Amigo, amante y leal
Gran Comedia

Personas que hablan en ella:

  • ALEJANDRO, príncipe de Parma.
  • FÉLIX
  • ARIAS
  • MECO
  • AURORA
  • ESTELA
  • LAURA
  • JACINTA

Primera Jornada

Salen don Félix y Meco, vestidos de camino.
Félix
Celio a esa esquina se quede
con los caballos y ven
tú solo conmigo.
Meco
¿Quién
sufrir tus locuras puede?
Félix
¿De qué te quejas?
Meco
No sé.
Félix
Pues si no lo sabes, no
me canses.
Meco
¿Qué diré yo
si tú preguntas de qué,
pues acabas de llegar
zabucado de una posta
y otra posta tan a costa
de nuestro particular,
de noche y lloviendo Dios,
a tu quinta? Y cuando espero
hospedaje lisonjero
que nos descanse a los dos,
de cama cuyo algodón
pasar por nieve pudiera
y mesa que pareciera
aparador de figón,
el hospedaje, la mesa
y la cama es el decir:
“A Parma esta noche he de ir”.
En cuyo rigor no cesa
mi mal, pues pagando el porte
a un viceposta, me tray
estas dos millas que hay
desde tu quinta a la corte.
Y cuando pienso que ha sido
llegar aquí por mejor
y que aparato mayor
te esperara prevenido,
todo el regalo es dejar
los caballos y, embozado,
a pie, con hambre y mojado,
discurrir todo el lugar.
Mas ya que así nos hallamos,
¿licencia no me darás
a esta pregunta no más?
Félix
Sí doy.
Meco
Pues di, ¿adónde vamos?
Félix
No me atrevo a responderte,
Meco, que aun yo mismo estoy
dudoso de adónde voy.
Meco
¿Y en duda vas desa suerte?
Félix
Sí; que tres afectos son
los que a un tiempo el pecho siente
que arrebatan igualmente
alma, vida y corazón.
El corazón, que es la parte
del cuerpo más principal
y el amigo más leal
del hombre, de mí se parte
por ir a ver a un amigo.
La vida, al dueño ofrecida,
porque es objeto la vida
del favor y del castigo,
pretende con más valor
y afecto leal –no en vano–
que vaya a besar la mano
al Príncipe, mi señor.
El alma, que es la que ama
un soberano sujeto,
media entre los dos a efecto
de que vaya a ver mi dama.
Y así, no fue mucho error
no acertar a responder,
pues no sé si voy a ver
amigo, dama, o señor.
Meco
Contraargumentos: ¿no fuera
mejor, mientras se declara
la duda, que se pasara
la noche, que el día viniera;
y esa contienda trabada,
esa reñida cuestión
de alma, vida y corazón,
consultarla con la almohada?
Y después de haber dormido,
ver lo que te esté mejor?
Y aun ellos mismos, señor,
lo darán por recibido;
porque el Príncipe estará
a tales horas jugando;
el amigo, enamorando;
y la dama dormirá.
Y así, el verlos será error,
pues, por obligarlos más,
finísimo cansarás
a amigo, dama y señor.
Félix
¿Y quién tuviera paciencia,
por dos causas solas, di,
de no llegar hasta aquí
después de tan larga ausencia?
Mas porque veas que estimo
en algo tu parecer,
al uno sólo he de ver;
los dos a ofender me animo.
¿Quién será?
Meco
¿Quieres que aquí,
oráculo soberano,
responda lo que he ocultado?
Pues, sea Aurora.
Félix
Es así.
Y si al fin el corazón
es vasallo de la vida
y ella está al alma rendida,
obedecerla es razón.
Rinda el corazón la palma
a la vida; ella, después,
al alma; y entre los tres
salga victoriosa el alma.
Vamos a verla primero.
Meco
Venció, en fin, Aurora bella.
Félix
¿Creerás que muero por vella,
y que por no vella muero?
Meco
Has respondido muy bien.
No vamos.
Félix
¡Qué necio estás!
Meco
Pues ¿de qué dudoso vas?
Félix
¿Quién, sin dudar, quiso bien?
Temo que ausente he vivido;
y siempre está la hermosura
en ausencia mal segura.
Meco
Engaño notable ha sido;
que antes, mientras más hermosa,
estará segura más
una mujer.
Félix
Loco estás.
Meco
En opinión tan dudosa
al más lógico te igualas.
Un astuto mercader
suele en su tienda tener
mil telas, buenas y malas.
Las buenas, al concertarlas,
no hay en Génova tesoro,
con ser la esponja del oro
del mundo, para pagarlas;
porque el mercader, al vellas,
esto a todos respondió:
“Vendidas las tengo yo”;
y siempre se está con ellas.
Llegan otros de mal gusto
y unas malas telas ven,
que llaman bromas; y bien
les parecen –¡caso injusto!–
y al primer precio que dan
se las llevan, por temer
el astuto mercader
que no vuelvan si se van.
Mercader es la mujer
y no hay facción en su tienda,
buena o mala, que no venda.
Si hermosa se llega a ver,
aunque el príncipe, el señor,
el título, el caballero,
el hidalgo, el escudero
lleguen marchantes de amor,
no temas que precio haya
que, vana, diciendo está:
“Otro marchante vendrá,
no importa que éste se vaya”.
Aquí la razón consiste:
más de la fea reniega,
porque el primero que llega
corta la tela y la viste.
Y pues son, si agora tomas
este consuelo y le aplicas,
las hermosas telas ricas
y las feas telas bromas,
estará contra tu queja
la hermosura bien segura,
que no es siempre la hermosura
mal segura zagaleja.
Félix
Con tu discurso he llegado
hasta su casa. Esta es.
Meco
Hacen seña.
Hagamos la seña, pues.
Félix
¿Si se habrán della olvidado?
Meco
Sí, pues no nos respondieron.
Félix
¡Ay de mí! Ausencia y olvido
tumba de mi amor han sido.
Meco
No muy tumba, que ya abrieron
la puerta.
Félix
Pues ¡ay de mí!
¡Qué a punto a la puerta estaban!
¿Si es que otro dueño esperaban?
Meco
¿Qué es lo que han de hacer, me di,
estas mujeres, señor,
que te agrade en lance tal?
Si no te responden, mal;
si te responden, peor.
Sale Laura.
Laura
¡Ce! ¡Ce! ¿Es don Félix?
Félix
Yo soy;
que con haberme nombrado,
Laura, vida y ser me has dado.
Laura
A pedir albricias voy,
porque, aunque tu seña oyó
mi señora, no creía
que fueses tú el que la hacía.
Vase.
Meco
Ya estarás contento.
Félix
No.
Meco
Pues ¿qué temes, si esto ves?
Félix
Que ser puede este cuidado
demostración del estado.
No siempre el cuidado es
efecto de la alegría;
también se puede causar
del disgusto y el pesar.
Salen Aurora y Laura con luz.
Aurora
No espere más feliz día
quien con noble confianza
en sus brazos te recibe,
porque amor honesto vive
donde muere la esperanza:
fénix es que vida alcanza
de otras cenizas. Mi bien,
mi señor, vengas con bien;
que por la dicha de hoy
el alma en albricias doy
a los ojos que te ven.
Ellos tu ausencia han llorado;
y como han sido instrumento
del pesar y el sentimiento,
lo son del gusto y agrado.
Hasta agora había pensado,
llevada de mis enojos,
que eran todos sus despojos
lágrimas; pero ya creo,
después, Félix, que te veo,
que hay dichas para los ojos.
Divertía mis temores
leyendo que cierta gente
se sustenta solamente
de oler las frutas y flores.
Juzgué yo que eran errores;
mas si llego a examinar
que un sentido sabe dar
vida, muy bien puede ser
que otros vivan con oler,
pues vivo yo con mirar.
Félix
Cómo responderos dudo,
sin que a mi amor haga agravio;
pero diré con un sabio
que la copia me hace mudo.
Pues, de lisonjas desnudo,
diversos discursos hallo,
uno elijo; y si a explicallo
voy, el silencio es testigo
que aun no es sombra lo que digo
del cuerpo de lo que callo.
Solamente el alma sabe
comprender afecto igual,
porque es esencia inmortal;
que mi amor inmenso y grave
en menos caja no cabe
que en lo eterno. Y así, intento
explicarte este contento,
disculpándome contigo
con que siento lo que digo
y no digo lo que siento.
Hay dos modos de decir:
uno, que es decir diciendo;
y otro, que es decir sintiendo.
Quien dice por divertir,
dice; mas quien por sentir
dice, siente. Así verás,
cuando escuchándome estás,
que con la amante fatiga
hallarás quien más te diga,
mas no quien te diga más.
Dame esos brazos.
Meco
A Laura.
¿Y a mí,
señora, no me darás,
para besarte no más,
ese de los pies, ti, tí,
de juanetes, bon amí?
Laura
Los brazos te doy.
Meco
A Félix.
(¿Agora
ves lo que un temor ignora,
lo que un miedo desconfía?
¿Ves lo que yo te decía
de la firmeza de Aurora?)
Félix
A Meco.
(Meco, porque lo dijiste,
darte albricias determino.
El vestido de camino
que hice en la corte te viste.)
Meco
A Félix.
(Mira que cabos hiciste...)
Félix
A Meco.
(Los cabos te doy también.)
Meco
A Félix.
(Queda el aderezo...)
Félix
A Meco.
(Bien;
tómale.)
Meco
A Félix.
(Tiene el sombrero
un cintillo...)
Félix
A Meco.
(Nada quiero;
toma el sombrero también.)
Llaman dentro.
Mas ¿qué es esto? ¿Llaman?
Laura
Sí.
Félix
Pues a estas horas ¿quién suele
llamar, Aurora, a tus puertas?
Y tan recio que parece
que estraña el que estén cerradas.
Aurora
No sé; mas sea quien fuere,
no respondan.
Félix
¡Sí respondan!
Meco
(¡Plegue al cielo que no llegue
alguno que me desnude
el vestido sin ponelle.)
Félix
Baja, Laura. Abre las puertas
y quien ha llamado entre;
que de entrar tendrá licencia
el que de llamar la tiene.
Mira que puede quebrarlas,
diciendo así claramente
que no se suelen tardar
tanto en abrirle otras veces.
Vase Laura.
Aurora
Félix, porque no presumas
que hay qué encubrirte, consiente
mi recato en que respondan.
Baja, pues está inocente
mi fe.
Félix
¡Plegue a Dios!
Aurora
¿De mí
tan bajas sospechas tienes?
Félix
De mis desdichas las tengo.
¿Quién es, Laura?
Sale Laura.
Aurora
Di, ¿qué temes?
Laura
Don Arias, señora, es;
que dice que hablarte quiere.
Aurora
¿A mí don Arias?
Félix
No finjas;
que ya he visto claramente
por qué siempre me estorbaste
que a don Arias le dijese,
siendo mi amigo, mi amor.
Aurora
Recato no más fue ése.
Félix
No fue sino prevención
de que mi amor no supiese
quién te amaba.
Aurora
Verdad es;
que don Arias...
Félix
¡Tente, tente!
No lo digas tú, supuesto
que no hay dolor que te fuerce
a confesar; que yo he visto
que el que un tormento padece
confiese delitos suyos;
y aquí es muy contraria suerte
que a mí me den el tormento
y tú el delito confieses.
Aurora
No importa una confesión
que más que condena absuelve;
pues, aunque me ame don Arias,
no sé con qué causa puede
llamar así; y ha de entrar,
porque satisfecho quedes
oyendo de qué manera
le han tratado mis desdenes.
Félix
Pues si me halla aquí, ¿qué mucho
que disimule?
Aurora
No tienes
qué temer, si aquí te escondes.
Félix
No estoy bien con esconderme.
Mas con una condición
me esconderé.
Aurora
¿Y es?
Félix
Que siempre
has de estar donde te vea;
porque de ninguna suerte
puedas por señas decirle
que hay quién le escucha y atiende.
Aurora
Norabuena. Ve a llamarle.
Nada mi amor te defiende.
Félix
A Meco.
(¡Ay Meco!, ¿qué puedo hacer,
si mi amor Aurora ofende
con don Arias?)
Meco
A Félix.
(¡Ay señor!,
quitarme el vestido puedes.)
Escóndense los dos y sale don Arias.
Arias
Tendréis a gran novedad,
señora, que desta suerte
a vuestra casa me atreva;
pero tal licencia tiene
quien viene mandado a veros.
¿Quién creera que mal tan fuerte
haga de los gustos penas
y desdichas de los bienes?
Aurora
Una novedad no más
creí que hallarse pudiese
en esta visita y ya
dos a mis ojos se ofrecen.
Es una venir; y otra,
venir mandado. ¿Quién puede,
ni a lo uno ni a lo otro,
a estas horas atreverse?
Arias
Aunque son las dudas dos,
a la una solamente
satisfaré, pues la otra
no ignoráis; que no me deben
tan pocas finezas estas
rejas que ellas no pudiesen
haberos dicho de mí
rigores que el alma siente;
pues, por ver alguna aurora
en celajes de su oriente,
desperté en la calle muchas
con las músicas alegres
de lágrimas y suspiros,
que son las aves y fuentes,
a cuya dulce armonía
y en cuya undosa corriente
es el cisne mi esperanza,
que canta cuando se muere.
Aurora
Por cierto, señor don Arias,
pensará quién os oyere
que habéis tenido de mí
favores con que se aliente
esa esperanza que nace
y muere tan fácilmente;
que más que esperanza cisne,
parece esperanza fénix.
Decid a lo que venís,
porque no quiero deberme
tan poco que no presuma
que otra causa es la que os mueve.
Arias
Sí me mueve; y porque veáis
errores que el mundo tiene,
un lince ha buscado un ciego
que le guíe y que le adiestre;
un cuerdo ha llamado a un loco
que le advierta y le aconseje;
un sabio a un necio ha pedido
que le doctrine y enseñe;
y un sano pide salud
a un enfermo que se muere.
Esto es deciros, en suma,
que un enamorado quiere
hacer tercero a un celoso.
Ved qué error tan imprudente.
El Príncipe, mi señor,
veros, señora, pretende,
porque os vio. ¿Quién en el mundo
tiene envidia a lo que tiene?
Con achaque de pedir
un vidrio de agua que temple
la sed, me mandó llamar.
¿Quién buscó entre fuego nieve?
En la calle está esperando
licencia que no se puede
negar, porque a esta ocasión
no hay disculpa conveniente.
Ya sé que ha de ser por fuerza
la respuesta: “Decid que entre”;
mas porque no lo digáis
vos ni yo lo escuche, ireme
a decir que venga a veros;
que, al fin, la herida más fuerte,
si propria mano la cura,
menos que la ajena duele.
Vase.
Félix
¿Fuese ya?
Aurora
Sí.
Félix
Antes que venga
el Príncipe, me iré.
Aurora
¡Tente!
