El Hombre Pobre Todo Es Trazas
Comedia Famosa
Personas que hablan en ella.
- Don Diego.
- Rodrigo.
- Leonelo
- Don Félix.
- Don Juan.
- Doña Beatriz.
- Inés, criada.
- Doña Clara.
- Isabel.
- Un alguacil.
Primera Jornada
Sale don Diego y Rodrigo, de color.
Don Diego
Tú seas tan bien venido
como has sido deseado.
Rodrigo
Tú seas tan bien hallado
como bien buscado has sido,
que ha tres horas que llegué
y tres mil que ando buscando
esta posada.
Don Diego
Pues, cuando
te escribí, ¿no te avisé
de la calle?
Rodrigo
¡Lindo talle!
En Madrid ¿no es cosa llana,
señor, que de hoy a mañana
suele perderse una calle?
Porque según cada día
se hacen nuevas, imagino
que desconoce un vecino
hoy adonde ayer vivía.
Y dado caso que hallé
la calle, ¿qué me importó,
si en tu misma casa yo
por ti mismo pregunté
y me dijeron que allí
no estaba tal caballero?
Adonde más considero
la confusión que hay aquí,
pues la huéspeda ignoraba
quién en su casa vivía,
la criada a quién servía
y el huésped quién le pagaba.
Don Diego
Aquí a cualquiera condena
el ignorar lo que pasa
dentro de su misma casa
y saber lo del ajena;
fuera de que causa ha habido
para que desconociesen
mi nombre y no respondiesen
a tu pregunta.
Rodrigo
¿Y qué ha sido?
Don Diego
¿No has visto en una comedia
verse dos y en dos razones
hacerse mil relaciones
de su gusto o su tragedia?
Pues imitemos aquí
su estilo, que en esta parte
tengo mucho que contarte.
Rodrigo
Pues yo empiezo; escucha.
Don Diego
Di.
Rodrigo
Después que por doña Ulana,
aquella doncella bella
–aunque aquesto de doncella
se escucha de mala gana–,
tu amante filatería,
de necias finezas llena,
fue de noche un alma en pena
y un cuerpo en gloria de día;
después que por los crueles
celos, de unas cuchilladas
fuimos danzantes de espadas
y bailantes de broqueles;
después, en fin, que reñiste
con tanto brío y destreza
que a don Juan en la cabeza
una cuchillada diste
tal que si no hubiera hallado
un hombre que le curó
por ensalmo, pienso yo
que antes hubiera sanado,
te ausentaste de Granada,
donde me quedé aquel día
para que fuese tu espía
mal perdida y bien ganada.
Veniste a la corte, donde
seguro, señor, estás
de que te busquen, pues más
esta confusión esconde
a un delincuente que el miedo
de embajador reservado
o el respeto del sagrado.
Yo, que en Granada me quedo,
viendo que don Juan está
mejor, porque ha declarado
un cirujano pagado
que está sin peligro ya,
vengo a buscarte con nuevas
de que tu padre está bueno,
aunque de cólera lleno.
Y, para que más me debas,
esta traigo en conclusión
y pienso que hay, señor mío,
capítulo de “ahí envío”.
Aquesta es mi relación.
Don Diego
Después que por la pendencia
que refieres yo salí
de Granada y vine a ver
la gran villa de Madrid,
esta nueva Babilonia
donde verás confundir
en variedades y lenguas
el ingenio más sutil,
esta esfera soberana,
trono, dosel y cenit
de un sol español que viva
eternos siglos feliz;
después que ciego admiré,
después que admirado vi
todo el mundo en breve mapa,
rasgos del mejor buril,
porque en sus hermosas damas
consideré y advertí
el ingenio en el hablar,
el aseo en el vestir,
en sus nobles cortesanos
–de quien también recebí
mil honras– ingenio y gala,
valor y cordura; en fin,
después que a Madrid llegué
y después que vi en Madrid
damas y galanes, oye
lo que ha pasado por mí.
Truje una carta, Rodrigo,
de mi padre a un don Luis
de Toledo, amigo suyo
y, visitándole aquí
para entregarle la carta,
en su casa un cielo vi,
que cielo era el que asistía
tan hermoso serafín,
y aun él era el cielo mismo,
pues, si has oído decir
que es pequeño mundo el hombre,
yo pienso que será ansí
la mujer pequeño cielo,
cuando llega a competir
con verdadera hermosura
la aparente de zafir.
Dejo aparte locuciones
poéticas, aunque aquí
pudiera decir que fue
su cabello oro de Ofir,
su frente campo de nieve,
sus cejas sobre marfil
linia de ébano y, mezclando
rojo y cándido matiz,
sus mejillas rosa helada
en los brazos del abril,
su boca joya de perlas
guarnecida de rubís,
su aliento el aura por quien
Flora respira ámbar gris,
sus manos dos azucenas
o dos ramos de jazmín
que en partidas hojas hacen
una blanca flor de lis.
Nada desto digo, aunque
todo lo puedo decir,
pues demás de ser hermosa,
lo que me parece a mí
mejor es tener de renta
largamente doce mil
ducados. Esta hermosura
enamoro tan feliz
que escuché alguna fineza
y algún favor merecí.
Haz aquí un punto y pasemos
a otro suceso: yo vi
que en la corte era muy fácil
que me pudiesen seguir
más por la patria y el nombre
que por las señas, y así,
previniendo aqueste daño,
todo lo quise encubrir.
Callé el nombre de don Diego
Osorio y llameme aquí
don Dionís Vela, un soldado,
que en el flamenco país
sirvió al rey. Por esa causa
no te dijeran de mí
en la posada. Con esto
pude libre discurrir
la corte y así a cualquiera
conversación acudí,
donde liberal, cortés
y afable, gané y perdí:
perdí el dinero y gané
amigos, caudal, en fin,
el mejor. Con uno, pues,
a quien yo me descubrí
por tener satisfación,
una noche hermosa fui
a visitar una dama
tan bella, airosa y gentil
que aquí viniera bien cuanto
dije que no dije allí.
Es de las que discretean,
dama crítica y sutil,
hace versos, canta, juega,
con que acabo de decir
que es pobre, porque a estas gracias
no se les sigue un cuatrín.
Desta estoy enamorado,
de suerte que hoy ves en mí
dos nombres y dos amores,
porque no pude fingir
el propio con doña Clara,
que este es el nombre feliz
de la dama del dinero,
pero con doña Beatriz
de Córdoba, que es la otra,
soy capitán, porque así,
atento al provecho y gusto
que se me pueden seguir,
soy don Diego con la una,
con la otra don Dionís.
Desta manera me hallas;
no será trato ruin
que yo engañe a dos, si una
suele engañar a dos mil.
Rodrigo
Suele decirse de aquellos
que muy poco han estudiado
que en Salamanca han entrado,
mas no Salamanca en ellos;
yo digo al revés aquí,
pues, si engañar es tu norte,
tú no has entrado en la corte,
mas la corte ha entrado en ti.
Suceso notable ha sido
que un hombre pobre haya estado
de ninguna enamorado
y de dos favorecido
tan presto.
Don Diego
Si yo quisiera
bien, Rodrigo, si yo amara,
ni mi pena se estimara,
ni mi amor se agradeciera;
finjo, engaño y es forzoso
tener dicha semejante,
porque ya el más firme amante
es el menos venturoso.
Si bien no porque me ves
con uno y otro favor
dejo de tener amor,
porque Beatriz bella es
a quien estimo y adoro,
que esta traza me asegura
hoy de Beatriz la hermosura,
mañana de Clara el oro.
Agora el pliego abriré
de mi padre: carta tiene
don Luis y una letra viene
aquí.
Rodrigo
Aguárdate y veré
de cuánto.
Don Diego
En sucesos tales
no acudirá a mis cuidados
menos que con mil ducados.
Rodrigo
Pues son cuatrocientos reales.
Don Diego
¡Qué dices!
Rodrigo
¿Pues no son hartos
para quien somos los dos?
Y aun no son tantos, por Dios.
Don Diego
¿Cómo?
Rodrigo
Como son en cuartos.
Don Diego
¡Que esto mi padre me envía,
cuando yo a la corte vengo!
Sin los que debo, no tengo
para gastar en un día.
Lee.
“Hijo, yo no tengo hacienda para sustentar vuestras
travesuras y bellaquerías. Ahí va una letra de cuatrocientos
reales; mirad cómo gastáis, que quizá no podré enviaros
otra. En la corte estáis; dad alguna traza de vivir
honradamente y ved que el pobre todo es trazas”.
Sale don Juan, su amigo.
¡Vive Dios!...
Don Juan
Pues, don Dionís,
¿qué pesadumbre tenéis,
que tan grande estremo hacéis?
Don Diego
A tiempo, don Juan, venís
que me hallaréis muy mohíno.
Don Juan
¿Con quién?
Don Diego
Con ese criado
que de Granada ha llegado;
con una letra se vino
de solos cuatro mil reales.
Rodrigo
(¡Pluguiera a Dios!) ¿Tengo yo
la culpa de eso?
Don Diego
¿Pues no?
¿Por qué de Granada sales
con ella?
Rodrigo
Pues ¿si me envía
tu padre?
Don Juan
¿Qué culpa tiene?
Don Diego
¡Con cuatro mil reales viene!
Rodrigo
(¡Pluguiera a Dios!)
Don Diego
Yo querría,
don Juan, esta noche dar
a Beatriz alguna joya...
Rodrigo
(Aquí, señores, fue Troya.)
Don Diego
...de cien escudos.
Rodrigo
(¡Andar!)
Don Diego
Y téngola por mujer
tan loca y desvanecida
que ha de quedarse corrida
y así quisiera tener
algún modo de obligalla
que galante y cortés fuese,
con que yo darla pudiese
sin que pudiese enojalla.
Rodrigo
¿Qué hay que estudiar ese modo?
Lleva la joya y, si no
la tomare, aquí estoy yo,
que salgo a pagarlo todo.
Don Diego
¿Sabéis lo que he imaginado?
Pues nos solemos juntar
estas noches a jugar,
llevará aquese criado,
que no conoce por mío,
una cadena y, jugando
conmigo, se irá dejando
perder.
Rodrigo
Sin gana me río
destos embustes.
Don Diego
Y yo,
ganándola entonces, puedo
llegarla a ofrecer sin miedo.
Don Juan
¿Quién tan linda industria vio?
¿Quién en el mundo pensara
tan buen modo? Así será:
conmigo el criado irá,
que, allá una vez, cosa es clara
que sabrá disimular
no haberos visto ni hablado.
Don Diego
Mal conocéis el criado:
a mí me puede enseñar
a hacer un enredo.
Rodrigo
Ha sido
notable encarecimiento.
Don Diego
Ahora, porque dar intento
estas cartas que han venido
para don Luis, id con Dios,
que a la noche nos veremos,
donde efetuar podremos
lo tratado.
Don Juan
Adiós.
Don Diego
Adiós.
Vase Don Juan.
Rodrigo
Yo no pienso que he venido
a la corte celebrada,
sino a una selva encantada
donde sueño todo ha sido.
Tú ¿letra de cuatro mil?
Tú ¿joya de cien escudos?
Mis labios dejaste mudos
advirtiendo cuán sutil
ni te turbas ni embarazas.
Don Diego
Como mi padre me escribe,
desta manera se vive,
porque el pobre todo es trazas.
Esta cadena que ves
solo un doblón me costó
y en el contraste sufrió
dos esperiencias o tres,
de modo que ésta ha de ser
la que yo te he de ganar. Vase don Juan.
Por esto quise estorbar
el darla, no por temer
que se disguste, que así,
si llega a desengañarse,
de mí no podrá quejarse,
pues la ve ganar allí.
De modo que en la ocasión
hago la galantería
sin que sea a costa mía,
del dinero y opinión.
Aquí vive doña Clara.
Rodrigo
¿Y es ésta que a vernos viene?
Don Diego
Sí.
Salen doña Clara y Isabel.
Rodrigo
(¡Qué linda hacienda tiene,
que no quiero decir cara!)
Don Diego
Mi dicha fuera segura
si, como me pudo dar
el cielo tiempo y lugar
para adorar tu hermosura,
tú me dieras la ventura
para lograr tanto empleo.
Tuviera por más trofeo
tiempo mi altiva pasión,
lugar mi imaginación
y ventura mi deseo.
