La Puente De Mantible
Comedia Famosa
Personas que hablan en ella:
- Fierabrás.
- Irene.
- Brutamonte.
- Moros y franceses.
- Oliveros.
- Ricarte de Normandía.
- Carlo Magno.
- Floripes.
- Arminda.
- Galafre, gigante.
- Guido de Borgoña.
- Roldán.
- El infante Guarinos.
- Guarín, gracioso.
Primera Jornada
Salen Guido y Oliveros de franceses galanes, con bandas en los rostros; Fierabrás y moros, deteniéndole; Floripes, Irene y Arminda, turcas. Suenan cajas y trompetas.
Guido
¡Solo el valor merece
de mi brazo esta banda! Si os parece,
bizarros caballeros,
que la podéis cobrar, sean los aceros
árbitros del valor en la campaña.
Floripes
¡Ay de mí!
Irene
¡Gran valor!
Arminda
¡Desdicha estraña!
Fierabrás
¿Qué es esto? ¿En mi presencia
osáis tomar tan bárbara licencia?
Quién sois saber espero.
Guido
No esperes saber más que un caballero
a quien veloz la fama
con los aplausos destas fiestas llama.
A verlas he venido;
impórtame volver desconocido;
por eso no te asombre
que encubra en tu presencia traje y nombre.
Pero, si alguno quiere
cobrar la banda y a esto se prefiere,
venga al campo por ella:
conocerame al ver que cruza y sella
la esfera de mi escudo,
si ya por astro celestial no dudo
que la cobren los cielos
y entre líneas, coluros, paralelos,
la fijen por estrella
como despojos de Floripes bella.
Vase.
Fierabrás
¡Yo he de saber quién eres!
Oliveros
Menos que a mucho riesgo no lo esperes,
que a costa de mi vida
ha de volver la suya defendida.
Fierabrás
¡No le mates, detente!
Tu talle y tu valor, joven valiente,
de suerte me aficiona,
viendo arriesgar a tanto tu persona
por librar a un amigo,
que quiero de piedad usar contigo,
caso tan prodigioso
que es la primera vez que soy piadoso.
Di quién eres, a efeto
de estimar tu valor, y te prometo
desde luego la vida.
Oliveros
Ya que miro la suya defendida,
pues un bruto veloz y el pensamiento
van corriendo parejas en el viento,
decirte quién es quiero,
por si acaso algún noble caballero
que honor y fama adquiere
satisfacerte deste agravio quiere.
Aquel, pues, valeroso
joven que al mismo Amor tiene envidioso,
de perfecciones lleno
—perdone aquí la envidia su veneno;
la traición, su ponzoña—,
es el ilustre Guido de Borgoña,
que, en la redonda mesa
valiente paladín, la ley profesa
de la caballería,
esmalte del valor y bizarría.
Hoy, pues, que nuestro rey te ha concedido
las treguas que has pedido
a efetos venturosos
de celebrar los años generosos
de tu Floripes bella,
que fue del cielo flor, del campo estrella,
del orbe sol divino,
hasta tu campo el de Borgoña vino
con intención estraña
de ejecutar alguna ilustre hazaña
acompañado solo de su acero,
porque yo no soy más que un escudero,
que no quiero engañarte
por adquirir en sus aplausos parte.
Es mi nombre Guarín y en el seguro
de tu palabra ya volver procuro
hasta el francés ejército, que es tarde.
El cielo, Fierabrás, tu vida guarde.
Vase.
Fierabrás
¡No le siga ninguno de mi gente,
que a mí toca no más!
Floripes
¡Señor, detente!
Fierabrás
Por la boca —¡apartad!— y por los ojos
iras vierto y enojos,
porque es a mi despecho
un Etna el corazón, Volcán el pecho.
Y, aunque el Cáucaso fueras
que al Nilo de mi furia te opusieras,
sierpe de siete bocas
que vuelve atrás los montes y las rocas,
mi curso no estorbaras
ni el paso a tanta furia sujetaras.
Ya Fierabrás te sigue, ¡oh, rabia fiera!
¡Aguarda, Guido de Borgoña! ¡Espera!
Vase.
Floripes
¡Ay de mí! ¡Qué mal hice
en dejalle partir! ¡Soy infelice!
Irene
¿Agora desconfías?
Tú, gallarda Floripes, que tenías
por festivas acciones
ver en campaña armados escuadrones,
juzgando más hermosas
las flores y las rosas
por la púrpura humana
que por las listas de carmín y grana,
¿hoy por un desafío
humillas la altivez, postras el brío?
Tú, que altiva te igualas
a competir a la deidad de Palas
y en ejércitos vienes
donde más gusto que en la corte tienes
porque su horrible salva
son para ti los pájaros del alba,
¿a una lid solamente
sujetas el espíritu valiente?
Tú, que monte de acero
fuiste tal vez, cuando al albor primero
más sangre que rocío
bebieron las campañas del estío,
¿melancólica y triste,
a un trance de armas el valor rendiste?
Más causa es que parece.
Floripes
Dices bien; y, supuesto que se ofrece
ocasión en que pueda
deciros mi temor, porque conceda
treguas al sentimiento,
prestad dos atenciones a un acento.
Ya sabéis que de Balán,
el almirante feliz
de África, el rey soberano
de Alejandría, el cadí
de Berbería, el soldán
de Persia, de Egipto el cid,
morabito y gran señor
de Jerusalén, nací
hija segunda y hermana
de Fierabrás el gentil.
No fue poca admiración
en dos hermanos medir
la naturaleza tantas
distancias; mas, si advertís
que en los campos del aurora
son líneas de oro y carmín
las que en el ocaso sombras
de esmeralda y de rubí;
si advertís que de una planta
y casi de una raíz
nace el romero y la adelfa,
el clavel y el alhelí,
que partos de un año mismo
son las pompas del abril
y las ruinas del enero,
que del salado viril
son aborto concha y perla,
y que saben imprimir
dioses y fieras las puntas
de un pincel y de un buril,
no es mucho que de una causa
—calle la modestia aquí—
naciésemos para ser
él ocaso, yo cenit;
él adelfa, yo clavel;
él la sombra, yo el matiz;
él la concha, yo la perla;
él enero y yo el abril.
Solo lo que nos ha hecho
hermanos fue el varonil
espíritu, el corazón
de que adornada me vi.
Siempre a su lado me hallastes,
siendo en una y otra lid
trofeo de sus vitorias;
rayo no, cometa sí.
El corcel menos domado,
el polaco más cerril
que a la obediencia del freno
jamás dobló la cerviz,
si su espalda ocupo, pierde
la ferocidad gentil,
sin más freno y sin más rienda
que un cabello de la clin.
Las músicas y alegrías
más sonoras para mí
son lo horrible de la caja,
son lo dulce del clarín.
Mas ¿por qué blasono tanto
si en efeto he de decir
sentimientos que a mí misma
largo tiempo me encubrí?
Si bien es grande disculpa
que no me pudo rendir
menos que un dios: si es Amor,
fácil está de advertir,
porque es una llama fácil,
porque es un rayo sutil,
que en lo más rebelde siempre
va anhelando por herir.
Dígalo en mí su soberbia,
dígalo su fuerza en mí,
pues, por juzgarme imposible
vitoria, con más ardid,
con más poder, con más fuerza
flechó al arco de marfil
arpones de dos en dos
y plumas de mil en mil.
Ya dije, en fin, que el amor
me rindió; ya dije, en fin,
que quise bien; pues empiecen
mis sucesos desde aquí.
El almirante, mi padre,
que en doseles de zafir
al lado de Marte asiste,
envidioso que la lis
francesa se coronase
de la diadema feliz
que los laureles del Tíber
ciñen en yelmos de Ofir,
y codicioso también
de igualar y competir
esta dignidad, salió
del África a conseguir
sus aplausos, deseoso
que la gran emperatriz
del orbe le coronase
por su rey. Con él salí
a ser parte en sus vitorias;
mejor pudiera decir
a ser todo en mis desdichas,
pues, queriendo resistir
Carlo Magno sus intentos,
le esperaba en el confín
de aquesta parte de Italia,
donde ese olimpo gentil,
bata de esmeralda y flores,
tiene por espejo al Rin.
Tenía Carlos consigo
cuantos de su sangre oís
que son asombro del mundo,
tan iguales entre sí
que a tabla redonda comen,
y ejércitos que medir
pudieran al sol los rayos,
pues, para sustituir
sus luces, no deja tantas
estrellas, cuando al nadir
se despeña, como arneses
tuvo el monte sobre sí.
El emperador, queriendo
con mi padre conferir
sus intentos, le envió
un embajador: ¡aquí
empezaron mis desdichas!
Estaba yo en un jardín
alojada, y desde un verde
mirador el campo vi,
y en él un monte eminente
que, acercándose hacia mí,
del campo francés venía.
¡Quién —retórica sutil—
el caballo y caballero
os supiera describir!
Era el bruto un cisne hermoso:
a pesar de una terliz
encarnada, tan de nieve
que la espuma que escupir
le hizo el freno parecía
blancos copos que de sí
iban cayendo; la cola
y guedejas, que al partir
veloz el viento rizaba,
eran hebras de marfil;
y, como el cuerpo era nieve
y ellas ondas, presumí
que por la clin y la cola
se empezaba a derretir.
El valiente campión,
el generoso adalid,
el gallardo caballero,
el ilustre paladín,
sobre arnés blanco traía
de un encarnado tabí
un aljuba y a los visos
del sol os puedo decir
que vi bajar por la selva
todo un orbe de rubí,
todo un globo de escarlata,
todo un cielo de carmín,
nadando en golfos de flores
un escollo carmesí.
Dicen que la garza hermosa,
rayo de pluma que herir
se atreve al sol, cuando mira
el halcón noble o baharí
que la sigue, reconoce
con temor cobarde y vil
el pájaro a cuyas manos
ha de parar o morir;
yo, en viendo a este caballero,
me turbé, temblé y temí,
porque sin duda ha de ser
de tanta garza el neblí.
Llegó de paz al real,
y algunos días que allí,
embajador, se entretuvo
en uno y otro festín,
creció amor comunicado,
que, aunque el ver suelen decir
que es el que enamora más,
más enamora el oír.
Murió mi padre a este tiempo,
y en este tiempo, ¡ay de mí!,
mi hermano y Carlos trataron
que fuese árbitro la lid,
que fuese juez el acero
de su pretensión; y así,
vuelto al ejército luego
este Eneas paladín,
el ejército africano
empezó a vencer en mí,
pues que me dejó sin vida:
¡mirad qué hazaña tan vil!
Desde entonces dél no supe,
desde entonces no le vi,
hasta hoy que disfrazado
entró al trágico festín
que mis años celebraba.
Aquel que visteis aquí
tan galán como valiente;
aquel que se arrojó a asir
el cendal que de mis manos
cayó al suelo; aquel, en fin,
que volvió con trofeos míos
es del alemán país
príncipe augusto: Borgoña
le dio la sangre feliz
de Austria. Mirad, pues, si tengo
ocasión para sentir
este duelo, este rigor,
esta contienda, esta lid,
esta pasión, esta furia,
cuando, confusa entre mí,
cobardes mis pensamientos
traen una guerra civil
y ha de morir mi deseo
o mi amor ha de morir,
pues que mi hermano o mi amante
hoy tendrán trágico fin.
Mas dadme un caballo presto,
que, si puedo, he de impedir
la batalla. No replique
ninguna; todas venid.
Amor, dos veces me llevas:
¡duélete alguna de mí!
Vanse, y sale Guarín, soldado.
Guarín
El que quisiere tener
nombre en el mundo famoso
alábese, que es forzoso
para darse a conocer.
Yo, pues, con tal desengaño
alabarme a voces quiero,
porque una gran dicha espero
que me ha de dar este engaño.
En una batalla un día
un gran capitán murió
y, retirándole yo
por ver si acaso tendría
cualque cosa de provecho,
el hato desvalijé
y estos papeles hallé
abrigados en su pecho:
firmas son de sus hazañas.
Yo, que hacer ninguna espero,
que no soy nada hazañero,
valiéndome de mis mañas,
mi nombre he puesto en lugar
del suyo muy sutilmente
y, hipócrita de valiente,
al mundo pienso engañar.
Hoy que Guido, mi señor,
del campo ausente se ve,
sin que me riña, podré
darlos al emperador.
Salen, con cajas, el emperador, Roldán, Guarinos, Ricarte y soldados.
Roldán
Con las treguas destos días
desvanecido se ve
el ejército, porque
las galas y bizarrías
son, sobre blancos aceros,
escarchas sobre claveles.
Emperador
Buenos están los cuarteles
de mis nobles caballeros.
Infante
Los pares son los varones
más claros y singulares.
Guarín
¿No tendrán entre esos pares
su lugar algunos nones
para atreverse a besar
tus pies en esta ocasión?
Emperador
¿Quién sois?
Guarín
Un soldado non,
añadidura de un par.
Escudero soy leal
de Gui de Borgoña, pero
no soy venial escudero,
sino escudero mortal.
Estos papeles dirán
si soy o no soy Guarín,
ni follón ni malandrín.
Emperador
Mostrad a ver.
Guarín
(Buenos van
mis intentos, fortunilla:
si estas máquinas consigo,
no se me da de ti un higo).
Emperador
Mucho el ver me maravilla
tantos hechos sin haber
tenido noticia dellos.
Guarín
Soy recatado en hacellos.
Emperador
Lo que he podido leer
en la certificación
primera que aquí me disteis
es, Guarín, cómo perdisteis
un brazo en cierta ocasión,
y gran maravilla es
veros con los dos aquí.