Félix
¿Para qué? ¿Para que vea
más desdichas que me cerquen,
más penas que me persigan,
más celos que me atormenten?
Déjame salir, que temo,
según las desdichas crecen,
que he de hallar hoy en tu casa
señores, deudos, parientes
y amigos; y yo no estoy
para visitas.
Aurora
Mi Félix,
mi señor, mi bien, mi dueño.
Félix
¡Ay Aurora, cómo mientes!
Aurora
Pues ¿no oirás el desengaño?
Félix
¿Y es?
Aurora
Decirle que no intente
amarme.
Y ¿qué se remedia?
Aurora
Que me olvide y que me deje.
Félix
Dices mal, Aurora.
Aurora
¿Cómo?
Félix
No es remedio conveniente
para que olvide tratarle
mal.
Aurora
Pues, ¿qué he de hacer?
Quererle.
¡Mira qué será el dolor,
si el remedio, Aurora, es éste!
Laura
Advierte que suben ya.
Aurora
Forzoso será esconderte.
Félix
Sí haré, porque no me vea
antes que yo vaya a verle.
Aurora
Yo le salgo a recibir
mientras puedas esconderte. Vase.
Félix
Tú me dijiste que era
firme Aurora, ¿ves si mientes?
Meco
Pues no me des el vestido,
si no es firme.
Félix
¿Ves si tiene
más peligros la hermosura?
Meco
Dices bien: mentí dos veces;
pues toma también los cabos.
Félix
¿Ves si el temor de un ausente
faltó?
Meco
Cintillo y sombrero
vuelvo intactos. Pero advierte
que estas visitas, señor,
más te obligan que te ofenden.
Porque si estabas dudoso
sobre a cuál destos tres vieses,
adivinándote el gusto
Aurora quiso tenerte
a todos tres en su casa;
porque su visita fuese
visita de tres en raya.
Pero escóndete que vienen.
Escóndense. Salen el Príncipe, Aurora y don Arias.
Aurora
Ha sido exceso, señor,
que mi humildad no merece;
porque no siendo esta casa
esa fábrica celeste,
ese palacio de vidrio
que es del sol dorado albergue,
¿cómo puede ser capaz
de tan soberano huesped?
Príncipe
No afrentéis, hermosa Aurora,
mis descuidos de esa suerte;
que si es motejar, discreta,
el poco amor que me debe
vuestra casa, pues la sé
tan tarde, disculpa tiene
quien, dilatando abrasarse,
duda, aguarda, espera y teme.
No la hagáis humilde esfera,
que si dice vulgarmente
un adagio castellano
que hacen palacios los reyes,
las auroras harán cielos;
y este humano cielo breve
será la cuna del día,
pues con tu aurora amanece.
Aurora
No me atrevo a responder
a finezas tan corteses
sin que os sentéis. Es pedir
tiempo, señor, en que piense
la respuesta.
Príncipe
Siéntase.
Sentaos vos.
Aurora
Vuestra soy.
Arias
Al Príncipe.
(¿Qué te parece?)
Príncipe
A Arias.
(La fama mintió, don Arias;
y mis ojos juntamente,
cuando vieron su hermosura.)
Arias
Al Príncipe.
(Sí, señor; que hay mil mujeres
que parecen bien de lejos
y ésta, si mejor lo adviertes,
no es tan hermosa.)
Príncipe
A Arias.
(No digas
tal; que fama y ojos mienten
porque no representaron
esta hermosura excelente
como es, porque ella sola
se compite y no se excede.)
Félix
(La visita va despacio.
¡Plegue a Dios, no me despeñen
los celos a alguna acción
que vida y honor me cueste!)
Aurora
Dice, señor, vuestra Alteza,
que descuido no moteje
de haber sabido tan tarde
mi casa. Y de que confiese
en esta parte su culpa
me vale, pues claramente
confiesa lo tarde que es
para visitar mujeres
de mis prendas. ¿Qué dirá
Parma mañana, si hoy viese
a deshoras a mis puertas
caballos, carroza y gente?
No todos pueden pensar
la causa; y cuando la piensen,
¿dónde hay malicias de fuego
que son disculpas de nieve?
Esto digo, gran señor,
porque vuestra Alteza piense
que, si hoy ha entrado hasta aquí
a honrarme en mi casa y verme,
fue porque habiendo llegado
a la puerta no se fuese
sin que besase su mano.
Y estas honras y mercedes
para una vez son honor
y afrenta para dos veces.
Príncipe
Cuerdamente me advertís.
Don Arias...
Arias
Señor.
Príncipe
Que dejen
la calle haz a esos criados.
A Arias.
(Y tú escucha aparte: vete
en casa de Estela; allí,
me espera.)
Arias
(Esto solamente
debo al amor, pues me pone
de mis desdichas ausente.)
Vase.
Félix
(¡Vive Dios que quedan solos!
Haced, cielos, que no intente
alguna acción que me obligue
a despeñarme y perderme.)
Príncipe
Ya despedí los criados.
Y, si he errado, enmendareme
otra vez y vendré solo,
si es éste el inconveniente.
Aurora
No es ése solo, señor,
porque aun mi sombra me ofende;
pues cuando no hubiera más
testigos que me asistiesen
que estas paredes, aun dellas
me recataré prudente;
que si otras paredes oyen,
ven y oyen mis paredes.
Príncipe
¿Por qué pensaréis que son
las hermosas tan crüeles?
Porque es parte de hermosura
el resistirse y vencerse.
La rosa por eso es reina
de las flores, porque tiene
archeros en sus espinas
que su hermosura defienden.
Félix
(¿Habrá quién tenga paciencia
para ver que otro requiebre
a su dama? ¡Vive Dios,
que miente su honor y miente
su amor! ¿Qué tengo de hacer?
Deme el cielo industria, u deme
fuerzas, para reportarme
en una ocasión tan fuerte.)
Príncipe
Por lo que digo de rosas,
yo os vi en un jardín alegre,
diosa del abril, hacer
campo azul un cielo verde.
Estas manos...
Aurora
Vuestra Alteza
advierta...
Félix
(Ya no hay que espere;
que, entre mi dueño y mi dama,
es ya forzoso perderme.
Si me declaro, es morir;
y si no, es morir mil veces.
¿No habrá un medio en dos estremos?
Sí habrá, que pueda, impaciente,
encubrirme y declararme.
Y esto ha de ser desta suerte.)
Sale don Félix embozado por delante de los dos.
Príncipe
¿Qué es esto?
Aurora
¡Válgame el cielo!
Príncipe
Hombre embozado, ¿quién eres?
Aurora
Deténgase vuestra Alteza.
Príncipe
Soltadme, que no consiente
mi valor que este desaire
sin castigarse se quede.
Aurora
No ha de salir vuestra Alteza.
Príncipe
Si me estorbáis de esa suerte
la puerta, por la ventana
me echaré; que no consiente...
Mas ¿quién está aquí?
Va a entrar el Príncipe por la otra puerta y encuentra con Meco.
Meco
Yo soy.
Príncipe
¿Quién?
Meco
Un fámulo, un sirviente,
un súbdito, un siervo desta
casa.
Príncipe
¿Quién era el valiente
rebozado?
Meco
Como estuvo,
señor, rebozado siempre,
no le conocí.
Príncipe
¿Vos sois
su criado?
Meco
Ciertamente
que jamás comí su pan.
(Y es verdad; que no le tiene.)
Príncipe
Pues ¿a quién servís?
Meco
A Aurora.
Príncipe
Hombre de tan baja suerte
y en ese traje, ¿de qué
a una dama servir puede?
Meco
De cochero, que no somos
más curiosos. Claramente
lo dicen fieltro y espuelas.
Príncipe
Idos...
Meco
Me place mil veces.
Vase.
Príncipe
...que no es justo que mi enojo
por lo más delgado quiebre.
Quedad, Aurora, con Dios;
que ya he visto claramente
que es verdad que en vuestra casa
ven y oyen las paredes. Vase.
Aurora
Yo perdí vida y amante
por una locura. ¡Ay, Félix,
poco te debe mi honor,
poco mi opinión te debe! Vase.
Salen Estela y don Arias.
Estela
¿Dónde el Príncipe queda?
Arias
Jugando le dejé.
Estela
¡Que haya quien pueda
sufrir los desengaños
de una fe de un amante tantos años!
¿De cuándo acá se olvida
Alejandro que es alma de mi vida?
¿De mi amor de esa suerte
toda una noche el juego le divierte,
que sin verme se pasa?
Pues ya el sol los pirámides abrasa
de ese monte eminente,
primer anuncio del pasado oriente,
ya la nevada aurora
en granos de esmeraldas perlas llora,
¿y el Príncipe no viene?
Arias
Quizá la misma aurora le detiene.
Y sin quizá, pues al amor pluguiera
no fuera Aurora quien le detuviera.
Estela
Tus razones escucho.
Y si dicen que celos saben mucho
de astrología –porque, al fin, los celos
por una letra dejan de ser cielos–
de tus voces infiero
la enfermedad a cuyas manos muero.
Arias
¿Por qué?
Estela
Porque dijiste,
que Aurora le detiene.
Arias
Si ya viste
el monte coronado
de luces y de aljófares bañado,
¿ya de venir en público no es hora?
Luego, Estela, detiénele el aurora.
Estela
Pues ¿por qué proseguiste,
melancólico y triste,
diciendo: “A amor pluguiera
no fuera Aurora quien le detuviera”?
Arias
Porque sentí que se acercaba el día
y faltase la noche que tenía,
entre sus pardos velos,
que averiguar las sombras de unos celos.
Estela
Quitásteme el cuidado.
Arias
Ya me pesa de habértele quitado.
Estela
¿Por qué?
Arias
Son los rigores lisonjeros
cuando hay en las desdichas compañeros.
Estela
Aunque satisfaciste
a la duda, por eso no venciste,
don Arias, a la queja;
y pues la misma presunción me deja,
consuélate conmigo,
que sombras busco y ilusiones sigo.
Arias
Contigo, ¿cómo puedo,
si en ti los celos son sombras y miedo
y en mí son desengaños?
Estela
Dichoso tú que, a costa de los daños
que lloras y padeces,
no vives engañado.
Arias
Tú me ofreces
un argumento con que al mundo asombre.
Supongo desdichado agora un hombre.
¿No es mejor que lo sea
sin que sepa su agravio ni le vea
que no que cara a cara
le embista la desdicha? Cosa es clara,
porque el que está inocente
de su mal ni le llora ni le siente.
¿Hay más dichosa suerte
que hacer yo camarada con mi muerte
y, viviendo conmigo,
jamás notificarme su castigo
y, de veneno lleno,
estar de su rigor y furia ajeno?
¡Feliz el desdichado que en su estado
nunca supo que fuese desdichado!
Estela
¿Eso tu ingenio dice?
Mil veces desdichado y infelice
quien, siéndolo, lo ignora;
pues tiene que llorar y no lo llora.
Muerte que anda conmigo,
¿no es un traidor con máscara de amigo?
¿Qué pena más estraña
que irme vendiendo aquél que me acompaña
y de quien yo me fío?
Ignorar el veneno que al fin mío
me lleva, ¿no es error? ¿Qué sana herida,
sobre falso, no es mina de la vida
que poco a poco roza, cava, infesta
el corazón si no se manifiesta?
Presida la experiencia a esta contienda:
dame un hombre no más que no pretenda
tocar el desengaño
en el primer crepúsculo del daño.
Pues soberbia será con tales modos
querer saber tú sólo más que todos.
Arias
Arguyes de manera
que, si es dicha saber desdichas, fuera
yo muy ingrato contigo
a no hacerte dichosa. Harto te digo.
Quédate a Dios, que de venir no es hora
el Príncipe si ya salió el aurora.
Estela
¡Ay, confusos recelos,
ciertas mis penas son, ciertos mis celos!
Aurora es quien me mata.
¡Oh amiga fiera! ¡Oh fementida ingrata!
Ahora entendí tus penas y las mías,
don Arias; pero, ya que las sabías,
por qué me las dijiste?
Arias
Tú la culpa tuviste, causa diste;
y mis celos, señora, atrevimiento,
porque estorbar así mi muerte intento.
Mira, desengañada,
cuándo fuiste en tu mal más desdichada:
¿el tiempo que le ignoras
u el tiempo que le sientes y le lloras?
Estela
No sé, que todo es malo.
Una desdicha a otra desdicha igualo.
Cuando no lo sabía,
por saberlo moría;
y agora que lo sé, la vida diera
por ignorarle; de cualquier manera,
cuidados son cuidados,
malos sabidos, malos ignorados.)
Vase.
Arias
Quien un secreto fía
de mujer, en los vientos se confía,
en el mar se asegura
y se juzga constante en la ventura.
Bien sé que así de cuerdo el nombre pierdo,
mas ¿qué celoso es cuerdo?
Con los celos de Estela
quiero sacar los míos a cautela
del fuego en que me quemo.
¡Qué furia! ¡Qué dolor! ¡Qué amor! ¡Qué estremo!
Retírase don Arias y salen don Félix y Meco.
Félix
¿Que de esa suerte pasó?
Meco
De la suerte que lo digo.
Félix
Pues si el Príncipe te vio,
desde hoy no has de andar conmigo.
No durará mucho.
Meco
¿No?
Félix
No; que en el punto que dé
cuenta al Príncipe –¡ay de mí!–
de la forma que acabé
la pretensión a que fui,
de Parma me ausentaré
para no volver a vella
jamás, puesto que el rigor
de sangre, valor y estrella
borra, desvanece y huella
amistad, lealtad y amor.
Mientras yo a palacio voy,
busca postas.
Meco
Muerto voy,
que postas no faltarán.
Vase.
Félix
Desta suerte acabarán
todas mis desdichas hoy.
Arias
Dudosa el alma temía,
hasta ver si érades vos;
que como era dicha mía
el hallaros, vive Dios,
Félix, que no lo creía.
Dadme mil veces los brazos.
Félix
Mi fe y vuestra voluntad
con mil amorosos lazos
confirmen estos abrazos,
símbolo de la amistad.
Arias
¿Cuándo llegasteis?
¡Por Dios!,
que el primer hombre que he visto
en Parma habéis sido vos.
(¡Qué mal mis penas resisto!)
Arias
Dicha ha sido de los dos.
¿Bueno venís?
Félix
Sí venía;
mas desde el punto que entré
en Parma este infausto día
en sus umbrales dejé
todo el gusto que traía.
Arias
¿Tan mal os recibe?
Félix
Sí;
y tan mal que no he de estar
aquí un día.
Arias
¿Cómo así?
Félix
Importa mucho tornar
a España y salir de aquí.
Arias
Casi me dais a entender
que es de amor ese rigor;
porque no pudiera ser
menos imán que el de amor
el que os hiciera volver
tan presto.
Félix
Negar no puedo
que es amor el que me lleva.