Doña Clara
Cuando agradecida quedo
a vuestro amor, podré dar,
don Diego, tiempo y lugar,
pero ventura no puedo;
esta sola no os concedo
por faltarme a mí.
Don Diego
Procura
hacer mi dicha segura
vuestro argumento, pues ya
quien os mira claro está
que se tiene la ventura.
Doña Clara
Esos favores sospecho
que os sobraron del amor
que os tiene ausente.
Don Diego
Es error
presumir tal de mi pecho.
Doña Clara
Y por dejar satisfecho
vuestro afecto, ¿a qué venís
a sentir lo que decís?,
que los hombres con más arte
sentís en sola una parte
lo que en cualquiera decís.
Don Diego
Bien convenceros pudiera
la razón: si es cosa clara
que en ninguna parte hablara
el que en alguna quisiera,
¿cómo se satisfaciera
deseo de un gusto lleno
con otro manjar ajeno
del mismo que apetecía?
En tal caso, ¿no sería
cualquiera manjar veneno?
Doña Clara
Luego ¿no habéis dicho a dos
lo que me decís a mí
en vuestra vida?
Don Diego
Eso sí;
mas entonces, ¡vive Dios!,
que estaba hablando con vos.
Doña Clara
¿Sin conocerme? Mirad
que decís mucho.
Don Diego
Escuchad;
veréis cómo pudo ser,
antes que os llegase a ver,
amaros la voluntad.
Si con discurso naciera
algún hombre y en el cielo
tachonado el azul velo
de rubias estrellas viera,
cuando adorara y quisiera
su luz, prestado arrebol d
el luminoso farol,
¿no adorara en las estrellas
al sol mismo? Sí, pues ellas
son claras sombras del sol.
Yo, con esta misma fe,
en amorosos ensayos
adoré al sol en sus rayos
hasta que al sol adoré.
Mil hermosuras amé,
pero en ninguna luz pura;
luego mi amor me asegura
que os amaba entonces, pues
cualquiera hermosura es
sombra de vuestra hermosura.
Doña Clara
Con sofístico argumento
queréis vencer mi opinión,
pues, si a las luces, que son
del sol un rasgo, un aliento
que ilumina el firmamento,
adorase el que ha nacido
capaz, ya hubiera querido
en muchas un resplandor,
que es lo mismo que un amor
en dos partes dividido.
Y, cuando hubiese adorado
al sol mismo en las estrellas,
puesto que la noche en ellas
su luz ha depositado,
¿quién a mí me ha asegurado
ser el sol resplandeciente
que esas bellezas afrente?
Pues este mismo arrebol,
que estando presente es sol,
será estrella estando ausente.
Mas decidme ahora, ¿qué ha sido,
pues no fue la voluntad,
don Diego, la novedad
que a esta casa os ha traído?
No sin causa habéis venido.
Don Diego
Y decís bien: la mayor
–pues amantes al rigor
del amor están sujetos
y de todos sus efetos
es causa primera– amor;
si bien la segunda ha sido
esta carta que advertís,
que para el señor don Luis
hoy en mi pliego he tenido.
Doña Clara
Pues mi padre no ha venido,
dejad la carta.
Don Diego
Eso no,
que, si ella ocasión me dio
para llegaros a ver,
en una quiero tener
muchas ocasiones yo.
Doña Clara
Ocioso es ese cuidado,
pues tiene sombras la noche,
rejas mi casa, yo coche,
y hay calle Mayor y hay Prado.
Don Diego
Yo quedo bien avisado.
Doña Clara
Sois forastero y querría
avisaros la voz mía
de lo que debéis hacer.
Don Diego
Ya sé que tengo de ser
argos la noche y el día:
por la mañana estaré
en la iglesia a que acudís;
por la tarde, si salís,
en la carrera os veré;
al anochecer iré
al Prado, al coche arrimado;
luego, en la calle embozado.
Ved si advierte bien mi amor
horas de calle Mayor,
calle, reja, coche y Prado.
Vanse los dos.
Rodrigo
Y diga vusted, señora,
¿tiene para oír mi queja
calle Mayor, coche o reja,
para que sepa la hora
este amante que la adora?
Isabel
¿Tan presto?
Rodrigo
No es maravilla,
que, si mi estrella me humilla,
tan antiguo mi amor es
como las cabrillas, pues
mi estrella es sietecabrilla.
Isabel
Aunque advertirle pudiera
al fin como a forastero,
solamente decir quiero
que hay tienda y hay carbonera,
compro, limpio y salgo fuera.
Rodrigo
Yo quedo bien advertido
y, por que veas si ha sido
ruda la memoria mía,
argos la noche y el día, a
sí estaré repartido:
por la mañana estaré
en la tal carbonería,
en la tienda a mediodía
y luego a la tarde iré
al Rastro; de allí vendré,
anocheciendo, al portal;
y a las once, pese a tal,
en la calle, si es que hay quien
a una mujer quiera bien
el rato que huele mal.
Vanse. Sale doña Beatriz y Inés y don Félix.
Félix
No fueron esas razones
las que en otro tiempo oí.
Beatriz
¿Qué queréis? Múdanse así
tiempos, gustos y ocasiones.
Félix
En desengaño forzoso,
ofendido y despreciado,
no siento el ser desdichado;
siento haber sido dichoso.
Beatriz
Cuando dicha hubiera sido
merecer algún favor,
yo tuviera por mejor
el haberle merecido.
Félix
Estaba un almendro ufano
de ver que su pompa era
alba de la primavera
y mañana del verano
y, viendo su sombra vana
que el viento en penachos mueve
hojas de púrpura y nieve,
aves de carmín y grana,
tanto se desvaneció
que, narciso de las flores,
empezó a decirse amores,
cuando un lirio humilde vio
a quien vano dijo así:
“Flor que majestad no adquieres,
¿no te desmayas y mueres
de envidia de verme a mí?”.
Sopló en esto el austro fiero
y desvaneció cruel
toda la pompa que a él
le desvaneció primero.
Vio que caduco y helado
diluvios de hojas derrama,
seco tronco, inútil rama,
yerto cadáver del prado.
Volvió al lirio, que guardaba
aquel verdor que tenía
y contra la tiranía
del tiempo se conservaba,
y díjole: “¡Venturoso
tú, que en un estado estás
permaneciente, jamás
envidiado ni envidioso!
Tu vivir sólo es vivir;
no llegues a florecer,
porque tener qué perder
sólo es tener qué sentir”.
Beatriz
Aplicado el cuento, yo
prosigo con otro tal;
oíd lo que a una caudal
águila le sucedió:
esta, que con muestras graves
es sin fatigado aliento
en los imperios del viento
reina de todas las aves,
quiso que la esfera octava
hija del sol la presuma
y, siendo bajel de pluma,
ondas de fuego sulcaba.
Llegó a la región dorada
y con sedientos desmayos,
anhelando por los rayos
del sol, medio desmayada
se volvió a la tierra y vio
que ningún ave podía
seguir el vuelo que había
intentado y dijo: “Yo
sola penetré la esfera
de diamantes guarnecida,
que, muriendo de atrevida,
no moriré cuando muera,
pues, cuando rayo deshecho
y cometa desasido,
fénix del sol, baje herido
de rayos de luz mi pecho,
el despeñarme, el morir,
el abrasarme, el caer,
todos no podrán hacer
que ahora deje de subir,
pues este aliento atrevido
que hasta el sol pudo llegar
caer no le ha de quitar
la gloria de haber subido”.
En el ave y en la flor
ved lo que a los dos nos pasa.
Félix
Ya yo sé que vuestra casa
es academia de amor
donde todo es argumentos,
todo gusto y opiniones,
pero no admiten cuestiones
mis penas y mis tormentos:
sé qué quiero, sé qué adoro,
sé qué mi desdicha fue;
esto solamente sé;
todo lo demás ignoro.
Al irse sale Leonelo y detiénele.
Beatriz
Esto está bien a los dos.
Leonelo
Como a vuestro centro, vengo
buscándoos aquí, que tengo,
don Félix, que hablar con vos.
Félix
Engañado pensamiento
os trujo de esa manera,
porque si mi centro fuera,
no estuviera en él violento.
Leonelo
¿Cómo?
Félix
Ya no es centro mío.
Leonelo
¿Y vos qué decís a esto?
Beatriz
Que en este estado me ha puesto
un forzoso desvarío
que algún día le diré.
(Ruégolo que no entre aquí
sin que se queje de mí,
que por otro le dejé.)
Leonelo
¡Tales fueran mis desvelos!
Estuviera despreciado,
aborrecido, olvidado,
como no tuviera celos.
Ya sabéis con cuánto gusto
siempre constante mi amor
sufrió de Clara el rigor,
el desprecio y el disgusto;
pues agora una criada,
porque es el oro en efeto
llave maestra de un secreto,
me dijo que de Granada
un don Diego Osorio vino
a su padre encomendado
tan galán y enamorado
que a nuestros pechos previno
a ella agrado, a mí desvelos,
a ella gusto, a mí rigor,
a ella finalmente amor,
a mí finalmente celos.
Quiero que vamos los dos
donde este galán busquemos.
Félix
Pues, si no le conocemos...
Beatriz
Lo que podré hacer por vos
será ver a doña Clara
y saber, Leonelo, della,
quién es ese forastero
que tanto cuidado os cuesta
y aun hablarla en vuestro amor.
Leonelo
Fuera darme vida, fuera
comprar un esclavo en mí.
Hazme tanto bien y sella
mi rostro, Beatriz hermosa.
Beatriz
Leonelo, no me agradezcas
esto, que no hago por ti
tan curiosa diligencia,
sino por mí, que este dicen
que es oficio de discretas.
Mañana lo sabré todo,
que mujeres, cuando llegan
a hablar a solas, se dicen
cuanto imaginan y piensan.
Félix
(Y yo hablaré a doña Clara
mañana para que venga
otro día a visitaros
y con la misma cautela
por quién me dejáis a mí
y quién os agrada sepa,
si ya es cierto que en la corte,
a título de discretas,
son terceras las hermosas,
por que como en la esperiencia
diamante labra el diamante,
rinda belleza a belleza.)
Sale don Juan.
Don Juan
La fama, que a vuestra casa
llama amorosa academia,
disculpa el atrevimiento
de no aguardar más licencia.
Beatriz
Vos sabéis, señor don Juan,
que podéis entrar en ella
a mandarme con los mismos
privilegios que en la vuestra.
Hablan aparte Félix y Leonelo.
Félix
(Leonelo, si es que los celos
son linces y que penetran
lo más secreto, he de ver,
con la vista y alma atentas,
si hay novedad en Beatriz,
examinando hoy en ella
el semblante y las acciones
que hace a todos los que entran.)
Leonelo
(Por lo menos en don Juan
no ha dado ninguna muestra.)
Félix
(No, que ni en él vi temor
ni hallé novedad en ella.)
Don Juan
Permitid que un forastero,
que se ha quedado allá fuera
entre a besaros las manos.
Vase don Juan.
Beatriz
Pues ¿quién negarle pudiera
al forastero y amigo
vuestro tan cortés licencia?
(Este es don Dionís, Inés.)
Inés
A la criada.
(Sin duda que no te pesa
de verle, digo y aun pienso...)
Beatriz
(Si es el que el alma desea,
si es el que la vida estima,
¡qué bien dices, qué bien piensas!)
Félix
(Al hablar del forastero,
¿no miras, no consideras
más alegre su semblante?)
Salen don Juan y Rodrigo y trae puesta la cadena y al verle Beatriz hace como que le pesa.
Rodrigo
Pues me permitís que pueda
besar tus manos, señora,
tan discreta como bella,
permite que pueda el alma s
ólo adorarte suspensa,
porque en tu alabanza es
torpe instrumento la lengua,
o alábate tú a ti misma,
pues quiere el dios de las ciencias
que, siendo la cuarta gracia,
la décima musa seas.
Beatriz
Tan prevenida, señor,
ha sido la entrada vuestra
que habré menester lugar
para estudiar la respuesta.
Leonelo
(¿Qué sientes del forastero?)
Félix
(¿Qué es lo que quieres que sienta,
si al principio su semblante
estuvo alegre y ya muestra
que le ha pesado de verle?
Donde hay mudanzas opuestas
hay secreto y no son vanas
su alegría y su tristeza.)
Beatriz
Llega unas sillas, Inés.
Félix
(Cuando merecer no pueda
favores, podré estorbarlos.