Guarín
Es verdad que le perdí,
mas tornele a hallar después.
Emperador
Pues ¿qué importa habelle hallado
después de habelle perdido?
Guarín
(¡Vive Dios que me ha cogido!).
Pues ¿no pude haber sanado?
Emperador
¿Cómo?
Guarín
(Ese es mucho apretar).
A una imagen me consagro
y pegose por milagro.
(Aquí no hay qué replicar).
Emperador
Dice aquí, Guarín, que un día
reñisteis con Fierabrás.
Guarín
¿Un día dice, no más?
¡Qué corta es la dicha mía!
Veinte batallas campales
son, señor, las que me vi
con él, y diez le vencí.
Emperador
Si son vuestros hechos tales,
¿cómo, de tantos, un día
vencido no le prendistes
y a mi campo le trujistes?
Guarín
Vencíale en cortesía.
Mas yo sé que, si él viniera
aquí, que él te confesara
esta verdad cara a cara
y que mis hechos dijera.
Emperador
¿Dónde está vuestro señor,
Guido de Borgoña?
Guarín
Fue
al campo contrario.
Emperador
¿A qué?
Guarín
A ganar fama y honor.
Emperador
Pues, habiendo yo mandado
que nadie salga de aquí,
¿Guido de Borgoña así
mi precepto ha quebrantado?
¡Digno castigo merece
tan notable atrevimiento!
Roldán
Su juvenil ardimiento
poca sujeción padece.
Sale Guido y Oliveros.
Oliveros
Como os he dicho, tomé
nombre de vuestro escudero,
que parte, Guido, no quiero
en esta hazaña.
Guido
¿Por qué?
Oliveros
Con las treguas están llenos
sus pechos de iras y sañas,
anhelando por hazañas.
Guido
¿Si nos habrá echado menos
el emperador?
Oliveros
No habrá,
pues hemos llegado, en fin,
a tan buen tiempo.
Guido
Guarín
hablando con él está.
¿Si habrá dicho dónde fuimos?
Oliveros
¿Tal de Guarín presumís?
Emperador
¿De dónde bueno venís?
Guido
Los dos, gran señor, venimos
de hacer mal a dos caballos
de alma y aliento español,
que para su carro el sol
con razón puede envidiallos.
En su escuela divertido,
llego a saludar tan tarde
tu vida, que el cielo guarde.
Emperador
Más la disculpa he sentido
que la culpa que tenéis,
pues con lo que me decís
error a error añadís.
Guido
Señor...
Emperador
No, no os disculpéis.
Roldán.
Roldán
Señor.
Emperador
Llevad vos
luego a vuestro primo preso
a su tienda. (Si este exceso
no castigo, ¡vive Dios
que no haya francés que luego
al ejército no vaya,
y importa que estén a raya
con su ejemplo!).
Roldán
(Pues yo llego
a prenderos, presumid
que aqueste partido escojo
mientras se pasa el enojo
del césar). Primo, venid.
Guido
Yo obedezco. (Por ti ha sido
todo cuanto me ha pasado.
Guarín
Si importaba haber callado,
hubiérasme prevenido;
mas, cuando el daño ha de ser,
no hay prevención acertada).
Vase Guido.
Oliveros
(De mí no le ha dicho nada,
pues no me manda prender).
Ricarte
(Por Guido quiero pedir.)
Advierte, señor, que ha sido
valor el que le ha movido
hoy a tu sobrino a ir
al campo de Fierabrás.
Oliveros
¡Cese tu enojo, por Dios!
Emperador
No pidáis por nadie vos.
Infante
Advierte, señor...
Emperador
¡No más,
que bien está!
Dentro Fierabrás.
Fierabrás
¡Oh, cuán veloces,
viles cristianos, venís!
¿Tanto de mi vista huís
que no os alcanzan mis voces?
Roldán
¿Qué es esto?
Fierabrás
¡Esperad, que no
dan la gloria al que la intenta,
si después no la sustenta!
Emperador
¿Quién da aquestas voces?
Sale Fierabrás.
Fierabrás
Yo.
Yo, Carlos. Y bien debieras
conocer por lo sonoro
del trueno el rayo que fue
de tanto escándalo aborto;
bien pudieras inferir
por la voz del eco sordo
qué monte la concibió
entre sus cóncavos hondos;
bien en la región del viento
discurrir qué terremoto
tierra, dentro de la cosmología de la
se levantó por las ruinas
que dan espanto y asombro;
y bien conocer debieras
por la tormenta qué noto
respiró, pues me ha temido,
cuando estas razones formo,
cuando estos suspiros lanzo,
cuando estas voces arrojo,
ira el fuego, rayo el viento,
furia el mundo, el mar asombro,
caducando de temor
mar, cielos, tierra y escollos.
No te admirarás de verme,
que un pecho, Carlos, heroico
o tarde o nunca le debe
admiración a sus ojos.
A tu ejército he llegado
en seguimiento forzoso
de un gallardo paladín,
aunque en vano me dispongo
a alcanzallo, que me lleva
gran ventaja, cuando noto
que él huye y que yo le sigo,
y así él vuela cuando corro.
Llegó a mi campo y volvió
coronado de despojos,
mas, si bien sabe ganallos,
bien sabe ponerse en cobro.
¿Qué opinión me añadirá
haber llegado animoso
hasta aquí, si ahora cobarde
en un caballo me pongo
y a espaldas vueltas me vuelvo?
Él, así, atrevido y loco,
a mi ejército llegó,
pero, apenas le conozco
estranjero, cuando, puesto
en un caballo brioso,
que por gozar dos especies
de viento y rayo era monstruo,
huyó de mí tan veloz
que, hecho una esfera, hecho un globo,
él y el caballo formaron
pardas nubes de humo y polvo
en que esconderse. Mas yo,
que a más riesgos me dispongo,
no he de volverme de aquí
si no es que primero cobro
una banda de Floripes,
beldad que bárbaro adoro,
sol que sacrílego sigo
y luz que sola conozco.
Guido de Borgoña es
a quien sigo y a quien nombro
por adalid deste duelo:
salga, pues, y los dos solos
cuerpo a cuerpo desmintamos
tantos cobardes estorbos.
Emperador soberano
eres; de tus leyes oigo
que no sabes negar campo
a quien le pide animoso.
También de tus paladines
sé que no viven famosos
mientras retirados viven,
y que hasta cinco es forzoso
esperar en la estacada.
Pues si esto, Carlos, no ignoro,
no puedes negar a Guido
el campo a que le dispongo,
la batalla a que le incito,
el duelo a que le provoco
y la empresa a que le llamo.
Salga, pues, y verán todos
que esa banda, ese cendal,
que es iris de plata y oro,
o le compro con mi vida
o con mi acero le compro,
porque pienso en su demanda
hacer que este valle hermoso
con los cadáveres sea
un bárbaro promontorio,
tanto que el sol al nacer,
viendo monte el que era soto,
piense que ha errado el camino
de sus celestiales tornos;
las flores se han de mirar
en los humanos arroyos
de sangre y estos humildes
céspedes que piso y toco,
compitiendo los claveles,
tendrán desdichas a logro,
pues, a pesar del aurora,
que con lágrimas y soplos
quiso que naciesen verdes,
querré yo que mueran rojos.
Emperador
Grande rey de Alejandría,
a cuyo valor heroico
es poca voz una fama
y un clarín aplauso poco,
Guido de Borgoña es
caballero tan brioso
que ya estuviera en el campo
lleno de saña y de enojo
esperándote si oyera
tus arrogancias y oprobrios.
No puede, porque está preso,
y quien supo argüir el modo
de nuestra caballería
también sabrá que es forzoso
que excepte presos y heridos
el retador generoso.
Vete en paz, que, estando libre,
el campo aplazado otorgo.
Fierabrás
Si está preso, que haya hecho
algún delito es forzoso,
y, así, dale por sentencia
que salga al campo. Yo oigo
que los antiguos romanos
a lidiar fieras al coso
condenaban a los presos:
usa de esa ley piadoso
y, si has de echarle a las fieras,
echármele a mí es lo propio,
y, si él no puede salir
por esa causa que ignoro,
amigos y deudos tiene:
salga con su nombre otro.
Roldán
Ninguno, bárbaro rey,
te ha escuchado de nosotros
que ya no hubiera salido
si fuera el peligro honroso,
que, cuando uno de otra ley
nos reta en común a todos,
todos por salir tenemos
civiles guerras y enojos,
tanto que tal vez quisimos
matarnos unos a otros
para que después saliera
el que se quedara solo.
Hoy no ha llegado este caso,
porque tú, soberbio y loco,
nombras uno, y no es razón
quitalle a aquel el famoso
vencimiento, porque ya
le juzgamos por notorio:
entre nosotros guardamos
este respeto y decoro,
y, así, ninguno ha salido.
Vete, pues, vanaglorioso
de ser el hombre primero
que ha dado a Roldán enojos
y vive un instante más.
Fierabrás
¡Bien sabéis guardaros todos!
¡Mas yo no pienso volverme
sin que algún hecho famoso
me despique de una injuria
que he recebido a mis ojos!
Y, pues ningún paladín
ha de salir, yo depongo
el ser rey de Alejandría,
del Cáucaso hasta el Peloro
señor; depongo que sea
mi vasallo aquel ruidoso
hipogrifo de cristal
que nace en su cuna sordo
y espira por siete bocas
con escándalo y asombro;
depongo el ser mi vasallo
el fénix, pájaro solo
que ascua, ceniza, gusano,
sacrificio, aroma y voto,
en cuna de calambuco,
en tumba de cinamomo,
nace y vive, dura y muere,
hijo y padre de sí propio;
depongo el ser de Mantible
alcaide, edificio honroso
que el río del Agua Verde
sustenta sobre sus hombros,
y bajándome a ser hombre
humilde y vil, reto y nombro
a un escudero de Guido,
porque su valor conozco.
Guarín se llama, y, pues fue
parte en mi agravio y enojo,
lo ha de ser en mi venganza
cuando yo me humillo y postro
a ser un soldado humilde,
que, aunque sea triunfo corto
una vida, de una vida
he de volver vitorioso.
No hay escusas para esto,
y, así, verás que no torno
huyendo. Salga Guarín
donde tan menudos trozos
le haré que, esparcido al viento,
no cause al sol más estorbo
que los átomos, que son
jeroglíficos del ocio.
Vase.
Guarín
(¡Y lo hará como lo dice!
¿Cuál Bercebú, cuál demonio
se le revistió en el cuerpo?
Él viene borracho o loco.
¡Yo retado, yo retado!).
Emperador
Guarín, agora conozco
quién sois y, pues vuestra fama
llegó a los climas remotos
del África...
Guarín
No, señor,
que hay más Guarines.
Emperador
...vos propio
dijisteis que, si viniera
Fierabrás, dijera cómo
sois valeroso soldado.
Guarín
¡Soy un puto, soy un tonto!
Emperador
Yo os armaré caballero.
Cuando volváis venturoso
empezad vuestro linaje.
Vase el emperador y Ricarte.
Guarín
(¡Que haya en esta vida bobos
que mueran por dejar fama
a sus nietos y a sus choznos!
¡Yo retado, yo retado!).
Roldán
Vos me dejáis envidioso.
Vase.
Guarín
Pues tomaldo por el tanto.
Infante
Idos a armar, que es forzoso
salir.
Vase.
Guarín
¿Ello va de veras
o todos me dan un como?
Oliveros
Yo quiero armaros. Venid
conmigo a mi tienda.
Guarín
Al rollo fuera mejor.
Oliveros
No temáis,
que yo os sacaré de todo,
pues yo en todo os he metido.
Vase.
Guarín
¿Tú, Guarín, menudos trozos?
Ya fuera dicha algún tanto,
algún tinto o algún tonto
si, como dijo menudos,
hubiera dicho mondongos.
Vase. Salen Floripes y Irene con espadas y arcos y flechas.
Irene
¿No le pudiste alcanzar?
Vano fue tu pensamiento.
Floripes
Un águila hiriendo el viento,
un delfín cortando el mar,
un caballo desbocado
en medio de la carrera,
un rayo abriendo la esfera
adonde ha sido engendrado;
una flecha disparada
del corvo marfil herido,
un cometa desasido
de su fábrica estrellada
se podrán volver atrás,
solo con quererlo yo,
en su violencia, mas no
la furia de Fierabrás,
porque excede, altivo y fuerte,
águila, delfín, saeta,
caballo, rayo y cometa.
Irene
Sin duda que a ver su muerte
al ejército francés
ciego y bárbaro llegó.
Floripes
Pues sabré vengarle yo.
Suena un clarín.
Pero ¿qué es esto?
Irene
¿No ves
tus ejércitos marchando,
que a los dos vienen siguiendo,
montes de plumas fingiendo,
mares de acero imitando,
porque son, en tornasoles
en quien el sol se retrata,
las armas ondas de plata,
las plumas selvas de flores?
Las descogidas banderas,
que aves del viento parecen,
con colores desvanecen
los cielos por las esferas,
porque, dando al sol desmayos
con tornasoles sutiles,
le trasladan los abriles,
le tiranizan los mayos.
Vuelve los ojos y mira
tanto aplauso y pompa tanta
que el sol de verlos se espanta,
que el mar de oírlos se admira;
los montes, de sustentallos,
deliran o se estremecen,
que montes vivos parecen
elefantes y caballos.
Floripes
Yo me huelgo, porque no
me obligue a volver atrás.
Mas ¿no es aquel Fierabrás?