Arias
Triste de escucharos quedo,
porque yo con esa nueva
he vuelto a cobrar más miedo
a mis desdichas. Pensé
que, con hablaros a vos,
amparo y consuelo hallé,
porque, en efeto, entre dos
cuya lealtad, cuya fe
es eterna y inmortal
tiene menor fuerza el mal;
y porque aliviarla podía
fiando la pena mía
a un amigo tan leal.
Pero maravilla ha sido:
mi gusto apenas nació
cuando se cubrió de olvido.
Mas aunque hoy os pierda yo,
que os volváis, Félix, os pido;
porque si, como decís,
es amor el que sentís,
hiciera muy neciamente
en deteneros ausente,
pues no sé cómo vivís
este instante que no estáis
viendo la dama que amáis;
porque si un día estuviera
ausente yo, no viviera.
Félix
¡Oh, qué constante os pintáis!
Arias
Tanto lo estoy que no fuera
posible que ausencia o muerte
olvidar mi amor hiciera.
Félix
(Si él se pinta desta suerte,
¿qué espera mi amor? ¿Qué espera
mi amistad? Pues si le digo
que es mi dama la que ama,
ningún efeto consigo;
y ya perdida la dama,
no perdamos el amigo.)
¿Tanto amáis?
Arias
Tanto, os prometo,
que, atropellando el respeto
del Príncipe, deste modo
he de morir; mas de todo
es capaz tanto sujeto.
Yo sé que me disculpéis,
cuando lo sepáis.
Félix
(¡Ay, cielos!,
¿qué es lo que de mí queréis?
¿Posible es que me matéis
con tanta ventaja, celos?)
Arias
Tendréis a facilidad
que apenas hayáis llegado
cuando de mi voluntad
tan larga cuenta os he dado;
mas no sufre mi amistad
más dilacion. ¡Bueno fuera
que en mi pecho para vos
nada reservado hubiera
un instante! ¡Vive Dios,
que ese instante me rompiera
el pecho y hablara en él
un corazón tan fiel!
Félix
(Él me enseña a ser amigo
haciendo leal conmigo
lo que yo no hice con él.)
Arias
Pero el Príncipe ha salido.
Luego trataremos desto.
Sale el Príncipe.
Félix
Tus plantas, gran señor, pido;
a cuyas estampas puesto,
soberbio y desvanecido,
no envidio el laurel que encierra
uno y otro paralelo,
por donde inconstante cierra
ese corazón del cielo,
esa alma de la tierra.
Príncipe
¡Oh Félix noble y leal!
Vengáis mil veces con bien.
Jamás tuve gusto igual.
Félix
(Todos me reciben bien
y todos me quieren mal.)
Príncipe
¿Cómo venís?
Félix
Con salud;
y más que sano, contento,
porque vengo de servirte.
Tuvo, señor, buen efecto
tu pretensión en España.
Despacio mira este pliego;
y en los despachos verás
cuanto pretendes en ellos.
Príncipe
Los brazos me vuelve a dar,
porque descanse en tu cuello
el peso de mis cuidados;
que no puede tanto peso
fiarse a menor atlante.
Ya sé que albricias te debo.
Pídeme, Félix.
Félix
Señor,
las mercedes que pretendo
de tus generosas manos
son...
Príncipe
Pide, no tengas miedo.
Félix
Licencia para volver
a España, porque yo vengo
solamente por servirte;
que si no fuera por eso,
no hubiera llegado aquí;
que España es amparo y centro
del mundo, noble hospedaje
de todos los forasteros.
Príncipe
¿Y ésa es bastante ocasión
a hacer tan largo destierro
de la patria?
Félix
Yo sé bien,
la ocasión, señor, que tengo;
y si va a decir verdad,
dada la palabra dejo
a una dama y a un amigo
de salir de aquí muy presto.
Yo sé que a los dos importa
que me vaya.
Príncipe
Yo me huelgo
de no haber aquí ofrecido
con palabra o juramento,
don Félix, lo que pidieses;
porque, habiendo sido esto,
me hallara muy empeñado
en lo que cumplir no puedo.
No pienses que las albricias
que te pidió mi contento
fue porque has venido hoy
con las nuevas deste pleito,
sino porque tú has venido.
Porque más estimo y precio
tu persona que el estado
que aquí nuevamente adquiero.
Tengo mucho que fiarte.
Félix
Mil veces tus plantas beso.
(¿A qué más puedo llegar,
si los males agradezco?)
Príncipe
Dejadnos solos.
Vase don Arias.
Félix
(Fortuna,
dime, ¿en qué ha de parar esto?
Príncipe
Aunque fuera, Félix, justo
que descansaras primero
que fiarte mi cuidado,
no tiene paciencia el fuego.
Así, sabrás que una dama
–cuyo divino sujeto
a sí mismo se compite,
que no pudiera con menos–
vive en Parma, tan hermosa
y discreta que sospecho
que en ella han tratado paces
la hermosura y el ingenio;
tan hermosa que, aunque fuera
necia, supliera el defecto;
tan discreta que, a ser fea,
le sucediera lo mesmo.
Pero ¿para qué presumo
dar con encarecimientos
términos a lo infinito,
si con nombrártela puedo
decir, en sólo su nombre,
más que en frases y conceptos,
retóricas y figuras
de las prosas y los versos?
Es Aurora. Yo la vi
una mañana saliendo
a un jardín, a cuya vista
rendido, abrasado y muerto
quedé. Por llegar al caso,
no la pinto; y por ser viejo
mañana, aurora y jardín.
Fui a su calle de secreto
algunas noches, adonde,
con el noturno silencio,
puerta, reja ni ventana
dio entrada al menor deseo.
Anoche, pues, me atreví
persuadido de mi afecto
a entrar en su casa. Agora
empieza un raro suceso.
Diome quejas de que fuese
tan acompañado; y luego,
despidiendo los criados,
solo con ella me quedo.
Quien ama, ¿en esta ocasión
dejara, atrevido y necio,
de lograr algún favor?
Pero, apenas, Félix, quiero
tocar una blanca mano,
monstruo de cristal y fuego,
cuando un hombre rebozado
del más oculto aposento
salió. Yo entonces, corrido,
seguirle y matarle intento.
Por cualquier estorbo, paso
a que él tomase primero
la puerta; así, cuando salgo,
con la dilación le pierdo.
Este desaire en mi cara,
en su casa este desprecio,
ya por fuerza o ya por tema,
me enamoraron de nuevo,
porque yo no sé quién dice
que son amor o eran celos.
Perdido estoy por saber
quién es desta dama el dueño
y así, don Félix, te fío
la averiguación de aquesto.
Tú de día y yo de noche,
viendo, celando, asistiendo
en su calle, he de saber
quién es este hombre encubierto.
Tú has de guardarme su casa,
de suerte que no entre dentro
ni aun un pensamiento mío,
con ser tal mi pensamiento.
Mira, si de ti me valgo,
¿cómo dar licencia puedo
para que de mí te ausentes?
Esa dama y caballero
que te esperan, te perdonen;
pues en cualquiera suceso,
primero soy yo que nadie
y has de acudirme primero.
Vase.
Félix
¡Válgame el cielo! ¿Qué haré
con tan notable suceso,
combatido de desdichas,
contrastado de recelos,
cargado de obligaciones,
cercado de pensamientos
y, finalmente, vencido
de honor, de amistad y celos?
¿Un amigo y un señor
y una dama a un mismo tiempo
me obligan y ofenden? ¿Cómo
pueden disponer los cielos
amor, castigo y agravio
y lisonja, afrenta y premio?
El amigo anda conmigo
tan liberal que al primero
día me dice su amor.
¿Él se declaró conmigo?
Sí. Luego tiene derecho
contra mi amor; pues yo sé
que le agravio y que le ofendo
y él no que me ofende a mí.
Quédese a esta parte esto
y vamos a otro discurso.
Un señor, a quien le debo
lealtad, porque siempre ha sido
mi amparo, príncipe y dueño,
me hace de sus amores,
contra mí mismo, tercero.
Fuerza es acudir leal;
con cuya asistencia dejo
de ser leal a mi amigo,
que en cualquier cuidado es cierto
que le ofendo y bien sé yo
que aquí obligación no tengo
de revelar ni decir
de uno a otro los intentos,
porque entre los nobles es ley
natural guardar secreto.
Pero cuando viva yo
a dos pasiones atento
guardando secreto a dos,
¿cómo puedo, cómo puedo
dejar de ser desleal
y traidor conmigo mesmo?
Aquí entra Aurora. Si ella
nunca dio causa a mis celos,
¿qué culpa viene a tener
en que, arrogante y soberbio,
la ame el Príncipe? Ninguna.
¿Y don Arias? Menos, menos;
pues uno y otro se quejan
de rigores, y desprecios;
y cuando fulmino culpas
hallo finezas que debo.
Pues si ella no está culpada,
¿cómo intento, cómo intento
dejarla? ¿Es buena disculpa
de un amante caballero
decir a su dama: “Yo
por un amigo te dejo,
o por un señor te olvido”?
No por cierto, no por cierto;
porque es infamia y bajeza
hacer de damas desprecio.
Y dado caso que fuera
el decirlo así bien hecho,
¿está acabado conmigo
ya que decírselo puedo?
No, pues no puedo dejar
de amarla. Pues ¿qué remedio
habrá para ser amigo
con mi amigo, con mi dueño
leal, con mi dama amante?
Dejar en manos del tiempo
el suceso. Y hasta tanto
que él dé luz a mis deseos,
¡quitadme, cielos, la vida;
u dadme paciencia, cielos!

Segunda Jornada

Salen Jacinta y Estela.
Jacinta
Mira lo que haces.
Estela
Jacinta,
¿qué me cansas y aconsejas?
Que una flecha disparada,
un abrasado cometa,
un delfín cortando el mar,
un caballo en su carrera,
un viento, mar, tierra y fuego
podrán parar su violencia
y no una mujer celosa,
determinada y resuelta.
¿Tengo de sufrir que Aurora
tanto al Príncipe divierta
que ya de mi amor se olvide
y que ya a verme no venga?
Jacinta
Pues ¿qué piensas hacer?
Estela
Ir
a su casa, adonde entienda
que me ofende y que me agravia;
que hasta el punto que lo sepa,
no puedo della quejarme
–que todas sabemos esta
ley del duelo–; mas si luego,
advertida de mi ofensa,
prosigue en matarme a celos,
¡viven los cielos, que en ella
tengo de vengar mi injuria!
Despídale y como vuelva
el Príncipe a visitarme,
con juramento y promesa
daré palabra de entonces
dejalle y que suyo sea;
porque dejarme es desaire
y yo he de quedar bien puesta.
Jacinta
Don Arias vendrá a pagar
estos rigores.
Estela
(¿Qué esencia
es decir que él me lo ha dicho?
Antes lo callaré, atenta
a saber más.)
Jacinta
Una dama
hacia tu cuarto se acerca.
Y es Aurora.
Estela
Si viniese
a pedirme celos ella,
por la mano me ganaba.
Jacinta
¿Qué es, señora, lo que piensas
hacer?
Estela
¿Qué? Disimular,
hasta que su intento sepa.
Salen Aurora y Laura con manto.
Aurora
Amiga, dame los brazos,
para que con ellos tenga
dulce alivio quien te busca
por consuelo de sus penas.
Estela
¡Jesús!, mi señora Aurora,
¿es posible que merezca
tanto favor esta casa?
¿No fuera justo, no fuera
lícito avisar primero,
porque advertida estuviera
desta dicha? ¿Tan callando
se entra el bien por estas puertas?
Aurora
¡Ay, Estela, qué de burlas
me recibes! ¡Qué bien muestras
que ni amores te divierten
ni cuidados te desvelan!
Pero porque no blasones
tan arrogante y soberbia,
a partir vengo contigo
mis desdichas y mis penas;
porque sé de tu amistad
que tanto te compadezcas
que como ajenas las oigas
y como propias las sientas.
Estela
Con menos satisfación,
de mi amistad ofendieras
el deseo de servirte.
Ven al estrado y sosiega,
que estás cansada.
Siéntase en dos sillas.
Aurora
Aquí estamos
bien, porque esta cuadra, Estela,
que cae sobre estos jardines
también divierte y alegra.
Estela
(¿Qué fin tendrá esta visita?)
Descansa, pues, tu tristeza
conmigo, que los pesares,
si se repiten y cuentan,
pasan plaza de favores.
Aurora
Escúchame, pues, atenta,
que quiero agora fiarte
secretos que aun a mí mesma
alguna vez me encubrí;
tanto que a salir no aciertan
porque ignoran el camino
que hay desde el pecho a la lengua.
Pero como un arroyuelo
que con plata hilada riega
verdes céspedes –en quien
cobardemente tropieza–
suele tal vez, estorbado
de las flores y las yerbas,
a sí mismo reducirse,
rebalsarse y hacer presa
hasta que, hallándose ya
con más poder y más fuerza,
revienta por lo más alto
–burlando la resistencia
de las flores que doblaron
la cerviz a su soberbia–,
para descansar contigo,
como mi amiga y mi deuda,
quiero decirte la causa
que me aflije y atormenta.
Mas no sé por dónde empiece
a contarte mi tristeza;
que, aunque te he dicho que quiero
decirla, no hay más que sepas,
ni hay más ya que yo te diga;
que en ella creo se encierra
todo, que pesares míos
acaban por donde empiezan.
Ya no sólo inferirás
deste discurso que sea
amor mi mal, mas también
habrás inferido, cuerda,
que es rabia, rigor y muerte;
porque si yo quiero, es fuerza
no ser querida, que amor
es dios de fortuna y niega
al uno lo que da al otro
por ser con ambos adversa.
Don Félix Colona fue
–al nombrarle la vergüenza
me enmudece– dueño ingrato
de sentidos y potencias.
Tres años ha que merece
con recatada licencia
de mi honestidad favores,
de mi voluntad finezas.
Esto con tanto secreto
que el sol que registra y quema
los átomos no podrá
decir que sabe, en ofensa
de mi amor, un desengaño,
una sombra, una sospecha;
si no es que se lo haya dicho,
viéndole dios de su esfera,
por congraciarse con él,
maliciosa alguna estrella;
que aun no pudiera la luna,
porque sus rayos apenas
divisaron en mi calle
de su persona las señas.
Y fue tanto que ninguno
quise, Estela, que dijera
nuestro amor. Mas ¿qué ha importado
del secreto la advertencia
si lo que el amor calló
hoy a voces lo confiesan
los celos? Que no hay secreto
donde sus rigores llegan;
que amor con ojos y lengua
los celos son, ¡ay!, Estela.
Pensarás que estoy celosa
oyendo de qué manera
hoy de los celos me quejo;
pues no es que siento su ofensa,
sino que Félix la siente,
porque hay ocasión que pueda
tenerle celoso a él
sin que yo la culpa tenga.