Aquí, Leonelo, te asienta.)
Vanse sentando y sale don Diego.
Don Diego
No llega a mala ocasión
un forastero que llega
al repartir los lugares,
si es que hay alguno que sea
asiento de un ignorante
en esta divina escuela,
en cuya esfera cifradas
se miran las once esferas.
Beatriz
(Disimular me conviene,
por que don Félix no vea
en mis ojos la alegría
que no causa su presencia.)
Llega al señor don Dionís
una silla.
Rodrigo
Aquí está ésta.
Don Diego
Vos, señor, estáis muy bien,
pues cuando yo la tuviera,
fuera dichoso en que vos
os sirviérades con ella.
Siéntase.
Félix
(Sólo con el forastero
de la cruzada cadena
hizo novedad Beatriz;
sin duda por él me deja.)
Don Juan
(¡Qué bien ha disimulado
vuestro criado!)
Beatriz
Si es fuerza
que amor de cualquier discurso
principal asunto sea,
al que a una pregunta mía
me diere mejor respuesta
daré esta flor.
Don Diego
Ya envidiosos
todos la pregunta esperan.
Beatriz
¿Cuál es mayor pena amando?
Leonelo
Yo, que padezco esa pena,
llevo gran ventaja a todos,
pues es forzoso que sea
mayor mal amar con celos.
Félix
El que tiene un dolor piensa
que ninguno a aquél iguala
y sólo de aquél se queja;
yo dijera de mi mal,
cuando no le padeciera,
esto mismo, que el mayor
es amar contra su estrella,
siendo un hombre aborrecido.
Don Diego
Yo digo que es mayor pena
el amar sin esperanza.
Beatriz
Pues un argumento sea
el que pruebe la verdad.
Leonelo
Oye, que el celoso empieza.
Si yo fuera aborrecido
con tanta desconfianza
que no tuviera esperanza
de ser jamás admitido,
consuelo hubiera tenido
en ver que la pena mía
tan alta gloria perdía
porque al cielo se atrevió
y al fin, perdiéndola yo,
ninguno la merecía;
mas, si esta misma que allí
a mi amor hallé imposible
fuese para otro apacible,
siendo ingrata para mí;
si el bien que no merecí
viese que otro mereció,
di ¿qué pena se igualó,
Beatriz, a esta pena amando,
que ver que otro esté gozando
lo que estoy queriendo yo?
Félix
Bien puede un celoso estar
sin esperanza de ser
admitido con tener
dama que se deje amar,
mas quien se llega a mirar
aborrecido no puede,
que aun amar no le concede;
luego ofender mi porfía
con lo que obligar podía
la mayor desdicha excede.
Tenga amor mi dama bella;
no tenga esperanza yo
y no me aborrezca, no,
pues me basta a mí el querella;
mas contra mi propia estrella
porfiar es desconsuelo
el más tirano del suelo,
que el celoso ha menester
vencer sola a una mujer
y el aborrecido al cielo.
Don Diego
Ni celos ni olvido temo,
si constante llego a amar,
porque es fácil de pasar
la mujer de estremo a estremo.
Mayor pena, más supremo
es mi llanto, es mi dolor,
pues padece mi temor
eterna desconfianza;
luego amar sin esperanza
es el infierno de amor.
El que celoso vivió,
el que vivió aborrecido,
con esperanza han sufrido
el mal que el amor causó;
el desesperado no,
pues aun rigores no espera.
Si celos darme pudiera
mi dama, ya la costara
cuidado; ya se acordara
de mí, si me aborreciera,
y como es uso pasar
la condición de mujer
desde amar a aborrecer,
también se suele trocar
desde aborrecer a amar.
Con esta esperanza asido,
contento hubiera vivido;
luego mi mal es más fiero,
pues verme jamás espero
celoso ni aborrecido.
Beatriz
Dudosamente podré
decir quién merezca aquí
la flor.
Rodrigo
Escúchame a mí,
señora, y te sacaré
de esa duda, porque sé
que la flor ha de ser mía,
probándote en este día
con un argumento tal
que padece mayor mal
quien ama pobre y porfía.
¿Quién al pobre no aborrece?
¿Quién al pobre no da celos?
¿Quién al pobre en sus desvelos
alguna esperanza ofrece?
Luego éste sólo padece
de todos el mal penoso,
porque, siempre temeroso,
favor ni desdén alcanza
y quiere sin esperanza,
aborrecido y celoso.
Y, por que no la razón,
sino también la esperiencia
me den la flor por sentencia
que no tenga apelación,
vengan los naipes, que son
jueces y, jugando todos,
verás que en tan varios modos
tiene, cuando argumentare,
más razón quien se quedare
con el dinero de todos.
Sobre un bufete naipes y juegan don Diego y Rodrigo, y venlos jugar Leonelo y don Juan, y Félix habla con Beatriz.
Inés
Ya están los naipes allí.
Don Diego
Yo jugara, si tuviera
cobrada una letra que hoy
aceté.
Rodrigo
Venga la letra,
que, como vos la abonéis,
también jugaré sobre ella,
como vos queráis, señor,
jugar sobre esta cadena
cien escudos, que mañana
se han de pagar.
Don Diego
Norabuena.
Juegan.
Félix
(Qué mal han disimulado
tus ojos, Beatriz, pues, lenguas
del alma, me han dicho ya
tu sentimiento y mis quejas.
Apenas el forastero
entró en la sala y apenas
le viste, cuando mudaste
el semblante hermoso y, muerta
la color, trocaste entonces
claveles por azucenas.)
Rodrigo
¡Plegue al cielo que en mi vida
gane una vez!
Beatriz
(Bien pudiera
satisfacerte, mas quiero
callar, Félix, por que entiendas
que no es tiempo de que yo
satisfaciones te deba.)
Don Diego
Diez pintas gano.
Rodrigo
¡Demonios!
Vuestros rigores, ¿qué esperan
de mi paciencia ofendidos?
Inés
Por cierto, ¡linda encomienda!
Félix
(Pues ¿pudieras tú negar
tan costosas evidencias,
si el rostro es reloj adonde
el corazón hace muestra?)
Rodrigo
¡Que no haya yo de ganar
una suerte y que me vengan
la que es derecha trocada
y la trocada derecha!
Félix
(Desprecios, Beatriz, se sufren
en voluntades que empiezan,
pero en las que acaban pasan
de ser desprecios y llegan
a agravios.) Vamos, Leonelo,
porque no quiero que tenga
ocasión Beatriz de ser
descortés conmigo y necia,
porque son muy insufribles
necedades de discretas.
Vanse los dos y Leonelo dice al irse.
Leonelo
¿No veréis a doña Clara?
Beatriz
Mañana os tendré respuesta.
Leonelo
¿Quién solicitó jamás
con todo el sol una estrella,
sino yo?
Rodrigo
No juego más.
Usted guardada me tenga
la cadena, que mañana
tengo de enviar por ella.
Don Diego
Aquí la hallaréis mañana.
Rodrigo
¡Que un hombre cristiano pierda
diez pintas! ¿Qué deja el naipe
para un moro? No hay paciencia.
Vase.
Inés
Él se ha quebrado al salir
las narices en la puerta
y para enmendarlo agora
ha rodado la escalera.
Beatriz
Saca una luz.
Inés
Eso no,
que ha perdido. Si él hubiera
ganado, yo le alumbrara
y llegara hasta la puerta
de la calle muy humilde,
haciéndole reverencias;
pero hombre que ha perdido,
ruede y quiébrese una pierna.
Don Diego
Esta cadena he ganado;
cien escudos en que queda
dejo librados, señora,
para los naipes y velas.
Perdonad mi atrevimiento,
que ¡vive Dios! que quisiera
que fueran diamantes cuantos
eslabones hay en ella
para serviros, aunque
presunción fuera muy necia
llevar diamantes al sol,
siendo el sol quien los engendra.
Esto es barato y así
disculpa tengo y licencia
para tal descortesía.
Beatriz
No es sino merced aquesta,
pues, cuando no fuera tal
por su estimación la prenda,
por ser vuestra la estimara
y la tomo por ser vuestra.
Don Diego
El cielo os guarde. (¡Qué bien
que sucedió!)
Don Juan
(De manera
que yo he querido creerlo.
¡Qué bien engañada queda!)
Vanse los dos.
Beatriz
¿Has visto, Inés, en tu vida
más cortesana fineza?
Inés
Aguárdate; iré a alumbrarles,
que tiempo después nos queda
para que le alabes.
Vase.
Beatriz
¡Cuánto
se estima, agradece y precia
la cortesía! Más es
el modo que la cadena.
Vase.
Segunda Jornada
Salen Beatriz y Inés con mantos y Clara y Isabel.
Doña Clara
¿Posible es que llegó el día
en que tan dichosa fuese,
¡oh, Beatriz!, que mereciese
esta humilde casa mía
tanto honor? Vuélveme a dar
los brazos.
Beatriz
Y el alma en ellos,
lazos que de nuestros cuellos
la muerte podrá cortar,
pero dividillos no.
Doña Clara
De mí te ofrezco otro tanto.
Isabel, quítale el manto
a Beatriz.
Beatriz
No vengo yo
con tanto espacio y sosiego.
Doña Clara
¿Ya querrás irte también?
Propia condición del bien:
llegar tarde y faltar luego.
¿Quieres venir al estrado?
Beatriz
No; bien estamos así.
Doña Clara
Siéntate el rato que aquí
has de estar y derribado
el manto puedes tener,
porque me afliges tapada.
¡A fe que estás bien tocada!
Pudiérasme agradecer
el haberte descubierto.
Beatriz
¿Es lisonja o burla?
Doña Clara
No;
sólo tengo envidia yo
cuando en tu hermosura advierto.
Beatriz
Si tuvieras qué envidiar,
no me alabaras, amiga.
¡Buena estás; Dios te bendiga!
Doña Clara
Mira cómo puede estar
quien tantas penas recibe
que no tiene gusto en nada
y siempre desazonada
y melancólica vive;
quien, de sí misma enemiga,
a sí misma se aborrece;
quien una pena padece
incapaz de que se diga;
quien con eternos enojos
ha de celar sus agravios
del aliento de los labios
y las lenguas de los ojos.
Beatriz
Mal que es fuerza que se calle
y que te trae disgustada,
de tus ojos descuidada
y enemiga de tu talle;
mal que a entristecer te obliga
y te obliga a enmudecer,
cuyo efeto puede hacer
que se sienta y no se diga;
mal que es mi propio dolor,
pues repite satisfecho
sus efetos en mi pecho,
sin duda, Clara, es amor.
Doña Clara
Bien tu discurso sacó
por las centellas el fuego.
Amor tengo; no lo niego.
Beatriz
¿Y ha sido a Leonelo?
Doña Clara
No.
Beatriz
Mi alegría fuera mucha
–si yo tenerla pudiera–,
si tus pasiones oyera.
Doña Clara
Por que hagas lo mismo, escucha.
Los afectos humanos, Beatriz bella,
tal vez arrebató fuerza divina,
porque viven atentos a una estrella
que superior ilustra y predomina
y, aunque es verdad que no se vencen della,
con tal poder, ya que no fuerza, inclina,
que pierden libertad, discurso y brío
el alma, la razón y el albedrío.
No es amor elección, pues, si lo fuera,
nadie en el mundo aborrecido amara;
no es voluntad, que nadie la rindiera
donde con voluntad no se pagara;
no es razón, pues con ella se rigiera;
no es gusto, pues sin él no se entregara;
¿qué será donde falta, ¡cielo injusto!,
elección, voluntad, razón y gusto?
¿Qué será, pues, violencia semejante,
sino fuerza, rigor y tiranía
de amor? Pues la que vio firme y constante
Leonelo tanto tiempo a su porfía,
en un punto veloz, en un instante
breve, que son los átomos del día,
se rindió fácil, se postró liviana
de un forastero a la lisonja vana.
Un forastero, amiga, un forastero
que de Granada encomendado vino
a mi padre es la causa por que muero:
este a mi pecho tal dolor previno,
este a mi vida tal veneno fiero,
este al alma tal pena que imagino
que a sólo ver mi vanidad burlada
vino don Diego Osorio de Granada.
