor tiene confianza en ser el agua que le quebrante.

-Vamos, usía no sabe sin duda lo que se dice.

-Por saberlo tanto, te hablo de esa manera.

-Vamos, señor barón, aléjese de mi lado, que yo no merezco semejantes compañías.

-Es que yo quiero acompañarte.

-¿Pero es que no comprende usía, que no gusto yo de lacayos con tan noble librea?

Y la maja se detenía, cuadrábase delante del barón de tal modo, que éste avergonzado, y no queriendo quizás provocar un escándalo, alejábase de Paca, no sin murmurar:

-Por más que tú digas, tarde o temprano has de caer en mi poder.

Como que precisamente se hallaba en el mismo caso que el marqués, contábanse uno y otro recíprocamente el escaso adelanto que hacían en sus amores, y en el medio empleado por el italiano para alcanzar el amor de Lola, vio el barón la marcha que debía seguir.

Sin embargo, el inesperado desenlace que tuvo aquella aventura obligóle a meditar algo más.

Lo mismo que el marqués, pertenecía a la asociación de los Caballeros del Amor, y fácilmente podía exponerse al mismo percance que el marqués, si la joven era violentamente conducida a aquella casa.

Podían en buen hora celebrar todas las bacanales, todas las orgías, todas las fiestas en que de buena voluntad tomasen parte las mujeres que les acompañaban; pero por ningún estilo podían hacerlo con mujeres que fuesen conducidas allí por medio del engaño o de la ficción.

Conociendo esto el barón, buscó una casa a propósito para llevar a cabo sus planes, fingiendo al mismo tiempo haber desistido del amor que manifestaba a la maja.

Por otra parte, Paca no estaba para apreciar el inesperado cambio verificado en la conducta de su perseguidor.

Merced a la especie de alejamiento fingido por éste, no conoció, o por lo menos no pudo tener, si lo advirtió una noticia exacta respecto a lo ocurrido a Paca durante los días que permaneció fuera de su casa.

Lo mismo Vícente, que Joselito y don Luis, callaron aquel suceso, y como que cada uno de los interesados en él no tenían gran interés en que se descubriera, el barón, si bien supo que Paca faltaba de su casa, no conoció la verdadera razón que para ello había.

El espionaje que tenía establecido era sumamente ligero, hallándose reducido tan sólo a enterarse de si en casa de la joven entraba algún galán, y si éste la acompañaba cuando salía a la calle.

Como que nada de esto había, no supo ni la existencia de Luis en la casa, ni el rapto de la maja.

Sin embargo, desde el momento que ésta regresó a su casa, las noticias del barón variaron completamente de aspecto.

La maja tenía un galán.

Y este galán no sólo la acompañaba cuando bien lo parecía, sino que iba a verla a su casa.

Semejantes noticias no pudieron menos de hacer un efecto extraordinario en el barón.

Puesto ya éste sobre aviso, bien pronto averiguó que el galán de Paca, o por lo menos quien ellos se presumían lo fuese, era el caballero don Luis de Guevara.

Este descubrimiento acabó de llenar de cólera al barón.

Mas sin embargo, hábil en el disimulo, más a propósito para las guerras de emboscadas y de astucia, que para las guerras leales, disimuló perfectamente su despecho; pero en cambio activó con doble violencia los medios que pensaba emplear para conseguir su objeto.

En su consecuencia, juzgando más conveniente para sus planes que fuese el otro el que tomase sobre sí la responsabilidad de aquella empresa, dirigióse hacia la casa del marqués Adelfi.

Éste me sacará del apuro -dijo.

Y en armonía con esta idea, apenas se presentó en sus habitaciones, le dijo:

-Vamos a ver, ¿en qué disposición te encuentras, Julio?

-¿Sobre qué? -exclamó el marqués sorprendido por la pregunta de su amigo.

-No es para una aventura activa.

-Pues no te comprendo.

-¿Acaso has resuelto abandonar la aventura que te ha puesto en el estado en que te hallas?

-¡Oh, no! -exclamó el marqués cuyo rostro tomó una expresión implacable.- Yo le juro a don Luis, que tan luego pueda abandonar este fementido lecho, ha de darme cumplida cuenta de esta herida.

-¿Y es eso todo lo que anhelas?

-¿Cómo?

-¿Es decir que te resignas con la burla de que Dolores te hizo objeto?

-Jamás.

-¡Bravo! Así es como quiero verte -repuso el barón que no había podido menos de sentir alguna inquietud ante el silencio de su amigo respecto a aquel asunto.

-¿Por qué me has dicho eso? -preguntó éste.- ¿Sabes algo acaso?

-Sé muchas cosas respecto a las cuales he venido a hablarte.

-¡Hola, hola! habla.

Y el marqués se incorporó en la cama, vivamente interesado por lo que acababa de decirle su amigo.

-¿Es decir que deseas vengarte de Lola y de su amante?

-Y de todos los que me han ofendido. ¿Acaso crees tú que puede satisfacerme pensar que todos ellos están gozando ahora con mi daño?

-Pues yo voy a comunicarte algo que ha de encenderte más en ira.

-Habla; concluye de una vez, porque con todas estas reticencias me vas enojando ya. ¿Acaso Paca se ha suavizado algo contigo?

-Absolutamente nada; por el contrario, he sabido lo suficiente para desear que de una vez le pongamos término a lo que tanto nos molesta.

-Según eso, ¿tú has pensado algo ya?

-No; he venido aquí para que entre los dos lo combinemos.

-Pero...

-La cuestión es, que don Luis de Guevara ama a Paca.

-¡Cómo! ¿qué has dicho?

Entonces el barón púsose a referir a su amigo todo lo que ya conocen nuestros lectores respecto a este asunto.

-Perfectamente -dijo el marqués después que hubo concluido aquél- he aquí por donde vamos a quedar completamente vengados uno y otro.

-Esa es la misma idea que se me ocurrió a mí desde un principio.

-¿Es decir que tenemos, o mejor dicho, que tienes una casa donde en caso necesario pueden ser conducidas nuestras dulcineas?

-Sí; pero ¿de qué modo van a ir?

-Esa es la cuestión; que se hace muy necesario no excitar sus sospechas.

-Y cuenta tú que si ellos llegan a oler alguna cosa, han quedado inutilizados todos nuestros esfuerzos.

-Desde luego esa ha sido una de las razones que he tenido yo para venir a verte a fin de que combinemos el medio seguro para desembarazarnos de ellos y apoderarnos de ellas.

El marqués quedóse algunos momentos pensativo.

Realmente, dado su carácter vengativo y tenaz, la proposición que acababa de hacerle su amigo era realmente tentadora.

Como ya tuvimos ocasión de decir en otro lugar, Dolores para él, no era más que un empeño.

No sentía respecto a ella ese cariño, esa profunda simpatía, ese amor ardiente y abrasador que en momentos dados oscurece la mente, y que obliga al hombre a cometer locuras.

Habíale seducido la belleza de Lola, habíanle irritado los desdenes de la joven, creció su afán con la burla que de su esperanza hizo don Luis, y cada día que pasaba anhelaba con mayor violencia su curación a fin de tomar venganza cumplida, tanto en el hombre que de un modo tan inesperado le arrebató su presa cuando más segura la creía, como en la mujer que tantos y tan repetidos desprecios le había dado.

Uniéndose ahora a su venganza particular el saber que don Luis amaba a Paca, aumentó el gozo que le producía la idea del daño que podría causar el satisfacer las aspiraciones de su amigo, y en su consecuencia, dedicóse a buscar cuál sería el mejor medio que podría emplear para realizar su propósito.

Al cabo de un buen rato de reflexión, exclamó:

-Si yo tuviera aquí a un don Tadeo que conocía en Nápoles, pronto nos habría él sacado de todos los apuros.

-¡Y qué! ¿no está aquí?

-No lo creo; en fin, le daré encargo a Gaetano para que vea si le puede encontrar.

-¿Y si no está, hemos de abandonar por eso nuestra empresa?

-Por ningún estilo; entonces pensaremos lo que debemos hacer.

-¿Y por qué no lo pensamos desde ahora?

-Déjame, que harto he hecho escuchándote; no te impacientes, que tiempo de sobra nos quedará para pensar.

El barón, que como ya hemos dicho, quería, como vulgarmente se dice, sacar el ascua con mano ajena, no quiso insistir más por el momento, y dejó a su amigo que resolviese aquel asunto como más conveniente juzgara.

El marqués llamó a Gaetano, que era un criado, como sabemos, en completa armonía con su amo, y le dio el encargo de que viera de encontrar a don Tadeo.

Gaetano dedicóse sin perder momento a cumplir el encargo de su señor; pero, desgraciadamente, a pesar de haber concurrido a todos los sitios donde las gentes de su especie tienen por costumbre asistir, no pudo dar con la persona que buscaba, hasta que la casualidad le deparó su encuentro en el momento que ya han visto nuestros lectores en otro lugar.

Capítulo LXV. Singulares coincidencias.-Cómo suelen encontrarse las personas que menos se buscan

Don Tadeo estaba sumamente orgulloso de las dos misiones que se le habían confiado.

Porque estaba seguro de que cualquiera de los dos habría de dejarle, no solamente la gran ganancia de aquel negocio, sino la fama que había de proporcionarle, puesto que siendo tan elevada la categoría de aquellos personajes, no habían de dejar de recomendarle para otros asuntos del mismo jaez.

Se le habían dejado elegir los medios para inutilizar a las personas que podían estorbarle, y como que era para don Tadeo punto de honra el salir bien de aquel asunto, dedicó todos sus esfuerzos a conseguirlo.

Doña Catalina habíale dado un medio; pero este se ceñía exclusivamente a don Luis, que era quien a ella le interesaba.

Era menester que aquel medio se hiciese extensivo para todos.

Era preciso que todos ellos quedasen heridos por el mismo golpe a fin de que no fuese fácil que el que quedase libre inutilizara sus esfuerzos.

-Pues, señor -murmuró el bribón después de largas horas de haber estado meditando- la verdad es, que no encuentro medio más aceptable que el de la conspiración; pero este tiene un mal, y es que doña Catalina podrá hacer cuanto le dé la gana respecto a don Luis para evitar el que salga de la cárcel, o que a mí me persigan a consecuencia de lo que don Luis pudiera declarar; pero, respecto a los otros, ya no estamos en el mismo caso, y la cosa más insignificante basta para verse uno en un compromiso; así es que aquí tenemos que pensar el medio que ha de emplearse con el uno y con los otros, medio que, sin embargo, vaya ligado de tal manera con la acción principal, que no forme más que una. Para esto es necesario que pensemos un poco, mejor dicho, es necesario encontrar una prisión aparente donde poder llevar a Joselito y a Vicente, y que me los aseguren allí hasta que sea necesario. En cuanto a ellas, aun cuando sobre una, puesto que para mi el encargo es únicamente de Paca y de Dolores, ya se arreglarán ellas por allí, y una mujer que es joven y es guapa encuentra fácilmente acomodo. Con que así, lo más esencial es una casa que reúna las condiciones que yo necesito para el plan que me he propuesto.

Don Tadeo prosiguió reformando o modificando en cuanto le fue posible el plan que conviniera, y dedicóse, como había dicho, a buscar la casa que mejor respondiera a su objeto.

Informándose entre la gente que mejor podía servirle, habláronle de un cierto individuo que tenía una venta en extramuros de Madrid, más allá de la famosa puerta Segoviana, llamado el tío Langosta, el cual tenía la conciencia lo suficiente ancha para no retroceder ante ningún crimen.

Habláronle ventajosamente de lo retirado y tranquilo de aquel sitio, de la astucia y de la sutileza que el ventero desplegaba para engañar a todo el mundo y para que las autoridades nada pudiesen sospechar, y como que precisamente estas condiciones le convenían por completo, aprovechó un momento oportuno para trasladarse allí y tratar como se debía el asunto que tanto le importaba.

Sobrado conocido nos es ya el tío Langosta por el tiempo que en su casa permaneció Paca, y por las conversaciones que entre él y Simón habían mediado.

Uno y otro eran maestros en el arte de las sutilezas y del disimulo, y durante algún tiempo estuvieron observándose recíprocamente, como hacen dos tiradores de primera fuerza cuando la suerte o la casualidad les coloca frente a frente.

Sin duda el conocimiento de su propia fuerza debió recíprocamente inspirarles confianza, porque el tío Langosta dijo:

-Vaya, señor mío, deje su merced de andarse con repulgos, y dígame a lo que viene. Uno y otro paréceme que valemos algo más que muchas gentes que nos rodean; por lo tanto abandonemos esos medios vulgares de tratar de engañarnos uno a otro, y dígame su merced qué quiere de mí, que yo a mi vez le pediré lo menos posible por el servicio que le haga.

-Pues bien, maese, así me agradan a mí las gentes; hablemos como dos compañeros que tratan de hacer un negocio beneficioso para entrambos.

-Es que debo advertir a su merced una cosa -dijo el ventero.

-¿Qué?

-Que si ha de venir su merced haciendo ocultaciones de algún género, y no refiriéndome más que a medias lo que desea, le vale más, mucho más callárselo todo, porque yo no soy de los que se contentan con medias confidencias.

-Pero habéis de tener en cuenta, que a veces hay secretos que a uno no le pertenecen, y que por lo tanto no puede ni debe hacer uso de ellos.

-Mire su merced que yo soy perro viejo, que no comulgo con ruedas de molino, y comprendo bien que cuando ha venido a verme, es porque me necesita, y necesitándome, justo es que trate de saber realmente de lo que se trata.

-Pero...

-Nada más me hable su merced; yo soy así, clarito, y digo lo que siento.

Don Tadeo comprendió que se hallaba a merced del ventero.

Éste era sobradamente astuto, como ya hemos dicho; conocía la situación en que se hallaba, y trataba en su consecuencia de sacar el mejor partido de ella.

Por otra parte, como había dicho muy bien, gustábale conocer detalladamente los negocios en que tomaba parte, resultando de aquí, que como su curiosidad se había excitado con lo que ya le había dicho don Tadeo, quería llegar hasta el fin en sus descubrimientos.

Éste, a su vez, no era aficionado a entregarse con tanta facilidad; mas en aquellos momentos no tenía más remedio que hacerlo, porque si se le cerraba a la banda en absoluto, el ventero no quería ayudarle, podía realmente encontrarse en un grave compromiso.

-¿Sabéis, maese, que sois sobradamente exigente?

-Líbreme Dios de semejante cosa -repuso hipócritamente el tío Langosta, pero póngase su merced en mi lugar, y obraría de igual manera.

-¿Es decir, que está dispuesto a no ayudarme, en el caso de que no quiera decirle?...

-Ya se lo he dicho.

-¿Y me promete usted reservar cuanto yo le diga?

-¡Hombre de Dios! Eso no se dice siquiera. ¿No comprende que tan interesado estoy yo en callarlo, como lo está su merced?

Don Tadeo comprendió que en aquello tenia razón el viejo, y en su consecuencia, le refirió respecto a la misión que tenía, todo lo concerniente a la cuestión de las majas, sin revelarle el nombre de quien obraba.

Sin embargo, como en su conversación hubo de pronunciar algunos nombres que el ventero conocía ya, por habérselos oído a su compadre Simón, púsose en guardia, principió a hacer preguntas, don Tadeo no tuvo otro remedio que contestar, llegando finalmente a saber el tío Langosta casi lo mismo que sabía don Tadeo.

Éste, para concluir realmente su misión, digámoslo así, le dijo cuando hubo concluido:

-Con que, maese, ya lo sabéis todo, ¿me ayudaréis ahora?

-Falta, señor, que hablemos de lo principal.

-¡Diablo! ¿y qué entendéis vos por lo principal?

-Lo principal creo yo que es, y mucho me extraña por cierto vuestro asombro, la cuestión de dinero, respecto a la cual nada me habéis dicho, siendo así que es lo de que primeramente debiéramos habernos ocupado.

-Es verdad, pero si omití deciros nada, en cambio para mí sabía lo que os había de dar, porque además del servicio que os he demandado, quiero pediros otro.

-Hable vuesa merced, que precisamente pagando bien yo estoy dispuesto a hacer todo cuanto se me pida.

-¿De veras?

-Ya lo verá su merced.

-Pues necesito seis hombres dispuestos a todo, y que sepan representar perfectamente el papel que les tengo destinado.

-¿Y no es más que eso?

-¿Os parece poco, maese?

-¡Ya lo creo! ¡Como que tengo yo un compadre que ni pintado para esas cosas!...

-Pero ¿y los demás? Como supongo que vuestro compadre no será más que uno sólo...

-Buscados por Simón, puede su merced descansar tranquilo.

-Pues, entonces, avisad a vuestro compadre; decidle lo que hay, y si le conviene el negocio, que me espere aquí mañana, que vendré al oscurecer.

-Una palabra antes que se marche su merced: ¿habrá cuchilladas en este negocio?

-¿Por qué lo decís?

-Porque cuantas mayores probabilidades haya de peligro, más caro se ha de pagar.

-Podéis decirle a vuestro compadre que se le pagará como si el peligro existiera.

-En ese caso, estamos entendidos.

-Entonces, hasta mañana al oscurecer.

-Hasta mañana.

Y don Tadeo abandonó la vivienda de aquel bandido con trazas de ventero.

Capítulo LXVI. Los dos compadres

Aunque tranquilo con las explicaciones que don Tadeo le había dado, no estaba sin embargo satisfecho Langosta de su completa sinceridad.

Sabía que aquel hombre era un tuno muy redomado, y a pesar de no faltarle a él una buena dosis de malicia y socarronería, sucedíale lo que a todos los que carecen de instrucción, que desconfían siempre de las personas instruidas y de cierta posición, porque les parece que en todo les engañan.

Hemos visto que, a pesar de los rodeos de que don Tadeo se había valido, no había tenido más remedio que confesar la verdad, y entregar su plan secreto a la discreción de Langosta.

Pero éste, luego que su interlocutor se alejó, quedó contemplándole un rato, y luego empezó a pasearse por delante de la venta, mientras pronunciaba el monólogo siguiente:

-Este don Tadeo anda siempre metido en unos negocios... la verdad es que con su protección podría uno ganarse muy bien la vida, si él fuera hombre de bien... pero no se puede tener confianza, porque. .. ¿quién confía en esa especie de picapleitos , que a lo mejor le hace a uno ver lo blanco negro?... Y eso que yo le paré a tiempo y le hice cantar claro... ¡Cantar claro!... Falta saber si verdaderamente cantó, o si me ha contado un cuento para salir del paso, y nada más... ¡Demonio! Esta gente leida y escribida le pone a uno en unos apuros, en unas dudas... casi, casi valdría más que no se acordaran de uno para nada... He aquí un hombre que no sabe qué hacer... estoy navegando entre dos aguas... Si le sirvo por una bicoca y él hace a costa mía un buen negocio, sería una lástima y hasta un desdoro para Langosta, que tiene fama de ser el más listo en diez leguas a la redonda, haberse dejado engañar por ese avechucho... pero ¿y si no le sirvo, y el negocio se presenta bien, y él se vale de otro, y ese otro se chupa la breva que yo debía chupar?... ¡Caramba! Tengo la cabeza como un bombo... Dejemos descansar esta idea un poco a ver si se me ocurre entretanto algún pensamiento bueno, y veamos si estos muchachos... ¡Tuerto!