Alejandro, nuestro dueño,
dios de las armas y letras,
da por mi mal en mirarme;
y tan constante se muestra
que disfavores, desdenes,
rigores, iras, ofensas,
ni aun desengaños, no bastan
a que me olvide y me pierda.
Antes, con uno tan grande
como fue que en su presencia
salió rebozado Félix
–sólo a ti te lo dijera–
a estorbar que me tomase
una mano, de manera
creció su amor que en el punto
que el sol, entre sombras negras,
en los campos de occidente
baña las doradas trenzas
hasta que en brazos del alba
medio dormido despierta,
las guedejas coronadas
de jazmines y azucenas,
no se aparta de mi calle.
Si tal vez la noche cierra
y yo fuera de mi casa
estoy, rebozado llega
a mi carroza; si voy
al prado, en él me festeja.
Al fin, de día y de noche,
ya por amor, ya por tema,
bebiendo rayos parece
girasol de mi belleza.
¡Mal haya un amor que intenta,
tirano, gustos por fuerza!
Félix, rendido con esto
a tan grande competencia,
ya ni me ve ni me oye;
si bien es que nunca deja
mi calle. Pero ¿quién duda
que sólo por saber sea
en qué estado están sus celos?
Que no hay nadie que no quiera,
a costa de un desengaño,
no hacer más de una esperiencia.
Pero no ha sido posible
que escuchar, Estela, quiera
satisfaciones; que en hombres
con celos es cosa nueva.
Viendo, pues, que él en mi casa
no quiere entrar, yo quisiera
ir a la suya y salir
de tantas dudas en ella;
porque ya, no el amor sólo,
sino la opinión me fuerza.
Sabré así en qué han de parar
estos celos, estas quejas;
y hasta qué tanto se estienden
de un criado las finezas.
Tendrá fin mi desengaño
o tendrá fin mi sospecha,
si es posible que tengan
fin las desdichas,
término las penas.
Para aquesto me he valido
de ti. Oye de qué manera
lo dispongo. Yo salí
de mi casa descubierta,
como ves, con mis criadas
y en mi coche. Y no hay qué temas
si agora, mudando vestido,
disfrazada y encubierta
vuelvo a salir; que ya tengo
de aquesta calle a la vuelta
prevenido en qué llegar
hasta su quinta, que en ella
vive Félix. Lo que tú
has de hacer es que se entienda
que estoy contigo, de suerte
que mis criados no sepan
que falto de aquí, supuesto
que estando el coche a la puerta
que estoy contigo en visita
se presuma; y cuando vuelva,
saliendo como me entré,
se desmiente la sospecha.
Este es oficio de amiga
y, de amiga tan discreta,
esto se ha de hacer por mí.
A tus plantas estoy puesta;
y no te espantes de verme
tan restada y tan resuelta,
que quien amando no hace
necedades como éstas
no ama; por cuya ocasión
dijo de amor un poeta,
que “amor tirano era
discreta necedad,
discreción necia”.
Estela
Con grande atención he oído
tus sentimientos; y tanto
me ha suspendido tu llanto,
tu queja me ha enternecido,
que mil veces he creído
que a ti te los cuento yo
y el alma se persuadió
que las penas eran suyas.
Mas, supuesto que son tuyas,
poco o nada se engañó.
Y si he podido tener
en sentimiento tan justo,
Aurora mía, algún gusto,
sólo lo ha podido ser
el venirte hoy a valer
de mi amistad; porque así
he estimado que de mí
te ampares y ya deseo
que ese amor y que ese empleo
se logren; que desde aquí
me va mucho en que tu amante,
a tus finezas testigo,
vuelva a proceder contigo
desengañado y constante.
Plegue a Dios que sea bastante
tu fineza y tu cuidado,
que una vez asegurado
de que al Príncipe aborreces,
vuelva una y muchas veces
más firme y enamorado.
Porque como, al fin, tus quejas
ya las tengo de sentir,
no veo bien si he de salir
del cuidado en que me dejas.
Y si tu amor aconsejas
conmigo, un punto no esperes.
Entra, pues mudarte quieres.
Pondrete tan disfrazada
que, acaso a un cristal mirada,
aun tú no sepas quién eres.
Aurora
No en vano, ¡ay hermosa Estela!,
vine a valerme de ti.
Estela
No me agradezcas así
el cuidado en tu cautela,
pues digo que me desvela
el deseo de ampararte.
Aurora
Guárdete Dios.
Vanse Aurora y Laura.
Estela
Vame parte
en esto. Jacinta, espera;
que aunque de paso, quisiera
descansar en esta parte
contigo.
Jacinta
Todo lo oí
y sé la ocasión que tienes
para quejarte, pues vienes
a desengañarte así.
Estela
Todo, ¡ay cielos!, lo perdí:
Príncipe, afición y honor.
Jacinta
Habla paso.
Estela
Ya el rigor
de mis desdichas sospecho,
que no cabiendo en el pecho
revientan con el dolor.
Y si daños curan daños,
los míos he de apurar.
¡Vive Dios, que he de sanar
a costa de desengaños!
Curen engaños a engaños.
¿La experiencia no enseñó
que el que al fuego se quemó
con el fuego sana luego?
Pues curémonos con fuego,
puesto que me abraso yo.
De su boca quiero oír
mi muerte.
Jacinta
Pues ¿qué has de hacer?
Estela
Las ropas me he de poner
que deje Aurora y he de ir
–¡qué bien dijera a morir!–,
encubierta y disfrazada,
de esos criados guardada,
dentro de su mismo coche
al paseo aquesta noche;
que entonces, desengañada,
si el Príncipe a hablarme llega
por ella –¡ay suerte infelice!–
veré qué amores la dice,
con qué palabras la ruega,
si se turba o si se ciega.
Jacinta
Y deso, ¿qué sacarás?
Estela
¡Qué necia, Jacinta, estás!
Si este desengaño toco,
desengañarme no es poco,
tahúr de mis celos.
Jacinta
Jamás
hasta hoy, señora, oí
tal concepto.
Estela
Pues advierte:
¿un tahúr no da la suerte
aunque sea contra sí?
Pues la dama y el galán,
con los amores –así
suertes echadas están–,
que averiguan sus recelos,
con las barajas de celos
andando la suerte van.
El deseo, poco cuerdo,
brujuleando el rigor,
va preguntando al temor
si la gano o si la pierdo.
Yo, sin luz y sin acuerdo,
la suerte contraria vi;
barajarla pretendí;
no pude; y en mal tan fuerte,
ya es forzoso andar la suerte,
aunque sea contra mí.
Vanse.
Salen el Príncipe y don Arias.
Príncipe
Esto que me abrasa el pecho
no es posible que sea amor.
Arias
¡Que una tristeza, señor,
haya tal estremo hecho!
Advierte...
Príncipe
No me aconsejes,
que no es capaz mi pasión
de discurso ni razón.
Arias
¡Que tanto llevarte dejes
de un amor!
Príncipe
Ése es error;
que, en vivo fuego deshecho,
esto que me abrasa el pecho
no es posible que sea amor.
Amor es dulce fatiga,
éste es penoso tormento;
amor es triste contento,
esto es pasión enemiga;
luego bien, Arias, sospecho
que este fuego no es amor,
sino rabioso dolor
del mal que el amor me ha hecho.
Arias
La retórica elocuente
suele aplicar un conceto
a la causa por su efeto.
Al ejemplo: docta fuente
la llama, cuyo cristal
docto hace; y bien se ve
que ella la docta no fue,
sino el efecto; y si es tal
el efecto que en ti ha hecho
amar, elijo el rigor;
luego viene a ser amor
eso que te abrasa el pecho.
Príncipe
Aunque suele con efeto
la retórica tomar
propiedad para explicar
con elegancia un sujeto,
también vemos que, mudada
una forma, se trocó
el nombre con que nació.
Pongo el ejemplo en tu espada.
Tierra en su principio fue;
mira agora cuánto errara
quien hoy tierra la llamara;
luego en aquesto se ve
que, si mi amor en rigor
y furia trocado está,
siendo furia y rabia ya,
no es posible que sea amor.
Sale Félix.
Félix
¿Podrete hablar?
Príncipe
Bien podrás.
Déjanos solos.
Arias
(¡Ay, cielos!
viendo tan claros mis celos,
¿qué tengo que esperar más?
Viendo al Príncipe perdido,
¿qué es lo que mi amor procura?
¿No es el porfiar locura,
soberbio y desvanecido,
contra un Príncipe y señor
a quien tanta lealtad debo?
Sí; pero fuera muy nuevo
guardar respetos amor.
Cuanto más enamorado
es éste, más me disculpa;
pues la causa de mi culpa
él mismo ha experimentado.
¡Que suceda en el amor
lo que en un enfermo suele:
que ninguno dél se duele
si no sabe su dolor!
Y así, en su rigor, sospecho
que halle disculpa en mi error
este rabioso rigor
del mal que el amor me ha hecho.)
Vase.
Príncipe
¿En casa de Estela fue?
Félix
Sí, señor.
Príncipe
Mucho he sentido
que hayan las dos concurrido
en la visita, porque
sería fácil hablar
las dos de mi amor.
Félix
Señor,
si a Estela tienes amor,
¿para qué la quieres dar
este disgusto?
Príncipe
Confieso
que a Estela he querido bien
y que la quiero también;
pero no con tanto exceso
que he de estorbar sus recelos.
Pero apurado, en rigor,
si a la una tuve amor,
de la otra tengo celos.
Al fin, ¿a su casa fue?
Félix
Sí, señor, pero duró
poco la visita. Yo
en la calle la esperé
por ver si alguien la seguía,
cumpliendo con el secreto
de su guarda; y, en efeto,
antes que espirase el día,
de la manera que entró,
sin mirar ni descubrir
el rostro, volvió a salir.
Hacia el prado el coche echó;
y hasta el prado la siguiera
si, yendo a pie, no mirara
cuánto cuidado causara
y cuánto escándalo diera.
Ella está en el prado agora.
No tengo que avisar más.
Príncipe
¿Y es posible que jamás
has visto en casa de Aurora
entrar algún hombre?
Félix
No.
Desde el día (¡ay de mí triste!)
que esta comisión me diste
no he faltado un punto yo,
ni de noche ni de día,
de la calle (¡mal resisto
mi dolor!) y nunca he visto
otra sombra que la mía;
tanto que tengo creído,
viéndome a mí solo en ella,
que en casa de Aurora bella
yo sería el escondido;
porque, señor, otro hombre
ni mira el balcón ni pasa
los umbrales de su casa.
Príncipe
Fuerza será que me asombre
de ver con cuánto secreto
este galán se ocultó.
Félix
Esto sólo he visto yo.
Príncipe
Don Félix, tú eres discreto.
No he menester, licencioso,
encarecer neciamente
lo que un ofendido siente,
lo que padece un celoso.
Yo estoy ya desesperado.
Dame modo con que pueda
vivir. Tu ingenio conceda
este alivio a mi cuidado.
Félix
(¿A qué más puede llegar
esta celosa violencia,
si yo he de dar la sentencia
de mi muerte? ¿Yo he de dar
el cuchillo y el cordel?
Pues ¿no basta dar la vida
cuando a mi honor ofrecida
sufro pena tan crüel?
¡Ay de mí!)
Príncipe
¿Has, Félix, hallado
alguna industria?
Félix
Señor,
¿a qué se estiende tu amor?
Príncipe
A morir desesperado;
a todo, Félix, se estiende.
Con poder o con violencia
será mía. Mi impaciencia
morir matando pretende.
Félix
Pues entremos en su casa
esta noche; y fuerza en ella
a Aurora divina y bella.
Príncipe
Aunque mi amor, Félix, pasa
de los límites corteses,
con una industria quisiera
que fuera y no fuerza hubiera.
Y ésta pedí que me dieses.
Félix
No la hallo.
Príncipe
Pues yo sí.
Escucha la más notable
industria que ingenio humano
dar pudo a un celoso amante.
Aurora en el prado está
a estas horas, cuando yace
en monumentos de nieve
el sol, que es hermoso padre
del día; y la noche, triste
entre sombras y celajes,
da licencia a las estrellas
para que alumbren cobardes.
Si tú, disfrazado agora
de galas y voz, y en traje
humilde... –con que te mudes
capa y sombrero es bastante–
...te llegases a su coche,
yo haré de suerte que alcances
el abrasado gobierno
que Faetón lograra en balde;
pues haciendo a dos criados
que, sobre que ande o no ande,
den al cochero una herida
–que habrá merecido antes–,
llegarás a muy buen tiempo;
pues con la humildad del traje
te podrás introducir,
que no es objeción que hace
acaso el riesgo; que quien
tan bien el manejo sabe
de los caballos es fuerza
que esta habilidad alcance
de saber llevar un coche,
por ser curiosa y ser fácil.
Dueño, pues, de su hermosura,
fingirás, en viendo el lance
descubierto que los brutos
no obedecen arrogantes
la ley del freno; y haciendo
que con rienda se disparen,
que con freno se desboquen
y que con ley la quebranten,
la sacarás desde el prado,
corriendo todo este valle,
hasta tu quinta; y en ella
no importa que te declares
para cuando yo llegare,
si ya sus desdichas sabe.
No las oiga de mi boca.
Allí, al fin, sola y cobarde,
es fuerza que rinda humilde
aquel pecho de diamante.
Con aquesta industria, Félix,
se escusa el peligro grave
de testigos y criados
en su casa y en la calle.
Tendrá disculpa mi amor,
tendrán fin tantos pesares,
tendrán venganza mis celos
y tendrá vida un amante.
Félix
Advierte, señor...
Príncipe
Don Félix,
si qué son celos no sabes,
no me aconsejes.
Sí sé;
y porque sé que son tales,
quiero juntos sus efetos
ponértelos hoy delante.
Aurora es noble...
Príncipe
Es verdad.
Félix
De lo mejor de la sangre
de Italia.
Príncipe
También lo sé.
Félix
Su honor es incomparable.
Príncipe
No me apures de esa suerte;
porque harás, Félix, que hable
cosas indignas de un hombre
de mi estado y de mis partes.
¿Qué honor al que le guardó
embozado aquel amante?
Pésame de haberlo dicho,
que hombres como yo no saben
hablar mal de las mujeres;
pero si los celos hacen
privarse a un hombre de sí,
no era yo el que hablé denantes;
y así, te encomiendo, Félix,
que no digas esto a nadie.
Yo voy a llamar a quien
esta noche te acompañe.
Y supuesto que ha de ser,
bien puedes, Félix, mudarte.
Félix
(¡Pluguiera a Dios que pudiera!)
Príncipe
¿Qué dices?
Félix
Que de mi parte
hoy haré lo que pudiere
por servirte y por mudarme.
Vase el Príncipe.
¿Habrase algún hombre visto
en confusión semejante?