¿No has visto hermosa fuente –que, risueña
por piedades del sol o por rigores
instrumento de plata, se despeña,
con quien cantan las aves sus amores–
sepultarse en la falda de la peña,
donde estaban sedientas cuantas flores
llamadas de su música venían
y por ser sus aljófares bebían;
y esta fuente que allí dejó burlada
la beldad de las flores peregrina,
por venas de la tierra dilatada,
siendo de plata ya líquida mina,
nacer segunda vez tan desdichada
que entre rústicos céspedes camina
sin que a su inútil nacimiento deba
que noble flor de su cristales beba?
Así el amor, que en mí se despeñaba,
llegar al valle ameno resistía
donde tanta fineza me esperaba
y donde tanto amor me merecía.
Y el mismo que soberbio me miraba
quiso por castigar la ofensa mía
que, huyendo agrados y burlando amores,
lograse penas, celos y rigores,
no porque este gallardo forastero
mi amor no estime y mi esperanza aliente,
pues siempre es a mi gusto lisonjero
–mas ¿cuál hombre no finge, engaña y miente?–,
sino porque otro amor que fue primero
aquí le trujo y temo que le ausente.
Estos son mis temores, mis recelos,
que no hay bien sin amor, ni amor sin celos.
Beatriz
¡Qué parecidas que son
nuestras penas, Clara bella!
Un mismo amor, una estrella
rige nuestra inclinación.
Pensarás que mi afición
es a don Félix, a quien
debo finezas también,
mas, como ninguna amó
siendo amada, también yo
quiero a un forastero bien.
En tu fuente a mirar llego
de amor una cifra breve,
pero, como tú a la nieve,
quiero yo aplicarla al fuego.
El rayo abrasado y ciego,
que es un húmedo vapor
de la tierra que al ardor
del sol se ilustra y acendra,
no en la parte que se engendra
ejecuta su rigor,
que como el viento recibe
seca exhalación que sube
a donde preñada nube
humo pálido concibe,
errando fácil describe
las esferas hasta que
herida del sol se ve
y en trueno y rayo veloz
da aquí el golpe, allí la voz
que aviso y castigo fue;
así el forastero ha sido
rayo en su esfera engendrado,
pero della desatado,
en ajena parte ha herido.
Desde Flandes ha venido
éste a turbar mi sosiego:
no sé cómo el amor ciego
puede con violencia suma,
siendo nieto de la espuma,
hijo del norte, ser fuego.
Una apacible mañana
del mayo, cuando la aurora
con prestados rayos dora
nubes de púrpura y grana
tan hermosa, tan ufana
que decía lisonjera
“quién coronarte pudiera,
mayo, de flores y mieses
por rey de los doce meses,
por dios de la primavera”,
salí al Prado; desde él fui
por la calle donde en lazos
de los olmos darse abrazos
copas y raíces vi,
a quien triste dije así:
“¿No os bastaba, álamos bellos,
enmarañar los cabellos
por la tierra fugitivos,
sino que también lascivos
queráis enlazar los cuellos?
Pero me responderéis,
con verdad desvanecidos,
que, como en corte nacidos,
cortesano amor tenéis
y así ocultar no queréis
vuestro contento suave,
porque ya el amor más grave
y ya el favor más felice
no es favor, si no se dice,
no es amor, si no se sabe”.
Con esta imaginación
llegué a sentarme cansada,
cuando, por verme tapada,
gozando de la ocasión,
llegó con airosa acción
y con galán desenfado
el más bizarro soldado
que vi jamás, te prometo,
y después el más discreto
que en toda mi vida he hallado.
Desde entonces no le vi
mucho tiempo, pero no
por eso se sosegó
aquel fuego que sentí.
En mi casa permití
visitas, conversación,
juego y músicas, que son
lazos de amor cada día,
por sólo ver si podía
verle con esta ocasión.
Cumpliome amor mi deseo,
pues una noche, llevado
de un amigo o mi cuidado,
dentro de casa le veo.
Miro el bien y no lo creo
por serlo, y sucede así
que constante desde allí
me sirve, enamora y ama.
Don Dionís Vela se llama;
esto sé de él y de mí.
Isabel
A hablarte don Diego viene.
Doña Clara
Mucho me huelgo que estés
aquí para que le veas,
por que me digas después
si tengo buen gusto yo,
si le he encarecido bien.
Beatriz
¿Es aquel que viene allí?
Sale don Diego.
Doña Clara
Sí, Beatriz, el mismo es.
Beatriz
(¡Válgame el cielo! ¿Qué veo?)
Doña Clara
¿Qué te parece?
Beatriz
Muy bien
me ha parecido.
Aparte
(Y muy malpudiera decir. Inés,
¿no es don Dionís?)
Inés
(Sí, señora.
¿Quién puede negar que es él?)
Beatriz
(¿Qué he de hacer?)
Inés
(Disimular.)
Don Diego
(¿Qué es esto que llego a ver,
cielos? Clara y Beatriz son
las dos. Amor, de una vez,
cuanto adquirimos en muchas,
hemos echado a perder.)
Mirando al sol, Clara hermosa,
¿quién no se ha turbado? ¿Quién,
viendo a un mismo tiempo dos,
no ha de suspenderse, pues
esta sala, esfera breve
de uno y otro rosicler,
con divina imitación
cielo de hermosuras es?
Doña Clara
La lisonja os agradezco,
no por mí, pues, cuando veis
a doña Beatriz, cualquiera
lisonja le viene bien.
Don Diego
¿Quién es ésta, mi señora?
Que yo, por no conocer
a su merced –culpa, en fin,
de forastero–, no osé
ofrecerme a su servicio.
¿Es deuda vuestra o es
amiga?
Inés
(¿No oyes aquello?
Quién eres pregunta.)
Don Diego
Aunque
para que conozca en mí
un criado su merced,
no es menester saber más
que mirarla.
Doña Clara
Beatriz es
la amiga que yo más quiero,
señor don Diego, y con quien...
Inés
(Don Diego le llamó).
Doña Clara
...amor
consulta su parecer.
En este punto las dos
en vos hablábamos.
Beatriz
Bien
os lo puede asegurar
su pecho constante y fiel,
porque es muy cierto que en vos
las dos hablábamos, pues
ella hablaba en vos conmigo
y yo con ella también.
De que no me conozcáis
queja pudiera tener,
pues viviendo yo en el pecho
de Clara y estando en él,
vos pudierais por fineza
haberme visto tal vez.
Yo a lo menos no llegara
a confesarlo, porque
quiero que Clara me deba
sólo el decir que estimé
tanto el dueño de su gusto
que le conocí por fe,
porque yo os conozco, ya
que vos no me conocéis.
Don Diego
Yo conozco mi ignorancia
y, aunque pudiera tener
disculpa, quiero rendirme,
agradecido y cortés.
Inés
(¿Qué dices, señora, desto?)
Doña Clara
(¿Qué te parece? ¿No es
galán y discreto? Di
que te parece muy bien.)
Beatriz
Aparte
(Digo que me ha parecido
tan bien, Clara hermosa, que
ha de pesarte algún día
que me parezca tan bien.)
Inés
(Mal disimulas.)
Beatriz
(No puedo
sufrir más celos, Inés;
estoy por dar voces.)
Está por detrás de doña Clara haciendo señas y él hace que no la entiende.
Inés
(Mira
cómo disimula él
y aprende tú.)
Beatriz
(Si él engaña
y yo siento, mal podré
igualarle, que me lleva
mucha ventaja. ¡Ah, cruel!)
Doña Clara
(Al fin, ¿yo tengo buen gusto?
Alábamele otra vez.)
Inés
(Parece que la tal Clara
nos está dando cordel.)
Doña Clara
¿Qué tienes, que disgustada
parece que estás?
Beatriz
No sé
qué es lo que me ha dado. Trayme
un barro de agua, Isabel.
Aparte
(Por desmentir una penaotra pena fingiré;
agua pido y es en vano,
porque es de fuego mi sed.)
Doña Clara
Ve tú por el agua y yo
unos dulces sacaré.
Dame licencia a que sea
hoy contigo descortés.
Beatriz
No vayas, no, por tu vida.
Conmigo escusado fue
el cumplimiento.
Doña Clara
Pues este,
¿quién te ha dicho que lo es?
¿Es cumplimiento dejarte
con la visita? Aunque bien
el dejarte acompañada
pudieras agradecer.
Vase.
Beatriz
Y es verdad, pues que me ha dado
ocasión, ingrato, en que
pueda hablar, pueda quejarme,
porque el silencio cruel,
hecho ponzoña en el alma,
mil veces quiso romper
la cárcel y, reprimido,
hizo con mayor poder
un cuchillo al corazón
y a la garganta un cordel.
Disimulando
Don Diego
¿Vos con tanto sentimiento Disimulando.
conmigo? ¿Cómo o por qué?
¿Quién dio causa a tanta pena?
A tanta desdicha, ¿quién?
Beatriz
¿Esta es, ingrato amante,
vil caballero, esta es
la prometida firmeza
de lealtad, amor y fe?
Si sois de Granada, ¿cómo
sois de Flandes? Y, si os veis
ausente por una dama,
¿cómo decís que tenéis
pretensiones? Si os llamáis
don Diego, ¿cómo os hacéis
don Dionís? ¿Es gran vitoria
engañar a una mujer?
Don Diego
Viven los cielos, señora,
que no os entiendo ni sé
qué decís, pues jurar puedo
no haberos visto otra vez.
Beatriz
¿Vos lo que oyen los oídos,
vos lo que los ojos ven
queréis negar? ¿Vos no sois
quien liberal y cortés
me dio anoche esta cadena?
Don Diego
No, señora.
Beatriz
¿No?
Don Diego
¿Por qué
lo negara, si el serviros
fuera mayor interés?
¡Bueno fuera negar yo
dádivas, cuando uso es
no sólo negar aquello
que se da, pero también
con vanidad y arrogancia
decirlo sin que se dé!
Advertid que en una estampa
suele duplicar y hacer
dos formas naturaleza
con repetido pincel.
Beatriz
¿Luego intentáis todavía
desconoceros?
Don Diego
No sé
qué responderos.
Beatriz
¿No sois
don Dionís Vela?
Don Diego
¿Por qué
negara mi nombre?
Beatriz
¿Cuándo
venisteis?
Don Diego
Menos de un mes.
Beatriz
¿Dónde vivís?
Don Diego
En la calle
del Príncipe.
Beatriz
¿En qué entendéis?
Don Diego
En ver la corte.
Beatriz
¿Y el nombre?
Don Diego
¿Ya no os han dicho que es
don Diego Osorio?
Beatriz
¿Qué amigos
hoy en la corte tenéis?
Don Diego
Muchos.
Beatriz
Y don Juan de Torres,
¿no lo es vuestro?
Don Diego
No escuché
aquese nombre en mi vida.
Beatriz
¿Visitáis una mujer
junto a las Descalzas?
Don Diego
No.
Beatriz
Mentís, mentís, que sí hacéis.
Don Diego
(Por más preguntas que ha hecho
no me ha podido coger.)
Sale doña Clara y Isabel con agua y dulces.
Doña Clara
Aquí está el agua y el dulce.
Mas ¿qué es esto?
Don Diego
No lo sé.
Beatriz, que me lo pregunta,
podrá decir lo que es.
Vase.
Doña Clara
¿Qué es esto, Beatriz? ¿Pues tanto
pudo el accidente ser
que te obliga a que des voces?
Beatriz
Es una rabia cruel.
Doña Clara
Bebe el agua que pediste;
quizá así podrás vencer
esa pena que te aflige.
Beatriz
Yo sé bien que no podré,
aunque más beba. Adiós, Clara.
Doña Clara
¿Desa suerte has de ir a pie?
Aguarda; pondrán el coche.
Beatriz
No puedo. Vamos, Inés.
Doña Clara
Pésame que de mi casa
vuelvas enferma una vez
que, al cabo de tantos días,
vienes a hacerme merced,
sin querer decir qué sientes
ni qué tienes.
Beatriz
Mal podré
decírtelo, Clara, a ti,
si yo misma no lo sé.
Vanse. Salen por una puerta don Juan y Rodrigo y por otra don Diego.
Don Juan
¿Dónde estará don Dionís?
Don Diego
Mucho estimo, ¡vive Dios!,
hallar juntos a los dos.
Don Juan
¿De qué turbado venís?
Don Diego
Hame, don Juan, sucedido
el suceso más estraño
que vio el mayor desengaño.
Rodrigo
Cuéntanos, pues, lo que ha sido.