El que había sido llamado de esta suerte, en virtud de la falta de un ojo que sufría, apareció en la puerta de la venta, diciendo.

-Aquí estoy.

-Acércate aquí.

-Ya estoy.

-¿Qué hace ese caballero que llegó hace poco?

-Está escribiendo ínterin se le prepara la comida.

-¿Mataste el gato pardo?

-Sí, señor; por cierto que está que parece un cabrito.

-Mejor; lo que has de procurar es que esté tierno.

-Lo estará, señor; ¡y echa un olor! Hasta aquí llega, y conforta.

-Bueno. ¡Valiente conejo se va a comer ese señor! ¿Y el caballo?

-Listo.

-¿Cómo listo?

-Quiero decir que ya le he puesto su correspondiente ración de paja, y le he dado a oler el medio celemín de la cebada.

-Eso, eso. Vaya, veo que eres un mozo aprovechado, Tuerto. Si así continúas, no te pesará haber entrado a mi servicio.

-Espero que siempre estará usted contento de mí. Yo sirvo con celo y buena fe; puedo tal vez equivocarme, porque todos estamos expuestos a ello, pero nunca lo hago con mala intención; y sobre todo, lo principal es que lo mismo sirvo para un barrido que para un fregado; a todo me avengo.

-Eso es lo prencipal, y más en estas casas, donde, como ves, tan pronto tiene uno que rozarse con un arriero, como con un personaje muy encopetado.

El Tuerto no mentía; lo mismo servía para un fregado que para un barrido, como en su lenguaje había dicho.

Era uno de esos caracteres que lo mismo se adaptan al bien que al mal. Todo dependía de los que le dirigían o le aconsejaban.

Déjase comprender que no era la venta del tío Langosta la mejor escuela de costumbres que se le proporcionaba.

Hacía poco tiempo que había entralo a servir en ella, y el ventero le había dado, y aun le daba diariamente, instrucciones que ya hemos visto lo morales que eran, y de qué manera el mozo las llevaba a cabo.

Pero no era eso sólo lo que Langosta buscaba en él.

Quería tener un confidente, un interlocutor, una especie de asesor en momentos dados, pues estaba acostumbrado a que sus dependientes le secundasen fielmente en sus proyectos.

Por otra parte, es sabido que la gente de su clase, por más que se hallen colocados en distinta categoría, suelen prescindir de ella con frecuencia, y tratar ciertos asuntos en el terreno de la amistad y de igual a igual.

Pero desconfiado y receloso, como a los de su esfera acontece, iba sondeando al mozo poco a poco antes de otorgarle su confianza.

En cambio el fámulo sostenía el examen perfectamente.

Podía en realidad sostenerle.

No era un criminal endurecido, no era todavía ni siquiera un bribón consumado.

Era lo que llamamos un mozo avispado, listo, dispuesto a ejecutar puntualmente lo que le ordenaban, y a ganar el jornal que por ello le pagaban.

Naturaleza egoísta y utilitaria, aquella manera de obrar era calificada por él de una honradez a su modo.

Para él no existía en el mundo más que el que le pagaba y tenía el derecho de mandarle, y él, que recibía y tenía la obligación de obedecer.

Poco le importaba que los actos que ejecutaba resultasen en perjuicio de otros, con tal que él cumpliera fielmente con su deber.

Y no era que le faltara inteligencia o buen sentido para conocer y discernir lo malo de lo bueno, lo digno de lo reprobado, sino que a las ideas que dejamos enunciadas, venía a unirse una indolencia, una indiferencia que le impedía obrar de otro modo.

Muchas veces, en distintas ocasiones de su vida, la conciencia le había reprochado ciertos servicios en que se había empleado; pero él respondía siempre a las reconvenciones de la conciencia: «¿Qué me importa a mí todo eso? Yo no he de hacer más que servir a quien me paga: si eso está mal hecho, la culpa será suya y no mía.» Y se había quedado muy tranquilo, hecha esta reflexión.

Así se apresuró a responder a las últimas palabras de su amo:

-Lo que menos me importa a mí son las personas que vengan: yo tengo obligación de servirlas, y lo mismo me da, sea quien sea.

-Sin embargo, hay que guardar la distancia debida. A un trajinero no se le puede, no se le debe servir con el aquel que un conde, pongo por caso.

-¡Toma! Pagándolo ¿por qué no?

-No me entiendes, muchacho.

-¡Vaya si os entiendo! Pero yo repito que el que paga y manda tiene derecho a que le sirvan, y que tanto vale un ochentín en manos de vos, vervingracia, como en las del mismísimo conde de Floridablanca.

-Sí; pero el servicio ha de ser siempre más esmerado para el último.

-Si lo paga mejor, es claro que sí.

-No, no; no es eso: ya hablaremos en otra ocasión de este particular: no estás tú al corriente de las cosas: hay que desasnarte , muchacho. Déjame ahora y cuida bien del conejo.

-Está bien, señor.

Langosta pronunció la palabra conejo levantando la voz, porque vio asomarse a una ventana que caía sobre ellos al caballero para quien se aderezaba el guiso a que aludía.

El Tuerto se retiró, y el ventero, fingiendo que no había visto al viajero, continuó paseando por delante de la puerta.

El caballero, después de aspirar por un momento el aire libre y pasear una mirada por el contorno, se retiró cerrando la ventana, mientras que el ventero, una vez solo, había vuelto a caer en su meditación.

-Nada, lo dicho -continuaba- este don Tadeo... es preciso estar prevenido... ¡Cáspita! Y ahora que me acuerdo... le he oído decir varios nombres, y entre ellos uno... sí, es el mismo que decía aquella muchacha que estuvo aquí encerrada... aquella Paca... cabal; don Luis... el mismo que viste y calza... es verdad que hay muchos burros de un pelo, y un nombre no es bastante... ¡Demonio! Convendría averiguar esto, porque si fuera lo que yo me figuro, tendría doble ganga... ¿Cómo saldría yo de estas dudas?... ¡Ah! Ya sé... mi compadre Simón... sí, sí... ninguno mejor que él puede averiguarlo, y ponerme al tanto.

E inspirado por esta idea, entró en la venta, y despachó al mozo con encargo de buscar a su compadre en varios sitios, cuyas señas le dio, y decirle que viniera en seguida.

Entretanto quedó él al cuidado de la cocina, y sirvió al viajero la comida, entreteniéndole con distintas conversaciones para impedirle fijar la atención en el plato que se le presentaba, y se le hacía pasar por excelente conejo.

No tardó Simón en llegar sin más tiempo del necesario para trasponer la distancia que separaba su casa de la venta, pues precisamente cuando el Tuerto llegó, se disponía a salir para reunirse con varios amigos a quienes pensaba contratar para cierto negocio.

Como sabía que su compadre Langosta no acostumbraba a llamarle, y mucho menos con urgencia, a no ser para algún asunto de grandísimo interés, se apresuró a seguir al Tuerto, y al mismo tiempo y departiendo llegaron a la venta.

En aquel punto acababa el tío Langosta de levantar los manteles de la mesa del viajero, y al divisar a su compadre, no pudo contener una exclamación, pues a decir verdad, no esperaba verle tan pronto.

-¡Carape! Eso se llama exactitud -dijo.- Entre usted aquí, compadre. ¡Tuerto! Llévanos un jarro de Valdepeñas ligítimo, y dos vasos allá drento, al jardín, y no me llames para nada, ni para nadie.

-Voy allá.

-¡Ah! No creo que piense en irse ahora ese señor, porque nada me ha dicho; pero si quisiera marcharse y te pidiera la cuenta, le dices que el cuarto, la cuadra y la comida de él y del caballo, es todo junto cincuenta y cuatro reales.

-Está bien.

Y mientras llevaba el jarro y los vasos, murmuraba el mozo:

-Caros se venden en esta venta los gatos y la paja.

Entretanto, y después de remojarse el gaznate, el tío Langosta abordó la cuestión sin rodeos.

-Compadre -dijo a Simón- ¿conoce usted a un tal don Tadeo?...

-Sí, señor; no siga usted.

-¡Canario! No sea usted súpito, y déjeme decirle de qué se trata.

-Desde que ha empezado usted a hablar y a pronunciado ese nombre, me he figurado el asunto. Hay una conspiración.

-Sí, señor.

-Bueno; pues a mí me ha dado el encargo de buscar unos cuantos, disfrazarnos bien, y como si fuéramos la ronda, prender a los conspiradores, y llevarlos a un encierro.

-¿Y no le ha dicho a usted adónde les van a encerrar?

-Ni adónde les vamos a encerrar, ni adónde les vamos a prender. Me ha dicho que él vendrá con nosotros.

-¡Valiente trucha es el tal don Tadeo! No, el que a él se la pegue...

-Pues ¿qué hay?

-Mire usted si sabe ese hombre más que Briján. A usted no le ha dicho adónde han de llevar los presos, y a mí no me ha dicho quiénes eran los que hacían de ronda. Gracias a que somos compadres... El encierro adonde han de llevar ustedes a los conspiradores, es esta venta: el mismo donde estuvo en otra ocasión la Paca.

-Ya. ¿Y sabe usted quiénes son esos conspiradores?

-Sé de alguno; y por eso lo he enviado a llamar a usted. Don Tadeo ha venido a encargarme que lo tenga todo dispuesto: yo... la verdad, no me gustaba mucho ese negocio, porque mañana u el otro puede descubrirse, y los que no tenemos nuestras cuentas muy corrientes con la justicia...

-Bueno; al grano.

-Nada, que me hice de pencas por varias razones; la primera porque me venía con arrodeos... ¡Misté a mí, que siento crecer la yerba!... Entonces ya no tuvo más remedio que cantar claro... yo todavía me hice de rogar, porque he olido que en ese negocio se han de atravesar muchas pesetas, y... la verdad... uno no va tampoco a servir por un pedazo de... pan... Ya que uno se comprometa, que sea con alguna utilidad.

-Pero ¿no acaba usted, compadre?

-Voy allá. Pues decía que yo procuré sacar el mejor partido posible, y entretanto ver si podía hacerle hablar, porque a veces también sabe usted que por el hilo se saca el ovillo... y dicho y hecho... don Tadeo nombró a algunos de los que vendrán presos, y entre ellos a un don Luis.

-¡Don Luis! -exclamó Simón.

-Yo entonces pensé si ese don Luis tendrá algo que ver con aquel otro de Paca... aunque por el nombre sólo no se puede sacar mucho en claro...

-Sí, sí; po hay duda; es el mismo -dijo Simón.- Voy al punto a averiguarlo, compadre; y si mis sospechas son ciertas, tenemos doble ganga.

-¡Cómo!

-Precisamente hay personas que pagan muy bien las noticias que se les den de don Luis, y yo le había perdido la pista hacía unos días.

-Pues ya lo sabe usted.

-No; todavía no lo sé, aunque lo sospecho. Pronto tendré la certeza.

-Compadre, no olvide usted que yo le he dado la noticia.

-¿Quiere usted callar? Eso no se dice entre nosotros; esa es una mina que nosotros dos aprovecharemos.

Y despidiéndose del ventero, salió apresuradamente a hacer pesquisas respecto a don Luis, para dar noticias de él a la condesa de Santillán.

Capítulo LXVII. De cómo llegó a noticias de doña Isabel lo que se proyectaba contra don Luis

Simón caminaba hacia Madrid embebido en sus reflexiones.

Conquistar nuevamente la confianza de doña Isabel era el pensamiento que con más tenacidad germinaba en su cerebro.

Hallar ocasión de volver a explotar aquella rica mina cuyo filón podía dar aún mucho de sí.

-Si yo me atreviera, pensaba, a ir a su casa, nunca mejor ocasión que esta. Los antecedentes que acaba de suministrarme el tío Langosta me sirven a las mil maravillas. ¿Qué puede sucederme? La buena señora estará airada en contra mía, eso es natural; pero también lo es que yo me justifique, y eso puedo hacerlo con facilidad porque realmente yo no tengo culpa alguna de que se hayan torcido los negocios que me confió y que yo llevé a efecto debidamente. Estoy seguro que cuando deje entrever el peligro que corre su don Luis, se apresurará a emplear de nuevo mis servicios y en ese caso ya vuelvo yo a estar en grande. ¡Ea! pues, ánimo y emprendamos la batalla.

Esto diciendo, se encaminó decididamente hacia la casa de doña Isabel.

Llegado que hubo a ella, no vaciló y se hizo anunciar.

Doña Isabel se sorprendió, pero no le negó audiencia.

Entró Simón en el gabinete de la dama y la saludó humilde y respetuosamente.

La dama le miró con marcada frialdad y aun casi sin dignarse mirarle.

-Señora... -se atrevió a decir Simón con acento temeroso.

-¿Qué se te ofrece? ¿A qué vienes?

-Vengo a disculparme.

-¿De qué?

-Malo -pensó Simón- la señora está más cargada de lo que yo creía.

-Las muchas atenciones que debo a su excelencia me obligan a que trate de justificarme.

-No he pedido yo esa justificación.

-Es muy cierto; pero le es muy duro a un hombre que trata de servir lealmente, el creer que le pueda acusar...

-¿Acusar?...

-Créame la señora condesa, que en cuantos asuntos ha tenido la bondad de ocuparme, he cumplido fielmente; no ha sido mía la culpa si el término de los negocios no ha respondido a mis deseos y a mis trabajos. Si la señora condesa tuviese la amabilidad de prestarme atención por un momento...

-Habla.

Simón guardó silencio algunos momentos, durante los cuales trató de recoger sus ideas.

-¿Y bien? -dijo doña Isabel con marcada impaciencia.

-Perdone la señora condesa mi silencio, reflexionaba el modo como debía dar comienzo a mis descargas. Empezaré, pues, por la desaparición de aquella joven que se me encargó vigilara, teniéndola depositada en parte segura.

-¿Cómo cumpliste tu cometido? -repuso con duro acento doña Isabel.

-Fielmente, señora.

-El resultado desmiente esa afirmación.

-No fue mía la culpa.

-¿Pues de quién?

-De la casualidad.

-¿De la casualidad?

-Esa es la verdad, señora condesa.

-Es muy cómodo para cierta gente el que se mezcle la casualidad en todos los asuntos que se les confía.

-Yo había depositado a la joven en cuestión, en seguro sitio.

-No lo sería tanto cuando salió de él en cuanto quiso.

-Aprovechó la ocasión en que, según las órdenes que yo había recibido, la trasladábamos a sitio más lejano y seguro.

-De haberlo hecho como era debido, no hubiera ella podido libertarse.

-Hízose, y, créame la señora condesa, cuanto era dable; pero en el momento que habíamos comenzado nuestro viaje, la prisionera, que es una moza resuelta y de empuje, encontró modo de libertarse.

-Pues ¿qué hizo?

-Comenzó a dar voces a tiempo justamente que cruzaban por el camino algunos jóvenes calaveras; oídos los gritos por ellos, nos detuvieron, y como nosotros opusimos resistencia, se entabló encarnizada lucha, durante la cual pudieron nuestros contendientes sacar de la litera a la manola y libertarla, en tanto que nosotros, vencidos por el número, después de una desesperada resistencia, tuvimos que huir como nos fue dado, maltrechos y aporreados. Ya ve la señora condesa cómo se debe a la casualidad y no a falta de solicitud la libertad de la susodicha joven.

-Cuando se paga bien hay derecho a exigir mejor cumplimiento.

-¿Qué podía yo hacer?

-Prever toda clase de obstáculos y obrar a la segura.

-Pero...

-No son brazos lo que hace falta en determinadas ocasiones, es cabeza.

-Yo, señora condesa...

-Y cuando no se cuenta con el suficiente entendimiento, no se admiten ciertas comisiones.

Simón estaba confuso y aun avergonzado, aunque ello parezca inverosímil.

-Yo creí haber tomado bien mis medidas.

-Los resultados se han encargado de desmentir tus pretensiones.

-Puedo asegurar que mi buen deseo...

-El buen deseo -dijo desdeñosamente doña Isabel- no es suficiente. Además que ya sé yo lo que para la gente de tu calaña significa el buen deseo.

-Créame la señora condesa...

-Yo creo lo que veo, y me extraña que hayas tenido la audacia de presentarte ante mi vista después de lo ocurrido.

-Eso probará a su excelencia, que si ha habido torpeza por mi parte, no ha habido mala fe.

-Lo que me prueba es otra cosa.

-Puedo jurar...

-¿Acaso la gente como tú no juran en falso cuantas veces les conviene? Tú te has dicho a ti mismo: «Es preciso encontrar el modo de engañar a la señora condesa, y que ella cuide generosamente de saciar mi inagotable sed de oro» Ni más ni menos.

Como se ve, doña Isabel había comprendido perfectamente el intento que a su casa había conducido de nuevo a aquel tunante.

Simón comprendió que le habían visto el juego, y que por lo tanto no era factible que él ganase la partida. Sin embargo, le quedaba, según él, el gran recurso de qué echar mano, y por lo tanto aún abrigaba la halagüeña esperanza de reconquistar la confianza de la ofendida dama.

Resuelto a dar el último golpe, se determinó a jugar el todo por el todo, y revistiéndose de audacia, dijo con seguro acento:

-Se ha engañado la señora condesa respecto a mis intenciones.

-No trato de discutirlas.

-Puedo probar lo contrario...

-No pido explicaciones.

-Y estoy muy seguro de que su excelencia se convencerá de que se ha equivocado al calificarme.

-¿Equivocado? ¿Acaso has creído que yo he podido creerte otra cosa de lo que eres? ¿Hay necesidad de calificar a un miserable, a un canalla?

Otro cualquiera de seguro se hubiera desconcertado, pero Simón era hombre en quien no hacían gran mella las verdades que se le dirigían, por más que éstas fueran tan duras como las que acababa de escuchar.

-No puedo negar -contestó tranquilamente- que mi conducta pasada, antes de conocer, para dicha mía, a la señora condesa, era depravada; pero desde aquel entonces procuré enmendarme, y lo conseguí.

-Reincidiendo a cada momento en tus bellas hazañas.