¿Yo mismo, cielos, yo mismo
he de ser tercero infame
de mi agravio? ¿Habrase dicho
jamás de ningún amante
que haya entregado a su dama?
No; ni es posible que hallen
consecuencias mis desdichas,
ni mis penas ejemplares.
¿No bastaba, hermosa Aurora,
perderte sino mandarme
a mí mismo que te pierda,
que te entregue y que te mate?
¡Mira cuáles son mis penas,
cuáles mis fortunas, cuáles
mis temores, pues ya fuera
el perderte lo más fácil!
¡Pluguiera a Dios que no fueras
tan firme ni tan constante,
sino que con tus favores
hubieras, fiera y mudable,
agradecido el amor
de un poderoso arrogante!
Padeciera yo tus celos,
tus rigores, tus pesares
y no padeciera, no,
la fuerza de agravios tales.
¿Quién creerá que para mí
viene a ser dolor más grande
que el ver fácil a su dama
ver a su dama constante?
Pero mal digo, mal digo.
Callen mis locuras, callen;
que, ya que es fuerza el morir,
mejor será que me maten
mis desdichas que sus celos,
mi suerte que sus desaires.
Viva Aurora firme y noble,
muera yo leal y amante,
triunfe el Príncipe dichoso;
que adonde viven iguales
amor y honor –¡ay de mí!–
el honor está delante.
Amante y leal no puedo
ser a un tiempo; y pues son tales
mis fortunas, cumpla agora,
siendo ejemplo de leales,
con mi obligación; que yo,
cuando tu beldad agravie,
con darme después la muerte
cumpliré con la de amante.
Salen dos criados.
Criado
El Príncipe nos envía,
don Félix, a acompañarte,
informados de lo que has
de hacer.
Félix
(Venid y matadme,
A obedecerte, Alejandro,
voy en ofensa de un ángel.
Perdona, Aurora, que es fuerza
que, adonde viven iguales
honor y amor, ¡ay de mí!,
el honor está delante.)
Vanse y salen Aurora y Laura con mantos, tapadas, y Meco.
Meco
Don Félix, señora mía,
agora en casa no está;
ni a recogerse vendrá
hasta que se pase el día.
Si es que le habéis de esperar,
en este cuarto podéis
divertiros, pues tenéis
pinturas en que espaciar
la vista.
Aurora
¿Vendrá muy tarde?
Meco
Como una dama quisiere,
por quien vive y por quien muere,
por quien hiela y por quien arde.
Su hermosura adora en vano,
cuadrando a su voluntad
aquella civilidad
del perro del hortelano;
pues, sin pretender jamás
favores de esta mujer,
se contenta con saber
en lo que entiende y no más.
Aurora
Pues de ese estremo ¿qué ha sido
la causa?
Meco
Un competidor,
que es el padre superior.
Y anda el pobre tan perdido
de celos que, si venís
a hablarle en cosas menores,
serán muy necios errores;
que vive el triste Amadís
en Niquea divertido
tanto que el día de ayer,
acabado de comer,
preguntó si había comido.
Yo, a ver si era burla pruebo
y respondile que no
y él la comida pidió
y volvió a comer de nuevo,
sin darse por entendido
que era fuga repetida,
como si en toda su vida
jamás hubiera comido.
Aurora
Notable fineza fue.
Meco
Finezas de esta manera
yo también me las hiciera
cada día en buena fe.
Aurora
Y ¿cómo no estáis con él
en esas andanzas vos?
Meco
Dividionos a los dos
cierta desdicha crüel.
Y importa que no se entienda
el que yo soy su criado
y del Consejo de Estado
vivo agora en el de Hacienda.
Aquí paso en escribir
versos.
Aurora
Versos vuestros, ¿cuáles
serán?
Meco
Mis versos son tales...
Mas no los quiero decir.
Aurora
¿Para qué escribís?
Meco
Es vario
el discurso. Haciendo voy,
como solitario estoy,
del pájaro solitario
un enigma en disparates
que aun yo a entender no me obligo.
Y así en el prólogo digo
desta suerte: “No te mates,
si no entiendes, lector pío,
esto que fueres leyendo,
que tampoco yo lo entiendo
y todos dicen que es mío”.
Mas ya que cuenta os he dado
de mi vida, ¿no diréis
quién sois y qué pretendéis,
licencia de lo tapado?
Como ¿qué cosa? ¿Busconas
que a hacer envite venís
a pocos maravedís
o cosarias tomajonas?
¿Hay marido preso? ¿Hay madre
en cama? ¿Lloráis piedad
para una necesidad
de un honrado viejo padre?
¿Qué tramoya campa aquí?
Que si cazáis con reclamo,
no hay que esperar a mi amo;
hablad conmigo, que a mí
podréis convertir mejor
porque, por poco que os dé,
a lo menos os daré
mucho más que mi señor.
¿Qué pedís?
Aurora
Sólo que vea
si viene; porque es muy tarde
y no es posible que aguarde.
Meco
¿Eso es lo que usté desea?
Es muy vieja aquesa ganga:
que salga y, mientras que salgo,
traducir sutiles algo
del escritorio a la manga.
Aurora
A Laura.
(¡Bien nos trata, Laura!)
Laura
A Aurora.
(¿Quieres
vengarte de todo?)
Aurora
A Laura.
(Sí.)
Laura
A Aurora.
(Descúbrete, pues.)
Aurora
A Laura.
(¿Aquí?)
Laura
A Aurora.
(Luego ha de saber quién eres.
Con esto divertirás
del esperalle el enfado.)
Meco
Pues, damas de lo buscado,
¿piensan que no entiendo más?
Por ver a la una doy
dos reales.
Laura
Vengan.
Meco
¡Qué presto!
Velos aquí, que por esto
no he de mal parir.
Aurora
Yo soy.
Descúbrese.
Meco
Oiga, yo ya lo sabía;
que si no te conociera,
no hablara de esa manera.
Laura
¡Buena disculpa, a fe mía!
Aurora
Ya ves cómo me has tratado.
Meco
Quise entretenerte así;
que siempre te conocí.
Laura
Coche a la puerta ha parado.
Meco
En él vendrá mi señor.
Aurora
Por si acompañado viene,
taparnos, Laura, conviene.
Meco
¿Esconderte no es mejor?
Aurora
Dices bien.
Meco
Pues aquí puedes,
señora, en aquesta cuadra
entrar, puesto que ya llegan;
y yo le diré que le aguardan.
Escóndense y sale don Félix de cochero, con Estela en los brazos,desmayada, y siéntala en una silla.
Félix
Ya podéis restituir
a las mejillas la grana,
a la frente nieve y rosas,
a los labios sangre y nácar.
Mas no restituyáis, no,
colores tan malogradas,
que perdidas se estarán
para otro susto que os falta.
Estela
¡Válgame el cielo!
Meco
Señor,
¿qué traje es éste? ¿Y qué carga
es ésta?
Félix
Fortunas mías
son. Salte allá fuera y guarda
esas puertas.
Meco
Sabe antes...
Félix
No tengo que saber nada.
Meco
Mira que...
Félix
No me repliques.
Meco
...está...
Félix
No digas palabra,
que no sabes cómo vengo.
Meco
Importa decir...
Félix
¿Que aún hablas?
Meco
Has de oírme.
Félix
¡Vive Dios,
de darte mil puñaladas!
Meco
No me des de cumplimiento;
que para mí, menos bastan.
Mas, sin hablar, va por señas.
Félix
¿Agora es tiempo de gracias?
¡Vive Dios, que he de matarte!
Dale con la daga.
Meco
¡Ah, señor, detén la daga,
que me has muerto!
Félix
Tal estoy,
que a mí mismo me matara.
Aurora al paño.
Aurora
A Laura.
(Laura, ¿qué es esto que veo?
¿Félix con disfraces anda
y trae una dama en brazos?
¿A esto he venido a su casa?)
Félix
Ya bien podéis descubriros,
que la puerta está cerrada.
Pero no, no os descubráis;
que para decir mis ansias
y para escuchar la vuestras,
mejor estaréis tapada;
que, en efecto, la vergüenza
ni me turba, ni embaraza;
y ellas son muchas, señora,
para dichas cara a cara.
Aurora
A Laura.
(Laura, ¿esto he venido a ver?)
Laura
A Aurora.
(Señora, oye, mira y calla.)
Estela
(¡Válgame Dios! ¿Dónde estoy?
¡Oh! ¿Qué es esto, que aún no acaban
con el despeño del coche
mis penas y mis desgracias?
Mas, por si el Príncipe ha sido
destos efectos la causa,
no me pienso descubrir
hasta saber en qué para.)
Félix
Bien habréis pensado, ingrato
dueño de mi vida y alma,
que el haber llegado aquí
ha sido sólo por causa
de la indómita soberbia,
de la fogosa arrogancia
de esos brutos, que corriendo
por las fértiles campañas
del estío presumieron
que en carro triunfal tiraban
a la diosa de sus flores;
pues, con desprecios del alba,
le debieron a sus huellas
más rosas que, en las montañas,
para lograrse rubies
se murieron esmeraldas.
Pues no ha sido sino industria
celosa y desesperada
de un amante, que ha querido
lograr hoy con esta traza
tan súbitas posesiones,
que aún no fueron esperanzas.
No puedo pasar de aquí,
porque un nudo en la garganta
tengo, un puñal en el pecho
y un áspid en las entrañas.
Aurora
A Laura.
(¿Has oído, Laura, que es
industria, cautela y traza
el haberla aquí traído
don Félix para forzarla?)
Laura
A Aurora.
(Disimula.)
Aurora
A Laura.
(Mal podré;
que si él no pudo en mi casa
sufrir que amores me diga,
otro tanto más me agravia
cuanto va de hablar a oír.)
Estela
(Dudosa estoy y turbada.
¿Qué haré? Que el nombre de Aurora
me ha pegado sus desgracias.
No me atrevo a descubrirme.)
Félix
¿No habéis visto quien se cansa,
para respirar de nuevo
cuando el aliento le falta,
suspenderse? ¿No habéis visto
quien algún peligro pasa
hacer atrás por volver
a correr con más ventaja?
Así, para tomar yo
aliento en desdichas tantas
y para pasar el riesgo
que a vuestros ojos me aguarda,
me suspendo y vuelvo atrás
a nuestras historias largas.
Bien sabéis cuántas finezas
me debéis. Y bien sé cuántas
os debo. ¡Mal haya, amén,
quien un firme amor aparta!
Aurora
A Laura.
(Laura, muerta soy.)
Laura
A Aurora.
(Señora,
¿qué haces?)
Aurora
A Laura.
(¿Qué quieres que haga
en su casa? Desatinos,
como él los hizo en mi casa;
que no he de ser yo más cuerda.)
Laura
A Aurora.
(Espera, a ver en qué para.)
Aurora
A Laura.
(Siempre va a más la desdicha;
y así, es mejor atajarla.)
Félix
No podéis de mí quejaros
que no miré vuestra fama,
que no adoré vuestro honor,
que no idolatré la causa.
Sabe amor y vos sabéis
que os amó de suerte el alma
que, olvidada de sí mesma,
vivía en vos y en mí animaba.
Testigo es el cielo desto;
y si sus estrellas hablan,
pues que son lenguas de fuego,
con voz, con aliento y alma,
digan si mi fe y mi amor
es verdad.
Aurora
dentro.
Verdad es clara.
Estela
(De Aurora es aquella voz,
de Félix es esta casa.
Agora sé dónde estoy.)
Sale Aurora.
Aurora
¿Qué te admira? ¿Qué te espanta?
Félix
Lo que veo y lo que escucho,
pues en tan breve distancia
estoy hablando aquí al cuerpo
de la voz que allí me habla.
Aquí lo que adoro veo,
por señas de talle y gala;
aquí lo que adoro escucho
yo mismo, que no me engaña
otro; que escucho yo mismo,
que otro no, la que me mata.
No sé a quién la deba dar
más crédito en dudas tantas:
a la persona la vista
o el oído a la palabra.
¡Desengañadme, por Dios!
¿Cuál es forma o cuál fantasma?
¿Cuál es cuerpo, cuál es sombra?
¿Cuál es vida, cuál es alma?
¿Cuál es la copia de cuál?
Mas, no lo digáis; ya basta,
pues entrambas lo seréis
para que yo os pierda a entrambas.
Pues cuando amor liberal
hoy tantos milagros haga
que duplique las auroras,
compadecido a mis ansias,
para que yo pueda dar
una a quien esto manda
y quedarme yo con otra,
aun con dos no tengo hartas,
pues otra después de dos
para un amigo me falta.
Pues con que me quede a mí
el original que amaba,
basta a matarme de celos
que otro la goce en estatua.
Estela
A mí, don Félix, me toca
responder; pues aunque hablara
Aurora y satisficiera
a tu duda, se quedara
en pie la duda; y así,
yo, que puedo en penas tantas
satisfacer a los dos,
quiero responder a entrambas.
Estela soy; como amiga,
guardé a Aurora las espaldas
para que a verte viniese.
Si aquí la ves, esto basta.
Con su vestido, en su coche,
encubierta y disfrazada,
quise averiguar los celos
con que el Príncipe me agravia.
Si tú, disfrazado, Félix,
has pretendido robarla,
haz cuenta que la robaste,
pues la tienes en tu casa.
Y quedad los dos con Dios;
que aquí no hay perdido nada,
sino el susto que os he dado.
Mas por el susto se vaya
el que me disteis, que así
susto con susto se paga.
Aurora
El mío, Estela, te perdono
por el desengaño.
Félix
Aguarda,
Estela.
Estela
Pues ¿qué me quieres?
Aurora
Deja, Félix, que se vaya.
Quedemos solos los dos,
que tenemos cuentas largas
que averiguar.
Félix
No es posible
dejarla ir.
Aurora
¿De darme tratas
a entender que no quisiste
traerme a mí, pues te embaraza
el verme?
Estela
A mí ¿qué me quieres,
pues quedas con lo que amas?
Félix
Esperad; que mis desdichas,
ya veréis, fueron preñadas,
que apenas una hay que muera
cuando hay dos ciertas que nazcan.
(Si detengo a Estela aquí
para hacer con ella paga
hoy al Príncipe, supuesto
que el engaño de trocarlas
corrió por su cuenta, dejo
quejosa, triste y burlada
a Aurora, pues ya presume
de Estela que puedo amarla.
Si dejo ir a Estela y viene
luego el Príncipe, empeñada
dejo a Aurora y aun vendida,
pues viniendo él a buscarla
y hallándola, habrá ella misma,
constante y determinada,
venido a entrar por las puertas
de su deshonra y su infamia.
Que habiéndola yo traído
la entregue al Príncipe, vaya;
pero, viniéndose ella,
¿quién me obliga a mí a entregarla?
¿Qué he de hacer, ¡valgame el cielo!,
cercado de dudas tantas,
si son ser leal y amante
proposiciones contrarias?)