Don Diego
Entré a ver a doña Clara
y estaba, don Juan, con ella
de visita Beatriz bella.
Cuando mi vista repara
en las dos, ciego quedé,
turbado me suspendí.
Don Juan
Y al fin, ¿qué hicisteis?
Don Diego
Allí
tan de improviso no hallé
otro camino, otro modo
de enmendar la culpa mía
que hacer que no conocía
a Beatriz, negando en todo
no haberla hablado ni haberla
visto otra vez en mi vida;
pero, airada y ofendida,
no pude satisfacerla,
aunque allí ella misma vio
que don Diego me llamaban
todos y que la contaban
que era de Granada yo.
En fin, si vos acudís
a acreditar este enredo,
hacer los papeles puedo
de don Diego y don Dionís,
porque, asegurando vos
lo mismo, decir no temo
que es otro y que con estremo
nos parecemos los dos.
Don Juan
¿Y es tan necia que creerá
Beatriz ese engaño?
Don Diego
Sí,
que yo parecidos vi
muchos hombres y no está
la dificultad en ser
Beatriz necia o entendida,
que al fin la más presumida
tiene ingenio de mujer.
Yo conocí dos hermanos
que nadie determinaba
con cuál de los dos hablaba.
Rodrigo
Es verdad, los Valencianos.
Don Juan
Yo por mi parte me obligo
a disimular muy bien.
Don Diego
Y tú has de ayudar también:
desde hoy no has de andar conmigo,
porque, siendo conocidos
los dos por amo y criado,
fuera descuido estremado
el ser los dos parecidos.
Rodrigo
Dices bien; y yo podré
con mayor fuerza ayudar
este engaño, pues entrar
puedo en su casa, y haré
con retóricas que crea
–tanta eficacia en mí ves–
hoy un necio que lo es
y una fea cómo es fea;
una vieja con amor
que es vieja la haré creer,
que es lo más que puede hacer
un retórico hablador.
Don Diego
Pues dejadme a mí llegar
primero y, mientras los dos
reñimos, llegaréis vos.
Don Juan
No tenéis que me avisar.
Vase.
Rodrigo
¡Qué de máquinas enlazas!
Don Diego
Esto entre dos damas es
lograr amor y interés,
porque el pobre todo es trazas.
Rodrigo
Sí, pero trazas de pobre
no sé qué efeto tendrán,
pues por ser suyas serán
infelices.
Don Diego
Cuando obre
esa pensión la fortuna
y una pierda, otra me queda,
pues no es posible que pueda
de las dos faltarme una.
Rodrigo
Por eso debe tener
cualquier amante discreto
una dama de respeto
por lo que ha de suceder.
Pero voyme, porque vienen;
no hallen juntos a los dos.
Vase. Salen Beatriz y Inés con mantos, Félix y Leonelo.
Don Diego
Y los que vienen con ellas
Félix y Leonelo son.
De celos maté y de celos
muero. Vengativo amor,
sé dios o no seas tirano;
sé tirano o no seas dios.
Leonelo
Al paso, Beatriz hermosa,
esperando a ver estoy
la sentencia de mi vida.
¿Qué has sabido?
Beatriz
Tal estoy
que no acertaré a decir
lo que he sabido.
Leonelo
A tu voz
atenta, el alma resiste
una y otra confusión.
Félix
(Inés, yo tengo que hablarte.)
Inés
(Después tendrás ocasión.)
Beatriz
No has de quejarte de mí,
si desengaños te doy,
porque, si esos tengo, darte
no puedo otra cosa yo.
Can soy con rabia, que muerde
y comunica el dolor
por la herida, y así agora
te pegaré mi pasión,
basilisco por la vista
y sirena por la voz.
Clara vive enamorada;
quien te lo dijo contó
la verdad. Don Diego Osorio
ha merecido el favor
que te negó. Siente tú
y tendré consuelo yo,
compañera en tus desdichas,
si es que las lisonjas son
una pena de otra pena
y un dolor de otro dolor.
Félix
Según esto, vos venís
celosa también.
Beatriz
No os doy
desengaños, que llamáis
agravios; pero, si vos
me argüís la consecuencia,
no quiero negarla yo.
Félix
Ni yo la quiero creer,
que fuera imposible error
pensar que en el mundo hubiese
quien diese celos al sol;
y, no dudando si puede
eso ser verdad o no,
lo sentiré por haceros
aquesa lisonja a vos.
Leonelo
¡Vive Dios, que he de buscar
a este granadino yo!
¡El cielo, Beatriz, os guarde!
¡Ay, don Félix, muerto voy!
Vanse.
Don Diego
Aparte
(Agora podré llegara hablar, empezando yo
a quejarme, que esta es
la estratagema mayor;
pues, si yo empiezo primero,
no le dejaré razón
con que ella pueda quejarse.
¡Ayude mi industria amor!)
Quien tan bien acompañada
hasta su casa llegó
no pensará que ha tardado,
pero quien aquí esperó
toda la tarde, adorando
los hierros dese balcón,
no podrá pensar que ha sido
menos que un siglo.
Beatriz
(¡Mejor
es esto! Inés, este hombre
pretende quitarme hoy
la luz al entendimiento
o al discurso la razón.)
¿Qué decís, señor don Diego,
don Dionís o lo que sois?
Si queréis volverme loca,
confieso que ya lo estoy.
Dejadme, por Dios, dejadme;
ved que muchas pruebas son
apurando un sufrimiento.
Don Diego
Pues ¿en qué os ofendo yo?
Si mi pensamiento altivo
merece vuestro rigor,
castigadme con desdenes,
pero con engaños no.
¿En qué os enoja un deseo?
¿En qué os agravia un amor
que sólo aspira a serviros?
Si mudanzas, Beatriz, son
que en vuestro pecho ha causado
la breve conversación
de don Félix, bien hacéis.
Inés
(Quejarse él es lo mejor.)
Beatriz
Pues si en este mismo instante
vengo de escuchar de vos
que a mí no me conocéis;
si vengo de oír que sois
don Diego y no don Dionís,
¿no queréis que sienta, no,
tantos engaños y enredos?
Don Diego
No os entiendo, ¡vive Dios!
¿Yo os he visto y os he hablado
en alguna parte hoy?
Enigmas son que no entiendo.
Vos habéis dicho que yo
quiero quitaros el juicio
¿y así con este temor,
ganándome por la mano,
queréis quitármele vos?
Inés
(¿No pensará quien le oyere
que él solo tiene razón?)
Beatriz
(¿Qué es lo que dices?)
Inés
(Señora,
que tan admirada estoy
de escuchar con cuántas veras
haberte visto negó
que me da a entender que aquí
hay alguna confusión
o por lo menos secreto
que no entendemos las dos,
que nadie negar pudiera
aquí y allí la razón
con tantas veras.)
Sale don Juan alborotado.
Don Juan
¡Jesús!
¿Aquí estáis?
Don Diego
¿Qué admiración
es esa?
Don Juan
Hame sucedido
una cosa que, por Dios,
que agora la estoy dudando.
Beatriz
¿Qué ha sido?
Don Juan
Palabra os doy
que en mi vida me he admirado
de cuanto he visto hasta hoy.
Pasaba por una calle,
cuando a la misma ocasión
un hombre la atravesaba,
a quien engañado yo
por don Dionís llegué a hablar;
tanto se le pareció
que no le desmiente el talle
ni el rostro y hasta en la voz
le parece y en el traje,
que como el día de hoy
están los precios tan caros
y todas las galas son
o bayeta o tafetán,
poco le diferenció.
El vestido que trae casi
es ese mismo que vos,
y tanto que si no hubiera
desta misma confusión
ejemplares en el mundo,
pues muchas veces se vio
parecerse un hombre a otro,
afirmara, ¡vive Dios!,
ser vos mismo.
Don Diego
Y eso mismo
sin duda le sucedió
también a Beatriz, pues piensa
que pude en otra ocasión
negar que la conocía.
Beatriz
Bien ensayados los dos
venís. ¿Cuánto estudio os cuesta,
don Juan, la tal relación?
¿Por tan necia me tenéis
que imaginasteis que yo
creyera tal?
Don Juan
Esto es cierto.
Inés
¿Pues no lo has creído?
Beatriz
No.
Inés
Yo sí, que he visto otra vez
mil que parecidos son.
Si no, dime: ¿con qué intento
estos dos nombres fingió
don Dionís? ¿Pudiera nadie
prevenir esta ocasión?
¿Sabía si eras amiga
de doña Clara o si no?
¿Sabía que había de hallarte
con ella en conversación?
No, pues no entrara, si fuera
el mismo. Demás que estoy
mirándole con cuidado
y agora me pareció
que el otro de aquesta tarde
era dos dedos mayor.
Don Juan
Sí; un poco era más robusto.
Don Diego
Beatriz lo advierte mejor;
mas ella quiere quejarse,
por que no me queje yo.
Beatriz
Pues ¿de qué podéis quejaros?
Don Diego
De ver a Félix con vos.
Beatriz
Es verdad, que como a Clara
vos no habéis hablado hoy,
podréis quejaros.
Don Diego
¿Quién es
esa Clara? Que, por Dios,
que no la conozco.
Inés
Mira
que ha sido, señora, error
de naturaleza.
Don Juan
Advierte
que a mí mismo me engañó.
Beatriz
Todos bien podéis decirme
que esto cabe en la razón,
que esto se ha visto otra vez,
mas no he de rendirme, no,
hasta que mis propios ojos
miren juntos a los dos.
Vase.
Inés
No habrá quien la desengañe,
que es mujer de su opinión,
aunque tan claro lo vea.
Don Juan
(Bien la traza sucedió.)
Don Diego
(¡Qué no intenta un hombre pobre
con ingenio y con amor!)
Vanse los dos por una puerta y por la otra se va a entrar Inés y la detiene don Félix.
Félix
Ventura notable fue
que agora pudiese hablarte,
Inés, y llegar a darte
esa vida que hoy se ve
en tus manos. Tuyo soy;
y en fe de que el alma mía
que ha de servirte confía,
esta sortija te doy,
que sólo un diamante della
docientos escudos vale,
porque no hay luz que le iguale.
¡Ojalá fuera una estrella!
Inés
Bien está siendo diamante,
que embarazada me viera
si mía una estrella fuera.
Félix
Dime: ¿quién es el amante,
Inés, por quien tu señora
vive y yo de celos muero?
Que, aunque sé que a un forastero
estima, quiere y adora,
no me he atrevido a creer
que así cegar se pudiese
y que a hombre tal se rindiese
tan presumida mujer.
Todo lo sé, mas no quiero
sino estar asegurado.
Inés
¡Qué gran gusto me ha quitado
quien te lo contó primero!
Pues tal condición me dio
el cielo que no quisiera
que otro ninguno supiera
los secretos sino yo,
por que otro ninguno fuese,
cuando secretos guardase,
quien a todos los contase,
quien a todos los dijese;
porque, aunque es santo, prometo,
el secreto singular,
yo nunca pude guardar
la fiesta de San Secreto.
¿Por que te le diga aquí
me das prendas lisonjeras,
cuando, por que me le oyeras,
yo te diera el alma a ti?
Que he estado enferma en la cama
muchas veces por no hallar
con quién poder descansar
murmurando de mi ama.
Anoche ese forastero
una cadena le dio
que en cien escudos ganó.
Félix
Ya vi la cadena.
Inés
Quiero
decir más: cómo esta tarde
vino de verle celosa
con otra dama y, dudosa
de si es él, se abrasa y arde
en celos.
Félix
Déjame a mí,
que también me abraso y ardo.
¿Qué es lo que espero? ¿Qué aguardo?
Si yo la cadena vi,
si de tu boca escuché
que, porque hablando le vio
con otra, tanto sintió;
si esto he visto, si esto sé,
¿por qué de mi necio amor
no agradezco el desengaño?
Mi remedio está en mi daño,
que no hay cura sin dolor.
Inés
Advierte, Félix, que estás
dando voces.
Félix
Pierdo el seso.
Déjame, Inés.
Inés
Según eso,
¿ya no quieres saber más?
Félix
¿Qué más, si esto me provoca?
Inés
¿Y es buen término empeñarme
en hablar para dejarme
con la palabra en la boca?
Pues no has de irte sin que diga
cuanto de mi ama sé,
porque lo que yo empecé
no es bien que otro lo prosiga,
porque es la murmuración
sarna empezada a rascar,
que no se puede dejar;
y así, señor, no es razón
que mis labios queden mudos.