-Apartándome -contestó con la mayor seguridad- del mal camino que había emprendido, y procurando hacerme hombre de bien.

-No sé qué debe admirarme más, si tu audacia o mi paciencia.

-Si admití, y aun pedí dinero a su excelencia...

-¿Qué me importa a mí el dinero que te he dado?

-Él sirvió para la gente que tenía precisión de buscar, y como sé que sin oro nada de ella se consigue, me vi precisado a pedirlo.

-Está muy bien; yo no pido cuentas.

-Yo no puedo olvidar lo que debo a su excelencia.

-Puedes hacer lo que gustes respecto a eso, y si no tienes nada más que exponer, puedes retirarte.

-Si la señora condesa aún tuviera la bondad de oírme un momento más, la pondría al corriente de algo que le interesa.

-¿A mí?

-Tal creo.

-¿Qué es ello.

-Se trata de don Luis.

Simón fijó los ojos en el semblante de doña Isabel, que palideció densamente al escuchar el nombre que acababa de pronunciarse.

-¡Don Luis!

-El mismo, señora condesa.

Doña Isabel se repuso instantáneamente, y contestó procurando que su acento no revelara la emoción profunda que su alma sentía:

-¿Qué ocurre?

-Algo muy grave.

-¿Y puede importarme el asunto a mí?

-Según y conforme.

-Explícate, pues, con claridad.

-Es el caso que yo, deseoso de justificarme a los ojos de la señora condesa, he procurado sin decirle nada, servirla.

-¿Vas a encomiar tus servicios?

-Nada de eso -contestó humildemente aquel solapado bribón.

-Pues suprime las digresiones.

-Creyendo que podía interesar a su excelencia todo lo que referirse pudiera a don Luis, me propuse vigilarle de cerca a la joven que antes fue mi prisionera, y aun trato de ponerme en contacto con algunas otras personas, a fin de dar cuenta a su tiempo de lo que conseguido hubiera en mis pesquisas.

-¿Y hoy vienes a eso?

-Justamente.

-Pues, habla.

-En primer lugar, estoy plenamente convencido de que Paca ama con toda su alma a don Luis.

-Y él... -repuso afectando la mayor indiferencia doña Isabel, a pesar del rudo combate que en su pecho se libraba.

-Él, por su parte, aparenta corresponder al amor de la manola.

El corazón de la dama latía con extremada violencia.

-Hace en ello muy bien.

La aparente tranquilidad de doña Isabel comenzaba a desorientar a Simón.

-Ese caballero es el niño mimado del bello sexo, porque también suspira por él, aunque sin verse correspondida, doña Catalina de Sandoval.

-¿También eso has averiguado?

-Sin que me quede duda de ello.

-¿Has concluido ya?

-Aún no.

-¿Hay más?

-Resta lo grave.

-Sepamos.

-Doña Catalina, ansiosa por tomar venganza del hombre que la desdeña, ha tenido bastante astucia para hacer que éste se mezcle con tres de sus amigos en cierta conspiración.

-Ya entiendo.

-El momento de prender a don Luis está cercano, y su perdición es segura; yo puedo librarle; tengo medios para ello. ¿Quiere la señora condesa que le libre?

-Si ese caballero conspira, comete una falta imperdonable, y es justo que expíe su delito. No puedo dedicarte más tiempo; por lo tanto, demos por terminada esta entrevista.

Simón no se atrevió a replicar, saludó y salió de aquel aposento, diciendo para sus adentros:

-Me he llevado chasco: creo que el filón no da ya más oro.

Doña Isabel, en cuanto se vio sola, dio rienda suelta a su contenido llanto.

-¿Haré bien en abandonarle a su destino? ¿Debo salvarle? ¡Que no sea yo dueña de arrancar de mi corazón este amor que me avasalla!

Sumida en tales reflexiones, quedó hasta el momento en que su doncella favorita le anunció que ya estaba dispuesta la litera que debía conducirlas a la novena.

Capítulo LXVIII. Conferencia

Dejemos a doña Isabel encaminarse a las Descalzas Reales, y volvamos entretanto al palacio del conde de Lazán.

Sabemos que el vizconde del Juncal, a consecuencia de su entrevista con María, y con una delicadeza digna de los mayores elogios había escrito al conde de Lazán renunciando a la herencia, causa del litigio que entre las dos familias había, en favor del conde, a pesar de habérselos adjudicado a él los tribunales, y renunciando asimismo a la mano de María, so pretexto de compromisos anteriores.

Aquella renuncia sorprendió de tal manera al de Lazán, que no supo durante largo rato si agradecer o si ofenderse por ella, si considerarla como un favor o como un desaire.

Su primer movimiento tan luego como pudo recobrarse de su sorpresa, fue llamar a su hija, y tener con ella la explicación a que hemos asistido, y en la cual la tierna niña, no acostumbrada el fingimiento ni a faltar a la verdad, confesó sin rodeos que amaba a don Luis.

La consecuencia inmediata de esta confesión, ya hemos tenido ocasión de verla en la misiva que el conde dirigió al joven prohibiéndole volver a poner los pies en su casa en castigo de haber abusado de su amistad sorprendiendo el corazón de una inocente niña.

Y por fin conocemos igualmente todas las intrigas puestas en juego por unos y por otros, hombres y mujeres, rivales en amor y enemigos políticos para desesperar y perder a don Luis, ya derrumbando el pedestal de su poder e influencia en palacio, ya infiriéndole una herida mortal en el corazón haciéndole perder el amor de la que él adoraba como a una divinidad con un cariño, tan puro y casto como el objeto a quien estaba consagrado.

En virtud de todas estas intrigas habían conseguido que María, engañada sobre las verdaderas intenciones de don Luis, y creyendo que se burlaba de ella, no sólo se negara a asistir a la cita que éste le pedía con tanta instancia, sino que ni aun se dignara siquiera contestarle.

Tal era el estado en que este asunto se hallaba en el momento en que entramos en el palacio del conde y llegamos a su cámara, donde le encontraremos.

Severo, cejijunto y altivo, ora paseaba con agitación por aquella vasta estancia, ora se paraba un momento delante de una mesa sobre la cual había un pupitre, y encima de él un pliego que el conde contemplaba, tomándole, releyéndole, y arrojándole de nuevo donde estaba, volviendo a pasear y pronunciando palabras sin coherencia.

-¡Oh! no es posible -decía- no es ni siquiera aceptable semejante disculpa... esto es un agravio... y sin embargo, no puede expresarse en términos más delicados... ¡Ira de Dios! Ni aún me es dado enojarme, y manifestar mi enojo.. He aquí las consecuencias... ¡Y aún hay quien desea tener hijas! ¡Oh! las mujeres... las mujeres son la deshonra de las familias, y la ruina de las casas.

Y como si su conciencia lo reconviniera por aquella blasfemia con que envolvía una horrible acusación, sin reparar en ello, a su madre y a todas sus parientas, paróse de repente, permaneció un segundo como ensimismado, y continuó diciendo:

-Es cierto: ¿qué podía hacer ella, pobre y cándida niña, que ignora completamente las astucias de los hombres, contra los poderosos medios que para interesar su corazón habrá empleado el libertino más famoso de Madrid? Pues qué, ¿no es sabido que tal es su habilidad que ninguna mujer se le resiste?... ¡Por mi nombre! daría cualquier cosa por tenerle en mi presencia para castigar su osadía...

Y cruzaba a largos pasos la estancia.

Luego volvía a pararse y continuaba su monólogo, diciendo:

-Es el caso que no puedo tampoco mostrarme enojado con él: conmigo siempre ha sido atento, respetuoso, deferente; con María no se ha extralimitado en lo más mínimo de las consideraciones que deben guardársela; siempre nos ha guardado toda clase de miramientos... ¡Oh! ¡Terrible posición la mía! Parece que todos se han confabulado para ofenderme de tal suerte, que no me sea posible desahogar mi enojo con ninguno, y tengo que convertirlo en desesperación...

Aquí llegaba de sus reflexiones, cuando se levantó el pesado cortinaje que cubría la puerta de comunicación con la antecámara, y un criado con la librea de la casa apareció en el dintel, diciendo:

-El señor vizconde del Juncal pide permiso para entrar.

-¡Ah! que pase. El cielo me lo envía.

El conde trató de dar a su rostro una serenidad que en su ánimo no existía, y se adelantó a recibir al vizconde, que al presentarse en la puerta se inclinó respetuosamente, y dijo:

-Sentiría, señor conde, haber llegado en mala hora.

-Nunca lo es aquí para vos; en cuanto a nosotros, siempre hemos estimado como muy buenos los momentos que os habéis dignado concedernos vuestra grata compañía.

-No sé cómo agradecer tamaña honra, señor conde.

-Dando de mano a los cumplimientos y tomando asiento, pues tenemos que hablar.

-Así lo creo, cuando habéis estimado oportuno llamarme...

A una indicación del conde tomó asiento el joven en un cómodo sillón, y ocupando el dueño de la casa el que se hallaba colocado junto al pupitre, continuó:

-¿Sabéis que he recibido vuestra carta?

-Sí, señor conde; pues si no me equivoco la veo encima de vuestro pupitre.

-En efecto, es la misma -dijo el conde doblándola.

-Os suplico que no atribuyáis a curiosidad un hecho sumamente natural. La tenéis extendida, conozco mi letra, y como no han mediado entre nosotros otras comunicaciones por escrito, al verla casualmente, he deducido que es ella.

-No pretendo atribuiros defectos que no tenéis. Mi acción de doblar la carta no ha sido tampoco otra cosa que uno de esos actos impremeditados, sin intención de agraviaros.

-No cabe en mi imaginación semejante idea, señor conde.

-En esta carta renunciáis a todos vuestros derechos respecto a la herencia que de tantos años vienen litigando nuestras familias.

-Así es, señor conde.

-Derechos que hoy os ha afirmado el tribunal fallando en vuestro favor.

-En efecto.

-Pues bien, reconociendo en vos la mejor buena fe al hacer esta renuncia...

-Sentiría que la pusieseis en duda.

-Y agradeciéndoos, como es debido, tamaña generosidad...

-No hay en ello ningún mérito que agradecer.

-No puedo aceptar tan noble desprendimiento.

-¡Cómo! -exclamó el vizconde saltando de su asiento, pues no esperaba aquella contestación.

-Como lo oís. No necesito recordaros la historia de ese pleito porque en él mismo la habréis visto. Nuestros antepasados, sobrado susceptibles en estas materias, daban gran importancia a veces a nimiedades, y así como en casos de honra no admitían otra transacción que la espada, en asuntos de intereses no toleraban otro arreglo que los tribunales, olvidando el adagio que enseña que por malo que sea un arreglo amistoso, siempre será mejor que la engañosa tramitación de un pleito. Esto fue causa del que nos ocupa.

-Lo sé.

-A la curia le convenía dar largas al asunto, como que se trataba de una herencia cuantiosa, y de esta suerte ha venido trasmitiéndose, por decirlo así, de generación en generación hasta nosotros.

-Todo eso es muy cierto.

-Un poco más práctico yo en asuntos de esta especie, consideré que por el camino que íbamos, sólo conseguiríamos destruirnos mutuamente, haciendo que sobre nuestras ruinas se levantaran otros, y engordaran con nuestros despojos. Desde entonces dime a cavilar buscando un medio de terminar el litigio de un modo honroso, cuando la casualidad vino a favorecer mis deseos. El amor que manifestasteis a mi hija allanaba el camino, y por medio de él, por medio de un matrimonio, podía perfectamente darse por terminado sin desdoro ni humillaciones para ninguno.

-Así lo comprendí yo también.

-¡Juzgad con qué gozo acogería yo las proposiciones que en este sentido se me hicieron! Pero este gozo se ha convertido en pena con vuestra carta.

-No alcanzo la razón.

-Si no os conociera tanto, podría mirar esa carta como una ofensa.

-¿Ofensa?

-Sí por cierto. Esa renuncia que yo no os he pedido; esa renuncia, precisamente en el momento en que los tribunales han fallado en vuestro favor; esa renuncia, en fin, que nada autoriza, sino lejos de ello, cuando igualmente renunciáis a la mano de mi hija, tiene todos los visos de un regalo... por no decir de una limosna.

-Ruégoos, señor conde, que os dignéis dar otra interpretación a mis intenciones. Si yo hubiera pensado que en el paso que daba existía para vos la menor humillación, seguramente nada hubiera hecho.

-Así lo he considerado, y por eso os hablo como amigo: de otra suerte os lo diría si sospechara en vos el pensamiento de deprimirme.

-Me habéis hecho justicia.

-Sin embargo, a pesar de todo mi buen deseo, siento deciros que me es imposible aceptar vuestra renuncia.

-No veo la razón.

-Cuando no fuera la de decoro, habría siempre la dificultad de armonizar la renuncia de los bienes con la renuncia de la mano de mi hija: es decir que la generosidad primera parecía paga del desaire segundo.

-Señor conde, me duele en el alma que un exceso de pundonor os haga interpretar mis actos de un modo que ni por asomo me ha ocurrido.

-Observad que os he dicho parecería : esto os debe probar que no soy yo, sino la sociedad, quien lo juzgaría así.

-La sociedad se equivocaría.

-¡Se equivoca tan a menudo! Y sin embargo, no tenemos más remedio que pasar por sus equivocaciones. Así, pues, yo espero que apreciando mis razones, retiraréis esa renuncia.

-Señor conde...

-Creería que, en efecto, teníais la intención de humillarme, si no lo hicieseis.

-Es que...

-No hablemos más de eso, sino vengamos al segundo extremo de vuestra misiva, o sea la renuncia de la mano de mi hija.

-Siento que compromisos anteriores...

-Vizconde, sois el joven más delicado y generoso que conozco. Si todas vuestras excelentes prendes no os hicieran apreciable, bastaría para ello vuestra conducta en la ocasión presente.

-No alcanzo, señor conde... -balbuceó el joven.

-El sacrificio es inútil. Yo he hablado con mi hija, y sé que no otros compromisos, sino la confesión que ella os ha hecho de un amor insensato, es lo que os ha decidido a dar este paso, a riesgo de poneros en mal lugar, cargando con todas las responsabilidades del rompimiento de una palabra.

-Creed, señor conde...

-Es en vano negar. Lo sé todo, y por lo mismo tampoco puedo aceptar esa renuncia. Mi hija obedecerá a su padre, y será vuestra esposa.

-Debo haceros presente, señor conde, que no pretendo ni acepto el papel de tirano.

-¿Y quién os dice que lo seáis?

Es una tiranía imponerme a vuestra hija sin su amor, y yo no aceptaré jamás su mano así.

-Mi hija es harto joven para conocer cómo se debe amar a un marido, y yo os respondo de que será vuestra esposa.

-¡Nunca, si ha de ser para hacerla desgraciada y ser yo también infeliz!

-Vos no tendréis que quejaros de vuestra esposa. Es honrada y sabe cuáles son sus deberes.

-Pero la violencia puede matarla.

-No habrá violencia: el convencimiento os la entregará. ¿La aceptáis de esa suerte?

-¡Ah! ¿Por qué negarlo? Eso sería mi mayor ventura.

-Descuidad, pues; yo la hablaré, y espero hacerla conocer lo que la conviene, y que os dé gustosa su mano.

-En ese caso, mi renuncia...

-Todo quedaría arreglado de esa suerte.

Despidióse tras esto el vizconde, y el padre de María volvió a quedar solo, pensando quizá en el medio de obtener de su hija el consentimiento que tanto deseaba.

Capítulo LXIX. Proposiciones

La conferencia con el vizconde abrió una nueva serie de reflexiones en la imaginación del conde de Lazán.

No se cansaba de ensalzar su conducta delicada y generosa, por más que no le fuera dable aceptar sus ofrecimientos.

El desprendimiento con que renunciaba a una herencia cuantiosa sin que al parecer le costara ninguna pena, la serenidad con que al renunciar a la mano de María, asumía él toda la responsabilidad, y para evitarla a ella disgustos, se declaraba culpable exponiéndose a las reconvenciones que podían dirigirle por su ligereza en romper una palabra empeñada, eran otros tantos actos que el conde no sabía cómo agradecer.

Y sin embargo, la verdad es que al no aceptar la herencia que le regalaba el vizconde, quedaba casi arruinado el padre de María.

El conde de Lazán había gastado en otro tiempo con bastante prodigalidad; su hijo no tenía mucho más juicio, y entre caballos, toreros, juego y queridas, las rentas y aun los pedazos del patrimonio se desmoronaban insensiblemente.

Ni siquiera se les había ocurrido pensar que una parte de aquellas posesiones estaba en litigio, y que el día en que los tribunales fallaran, si lo hacían en contra suya, no sólo perderían el dominio y la posesión de lo que se trataba, sino que hasta se les exigiría el pago de las rentas; y si este caso llegaba, se verían en grande aprieto.

Ninguna de estas consideraciones se había ocurrido a los de Lazán, y tranquilos, como si jamás hubieran de ser desposeídos habían continuado gastando.

Es verdad que tampoco podían hacer otra cosa, puesto que no les era dable rebajar un punto de su posición y de su influencia en la corte; así que aun conociendo su desgracia, aun sabiendo a ciencia cierta su ruina, no habrían menoscabado en lo mas mínimo su orgullo, y sólo era posible remediar aquella catástrofe con el matrimonio concertado, única solución honrosa que para semejante apuro existía.

En esta situación, todas las esperanzas del conde estaban en su hija, y como que su buen sentido no le ocultaba la posición en que iba a quedar como consecuencia de su negativa a aceptar la renuncia del vizconde, trataba de hacer que a toda costa se verificara aquel enlace que había de dejarle en pacífica posesión de lo que a la sazón tenía.

Bien se imaginaba que tal vez su yerno le pediría cuentas, y habría de dárselas cumplidas, lo cual también era otro apuro para él; pero fuera de que no era seguro este paso, dados el cariño y el respeto que a María y a él respectivamente profesaba el del Juncal, quedaba siempre el recurso de arreglar este asunto, como vulgarmente se dice, a puerta cerrada, y esto le haría variar grandemente de aspecto.

El vizconde era generoso, compasivo, desinteresado, y si sabía que su exigencia ponía en compromiso al padre de su esposa, seguramente renunciaría a ella, o la modificaría; y en cuanto al conde, no se consideraría ofendido ni humillado por concertar un acomodamiento con su hijo político, y se resentiría profundamente hasta de que se lo propusiera el que, en el caso contrario, debía considerar como un extraño.

Así pensaba paseando con agitación o parándose y permaneciendo durante algunos segundos cruzado de brazos, mirando al suelo, con la cabeza inclinada sobre el pecho y enteramente absorto en sus reflexiones.

