Personajes

  • SCIPIÓN, joven galán
  • LELIO, General de Tierra
  • EGIDIO, General de Mar
  • LUCEYO, primer galán
  • FABIO, viejo
  • TURPÍN, Soldado gracioso
  • BRUNEL, Soldado gracioso
  • ARMINDA, Dama
  • FLAVIA, Dama
  • LIVIA, Dama
  • CORO de Damas
  • MAGÓN, Gobernador de Cartago
  • CURCIO
  • MÁXIMO
  • SOLDADOS
  • MÚSICOS

Jornada I

Transmútase el teatro de la Loa, que será la fábrica de un suntuoso templo, y se ve la perspectiva de una campaña rústica, poblada de chozas, cabañas y villajes, y al son de cajas y trompetas, dicen dentro.
UNOS
¡Arma, arma!
OTROS
¡Guerra, guerra!
MAGÓN
Antes que a impedirnos llegue
las surtidas de los montes
ese ejército que viene
contra españolas campañas
marchando en romanas huestes,
salgan de Cartago aquellos
que en ella inútiles fueren
para las armas, llevando
cuanto tolerar pudiere
sobre el peso de sus males
lo precioso de sus bienes.
UNOS
¡Arma, arma!
OTROS
¡Guerra, guerra!
UNOS
¡Scipión viva!
OTROS
¡Viva, y reine!
MUJERES
Dentro.
Infelices de nosotras.
FLAVIA
Dentro.
No el rigor os desconsuele
con que de sí nuestra patria
nos arroja; y pues conceden
paso a los montes las tropas
que avanzadas se detienen
en ir tomando los puestos,
sus malezas nos alberguen
hasta que obscura la noche,
entre sus sombras nos lleve
donde, ya que no nos libre,
por lo menos nos aleje
de un peligro en otro.
Ahora salen todas las mujeres, trayendo cada una algunas alhajas como ropa o joyas y por otra parte soldados, y entre ellos Turpín y Brunel.
TURPÍN
En vano,
hermoso escuadrón, pretende
vuestro valor que un peligro
de otro os salve, que no tiene
el infelice lugar
donde su hado no le encuentre.
TODOS
Daos a prisión.
MUJERES
¡Qué desdicha!
FLAVIA
Si preciosos dones pueden
hacer que vuestra codicia
en ellos el rigor quiebre,
que no es poca conveniencia
que antes que la prisión llegue
llegue el rescate, ya dueños
sois de los pobres haberes
que llevamos con nosotras,
pues todas os los ofrecen
por mí a vuestras plantas.
Arrojan a sus pies lo que llevan.
TODAS
Dadnos
paso, sin que osada intente
embarazar nuestra fuga
vuestra saña.
TURPÍN
Neciamente
procediera quien trocara
por humanos intereses
divinas presas; y así,
aunque los dones se acepten,
no el partido.
Recogen las presas los soldados.
BRUNEL
Claro está,
que fuera injuriar la suerte
contentarla con lo menos
quien cargar con todo puede.
TODOS
Venid, pues, adonde esclavas
nuestras viváis.
TODAS
Si no os mueve
la hacienda, muévaos el llanto.
BRUNEL
El llanto más que enternece
tal vez enamora, que es
el más natural afeite
de la hermosura.
FLAVIA
Pues antes
que a vuestro dominio entregue
nuestro pundonor, la vida
sabrá entregarse a la muerte.
TODOS
¿Cómo habéis de defenderos?
TODAS
¡Socorro, dioses clementes!
Quieren llevarlas y ellas se defienden.
TODOS
No hay socorro.
TODAS
¡Piedad, cielos!
TODOS
No hay piedad.
TODAS
¡Hados crüeles,
favor!
TODOS
No hay favor.
SCIPIÓN
Dentro.
Llegad,
y ved qué lamento es ese.
Sale Scipión, joven romano; Fabio, viejo, y soldados.
FABIO
Quitad, apartad.
SCIPIÓN
¿Qué es esto?
FLAVIA
Si ello no lo ha dicho, atiende,
Segundo Scipión, que aunque
hasta hoy no merecí verte,
el parecido retrato
que con boreales pinceles
en las láminas del viento
copió tu imagen al temple,
en lo grave de tu aspecto,
lo afable y lo reverente
de tu semblante, lo amable
de tu vista, y finalmente,
lo florido de tu edad,
pues en cuatro lustros breves
caben valor y hermosura,
me está diciendo quién eres;
Segundo Scipión, segunda
vez digo, sin ofenderte,
que ser segundo a tu padre
es ser primero a tus gentes,
esa inmensa población
que entre villajes silvestres
yace, por su planta altiva,
por sus abundancias fértil,
por su puerto inexpugnable
y por sus murallas fuerte,
es la segunda Cartago
(que hoy este número tiene
no sé qué prerrogativas,
que no hay donde no le encuentre).
Sus primeros fundadores
fueron los cartagineses
que de la primer Cartago
de África su orgullo ardiente
trajo a conquistar a España,
y como los accidentes
de la milicia no obligan
a ser vencedores siempre,
para retirada suya,
sitio eligieron que fuese
árbitro de tierra y mar,
y así, poblaron en este,
que de una parte anchos mares,
de otra montes eminentes,
de ráfagas y de embates
por sí solos le defienden.
Segunda Cartago dije,
porque sus hijos, al verse
de su patria enajenados
y de su cariño ausentes,
por engañarse a sí mismos
pensando que la poseen,
tan regulares tiraron
de sus líneas los niveles,
de sus zanjas los diseños,
que una y otra se parecen
no solo en el nombre, pero
en su gran fábrica, desde
almenas y baluartes
a torres y capiteles.
Magón, hoy alcaide suyo,
viendo cuán altivo emprendes
en la herencia de tu padre
perpetuar los laureles,
pues si él en África pudo
triunfar tan gloriosamente
de la primera Cartago,
con la desastrada muerte
de Anibal, de quien vivió
mortal enemigo siempre,
por cuya grande vitoria
el alto renombre adquiere
de Scipión Africano,
por ser África en quien vence,
tú en heroica emulación
suya, porque en nada quedes
deudor al sacro laurel
con que Roma orló tus sienes,
en quien las canas del juicio
aun antes que nazcan crecen,
a conquistar en España
la nueva Cartago vienes,
queriendo con su ejemplar,
que la fama te celebre
por Español Scipión;
quédese esto aquí pendiente
y vamos al caso en que hoy
mi voz a enlazarse vuelve.
Magón, pues, alcaide suyo,
dando a entender, que no teme,
por más que el terreno ocupe,
por más que el golfo navegue
tu armada con tantas velas,
tu campo con tantas huestes,
ni en sus muros tus escalas,
ni en sus puertas tus arietes,
sino el asedio, que al fin,
al hambre no hay plaza fuerte,
por si dando tiempo al tiempo
lograr en él consiguiese,
que tu ejército deshagan
los dos destemplados meses,
o el resistero de agosto
o la escarcha del diciembre,
atenido a aquella ley
que entre otras severas leyes
dispone la guerra, que
no coma quien no pelee,
haciendo bienes comunes
todos los ajenos bienes,
de los víveres de todos
proveyó sus almacenes,
echando bando de que
niños, viejos y mujeres
salgan de la plaza, donde
la tierra adentro se entren
a guarecer, persuadidos
a que volverán alegres,
no durando tú en sitiarle
lo que él dure en defenderse.
Yo y las demás que conmigo
corriendo fortuna vienen,
presumiendo que ese monte
escondidas nos albergue
hasta que norte la luna
de nuestro destino fuese,
a él caminábamos cuando
una tropa de tus gentes
desmandada salió al paso,
y no contentos con verse
dueños de las pobres prendas
que llevábamos, crueles
intentaron reducirnos
a su esclavitud, de suerte
fieros, que el ruego ni el llanto,
ni el despecho de la muerte
bastaron a no temer
que si en su poder...
SCIPIÓN
Suspende
la voz, no, no la pronuncies,
que no quiero que te cueste
vergüenza explicar tan noble
temor, sin que consideres,
que escrúpulos del honor
sin que se digan se entienden.
¿Pues cómo, villanos, cómo,
infames, viles, aleves,
ignoráis el natural
respeto que se les debe
a las mujeres en todo
trance, sean las que fueren?
La milicia, que es la corte
donde son los procederes
el mayor caudal del hombre,
pues al de mejor progenie
sin mirarle a cómo nace
se mira a cómo procede,
¿hacéis choza de bandidos?
¿Con qué valor que le aliente
irá hacia lo formidable
quien va enseñado a lo débil?
Las mujeres, que corona
son del hombre, las mujeres,
que archivos son de su honor,
¿es justo que se le entreguen
a quien, después de entregado,
ofenda porque la ofenden?
¡Fabio!
FABIO
¿Señor?
SCIPIÓN
A esas damas
restituid en sus bienes,
y esos..., a decir soldados
iba, pero no merecen
tan noble nombre..., a esos ruines
hombres, sin que se motejen,
porque al fin fueron soldados
demás que de descorteses,
al son de roncas sordinas
y de destempladas pieles,
haced, borradas las plazas,
que del campo se destierren,
que no me harán falta en él,
pues no puede ser valiente
con los hombres quien no es
cobarde con las mujeres:
quitádmelos de delante,
llevadlos, y agradecedme,
villanos, que no quedáis
de aquesos troncos pendientes.
BRUNEL
Por ti, pícaro gallina,
esta afrenta me sucede.
TURPÍN
¿Por mí?
BRUNEL
Sí, dime con quién
andas, direte quién eres;
nunca yo viniera a esto,
si tú no me persuadieses.
TURPÍN
¿Y es peor ser yo aconsejante
que ser tú cito credente?
BRUNEL
Calla, infame, y en tu vida,
ni a hablarme, ni oírme, ni verme
te atrevas.
TURPÍN
No haré, si no es
que halle ocasión que me vengue
destos baldones.
BRUNEL
Fortuna,
aunque desterrado me eches,
yo volveré por mi fama.
Vase.
TURPÍN
Pues es fuerza que me ausente,
no habiendo ya pecorea,
también lo será que lleve
para ayuda del camino
cuanto robarle pudiere
al villano que en su choza
me alojó, sin que le queden
aun sábanas en la cama.
Vase.
SCIPIÓN
Ahora, porque llegue a verse
que el castigar a culpados
es amparar inocentes,
de todos esos villajes,
que han de ser nuestros cuarteles,
el mejor, más bien parado,
y más capaz, se reserve
a esas mujeres y a cuantas
desamparadas vinieren
a valerse de nosotros;
y para que nadie llegue
a ofenderlas, mandaréis
de salvaguardia ponerles
siempre una escuadra, y de cuantos
víveres, granos y reses,
o condujere la armada
o el país contribuyere,
se las asista, con bando
que al que se las atreviere
a razón que las enoje
o a acción que no las respete,
tenga pena de la vida.
FLAVIA
El cielo tu vida aumente,
pues eres fénix de Europa,
las duraciones del fénix.
FABIO
Venid donde tan piadosa,
tan liberal, tan prudente
resolución mi obediencia
disponga.
MUJER 2
Livia, ¿no vienes?
LIVIA
No.
MUJER 3
¿Por qué?
LIVIA
Porque no sé
si ha sido acción más clemente,
que me destierre Magón
que no que Scipión me encierre:
¿para qué quiero encerrada
que los hombres me veneren,
sino que me chicolíen
por donde quiera que fuere?
FLAVIA
No digas tal, cuando a todas
ir diciendo nos compete.
TODAS
¡Scipión viva!
Dentro
¡Scipión viva!
TODAS
¡Viva y reine!
Dentro
¡Viva y reine!
Vanse las mujeres y tocan cajas.
SCIPIÓN
Oíd, que de tierra y mar
distintas voces parece
que son en el aire unas
y en el eco diferentes.
SOLDADO 1
A lo que de aquí se mira,
de los fortines del muelle
mal defendida la boca,
entrando en el puerto viene
tu armada; y si no me engaña
la vista, entre sus bajeles,
que son de velas latinas,
redondo buque se ofrece
de extranjero mar, según,
si la distancia no miente,
están banderas de cuadra,
flámulas y gallardetes,
sin águilas imperiales.
SCIPIÓN
Sin duda alguna que debe
de ser vaso que ha apresado
Egidio. A reconocerle
demos vuelta a la marina.
Cajas y clarines.
SOLDADO 2
Antes, señor, que te ausentes
deste sitio, será bien,
puesto que tiempo no pierdes,
llevar sabido qué tropa
de caballos de aquel verde
frondoso bosque a nosotros
a rienda batida viene.
SCIPIÓN
Nuestros son sus estandartes,
con que, bien como pendiente
acero entre dos imanes,
no resuelvo a cuál me acerque.
A una parte suenan faenas marítimas y a otra cajas y trompetas, y salen por la una Egidio con Arminda, y por la otra Lelio con Luceyo.
UNOS
Dentro.
¡Amaina, amaina!
OTROS
¡A la entena!
OTROS
¡A la escota!
OTROS
¡Al chafaldete!
LELIO
Dentro.
Aquí haced alto y pie a tierra
ninguno conmigo llegue
a Scipión, sino solo
ese prisionero.
EGIDIO
Dentro.
Aferre
la áncora y vaya el esquife
al agua y ninguno entre
en él, sino esa divina
hermosura.
LELIO
Dentro.
Otra, y mil veces
vuelva a repetir la salva.
TODOS
¡Scipión viva, Scipión reine!
Sale Egidio y Arminda.
EGIDIO
Permite, pues mi fortuna
tan feliz me favorece
que haya llegado a tus plantas,
que humilde, señor, las bese.
Sale Lelio y Luceyo.
LELIO
Pues no puedo competir
yo a lo que Egidio merece,
con solo besar tu estampa
es justo que me contente.
SCIPIÓN
Lelio, Egidio, bienvenidos
seáis los dos y pues los fuertes
atlantes de Roma a un tiempo
fama y fortuna os ofrece,
a Lelio
a uno en la tierra el bastón,
a Egidio
a otro en el mar el tridente,
sepa de vuestra arribada
qué nuevo bajel es ese,
y de vuestra marcha qué
nueva tropa es la que viene
con vos, que según sus trajes
extranjera me parece.
¿No habláis, suspensos entrambos?
EGIDIO
Espero que Lelio empiece,
porque en igual concurrencia,
es él a quien se le debe
siempre el primero lugar.
LELIO
Aunque no se deba siempre,
esta vez le acepto, y ya
que es mío, ¿quién hay que niegue
que puedo disponer dél?,
y así como mío, a ofrecerle
a Egidio, con tu licencia,
vuelvo.
EGIDIO
A que yo no le acepte
también la darás.
SCIPIÓN
Ya sé
que vuestra amistad excede
a la de Euríalo y Neso,
la de Pílades y Orestes,
y porque logréis entrambos
tan finos afectos fieles,
hablad los dos alternados,
que no quiero se interpreten
ni a desdenes ni a favores
que a uno elija y a otro deje,
cuando en mi igualdad no hay
ni favores ni desdenes.
EGIDIO
A la invasión de España,
yo por el mar y tú por la campaña,
con ligerezas sumas,
tú ajando flores, yo rizando espumas,
tan iguales partimos
que nunca de la vista nos perdimos
hasta llegar seguros
hoy de Cartago a saludar los muros.
LELIO
Viendo sus horizontes
sitiados yo de piélagos y montes,
porque no hubiese en ellos emboscada
me adelanté batiéndote la estrada.
EGIDIO
Del norte que seguía
me divirtió que al despuntar del día
un bajel a lo lejos,
descubrí.
LELIO
Entre los últimos reflejos
yo de la tarde, una lucida tropa
de caballos.
EGIDIO
Y viendo, viento en popa,
que el rumbo que traía
era a la plaza...
LELIO
Y viendo que volvía
a enfrascarse en el bosque...
EGIDIO
...el barlovento
mi capitana le ganó.
LELIO
...el intento
con que escaparse piensa
cortó mi batallón.
EGIDIO
Puesto en defensa...
LELIO
Puesto en fuga...
EGIDIO
...a su anhelo...
LELIO
...a su deseo
escollo fue el avance de mi ofensa...
EGIDIO
...rémora fue la amarra de mi arpeo...
LELIO
...conque, por más trofeo,
entregadas las riendas de las bridas
a buen cuartel, les concedí las vidas.
EGIDIO
...conque rendido a ley de buena guerra,
capitulé a remolque traerle a tierra.
LELIO
Venía por su cabo
ese gallardo joven; no te alabo
su valor, que sería
quererle encarecer jactancia mía.
EGIDIO
Ya apresado, el tesoro que en él topa
mi gente, fue en su cámara de popa
llorando una hermosura
con quien la luz del sol es menos pura.
LELIO
Y para que él te diga
quién es, y qué motivo el que le obliga
a ocultarse del monte en la aspereza...
EGIDIO
Y porque nadie ser de igual belleza
dueño merece...
LELIO
...viene prisionero
a tus pies.
EGIDIO
...en tus manos ver espero
la liberalidad y la fineza
que a su piedad le debe tu grandeza.
LELIO
a Luceyo.
Llega, ¿qué esperas?
LUCEYO
(Hoy sin duda muero
en sabiendo quién soy.)
EGIDIO
a Arminda.
Llega, ¿qué aguardas?
ARMINDA
¿Por qué en llegar, fortuna, me acobardas,
cuando infelice puedo
llevar perdido a tu rigor el miedo
si tu mano... (¡qué veo!)
LUCEYO
Si tus plantas... (¡qué miro!)
Al inclinarse se miran los dos, y Lelio repara en ella.
ARMINDA
(Ciégueme el llanto.)
LUCEYO
(Ahógueme el suspiro.)
LELIO
(Déjame imaginado devaneo,
si es que eres ilusión de mi deseo.)
LUCEYO
...besar, señor, merezco.
ARMINDA
...tocar logro...
LUCEYO
...mi vida a ellas ofrezco.
ARMINDA
...en ella mi fortuna
no tendrá que envidiar dicha ninguna.
Saca Lelio un retrato.
LELIO
(Ella es, si bien cotejo
aquel sol a la luna deste espejo.)
SCIPIÓN
Del suelo alzad. (No vi más soberana
beldad jamás.)
Hace Luceyo seña a Arminda.
ARMINDA
(¿Qué espera mi tirana
suerte, pues llega a verle, para hablalle?
Pero señas me ha hecho de que calle.)
LUCEYO
(¡Quién decirla pudiera
que quién es y a qué viene no dijera!)