Aurora
¿Qué es esto, Félix? ¿Qué piensas?
Estela
¿Qué es esto, Félix? ¿Qué tratas?
Arias
dentro.
¡Abre, Félix, esta puerta!
Félix
(¡Esto sólo me faltaba!
Ya hay aquí otra duda más.)
Tapaos, que es fuerza que abra.
Sale don Arias.
Arias
Amigo, si la amistad
es deidad, a cuyas aras
altares erige el tiempo,
templos el mundo consagra;
si el que es amigo leal
consigue el laurel y palma,
que en láminas de diamantes
paga por pecho la fama,
tiempo es de que te construya
en vividoras estatuas
bultos con alma de oro,
sombra con vida de plata.
Tiempo es de atajar discursos;
y pues presente se halla
Aurora, ya habrás sabido
de su boca su desgracia
o su dicha. Pues los brutos
que ya veloces tiraban
la exhalación de los rayos
y a los céfiros las alas,
haciendo acaso esta cuenta,
sabiendo que malograban
la hermosura, no se dieron
al monumento del agua.
Si esto has sabido, sabrás
que corrió la voz en Parma
del despeño y la piedad;
y sabiendo que aquí estaba
el Príncipe hizo fineza
venir (¡ay de mí!) a buscarla.
Díjome al partir: “Si a Aurora
don Félix tiene en su casa,
o por amor o por fuerza,
tal ventura he de lograrla”.
Yo en un caballo, tan hijo
del viento que aun las estampas
no imprimió, porque en el viento
más que en la tierra pisaba,
me he adelantado a decirte
que a las mujeres ampara.
Su nobleza, su opinión,
si no su hermosura, guarda:
escóndela y di que ya
se fue; y cuando no lo hagas
por un amigo que está
puesto, Félix, a tus plantas,
hazlo por una mujer,
pues es disculpa que basta
contra el gusto de un señor,
que le despeña y le arrastra,
la encomienda de un amigo
y la opinión de una dama.
Félix
Calla, no me encargues tanto
esta defensa, don Arias.
De mi pecho el corazón
saca y tú le despedaza,
si con mi vida pudieres
hallar remedio a tus ansias.
Mas no me mandes que yo
la oculte.
Aurora
¿Pues tú reparas
en nada para librarme?
Arias
Así mi amistad agravias?
Estela
A todos habrá servido
mi trueco.
Arias
Estela, ¿aquí estabas?
Perdona, si repetí
segunda vez tus desgracias.
¿Cómo has venido hasta aquí?
Estela
Es cuento largo, don Arias;
y será dicha de todos,
pues yo tengo de dar traza
con que Aurora tenga honor,
don Félix della la palma,
Arias consiga su intento,
yo esté también disculpada
de estar aquí.
Arias
Escóndese.
Yo me voy.
Aurora
Mucho emprendes, mucho trazas.
Félix
¿Cómo ha de ser?
Estela
El suceso
es claro y fácil. Aguarda...
Sale el Príncipe.
Príncipe
El deseo, bella Aurora,
de vuestra salud (¡helada
tengo la voz!) me ha traído
a veros.
Estela
La misma causa
me trajo a mí; porque, al tiempo
que su coche se dispara,
andaba en el prado yo
y la seguí con mil ansias
del suceso, que temimos
fuese mayor la desgracia.
Pero no ha sido tan poca
que el susto, señor, no haya
robado al rostro el color
y los sentidos al alma.
Y así, con vuestra licencia,
quiero llevarla a su casa.
Ven, Aurora, que su Alteza
da licencia a que te vayas;
que a los príncipes es dado
ser corteses con las damas.
Príncipe
Id con Dios.
Aurora
Por la merced,
beso, gran señor, tus plantas.
A Félix.
(Félix, aunque voy de vos
a la fineza obligada,
no me robéis otra vez,
que yo me vendré de gracia.)
Vanse las dos.
Príncipe
Félix, ¿ha entendido Estela
que esto fue industria?
Félix
¿Así agravias
quien te sirve? No, señor;
lo que de mi parte estaba,
ya lo cumplí.
Príncipe
Bien se ve
tu lealtad.
Félix
Fue mala traza
acción tan escandalosa
y pública.
Príncipe
Pues, buscarla
para otra vez más secreta.
Félix
Como a tu esclavo me manda.
Príncipe
Como a tu señor me pide,
que esta ocasión el lograrla
o el perderla no es defecto
tuyo. Siempre queda el alma
reconocida a la deuda.
Vase.
Sale don Arias.
Arias
Pues ya mi temor se acaba,
bien podré del hospedaje
de Aurora daros las gracias.
¿Dónde pudiera parar,
Félix, sino en vuestra casa?
Vase.
Félix
De buena va mi fortuna.
Cuando imaginé que estaban
en esta ocasión perdidos
amigo, señor y dama,
amigo, dama y señor
todos me dan alabanza
de amigo, amante y leal.
¡Tente, fortuna! Esto basta.

Tercera Jornada

Salen Aurora y Laura con mantos.
Laura
¿Qué ha sido tu pensamiento,
llamando a Félix así?
Aurora
Ya que la ocasión perdí
en su casa y que mi intento
no pude en ella lograr
–pues la suerte barajó
el Príncipe–, quiero yo
en este campo acabar
de vivir o de morir,
pues el consuelo del daño
me ha de dar el desengaño.
Don Félix no quiere ir
a mi casa; yo no quiero
ir a la suya; y así,
aquel papel le escribí
diciendo que aquí le espero,
si bien no puede saber
quién le espera. Esto lo afirma
ir de otra letra y sin firma,
porque he llegado a temer
que, si supiera que yo
soy quien en el campo espera,
por lo mismo no viniera.
Laura
Si él, señora, pretendió
llevarte a su casa, di,
¿cómo verte no ha querido
en la tuya?
Aurora
No he entendido
jamás eso. Pero allí
viene. Tápate.
Sale Félix leyendo un papel.
Félix
(“En la fuente
de Miraflor os espero,
donde, solo, hablaros quiero”.
El puesto es éste; la gente
que le ocupa no será
la que me ha llamado así.
Quiero ver si por allí
alguien retirado está.)
Laura
A Aurora.
(Él se vuelve.)
Aurora
¡Ah! ¡Caballero!
Félix
Perdonadme, porque voy
buscando...
Aurora
¿A quién? Que yo soy
la que en el campo os espero.
Félix
Bien a creeros me obligo;
que era fuerza –sí, por Dios–
que os hallase, Aurora, a vos
cuando busco a mi enemigo.
Mas mirad que no cumplís
con la obligación de noble;
y que ha sido trato doble,
cuando a campaña salís
a triunfar de mis despojos,
salir tan aventajada
que traigáis en emboscada
por valientes vuestros ojos.
Tened su rigor, os ruego;
y no os valgáis de esos bríos,
que están en los desafíos
vedadas armas de fuego.
Aurora
No me hagáis tantos favores;
porque sólo es la traición
ofender con la intención
diciendo la lengua amores.
Aquí os he querido hablar
por ver que, con lo que pasa,
vos sois encuentro en mi casa
y en la vuestra soy yo azar.
Y porque estéis satisfecho
que no hay traición que temer,
lo primero que he de hacer
es descubriros el pecho.
Escuchad: yo os he querido,
como vos mismo sabéis,
si mis finezas no habéis,
por mías, dado al olvido.
Félix
Esperad. No hay para qué
repetirlas, porque fuera
sacaros muy verdadera
escuchándoos lo que sé.
Y pues de mí presumís
que os he olvidado, de nuevo
vuelvo a confesar que os debo
las finezas que decís.
Aurora
Pues ¿qué disculpa tenéis
para olvidaros así
hoy de mi honor y de mí?
Félix
Lo que vos misma sabéis:
tener dos competidores.
Aurora
No es disculpa ésa bastante,
no; que hasta hoy ningún amante
dejó el campo a sus temores.
Félix
No es temor vil el que fue
temor noble.
Aurora
¿Cómo así?
Félix
Para criado nací
y amigo. Claro se ve
que es honor el que me obliga.
Aurora
Ése es un segundo error;
que tampoco hay ley de honor
que disponga ni que diga
que debe un hombre dejar
su dama por otro hombre,
amigo o señor se nombre;
que aun allí el disimular,
bajeza y ruindad se llama;
y bien se podrá creer
que dispense en la mujer
quien lo consiente en su dama.
Y cuando leyes de honor
obligan a suspenderos,
con honor quiero venceros.
Depongo aparte mi amor.
Con lo que os estimo y quiero,
ni os convenzo ni os obligo;
porque hoy, don Félix, conmigo
no sois más que un caballero.
Como tal, vengo a poner
en vuestras manos mi fama
y honor. No soy vuestra dama.
No soy más que una mujer.
Como tal, vengo a pediros
–pues es fuerza ser cortés–,
humillada a vuestros pies,
con lágrimas y suspiros,
que me amparéis de un tirano,
de un poderoso que intenta
mi deshonor y mi afrenta.
Y, en fin, pongo en vuestra mano
el desengaño del hombre
que quiero satisfacer;
porque de ser su mujer
nada os espante ni asombre.
Si el honor vence al amor,
acción generosa es ésta.
A vuestros pies estoy puesta;
y ansí, ampararme es honor.
Félix
Si mi afecto tan desnudo
te dejó, no más, Aurora,
que Félix Colona agora
te ha de aconsejar. No dudo
que es el remedio mejor
ausentarte de tu casa
mientras esta furia pasa.
La ausencia es muerte de amor;
las llamas, cenizas frías
con su olvido desvanece;
y así, Aurora, me parece
que te ausentes unos días.
A aquese amante que quieres
satisfacer, no podrás
con otra fineza más.
Con ésta a todas prefieres.
Vete a tu hacienda y allí
vive segura entretanto
que, obligado de mi llanto,
se duele el amor de mí.
Aurora
Así lo haré, pero advierte
que quien un consejo da,
también obligado está
a ampararle.
Félix
¿De qué suerte?
Aurora
Tú has de venirte conmigo
hasta dejarme en seguro.
Félix
Obedecerte procuro;
que te pondré en salvo digo;
que si yo en desdicha tal
como otro te he de valer,
ni amigo dejo de ser
ni dejo de ser leal.
Aurora
Pues esta noche saldré,
fiada en su sombra triste,
si en esta ausencia consiste
el secreto.
Félix
Yo estaré
ya de un rocín prevenido;
y Meco la seña hará,
pues por lo menos será
menos que yo conocido.
Aurora
Bien has prevenido.
Félix
¡Ay, cielos!
¿Quién creerá que mi paciencia
se consuela con tu ausencia?
Aurora
Quien sepa lo que son celos;
que si uno es mal, otro es muerte.
Félix
Pues ¿cuánto es mejor morir
que padecer y sentir?
Aurora
Uno y otro es trance fuerte;
pero mejor será estar
un hombre ausente y querido
que presente y aborrecido.
Félix
Mucho me das que dudar;
porque, como yo te vea,
más que aborrecido esté.
Aurora
¿Eso dices?
Félix
Sí; porque
no hay rigor que rigor sea
viéndole. El ver alboroza,
que aunque haya quien se acuerde
del que está ausente, en fin, pierde
lo que el ofendido goza.
Aurora
Pues, Félix, de tus desvelos
pruebas neciamente así,
auséntate antes de mí
que imagines darme celos;
que aún el miedo no he perdido
desde aquella noche triste
que amores a otra dijiste.
Félix
A ti fue; porque, atrevido,
ni el labio los pronunciara
ni la lengua los dijera
a quien tu sombra no fuera.
Aurora
Nunca de una duda clara
salí.
Félix
Pues ¿sabes por qué
el despeño pretendí
del coche? Fue porque así
de un peligro te saqué.
Tarde es; y pues que a los dos
amenaza mal tan fuerte,
quiero ensayarme a no verte.
¡Adiós! Voy perdido.
Aurora
Adiós.
Vanse y sale el Príncipe, don Arias y un criado, de noche.
Príncipe
Buena noche.
Arias
Estremada;
que del zafir la máquina estrellada
aún tiene el sol perdido
en átomos de luces dividido;
pues en su esfera bella
un cadáver del sol es cada estrella.
Príncipe
Dices bien; y ha quedado
un monumento azul depositado
cuando su ardiente llama
en cenizas se siembra y se derrama
convirtiéndose en ellas,
que cenizas del sol son las estrellas.
Arias
Para que en todo sea
hoy discreta la noche, porque es fea,
no ha salido la luna,
trémula, maliciosa y importuna.
Príncipe
Dejadme los dos solo;
que si en ausencia del dorado Apolo
a salir no se atreve,
fluctuando rayos de cristal y nieve,
bien puedo asegurarme
de que no me conozcan; y quedarme
solo me importa.
Arias
Advierte...
Príncipe
No tengo que advertir.
Arias
Obedecerte
es fuerza, pero mira...
Príncipe
Ya tu porfía y tu razón me admira.
No he de ir acompañado
donde voy. ¿Quieres más?
Arias
(¡Ay desdichado!
El Príncipe tan cerca, ¡ay infelice!,
de la casa de Aurora, solo dice
que quiere quedar. ¡Cielos!
Ya estos son desengaños; no son celos.
Sin duda que, rendida
la presunción, la vanidad vencida,
hoy al Príncipe espera; y porque vea
que todo verdad sea
no hay más que ver –¡oh injustas tiranías!–
que ver que son desdichas y son mías.)
Vase.
Príncipe
Ya que solo he quedado,
quiero partir conmigo mi cuidado
yo mismo; pues yo mismo
he de salir de tan confuso abismo.
Retírase a un lado.
Salen don Félix y Meco.
Meco
Con aqueste sereno,
de hilas, trementina y trapos lleno,
¿me sacas de la cama?
Ésta, señor, sayona acción se llama.
¿Pues no bastaba herirme
sin qué ni para qué, sino pedirme
que agora me levante?
Félix
Meco, ¿quién a enfrenar será bastante
la cólera furiosa
de una pasión celosa?
Harto me he disculpado
contigo y no es la herida de cuidado;
por eso te he pedido
que esta noche me asistas, que he tenido
de ti necesidad.
Meco
Desde aquel punto
que yo cochero me fingí, barrunto
que me eché en sal para una cuchillada.
Ya eso no importa nada.
Félix
¿Hay en la calle gente?
Meco
Si fuera agora yo vulgar sirviente,
con temores dijera
que un ejército de hombres nos espera
y que venía delante
un gran jayán, descomunal gigante,
la maza levantada;
pero la calle está más despejada
que gorrón convidado.
Félix
Pues mientras yo me quedo en este lado,
llégate y haz la seña.
Meco
¿Y la lealtad y la amistad?
Félix
Ya enseña
un argumento que atreverme puedo
sin que se pierda a la lealtad el miedo,
ni a la amistad profane su decoro.
Príncipe
(Ya de mis celos la ocasión ignoro.
