Origen, pérdida y restauración de la Virgen del Sagrario
Comedia Famosa
Personas que hablan en ella.
- Una fiera.
- Ataúlfo.
- Recisundo, rey.
- Payo.
- Ildefonso.
- Santa Leocadia.
- El rey don Alfonso el sexto.
- La reina doña Constanza.
- Don Bernardo, arzobispo.
- Selín, moro.
- Don Nuño.
- Ramiro.
- Don Vela.
- Cuatro pajes.
- Juan Ruiz.
- Damas.
- Domingo, asturiano.
- Pelagio.
- La Reina.
- Teudio.
- La Virgen.
- Alarico.
- Un criado.
- Músicos.
- Hombres y soldados godos.
- Godmán, alcaide.
- Mujeres godas.
- Alí, gracioso.
- Moros.
- Muza.
- Abén Tarif, moro.
- Doña Sancha.
- Teodosio, viejo.
- Elvira.
- Íñigo.
- Luna.
- Rodrigo.
Primera Jornada
Suena dentro ruido de caza y sale huyendo una fiera y, en llegando al tablado, se quita la máscara y queda un hombre y detrás de él sale el rey Recisundo.
Dentro
¡Por acá, por acá!
Rey
Vestiglo fiero,
tras tu velocidad mi aliento lleva.
Fiera
Pues eres rey magnánimo y severo,
ósate entrar conmigo en esta cueva
cuerpo a cuerpo; en su oscuro centro espero.
Rey
¡Qué nuevo horror! ¡Qué admiración tan nueva!
Fiera
Atrévete, valiente Recisundo,
y serás, si te atreves, rey del mundo.
Vase.
Rey
Espera fiera, espera; ya te sigo.
En la cueva he de entrar y entre mis brazos,
haciendo campo desigual contigo,
átomos he de verte hecha pedazos.
Vase y sale Alarico y Ataúlfo.
Alarico
Corrió el Rey tras la fiera; no me obligo
a alcanzarle, que pone al viento laz
su gran velocidad.
Ataúlfo
Su pensamiento
va corriendo parejas con el viento. Vanse.
Salen la fiera y el Rey.
Fiera
Llega, gran Recisundo, ya te aguardo
entre mis brazos para darte muerte.
Rey
Ni de tus amenazas me acobardo
ni desespero, fiera, de vencerte.
Fiera
¿Cómo en matarte tanto tiempo tardo?
Luchan.
Rey
Yo también, ¿cómo tardo en deshacerte?
Fiera
Valiente eres.
Rey
Un rey siempre lo ha sido.
Fiera
Vete, que, pues vencerte no he podido,
no eres tú el godo rey que ha de librarme
de una pensión, de un cautiverio fiero
donde intrépido llegas a mirarme,
y ha muchos siglos que encantado espero;
no eres tú el infeliz que ha de sacarme
desta cadena en que rabiando muero.
Ve libre y ¡ay de aquel que yo cogiere
en la cueva y a brazos le venciere!
¡Ay de España, si llega el triste día
que un rey quede vencido en la estacada!
¡Ay de su religión devota y pía;
cuánto ha de verse entonces profanada!
¡Ay del cielo también, pues la voz mía
ha de turbar su máquina estrellada!
Y ¡ay de mí, que vencerte, rey, no puedo,
por que seguro vivas en Toledo!
Húndese.
Rey
¡Válgame el cielo! ¡Qué confuso espanto!
¡Válgame el cielo! ¡Qué rigor funesto!
Salga yo desta cueva, deste encanto
que en tantas confusiones hoy me ha puesto.
¡Oh clara luz, cuánto te estimo, cuánto!
Salen Alarico y Ataúlfo.
Alarico
Señor, danos tus pies. Pero ¿qué es esto?
¿Tú lloras?
Ataúlfo
Pues, señor, ¿qué ha sucedido?
Rey
Una melancolía me ha vencido.
Poned una señal en esta boca
por donde melancólico bosteza
el monte; sea mordaza y dura roca
que enmudezca este horror, esta tristeza;
pero defensa no ha de ser tan poca:
la tronera que veis, cuya pereza
la boca tiene para siempre abierta,
se cierre desde aquí con una puerta
y sea institución y ley sagrada
que ningún godo rey, mi descendiente,
a averiguar entre por ella nada
y de Dios sea maldito el que lo intente;
antes cualquiera rey quiero que añada
un candado en señal de que obediente
guarda el precepto justo y no severo,
y yo, con mas razón, pondré el primero.
Un caballo me dad, porque me importa
volver a la ciudad, donde me espera
Ildefonso, que hoy el cuello corta
de la herejía a la serpiente fiera,
cuya cabeza otra cabeza aborta;
hidra arrogante que mi reino altera,
aliento que es veneno y es contagio
con que Teudio inficionan y Pelagio.
Vanse.
Salen huyendo Pelagio, hereje, y detrás algunos y Payo de gorrón.
Uno
¡Viva Ildefonso!
Todos
¡Viva!
Dos
¡Sacro laurel por tal honor reciba!
Uno
¡Muera Pelagio!
Todos
¡Muera!
Dos
Pues nuestra paz y religión altera.
Pelagio
¿Dónde voy desta suerte,
tropezando en la sombra de la muerte?
Payo
Perrero soy; no es yerro
arrojar de la Iglesia tan vil perro
que el respeto le pierde
y en la pureza no manchada muerde;
sal de aquí.
Pelagio
¡Oh, arrogante
furor de un pueblo ciego y ignorante!
Payo
Blasfema tu voz miente;
tú eres el ignorante solamente,
pues has puesto este día
defeto en la pureza de María;
y nuestro gran prelado,
arguyendo, vencido te ha dejado
en acto tan solene
que hasta la Reina a presidirle viene,
siendo, por que te asombres,
tú el luzbel de María entre los hombres;
Ildefonso sagrado,
Miguel que de su cielo te ha arrojado
diciendo con voz pía
al despeñarte: «¿Quién como María?».
Pelagio
Si en forma me arguyera,
ni Ildefonso ni Pablo me venciera;
arguyó falsamente,
y el pueblo, que con él está presente,
por complacelle quiso
darle el lauro sin causa y sin aviso.
Payo
Otra y mil veces mientes
y, pues no te reduces ni arrepientes,
yo vencerte pretendo;
no entiendo de argumentos, pero entiendo
de estacas y con esta
tengo de dar a tu opinión respuesta:
María quedó virgen siendo madre,
hija y esposa del eterno Padre.
Esto sé y ¡vive Cristo
que ha mucho que la cólera resisto!
Muera el hereje fiero.
Pelagio
Matadme, pues que yo rabiando muero.
Uno
Déjale, porque sale
el Rey.
Pelagio
¿Quién hay que mi tormento iguale?
Iré de furia lleno
derramando en el mundo mi veneno.
Vase.
Payo
¿Sabéis lo que he sentido
más? Que este hereje vil se haya atrevido
a mostrarse contrario
delante de la Virgen del Sagrario
y que a su casa misma
viniese a introducir tan baja cisma;
que viendo, ¡oh, justa pena!,
la faz desta bellísima morena
no enmudeciera luego.
Aquí en mi llanto mi dolor anego.
Dos
Causa tus penas tienen;
pero callemos, que los Reyes vienen.
Suena música y salen acompañamiento y los Reyes y san Ildefonso de cardenal.
Rey
¡Oh, tú, divino atlante
del cielo, de la Iglesia militante,
en cuyos fuertes hombros
el peso de fatigas y de asombros
con que el hereje intenta
perturbar nuestra fe firme se asienta,
dame, dame los brazos,
si merecen los míos tales lazos!
Ildefonso
¡Valiente Recisundo,
ilustre godo a quien adore el mundo
por su rey dignamente,
dando el Tíber laureles a tu frente
sin que nadie lo estorbe
como romano emperador del orbe,
dame a besar tus plantas
si mi humildad merece dichas tantas!
Y vos, bella señora,
que sois de tanto sol divina aurora,
dadme a besar la mano.
Reina
Levantad, Ildefonso, porque en vano
esta humildad consiento
cuando arrojarme a vuestros pies intento,
que quien ha merecido en este día
ser defensor del nombre de María
y con tal sutileza
sacó a luz el candor de su pureza
de la tiniebla oscura
en que el hereje sepultar procura
su resplandor, hallando en vos presidio
contra este vil discípulo de Elvidio,
merece que por fin de glorias tantas
reinas godas se pongan a sus plantas,
pues viene a ser la majestad humana
sombra de aquella Reina soberana.
Ildefonso
¿Qué mucho que dé el cielo
fertilidad de bienes a este suelo,
si tales reyes tiene
por quien Toledo a tales glorias viene?
Y, pues he merecido
hoy tanto honor, una merced os pido.
Rey
Ofendéis mi deseo
cuanto en pedir tardáis.
Ildefonso
Así lo creo.
Reina
¿Qué pedís?
Ildefonso
Que, pues hoy he defendido
que doncella, señor, ha concebido
y parido doncella
la que es del campo flor, del cielo estrella,
a esta pureza suya
una perpetua fiesta se instituya,
a quien el mundo aclame.
«Sagrada Expectación»; así se llame
cuando su parto espera
quien concibió y parió quedando entera;
y, por que más asombre,
la «Virgen de la O» sea su nombre,
por ser la O una letra
que duración y integridad penetra,
jeroglífico siendo a su pureza
letra que nunca acaba y nunca empieza.
Y aquesta iglesia santa
de Leocadia, que a Dios himnos le canta
y con fe fervorosa
la imagen del Sagrario milagrosa
mereció en honra suya y dicha mía,
por fiesta principal tenga este día.
Rey
Yo escribiré con el fervor que pueda
por que el Papa esta fiesta me conceda.
Reina
Ildefonso, hoy es día
de vencer ignorancias; a una mía
me responded en tanto
que de la misa el sacrificio santo
el altar de Leocadia nos previene:
¿qué origen esta santa imagen tiene?
Que, habiendo vos tan su devoto sido,
quién duda que el principio habréis sabido
que este pueblo ha ignorado;
alumbrad mi ignorancia y mi cuidado.
Ildefonso
No os parezca, señora,
que es ignorancia lo que el mundo ignora,
porque ninguno sabe
su origen, obra al fin divina y grave,
pues yo, que penetrarlo he pretendido,
de su origen no más que esto he sabido.
La docta cosmografía,
que midió la tierra y cielo,
en cuatro partes divide
el globo del Universo;
África, América y Asia
son las tres, de que no tengo
necesidad –Herodoto
las describa con su ingenio–;
la cuarta parte es Europa
–este clima, cenit nuestro–
por sus abundancias rica,
saludable por su asiento,
generosa por sus frutos,
divina por sus ingenios,
respetada por sus hijos
y temida por sus hechos;
desta gran madre de tantos
hijos, cuyo aborto fueron
los montes que ser se atreven
pardas colunas del cielo,
nació un peñasco eminente
en el más seguro puerto
por gozar del cuarto clima
la templanza de los vientos;
este, pues, un tiempo fue,
de verdes yedras cubierto,
correspondencia de Atlante,
puesto el hombro al mismo peso;
hoy es fábrica gallarda
y tanto que en el espejo
del río ve su hermosura
con tal desvanecimiento
que, enamorada de sí,
sobre las ondas del Tejo
no sin gran fatiga ha tantos
siglos que se está cayendo.
Su ignorada población
algunos atribuyeron
a Telamón, aunque Bruto
se dice que fue el primero;
Rocas rey dijeron otros;
y, en parecerse en estremo
el sitio y la fortaleza,
el nigromante Ferencio
hay quien diga; pero yo
por mas cierta opinión tengo
que Nabucodonosor,
aquel asirio soberbio
que se hizo adorar por dios,
la fundó; y conviene en esto
el nombre, que «Toletot»
quiere decir en hebreo
«fundación de muchos», y él
trujo en su ejército, al tiempo
que la fundó, egipcios, persas,
medos, partos y caldeos;
y así, el nombre corrompido
pasando de uno a otro dueño,
del hebreo «Toletot»
vino a pronunciar «Toledo».
