Personas que hablan en ella
- DON FERNANDO.
- DON ENRIQUE.
- DON JUAN.
- REY MORO.
- CELÍN.
- MULEY.
- FÉNIX.
- ROSA.
- ZARA.
- TARUDANTE.
- DON ALFONSO.
- BRITO.
- ESTRELLA.
- SOLDADOS.
- MOROS.
- CAUTIVOS.
Jornada I
Salen dos CAUTIVOS cantando lo que quisieren y ZARA.
ZARA
Cantad aquí, que ha gustado,
mientras toma de vestir
Fénix hermosa, de oír
las canciones que ha escuchado
tal vez en los baños, llenas
de dolor y sentimiento.
CAUTIVO 1.º
Música cuyo instrumento
son los hierros y cadenas
que nos aprisionan, ¿puede
haberla alegrado?
ZARA
Sí.
Ella escucha desde aquí;
cantad.
CAUTIVO 1.º
Esa pena excede,
Zara hermosa, cuantas son,
pues sólo un rudo animal
sin discurso racional
canta alegre en la prisión.
ZARA
¿No cantáis vosotros?
CAUTIVO 2.º
Es
para divertir las penas
propias, mas no las ajenas.
ZARA
Ella escucha, cantad pues.
CAUTIVOS
Cantan.
Al peso de los años
lo eminente se rinde,
que a lo fácil del tiempo
no hay conquista difícil.
Sale ROSA.
ROSA
Despejad, cautivos; dad
a vuestras canciones fin,
porque sale a este jardín
Fénix a dar vanidad
al campo con su hermosura,
segunda aurora del prado.
Salen las moras vistiendo a FÉNIX.
ROSA
Hermosa te has levantado.
ZARA
No blasone el alba pura
que la debe ese jardín
la luz y fragancia hermosa
ni la púrpura la rosa
ni la blancura el jazmín.
FÉNIX
El espejo.
ESTRELLA
Es escusado
querer consultar con él
los borrones que el pincel
sobre la tez ha dejado.
Danle un espejo.
FÉNIX
¿De qué sirve la hermosura
-cuando lo fuese la mía-,
si me falta la alegría,
si me falta la ventura?
ZARA
¿Qué tienes?
FÉNIX
Si yo supiera,
¡ay, mi Zara!, lo que siento,
de mi mismo sentimiento
lisonja al dolor hiciera;
pero de la pena mía
no sé la naturaleza,
que entonces fuera tristeza
lo que hoy es melancolía.
Sólo sé que sé sentir;
lo que sé sentir no sé,
que ilusión del alma fue.
ZARA
Pues no pueden divertir
tu tristeza estos jardines,
que a la primavera hermosa
labran estatuas de rosa
sobre templos de jazmines,
hazte al mar; un barco sea
dorado carro del sol.
ROSA
Y cuando tanto arrebol
errar por sus ondas vea
con grande melancolía
el jardín al mar dirá:
«Ya el sol en su centro está,
muy breve ha sido este día».
FÉNIX
Pues no me puede alegrar,
formando sombras y lejos,
la emulación que en reflejos
tienen la tierra y el mar,
cuando con grandezas sumas
compiten entre esplendores
las espumas a las flores,
las flores a las espumas;
porque el jardín, envidioso
de ver las ondas del mar,
su curso quiere imitar;
y así el céfiro amoroso
matices rinde y olores,
que, soplando en él, los bebe,
y hacen las hojas que mueve
un océano de flores;
cuando el mar, triste de ver
la natural compostura
del jardín, también procura
adornar y componer
su playa, la pompa pierde
y, a segunda ley sujeto,
compite con dulce efeto
campo azul y golfo verde,
siendo ya con rizas plumas,
ya con mezclados colores,
el jardín un mar de flores
y el mar un jardín de espumas.
Sin duda mi pena es mucha;
no la pueden lisonjear
campo, cielo, tierra y mar.
ZARA
Gran pena contigo lucha.
Sale el REY con un retrato.
REY
Si acaso permite el mal,
cuartana de tu belleza,
dar treguas a tu tristeza,
este bello original
-que no es retrato el que tiene
alma y vida- es del infante
de Marruecos, Tarudante;
a rendir a tus pies viene
su corona. Embajador
es de su parte y no dudo
que embajador que habla mudo
trae embajadas de amor.
Favor en su amparo tengo;
diez mil jinetes alista
que enviar a la conquista
de Ceuta, que ya prevengo.
Dé la vergüenza esta vez
licencia, permite amar
a quien se ha de coronar
rey de tu hermosura en Fez.
FÉNIX
¡Válgame Alá!
REY
¿Qué rigor
te suspende de esa suerte?
FÉNIX
La sentencia de mi muerte.
REY
¿Qué es lo que dices?
FÉNIX
Señor,
si sabes que siempre has sido
mi dueño, mi padre y rey,
¿qué he de decir? (¡Ay, Muley,
grande ocasión has perdido!
El silencio, ¡ay, infelice!,
hace mi humildad inmensa:
miente el alma si lo piensa,
miente la voz si lo dice).
REY
Toma el retrato.
FÉNIX
(Forzada
la mano le tomará,
pero el alma no podrá).
Disparan una pieza.
ZARA
Esta salva es a la entrada
de Muley, que hoy ha surgido
del mar de Fez.
REY
Justa es.
Sale MULEY con bastón de general.
MULEY
Dame, gran señor, los pies.
REY
Muley, seas bien venido.
MULEY
Quien penetra el arrebol
de tan soberana esfera
y a quien en el puerto espera
tal aurora, hija del sol,
fuerza es que venga con bien.
Dame, señora, la mano,
que este favor soberano
puede mereceros quien
con amor, lealtad y fe
nuevos triunfos te previene
y fue a serviros y viene
tan amante como fue.
(¡Válgame el cielo! ¿Qué veo?).
FÉNIX
Tú, Muley (¡estoy mortal!),
vengas con bien.
MULEY
(No, con mal
será, si a mis ojos creo).
REY
En fin, Muley, ¿qué hay del mar?
MULEY
Hoy tu sufrimiento pruebas;
de pesar te traigo nuevas,
porque ya todo es pesar.
REY
Pues cuanto supieres di,
que en un ánimo constante
siempre se halla igual semblante
para el bien y el mal. Aquí
te sienta, Fénix.
FÉNIX
Sí haré.
REY
Todos os sentad. Prosigue,
y nada a callar te obligue.
MULEY
Ni hablar ni callar podré.
Salí, como me mandaste,
con dos galeazas solas,
gran señor, a recorrer
de Berbería las costas.
Fue tu intento que llegase
a aquella ciudad famosa,
llamada en un tiempo Elisa,
aquella que está a la boca
del Freto Hercúleo fundada
y de Ceido nombre toma
-que Ceido, Ceuta en hebreo,
vuelto en el árabe idioma
quiere decir hermosura,
y ella es ciudad tan hermosa-,
aquella, pues, que los cielos
quitaron a tu corona,
quizá por justos enojos
del gran profeta Mahoma,
y en oprobio de las armas
nuestras sabemos agora
que pendones portugueses
en sus torres se enarbolan
tenidos siempre a los ojos:
un padrastro que baldona
nuestros aplausos, un freno
que nuestro orgullo reposa,
un Cáucaso que detiene
al Nilo de tus vitorias
la corriente y, puesta en medio,
el paso a España le estorba.
Iba con órdenes, pues,
de mirar y inquirir todas
sus fuerzas para decirte
la disposición y forma
que hoy tiene y cómo podrás
a menos peligro y costa
emprender la guerra. El cielo
te conceda la vitoria
con esta restitución,
aunque la dilate agora
mayor desdicha, pues creo
que está su empresa dudosa
y con más necesidad
te está apellidando otra;
pues las armas prevenidas
para la gran Ceuta importa
que sobre Tánger acudan,
porque amenazada llora
de igual pena, igual desdicha,
igual ruina, igual congoja.
Y lo sé porque en el mar
una mañana a la hora
que, medio dormido el sol,
atropellando las sombras
del ocaso, desmaraña
sobre jazmines y rosas
rubios cabellos, que enjugan
con paños de oro a la aurora
lágrimas de fuego y nieve
que el sol convirtió en aljófar,
a largo trecho del agua
venía una gruesa tropa
de naves, si bien entonces
no pudo la vista absorta
determinarse a decir
si eran naos o si eran rocas,
porque como en los países
sutiles pinceles logran
unos visos, unos lejos,
que en perspectiva dudosa
parecen montes tal vez
y tal ciudades famosas,
porque la distancia siempre
monstruos imposibles forma,
así en países azules
hicieron luces y sombras,
confundiendo mar y cielo
con las nubes y las ondas
mil engaños a la vista;
pues ella entonces curiosa
sólo apercibió los bultos
y no distinguió las formas.
Primero nos pareció,
viendo que sus puntas tocan
con el cielo, que eran nubes
de las que a la mar se arrojan
a concebir en zafir
lluvias que el cristal aborta;
y fue bien pensado, pues
esta inumerable copia
pareció que pretendía
sorberse el mar gota a gota.
Luego, de marinos monstruos
nos pareció errante copia
que a acompañar a Neptuno
salían de sus alcobas,
pues sacudiendo las velas,
que son del viento lisonja,
pensamos que sacudían
las alas sobre las olas.
Ya parecía más cerca
una inmensa Babilonia,
de quien los pensiles fueron
flámulas que el viento azota.
Aquí, ya desengañada
la vista, mejor se informa
de que era armada, pues vio
a los surcos de las proas,
cuando batidas espumas
ya se encrespan, ya se entorchan,
rizarse montes de plata,
de cristal cuajarse rocas.
Yo, que vi tanto enemigo,
volví a su rigor la proa,
que también saber huir
es linaje de vitoria,
y así, como más experto
en estos mares, la boca
tomé de una cala, adonde
al abrigo y a la sombra
de dos montecillos, pude
resistir la poderosa
furia de tan gran poder
que mar, cielo, tierra asombra.
Pasan sin vernos y yo,
deseoso -¿quién lo ignora?-
de saber dónde seguía
esta armada su derrota,
a la campaña del mar
salí otra vez, donde logra
el cielo mis esperanzas
en esta ocasión dichosa,
pues vi que de aquella armada
se había quedado sola
una nave y que en el mar
mal defendida zozobra,
porque, según después supe,
de una tormenta que todas
corrieron había salido
deshecha, rendida y rota;
y así llena de agua estaba
sin que bastasen las bombas
a agotalla y, titubeando
ya a aquella parte, ya a estotra,
estaba a cada vaivén
si se ahoga o no se ahoga.
Llegué a ella y, aunque moro,
les di alivio en sus congojas,
que el tener en las desdichas
compañía de tal forma
consuela que el enemigo
suele servir de lisonja.
El deseo de vivir
tanto a alguno le provoca
que, haciendo animoso escalas
de gúmenas y maromas,
a la prisión se vinieron,
si bien otros les baldonan,
diciéndoles que el vivir
eterno es vivir con honra;
y aun así se resistieron...