Sale Fierabrás.
Fierabrás
¿Quién me ha pronunciado?
Floripes
Yo,
que, siguiéndote hasta aquí,
hasta las tiendas llegué
del ejército porque,
si alguna desdicha en ti
con ventaja o con traición
el francés ejecutase,
tuvieses quién te vengase.
Fierabrás
Hermosa resolución,
pero que me ofende digo
quien de mí desconfiaba.
Floripes
¿Estabas solo?
Fierabrás
No estaba,
pues yo me estaba conmigo.
Yo no estoy solo jamás,
pues dondequiera que estoy
tu hermano y tu amante soy,
y soy después Fierabrás.
¡Mira si tuviera en vano
hoy que vencer en mí más,
que aun no solo en Fierabrás,
en tu amante y en tu hermano!
Floripes
Si presumes arrogante
que con finezas te obligo,
como a mi hermano te sigo,
pero no como a mi amante.
Ya sabes que no has de hablarme
en eso, porque es perderme
y es, en efeto, ofenderme
lo que pudiera obligarme.
Dime, ¿qué te ha sucedido
en tan heroica demanda?
Fierabrás
Pues que vuelvo sin tu banda,
desairado habré venido.
Pero yo la cobraré.
Floripes
Ven a tu ejército agora,
que la última línea dora
el sol de aquel monte, en que
rústica pira se advierte.
Fierabrás
Deja que salga primero
a este campo un escudero:
no haré más que darle muerte
y irme.
Sale Oliveros, embozado.
Oliveros
Si de la manera
que se dice se ha de hacer,
hoy, Fierabrás, se ha de ver:
ya el escudero te espera.
El que a tu campo llegó
con su señor está aquí:
yo el que se te opuso fui,
y el que te espera soy yo.
Fierabrás
Valiente eres, bien se ve,
pues a salir te atreviste,
que en osar morir consiste
la valentía; y porque
llegues con tiempo a lograr
la vitoria de morir
a mis manos, te he de asir
de un brazo y echarte al mar,
que mi denuedo valiente
no ha menester el acero
para un mísero escudero.
Oliveros
Llega, pues.
Sale Guido.
Guido
¡Bárbaro, tente!,
que yo, por lidiar contigo,
mi prisión pude quebrar,
que otro no te ha de matar
viniendo a reñir conmigo.
Si tú me matas aquí,
poco importa haber quebrado
la prisión, pues más honrado
muere un caballero así;
si por salir, Fierabrás,
a postrarte y a vencerte
el césar me diere muerte,
dejaré esta hazaña más.
Luego de cualquier manera
salir es empresa altiva,
o ya vitorioso viva
o ya desdichado muera.
¿Qué veo?
Oliveros
A quien salió por ti.
Vase.
Floripes
(Dame industria, ciego dios,
para que hoy entre los dos
estorbe el duelo, que así
un temor a otro prefiere,
un dolor a otro apercibe,
pues vivo si Guido vive
y muero si Guido muere).
Vanse ellas.
Fierabrás
Arriédrate de mi gente
y sea de mi demanda
precio esa partida banda.
Guido
Soy contento.
Suena caja.
¡Mas detente!
Fierabrás
¿Qué es aquesto?
Sale Floripes y las damas.
Floripes
Que el francés,
como aquí tu gente vio,
hoy al paso nos salió
con su ejército. ¿No ves
que a guisa de dar batalla
hacia nosotros se viene
y la guerra te previene?
Fierabrás
Pues no pienso rehusalla.
¡Cierra, ejército africano,
con valor y fuerza altiva!
Unos
Dentro.
¡Viva Francia!
Otros
Dentro.
¡África viva!
Fierabrás
Pues tú y yo, noble cristiano,
a los dos campos hagamos
la salva: nuestros aceros
sean anuncios primeros
de la lid.
Guido
¡Pues embistamos!
Tocan al arma y se entran peleando.
Floripes
¡Ay, bella Irene; ay, Astrea!
A mí, que fui veces tantas
primer trompeta que dio
a las huestes africanas
ánimo y valor, ¿así
un recelo me acobarda,
una pasión me suspende
y una desdicha me agravia?
Yo ver puestos frente a frente
dos campos que se amenazan,
representando a los cielos
en teatros de esmeraldas
mil tragedias la fortuna,
¿y con la ceñida aljaba
no disparar una flecha?
Yo ver en estas campañas
tan anegadas las flores
que con la púrpura humana
se olvidan de que nacieron
azules, verdes y blancas,
¿y con la espada en la cinta
no ser un rayo mi espada?
Yo escuchar el son horrible
de las trompetas y cajas,
cuya música excedió
a los pájaros del alba,
¿y no animar a su son
el hipogrifo que tasca
a compás el freno? Yo,
tan confusa y tan turbada,
¿la postrera soy que hoy
lucero del campo salga?
¡Alguna pena me aflige!
¡Algún horror me amenaza!
Unos
Dentro.
¡Viva África!
Otros
Dentro.
¡Francia viva!
Irene
Ya se cierra la batalla.
Floripes
Ya nuestras flechas al sol
le sirven de nubes pardas
estorbando al sol los rayos,
y, para que no hagan falta,
los repetidos aceros
de los franceses abrasan
con centellas todo el suelo,
de suerte, ¡ay de mí!, que cuanta
luz quitaron nuestras flechas,
nubes de pluma que pasan,
restituyen sus aceros.
Arminda
Como nuestro campo estaba
más prevenido, ¡oh, qué infausto
es el día para Francia!
Irene
De vencida va el francés.
Sale Guido sin armas y Fierabrás tras él.
Guido
Herido estoy y sin armas:
darme la muerte sin ellas,
más que vitoria, es infamia.
Deja que las cobre, puesto
que noble adalid te llamas,
o ven conmigo a los brazos.
Fierabrás
No ha de ser con tal infamia
mi vitoria. Darte muerte
fuera muy cobarde hazaña;
darte armas necedad fuera
y, pues rendido te hallas,
mejor es que prisionero
me sirvas. Floripes, guarda
ese preso mientras sigo
la vitoria que me aguarda,
que, si con estos trofeos
vuelvo a nuestra invicta patria,
una vez pasado el puente
de Mantible, tarde aguardan
a cobrarlos. ¡Fierabrás
hoy pisa, huella y arrastra
las lises de Clodoveo!
¡Viva África y muera Francia!
Vase.
Floripes
(Hasta celos y desdichas
puede sufrirse la llama
de amor, mas no si una vez
las cenizas se levantan).
Noble Guido de Borgoña,
la mano del rostro aparta;
¿es mucha la herida?
Guido
No,
que basta esa mano blanca
a hacer lisonja al dolor,
dando nueva vida al alma.
Floripes
Vive Alá, noble francés,
que una flecha de mi aljaba
no he disparado a tu gente
ni fui parte en tus desgracias.
Guido
Antes, hermosa Floripes,
pienso que las disparabas
todas tú, pues todas fueron
a mi pecho. No me hagas
fineza no haber tirado,
pues que lo fuera más alta,
supuesto que he de morir,
el saber que tú me matas.
Floripes
Sabe el cielo que quisiera
darte libertad, mas tanta
es la pena de tu herida
que no dejo que te vayas
a morir en otros brazos.
Ven conmigo donde haga
finezas mi amor, que yo
te doy la mano y palabra
de darte la libertad
que hoy no te doy.
Guido
Si tú guardas
mi vida, diré que ha sido
venturosa mi desgracia.
Segunda Jornada
Salen Floripes, Irene y Arminda, con un hacha encendida.
Arminda
¿Dónde desta suerte vas?
¿Qué es lo que intentas? ¿Qué buscas
en un monte despoblado,
pisando la sombra escura
de la noche? ¿No te viste
de horror esta selva inculta?
¿No te calza de temor
esta fábrica confusa?
¿No te da pavor el ver
esta soledad nocturna,
tanto que no nos dispensa
trémulos rayos la luna
y a merced de aquesta antorcha,
que luces cobardes pulsa,
vamos siguiendo tus pasos
tristes, cobardes y mudas?
¿Dónde nos llevas, Floripes?
¿Qué pretendes? ¿Qué procuras?
Floripes
Dos admiraciones son
las que a un tiempo dais: la una
es que, viniendo conmigo,
tengáis temor; la segunda
es que ignoréis a qué vengo.
Si ya os dije a las dos juntas
mi amor; si las dos supistes
mis penas y mis angustias;
si no podéis ignorar
la gran vitoria en que triunfa
mi hermano de Francia, dando
a la Fama eternas plumas;
si sabéis que hoy con despojos
desta lid sangrienta y dura
se retiró hasta pasar
las verdinegras espumas
del Mantible y, entre tantos,
fue el mayor de todos —¡nunca
triunfara!— Guido, mi amante,
el cual, expuesto a la injuria
del hado, con muchos presos
vive una cárcel obscura,
sin que yo pudiese entonces
darle favor, darle ayuda;
si sabéis que un calabozo
—cuya bóveda profunda
es sepulcro donde yacen,
de quien esa torre es tumba—
vive, ¿qué me preguntáis?
¿Pudo nadie formar duda
de que vengo a darle vida?
Esa torre, esa coluna
excelsa, que fundación
fue de un gran mágico, cuya
eminencia no es posible
que el tiempo de ruinas cubra
ni que en pálidas cenizas
voraz el fuego consuma,
es su prisión. Llamad, pues,
que, aunque quede mal segura
de mi hermano, con mi vida
tengo de comprar la suya.
¡Ah de la torre!
Dentro.
Brutamonte
¿Quién llama
a estas horas?
Floripes
Quien procura
ejecutar la sentencia
que el almirante pronuncia
en esos míseros presos,
tragedias de la fortuna.
Brutamonte
Buenas señas son: por ellas
abro.
Sale Brutamonte por la torre y, viéndolas, quiere cerrar.
Floripes
Pues ¿de qué te turbas?
Brutamonte
De haberte, señora, visto.
Floripes
¿Cuál es la cueva que oculta
los franceses prisioneros?
Brutamonte
Yo, Floripes...
Floripes
No hay disculpa.
Cuál es su prisión me di
o deste acero la punta
pasará tu pecho.
Brutamonte
Ven
conmigo, señora.
Entran por una puerta y salen por otra.
Floripes
¡Mucha
es mi turbación!
Irene
¡Qué horror!
Arminda
¡Qué tiniebla tan obscura!
Brutamonte
Esta es, señora, la cueva.
Floripes
¿Cuáles son las llaves suyas?
Brutamonte
Estas.
Floripes
¡Suelta, y tenga agora
mi secreto sepultura!
Dale y cae.
Brutamonte
¡Muerto soy!
Floripes
Así estará
nuestra traición más segura:
caiga despeñado al mar.
Tú agora esas puertas junta
y solas las tres rompamos
candados y cerraduras
desta bárbara prisión.
Arminda
Ya la losa que la ocupa
se abre porque su centro
la horrible boca descubra,
por donde en tristes
bostezos horrores la tierra escupa.
Ábrese una cueva.
¡Qué obscuridad tan funesta!
Floripes
¡Qué temerosa espelunca!
La noche sin duda nace
de la boca desta gruta.
De haberme asomado a ella
los sentidos se me turban,
los pies y manos me tiemblan
y el cabello se espeluza.
Irene
La escala está aquí.
Floripes
Porque
él ni los otros presuman
quién soy, no le he de nombrar:
las señas el nombre suplan.
Echad la escala. —¡Ah del centro,
donde yace en noche obscura
muerta la vida más buena,
viva la muerte más dura!
¡Míseros presos, oíd,
y por esa escala suba
el horror del africano
a ver del sol la luz pura!
Dentro Ricarte.
Ricarte
¡Dejadme subir, franceses!
Si es la muerte quien nos busca,
quiebre su cólera en mí:
muera yo primero.
Sale.
¡Mucha
es mi turbación!
Floripes
(¡No es este
Guido! ¡Grande desventura!).
¿Quién eres, galán francés?
Ricarte
Yo soy, bellísima turca,
Ricarte de Normandía.
No pensando hallar ventura,
salí a morir el primero;
ya no es hazaña ninguna,
porque pretender morir
es ley soberana y justa,
cuando ha de morir quien muere
a manos de la hermosura.
Floripes
Huélgome de conocerte
y, aunque otro mi intento busca,
estimo el haberte hallado.
Ricarte
Mi vida, señora, es tuya.
Floripes
Luego sabrás quién yo soy.
¡Ah de la cárcel profunda!
¡El más galán paladín
que ese obscuro centro ocupa
salga a ver la luz del sol!
Sale el infante.
Infante
Sí verá, viendo la tuya.
Floripes
¿Quién eres?
Infante
Soy el infante
Guarinos y es dicha suma,
como de aventuras selvas,
hallar cuevas de aventuras.
Floripes
(Tampoco es aqueste Guido.
¡Oh, rigor de mi fortuna!
Pero desta vez saldrá,
que irán las señas seguras).
¡Salga el honor de la lis
francesa a esta voz que escucha!
Sale Oliveros.
Oliveros
Ya el honor de la francesa
lis satisface a tus dudas, respondiéndote Oliveros
de Castilla.
Floripes
(¡Oh, suerte injusta!).
¿No está Guido de Borgoña
en esta cárcel inculta?
Oliveros
Sí.
Floripes
Pues ¿cómo no responde
cuando mi voz le intitula
horror de África y de Francia
honor, cuando le articula
el más galán paladín?
Oliveros
Porque sin fuerza ninguna,
agonizando en su sangre,
yace en una peña dura,
que, como ha de ser después
de nobles cenizas urna,
en vida se está tomando
medida a la sepultura.