Al cabo de un rato de meditación, levantó la cabeza, pasóse la mano por la frente, y exclamó:

-Sí, sí: esto es: no queda más remedio. Por otra parte, no creo que sea tan gran sacrificio.

Y agitando la campanilla de plata de su escribanía, dijo al criado que se presentó a la puerta:

-A la señorita que la espero aquí.

El criado saludó respetuosamente y desapareció para volver luego y anunciar que la señorita le seguía.

-Dejad paso -dijo el conde- y que no se nos interrumpa.

El doméstico sostuvo la tapicería ínterin entraba la joven, e inclinándose luego respetuosamente, se alejó.

María avanzó algunos pasos en la estancia, y se quedó parada a corta distancia de su padre.

-Acércate -le dijo éste- y siéntate a mi lado, pues tenemos que hablar.

Hízolo así la joven, y el conde continuó:

-No quiero preguntarte si has reflexionado acerca de nuestra última entrevista; no quiero recordarte tampoco cuál ha sido la conducta de don Luis: sólo deseo poner en tu conocimiento que he recibido una carta del vizconde, que para evitar repeticiones, puedes leer.

Y esto decía presentándole el billete que hemos visto sobre el pupitre, el cual la joven recorrió rápidamente.

-¡Noble conducta la del vizconde! -exclamó María.

-Compárala con la del otro, y deduce las consecuencias.

-Padre mío...

-Óyeme ahora. Muchísimos años hace que entre la familia del vizconde y la nuestra se sigue un pleito sobre posesión de unas fincas, que constituyen la mayor parte de nuestro patrimonio. No necesito decirte que los gastos que a uno y a otro nos ha producido este malhadado litigio, han sido inmensos; y más a mí, porque, conociendo que la pérdida de esos bienes sería casi nuestra ruina, he debido defenderlos con más tenacidad, y a toda costa.

-Ya lo sé, padre mío.

-Hace algún tiempo deseaba yo evitarme estos gastos, que en último término me llegarían a producir el mismo resultado que si perdiera mi patrimonio, y no hacía más que meditar qué medios emplearía para ello, cuando la casualidad vino a secundar providencialmente mis proyectos. El vizconde te vio, y te amó...

-Me lo confesó, y yo no acepté su amor.

-Así es; pero él creyó que en aquella ocasión dictaba tu respuesta la cortedad, la sorpresa, ese pudor propio de la joven que oye por primera vez sonar en su oído la palabra amor. Por esta causa él no se desanimó, y siguió amándote, esperando que el tiempo y su rendimiento te harían al fin participar de sus sentimientos, y confesárselo.

-No he podido hacer más que agradecerlo.

-Yo vi en este sentimiento la mano de la Providencia, y consideré salvada nuestra dignidad y nuestra posición. La familia del vizconde no desmerece en nada de la nuestra; él es un joven, que a sus notables prendas físicas reúne excelentes cualidades morales; esta alianza nos honra; él la deseaba, y por mi parte no tenía que hacer más que aceptar, para que el larguísimo pleito que nos venía consumiendo quedara transigido, y nosotros continuáramos en posesión de un patrimonio, que de una o de otra manera al fin había de recaer en vosotros.

-Conozco perfectamente vuestro pensamiento, pero...

-Juzga tú si acogería con gusto su petición -continuó el conde sin pararse ante la contestación de su hija, cuando en ella veía la conclusión de todos los disgustos y el renacimiento de la paz en nuestra familia.

-El destino no quiso...

-Nuestra mala suerte te hizo conocer a don Luis, que si por su nacimiento en nada desmerecía de nosotros, no era por su conducta digno de tu mano ni de tu cariño.

-Vos, padre mío, no le juzgasteis así cuando le protegisteis.

-Esa reconvención, María...

-¡No, padre mío! ¡Líbreme el cielo de reconveniros! Trato solamente con esto de disculpar el afecto que pudo inspirarme; pues si vos, con más experiencia, más edad y más conocimientos, os habéis equivocado y le habéis prestado toda vuestra influencia y apoyo, no es de extrañar que yo le cobrara cariño, careciendo de esas circunstancias.

-Enhorabuena; no necesito repetir lo que desde entonces hasta ahora ha pasado: renovaríamos nuestra conversación anterior, y hay cosas que vale más no tratar dos veces.

-Es cierto.

-Pero si prescindo de esto, no puedo menos de manifestarte nuestro estado actual, de decirte que hoy mismo, hace pocos minutos, he tenido una entrevista con el vizconde.

-¿Se ha presentado?

-Le mandé yo llamar. ¿Debía dejar sin contestación su misiva, cuando abrazaba extremos tan trascendentales?

-Aunque agradeciendo su generoso proceder, nuestra dignidad no nos permite aceptar la cesión que de esos bienes nos hace, y especialmente cuando los tribunales acaban de fallar a su favor. Sería recibir una limosna.

-Tenéis razón, padre mío.

-Pero al no aceptar, tenemos que devolver; y no sólo los bienes, sino las rentas que en tantos años de posesión hemos disfrutado, o entablar nuevo recurso.

-¿Y por qué no devolver?

-Porque esa devolución es nuestra ruina, porque no bastaría el resto de lo que poseemos para satisfacerle lo que se le debe, y nos veríamos literalmente en la calle y sin un real. ¿Te parece esta perspectiva de mendicidad digna del conde de Lazán?

-¡Dios mío!

-El único medio es volver a entablar recurso, no con esperanza de ganar, pues estoy convencido de que eso no será, sino para dar largas al asunto, para dilatar la entrega todo lo más que me sea posible, y evitar, si puedo, que al menos durante mi vida vean nuestros émulos cómo se derrumba y desaparece la casa de Lazán.

-Hacedlo, pues, padre mío.

-Pero ese medio es costoso. Tú no sabes los sacrificios que me he tenido que imponer para hacer que el pleito dure hasta hoy. Resultaría, por consiguiente, que le haría vivir algunos años más, y cada vez sería más espantosa la miseria que esperaría al que tuviera que entregar los restos de esta fortuna.

-Qué hacer entonces?

-No hay otro medio hábil para terminar honrosamente este desagradable asunto, que tu matrimonio con el vizconde.

-Padre...

-María, no te hago el agravio de suponer que continúes amando al que no es digno de ello.

-De ninguna manera.

-En ese caso, y puesto que tu destino es unirte a alguno, mejor es el vizconde que otro. Tú misma has confesado que te era simpático, te ama, nos aprecia, y sus cualidades lo harán ser un buen esposo.

-Pero no le amo, padre mío.

-Por otra parte, ¿permitirás que haciéndose él mismo responsable del rompimiento de su palabra, como ves en su carta, provoque un lance en que acaso tengas que lamentar la muerte de tu padre o de tu hermano?

-¡Cielos! ¿porqué?

-¡Cómo! ¿Piensas acaso que aunque yo esté penetrado de la verdadera causa de su renuncia, puedo dejar esta carta sin otras explicaciones? ¿Crees bastante decir que compromisos anteriores le obligan a ello?

-Pero ¿no ha hablado con vos?

-No importa; eso dice la carta, y eso es una evasiva, un subterfugio para encubrir un desaire, y ese desaire no puede recibirle el conde de Lazán.

-¡Dios mío! ¿Con que no hay esperanza?

-No te exijo, ni él lo hará tampoco, que vayas inmediatamente al altar: ¿quién sabe si al fin el trato continuo y el mutuo aprecio podrá convertir la simpatía en amor? Basta que alientes sus esperanzas; basta que le prometas ser su esposa.

-Padre mío, perdonadme: esa promesa no puedo hacerla todavía.

-Puedes, sin embargo, emplear toda tu voluntad en olvidar un amor indigno de ti.

-¡Oh! Eso si que lo haré.

-Basta con eso.

-Permitidme a ese fin ir a ver a mi tía, la abadesa de las Descalzas Reales. Sus consejos, tal vez me sean útiles en la profunda pena que me aqueja.

-Vé, hija mía, y que el cielo te ayude y te proteja.

-Mañana mismo la veré.

Y la joven se alejó con el corazón prensado por el dolor.

Cuando se halló sola rompió a llorar; pero poco después la reflexión vino a reconvenir al sentimiento, y sus lágrimas se secaron.

Era que a pesar del amor que profesaba a Luis, el orgullo de haber sido pospuesta a otra, y el despecho de haber sido engañada, se revelaban en ella, y la gritaban que era una debilidad indigna verter llanto por un traidor.

Al día siguiente, precisamente a la misma hora en que doña Isabel de Zúñiga se dirigía a la novena, llegaba también a la puerta del locutorio la hija del conde de Lazán.

La abadesa de las Descalzas Reales bajó un solo momento, el preciso nada más para dar un cariñoso beso a su sobrina, con quien se disculpó por no poderla atender en aquella ocasión a causa de la novena, pero invitándola a que fuera al día siguiente por la mañana, ya que tanto deseaba consultarla sobre asuntos de interés, según le decía.

María, una vez allí, entró en el templo, donde el concurso y la música hacían pasar una tarde agradable.

Allí encontró gran número de personas conocidas, pues sabido es que en la época que nos ocupa, las funciones religiosas eran verdaderos puntos de reunión adonde acudían las damas de la corte, más por exhibirse que por verdadera religiosidad, y los hombres para ver a las mujeres, para pasar el rato, o para comentar la música que se había tocado o la elocuencia del predicador que había hecho la plática.

Doña Isabel vio entrar a María en el templo, y al observar la palidez de su rostro, se sintió un momento conmovida; pero no tardó en recordar que era su rival, y la dirigió una mirada en que se encerraba un odio profundo.

La función terminaba: los circunstantes se iban retirando, y María continuaba pidiendo realmente al cielo fuerzas para olvidar a Luis, y doña Isabel seguía mirándola y espiando tenazmente todos sus movimientos.

Por fin María acabó su oración.

Levantóse, enjugó una lágrima que aún se balanceaba en sus párpados, próxima a caer, y se dirigió a la puerta del templo.

Al llegar a la pila del agua bendita, encontró a doña Isabel que, con maliciosa sonrisa, la presentó los dedos mojados, diciéndola:

-Mucho habéis orado; deseo que el cielo oiga vuestras oraciones.

-Gracias -respondió la joven humedeciendo sus dedos en los de la condesa de Santillán.

-No lo dudéis; Dios escucha los ruegos, cuando son justos. Si habéis suplicado por quien sea digno de vuestras súplicas...

-Por mí misma, señora.

-¡Bah! ¿Y no iba unido a vos el recuerdo o el nombre de alguna otra persona?

-No comprendo lo que me queréis decir.

-¿De veras?

-Bien sabéis que yo conozco pocas personas. Vos, en cambio, cuya posición en la corte os pone en el caso de alternar con los que gozan del favor real...

-¡Hola! ¿Todo eso sabéis?

-¿Quién no lo sabe en Madrid, señora?

-En efecto; en Madrid todo se comenta. Ved; hasta ha habido quien ha dicho que vos rompíais vuestra boda con el vizconde del Juncal, a causa de otros amores.

-Supongo que nada ofensivo a mi decoro habrán añadido.

-De ningún modo; así creo que habrán interpretado también mis relaciones con las personas favorecidas por Su Majestad.

-No he citado a nadie, señora.

-Yo quiero ser más explícita, porque al propio tiempo voy a haceros una advertencia por vuestro bien: don Luis se ha hecho ya imposible para las dos.

-¡Ah, señora!...

-El noble que desciende al indigno terreno de tratar amores con una menestrala, y viviendo en su compañía, es indigno de que ninguna mujer de su clase acepte el menor homenaje suyo.

-Pero sabéis...

-Mucho más de lo que vos imagináis. Os miraba como una rival, pero hoy os compadezco y vengo a deciros: ¿Queréis ser mi aliada? Ambas nos vengaremos.

María la miró como no comprendiendo lo que le decía, y exhalando un ligero grito se dejó caer en los brazos de su doncella.

[...]

Capítulo LXX. Los celos de doña Isabel de Zúñiga

El ligero desvanecimiento que produjeron en María las palabras de doña Isabel, satisfizo algún tanto, aun cuando en parte insignificante, el celoso anhelo que existía en el corazón de la dama.

Hizo ademán de prestarle algunos socorros; mas como en un brevísimo espacio recobró la joven el uso de sus sentidos, doña Isabel apresuróse a salir del templo penetrando bruscamente en la silla de manos que a la puerta la esperaba.

-A casa al momento -dijo a los criados.

Y obedeciendo estos su orden, en breve espacio salvaron la distancia que les separaba del palacio de Santillán.

Una vez la condesa en su cámara, dio orden para que inmediatamente fuesen a buscar a Simón y le introdujesen en su aposento, y dejándose caer en un sillón murmuró con dolorido acento:

-¡Dios mío! ¿En qué pude yo ofenderte para que de tal modo me hayas castigado! ¿He sido yo culpable de encontrar en mi camino un hombre que precisamente viniese a responder a la necesidad inmensa que de amar existía en mi corazón? ¿Por qué presentármele así para que yo le hiciera entrega de toda mi alma, si había de corresponderme con tamaña deslealtad? ¿Qué es lo que siento dentro de mi corazón? Apenas acierto yo misma a dar cuenta de las sensaciones extrañas que experimento.

Y doña Isabel, alzándose del sillón, púsose a pasear por la estancia, diciendo el cabo de algunos momentos:

-Antes no podía escuchar el más sucinto relato respecto a una desgracia sin que mis ojos se llenaran de lágrimas y se oprimiese mi corazón dolorosamente, y tan cambiada me encuentro hoy, que experimento una cruel satisfacción haciendo el daño, como acaba de sucederme con esa pobre niña. ¡Pobre niña, he dicho! -prosiguió la dama con irónica expresión- ¡Pobre niña he dicho, cuando ha sido ella precisamente la que ha venido a arrebatarme el bien de que disfrutaba! ¿Pero ha sido ella sola? ¿Es ella la verdadera culpable de mi estado? No, hay otra mucho más miserable, hay otra que con cien vidas que tuviera no pagaría el daño que me ha hecho, y a la cual yo he dejado impune, haciendo sufrir en cambio la menos culpable.

El atento de doña Isabel vibró tan implacable al aludir a la otra dama que le había arrebatado el cariño de don Luis, y que sin duda era doña Catalina, que apenas parecía posible que un rostro tan encantador pudiese expresar tan fielmente la celosa y terrible venganza de un corazón tan destrozado.

-Esa doña Catalina de Sandoval -prosiguió la dama- esa mujer sin pudor, y cuyas intimidades con el marqués del Alcázar le han dado alguna representación en la corte, es más culpable, infinitamente más que la desdichada doña María a quien mis celos acaban de herir.

La dama dejóse caer sobre su anterior asiento, y escondiendo la cabeza entre sus manos, permaneció un buen espacio en aquella actitud.

Después bruscamente la separó, y dijo:

-Pero ¿puede haber mujeres culpables donde existe un hombre criminal? No ha sido doña Catalina, ni doña María, ni aun yo misma las culpables de lo que ha sucedido; aquí el único culpable lo ha sido don Luis; don Luis cuyo ambicioso corazón sin reconocer freno ni límite de ninguna especie, ha solicitado el amor de cuantas ha visto, engañándolas como a mí me ha engañado, fingiéndolas lo que no sentía, y haciéndonos sufrir tormentos inconcebibles.

Y otra vez volvió a callar, permaneciendo abatida breves segundos, hasta que alzando nuevamente la cabeza, murmuró:

-¿Puede existir mayor avilantez, falsía mayor que la de que ha estado dando tan repetidas pruebas don Luis? ¿Por qué vino a despertar mi alma que dormía, si su propósito era únicamente burlar mi fe? ¡Oh! ¡Quisiera conocer un tormento que pudiera igualar al mío, siquiera para hacer que lo gustase, y compensara al menos lo mucho que he sufrido!

Otra vez volvió a ocultar el rostro entre sus manos, hasta que de pronto, cual si hubiera concebido repentina idea, alzóse del asiento, exclamando:

-¿Y no he de decirle a don Luis todo lo inicuo de su proceder para conmigo? ¿No he de arrojarle al rostro todo el dolor que hay en mi corazón, dolor envuelto con la infamia de su conducta? Sí, sí; voy a escribirle, será el primero y el único billete que tendrá mío, pero de tal manera estará escrito, que aun cuando quisiera llevar su felonía hasta el último extremo, haciendo vergonzoso alarde de mi carta, como quizás lo habrá hecho de mi amor, no se atreverá a ello por el poco favor que le resultaría de ser conocido lo que le digo.

Doña Isabel, a la par que decía estas palabras, presa de una agitación febril, se aproximó a una mesa y se puso a escribir.

Temblábale el pulso; la ira que sentía oscurecía su razón, y las lágrimas de los celos y del despecho, subiendo hasta sus ojos, la impedían ver lo que escribía.

Rasgó dos o tres hojas del papel, no satisfaciéndole sin duda las ideas que había trazado en él, o la forma en que las había emitido.

Finalmente, su razón fue serenándose algún tanto y pudo escribir lo siguiente:

«Caballero:

»Apenas sé cómo comenzar una carta a la cual la torpeza y doblez de vuestra conducta han creado dificultades que no sé de qué manera salvar.

»He procurado ver el medio de dominar mi justa indignación, de evitar que el corazón herido atropelle lo que el decoro y la sensatez exigen, pero todo es imposible.

»Tal os habéis portado conmigo, tuvisteis un modo tan indigno de proceder con la mujer que tantas y tantas pruebas os dio de su amor, que apenas, si encuentro una frase que pueda expresar verdaderamente todo lo grande de la felonía que habéis cometido.»

-¡Dios mío! ¡Dios mío! -murmuró doña Isabel interrumpiendo su escrito- ¡Si aun cuando recuerdo todo lo que me ha hecho, no puedo cesar de quererle!

-¿Por qué no continuáis vuestra carta, señora? -dijo en esto una voz a espaldas de doña Isabel, mientras que una mano sobradamente ligera arrebataba el papel en que ella escribía, antes de que pudiese impedirlo.

Estremecióse la dama, y un grito se exhaló de sus labios al reconocer, en la persona que acababa de hablarla, a su esposo.

Volvióse vivamente, y el conde, a dos pasos de ella, tenía en su mano la carta que acababa de coger.

Irguióse con altivez la dama, y dijo:

-Caballero, ¿cuándo os he dado derecho para que os apoderéis de los papeles que estoy escribiendo?

-Tomad, señora -contestó don Rodrigo entregando la carta que había cogido- no necesito tenerla en mi poder, toda vez que antes me había enterado de su contenido.

-Acción bien indigna por cierto.