Por que me oigas un instante,
toma, que sólo un diamante
vale docientos escudos.
Félix
Déjame, que ya no quiero
saber más. ¿Quién, sino yo,
curioso solicitó
contra sí el veneno fiero?
¿Quién, sino yo, desta suerte
pretendió su perdición?
Verdugos los celos son
que cobran el dar la muerte.
¡Oh, nunca yo hubiera oído
lo mismo que he deseado!
¡Oh, siempre hubiera ignorado
lo mismo que he pretendido!
Pues, si el que su pena sabe
muere y muere el que la ignora,
morir dudándola agora
fuera muerte más suave.
Cuando a un hombre en su fortuna
siguen dos contrarios fuertes,
por querer darle dos muertes
suelen no darle ninguna.
Si a mí el dudar o el saber
dos muertes me pueden dar,
quiero al saber y al dudar
por enemigos tener,
pues, cuando mi pena allanes,
sin ver si vivo o si muero
estaré como el acero
suspenso entre dos imanes.
Inés
¡Oh, nunca yo hubiera hablado!
Pero no será el disgusto
tan grande como fue el gusto
del haberlo publicado.
Vase Inés y sale Rodrigo.
Rodrigo
(¡Con qué linda industria vengo
prevenido para hacer
que Beatriz llegue a creer
cuanto imaginado tengo
cerca del galán de a dos
que la engaña y enamora!)
Félix
(Llegarele a hablar agora;
ya estoy resuelto.) Con vos
tengo que hablar, caballero,
una palabra no más,
y para aquesto detrás
de San Jerónimo espero.
Rodrigo
Vos venís muy engañado;
no soy yo el buscado, no,
porque no soy hombre yo
que detrás de nadie he hablado
en mi vida, sea el que fuere,
cuanto más detrás de un santo
que quiero y estimo tanto.
Lo que decirle quisiere
delante se lo diré;
a las espaldas jamás;
no han de decir que detrás
de San Jerónimo hablé.
Vuestras penas declaraldas;
no diga el santo, quejoso,
que por ser tan poderoso
le murmuro a las espaldas.
Félix
Puesto que queréis que aquí
hablemos, decid: ¿no fuisteis
vos el que anoche venisteis
a esta casa?
Rodrigo
Señor, sí,
y nunca hubiera venido...
Félix
(¿Hay más rigurosa pena?)
Rodrigo
...pues me costó una cadena
la visita!
Félix
(Cierto ha sido
mi temor: este es sin duda
el que sospechaba yo;
este es del que Inés habló;
ni la niega ni lo duda.)
Pues yo, caballero, soy
un hombre...
Rodrigo
Sed norabuena.
Félix
...que tiene de veros pena.
Rodrigo
Pues no verme.
Félix
Y tal estoy
de colérico que aquí
palabra me habéis de dar
de no entrar, de no pasar
por esta calle o aquí
hoy el uno de los dos
ha de morir.
Rodrigo
Si estuviera
en mi mano, yo lo hiciera,
con tal que fuérades vos;
pero yo tengo de entrar,
que no he de dejar perdida
mi hacienda.
Félix
Y yo con mi vida
así lo sabré estorbar. Empuña la espada.
Rodrigo
Detened, señor, la espada
y mirad que no es razón
con tan mínima ocasión
dejarla en sangre bañada.
Advertid que nuestra vida
es una y tan mal hallada
con nosotros que, enojada,
apenas ve una salida
cuando escapa por allí,
pues es decir, aunque viejo,
que es de ante nuestro pellejo:
como una breva le vi
pasarse, por que se advierta
ser frágiles; y así os doy
una y mil palabras hoy
de no llegar a esta puerta...
¿Qué es a esta puerta? A esta calle,
a este barrio, a este cuartel.
Palabra os doy, como fiel
católico, no se halle
escrito que me verán,
si esto vuestro amor desea,
en la parroquia, aunque sea
en la de San Sebastián,
que es bien grande.
Félix
Has procedido
como villano cobarde.
Rodrigo
Así moriré más tarde.
Félix
Pues otra palabra os pido.
Rodrigo
No hay cosa que ya no pueda
vuestro mando entre los dos,
pues no me pediréis vos
cosa que yo no os conceda.
Imaginad este día
todo cuanto vos queréis
y eso otorgo, que no habéis
de vencerme en cortesía.
Félix
Y cuando no, ciego y loco
yo lo hiciera hacer...
Rodrigo
Confieso
sí hiciérades, que por eso
no hemos de reñir tampoco.
Félix
...a estocadas.
Rodrigo
¿A estocadas?
Son favores y regalos,
porque yo pensé que a palos,
a coces y a bofetadas,
que espero, por que os asombre,
procediendo siempre ansí,
que no han de decir por mí:
“Aquí mataron a un hombre”,
sino “Aquí, como a un lebrel
–desta suerte han de decir–,
a un hombre hicieron huir;
rueguen al miedo por él”.
Tercera Jornada
Salen don Diego y doña Clara.
Don Diego
Por no topar un criado,
sin que os avisasen llego
hasta aquí.
Doña Clara
Señor don Diego
Osorio...
Don Diego
Aparte
(Bien lo he trazado).Doña Clara
Sabed que hoy tuve un recado
de Beatriz, la amiga mía
que aquí estuvo el otro día,
don Diego, en que me ha enviado,
para hacer otra, a pedir
que aquesta joya la envíe
y, para que no la fíe
de su criada, a decir
me envió que la llevaseis
vos mismo y que la hora es
aquesta tarde a las tres
para que en casa la hallaseis,
porque, si vos la lleváis,
no quede Inés enojada,
viendo que de mi criada
fío más.
Don Diego
Vos me mandáis
cosa que quien estimara
mi deseo no la hiciera,
pues celosa no quisiera
que a otra dama visitara.
La que no cela no diga
que quiere, porque el temor
es una sombra de amor.
Doña Clara
Yo soy de Beatriz amiga.
¿Qué he de temer y dudar?
Don Diego
El serlo Beatriz también,
que de la amiga es de quien
hay hoy menos que fiar.
Doña Clara
Por lo menos vos fiáis
de vos poco en la ocasión,
pues en mi satisfación
temor y recelo halláis.
Y huélgome de tener
ocasión en que la ausencia
hoy me sirva de experiencia
para tocar y saber
si tengo qué agradeceros,
que en la oposición del día
es la noche obscura y fría
y así quiero yo poneros
en la ocasión, por que diga
experiencia semejante
la fineza de un amante,
la falsedad de un amiga,
por que el rigor de mi estrella
hoy se conozca en los dos
viendo lo que tengo en vos
o lo que no tengo en ella.
Vase, y dale una joya, y sale Rodrigo.
Rodrigo
Dime si puedo llegar
a hablarte, señor, y puedo
darte dos recados.
Don Diego
¿Cúyos?
Rodrigo
Uno es mío y otro ajeno.
Don Diego
¿Y qué son?
Rodrigo
Empezaré
por el mío, que es muy necio
quien tiene propios negocios
y hace los de otro primero.
Yo, señor don Diego, digo
–que para mí eres don Diego–
que me hagas saber si soy
criado apócrifo, si tengo
cuerpo fantástico o si
soy mortal y como y bebo,
porque ya todos los días
en el filósofo leo
Nicomedes y a las noches
en el Concilio Niceno.
Esto es cuanto a mí; y en cuanto
al liberal huésped nuestro,
dice, señor don Dionís,
que nos vamos o paguemos.
Don Diego
¿Hay más de irnos y pagarle?
Rodrigo
¿Cómo ha de ser sin dineros?
Que ya pienso que espiraron
los pasados cuatrocientos.
Don Diego
Es verdad, pero ¿qué importa?
¿Faltará un arbitrio nuevo
para buscarlos?
Rodrigo
¿En quién,
si a todos debes?
Don Diego
Consejo
de mi padre: “Sé el que debes”,
me dijo, y soy el que debo.
Pero en los mismos que hoy
debo tanto hallar espero
más dineros.
Rodrigo
Pues ¿no quieres
que tengan de ti escarmiento?
Don Diego
¡Qué poco sabes! No hay banco
que esté más seguro y cierto
que aquel que una vez prestó,
pues por no perder aquello
prestado va dando más
sobre su mismo dinero.
Mas, por Dios, que nos ha visto
Inés hablando.
Sale Inés.
Rodrigo
(Mudemos
la plática.) La cadena
que vos me ganasteis tengo
de quitar aquesta noche.
Don Diego
Allí la tendréis.
Rodrigo
El cielo
os guarde.
Vase.
Inés
A grande ventura
haberos hallado tengo,
porque iba a vuestra posada
y ahorro del camino el medio.
Don Diego
Pues ¿qué me quieres, Inés?
Inés
Decidme antes: ¿qué era aquello
que ahora hablábades, señor,
con aquel grande embustero?
Don Diego
Yo no le conozco más
que aquella noche del juego.
Díjome que hoy llevaría
de la cadena el dinero.
Inés
¡Pluguiera a Dios que él hiciera
esa necedad! Que vengo
de la platería de ver
cuánto pesa y es muy cierto
que es falsa.
Don Diego
¿Qué dices?
Inés
Digo
lo que dicen los plateros.
Don Diego
¡No llegaras cuando estaba
aquí, que viven los cielos
qué le matara! No importa
el interés del dinero,
pues yo le enviaré a Beatriz
esos cien escudos luego,
sino el término. ¡Qué fácil
es de engañar, caso es cierto,
un hombre de bien! Inés,
di por dónde fue, que quiero
seguirle.
Inés
Escúchame agora,
que tiempo te queda luego.
Dice mi señora que hoy
a las tres...
Don Diego
(Aun peor es esto.)
Inés
...vayas a casa, que tiene
que hablarte, y que estés muy cierto
a las tres en punto.
Don Diego
Dile,
Inés, que sus manos beso
y iré muy alegre en ver
que su memoria merezco.
Inés
Quédate con Dios.
Don Diego
Quisiera
darte algo y no me atrevo
por no tener una joya
muy buena, mas te prometo...
Esto basta, porque soy
muy enemigo de aquellos
que prometen, porque al fin
da dos veces quien da luego.
Vete con Dios.
Inés
Y él te guarde,
que yo otra cosa no quiero.
(Ya no dormiré en mi vida,
pensando en qué será esto
que me ha de dar. Desta vez
salir de laceria pienso.)
Vase, y vuelve Rodrigo.
Rodrigo
Ya se fue. ¿De qué has quedado
tan elevado y suspenso?
Don Diego
¡Ay, Rodrigo!, dieron fin
mis esperanzas, cayeron
en tierra las presunciones
que levanté sobre el viento.
Beatriz supo más que yo;
hoy en ocasión me ha puesto
de donde con mis engaños
salir vencedor no puedo.
Para su casa me llama
hoy a las tres y ha dispuesto
su desengaño tan bien
que para esta hora ha hecho
que Clara me envíe a su casa
con una joya que llevo.
Si voy como don Dionís,
galán suyo, falto luego
como don Diego, galán
de Clara, y tendrá por cierto
ser uno solo. Si voy
con esta joya primero,
harele falta después,
que es el desengaño mesmo.
Aconséjame, Rodrigo.
Rodrigo
Si has de tomar mi consejo,
conténtate con la una
y sea Clara, pues sabemos
que es la que dineros tiene,
que entre el amor y el dinero,
si tuviera dos galanes,
Beatriz hiciera lo mesmo.
Don Diego
¿Cómo perderé a Beatriz,
si en ella la vida pierdo?
Rodrigo
Pues deja a Clara.
Don Diego
Eso no,
que aspiro a su casamiento.
Rodrigo
Pues cásate con entrambas,
aunque yo por cierto tengo
que has de quedar sin ninguna.
Sale don Juan.
Don Juan
Don Dionís, buscándoos vengo.
Don Diego
Pues, don Juan, ¿qué me mandáis?
Don Juan
Sabed que un hombre a quien debo
ochocientos reales hoy
me aprieta mucho por ellos.
Seis días me da de plazo
y, aunque es verdad que yo tengo
los cuatrocientos aquí
en plata, pediros quiero
que para cumplir con él
me deis otros cuatrocientos,
pues que tenéis una letra
de cuatro mil.
Don Diego
¿Para eso
era menester hacerme
prevenciones, siendo vuestro
todo cuanto fuere mío?