Varias gentes la habitaron,
mas no nos importa esto,
que su corónica pide
más dilatado progreso.
Pasaron a ella los godos,
por cuyo valor y esfuerzo
en breve tiempo señores
de toda España se hicieron,
siendo siempre imperial silla
esta ciudad, cuyo templo
fue la basílica santa,
que es decir basa y cimiento
de la fe; díganlo tantos
mártires como rindieron
la vida al fiero cuchillo:
una Leocadia, un Eugenio,
cuyas sagradas cenizas
en urnas y monumentos
pórfidos y jaspes guardan
para blasones eternos
en esta divina iglesia.
Desde el miserable asedio
de la iglesia primitiva
se sabe y tiene por cierto
que la imagen del Sagrario
está en aquel mismo asiento
que hoy se ve –auténticas letras
lo escriben; doctos sujetos
lo aseguran– y no hay
que buscar lugar más cierto
que la opinión heredada
de nuestros padres y abuelos,
pues la voz de unos en otros
son los anales del tiempo,
sin que de ninguna suerte
nos diga ninguno dellos
quién fue el primero que allí
la colocó, y yo sospecho
que el encubrir sus principios
arguye grandes misterios,
pues da a entender que no es obra
de mortal mano y que bellos
ángeles la fabricaron
para ser refugio nuestro,
pues, hablando moralmente,
por más ilustre tenemos
la nobleza cuyo origen
se ignora que la de aquellos
que con solar conocido
la califican, pues estos
parece que la dudaron,
supuesto que la creyeron
de otros, que en la información
sus dichos, señor, dijeron.
Y así, esta divina imagen
aun del solar de los cielos
no quiere probar nobleza,
puesto que decienda dellos,
porque los hombres mortales
no se alaben que supieron
un origen que ha de ser
antes y después eterno.
Y supuesto que esta, ¡oh, Reina!,
es la opinión que debemos
observar, escucha agora
lo que de su origen puedo
decir, sólo porque vea
un pueblo que escucha atento
que me ha costado cuidado
el mirarlo y el saberlo.
Aquel docto areopagita
–filósofo cuyo ingenio
por las causas de la luna
y del sol por los efetos
el mundo desahució
en una sentencia, viendo
aquel mortal parasismo
cuando, cerrados los cielos,
la tierra se estremeció
y se turbaron los vientos,
y él dijo: «Hoy el mundo espira,
hoy fenece el universo
o padece su Criador»;
cuyo gran conocimiento
se le dio de nuestra fe,
solicitando y siguiendo
desde entonces la doctrina
de los Apóstoles buenos–
fue, después de muchos años,
luz y soberano maestro
de Eugenio, que después fue
arzobispo de Toledo
y hoy nuestro patrón. Y así
se piensa que fue el primero
que la trujo a esta ciudad,
heredada desde el tiempo
de Dionisio, y que él la hubo
de los Apóstoles, que ellos
siempre llevaron consigo
a las partes donde fueron
imágenes de la Virgen,
por el original mesmo
fabricadas y tocadas
a ella misma en alma y cuerpo.
Acredita esta opinión
no conocerse el madero
de que es labrada y el ser
obra antigua de otros tiempos.
Sentada está en una silla,
todo el vestido cubierto
de un sutil baño de plata.
Y estas señas convinieron
con otras de quien se sabe
que apóstoles las trujeron,
porque la Virgen de Atocha,
que está en Madrid, noble centro
de Castilla, está sentada
del mismo modo, y es cierto
que de Antioquia la trujo
un discípulo de Pedro;
en Astorga hay otra imagen
venerada con respeto
de la misma forma; otra
en la ciudad de Lamego,
en Portugal; y en Tuy,
un crucifijo compuesto
de los mismos materiales;
y de todas se supieron
sus principios, pero desta
sólo saber merecemos
que se llama del Sagrario
por reliquias que este templo
guarda de mártires santos,
y los demás son consejos
dudosos y conjeturas
sin notorio fundamento;
pero bástenos saber
que en ella tiene Toledo
un sagrado de sus penas,
de sus tormentas un puerto,
de sus desdichas amparo,
de sus fatigas consuelo,
pues en ella halla igualmente
su medicina el enfermo,
su alegría el afligido,
el mísero su remedio,
el sediento su agua viva,
su dulce maná el hambriento,
el pecador su sagrado
pues es su blasón eterno
ser madre de pecadores,
honor suyo y favor nuestro.
Rey
Con admiración ha oído
el alma vuestra opinión,
mudo y absorto el sentido,
que menos admiración
ignorancia hubiera sido.
¡Oh, Virgen hermosa y bella!
¡Oh, aurora, madre del día,
de la noche rubia estrella!,
¿quién duda que vos, María,
pariendo quedáis doncella?
Dios siempre os reservó a vos,
flor del nuevo paraíso,
igualándoos a los dos,
porque pudo hazello y quiso
como hijo y como Dios.
Y, cuando en la fe no hubiera
noticia más verdadera
que esta luz me hubiera dado,
deste divino traslado
su perfección entendiera,
que quien de belleza igual,
ya por mano celestial,
ya humana, su santa forma
de perfeciones informa,
¿qué hiciera al original?
Reina
Que se ignore la verdad
de principio tan seguro
es suma felicidad
para que al ángel más puro
se atribuya su deidad,
aunque tal vez mereció
el hombre un bien singular
más que el ángel, pues llegó
a consagrar en su altar
lo que el ángel adoró;
y así, el ángel envidioso
–que hay envidia soberana–,
viendo al hombre tan dichoso,
labró esta belleza humana;
arquiteto milagroso,
de cuyo efeto colijo
que, al labralla, al hombre dijo:
«Deja que a su madre casta
labre yo, pues que te basta
a ti consagrar el hijo».
Payo
Aunque no me toca a mí,
señores, hablar aquí,
como a estos no les tocó
hablar y hablaron y yo
de infinitos lo aprendí,
paréceme, pues, supuesto
que he de dar mi parecer,
pues le dan todos en esto,
que allá debe de tener
el cielo su presupuesto
para habernos ocultado
el origen y verdad
deste divino traslado;
en fin, vuestra majestad
¿hasta agora lo ha ignorado?
Rey
Sí.
Payo
Pues yo, aunque necio,
toco tal vez misterio tan grave
y, aunque les parezca loco,
digo que esto que no sabe
todo el mundo, yo tampoco.
Rey
¿Quién sois vos?
Payo
¿Quién he de ser?
Pues ¿no se me echa de ver
en lo alegre y placentero?
Payo, excelente perrero
–la perrera es mi mujer–,
y a fe que he arrojado hoy
de la iglesia donde estoy
un perrazo que por yerro
llevó lindo pan de perro,
que es la colación que doy
a Pelagio, que yo fui
quien de veras le venció,
no Ildefonso.
Reina
¿Cómo así?
Payo
Como, si él le concluyó,
yo después le concluí,
silogismo en dari ha sido
el mejor y más cumplido,
ergo Reges mi preclari;
mi silogismo fue en dari,
supuesto que le ha dolido.
Rey
Decís bien.
Ildefonso
Descúbrese un sepulcro.
Este es, señor,
el sagrado monumento
de Leocadia, cuyo amor
dejó el sepulcro sangriento
lleno de inmortal honor;
que como el sol, cuando yace
a nosotros, a otros nace,
así este sol sin segundo
desde el ocaso del mundo
en Indias del sol renace.
Rey
¡Salve, virgen azucena,
cuya blancura serena
convirtió en cárdeno lirio
el invierno del martirio!
Reina
¡Salve, de alabanzas llena,
oh, rosa, cuyo candor
salpica sangre divina,
no de la espina en rigor
que hirió a Venus, de la espina
sí que ha herido al mismo amor!
Ildefonso
¡Salve, virgen bella, y di
si el cielo todo por ti
nuestras preces escuchó
si contra el hereje oyó
nuestras peticiones!
Sí.
Ildefonso
Cantando dentro.
¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?
Rey
¡Válgame el cielo! ¿Qué veo?
Reina
Con gozo y espanto lucho.
Payo
Si a mis ojos y oídos creo,
mi temor, mi miedo es mucho.
Rey
Llena de asombros la tierra
con maravillas estrañas
parece que desentierra
tesoros muertos que encierra
en avarientas entrañas.
Reina
En el sepulcro parece
que aquel acento se oyó.
Ildefonso
Y aun la piedra se estremece;
cielos, ¿es castigo?
No.
Leocadia
No, que esto tu amor merece.
Música, y ábrese el sepulcro y sale santa Leocadia con una cinta encarnada en la garganta y una palma.
Ildefonso
Yo he visto salir la aurora
del mar cuando Febo intonso
cumbres baña y montes dora,
no de la tierra.
Leocadia
Ildefonso,
por ti vive mi señora,
por ti da la palma fruto,
por ti está verde la oliva,
por ti corre en su conduto
la fuente del agua viva
que es de los cielos tributo;
por ti está el huerto cerrado,
por ti el pozo de agua lleno,
el espejo no manchado;
por ti el sol está sereno
y la luna no ha menguado;
por ti la torre eminente
toca el cielo con la frente
y de su zafir la puerta
por ti está, Ildefonso, abierta
y lo estará eternamente;
por ti la nevada aurora
diluvios de aljófar llora;
el lirio y el alhelí,
todos florecen por ti;
por ti vive mi señora
y, en tanto que ella previene
la palma y triunfo solene
con que ha de verte algún día,
a mí en su nombre me envía
a decirte cómo tiene
en su divina memoria
escrito con letras de oro
el libro, felice gloria,
que a su pureza y decoro
cante eterna la vitoria.
Este se guarda en su erario
libre del común contrario
y ella misma ha de bajar
a vestirte y a abrazar
a la Virgen del Sagrario.
Ildefonso
Espera, mártir hermosa,
y, si mi mano piadosa
se puede atrever al cielo,
he de tenerte del velo
que vistes.
Tiénela Ildefonso del velo.
Rey
Por milagrosa
reliquia se ha de quedar
con él y, aunque yo al altar
me atreva con justo celo,
aquel milagroso velo
con la daga he de cortar;
un cuchillo se atrevió
a ese marfil de tu cuello
cuando con vida te vio,
y hoy en espíritu bello
me atrevo al vestido yo.
Córtale el volante y queda con un pedazo el Rey y otro Ildefonso.
Ildefonso
Vete a los cielos agora
dejando el rico cendal
que en tu iglesia se atesora.
Leocadia
Ildefonso celestial,
por ti vive mi señora.
Música, y desaparece.
Ildefonso
Celebremos este día
al compás de su alegría
tanta gloria, gozo tanto.
Uno
¡Qué maravilla!
Dos
¡Qué espanto!
Rey
¡Qué placer!
Reina
¡Y qué alegría!
Vanse. Salen Teudio y Pelagio.
Teudio
No hay consuelo.
Pelagio
Para mí
ni le tengo ni le quiero;
baste que rabiando muero.
Con todo, oye.
Teudio
Amigo, di.
Pelagio
Este Ildefonso, pastor
severo, prudente y justo
del católico rebaño,
tan grande cuidado tuvo
en defendelle que él solo
de los dos guardalle pudo;
yo, viendo que un hombre solo
no bastara a esto, discurro
en que la gran devoción
deste soberano bulto
de la Virgen del Sagrario,
que es de la viva un trasunto,
es quien más tiene la fe
labrada en el bronce duro
de sus pechos, que es buril
que hace con sangre dibujos;
y, de un pensamiento en otro,
de un discurso a otro discurso
veo que el día que viniere
a verse en un pozo escuro
esta imagen faltará
la fe en España, y arguyo
desto que ella es solamente
de los católicos muro,
pues, si es cierto que ha de verse
en calabozo profundo
cautiva esta imagen bella
en algún tiempo, no dudo
que por nosotros lo dijo
el cielo, porque no pudo
prevenir tanto valor
en otros; si yo le infundo
en tu pecho, acometamos
a tan sacrílego insulto.