-Supongo que no trataréis de quitarme el derecho que ante el mundo tengo, por lo menos, de conocer todo aquello que haga mi esposa, y con lo cual pueda poner en ridículo mi honor.

-Paréceme que ya os dije un día lo que había sobre el particular: si no me es infiel la memoria, y tened en cuenta que no suele sérmelo tratándose de asuntos de tal naturaleza, recuerdo, pues, que os hube de decir que amaba a otro hombre; que si bien ante los hombres era vuestra esposa, ante Dios mi corazón estaba libre, y por lo tanto, había hecho donación de él a quien mejor me había parecido; hube de añadiros también que quien como vos, por medio de una felonía únicamente, había podido ganarse mi mano, no podía nunca aispirar a otra cosa, ni debía quejarse por una situación que él y sólo él había creado. ¿No fue eso todo lo que os dije, señor conde?

-¡Oh, señora! Es que hay cosas que aun cuando se digan, ni deben, ni pueden creerse.

-Sin embargo, motivos teníais respecto a mí para creer cuanto yo dijera.

-Es que esos motivos, permitidme que os diga que si los habéis tenido, fue únicamente gracias a la condescendencia mía.

-¿A vuestra condescendencia?

-Sí, señora.

-Vamos, conde, permitidme que juzgue una chanza lo que no es posible que vos digáis en serio.

Doña Isabel había conseguido reponerse.

En los primeros momentos sobrecogióse de tal modo al reconocer la voz de su esposo, que tal vez si éste hubiera intentado cometer cualquier violencia, no se hubiese hallado con fuerzas para impedirlo.

Pero pronto se sobrepuso a aquella pasajera debilidad.

Recordó que en la carta que estaba escribiendo no se hallaba el nombre de la persona a quien se dirigía, y esto la tranquilizó.

Porque a pesar de cuantas quejas abrigaba respecto a don Luis, la sola idea de que corriese un peligro, la afectaba dolorosamente.

Y precisamente sabía que su esposo ignoraba hasta entonces el nombre de su amante.

Así es que su primera idea fue la de si ella habría cometido la imprudencia de estamparlo en la carta.

Mas ya segura de que no, y además, vista la actitud tomada por el conde, recobró su serenidad, y pudo afrontar la escena que previó desde luego que iba a seguirse.

Porque desde la que nuestros lectores presenciaron, el mismo día en que se escapó Guevara de la quinta del Pardo, había eludido con suma destreza toda explicación con su esposo.

Habían cruzado sí algunas palabras más o menos intencionadas, alusiones hechas sobre aquellos sucesos; pero nada más.

Y no era porque don Rodrigo no estuviera muriéndose de celos.

Ya hemos dicho que amaba a su esposa; pero desde que supo por el anónimo primero, y por los mismos labios de doña Isabel después, que ésta amaba a otro hombre, desarrollóse su amor de un modo poderoso, y sintió unos celos horribles.

Celos que le destrozaban el corazón, y que hacían de su existencia un tormento insoportable.

Pero aquel hombre, valiente y arrojado ante el enemigo, era débil y tímido ante su esposa.

Porque doña Isabel era una mujer valiente.

Desde el primer día se le había impuesto de un modo poderoso y enérgico, y él cedió fascinado por el extraño poder que ella había ejercido desde el primer momento en que la vio.

La condesa sabía perfectamente la fuerza que tenía, y usaba de ella, y aun quizás abusaba; pero realmente ella se había mostrado sumamente franca con don Rodrigo al celebrar su matrimonio, y no tenía éste motivo de queja, toda vez que asintió a casarse con una mujer que le dijo que ni le amaba, ni le amaría jamás, y que nunca la exigiera cuentas respecto a los sentimientos de su corazón, porque no se las daría.

Capítulo LXXI. De qué modo puede interrumpirse la conversación de dos esposos

Las últimas palabras de doña Isabel irritaron doblemente al conde, que sin poderse contener la dijo:

-Señora, no hablo de chanza, porque tampoco, de chanza fue la ofensa que me inferisteis, os he hablado con verdad, y paréceme que reunís a una ligereza que calificar no quiero, sobrada impudencia para hacer alarde todavía de lo que debierais ocultar.

-Lo ocultara si antes no lo hubiera prevenido -repuso doña Isabel.- Si al enlazarme con vos lo hubiese hecho en las condiciones en que otros matrimonios se verifican, estad cierto, señor, que os lo ocultara.

-¿Y creéis acaso que en el mero hecho de haberos casado conmigo en las condiciones que lo hicisteis y por haber yo asentido a lo que me dijisteis vos, os halláis autorizada para poner mi nombre en ridículo y para mancillar mi reputación? Si yo os he confiado mi honra, señora, no ha sido para que la arrastréis por el lodo.

-¿Y creéis acaso que no sé yo guardar mi decoro?

-Mal guarda su decoro la que esconde bajo el techo conyugal a un amante, y la que tiene que reprocharle quizás un abandono o una traición de la manera que vos lo hacíais en esa carta cuya continuación he venido a interrumpir.

Efectivamente, el conde había entrado en la cámara de su esposa momentos después que doña Isabel se había puesto a escribir, y tan abstraída estaba en su propio pensamiento que no advirtió el rumor producido por sus pasos.

El conde se adelantó con suma precaución hasta colocarse detrás de su esposa, y aun cuando con alguna dificultad leyó todo lo que ésta con mano febril había ido escribiendo.

Realmente en lo que el conde acababa de decir tenía razón; doña Isabel no podía por ningún estilo prevalerse de las condiciones especiales y de lo que en su matrimonio había mediado para cubrir de ignominia el nombre de su esposo.

Ella misma lo comprendía así, que no era la condesa de Santillán mujer de tan limitado talento que se creyese autorizada para proceder del modo que lo hiciera.

Así fue que a las frases de su esposo, apresuróse a contestar:

-Ya os dije, señor, días pasados, cuando de este asunto me hablasteis, que os había faltado; que realmente yo no tenía derecho para entregar mi corazón a ningún otro hombre; que erais dueño de mi vida, y que podíais hacer de ella el uso que por más conveniente tuvieseis.

-Pero si es que yo no puedo hacer ese uso, Isabel; si es que yo os amo con un cariño como jamás pensaba que pudiese amar.

Doña Isabel comprendió que en aquel amor estaba su verdadero peligro.

De sobra sabía que de nada la hubiese servido su voluntad para oponerse al amor de su esposo, si no le hubiera dominado desde el principio; pero siempre había temido que el cautivo rompiese su cadena y exigiera lo que de derecho le correspondía.

Precisamente toda la fuerza de doña Isabel para sostener aquella situación tan violenta había consistido en el exacto cumplimiento de sus deberes.

El conde no podía reprocharle la acción más insignificante, no podía formular contra ella la acusación más leve; así era que dominaba doña Isabel con la grandiosidad de su sacrificio, la grandeza de los mismos derechos que don Rodrigo había adquirido con su enlace.

Pero desde el momento en que ella había descendido de aquella altura, desde que el conde pudo no solamente reprocharla, sino vituperarla por haber llevado la deshonra y la vergüenza al hogar doméstico, la situación de ella podía variar mucho.

En vez de ser ella quien acriminase, no tenía otro remedio que sufrir las recriminaciones de su esposo, y esto, dado el carácter orgulloso de la dama, era realmente terrible para ella; sin embargo, no se intimidó, a pesar de tener en contra suya todo lo desfavorable de su situación.

Había creído que el conde habría olvidado ya el amor con que en otro tiempo la persiguiera, en cuyo caso estaba segura.

Mas desde el momento en que este amor tornaba a mostrarse, y se mostraba realmente gigante, según se desprendía de las palabras que el conde acababa de decir, el peligro paral ella arreciaba, y había de serle muy difícil poderle evitar.

Sin embargo, trató de luchar.

Mostrar que tenía miedo era declararse vencida, y ser vencida en aquellas circunstancias hubiera sido para doña Isabel el colmo del envilecimiento.

Si cuando no tenía mancha ninguna en su honra, si cuando estaba virgen su corazón no había permitido al esposo que se aproximase a ella, consentir que entonces lo hiciera estando llena por completo su alma con el cariño de otro hombre, hubiese sido, según el modo de pensar de doña Isabel, la acción más inicua que pudiera existir.

-Bien sabéis, señor -dijo después de algunos momentos de silencio- todo cuanto os dije antes de verificarse nuestro enlace; os habíais atrevido a mí, y no quise que hubiese un hombre en el mundo que pudiese decir jamás que había logrado de mí un favor sin ser mi esposo.

-Bien los habéis concedido a otro.

-¿Y no os dije que me reservaba la libertad de mi corazón?

-Sí, señora.

-¿No os dije también que no me era posible responderos de lo que sucedería el día de mañana?

-Es verdad.

-¿Y no accedisteis vos a todo cuanto os dije?

-¡Oh, sí, por mi mal!

-¿Podéis por lo tanto acusarme de desleal? ¿Podéis decirme con entera verdad que yo os he faltado? Responded, caballero, responded con entera franqueza.

-Yo no puedo responderos más sino que os amo.

-Y yo no puedo corresponderos.

-Es que soy vuestro esposo -repuso el conde con acento tembloroso de ira y de amor.

-Por más que seáis mi esposo, quiero concederos también que sois caballero y me empeñasteis vuestra palabra, y vuestra palabra debéis cumplirla.

-¡Doña Isabel!

-Cuanto vos digáis será inútil.

-Pero si según se desprende de esa carta que estabais escribiendo, han correspondido a vuestro amor con la falsía; si el miserable en quien fiabais ha burlado vuestro amor, ¿por qué no obráis del mismo modo?

-Porque eso fuera igualarme a él en la doblez y en la falsía, y yo he obrado siempre con lealtad. Bueno o malo, favorézcame o no, digo siempre la verdad, y en su consecuencia, a la doblez y a la falsía con que me traten, jamás corresponderé con otra falsía y otra doblez, sino que sufriré, lloraré, tal vez trate de vengarme, pero no otra cosa.

-¿Y por qué no admitirme en vuestra venganza? ¿Porqué no darme un lugar en ella?

-Porque fuera locura en mí admitirlo, y rebajaros vos demasiado.

-Pero ¡decidme quién es ese hombre, señora! Ardo en deseos de conocerlo, así como ardo en deseos de vengaros y de vengarme. Si vos comprendierais, doña Isabel, el horrible tormento a que vos misma me habéis condenado, de fijo que tendríais alguna piedad de mí. Ya sabéis, porque así os lo dije cuando de mi amor os hablé por primera vez, que os amaba con un cariño extraordinario, cariño que finalmente me llevó al extremo que sabéis, extremo que he deplorado mucho más de lo que os imagináis, y respecto al cual diera toda mi vida por hacérosle olvidar.

-Pero no comprendo a qué pueda venir todo eso, señor conde. Harto sabéis ya mi modo de pensar respecto a ese asunto, y en su consecuencia, ni vos debéis hablar más sobre él, ni yo escuchar lo que indudablemente renueva heridas pasadas.

-¿Y las mías? -preguntó don Rodrigo con acento desesperado.- ¿Acaso creéis que nada signifiquen y que nada valgan? Vamos, doña Isabel; convenceos de que habéis procedido con una ligereza tan grande, que a no ser quien es vuestro esposo, y a no amaros tanto, es muy posible que hubieseis tenido un grave disgusto. Pero de todos modos, guardaos, señora, guardaos mucho, porque la paciencia tiene sus límites también, y tal podría ser el despecho que me produjese mi amor herido, tal la ira que hicieran nacer mis celos, que llegare a ofuscárseme la razón, y no sé hasta donde podría llegar entonces.

La amenaza del caballero devolvió a la dama la energía y la resolución que pudieran haberle faltado a seguir el conde otra marcha distinta.

Alzóse fieramente de su asiento, y fijando una mirada altiva en el conde, le dijo:

-¿Qué habéis querido decirme con eso, señor conde?

-Nada, doña Isabel; hoy no quiero deciros nada, pero tal vez mañana pudiera ser mucho.

-¿Quiere decir que me amenazáis?

-No; os prevengo, y bien sabéis que desgraciadamente para vos os halláis en esta cuestión en un mal terreno.

-¿Es decir que suponéis sin duda que por esa consideración vaya ahora a humillarme ante vos?

-¡Doña Isabel!

-Estáis en un error. Yo podré confesar mi falta, podrá reconocer que he obrado mal; pero estad cierto que ni me humillaré ante vos, ni os pediré perdón, porque motivos no existen para ello, ni podéis aterrarme con todas las amenazas y con todos los propósitos que abriguéis.

-Deploro que os descompongáis de tal manera, doña Isabel, cuando para ello no os di motivo -repuso el conde visiblemente afectado por las palabras de su esposa- pero ved lo que hacéis, porque a pesar de vuestra altivez, a pesar del tono y del aspecto que tomáis, y con el cual creéis poderme intimidar, es posible que cese de ser lo que hasta ahora he sido para convertirme en...

-¡Caballero!

-Dejadme que concluya.

Pero el conde no pudo conseguir su intento por más que doña Isabel no se opuso.

Precisamente de súbito se alzó el tapiz que cubría el hueco de la puerta, y un paje dejó franco el paso a Simón.

Éste se había presentado en el palacio espontáneamente y sin que los criados que en su busca se habían enviado hubiesen dado con él.

El bribón, a pesar de que la última vez que habló con la condesa, había sido tan bruscamente tratado por ella, comprendiendo que quien necesita no debe ser quisquilloso, y que los que sirven a los grandes deben sufrir sin quejarse de sus impertinencias, como que sin duda le convendría volver a verla, hizo caso omiso de su anterior conducta, y fue a su casa.

Los criados, como que habían recibido orden de ir a buscarle al momento, al verle se alegraron, y se apresuraron a hacerle pasar a la estancia de su señora.

El conde había entrado en ella, como sabemos, pero dio la casualidad que los criados no lo sabían, y creyendo que su señora estaría sola, hicieron entrar al bandido.

Sorprendido quedó éste, y no lo quedó menos el conde que advirtió al momento la turbación de su esposa.

Porque efectivamente, doña Isabel, a pesar de todo su dominio, no pudo prescindir de alterarse al ver a Simón en presencia de su esposo.

Capítulo LXXII. A qué iba Simón a ver a doña Isabel

Desvanecida a los pocos instantes la impresión que había producido tanto al conde como a doña Isabel la repentina aparición de Simón, dijo el primero dirigiéndose al último con altanero acento:

-¿Quién sois y con qué derecho os presentáis aquí sin demandar antes para ello el permiso oportuno?

Simón no supo qué responder y se contentó con mirar a doña Isabel como suplicando su inmediata intervención.

La noble dama aunque no enteramente repuesta del todo, tomó la palabra.

-Yo había dado orden de que se le buscase e introdujese a su llegada.

-¡Ah! eso es distinto; no hay que extrañar la sorpresa que me ha producido la aparición de ese hombre porque no os suponía en relaciones con gente de tal jaez.

El conde pronunció sus, últimas palabras acentuándolas con marcado desprecio.

Doña Isabel pareció no advertirlo, y contestó:

-Es el mandadero del convento de Capuchinos.

-¡Mandadero! -dijo el conde fijando su escrutadora mirada en la persona del perillán- nadie lo diría -objetó con cierta ironía- más bien tiene trazas de soldado.

Simón no las tenía todas consigo y deseaba de todas veras que tuviese pronto término aquella escena.

-Comprendo que tendréis que tratar de graves asuntos con el mandadero de la Santa Comunidad, y no quiero robar el tiempo a las piadosas obras en que indudablemente querréis invertirlo.

-No es asunto de tanta perentoriedad.

-Nada, señora, os dejo libre; tiempo nos queda sobrado a nosotros de vernos y hablarnos.

El conde saludó a su esposa, y al retirarse lanzó una severa mirada a Simón que no supo soportarla sin bajar los ojos.

En cuanto el conde desapareció, doña Isabel sin dignarse casi mirar a su interlocutor le preguntó:

-¿Se te ha dicho que deseaba verte?

-Nada sabía -contestó humildemente Simón.

-¿Y no pudiste comprender en nuestra última entrevista que sin ser llamado no debías presentarte aquí?

-Perdóneme su excelencia; pero yo juzgaba que el otro día, que tuve el honor de hablarla, estaba la señora condesa de bastante mal humor por circunstancias que no están a mi alcance adivinar ni comprender, y a consecuencia de ello creía yo que era debido el serio modo con que recibió a éste su humilde y leal criado.

-¡Ah! ¿eso creíste?

-Sí, excelentísima señora, eso creí; pero no por eso dejé de considerar ser de mi obligación el cuidar de enterarme de todo aquello que pudiera interesarla.

-Al fin me convencerás de tu leal solicitud.

-Haré cuanto pueda para ello.

-Sin embargo, sobre ser ese punto difícil de conseguir, has agregado hoy un nuevo motivo de disgusto con tu repentina aparición.

-No ha sido mía la culpa, créalo su excelencia, pues apenas he llegado y preguntado por la señora condesa, se me ha introducido al instante a su presencia.

-Bien; dejemos eso, y sepamos qué ocurre, y cuál es el motivo que aquí te ha conducido.

Simón había comprendido perfectamente que cuando el criado de confianza de doña Isabel se había apresurado a franquearle el paso, era señal evidente de que ésta deseaba verle; por más que nada le había indicado el doméstico, estaba plenamente convencido que aquella vez no saldría del palacio de la condesa tan despechado y mohíno cual lo había hecho en la anterior ocasión; por lo tanto, completamente tranquilo sobre el particular, contestó sin vacilar y con resuelto aunque respetuoso tono:

-He venido a dar a la señora condesa noticias que la importan.

-Mucho saber es eso.

-Digo lo que creo.

-Habla.

-Se trata de don Luis.

El bribón usaba de ese nombre cual de un talismán, porque estaba muy seguro del efecto que causaba el oírlo a doña Isabel.

-¿Y bien? -replicó la dama sin que le fuera dado disimular su emoción.

-Creo recordaréis que el otro día hablé de la intriga en que cierta dama había logrado mezclarle.

-En efecto, algo recuerdo.

-También indiqué que la trama, o mejor dicho la conspiración en que toma parte el susodicho joven, era conocida de alguien allegado del gobierno, y que éste había tomado las medidas necesarias a fin de castigar con severa mano a los conspiradores.

-Sí, sí, recuerdo algo de eso -dijo con impaciencia doña Isabel.

-Entonces, me ofrecí porque podía hacerlo, a impedir que los golillas echasen el guante a don Luis.

-¿Y hoy?

-Como se me ordenó que nada hiciera...

-¿Qué? -preguntó con visible afán doña Isabel.

-Nada hice por no disgustar a su excelencia.

-¿Y es eso todo?

-No; hay algo más.