SCIPIÓN
(¿Qué no entendido afecto
que hasta hoy no supe, con contrario efecto,
es este, que él se enciende y él se apaga,
pues con lo mismo que atormenta, halaga;
mas lo que fuere sea.)
Bellísima deidad, cuánto desea
curioso examinar el pensamiento
quién eres y el intento
que a navegar te obliga,
excusado será que yo lo diga,
pues a luz de tu sol mirarse deja,
y así, omitan tus lágrimas la queja,
principalmente cuando
tu traje y tu beldad considerando,
es también fin que en apurarlo llevo
saber el tratamiento que te debo.
ARMINDA
Heroico Scipión, a quien aclama
Marte español profética la fama,
viendo el valor con que a la edad prefieres,
mal te puedo negar, siendo quien eres,
el ser quién soy.
SCIPIÓN
Di, pues.
ARMINDA
Escucha atento.
Yo...
Hácele seña Luceyo de que calle.
SCIPIÓN
¿No prosigues?
ARMINDA
Cobraré el aliento.
Aparte.
(Otra vez de que calle me hace señas.
Fortuna, ¿en qué me empeñas?
Considera que son muchos agravios
abrir los ojos y cerrar los labios.)
SCIPIÓN
Si el aliento has cobrado,
prosigue.
ARMINDA
Aparte.
(Injusto hado,
¿qué he de hacer cuando obliga
uno a que calle y otro a que lo diga?)
Yo soy...
Aparte.
(¿Qué he de decirle?)
LUCEYO
Aparte.
(¡Ay infelice!
que yerra si lo dice,
y si lo calla yerra.)
ARMINDA
...hija del...
DENTRO
¡Arma, arma, guerra, guerra!
SCIPIÓN
Oye, espera, ¿qué alboroto
es ese?
Sale Fabio.
FABIO
Que de la plaza,
antes que la gente pueda
cubrirse fortificada
en las líneas del cordón,
que aun no han abierto las zanjas,
salida hace el enemigo
con tan soberbia arrogancia
que en doblados escuadrones
y a banderas desplegadas,
parece que el sitio quiere
que se reduzga a batalla.
SCIPIÓN
Quien teme el asedio más
que el asalto, siempre halla
conveniencia en las salidas,
pues quedando las murallas
guarnecidas, perder gente
más que pérdida es ganancia:
Lelio, a disponer tus tropas;
Egidio, a guardar tu armada,
no sea en esta diversión
que por otra parte salgan
y con máquinas de fuego
quemarla intenten. Tú manda,
Fabio, que a esos prisioneros,
ya que este trance dilata
oír sus informes, se pongan
fieles soldados de guardia
que no los pierdan de vista.
Quien me busque, en la avanguardia
me hallará el primero. (Afecto
ignorado, basta, basta,
no hables al alma en idioma
que aun no te le entiende el alma.)
Vanse Scipión y Fabio.
LELIO
¡Ay, Egidio, quien tuviera
lugar en que desahogara
contigo, no sé qué raro
suceso que por mí pasa!
EGIDIO
¡Ay Lelio, quien te dijera
la más nueva, más extraña
confusión que ha padecido
nadie en el mundo!
DENTRO
¡Arma, arma!
Cajas.
EGIDIO
Mas ya ves con cuanta prisa
aquesas voces me llaman.
DENTRO
¡Guerra, guerra!
LELIO
Y a mí estotras.
EGIDIO
Si de un riesgo,y otro escapan
nuestras vidas, hablaremos
después despacio.
LELIO
Doblada
la hoja quede, a Dios.
EGIDIO
¡A Dios!
LELIO
Hado, por más que me arrastras,
por lo menos me has cumplido
la mitad de mi esperanza.
Vase.
EGIDIO
Estrella, nada me digas,
que ya sé que en penas tantas,
cumplida mi obligación,
cumplir contigo me falta.
Vase.
DENTRO
¡Arma, arma, guerra, guerra!
LUCEYO
¿Quién, ay Arminda, pensara,
que siendo mi mayor dicha
el llegarte a ver, trocada
la suerte, el llegar a verte
fuera mi mayor desgracia?
ARMINDA
Yo no lo pensara, que es
Luceyo, dicha tan rara,
que no hay ansia que con verte
no alivie las demás ansias.
Salen dos soldados.
LUCEYO
¡Quién pudiera esa fineza
agradecer a tus plantas!
Mas no me atrevo, porqué
las centinelas de guardia
no colijan en la acción
lo que no de las palabras
colegir pueden, supuesto
que nos miran retiradas,
y no alcanzan los oídos
lo que los ojos alcanzan.
Las cajas.
ARMINDA
¿Tanto el recato te importa?
LUCEYO
Sí.
ARMINDA
Sepa yo con qué causa.
LUCEYO
Aun no me atrevo a decirla,
que si en que hablamos reparan
quizá harán juicio de que
nos conocemos.
ARMINDA
Pues haya
medio en que hablemos sin que ellos
lo entiendan. Como que andas
hablando contigo a solas,
que yo haré lo mismo, pasa
junto a mí, y lo que digamos
sea a media voz tan baja
que a los dos llegue,y no pueda
transcender a su distancia,
mayormente interrumpida
de voces, trompas y cajas,
siempre diciendo a lo lejos...
DENTRO
¡Guerra, guerra, arma, arma!
SOLDADO 1
Desaire es que otros peleen
y estemos los dos de guardia.
SOLDADO 2
Al soldado no le toca
más que hacer lo que le mandan.
LUCEYO
Dura estrella.
ARMINDA
Hado infelice.
LUCEYO
Fiero influjo.
ARMINDA
Suerte ingrata.
SOLDADO 1
De su fortuna se quejan.
SOLDADO 2
Quéjense, si así descansan,
y no estorbemos su alivio,
pues verlos desde aquí basta.
Tocan cajas y trompetas.
LUCEYO
Si sabes que de Anibal
hijo soy, cuya heredada
enemistad de ambos padres,
a mí y a Scipión declara
tan enemigos que aunque
nunca nos vimos las caras
siempre nos aborrecimos,
instando en ambos la saña,
a él por temerse de mí
y a mí por tomar venganza...
ARMINDA
Si lo sé y que ese recelo,
mirando cuánto le ensalza
en tierna edad la fortuna,
te retiró a la Dorada
Isla, en que virrey mi padre
te favorece y te ampara.
LUCEYO
Si sabes que en ella tuve
la dicha de que llegara
a verte, que fue lo mismo
que amarte, pues cosa es clara
que a soberanas bellezas
lo mismo es verlas que amarlas...
ARMINDA
Eso no sé, mas sé que una
estrella influyó en dos almas.
SOLDADO 1
No deben de conocerse,
pues ni se miran ni se hablan.
SOLDADO 2
¿Qué han de conocerse, él
español y ella africana?
LUCEYO
Si sabes que en este tiempo
hube de venir a España
llamado al heredamiento
de mi celtíbera patria,
cuyo estado me atrevió
a que a pedirte aspirara
a tu padre...
ARMINDA
También sé
que teniendo él en su casa
hijo varón, la que había
de ser justicia hizo gracia,
capitulando contigo
el que tú te adelantaras
a tomar la posesión
en tanto que él aprestaba
las nupciales prevenciones
de embarcación y jornada,
señalando nuestras vistas
en Cartago, como raya
que es de África y Europa.
LUCEYO
Pues si eso sabes, ¿qué extrañas
que viniendo tú a su puerto
y yo a esperarte en su playa
tan a un tiempo que es lo mismo
hallar la ciudad sitiada,
que haber corrido fortuna,
yo en la tierra y tú en el agua,
tema que Scipión, sabiendo
quién eres y quién soy, haga
que consigan sus rencores
en mi muerte dos venganzas?
Mal dije, porque el perderte,
y el morir son una entrambas.
A este fin te hice la seña
de que no le digas nada
de quién eres ni quién soy,
ni dónde vas.
ARMINDA
¿No reparas
que así la gente de mar,
como la que me acompaña,
no sé yo lo que habrán dicho
al general de la armada,
que al fin, secreto de muchos,
o tarde o nunca se guarda,
y hará mayor su sospecha
mi mentira? Y si no basta
esta razón, ¿será bien
negarnos a la esperanza
de que mi padre no sepa
mi prisión y esfuerzos haga
a mi libertad?
LUCEYO
Bien dices,
que si tú tu riesgo salvas,
¿qué importa el mío? Quién eres
le di, dile con quién casas;
muera yo como tú vivas.
ARMINDA
¿No será mejor que parta
nuestra desdicha el camino?
LUCEYO
¿Cómo?
ARMINDA
Como si recatas
tu nombre, y si yo le digo
que en tus estados me aguardas,
poniendo allá el odio, aquí
no pasará a más instancia
que lo que tú le dijeres,
en cuyo intermedio que abran
podrá ser los hados senda,
que diga en nuestra desgracia...
Dentro cajas y trompetas.
TODOS
Dentro.
¡Vitoria por Scipión!
SOLDADO 1
Ya la gente rechazada,
no sin gran pérdida suya,
vuelve a encerrarse en la plaza.
SOLDADO 2
De su cuartel las mujeres,
que dél viven amparadas,
en muestra de agradecidas
salen cantando la gala.
SOLDADO 1
Bien en sus ecos lo dice
dulce y militar la salva.
Música y instrumentos.
MÚSICA
Dentro.
¡Viva Scipión,
y entre voces varias,
publiquen su aplauso,
digan su alabanza
pífaros, clarines,
trompetas y cajas!
ARMINDA
Señores soldados.
SOLDADOS
¿Qué es,
señora, lo que nos mandas?
ARMINDA
¿Será contra orden que oyendo
que la vitoria se canta
por Scipión, al camino
mi rendimiento le salga
a darle la enhorabuena?
SOLDADO 2
Como esotro también vaya
con vos, y él a los dos vea,
que es lo que se nos encarga,
que sea aquí o que sea allá
viene a importar poco o nada.
ARMINDA
¿Queréis venir, caballero?
LUCEYO
Sobre ser justo, que haga
también yo ese rendimiento,
será segunda ganancia
el iros sirviendo a vos.
ARMINDA
¿En qué vamos?
LUCEYO
En que salgas
tú bien, y yo a mi pesar,
también diga en su alabanza...
Música, clarines y cajas.
TODOS
¡Viva Scipión,
y entre voces varias,
publiquen su aplauso,
digan su alabanza
pífaros, clarines,
trompetas y cajas!
Con esta repetición, se entran los cuatro y sale como de una cueva Turpín con un lío de ropa.
TURPÍN
Vitoria por Scipión
dice el eco, pues ¿qué aguarda
mi miedo para salir,
ya que acabó la batalla,
desta cueva, en que escondido
he estado, con las alhajas
que al villano le robé?,
pues aunque tan poco valgan
que dellas diría el adagio
más vale poco que nada,
servirá para el camino,
si es que algún marchante halla
la desdichada almoneda
de tan negra ropa blanca;
pero hacia aquí viene gente;
entre tanto que ella pasa,
vuelva a esconderme, y aun sea
en su más obscura estancia,
donde nadie pueda verme.
Escóndese en la cueva y sale Brunel, con una bandera envuelta en el asta.
BRUNEL
Ya que fie de mi fama,
que ella volvería por mí,
y esta bandera ganada
al enemigo, me pone
en segura confianza
del perdón y de la medra,
y ahora no es tiempo, entre tanta
gente como ha concurrido
a dar del suceso gracias,
para que pueda hablar yo,
en esta cueva guardada
hasta mejor ocasión
quede, que no es bien que vaya
haciendo ostentación della
hasta que pueda lograrla
sin tanto alboroto y ruido.
Vase. Sale Turpín.
TURPÍN
¿Banderita y esperanza
de la medra y del perdón,
y yo sin medio ni traza
para uno ni otro? Eso no:
troquemos, fortuna, alhajas;
y pues la arrojó en lo obscuro,
donde si vuelve a buscarla
es fuerza que a tiento sea,
sirva este tronco de asta
en que revuelta la ropa
en mayor engaño caiga;
y agora, por si volviere
a ver lo que halla y no halla,
no me encuentre antes que logre
su pérdida y mi ganancia;
pues todos por aquí vienen,
haya bulla o no la haya,
sin perder tiempo será
bien que al camino les salga,
diciendo con todos
por si en mí repara...
Cajas, clarines, y música.
ÉL Y TODOS
¡Viva Scipión,
y entre voces varias,
publiquen su aplauso,
digan su alabanza
pífaros, clarines,
trompetas y cajas!
Vase. Con esta repetición van saliendo todas las mujeres cantando y bailando, y todos los soldados, Arminda, Luceyo, Egidio y Lelio, y Scipión detrás de todos.
SCIPIÓN
No prosigáis, que aunque estimo
de vuestra festiva salva
el afecto, también siento
que anticipéis la alabanza:
rechazar una salida
no es vitoria, es circunstancia
de las muchas que consigo
trae la guerra; mas no pasa
a graduarse por triunfo
con los méritos de hazaña.
Magón es tan cortesan,
que mirándome en campaña,
a darme la bienvenida
quiso que su gente salga;
y ansí, guardad el aplauso
para el día que yo vaya
a pagarle la visita
dentro de su mismo alcázar.
FLAVIA
Entonces y ahora, señor,
es justo con vidas y almas
mostrarnos agradecidas
a tu piedad.
ARMINDA
Que a ella añadas
la que has de tener conmigo,
también humilde a tus plantas
te suplico yo.
LUCEYO
Y yo a ellas
espero ver qué me mandas.
SCIPIÓN
Ya que paréntesis fue
la salida a la deseada
noticia de que yo sepa
quién eres, y adónde pasas,
será justo que prosigas
la relación que empezada
quedó. Después hablaréis
vos, español.
LELIO
(Amor, gracias
te doy, sobre haberla visto,
de saber quién es.)
EGIDIO
(Aunque haya
sabido ya de su gente
quién es y a qué fin se embarca,
atienda a lo que ella diga,
por si finge o no.)
SCIPIÓN
¿Qué aguardas?
di, pues. (No entendido afecto,
¿qué nieve es esta o qué llama,
que abrasa como que hiela
y hiela como que abrasa?)
ARMINDA
Yo, heroico Scipión, que el cielo
edades prospere largas,
logrando en tu claro día
la aurora de su mañana
tantos triunfos que volando
tu renombre con las alas
del águila de dos cuellos,
de oriente a poniente esparza
no solamente en los bronces
de sus esculpidas tablas
tu eterna memoria, pero
de tu persona la estampa,
para que en humano culto
te veneren y te aplaudan,
como Roma primer cónsul,
el orbe primer monarca,
hija soy de Curcio, que hoy,
virrey de la Isla Dorada
por el africano imperio,
la rige, gobierna y manda.
Quítase Scipión el sombrero.
Mi nombre es Arminda; el fin
que de sus brazos me aparta
es haberme dado estado,
por conveniencias que él guarda
en sí, sin tener yo en ellas
ni elección ni repugnancia,
que mujeres como yo
se casan porque las casan.
Luceyo, hijo de Anibal,
que por su madre, heredada
hoy la Citerior provincia
goza, que el Ibero baña
partiendo jurisdiciones
entre Celtiberia y Galia,
es el esposo; y porqué
allá por no sé qué causas,
que como se heredan dichas,
también se heredan desgracias,
obligado vive a que
de sus límites no salga,
en las capitulaciones
que firmaron fe y palabra,
fue condición que mi padre
me condujese hasta España,
a cuyo efecto, a la sombra
de las venerables canas
de Máximo, hermano suyo,
con la familia y la casa
que viene en séquito mío
en ese bajel me embarca.
La derrota que traía,
era arribar a la playa
de Cartago, no en fe solo
de la tranquila esperanza
del abrigo de su puerto
por los montes que le guardan,
sino en fe del pasaporte
que en la hermandad y alianza
que España y África tienen
hoy contra Roma juradas
me aseguraban el paso,
trayéndole amigas cartas
para allanarme el camino;
¿pero qué importa que haya
fe en los hombres, en los vientos
paz y quietud en las aguas,
si no hay quietud, paz, ni fe
en la fortuna, que varia
sabe hacer que se transforme
en tormenta la bonanza?
Dígalo...
SCIPIÓN
No hay para qué,
que en lo que la vista alcanza
ahorrar deben los sentidos
la costa de las palabras.
Fabio, mi tienda, con cuanto
menaje, adorno, oro y plata
para mí estaba dispuesto,
se quede como se estaba
para Arminda, que en su obsequio
a mi un villaje me basta;
y porque en su corto espacio
no haga a su asistencia falta,
con su tío del bajel
toda su familia salga.
Vosotras, si agradecidas
os veis, ya que no obligadas,
por ella más que por mí,
asistidla y festejadla,
que si en buena guerra al noble
prisionero se agasaja,
a tan noble prisionera
¿cuánto es más digna la usanza?
Y así, pensad que al decoro,
a la estimación, la fama,
veneración y respeto,
no habéis de echar menos nada
de cuanto dar de sí pueden
hospedajes de campaña,
mientras Cartago no sea
quien os aloje en su alcázar,
desde donde como dueño,
ya que hoy conmigo no hablan
enemigos pasaportes,
hablarán sus circunstancias.
Venid, pues, que iros sirviendo
es precisa deuda, hasta
sus umbrales.
ARMINDA
No sé como
tanta piedad, honra tanta
aceptarla o despedirla
pueda, porque el aceptarla
es obligarme a un empeño
a que alma y vida no bastan;
y despedirla es un casi
desdoro, pues es dejarla,
siendo gracia no admitida
al riesgo de no ser gracia;
y pues en ambos estremos
dice más el que más calla,
hable el silencio por mí.
SCIPIÓN
Y aun por mí, que en muda calma,
no sé, discreta y hermosa,
qué para deidad te falta.
LUCEYO
(¡Ay de quien duda si tanto
favor es dicha o desgracia!)
EGIDIO
Cuanto ha dicho, Lelio, es
lo mismo que me declara
su gente a mí.
LELIO
Luego, Egidio,
hablaremos.
SCIPIÓN
(¡Oh villana
pasión, hija de la envidia!
¿Por qué has de sentir que vaya
en busca de mi enemigo
una ventura tan alta?
Mas yo te divertiré,
por si de cansar te cansas.)
Español, porque no quede
pendiente adelante nada,
mientras voy sirviendo a Arminda,
quién eres y con qué causa
ocultarte pretendías
o defenderte pensabas,
me ven diciendo.
ARMINDA
(¡Ay, Luceyo,
si el empeño en que te hallas
quiso el odio que en él entres,
quiera el amor que dél salgas.)
Van andando por el tablado.