Esta noche, cuando el sol
en el silencio noturno
ausente su faz hermosa,
dejando a escuras el mundo,
lleguemos hasta el sagrario
y, haciendo divino hurto,
la imagen la arrojaremos
en un pozo, pues ya juzgo
que se cumplirán con esto
tantos fatales anuncios,
que, en faltándoles la imagen
a los cristianos, no dudo
que venga a menos la fe,
que así el cielo lo dispuso,
pues que de mis ciencias, Teudio,
tales cosas conjeturo.
Caiga en un pozo la basa
que sobre sus ondas tuvo
esta máquina, que yo
ya por cierto lo aseguro.
Entrémonos en el templo
y, escondidos en lo oculto,
esperemos la ocasión
para lograr bien tan sumo.
Teudio
Entra en él, que, si una vez
la imagen al pueblo hurto
y llego a verla en el pozo,
nuestro honor ha de ser mucho.
Éntranse por una puerta y salen por otra, y sale Payo solo.
Payo
Mientras que los maitinantes
van viniendo de uno en uno,
mis sueños de dos en dos;
¡basta!, que en pie, como grullo,
me estoy durmiendo.
Teudio
(Este sitio
que está apartado y escuro
nos guardará, haciendo espaldas
la tumba deste sepulcro).
Payo
Cierto, sueño, mi señor,
que estáis cansado y no escuso
venir a casa de nadie
a hacer pesar y disgusto.
¿Yo por ventura os llamé?
Aunque sí os llamé, presumo,
porque a tantas cabezadas
hubiera entendido un mudo.
Ahora bien, ello ha de ser:
por esta parte me escurro,
que está escura y solitaria,
pues para dormir ninguno
buscó luz y compañía.
Pelagio
(Hacia aquí se acerca un bulto).
Teudio
(Calla y apenas el aire
que corre con tardo curso
nos sienta).
Payo
¡Válgame Dios!
Voces y pasos escucho
detrás de una tumba y yo
ya no puedo dar un tumbo.
No hay sepulcro que no quiera
hacer de las suyas; mucho
es mi temor: a esta parte
me retiraré. ¡Abernuncio!
Ya no dormiré en mi vida.
Sepa usted, señor difunto,
que viene a mí muy errado,
que Ildefonso y Recisundo
son personas que se entienden
con cosas del otro mundo;
yo no.
Sale Ildefonso y criados.
Criado
Señor, ¿a estas horas
sales de casa?
Ildefonso
Procuro
asistir a los maitines
esta noche, que la juzgo
de la Expectación y es fiesta
que yo introducir presumo.
Payo
Ya hay más gente; ya bien puedo
hablar alto, que me tuvo
el temor la voz helada.
Estos eran; no lo dudo.
Ildefonso
Idos todos, porque quiero,
mientras el coro esté junto,
a la Virgen del Sagrario
orar un rato.
Vanse los criados.
Teudio
(¡Qué augusto,
qué vigilante pastor!).
Pelagio
(No sé, Teudio, cómo sufro
esta humildad religiosa
de un varón tan docto y justo
sin que el Volcán de mi pecho
exhale, entre fuego y humo,
iras que esta iglesia abrasen).
Teudio
(Presto verás el fin suyo).
Descubre san Ildefonso el altar de la Virgen del Sagrario y hincado de rodillas va subiendo hasta que iguala con ella.
Ildefonso
Si el instrumento de mis labios templo
para cantaros, Virgen especiosa,
obra de Dios tan única y dichosa
que sola vos de vos sois vivo ejemplo,
enmudece la voz porque os contemplo,
la madre de Dios hijo, la hija hermosa
del Padre, del Espíritu la esposa
y de los tres erario, claustro y templo.
Toda la Trinidad os perficiona
tanto que, si en los tres caber pudiera
persona cuarta, universal persona,
vuestra deidad cuarta persona fuera;
mas, si no os pudo hacer cuarta persona,
después de Dios os hizo la primera.
Suena música de pájaros y clarines.
Pelagio
(Teudio, no sé qué temblor
discurre helado y caduco
por mis venas, que parece
que todos los cielos juntos
se despeñan sobre mí).
Teudio
(Yo he visto, que no lo dudo,
deste edificio temblar
las colunas y los duros
artesones de sus techos
abrirse, dando los unos
con los otros. ¿Y no ves
la puerta que sin impulso
violento se abrió y por ella
–ya de mirarlo me turbo–
entra en un carro triunfante
armado escuadrón, a cuyo
arnés da luces el sol
repetido en los escudos?)
Pelagio
(No lo veo, porque yo
a tanta luz me deslumbro).
Teudio
(Yo sí, aunque de verlo quedo
absorto, helado y confuso.
Huyamos de aquí, que viene
en su amparo todo junto
el cielo y para otros guarda
este soberano hurto).
Vanse.
Sale un carro triunfal y en él la Virgen, de suerte que quede Nuestra Señora entre la de bulto y San Ildefonso y que pueda tocar a uno y a otro, y trae una casulla.
Virgen
Ildefonso.
Ildefonso
Gran señora,
desate con fuego puro
mi voz un ángel, que estoy
en vuestra presencia mudo.
Virgen
Ildefonso, desta suerte
agradecida me juzgo
a tu devoción y celo.
Con real aparato y triunfo
vengo a premiar, de mi mano,
de mi pureza el estudio.
Este vestido, en quien es
todo el sol un astro obscuro,
recibe, por que a mi fiesta
salgas galán, que procuro,
como dama celebrada,
que te vistas a mi gusto.
Pónele la casulla.
Y vos, ¡oh, retrato mío!,
en quien como en cristal puro
me estoy mirando a mí misma,
que sois mi mejor trasunto,
dadme los brazos pensando
que son presagios y anuncios
de despedida que, aunque
siempre en mi presencia os juzgo,
conviene, retrato mío,
estar algún tiempo oculto;
y también me parezcáis
en padecer en el mundo
miserias, necesidades
de destierros y infortunios,
que tiempo vendrá de veros
en más reverente culto,
siendo vuestra gran capilla
un milagro sin segundo.
Chirimías, y cúbrense todas las apariencias y sale Payo.
Payo
Y aquí el poeta, señores,
a cuanto en su origen supo
da fin y, pasando años
el sol por dorados rumbos,
con otras gentes y tiempos,
otros trajes y otros usos,
a su pérdida infelice
convida al acto segundo.
Segunda Jornada
Cúbrese todo el teatro de lienzos de muralla y aparecen en el muro Íñigo, Rodrigo, Teodosio, viejo, y Godmán, alcaide. Suena un clarín y sale por lo bajo Tarif, moro negro.
Teodosio
(Hacia el muro va llegando).
Íñigo
(Notable resolución).
Rodrigo
(De paz levanta pendón).
Godmán
(Pues respondelde mostrando
igual valor).
Tarif
¡Ah del muro!
Godmán
¿Qué quieres?
Tarif
Si hablarte puedo,
escucha, imperial Toledo,
que tu bien y honor procuro.
Ya sabes, inmortal ciudad de España,
vivo solar de su mejor nobleza,
a quien el Tajo que las plantas baña
granos de oro tributa por grandeza;
ya sabes, ¡oh, católica montaña,
deste imperio metrópoli y cabeza!,
que, huyendo de mis manos el castigo,
en campos de Jerez murió Rodrigo.
Rodrigo, vuestro rey, aquel valiente
godo que, sin primero ni segundo,
los candados abrió intrépidamente
a la cueva fatal de Recisundo,
donde vio los prodigios claramente
que en diluvios de sangre llora el mundo
con tanto horror que el sol entre sus rayos
eclipses padeció, temió desmayos.
Ya sabéis que la causa lastimosa
de la tragedia que lloráis en vano
fue de Florinda, la deidad hermosa
a quien Cava ha llamado el africano,
porque, ofendida de la rigurosa
fuerza del Rey, a tanto honor tirano,
hizo que don Julián favor pidiese
al Miramamolín y él se le diese.
Hecha la liga, pues, y dando paso
a nuestros escuadrones cuando en luces
trémulas, muerto el sol, llega el ocaso,
entramos por los campos andaluces;
desprevenida España del fracaso,
sobre las torres de doradas cruces
nuestros pendones vio con tal fortuna
que estuvo llena su menguante luna.
Admirado Rodrigo de la nueva,
jura arrogante, bárbaro blasona
que ha de vencer los hados de la cueva
y sale con su ejército en persona.
El mísero escuadrón que a morir lleva,
pasando por los campos de Archidona,
llega a Jerez y albergue les promete
la orilla del sagrado Guadalete.
Aquí, puestos los campos frente a frente,
cada cual la señal ha deseado,
bien así como el can, cuando impaciente
viendo la presa, gime si está atado;
suena el clarín y el ánimo valiente
sale de las prisiones en que ha estado
tan veloz que del golpe al horror fuerte
tembló la vida y desmayó la muerte.
Trabada dura la campal batalla,
no desde que del carro de Faetonte
sale el sol de zafir a la muralla
y entra el sol de zafir al horizonte,
mas ocho veces al salir los halla
y ocho los deja fatigando el monte
sin que haga treguas la mortal porfía
naciendo el alba ni muriendo el día.
En fin, cansado ya Marte sangriento
de partir igualmente la vitoria,
hizo el río cristiano monumento
donde caduca yace su memoria.
De humana sangre vuestro rey sediento,
por no ver celebrar tan alta gloria
pica a Orelia y en él desaparece
donde la humana pompa desvanece,
porque se dice que, desesperado,
con rabia, con rigor y con despecho,
en vida en una tumba sepultado,
víboras se alimentan en su pecho;
dellas el corazón despedazado,
tarde llora con causa y sin provecho,
que no hay miseria o lástima ninguna
que pueda enternecer a la fortuna.
Los moros vitoriosos dignamente,
y yo más que los moros vitorioso
por ser Tarif, etíope valiente,
compañero de Muza valeroso,
de laurel coroné mi adusta frente,
porque en tantas conquistas animoso
llegando hasta el Alcázar de Toledo
no vi el semblante pálido del miedo;
donde, si no os rendís a buen partido,
cual os esté mejor, pues necesita
de él el valor, y, a mi poder rendido,
no me entregáis vuestra mayor mezquita,
porque en ella a mi Luna he prometido
coronar, probaréis cómo os la quita
mi brazo altivo. Mi venida es esta
y sólo hacello espero por respuesta.
Godmán
Escucha, Abén Tarif, hijo arrogante
del sol, cuya soberbia, cuyo nombre
en la tostada zona del Levante
nació de alguna fiera, por que asombre
ver la naturaleza que inconstante
quiso hacer una fiera y hizo un hombre;
oye y sabrás que con mis voces puedo
darte horror, si hablo en nombre de Toledo.
No digo yo que no podrás vencernos,
pues con tan numeroso campo vienes
que, si llegases en la vega a vernos,
mil hombres para solo un hombre tienes;
no digo que podremos defendernos,
puesto que con el hambre nos previenes,
cuchillo que al romper vida tan corta
parece que se afila en lo que corta;
no digo que no estamos de manera
que, llegando a los últimos estremos,
luchando a brazos con la muerte fiera,
nosotros a nosotros nos vencemos;
no digo, Abén Tarif, que no te espera
la gloria que lloramos y perdemos;
mas sólo digo que en Toledo sólo
tienes más que vencer que en todo un polo.
Que así como, con armas o con fuego
dando una herida a un cuerpo, retraída
la sangre que huye della acude luego
al corazón, que es centro de la vida,
así, sintiendo España el golpe ciego
de vuestra mano, huyendo de la herida,
su mejor sangre acude a esta campaña,
porque es Toledo el corazón de España.