Floripes
Calla, y el necio recato
ni el necio decoro sufra
oír su muerte. Yo misma
me arrojaré a esa profunda
bóveda a morir con él.
Infante
Tente, señora, que injurias
a nuestro valor así.
Ricarte
Cuando no fuera ley justa
de caballeros valernos
en estos trances y angustias,
le libráramos, señora,
porque tú de verle gustas.
Oliveros
Yo soy su mayor amigo
y, así, es forzoso que acuda
en la mayor ocasión;
con esa antorcha me alumbra.
Pero ¿qué es esto que veo?
Él, desmayado, se ayuda
y, por salir, con la muerte
a brazo partido lucha.
Sale Guido ensangrentado.
Guido
Viendo que a ser sacrificios
del templo de la Fortuna
salís, nobles paladines,
no es bien que mi valor sufra
veros morir, y vivir;
y, así, mi valor procura
que, como juntas vivieron,
mueran nuestras vidas juntas.
Floripes
Noble Guido de Borgoña,
quien a estas horas te busca
no viene a darte la muerte;
antes tu vida asegura.
Guido
¡Oh, bellísima Floripes!
Que buscas mi bien no hay duda.
Floripes
Ya, generosos franceses,
que aquí la desdicha os junta,
quiero que sepáis la causa.
Yo soy la princesa augusta
del África; a Guido el alma
eternas prisiones jura:
nada le vengo a ofrecer,
pues le doy prenda que es suya.
Para curar sus heridas
traigo mágicas unturas
—ya sabéis cuánto las moras
hechizos y encantos usan—.
Como la salud le ofrezco,
sabe el cielo, que me escucha,
que os quisiera dar las vidas
de todo trance seguras;
mas no puedo, que mi hermano
a la luz primera anuncia
vuestra muerte. ¿Quién creerá
que, cuando Febo madruga
a dar una vida al mundo,
hoy salga a quitarle muchas?
Lo más que os puedo ofrecer
son armas; todas las suyas,
por ser prodigiosa tanto,
esta torre las oculta.
Venid donde las heridas
de la pasada fortuna
curéis y donde os arméis,
para que en honrosa fuga
os ganéis la libertad,
que no es muy pequeña ayuda
dar a quien tiene valor
su mismo valor y industria.
Y sea presto, porque ya
el llanto del alba enjuga
el sol y doblando el manto
de las tinieblas obscuras
la noche, como le dobla
sin orden y con arrugas,
más que doblarle, parece
que le aja o le arrebuja.
Guido
Yo, por quien todos vivimos,
es bien que por todos supla
la voz; y así...
Dentro.
Fierabrás
¡Brutamonte!
Oliveros
¿Cúya es la voz que se escucha?
Floripes
¡Ay de mí, que este es mi hermano!
Irene
¡Qué pena!
Arminda
¡Qué desventura!
Floripes
No sé qué tengo de hacer,
que, si me halla aquí, es sin duda
que me dé muerte.
Guido
Señora,
¿pues no habrá por dónde huyas?
Que, si con armas nos dejas,
hoy en la defensa tuya
moriremos.
Floripes
No es posible,
que no hay otra puerta alguna.
Oliveros
¿Hay armas?
Floripes
Sí.
Guido
No temáis,
que, si hay armas, bien seguras
estáis, que no ha de andar siempre
de mala nuestra fortuna.
Vanse, y dice Fierabrás dentro.
Fierabrás
Bárbaro Brutamonte,
mira que ya la cumbre de aquel monte,
pirámide de nieve,
donde en copos de flores el sol bebe,
de hermosa luz se baña;
mira que ya se riega la campaña
con culebras de hielo;
mira que ya se deja ver el cielo.
Si es que duermes, despierta
y a la infausta prisión abre la puerta
y ciérrala a la vida
de esos de quien el hado es homicida.
Sale.
Pero ¿qué es lo que veo?
¡Oh, triste horror! ¡Oh, pálido trofeo!
¡Brutamonte a las puertas
de la torre, vertiendo por inciertas
bocas estas desdichas y congojas!
Decidme, plantas, que moristes rojas,
si ha sido traición esta.
¿Él muerto; yo llamando sin respuesta?
Los presos han rompido
la prisión y se han ido.
Pero ¿cómo pudieran
dejar cerrado el fuerte si se fueran?
Más mal hay que sospecho,
y es verdad, que el puñal que está en su pecho
de Floripes ha sido.
Dos veces, ¡ay de mí!, le he conocido:
una, porque las señas
de la estraña labor no son pequeñas,
y otra, porque ya arguyo
que, pues me da la muerte, será suyo.
¡Floripes los socorre!
¡Derribaré las puertas de la torre,
o en mis valientes hombros,
admiraciones dando, dando asombros
al cielo y a la tierra,
me llevaré la torre y cuanto encierra
a que el mar los sepulte
y en bóvedas de nieve los oculte,
pareciendo arrogante
con su fábrica a cuestas elefante
que el zafir celestial batir procuro:
vivo horror, vivo escollo, vivo muro,
que no anhela con menos sed mi fama!
En lo alto, Guido, Oliveros, Ricarte y Guarinos.
Guido
¿Quién a las puertas de la torre llama?
Fierabrás
Pues ¿quién (esto a mi miedo corresponde)
de la torre a la almena me responde?
Guido
¿Quién responder pudiera
así, que menos que su dueño fuera?
Fierabrás
Pues ¿quién su dueño ha sido
viviendo yo?
Guido
El valeroso Guido
de Borgoña. ¿Qué quieres
aquí? Dinos, ¿qué buscas y quién eres?
Porque, si es que has venido
embajador para pedir partido
a la grandeza mía
de parte del gran rey de Alejandría,
las puertas te abriremos
y de paz en la torre trataremos,
que son divinas leyes
usar piedad con los vencidos reyes;
y, aunque yo pretendía
darle la muerte en el albor del día,
revocaré por hoy esta sentencia.
Fierabrás
¿Dónde a tanto rigor habrá paciencia?
Miserable cristiano,
¿cómo pretendes defenderte en vano?
¿Tú en mi casa, en mi tierra
armas empuñas y publicas guerra?
Tráigote de la tuya prisionero,
¿y quieres en la mía, altivo y fiero,
librarte y defenderte?
¡Abre la puerta ya, ríndeme el fuerte,
o tú o cuantos su centro
contiene habéis de ser cenizas dentro,
y la fiera, la ingrata
que darme muerte con tu vida trata,
entre mis brazos probará el castigo!
Guido
Tú ignoras cuán segura está conmigo,
pues así la amenazas.
Fierabrás
Nuevos linajes de tormentos trazas.
¿Contigo está Floripes?
Guido
Si supiera
que lo ignorabas, no te lo dijera;
mas con las amenazas que le hacías,
pude pensar que todo lo sabías,
y ya está dicho.
Fierabrás
(¡Cielos!
Ya esto es más que morir, que aquesto es celos).
Ricarte
Los cuatro que aquí estamos
sus vidas y las nuestras les guardamos.
Fierabrás
¿Cómo, si soy volcán de fuego y humo?
Infante
Yo mar, que me le bebo y le consumo.
Fierabrás
Yo soy fuego, soy rayo.
Ricarte
Yo viento, que con soplos le desmayo.
Fierabrás
Yo soy rabia, soy ira.
Oliveros
Yo furia, que las vence y las respira.
Fierabrás
Del brazo de la muerte es esta espada,
guadaña acicalada
con la sangre que vierte.
Guido
Este es el mismo brazo de la muerte,
que manda esa guadaña.
Fierabrás
Presto veréis cuánto el valor engaña.
Oliveros
Presto verás cuánto este nuestro ha sido,
que es fuego y hoy revienta de oprimido.
Fierabrás
¿Y no hay partidos?
Guido
Sí.
Fierabrás
Tu voz los pida.
Guido
Dejarte que te vuelvas con la vida.
Quítanse los cuatro.
Fierabrás
Pues yo vuelvo con ella
a ser ocaso a la mayor estrella.
Cuatro la han defendido,
y agora el jeroglífico he entendido,
porque, blandida, la hoja de mi espada
hace cuatro en el aire duplicada
y es porque, vuestras vidas hoy rendidas,
no cuesten más de un golpe cuatro vidas.
Vase, y salen Roldán y Guarín.
Roldán
¿Ves esa fábrica altiva,
Guarín, toda de madera,
en cuyo ceño la esfera
del sol descansa y estriba,
que ni el peso la derriba
ni el tiempo lo hace posible?
¿Ves ese monstruo terrible
que del agua nace? ¿Ves
ese prodigio? Esa es
la gran puente de Mantible.
El edificio eminente
que, no sin fatiga suma,
sustenta sobre la espuma
esa lóbrega corriente
es, Guarín, la excelsa puente,
y este piélago que veo
correr tardo, triste y feo
es, si el ser de cristal pierde,
el río del Agua Verde,
desatado del Leteo,
pues ese campo profundo,
que en montes cerúleos yace,
con él del infierno nace
y, dando una vuelta al mundo,
fatal, lóbrego y inmundo
en el mar de África muere,
que por admitirle adquiere
el nombre de Marmihonda,
que significar ‘mar honda'
en alarbe idioma quiere.
Guarín
Señor, otra vez me di,
que no lo he entendido bien:
¿esto que mis ojos ven
nace del infierno?
Roldán
Sí.
Guarín
Y ¿quién ha de ir por ahí?
Roldán
Tú y yo, que a aqueso venimos.
Guarín
Pues volvámonos, si hicimos
necedad de tanto exceso
como haber venido a eso.
Roldán
La palabra a Carlos dimos
de llegar con la embajada
al campo de Fierabrás.
Guarín
Tú, que esa palabra das,
con la tal palabra dada
dijiste gran palabrada;
yo, que palabra no di,
no palabré y desde aquí
puedo volverme, que no
me entiendo con agua yo
verde sin lipis.
Roldán
A ti,
Guarín, porque te miré
valiente en una ocasión, para esta
resolución mi escudero te nombré.
Preso tu señor se ve:
irle a buscar es honor,
y más conmigo. El valor
muestra hoy que siempre has mostrado.
Guarín
Ya la ocasión ha llegado
de hablar verdades, señor:
¡vive Dios que no ha nacido
de mujer, ni hombre engendró,
mayor gallina que yo!
Por eso licencia pido
de volverme.
Roldán
Ya he entendido
por qué en ese estremo das,
y es que burlándote estás
para darme a conocer
que sabes menos temer
adonde el peligro es más.
¡Cuando no te hubiera visto
hacer más notable hazaña
que salir a la campaña...!
Guarín
¡No era yo, votado a Cristo!
Roldán
¡Qué mal las burlas resisto!
Deja las necias quimeras,
que es tiempo de hablar de veras.
Guarín
¡Mil veces me lleve el diablo
si de veras no te hablo!
Roldán
Ya del río las riberas
piso. Hacer señas es bien
al gigante que le guarda.
Guarín
Gi... ¿qué?
Roldán
Pues ¿qué te acobarda?
Guarín
¿Giganticos hay también
sin ser día del Señor?
Pues óyeme: ¡plegue al cielo
que mil demonios de un vuelo
me arrebaten con rigor
deste brazo y desta pierna
y que me arrastren inquietos
por montes y vericuetos
de la majestad eterna
si ánimo para que aguarde
a ver el gigante tengo!
Roldán
¡Con buen escudero vengo!
Guarín
Bueno sí, pero cobarde.
Roldán
En notable tema has dado.
¿Ves toda esa puente, di,
moverse a la seña?
Guarín
Sí.
Roldán
¿Ves el ruido que ha causado,
qué ronca el agua responde,
porque al moverse parece
que el peso sobre ella crece?
Guarín
Sí.
Roldán
¿Y ves el gigante donde
se estrecha la puente?
Guarín
¡Horrible
aspecto! Temblando estoy.
Descúbrese la puente y el gigante.
Galafre
¿Quién se atreve a pasar hoy
la gran puente de Mantible?
Guarín
Yo no.
Roldán
Yo soy, valeroso
Galafre, un gran mercader.
Vengo al África a vender
todo un tesoro precioso
de las piedras que el sol cría,
para estrellas de su frente,
en las Indias del Oriente,
cuna donde nace el día,
porque en mil reyes jamás
a quien su riqueza enseño
no ha habido para ellas dueño,
sino el grande Fierabrás.
Aquí las traigo; mi gente
aquí detrás se quedó,
y heme adelantado yo
para que esté abierto el puente.
Déjame pasar a mí
y a este criado primero,
que con la gente que espero
viene el feudo para ti
que se debe de pasar
el puente.
Galafre
Ya habrás sabido
lo que es...
Roldán
De todo advertido
vengo.
Galafre
...porque me has de dar
una gallarda doncella.
Guarín
(No podrá, eso es cosa llana,
que ya cualquiera es pavana).
Roldán
La que te traigo es muy bella.
Guarín
(¿Tráesla en letra?
Roldán
Calla, necio,
que así le pienso engañar
porque nos deje pasar).
Galafre
Luego, por segundo precio,
me has de dar un bello esclavo.
Guarín
(Huélgome que dijo «bello»
y que yo no puedo sello,
que soy feo por el cabo).
Roldán
También viene.
Galafre
Dos quintales
me has de dar de plata y oro.
Roldán
Todo viene en mi tesoro
de mis piedras orientales.
Galafre
Pues entra, que, aunque el primero
eres que entró sin pagar,
de ti lo sabré cobrar.
Roldán
¿Ya no te digo que espero
mi gente?