Que os los dé tened por cierto;
mas no podré hasta de hoy
en cuatro días, al tiempo
que la letra cumple. Aquí
está Rodrigo, que en esto
no me dejará mentir.
Rodrigo
Aparte
(Sí dejaré yo por cierto).Don Diego
Yo estaba diciendo agora
que estoy también sin dineros.
Lo que podremos hacer,
por que nos acomodemos
entrambos, es que me deis
agora esos cuatrocientos
que traéis, que a los seis días,
y antes mucho, yo me ofrezco,
don Juan, a que a vuestra casa
se os lleven los ochocientos.
Don Juan
Decís bien; veislos aquí
atados en este lienzo.
Rodrigo
(Diole con la camarguina.)
Don Diego
(Toma, Rodrigo, y con estos
paga al huésped, ve gastando
y no te aflijas tan presto,
que no desampara Dios
a nadie.)
Rodrigo
(Por fe lo tengo.
Pero, si en esta materia
desampara a alguno, creo
que es don Juan.)
Don Diego
(De aquí a seis días
hay un sinfin.) Ahora quiero
deciros, don Juan, que estoy
con un grande sentimiento.
Don Juan
¿Cómo?
Don Diego
Beatriz me ha citado
para dos partes a un tiempo.
Don Juan
Y ¿qué habéis de hacer?
Don Diego
No sé,
si bien prevenido tengo
un engaño que si sale
como le imagino, creo
que le habéis de celebrar.
Don Juan
Yo no imagino ni pienso
que haya industria para hacer
que un hombre en un mismo tiempo
esté en dos partes o en una
parte sola con dos cuerpos.
Don Diego
¿No habéis oído decir
que para todo hay remedio?
¿Vos tenéis un alguacil amigo?
Don Juan
Sí, muchos tengo.
Don Diego
Pues habéis de hacer que esté
esta tarde al mismo tiempo
que yo vaya a entrar en casa
de Beatriz. Yo os diré luego
para qué fin, cuando estéis
con él en la calle puesto.
Don Juan
Pues ¿qué se consigue así?
Don Diego
Lo que aquí os toca es poneros
en la calle y que esté en ella
el alguacil encubierto;
lo demás sabréis después.
Don Juan
Mirad, ¡unos pensamientos
los más notables tenéis!
¿Quién imaginara esto
sino vos? No vi en mi vida
tan sutil entendimiento.
Vase.
Rodrigo
Pues, aunque más le alabéis,
no veréis los cuatrocientos.
Don Diego
Ahora, Rodrigo, entra aquí
la cadena.
Rodrigo
¿Y a qué efeto?
Don Diego
Tú has de ir a su casa un poco
antes que yo.
Rodrigo
Yo no puedo
entrar en su casa.
Don Diego
¿Cómo?
Rodrigo
Como hay grande impedimento.
Don Diego
¿De qué suerte?
Rodrigo
Yo, señor,
soy liberal y no tengo
palabra mía.
Don Diego
Prosigue.
Rodrigo
Pidiómela un caballero
de que no entre en esa casa
y concedísela luego,
porque, como tengo dicho,
soy liberal en estremo.
Don Diego
Deja esas burlas y acaba,...
Rodrigo
¿Cómo acabar, si ahora empiezo?
Don Diego
...que has de ir en cas de Beatriz.
Rodrigo
¿Qué dirá la ley del duelo,
si yo rompo mi palabra,
sino que el tal caballero
me rompa a mí la cabeza?
Don Diego
Vamos. Irete diciendo
lo que has de hacer. Si esta vez
con arte y industria venzo
amor, ingenio y mujer
en la ocasión que me ha puesto,
no habrá que temer amor,
pues seguramente puedo
atreverme a conseguir
en dos divinos sujetos
belleza y hacienda, gusto
y interés, honra y provecho.
Vanse, y salen a la ventana Beatriz y Inés.
Beatriz
Inés, no me han sufrido
mis celos, que temores me previenen,
dejar de haber salido
a la ventana a ver si acaso vienen
don Dionís y don Diego,
que al templo así del desengaño llego.
Sale Rodrigo.
Rodrigo
(Bien sé que yo no puedo
escapar, cosa es clara,
con bien desta aventura; yo tomara
en paz de buen partido
media cabeza abierta. A la ventana
Beatriz está; atrevido
quiero llegar, pero de mala gana,
a empezar lo tratado.
¡Sáqueme Dios de cómico criado!)
Por que no penséis, señora
doña Beatriz, que, pasando
por esta calle y mirando
en esa reja al aurora,
puedo inadvertido yo
huir el rostro por no haber
hecho hasta agora traer
el dinero en que quedó
empeñada la cadena,
llego a hablaros; el intento
disculpe mi atrevimiento.
Beatriz
La disculpa fuera buena
a no haberse ya sabido
el engaño, caballero,
del oro; pero no quiero
que de mí hayáis presumido
que eso me pudo tener
quejosa. Lo que ahora os ruego
es que el puesto dejéis luego,
por,que no os acierte a ver
aquí el caballero a quien
se hizo entonces el engaño,
porque ningún hombre en daño
de su opinión sufre bien
demasías y no fuera
bien que a mi puerta os hallara,
donde de ofensa tan clara
satisfacerse quisiera,
que sé que os anda buscando
con sólo este fin, y así
os pido que os vais de aquí,
porque puede venir.
Rodrigo
Cuando
ese caballero venga,
sabré con cuerdas razones
dar tantas satisfaciones
que por disculpado tenga
el engaño y, si no fuere
bastante mi cortesía
y con mayor gallardía
satisfacerse quisiere,
sabré remitir, es llano,
culpa tan averiguada
desde la lengua a la espada,
desde la voz a la mano.
Y mal hicisteis, por Dios,
en decirme que me fuera,
si eso queréis, pues lo hiciera
a no mandármelo vos,
que amenazado no puedo
en todo hoy irme de aquí,
por que no penséis de mí
que puede ausentarme el miedo.
Venga ese galán; a ver
si ejecuta en mi presencia
cuanto os prometió en ausencia,
aunque me llega a tener
grande ventaja, si os ama
y le miráis esta tarde,
porque nadie fue cobarde
a los ojos de su dama.
Sale don Diego.
Don Diego
(Todo queda prevenido
para mi engaño feliz,
y estar agora Beatriz
aquí gran ventura ha sido.)
A mí el parabién me doy
de haberos topado aquí,
adonde sepáis de mí,
caballero...
Beatriz
(¡Muerta estoy!)
Don Diego
...que no estoy hecho a sufrir
–dejo aparte el interés–
sinrazón que ofensa es.
Beatriz
(Cuanto llegó a prevenir
mi temor ha sucedido.)
Inés
(Si riñen, no pienso dar
por un reino este lugar.)
Rodrigo
Vos, señor, habéis venido
en ocasión que, aunque yo
satisfaceros quisiera,
por mi opinión no lo hiciera,
porque ningún hombre dio
satisfación que se pide
delante de una mujer;
así ved cómo ha de ser.
Don Diego
Cuando igual en mí se mide
la razón y el valor, no
es justo que blasonéis,
ni quiero que vos me deis
satisfaciones que yo
puedo tomar. Perdonad,
Beatriz, si pierdo indiscreto
a vuestra casa el respeto.
La espada, hidalgo, sacad,
que desta suerte pretendo
castigar engaños, no
satisfacerlos.
Rodrigo
Y yo
desta suerte los defiendo.
Riñen.
Beatriz
(No me ha dejado el temor
aliento.)
Inés
(¡Qué gusto ofrece!)
Rodrigo
(Tira quedo, que parece
que va de veras, señor.)
Don Diego
Cobarde, así tu malicia
mi espada ha de castigar.
Rodrigo
(Eso es tirar a matar.)
Sale un alguacil y gente.
Alguacil
¡Favor aquí a la Justicia!
Rodrigo
(Lo que me toca es huir.)
¡Muerto soy! (Aquesto haré
muy propiamente, porque
tengo poco que fingir.)
Vase.
Alguacil
¡Deteneos al rey y dadme
la espada!
Don Diego
La espada no,
porque un hombre como yo
no la ha de entregar. Llevadme
con ella donde gustéis,
que yo no resisto aquí
el ir preso; sólo así
resisto que me llevéis
sin espada, pues es cierto
que yo no tengo de hacer
resistencia por haber
a un hombre tan bajo muerto.
Mi palabra bastará,
si digo que preso voy.
Vanse.
Beatriz
¡Ay, Inés, temblando estoy!
Baja y mira dónde va
preso don Dionís. ¡Ay, cielos!
Yo tuviera por mejor
que no hubiera hecho mi amor
esta esperiencia de celos.
Quítanse de la ventana y salen Félix y Leonelo.
Leonelo
¿Cuchilladas a la puerta
de Beatriz? ¿Qué puede ser?
Félix
Poco me da que temer el tener
por cosa cierta
que su galán no sería,
que es en estremo cobarde.
Leonelo
No hay hombre que no haga alarde
del esfuerzo y valentía,
cuando su dama le ve:
llenas están las historias
de mil sangrientas vitorias
que dio el amor.
Félix
Ya yo sé
que hay ejemplos diferentes
de muchos hombres famosos
que, siendo muy temerosos,
el amor hizo valientes.
Leonelo
Inés viene aquí y podrás
de ella saber lo que es.
Sale Inés con manto.
Félix
Dime por tu vida, Inés,
¿qué es esto?
Inés
Tú lo sabrás.
Don Dionís, el forastero
de quien otra vez hablé
contigo, no sé por qué
riñó con un caballero.
Llévanle preso y yo vengo
de seguirle a donde va
y supe que en casa está
de un alguacil.
Félix
Y yo tengo
mayor confusión de oír
tus razones. ¿Cuándo fue
cuando yo contigo hablé
de don Dionís?
Inés
¿Desmentir
quieres mi voz, siendo yo
quien por templar los rigores
de tus celos los amores
de don Dionís te contó?
¿Que esto olvidarse pudiese?
Félix
No lo olvidé, pero allí
otro galán entendí
que el favorecido fuese,
porque en la cadena yo
causa hallé de sospechar.
Inés
¿Y no la pudo ganar
quien a Beatriz se la dio?
Leonelo
De esa suerte ya es forzoso
que ardamos a un mismo fuego
yo celoso de don Diego,
vos de don Dionís celoso,
siendo cierto que uno ha sido
con dos nombres: yo le hablé
en casa de Clara.
Inés
Fue
un engaño en que han caído
muchas personas; al vellos
esa confusión padecen,
que en estremo se parecen,
tanto que no hay conocellos.
Leonelo
No me puedo yo engañar
tanto, Inés, que allí creyese
que don Dionís mismo fuese.
Inés
Pues ¿esto puede faltar,
si yo lo he visto y lo sé?
La verdad es la que digo.
Vase.
Félix
Ahora bien, veníos conmigo,
que, aunque esté preso, hoy sabré
quién es, pues de dos quejosos
juntos no se ha de escapar,
pues, cuando quiera negar
con engaños cautelosos
ser el que me ofende a mí,
no podrá negar que ha sido
el que a vos os ha ofendido;
y, convenciéndole así,
sabremos si es uno o dos,
riñendo, como advertís,
conmigo, si es don Dionís,
y si es don Diego, con vos.
Vanse. Salen Beatriz y Inés.
Beatriz
¿Dónde llevaron preso
a don Dionís, Inés? ¡Triste suceso
de mi fortuna escasa!
Inés
Yo les seguí, señora, hasta una casa
que me dijeron que era
del alguacil y en ella, aunque quisiera,
no pude hablalle o velle,
que pusieron cuidado en escondelle,
porque todos, señora, de una suerte
decían que dejaba hecha una muerte
y aun no faltó quien dijo
que él había visto al muerto.
Beatriz
Ya me aflijo
con mayor causa, ¡cielos!
¡Oh, nunca examinara yo mis celos!
¡Oh, nunca le dijera
que a tal hora a esta casa, Inés, viniera!
Pues su disgusto hubiera así escusado
y no me hubiera yo desengañado,
pues ya es hora y no viene
don Diego Osorio.
Inés
Dime tú, ¿quién tiene
el reloj tan atento
que un instante no mienta o un momento?
Las tres dieron agora;
aún no tarda.
Llaman y vase Inés y vuelve a salir con don Diego.
Beatriz
¿Llamaron?