En ella estamos sin defensa alguna
y, por que no blasones que has vencido
cuando sólo nos vence la fortuna
–porque de Dios brazo derecho ha sido–,
sabe que no hallarás arma ninguna
que el paso te defienda, que, advertido
el traidor que nos vende, osado y fiero
todas las armas nos quitó primero.
Entra, asuela, destruye, quema, tala
ciudad, campañas, montes, valles, riscos;
derriba, postra, humilla, mide, iguala
muros, torres, almenas y obeliscos;
arroja, vierte, vibra, escupe, exhala
rayos, iras y azotes berberiscos,
que antes sabrán morir a vuestras manos
que se sepan rendir los toledanos.
Tarif
¡Grande valor! ¡Resolución estraña!
Godmán
Por animarte, asegurarte puedo
que el Miramamolín no es rey de España
hasta que a serlo llegue de Toledo.
Tarif
Pues ¿qué esperanza vuestro orgullo engaña?
Godmán
No conocer nosotros lo que es miedo.
Tarif
¿Y no hay partidos?
Godmán
Sí.
Tarif
¿Y cuál es?
Godmán
La muerte.
Tarif
Pues, Toledo, ya vuelvo a obedecerte.
Vase Tarif y suenan cajas y dentro dicen las mujeres.
Elvira
Acétense los partidos.
Godmán
¿Qué nuevo rumor es este?
Íñigo
Acude a saber lo que es.
Quítanse del muro y salen las mujeres.
Sancha
Las condiciones se aceten.
Elvira
En esta pública plaza
sola doña Sancha puedes
hablar en nombre de todas.
Sancha
Oíd, toledanos fuertes.
Salen los godos.
Godmán
¿Qué es esto?
Sancha
Ilustre Godmán,
generoso decendiente
de aquellos primeros godos,
conquistadores valientes
de España; noble caudillo
de Toledo, pues hoy eres
por ausencia de Rodrigo
virrey, alcaide y teniente;
valerosos toledanos,
sobre cuyos hombros fuertes
el grave peso de un cielo
ya declina, ya fallece;
caballeros, ciudadanos,
ilustre nobleza y plebe,
piadosamente escuchad,
atended piadosamente,
que por mí, en nombre de todas,
os hablan vuestras mujeres.
La sentencia de los cielos
ya decretada no tiene
apelación, que no es
justo tribunal la muerte;
y, siendo así que ellos mismos
nos castigan –pues no puede
sino la mano de Dios
destruir tan brevemente
la corona más altiva,
la fuerza más eminente,
la más defendida plaza
y la provincia más fuerte–,
rehusar este castigo
parece, es verdad, parece
que es quitalle de la mano
el poder con que nos vence,
vara con que nos castiga
y azote con que nos hiere.
Diréis que no es, supuesto
que ya rendís obedientes
a sus venganzas las vidas,
víctimas llegando alegres,
tropezando unas en otras,
a las aras de la muerte,
sin atender a que es
desesperación valiente
y no es católico quien,
porque quiere morir, muere.
Determinarse a morir
es valor, mas no es prudente;
y en esta parte el honor
ni os perdona ni os asuelve.
¿Qué honor será con morir
dejar tan infamemente
–¡qué gran desdicha!– en poder
del moro vuestras mujeres?
¿Será bien, por estorbar
que esta mano me dé muerte,
matarme yo con estotra?
Pues esto mismo os sucede
si por adquirir honor
os desesperáis, de suerte
que, por defender el vuestro
cobardes y descorteses,
perdéis el nuestro, que es
perder vuestro honor dos veces.
¿Qué infamia a los venideros
siglos la fama os previene
porque os rendisteis? ¿Toledo
tiene, por ventura, tiene
privilegios de fortuna
para haber de vencer siempre?
De cuantas veces sus hijos
se adornaron de laureles
¿perderá el lustre por ver
trocada una vez la suerte?
¿Cuánto es mejor cruzar hoy
los brazos al inclemente
golpe del hado, dejando
que nos doble y no nos quiebre,
que no que, arrancando todas
las raíces, no nos quede
valor para sacudir
otra vez la altiva frente?
Si al moro le entregáis hoy
la ciudad y los haberes,
no le entregáis el honor,
que son los mejores bienes.
Apodérese de todos,
como a nosotros nos deje
vivir entre ellos cautivos
pobre y miserablemente.
Con esto la religión
durará en nosotros siempre
y por dicha vendrá tiempo
en que nuestros decendientes
vuelvan a poner la silla
católica en sus doseles,
que, teniendo cada día
sus mismas ruinas presentes,
serán un despertador
que sus desdichas acuerden,
lo cual no sucederá
si de todo punto viene
a faltar la sangre goda;
y otro argumento más fuerte:
morir hoy por no mirarse
en cautiverio parece
que es faltarnos el valor,
coléricos y impacientes,
para sufrir las desdichas.
¡Ea, cristianos valientes!
¡Ea, fuertes toledanos!
La fe en nuestros pechos reine,
venzamos nuestra fortuna,
desmintamos nuestra suerte;
abrase el rayo las torres
que a sus esferas se atreven,
no los lirios que se humillan;
arranque el raudal valiente
la encina que se resiste,
no el junco que se le ofrece.
Mezclados con los alarbes,
aunque miserablemente,
viviremos sin salir
de nuestras mismas paredes,
que, como juntos vivamos,
no hay mal que nos atormente,
desdicha que nos persiga,
daño que nos desconsuele,
calamidad que nos venza,
ira que nos atropelle,
advirtiendo, toledanos,
que tiempo tras tiempo viene.
Elvira
¿Qué respondéis? ¿Qué decís?
Todos
Que los partidos se aceten.
Godmán
Escuchadme a mí.
Sancha
Di presto.
Godmán
¿Si los alarbes no quieren
dejarnos en nuestra ley?
Sancha
Entonces será la muerte
más dichosa, pues será
por la fe que ha de estar siempre
en nuestros pechos, que es alma
de la toledana gente.
Godmán
Pues con esa condición
saldré al campo brevemente
a tratar de los partidos.
Tocan cajas roncas.
Pero ¿qué rumor es este?
Sancha
Cajas destempladas suenan
y detrás de mucha gente,
vestido de un saco, Urbano,
nuestro arzobispo, se ofrece,
descalzos los pies y en hombros
un ataúd; desta suerte
va marchando sobre el muro
hasta llegar a la puente.
Uno
dentro
¡Adiós, padres de la patria!
Dos
dentro
¡Adiós, patrones valientes!
Tres
¡Adiós, desterrados hijos!
Sale Teodosio.
Teodosio
¡Adiós, capitanes fuertes!
Godmán
Teodosio, señor, ¿qué es esto,
que, dando suspiros, vienes
regando esas nobles canas?
Teodosio
Escucha, señor, si quieres
saber la mayor desdicha
que eleva, admira y suspende.
Nuestro gran prelado Urbano,
mirando ya tan presente
nuestra desdicha, previno,
religioso, altivo y fuerte,
desta Troya castellana
escapar con celo ardiente
los verdaderos penates,
reliquias que en ella tiene,
y, hecho un Eneas de Dios,
sobre sus hombros valiente
a la imagen del Sagrario
llevaba secretamente,
por que en tan grande desdicha
a las manos no viniese
de los moros. Y, al tocar
la puerta que comúnmente
llamamos de los Perdones
por infinitos que tiene
desde el día venturoso
que entró por ella la fénix
de la gracia a visitar
a su capellán y a verse
en su espejo y su retrato
que tanto se le parece;
en fin, al llegar aquí
helado el pie se suspende,
inmóvil el cuerpo queda
y dar un paso no puede
porque la Virgen divina
desamparados no quiere
dejarnos, sino quedarse
a padecer igualmente
nuestras penas, que hasta en esto
toledana se parece.
Viendo Urbano este milagro,
a su mismo altar la vuelve
y, poniendo en una caja
los cuerpos –que no resuelve
la tierra en primer materia
de ceniza y polvo leve–
de una Leocadia y de dos
Eugenios y de un prudente
Ildefonso, para Oviedo
sale, y la confusa gente
con afectos significa
lo que sus ausencias siente.
Godmán
Ya en un barco por el río
va el pastor con ellos. ¡Plegue
a los cielos que, seguro
de las venganzas aleves
de los bárbaros, a Oviedo
el piadoso Urbano llegue!
Sancha
Aquí solamente el llanto
es quien explicarse puede.
Vase.
Elvira
No es retórico el valor
cuando el dolor enmudece.
Vase.
Rodrigo
¡Qué desdicha!
Vase.
Íñigo
¡Qué rigor!
Vase.
Teodosio
¡Qué sentimiento!
Vase.
Godmán
¡Y qué muerte!
¿Cómo, padres de la patria,
es posible que la dejen
vuestras personas desnuda
del bien que en vosotras tiene?
Mas vos, Virgen soberana,
a quien tal fineza debe
Toledo, dadme licencia
para que pueda atreverme
a decir que he de ocultaros
de aquesta bárbara gente
y hasta entonces en mis penas
valedme, Virgen, valedme.
Vase.
Sale Alí, moro, con una bota, escondido.
Alí
En hora bona venir
Alí a conquistar el terra
que tan bon licor encerra,
porque beber es vivir.
Ara darme un cristianilio
cativo, porque le diera
pan, aqueste bota entera
desto que llamar vinilio,
y ando buscando un lugar
que colto y secreto sea,
por que Mahoma no vea
beber Alí, que mandar
en su Alcorán que ningún
beber vino y yo no sé
por qué mandar, si no fue
por lo que ha pensado algún
con que yo, Alí, me acomodo,
y es que Mahoma querer
que nadie vino beber
por bebelle Mahoma todo,
y así borlalle imagino;
e, si no poder, es llano
que Alí tornarse cristiano
por no más que hartar de vino.
Alá solo verme aquí,
que cerrada el porta está
de la tienda y no podrá
acechar Mahoma allí.
Bebe.
¡Oh, qué licor! ¡Que un sarmento
seco, fraco y solo sepa
hacerse a un anilio cepa
e una cepa hacerse cento!
Cento cepa a mirar llego
poblar un campo gentil,
hacer a otro anilio mil,
cen mil a otro anilio luego.
Con causa venir hambrento
el moro de su poder,
si el cristianilio tener
tanta hacenda en un sarmento.
Sale Luna y Tarif.
Tarif
Al muro de la ciudad,
como te digo, llegué
y con el alcaide hablé.
Luna
¡Qué loca temeridad!
Tarif
No fue, que la majestad
de tu beldad soberana
busco, venus africana,
y por esto quise ir
a Toledo a prevenir
cómo entrar a la mañana.
Otras ciudades gané
y en ellas, Luna, pudiera
coronarte, pero fuera
poca gloria a tanta fe.
Sola esta silla, que fue
el dosel y la fortuna
castellana, es oportuna
para ti. ¡Centro español,
eclípsese vuestro sol,
que va a presidir mi Luna!
Luna
No quiero más majestad
que reinar en tu albedrío;
como ese imperio sea mío,
corte de la voluntad,
más bien, más felicidad
no estimo; en esto recelo
que tengo un cielo en el suelo
y en justa razón lo fundo,
pues, si el cuerpo es breve mundo,
el alma es pequeño cielo.
Alí
¡Valedme, Mahoma, amén!
¡Qué de luces se divisan!
Los pies pisan y no pisan;
los ojos ven y no ven.
Tarif
¿Quién está aquí?
Alí
Alí, sinior.
Tarif
¿Qué es esto, Alí?
Alí
Alá saber.
Canto mí alcanzar a ver
se me andar alrededor;
canto mí ir a habrar lo yerro;
me huir canto el mano toca;
margarme mucho la boca
e saberme toda a hierro;
el léngoa gorda tener
e mil arrobas pesar:
mé no la poder mandar
ni ella pode obedecer.