Guarín
(¡Lance terrible!
Roldán
Sube y no temas, Guarín,
que ya estamos dentro, en fin,
de la puente de Mantible).
Galafre
Tente tú.
Guarín
Ya estoy tenido.
Roldán
¿Qué es esto?
Galafre
Quede el criado
en el rescate empeñado.
Guarín
(Mejor dijeras vendido).
Roldán
Norabuena; allá te espero.
(Menos Guarín importó
que dejar de pasar yo).
Vase.
Galafre
Si no vienen, escudero,
hoy mi manjar has de ser.
Guarín
Aunque andes conmigo franco,
no seré tu manjar blanco;
pero conviene saber
si es que los gigantes son
moros.
Galafre
Sí.
Guarín
Pues no podré
ser yo tu manjar.
Galafre
¿Por qué?
Guarín
Porque yo soy un lechón.
Mas deja que a mi señor
hable, que trae dos doncellas
y importa saber cuál dellas
se te ha de dar.
Galafre
La mejor;
en eso no hay qué dudar.
Guarín
(En toda mi vida he hallado
gigante más despejado).
Pues déjame preguntar
cuál esclavo te daré
de dos que vienen allí.
Galafre
El que me agradare a mí.
Guarín
(¡Ah, buen gusto, en buena fe!).
Pues fuerza es irle a buscar,
porque lleva del tesoro
la llave, y la plata y oro
que aquí se te ha de entregar
está cerrada.
Galafre
Romper
el arca.
Guarín
(Él es, con buen modo,
gigante sánalo-todo.
Hoy su manjar he de ser,
ya que mi suerte cruel
me trae de escudero andante
a ganapán de gigante.
¿Y he de caber dentro dél?)
Galafre
(El cristiano está temblando;
mas ¿qué mucho, si me mira
y de mi aspecto se admira?
Y yo estoy imaginando
que con dejarle podré
cobrar estas dos doncellas
y, quedándome con ellas,
una a Fierabrás daré,
pues ya sé que vienen dos,
y la otra será mía).
¿Bien quisieras este día
irte de aquí?
Guarín
¡Sí, par Dios!
Galafre
Pues vete, que yo diré
a tu gente, cuando llegue,
que tu rescate me entregue.
Guarín
Dices bien. (Y en buena fe
que el gigante es convenible).
Galafre
Vete; el verme no te espante.
Guarín
(¡Mamola el señor gigante
de la puente de Mantible!).
Vanse. Ciérrase el puente. Suenan cajas y trompetas. Sale Fierabrás y soldados.
Fierabrás
Cesen de cansar el viento
las músicas militares.
Ya que a postrar esa torre
encantada no es bastante
mi poder, porque la asisten
espíritus infernales
que en su fábrica asistieron
al astuto nigromante,
su arquitecto, y ya que
veo que ni el furor la combate,
que ni el fuego la consume
ni la deshacen los aires,
postrar y vencer presumo
su defensa inexpugnable
con la más fácil conquista
que tal vez previno el arte
para templar lo difícil
el remedio de lo fácil:
ni una escala más se arrime
a su muro de diamante
ni a sus doradas almenas
una flecha se dispare
—sean prisión las aljabas
de las venenosas aves
que con almas y sin vida
fueron lisonja del aire—,
y en estas verdes alfombras
en quien el céfiro hace,
para que duerma el aurora,
lechos de esmeralda en catres
de cristal y pabellones
de las copas de esos sauces,
me dad de comer, que quiero
—siendo mesa todo el valle,
aparador todo el monte,
en cuya vista agradable
las copas de plata y oro
y las bebidas suaves
han de ser fuentes y flores
porque se diga que nacen,
para servirme a mí, juntas
las copas y los cristales—
comer hoy porque me envidien
estos sitiados amantes,
pues su valor invencible
tengo de postrar al hambre.
Aquí no llega el encanto,
que contra las naturales
pasiones no tienen fuerza
el conjuro ni el carácter.
Tántalos de sus desdichas,
viendo la fruta delante,
han de ser, porque así quiero
hacer sus penas más graves.
Perdone el amor agora
desatinos semejantes,
que, en llegando a estar celoso,
deja uno el ser amante.
Ponen las mesas en el suelo y siéntase a comer Fierabrás y cantan músicos.
Criado
Ya las mesas están puestas.
Fierabrás
Pues servidme los manjares
más costosos y, porque
envidien más, se derrame
todo el ejército y todos
coman y músicos canten.
Músicos
La reina de Alejandría,
la bellísima Floripes,
en la torre del encanto sitiada por hambre vive.
Salen al muro Floripes, las damas y caballeros.
Irene
Todo es lisonjas el viento.
Floripes
¿Qué confusas novedades
cajas y trompetas mudan
en músicas agradables?
Guido
Sabiendo que por las armas
este bárbaro no alcance
la vitoria, así pretende
vencernos.
Criado
Ya al muro salen.
Fierabrás
¡Ah de la torre de amor!
Si es verdad que los amantes
viven con verse no más,
no habréis sentido que os falten
estas viandas que yo
estoy echando a mis canes.
Guido
¡Digno precio es de la vida,
caballeros, este ultraje!
¡No se diga que encerrados
supimos morir cobardes
y no morir animosos
en campaña en duro trance,
pues mejor yace el francés
que envuelto en su sangre yace
que el que en brazos de su dama
se deja morir de hambre!
Oliveros
¡Salgamos, pues, a ganar
de su ejército el bagaje
y a traer socorro a la torre!
Arminda
¡Dios os lo lleve adelante!
Floripes
Y nosotras guardaremos
en vuestra ausencia constantes
la torre y, por si la noche
os cogiere en el combate,
el nombre ha de ser «amor»,
y en el último remate
de la torre estará Irene
dando voces a los aires
para que no la perdáis.
Infante
Vamos a armarnos, que es tarde.
Floripes
¡El cielo os lleve con bien!
Irene
¡Dios os guíe!
Todos
¡Dios os guarde!
Quítanse de la torre y sale por abajo Roldán.
Roldán
Dile al gran rey que está aquí
Roldán.
Criado
Espera a esta parte.
Sale Guarín.
Guarín
Camino de Fierabrás
tanto anda el caminante
cojo como el sano.
Roldán
¿Cómo
del gigante te libraste,
Guarín?
Guarín
¡Linda flema es esa!
Pero ¿agora, señor, sabes
que yo desde tamañito
soy un engaña-gigantes?
Y doy por bien empleado
todo el susto de endenantes
por haber llegado a ver
un país tan agradable.
¡Pues todos comen, comamos!,
que es ser muy desconversables
en una conversación
no hacer lo que todos hacen.
¡Pero aqueste es Fierabrás!
Criado
Llegar, Roldán, puedes.
Roldán
Salve,
grande rey de Alejandría.
Guarín
Regina, grande almirante
de África.
Fierabrás
Vengáis con bien,
cristianos que el cielo guarde.
Roldán
No te habrá tu mensajero
dicho quién soy, pues no haces
más caso de mí.
Fierabrás
Ya sé
que eres el señor de Anglante
y que te llamas Roldán.
Roldán
Pues, supuesto que lo sabes,
convidarasme a comer,
quiero el trabajo escusarte
y sentarme yo.
Guarín
(Yo y todo,
que no quiero que trabajen
en decirme que me siente
los señores Fierabrases).
Fierabrás
Por saber a lo que vienes
te he sufrido que arrogante
te muestres en mi presencia
y porque quiero que, antes
que mueras, sepas, Roldán,
de la suerte que los pares
de Francia en África viven,
que fuera dicha muy grande
morir sin verles morir.
Roldán
¿Qué es morir?
Fierabrás
¿Ves ese atlante
de metal? ¿Ves ese monte
de bronce, aquese arrogante
promontorio de madera,
ese cáucaso de jaspe,
ese gigante de piedra
que viste africano traje
tan al propio que las nubes
son tocas de su turbante
y, porque insignia de rey
en su tocado no falte,
la media luna del cielo
se le pone por remate?
¿Ves esa fábrica altiva,
cuyo soberbio homenaje
con la frente abolla el cielo,
con el bulto estrecha el aire?
Pues ni es monte, ni edificio,
ni coluna, ni gigante;
sepulcro sí, y monumento,
urna sí, y túmulo infame
donde enterrados en vida
cuatro paladines yacen
al cuchillo de madera
de la sed y de la hambre,
tanto que, rendidos ya
a sus fatigas, no saben
cómo con alma y sin vida
pueda un hombre ser cadáver.
Pero, aunque tantas desdichas
lloren, no podrán quejarse
de que con ellos he sido
más cruel que con mi sangre,
pues también muere con ellos
Floripes, mi hermana. ¡Dadme
paciencia, cielos!
Roldán
¡A mí
me la den para escucharte!
Mas, supuesto que he llegado
a tiempo que puedo darles
socorro, ¡por san Dionís
que tu mesa he de llevarles
como está, para que coman,
cogidos por cuatro partes
los manteles!
Sacan las espadas.
Fierabrás
¡Hoy tu muerte
verás!
Roldán
¡Y, si mucho me haces,
les he de llevar también
tus criados y tus pajes
que les sirvan, y también
los músicos que les canten!
Fierabrás
¡Tu muerte verás primero!
Salen de la torre los paladines.
Criado
¡Las puertas del fuerte abren
y todos los paladines
a darte batalla salen!
Guido
¡Cualquiera intente ganar
mil despojos de su parte
para volver a la torre!
Roldán
¡No temáis, que a vuestra parte
está Roldán!
Guido
Hoy el cielo
te trujo a que nos ampares.
Todos
¡Viva Francia!
Otros
¡África viva!
Fierabrás
¡Hoy con la francesa sangre
los tesoros del abril
tendrán más precioso esmalte!
Guarín
(Jamás me vi bien sentado
en fiesta o banquete grande
que al momento no viniese
el demonio a alborotarme.)
Dase la batalla y toma cada uno lo que puede de la mesa. Éntranse peleando y sale Floripes.
Floripes
Ya la noche, aborrecida
del sol, que su luz ofende,
las negras alas estiende
haciendo sombra a la vida,
de luto y horror vestida;
ya el sol entre luces bellas
muere, pareciendo en ellas
parasismo su arrebol;
ya del cadáver del sol
cenizas son las estrellas,
que, en sus rayos derramado,
en sus luces dividido,
es un planeta partido,
es un dios multiplicado:
como un espejo quebrado
finge varios tornasoles,
así el sol, entre arreboles,
aunque exequias se celebra,
no muere, sino se quiebra,
pues nos deja tantos soles.
Y para la pena mía
la muerte treguas no hace:
llanto soy desde que nace
hasta que fenece el día.
Desde que la noche fría
baja hasta el aurora lucho
conmigo: mi esfuerzo es mucho,
pues tan constante peleo
de día con lo que veo,
de noche con lo que escucho,
si bien parece que ya
puso a la contienda fin
la noche; solo un clarín
voces a los vientos da:
llamando a su gente está.
Y, pues la nuestra no tiene
clarín de metal que suene
mandándoles recoger,
vivo clarín has de ser
de nuestro ejército, Irene.
Desde esa torre en que estás,
temerosas y veloces
el viento lleve tus voces,
que le atemoricen más.
Un norte vocal serás:
pues la campaña cubierta
de sangre ser mar concierta,
tu voz los atraiga a ti,
que yo a quien viniere aquí
le defenderé la puerta.
Irene en lo alto.
Irene
El manso viento que corre
mi voz lleve a los confines.
¡A la torre, paladines!
¡Caballeros, a la torre!
Floripes
La fortuna me socorre,
pues he sentido rumor.
Sale Ricarte.
Ricarte
Despojos de mi valor
traigo. ¿Esta es la torre? Sí,
pues la voz de Irene oí.
Floripes
¿Quién va?
Ricarte
Sí es.
Floripes
¿El nombre?
Ricarte
«Amor».
Floripes
(¿Cómo le podré negar
el paso, si amor aguardo?).
¿Quién eres, francés gallardo,
que aquí pudiste llegar
a dar vida, de matar?
Ricarte
Soy, bella afrenta del día,
Ricarte de Normandía;
por aliviar tus enojos
vengo rico de despojos.
Floripes
(¡Ay, loca esperanza mía!).
¿Dónde está Guido?
Ricarte
No sé.
Aunque al principio le vi,
en la guerra le perdí,
porque tan trabada fue
que nos dividió.
Floripes
Porque
muera yo entre asombros fieros,
Irene, con lisonjeros
ecos su vida socorre.
Irene
¡Paladines, a la torre!
¡A la torre, caballeros!
Salen el infante y Roldán.
Infante
Bien la voz nos ha traído,
imán de nuestro valor.
Floripes
¿Quién es?
Infante
«Amor».
Floripes
Si es amor,
él sea muy bien venido.
¿Guido?
Infante
No es, señora, Guido;
un infante esclavo soy,
que desperdicios te doy
de una mesa.
Floripes
(¡Pena estraña!).
¿Quién es el que te acompaña?
Roldán
Un cierto cautivo que hoy
te sirve.
Infante
El señor de Anglante,
Roldán, el que miras es.
Roldán
Y el que se pone a tus pies
porque al cielo se levante.
Floripes
Tú a parar serás bastante
de la fortuna la rueda.
Roldán
Permite que te conceda
este don que te he traído.
Floripes
Sí, mas ¿dónde queda Guido?
¿Dónde el de Borgoña queda?
Roldán
En la guerra le perdimos
de vista.
Floripes
Pues ¡ay de mí!
¿Eso me dices así?