LUCEYO
(No sé que le he de decir,
que el mentir es tan no usada
frase para mí, que no
sé si sabré pronunciarla,
si ya no es que amor me dé
tan equívocas palabras
que sean mentira al oírlas
y verdad al apurarlas.)
Mi nombre, Scipión invicto,
es Uliceo, mi patria
esta Citerior provincia,
y mi suerte es tan escasa
de dichas, que me fue fuerza
el que della me ausentara
por una muerte, en que tuve
poca culpa y mucha falta;
conque habiendo de vivir
peregrino en tan ingrata
tierra como África es
para los hijos de España,
me hube de valer de arte
que siendo aprenderle gala
de ociosa juventud, más
por agilidad y maña
que por profesión, si bien
tan noble que aunque le usara
por profesión me sería
más que objeción alabanza,
por ser el de la escultura,
para cobrar en él fama,
de la diosa del amor
labrar intenté una estatua;
y aunque elegí la materia
tan dura, difícil y ardua
como un mármol, con todo eso
de mi asistencia a la instancia,
de mi afecto a la porfía,
y de mi fineza al ansia,
el mármol se dio a partido,
convertido en cera blanda:
tan hermosa, tan perfecta
salió que por no injuriarla
jamás en precio la puse,
tanto porque no pensara
nadie en el mundo que había
tesoros que tanto valgan,
cuanto porque para mí
la reservé, en confianza
del voto que a su deidad
hice de que si a mi patria
me volvía, había de ser
templo de Venus mi casa,
a ella dedicado. Apenas
lo ofrecí cuando obligada
aceptó, pues a muy pocos
días, señor, tuve carta
de que estaba ya compuesta
de mi destierro la causa,
pero que me convenía,
cuanto antes pudiese vaya
veloz a restituirme
en mi hacienda, que embargada
quedó, conque fue forzoso
tan a la ligera parta
que no habiendo nave en que
segura osase embarcarla,
fleté para mí un jabeque,
dejándola encomendada
a tan confidente amigo
que atento a la vigilancia
de no perder ocasión
me avisó en postas de Italia,
que en la embarcación de Arminda
procuraría enviarla,
que acudiese al puerto yo
de Cartago, como a escala
que es de África y Europa,
por si era mi suerte tanta
que con Arminda viniese
el logro de mi esperanza.
A este fin me adelanté,
no sabiendo que tu marcha
sobre Cartago venía.
Lo que desde aquí me pasa
es tan evidente como
que viniendo en camarada
de otros, a quien no conozco,
ni ellos a mí, al mirar tantas
armadas tropas, quisimos
valernos de la maraña
del bosque. No nos valió,
ni a tan superior ventaja
el ponernos en defensa,
ni osáramos intentarla
a saber que era la dicha
de haber de besar tus plantas.
SCIPIÓN
Di las de Arminda, a quien debes
el porte de dicha tanta.
ARMINDA
No debe, porque hasta ahora
no sé que tan soberana
encarecida deidad
el bajel conmigo traiga,
que no había de tomar
razón yo de las alhajas
que entre las de mi servicio,
familia o patrón embarcan.
Mas lo que me deberá
es que mandaré buscarla,
y dársela, pues es suya.
LUCEYO
Eso a mi fortuna basta.
SCIPIÓN
Pues esperadla seguro,
español, de que no trata
hacer en vuestra conquista
todo el poder de mis armas
prisioneros, sino amigos,
desuniendo la alianza
que contra el romano imperio
hoy con África jurada
tenéis. Esto no es de aquí,
pues solo es de aquí que vaya
Arminda donde descanse.
LELIO
Ya que en ella has de alojarla,
para llegar a tu tienda
por aquí hay menos distancia.
SCIPIÓN
Ven, pues, y todos venid.
FLAVIA
Sea nueva consonancia
parabién, en que se mezclen
su venida y nuestra salva.
MÚSICOS
Norabuena venga
la hermosa africana,
que presa aprisiona
las vidas y almas,
y pues Scipión
tanto la agasaja,
que de prisionera
a huéspeda pasa,
su vista saluden,
a fuer de campaña,
resonando en ecos
entre voces varias,
pífaros, clarines,
trompetas y cajas.
Con esta repetición, cajas y trompetas, se entran todos por una parte y salen por otra, en cuyo intermedio, sin cesar la música y baile, se mudan los bastidores de villajes en los de tiendas de campaña, cuyo foro será una tienda mayor, con puertas que descubran algunos adornos a lo lejos como sillas, bufetes y escritorios, y a su tiempo entrarán por ella Arminda y las mujeres, quedándose los demás en el tablado.
EGIDIO
Ya desde aquí se descubre
nueva ciudad, que fundada
sobre piélagos y riscos
a las nubes se levanta
en armados pabellones
que han transmutado la estancia
de rudos villajes en
nobles tiendas de campaña.
FABIO
Destas la real de tu corte
es esta, señor.
SCIPIÓN
Te engañas,
Fabio, que si donde está
el rey es la corte, es clara
cosa que donde está el sol
sea esfera. Entra, ¿qué aguardas?,
que yo me quedo a su umbral,
y dél mi atención no pasa,
porque basta que en él quede
a ser su posta de guardia.
ARMINDA
Al que liberal ofrece,
si vuelvo a aquella pasada
duda, no aceptarle el don
es desairarle la gracia,
con cuya disculpa, puesto
que admitirla es estimarla,
usaré della.
Aparte.
(¡Ay Luceyo!)
LUCEYO
Aparte.
(¡Ay Arminda!)
LOS DOS
(¿Quién pensara...)
ARMINDA
(...que mi dicha es tu desdicha?)
LUCEYO
(...que tu gracia es mi desgracia?)
ARMINDA
(Pero espera...)
LUCEYO
(Mas confía...)
ARMINDA
(...que si en tal pena...)
LUCEYO
(...en tal ansia...)
LOS DOS
(...el odio quiso que entres,
el amor querrá que salgas.)
LELIO
Al ausentarse...
EGIDIO
Al partirse...
LELIO
...sin vida estoy.
EGIDIO
...yo sin alma.
SCIPIÓN
No la dejéis sola ir,
id todas a acompañarla.
TODAS
Sí haremos, una y mil veces
diciendo alborozo y salva,
sea bien venida
la hermosa africana,
que presa aprisiona
las vidas y almas,
y pues Scipión
tanto la agasaja,
que de prisionera
a huéspeda pasa,
su vista saluden,
a fuer de campaña,
resonando en ecos
entre voces varias,
pífaros, clarines,
trompetas y cajas.
Con esta repetición, se entran las mujeres en la tienda principal y se cierran las puertas.
FABIO
¡Qué digna de tu valor
ha sido acción tan bizarra!
SCIPIÓN
Servir a las damas es,
Fabio, deuda tan hidalga,
que el ser quien soy me la debe
y el ser quien soy me la paga.
Vamos a ver en qué forma
del recinto que se labra
van trincheas y reductos.
Dentro Turpín y Brunel, y salen luego asidos a la bandera.
TURPÍN
Tengo de llegar.
BRUNEL
Aguarda,
que no has de llegar primero,
que yo.
TURPÍN
¿Cómo que no? Aparta.
SCIPIÓN
Ved que es eso.
BRUNEL
Yo, señor,
lo diré.
TURPÍN
Él no sabe nada;
mejor que él lo diré yo,
que lo sé todo.
SCIPIÓN
Pues habla.
TURPÍN
Uno de aquellos soldados,
señor, que desterrar mandas
por aquella femenina
pecorea en que nos hallas,
soy; en ella me metió
ese infame camarada,
cómplice en la hablilla que
dijo dime con quién andas;
viéndome, pues, indiciado
de acción tan ruin, vil y baja,
de tu enojo y mi destierro
apelé para mi fama,
y así, en aquesta salida,
esta bandera ganada
al enemigo, a tus pies
traigo. Él, con envidia y rabia
de ver que ella en tu piedad,
para aclararme la plaza
y levantarme el destierro
de medianera me valga,
impedir quiere que a ellos
llegue, y...
BRUNEL
No es esa la causa,
sino que teniendo yo
otra bandera guardada
hasta tener ocasión
de poderte hablar sin tanta
gente como te ha seguido,
le dije que me esperara
que fuera por ella, y juntos
llegásemos; él, con gana
de ganar las gracias antes,
no quiso que yo...
TURPÍN
Te engaña,
que él ni ha tenido ni tiene
bandera, porque es un mandria
que en toda su vida ha visto
al enemigo la cara;
y si quieres ver quién es,
mándale que te la traiga.
BRUNEL
Aun bien, que la gruta está
cerca, y entraré a sacarla.
Vase.
SCIPIÓN
¡Rara competencia!
FABIO
Tales
son tus soldados que andan
siempre a cuál es mejor.
TURPÍN
Llegándose al paño.
¿Cómo
tanto con ella te tardas?
BRUNEL
Como está todo esto obscuro;
mas ya encontré con el asta.
Esta es, señor, mi bandera...
¡mas qué miro!
Sale con una sábana revuelta a un palo.
TURPÍN
Que le falta
lavandera a la bandera,
pues su alabarla es lavarla.
SCIPIÓN
Este debe de ser loco.
TURPÍN
Antes es cuerdo, pues trata
mostrarte que es tan valiente
que lidia con dos espadas,
pues sacando a la Tizona
va a buscar a la Colada.
BRUNEL
Esta cueva, ¡vive Baco!,
sin duda, es cueva encantada:
Magiquillo, sal aquí,
si eres hombre.
SCIPIÓN
Basta, basta,
echadme de ahí ese loco;
tú, de tu bandera en paga,
toma esta cadena, libre
ya del destierro. (Tirana
pasión, déjame siquiera
un breve espacio.)
Vase Scipión y Fabio.
TURPÍN
Bien haya
quien sirve a buenos.
BRUNEL
Y mal
quien a coces y patadas
no te la quitare.
TURPÍN
Eso
será...
BRUNEL
¿Cómo?
TURPÍN
...si me alcanzas.
Vanse corriendo los dos.
EGIDIO
¿No sigues al cónsul, Lelio?
LELIO
Es mi pena tan extraña,
que para nada me deja
elección.
EGIDIO
A mí me pasa
lo mismo; y pues entretanto
que al ataque de la plaza
da vuelta falta no hacemos,
aquella hoja que doblada
quedó desdoblemos. Dime
tu pena, alienta y descansa
conmigo, porque contigo
descanse yo.
LELIO
Oye, y sabrasla.
Un extranjero pintor
murió en Roma, y yo por ver
cuánto el pueblo encarecía
el primor de su pincel,
fui a su almoneda y entre otras
curiosidades noté
en un espejo el retrato
de una divina mujer;
pregunté al hijo quién era
y él me respondió: “No sé,
que nunca mi padre dijo
el dueño; lo más que dél
supe fue que su hermosura
por rara le movió a ver
si la suma perfección
se retrataba tal vez”.
A esta general noticia,
quizá por encarecer
su habilidad, añadía
a los del arte que fue
retrato copiado al aire,
paseándose en un vergel,
y que a no decir quién era
le obligaba el no romper
la fe y palabra jurada
que dio al que le escondió en él.
Yo (ya lo dije) por sola
curiosidad le ferié
estimándome el buen gusto
de tenerle en mi poder.
Cuantas veces le miraba,
que eran muchas, sin saber
la causa, sentía un pesar,
que a manera de placer
era molestia primero
y complacencia después,
que como estaba en cristal
y por los claros que en él
dejaba el matiz sin mancha
yo me miraba también
dentro del mismo cristal,
di en dudar u di en creer
si del desdén y el favor
jeroglífico era, pues
permitir la cercanía
sin volver el rostro a ver
quién estaba a sus espaldas
daba en enigma a entender
el favor en que la viera
y en no verme ella el desdén.
En fin, para no cansaros,
siendo yo verdad de aquel
mentido adagio que dijo
amar sin saber a quién,
mi mayor batalla era
el procurarlo saber,
y hoy es mi mayor batalla
haber sabido quién es.
EGIDIO
¿Hoy lo habéis sabido?
LELIO
Sí,
y a tan mala ocasión que
saberlo y saber que es de otro
es dejarlo de saber.
EGIDIO
Aparte.
(¿Saberlo y saber que es de otro?
¿Qué fuera (¡pena cruel!)
que fuera Arminda, que entrambas
señas la convienen bien?
Por sí o por no, declararme
con él es fuerza, porque él
no se declare conmigo.)
LELIO
¿De qué os suspendéis?
EGIDIO
De que
haya amor donde no hay vida,
y donde no hay alma, fe.
LELIO
Monstruosidades de amor
a cada paso se ven.
EGIDIO
¿Y a quién las monstruosidades
no dan horror? ¡Ay de quien
adora una realidad
que su monstruosidad es
el ser monstruo de hermosura!
Apresando ese bajel,
en su cámara de popa
fui yo el primero que entré
porque muriera el primero
al ver entre el rosicler
de arreboles de cristal
segunda aurora llover
uno y otro hilo de perlas
sobre uno y otro clavel;
hermosa estaba y llorando,
que es ser hermosa otra vez,
una deidad...
LELIO
Esperad,
no prosigáis, que no es bien
que quede por monstruoso
mi amor sin satisfacer
a la objeción, y queráis
que entre en el vuestro antes que
quede disculpado el mío.
Aparte.
(Declarareme con él
antes que él se me declare.)
EGIDIO
¿Qué disculpa puede haber
a idolatrar un retrato?
LELIO
La de dejárosle ver.
Dale el retrato.
Ved si es bastante disculpa.
EGIDIO
Bastante disculpa es.
LELIO
Pues aún es más que bastante
si añadís a ella que en fe
de que Scipión no quiera
que casando con quien es
su enemigo, él y su padre
unan poder a poder,
y en premio de mis servicios,
ya que en su poder la ve
obligada a su obediencia
me la otorgue por mujer.
EGIDIO
Sobre esa razón milita,
ya que es tan forzoso haber
de hablar claro, otra que yo
tengo y vos no la tenéis.
LELIO
¿Qué razón?
EGIDIO
Que ya fue mía
el día que la apresé
y no habéis de querer vos
hermosura que mía fue.
LELIO
Antes que vos la apresarais
la amaba yo; luego es
más antiguo amor el mío
y es más fácil de vencer
que un amor de muchos años
un amor que nació ayer.
EGIDIO
No son pleito de acreedores
las damas, para tener
antelación.
LELIO
Ved que soy
vuestro amigo.
EGIDIO
Yo también,
y para que lo veáis,
servid, amad, mereced,
galanteándola los dos,
y obre fortuna después.
LELIO
¿Competidores y amigos?
Eso no.
EGIDIO
¿Por qué?
LELIO
Porqué
mi alma, mi vida y mi honor,
mi hacienda y todo mi ser
es de mi amigo; mi dama
solamente no lo es;
y el que la mirare crea
que soy su enemigo.
EGIDIO
Pues
ya yo lo llevo creído.
LELIO
Esperad.
EGIDIO
¿Qué me queréis?
LELIO
Que me volváis mi retrato.
EGIDIO
¿Cómo le puedo volver?
Y más a quien no es mi amigo;
y así, ved cómo ha de ser,
porque yo no le he de dar.
LELIO
Ni yo volverme sin él.
EGIDIO
Pues porque no presumáis
que le intento defender
con la ventaja de estar
en mi mano, le pondré
(perdone el culto de dama)
entre el vario rosicler
destas plantas, que la sirvan
de tapete y de dosel.
Ahí le tenéis, ved ahora
cómo cobrarle emprendéis.
LELIO
Desta suerte.
Empuñan las espadas y sale Scipión.
LOS DOS
Que el retrato...
SCIPIÓN
¿Qué retrato?
LOS DOS
¡Hado cruel!
SCIPIÓN
¿Empuñadas las espadas?
¿Qué es esto?
LELIO
Yo no lo sé.
EGIDIO
Ni yo tampoco.
SCIPIÓN
Pues yo
desta suerte lo sabré,
sin decírmelo ninguno
ya que ambos no lo sabéis.
Levanta el retrato.
¿Qué miro cielos? Egidio,
vos a la armada volved;
vos a vuestra tienda, Lelio;
y el uno y otro atended
que este duelo, sea el que fuere,
queda en mí, y que yo daré
el retrato a quien le estime
y no le arroje otra vez.
LELIO
Señor, yo... si...
SCIPIÓN
Bien está.
EGIDIO
Si yo, señor...
SCIPIÓN
Está bien;
idos digo.
LELIO
Vil fortuna...
EGIDIO
Fiera suerte...
LELIO
...estrella infiel...
EGIDIO
...¿no te bastaba quitar...
LELIO
...¿no te bastaba perder...
LOS DOS
...el más verdadero amigo
sino el retrato también?
Vanse los dos.
SCIPIÓN
¿Otro torcedor, fortuna,
a una pasión tan cruel
que yo solo he de sentir
y nadie la ha de saber?
¿Pues cómo... mas esto quiere
más espacio; y así habré
de remitírselo al tiempo,
a que él lo diga después.

Jornada II

Múdase el teatro de las tiendas en el de fuego y salgan las mujeres con las voces siguientes, atravesando el tablado por diferentes partes.
TODOS
Dentro.
¡Fuego, fuego!
UNOS
¡Al monte!
OTROS
¡Al valle!
OTROS
¡A la marina!
OTROS
¡A la selva!
MUJER
¡Piedad, cielos!
OTRAS
¡Favor, dioses!
Sale Livia con una caja.
LIVIA
¡Ay desdichada belleza!
¿Quién te trajo a que tostaras
tez tan blanca, pura y tersa,
como Dios te dio? Mas no
te aflijas, puesto que llevas
contigo de tus tesoros
el caudal.
Vase. Sale Turpín.
TURPÍN
¿Puesto que llevas
contigo de tus tesoros
el caudal? Iré tras ella
a quitársele, que no
será esta la vez primera
que el que acude a apagar fuego
no acuda a apagar la hacienda
que se halla desmandada.
Vase.
TODOS
Dentro.
¡Fuego, fuego!
EGIDIO
Dentro.
¡A tierra, a tierra!,
y sígame el que pudiere,
que es el cuartel que se quema
el de Lelio, cuya vida
hoy más que nunca me empeña
en su socorro.
Sale Scipión y Fabio deteniéndole.
FABIO
Señor,
¿dónde va?
SCIPIÓN
Donde no vea
que abortados desde el muro
rayos de embreadas flechas
que alquitrán y azufre forjan
artificiales cometas,
rasguen el aire a diluvios
de llamas que el campo enciendan
y perezcan mis soldados
sin que con ellos perezca.