Esto es esto. Ven, despacho
he para decillo en breve:
me parece que esto debe
de ser que Alí está borracho.
Tarif
¿Has bebido vino?
Alí
Sí.
Tarif
Pues di, ¿cómo lo bebiste?
Alí
Así.
Tarif
¿Y dónde el vino viste?
Alí
En este bota lo vi.
Tarif
¿Cuándo lo hallaste?
Alí
Responde
mi voz que aquesta mañana,
que es decir de bona gana
el cómo, el cándo y el dónde.
Tarif
¿Quién te lo dio?
Alí
Un bon cristiano.
Tarif
Tú, ¿para qué lo tomaste?
Alí
Para beber, y esto baste.
Tarif
¿Por qué?
Alí
Aqueso estar más liano:
porque me saber rebién;
con lo cual mé ha respondido,
porque saberlo ha querido,
por qué, para qué y con quién.
Tarif
¿Si Mahoma se ofende?
Alí
Ofenda,
que, como él vino no coma,
más que se ofenda Mahoma.
Tarif
Blasfemo, sal de la tienda.
Luna
¿De escuchallo no te ríes?
Tarif
Perro Alí...
Alí
¿Ser perro Alí?
Pues muchos están aquí
que se holgaran ser Alíes.
Suena caja y trompeta.
Tarif
¿Qué bastarda trompeta
y ronca caja temerosa inquieta
nuestro ejército altivo y vitorioso?
Sale Muza.
Muza
Abén Tarif.
Tarif
¡Oh, Muza valeroso!
¿Qué es esto?
Muza
Que han abierto
la ciudad y marchando con concierto
una tropa ha salido
al son de las trompetas.
Tarif
A partido
se quieren dar sin duda,
que la desdicha los consuelos muda.
Muza
Una blanca bandera,
que es nube de los vientos lisonjera,
de paz hizo señal primero al muro,
y llegan con la fe deste seguro.
Tarif
En mi tienda esperemos
y, por que iguales hoy no nos miremos,
sentémonos los tres y quitad, ¡hola!,
las almohadas que sobran. Bella Luna,
ya se va mejorando mi fortuna.
Salen Godmán y soldados.
Godmán
Abén Tarif dichoso,
hermosa Luna, Muza valeroso,
salud os den los cielos soberanos.
Tarif
Salud tengáis también, godos cristianos.
Godmán
De parte de Toledo
de paz te vengo a hablar.
Tarif
Atento quedo;
ya tu voz no hay qué espere.
Godmán
Sí hay, que Toledo, mientras estuviere
en pie, no puede hablar, porque es debido
honor que mensajeros han tenido
y hoy a mí, por ciudad y mensajero,
asiento se me debe lo primero.
Tarif
Pues aquí no le tienes;
en pie podrás decir a lo que vienes.
Godmán
Sí tengo, ¡vive el cielo!
Tarif
¿Asiento tienes?
Godmán
Sí.
Tarif
¿Cuál?
Godmán
Este suelo,
que, como esté sentado,
de ventaja la alfombra del estrado
te doy.
Tarif
Y poco yerra
esa resolución, pues a la tierra
te arrojas para hablarme,
que es decir que ya vienes a adorarme
y confesarte a mi poder rendido,
si ya, godo, no ha sido
que, muerto de temor viéndome airado,
de ti mismo cadáver te has tomado
en esa tierra dura
medida para hacer la sepultura.
Godmán
Es verdad, sólo eso
a tu rigor y a mi valor confieso,
pues a mi sepultura me he arrojado,
diciendo así que moriré de honrado
antes que ver mi autoridad perdida,
que el honor es otra alma de otra vida.
Por infinitas leyes
tiene Toledo asiento entre los reyes
y yo...
Tarif
Detente, espera;
¿tu rey te diera asiento?
Godmán
Sí le diera.
Tarif
¡Hola!
Luna
No le des muerte.
Muza
Modera el rigor fuerte.
Tarif
¡Hola!
Luna
¡Señor!
Tarif
Qué mal habéis juzgado.
Traed aquí más almohadas. En mi estrado
te sienta, ilustre godo,
que, si tu mismo rey te diera asiento,
como él honrarte intento
por parecer desde hoy tu rey en todo,
que tu ciudad no ha de perder por mía
el lustre, honor y gloria que tenía.
Luna
Mi sospecha fue mucha.
Tarif
Siéntate.
Godmán
Ya lo estoy.
Tarif
Prosigue.
Godmán
Escucha:
Toledo, ciudad fuerte,
atenta a los umbrales de la muerte
sus ruinas pretendía,
mas viendo que en archivos de la fama
la desesperación no es valentía
y una desdicha otra desdicha llama,
por esperar constante
cuantas han de venir en adelante
sin esconder la cara a la primera,
pues rostro a rostro todas las espera,
ya su orgullo rendido,
por mí se viene a dar a buen partido,
si a guardar te dispones,
Tarif, deste papel las condiciones.
Tarif
Ve leyendo, que nada
pienso negarte, que por ver postrada
esa rústica esfera
mi muerte, vive Alá, te concediera.
Godmán
Piden primeramente
que en su fe han de vivir seguramente.
Tarif
Prosigue; no te turbes ni alborotes.
Godmán
Que han de tener iglesias, sacerdotes,
con divinos oficios,
donde han de celebrar sus sacrificios.
Tarif
Todo se lo concedo. ¿Qué más quieres?
Godmán
Tras la fe va el honor: de sus mujeres
nunca se han de apartar y mano o labio
no han de hacerles jamás en la honra agravio.
Tarif
Tampoco se lo niego.
Godmán
Tras la fe y el honor se sigue luego
la hacienda.
Tarif
Sus haberes
tengan también. Cristiano, ¿qué más quieres?
Pide más, que eso es poco
para darme a Toledo. ¡Ya estoy loco
de contento! Mezclados
los cristianos vivid nobles y honrados
con árabes, guardando sin ultraje
la antigüedad de vuestro gran linaje.
Godmán
Pues, por que al mundo asombre,
publicarán su honor con este nombre,
«mistiárabes», Tarif, que decir quiere
mezclados con los árabes.
Tarif
Y espere
la fama que han de ser los toledanos
nobles por ser mistiárabes cristianos.
Godmán
Deja, pues, que mi boca
bese la tierra que tu planta toca
y, ya por mí postrada
la ciudad, a la aurora harás la entrada,
que ya la noche baja
envuelta en esta lóbrega mortaja
llorando mi fortuna
y, virreina del sol, sale la luna.
Tarif
Levántate, cristiano.
Godmán
A tus pies puesto
tu mano he de besar.
Tarif
Pues, ¿cómo es esto?
¿No veniste arrogante?
¿Cómo vuelves humilde?
Godmán
No te espante,
Ben Tarif, las mudanzas con que vivo,
pues vine libre aquí y vuelvo cautivo.
Vase y los godos.
Luna
Llorando va el cristiano;
consuélale, Tarif.
Tarif
Consuelo vano
será cualquiera agora,
que ya él tiene consuelo, pues que llora.
Y, pues que la fortuna determina
sacar una vitoria de una ruina,
gócese el africano
del llanto y del rigor del toledano.
En esas tiendas varias
se enciendan repetidas luminarias
llenas de luces bellas,
hermosa emulación de las estrellas,
tanto que la humillada
Toledo, a tantos rayos deslumbrada,
a cada luz ardiente
juzgue cometa vil, fatal serpiente
que los vientos describe,
donde con fuego su tragedia escribe.
Trompetas y clarines
llenen de dulces ecos los confines
adonde el austro inspira, el noto sopla,
y haga fiestas la gran Constantinopla.
Mas ¿para qué prevengo
más fiestas que las mismas que yo tengo?
Salga mi Luna bella
y no hará falta la mayor estrella;
abrase con sus ojos:
serán las luminarias sus despojos;
hable y serán sus voces
suspensión de los céfiros veloces,
pues no hay deidad ninguna
que no se esconda al resplandor de Luna.
Vanse.
Salen Godmán y godos con un hacha encendida.
Godmán
En el horror de la noche
pisando sombras, llegué
de los tres acompañado
hasta el templo. Entrad en él
y con tan grande secreto
poned en tierra los pies
que aun el viento no nos sienta,
por que noticia no dé
de que aquí nos escondemos.
Cerrad las puertas después
y quedemos aquí solos.
Teodosio
¿Qué es lo que quieres hacer?
Godmán
La más piadosa crueldad
y la piedad más cruel
que en un católico pecho
pudo introducir la fe;
la más temeraria acción
que me ha dictado la ley
de cristiano y caballero.
Y antes que sepáis lo que es,
en estas divinas aras
Descubre el altar de Nuestra Señora.
juramento habéis de hacer
que en ningún tiempo el secreto
deste caso reveléis.
Todos
Sí, juramos.
Godmán
Pues agora
escuchadme: ya sabéis,
ilustres deudos y amigos,
que mañana el moro infiel
nos pone soberbiamente
sobre la cerviz el pie;
ya sabéis que esta divina
patrona quiso también,
como madre de la patria,
quedarse aquí a padecer
nuestras penas y desdichas.
Yo quiero piadoso, pues,
corresponder a su amparo
agradecido y cortés,
porque la que mereció
entre sus brazos tener
su original, de otros brazos
no llegue a verse romper.
Porque ¿qué fuera, ¡ay de mí!,
ver su rostro, hermoso y fiel
retrato de la hermosura
de quien fue el cielo pincel,
roto, herido? Aquí el dolor
me anega; aquí el llanto fue
para mi pecho un cuchillo,
para mi cuello un cordel.
Y, pues que no ha de salir
del templo, amigos, en él
escondamos a la Virgen
del Sagrario sin temer,
pues juramos el secreto,
que el moro llegue a saber
jamás el rico tesoro
de que ya es dueño también.
Esta iglesia tiene un pozo
y un arco labrado en él
de ladrillo –que antes de ahora
lo previne y registré
con cuidado– donde puede
ocultarse y luego hacer
que tierra y losas la boca
disimulen, hasta que
los cielos, compadecidos
deste destierro cruel,
rompan la mina del fuego
que oculto en su centro ve
la tierra, nunca más rica
que con tesoros de fe.
Teodosio
Ilustre Godmán, aquí
¿qué te podrá responder
quien sólo en tan justa acción
ha sabido obedecer?
Sube al altar y deciende
la imagen, pues que ya ves
que secreto y prisa importan.
Godmán
¿Y quién se podrá atrever
a poner desvanecido
sobre aquel ara los pies?
A los brazos que en sus brazos
han merecido tener
la emperatriz de los cielos,
¿quién ha de atreverse, quién?
Teodosio
La fe de un godo español.
Godmán
Va subiendo.
Pues atrévase mi fe.
Perdonad, Virgen divina,
si atrevido y descortés,
mientras arde y no se quema,
llega a la zarza Moisés.
Dadme licencia que os toque;
humano atlante seré
de dos cielos, pues lleváis
en los brazos esta vez
vos el uno y yo los dos,
por que se mire en los tres
que, siendo madre de Dios,
de pecadores también
lo sois y, si como madre
de Dios acudís a él
a sacarle del peligro
y como madre después
de pecadores dejáis
que hoy os libre el que lo es
recibiendo como de hijo
este servicio en que ven
los cielos al pecador
tan honrado a vuestros pies
que recebís su favor
–si bien indigno esta vez,
pues yo os libro a vos, señora,
y vos le libráis a él–,
venid, venid en mis brazos;
Vala bajando.
ved, Virgen hermosa, ved
que importa que vais huyendo
de otro faraón cruel.
Otro Nabuco ha venido,
divina y hermosa Ester,
y hoy a Babilonia vais
cautiva con Israel.
Pero no, que aún más rigor
hoy habéis de padecer,
pues cautiva a un calabozo
vais, que es nube y es cancel
que los rayos de la luz
a la luz no deja ver.