¡portuguesa vanagloria!
De los que salieron, uno
muy por estenso me informa;
dice, pues, que aquella armada
ha salido de Lisboa
para Tánger y que viene
a sitiarla con heroica
determinación que veas
en sus almenas famosas
las quinas que ves en Ceuta
cada vez que el sol se asoma.
Duarte de Portugal,
cuya fama vencedora
ha de volar con las plumas
de las águilas de Roma,
envía a sus dos hermanos
Enrique y Fernando, gloria
deste siglo, que los mira
coronados de vitorias.
Maestres de Cristo y Avís
son; los dos pechos adornan
cruces de perfiles blancos,
una verde y otra roja.
Catorce mil portugueses
son, gran señor, los que cobran
sus sueldos, sin los que vienen
sirviéndolos a su costa.
Mil son los fuertes caballos
que la soberbia española
los vistió para ser tigres,
los calzó para ser onzas.
Ya a Tánger habrán llegado
y ésta, señor, es la hora
que, si su arena no pisan,
al menos sus mares cortan.
Salgamos a defenderla,
tú mismo las armas toma,
baje en tu valiente brazo
el azote de Mahoma
y del libro de la muerte
desate la mejor hoja,
que quizá se cumple hoy
una profecía heroica
de morabitos, que dicen
que en la margen arenosa
de África ha de tener
la portuguesa corona
sepulcro infeliz; y vean
que aquesta cuchilla corva
campañas verdes y azules
volvió con su sangre rojas.
REY
Calla, no me digas más,
que, de mortal furia lleno,
cada voz es un veneno
con que la muerte me das.
Mas sus bríos arrogantes
haré que en África tengan
sepulcro, aunque armados vengan
sus maestres los infantes.
Tú, Muley, con los jinetes
de la costa parte luego,
mientras yo en tu amparo llego,
que, si, como me prometes,
en escaramuzas diestras
le ocupas, por que tan presto
no tomen tierra -y en esto
la sangre heredada muestras-,
yo tan veloz llegaré
como tú con lo restante
del ejército arrogante
que en ese campo se ve,
por que la sangre concluya
tantos duelos en un día,
porque Ceuta ha de ser mía
y Tánger no ha de ser suya.
Vase.
MULEY
Aunque de paso, no quiero
dejar, Fénix, de decir,
ya que tengo de morir,
la enfermedad de que muero;
que, aunque pierdan mis recelos
el respeto a tu opinión,
si celos mis penas son,
ninguno es cortés con celos.
¿Qué retrato, ¡ay, enemiga!,
en tu mano blanca vi?
¿Quién es el dichoso, di,
quién...? Mas espera, no diga
tu lengua tales agravios.
Basta, sin saber quién sea,
que yo en tu mano le vea
sin que le escuche en tus labios.
FÉNIX
Muley, aunque mi deseo
licencia de amar te dio,
de ofender y injuriar, no.
MULEY
Es verdad, Fénix, ya veo
que no es estilo ni modo
de hablarte, pero los cielos
saben que en habiendo celos
se pierde el respeto a todo.
Con grande recato y miedo
te serví, quise y amé,
mas, si con amor callé,
con celos, Fénix, no puedo,
no puedo.
FÉNIX
No ha merecido
tu culpa satisfación,
pero yo por mi opinión
satisfacerte he querido,
que un agravio entre los dos
disculpa tiene y así
te la doy.
MULEY
¿Pues hayla?
FÉNIX
Sí.
MULEY
¡Buenas nuevas te dé Dios!
FÉNIX
Este retrato ha enviado...
MULEY
¿Quién?
FÉNIX
...Tarudante el infante.
MULEY
¿Para qué?
FÉNIX
Porque ignorante
mi padre de mi cuidado...
MULEY
Bien...
FÉNIX
...pretende que estos dos
reinos...
MULEY
No me digas más.
¿Esa disculpa me das?
¡Malas nuevas te dé Dios!
FÉNIX
Pues ¿qué culpa habré tenido
de que mi padre lo trate?
MULEY
De haber hoy, aunque te mate,
el retrato recebido.
FÉNIX
¿Pude escusarlo?
MULEY
¿Pues no?
FÉNIX
¿Cómo?
MULEY
Otra cosa fingir.
FÉNIX
Pues ¿qué pude hacer?
MULEY
Morir,
que por ti lo hiciera yo.
FÉNIX
Fue fuerza.
MULEY
Mas fue mudanza.
FÉNIX
Fue violencia.
MULEY
No hay violencia.
FÉNIX
Pues ¿qué pudo ser?
MULEY
Mi ausencia,
sepulcro de mi esperanza.
Y para no asegurarme
de que te puedes mudar,
ya yo me vuelvo a ausentar,
vuelve, Fénix, a matarme.
FÉNIX
Forzosa es la ausencia, parte...
MULEY
Ya lo está el alma primero.
FÉNIX
...a Tánger, que en Fez te espero
donde acabes de quejarte.
MULEY
Sí haré, si el morir dilato.
FÉNIX
Adiós, que es fuerza el partir.
MULEY
Oye, ¿al fin me dejas ir
sin entregarme el retrato?
FÉNIX
Por el Rey no lo he deshecho.
MULEY
Suelta, que no será en vano
que saque yo de tu mano
a quien me saca del pecho.
Vanse. Tocan un clarín y ruido de desembarcar y van saliendo el infante DON FERNANDO y DON ENRIQUE y DON JUAN COUTIÑO.
FERNANDO
Yo he de ser el primero, África bella,
que he de pisar tu margen arenosa,
por que oprimida al peso de mi huella
sientas en tu cerviz la poderosa
fuerza que ha de rendirte.
ENRIQUE
Yo en el suelo
africano la planta generosa
el segundo pondré. ¡Válgame el cielo!
Cae.
¡Hasta aquí los agüeros me han seguido!
FERNANDO
Pierde, Enrique, a esas cosas el recelo,
porque el caer agora antes ha sido
que ya como señor la misma tierra
los brazos en albricias te ha pedido.
ENRIQUE
Desierta esta campaña y esta sierra
los alarbes al vernos han dejado.
JUAN
Tánger las puertas de sus muros cierra.
FERNANDO
Todos se han retirado a su sagrado.
Don Juan Coutiño, conde de Miralva,
reconoced la tierra con cuidado
antes que el sol, reconociendo el alba,
con más furia nos hiera y nos ofenda;
haced a la ciudad la primer salva;
decid que defenderse no pretenda,
porque la he de ganar a sangre y fuego,
que el campo inunde, el edificio encienda.
JUAN
Tú verás que a sus mismas puertas llego,
aunque Volcán de llamas y de rayos
deje al sol con pardas nubes ciego.
Vase. Sale el gracioso BRITO, de soldado.
BRITO
¡Gracias a Dios que abriles piso y mayos
y en la tierra me voy por donde quiero
sin sustos, sin vaivenes ni desmayos!
Y no en el mar adonde, si primero
no se consulta un monstruo de madera,
que es juez de palo en fin, el más ligero
no se puede escapar de una carrera
en el mayor peligro. ¡Ah, tierra mía!
¡No muera en agua yo, como no muera
tampoco en tierra hasta el postrero día!
FERNANDO
¿Qué es eso, Brito?
BRITO
Una oración se fragua
fúnebre, que es sermón de Berbería:
panegírico es que digo al agua
y en emponomio horténsico me quejo,
porque este enojo, desde que se fragua
con ella el vino, me quedó, y ya es viejo.
ENRIQUE
¿Que escuches este loco?
FERNANDO
¡Y que tu pena
sin razón, sin arbitrio y sin consuelo,
tanto de ti te priva y te divierte!
ENRIQUE
El alma traigo de temores llena;
echada juzgo contra mí la suerte;
desde que de Lisboa salí, sólo
imágines he visto de la muerte.
Apenas, pues, el berberisco polo
prevenimos los dos esta jornada,
cuando de un parasismo el mismo Apolo,
amortajado en nubes, la dorada
faz escondió y el mar ceñudo y fiero
deshizo con tormentas nuestra armada.
Si miro al mar, mil sombras considero;
si al cielo miro, sangre me parece
su velo azul; si al aire lisonjero,
aves noturnas son las que me ofrece;
si a la tierra, sepulcros representa,
donde, mísero yo, caiga y tropiece.
FERNANDO
Pues disfrazarte aquí mi amor intenta
causa de un melancólico accidente:
sorbernos una nave una tormenta
es decir que sobraba aquella gente
para ganar la empresa a que venimos;
verter púrpura el cielo transparente
es gala, no es horror, que, si fingimos
monstruos al agua y pájaros al viento,
nosotros hasta aquí no los trujimos;
pues si ellos aquí están, ¿no es argumento
que a la tierra que habitan inhumanos
pronostican el fin fiero y sangriento?
Esos agüeros viles, miedos vanos,
para los moros vienen que los crean,
no para que los duden los cristianos.
Nosotros dos lo somos; no se emplean
nuestras armas aquí por vanagloria
de que en los libros inmortales lean
ojos humanos esta gran vitoria.
La fe de Dios a engrandecer venimos;
suyo será el honor, suya la gloria,
si vivimos; dichosos, si morimos;
el castigo de Dios justo es temerle,
éste no viene envuelto en medios vanos;
a servirle venimos, no a ofenderle;
cristianos sois, haced como cristianos.
Pero ¿qué es esto?
Sale DON JUAN.
JUAN
Señor,
yendo al muro a obedecerte,
a la falda de ese monte
vi una tropa de jinetes,
que de la parte de Fez
corriendo a esta parte vienen
tan veloces que a la vista
aves, no brutos, parecen:
el viento no los sustenta,
la tierra apenas los siente
y así la tierra ni el aire
sabe si corren o vuelen.
FERNANDO
Salgamos a recebillos,
haciendo primero frente
los arcabuceros, luego
los que caballos tuvieren
salgan también a su usanza
con sus lanzas y arneses.
¡Ea, Enrique, buen principio
esta ocasión nos ofrece!
¡Ánimo!
ENRIQUE
Tu hermano soy;
no me espantan accidentes
del tiempo, ni me espantara
el semblante de la muerte.
Vanse.
BRITO
El cuartel de la salud
me toca a mí guardar siempre.
¡Oh, qué brava escaramuza!
Ya se embisten, ya acometen,
¡famoso juego de cañas!
Ponerme en cobro conviene.
Vase y tocan al arma; salen peleando de dos en dos DON JUAN y DON ENRIQUE.
ENRIQUE
¡A ellos, que ya los moros
vencidos la espalda vuelven!
JUAN
Llenos de despojos quedan
de caballos y de gentes
estos campos.
ENRIQUE
¿Don Fernando
dónde está, que no parece?
JUAN
Tanto se ha empeñado en ellos
que ya de vista se pierde.
ENRIQUE
Pues a buscarle, Coutiño.
JUAN
Siempre a tu lado me tienes.
Vanse y salen DON FERNANDO con la espada de MULEY y MULEY con adarga.