Ya logré mi deseo,
pues en la reja haciendo señas veo
un hombre y han abierto la ventana.)
Sale Laura a la ventana.
Laura
¿Es Meco?
Meco
Sí; yo soy.
Príncipe
(No ha sido vana
mi diligencia.)
Laura
Una razón espera.
Príncipe
(Pues quien me ofende, muera.)
Caballero embozado,
la ocasión a las manos se ha llegado
de probar los aceros;
que tengo, ¡vive Dios!, de conoceros.
Meco
Conozca en hora buena.
Príncipe
Hoy será en vano,
apelar de mi espada y de mi mano
a vuestros pies y a vuestra ligereza.
Félix
A Meco.
(¡Válgame Dios! ¿Qué haré? Que éste es su Alteza.)
Meco
A Félix.
(Ya yo le he conocido.
Cochero a voces, como iglesia, pido.)
Príncipe
Quién sois saber espero.
Meco
Pues poco esperaréis. Soy el cochero
de la señora Aurora,
que vivo en esta casa; y si yo agora
cortés no he respondido
es que desombrerarme no he podido;
porque tuve una herida, tendré y tengo,
que a tales lances por cochero vengo;
que no lo es consumado
el que no está muy bien descalabrado;
pues en las caravanas que corremos
cuando la profesión hacer queremos,
una cruz que nos dan –¡insignia rara!–
se borda en la cabeza u en la cara.
Vengo agora de fuera
y dije a una criada que me abriera.
Esto fue cuanto a esto.
Si de mí a saber más estáis dispuesto
y vuestra gana es mucha,
yo seré de romance y diré: “Escucha...”
Príncipe
Vete de aquí, que ya te he conocido.
Tales las señas que me has dado han sido.
Vase Meco.
Félix
(Bien Meco se ha escapado,
aunque añade un cuidado a otro cuidado.
Aurora está ya avisada
de que la espero; y en fe
de que yo en la calle estoy,
ya baja. ¿Qué puedo hacer?
Que si el Príncipe está en ella,
es fuerza que hable con él
y no conmigo; mas yo,
haciendo del ladrón fiel,
le sacaré de la calle.
Amor la industria me dé.)
Caballero rebozado,
el honor de una mujer
que vive en aquesta calle
me obliga a ser descortés,
que os saque della. Seguidme,
porque me importa saber
quién sois y reconoceros.
Príncipe
¿Es don Félix?
Félix
Sí, ¿Quién es?
Príncipe
Yo soy.
Félix
Señor, ¿vuestra Alteza
desta suerte? Pues ¿a qué
viene así, teniendo yo
la comisión de saber
lo que pasa en esta calle?
Poco le debe a la fe
de mi lealtad, pues de mí
desconfía.
Príncipe
Muy bien sé
cómo me servís, don Félix.
Félix
Sólo un instante falté;
y fui siguiendo a un criado
que salió hasta conocer
quién era.
Príncipe
Ya el criado ha vuelto.
Yo he hablado aquí con él.
Félix
¿Era el cochero del prado?
Príncipe
Las señas lo dicen bien.
Félix
Delante de mí venía.
Príncipe
Es verdad.
Félix
Váyase, pues,
vuestra Alteza; que conmigo
puede descuidarse bien;
que soy, ¡vive Dios!, leal.
Príncipe
Nunca esa verdad negué.
Quedad con Dios.
Félix
Él os guarde.
(Vencí, amor.)
Príncipe
La voz detén;
que siento que abren la puerta.
Félix
Criados deben de ser
que bajan a abrir, señor,
al cochero.
Príncipe
A lo que ver
se deja, que es sólo el bulto,
más parece de mujer.
Félix
(De una tempestad apenas
abierto el cielo miré
cuando de otra tempestad
se me ha cerrado otra vez.)
¡Mujer!, muy bien puedes irte.
Salen Laura y Aurora.
Laura
A Aurora.
(Hasta que a reconocer
llegues a Félix, no salgas;
que paso muy visto es
buscar uno y dar con otro.)
Aurora
A Laura.
(Primero me imformaré.)
¡Cé!
Príncipe
A Félix.
(¿Llamaron?)
Félix
Al Príncipe.
(No.)
Aurora
¿Sois vos?
Príncipe
A Félix
(Sí hicieron. Tú a responder
llega, que a mí me conocen.)
Félix
Al Príncipe.
(Pues a mí, señor, también.)
Príncipe
A Félix
(No harán; que aunque te conozcan,
no sabrán que soy yo.)
(¿Quién
vio tal rigor?)
Al Príncipe.
(¿No es mejor
que llegues tú?)
Príncipe
A Félix
(Espantaré
la caza.)
Félix
(Eso quiero yo.)
Príncipe
A Félix
(Llega, que aquí esperaré.)
Aurora
¿No sois vos?
Príncipe
A Félix
(Diles que sí).
Félix
(¿Que ya por fuerza he de hacer
lo que vine a hacer por gusto?)
Sí; yo soy.
Aurora
Aunque no os ven
los ojos, el alma sí,
pues os adora por fe.
Laura
A Aurora.
(¿Estás muy bien enterada,
señora, de que sea él?)
Aurora
A Laura.
(Éntrate y cierra la puerta.)
Laura
A Aurora.
(Pues Dios os lleve con bien.)
Félix
(¡Oh, quién pudiera por señas
a Aurora avisar de que
está aquí el Príncipe!)
Aurora
Ya
estoy en vuestro poder;
ya estoy puesta en vuestras manos.
Llevarme, señor, podéis
a librarme de un tirano.
Félix
Al Príncipe.
(¡A fe que la libro bien!)
Príncipe
A Félix.
(¡Oh cuánto mejor dijera:
“llevadme a entregar a él”!
Mas ¿cómo un necio amor
ciega tanto a esta mujer
que te habla como si fueras
el que ella piensa que es?
Yo me quedaré a esta puerta.
Parte seguro de que
nadie te siga y espera
en tu quinta de placer;
que porque Estela no estorbe,
la he de asegurar también.)
Aurora
Vamos presto, porque temo
que agora en la calle esté
el Príncipe y sus espías.
Meco, tras nosotros ven,
viendo si alguno nos sigue.
Príncipe
A Félix.
(No esperes más; vete, pues.
Y pues hago confianza
de ti, págamelo bien.)
Félix
(¿Habrase en el mundo visto
este suceso otra vez?
¿Que de la dicha que es mía
otro hombre me llegue a hacer
confianza? ¿Que otra mano
ajena por propia dé
a su dueño lo que es suyo,
haciendo el hurto merced?
¿Cómo he de salir de aquí?)
Aurora
Turbado estáis. ¿Qué tenéis?
¿Ahora es tiempo de dudar?
¿Ahora es tiempo de temer?
Félix
La causa, Aurora, que tengo
sabrás en el campo. Ven.
Aurora
Si sé que contigo voy,
si que eres tú mismo sé
y esto no puede engañarme,
¿qué más tengo que saber? Vanse.
Príncipe
¡Qué tenga el amor tan loca
y tan ciega a una mujer
que se salga de su casa
sin ver primero con quién!
¡Oh encanto de los sentidos,
del alma hechizo crüel!
¡Cuánto el discurso adormeces!
¡Cuánto entorpeces el ser!
Sale Laura a la puerta.
Laura
(¡Válgame Dios, qué descuido!
¡Oh, quién por adonde fue
supiera! Porque estas joyas
se la olvidaron.)
Príncipe
¡Detén
el paso, mujer!
Laura
¿Qué es esto?
(¡Ay triste!)
Príncipe
No has de saber
por dónde va tu señora,
cómo, dónde, ni con quién.
Vuélvete a casa.
Laura
¡Ay de mí!
Traición es ésta.
Príncipe
¡No des
voces!
Laura
(¡Que por más que dije
que lo mirase muy bien
este paso de encontrarle
me hubiese de suceder!)
¿Fabio? ¿Meco?
Sale Meco y gente.
Príncipe
¡Calla!
Laura
¿Meco?
Meco
¿Qué es aquesto?
Príncipe
¿Qué ha de ser?
Ninguno pase de aquí
ni me siga más, porque
el plomo de una pistola
será rémora a sus pies. Vase.
Meco
Ninguno pase de aquí,
dice este señor muy bien.
Mire si manda otra cosa;
y malos palos me den
si diere otro paso más.
Laura
¡Ay de mí, triste! ¿Qué haré?
Sale don Arias.
Arias
(Los celos que me llevaron,
aquí me han vuelto a traer;
porque un celoso no está
en ninguna parte bien.
Mas ¿qué novedad ha habido
en casa de Aurora, pues
voces, luces y alboroto
lo están publicando bien?
¿Qué es esto, Laura?
Laura
Señor,
pues te obliga a ser cortés
la obligación de ser noble,
dale amparo a una mujer;
pues por serlo no más basta,
si no por quererla bien.
Robada llevan a Aurora.
Arias
(¿Esto quién pudiera, quién
sino el Príncipe, intentarlo?
Él, sin duda, el autor es
desta violencia; por esto
quedó solo, aquésta fue
la ocasión; pero yo, ¡cielos!,
no estoy forzado a saber
lo que él encubre de mí,
ni aquí tengo de creer
más lo que el temor sospecha
que lo que los ojos ven.
Yo aseguro que ha sido
el ladrón dichoso y sé
que es Aurora la robada.
Venza la evidencia, pues,
a la duda; que no tengo
obligación de entender
aquí más de que mi dama
está en ajeno poder.
¡Vive Dios que he de cobrarla
u he de llegar a saber
que es del Príncipe la ofensa!
Que en declarándose él,
acudiré a la lealtad;
pero mientras no lo sé,
no ha llegado –claro está–
tiempo ni ocasión de ser
leal y ha llegado el tiempo
de ser amante y cortés.)
¿Por dónde van?
Laura
Hacia el campo.
Arias
Seguidme todos; seréis
testigos de mi valor,
pues el campo habéis de ver,
en defensa de mi Aurora,
bañado de rosicler. Vase.
Meco
En tanto que ustedes van
a verlo todo, me iré
yo a mi quinta; que no entiendo
el sutil idioma bien
de una boca que pronuncia
cuanto sabe de una vez.
Vase y sale el Príncipe.
Príncipe
El cazador que desea
tiro y ocasión lograr,
pone a otra parte la mira;
el marinero que va
a este puerto, en otro puso
la proa, engañando el mar;
el neblí, ladrón del viento,
puntos pone, tornos da
para asegurar la garza
en campañas de cristal.
Yo, pues, garza, presa y puerto,
pienso esta noche lograr;
y vengo a cautela aquí,
teniendo el intento allá.
Salen Jacinta y Estela.
Jacinta
A Estela.
(El Príncipe digo que es,
que agora acaba de entrar
en casa.)
Estela
(¡Ay Dios, quién supiera
fingir y disimular!
Más vale quejarse bien
la que se resiste mal.)
Príncipe
¿Estela?
Estela
Príncipe mío,
¿vuestra Alteza la humildad
desta casa favorece
no siendo la celestial
esfera, el palacio hermoso,
templo altivo, rico altar,
donde en márgenes de flores
sobre piras de metal
da a los brazos de la aurora
la docta gentilidad?
Pródiga anda la fortuna
hoy, pues que sin más ni más,
no sabiendo qué hacer dellas,
echa las dichas a mal.
Mas no quiero atribuirme
la dicha a mí, pues será
haber errado el camino
y quiérosle enseñar.
¿Ve vuestra Alteza esta calle
cómo hacia palacio va?
Pues vuelva sobre esta mano
y luego enfrente han de estar
balcones azules y oro:
arcos son que dicen paz.
Aquí, pues, vive, señor,
el tránsito de cristal,
el juguete de jazmín,
el rebujito de azahar;
allí tiene la hermosura
por el tiempo de su edad
casa de aposento; allí,
el ingenio singular
tiene de accesoria el alma;
allí tiene su lugar
lo prendido y lo garboso;
y el donaire, otro que tal.
Y si acaso le ha traído
la costumbre por acá
divertido –porque siempre
los más señores lo están–,
bien puede desengañarse,
que está en mi casa. No hay más
señas que dar pueda della,
que es tratarle con verdad;
pues aunque esté vuestra Alteza
aquí un siglo, no verá
que salga a guardar mi mano
el escondido galán.
¿Rebozados en mi casa?
¡Dios sea aquí! El amor de acá
con triunfos sólo se juega,
mas con tramoyas jamás.
Así, vaya vuestra Alteza
donde le enamoren más
desaires que rendimientos,
agravios que voluntad.
Y si, por andar agora
de ganancia, vino a dar
de barato este favor,
yo le aceto, por ser tal;
mas no fíe en las ganancias,
porque en estos tiempos hay
quien se hace perdidizo
y el más llegado es quizá.
En fin, señor, de criados
hay tan poco que fiar
que del regalo que llevan
se quedan con la mitad.
Vuestra Alteza mire bien,
ya que corresponde mal,
no le dé a Félix su dama.
Y si le he dado pesar
con aqueste desengaño,
tenga celos quien los da;
y quien con un puñal mata,
recátese del puñal.
Y no me vea otra vez
vuestra Alteza, que es frialdad
venir a decir amores
por obligación no más.
Vase.
Príncipe
¿Qué es esto, cielos, que escucho?
Ya de amor la enigma está
descubierta. Yo he entendido
todas mis desdichas ya:
Félix es el que me ofende.
¡Qué fácil es de engañar
un pecho noble! En mi vida
creyera de Félix tal.
Vase.
Salen don Félix y Meco.
Félix
¡Caiga el cielo sobre mí!
Meco
¿No he de preguntar qué tienes,
dónde vas o dónde vienes
que no caiga sobre mí
este nublado? Y aunque
hoy tengo que preguntarte,
callaré, por no enojarte.
Félix
¡Válgame el cielo! ¿Qué haré?
Perdí amor, honor y vida
en un lance. ¿No hay ninguna
piedad para mi fortuna?
Meco
(Todo es que me dé otra herida;
y menos la sentiré,
que estar perdiendo mi seso
por saber este suceso.)
¿Señor?
Félix
Meco, déjame;
porque en la imaginación
no cesa, por más que quiera,
novela tan verdadera
que más parece invención.
Meco
(Yo lo tengo de saber.)
Sin el preámbulo agora,
di, ¿dónde dejas a Aurora?
Félix
Yo te quiero responder;
que en mis desdichas advierto
que será bien repetirlas,
porque me mate el decirlas
ya que el verlas no me ha muerto.
En la calle me dejaste
cuando te fuiste...
Meco
Dejé.
Félix
Con el Príncipe quedé.
Meco
Con el Príncipe quedaste.
Félix
Yo le quise sacar della
con una industria.
Meco
Quisiste.
Félix
Hice el ladron fiel.
Meco
Hiciste.
Félix
Y aquí, ¡dura estrella!...
Meco
Estrella...