FABIO
Más tu vida importa que
todo el ejército.
SCIPIÓN
Deja,
y más al ver que de aquel
cuartel, vanguardia primera
de Lelio, a mi tienda pasa
el fuego, que a sacar della
acuda a Arminda, no digan
que solo tuve clemencia
para hospedarla y no tuve
valor para socorrerla.
FABIO
¿Quién lo ha decir de ti?
SCIPIÓN
Fabio, aparta.
FABIO
Señor.
SCIPIÓN
Suelta.
FABIO
No he de dejarte, por más
que oigas en voces diversas.
ARMINDA
Dentro.
¡Piedad, soberanos dioses!
LELIO
Dentro.
¡Piadosos cielos, clemencia!
Salen por una parte Luceyo con Arminda en los brazos, y por otra Egidio que saca a Lelio.
LUCEYO
Alienta, Arminda, y respira...
EGIDIO
Respira, Lelio, y alienta...
LUCEYO
...que ya estás segura.
ARMINDA
¡Qué ansia!
EGIDIO
...que ya en salvo estás.
LELIO
¡Qué pena!
ÉL Y ARMINDA
¿Quién me da la vida?
LOS DOS
Yo.
ARMINDA
¿Otra dicha?
LELIO
¿Otra tragedia?
SCIPIÓN
¿Qué es eso, Egidio? Español,
¿qué es eso?
LUCEYO
Que al ver que vuelan
en culebrinas de fuego
las encendidas pavesas
llevadas del viento hasta
prender el fuego en tu tienda,
y que a todas las mujeres
arrojaba el susto fuera
desalentadas sin que
saliese Arminda con ellas,
me atreví a entrar donde hallé
su peregrina belleza
rendida a mortal desmayo,
ni bien viva ni bien muerta,
con que cortesano el riesgo,
dando al decoro licencia,
con ella cargué en los brazos.
EGIDIO
Viendo yo que el cuartel era
de Lelio el que se abrasaba...
Aparte.
(Ya que no hice una fineza,
mantengámonos en otra,
porque entrambas no se pierdan...)
con la gente que del mar
sacar, señor, pude a tierra,
a su socorro acudí.
LELIO
Tal, que sin él pereciera,
pues de improviso asaltado
con el humo que me ciega,
y la luz que me deslumbra,
perdí el tino de manera
que le he debido la vida.
EGIDIO
Más que eso, a poder, hiciera
por ti.
SCIPIÓN
Aparte.
(¿Tanto rompimiento
ayer, y hoy tanta fineza,
y en mi poder el retrato?
Mas tampoco esta materia
de aquí es.) Ya que el cielo quiso
que a Arminda y Lelio no pierda,
a que el incendio se ataje
acudamos.
Salen soldados.
SOLDADO 1
Ya está hecha
por tus invictos soldados,
señor, esa diligencia,
pues cortado el fuego en zanjas
no a poca fatiga abiertas,
consumiéndose en sí mismo
yace en apagada hoguera
que alimentada en su ruina
ahúma tibia y arde lenta.
SOLDADO 2
Y no es tanto el daño como
se presumió; muy apriesa
verás toda la campaña
a sus pabellones vuelta.
SCIPIÓN
Pues si aquese empeño, ya
que no hace paces, da treguas,
bien será, español, y bien,
Egidio, será que vuelva
a que envidioso de entrambos
y obligado a entrambas deudas
me dejáis.
ARMINDA
La mía, señor,
justo es que se la agradezcas,
que a ti te guardó mi vida,
pues es tuya.
LELIO
Aunque lo sea
la mía también, no señor,
tienes por qué agradecerla;
que ya ese agradecimiento
la amistad puso a su cuenta.
SCIPIÓN
Está bien; y pues de una
la amistad me desempeña,
desempéñeme de otra
el que por ti, Arminda, tenga
de su adorada deidad
el premio en la estatua bella
que aguarda.
ARMINDA
Ya hubiera yo
entregádola, si hubiera
estado en mi mano, pero
hasta agora no sé della,
Aparte.
(Y es verdad, pues que no sé
de mí), que no habiendo a tierra
salido, señor, mi tío,
hasta que el patrón entrega
haga del cargo que trae
no ha sido fácil que sepa
si viene o no.
SCIPIÓN
Pues en tanto
que él su esperanza entretenga,
será bien que tú te cobres
del pasado susto.
ARMINDA
Fuerza
será (¡ay de mí!) que me valga
de esa piadosa licencia,
porque tan desalentada,
tan confusa, tan suspensa
me tiene el pasmo, que temo
que balbuciente la lengua,
titubeado el labio, torpe
la voz y la vista ciega,
al corazón desamparan,
pues cuando... si...
Cae desmayada en brazos de Luceyo.
LUCEYO
Helada y yerta
cayó en mis brazos.
ARMINDA
Aparte.
(Porqué
en ellos cobres la deuda
siendo abrazo de cariño
el que antes fue de violencia.)
LUCEYO
(¡Qué felicidad!)
LELIO
(¡Qué ansia!)
EGIDIO
(¡Qué sentimiento!)
SCIPIÓN
(¡Qué pena!).
Arminda... ¿pero qué digo?
Fabio.
FABIO
¿Qué me mandas?
SCIPIÓN
Lleva
a tu tienda a Arminda en tanto
que a restaurarse mi tienda
vuelve en sus adornos.
EGIDIO Y LELIO
Todos
iremos, señor, con ella.
SCIPIÓN
No hay para qué. El español
basta, con la consecuencia
de que merezca llevarla,
pues que mereció traerla.
FABIO
Ven, pues, conmigo, que yo
te ayudaré.
LUCEYO
Aparte.
(Arminda bella,
¡ay lo que me debes!)
ARMINDA
(¡Ay,
Luceyo, lo que me cuestas!)
Vanse los tres.
SCIPIÓN
Aparte.
(¿En mi silencio, fortuna,
no me bastaba la pena
de la resistencia mía
sin la de la resistencia
de la plaza?)
Salen Turpín y Lelio asidos de la caja de Livia.
BRUNEL
Suelta digo,
ladrón, la caja.
TURPÍN
¿Qué es suelta,
si a que se la guarde el dueño
me la ha entregado?
BRUNEL
No mientas,
que yo alcancé a ver que tú
se la quitabas por fuerza.
TURPÍN
Quien miente, miente.
BRUNEL
¿Tú a mí
desmentirme?
Dale una bofetada a Turpín.
TURPÍN
Tómate esa.
BRUNEL
Nunca tomo lo que doy.
SCIPIÓN
Ved que voces son aquellas.
TURPÍN
Que quien malas mañas ha
no es posible que las pierda:
ese ladrón a una pobre
mujer...
BRUNEL
Señor, no le creas.
SCIPIÓN
Callad vos, que ya yo sé
que son locuras las vuestras;
di tú.
TURPÍN
A una pobre mujer
que del fuego con aquella
caja iba huyendo, llegó
a quitársela; yo al verla
que iba llorando le dije
que era cosa muy mal hecha;
respondiome no sé qué
que me obligó a que le diera
tan gran bofetada.
BRUNEL
¿Tú
a mí, infame?
TURPÍN
Sí, por señas
de que, si mal no me acuerdo,
pienso que fue a mano abierta,
que a ser a puño cerrado
no hubiera quedado muela
que no hubieras escupido.
SCIPIÓN
¡Hay tan grande desvergüenza!
Haced que al instante a ese
ladrón dos tratos de cuerda
le den; toma tú esa caja:
vete volando con ella
a la mujer que de ti
fio que tú se la vuelvas.
TURPÍN
Sí haré. (Bien dijo quien dijo
“Dios me de mala pendencia
y buen coronista”.)
Vase.
BRUNEL
Mira,
señor.
SOLDADO 1
No aquí te detengas.
SOLDADO 2
Huye, pues te doy escape.
BRUNEL
No es buena partición esta,
que él lleve la bofetada
y a mí me quede la afrenta.
Vase.
SCIPIÓN
(¿No te bastaba, fortuna,
vuelvo a repetir, la pena
de la resistencia mía,
sin la de otra resistencia?)
¿A mí, cielos, el desaire
de ver abrasar mi tienda?
LELIO
Nunca desaires han sido
hostilidades de guerra;
antes para el vencedor
son lauros, pues cosa es cierta
que nunca vence con gloria
el que vence sin defensa.
EGIDIO
Estas máquinas de fuego,
ardides, estratagemas,
minas y emboscadas, son
el crisol en quien acendra
sus quilates el valor.
SCIPIÓN
Aparte.
(Aunque es forzoso que vengan
tales frangentes, también
es forzoso que se sientan,
y más yo, que si hubo quien
entre dos aguas padezca
yo padezco entre dos fuegos,
el que abrasa y el que hiela,
sin saber cuál es peor;
¿habrá quien de uno siquiera
aliviarme pueda?)
Sale Flavia.
FLAVIA
Yo
hablarte, señor, quisiera
a solas, que el atreverme
a llegar a tu presencia
no ha sido acaso, sino
quizá importancia.
SCIPIÓN
Aparte.
(¿Qué fuera
que esta supiera el secreto
del retrato y la pendencia
que a preguntar no me atrevo
a nadie, porque no sepa
nadie de mí lo que yo
de mí no sé; y si es que ella,
sin que yo se lo pregunte,
viene a decirlo, ¿qué esperan
mis dudas?). Pues tanto importa
hablarme a solas, la vuelta
tomemos; di, pues.
FLAVIA
Escucha.
Éntranse los dos como hablando.
LELIO
Pues haciendo la deshecha
de ir con la mujer hablando,
aun sin mirarnos se ausenta,
no quiere que le sigamos.
EGIDIO
Notablemente cautela
no darse por entendido
del retrato y la contienda
en que a los dos nos halló.
LELIO
Es la mayor excelencia
de un príncipe en sus motivos
saber obrar con reserva,
y ya que me da lugar
a que agradecido...
EGIDIO
Espera,
que no tienes de qué estarlo,
que lo que obran mi nobleza
y mi amistad por sí mismas
que ellas mismas lo agradezcan
me basta.
LELIO
A ti sí, mas no
a mí; que es acción diversa
que tú no me lo permitas
o que yo no te lo ofrezca;
obligado estoy de ti
y he de...
EGIDIO
Que la voz suspendas
te ruego otra vez, y si es
que agradecido te muestras,
selo, mas no me lo digas,
que no quiero que se entienda
que merchante de amor hice
granjería la fineza;
salga de ti el estimarla
y no de mí el proponerla,
que lo que obres o no obres
lo ha de decir la experiencia.
LELIO
Quizá no podrá.
EGIDIO
¿Por qué?
LELIO
Porque habrá quien la enmudezca;
agradecer como puedo
es reconocer la deuda,
mas como no puedo, no,
que es también acción opuesta
en orden a obligaciones
en que domina una estrella,
sin saber si he de cumplirlas
arrojarme a prometerlas;
la vida te debo, y...
EGIDIO
dices lo que no dijera
yo jamás; y ya una vez
pronunciado de tu lengua,
siendo quien lo olvida yo
y siendo tú quien lo acuerda,
dime, ¿es justo que hombre en quien
concurren tantas excelsas
prendas de honor, sangre y fama,
confiese que a otro hombre deba
tener vida, y luego para
hacerle pesar la tenga?
LELIO
No, mas tampoco será
generosa acción suprema
el darla para quitarla,
obligándole a que muera
a manos de otro dolor;
con que es forzoso que pierda
también las prerrogativas
de honor, fama, sangre y prendas.
EGIDIO
No es mucho dolor borrar
una imaginada idea.
LELIO
Ni mucho desistir de una
tan recién nacida pena.
EGIDIO
Recién nacida, o no, es
realidad y no apariencia.
LELIO
¿Ser apariencia qué importa,
si es realidad su dolencia?
EGIDIO
Eso es locura.
LELIO
Y esotro
es desta locura el tema.
EGIDIO
No nos vamos empeñando
en demandas y respuestas;
tú verás, Lelio, lo que
ser quien eres te aconseja.
LELIO
También el ser tú quien eres
te dirá si es bien que pierda
por ti el retrato, y por ti
el original.
EGIDIO
Si esa
vaga lejana esperanza
es fundada en la propuesta
de que Scipión quizá
te satisfaga con ella
tus servicios, ya te dije
entonces que en mí la mesma
razón milita; y ahora,
porque quizás te convenza,
añado cuánto intratable
cosa es romper por belleza
que sin saber nuestro amor,
está en que quiera o no quiera
Scipión que case o no case
dentro o fuera de su tierra;
y ansí, pues esto han de hacer
o la fortuna o la estrella,
siga cada uno la suya.
LELIO
A eso di yo por respuesta
que en la dama no hay partido,
tenga esperanza o no tenga,
sepa o no sepa mi amor:
en interviniendo ella
es primer móvil que a todos
tras sí arrebatados lleva,
sin dejar al albedrío
más sentidos, más potencias,
más alma, vida, ni ser,
que adorarla sin quererla.
EGIDIO
Eso es querer que volviendo
a la plática primera
vuelva ella al primer duelo.
LELIO
¿Dígote yo que no vuelva?
EGIDIO
Pues si ha de volver, ¿qué aguardas?
LELIO
Pues si ha de volver, ¿qué...
Sacan las espadas, y sale Scipión y Flavia.
SCIPIÓN
Espera,
que luego proseguirás,
Flavia. ¿Qué es esto?
EGIDIO
¡Qué apriesa
volvió a doblarse el acaso!
LELIO
¿Qué mal hay que solo venga?
SCIPIÓN
¿Qué es esto?, digo otra vez;
mas no, no me deis respuesta,
que yo me sabré buscarla.
Mira a un lado y a otro.
EGIDIO
¿Qué hay que mires?
LELIO
¿Qué hay que veas?
SCIPIÓN
Si hay por aquí otro retrato,
puesto que hay otra pendencia;
y que le haya o no le haya,
que esto al decoro se queda
de quien es y de quien soy,
agradeced que no inquiera
la causa y que no la sé
porque no quiero saberla,
pero no quiero tampoco
dejar de valerme della.
Llega, Flavia, di a los dos
lo que a mí a solas me cuentas,
pues son los dos a quien más
les tocan tus advertencias.
EGIDIO
(¿Qué le habrá dicho?)
LELIO
(Sin duda
ella oyó algo, y él intenta
que ella lo diga por no
decirlo él.)
SCIPIÓN
¿Qué es lo que esperas?
Di, pues.
FLAVIA
Que atentos me escuchen.
LOS DOS
Ponga amor tiento en tu lengua.
FLAVIA
Las mujeres de Cartago,
esa ingrata patria nuestra,
que más madrastra que madre,
aborrecidas nos echa
de sí con el vil pretexto
de que nuestro valor sea
solo para la paz útil
y no útil para la guerra,
por una parte ofendidas
del bando que nos destierra
y agradecidas por otra
al valor que nos alberga,
solicitamos que el mundo
en nuestro despecho vea
que donde hay hombres que agravien
hay mujeres que se vengan,
y así, de parte de todas,
para que el despique tengas
y Magón tenga el castigo
de haber tocado en tu tienda
de su arrojadizo fuego
aun la más leve centella,
vengo a decirte por dónde
esa incontrastable fuerza
que montes, muros y mares
tan a todas partes cercan,
para padecer asaltos
tiene su menor defensa.
Esta es la puerta del mar,
porque como sobre arena
corre su cortina, a tiempos
derrubiada suele en quiebras
ruina amenazar, que es como
estaba cuando la nueva
la llegó de que tu marcha
a ella doblaba la vuelta,
conque mal terraplenada
por de dentro y por de fuera
no más que unida, dejó
facilitada la brecha
de tus arietes al choque
de sus aceradas testas,
de suerte que si a un costado
haces frente de banderas,
y a escala vista dispones
que tu ejército acometa,
es preciso que con todo
su grueso a impedirte venga,
a cuyo tiempo, si mandas
que saque su gente a tierra
la armada y por ambas partes
acometido, le estrechas,
será preciso también
que divididas sus fuerzas,
hayan de flaquear; y más
si tú a su principal puerta
de retén das vista para
recrutar donde convenga;
y para que no presumas,
que el empeñarte es cautela,
haciéndonos sospechosas
ser contra la patria nuestra,
todas tomaremos armas
y todas en tu defensa
moriremos, porque el mundo,
aunque a repetirlo vuelva,
vea cuánto miente quien
de cobardes nos moteja
y de desagradecidas,
pues verá cuánto resueltas,
ya fieramente apacibles,
ya apaciblemente fieras,
damos asumpto a la fama,
para que en plumas y lenguas
diga en nuestro manifiesto
a las edades eternas
que en favor de quien nos honra
y contra quien nos afrenta
hubo mujeres que lidien
y mujeres que agradezcan.
Vase.
SCIPIÓN
Cuando esto una mujer dice
ved si será heroica empresa
a vista del enemigo
blandir las cuchillas vuestras
contra vosotros primero
que contra él. Las dos cabezas
que allá el águila de Roma
ciñó de imperial diadema,
¿neutral índice no son,
que mira a las dos esferas
de la tierra y de la mar?
¿Pues cómo haciéndoos en ella,
a ti de la mar Neptuno
y a ti Marte de la tierra,
antes de ir a las vitorias
anticipáis las tragedias?
Dejad, pues, dejad enigmas
de odio y amistad compuestas,
no me obliguéis a que yo
diga lo que siento dellas,
que quizá es más que pensáis;
y pues da desde tan cerca
la mural corona voces
al primero que acometa
y fuerce la línea al muro,
Lelio, en formadas hileras
los tercios y batallones
de pertrechos se prevengan
para el asalto; tú, Egidio,
cuando cajas y trompetas
te avisen de que ya está
la embestidura dispuesta,
echa tu gente en la playa,
que no es justo que te vean
hasta que en segundo abordo
segundo peligro sientan,
que yo a vista de los dos
estaré con la reserva
del cuerpo de la batalla,
a opósito de la puerta
para acudir a quien más
lo necesite, y pues esta
es la obligación que os llama
para hacer mi fama eterna,
no se diga de vosotros
que abandonasteis la vuestra
a Roma ingratos, y omisos
a los puestos que os entrega,
donde hay mujeres que lidien
y mujeres que agradezcan.
Vase.
EGIDIO
Lelio...
LELIO
Egidio...
EGIDIO
Puesto que ir
a nuestros cargos es fuerza,
sepamos cómo los dos
vamos.
LELIO
En cuanto a la guerra
tan amigos como antes.
EGIDIO
¿Y en cuanto a la paz?