FERNANDO
En la desierta campaña,
que tumba común parece
de cuerpos muertos, si ya
no es teatro de la muerte,
sólo tú, moro, has quedado,
porque rendida tu gente
se retiró y tu caballo,
que mares de sangre vierte
envuelto en polvo y espuma
que él mismo levanta y pierde,
te dejó para despojo
de mi brazo altivo y fuerte,
entre los sueltos caballos
.de los vencidos jinetes
Yo, ufano con tal vitoria,
que me ilustra y desvanece
más que el ver esa campaña
coronada de claveles,
pues es tanta la perdida
sangre con que se guarnece
que la piedad de los ojos
fue tan grande, tan vehemente,
de no ver siempre desdichas,
de no mirar ruinas siempre,
que por el campo buscaban
;entre lo rojo lo verde
en efeto, mi valor,
sujetando sus valientes
bríos, de tantos perdidos
,un suelto caballo prende
tan monstruo que, siendo hijo
del viento, adopción pretende
del fuego y entre los dos
le desdice y lo desmiente
el color, pues siendo blanco
dice el agua: «Parto es este
de mi esfera, sola yo
pude cuajarlo de nieve».
En fin, en lo veloz, viento;
rayo, en fin, en lo eminente,
era por lo blanco cisne,
por lo sangriento era sierpe,
por lo hermoso era soberbio,
por lo atrevido, valiente,
por los relinchos, lozano
.y por las cernejas, fuerte
En la silla y en las ancas
puestos los dos juntamente
mares de sangre rompimos,
por cuyas ondas crueles
este bajel animado,
hecho proa de la frente,
rompiendo el globo de nácar
desde el codón al copete,
pareció entre espuma y sangre
-ya que bajel quise hacerle-
de cuatro espuelas herido,
que cuatro vientos le mueven
Rindiose al fin, si hubo peso
que tanto atlante sufriese,
si bien el de las desdichas
hasta los brutos lo sienten;
o ya fue que enternecido
de su instinto dijese:
«Triste camina el alarbe
y el español parte alegre,
luego ¿yo contra mi patria
soy traidor y soy aleve?
No quiero pasar de aquí».
Ve con bien, pues triste vienes,
tanto que, aunque el corazón
disimula cuanto puede,
por la boca y por los ojos,
Volcanes que el pecho enciende,
ardientes suspiros lanza
.y tiernas lágrimas vierte
Admirado mi valor
,de ver, cada vez que vuelve
que un golpe de la fortuna
tanto le postre y sujete
tu valor, pienso que es otra
la causa que te entristece,
porque por la libertad
no era justo ni decente
que tan tiernamente llore
.quien tan duramente hiere
Y así, si el comunicar
los males alivio ofrece
al sentimiento, entre tanto
que llegamos a mi gente,
mi deseo a tu cuidado,
si tanto favor merece,
con razones le pregunta
:comedidas y corteses
«¿qué sientes?», pues ya yo creo
que el venir preso no sientes.
Comunicado el dolor
se aplaca, si no se vence;
y yo, que soy el que tuvo
más parte en este accidente
de la fortuna, también
quiero ser el que consuele
de tus suspiros la causa,
.si la causa lo consiente
MULEY
Valiente eres, español,
,y cortés como valiente
tan bien vences con la lengua
como con la espada vences.
Tuya fue la vida, cuando
con la espada entre mi gente
me venciste, pero agora
que con la lengua me prendes
es tuya el alma, por que
alma y vida se confiesen
tuyas, de ambas eres dueño;
pues ya cruel, ya clemente,
por el trato y por las armas
.me has cautivado dos veces
Movido de la piedad
de oírme, español, y verme,
preguntado me has la causa
.de mis suspiros ardientes
Y aunque confieso que el mal
repetido y dicho suele
templarse, también confieso
que quien le repite quiere
aliviarse, y es mi mal
tan dueño de mis placeres
que por no hacerles disgusto
y que aliviado me deje
no quisiera repetirle;
mas ya es fuerza obedecerte
y quiérotela decir
.por quien soy y por quien eres
Sobrino del rey de Fez
soy; mi nombre es Muley Jeque,
familia que ilustran tantos
bajaes y belerbeyes.
Tan hijo fui de desdichas
desde mi primer oriente
que en el umbral de la vida
nací en manos de la muerte.
Una desierta campaña,
que fue sepulcro eminente
de españoles, fue mi cuna,
pues para que lo confieses
en los Gelves nací el año
que os perdisteis en los Gelves
A servir al Rey mi tío
vine infante, pero empiecen
las penas y las desdichas;
cesen las venturas, cesen.
Vine a Fez y una hermosura,
a quien he adorado siempre,
junto a mi casa vivía
.por que yo cerca muriese
Desde mis primeros años,
por que más constante fuese
este amor, más imposible
de acabarse y de romperse,
ambos nos criamos juntos,
y Amor en nuestras niñeces
no fue rayo, pues hirió
en lo humilde, tierno y débil
con más fuerza que pudiera
en lo augusto, altivo y fuerte,
tanto que para mostrar
sus fuerzas y sus poderes
hirió nuestros corazones
.con arpones diferentes
Pero como la porfía
con iguales piedras suele
hacer señal, por la fuerza
no, sino cayendo siempre,
así las lágrimas mías,
porfiando eternamente,
la piedra del corazón,
más que los diamantes fuerte,
labraron y no con fuerza
de méritos excelentes,
pero con mi mucho amor
.vino al fin a enternecerse
En este estado viví
algún tiempo, aunque fue breve,
gozando en auras suaves
mil amorosos deleites.
Ausenteme por mi mal;
harto he dicho en ausenteme,
pues en ausencia otro amante
ha venido a darme muerte.
Él dichoso, yo infelice;
él asistiendo, yo ausente;
yo cautivo y libre él,
me contrastará mi suerte;
cuando tú me cautivaste,
¡mira si es bien me lamente!
FERNANDO
Valiente moro y galán,
,si adoras como refieres
si idolatras como dices,
si amas como encareces,
si celas como suspiras,
si como recelas temes
y si como sientes amas,
.dichosamente padeces
No quiero por tu rescate
más precio de que le acetes;
vuélvete y dile a tu dama
que por su esclavo te ofrece
un portugués caballero
y, si obligada pretende
pagarme el precio por ti,
yo te doy lo que me debes;
cobra la deuda en amor
y logra tus intereses.
Ya el caballo, que rendido
cayó en el suelo, parece
con el ocio y el descanso
que restituido vuelve.
Y porque sé qué es amor
,y qué es tardanza en ausentes
no te quiero detener,
sube en tu caballo y vete.
MULEY
Nada mi voz te responde,
que a quien liberal ofrece,
sólo acetar es lisonja.
Dime, portugués, ¿quién eres?
FERNANDO
Un hombre noble y no más.
MULEY
Bien lo muestras, seas quien fueres.
Para el bien y para el mal
soy tu esclavo eternamente.
FERNANDO
Toma el caballo, que es tarde.
MULEY
Pues si a ti te lo parece,
¿qué hará a quien vino cautivo
y libre a su dama vuelve?
Vase.
FERNANDO
Generosa acción es dar,
y más la vida.
MULEY
Dentro.
¡Valiente
portugués!
FERNANDO
Desde el caballo
habla. ¿Qué es lo que me quieres?
MULEY
Espero que he de pagarte
algún día tantos bienes.
FERNANDO
Gózalos tú.
MULEY
Porque al fin
hacer bien nunca se pierde.
Alá te guarde, español.
FERNANDO
Si Alá es Dios, con bien te lleve.
Suena dentro ruido de trompetas y cajas.
Mas ¿qué trompeta es esta
que el aire turba y la región molesta?
Y por esta otra parte
cajas se escuchan: música de Marte
son las dos.
Sale DON ENRIQUE.
ENRIQUE
¡Oh, Fernando!,
tu persona, veloz vengo buscando.
FERNANDO
Enrique, ¿qué hay de nuevo?
ENRIQUE
Aquellos ecos
ejércitos de Fez y de Marruecos
son, porque Tarudante
al Rey de Fez socorre y arrogante
el Rey con gente viene.
En medio cada ejército nos tiene,
de modo que cercados
somos los sitiadores y sitiados.
Si la espalda volvemos
al uno, mal del otro nos podemos
defender, porque a una y otra parte
nos deslumbran relámpagos de Marte.
¿Qué haremos, pues, de confusiones llenos?
FERNANDO
¿Qué? Morir como buenos,
con ánimos constantes.
¿No somos dos maestres, dos infantes,
cuando bastara ser dos portugueses
particulares para no haber visto
la cara al miedo? Pues Avís y Cristo
a voces repitamos
y por la fe muramos,
pues a morir venimos.
Sale DON JUAN.
JUAN
Mala salida a tierra dispusimos.
FERNANDO
Ya no es tiempo de medios:
a los brazos apelen los remedios,
que uno y otro ejército nos cierra
en medio. ¡Avís y Cristo!
JUAN
¡Guerra, guerra!
BRITO
Ya nos cogen en medio
un ejército y otro sin remedio.
¡Qué bellaca palabra!
La llave eterna de los cielos abra
un resquicio siquiera,
que de aqueste peligro salga afuera
quien aquí se ha venido
sin qué ni para qué. Pero fingido
muerto estaré un instante
y muerto lo tendré para adelante.
Cáese en el suelo y sale un MORO acuchillando a ENRIQUE.
MORO
¿Quién tanto se defiende,
siendo mi brazo rayo que desciende
desde la cuarta esfera?
ENRIQUE
Pues, aunque yo tropiece, caiga y muera,
en cuerpos de cristianos
no desmaya la fuerza de las manos,
que ella de quien yo soy mejor avisa.
BRITO
¡Cuerpo de Dios con él, y qué bien pisa!
Písanle y éntranse y salen MULEY y DON JUAN COUTIÑO riñendo.
MULEY
Ver, portugués valiente,
en ti fuerza tan grande no lo siente
mi valor, pues quisiera
daros hoy la vitoria.
JUAN
¡Pena fiera!
Sin tiento y sin aviso
son cuerpos de cristianos cuantos piso.
BRITO
Yo se lo perdonara
a trueco, mi señor, que no pisara.
Vanse los dos y salen por la otra puerta DON ENRIQUE y DON JUAN retirándose de los MOROS, y luego el REY y DON FERNANDO.
REY
Rinde la espada, altivo
portugués, que si logro el verte vivo
en mi poder, prometo
ser tu amigo. ¿Quién eres?
FERNANDO
Un caballero soy; saber no esperes
más de mí. Dame muerte.
Sale DON JUAN y pónese a su lado.
JUAN
Primero, gran señor, mi pecho fuerte,
que es muro de diamante,
tu vida guardará puesto delante.
¡Ea, Fernando mío,
muéstrese agora el heredado brío!
REY
Si esto escucho, ¿qué espero?
Suspéndanse las armas, que no quiero
hoy más felice gloria;
que este preso me basta por vitoria.