-Pues sepámoslo.

-La orden de prender a don Luis de Guevara está ya dada.

Mortal palidez cubrió el rostro de doña Isabel. Simón continuó:

-He creído que esto podría importaros, y he aquí el motivo de mi venida.

La condesa, repuesta algún tanto de la desagradable impresión que le produjo el saber que estaba ya dada la orden para encarcelar a don Luis, adoptó de nuevo una actitud reservada, y contestó con severo acento:

-Creo también que el otro día te indiqué que es muy justo se castigue al que delinque. ¿No es eso?

-Así fue.

-Pues por ahora no he variado de modo de pensar.

-Es que yo no creo que don Luis haya delinquido.

-Esa será cuenta de sus jueces.

-¡Desgraciado del que cae en manos de esos respetables señores!

-Pues lo más prudente es procurar no caer.

-Tuve la honra el otro día, de indicas a su excelencia que doña Catalina de Sandoval, sea por despecho, sea por lo que fuere, era la que había tendido la red en que inadvertidamente había caído el noble joven a quien me refiero.

-Edad tiene suficiente, y bastante criterio, para saber a ciencia cierta lo que hace.

-¡Oh! señora, los amigos a veces son causa de que los hombres más avisados cometan multitud de torpezas.

Doña Isabel guardó silencio.

Simón decíase entre sí: -No quiere dar su brazo a torcer; sin embargo, no me cabe duda de que me había mandado llamar, y el llamamiento no obedece a otra cosa más que a la cuestión de mi hombre; pero está visto que quiere hacerme ver que si se interesa al fin por él, lo hace únicamente movida por la compasión. Hagamos bien el papel.

Como se ve, no estaba muy desacertado el ladino Simón en sus reflexiones. Engañar a aquel tuno era punto menos que imposible, y por más esfuerzos que doña Isabel hiciera a fin de convencerle que ya nada le importaba don Luis, no era muy fácil que interiormente se convenciera Simón por más que verbalmente dijera lo contrario.

-Es el caso -dijo rompiendo de nuevo el silencio el muy bellaco- que me temo mucho lo pase muy mal ese noble mancebo.

-No está en mi mano remediarlo.

-¡Oh, no digo yo tal cosa!

-Pues, entonces...

-Francamente, yo creía que siquiera fuese por compasión, no hubiera desagradado a la señora condesa el terciar en el asunto.

-Cansada estoy de hacer bien, y de recibir mal premio.

-¡Ah! yo ignoraba que don Luis...

-¿Quién te habla de ese caballero? -repuso gravemente la dama.

-Creí que aludía a él la señora condesa.

-Sin duda te has imaginado que no tengo yo cosas más serias en qué pensar, cuando crees...

-Yo nada creo, ni tengo motivos para ello -se apresuró a decir Simón, comprendiendo que era eso lo que deseaba aquella señora excelentísima.

-¿Qué puede importarme a mí ese joven?

La pobre condesa olvidaba, al obrar cual lo hacía, que Simón tenía de sobra motivos suministrados por ella misma para poder apreciar en lo justo lo que podía haber mediado entre ella y don Luis, y creía fácil cosa el convencer a su taimado interlocutor de que nada podía haberle importado nunca el joven de quien se trataba. Hay que convenir en que en ocasiones dadas, las personas de más claro criterio suelen obrar lo más inocentemente que darse pueda. Doña Isabel se hallaba en uno de esos momentos; Simón sabía demasiado a qué atenerse, y estaba dispuesto a ganar la batalla, fuese como fuese.

-Comprendo que a la señora condesa no le importe ese joven gran cosa; pero atendido el generoso corazón y compasivos sentimientos que en él abriga el de su excelencia, y teniendo por mi parte en cuenta la protección que en tiempo no muy lejano se dignaba dispensar a don Luis, me había imaginado que no vería con gusto la ruina de ese caballero.

-No le deseo mal alguno.

-¡Oh! eso desde luego me lo figuro, porque la señora condesa no quiere mal a nadie; pero confieso que había creído de buena fe le sería grato hacer algo en pro de un amigo que se halla expuesto a un inminente peligro; espero que su excelencia se digne perdonar mi equivocación.

Por lo visto, Simón quería tratar el asunto bajo forma distinta. Para él, el principal objeto era el de que se le ordenara hacer algo, y eso estaba seguro de conseguirlo, con gran provecho por su parte.

-Equivocado completamente, no -dijo doña Isabel.

-En ese caso...

-Quiero decir que la suerte de ese joven no puede serme del todo indiferente, siquiera sea por las relaciones que han existido entre mi familia y la suya.

-No está malo el pretexto -pensó Simón, y agregó en alta voz:

-Indudablemente ese es un motivo, que hasta cierto punto obliga a la señora condesa a mirar con algún interés a esa persona.

-Por eso le he dispensado en anteriores ocasiones mi protección.

-Facilito es engañarme a mí -seguía pensando el taimado Simón.- Después de la de marras, ¿creerá esta señora que se me puede hacer tragar el anzuelo? Deseando está ella encargarme que haga cuanto pueda por su pichón; ¡qué suerte tienen algunos hombres!

-Desde luego me figuré siempre -repuso contestando a doña Isabel- que el interés que la señora condesa ha manifestado en pasadas ocasiones hacia ese caballero, era debido a relaciones de familia.

-Desgraciadamente para él, no ha sabido apreciar en lo que valían mis consejos y mis beneficios.

-Algo hay que perdonarle a un joven.

-Sí; pero no quiero dar lugar a torcidas interpretaciones.

-¿Y qué motivo hay para ello?

-El vulgo es malicioso y lenguaraz, y sería harto sensible para mí el que hubiera quizá quien supusiera en mí actos e ideas que jamás he tenido ni pienso tener.

-No es fácil que tal cosa suceda.

-Pero podría suceder, y yo tengo en mucha estima mi propio decoro.

-No veo la razón de que nadie se entere de lo que nada lo importa.

-No comprendo cómo don Luis se ha cegado hasta el punto de no meditar lo que hacía al meterse a conspirar.

-Ha seguido a algunos amigos suyos que de buena fe como él se han metido en la boca del lobo, y preveo que el resultado ha de serles fatal: las órdenes expedidas me consta que son severas.

-Siendo así, veo que será preciso hacer algo por ese muchacho.

-Si no, créame la señora condesa, que lo va a pasar mal.

-Ante todo, no quiero que mi nombre suene para cosa alguna en este asunto.

-Descuide su excelencia.

-¿Cuentas con medios para poder por tu parte librarle del golpe que le amenaza?

-Aunque hoy es algo más difícil que lo era el otro día, atendido al estado en que se halla el asunto, yo removeré tierra y cielo siempre que se trate de hacer algo que la señora condesa ordene.

-Se supone que necesitarás dinero.

-Tal creo, pero en este momento no puedo asegurarlo, y ruego a su excelencia que crea no es el oro el móvil que me obliga a servirle con tanta solicitud, sino el agradecimiento.

-Tiempo habrá de pedir -pensó Simón- hoy conviene hacerme el desinteresado.

-Preciso será creerte al fin.

-Hablo con la mayor sinceridad.

-De todos modos, no te abstengas de pedirme lo que sea necesario.

-Así lo haré cuando sepa a qué atenerme.

-Procura, pues, salvarle.

-Lo haré.

-Y como desearía poder reconvenirle de viva voz y aconsejarle prudentemente, quisiera vieras el modo de proporcionarme una entrevista con él.

-Contad con ello. ¿Tiene algo más que mandarme la señora condesa?

-Puedes retirarte.

Simón saludó, y salió del gabinete de la condesa, diciéndose para sí:

-Está muertecita por él, eso ya lo sabía yo. Hay que convenir en que ese don Luis es un mozo afortunado.

Capítulo LXXIII. Donde Simón, por querer salir del paso, da lugar a un nuevo compromiso

Muy satisfecho de sí mismo se disponía ya Simón a bajar la escalinata que conducía a la planta baja del palacio, cuando sin saber por dónde, se le apareció en frente nada menos que el altivo conde de Santillán, el cual, con imperativo modo, le dijo:

-Sígueme.

Simón no se atrevió a replicar, y siguió al conde hasta el propio aposento de éste.

Una vez dentro del gabinete, el caballero con la mayor tranquilidad del mundo, se llegó a la puerta, la cerró, guardóse la llave en uno de los bolsillos de su chupa, llegóse a una mesa, abrió varios cajones, de uno de ellos sacó una pistola de arzón, la examinó con detenimiento y Simón la miró con espanto, de otro cajón extrajo una abultada bolsa de seda, cuyo contenido, que era el de una fuerte suma en monedas de oro, vació encima de la mesa, hecho lo cual, sentóse con la mayor imperturbabilidad en el magnífico sillón que se hallaba colocado junto a la susodicha mesa, y que estaba situado precisamente frente por frente de la puerta de entrada que antes había cerrado.

Simón empezaba a sentirse mal, y a pesar de la agradable vista que le proporcionaba el montón de oro que frente de sí tenía, hubiera dado algo bueno por encontrarse lejos de aquel sitio.

El pálido y severo semblante del conde, su grave continente, la acción de cerrar la puerta y guardarse la llave, y sobre todo, la larga pistola que el caballero tenía colocada al alcance de su mano, no daban muy buena espina a aquel tunante, que cual todos los valientes de oficio tenía chico corazón en lances apurados.

El conde fue el primero en romper el silencio.

-¿Cómo te llamas?

-Simón -balbuceó éste.

-¿En qué te ocupas?

-Señor, yo...

-Comprendo; siendo varias tus ocupaciones, no sabes en este momento a cuál de ellas dar la preferencia, ¿no es esto?

La turbación de Simón aumentaba por grados y muy visiblemente.

El conde le observaba muy atentamente.

-En una palabra -continuó el conde- tú eres lo que en buen español se llama un bribón de siete suelas.

-Eso de llamarme bribón... -gruñó Simón haciendo un movimiento brusco.

El conde tomó la pistola, y con ella apuntó a la cabeza de su interlocutor; éste se puso densamente pálido, y comenzó a temblar como un azogado.

-Quieto -dijo el conde apuntando.

-¡Por Dios, señor conde! ¿Qué intentáis hacer?

-Sencillamente, despedazarte el cráneo en cuanto hagas otro movimiento que no me parezca del todo bien.

Copioso sudor bañaba la frente de Simón, el cual interiormente se encomendaba a todos los santos y santas cuyos nombres le eran conocidos. Por fin, procurando mover apenas los labios, e inmóvil cual si fuera una estatua, se determinó a implorar gracia.

-¡Por las once mil vírgenes, señor, tenga su excelencia piedad de mí, que ningún daño le he hecho!

-Eso es lo que saber quiero.

-Puedo jurar...

-Debo advertirte que hago poco caso de ciertos juramentos.

-¿Qué quiere, pues, que haga el señor conde?

-Responder con franqueza a lo que yo te pregunte.

-Estoy dispuesto a ello.

-Bien entendido, que estoy dispuesto a castigarte, caso que trates de engañarme.

-Yo diré la verdad de lo que sepa.

-Si así lo haces, cuenta con mi recompensa; aquí, como ves, tengo a mano oro con que saciar tu codicia.

-Ya lo veo -dijo Simón dirigiendo una mirada ambiciosa al montón de oro.

-En mi mano, cual puedes observarlo, está esta pistola cuyo tiro es seguro, y debo advertirte que me envanezco de ser un gran tirador.

-No lo pongo en duda -contestó temblando de nuevo el interrogado.

-Ahora bien, opta por una de ambas cosas.

-Por mi parte la elección está hecha.

-¿Eliges?...

-El oro, señor conde, el oro; me resigno.

-Corriente; tuyo será el dinero si me sirves bien.

-¿Qué hay que hacer?

-Ponerme al corriente de aquello que te pregunte.

Demasiado comprendió Simón lo que el conde podía desear saber; pero él revolvía en su mente el modo de desviarle del verdadero camino con dos fines; primero con el de no perder a la condesa, y segundo con el de embrollar la cosa de manera que él pudiera sacar provecho. Bien resuelto a hacerlo así, se apresuró a contestar con el tono de la más perfecta probidad:

-Pregunte el señor conde y procuraré satisfacerle.

-Así has de hacerlo si tienes algún apego al oro, y sobre todo a tu vida.

-Aprecio en cuanto valen ambas cosas.

-Más vale así: comienzo, pues.

Breve pausa siguió a las palabras del conde.

Simón aprovechó aquel pequeño intervalo o tregua, si se nos permite la frase, para reponerse del todo y prepararse a contestar de un modo oportuno.

El conde meditaba el cómo entablar sus preguntas de cierta manera; en una palabra, le repugnaba tener que hablar de cosas que tan de cerca atañían a su honor con un hombre tal como el que tenía delante de sí; pero últimamente se decidió a hacerlo fuera del modo que fuera, porque anhelaba saber a qué atenerse con completa seguridad.

-¿Qué clase de servicios has prestado y prestas en la actualidad a la señora condesa?

-Ninguno que tenga nada de particular -contestó con el mayor aplomo Simón.

-Alguno será.

-Bien escasos, a fe, según la gratitud que la debo.

-Pero ¿de qué género de servicios son?

-La mayor parte de ellos se han reducido a ser portador de parte de la señora condesa, de algunos auxilios en pro de determinadas personas cuyo estado era lastimoso.

-Eso es muy laudable; pero indudablemente habrás también sido portador de alguna otra misión para alguno que no estuviera en tan precario estado.

-Señor, yo...

-Nada de reticencias; la verdad, sólo la verdad.

-Es el caso, señor conde, que no sé qué contestar a su excelencia.

-Vamos, veo que prefieres el plomo al oro.

Y apuntó de nuevo a Simón.

-Prefiero el oro; créame el señor conde -se apresuró a decir.

-Pues a ganarlo en buena ley.

-De eso trato.

-Debo advertirte que los límites de mi paciencia son algo escasos, y al par es bueno que sepas que suelo tener caprichos bastante raros; y es el caso, que me ha entrado cierta comezón de disparar sobre ti, por ver la figura que hará un tunante de tu calaña clavado a una puerta.

-Puede el señor conde tirar sobre mí si le acomoda; yo por mi parte ni puedo impedirlo, ni hacer otra cosa que decir cuanto sepa de lo que me pregunte.

-Eso último es lo que yo deseo que hagas.

-Pues repito, que estoy dispuesto a ello.

-En ese caso, quiero saber si alguna vez has traído a la señora condesa algún encargo de algún caballero, o al revés, si es ella la que te ha confiado la misión de que a alguno te dirijas.

-Algo hay de eso, señor conde.

Como se puede comprender, el hábil Simón había formado ya su plan, y de aquí el que mostrara tanta serenidad.

-Sepamos.

-Sobre todo, ruego al señor conde que no me comprometa.

-Yo he nacido caballero, y no lo olvido con facilidad.

-Ya me lo figuro, pero no extrañe su excelencia que le haya hecho tal petición, porque puedo tener que nombrar a algún caballero cuya posición actual sea tal, que pudiera perderme con facilidad.

-Nada temas; habla.

-Después de todo, nada malo puede deducirse de lo que a mí se me ha confiado. Todo se reduce a alguna corta entrevista.

El conde escuchaba con febril impaciencia.

-Estoy, estoy; no pases adelante; sólo quiero saber el nombre del caballero en cuestión.

-Vuelvo a repetir a su excelencia, que nada que pueda ofender a mi señora, la condesa, ni puedo decirle, ni creo tenga la menor importancia la amistad que une a mi señora doña Isabel y al caballero don Gil Pérez.

-¿Se trata del secretario del conde de Floridablanca? -dijo verde de coraje.

-Comprenda el señor conde si ese caballero podría perderme.

-Basta; estoy satisfecho; toma.

Y alargó a Simón un puñado de oro, que aquél tomó trémulo de alegría.

-Procura dejarte ver conmigo; acaso te necesite, y no te pese de ello.

-Quedo a vuestra disposición.

El conde se levantó; abrió la puerta y franqueó el paso a Simón, que salió por ella muy satisfecho de sí propio.

-Te clavaste, amigo -iba diciendo para sí- yo he hecho lo que he podido por salir en bien del paso; ahora arréglate como puedas.

El conde penetró de nuevo en su gabinete, del que sólo había salido para guiar a Simón; dejóse caer desalentado en el mismo sillón que antes ocupaba, y murmuró:

-Lo entiendo todo perfectamente; mis opiniones contrarias a las de Floridablanca, y mi amistad con el de Aranda han inducido al secretario Gil Pérez a hacer la corte a mi esposa, con el doble fin de deshonrarme y sorprender mis secretos. ¡Oh! ¡Juro al cielo que mi venganza no ha de hacerse esperar!

Capítulo LXXIV. Donde María comprende que debe obedecer a su padre

Repuesta María en pocos momentos, no quiso entrar a reposar en el convento, como la aconsejaba la doncella, sino que volvió a ocupar la silla que hasta allí la había conducido, y regresó a su casa.

Aquella noche fue cruel para ella.

No podía arrojar de su corazón el amor que profesaba a don Luis, si bien su dignidad herida la aconsejaba romper completamente con el que a su entender había traicionado, tan villanamente su cariño.

Por más que su corazón se desgarrara al tener que arrancar ella misma de él la imagen querida que tanto había acariciado, no dejaba de participar de lo que podríamos llamar preocupaciones de raza, y que consistían en que un noble se deshonraba y deshonraba a su familia desde el momento que miraba con amor a una plebeya, y mucho más si esta era una menestrala.

Se les dispensaba con facilidad, se les perdonaba una distracción, un galanteo, un capricho con una mujer del pueblo, y a veces hasta se celebraban las circunstancias que a aquel hecho habían acompañado; pero semejantes relaciones na podían ni debían tomarse jamás en serio, so pena de convertirse en el ludibrio de todo el círculo más o menos aristocrático que frecuentaba el interesado.

María llevaba algo más lejos sus exigencias.

Sus rectos principios, su sentimiento de justicia, ni aún podía tolerar esos amores de burlas por todos tolerados, y que tan en boga estaban: creía que lo malo, malo era en todas las esferas y condiciones, y no sabía qué ley o qué principio autorizaba ese privilegio para que lo que se consideraba en una clase como una afrenta, se permitiera en otra como moneda corriente; así es que exigía en el hombre que aspirara a su amor, no sólo que la amara, sino que le fuera consecuente y fiel hasta el extremo de no faltarle ni por espacio de una hora.

Todas las razones en que los libertinos de su época se apoyaban para disculpar sus atentados a la moral, las miraba como sofismas que su recto juicio no podía aceptar.

Júzguese, en vista de esto, cuál debía ser la agitación en que pasó la noche.