LELIO
En ella
como antes enemigos.
EGIDIO
Norabuena.
LELIO
Norabuena.
EGIDIO
Pues a Dios.
LELIO
A Dios, que ampare
tu vida.
EGIDIO
Él te favorezca.
LOS DOS
Que una cosa es nuestro honor
y otra nuestra competencia.
Vase. Córrese el teatro del fuego y vuelve a verse el de las tiendas de campaña, y salen Fabio, Luceyo y Arminda.
FABIO
Ya que cobrada quedáis
del desmayo, aunque no bien
hospedada, en parabién
de la salud que gozáis,
a ganar con Scipión
las albricias volveré,
con vuestra licencia.
ARMINDA
Que
tales vuestras honras son,
le podéis también decir,
que solas ellas pudieran
suplir las suyas.
FABIO
Si fueran
lo que hubieran de suplir
deseos, bien juzgo yo
que en ellos no me excediera;
y porque sé que me espera
con este cuidado, no
me detengo más.
LUCEYO
Con vos
sirviéndoos, señor, iré.
FABIO
Quedaos, que no es justo que
sin el uno de los dos
quede, por si repetido
vuelve el desmayo, que tenga
quien con cariño prevenga
su alivio, que como ha sido
nueva familia la mía,
con ella se extrañará
y por lo menos, tendrá
conocida compañía
con vos.
LUCEYO
¿Cómo he de dejar
de iros sirviendo?
FABIO
Con ver
que os lo ruego yo.
Vase.
LUCEYO
Por ser
gusto vuestro, a mi pesar,
obedeciéndoos, no os sigo.
¡Ay, Arminda!, ¿quién creyera
que el ruego menester fuera
para quedar yo contigo?
ARMINDA
Gracias a aquel fingimiento
que a Scipión dijiste, pues
él te tiene aquí.
LUCEYO
Y él es
mi alivio y mi sentimiento;
mi alivio porque te veo;
mi sentimiento porqué
qué pueda durar, no sé,
cuando por tan fácil creo
en tanta gente extranjera
como al sitio ha concurrido
ser de alguno conocido,
y doblar desdichas fuera
que sobre el odio heredado
el del engaño aumentara,
y si a este fin me ausentara,
dejara en ti mi cuidado
y en él el del fingimiento,
viendo que la ausencia mía,
antes de ver si venía
la estatua, mudaba intento,
con que de estarme ya ves
el peligro, y de ausentarme
el dolor; y pues quedarme
o irme un mismo riesgo es,
quedarme expuesto a la muerte
es el que habré de elegir,
que no es dejar de morir
haber de vivir sin verte.
ARMINDA
En una, y otra fatiga,
un consuelo solo el cielo
me permite.
LUCEYO
¿Qué consuelo?
ARMINDA
Ese papel te lo diga,
que en secreto recibí
de un hombre del mar después
que no te vi.
LUCEYO
¿Cúyo es?
ARMINDA
De mi tío.
LUCEYO
Dice así.
ARMINDA
Espera antes que le leas.
Livia.
Sale Livia llorando.
LIVIA
¿Qué es lo que me quieres?
ARMINDA
Que ya que tú sola eres
la que asistirme deseas
más que todas las demás,
pues al entrar vi que has sido
la que hasta aquí me has seguido,
a esa puerta avisarás,
si vuelve Fabio.
LIVIA
Sí haré.
ARMINDA
¿Lloras?
LIVIA
Presumo que sí.
ARMINDA
¿Qué te ha sucedido, di?
LIVIA
Cuando del fuego escapé,
una caja en que tenía
todo mi caudal librado,
un demonio de un soldado
(¡ay pobre belleza mía!)
llegó, y me la arrebató
y huyendo se fue con ella.
ARMINDA
No llore, satisfacella
podré con el tiempo yo.
Haz lo que digo.
LIVIA
Sí haré.
Vase Livia.
ARMINDA
Ahora que, aunque Fabio venga,
no habrá sospecha que tenga
de hallarte leyendo, lee.
Lee Luceyo.
ARMINDA
¿Es poco la brevedad
del amor y autoridad
con que ha de cuidar de mí
mi padre? ¿Fuerza no es
que contra nuestro destino
haya de buscar camino
a mi libertad? Y pues
en este breve intermedio,
el que seas conocido
es tu riesgo, yo te pido
(porque a gran mal gran remedio)
el que te ausentes, que cuando
ponga en sospecha tu ausencia
no es la sospecha evidencia.
LUCEYO
¿Eso dices?
ARMINDA
Sí; llorando
te pido que prisionera,
sin el consuelo de que
te vea me dejes, en fe
de que ella es tan verdadera
como infelice mi suerte;
pues también sabrá sentir,
que no es dejar de morir
haber de vivir sin verte.
LUCEYO
¿Que mi ausencia, Arminda, quieras,
porque a mi vida importó?
Quisiera decirlo yo
y que tú no lo dijeras.
ARMINDA
No desdice a lo que siento
ver que tu ausencia no impida,
que donde importa tu vida,
¿qué importa mi sentimiento?
LUCEYO
Importa haber de sentir,
si en mis hados infelices
eso mismo que me dices
me dejaras de decir.
ARMINDA
Pues si el decir y el callar
uno mismo viene a ser,
habrá de darme a entender
el idioma del llorar,
que ni es callar ni decir.
LUCEYO
Antes el llorar de un modo
lo dice y lo calla todo.
ARMINDA
Pues ¿qué medio he de elegir?
LUCEYO
El de mi tirana suerte.
ARMINDA
Ya sé cuál es.
LOS DOS
Repetir
que no es dejar de morir
haber de vivir sin verte.
Salen Fabio y Livia por diferentes partes.
LUCEYO
Y pues mi ausencia conviene...
FABIO
¿Y pues mi ausencia conviene?
LIVIA
Fabio, sin que le vea yo,
por otra puerta se entró.
LUCEYO
(Por si algo escuchó, previene
mi ingenio disimular.
No te des por entendida,
Arminda, de su venida.)
Lo que os debo suplicar,
es, que si mi estatua bella
parece, la guardéis vos.
ARMINDA
Id con Dios.
LUCEYO
Quedad con Dios,
que yo volveré por ella.
Señor, ¿tú estabas aquí?
FABIO
Envíame Scipión
a que dé satisfación
a Arminda.
ARMINDA
¿Scipión a mí?
FABIO
De no haberte visitado
en el nuevo alojamiento,
porque a otras cosas atento
le tiene el nuevo cuidado
de haber de satisfacer...
Mas no importa agora esto,
¿por qué vos os vais tan presto?,
que, a lo que pude entender,
os estabais despidiendo
los dos.
LUCEYO
(Forzoso es fingir.)
ARMINDA
(Cielos, ¿qué le ha de decir?)
LUCEYO
Sí, señor, irme pretendo,
por no verme desairado,
que si intenta Scipión
alguna heroica facción
no sé a qué estoy obligado:
él, con ser su prisionero,
a que aguarde mi deidad,
me deja en mi libertad;
si tomar las armas quiero
en su favor, soy traidor
a mi patria; si en defensa
suya, es de Scipión ofensa
ser ingrato a su favor;
si la neutralidad sigo,
a andar solo me condeno,
porque el neutral nunca es bueno
para amigo ni enemigo;
y en fin, señor, suspendido,
viendo pelear sin pelear,
es dejarme motejar
de cobarde; conque ha sido
el ausentarme el mejor
medio, y así de irme trato,
por no ser neutral ni ingrato,
ni cobarde ni traidor.
ARMINDA
Como le debo la vida,
Aparte.
(Esto es que de mis enojos
no digan algo los ojos)
confieso que enternecida
me deja verle partir,
sin que el corto tiempo quiera
ver si la deidad que espera
viene o no.
FABIO
Verte sentir
con tanta causa que a él,
dándole su estatua en paga,
su deuda no satisfaga
tu vida, y luego cuán fiel,
atento a su pundonor,
no hay conveniencia que aguarde,
por la nota de cobarde,
de ingrato ni de traidor,
me pone en obligación
de aplicar un medio en que
seguro ese tiempo esté
de la una y otra objeción.
ARMINDA
¿Qué medio?
FABIO
Estar retirado
aquí, pues que con no verle
no hay ninguna que ponerle.
LUCEYO
De tu favor amparado
claro está que mi opinión,
señor, siempre queda bien.
ARMINDA
Gracias mis brazos te den
por tan nueva obligación.
FABIO
Venid, que yo entre mi gente
mandaré que oculto estéis.
Vase.
LUCEYO
Un esclavo en mí tendréis.
ARMINDA
El cielo tu vida aumente.
¿Qué dices?
LUCEYO
Que nuestra suerte
se enterneció...
LOS DOS
Sí, al oír,
que no es dejar de morir
haber de vivir sin verte.
Vanse los dos y sale Livia.
LIVIA
Ya que aquí fue mi venida
consolar con el favor
de Arminda el sumo dolor
de mi hermosura perdida,
pues sola pude quedar,
un soliloquio he de hacer,
que a una afligida mujer
¿quién quita el soliloquiar?
—Deshermoseada belleza.
—¿Qué quieres, señora mía?
—Que digas a mi tristeza
noche y día:
“perdí mi bien, perdí mi compañía”.
Sale Turpín huyendo, con la caja.
TURPÍN
Mujer, quien quiera que seas,
(perdona en estilo hablar
de fantasma), si estorbar
una desdicha deseas,
un hombre que me ha seguido
y con más de ochenta viene
darme la muerte previene,
¿dónde estar podré escondido
mientras tú a decirle sales
que aquí no entré ni salí?
LIVIA
Aparte.
(¿No es mi caja aquella? Sí.
¡De buen sagrado te vales!
Mas si quitársela quiero,
sola estoy, también huirá
de mí o quizá me dará
con algo; cobrarla espero,
valiéndome del que huyendo
viene.) Retírate aquí;
seguro estás, pues de mí
te fías.
Vase Livia.
TURPÍN
Sacar pretendo,
pues ya abierta la tenía,
y echarme en la faldriquera
algunas joyas siquiera,
y dejársela vacía
en pago de la piedad,
y de excusarme el enfado
de andar con ella cargado.
Ea, vil necesidad,
hoy mejoras de fortuna,
pues por lo que sucediere
llevaré lo que pudiere.
¿Qué joya será esta? Una
salserilla es de color,
este es un casco de espejo,
este un desdentado y viejo
peine, un papel de alcanfor
este, y en estotro están
dos moros: ojos, miraldos,
veréis al bajá Albayaldos,
con el turco Solimán;
botes hay y redomillas,
a quien con salvas no pocas,
están de rostro dos tocas
sirviéndolas de rodillas...
¡por Dios que es riqueza brava!
Salen Livia y Brunel.
BRUNEL
¿Adónde está el que de mí
dices que entró huyendo?
LIVIA
Aquí.
TURPÍN
Aun peor está que estaba.
LIVIA
La caja que estás mirando
es la que a mí me quitó.
TURPÍN
Para volvértela yo,
mujer, te venía buscando;
que es lo que a mí Scipión
me mandó.
BRUNEL
Cuando eso fuera,
¿mandote que no te diera
muerte yo?
TURPÍN
Eso no mandó.
BRUNEL
Dime, infame, ¿yo no fui
quien te dio la bofetada?
TURPÍN
Sí por cierto, y muy bien dada,
que fue lástima que en mí
una cosa se emplease
hecha con tanto primor.
BRUNEL
¿Cómo dijiste, traidor,
darla tú?
TURPÍN
Que castigase
creyendo, en ti la osadía,
temí, y así mi valor
dijo por salvar tu error,
que la dádiva era mía.
BRUNEL
Buen error salvaste, pero
a mi mano morirás.
Saca la espada.
LIVIA
Tente, no te empeñes más,
hasta que cobre primero
yo mi hacienda.
TURPÍN
Vesla ahí,
que a mí también me importó
desembarazarme yo.
Arroja la caja y salen della los trastos que ha dicho y otros vidrios y riñen los dos, pisándolo todo.
LIVIA
En que es mi cara (¡ay de mí!)
eso que arrojas, repara.
TURPÍN
Yo de defenderme trato.
BRUNEL
¿Qué mucho, si ves que es gato,
que haya saltado a la cara?
LIVIA
¡Ay, mi belleza por tierra!
BRUNEL
El defenderte es locura.
LIVIA
¡Ay pisoteada hermosura!
Tocan cajas.
TODOS
¡Arma, arma, guerra, guerra!
TURPÍN
Pues que la puerta cobré,
del arma y dél sabré huir.
Vase.
BRUNEL
Y yo te sabré seguir.
Vase.
LIVIA
Y yo recoger sabré
lo que se arroja y se entierra,
diciendo, al veros ajadas,
¡ay dulces prendas por mi mal halladas!
TODOS
Dentro.
¡Arma, arma, guerra, guerra!
Vase Livia recogiendo sus trastos y córrese el teatro de tiendas, descubriendo el de murallas, y en sus almenas Magón y otros soldados.
MAGÓN
Heroicos cartagineses,
nobles reliquias de aquellos
primeros conquistadores
y pobladores primeros
destos montes y estos mares,
pues con africano esfuerzo
para la invasión de España
fortificaron en ellos
contra las campañas muros
y contra los golfos, puertos,
ese generoso joven,
a quien el romano imperio,
por aclamación juró
su cónsul en años tiernos,
no contento que pudiera
solamente con haberlo
intentado haber llegado
a Cartago; no contento,
vuelvo a decir, con haber
sitio a sus murallas puesto,
que bastaba para gloria
que hiciera su nombre eterno,
hoy, quizá porque no digan,
que abandonando el acero
se valió de la embotada
torpe segur del asedio,
intenta dar el asalto,
según desde aquí estoy viendo
en cerrados batallones
venir avanzando puestos
la caballería, a quien siguen
de la infantería los tercios
tan en orden que parecen
unos y otros, a reflejos
del sol, siendo en unos y otros
caña el asta, espiga el hierro,
mies abrigada a la sombra
de armados montes de hielo,
a cuyo diestro costado,
otro menor trozo, haciendo
cuerpo aparte de batalla,
en real marcha, a paso lento
le sigue, partiendo vista
entre el golfo y el terreno.
Ea, pues, que hoy es el día
que nos favorece el cielo,
puesto que precipitado
de su joven ardimiento,
su ejército trae a ser
glorioso despojo nuestro,
pues viene por donde está
más fortificado el riesgo.
SOLDADO 3
Ya en bandas los tiradores,
desunidas de su grueso,
poblando el aire de flechas
se adelantan, con intento
de desalojar del muro
la guarnición.
MAGÓN
Y tras ellos
las artificiales hondas
de los trabucos pedreros,
por quien, nubes de madera,
graniza piedras el cierzo.
LELIO
Dentro.
Ea soldados, al muro
las escalas, que ya es tiempo,
y a embestir trompas y cajas
hagan señal.
Cajas y clarines.
EGIDIO
Dentro.
Pues los ecos
de las cajas y las trompas
ya en militares estruendos
nos avisan de que están
para el asalto dispuestos,
a tierra, a tierra, soldados,
y como vayan saliendo
acudan al terraplén
zapas y palas.
MAGÓN
¿Qué es esto?
SOLDADO 4
Que de la armada ha salido
otro ejército no menos
numeroso.
MAGÓN
Ya veo que
es cada bajel de aquellos
marino Paladión
que de su preñado seno
aborta gentes, sin más
máquinas, sin más pertrechos,
que escalas y gastadores,
con rústicos instrumentos
para picar la muralla;
¿quién les habrá dicho, cielos,
que es lo menos defensable?
Mas no desmayéis por eso,
sino de la plaza de armas
acudan a echar sobre ellos,
despedazando los riscos,
que allí estaban de repuesto
para las recrutas.
UNOS
¡Viva
Cartago!
OTROS
¡Viva el imperio!
Sale por una parte Lelio, Brunel y soldados con escalas.
LELIO
Aquí arrimad las escalas,
que yo he de ser el primero
que de la mural corona
merezca gozar el premio.
BRUNEL
Hoy la perdida opinión
cobrar con Scipión intento,
siendo el que arrime la escala
y suba en su seguimiento.
Sale por otra parte Egidio y soldados con escalas.
EGIDIO
No prosigáis en abrir
la brecha, que ya no quiero,
sino que arriméis escalas,
por no perder el derecho
de la corona mural
si por el muro no entro.
Dan la escalada unos y otros y suben Lelio y Egidio los primeros, y tocan cajas.
TODOS
¡Arma, arma, guerra!
UNOS
¡Viva
Cartago!
OTROS
¡Viva el imperio!
Lelio en lo alto.
LELIO
Los cielos me sean testigos
de que yo he sido el primero
que he puesto el pie sobre el muro.
Éntrase riñendo, y dice Egidio en lo alto, en otra parte.
EGIDIO
Testigos me sean los cielos
de que yo el primero he sido
que el pie sobre el muro he puesto;
mas ¡ay infeliz! que como
cavado estaba el cimiento,
tiembla el terraplén.
SOLDADO 1
Desciende
antes que se venga al suelo.
EGIDIO
¿Qué es descender? ¿Yo pie atrás?
¿No es mejor, pues me despeño,
siendo lo mismo caer
hacia fuera que hacia dentro,
caer donde el mural laurel
consiga después de muerto?
¡Valedme, dioses!
Cae hacia dentro.
LELIO
Dentro.
Cayó
desplomado todo el lienzo
que Egidio minaba. Acuda
en su amparo.
Éntrase.
MAGÓN
Pues nos vemos
en dos partes asaltados,
sea el último remedio,
a más no poder rendidos
abrir las puertas, pidiendo
a merced las vidas.
Vanse.
TODOS
¡Muera
Cartago y viva el imperio!
Salen Flavia, Livia y las demás mujeres.
FLAVIA
Pues los romanos el muro
en una parte han deshecho
y en otra le han asaltado,
solo queda a nuestro esfuerzo
ganar la puerta. Pedid
que avancen los ingenieros
los acerados arietes
que están en sus fustas puestos,
con satisfación de que
nosotras la batiremos.
LIVIA
Excusada diligencia
será, que ya la han abierto
los de adentro.
Salen Magón y soldados por la puerta del muro.
TODAS
¿Dónde vais,
cobardes?
MAGÓN
Adonde puestos
a los pies de Scipión,
queremos que su real pecho
a merced nos dé las vidas.
FLAVIA
Pues nosotras no queremos
sino que todos muráis
a nuestras manos primero
que sus piedades escuchen
vuestros míseros lamentos.
MAGÓN
¿Vosotras contra la patria?