Inés
Sí, señora;
tu desengaño tiene
efeto.
Beatriz
¿Cómo, Inés?
Inés
Don Diego viene.
Don Diego
(Hasta aquí felizmente ha sucedido,
pues preso me imagina y el vestido,
en algo disfrazado,
mejor color a mi fortuna ha dado.)
Beatriz
(Inés.)
Inés
(Señora.)
Beatriz
(¡Ay triste!
¿Don Dionís está preso?)
Inés
(Tú le viste
llevar.)
Beatriz
(Así es verdad; ya de otra suerte
hoy mi discurso la razón advierte,
pues que conozco, cuando a verle llego,
que aquél es don Dionís y éste don Diego.)
Don Diego
La bellísima Clara,
con cuya luz es la del sol avara,
Beatriz hermosa, os besa
la mano y obligada se confiesa
a su feliz fortuna
por pensar que la dio ocasión alguna
en que serviros pueda
y, en tanto que ella agradecida os queda,
esta joya os envía,
cuyos diamantes son hijos del día,
y dice que, si ha sido
la joya tan feliz que ha merecido
agradaros, no hagáis otra tan bella,
pues os podéis servir desde hoy con ella.
Beatriz
No sé qué responderos,
pues no sé lo que debo agradeceros:
o el haber vos venido
a honrar mi casa así o el haber sido
enviado de Clara;
pero, si en todo mi afición repara,
por todo os agradezco
esta dicha y honor que no merezco.
Inés
(¿Qué te parece?)
Beatriz
(Estoyle, Inés, mirando
de espacio y voyme así desengañando,
porque, aunque es parecido,
no tanto como había yo aprendido,
que este mil cosas tiene
en que con don Dionís no se conviene.)
Inés
(No fue la luz más clara.)
Beatriz
Y ¿cómo está, don Diego, doña Clara?
Don Diego
Para serviros tiene
salud. (Grandes recelos me previene
la atención al mirarme;
mucho haré, ¡vive Dios!, en no turbarme.)
Beatriz
Curiosidad es ésta, no cuidado.
¿Estáis de Clara muy enamorado?
Don Diego
¿Cómo negar pudiera
cosa que confesarla me estuviera
tan bien? Y a Clara quiero
con firme amor, constante y verdadero,
tanto, sin ser la lengua lisonjera,
como merece Clara que la quiera.
Con esto a decir llego
que es mucho.
Beatriz
Bien está, señor don Diego.
Inés
(¿De qué te has ofendido?
No es tu galán, aunque es su parecido.)
Beatriz
(Inés, ni estos desvelos
son mis celos; parécense a mis celos.)
Don Diego
Deste enojo el remedio es el ausencia.
Por no cansaros más, dadme licencia.
Beatriz
Vos la tenéis. Decid cuánto he estimado
a doña Clara tan galán criado,
que yo estimo la joya, aunque no aceto
tan generoso término y discreto;
y a vos os guarde el cielo.
Don Diego
Bésoos las manos. (Con mayor recelo
de mi visita queda;
no hay quien a una mujer burlar no pueda.
Damas las más discretas y entendidas,
críticas, presumidas,
las de más arte, ingenio, industria y maña,
quien no quiere engañaros no os engaña.)
Vase.
Inés
¿Ya cesaron tus enojos?
Beatriz
Pues ¿no habían de cesar,
si llego a considerar
cómo se engañan los ojos?
Sale Isabel.
¿Qué hay, Isabel?
Isabel
Mi señora
dice que, si quieres ir
hacia el Prado a divertir
tus pensamientos, que agora
ella vendrá por aquí
en el coche.
Beatriz
Di que espero
muy gustosa, porque quiero
contarla un caso que a mí
me ha sucedido.
Isabel
Pues luego
vendrá.
Beatriz
Dame, Inés, el manto,
que salimos deste encanto.
¡Válgate Dios por don Diego!
Vanse y salen don Félix y Leonelo y por otra parte don Diego, don Juan y Rodrigo.
Félix
En todo el lugar no ha habido
ni aun noticia de tal preso.
Leonelo
Yo no entiendo este suceso
cómo tan secreto ha sido.
Don Juan
En fin, sucedió muy bien.
Rodrigo
La parte que me tocó
lindamente fingí yo.
Félix
(¿No es aquel, Leonelo, a quien
vamos buscando yo y vos?)
Leonelo
(Sí, pues, como vos decís,
o don Diego o don Dionís,
mal del uno de los dos
puede escapar.)
Félix
(Pues yo llego
a hablalle; quedaos aquí,
que, si no me toca a mí,
podéis declararos luego.)
Caballero.
Llega a ellos y Rodrigo empuña la espada.
Rodrigo
Yo he cumplido
mi palabra y, ¡vive Dios!...
Félix
Ya no hablo, hidalgo, con vos,
ni ya esa palabra os pido.
Don Diego
Pues ¿con quién?
Félix
A vos, señor,
en el campo hablaros quiero.
Rodrigo
¿Es aqueste caballero
el infante vengador,
que temerario y terrible
a todos los desafía?
Así la guarda sería
de la puente de Mantible.
Don Diego
Pues guiad donde elegís
que os siga.
Vase.
Don Juan
Si venís vos
con este hidalgo, los dos
los sigamos.
Leonelo
Bien decís.
Vanse.
Rodrigo
¿Para qué? Con prometerle,
mientras su locura pasa,
de no entrar en esa casa,
podréis hoy satisfacerle
–como yo hice– vosotros,
mientras que con furia vana
desafíe a otros mañana
y se olvide de nosotros.
Vase. Salen con manto las cuatro mujeres.
Doña Clara
Di que se retire el coche
en tanto que aquí apartadas
con más libertad gozamos
de las lisonjas del aura.
Beatriz
Por lo menos no seremos
tan conocidas y agrada
más el campo, cuando en él
un rato se vive y anda.
Doña Clara
Aquí puedes proseguir
agora la comenzada
historia. ¿Que se parecen
nuestros galanes?
Beatriz
Con tanta
perfección que he presumido,
Clara amiga, que la sabia
naturaleza, perdiendo
las excelencias de varia
o olvidada de sí misma,
segunda vez se retrata,
copiando en uno y en otro
el ejemplar de una estampa.
Yo no lo creí hasta hoy,
que el verlos me desengaña
a uno preso y a otro libre,
que esta sola fue la causa
de decir que me enviases
aquella joya prestada.
Doña Clara
Cosas notables me cuentas.
Inés
Mucha gente viene.
Beatriz
Aguarda,
que hacia esta parte parece
que personas retiradas
se encaminan.
Doña Clara
Y entre ellos,
si la vista no me engaña,
viene don Diego.
Beatriz
Él será,
porque el otro cosa es clara
que está preso.
Doña Clara
Con él viene
Leonelo.
Beatriz
Y los acompaña
Félix y don Juan y el otro,
Inés, de las cuchilladas
desta tarde.
Inés
¿Cómo está
tan sano, si me afirmaban
muchos que quedaba muerto?
Beatriz
Pues no han venido sin causa.
Doña Clara
¿Qué haremos? Que, si nos ven,
no querrán decirnos nada.
Beatriz
Lo mejor es escondernos
detrás destas rotas tapias.
Vanse las damas.
Inés
Estéril poeta es este,
pues en un campo le falta
murta, jazmín y arrayán
para esconder unas damas.
Isabel
¿No ves que estamos detrás
de San Jerónimo y basta
que finja tapias? Y aun esas
plegue al cielo que las haya.
Vanse las criadas y salen los hombres.
Félix
Retírese agora el uno
de los dos que os acompañan
y quedaremos iguales.
Don Diego
Yo remito la ventaja.
Vuélvete, Rodrigo, tú
al lugar.
Rodrigo
De buena gana.
Aparte
(Con todo eso, desde aquítengo de ver en qué para.)
Félix
Agora, para saber
con quién riño, pues se hallan
en vos uno de dos hombres,
decid quién sois.
Don Diego
Temeraria
acción ha sido sacarme
al campo, con ignorancia
dudando. Si no sabéis
quién yo soy, ¿cómo con tanta
satisfación me llamasteis?
Yo soy el que soy y basta
haber al campo salido
para reñir.
Félix
Tengo causa,
siendo cualquiera persona
de las dos que finges, para
hacer esto y así quiero
saber cuál sois.
Don Diego
Porque haga
mi lengua agora y después
mi acero igual la venganza,
digo que yo soy don Diego
Osorio y soy de Granada.
Leonelo
Pues a mí me toca agora
el reñir. Félix, aparta.
Yo soy quien habrá dos años
que he servido a doña Clara
y, siendo don Diego vos,
como vos decís, me agravia
vuestra pretensión y así
viene a ser mía esta causa.
Don Diego
Pues escuchadme, supuesto
que habéis querido que haga
esta prevención, que luego
dirán lo demás las armas:
vine de Granada aquí
por disgustos que disfrazan
mi nombre; esta es la razón
por que en la corte me llaman
comúnmente don Dionís
Vela.
Félix
Pues, Leonelo, aparta,
porque siendo don Dionís,
viene a ser mía esta causa.
Don Diego
Escuchadme, pues, los dos,
de una vez, dejando tantas
disensiones hasta que
diga verdades más claras,
porque un hombre principal
puede mentir con las damas
–que engañarlas con industria
es más buen gusto que infamia
y los mayores señores
lo suelen tener por gala–
pero con los hombres no;
y así agora en la campaña
digo que soy don Dionís
y don Diego y que con trazas
de hombre pobre he pretendido
juntas a Beatriz y a Clara,
a esta por su hacienda, a aquella
por su hermosura y su gracia;
si bien con tanto respeto
a las dos que mi esperanza
no se atrevió ni aun a solo
un átomo de su fama.
Abreviad quién ha de ser
quien antes se satisfaga
de mí, pues tengo a las dos
quejosas, que aquí os aguarda
el valor que ya remito
desde la lengua a la espada.
Félix
Yo seré el primero que
castigue vuestra arrogancia.
Leonelo
Eso no, que yo he de ser.
Sale Beatriz y su criada.
Beatriz
Aparta, Félix; aparta,
Leonelo, porque también
viene a ser mía esta causa.
Yo, don Félix, he de ser
quien antes se satisfaga,
pues me trujo mi ventura
adonde desengañada
premio tu amor con mi mano
y castigo su ignorancia,
para que vea cuán poco
le aprovecharon sus trazas
y cuente de aquesta suerte,
cuando se vuelva a Granada,
si el engañar a mujeres
se tiene en Madrid por gala.
Félix
Leonelo, reñid agora
vos; libre está la campaña,
que ya yo estoy satisfecho
de mis celos y mis ansias.
Vanse de las manos Félix, y Beatriz.
Don Diego
Por lo menos, si he perdido
su hermosura soberana,
las esperanzas me quedan
de no haber perdido en Clara
la riqueza.
Leonelo
Yo, que estimo
más su virtud y su fama,
lo estorbaré.
Sale Clara y su criada.
Doña Clara
Ahora me toca
a mí el defender mi causa,
por que veáis que no son
más seguras esperanzas.
Esta es, Leonelo, mi mano,
que a vuestro amor obligada
debo toda esta fineza.
Ved si el mentir con las damas
y engañarlas con ingenio
es más buen gusto que infamia.
Leonelo
Si es forzoso que el efeto
cese en cesando la causa,
mi desafío acabó;
libre os queda la campaña.
Vanse los dos.
Don Juan
Corrido estoy, ¡vive Dios!,
de considerar que haya
valido yo sus engaños,
siendo tantos que me alcanzan
a mí también; hasta agora
no conocí mi ignorancia.
Vase, y sale Rodrigo.
Rodrigo
¡Buenos habemos quedado!
Aquí no hay otra esperanza
ni otro remedio, señor,
sino el de sacar las dagas
y los dos desesperados
andar a las puñaladas.
¿De qué nos habrá servido
ser el hombre pobre trazas,
si al fin te dejamos todos?
Vase.
Don Diego
De mucho, si en ellas halla
desengaños el que es cuerdo,
mirando en mí castigadas
estas costumbres, por que
escarmentando en mis faltas,
perdonen las del autor,
que con mayor esperanza
hoy a serviros empieza
donde la comedia acaba.
- Holder of rights
- Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach
- Citation Suggestion for this Object
- TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. El hombre pobre todo es trazas. El hombre pobre todo es trazas. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbh4.0