A un pozo, señora, vais:
¡ved, Virgen hermosa, ved
qué hospedaje os da la tierra!
¡Vos empozada, mi bien!
¡Vos empozada, señora!
Mas ¿qué mucho, si tenéis
en vuestros brazos pendiente
el inocente Josef?
Sepulcro que no tuvisteis
en vuestro tránsito ¿es bien
que hoy le tengáis? ¡Ay de mí!,
hable con enmudecer
el alma, porque no puede
hablar la lengua más bien.
Teodosio
A todos vuestros devotos
nos dad a besar los pies.
Rodrigo
Aunque estuviera de mármol
fabricado nuestro ser,
para imprimirse en el mármol
el dolor fuera cincel.
Íñigo
Y no fuera, reina hermosa,
esta la primera vez,
pues en mármol vuestras plantas
hacen señales también.
Teodosio
Yo os tengo de ir alumbrando;
vamos desta suerte, pues,
arrastrando por la tierra.
Godmán
¿Para cuándo, cielos, fue
eclipsar de vuestros astros
uno y otro rosicler?
¿Para cuándo, para cuándo
es el rasgar y romper
con rayos vuestras esferas?
Enlutad, escureced
vuestros orbes cristalinos;
atronad, gemid, haced
sentimientos. Serafines,
¿cómo agora enmudecéis,
que al entierro de la Virgen
más sentimiento no hacéis?
Van en procesión y tocan cajas roncas y, en acabando, cantan.
Músicos
¡Oh, cómo está la ciudad
sin consuelo y sin placer!
¡Oh, cómo yace postrada la altiva Jerusalén!
Godmán
Voces de los cielos son.
¡Qué justamente, qué bien
suena agora Jeremías
llorando a Jerusalén!
Esperad, mortales que esta
divina tragedia veis,
el tiempo en que ha de triunfar
de Babilonia Israel,
que al gran teatro del mundo
convida para después
la fama, donde gloriosa
el postrer acto ha de ver
esta reina; pero en tanto
lloren los ojos que ven
su ruina, dulces voces,
llorad cantando otra vez.
Músicos
¡Oh, cómo está la ciudad
sin consuelo y sin placer!
¡Oh, cómo yace postrada
la altiva Jerusalén!
Tercera Jornada
Cúbrese todo el teatro de tafetanes y suenan atabalillos y chirimías y debajo de un dosel están el rey don Alfonso y la reina doña Constanza con coronas y cetros; a un lado todas las damas y al otro Ramiro, Nuño, Vela, Juan Ruiz y detrás de la silla del Rey don Bernardo, arzobispo, y a los pies Selín, moro, con una fuente y en ella unas llaves.
Rey
Vasallos, deudos y amigos,
que fuisteis siempre leales
testigos de tantos males,
sed de tanto bien testigos.
Yo, que ayer fui desterrado
de mi patria y perseguido,
hoy a mirarme he venido
en la ajena coronado.
Ayer don Sancho, mi hermano,
de Castilla me arrojó
y hoy vengo a adornarme yo
de su laurel soberano.
Ayer esta ciudad fuerte
fue mi retiro y prisión
y hoy a mi coronación
teatro con mejor suerte.
Ayer con industria y miedo
deste Toledo he salido
huyendo y hoy he venido
a coronarme a Toledo.
Ayer partidos pedí
para estar en su poder
y hoy vengo yo a conceder
los que me piden a mí.
Ayer taladró mi mano
el moro con dolor grave
y hoy pone en ella la llave
de su alcázar toledano.
Ved en una historia, en una
vida y en sola una acción
lo que han sido y lo que son
las cosas de la fortuna.
Selín
Rey Alfonso, que Alá guarde
como ha menester Castilla
para que pongas tu silla sobre
la cerviz cobarde
del africano y su miedo
postre a tu invencible espada
el Alhambra de Granada
como el muro de Toledo,
por que rindiéndose todo
a tu poder soberano
gane un león asturiano
lo que perdió un tigre godo,
no te quejes de tu suerte
si el moro te taladró
la mano, pues te dejó
con vida para su muerte,
y bien tu dolor vengaste,
pues por él tienes hoy cierto
este imperio. Si despierto
nuestras ruinas escuchaste,
ya somos cautivos; poco
este imperio nos duró.
Ayer fue cuando llegó
Tarif arrogante y loco
aquí; ayer los toledanos,
que hoy se aúnan a vosotros,
vivieron entre nosotros
mistiárabes cristianos
o mozárabes –que así
el tiempo, que corrompió
el lenguaje, los llamó–;
ayer, en fin, tuvo aquí
el moro las condiciones
en su mano y hoy te pide
las mismas, porque así mide
el cielo nuestras acciones,
por que en mi suerte importuna
adviertas y en tu blasón
lo que han sido y lo que son
las cosas de la fortuna.
Rey
Selín, de los reyes fue
ley la palabra; así hoy
la que a los moros les doy
firmemente cumpliré.
Así lo juro y, la mano
puesta en la espada otra vez,
hago al mismo cielo juez
de que no os seré tirano,
porque mi poder no os quita
ley ni hacienda, aunque os sujeta;
y así para vuestra seta
hoy doy la mayor mezquita.
Selín
¡Vivas mil años!
Vase.
Constanza
(¡Ay triste!
¡Cuánto siente el corazón
oír esta condición!).
Don Bernardo
Ya, señor, que conseguiste
el fin de tan gran vitoria,
reconozca un rey humano,
como príncipe cristiano,
que a Dios se debe la gloria
y acude hoy a reparar
en esta parte la fe.
Juan
¿Quién os ha dicho que fue
forzoso en este lugar
reparar la fe, si es claro
que sangre goda la habita
y en ella no necesita
la fe de ningún reparo?
Si repararla es llegar
a aprender, la enseñaré.
Don Vela
Cuando la pérdida fue
deste reino, solía usar
la Iglesia un rezo que ya
los papas han reformado.
Los cristianos que han estado
mozárabes claro está
que el antiguo habrán tenido
en su cautiverio; así,
que reciban desde aquí
el nuevo rezo he querido.
Juan
¿Y es bien nuestra sangre pierda
divinas ejecutorias
que su honor en las historias
inmortaliza y acuerda?
El asedio de los moros
nuestra fe no perturbó,
nuestra sangre no manchó;
no son estos dos tesoros
para olvidar. Y asturianos...
Don Vela
¡Qué mozárabe atrevido!
Juan
…digan que ellos han venido
a hacernos buenos cristianos
no lo habemos de admitir,
por que no digan que fue
esto reparar la fe
en nosotros.
Don Vela
Ya sufrir
tus arrogancias no puedo,
pues, cuando asturianos vengan
a repararla y prevengan
enseñársela a Toledo,
podrán, pues no se han mezclado
con moros. De estar con ellos,
servillos y obedecellos,
algo se os habrá pegado.
Juan
No habrá, que Toledo ha sido
basílica de la fe
–bastante el tiempo no fue
para haberla consumido–,
y el servir son sus hazañas,
pues es cierto que Toledo
no sirviera, si de miedo
se hubiera ido a las montañas.
Don Vela
El montañés nunca sabe
qué es miedo, pues que salió
dellas y recuperó
con trabajo eterno y grave
la corona deste imperio.
¡Ved qué miedo habrá tenido,
si a sacaros ha venido
hoy de vuestro cautiverio!
Y, si tiene miedo, es llano
que vale –decirlo puedo–
más de un montañés el miedo
que el valor de un toledano.
Juan
Acertaste por error,
pues confiesas y previenes
que miedo, asturiano, tienes
y que yo tengo valor.
Y, hablando con el respeto
que debe un noble a la ley
de la presencia de un rey,
a cualquier montañés reto
que quisiere defender
que el mozárabe no ha sido
rezo también permitido.
Sal, si te atreves a hacer
batalla; en la vega espero:
será la muerte feliz
del valiente Juan Ruiz,
mozárabe caballero.
Vase.
Don Vela
Yo...
Rey
Don Vela, bien está;
advertid que estoy aquí.
Don Vela
¿Hemos de dejar que así
nuestro honor perezca ya?
Rey
Don Bernardo, de Toledo
arzobispo, acudirá
a vuestro honor; él hará
lo que importe, que no puedo
quedarme yo a resolver
cosas que escusadas son,
cuando al reino de León
con prisa importa volver.
Don Vela
(Mi vida es el honor mío;
no hay por qué el morir dilate:
aunque el Rey después me mate,
tengo de ir al desafío).
Vase.
Rey
En Toledo quedáis hoy
reina, mi bien. Yo quisiera
que Toledo un mundo fuera,
pero todo un reino os doy.
Mirad en ausencia mía
por el montañés y el godo
y, Constanza, sobre todo,
por la fe que es luz y guía
del rey, y esto con instancia,
como reina que heredó
el ser de quien se llamó
Cristianísimo de Francia.
Y a Dios.
Vase.
Constanza
Y él, césar gallardo,
con bien os vuelva a Toledo.
Ya se fue el Rey, ya bien puedo
decir, ilustre Bernardo,
un deseo que he tenido
de que se ausente.
Don Bernardo
¿Pues vos
deseáis su ausencia?
Constanza
Dios
primero que todo ha sido.
Sabréis, ilustre francés,
que, cuando el Rey acetó
estas condiciones, yo
sentí que hubiese interés
humano para dejar
en poder del fiero moro
el mayor bien y tesoro
que pudiera conquistar
para alabanza infinita
y para infinito honor.
Don Bernardo
¿Cuál es?
Constanza
La iglesia mayor,
que llaman mayor mezquita.
En ella un tiempo tuvieron
una imagen que adoraban
los cristianos y llamaban
del Sagrario; en ella vieron
humanos ojos bajar
entre nubes y entre velos
a la Reina de los cielos
y su retrato abrazar.
Perdiéronla, ¡pena grave!,
con la ciudad, ¡qué dolor!,
de manera, ¡oh, qué rigor!,
que ya della no se sabe.
Yo, en venganza y desagravio
de la Virgen singular,
su templo he de restaurar,
que es afrenta y es agravio
que a nuestros ojos esté
en poder del moro el suelo
que dio que envidiar al cielo.
Para engrandecer la fe
el Rey su poder me dio;
así la fe engrandecemos.
Esta iglesia les quitemos
a los alarbes.
Don Bernardo
(¿Quién vio
igual celo y cristiandad?).
Ganemos este tesoro
los dos; quitemos al moro
esta murada ciudad
que es la iglesia y, pues están
los soldados todavía
con las armas, reina mía,
no hay qué esperar. Capitán
tengo de ser desta guerra
católica.
Constanza
Pues lleguemos,
los soldados animemos
que agora Toledo encierra
y pierda el fiero contrario
la basa de nuestra fe,
ganando el templo que fue
de la Virgen del Sagrario.
Vanse.
Salen Juan Ruiz y don Vela.
Juan
No hay que pasar adelante,
que este oculto sitio umbroso
es, gallardo montañés,
para nuestro intento propio.
Yo te reté y me ha tocado
venir desarmado y solo:
mi pecho es este y mi espada;
de otras armas no me adorno.
Don Vela
Y esta es mi espada y mi pecho,
que, aunque retado, no tomo
más ventaja, porque supe
que eras noble y valeroso
y habías de salir así.
Juan
La obligación reconozco,
pero es fuerza sustentar
lo que he dicho.
Don Vela
Siempre ignoro
en el campo lo que he dicho
y así con obras respondo.
Juan
Valiente eres; bien convienen
lo entendido y lo brioso.
Don Vela
Para quien riñe contigo
cualquiera valor es poco.
¡Ay de mí!
Juan
En tierra estás; rinde
las armas o riguroso
verás mi acero teñido
desde la punta hasta el pomo.
Don Vela
El que es noble nunca rinde
las armas. Dame piadoso
la muerte y no tan cruel
la vida.