Si tu prisión o muerte
con tal sentencia decretó la suerte,
dé la espada Fernando
al Rey de Fez.
MULEY
¿Qué es lo que estoy mirando?
FERNANDO
Sólo a un rey la rindiera,
que desesperación negarla fuera.
Sale DON ENRIQUE.
ENRIQUE
¡Preso mi hermano!
FERNANDO
Enrique,
tu voz más sentimiento no publique,
que en la suerte importuna
estos son los sucesos de fortuna.
REY
Enrique, don Fernando
está hoy en mi poder y, aunque mostrando
la ventaja que tengo
pudiera daros muerte, yo no vengo
hoy más que a defenderme,
que vuestra sangre no viniera a hacerme
honras tan conocidas
como podrán hacerme vuestras vidas.
Y para que el rescate
con más puntualidad al Rey se trate,
vuelve tú, que Fernando
en mi poder se quedará, aguardando
que vengas a libralle.
Pero dile a Duarte que en llevalle
será su intento vano,
si a Ceuta no me entrega por su mano.
Y agora vuestra Alteza,
a quien debo esta honra, esta grandeza,
a Fez venga conmigo.
FERNANDO
Iré a la esfera cuyo rayo sigo.
MULEY
(Por que yo tenga, ¡cielos!,
más que sentir entre amistad y celos).
FERNANDO
Enrique, preso quedo;
ni al mal ni a la fortuna tengo miedo.
Dirasle a nuestro hermano
que haga aquí como príncipe cristiano
en la desdicha mía.
ENRIQUE
Pues ¿quién de sus grandezas desconfía?
FERNANDO
Esto te encargo y digo
que haga como cristiano.
ENRIQUE
Yo me obligo
a volver como tal.
FERNANDO
Dame esos brazos.
ENRIQUE
Tú eres el preso y pónesme a mí lazos.
FERNANDO
Don Juan, adiós.
JUAN
Yo he de quedar contigo;
de mí no te despidas.
FERNANDO
¡Leal amigo!
ENRIQUE
¡Oh, infelice jornada!
FERNANDO
Dirás al Rey..., mas no le digas nada,
sino con gran silencio en miedo vano
estas lágrimas lleva al Rey mi hermano.
Vanse y salen dos MOROS y ven a BRITO como muerto.
MORO 1.º
Cristiano muerto es este.
MORO 2.º
Por que no causen peste,
echad al mar los muertos.
BRITO
En dejándoos los cascos bien abiertos
a tajos y a reveses,
que aínda mortos somos portugueses
Jornada II
Sale FÉNIX.
FÉNIX
Zara, Rosa, Estrella, ¿no
hay quien me responda?
Sale MULEY.
MULEY
Sí,
que tú eres sol para mí
y para ti sombra yo,
y la sombra al sol siguió;
el eco dulce escuché
de tu voz, y apresuré
por esta montaña el paso:
¿qué sientes?
FÉNIX
Oye, si a caso
puedo decir lo que fue:
lisonjera, libre, ingrata,
dulce, suave, una fuente
hizo apacible corriente
de cristal y undosa plata;
lisonjera se desata
porque hablaba y no sentía;
süave porque fingía,
dulce porque murmuraba,
ingrata porque corría.
Aquí cansada llegué
después de seguir ligera
en ese monte una fiera;
en cuya frescura hallé
ocio y descanso, porque
de un montecillo a la espalda,
de quien corona y guirnalda
fueron clavel y jazmín,
sobre un catre de carmín
hice un foso de esmeralda.
Apenas en él rendí
el alma al susurro blando
de las soledades, cuando
ruido en las hojas sentí;
atenta me puse y vi
una caduca africana,
espíritu en forma humana,
ceño arrugado y esquivo,
que era un esqueleto vivo
de lo que fue sombra vana,
cuya rústica fiereza,
cuyo aspecto esquivo y bronco
fue escultura hecha de un tronco
sin pulirse la corteza.
Con melancolía y tristeza,
pasiones siempre infelices
para que te atemorices,
una mano me tomó;
y entonces ser tronco yo
afirmé por las raíces.
Hielo introdujo en mis venas
el contracto; horror las voces
que, discurriendo veloces
de mortal veneno llenas,
articuladas apenas,
esto les pude entender:
«¡Ay infelice mujer!
¡Ay forzosa desventura!
Que, en efeto, esta hermosura
precio de un muerto ha de ser».
Dijo; y yo tan triste vivo
que diré mejor que muero:
pues por instantes espero
de aquel tronco fugitivo
cumplimiento tan esquivo,
de aquel oráculo yerto
el presagio y fin tan cierto
que mi vida ha de tener.
¡Ay de mí! ¡Que hoy he de ser
precio vil de un hombre muerto!
Vase.
MULEY
Fácil es de descifrar
ese sueño, esa ilusión,
pues las imágines son
de mi pena singular.
A Tarudante has de dar
la mano de esposa, pero
yo, que en pensarlo me muero,
estorbaré mi rigor;
que él no ha de gozar tu amor
si no me mata primero.
Perderte yo, podrá ser,
mas no perderte y vivir;
luego si es fuerza el morir
antes que lo llegue a ver:
precio mi vida ha de ser
con que he de comprarte, ¡ay cielos!,
y tú en tantos desconsuelos
precio de un muerto serás,
pues que morir me verás
de amor, de envidia y de celos.
Salen tres cautivos y el infante DON FERNANDO.
CAUTIVO 1.º
Desde aquel jardín te vimos
andar a caza, Fernando,
y todos juntos venimos
a arrojarnos a tus pies.
CAUTIVO 2.º
Solamente este consuelo
aquí nos ofrece el cielo.
CAUTIVO 3.º
Piedad como suya es.
DON FERNANDO
Amigos, dadme los brazos;
y sabe Dios si con ellos,
quisiera de vuestros cuellos
romper los ñudos y lazos
que os aprisionan; que a fe
que os darían libertad
antes que a mí. Mas pensad
que favor del cielo fue
esta piadosa sentencia:
él mejorará la suerte,
que a la desdicha más fuerte
sabe vencer la prudencia.
Sufrid con ella el rigor
del tiempo y de la fortuna,
deidad bárbara importuna;
hoy cadáver y ayer flor;
no permanece jamás,
y así os mudará de estado,
¡ay Dios!, que al necesitado
darle consejo no más
no es prudencia y, en verdad,
que aunque quiera regalaros
no tengo esta vez qué daros:
mis amigos, perdonad.
Ya de Portugal espero
socorro; presto vendrá:
vuestra mi hacienda será;
para vosotros la quiero.
Si me vienen a sacar
del cautiverio, ya digo
que todos iréis conmigo.
Id con Dios a trabajar;
no disgustéis vuestros dueños.
CAUTIVO 1.º
Tu vista
hace nuestra esclavitud
dichosa.
CAUTIVO 2.º
Siglos pequeños
son los del fénix, señor,
para que vivas.
Vanse.
DON FERNANDO
El alma
queda en lastimosa calma
viendo que os vais sin favor
de mis manos.
MULEY
Aquí estoy
viendo la llaneza y amor
con que la desdicha fiera
de esos cautivos tratáis.
DON FERNANDO
Duélome de su fortuna,
en su desdicha importuna,
que a esos esclavos miráis:
aprendo a ser infelice
y algún día podrá ser
que los haya menester.
MULEY
¿Eso Vuestra Alteza dice?
DON FERNANDO
Naciendo infante, he llegado
a ser esclavo; y así,
temo venir desde aquí
a más miserable estado;
que si ya en aqueste vivo,
mucha más distancia tray
de infante a cautivo que hay
de cautivo a más cautivo.
Un día llama a otro día,
y así llama y encadena,
llanto a llanto, pena a pena.
MULEY
No fuera mayor la mía;
que Vuestra Alteza mañana,
aunque hoy cautivo está,
a su patria volverá.
Pero mi esperanza es vana,
pues no puede alguna vez
mejorarse mi fortuna,
mudable más que la luna.
DON FERNANDO
Cortesano soy de Fez,
y nunca de los amores
que me contaste te oí
novedad.
MULEY
Fueron en mí
recatados los favores;
el dueño juré encubrir
pero, a la amistad atento,
sin quebrar el juramento
te lo tengo de decir.
Tan solo mi mal ha sido,
como solo mi dolor,
porque el fénix y mi amor
sin semejante han nacido.
En ver, oír y callar,
Fénix es mi pensamiento;
Fénix es mi sufrimiento
en temer, sentir y amar;
Fénix mi desconfïanza
en llorar y en padecer;
en merecerla y temer
aun es Fénix mi esperanza.
Fénix mi amor y cuidado;
y pues que Fénix te digo,
como amante y como amigo,
ya lo he dicho y lo he callado.
Vase.
DON FERNANDO
Cuerdamente declaró
el dueño amante y cortés:
si Fénix su pena es,
no he de competirla yo;
que la mía es común pena;
no me doy por entendido,
que muchos la han padecido
y vive de enojos llena.
Sale el REY.
REY
Por la falda deste monte
vengo siguiendo a Tu Alteza
porque, antes que el sol se esconda
entre corales y perlas,
te diviertas en la lucha
de un tigre que agora cercan
mis cazadores.
DON FERNANDO
Señor,
gustos por puntos me inventas
para agradarme. Si así
a tus esclavos festejas,
no echarán menos la patria.
REY
Cautivos de tales prendas
que honran al dueño, es razón
servirlos desta manera.
Sale DON JUAN.
DON JUAN
Sal, gran señor, a la orilla
del mar y verás en ella
el más hermoso animal
que añadió naturaleza
al artificio; porque
una cristiana galera
llega al puerto, tan hermosa,
aunque toda obscura y negra,
que al verla se duda cómo
es alegre su tristeza;
las armas de Portugal
vienen por remate della
que, como tienen cautivo
a su infante, tristes señas
visten por su esclavitud;
y a darte libertad llegan,
diciendo su sentimiento.
DON FERNANDO
Don Juan, amigo, no es esa
de su luto la razón,
que si a librarme vinieran,
en fe de su libertad
fueran alegres las muestras.
Sale DON ENRIQUE, de luto, con un pliego.
DON ENRIQUE
Dame, gran señor, los brazos.
REY
Con bien venga Vuestra Alteza.
DON FERNANDO
¡Ay, don Juan, cierta es mi muerte!
REY
¡Ay, Muley, mi dicha es cierta!
DON ENRIQUE
Ya que de vuestra salud
me informa vuestra presencia:
para abrazar a mi hermano
me dad, gran señor, licencia:
¡ay, Fernando!
DON FERNANDO
Enrique mío,
¿qué traje es ese? Mas cesa:
harto me han dicho tus ojos,
nada me diga tu lengua.
No llores, que si es decirme
que es mi esclavitud eterna,
eso es lo que más deseo:
albricias pedir pudieras
y, en vez de dolor y luto,
vestir galas y hacer fiestas.
¿Cómo está el Rey, mi señor?
Porque como él salud tenga,
nada siento. ¿Aún no respondes?