Salen Oliveros y Guarín.
Oliveros
Errados, Guarín, venimos.
Guarín
Y aun clavados, pues sentimos
los pasos.
Oliveros
¿Que no termines
de una torre los confines?
Guarín
No, mas voz al viento corre.
Irene
¡Caballeros, a la torre!
¡A la torre, paladines!
Oliveros
Esta es la seña; ya estamos
cerca della.
Guarín
Llega, pues.
Floripes
O me miente mi deseo,
fantasmas al parecer
o vienen dos.
Guarín
En llegando
te suplico que me des
a conocer esa dama
que debéis tanto.
Oliveros
Sí haré.
Llega conmigo, Guarín.
Floripes
¿Quién va?
Oliveros
«Amor».
Floripes
Pase. ¿Quién es?
Oliveros
Oliveros soy, señora.
Floripes
¡Ojos, albricias tenéis,
que si a Ricarte, a Guarinos,
Roldán y Oliveros veis,
el príncipe de Borgoña
por fuerza ha de ser aquel,
que quien su amigo no fuera
no llegara aquí con él!
—Ya, Irene, no llames más,
que todos juntos se ven.
—Vos seáis muy bien venido,
mi dueño, señor y bien,
a dar nueva vida a un alma
a cuya lealtad y fe
qué de lágrimas costáis,
qué de suspiros debéis.
Guarín
(¿Qué es lo que escucho? ¡Por Dios
que no he llegado otra vez
a país tan agradable!
¡Puestas las mesas se ven
a mediodía y de noche
cama y moza! Si así es
la tierra del Fierabrás,
Fierabrás me quedo a ser).
Floripes
Pues ¿no merezco respuesta?
¿Cómo no me respondéis?
¿Más me queréis dilatar
este gusto, este placer?
Dadme los brazos.
Guarín
Los brazos
es lo menos que os daré,
que pienso daros...
Floripes
¿Qué escucho?
Hombre, ¿quién eres?
Guarín
Mujer,
quien tú quisieres que sea.
Floripes
Dime, Oliveros, ¿quién es
este hombre?
Oliveros
Un escudero
de Guido.
Floripes
¿Y dónde está él?
Oliveros
¿No ha venido?
Floripes
No ha venido.
Oliveros
En la guerra me empeñé
y, aunque al principio le vi,
no le volví a ver después.
Floripes
¡Ay, infelice de mí!
¡Irene, el paso detén!
Mira que mi vida falta;
vuelve a llamar otra vez.
Oliveros
Si a Guido habemos perdido,
caballeros, triste fue
la salida, pues compramos
por un precio tan cruel
la vida de cuatro días.
Floripes
¡Qué poca razón tenéis
en decir que le perdistes!
Paladines, no os quejéis,
pues yo sola le he perdido.
¡Ay de mí, cielos! ¿Qué haré?
¡Oh, gallardos paladines,
honor del lirio francés,
buena cuenta me habéis dado
de un alma que os entregué!
Roldán, ¿dónde vuestro primo
quedó? ¡Habladme, responded!
Oliveros, ¿dónde está
vuestro amigo el más fiel?
Ricarte, ¿dónde dejáis
aquel vuestro deudo? Aquel
compañero, ¿dónde queda?
Guarinos, ¿no respondéis?
Hacéis bien en callar todos
por no engañarme otra vez,
pues todos me habéis mentido,
todos me engañastes, pues
al llegar a aquesta torre,
cuando el nombre os pregunté,
todos dijistes «amor»
y ninguno dijo bien.
Si calláis por no decirme
que murió, mirad que hacéis
mayor mi pena, pues ya
muero de una y otra vez.
Hidrópica de desdichas,
tengo dellas tanta sed
que quiero agotarlas todas
por morirme de una vez.
No podréis decirme todos
más de lo que yo me sé,
porque ya le he visto, ya,
dentro de mí misma hacer
piélagos de undosa sangre,
siendo su acero el desdén
del noto cuando sacude
las espigas de una mies.
Aquí derriba, allí mata
y son ruinas de sus pies
las vitorias de sus manos.
Ya desmayado se ve,
despedazado el escudo,
mal guarnecido el arnés;
entre alarbes enemigos
baja sin tino y sin ley;
ya bañado en polvo y sangre
cayó dando el rosicler
en cada gota un rubí
y en cada perla un clavel.
Pues, si yo le he visto ya
en tal desdicha, ¿por qué
todos lo queréis negar?
¿No es peor, franceses, que
me deis carrete a la vida
muriendo una y otra vez?
Dadme, pues, por nombre «muerte»
y no «amor», y acertaréis,
porque es muy tirana acción,
porque es piedad muy cruel
que todos digáis «amor»
y ninguno diga bien.
Roldán
Señora, si tu desdicha
—y la nuestra, pues ya es
tan una— remedio tiene,
fíale de mí. Yo iré
al campo, y aquí te doy
palabra de no volver sin Guido.
Oliveros
Todos la damos,
y de no volver sin él
vivo o muerto. El homenaje
te prometemos a ley
de Francia.
Floripes
A darme la vida
vais. Alá os lleve con bien,
y el nombre, cuando volváis,
sea «amor», si le traéis
vivo, y, si muerto, «fortuna»,
porque no escuche otra vez
que todos digáis «amor»
y ninguno diga bien.
Tercera Jornada
Suenan trompetas bastardas y cajas destempladas y sale Floripes arriba en la torre.
Floripes
No acabó con la pálida tristeza
de la noche la injusta pena mía,
pues con el día a proseguir empieza:
¡oh, plega a Amor que acabe con el día!
La voz primera, que la ligereza
del viento lleva, es fúnebre armonía
de ronca caja y de bastarda trompa,
que el viento hiera y que los cielos rompa.
Si estos, pues, los anuncios son primeros
y de mal en peor van mis enojos,
¿cuáles serán, ¡oh, cielos!, los postreros?
Fuentes perennes llorarán mis ojos.
Mas ya evidencias son, no son agüeros,
los que el campo me ofrece por despojos,
pues miro que un entierro en forma marcha
al profanar de la primera escarcha.
¿Un cadahalso en el campo? ¡Triste caso!
¿Roncos los instrumentos? ¡Dura suerte!
¿Vueltas las armas? ¡Estupendo paso!
¿Las luces desmayadas? ¡Lance fuerte!
¿Arrastrar las banderas? ¡Gran fracaso!
¿Acercarse hacia mí? ¡Tirana muerte!
¿Evidencias no son, vista importuna,
del postrer parasismo de fortuna?
Tocan cajas destempladas y salen, arrastrando banderas, sol- dados moros en orden y luego Guido de Borgoña, atadas atrás las manos, cubiertos los ojos con una banda negra, y a la postre Fierabrás.
Fierabrás
¡Ah de la torre, que hoy de amor se llama
y del encanto ayer!, si bien el nombre
no mudó ni el sentido ni la fama,
que encanto es la hermosura para el hombre
y, si vive encantado el hombre que ama,
no será bien que la mudanza asombre,
que el mismo nombre tiene o monta tanto,
pues sinónomos son amor y encanto.
Decid a esa hermosura aborrecida,
a esa luz de mi esfera desatada,
estrella de mis rayos desasida,
fuerza de mi poder tiranizada
y mitad de mi alma y de mi vida,
si bien en ella está mal empleada,
a Floripes decid —mi pena es mucha—
que me escuche a esa almena.
Floripes
Ya te escucha
no, Fierabrás, la desasida estrella,
aborrecida luz ni despreciada,
no aquella de tu ser mitad, no aquella
de tu imperio deidad tiranizada,
aquella, sí, virtud más pura y bella,
aquella, sí, beldad más celebrada,
después que se ha negado a tus desdenes.
Floripes, pues, te escucha; di, ¿a qué vienes?
Fierabrás
Vengo a que sepas hoy en tus desvelos,
vengo a que sepas hoy en tu mal fuerte
cómo mi muerte da muerte a mis celos,
si muerte puede haber para la muerte.
Este que ves en tantos desconsuelos
sacrificio del hado y de la suerte,
este que miras en miseria tanta,
ya el funesto cuchillo a la garganta,
es Guido de Borgoña, este es tu amante.
Y, porque más de mi rigor se crea,
le traigo a que, teniéndole delante,
el suyo y tu dolor distinto sea:
tú has de verle, él no a ti, porque bastante
será a morir felice el que te vea,
y habéis de padecer dos una muerte:
tú con verle morir y él con no verte.
Marcha al cadahalso con la pompa agora
del entierro feliz que le apercibo,
que vengarse en su honor mi honor ignora
y las exequias le celebro vivo.
Tú, Floripes, padece, siente y llora,
pues yo siento, padezco y lloro altivo;
tú me das celos, yo te doy rigores:
diga el amor qué penas son mayores.
Floripes
¡Espera, aguarda, bárbaro homicida!
¡Aguarda, espera, bárbaro inhumano!
(Mas de injurias no es tiempo; enternecida
le he de obligar). ¡Ah, Fierabrás! ¡Ah, hermano!
¡Ah, rey, dueño y señor de aquesta vida!
Mira que está pendiente de tu mano
el alma que quisiste y adoraste;
por lo que he sido, a enternecerte baste.
Nunca el noble que amó cubrió de olvido
tanto el pasado amor, que siempre deja
el fuego señas de que fuego ha sido.
Mis suspiros, mis lágrimas, mi queja
te muevan.
Fierabrás
Áspid soy: cerré el oído.
Floripes
Pues tanto de mi voz tu amor se aleja,
eres vil, eres monstruo, eres tirano;
ni mi rey, ni mi dueño, ni mi hermano.
Y antes que yo la muerte suya vea,
has de ver tú la mía; y, pues el hado
tan en mi daño su poder emplea,
muera con él mi amor desesperado.
¡Seguidme, pues, Irene, Arminda, Astrea!
Vase, y salen los caballeros.
Oliveros
La ocasión a las manos ha llegado.
¡Ea, fuertes franceses!
Fierabrás
Pues ¿qué es eso?
Roldán
Nosotros, que venimos por el preso.
Fierabrás
¿De dónde habéis salido? ¿Por ventura
hombres armados ese monte encierra?
Cuando a un muerto francés doy sepultura,
¿con cinco vivos me pagó la tierra?
Mas ya sé lo que próvida procura,
que, como vivos nunca los entierra,
aquí me los ofrece todos juntos
para que se los vuelva yo difuntos.
Roldán
Discursos han sido vanos
los que la lengua primero
articula que el acero.
Fierabrás
¡Pues hablen, francés, las manos!
Éntranse peleando y dejan solo a Guido.
Guido
Aunque me ciegan los ojos
los lazos de mi tormento,
la luz del entendimiento
no han cegado sus antojos.
Por las mal distintas voces
y el mal formado ruido
de las armas, he entendido
que, animosos y veloces,
sin mirar en intereses,
intentan librarme fieros
mis gallardos caballeros,
mis generosos franceses.
¡Quién deste lazo inclemente
librarse hubiera podido
y, a la luz restituido,
desesperado y valiente
vendiera su vida, ah, cielos,
a precio de muchas!
Prueba a quebrar las cuerdas y no puede.
¿No
puedo desatarme yo?
¡Monstruo soy de fuego y hielos!
Vivo y muerto de una suerte
voces a los vientos doy
y en apelación estoy
de una sentencia de muerte.
Sale Floripes y las turcas.
Floripes
¡Ea, valerosa Astrea,
divina Irene y Arminda!
A darme venís la vida;
hoy vuestro valor se vea.
Irene
Ya nuestra gente acomete
y, como lid han trabado,
aquí el preso se han dejado
sin guarda alguna.
Floripes
El copete
nos ofrece la ocasión; sígueme, Guido.
Guido
¿Qué es esto,
que en nueva duda me ha puesto
mi ciega imaginación?
¿Quién me ha nombrado?
Floripes
Después,
que no es tiempo, lo sabrás.
Guido
¿Aun quieres que dude más,
fortuna? Pero no es
cuerda duda, pues, si fuera
de mi gente, cosa es clara
que tanto no dilatara
nueva que es tan lisonjera.
Ya el fin de mi vida vi
con aquestas señas yo:
a morir voy, pues salió
la sentencia contra mí.
Vanse, y sale Guarín corriendo.
Guarín
¡Ah, señoras! Pues ¿no habrá
una que quiera dolerse
de mí? ¡Esperad! Ya cerraron.
Aunque vine diligente
a retirarme con ellas,
tardé. ¡Que jamás viniese
yo a buen tiempo si no es
que se repartan cachetes!
Trabada anda la batalla.
¡Oh, quién boleta tuviese
para algún balcón del cielo
en fiesta que es tan solene!
¡Porque hay cuchillada tal
que a un turco rollizo hiende
por la cinta, y es la espada
de tan lindo corte y temple
que se le vuelve a dejar
tan en pie que no parece
que pasó! ¡Tajo hay que empieza
a cortar desde la frente
y hasta el ombligo no para,
dejando al moro paciente
hecho un águila de Roma
con un cuello y dos golletes!
En dos mitades a un turco
partió Roldán por las sienes
y, aquí el pecho, allí la espalda
sobre láminas de un césped,
nos dio a entender
que eran dos
hombres de medio relieve.
Dentro Fierabrás.
Fierabrás
¡A ellos, alarbes, que ya
cobardes la espalda vuelven!
Salen los caballeros.
Roldán
Retirarnos es forzoso,
porque todo el mundo viene
sobre nosotros.
Oliveros
Llevemos
a Gui de Borgoña al fuerte
y amparémonos en él.
Infante
Aquí quedó y no parece.