Rey
dentro
A esta parte oigo
el ruido. Ramiro, Nuño,
apeaos y llegad todos.
Juan
Gente siento. Antes que lleguen
a ser de mi acción estorbo,
escoge: darme las armas
o morir.
Don Vela
Morir escojo.
Salen.
Rey
Espérate; no le mates.
Juan
Por ti, señor, le perdono
y por esta acción te pido
una merced.
Rey
Yo la otorgo.
Juan
Que, ilustrando nuestra sangre,
no nos quites a los godos
la antigüedad que tenemos,
obligando poderoso
a inovar los sacrificios.
Tendremos así dichosos
en la iglesia de Toledo
una ejecutoria, honroso
solar por esta vitoria
adquirido.
Rey
No sé cómo,
mas que, pues lo prometí,
lo he de cumplir y dispongo
que en la iglesia de Toledo,
entre sus cultos piadosos,
de los mozárabes haya
una capilla y la doto
en rentas de las mejores
que tengo en mi patrimonio,
para que con ceremonias
antiguas siempre a su modo
viva la memoria eterna
de los mozárabes godos.
Vos, que rendir no quisisteis
las armas y tan brioso
las defendisteis, estando
en la tierra, donde noto
que no fue el caer defeto,
honrado estáis y yo tomo
sobre mí vuestra opinión.
Dad los brazos valerosos
a Juan Blasco Ruiz.
Juan
En ser
su amigo seré dichoso,
que conozco su valor,
pues por mi mal le conozco.
Rey
Ya sois amigos los dos
y, aunque ahora falta mi enojo,
en albricias del suceso
vuestro delito perdono.
Mozárabes y asturianos
con estas paces conformo.
Volvamos a caminar.
Selín
dentro
¡Valedme, cielos piadosos!
Rey
¿Qué voz es esta que escucho?
Ramiro
En el campo miro sólo
un alarbe en una yegua
acercándose a nosotros.
Nuño
Ya se apea, y me parece
que en sangre bañado el rostro
viene y desnudo el acero.
Rey
¿Qué puede ser?
Sale Selín.
Selín
Rey Alfonso,
sesto en nombre y en valor
primero, a tus pies me postro,
la tierra que pisas beso
y con la sangre que lloro
la riego, que, aunque parece
que por heridas la arrojo,
de envidia de las heridas
hoy lloran sangre los ojos.
No fue en vano detenerte
en lo oculto deste soto,
que mi fortuna lo hizo,
rémora siendo en el golfo
de mis desdichas, adonde
tan grande tormenta corro
que con el mar de mi llanto
y el viento de mis sollozos
llorando mares me anego,
bebiendo sangre me ahogo.
Apenas, señor, volviste
la espalda, apenas el oro
de tus rayos nos dejó
a escuras, ciegos y solos,
cuando la Reina, tu esposa
–perdóname si la nombro
en ocasión donde es fuerza
que incite tu ardiente enojo–,
Constanza, pues, y Bernardo,
vuestro alfaquí, atlante rojo,
de nuestra mayor mezquita
nos despojan rigurosos.
Fue la causa de sentir
tanto este nuevo despojo
–ya no importa publicarlo–
que los morabitos doctos
nos dicen que allí se encierra
un encantado tesoro
y que está cercano el tiempo
en que le hallaréis vosotros.
Contra mí, como su alcaide,
amotinados los moros,
dijeron que yo había sido
quien, tirano y alevoso,
vendió la hacienda y las vidas.
Rey Alfonso, rey Alfonso,
vuelve por tu honor y mira
que quedan diciendo todos
que has faltado a tu palabra,
dejando orden cauteloso
para que en ausencia tuya
nos den mortales asombros.
Los mozárabes quedaron
en nuestro poder; los propios
conciertos se les hicieron
y vivieron con nosotros
sin ofensa y sin agravio;
y hoy, tus juramentos rotos,
podrán decir que han tenido
más fe y palabra los moros
que los cristianos, supuesto
que ellos lo cumplieron todo
y tú no has cumplido nada.
Hoy a tus plantas me arrojo;
justicia, señor, justicia
desta afrenta, deste oprobio,
deste agravio, desta injuria;
vénganos de ti tú propio.
Rey
Selín, a los cielos juro,
cuya luz hermosa adoro,
y a Dios, que los vive y reina
sentado en su eterno solio;
a la Virgen soberana,
su santa madre; y a todos
cuatro Evangelios y, en fin,
cuanto juré temeroso
en Santa Gadea en la jura
del ballestón, donde otorgo
que no fui parte en la fiera
traición de Vellido Dolfos,
que la misma culpa tengo
en esto como en estotro.
Vuelvo a asegurar de nuevo
estos juramentos propios
de vengaros y de hacer
con castigos rigurosos
pública vuestra venganza.
La Reina, a quien reconozco
por alma del alma mía,
tanto la estimo y la adoro,
hoy, ¡vive Dios!, morirá
a mis manos. No conozco
ya sino sólo a mi honor.
Dadme un caballo vosotros,
que no ha de decir el mundo
que ha tenido más fe un moro
alarbe en guardar palabras
que un rey cristiano. De enojo
voy rabiando y vive Dios
que hoy tengo de ser asombro
del mundo. ¿Traición en mí?
Ni un átomo, un rasgo sólo
ha de quedar de sospecha.
Por la boca y por los ojos
Volcán soy: llamas escupo;
hidra soy: veneno arrojo.
Vanse.
Suenan chirimías y sale oyendo don Bernardo, el arzobispo, y, en acabando de tocar, cantan dentro.
Músicos
En el pozo está el tesoro
más rico que la plata y más que el oro;
bebed, bebed, que nativa
está la mina en él del agua viva.
Don Bernardo
¡Válgame el cielo! ¿Qué voces
tan amorosas y dulces,
llenas de un alegre horror,
por estos aires discurren?
Dando estaba al cielo gracias,
después que labrado hube
en esta iglesia el altar
por los favores comunes
con que en sagradas vitorias
a la cristiandad acude,
cuando en acentos sonoros
quieren los cielos que escuche
que en el pozo está el tesoro,
porque agua viva produce,
más rico que el oro y plata.
Misterio la letra incluye.
¡Hola!
Salen cuatro pajes, que los han de hacer las músicas, de estudiantes.
Paje 1
Señor.
Paje 2
¿Qué nos mandas?
Don Bernardo
¿Adónde estáis, que no acude
vuestro descuido a prodigios
que yo ignoro, aunque los supe?
Paje 2
Aquí estábamos.
Don Bernardo
¿No oísteis alegres voces?
Paje 4
No acuses
nuestro descuido, supuesto
que ninguno hay que lo escuche.
Don Bernardo
Pues yo he visto –no es decir
patrañas– de las azules
esferas bajar estrellas,
subir llamas, voces dulces,
y en procesión a la Virgen
en un trono donde triunfe
eternamente. Este sitio,
que grave misterio incluye,
señalaré. No, no fue
ilusión, ni es bien que escuse
el avisar a la Reina
y que su celo procure
averiguar qué misterio
de aquella visión se arguye.
Vase.
Paje 1
¿Qué es esto que el arzobispo
tiene? Que, aunque disimule,
da a entender algún cuidado.
Paje 3
Pensiones que siempre acuden
al gobierno.
Paje 2
¿O son vejeces?
Que ya es tiempo que caduque.
Paje 4
Si os queréis entretener,
sabed que he hallado escondido
en una parte y dormido
a aquel montañés que ayer
en casa se recibió
por criado. Ya sabéis
que es figura y que tenéis
con él gran fiesta. Pues yo,
como dormido le vi,
de un hacha luego tomé
pabilo y cera y formé
una vela y la encendí;
llegueme y sobre un zapato
se la pegué. Ya veréis,
gastándose, que tenéis
linda fiesta de aquí a un rato.
Paje 1
¿Y dónde está?
Paje 4
¿Vesle allí
con la candelilla puesta?
Paje 2
Burla de pajes es esta.
Paje 4
dentro
Ya la ha sentido.
Domingo
¡Ay de mí!
¡Muerto soy!
Paje 2
dentro
¿Qué pudo ser?
Domingo
¡Ay, ay!
Paje 2
¿Qué es eso?
Paje 1
¿Qué ha sido?
Sale Domingo de asturiano.
Domingo
Un gran mal me ha sucedido.
Paje 4
¿No lo podremos saber?
Domingo
¡Ay, que me muero! ¡Ay de mí,
que un gran mal me sucedió!
Paje 4
Cuéntanos lo que pasó.
Domingo
Sabréis que yo me dormí
sobre este suelo y, estando
durmiendo, un áspid llegó
y deste pie me mordió.
Yo con el dolor pensando
que era otra cosa...
Paje 2
Muy bien.
Domingo
…la mano eché por mi mal
y el áspid...
Paje 4
¿Hay cosa igual?
Domingo
…della me mordió también.
Mirad la ponzoña aquí
y abujerado el zapato.
Paje 3
¿No es cera esa, mentecato?
Domingo
Bobos, ¿se burlan ansí?
Paje 2
No le des más.
Paje 3
No le ultrajes,
que es hombre honrado el corito.
Domingo
Señores, ¿por qué delito
me habrán echado a mí a pajes
como a otros a galeras?
Paje 1
No le piques.
Domingo
Poco a poco,
lampiños, que no soy loco,
sino hombre de muchas veras.
Paje 4
(No hay cosa que sienta más
que decirle que vendió
el cogote).
Domingo
¿Qué hago yo,
ciclanes de Barrabás?
¿Por qué no queréis dejarme?
Paje 3
Pues diga y le dejaremos
y muy amigos seremos.
Domingo
Mas ¿que vienes a engañarme?
Pero, en fin, ¿qué es lo que dices?
Paje 3
¿Cuánto, sin que le alborote,
le dieron por el cogote?
Domingo
Cuanto a ti por las narices.
(¡Que estos se burlen de mí
y esto solo les desvele!).
Paje 4
Mas ¿que sé dónde le duele,
montañés?
Domingo
¿Adónde?
Paje 4
Aquí. Pícale.
Domingo
Es verdad, y muy dolido,
que era grande el alfiler,
pero, en llegando a doler,
el negocio va perdido.
Decínchome la pretina
y, sacudiendo muy bien,
¿que adivino yo también
dónde le duele al gallina?
Paguen así, ¡pesia tal!,
los buenos ratos que tienen.
Paje 4
Mesurémonos, que viene
la Reina, por nuestro mal.
Sale Constanza y el arzobispo.
Don Bernardo
Este es, señora, el lugar
que cielo un instante fue
y señalado dejé.
Constanza
Pues aquí se ha de cavar,
que no hay duda de que aquí
alto misterio se encierra.
Tesoros guarda la tierra,
mas no me mueven a mí:
el gran tesoro del cielo
hallar mi piedad espera
y yo he de ser la primera
que cave.
Don Bernardo
¡Qué justo celo!
Constanza
Señor, si Elena cavó
una peña por hallar
el tesoro singular
de la cruz, merezca yo,
aunque reina pecadora
y no, como Elena, santa,
hallar maravilla tanta
como este centro atesora.
Cava y levanta una losa.
Don Bernardo
Una piedra has levantado.
Constanza
Y esta descubre una boca
que a espanto y horror provoca.
Don Bernardo
¿Qué ves dentro?
Constanza
Un centro helado.
Don Bernardo
Pues yo más dichoso fui,
que veo un gran resplandor.
Constanza
Del cielo es ese favor.
Don Bernardo
Escucha.
Constanza
¿Pues cantan?
Don Bernardo
Sí.
Músicos
En el centro está el tesoro
más rico que la plata y más que el oro;
bebed, bebed, que nativa
está la mina en él del agua viva.
Sale Nuño.
Nuño
Hasta llegar a tus pies
a morir vine dispuesto,
señora.