TODAS
No es patria la que del centro
nos arroja.
FLAVIA
Ahora veréis
si somos para el manejo
de las armas.
TODAS
¡Mueran todos!
FLAVIA
¡A ellos, Livia!
LIVIA
¡Flavia, a ellos!
TODOS
¡Vitoria por Scipión!
UNOS
¡Muera
Cartago!
OTROS
¡Viva el imperio!
Salen Scipión y Fabio con estas voces.
FABIO
Entra a tomar posesión,
pues las puertas te han abierto,
demolidas y asaltadas
sus murallas.
SCIPIÓN
No me atrevo
a pisar sus calles, Fabio,
cuando inundadas las veo
de humana púrpura ser
cadáver cada tropiezo.
FABIO
¿Ahora el valor te retira?
SCIPIÓN
No es falta de valor esto,
que el valor al conseguirlo,
se vuelve en lástima al verlo.
Iguales pasiones, Fabio,
en un corazón excelso,
magnánimo y generoso,
son piedades y ardimientos:
ningún cruel fue valiente,
ningún valiente fue fiero;
y así, no extrañes que yo,
valiente y piadoso a un tiempo,
en la vitoria me glorio
y en la sangre me enternezco.
Toca a retirar; soldados,
baste, baste lo sangriento,
ni la mortandad prosiga
ni el saco.
Salen por una parte Lelio con Egidio en los brazos como desmayado, y por otra las mujeres con Magón y soldados rendidos.
EGIDIO
¡Valedme, cielos!
LELIO
Alienta Egidio y respira,
pues ya estás en salvo puesto.
EGIDIO
¿Quién me dio la vida?
LELIO
Quien
diera la suya a igual precio.
FLAVIA
Llega, arrójate a sus plantas,
porque antes que te demos
muerte, tengas eso más
que sentir.
SCIPIÓN
Ved qué es aquello.
LELIO
Que debajo de la ruina
que había fabricado él mesmo,
dentro ya de la ciudad,
en polvo y fajina envuelto,
vitorioso más que vivo
y enterrado antes de muerto,
sin temer el amenaza
de lo que quedó pendiendo,
a Egidio saqué en mis brazos.
EGIDIO
A él, señor, la vida debo,
pues... mas no, no puedo hablar.
LELIO
Nada me debes, supuesto
que yo lo que debo pago.
SCIPIÓN
Aparte.
(¿Qué es esto, cielos, qué es esto?
¿Ayer la espada en la mano
y hoy la hidalguía en el pecho?
¡Oh, lo que pienso, no sea,
porque es mucho lo que pienso!)
¿Y esotro qué es?
TODAS
Que nosotras
ganamos la puerta, haciendo
que ninguno salga vivo.
FLAVIA
Y en pago de su destierro,
y de tu amparo, a Magón
preso a tus plantas traemos.
SCIPIÓN
Retira tú a Egidio donde
reparado cobre aliento,
y retirad a Magón
también, que al verle no quiero
le compadezca rendido
más que me enojó soberbio.
MAGÓN
Rendido, Scipión, de ti,
honor es el rendimiento.
SCIPIÓN
Llegad todas a mis brazos,
y en justo agradecimiento
del vuestro, tendrán desde hoy
especiales privilegios
las mujeres de Cartago.
TODAS
Y todas será diciendo,
mientras se previene el triunfo
para tu recibimiento...
TODOS
¡Viva el grande Scipión,
que a honor del romano imperio
nació segundo para ser primero!
SCIPIÓN
Qué poco me desvanece
el aplauso, cuando temo
que no venzo a mi enemigo
si a mí mismo no me venzo.
TODOS
¡Viva el grande Scipión,
que a honor del romano imperio
nació segundo para ser primero!

Jornada III

Cajas y trompetas, y salen por una parte Brunel, y por otra Turpín, cada uno con su bujaca al hombro.
DENTRO
¡Viva el grande Scipión,
que a honor del romano imperio
nació segundo para ser primero!
SCIPIÓN
Dentro.
Pase la palabra, y cesen
lo saqueado y lo sangriento.
TODOS
Dentro.
Pase la palabra, y cesen
lo saqueado y lo sangriento.
TURPÍN
Bien temí que Scipión,
a sus piedades atento
había de mandar que el saco
cesase, conque en oyendo
el rigor del bando, hube
de cebarme en lo primero
que hallé en una casa, que era
sin duda de Baco templo,
según la ofrenda que estaba
puesta en su recibimiento.
BRUNEL
Hoy Scipión ha de ver
que no soy yo el embustero,
ni el gallina, ni el ladrón;
pues más entregado al riesgo
que al interés, buen testigo
en la bujaca le llevo
de mi valor.
TURPÍN
¿No es aquel
Brunel? Sí; al mirarle temo
que me coja en escampado;
y así, retirarme intento
entre esas ramas, adonde
despeñado un arroyuelo
con su ruido encubra el mío.
Escóndese Turpín a un lado.
BRUNEL
Cansado estoy y sediento;
y pues no sé dónde hallarle,
porque él anda discurriendo
la campaña, y hacia allí,
entre aquellas ramas siento
que corre un arroyo, en él
cansancio y sed templar pienso,
pues hasta saber adonde
le halle no se pierde tiempo.
TURPÍN
Hacia aquí viene buscando
el agua; y lo que yo tiemblo
es que ha de dar con el vino,
a contrario el argumento
de la conclusión que hoy
sustentan los taberneros,
que es ir por vino y dar agua.
BRUNEL
De bruces echarme pienso,
según la sed que me aflige;
la bujaca, con el peso,
metida a estomaticón,
no solo me estorba, pero
aun me abruma la garganta;
estese aquí mientras bebo,
que no he de brindar con agua
al huésped que tiene dentro.
Quítase la bujaca, y pónela detrás de sí, haciendo que bebe y Turpín se la quita, poniéndole la suya en su lugar.
TURPÍN
La bujaca se ha quitado,
y que en ella tenga, es cierto,
pues tanto el peso le abruma,
alhaja de mucho precio,
trocarela por la mía,
si es que me vale el proverbio
que dijo que la fortuna
ayuda al atrevimiento.
BRUNEL
¡Qué bien sabe el agua a ratos!
TURPÍN
Y a ratas también, supuesto
que habitan en los molinos.
BRUNEL
Y pues ya he cobrado aliento,
en busca de Scipión
iré, que la hora no veo
Vuelve a tomar la bujaca, que es la de Turpín.
de que conozca mis bríos
y conozca los enredos
de aquel infame Turpín
que matar a palos tengo
donde quiera que le halle.
TURPÍN
Antes que te veas en eso
me veré yo en lo que tú
del saco has sacado.
BRUNEL
Pero
¿dónde voy, si allí gran tropa
viene, que en su seguimiento
debe de ser, según dicen
repetidos los acentos?
TODOS
Dentro.
¡Viva el grande Scipión,
que a honor del romano imperio
nació segundo para ser primero!
BRUNEL
Por esta parte atajando
podré salirle más presto
al encuentro. ¿Quién está
aquí?
Ve a Turpín.
TURPÍN
El azar de ese encuentro.
BRUNEL
Pícaro, ¿qué haces aquí?
Agárrale.
TURPÍN
Buscando un arroyo vengo
con sed; y si usted me dice
donde está el agua, yo creo
que podré decirle donde
está el vino.
BRUNEL
En fin te tengo
donde no puedes huir.
TURPÍN
Suélteme, y verá si puedo.
BRUNEL
Primero te he de dar muerte.
TURPÍN
Pues si me mata primero,
¿después para qué que he de huir?
BRUNEL
Mas ya matarte no quiero.
TURPÍN
Hace bien.
BRUNEL
Sino que pues
Scipión, en hacimiento
de gracias, pasando vista
a batallones y tercios
viene hacia aquese cuartel
que desde hospedaje y fuego,
con sus tiendas le ha servido
de prestado alojamiento,
llegues conmigo a sus plantas
y veas que te desmiento
con mis hazañas.
TURPÍN
Ya sé
que usted es un hazañero,
y me doy por desmentido.
BRUNEL
Ven, que has de ver lo que llevo
que ofrecerle.
TURPÍN
También sé
que no he menester saberlo.
BRUNEL
No te detengas, que ya
se ha apeado, según veo
que se despiden las tropas,
una y otra vez diciendo...
TODOS
Dentro.
¡Viva el grande Scipión,
que a honor del romano imperio
nació segundo para ser primero!
Tocan cajas y salen Scipión y Fabio, y soldados.
SCIPIÓN
Qué poco me desvanecen,
si es que a repetirlo vuelvo,
los aplausos, cuando en otra
civil batalla, no creo
que he vencido a mi enemigo,
mientras a mí no me venzo.
BRUNEL
Puesto que a tus pies, señor,
otros soldados han puesto
los trofeos que han ganado
en este asalto, bien puedo
atreverme yo a poner
también mi humilde trofeo.
Un capitán enemigo,
que señalado entre ellos
con insignias militares,
la muralla defendiendo
por aquella parte estaba
que yo subí, fue el postrero
que en el almena quedó,
conque con él cuerpo a cuerpo
lidiando, le di la muerte,
y no con ella contento,
la cabeza le corté,
que es la que a tus pies ofrezco:
Saca una bota.
Mas ¡cielos!, ¿Qué es lo que miro?
¿Quién en bota me la ha vuelto?
TURPÍN
¡Cuántas cabezas se vuelven
en botas cada momento!
SCIPIÓN
Ya otras veces este loco,
con sus vagos desaciertos
me ha cansado; retiradle
de aquí.
TURPÍN
No te enojes de eso,
que yo tampoco hago caso
del pasado lance nuestro,
porque es un pobre menguado
sin razón ni entendimiento.
Todo lo que te ha contado
le venía yo diciendo,
y con su locura hizo
tan vehemente aprehensión dello
que cree que es suya la acción;
y porque veas que no miento
esta la cabeza es
de aquel cartaginés fiero
que yo destronqué.
SCIPIÓN
También
de ver ese horror me ofendo:
¿quién mató otro y pasó a más
que al dolor de haberle muerto?
BRUNEL
¿Mi cabeza no es aquella?
¡Infame, dame mi muerto!
Embístense los dos.
TURPÍN
Para lo que a mí me sirve,
vesla aquí.
Tírasela.
UNOS
Apartaos.
OTROS
Teneos.
SCIPIÓN
También a ese retirad,
que ver locuras no quiero
ni atrocidades, y todos
me dejad, por ver si puedo
descansar conmigo un breve
rato. Idos todos.
Vanse.
FABIO
¿Qué es esto?
Día, señor, que consigues
tan glorioso vencimiento
que Scipión en Cartago
la fama ha de hacer eterno
sin que la melle sus bronces
la sorda lima del tiempo,
día que de tu piedad
movido todo su pueblo,
el que empezó en sobresalto
viene a parar en obsequio,
pues para tu triunfo está
carros y arcos previniendo,
¿de tu gente te retiras
tan absorto y tan suspenso?
¿Qué sientes?
SCIPIÓN
Si yo supiera
decir (¡ay Dios!) lo que siento,
de ti, Fabio, lo fiara,
pero es un dolor tan nuevo
que por más que me habla claro
le oigo pero no le entiendo;
déjame tú también solo.
FABIO
A mi pesar, te obedezco.
Vase.
SCIPIÓN
¡Gracias, oh Júpiter, dios
de dioses, que alentar puedo
sin temor de que alabarse
pueda aun el más leve acento
de que rompió delincuente
las cárceles del silencio,
pues solo le oirá quien sé
que sabrá guardar secreto,
tanto que a su dueño aun no
le dirá mi atrevimiento!
Saca el retrato.
Hermoso asombro sin vida,
sin alma hermoso portento,
que sin alma y vida tienes
en vidas y almas imperio,
¿qué duelo fue aquel, en que
te hallé?, que aunque mi deseo
fue saberlo también fue
ignorarlo, que al respeto
tuyo no quise atrever
ni ignorarlo ni saberlo,
ni ahora te lo preguntara
si bastaran los esfuerzos
de mi callado dolor
en sí a mantenerse; pero
como no hay nada que no
tenga terminado aumento,
¿qué mucho que haya llegado
al suyo mi sufrimiento?,
y más siendo el preguntarlo
a quien no ha de responderlo...
¿Qué duelo, pues, aquel fue,
tan nunca acaecido duelo,
como que viese en la tierra
la hermosa deidad de Venus
el ídolo de su altar
y la imagen de su templo?,
cuyo sacrílego ultraje
solo me dejó el consuelo,
al quererte llevar dos,
que ninguno era tu dueño,
pues el que lo fuera no
te pusiera en igual riesgo,
luego si Lelio ni Egidio
lo eran, ¿con qué acción de serlo
Lelio y Egidio, decían...
UNOS
¡Viva Egidio!
OTROS
¡Viva Lelio!
SCIPIÓN
¿Pero quién al pronunciarlo
publica, cuando yo muero,
que ellos vivan? ¿Qué alboroto,
Fabio, es ese?
Sale Fabio.
FABIO
Acude presto,
señor, que en civil batalla
tus dos ejércitos puestos,
para venir a las manos
están, en morir resueltos.
La gente del mar pretende
que el siempre glorioso premio
de la corona mural,
insignia de tanto aprecio,
que es una guirnalda de oro,
militar honor supremo,
a su general Egidio
se debe, pues fue el primero
que dentro del muro entró,
en su misma ruina envuelto;
la de la tierra, que a escala
vista y cuerpo descubierto,
su general Lelio fue
el primero que entró dentro,
con que unos y otros, al ver
que siempre resulta en ellos
de sus cabos el honor,
se van a embestir, diciendo...
UNOS
Dentro.
¡Viva Lelio!
OTROS
¡Egidio viva!
Salen en dos bandos los soldados y Egidio deteniendo a los unos, y Lelio a los otros.
LELIO
Teneos, amigos,...
EGIDIO
Teneos,
soldados,...
LELIO
...que no es razón...
EGIDIO
...que no es justicia...
SCIPIÓN
¿Qué es esto?
LELIO
Detener yo a mis soldados,
a fin de que su pretexto
no es lícito.
EGIDIO
Y yo a los míos,
a causa de que su intento
no es justo.
LELIO
Pues siendo quien
pretende el blasón excelso
de la corona mural
Egidio, nunca yo puedo
competir con él, que siempre
es suyo el merecimiento.
EGIDIO
Lo mismo a mi gente yo
persuado, reconociendo
que no hay servicios en mí
que igualen a los de Lelio.
LELIO
Y así, que a él le des su lauro
te suplico.
EGIDIO
Yo te ruego
que a él se le des, pues él es
su más legítimo dueño.
LELIO
El haberle competido
me basta a mí para premio
de inmenso honor.
EGIDIO
Que él le goce
me basta a mí para eterno
renombre.
LELIO
En dársele a él
me le das a mí.
EGIDIO
Lo mesmo
debo yo decir.
SCIPIÓN
Aparte.
(¿Quién vio
dos tan contrarios afectos,
como que se den las vidas
y los honores a trueco,
y que de honores y vidas
apelen a los aceros?)
SOLDADO 6
Aunque ellos, señor, compitan
en corteses cumplimientos...
SOLDADO 7
...no son dueños desta acción,
que todos somos sus dueños...
TODOS
...el día que en su valor
está interesado el nuestro.
SCIPIÓN
Soldados, ese litigio
quiere más prudente acuerdo;
y así, le reservo en mí,
para que con más consejo
que el del furor de las armas,
le determine, y ¡los cielos
viven!, que si habiendo oído
el que yo en mí le reservo
hubiere quien.. pero ¿quién
ha de haber? Vuélvase al pecho
la voz sin que la pronuncie
el labio, porque no quiero
que me pague la amenaza
lo que me debe el respeto.
Retirad al mar, Egidio,
vuestros soldados; vos luego
también, Lelio, retirad
a sus cuarteles los vuestros.
EGIDIO
Soldados, al mar.
LELIO
Soldados,
al cuartel.
UNOS
Todos iremos
contentos, señor, en fe...
OTROS
...de reservar en ti el medio
en que podamos decir...
UNOS
¡Viva Egidio!
OTROS
¡Viva Lelio!
Vanse.
FABIO
Ya, señor, que este alboroto
está por ahora suspenso,
sabe que Máximo, tío
de Arminda, habiendo compuesto
las cosas de su viaje
que en el mar le detuvieron,
licencia para salir
a tierra te pide.
SCIPIÓN
¿Eso
desde que yo a Arminda vi
no lo concedí, diciendo
que él y toda su familia
saliesen?
FABIO
Con todo eso
te hace esta segunda salva
a ley de buen prisionero.
SCIPIÓN
Excusada ceremonia;
y ya que hablamos en esto,
¿qué se hizo el español,
(que ha mucho que no le veo)
que le dio la vida a Arminda?
FABIO
Si la verdad te confieso,
yo le tengo retirado.
SCIPIÓN
¿A qué fin?
FABIO
Es tan atento
que al ver que a dar el asalto
estabas, señor, resuelto,
por no tomar armas contra
su patria, y al mismo tiempo
no poder en tu favor,
contra su agradecimiento,
que el neutral es sospechoso,
que no está airoso el suspenso
que ve lidiar sin lidiar,
sin esperar el efecto
de aquella estatua que aguarda
le vi a ausentarse dispuesto;
moviéronme sus razones
a que le diese por medio
ausentarse y no ausentarse,
y es que estuviese secreto.
Dar el consejo y no dar
ayuda para el consejo,
es, según suelen decir
no sé qué vulgares versos,
darlo todo y no dar nada,
y así, en mi tienda le tengo
retirado.
SCIPIÓN
Bien hiciste,
que yo también le agradezco
el socorro que hizo a Arminda,
y que consiga deseo
la deidad que aguarda, y verla,
según los grandes extremos
con que la encarece.
Sale Egidio.
EGIDIO
Ya,
señor, embarcada dejo
la gente del mar.
Sale Lelio.
LELIO
Y yo
la de la tierra en sus puestos.
EGIDIO
Desembarcada pudiera
decirte también, supuesto
que Máximo, en fe de haber
revalidado el primero
liberal permiso tuyo,
conmigo ha salido al puerto,
y para besar tu mano
licencia espera.
SCIPIÓN
Mal puedo
negar lo que di.
LELIO
También
Arminda, señor, sabiendo,
que está aquí su tío, gozosa
viene a su recibimiento.
Sale Máximo por una parte y Arminda por otra.