Félix
Aurora salió.
Meco
Salió.
Félix
¿Suben la escalera?
Meco
Sí.
Félix
El Príncipe es, ¡ay de mí!
Meco
¿Quién anda en la calle?
Salen don Arias y Aurora.
Arias
Yo.
Félix
¿Don Arias? Pues ¿desta suerte?
Aurora
(Pues vivo, Félix, te veo,
mayor dicha no deseo.)
Arias
Meco, salte allá; tú, advierte.
Llegué esta noche a la calle
de Aurora cuando entre oscuras
sombras aún no dispensaba
émulos rayos la luna.
Vi luz y gente; y oí,
entre las voces confusas
de muchos que se quejaban,
la de una criada suya.
Supe della que un cosario,
que los mares de amor surca,
piélagos de penas corre,
ondas de celos fluctúa,
robada a Parma llevaba
la flota de su hermosura.
Yo, que el nombre del ladrón
no sé –aunque lo presuma–
y de mi dama sabía
que iba corriendo fortuna,
la seguí, porque era fuerza
que venciesen mis angustias
la certeza a mis sospechas
y la evidencia a la duda.
Siguiéronme sus criados,
a cuyas voces se juntan
mil hombres, todos amigos,
que ésta es la mayor ventura.
En tropa todos llegaron
a ese bosque, en que se junta
ese arroyo que del mar
mendiga lo que tributa.
Aquí, pues –dicha fue nuestra,
porque no se logren nunca
traiciones–, el hombre a quien
se encarga acción tan injusta
a pie estaba; que seguro
quiere el discurso que arguya:
el rocín en que venían,
temeroso de la furia
del arroyo, se erizaba
al son de la plata pura.
Así, pues, como nos vio,
osado el acero empuña,
airoso la capa dobla
y hacia nosotros se junta.
“¡Deja esa dama que llevas!”,
dijeron voces confusas;
y él callando les responde,
arrojándose con furia
airoso sobre el rigor
de los filos y las puntas.
No vi hombre tan valiente,
ni más bien restado nunca;
que pienso que no quisieron
darle la muerte de industria.
Aurora, viendo el peligro
que la deja, que la busca,
se fio en la ligereza
del rocín, monte de espuma
que fue cometa sin luz,
que fue pájaro sin pluma.
Seguile yo y alcancele,
conociome y sus angustias
me pidió que socorriese;
a cuyas voces, a cuyas
lágrimas, enternecido,
mi pecho lealtades jura;
porque es mi amor tan honesto,
mi fe tan leal y tan pura
mi intención, que no desea
más honor, más dicha junta
que haberla en eso servido.
Viendo, pues, que si procura
volver a Parma es volver
a dispertar la fortuna,
tomé por mejor acuerdo
fuese tu casa segunda
vez puerto de mis desdichas.
Con ella mi amor consulta
esta determinación
y ella lo mismo procura.
Si puede ocultarse el sol,
hoy en tu casa la oculta,
tanto que no sepa della
la desdicha o la ventura,
que son las dos cosas solas
que siempre hallan a quien buscan.
Aquí, don Félix, te hago
depósito de hermosura
y en confianza te dejo
la beldad que me deslumbra.
No dirás, hermosa Aurora,
que es mi voluntad perjura.
Quédate en paz, que te quedas
con un amigo segura,
porque yo vuelvo a saber
lo que en Parma se divulga.
Dila, Félix, que la obligue
si no mi amor, mi ventura;
si no mi ruego, mi estilo;
si no mi fe, mi cordura;
y si no las partes mías,
las obligaciones suyas.
Félix
Detente. No te has de ir,
don Arias, cuando me pones
en nuevas obligaciones
a que no puedo acudir
sin saber, sin advertir
que ha de romper el estrecho
nudo que mi alma ha hecho,
cuando reventando están
un Mongibelo, un volcán
en el Etna de mi pecho.
Y pues saber mis enojos
hoy a los dos juntos toca,
salgan para ti a la boca
voces que fueron despojos
del sol; para ti, a los ojos
lágrimas que amor forjó;
y sabed que a quien fio
el Príncipe (¡dura estrella
de mi suerte!) a Aurora bella
aquesta noche fui yo.
Yo fui el que aquí has pintado
desesperado y furioso,
que cuando muere un dichoso
no hay quien mate a un desdichado.
Mira, pues, ¿cómo podré
aquí encargarme de que
a Aurora te he de guardar,
si al Príncipe la he de dar,
que acreedor primero fue?
Y así, mejor habrá sido
haberte desengañado
que no quedar obligado
y ser desagradecido;
pues si te hubiera ofrecido
guardarla y después la diera
al Príncipe, traición fuera;
y ahora, no sólo es traición,
sino generosa acción
de una amistad verdadera.
Arias
Félix, aunque tu valor
con amistades arguya,
hoy no es la amistad tuya
acudir a tu señor,
sino a mí. Arguya mejor
un ejemplo. Ya se sabe
que, cuando una nave grave
lleva el piloto a su cuenta,
corre el riesgo y la tormenta
por el dueño de la nave.
Tú tu obligacion cumpliste
con lealtad y con valor;
luego fue por el señor
la tormenta que corriste.
Cuando tú a Aurora perdiste,
perdió él la acción que tenía.
Quien la gana y te la fía
de nuevo obligarte intenta.
Tenla aquí, que esta tormenta
correrá por cuenta mía.
Félix
De poca importancia fue
lo que tu voz probar quiere,
porque el dominio no adquiere
quien posee con mala fe.
No fue ésta tormenta; fue
robo; luego no ha perdido
su dueño la acción, ni ha sido
la tuya obligarme a nada,
pues que, como prenda hurtada,
hoy me la has restituido.
Arias
Eso no; no ha de quedar
contigo. Muy bueno fuera
que yo mismo la trujera
a rendir y sujetar
de quien la quise librar.
Ven, Aurora.
Félix
Aqueso no.
Muy bueno fuera que yo,
habiendo llegado a verla,
me anime para perderla
y para cobrarla no.
Arias
Yo sin ella no he de ir.
Mira tú cómo ha de ser.
Félix
Mejor lo podras tú hacer,
pues de aquí no ha de salir.
Empuñan las espadas.
Aurora
Tened las armas y a oír
esperad mi voto, ¡ay Dios!;
porque, puesta entre los dos,
satisfaceros espero
a vos como caballero
y como villano a vos.
Pues si funda ya en derecho
hacer primero acreedor
al Príncipe de mi amor
es engaño, pues sospecho
que la primera que ha hecho
de vos confianza fui.
Por conoceros, salí
de mi casa; luego soy
yo la primera que estoy
con derecho contra mí.
Si por haberos fiado
–¡mal haya tan necio error!–,
ni el Príncipe, ni su amor,
ni don Arias no ha ganado.
Él tampoco no ha llegado
a ganarle en este día,
pues la primera que os fía
su honor fui; conque se muestra
que ni soy suya, ni vuestra,
ni de Arias, sino mía;
y pues lo soy, yo me iré,
mal caballero, a entregarme
a quien más sepa guardarme.
Arias
Ya destas razones sé
quién aquí la causa fue;
y mueve a desdicha igual.
Ya he visto por el cristal
de los celos y el amor
que eres amigo traidor
con máscara de leal.
Ya he visto, ¡viven los cielos!,
que ingrato, falso y fingido,
hoy al Príncipe has querido
hacer capa de tus celos.
Negar o no tus desvelos
no fue descubrirte. Así
amante de Aurora fui,
pues ya no quiero dejarla,
que a mí me toca el llevarla.
Félix
No darla me toca a mí;
y porque no la llevéis...
Aurora
¡Mi bien, esposo, señor!
Arias
¿Bien y esposo? Esto es peor.
Mira a la puerta.
Félix
Cerrada está. Bien podéis
hacer lo que pretendéis.
Arias
¿Qué ha de ser, sino morir?
Que no es tiempo de argüir.
Y donde hay espada, es mengua
querer vencer con la lengua.
Sale Meco.
Meco
¡El Príncipe!
Félix
Pues fingir.
Arias
(¡Ay de mí! Esconderme tengo.)
Escóndese don Arias.
Félix
Aquesta cuadra es oscura.
Entra, pues.
Escóndese Aurora en otro aposento y sale el Príncipe.
Príncipe
(Corrido vengo
de haber con poca cordura
fiado a su mismo amante
mis celos y amor. ¿Quién duda
que ya nuevo engaño intenta,
que nuevas máquinas busca
para librarla? Hasta verla
tendré con freno mi furia,
fingiendo agrado. ¡Qué mal
los celos se disimulan!)
¿Félix?
Félix
¿Gran señor?
Príncipe
¿Y Aurora?
Félix
(¡Oh leyes de honor injustas!
¡Oh fuerzas de amor tiranas!)
La breve esfera la oculta
de ese aposento. La llave
es ésta.
Príncipe
¿De qué te turbas?
Félix
Quiero pedirte en albricias
de ser de tanta ventura
hoy el dueño, una merced.
Príncipe
Luego lo dirás.
Félix
Escucha,
que quizá no podré luego,
ya pasada la ventura.
Supuesto que te he servido,
dame licencia, que es justa,
para que me vuelva a España,
o a la tierra más inculta
del mundo; o me vaya adonde,
del sol las madejas rubias,
las perlas que el alba llora
sobre las flores no enjugan;
y donde la tierra siempre
abrasa la tierra dura,
engendradora de sierpes,
cortesanas de sus grutas.
Ireme, señor, adonde
de mí no se sepa nunca,
o se sepa que mi muerte
fue tal que la sepultura
me negó la tierra en flores,
el mar me negó su espuma.
Desesperado te hablo.
El necio afecto disculpa,
que como lograr te veo
tiempo, lugar y ventura,
me despierta la memoria
de una perdida hermosura
que, por quedar a servirte,
perdí yo; y la pena dura
de ver deshecho mi amor,
de ver que, vivo, me acusa.
Toma, pues, señor, la llave
del tesoro que tú buscas;
y no pierdas la ocasión;
escarmienta en mis fortunas;
pues yo la perdí y no espero
volver a cobrarla nunca.
Príncipe
(¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto
que mis oídos escuchan?
¿Qué ven mis ojos y tocan
todas mis potencias juntas?
¿Tanto la lealtad obliga
a un noble que le desnuda
de sus afectos y hace
vencer las pasiones suyas?
Enojado con él vine;
mas la experiencia que apura
mi pecho, condena ya
el pérfido rigor. Mucha
es mi crueldad, si esta acción
la pago con una injuria.
Yo soy Alejandro y él
no ha de dar la dama suya;
no, que no es justo que el nombre
pierda yo en mi fama augusta.
Como él se vence, podré
vencerme yo; y cuando en duda
ponga mi deuda el amor,
la opinión quede segura.
No le quiero declarar
que sé su amor, porque nunca
viva más desvanecido
que yo.) Félix, tus fortunas
siento. Si por mí perdiste
esta dama, amor procura
satisfacerte. No puedo
dar la misma; mas si ocupa
su lugar Aurora, pienso
que tu ausente falta supla.
¿Aurora será bastante
a que de olvido se cubra
este amor? Responde.
Félix
Sí,
señor.
Príncipe
Pues Aurora es tuya. Vase.
Félix
¡Vivas más años que el ave
heredera de sus plumas!
Mas, supuesto que ha cumplido
venturosa mi fortuna
la parte de leal, agora
la de amistad y amor cumpla.
Sale don Arias.
Triunfe la amistad agora,
don Arias. Puesto que escuchas
con el Príncipe mi ruego,
trasládale a ti y disculpa
el encubrirte mi amor;
pues fue prudencia y cordura
no añadir celos a celos.
Cuando era ajena ventura,
la defendí. Ya que es mía,
la guardaré para tuya.
Mas con una diferencia:
que a él se la di sin ninguna
ceremonia, pero a ti
te la he de entregar con una.
Toma, Arias, aquesta espada;
pon en mi pecho su punta;
y después de haberme muerto,
el sol encerrado busca;
que, si al señor la entregué,
fue de amor cuerda locura;
y ya que no te la entrego,
basta por fineza justa
el que no te la defienda.
Arias
Más que me obligas, me injurias;
pues llegando a rendimientos,
vencerme, Félix, procuras.
Goza la dicha que alcanzas,
que si tengo parte alguna
en ella te la renuncio.
Félix
¿Qué dices?
Arias
Que Aurora es tuya. Vase.
Félix
En láminas de oro y bronce
el tiempo tu nombre esculpa.
Ya he sido leal y amigo;
y para que a todo supla,
el ser amante me falta
y es razón que a serlo acuda...
Sale Aurora, con una espada.
...y a Aurora... Pero ¿qué es esto?
¿Qué pretendes? ¿Qué procuras?
Aurora
Defender así mi honor
–aunque ponga el valor duda–,
que con esta espada puedo.
Mas no corta, por ser tuya.
Félix
Esgrime contra mi pecho
la cuchilla, si procuras
vengarte. Mas dame solo
tiempo para una pregunta
y respóndeme: ¿Quisieras
sin amor a un hombre?
Aurora
Nunca
le viera.
Félix
Por merecerle
a tu casto amor, le busca.
Aurora
¿El entregarme era honor?
Félix
Sí; que era obediencia justa.
Aurora
Y yo defenderme, ¿qué era?
Félix
Era obligación, ley dura
de quien te trujo a mi casa.
Aurora
Ya, por lo menos, pronuncias
que ésa es deuda.
Félix
Yo protesto
morir en defensa tuya.
Aurora
¿Y murieras?
Firme siempre.
Aurora
¿Quién lo dice?
Félix
Fe tan pura.
Aurora
¿Quién lo afirma?
Félix
Amor notable.
Aurora
¿Quién de un traidor se asegura?
Félix
¿Quién de un leal desconfía?
Aurora
¿Tú lo eres?
Mi amor lo jura.
Aurora
¿Qué?
Ser tuyo eternamente.
Aurora
¿No estuviera más segura
yo conmigo?
Félix
Pues ¿qué hicieras?
Aurora
Echarme sobre esta punta
antes que ser de otro dueño.
Félix
¿Quién lo dice?
Aurora
Mi fe justa.
Félix
¿Quién lo afirma?
Aurora
Aquesta mano.
Félix
Jura, pues.
Aurora
Juro ser tuya
eternamente.
Félix
¡Qué dicha!
Aurora
¡Qué gran placer!
¡Qué ventura!
Aurora
Del poeta lo será,
si a vuestro gusto se ajusta.
Félix
Y amigo, amante y leal,
a vuesas mercedes jura,
por quitaros de opinión,
a Dios y a está †, que es suya.

Lizenz
CC0 1.0 Licence
Link zur Lizenz

Zitationsvorschlag für diese Edition
TextGrid Repository (2026). Calderón de la Barca, Pedro. Amigo, amante y leal. CalDraCor. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbp6.0