Ricarte
Pues ¿qué habremos adquirido
si la presa se nos pierde?
Guarín
Mejor dijerais el preso;
mas eso fuera a no haberle
retirado yo a la torre
con solas cuatro mujeres
que salieron a ayudarme.
Roldán
Eres leal y valiente.
Guarín
¡Mucho! ¡Mucho!
Infante
¿Eso es verdad?
Guarín
Dentro está.
Ricarte
¡Qué nueva alegre!
Roldán
¿Mujeres le retiraron?
Guarín
Venid, que no será este
el primero que retiren.
Yo sé de alguna que tiene
retirados por aldeas
mil príncipes excelentes,
pobres y llenos de pleitos,
que así medra quien bien quiere.
Vanse, y sale Floripes y damas y Guido vendado y atado.
Floripes
Ya que del temor segura,
noble Guido, de perderte
estoy, es tiempo que aquí
conozcas lo que me debes.
Desátale y descúbrele.
Guido
¡Válgame el cielo! ¿Qué miro?
Floripes
¿Qué dudas? ¿Qué te suspendes?
Guido
Dudo mis dichas, señora,
que, como tan pocas veces
las vi el rostro, no observé
de su rostro las especies
y suspéndome en pensar
si son ellas.
Floripes
¿Qué resuelves
de esa suspensión y duda?
Guido
Que sí, que es fuerza que fuesen
mis dichas las que mis pasos
guiaron a hablarte y verte.
Dame mil veces los brazos,
que, por si es fingido este
bien, antes que de mis ojos
desvanecido se ausente,
tengo de lograrle.
Abrázanse.
Agora,
¡mas que del sueño despierte!,
¡mas que de mis brazos huya!,
y ¡mas que venga mi muerte!
Floripes
¡Oh, a costa de cuántos riesgos
la vida, Guido, me debes!
Guido
¿Qué es lo que me dices? ¿Yo
te debo la vida?
Floripes
Eres
ingrato si aquesto niegas.
Guido
No tal, que, si bien lo adviertes,
tú no me has dado la vida;
solo el modo de la muerte
mejoraste: esto te debo
y no más.
Floripes
Pues ¿de qué suerte?
Guido
Yo iba a morir, es verdad,
entre bárbaros crueles
y allí el pesar me mataba
de morir, mi bien, sin verte.
A darme la vida tú
saliste, hermosa y valiente,
y trujísteme a la torre,
donde tu hermosura viese,
y aquí me mata el placer;
luego la vida no debe
el que de pesar moría
y agora de placer muere,
pues tan muerte es la que dan
pesares como placeres.
Floripes
Bien sabes desobligarte,
Guido, por no agradecerme
las finezas. Mas ¿qué es esto?
Salen los caballeros.
La puerta abrieron.
Oliveros
Mil veces
a todos nos da los brazos
que nuestra amistad merece.
Guido
A muchos debo la vida
y he de ser forzosamente
ingrato, que a solo un dueño
la he de dar.
Roldán
Nada le ofreces,
porque, aunque todos pelean
y todos la empresa vencen,
los prisioneros después
solo son de quien los prende;
y, así, aunque todos salimos
a librarte y defenderte,
pues Floripes te ganó,
solo de Floripes eres.
Guarín
Y, galán en buena guerra
ganado, ninguna tiene
derecho contra ti, pues,
cuando otra alguna te lleve,
te podrá sacar por pleito,
que, si por armas te adquiere,
eres amante peculio,
castrense o cuasi castrense.
Floripes
Ya que otra vez, paladines,
nos ha juntado la suerte,
discursos de una mujer
escuchad atentamente,
siquiera por ser primeros.
Ya veis que el hado inclemente
tan poco lugar permite
a los sucesos alegres
que apenas deja mirarlos
cuando de vista los pierde;
apenas darnos podemos
de un suceso parabienes
cuando pesares de otro
nos amenazan y advierten.
Hidras las desdichas son
—mil nacen donde una muere—
y, en parecerse a sí mismas,
ya las desdichas son fénix:
una es heredera de otra
y tantas a una suceden
que siempre de sus cenizas
está el sepulcro caliente.
Tratemos de remediarnos,
porque vivir desta suerte
es imposible. Ya estamos
entre fortunas crueles
otra vez sitiados; ya
volvimos a la inclemente
ruina pasada. ¿Qué alivio
tenemos que nos consuele?
¿Qué esperanza que nos valga?
¿Qué poder que nos remedie?
El más osado peligro
lo más que ofrecernos puede
es un día más de vida
y, este pasado, se vuelve
a quedar la duda en pie.
Juntemos los pareceres
nuestros y búsquese un medio,
a pesar de inconvenientes,
con que de una vez salgamos
de morir de tantas veces.
¿Quién el relámpago vio,
culebra de fuego, sierpe
de vislumbres escamada
que el aire ilumina y hiere,
que no previniese el rayo?
¿Quién en montañas de nieve
vio levantarse huracanes,
gigantes de espuma débil,
que a la prevista tormenta
reparos no previniese?
¿Quién vio encapotarse el sol
con nubes que le escurecen
que para la tempestad
no solicitase albergue,
cortesano de una choza
o de un tronco hueco huésped?
Pues ya el relámpago vimos
brillar entre nubes leves,
pues ya vimos la tormenta
amenazar con desdenes
y vimos la tempestad
prevenir iras crueles,
reparémonos de todos,
porque morir desta suerte
a manos de nuestro miedo
es flaqueza que no tiene
disculpa, bien como aquel
que, huyendo de quien le viene
a matar, se mata él mismo,
como si morir no fuese
morir uno de cobarde
tanto como de valiente,
y quizá, si se ayudara
del valor, diera la muerte
a quien se la quiso dar,
que es la fortuna accidentes.
Yo estoy dispuesta a seguiros,
porque no hay inconveniente
que rinda tan firme amor,
que fe tan pura sujete;
en la vuestra he de morir,
de Guido esposa, si quiere
el cielo que con un bien
tantos pesares descuente.
No quedemos sospechosos
con este escrúpulo, este
recelo de que no hicimos
cuanto pudimos valientes,
y mirad cómo ha de ser,
que yo, altiva, osada y fuerte,
no me he de dar a partido
a la fortuna inclemente,
pues la he de esperar, constante,
vista a vista, frente a frente,
cara a cara, cuerpo a cuerpo,
porque así viva quien vence.
Roldán
Aunque yo callar pudiera
donde todos hablar pueden,
como mejor informado
de todo lo que sucede
en África y fuera della,
quiero, señora, atreverme
a tomar esta licencia.
Carlo Magno con su gente
en Aguas Muertas está
y piadoso no se atreve
a combatir y postrar
aquel prodigioso fuerte,
porque en los presos tu hermano
rabia y cólera no vengue.
A tratar partidos vine;
el poco efeto que tiene
mi embajada ya lo ves;
repetirle no conviene.
Digo, pues, por ir al caso,
que, si avisarse pudiese
al emperador de cómo
vivimos y él emprendiese
ganar el fuerte, era fuerza
que las fuerzas divirtiese
de tu hermano, siendo entonces
más flacas y menos fuertes.
Esta es la razón de estado
más práctica; lo que tiene
de dificultad agora
es cómo avisarse puede
a Carlos.
Oliveros
Pues que tú diste
el consejo, me parece
que yo podré dar el modo.
Escuchad: pues en el fuerte
tenemos tantos caballos,
el más veloz se aderece
y, armado de todas armas,
uno de nosotros muestre
su valor saliendo al campo
y no a vencer como suele,
sino a huir, porque tal vez
por más vitoria se tiene.
Con industria y con valor
pase de Mantible el puente
y avise a Carlos de todo.
Infante
Pues uno el consejo ofrece
y otro el arbitrio, a mí agora
dar algo me pertenece
y, así, doy el caballero
que ha de salir.
Guido
Pues ¿no adviertes
que todos por mí arriesgastis
la vida y es bien que arriesgue
también la vida por todos?
Ricarte
Yo es justo que a los dos medie
saliendo yo.
Roldán
Yo he venido
con la embajada y conviene
que vuelva con la respuesta,
que son estilos corteses
que con la respuesta vuelva
quien con el recado viene.
Oliveros
¿Y qué dijera de mí
quien de mi valor creyese
que supe dar el consejo
y que no supe emprenderle?
¡Bueno fuera que el hablar
me tocase solamente
y el hacer a otro!
Floripes
Yo
os compondré.
Roldán
Cuanto intentes
obedeceremos todos.
Oliveros
¿Quién dices?
Floripes
Que se echen suertes
digo; así, a ninguno agravio,
pues que saldrá el que saliere.
Roldán
Dices bien.
Guido
¿Cómo ha de ser?,
que ni aquí tinta se ofrece
ni dados.
Irene
Yo os lo diré:
esta cinta partes breves
haced, tantas como sois,
y a tomar cada uno llegue
un cabo, estando en mis manos
todos, y aquel que escogiere
Floripes, ese saldrá.
Parten la cinta con una daga y cada uno da su parte a Irene.
Guarín
(¿Ven todos vuesas mercedes
cuánto estos nobles monsiures,
atrevidos y valientes,
intentan el salir? Sí.
¿Ven también que no me meten
en la danza y que me estoy,
como un novicio obediente,
sin hablar y sin paular?
Sí. Pues ¡el diablo me lleve
si, sin ver la suerte yo,
no me tocare la suerte!).
Irene
Llega, señora, y un lazo
destos toma, porque ese
ha de salir.
Floripes
(¡Ay de mí!
¡Quién adivinar pudiese
cuál es el de Guido! Y no
para elegirle y tenerle,
sino antes para dejarle,
que hay caso en que Amor ordene
que, por haberle escogido,
he de dejar de escogerle).
Este elijo.
Irene
¿Cúyo es?
Guido
El mío.
Floripes
(¡Ay de mí!)
Roldán
¡Qué fuerte
es mi estrella!
Oliveros
¡Que en mi vida
nada bien me sucediese!
Vanse los dos.
Infante
¡Qué desdichado he nacido!
Vase.
Ricarte
¡Triste voy de que otro fuese!
Vase.
Guido
En tanto que me despido,
Guarín,...
Guarín
(Ahora va.)
Guido
...prevente,
que a las ancas del caballo
has de ir.
Guarín
¿Yo adarga viviente?
Pues ¿entré en las suertes yo?
Guido
No es tiempo de burlas este.
Guarín
Ya se ve que es muy de veras,
pero yo, señor, advierte
que ir no puedo, porque tuve
con el gigante del puente
ciertas palabras mayores.
Guido
Ya te digo que me dejes.
Vase Guarín. Quedan solos Guido y Floripes.
Floripes, leyes de honor
son más que divinas leyes,
que obligaciones del gusto
en un noble pecho vencen.
Sabe el cielo que mi vida
es tuya y sabe que siente
vivir sin ti; mas sin ti
no vive, no, sino muere.
A darte voy libertad.
Floripes
¡Ay, Guido, lo que me debes!
¡Ay, Guido, lo que me cuestas!,
que aun de burlas no consiente
amor que yo elija otro.
Guido
Esa es mi suerte dos veces.
Floripes
No digas que suerte ha sido
la que mi mano te ofrece,
pues era fuerza que yo
entre todos te eligiese
y lo que hubo de ser fuerza
no es bien que se llame suerte.
Guido
Suerte con razón la llamo,
pues me pesara de verte
nombrar a otro —dejo aparte
el valor—, pues me parece
que solo de que tu mano
tocara la línea breve
de una cinta, cuyo estremo
ajena mano tuviese,
bastara a matar de amor,
porque hay venenos tan fuertes
que a un valle se comunican
de hoja verde en hoja verde
y pudo por el contacto
dilatarse y estenderse
veneno de amor, porque es
tu mano un áspid de nieve.
Floripes
Correspondan las finezas
ausente como presente.
Guido
Siempre será tuya el alma.
Floripes
Y mi vida tuya siempre.
Guido
Quédate a Dios.
Floripes
Él te libre.
Guido
Él te guarde.
Floripes
Y él te lleve con bien.
Guido
(¡Oh, qué mal se ausenta
un hombre de lo que quiere!).
Floripes
(¡Oh, qué bien una partida
dice lo que el alma siente!).
Vanse, y salen moros huyendo y Fierabrás enojado tras ellos.
Fierabrás
¡No me quede aquí ninguno,
canalla cobarde y vil,
que no es blasón oportuno
que acometan a cien mil
y pelee solo uno!
Si todos habéis de huir
y dejarme en la ocasión,
solo me podéis servir
de quitarme la opinión,
para que puedan decir
los franceses que han vencido
un ejército arrogante;
y, pues que yo solo he sido
quien los esperó constante,
quien los aguardó atrevido,
vivo yo, que he de quedar
solo y que solo he de dar
con sola mi vista guerra
a los cielos y a la tierra,
al viento, al fuego y al mar.
Vanse los moros.
No ha de quedarme en el fuerte
piedra sobre piedra alguna,
aunque le pese a la suerte,
aunque llore la fortuna
y aunque lo sienta la muerte.
Yo era un caudaloso río
que en brazos me desangraba
y, como del valor mío
valor a todos prestaba,
no era tan grande mi brío.
Ya mis raudales junté;
solo estoy, solo seré
corriente más fuerte hoy.
Y, pues que tan solo estoy,
salid al campo porque
no perdáis, nobles cristianos,
la vitoria de morir
a tan generosas manos;
mas, si salís para huir,
serán mis intentos vanos.
Dentro ruido.