Constanza
Nuño, ¿qué es esto?
Nuño
Mi muerte y la tuya es.
Sabiendo el Rey, mi señor,
de Selín cómo has quitado
esta iglesia y que has quebrado
de su palabra el valor,
indignado contra ti,
solenemente juró
que ha de darte muerte; yo,
que su enojo entonces vi,
en un caballo volé,
tan veloz hijo del viento
que del mismo pensamiento
conceto le imaginé.
Siente la queja que de él
los moros habrán formado.
Huye, que viene enojado;
huye, mira que es cruel.
Constanza
Estoy, Nuño, agradecida
a tu lealtad, pero no
a tu consejo, que yo
por interés de la vida
no he de huir de la presencia
del Rey, mi señor; salir
quiero antes a recebir
de su enojo la violencia.
Don Bernardo
Mira, señora, que haces
una gran temeridad.
Constanza
De mi pecho la humildad
sola ha de hacer estas paces.
Vase.
Nuño
¡Gran valor!
Don Bernardo
¡No le vi igual!
Osada a un altar llegó
y de él un cristo tomó
y en otra mano un puñal;
desta suerte a recebir
sale al Rey.
Nuño
Si bien supieras
su enojo, mejor dijeras,
señor, que sale a morir.
Sale el Rey y todos deteniéndole.
Rey
Si a verla en el templo llego
en él la he de dar la muerte.
Juan
Mira...
Don Vela
Considera....
Ramiro
Advierte...
Rey
Todo soy rabia, soy fuego.
¡Nadie el llegar me dilate,
puesto a mi venganza en medio,
que a mi enojo no es remedio
y vive Dios que la mate!
Sale la Reina, suelto el cabello, en una mano un cristo y en la otra un puñal.
Constanza
¡Apartaos! Ninguno trate
de estorbar ni resistir
la muerte que a recibir
salgo yo misma al lugar,
pues, si el Rey me ha de matar,
menos haré yo en morir.
Llega, pues. ¿Qué te detienes?
Prueba en mi pecho el furor.
Rey
¡Válgame Dios, qué favor,
mujer, al alma previenes!
¿De quién amparada vienes,
que tu resplandor me ciega?
Un mar de fuego me anega.
¡Ay de mí!, el valor perdí.
Muerto he quedado, ¡ay de mí!
Constanza
Rey, esposo, señor, llega
a darme muerte desnudo
donde aliento el corazón:
atento siempre a tu acción,
te está sirviendo de escudo.
No dudo, mi bien, no dudo
que el mirarme defendida
desta cruz tu brazo impida,
mas quise llegar a verte
en una mano la muerte
y en otra mano la vida.
Mátame con este acero
que a tu venganza apercibo;
verás que con este vivo,
si ves que con este muero.
Vida y muerte a un tiempo espero:
muerte, a tu poder rendida;
vida, de Dios defendida;
luego, entre estas causas dos,
tanto como hay de ti a Dios
hay de mi muerte a mi vida.
Llega a esa profunda boca
y verás que, cuando llegas,
en ondas de luz te anegas;
sus santos umbrales toca
y verás que te provoca
un temor que el alma lleva
una voz que dulce eleva;
y permíteme tener
vida hasta llegar a ver
el prodigio desta cueva.
Rey
Alza del suelo, Constanza;
dame mil veces los brazos,
que estos amorosos lazos
son centro de mi esperanza.
Don Bernardo
¡Qué milagrosa mudanza!
Rey
Y humilde a tus pies rendido
de mi enojo perdón pido.
Domingo
Este súbito remedio
se llamó ponerse en medio
la de la paz.
Rey
Ofendido
vine, pero ya más quiero
tu vida que honor ni estado.
Los moros que se han quejado,
Selín, contentar espero
con más honras que primero.
Constanza
Ya que tan dichosa fui
que tu gracia merecí,
lo oculto intenta mirar
deste pozo.
Rey
Hay que pensar
mucho en esto.
Constanza
¿Cómo así?
Rey
Constanza, cuando este moro
de su agravio se quejó,
me dijo que no sintió
ver postrado mi decoro,
sino perder un tesoro,
que sabios moros dijeron
que aquí estaba y escribieron
que era tesoro encantado;
y esta boca que has hallado
y que tus manos abrieron
puede ser que tenga encantos
y que moros hechiceros
intenten vengarse fieros.
Selín
Pues eso no os cause espantos
y, si recelo tenéis,
por que no penséis de mí
que el encanto os advertí
para que de él os guardéis,
os pido que me dejéis,
que yo bajaré a la cueva.
Rey
Espera, Selín, y lleva
una cuerda y luz también
para mirarlo más bien,
y esta maravilla prueba.
¡Hola! Dadle un hacha.
Nuño
Aquí
la tiene, que de un altar
fácil la pude alcanzar.
Domingo
Cuerda hay también.
Selín
Pues así
he de bajar. Advertí,
a la seña del cordel
tiréis todos juntos de él.
Rey
Va bajando.
Baja; bien seguro vas.
Don Vela
Profundo está.
Selín
Venga más.
Juan
Miedo pone la cruel
profundidad.
Nuño
¡Qué temor!
Selín
Venga más.
Rey
Aún no ha llegado
y la cuerda se ha acabado.
Domingo
Pues aquí está otra mayor.
Selín
Venga más.
Juan
¡Nos pone horror
la voz! ¡Qué lejos se escucha!
Selín
Más.
Don Vela
La oscuridad es mucha
y la hondura mucha más.
Nuño
Ya llegó al suelo.
Selín
No más.
Rey
¡Qué temor conmigo lucha!
Ramiro
Ya el peso en la tierra estriba
y el hielo con que bosteza
esta rústica tristeza
de los sentidos nos priva.
Señas hace.
Selín
Arriba, arriba.
Rey
Tirad de la cuerda ya;
salga ese mostro a admirarnos.
Domingo
Mejor fuera no cansarnos,
sino dejárnosle allá.
Suben a Selín, que sale enlodado con muchos temores y en las manos una losa.
Don Vela
Ya de la luz llegó al puerto
sin luz, mudo, helado y yerto.
Constanza
De la cueva se retira.
Don Vela
Absorto a todos nos mira.
Domingo
Silencio, que ya habla un muerto.
Selín
Rey Alfonso de Castilla;
Constanza, que el cielo guarde,
por que lises y leones
en perpetuas amistades,
siendo ejemplo a los futuros
siglos, este nudo enlacen;
Bernardo, ilustre francés,
patrón de la armada nave,
que a ser llegues su piloto
dentro de Roma triunfante;
mozárabes y leoneses,
dadme atento oído, dadme
silencio para deciros
el prodigio más notable,
el más estraño suceso
y la novedad más grave
que el tiempo, archivo confuso,
calificó en sus anales.
Bajé a ese profundo pozo,
que es prisión y estrecha cárcel
de una gallarda mujer,
cuyos rayos celestiales,
siendo como es centro oscuro,
esfera del sol la hacen.
Hay en sus profundos senos
una concavidad grande
cubierta de poca agua,
si ya no es que la que nace
no tiene de Alá licencia
para pasar adelante
y, como el mar, tiene freno
de arena que la acobarde.
En este lóbrego sitio
mil caducas ruinas yacen
de edificios y de hombres,
porque entre huesos y jaspes,
como en pintados países,
se ven confusos celajes
de las tragedias del tiempo.
Luego vi un nicho a una parte
fabricado de ladrillo
sin arquitectura ni arte
mejor, que a efeto no más
de ocultar tesoros grandes.
Llegué con la luz a él
y bien pudiera escusarme
de la luz, porque bastaba
la que los ojos esparcen
de una divina señora
de aspecto tan venerable,
de semblante tan severo
y de hermosura tan grave
que, lleno de horror, jamás
que la miré, el alma sabe,
si es aquella beldad misma
que miré un minuto antes,
tal mudanza mis sentidos
hicieron que a cada instante
o yo olvidé las especies
que comprehendí por ser fácil,
o ella mudó, y es más cierto,
beldad, aspecto y semblante.
Por esta causa no puedo
agora determinarme
a pintarla y voz humana,
cuando a tanto se levante,
será carbón que la borre,
no matiz que la retrate.
Pero, al fin, lo que en su rostro
observé entre dudas tales
es una frente espaciosa
sobre cuyo campo caen
rubias trenzas que el aseo
con los dos hombros reparte;
cejas, dos arcos de amor;
ojos serenos y graves,
boca risueña y honesta,
rubí partido en dos partes;
el color todo es moreno
y, por serlo más amable,
al lado del corazón
tiene en el brazo un infante,
si no es el corazón mismo
que allí a acompañarla sale,
porque ella muestra tenerle
dividido en dos mitades.
Dijera que era su hijo
si no temiera injuriarles,
porque aquella honestidad
era de Virgen amante
y, si es su hijo, él es Dios,
porque ella es de Dios la madre.
Sentada está en una silla
de madera y es su traje
estraño y antiguo –yo
no le vi hasta agora en nadie–:
una tunicela blanca
y manto y todo el ropaje
sobre una tela de plata
muy lucida y muy brillante,
hechas algunas labores
de perlas y de diamantes.
Las manos son del color
del rostro y el tierno infante
mirando a su madre está
risueño, que no hay pesares
donde se gozan los dos
como dos tiernos amantes.
Quise tocarla y aquí
un miedo el alma combate:
perdí la luz y dos veces
quedé ciego en un instante.
Con el asombro me así
a ese pedazo de jaspe
y, sin saber cómo, llego
a besar tus plantas reales,
donde es bien que absorto pida
el bautismo y que ya ame
esta divina señora,
que sin duda es de Dios madre.
Don Bernardo
Muestra esa lámina; a ver.
Rey
Aquí en gótico carácter
dice:
Constanza
¡Qué placer espero!
Rey
«Aquesta divina imagen
es la Virgen del Sagrario,
que hoy en este pozo yace
oculta por los cristianos
y huida por los alarbes.
¡Infelice el que la esconde
y felice el que la halle!».
Ramiro
¡Qué dicha!
Rey
¡Qué gran ventura!
Nuño
¡Qué placer!
Rey
¡Qué bien tan grande!
Constanza
¡Mira, si no hubiera yo
quitado el templo al cobarde
moro, el bien de que era dueño!
Rey
No me acuerdes, no me trates
acción de mí tan indigna;
muy bien hiciste en ganarle.
Don Bernardo
Prevéngase la capilla;
que mil alabanzas cante,
mientras yo saco la Virgen.
Rey
No me estorbes que yo baje.
Constanza
Escusado es vuestro celo,
que sobre las ondas sale
ella misma, que han crecido
para basas sus cristales.
Don Bernardo
Pues procesión se prevenga
y en un altar se consagre
hasta que varón devoto
mayor templo la levante.
Sube la imagen y van en procesión todos; el arzobispo la lleva, y luego de rodillas canta la música, que han de ser los pajes con sobrepellices.
Constanza
Cantando
Yo la llevaré en mis hombros,
las voces mis dichas canten.
Paje 1
Salve Regina.
Todos
Precursora del sol, alba del día.
Paje 2
Mater Misericordiae.
Todos
Estrella de la mar, luz de la noche.
Rey
Alabanzas de María
merezca el alma escuchar.
Don Bernardo
Oye, volved a cantar.
Constanza
¡Qué placer!
Rey
¡Y qué alegría!
Paje 3
Vita dulcedo.
Todos
Gran torre de David, puerta del cielo.
Paje 4
Spes nostra.
Todos
Cedro, lirio, clavel, ciprés y rosa.
Prosigue la procesión y vanse así al son de chirimías.
Domingo
Y perdonad al poeta
si son sus defetos grandes
y en esta parte la fe
y la devoción le salve.
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- Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach
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- TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. Origen, pérdida y restauración de la Virgen del Sagrario. Origen, pérdida y restauración de la Virgen del Sagrario. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbg5.0