Pero ni una sola de sus doncellas se apercibió de sus lágrimas y de su profunda pena.

Al amanecer del siguiente día, dispúsose a ir a las Descalzas Reales, como había convenido con su tía en la tarde anterior; pero cuando la hora se acercó, y después de haber reflexionado detenidamente sobre el paso que iba a dar, llamó a su doncella, le ordenó que deshiciera su tocado, y envió un recado a su tía excusándose de asistir a la entrevista, y aplazándola indefinidamente.

Terminadas entrambas operaciones, dispuso que la dejaran sola, sin duda para pensar mejor lo que tenía resuelto.

Entonces sacó de un cajoncito, hábilmente disimulado en un mueble, varias cartas atadas con una cinta verde, y desligándolas, fue leyéndolas una por una con una atención, con un detenimiento, que no parecía sino que se había propuesto estudiar una por una todas las frases de que se componían.

Hubiérase podido adivinar el contenido de aquellos billetes con sólo examinar el rostro de la joven.

Ya severo, ya risueño, era un espejo fiel donde se reflejaban todas las impresiones que recibía con la lectura de aquellas misivas.

A veces se le escapaban palabras incoherentes; pero que revelaban bien a las claras el estado de agitación de su ánimo, y el resultado de la comparación a que en su mente sujetaba a aquellas palabras:

-¡Traidor! -decía.- ¡Qué bien lo finge!... ¡Y decir que todo esto es una mentira!... Parece imposible... ¡Dulcísima, bellísima perspectiva!... ¡Ah, no hay palabras para calificar esta conducta!... Abrir las puertas del cielo, para después hacer rodar hasta el abismo... ¿Es posible que un caballero, que un noble que disfruta del favor del rey, arrastre su dignidad hasta el extremo de sostener torpes y repugnantes amoríos con una bordadora, con una menestrala, con una de esas mujeres cuyo nombre va siempre acompañado de un mote?... ¡Libertino!... ¿Y es cierto que yo le amo a pesar de eso?... No, no; yo no puedo, yo no debo amarle... Sal de mi corazón, culpable amor: sal, y si te niegas a salir seré capaz yo misma de arrancarte y arrojarte del sitio en que te anidas... No; la hija del conde de Lazán no debe oír frases de amor, que no son más que la repetición de las que se han dicho a otra mujer a espaldas suyas... ¡Y aquella cobarde emboscada!... Ahora ya no dudo de que fue dispuesta, o por lo menos autorizada por él... ¡Qué infamia!... Sí, sí; doña Isabel dice bien: es imposible para las dos... ¡Y ella! ¡La condesa de Santillán! La que pasa en la corte por una virtud indomable!... ¡Dios mío! ¿a quién creer? ¿en quién confiar?

Y apoyando la frente en sus manos, dejó correr sus lágrimas, que al menos servían de alivio al terrible sufrimiento que le martirizaba.

Por fin, ya más tranquila volvió a doblar y a atar cuidadosamente las cartas, las guardó en el sitio que antes ocupaban y se asomó a la ventana qua daba al jardín.

Aquella vista pareció alegrarla un poco.

Destacábase su bello y regular busto entre las madreselvas que festoneaban la ventana, y el delicioso aroma que esta delicada planta esparcía por el aire, parecía que era el perfumado aliento de aquella celestial criatura, cuya belleza no bastaba a destruir ni la pena que la torturaba, ni la palidez que el insomnio había esparcido sobre su rostro.

Apoyó un momento el codo en el alféizar de la ventana y el rostro en la mano, y continuó diciendo:

-Tiene razón mi padre... Los Lazán no pueden descender un ápice del puesto que ocupan en la escala social, y sólo este matrimonio puede conservársele... por otra parte, el vizconde me ama, es galante, atento, respetuoso... la prueba de ello es su carta... en nuestra conversación se mostró amable, rendido... no creo pecar de confiada esperando que me dará tiempo para amarle... seremos por ahora buenos amigos...

Y resuelta, como obedeciendo a un pensamiento, a una fuerza superior, bajó al jardín en busca de la fresca brisa matinal para templar el ardor de su frente.

Largo rato paseó, meditando mientras aspiraba el suave perfume de las flores, y consultando de tiempo en tiempo la altura del sol, como si esperase un momento dado.

Por fin, debió llegar este, cuando la joven volvió a su habitación, y dijo a su doncella:

-Pregunta si está en casa mi padre, y puede recibirme.

No tardó en volver, diciendo que el señor conde estaba en casa, y parecía ocupado; pero que no habiendo dado ninguna orden en contrario, creían que no tendría inconveniente en recibir la visita de su hija.

María bajó, y al entrar en la antecámara vio levantarse por cortesía a una joven que en ella estaba.

Su belleza llamó la atención de la hija del conde de Lazán, quien después de corresponderla con una graciosa inclinación cabeza, le preguntó:

-¿Esperáis a alguien?

-Sí, señorita; he traído una carta al señor conde de Lazán.

-¿Y ha de contestaros?

-¡Oh! no tengo prisa.

-Puedo recomendarle que apresure el despacho.

-No, señorita; suplícoos que nada le digáis.

-Sea, pues. ¿Cómo os llamáis?

-Luisa.

María, sin detenerse más, entró en la habitación de su padre, a quien encontró hondamente preocupado, y con una carta en la mano, que estrechaba con violencia.

Antes de pasar adelante, séanos permitido hacer una digresión para manifestar al lector qué causa producía aquella agitación del conde, y el contenido de aquella carta.

Precisamente, al propio tiempo que María recorría el jardín buscando alguna distracción a sus penas, y la firmeza necesaria para sus resoluciones, disponíase el conde de Lazán a salir, y su ayuda de cámara daba la última mano a su traje, cuando un lacayo se presentó anunciando que había en la antesala una joven que deseaba ver al señor conde.

-¿Qué quiere? -preguntó éste con sequedad.

-Dice que es portadora de una carta.

-¿Y por qué no la ha entregado?

-Ya se lo hemos dicho; pero insiste en que debe entregarla en propia mano.

-Vamos, comprendo; vendrá a pedir con pretexto de cualquiera cosa.

-No parece que tiene traza de pedir: lejos de eso, ha dicho que tanto como a ella interesa esa carta al señor conde.

-¿A mí? ¡Bah! ¿quién hace caso?... Que espere.

El criado saludó y salió.

El conde acabó de vestirse con toda tranquilidad, y cuando lo tuvo por conveniente salió a la sala, tiró del cordón de la campanilla, y dijo al criado que apareció en la puerta:

-Que entre esa joven.

Nuestros lectores conocen ya a Luisa, la infeliz joven seducida por el vizconde de Lazán, y cuya seducción había costado al mancebo una estocada que le había tenido a las puertas de la tumba; por consiguiente, nos creemos dispensados de hacer su retrato.

La joven se presentó, y su belleza, así como su aire de modestia, no pudo menos de llamar la atención del conde, que resuelto a hablarla con dureza, modificó inmediatamente su acento, y la dirigió la palabra con afabilidad en estos términos:

-¿Por qué razón... qué causa motiva ese deseo que habéis manifestado de hablar conmigo?

-Señor conde, tenía que entregar esta carta en propia mano.

-Siento haberos hecho esperar; por esto dije que podíais...

-Darla a los criados... lo sé, y lo hubiera hecho por no molestar; pero me habían exigido y había prometido entregarla en mano propia.

-Venga, pues, esa interesante misiva.

-Aquí está, señor conde.

Y la joven le entregó un billete, retirándose luego dos pasos discretamente.

El conde la abrió, miró la firma, sus cejas se fruncieron, sus labios murmuraron un juramento, y fijó una mirada irritada en la joven que la sostuvo con una suavidad inexplicable, y le dijo:

-¿Me permitiréis, señor conde, retirarme a la antecámara ínterin os enteráis de esa carta? Allí esperaré vuestras órdenes.

El conde de Lazán no encontró palabras que contestar, y la joven salió a la antesala.

Repúsose el conde, paseó una mirada en torno, y viéndose solo, fijó sus ojos en la carta, y leyó lo siguiente:

«Señor conde:

»Nada me habéis contestado acerca de nuestra última entrevista, y por consiguiente os escribo para notificaros que la portadora es Luisa, la hija de la marquesa de la Jaridilla, la joven seducida por vuestro hijo, y causa de la herida que hoy le retiene en el lecho.

Alina.»

Sorprendido quedó con su lectura el de Lazán, y ya se disponía a llamar a Luisa, cuando llegaron a anunciarle la visita de su hija.

-Que pase -dijo el conde tratando de reponerse.

Sin embargo, no lo consiguió tan completamente como deseaba, pues su hija, al entrar, le dijo:

-¿Qué tenéis, padre mío?

-Nada, María.

-Os encuentro demudado.

-No es nada, te lo aseguro. ¿Cómo es que hoy te veo tan temprano?

-Porque tengo que hablaros.

-¿Y es urgente la conferencia?

-Según: Yo creo que ciertos propósitos cuanto antes se lleven a cabo mejor.

-¿Has visto a tu tía?

-La vi ayer; pero sólo pude saludarla, pues los deberes de la función religiosa reclamaban todo su tiempo. Me citó para hoy, pero como no he creído necesario molestarla, lo envié recado de que no iría.

-¿Pues no querías pedirle consejos?

-Ya no los considero precisos.

-¡Cómo!

-Sí, padre mío. He reflexionado, y comprendiendo la justicia de vuestras observaciones, cedo a ellas y estoy dispuesta a dar mi mano al vizconde del Juncal. Sólo os suplico que me permitáis hablar con él, a fin de que por acuerdo mutuo podamos fijar las condiciones.

-Gracias, hija mía; no esperaba otra cosa de tu cariño filial, y de los principios que te hemos inspirado. No dudes de que el cielo te recompensará haciéndote feliz y aumentando en todo tu prosperidad.

-Y ahora, padre mío, dadme vuestra bendición.

-Mis brazos, hija querida, pues sólo así puedo darte a conocer cuánto te quiero.

Y el conde la abrazó cariñosamente.

-Ahora recuerdo -dijo María- que he encontrado en la antesala una joven...

-Sí, ya sé... -balbuceó el conde frunciendo el ceño.- Me ha traído esta carta...

-Eso me dijo.

-Cuando tú entraste me ocupaba de ella.

-En ese caso no os quiero estorbar, pues veo que os preocupa mucho.

-Cierto que...

-Hasta luego, padre mío.

Y después de inclinarse respetuosamente, salió la joven en dirección de su estancia.

Capítulo LXXV. El conde de Lazán experimenta una nueva contrariedad

-Por vez primera durante mucho tiempo, me es dado saborear la dicha de verme complacido en alguno de mis deseos. ¡María es un ángel!

Así se expresó consigo mismo el conde en cuanto quedó solo en su gabinete; pero la momentánea sensación de placer que acababa de experimentar con el asentimiento otorgado por su hija referente al enlace que deseaba imponerla el conde, desapareció rápida, cediendo su lugar a la negra melancolía que cual dueño absoluto se había apoderado del corazón de aquel hombre desde hacía largo tiempo. Fijó maquinalmente la vista en la carta de Alina, lanzó un suspiro, y dijo:

-Los designios de la Providencia son inescrutables.

Agitó el cordón de la campanilla, y a muy poco apareció un criado.

-A esa joven que aguarda en la antesala, que pase.

El criado se retiró, y a muy breves momentos Luisa penetraba en el gabinete del conde.

-Dejadnos solos.

Saludó el criado, y obedeció la orden que le acababa de dar el conde; éste continuó dirigiéndose a la joven que permanecía de pie, y con los ojos inclinados hacia el suelo, le dijo:

-Sentaos, joven.

Luisa obedeció maquinalmente, sentándose en la silla que más cerca de sí tenía.

-Aproximaos más. ¿Acaso os causo espanto? -dijo el conde procurando dulcificar la voz cuanto le fue posible.

-Respeto sí me lo infundís, pero no espanto -contestó la bella joven tomando asiento más cerca del conde.

El anciano caballero clavó sus ojos en el rostro de Luisa, cual si quisiera leer a través de él los arcanos de su joven corazón.

La desgraciada y modesta niña no pudo resistir el fulgor un tanto siniestro que brillaba en las negras pupilas que en ella se hallaban fijas.

-Prefiero que sea así como lo decís, porque por regla general, el que sabe respetar no suele mentir.

-Yo he procurado siempre no manchar mis labios con la mentira -contestó con natural ingenuidad Luisa.

-Habéis hecho bien; y os aconsejo que en adelante y por bien vuestro, no variéis de sistema.

-Procuraré por lo menos hacerlo.

-En ese caso ¿podré esperar que respondáis con entera sinceridad?

-No lo dudéis, señor conde.

-Corriente. ¿Tenéis noticias exactas acerca de vuestro verdadero origen?

El rostro de Luisa se coloreó instantáneamente, y después de breve silencio contestó la bella joven con acento conmovido y apenas perceptible:

-No, señor conde.

-¿Ni habéis tratado nunca de inquirir noticias que puedan daros luz sobre ese particular?

-Durante mucho tiempo creí que eran mis padres, los dos honrados ancianos en cuya compañía vivía; a la muerte de aquél a quien yo creí que debía el ser, supe que no me ligaba a él ni a su buena esposa otro lazo que el de la gratitud. Mi madre adoptiva se hallaba en estado muy grave de salud cuando espiró su marido, y no tardó en seguirlo a la tumba. ¡Dios sea servido recompensar a ambos en la otra vida lo que hicieron en esta por la desventurada huérfana!

De los ojos de Luisa se desprendieron algunas lágrimas al invocar la memoria de aquellos a quienes tanto cariño y gratitud debía.

El conde, que continuaba sin apartar la vista del rostro de su interlocutora, se conmovió algún tanto al observar el abundante y silencioso llanto de aquella criatura que delante de sí tenía, y cuya suerte había amargado más y más con alevosía premeditada su propio hijo.

-Tranquilizaos, joven, y perdonadme el que necesariamente me vea forzado a renovaros recuerdos que han de seros dolorosos. ¿Os halláis en disposición de poder continuar contestando a mis preguntas?

-Hablad, señor conde, yo procuraré satisfaceros.

El conde pareció reflexionar durante algunos instantes.

-He de hablaros de mi hijo.

Luisa se conmovió visiblemente.

-Dispuesta estoy a contestaros.

-¿Sabíais quién era él cuando le conocisteis?

-¡Oh! no señor; os lo juro. Siempre le creí un modesto artista, sin más fortuna que su trabajo y su honradez. Únicamente supe la verdad, cuando ya no me era posible rechazarle de mi lado.

-¿Él os había ofrecido?...

-Su mano y su nombre.

El conde frunció las cejas, y continuó su interrogatorio, que como debe suponer el lector, martirizaba de un modo indecible a la pobre Luisa:

-Decidme, ¿qué clase de relaciones os unían al joven que tuvo el desgraciado lance con mi hijo?

-Las de la amistad más pura.

-¿Le conocéis desde hace mucho tiempo?

-Sí, señor conde; ese joven era vecino mío desde mucho antes que espirasen los honrados ancianos que me habían prohijado, y a su muerte me ofreció su desinteresado amparo, que en ninguna ocasión ha desmentido. Jamás el hermano más cariñoso pudo desvelarse con tanta ternura por su querida hermana, como lo ha hecho Antonio por mí.

-Bien ha demostrado su interés hacia vos, en el lance que ha tenido con Carlos.

-¡Ah, señor! no hubiera yo querido que las cosas llegasen a tal extremo.

-Lo creo; no tratéis de sinceraros.

-Si mi sangre toda pudiese borrar la doble desgracia que hoy lamento, la vertería muy gustosa y sin exhalar una queja.

-¿Seréis bastante franca para decirme las esperanzas que hoy alimentáis?

-¡Ah, señor! en esto como en todo os diré la verdad.

-Deseo oíros.

-Habéis hablado de esperanzas, ¿decidme cuál puede abrigar mi humildad?

-¿Creéis que Carlos os haya olvidado?

-¿Existiría yo acaso, si eso creyera?

-Entonces, señal evidente es que no las habéis perdido todas.

-Las que se relacionan con mi felicidad futura, todas, absolutamente todas, las he perdido.

-¿En qué os fundáis?

-Señor conde, ¿qué le es dado esperar a la modesta costurera, perdida ya a los ojos de Dios y a los propios ojos de su corruptor, siendo éste el ilustre hijo del muy noble conde de Lazán?

-Vos y yo lo sabremos en breve.

Con mano convulsiva agitó el conde la campanilla, y al criado que se presentó al sonido de aquella, le preguntó:

-¿Sabes si don Carlos se halla fuera del lecho?

-Está leyendo en su gabinete.

-Ve y dile que se llegue aquí al instante.

Apenas se ausentó el criado, Luisa, temiendo ser testigo de alguna escena borrascosa, se levantó e hizo ademán de marcharse.

-Quedaos, joven, quedaos.

-Por favor, señor conde, yo no quisiera ser causa...

-Os he dicho antes que en breve sabríais lo que os era dado esperar.

En aquel momento penetró en el gabinete don Carlos, el cual hacía sólo dos días que empezaba a abandonar el lecho durante algunas horas del día. La palidez de su rostro se aumentó hasta el punto de asimilarse al de un cadáver, cuando se fijó en la presencia de Luisa.

-Sentaos -le dijo el conde, al advertir que apenas le era dado permanecer de pie sin vacilar.

Carlos se apresuró a obedecer la orden santiguarse.

La casa de maese Nicodemus tenía realmente la peor fama del mundo.

Se contaban cosas horribles de ella.

Se hablaba de orgías desenfrenadas que tenían

-Decid más bien que no debéis negarlo.

-Así es, en efecto.

-¿Nada significa para vos su presencia en este sitio?

-Yo... padre...

-Son inútiles las reticencias que tratéis de usar para justificaros a mis ojos. Responded sinceramente, y advertid que os lo mando.

-Preguntad.

-¿Es cierto que habéis ofrecido uniros ante Dios en los altares con esta joven?

Carlos guardó silencio, contentándose con bajar la cabeza; Luisa aguardaba ansiosa la respuesta del hombre a quien tanto amaba, y cuyo silencio no comprendía.

-¿Olvidáis que os he hecho una pregunta? Contestad concretamente a ella.

-Es verdad -dijo Carlos con débil voz y sin osar a levantar la frente.

-Y si a favor de promesas por vos hechas repetidas veces, y apoyándoos en el amor que habíais logrado inspirar a una huérfana desvalida, habéis conseguido apoderaros de su inmaculada honra, ¿por qué no habéis tratado de cumplir lo que habíais prometido? Contestad.

-Temí vuestro enojo.

-Antes debió conteneros esa consideración. ¿Amáis a Luisa, o habéis mentido al asegurárselo así?