¡Vive Alá que me temieron
hoy como solo me vieron!,
que las fieras cada día
no dieron en compañía
el pavor que solas dieron.
Bien se ve, pues quien salió
igual pareja corrió
con el aura lisonjera
y en medio de la carrera
tan atrás se la dejó
que publica sin aliento,
que confiesa con desmayo,
que aquel prodigio violento,
si hay rayo con alma, es rayo,
si hay viento con cuerpo, es viento.
¿Quién será aquel caballero?
¡Oh, quién pudiera alcanzallo!
En el monte se entró; pero
de las ancas el caballo
ha arrojado el escudero
y, del monte despeñado,
a la alfombra que en el suelo
el abril ha matizado se cayó.
Sale rodando Guarín.
Guarín
¡Válgame el cielo!
Fierabrás
¿Qué es aquesto?
Guarín
Haber rodado.
Fierabrás
Quién eres...
Guarín
¿Aquesto hay más?
Fierabrás
...me di luego y con qué fin
sales hoy y dónde vas.
Guarín
Yo, señor don Fierabrás,
soy el bárbaro Guarín;
de Gui de Borgoña soy
escudero. Con él voy,
porque pretende arrogante
avisar al imperante
de las fortunas que hoy
padecen, porque con guerra,
entrándose por tu tierra,
divierta el poder y así
puedan escapar de aquí
esos que esa torre encierra.
Y tanto mi pecho labras
que, antes que la boca abras,
satisfago a tus preguntas:
mira qué de cosas juntas
te he dicho en cuatro palabras.
Fierabrás
Calla, no me digas más,...
Guarín
No haré.
Fierabrás
...que muerte me das.
¿Avisar a Carlos quieren
de sus penas? Pues no esperen
verse sin ellas jamás.
¿Y cómo piensa pasar
Guido el puente?
Guarín
¿Qué sé yo?
Fierabrás
¿Quién el feudo le ha de dar?
Guarín
Roldán pagado dejó
cuando aquí pudo llegar.
Fierabrás
Si aquí estoy, bien puede ser
que embista con su poder
Carlos el puente; si voy
a guardarle, paso doy
a los presos. ¿Qué he de hacer?
Mas, pues estoy tan seguro
que ellos no salgan de aquí,
guardar el puente procuro
yo mismo, teniendo en mí
mejor gigante su muro,
pues así está defendida
con prevención celebrada,
sin que mi poder divida
para los unos la entrada
y a los otros la salida.
Aunque pudiera matarte,...
Guarín
(Hicieras mal.)
Fierabrás
...quiero honrarte.
Guarín
(Haces bien.)
Fierabrás
A esto me obligo
porque reñiste conmigo,
y mis brazos he de darte,
que dos que en campo han lidiado
guardan amistad sin fin.
Vete en paz.
Vase Fierabrás.
Guarín
¡Dios sea loado!,
que ya estás, fray Juan Guarín,
de Fierabrás perdonado.
¿Qué es lo que pasa por mí?
Pero ya otra vez lo vi,
aunque en caso diferente,
pues hicieron eminente
a un hombre que conocí
versos que otro trabajó,
y más opinión ganó
alguno con lo achacado
que otros con lo trabajado,
como en mis hazañas yo.
Y, aunque el desengaño vean,
no habrá disculpas que sean
bastantes a mi fatiga,
si hay un tonto que lo diga
y dos tontos que lo crean.
Vase. Suenan cajas, salen soldados y acompañamiento y el emperador.
Emperador
Aquí haced alto y aquí
suene la bastarda trompa,
y a los templados clarines
sucedan las cajas roncas.
Las banderas que volaron
con las águilas de Roma
a ver cara a cara al sol,
siendo del viento lisonjas,
abatan el vuelo altivo,
y las plumas, que coronan
de rayos, bajen a ser
destos peñascos alfombra.
Ninguna seña de gusto,
ninguna acción de vitoria
se vea, que mis empresas
ya han de ser funestas todas.
Cinco valerosos lirios,
desatados de las hojas
de una lis, África injusta,
en urnas de olvido gozas,
siendo tu abrasada arena
sepulcros de su memoria.
A vengarlos viene Carlos,
y ¡por mi sacra corona
que un mar de sangre africana
ha de costar cada gota!
Esa puente que, atrevida,
al sol que la mira enoja,
pues, puesta en mitad del mundo,
ver la otra mitad le estorba,
porque su estatura hace
a su medio ámbito sombra,
has de ver cómo mi acero
humilla, derriba y postra,
convirtiéndose en cenizas,
Troya del agua, esa Troya.
Marche el campo derramado
por la margen arenosa
del Mantible en sus arenas
de sierpes engendradoras,
que, antes que el sol otra vez
rubios cabellos descoja
y en espejos de cristal
mire mejillas de rosa,
tengo de dar el asalto.
Dentro Guido.
Guido
¡Ay de mí!
Emperador
¡Voz temerosa!
Hoy el cielo favorece
tu causa o la suya propia,
pues en tan profundo río
vado muestra. Mira agora
un hombre a caballo, que...
Emperador
No digas más, que ya nota
mi vista el nuevo prodigio
de que este bruto me informa.
¿Quién será?, que mal la vista
puede distinguir la forma,
porque el bulto solamente
se permite a la memoria.
Átomo del agua es,
cuando del viento envidiosa
quiere que átomos también
discurran su espuma sorda.
A los embates del río,
hecho el caballo una roca,
se deja llevar, mas luego
que al rigor la cerviz dobla,
vuelve ganando más agua
que perdió en la procelosa
furia, porque así se vencen
poderosos que se enojan.
Ya tomó puerto en la orilla,
donde a más riesgos zozobra.
¡Llegad a darle favor!
¡Echad al agua una sonda!
Pero séanlo mis brazos,
que tantas venturas gozan.
¡Guido! ¡Sobrino!
Sale Guido mojado.
Guido
Señor,
dame tus plantas heroicas.
Emperador
Pues ¿qué fortunas son estas?
Guido
No es tiempo de hablar agora,
cuando da paso a las manos
el oficio de la boca.
Solo te podré decir
que aquesta acción generosa
de haber pasado ese río,
siendo en verdinegras ondas
un escollo fugitivo
que la corriente furiosa
de sus centros arrancó,
peñasco de algas y ovas;
que ese haber sido piloto
sobre las cerúleas ondas
de un animado bajel,
siendo la frente la proa,
remos los pies, los estribos
costados, las ancas popa,
las guedejas jarcias, yo
la vela que el viento azota,
y el timón que nos gobierna
sobre la espuma la cola,
es pequeño triunfo, hazaña
humilde y empresa poca
para las que has de saber.
Y, pues que la priesa importa,
da, soberano señor,
asalto a esa poderosa
eminencia, de quien es
pensil el cielo, pues logra
por jardines sus esferas
y sus estrellas por rosas.
Darás libertad, señor,
no digo a tus gentes todas,
a quien bárbaro sujeta,
a quien cruel aprisiona
una fiera, pues lo es
en el nombre y en las obras,
sino a la bella Floripes,
deidad del África hermosa,
en cuyo divino objeto
la edad de los dioses torna.
Por ella tus caballeros
tienen vida generosa,
por ella vive la lis
de Francia en tierras remotas,
por ella de mi garganta
al cuchillo y a la soga
se admitió la apelación;
y todo tan a su costa
que en los brazos de la muerte
la he dejado tan dudosa
que teme a cada suspiro
si se ahoga o no se ahoga.
Si soy tu sobrino, si eres
césar cuyo nombre asombra,
si solicitas la vida
de cuatro deudos que agora
muertos viven, contra un rey
bárbaro las armas toma
o volvereme otra vez
a echar a esa espuma sorda,
volviendo a morir con ellos
entre mis cenizas propias,
fénix de amor, que esta fe
debo a Floripes hermosa.
Emperador
El que muertos pretendía
vengaros no tendrá otras
albricias, Guido, que darte
por nuevas tan venturosas
sino hacer lo que me pides:
hoy verás mi vencedora
cuchilla sobre esa puente.
¡Cesen las funestas pompas!
¡Cajas el aire ensordezcan!
¡Clarines el cielo rompan!,
que, pues vivos tengo dentro
del África venenosa
mis paladines, es bien
haga fiestas. No se oigan
voces ningunas que digan
«guerra» ya, sino «vitoria».
Tocan cajas.
Guido
A la música que alegre
discurre la esfera ociosa
abren el puente y parece
que de la celeste bola
los dos polos se desquician,
los dos ejes se trastornan.
Emperador
Vámonos llegando a ellos
al son de cajas y trompas.
Guido
Floripes mía, a librarte
voy de esclavitud penosa:
una vida que te debo
he de pagarte con otra.
Vanse. Suena música, ábrese el puente y vese arriba sentado Fierabrás y dos gigantes a sus pies.
Fierabrás
Sobre el puente de Mantible,
mirando a una parte y otra,
ejércitos se descubren;
¡ah, qué vista tan hermosa!
Los sitiados de mi tierra,
viendo que ya se corona
el Mantible de pendones
que la lis de Francia borda,
se han atrevido a salir
y, marchando en buena forma,
se van acercando al puente;
los franceses, que blasonan
de que los han de librar,
osados las armas toman,
y, en medio de todos, yo
con ufana vanagloria
estoy de ver el cuidado
que les da una vida sola;
y aun pienso que de una vida,
por ser mía, es cierta cosa
que a mí de mí para todos
la mitad de mí me sobra.
Ya por las dos partes llegan
divididas las dos tropas;
bien podré hablar desde aquí,
porque dos campos me oigan.
Cajas. Salen por una parte el emperador, Guido y soldados, y por la otra los caballeros y las damas y Guarín.
Generosos paladines,
los de la Tabla Redonda,
cuya fama de dos polos
uno y otro estremo toca,
ya libres o ya cautivos
estéis, escuchadme agora,
que quiero que os maten antes
mis palabras que mis obras.
Dentro y fuera de mi tierra
me hacéis guerra, ¡acción famosa!,
porque no era para mí
bastante una empresa sola.
Y, así, porque en todos juntos
tenga nombre de vitoria,
sobre el puente de Mantible
os espera mi persona.
Los gigantes me acompañan
que el Flegra abrasado aborta,
hijos del sol y la tierra,
para que a mis pies se pongan.
Descendientes son de aquellos
que guerra al cielo pregonan,
o personas de dos montes
o montes de dos personas;
y, con todo, yo os espero
con esta cuchilla corva,
que es del libro de la muerte
desencuadernada hoja.
Llegue, pues, si quiere alguno
probar de qué suerte corta,
antes de dar la batalla;
y, si uno solo no osa,
subid todos, que el río Verde,
en sus profundas alcobas,
ya sepulcros os construye,
ya monumentos os obra
y del nombre se despide,
pues, si fue verde hasta agora,
ha de ser de aquí adelante
el río del Agua Roja.
Emperador
Ya solo, bárbaro, es tiempo
de que las cajas respondan.
¡Toca al arma y viva Francia!
Fierabrás
¡Viva África, al arma toca!
Unos
dentro.
¡Viva Francia!
Otros
¡África viva!
Suben por la parte del emperador y pelean en la puente.
Roldán
Ya se escucha que de esotra
parte se da la batalla;
acometamos agora
nosotros por este lado.
Suben unos por una parte y otros por otra. Dase la batalla muy reñida en lo alto y éntranse todos por arriba.
Floripes
Retirémonos nosotras,
pues basta que no ayudemos
nuestra patria en tal discordia,
sin ser también instrumento
de sus pérdidas.
Irene
Señora,
muy bien lo puedes decir,
pues ya ves las fuerzas rotas
de las huestes africanas,
y el francés la puente toma.
Arminda
Y de la más alta almena
bárbaro un turco se arroja
hasta llegar a tus pies.
Cae rodando desde lo alto Fierabrás, muy sangriento y sin espada.
Fierabrás
¡Oh, reniego de Mahoma!
¿Agora hubo de faltarme
con qué darme muerte? ¿Agora?
¡Pero yo me mataré
con mis manos y mi boca!
Floripes
¡Mi hermano es!
Fierabrás
¿Quién está aquí?
Floripes
¡Ay, cielos!
Fierabrás
No, no te escondas,
que quiero, ingrata, que veas
cómo con mi muerte logras
ruinas de tu propia patria,
muerte de tu sangre propia.
De los cielos blasfemaba,
tirando con furia loca
pedazos del corazón;
pues fuiste mi cielo, toma:
Arrójale la sangre.
¡bebe de mi sangre, harta
della la sed que te enoja!
Sale el emperador, caballeros y todos.
Emperador
¿Adónde está Fierabrás?
Fierabrás
Aquí está, que la vitoria
aún no es tuya mientras vivo,
pues sin tiempo te coronas.
Acábame de matar
y asegura tu persona,
si no es que después de muerto
te da la muerte mi sombra.
Emperador
Llevalde donde le curen
como a mi persona propia,
Llévanle.
que diferencia ha de haber
de la prisión rigurosa
de un rey bárbaro a la mía.
Roldán
Danos los brazos, que honran
los nuestros.
Guido
Y yo merezca
lugar entre tantas honras,
siquiera por el padrino,
que esta es Floripes, mi esposa.
Emperador
Despacio quiero ofrecerme
a vuestro servicio; agora
dadme los brazos.
Floripes
Yo soy,
en ser tu esclava, dichosa.
Emperador
Pues cobré mis caballeros,
asegurando la gloria,
aquesa fábrica altiva
que el paso al África estorba
en ceniza se resuelva,
para que de todas formas
hoy La puente de Mantible
tenga fin con tal vitoria.
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