DON ENRIQUE
Si repetidas las penas
se sienten dos veces, quiero
que sola una vez las sientas:
tú escuchame, gran señor,
que aunque una montaña sea
rústico palacio, aquí
te pido me des audiencia,
a un preso la libertad
y a todos juntos las nuevas.
Rota y deshecha la armada,
que fue con vana soberbia
pesadumbre de las ondas,
dejando en África presa
la persona del Infante,
a Lisboa di la vuelta.
Desde el punto que Düarte
oyó tan trágicas nuevas,
de una tristeza cubrió
el corazón de manera
que, pasando a ser letargo
la melancolía primera,
desmintió, muriendo, a cuantos
dicen que no matan penas:
murió el Rey, que esté en el cielo.
DON FERNANDO
¡Ay de mí! ¿Tanto le cuesta
mi prisión?
REY
De su desdicha
sabe Dios lo que me pesa.
Prosigue.
DON ENRIQUE
En su testamento
el Rey, mi señor, ordena
que luego por la persona
del Infante se dé a Ceuta;
y así yo con los poderes
de Alfonso, que es quien le hereda,
porque solo este lucero
supliera del sol la ausencia,
vengo a entregar la ciudad,
y así...
DON FERNANDO
No prosigas, cesa,
cesa, Enrique, porque son
palabras indignas esas,
no de un portugués infante,
de un maestre que profesa
de Cristo la religión.
Pero aun de un hombre lo fueran
vil, de un bárbaro sin luz
de la fe de Cristo eterna.
Mi hermano, que está en el cielo,
si en su testamento deja
esa cláusula, no es
para que se cumpla y lea,
sino para mostrar solo
que mi libertad desea
y esa se busque por otros
medios y otras conveniencias
o apacibles o crüeles;
porque decir «dese a Ceuta»
es decir «hasta esto haced
prodigiosas diligencias».
Que a un rey católico y justo,
¿cómo fuera, cómo fuera
posible entregar a un moro
una ciudad que le cuesta
su sangre, pues fue el primero
que con sola una rodela
y una espada enarboló
las quinas de sus almenas?
Y esto es lo que importa menos:
una ciudad que confiesa
católicamente a Dios,
la que ha merecido iglesias
consagradas a sus cultos
con amor y reverencia,
¿fuera católica acción,
fuera religión expresa,
fuera cristiana piedad,
fuera hazaña portuguesa
que los templos soberanos,
atlantes de las esferas,
en vez de doradas luces
a donde el sol reverbera,
vieran otomanas luces,
y que sus lunas opuestas
en la Iglesia estos eclipses
ejecutasen tragedias?
¿Fuera bien que sus capillas
a ser establos vinieran,
sus altares a pesebres
y, cuando aqueso no fuera,
volvieran a ser mezquitas?
Aquí enmudece la lengua,
aquí me falta el aliento,
aquí me ahoga la pena;
porque en pensarlo no más
el corazón se me quiebra,
el cabello se me eriza
y todo el cuerpo me tiembla.
Porque establos y pesebres
no fuera la vez primera
que hayan hospedado a Dios;
pero en ser mezquitas, fueran
un epitafio, un padrón
de nuestra inmortal afrenta
diciendo: «Aquí tuvo Dios
posada y hoy se la niegan
los cristianos para dalla
al demonio». Aún no se cuenta,
acá moralmente hablando,
que nadie en casa se atreva
de otro a ofenderle: ¿era justo
que entrara en su casa misma,
a ofender a Dios, el vicio
y que acompañado fuera
de nosotros, y nosotros
le guardáramos la puerta
y, para dejarle dentro,
a Dios echásemos fuera?
Los católicos que habitan
con sus familias y haciendas,
hoy quizá prevaricaran
en la Fe por no perderlas:
¿fuera bien ocasionar
nosotros la contingencia
deste pecado? Los niños
que tiernos se crían en ella,
¿fuera bueno que los moros
los cristianos inducieran
a sus costumbres y ritos
para vivir en su seta
en mísero cautiverio?
¿Fuera bueno que murieran
hoy tantas vidas por una
que no importa que se pierda?
¿Quién soy yo? ¿Soy más que un hombre?
Si es número que acrecienta
el ser infante, ya soy
un cautivo; de nobleza
no es capaz el que es esclavo:
yo lo soy, luego ya yerra
el que 'infante' me llamare;
si no lo soy, ¿quién ordena
que la vida de un esclavo
en tanto precio se venda?
Morir es perder el ser:
yo le perdí en una guerra;
perdí el ser, luego morí;
morí, luego ya no es cuerda
hazaña que por un muerto
hoy tantos vivos perezcan;
y así, estos vanos poderes
hoy divididos en piezas
serán átomos del sol,
serán del fuego centellas...
Mas no, yo los comeré,
porque aun no quede una letra
que informe al mundo que tuvo
la lusitana nobleza
este intento. Rey, yo soy
tu esclavo: dispón, ordena
de mi libertad; no quiero
ni es posible que la tenga.
Enrique, vuelve a tu patria:
di que en África me dejas
enterrado, que mi vida
yo haré que muerte parezca.
Cristianos, Fernando es muerto;
moros, un esclavo os queda;
cautivos, un compañero
hoy se añade a vuestras penas.
Cielos, un hombre restauran
vuestras divinas iglesias;
mar, un mísero con llanto
vuestras ondas acrecienta;
montes, un triste os habita
igual ya de vuestras fieras;
viento, un pobre con sus voces
os duplica las esferas;
tierra, un cadáver os labra
en las entrañas su huesa.
Porque Rey, hermano, moros,
cristianos, sol, luna, estrellas,
cielo, tierra, mar y viento,
montes, fieras, todos sepan
que hoy un príncipe constante
entre desdichas y penas
la fe católica ensalza,
la ley de Dios reverencia.
Pues cuando no hubiera otra
razón más que tener Ceuta
una iglesia consagrada
a la Concepción Eterna
de la que es reina y señora
de los cielos y la tierra,
perdiera, vive ella misma,
mil vidas en su defensa.
REY
Desagradecido, ingrato
a las glorias y grandezas
de mi reino, ¿cómo así
hoy me quitas, hoy me niegas,
lo que más he deseado?
Mas si en mi reino gobiernas
mas que en el tuyo, ¿qué mucho
que la esclavitud no sientas?
Pero ya que esclavo mío
te nombras y te confiesas,
como a esclavo he de tratarte:
tu hermano, los tuyos vean
que como esclavo vil
los pies agora me besas.
DON ENRIQUE
¡Qué desdicha!
MULEY
¡Qué dolor!
[DON ENRIQUE
¡Qué desventura!]
DON JUAN
¡Qué pena!
REY
Mi esclavo eres.
DON FERNANDO
Es verdad;
y poco en eso te vengas;
que si para una jornada
salió el hombre de la tierra,
al fin de varios caminos
es para volver a ella.
Más tengo que agradecerte
que culparte, pues me enseñas
atajos para llegar
a la posada más cerca.
REY
Siendo esclavo, tú no puedes
tener títulos ni rentas;
hoy Ceuta está en tu poder:
si cautivo te confiesas,
si me confiesas por dueño,
¿por qué no me das a Ceuta?
DON FERNANDO
Porque es de Dios y no es mía.
REY
¿No es precepto de obediencia
obedecer al señor?
Pues yo te mando con ella
que la entregues.
DON FERNANDO
En lo justo
dice el cielo que obedezca
el esclavo a su señor:
porque si el señor dijera
a su esclavo que pecara,
obligación no tuviera
de obedecerle; porque
quien peca, mandando peca.
REY
Harete muerte.
DON FERNANDO
Esa es vida.
REY
Pues para que no lo sea,
vive muriendo, que yo
rigor tengo.
DON FERNANDO
Y yo paciencia.
REY
Pues no tendrás libertad.
DON FERNANDO
Pues no será tuya Ceuta.
REY
¡Hola!
Sale CELÍN.
CELÍN
Señor.
REY
Luego al punto
aquese cautivo sea
igual a todos: al cuello
y a los pies le echad cadenas;
a mis caballos acuda
en baño y jardín, y sea
abatido como todos;
no vista ropas de seda
sino sarga humilde y pobre;
coma negro pan y beba
agua salobre; en mazmorras
húmedas y obscuras duerma,
y a crïados y a vasallos
se extienda aquesta sentencia.
¡Llevalde todos!
DON ENRIQUE
¡Qué llanto!
MULEY
¡Qué desdicha!
DON JUAN
¡Qué tristeza!
REY
Veré, bárbaro, veré
si llega a más tu paciencia
que mi rigor.
DON FERNANDO
Sí verás,
porque esta en mí será eterna.
Llévanle.
REY
Enrique, por el seguro
de mi palabra, que vuelvas
a Lisboa te permito;
el mar africano deja.
Di en tu patria que el Infante,
que su maestre de Avis, queda
curándome los caballos;
que a darle libertad venga...
DON ENRIQUE
Sí harán, que si yo le dejo
en su infelice miseria,
y me sufre el corazón
el no acompañarle en ella,
es porque pienso volver
con más poder y más fuerza
para darle libertad.
REY
Muy bien harás como puedas.
MULEY
Aparte.
Ya ha llegado la ocasión
de que mi lealtad se vea:
la vida debo a Fernando;
yo le pagaré la deuda.
Vanse.
Salen CELÍN y el INFANTE, con cadena y vestido de cautivo.
CELÍN
El Rey manda que asistas
en aqueste jardín y no resistas
su ley a tu obediencia.
DON FERNANDO
Mayor que su rigor es mi paciencia.
Salen los cautivos, y uno canta mientras los otros cavan en un jardín.
CAUTIVO 1.º
A la conquista de Tánger,
contra el bárbaro Muley,
al infante don Fernando
envió su hermano, el Rey.
DON FERNANDO
¿Que un instante mi historia
no deje de cansar a la memoria?
Triste estoy y turbado.
CAUTIVO 2.º
Cautivo, ¿cómo estáis tan descuidado?
No lloréis, consolaos; que ya el Maestre
dijo que volveremos
presto a la patria y libertad tendremos.
Ninguno ha de quedar en este suelo.
DON FERNANDO
¡Qué presto perderéis ese consuelo!
CAUTIVO 2.º
Consolad los rigores
y ayudadme a regar aquestas flores:
tomad los cubos y agua me id trayendo
de aquel estanque.
DON FERNANDO
Obedecer pretendo.
Buen cargo me habéis dado
pues agua me pedís que mi cuidado,
sembrando penas, cultivando enojos,
llenará en la corriente de mis ojos.
Vase.
CAUTIVO 1.º
Al baño han echado, y con cuidado,
más cautivos.
Sale DON JUAN y otro, de cautivos.
DON JUAN
¿No sabremos
si estos jardines fueron?
Porque en su compañía
menos el llanto y el dolor sería:
dígasme amigo, que te guarde el cielo,
si viste cultivando
este jardín al maestre don Fernando.
CAUTIVO 2.º
No le hemos visto.
DON JUAN
Mal el dolor y lágrimas resisto.