-No he hecho otra cosa que seguir en eso los impulsos de mi corazón.

-Entonces, apresuraos a reparar vuestra falta.

-¡Cómo! Me proponéis...

-¿Crees acaso, y no extraño que así lo creas, que te desdorarías con unir tu noble clase a una mujer de plebeyo abolengo?

-Confieso que...

-Aunque eso no debía en manera alguna ser motivo suficiente para que tú cumplieras como hacerlo debe siempre un honrado caballero, debo manifestarte, que esa joven por ti engañada, debe el ser a persona de alta jerarquía.

Luisa, a quien Alina había dado a entrever algo, aunque muy vago, respecto al asunto de su nacimiento, hizo un significativo movimiento, pero se contuvo ante la severa actitud del conde. Además, hay que confesarlo: en aquel momento el corazón de Luisa estaba pendiente de la resolución que adoptara su adorado Carlos.

Carlos, por su parte, hubiera muy gustoso aceptado el permiso que le concedía su padre, y con gran contentamiento suyo se hubiera apresurado a reparar su falta; pero recordaba el artículo escrito en los estatutos de los Caballeros del Amor, en que se prohibía terminantemente a sus adeptos el contraer matrimonio bajo ningún pretexto ni por ninguna causa, por sagrado que fuera, so pena de batirse con todos los demás caballeros el que faltase a tan sagrado juramento, y esto, como es de suponer, le impedía a él ofrecer su mano a la mujer a quien amaba.

Luisa, cuyo corazón palpitaba con extremada violencia, parecía tener la vida concentrada en la contestación que se esperaba de los labios del hombre a quien ciegamente amaba.

El conde a quien empezaba a irritar el incomprensible silencio de su hijo, tomó de nuevo la palabra.

-Y bien, caballero, ¿no os apresuráis a solicitar la mano de la joven aquí presente? Contestad: ¿queréis o no queréis reparar vuestra falta cumpliendo como honrado dando a Luisa el nombre de esposa vuestra?

Carlos hizo un heroico esfuerzo sobre sí mismo y por fin contestó con empañada voz:

-No puedo hacerlo; es imposible de todo punto.

Luisa, al oír tan inesperada respuesta, se levantó cual movida por resorte del asiento que ocupaba, quiso dar un paso, pero vaciló y cayó sin sentido sobre la mullida alfombra que cubría el pavimento.

El conde acudió en socorro de la desgraciada joven, la levantó entre sus brazos y la colocó lo mejor que pudo en el ancho sillón que él antes ocupara. Después miró a su hijo y con reconcentrado furor, le dijo:

-¿En qué se funda vuestra negativa?

-¿No os basta, padre mío, el que os diga que no puedo aunque quiera cumplir como es debido?

-No, no me basta; ¿es acaso eso una disculpa digna?

-Creed que nadie más que yo anhelaría complaceros.

-Pues entonces, cumplid como es debido.

-Repito que no es posible.

-¡Sois un miserable!

- ¡Padre! -dijo Carlos poniéndose de pie y temblando de coraje.

-Un miserable, lo repito; solo habéis venido al mundo para darme un disgusto tras otro.

-Yo... padre mío...

-Salid, salid inmediatamente de mi presencia.

Carlos inclinó la cabeza, y se retiró.

El conde agitó por tercera vez la campanilla.

-Al momento, que vengan las doncellas de la señorita para atender a esa joven.

El doméstico salió precipitadamente del gabinete en busca del auxilio pedido. Entonces el conde, dando rienda al dolor que le atormentaba, exclamó:

-¿Puede haber más contrariedades acumuladas en contra mía? ¿Cuándo terminarán mis aflicciones? ¿Cuándo pondréis término a mi sufrir, Supremo Dios!

Capítulo LXXVI. La prisión

La misma noche, y a la misma hora poco más o menos en que tenían lugar en casa del conde de Lazán los acontecimientos que hemos narrado en el anterior capítulo, se hallaban reunidas en casa de Paca sus amigas Dolores y Concha, y sus tres pretendientes; esto es: don Luis, Vicente y Joselito.

Entretenidos se hallaban nuestros personajes en sus sabrosas pláticas, cuando de repente vieron aparecer en la sala en donde se hallaban, a don Tadeo, el cual con el semblante alterado y fingiendo hallarse en extremo conmovido, dijo al aparecer:

-¡La paz de Dios sea en esta casa!

-Viene su merced, al parecer, muy alterado.

-Y no en vano, Joselito -contestó don Tadeo- porque he venido jadeando a fin de poderos comunicar una noticia poco grata.

-¿Cuál? -preguntaron a coro las tres mujeres.

-¿Qué ocurre? -exclamó don Luis.

-Ocurre -dijo bajando la voz don Tadeo- una cosa sumamente grave.

-¡Hable su merced por Dios! -observó Paca.

-No os alarméis, hijas mías.

-Pero sepamos de una vez lo que hay -repuso Vicente.

-Hay, que los señores de golilla y vara, como a buenos sabuesos que son, han olfateado la conspiración en que nos hallamos mezclados.

-¡Jesús! -exclamó Paca con desfallecido acento.

-El corazón me lo daba -agregó Dolores.

-También a mí, bien lo sabéis -dijo Concha.

-¡Eh! No hay que amilanarse, que no está todo perdido.

-¿Cree su merced que ignoran nuestros nombres?

-Nada de eso, Joselito; y aun tengo seguro aviso de que se nos anda buscando.

-¡Ay, Virgen mía! -dijo Paca llorando.

-No te aflijas, Paca; aún no estamos en poder de esos señores que nos buscan, y a fe de Luis que me llamo, te aseguro que como no se den mucha prisa en echarnos encima la garra, trabajo les ha de costar conseguirlo mañana.

-Bien lo decía yo; bien me oponía en que os enredarais en ese asunto; pero no queréis nunca hacer caso de las mujeres, y al fin henos aquí llorando ya vuestras locuras.

-Tiene razón Dolores que le sobra, y la tenemos Paca y yo también en lamentarnos de que no nos hayáis hecho caso cuando os advertíamos que no os comprometieseis. ¿Qué nos importa a nosotras que gobierne éste o aquél? ¡Válganos Dios, y qué disgusto tan grande! ¡Ay Joselito de mi alma! ¿Qué será de mí si te llegan a prender?

-No te apures antes de tiempo, mujer -contestó Joselito tratando de consolar a su amada Concha.

-¡Vaya! Dejémonos de inútiles lamentaciones, y sepamos a qué atenernos.

-Tiene razón Vicente -dijo don Luis.

-¿Qué hacemos? -preguntó Joselito.

-Según mi opinión, lo más oportuno es buscar un sitio seguro donde ocultarnos por de pronto.

-Aprobado por mi parte -contestó Vicente.

-También por la mía -dijo Joselito.

-Desde luego eso es lo más prudente, pero también juzgo que lo será el no salir de aquí hasta hora más avanzada.

-No opino lo mismo que su merced, señor don Luis.

-Sepamos por qué, señor don Tadeo.

-Cuanto más tardaremos en salir, menos gente transita por las calles, y por consiguiente más fácil es llamar la atención de los corchetes, en tanto que ahora, entre el tropel de personas que cruzan de un lado a otro plazas y calles, es mucho más fácil escurrir el bulto sin tanto peligro de ser reconocidos.

-Eso es mucha verdad -repuso Concha.

-Francamente, me es muy duro tenerme que separar tan pronto de tu lado.

-Hombre, no falta más sino que ahora te detengas por eso: ya no estaré yo tranquila hasta tanto que tenga la certeza que estáis todos en parte segura: a fe de Concha que esta noche no pegaré los ojos.

-¿Qué se decide? -preguntó don Tadeo.

-¡Por Dios, amigos! Seguid el prudente consejo de don Tadeo; estoy temblando como una azogada; a cada momento se me figura que estoy viendo aparecer por esa puerta la imponente figura de un alcalde de casa y corte rodeado de los ministriles que os han de prender.

-Vamos, Paca, tranquilízate; enjuga esas preciosas lágrimas.

-¡Ay, Luis! ¡No sé por qué se me oprime el corazón de un modo extraño!

-¡Y a mí también! -dijo Dolores.

-Estos hombres no quieren nunca hacer caso de nuestros consejos, y en cambio se fían de los de cualquiera: ¿quién sabe si el mismo que les metió en ese lío ha sido el mismo que habrá soltado la lengua?

-Vaya, Concha, no digas eso.

-Es que yo, Joselito, tengo el corazón muy leal, y hace tiempo que me predico el disgusto que ahora estoy pasando.

-¡Ya no tiene remedio, hija mía!

-Por eso os decíamos antes que miraseis lo que hacíais.

-Vaya, Dolores, hay que convenir en que Joselito acaba de decir la gran verdad: «ya no tiene remedio». A lo hecho, pecho: ¿qué adelantamos ahora con hablar de cosas pasadas? Nada, absolutamente nada; veamos el modo de remediar el conflicto en que nos vemos, y asunto concluido.

-Eso es hablar en razón -dijo don Tadeo.

-Pues, ea, decidamos tranquilamente cuándo debemos salir de aquí y a dónde nos dirigimos; con eso puede que recobren su perdida tranquilidad estas bellas muchachas cuyos semblantes revelan el terrible miedo que se ha apoderado de sus sensibles corazones.

Luis, en tanto que hablaba, miraba apasionadamente a Paca, de la cual tenía cogida una mano entre las suyas.

-Por mi parte -dijo Vicente- estoy dispuesto a hacer cuanto se indique.

-Y yo lo mismo -agregó Joselito.

-Convengamos, pues, en que siguiendo el consejo de don Vicente, el cual ha merecido la aprobación de estos jóvenes, hay que salir de aquí inmediatamente.

-Convenido -dijeron a la vez Vicente y Joselito.

-Falta ahora saber si conviene que busquemos para todos el mismo refugio, o bien que por separado cada uno trate de hallar el suyo.

-Paréceme, amigo Luis, que habíamos de pasarlo algo mejor estando reunidos.

-Dice bien su merced, don Vicente.

-No opino yo lo mismo, Joselito.

-Pues, hable, su merced.

-Eso es, exponga su pensamiento el señor don Tadeo.

-Creo que estando juntos se pierden todos al perderse uno, mientras que buscando asilo separadamente, podemos acaso salvarnos todos, o por lo menos no es fácil que todos nos perdamos.

-Dice muy bien su merced -repuso Concha.

-No soy de la misma opinión -agregó Vicente.

-¿Y por qué? -preguntó Concha.

-¿Qué me importa a mí salvarme, si mis amigos se llegan a perder?

-Bravo, Vicente, bravo; pensamos de igual manera -dijo don Luis ofreciendo su mano a Vicente.

-Y yo también digo lo mismo.

-Pues entonces, Joselito, está decidido: lo que sea de uno será de todos.

-Nada tengo que oponer -agregó don Tadeo hipócritamente.- Pero urge, señor don Luis, que procuremos ponernos en salvo.

-Sea cuando ustedes quieran.

-¡Jesús! -exclamó Paca aterrorizada al ver aparecer en el umbral de la puerta la severa figura de un alcalde de casa y corte, rodeado de sus correspondientes alguaciles.

-Te has perdido -murmuró Concha por lo bajo mirando a Joselito.

-No se nos había engañado -dijo el magistrado a uno de sus acompañantes.

Y penetró en la sala.

-¿Quién es el llamado don Luis de Guevara?

-Aun cuando no es muy oportuno el modo de saludar de su señoría, no hallo inconveniente en decir que yo soy el sujeto que acaba de nombrar.

-No me hallo en el caso de recibir lecciones del señor de Guevara -objetó el hinchado alcalde.

-Ni yo pretendo sentar plaza de pedagogo del señor alcalde.

-Excusemos pláticas que no son del caso; don Vicente González...

-Heme aquí -respondió el aludido.

-¿El torero llamado Joselito?...

-Para servir a su señoría, así me llaman.

No hay para que decir el espanto y consternación de que se hallaban poseídas las majas; agrupadas las tres, estaban temblando, y de sus hermosos ojos corrían abundantes lágrimas.

El alcalde, después de haber hablado algunas palabras en voz baja con uno de sus ministriles, tomó de nuevo la palabra dirigiéndose a los tres hombres antes citados:

-Pues, señores míos, en nombre del Rey, (que Dios guarde) daos a prisión.

-¿De qué se nos acusa? -preguntó don Luis.

-De conspiradores contra el leal gobierno de su señoría el señor conde de Floridablanca.

-¿Y a mí? -repuso don Tadeo.

-¿Quién sois vos?

-Don Tadeo...

-Basta -dijo el alcalde sin dejarle terminar- no tengo respecto a vos orden alguna.

-Pues es muy justo que a mí se me prenda también.

-¿Por qué razón?

-¡Oh! Callad -dijo don Luis admirado de la leal abnegación de don Tadeo.

-No, señor don Vicente; no ha de ser así sin que por mi parte diga en presencia del señor alcalde, que yo también formaba parte de la conspiración.

-Podrá ser así, pero no gusto en extralimitarme; y como quiera que no he recibido orden alguna que haga referencia a vuestra persona, no procedo a prenderos por más que en ello tuviera gran gusto, baste que os confesáis también conspirador, pero pierda cuidado su merced que no lo olvidaré, contentándome interinamente con que se vigile con eficacia hasta el momento oportuno.

-¿Qué habéis hecho don Tadeo? ¿Qué ha logrado vuestra leal pero imprudente revelación?

-He cumplido como bueno, y eso me basta, don Luis; ahora venga lo que venga.

-Vamos, señores.

-¡Un momento; señor alcalde, no se los lleve tan pronto por piedad! -exclamó Paca juntando ambas manos en ademán suplicante y con voz entrecortada por la emoción.

-¿Quién es esta moza?

-Señor alcalde -dijo don Luis pálido de coraje- esta joven tiene honrado nombre y vuestra vara no os releva de que cumpláis con los deberes que impone la cortesía a todo hombre que es bien nacido.

-Muchos bríos tiene el mozalvete -dijo el alcalde mirando insolentemente a don Luis.

-Tengo los que me acomodan, señor alcalde.

-Ya procuraremos que se os aplaquen, basta ya de conversación; seguidme.

Las majas se arrojaron cada una en brazos de su respectivo prometido, y ellos procuraron desprenderse de aquellos tiernos lazos del mejor modo que les fue posible.

Don Luis, Vicente y Joselito salieron de la habitación, y entre una doble fila de corchetes atravesaron el patio; en la calle y guardadas por alguaciles había dos sillas de mano. En una hicieron subir a don Luis, y a Vicente y Joselito en la otra.

Tadeo se separó de las majas ofreciéndolas trabajar sin descanso en favor de los presos, y lleno de gozo interior se perdió en el laberinto de las calles.

Las sillas de mano se pusieron en movimiento, y escoltadas convenientemente tomaron sus conductores distinto camino después de haber hablado en voz baja y breves momentos el señor alcalde con uno de los alguaciles que no era otro más que Simón en cuerpo y alma.

El señor alcalde guiaba la escolta que acompañaba la silla en que iba don Luis, y aquella que seguía a la en que iban Vicente y Joselito era mandada por Simón, el cual se encaminó con su comitiva en dirección al camino de Toledo.

Después de media hora de marcha, se detuvo la comitiva mandada por Simón a la puerta de la venta del tío Langosta. Ambos honrados personajes hablaron en voz baja muy pocas palabras.

-Corriente.

-En ti confío, Langosta; mucho ojo, tu pellejo responde de los presos.

-Descuida, Simón, que no se han de escapar.

Después de tomadas las medidas convenientes, colocados ya los presos en lugar que Langosta juzgó seguro, Simón y los suyos regresaron a Madrid.

En tanto, don Luis era conducido al castillo de Villaviciosa, donde el alcaide le admitió a su llegada, después de haber examinado la oportuna orden que le entregó el señor alcalde de casa y corte que escoltaba al preso.

Capítulo LXXVII. María concede su mano al vizconde

Continuaba Luisa en casa del conde de Lazán, en donde se le procuraban los remedios que la gravedad de su estado hacía necesarios.

El conde se hallaba indeciso sobre el partido que debía tomar; preocupábale grandemente el estado de aquella joven, y la negativa formal de su hijo, respecto a darle su nombre. Desde el día anterior en que había tenido lugar la borrascosa escena que conoce el lector, el anciano conde no había dejado de pensar en ella y en las funestas consecuencias que de sus resultas podían sobrevenirle.

Profundamente preocupado se hallaba, cuando el criado le anunció la llegada del señor vizconde del Juncal, al cual había enviado una misiva. Procuró el conde desvanecer, siquiera fuese por un momento, la negra melancolía que le dominaba, y fingiendo una alegría que se hallaba muy lejos de poseer, recibió al caballero mencionado, al que estrechó la mano entre las suyas con verdadera efusión.

-Bien venido sea a mi casa el señor vizconde.

-Ese, como comprenderá el señor conde, es mi mayor deseo.

-Hacedme la señalada merced de tomar asiento, pues deseo que conversemos un corto rato sobre el asunto que a ambos nos interesa.

-Debo confesar al señor conde -dijo el de Juncal después de tomar asiento- que estaba muy lejos de esperar el favorable cambio que, según su carta, se ha operado en el ánimo de su señora hija.

-Y sin embargo es así, ni más ni menos.

-¿No será que el buen deseo del señor conde hacia mí, le hagan ver las cosas bajo un prisma engañoso?

-Nada de eso, amigo mío; puedo aseguraros que María, acepta espontáneamente y sin ningún género de violencia, la mano con que la honráis.

-Dejando aparte que el honrado y favorecido fuese yo en ese caso, no debéis extrañar las dudas que se me sugieren, y que en manera alguna os ofenden. ¿Cómo explicarme cambio de tal naturaleza en tan breves días?

-Eso no sabré explicároslo yo; pero lo que sí puedo aseguraros, es que mi hija, sin apremio de ninguna clase por mi parte, me ha colmado de alegría, concediendo por su propia voluntad lo que antes negara a mis ruegos y mandatos.

-Convendréis, sin embargo, en que es bien extraño tal modo de proceder.

-¿Y por qué, amigo mío?

-¿Cómo por qué?

-Y lo repito.

-No me parece el carácter de María muy mudable.

-Y la hacéis justicia en eso.

-Entonces más en mi abono.

-María es una joven de muy recto criterio.

-No lo he puesto jamás en duda.

-Siendo, pues, discreta y honrada, ¿tiene algo de particular que haya meditado con calma, y como resultado de sus meditaciones se haya verificado el cambio que tanto os sorprende?

-Pudiera muy bien ser eso que decís, y no me halagara a mí poco el que así fuera;