MÁXIMO
Una, y mil veces, señor,
humilde tus plantas beso;
bien que a tan altos favores
como Arminda y yo debemos
a tu piedad, dudo que
baste un agradecimiento;
y así, dejándole ahora
a que te le explique el tiempo,
paso al feliz parabién
de la vitoria que el cielo
te deje gozar los años
que merece el que en tan tiernos,
tan heroico, tan glorioso,
tan invicto y tan excelso
nació segundo para ser primero.
SCIPIÓN
Alzad del suelo; a mis brazos
llegad.
MÁXIMO
Permitid, que dellos
al tribunal del cariño
apele de el del respeto;
dame tú, Arminda, los brazos.
SCIPIÓN
Aparte.
(¡Qué bien hace mi silencio
en que no me atreva a hablarla,
pues a verla no me atrevo!)
ARMINDA
Tú seas tan bienvenido
como te esperó el deseo
que ya de verte tenía.
MÁXIMO
Todo es debido al afecto
de mi amor.
Aparte.
(Con tu rescate
tu padre vendrá muy presto
él mismo en persona.)
ARMINDA
Aparte.
(En tanto,
porque importa, te prevengo,
que si vieres aquí...)
SCIPIÓN
Arminda.
ARMINDA
¿Señor?
Aparte.
(Yo lo diré luego.)
SCIPIÓN
Lo agradecido que estoy
al español Uliceo
de haberte dado la vida
en obligación me ha puesto,
ya que Máximo ha salido
a tierra, que él vea si es cierto
venir su deidad; esto es
prevenirte de que quiero
ganar las albricias yo.
Fabio, pues a lo que creo
vos sabréis adónde está,
decidle que yo le espero,
que venga con vos, mas no
le digáis para qué efecto;
yo se lo diré.
ARMINDA
(Perdida
soy, si a mi tío no advierto:
A Máximo.
Óyeme.)
MÁXIMO
(Di.)
ARMINDA
(Cuando vieres...)
SCIPIÓN
Máximo.
MÁXIMO
¿Gran señor? (Luego
me lo dirás.) ¿Qué me mandas?
SCIPIÓN
Pues habéis venido a tiempo
que vuestra sangre, que vuestras
canas, y que el valor vuestro,
que ya sé cuanto habéis sido
en letras y armas experto,
en un duelo en que me hallo
me podrán dar el consejo
de que necesito, pues
no siendo amigo ni deudo
de las partes, juzgareis
desapasionado y cuerdo,
venid conmigo, porqué
sin ellas os diga el duelo
en que habéis de aconsejarme.
MÁXIMO
Dichoso seré, si acierto,
pero al que en obligación
de elegir está, sospecho
que es darle que desechar
desahogarle el pensamiento.
Vanse los tres.
ARMINDA
Aparte.
(No bastó, ¡ay de mí!, que no
le escribiese, por el miedo
de no fiar de un papel
tan importante secreto,
sino que para advertirle
me hubiese de faltar tiempo;
aquí no hay otro camino
sino salirle al encuentro
y decirle que no venga
hasta que avise primero
yo a mi tío.)
LELIO
Amor...
EGIDIO
Fortuna...
LELIO
¿Qué me acobardo?
EGIDIO
¿Qué temo?
ARMINDA
¿Dónde, caballeros, vais?
LELIO
Acompañándoos.
EGIDIO
Sirviéndoos.
ARMINDA
Aunque como debo estimo
ese galán cumplimiento,
os suplico no paséis
adelante.
LELIO
Si el deseo
de que conozcáis en mí,
señora, un esclavo vuestro,
esta ocasión pierde, ¿cuándo
la ha de lograr?
CELIO
Si el afecto,
no de esclavo, que en mí es
voluntario el cautiverio,
desaprovecha esta dicha,
¿cuándo...
ARMINDA
Suspended, os ruego,
estilos que yo no alcanzo,
que esto de afecto y deseo,
libertad y esclavitud,
para mi idioma es tan nuevo
que nunca llegó a mi oído
de sus voces el estruendo.
Quedaos, os suplico.
Cáesele a Arminda al irse a entrar un guante.
EGIDIO
Un guante
que se ha caído, os advierto,
porque prenda vuestra yo
a tocarla no me atrevo.
CELIO
Yo sí, que no he de esperar
que me dé el merecimiento
lo que no me dé la dicha.
EGIDIO
De que vos le alcéis me huelgo,
para llevarle yo.
LELIO
¿Cómo?
EGIDIO
Como por más fácil tengo
el quitárosle ahora a vos
que el levantarle del suelo.
LELIO
Eso falta de ver.
EGIDIO
Pues
así se vera bien presto.
Sacan las espadas y riñen.
ARMINDA
Oíd, esperad. Scipión,
Fabio, Máximo...
Salen Scipión, Fabio, Máximo, y después Luceyo.
TODOS
¿Qué es esto?
ARMINDA
Habérseme caído un guante
y haberse estos caballeros
empeñado sobre cual
ha de llevársele.
LUCEYO
(Cielos,
esto me faltaba ahora,
cuando temeroso llego
llamado de Scipión
sin saber a lo que vengo.)
SCIPIÓN
¿Hasta cuándo han de durar
tantos locos devaneos
como haberos de hallar siempre
amigos y siempre opuestos?
¿Apenas de la mural
guirnalda de oro el supremo
honor cedéis uno a otro,
y yo, para componeros,
con vuestros mismos soldados
ando consultando medios,
cuando lidiáis por un guante?
LOS DOS
Pues ¿por qué te admiras desto?
EGIDIO
¿Es una guirnalda de oro
alhaja de tanto aprecio
como el guante de una dama?
LELIO
¿Es un dorado ornamento
más que un honor añadido?
¿Pues porque no he de echar menos
si yo me tengo el honor,
el guante que yo me tengo?
LUCEYO
Aparte.
(Calle hasta ver en quién para,
que yo le cobraré luego.)
SCIPIÓN
¿Cómo, habiendo yo llegado?
LELIO
Como en su ira...
EGIDIO
...en su despecho...
LOS DOS
...locura es puesta en razón
la locura de los celos.
SCIPIÓN
Soltad el guante. Tomadle
vos, Arminda, pues es vuestro.
Quítale el guante a Lelio, y dásele a Arminda.
Y no os halle yo otra vez
finezas mezclando y duelos,
porque si otra vez...
LOS DOS
Señor...
SCIPIÓN
Baste por ahora esto.
LUCEYO
Aparte.
(¡Oh cuánto me desempeña
ver que a su mano haya vuelto,
pues si no, fuera preciso
el desafiar a Lelio!)
LELIO
Aparte.
(De grave empeño me saca
el haberla el guante vuelto.)
EGIDIO
Aparte.
(El que volviese a su mano
a mi suerte le agradezco.)
MÁXIMO
Mirando a Luceyo.
¡Qué es lo que miro! Tus plantas
en nuevo agradecimiento
otra y mil veces, señor,
me da a besar.
SCIPIÓN
Pues ¿qué nuevo
favor veis en mí? ¿Volver
un guante a quien es su dueño
merece extremos tan grandes?
MÁXIMO
Aún son cortos mis extremos
el día que llego a ver
que está en tu gracia Luceyo,
pues a tu persona asiste.
SCIPIÓN
Admirándose.
¡Qué oigo!
EGIDIO
¡Qué escucho!
LELIO
¡Qué veo!
MÁXIMO
Dame, Luceyo, los brazos.
Va Máximo a abrazar a Luceyo.
LUCEYO
¡Oh si fueran en mi cuello,
no brazos, sino dogales,
que me ahogasen, pues es cierto,
que nunca está más dichoso
un infelice, que muerto!
LELIO
¡Raro empeño!
EGIDIO
¡Lance extraño!
ARMINDA
(¿Quién vio que a quien no pudieron
matarla tantos pesares,
tantas ansias y tormentos,
tantas penas y fatigas,
un acaso la haya muerto?)
FABIO
¡Buen huésped metí en mi casa!
¡Vive Dios, que yo el tercero
he sido de sus amores!
MÁXIMO
¿De qué estáis todos suspensos?
¿Qué os admira el que yo hable
a mi sobrino Luceyo,
habiéndole hallado donde
no esperaba?
SCIPIÓN
Aparte.
(Santos cielos,
solo aqueste torcedor
le faltaba a mi silencio.)
¿Tú eres Luceyo?
LUCEYO
Yo soy,
que nunca mi nombre niego,
para que la fama diga
que vuelvo la espalda al riesgo.
SCIPIÓN
¿Cómo no?, si me dijiste,
al referirme el suceso
de tu venida a Cartago
que era tu nombre Uliceo.
LUCEYO
Como las letras mudé,
mas no el nombre, pues es cierto,
si bien, Scipión lo advierte
de tu discurso lo excelso,
que con unas mismas fui
anagrama de mí mesmo.
Embozar una verdad
cuando me importa el hacerlo,
no es mentir, pues siempre queda
verdad al correrla el velo,
y así decir que por una
muerte dejé el patrio suelo,
verdad fue, pues de mi padre
quedé en su muerte heredero
de la enemistad del tuyo,
de cuyo poder huyendo
pasé al África. Si en ella
te dije que arte y ingenio
me hicieron escultor, dije
bien, pues de Arminda fue el pecho
en su desdén duro mármol
y a mi llanto mármol tierno.
Que en mi celtíbera patria
gocé un noble heredamiento,
el principado lo diga
que me dio ilustres alientos
para pedirla a su padre
por esposa. Que a este tiempo
a tomar la posesión
hube de venir tan presto,
que no la traje conmigo
por falta de lucimientos,
también es verdad, bien como
que ajustados los conciertos,
quedó encomendada a quien
la remitiese a este puerto,
donde para las entregas
habíamos los dos de vernos.
Y en fin, si dije que era
aquí mi venida, a efecto
de que en Arminda vendría
para llevarla a mi templo,
de Venus la hermosa imagen,
¿en qué te mentí, supuesto
que con Arminda ha venido
la hermosa imagen de Venus?,
y así, si tu piedad...
SCIPIÓN
Basta,
basta, que con todo eso,
el equívoco sentido
no me da por satisfecho,
pues cuando no hubiera contra
su sofístico concepto
más que haber desconfiado
de mi generoso pecho
en que habían de durarme
enojos de tanto tiempo,
ni vengarme a sangre fría
en quien es mi prisionero,
bastaba para delito.
A un cuerpo de guardia preso
le llevad, soldados. Vos,
Fabio, hasta su alojamiento
id acompañando a Arminda.
FABIO
Advierte...
SCIPIÓN
Ya nada advierto.
MÁXIMO
Mira, señor...
SCIPIÓN
Nada miro.
ARMINDA
Atiende que...
SCIPIÓN
Nada atiendo.
Dejadme todos, dejadme,
(que he de ver si es, ¡vive el cielo!,
locura puesta en razón
la locura de los celos.)
Vase.
LELIO
Pues va con él tan airado,
ahora de hablarle es tiempo.
Vase.
EGIDIO
No es esta mala ocasión
de hablarle en mi sentimiento.
Vase.
MÁXIMO
¡Oh nunca hubiera salido
a tierra a ser instrumento
de tanto escándalo! Iré
tras él, por ver si entre el duelo
que me hablaba, introducir
alguna disculpa puedo.
Vase.
LUCEYO
Feliz, ¡ay Arminda!, quien
sin ti va a morir, supuesto
que morir un desdichado
es el último consuelo.
ARMINDA
Infeliz quien sin ti queda,
Luceyo, a vivir, sabiendo
que no es la vida del triste
más que un prolijo tormento.
FABIO
Ven, Arminda.
SOLDADO 1
Venid vos.
ARMINDA
Oíd, os suplico.
LUCEYO
Oíd, os ruego.
LOS DOS
Que al despedirse dos almas
es muy precioso un momento.
FABIO
Esto es preciso.
ARMINDA
¿Ayer tanto
cariño, hoy tanto despego?
SOLDADO 2
Esto es fuerza.
LUCEYO
¿Ayer mis guardas
de vista, y hoy mis opuestos?
FABIO
Sí, pues hiciste mi casa
cómplice en tu fingimiento.
SOLDADO
Sí, que hoy delincuente sois,
y ayer erais prisionero.
TODOS
Venid, pues.
LUCEYO
¡Qué ansia!
ARMINDA
¡Qué pena!
LUCEYO
¡Qué dolor!
ARMINDA
¡Qué sentimiento!
LUCEYO
A Dios, bellísima Arminda
ARMINDA
A Dios, infeliz Luceyo.
LUCEYO
A nunca más ver.
ARMINDA
Di a nunca
ver la clara luz del cielo.
LUCEYO
Pues el que humano con todos...
ARMINDA
...solo contigo severo...
LOS DOS
...no permite que podamos
decir con la voz del pueblo...
Todos dentro y los dos.
TODOS
¡Viva el grande Scipión,
que a honor del romano imperio
nació segundo para ser primero!
Vanse y salen todas las mujeres.
FLAVIA
Otra y mil veces veloces
nuestras voces lleve el viento,
que nunca las del contento
ser pueden molestas voces.
LIVIA
Dices bien, y pues es día
que agradecidas las nuestras
vienen a dar claras muestras
de su común alegría,
justo es que de nuestra fiesta
la aclamación oiga altiva.
TODOS
¡Scipión reine, triunfe y viva!
Sale Scipión.
SCIPIÓN
Pues ¿qué novedad es esta?
FLAVIA
Aunque de Cartago viste
que a nuestro avance las puertas
estaban, señor, abiertas,
en ella entrar no quisiste
a causa de que el valor
que tu espíritu acompaña,
el que es triunfo en la campaña
en el poblado es terror,
y ansí, a pedirte venimos
que ya que nuestro cuidado
las lástimas ha quitado
que al entrar en ella vimos,
no te excuse la piedad
gozar el alto blasón
que de español Scipión
nuestra española ciudad
te ofrece, y ya que constante
no quisiste, al ver su horror,
en ella entrar vencedor,
entres en ella triunfante.
FLORA
No solo de lo fatal
limpia está, pero adornada
de arcos, que para tu entrada
ha dispuesto.
LIVIA
Y un triunfal
carro, en cuyas esperanzas
cada calle es un abril,
cada balcón un pensil
y todo bailes y danzas.
FLAVIA
Ven, pues, su posesión toma,
sea aplauso el que fue estrago.
TODOS
Y ensáyate hoy en Cartago
para los triunfos de Roma.
SCIPIÓN
Desagradecido fuera
si ese afecto no estimara;
y pues fineza tan rara
su logro en mi triunfo espera
yo le acepto, y presto iré
donde su aplauso reciba.
TODOS
¡Scipión reine, triunfe y viva!
Vanse todas. Sale Lelio.
LELIO
¡Viva, triunfe y reine, en fe
de que premie los servicios
que yo en su milicia he hecho!
SCIPIÓN
¿Ahora, a qué fin?
LELIO
Si el despecho
que en mí viste no da indicios
de ser Arminda por quien
me precipitó el furor,
que las vislumbres de amor
a muy poca luz se ven,
sabe que el retrato bello
de Arminda acaso llegó
a mi mano, y sin que yo
supiese cúyo era, al vello
tan perfecto le entregué
alma, vida y libertad.
En fe de nuestra amistad,
a Egidio se le fié,
él...
Sale Egidio.
EGIDIO
...cuando al bajel entró,
también en suspensa calma,
la libertad, vida y alma
a su original rindió
de suerte que aquel cuidado
tan distante deste está
cuanto la ventaja va
de lo vivo a lo pintado.
Si él a que el retrato viera
de mi mano le fio,
también se le puse yo
donde cobrarle pudiera,
quedando de allí adelante
(tus ojos fueron testigos)
en lo caballero amigos
y enemigos en lo amante;
y ya que a hablarte empezó
de su parte, hable en la mía,
pues es lo que él te decía
lo que te dijera yo.
LELIO
El presupuesto primero
que asiento en esta materia,
es que Arminda a Celtiberia
va comprometida, pero
no casada; de manera
que en el trance que hoy los ves
Luceyo tu preso es
y Arminda tu prisionera;
el padre della africano
y él español es querer
unir poder a poder
contra el imperio romano,
y así que aquí la detengas
y que aquí la dé tu agrado
esposo es razón de estado,
en que de paso te vengas
de Luceyo.
EGIDIO
Si hasta aquí
Lelio por mí y por sí habló,
desde aquí es justo que yo
hable por él y por mí,
porque si bien considero
lo que de su voz se infiere
soy su amigo y lo que él quiere
es lo mismo que yo quiero,
y así, si el consejo toma
tu acuerdo, que le concede
razón con que Arminda quede
naturalizada en Roma,
te suplico no te olvides
de mis vitorias navales.
LELIO
Yo de los triunfos campales
que he conseguido en tus lides.
EGIDIO
Y pues te hallas en empeño
de que con mérito igual...
LELIO
...de la corona mural
hayas de elegir el dueño...
EGIDIO
...y lo mismo te sucede,
si el consejo has de admitir...
LELIO
...en cuanto a haber de elegir
quien lograr su mano puede...
EGIDIO
...yo te ruego...
LELIO
...yo te pido...
EGIDIO
...que a él el dorado laurel
entregues...
LELIO
No, sino a él...
EGIDIO
...pues sobre honor adquirido...
LELIO
...pues sobre segura fama...
LOS DOS
...no vale tanto, señor,
de una guirnalda el favor
como el desdén de una dama.
Vanse.
SCIPIÓN
¿A quién habrá sucedido
verse en tan confuso estado,
como a un silencio obligado
y a dos violencias rendido?
Lelio un retrato que vio
le rindió a su celestial
belleza; el original
vio Egidio y también rindió
a su belleza el sentido;
pues yo que el retrato vi
y el original ¿no fui
quien de uno y otro ha tenido
entrambas disculpas? Sí.
¿Pues cómo vencerme trato
si original y retrato
se conjuran contra mí?
Si uno de otro está celoso,
yo de uno y otro lo estoy;
luego con dos celos, soy
dos veces menos dichoso,
y aun tres, si atiendo advertido
que a Luceyo también dan
posesiones de galán
esperanzas de marido.
¿Pues de qué provecho me es
tener en disculpa (¡ay Dios!)
al ejemplar de amor dos
y al dolor de celos tres?
Rompa, pues, el labio mío
la estrecha cárcel del pecho,
salga y goce a su despecho,
sus fueros el albedrío:
declarado desde aquí,
sabrá Arminda... Mas ¿qué digo?
El que venció a su enemigo,
¿no sabrá vencerse a sí?
No, que en esta interior guerra,
el vencedor el vencido
viene a ser, pues siempre he oído...
MUJERES
Dentro.
Scipión viva.
HOMBRES
Dentro.