CAUTIVO 3.º
Digo que el baño abrieron
y que nuevos cautivos a él vinieron.
Sale DON FERNANDO con los cubos de agua.
DON FERNANDO
Mortales, no os espante
ver un maestre de Avis, ver un infante,
en tan mísera afrenta,
que el tiempo estas miserias representa.
DON JUAN
Pues señor, ¿Vuestra Alteza
en tan mísero estado de tristeza?
Rompa el dolor el pecho.
DON FERNANDO
Válgate Dios, que gran pesar me has hecho,
don Juan, en descubrirme;
que quisiera ocultarme y encubrirme
entre mi misma gente,
sirviendo pobre y miserablemente.
CAUTIVO 1.º
Señor, que perdonéis os ruego
de haber andado yo tan loco y ciego.
CAUTIVO 2.º
Dadnos señor, tus pies.
DON FERNANDO
Alzad, amigo;
ved que yo humilde vivo
y soy entre vosotros un cautivo.
DON JUAN
Vuestra Alteza...
DON FERNANDO
¿Qué alteza
ha de tener quien vive en tal bajeza?
Ninguno así me trate
sino como a su igual.
DON JUAN
¡Que no desate
un rayo el cielo para darme muerte!
DON FERNANDO
Don Juan, no ha de quejarse desa suerte
un noble. ¿Quién del cielo desconfía?
La prudencia, el valor, la bizarría
se ha de mostrar agora.
Sale ZARA.
ZARA
Al jardín sale Fénix, mi señora,
y manda que matices y colores
borden este azafate de sus flores.
DON FERNANDO
Yo llevársele espero;
que en cuanto sea servir seré el primero.
CAUTIVO 1.º
Ea, vamos a cogellas.
ZARA
Aquí os aguardo mientras vais por ellas.
DON FERNANDO
No me hagáis cortesías:
iguales vuestras penas y las mías
son. Pues nüestra suerte,
si no hoy, mañana ha de igualar la muerte,
no será acción liviana
no dejar hoy qué hacer para mañana.
Vanse todos haciendo cortesías al INFANTE y sale FÉNIX y ROSA.
FÉNIX
¿Mandaste que me trujesen
las flores?
ZARA
Ya lo mandé.
FÉNIX
Sus colores deseé
para que me divirtiesen.
ROSA
¿Qué tales, señora, fueron
tus graves melancolías?
ZARA
¿Qué te obligó a estar así?
FÉNIX
No fue sueño lo que vi
que fueron desdichas mías.
Cuando sueña un desdichado
que es dueño de algún tesoro,
ni dudo, Zara, ni ignoro
que entonces es bien soñado;
mas si a soñar ha llegado
que desdicha le concierta,
y aquello sus ojos ven,
pues soñando el mal y el bien
halla el mal cuando despierta,
piedad no espero, ¡ay de mí!,
porque mi mal será cierto.
ZARA
¿Y qué dejas para el muerto
si tú lo sientes así?
FÉNIX
Ya mis desdichas creí
precio de un muerto. ¡Quién vio
tal pena! No hay gusto, no,
a una infelice mujer.
¿Qué, al fin, de un muerto he de ser?
¿Quién será este muerto?
Sale DON FERNANDO con las flores.
DON FERNANDO
Yo.
FÉNIX
¡Ay cielos! ¿Qué veo?
DON FERNANDO
¿Qué te admira?
FÉNIX
De una suerte
me admira el oírte y verte.
DON FERNANDO
No lo jures, bien lo creo.
Yo pues, Fénix, que deseo
servirte, humilde traía
flores de la huerta mía:
jeroglíficos, señora,
pues nacieron con la aurora
y murieron con el día.
FÉNIX
A la maravilla dio
ese nombre al descubrilla.
DON FERNANDO
¿Qué flor no es maravilla
cuando te la sirva yo?
FÉNIX
Es verdad. Di, ¿quién causó
esta novedad?
DON FERNANDO
Mi suerte.
FÉNIX
¿Tan rigurosa es?
DON FERNANDO
Tan fuerte.
FÉNIX
Pena das.
DON FERNANDO
Pues no te asombre.
FÉNIX
¿Por qué?
DON FERNANDO
Porque nace el hombre
sujeto a fortuna y muerte.
FÉNIX
¿No eres Fernando?
DON FERNANDO
Sí soy.
FÉNIX
¿Quién te puso así?
DON FERNANDO
La ley
de esclavo.
FÉNIX
¿Quién la hizo?
DON FERNANDO
El Rey.
FÉNIX
¿Por qué?
DON FERNANDO
Porque suyo soy.
FÉNIX
Pues, ¿no te ha estimado hoy?
DON FERNANDO
Y también me ha aborrecido.
FÉNIX
¿Un día posible ha sido
a desunir dos estrellas?
DON FERNANDO
Para presumir por ellas
las flores habrán venido.
Estas, que fueron pompas y alegría
despertando el albor de la mañana,
a la tarde serán lástima vana
durmiendo en brazos de la noche fría.
Este matiz que al cielo desafía,
iris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana,
tanto se emprende en término de un día.
A florecer las rosas madrugaron
y para envejecerse florecieron:
cuna y sepulcro en un botón hallaron.
Tales los hombres sus fortunas vieron:
en un día nacieron y espiraron,
que pasados los siglos horas fueron.
FÉNIX
Horror y miedo me has dado:
ni oírte ni verte quiero;
sé el desdichado primero
de quien huye un desdichado.
DON FERNANDO
¿Y las flores?
FÉNIX
Si has hallado
jeroglíficos en ellas,
deshacellas y rompellas
solo sabrán mis rigores.
DON FERNANDO
¿Qué culpa tienen las flores?
FÉNIX
Parecerse a las estrellas.
DON FERNANDO
¿Quejas?
FÉNIX
Ninguna
estimo en su rosicler.
DON FERNANDO
¿Cómo?
FÉNIX
Nace la mujer
sujeta a muerte y fortuna,
y en esa estrella importuna
tasada mi vida vi.
DON FERNANDO
¿Flores con estrellas?
FÉNIX
Sí.
DON FERNANDO
Aunque sus rigores lloro,
esa propiedad ignoro.
FÉNIX
Escucha, sabraslo.
DON FERNANDO
Di.
FÉNIX
Esos rasgos de luz, esas centellas
que cobran, con amagos superiores,
alimentos del sol en resplandores,
aquello viven que se duelen dellas.
Flores nocturnas son; aunque tan bellas,
efímeras padecen sus ardores:
pues si un día es el siglo de las flores,
una noche es la edad de las estrellas.
De esa, pues, primavera fugitiva
ya nuestro mal, ya nuestro bien se infiere:
registro es nuestro, o muera el sol o viva.
¿Qué duración habrá que el hombre espere,
o qué mudanza habrá que no reciba,
de astro que cada noche nace y muere?
Vase y sale MULEY.
MULEY
A que se ausentase Fénix
en esta parte esperé,
que el águila más amante
huye de la luz tal vez.
¿Estamos solos?
DON FERNANDO
Sí.
MULEY
Escucha.
DON FERNANDO
¿Qué quieres, noble Muley?
MULEY
Que sepas que hay en el pecho
de un moro lealtad y fe.
No sé por dónde empezar
a declararme, no sé
si diga cuánto he sentido
este inconstante desdén
del tiempo, este estrago injusto
de la suerte, este crüel
ejemplo del mundo y este
de la fortuna vaivén.
Mas a riesgo estoy si aquí
hablar contigo me ven;
que tratarte sin respeto
es ya decreto del Rey;
y así mi dolor dejando
la voz, que él podrá más bien
explicarse como esclavo,
vengo a arrojarme a esos pies:
yo lo soy tuyo; y así
no vengo, infante, a ofrecer
mi favor, sino pagar
deuda que un tiempo cobré.
La vida que tú me diste
vengo a darte, que hacer bien
es tesoro que se guarda
para cuando es menester.
Y porque el temor me tiene
con grillos de miedo al pie,
y está mi pecho y mi cuello
entre el cuchillo y cordel,
quiero, acortando discursos,
declararme de una vez;
y así digo que esta noche
tendré en la mar un bajel
prevenido; en las troneras
de las mazmorras pondré
instrumentos que desarmen
las prisiones que tenéis;
luego, por parte de afuera,
los candados romperé.
Tú, con todos los cautivos
que Fez encierra y en él,
vuelve a tu patria seguro
de que yo lo quedo en Fez;
pues es fácil el decir
que ellos pudieron romper
la prisión y así los dos
habremos librado bien,
yo el honor y tú la vida;
pues es cierto que, a saber
el Rey mi intento, me diera
por traidor con justa ley;
que no sintiera el morir.
Y porque son menester
para granjear voluntades
dineros, aquí se ve
destas joyas reducido
inumerable interés:
este es, Fernando, el rescate
de mi prisión; esta es
la obligación que te tengo;
que un esclavo noble y fiel
tan inmenso bien habrá
de pagar alguna vez.
DON FERNANDO
Agradecerte quisiera
la libertad pero el Rey
sale al jardín.
MULEY
¿Ha te visto
conmigo?
DON FERNANDO
No.
MULEY
Pues no des
que sospechar.
DON FERNANDO
Destos ramos
haré rústico cancel
que me encubra mientras pasa.
Vase y sale el REY.
REY
Aparte.
y Fernando...; y irse el uno
en el punto que me ve
y disimular el otro...:
algo hay aquí que temer;
sea cierto o no sea cierto,
mi temor procuraré
asegurar.) Mucho estimo...
MULEY
Gran señor, dame tus pies.
REY
...hallarte aquí.
MULEY
¿Qué me mandas?
REY
He sentido
mucho no llegarme a ver
señor de Ceuta.
MULEY
Conquista,
coronado de laurel,
sus muros; que a tu valor
mal se podrá defender.
REY
Con más doméstica guerra
se ha de rendir.
MULEY
¿De qué suerte?
REY
Con abatir y poner
a Fernando en tal estado
que él mismo a Ceuta me dé.
Sabrás pues, Muley amigo,
que yo he llegado a temer
que la persona del Maestre
no está muy segura en Fez;
los cautivos que en estado
tan abatido le ven
se lastiman, y recelo
que se amotinan por él.
Fuera desto, siempre ha sido
poderoso el interés;
que las guardas con el oro
son fáciles de romper.
MULEY
Aparte.
que todo esto puede ser,
porque de mí no se tenga
sospecha.) Tú temes bien:
fuerza es que quieran libralle.
REY
Pues solo un remedio hallé
porque ninguno se atreva
a atropellar mi poder.
MULEY
¿Y es, señor?
REY
Muley, que tú
le guardes y a cargo esté
tuyo: a ti no ha de torcerte
ni el temor ni el interés.
Alcaide eres del Infante:
procura el guardarle bien;
porque en cualquiera ocasión
tú me has de dar cuenta dél.
Vase.
MULEY
Sin duda alguna que oyó
nuestros conciertos el Rey:
¡válgame Alá!
Sale FERNANDO.
DON FERNANDO
¿Qué te aflige?
MULEY
¿Has escuchado?
DON FERNANDO
Muy bien.
MULEY
Pues, ¿para qué me preguntas
qué me aflige si me ves
en tan ciega confusión
y, entre mi amigo y el Rey,
el amistad y el honor
hoy en batalla se ven?
Si soy contigo leal,
he de ser traidor al Rey;
ingrato seré contigo
si con él me juzgo fiel.
¿Qué he de hacer? ¡Valedme cielos!,
pues al mismo que llegué
a rendir la libertad
me entrega para que esté
seguro en mi confïanza.
¿Qué he de hacer si ha echado el Rey
llave maestra al secreto?
Mas, para acetarlo bien,
te pido que me aconsejes:
dime tú qué debo hacer.
DON FERNANDO
Muley, amor y amistad
en grado inferior se ven
con la lealtad y el honor.
Nadie iguala con el Rey;
él solo es igual contigo;
y así, mi consejo es
que a él le sirvas y me faltes:
tu amigo soy; y porque
esté seguro tu honor,
yo me guardaré también;
que aunque otro llegue a ofrecerme
libertad, no acetaré
la vida, porque tu honor
conmigo seguro esté.
MULEY
Fernando, no me aconsejas
tan leal como cortés.
Sé que te debo la vida
y que pagártela es bien.
Y así, lo que está tratado
esta noche dispondré:
líbrate tú, que mi vida
se quedará a padecer
tu muerte; líbrate tú,
que nada temo después.
DON FERNANDO
¿Y será justo que yo
sea tirano y crüel
con quien conmigo es piadoso,
y mate al honor crüel
que a mí me está dando vida?
No; y así, te quiero hacer
juez de mi causa y mi vida:
aconséjame también.
¿Tomaré la libertad
de quien queda a padecer
por mí? ¿Dejaré que sea
vano por su honor crüel
por ser liberal conmigo?
¿Qué me aconsejas?
MULEY
No sé;
que no me atrevo a decir
'sí' ni 'no': el 'no', porque
me pesará que lo diga,
y el 'sí', porque echo de ver
si digo al decir que sí
que no te aconsejo bien.
DON FERNANDO
Sí aconsejas; porque yo,
por mi Dios y por mi ley,
seré un príncipe constante
en la esclavitud de Fez.
Jornada III
Salen MULEY y el REY.
MULEY
(Ya que socorrer no espero,
por tantas guardas del Rey,
a don Fernando, hacer quiero
sus ausencias, que ésta es ley
de un amigo verdadero).
Señor, pues yo te serví
en tierra y mar, como sabes,
si en tu gracia merecí
lugar, en penas tan graves,
atento me escucha.
REY
Di.
MULEY
Fernando...
REY
No digas más.
MULEY
¿Posible es que no me oirás?
REY
No, que en diciendo Fernando
ya me ofendes.
MULEY
¿Cómo o cuándo?
REY
Como ocasión no me das
de hacer lo que me pidieres
cuando me ruegas por él.
MULEY
Si soy su guarda, ¿no quieres,
señor, que dé cuenta de él?
REY
Di, pero piedad no esperes.
MULEY
Fernando, cuya importuna
suerte sin piedad alguna
vive, a pesar de la fama,
tanto que el mundo le llama
el monstruo de la fortuna,
examinado el rigor,
mejor dijera el poder
de tu corona, señor,
hoy a tan mísero ser
le ha traído su valor,
que en un lugar arrojado,
tan humilde y desdichado
que es indigno de tu oído,
enfermo, pobre y tullido
piedad pide al que ha pasado;
porque, como le mandaste
que en las mazmorras durmiese,
que en los baños trabajase,
que tus caballos curase
y nadie a comer le diese,
a tal estremo llegó,
como era su natural
tan flaco, que se tulló;
y así, la fuerza del mal
brío y majestad rindió.
Pasando la noche fría
en una mazmorra dura,
constante en su fe porfía;
y al salir la lumbre pura
del sol, que es padre del día,
los cautivos -¡pena fiera!-
en una mísera estera
le ponen en tal lugar
que es -¿direlo?- un muladar,
porque es su olor de manera
que nadie puede sufrirle
junto a su casa, y así
todos dan en despedirle
y ha venido a estar allí
sin hablarle y sin oírle
ni compadecerse de él.
Sólo un criado y un fiel
caballero en pena estraña
le consuela y acompaña.
Estos dos parten con él
su porción, tan sin provecho,
que para uno solo es poca,
pues, cuando los labios toca,
se suele pasar al pecho
sin que lo sepa la boca.
Y aun a estos dos los castiga
tu gente por la piedad
que al dueño a servir obliga;
mas no hay rigor ni crueldad,
por más que ya le persiga,
que de él los pueda apartar.
Mientras uno va a buscar
de comer, el otro queda,
con quien consolarse pueda
de su desdicha y pesar.
Acaba ya rigor tanto;
ten del príncipe, señor,
ya que no piedad, horror;
asombro, ya que no llanto.
REY
Bien está, Muley.
Sale FÉNIX.
FÉNIX
Señor,
si ha merecido en tu amor
gracia alguna mi humildad,
hoy a vuestra Majestad
vengo a pedir un favor.
REY
¿Y qué es, Fénix?
FÉNIX
Escuchad.
REY
¿Qué puedo negarte a ti?
FÉNIX
Fernando el maestre...
REY
Está bien,
ya no hay que pasar de ahí.
FÉNIX
...horror da a cuantos le ven
en tal estado; de ti
sólo merecer quisiera...
REY
¡Detente, Fénix, espera!
¿Quién a Fernando le obliga
para que su muerte siga,
para que infelice muera?
Si por ser cruel y fiel
a su fe, sufre castigo
tan dilatado y cruel,
él es el cruel conmigo,
que yo no lo soy con él.
¿No está en su mano salir
de su miseria y vivir?
Pues eso en su mano está,
entregue a Ceuta y saldrá
de padecer y sentir
tantas penas y rigores.
Sale CELÍN.
CELÍN
Licencia aguardan que des,
señor, dos embajadores;
de Tarudante uno es
y el otro del portugués
Alfonso.
FÉNIX
(¿Hay penas mayores?
Sin duda que por mí envía
Tarudante).
MULEY
(Hoy perdí, cielos,
la esperanza que tenía.
Mátenme amistad y celos,
todo lo perdí en un día).
REY
Entren, pues. En este estrado
conmigo te asienta, Fénix.
Siéntanse. Salen ALFONSO y TARUDANTE, cada uno por su puerta.
TARUDANTE
Generoso rey de Fez...
ALFONSO
Rey de Fez altivo y fuerte...
TARUDANTE
...cuya fama...
ALFONSO
...cuya vida...
TARUDANTE
...nunca muera...
ALFONSO
...viva siempre...
TARUDANTE
...y tú de aquel sol aurora...
ALFONSO
...tú de aquel ocaso oriente...
TARUDANTE
...a pesar de siglos dures...
ALFONSO
...a pesar de tiempos reines...
TARUDANTE
...por que tengas...
ALFONSO
...por que goces...
TARUDANTE
...felicidades...
ALFONSO
...laureles...
TARUDANTE
...altas dichas...
ALFONSO
...triunfos grandes...
TARUDANTE
...pocos males.
ALFONSO
...muchos bienes.
TARUDANTE
¿Cómo mientras hablo yo,
tú, cristiano, a hablar te atreves?
ALFONSO
Porque nadie habla primero
que yo donde yo estuviere.
TARUDANTE
A mí, por ser de nación
alarbe, el lugar me deben
primero, que los estraños
donde hay propios no prefieren.
ALFONSO
Donde saben cortesía
sí hacen, pues vemos siempre
que dan en cualquiera parte
el mejor lugar al huésped.
TARUDANTE
Cuando esa razón lo fuera,
aún no pudiera vencerme,
porque el primero lugar
sólo se le debe al huésped.
REY
Ya basta. Y los dos agora
en mis estrados se sienten.
Hable el portugués, que en fin
por de otra ley se le debe
más honor.
TARUDANTE
(Corrido estoy).
ALFONSO
Agora yo seré breve:
Alfonso de Portugal,
rey famoso, a quien celebre
la fama en lenguas de bronce
a pesar de envidia y muerte,
salud te envía y te ruega
que, pues libertad no quiere
Fernando, como su vida
la ciudad de Ceuta cueste,
que remitas su valor
hoy a cuantos intereses
el más avaro codicie,
el más liberal desprecie;
y que dará en plata y oro
tanto precio como pueden
valer dos ciudades; esto
te pide amigablemente.
Pero si no se le entregas,
que ha de librarle promete
por armas, a cuyo efeto
ya sobre la espalda leve
del mar ciudades fabrica
de mil armados bajeles;
y jura que a sangre y fuego
ha de librarle y vencerte,
dejando aquesta campaña
llena de sangre, de suerte
que cuando el sol se levante
halle los matices verdes
esmeraldas y los pierda
rubíes cuando se acueste.
TARUDANTE
Aunque como embajador
no me toca responderte,
en cuanto toca a mi rey,
puedo, cristiano, atreverme
-porque ya es suyo este agravio-
como hijo que obedece
al Rey, mi señor; y así,
decir de su parte puedes
a don Alfonso que venga,
por que en término más breve
que hay de la noche a la aurora
vea en púrpura caliente
agonizar estos campos,
tanto que los cielos piensen
que se olvidaron de hacer
otras flores que claveles.
ALFONSO
Si fueras, moro, mi igual,
pudiera ser que se viese
reducida esa vitoria
a dos jóvenes valientes;
mas dile a tu rey que salga
si ganar fama pretende,
que yo haré que salga el mío.
TARUDANTE
Casi has dicho que lo eres
y, siendo así, Tarudante
sabrá también responderte.
ALFONSO
Pues en campaña te espero.
TARUDANTE
Yo haré que poco me esperes,
porque soy rayo.
ALFONSO
Yo viento.
TARUDANTE
Volcán soy que llamas vierte.
ALFONSO
Hidra soy que fuego arroja.
TARUDANTE
Yo soy furia.
ALFONSO
Yo soy muerte.
TARUDANTE
¿Que no te espantes de oírme?
ALFONSO
¿Que no te mueras de verme?
REY
Señores, vuestras Altezas,
ya que los enojos pueden
correr al sol las cortinas
que le embozan y escurecen,
adviertan que en tierra mía
campo aplazarse no puede
sin mí; y así yo le niego
para que tiempo me quede
de serviros.
ALFONSO
No recibo
yo hospedajes y mercedes
de quien recibo pesares.
Por Fernando vengo; el verle
me obligó a llegar a Fez
disfrazado desta suerte.
Antes de entrar en tu corte
supe que a esta quinta alegre
asistías, y así vine
a hablarte por que fin diese
la esperanza que me trujo.
Y pues tan mal me sucede,
advierte, señor, que sólo
la respuesta me detiene.
REY
La respuesta, rey Alfonso,
será compendiosa y breve:
que si no me das a Ceuta,
no hayas miedo que le lleves.