¡A tierra, a tierra!
Suena dentro a un lado música y a otro voces de marineros y chirimías, y salen Máximo y Fabio, por distintos lados.
FABIO
El triunfo que ha prevenido,
sumamente alborozada
la ciudad, para tu entrada,
dice ese festivo ruido.
MÁXIMO
Un bajel que ha descubierto
la armada, costeando viene,
y según el viento tiene
su rumbo es a nuestro puerto.
FABIO
Ven adonde logres, pues,
tan bien merecido honor.
MÁXIMO
Ven donde sepas, señor,
de dónde viene y quién es.
SCIPIÓN
(Un triunfo a un tiempo, y una
novedad me llaman, cuando
están en mí vacilando
amor, celos y fortuna;
y pues nada resolví
tome plazo para que
lo mejor resuelva). Iré
primero al mar. Fabio, di
a esa pública alegría
que a reconocer me llego
ese bajel, y que luego
al punto vuelvo. Tú guía
a la marina; sabré
lo que ha en el pasado duelo
discurrido tu desvelo,
(aunque más discurriré
qué medio habrá, qué partido
en que hipócrita mi honor
no entre como vencedor,
pues sé yo que va vencido.)
Vanse y córrese el teatro de muralla y se descubre el de la marina, sin dejarse ver más que la proa del bajel grande, que estará Curcio en ella, y tocan a este tiempo chirimías.
CURCIO
Amáinese la vela,
y este neblí del mar, delfín del viento,
que desde un elemento a otro elemento
tan equívoco anhela
que ignora cuándo nada o cuándo vuela,
gozando el blando halago
del aura que le inspira, de Cartago
las almenas salude,
y al compás que sus flámulas sacude
la salva de la paz que en él espera,
Chirimías.
mar en través, tremole la bandera.
Salen Máximo y Scipión.
MÁXIMO
Blanca bandera ha puesto
en su tope la gavia.
SCIPIÓN
Haced, supuesto
que de paz nos saluda,
que a responderle nuestra salva acuda.
Tocan cajas y clarines.
MÁXIMO
Del timonel guiñada ya la quilla,
quebrantando las olas, ha dispuesto
la proa su aviada hacia la orilla.
SCIPIÓN
¿Qué extraña maravilla
será la que tan bello buque encierra?
CURCIO
Pues nos han respondido, a tierra.
TODOS
A tierra.
Tocan chirimías. Pasa el bajel y ciérrase el foro.
MÁXIMO
De un bordo en otro ya en el puerto ha entrado.
SCIPIÓN
Y en el esquife, poco acompañado,
tierra toma, según desde aquí infiero,
un venerable anciano caballero.
MÁXIMO
Y si no es que la edad la vista rinda,
Curcio, mi hermano es, padre de Arminda.
SCIPIÓN
Aparte.
(Solo ese requisito me faltaba,
sobre las dudas en que yo me estaba.)
Salirle a recebir es cortesía.
Sale Curcio.
CURCIO
Esa, señor, obligación es mía,
ya que las señas de tan real persona
la majestad en juventud abona.
Vuestra mano me dad.
SCIPIÓN
Habiendo oído
quién sois, más noble don serán los brazos.
CURCIO
Por ser prisión admitiré sus lazos.
SCIPIÓN
Vos seáis bienvenido.
CURCIO
Fuerza es serlo quien viene agradecido
al favor que en Arminda considero,
a ser de envidia vuestro prisionero,
bien que una y otra libertad que trate,
por lo amables que son, de su rescate
me habéis de perdonar.
SCIPIÓN
No soy tan necio
ni avaro, que presuma que haya precio
en el mundo que iguale
lo que solo un chapín de Arminda vale.
CURCIO
Estimación es esa
tal que a una luz complace y a otra pesa,
pues es fuerza, señor, darme cuidado,
cuánto desconsolado
el príncipe Luceyo, que en la esfera
de su patria celtíbera la espera,
estará sin saber este suceso.
SCIPIÓN
No estará, que aquí yo le tengo preso.
CURCIO
¿Preso?
SCIPIÓN
Sí, y pues no es caso
este para tratado tan de paso,
y más cuando el deseo
de ver a Arminda creo
que ansioso os tenga, id, pues. Acompañadle,
Máximo, vos, y donde está guiadle.
Perdonad que no os voy acompañando,
porque me está esperando
la ciudad con el triunfo prevenido
a mi recibimiento,
que no sé con qué intento
entrar hasta ahora en ella no he querido.
CURCIO
Aparte.
(¡Oh vil fortuna!) A vuestros pies rendido,
de su vitoria os doy la enhorabuena...
(Cuando el pésame a mí de mayor pena
sobre la que traía),
y ya que vine en tan felice día,
a acompañar el triunfo me apercibo,
añadiendo a su carro otro cautivo.
(Máximo, ¿qué es aquesto?)
MÁXIMO
(No sé a lo que dispuesto
su antiguo enojo está, mas mucho temo
algún trágico extremo,
según de tanta sequedad colijo.)
CURCIO
(Qué bien dijo el que dijo
que es cobarde el pesar, pues nunca ha andado
solo, y siempre acomete acompañado.)
Vanse los dos.
SCIPIÓN
¡Qué de cosas revuelvo
en mi imaginación si es que a unir vuelvo
cómo mi honor hipócrita fingido
triunfará vencedor yendo vencido?,
y más habiendo (¡ay cielos!)
en muda muestra sido
del reloj de un silencio adormecido
en callados desvelos,
despertador el ruido de los celos;
si a Egidio y Lelio su pasión reñía
¿qué dirán, sabedores de la mía?;
si Curcio, que ha venido
de mi cortesanía agradecido,
halla que fue mi amparo fantasía,
pues fue intención y no cortesanía,
¿qué dirá?; ¿qué dirá Luceyo, viendo
que es mi enemigo y en su honor le ofendo
cuando no tengo yo para conmigo
más honor, que el que tiene mi enemigo?,
pues si él no le tuviera,
no mi enemigo, mi desprecio fuera;
y en fin, el mundo contra mí ofendido,
¿qué dirá, si me vengo en un rendido?
Pues ello ha de haber medio,
aunque duela el remedio,
para sanar los males con que lidio,
y ha de ser...
Dentro caja y clarín.
UNOS
Dentro.
¡Viva Lelio!
OTROS
Dentro.
¡Viva Egidio!
MUJER
Dentro.
¡Scipión solo viva!
Dentro instrumentos de música.
SCIPIÓN
¿Otra vez militar voz, y festiva?
¿No bastaban tantas dudas?
Sale Lelio.
LELIO
Viendo cuanto estás remiso
en dar la mural corona
que has reservado a tu arbitrio,
mayormente día, señor,
que triunfantemente invicto
te espera Cartago, siendo
así que siempre fue estilo
que coronado acompañe
el plaustro aquel que en el sitio
más se señaló, la gente
de tierra y mar ha movido
nuevo alboroto, creyendo
que sin este requisito,
por no desairar a uno
dejando a dos ofendidos
celebrar el triunfo intentas.
Sale Egidio.
EGIDIO
¿Qué mucho haberlo creído,
cuando, sin ver que hayas dado
sentencia al marcial litigio,
tan adelantado está
lo plausible y lo festivo
que su nobleza y su plebe
los instantes cuenta a siglos?,
o díganlo esos tres ecos
que en tres bandos divididos,
diciendo están a tres voces...
UNOS
¡Viva Lelio!
OTROS
¡Viva Egidio!
MUJERES
¡Solo viva Scipión!
SCIPIÓN
Volved los dos y decidlos
que al triunfo concurran todos
y sabrán a quien elijo.
EGIDIO
(Más para esotra elección,
que para esa, te suplico,
te acuerdes de mí.)
SCIPIÓN
(Sí haré,
y lleva, Egidio, entendido,
que Lelio no te prefiera.)
LELIO
(No en esta elección te pido
que de mí te acuerdes...)
SCIPIÓN
(Ya
entiendo por cuál lo has dicho,
y lleva entendido, Lelio,
que no te prefiera Egidio.)
EGIDIO
(Dichoso soy, pues que llevo
esa esperanza conmigo.)
Vase.
LELIO
(Felice yo, que con esa
esperanza aliento y vivo.)
Vase.
SCIPIÓN
Ea fortuna, ya estamos
en el término preciso
en que es fuerza resolverme.
¿Habrá medio, habrá camino
que quedando bien con todos
no queden Lelio ni Egidio
vengados en mis afectos,
ni sin premio en sus servicios?
¿Habrá camino, habrá medio
que no queden persuadidos
Curcio y Máximo a que tuvo
mi cortesanía más viso
que mi liberalidad,
sirviendo a Arminda tan fino
que nunca llegue a saber
cuán a mi costa la sirvo,
ni cuán a mi costa sea
hoy de Luceyo el castigo,
tan generosa venganza
que vengado en un rendido
airoso quede y vengado?
Mucho haré si lo consigo,
y consigo que vea el mundo
que de mí mismo vencido,
de mí mismo vencedor,
valgo yo más que yo mismo.
Vase. Dentro instrumentos y voces, y después salen Curcio, Arminda y Máximo.
DENTRO
Pues ya a nuestro ruego viene
Scipión agradecido,
recíbale nuestra salva,
diciendo en alegres ridmos...
MÚSICA
Dentro.
¡Viva Scipión,
de cuyos floridos
años la memoria
numeren a siglos
la tierra con flores,
el mar con arenas,
el sol con reflejos
y el aire con visos!
ARMINDA
Cuando de los hados corren,
señor, los vientos esquivos,
que traen el agua a los ojos
y a los labios los suspiros,
no hay más prudente remedio
que el de domeñar los bríos,
puesto que es el tolerarlos
más fácil que el resistirlos:
la caña y el roble sean
su ejemplar, pues siempre vimos
que la caña, que se agobia,
se cobra en su ser antiguo,
y el roble, que se resiste,
caduca en su precipicio.
Luceyo preso, Scipión
poderoso y ofendido,
Máximo y yo prisioneros,
tu huésped advenedizo,
en fe del salvo conducto
que su blanca seña hizo,
¿qué resistencia podemos
hacer que no sea rendirnos?,
y así, pues que tan alegre,
quizá a su pesar, previno
Cartago, disimulando
su ruina en su regocijo,
triunfales arcos y carros,
hagamos los tres lo mismo,
que yo seré la primera,
por ver si a piedad le obligo,
que con las demás mujeres,
cuyo afecto agradecido
es el que el triunfo ha dispuesto,
mezclada entre sus festivos
coros acompañe el metro
de sus armónicos himnos,
diciendo con todas...
ELLA y musica
Que de sus floridos
años la memoria
numeren a siglos,
la tierra con flores,
el mar con arenas,
el sol con reflejos
y el aire con visos.
CURCIO
Dices bien, y antes que a él,
(porque el espíritu mío
vaya a rendirse enseñado)
a tu parecer me rindo.
MÁXIMO
Pues ya que de la marina
atrás dejamos el sitio
y transcendiendo los muros,
abierta la ciudad miro,
que en sus adornos parece
artificial paraíso,
y que al umbral de su alcázar
está el triunfo suspendido,
lleguemos a que nos vea
que sus aplausos seguimos.
ARMINDA
Llegad los dos, porque yo
me he de mezclar, como he dicho
con las damas de Cartago,
con ellas diciendo a gritos...
TODOS Y MÚSICA
¡Viva Scipión,
de cuyos floridos
años la memoria
numeren a siglos
la tierra con flores,
el mar con arenas,
el sol con reflejos
y el aire con visos!.
Con esta repetición se cierra la marina y se descubre el teatro de la calle, en cuyo foro estará Scipión sentado en el carro triunfal, y a sus lados Lelio y Egidio, y delante Magón con una fuente, y en ella una corona de laurel doradas las hojas, y algunos de cautivos en acción de tirar el carro, delante todas las mujeres cantando y bailando, y se introduce Arminda con ellas, y los dos con Fabio y los demás.
SCIPIÓN
Oíd, esperad, suspended
los acentos repetidos,
que no tengo de salir
a los públicos distritos
triunfante sin que primero,
ya que mi valor lo ha dicho,
diga también mi justicia
si soy o no dellos digno.
Aparte.
(A Máximo, Arminda y Curcio
entre otras gentes he visto;
hasta mejor ocasión,
no me dé por entendido.)
Y pues para esto ha de ser
Luceyo el primer testigo,
id, Fabio, y de la prisión
traedle aquí.
ARMINDA
¡Cielos divinos,
él quiere que conste a todos
el cargo de su delito!
MÁXIMO
Mucho su venganza temo.
CURCIO
De imaginarla me aflijo.
EGIDIO
Sin duda, puesto que envía
por él para su suplicio...
LELIO
Sin duda, puesto que quiere
público hacer su castigo...
EGIDIO
...que es para que Arminda libre,
se pueda casar conmigo...
LELIO
...que es para que libre Arminda,
conmigo case...
LOS DOS
...pues dijo...
EGIDIO
...que no me prefiera Lelio.
LELIO
...que no me prefiera Egidio.
SCIPIÓN
Ahora, en tanto que viene
Luceyo al llamado mío,
porque en el triunfo no falte
tan principal requisito
como que entre coronado
el que en el asalto ha sido
más señalado, rompiendo
el primero los altivos
homenajes de sus muros,
y consta que a un tiempo mismo
entraron Egidio y Lelio,
es bien, pues están partidos
los méritos, que lo estén
los lauros de que son dignos:
entregad esa mural
corona que habéis traído
vos, Magón, a fin de que
de vuestro oprobio ministro,
veáis que a vuestro vencedor
con ella las sienes ciño.
MAGÓN
Ya sé que esta ceremonia
padrón es de los vencidos.
SCIPIÓN
Bien veis que es una, y que son
dos los que la han merecido;
pues porque ninguno quede
desdeñado o preferido,
ya que tan amigos sois,
que la partáis como amigos
es la sentencia que debo
dar en el triunfal juicio.
Llegad, pues, llegad entrambos,
partid su laurel invicto,
y llévele cada uno
entero, aunque va partido,
Divídese la corona en dos y lleva cada uno la suya.
conque ya podrán decir
entrambos bandos unidos,
viendo laureados sus cabos,
que vivan Lelio y Egidio.
TODOS
¡Viva Lelio y viva Egidio!
LELIO
Aunque este premio, señor,
bien como tuyo le admito...
EGIDIO
Aunque este lauro, bien como
dádiva tuya le estimo...
LELIO
...el que aguardo...
EGIDIO
...la que espero...
SCIPIÓN
Necios sois, pues no habéis visto
que el premio que ambos pedís
no es premio para partido,
y pues no puedo igualaros
en él, tened entendido
que dél, a quien yo he de darle,
es más que vosotros digno.
LELIO
¿Más que yo?
EGIDIO
¿Más que yo?
LOS DOS
Aparte.
(Cielos,
sin duda por sí lo ha dicho.)
Salen Fabio y Luceyo.
FABIO
Aquí está Luceyo ya.
LUCEYO
Postrado, señor, humillo
a tus plantas la persona
y la garganta al cuchillo.
SCIPIÓN
Sabe, Luceyo, y sabed
todos (haciendo testigos
a los dioses que heredadas
enemistades omito)
que el delito de que solo
hoy me ofendo es el delito
de desconfiar de mí,
habiendo de mí temido
que soy hombre en quien podían
durar rencores antiguos:
esto es de lo que vengarme
justamente solicito,
y para que la venganza
no sea vil en un rendido
y sea en un vencedor
noble, lo que determino
es vengarme sin vengarme,
pues de quien a mí me hizo
un pesar, ¿qué más venganza,
que hacerle yo un beneficio?
Dale la mano de esposo
a Arminda, y libre contigo
a tus estados la lleva.
Vosotros ved si he cumplido
la palabra que a ambos di
en no haberos preferido
el uno al otro, y en que
había de darla al más digno,
pues nadie más digno es
que el que es su proprio marido.
LUCEYO
¿Quién, sino tu valor, pudo
trocar en honra el castigo?
ARMINDA
¿Quién pudo, sino tu fama,
hacer al rigor benigno?
TODOS
¿Quién, sino tu ingenio, a todos
dejarnos agradecidos?
CURCIO
y Máx. ¿Ni quién añadir al triunfo
voluntarios los cautivos,
sino tú?
CURCIO
Y en fe de serlo,
que recibas, te suplico,
como tributo un tesoro
no escaso, ya que no rico,
que era de Arminda rescate.
SCIPIÓN
Aunque ya otra vez te he dicho
que para Arminda no hay precio,
con todo, ahora le recibo
para añadirle a su dote:
Luceyo, haz dél sacrificio
a aquella hermosa deidad
que tu metáfora dijo,
al colocarla en su templo,
y en vez del trasumpto vivo,
pon en su ara ese retrato.
Dásele.
LUCEYO
Este es el que un pintor hizo,
que para copiarla, tuve
yo en un jardín escondido,
y no sé por qué desgracia,
saliendo de la isla huido,
sin dármele se ausentó.
SCIPIÓN
Sin saber cúyo era, vino,
por primoroso, a mi mano;
desta verdad claro indicio
es tener yo por más fácil
ir tuyo que quedar mío:
añade esta joya más
al dote, y pues habéis visto
todos que he vencido no
solo al campal enemigo,
sino al doméstico, pues
a mí mismo me he vencido,
siendo la mayor vitoria
el vencerse uno a sí mismo,
prosiga ahora el triunfo.
FLAVIA
Todos
será repitiendo a gritos.
MÚSICA Y TODOS
¡Viva Scipión,
de cuyos floridos
años la memoria
numeren a siglos
la tierra con flores,
el mar con arenas,
el sol con reflejos
y el aire con visos!
Sale Brunel.
BRUNEL
No todos, que falto yo,
que también justicia pido
de un infame que me ha hurtado
honra y fama.
Sale Livia.
LIVIA
Yo testigo,
a quien también la robó
todo su dote.
TURPÍN
Eso es lindo:
¿quién vive hoy que haciendo robos
no diga que son arbitrios?
FABIO
Quitad, apartad, que ya
no es tiempo de desatinos,
no, sino de que mudando
el cántico su sentido,
puesto que fortuna y fama
tienen ya el velo corrido,
el Segundo Scipión,
español César invicto,
diga que el Segundo Carlos...
TODOS Y MÚSICA
¡Viva, de cuyos floridos
años la memoria
numeren a siglos
la tierra con flores,
el mar con arenas,
el sol con reflejos,
y el aire con visos!
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Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach

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TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. El segundo Scipión. El segundo Scipión. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbfq.0