ALFONSO
Pues ya he venido por él
y he de llevarle; prevente
para la guerra que aplazo.
Embajador, o quien eres,
veámonos en campaña.
¡Hoy toda el África tiemble!
Vase.
TARUDANTE
Ya que no pude lograr
la fineza, hermosa Fénix,
de serviros como esclavo,
logre al menos la de verme
a vuestros pies. Dad la mano
a quien un alma os ofrece.
FÉNIX
Vuestra Alteza, gran señor,
finezas y honras no aumente
a quien le estima, pues sabe
lo que a sí mismo se debe.
MULEY
(¿Qué espera quien esto llega
a ver y no se da muerte?).
REY
Ya que vuestra Alteza vino
a Fez impensadamente,
perdone del hospedaje
la cortedad.
TARUDANTE
No consiente
mi ausencia más dilación
que la de un plazo muy breve;
y, supuesto que venía
mi embajador con poderes
para llevar a mi esposa,
como tú dispuesto tienes,
no por haberlo yo sido
mi fineza desmerece
la brevedad de la dicha.
REY
En todo, señor, me vences;
y así por pagar la deuda,
como porque se previenen
tantas guerras, es razón
que desocupado quede
destos cuidados; y así
volverse luego conviene
antes que ocupen el paso
las amenazadas huestes
de Portugal.
TARUDANTE
No importara,
porque yo vengo con gente
y ejércitos numerosos,
tal, que esos campos parecen
ciudades más que desierto,
y volveré brevemente
con ella a ser tu soldado.
REY
Pues luego es bien que se apreste
la jornada; pero en Fez
será bien, Fénix, que entres
a alegrar esa ciudad.
Muley.
MULEY
¿Gran señor?
REY
Prevente,
que con la gente de guerra
has de ir sirviendo a Fénix
hasta que quede segura
y con su esposo la dejes.
Vase.
MULEY
(Esto sólo me faltaba
para que, estando yo ausente,
aun le falte mi socorro
a Fernando y no le quede
esta pequeña esperanza).
Vanse y sacan en brazos al infante DON FERNANDO, DON JUAN y CAUTIVOS, y sacan una estera en que sentarle.
FERNANDO
Ponedme en aquesta parte
para que goce mejor
la luz que el cielo reparte.
¡Oh, inmenso, oh, dulce Señor,
qué de gracias debo darte!
Cuando como yo se vía
Job, el día maldecía,
mas era por el pecado
en que había sido engendrado;
pero yo bendigo el día
por la gracia que nos da
Dios en él, pues claro está
que cada hermoso arrebol
y cada rayo del sol
lengua de fuego será
con que le alabo y bendigo.
BRITO
¿Estás bien, señor, así?
FERNANDO
Mejor que merezco, amigo.
¡Qué de piedades aquí,
oh, Señor, usáis conmigo!
Cuando acaban de sacarme
de un calabozo, me dais
un sol para calentarme;
liberal, Señor, estáis.
CAUTIVO 1.º
Sabe el cielo si quedarme
y acompañaros quisiera,
mas ya veis que nos espera
el trabajo.
FERNANDO
Hijos, adiós.
CAUTIVO 2.º
¡Qué pesar!
Vanse.
JUAN
Yo también te he de dejar.
FERNANDO
¿Qué haré yo sin tu favor?
JUAN
Presto volveré, señor,
que sólo voy a buscar
algo que comas, porque
después que Muley se fue
de Fez, nos falta en el suelo
todo el humano consuelo;
pero con todo eso iré
a procurarle, si bien
imposibles solicito,
porque ya cuantos me ven,
por no ir contra el edito
que manda que no te den
ni agua tampoco, ni a mí
me venden nada. ¡Que así
use el Rey de su rigor!
Gente viene, gran señor.
Yo me voy.
FERNANDO
¡Oh, si pudiera
mover a alguno a piedad
mi voz, para que siquiera
un instante más viviera
padeciendo!
El REY, TARUDANTE, FÉNIX y CELÍN.
CELÍN
Hola, apartad.
Por una calle has venido
que es fuerza que hayas de ver
al infante don Fernando.
REY
Acompañarte he querido
por que mi grandeza veas.
TARUDANTE
Siempre mis honras deseas.
FERNANDO
Dalde de limosna hoy
a este pobre algún sustento;
mirad que hombre humano soy
y que afligido y hambriento
muriendo de hambre estoy.
Hombres, doleos de mí,
que una fiera de otra fiera
se compadece.
BRITO
Ya aquí
no hay pedir de esa manera.
FERNANDO
¿Cómo he de decir?
BRITO
Así:
moros, tened compasión,
y algo que este pobre coma
le dad en esta ocasión,
por el santo zancarrón
del gran profeta Mahoma.
REY
Que tenga fe en este estado
más me ofende y más me infama.
¡Infante! ¡Maestre!
BRITO
El Rey llama.
FERNANDO
¿A mí, Brito? Haste engañado:
ni infante ni maestre soy,
el cadáver suyo sí;
y pues ya en la tierra estoy,
aunque infante y maestre fui,
no es ése mi nombre hoy.
REY
Pues no eres maestre ni infante,
respóndeme a mí, Fernando.
FERNANDO
Agora, aunque me levante
de la tierra, iré arrastrando
a besar tu pie.
REY
Constante
te muestras a mi pesar.
¿Es humildad o valor
esta obediencia?
FERNANDO
Es mostrar
cuánto debe respetar
el esclavo a su señor.
Y pues que tu esclavo soy
y estoy en presencia tuya,
esta vez tengo de hablarte,
mi rey y señor, escucha.
Rey te llamé y, aunque seas
de otra ley, es tan augusta
de los reyes la deidad,
tan fuerte y tan absoluta,
que engendra ánimo piadoso,
y así es forzoso que acudas
a la sangre generosa
con piedad y con cordura,
que aun entre brutos y fieras
este nombre es de tan suma
autoridad, que la ley
de naturaleza ajusta
obediencias. Y así, vemos
en repúblicas incultas
al león, rey de las fieras
-que, cuando la frente arruga,
de guedejas se corona-,
ser piadoso, pues que nunca
hizo presa en el rendido;
en las saladas espumas
del mar al delfín, que es rey
de los peces, le dibujan
escamas de plata y oro
sobre la espalda cerúlea
coronas, y ya se vio
de una tormenta importuna
sacar los hombres a tierra,
por que el mar no los consuma;
el águila caudalosa,
a quien copete de plumas
riza el viento en sus esferas,
de cuantas aves saludan
al sol es emperatriz,
y con piedad noble y justa,
por que brindando no beba
el hombre entre plata pura
su muerte, que en los cristales
mordió la ponzoña dura
del áspid, con pico y alas
borra, deshace y enturbia.
Aun entre plantas y piedras
se dilata y se dibuja
este imperio: la granada,
a quien coronan las puntas
de una corteza en señal
de que es reina de las frutas,
envenenada marchita
los rubíes que la ilustran
y los convierte en topacios,
color desmayada y mustia;
el diamante, a cuya vida
ni aun el imán ejecuta
su propiedad -que por rey
esta obediencia le jura-,
tan noble que la traición
del dueño no disimula
y la agudeza, imposible
de que buriles le pulan,
se deshace entre sí mismo,
vuelto en cenizas menudas.
Pues si entre fieras y peces,
plantas, piedras y aves usa
esta majestad de rey
de piedad, no será injusta
entre los hombres, señor,
porque el ser no te disculpa
de otra ley, que la crueldad
en cualquiera ley es una.
No quiero compadecerte
con mis lástimas y angustias
para que me des la vida,
que mi voz no la procura;
que bien sé que he de morir
desta enfermedad que turba
mis sentidos, que mis miembros
discurre helada y caduca.
Bien sé que herido de muerte
estoy, porque no pronuncia
voz la lengua cuyo aliento
no sea una espada aguda.
Bien sé, al fin, que soy mortal
y que no hay hora segura,
y por eso dio una forma
con una materia en una
semejanza la razón
al ataúd y a la cuna.
Acción nuestra es natural,
cuando recibir procura
algún hombre, alzar las manos
en esta manera juntas,
mas cuando quiere arrojarlo
de aquella misma acción usa,
pues las vuelve boca abajo,
porque así las desocupa.
El mundo, cuando nacemos,
en señal de que nos busca,
en la cuna nos recibe
y en ella nos asegura
boca arriba; pero, cuando
o con desdén o con furia
quiere arrojarnos de sí,
vuelve las manos que junta
y aquel instrumento mismo
forma mi materia muda,
pues fue cuna boca arriba
lo que boca abajo es tumba.
Tan cerca vivimos, pues,
de nuestra muerte, tan juntas
tenemos cuando nacemos
el lecho como la cuna.
¿Qué aguarda quien esto oye?
Quien esto sabe, ¿qué busca?
Claro está que no será
la vida, no admite duda;
la muerte sí; ésta te pido,
por que los cielos me cumplan
un deseo de morir
por la fe; que, aunque presumas
que esto es desesperación,
porque el vivir me disgusta,
no es sino afecto de dar
la vida en defensa justa
de la fe, y sacrificar
a ella vida y alma juntas.
Y así, aunque pida la muerte,
el afecto me disculpa,
y, si la piedad no puede
vencerte, el rigor presuma
obligarte. ¿Eres león?
Pues ya será bien que rujas
y despedaces a quien
te ofende, agravia y injuria.
¿Eres águila? Pues hiere
con el pico y con las uñas
a quien su nido deshace.
¿Eres delfín? Pues anuncia
tormentas al marinero
que el mar deste mundo ocupa.
¿Eres árbol real? Pues muestra
todas las ramas desnudas
a la violencia del tiempo
que iras de Dios ejecuta.
¿Eres diamante? Hecho polvos,
pues, sé venenosa furia;
y cánsate porque yo,
aunque más tormentos sufra,
aunque más rigores vea,
aunque llore más angustias,
aunque más miserias pase,
aunque halle más desventuras,
aunque más hambre padezca,
aunque mis carnes no cubran
estas ropas, y aunque sea
mi esfera esta estancia sucia,
firme he de estar en mi fe,
porque es el sol que me alumbra,
porque es la luz que me guía,
es el laurel que me ilustra.
No has de triunfar de la Iglesia,
de mí, si quisieres, triunfa;
Dios defenderá mi causa,
pues yo defiendo la suya.
REY
¿Posible es que en tales penas
blasones y te consueles?
Siendo propias no te dueles;
¿qué hicieras a ser ajenas?
No me duelo porque penas,
que, pues tu muerte causó
tu misma mano y yo no,
no esperes piedad de mí;
ten tú lástima de ti,
Fernando, y tendrela yo.
Vase.
FERNANDO
Señor, vuestra Majestad
me valga.
TARUDANTE
¡Qué desventura!
Vase.
FERNANDO
Si es alma de la hermosura
esa divina deidad,
vos, señora, me amparad
con el Rey.
FÉNIX
¡Qué gran dolor!
FERNANDO
¿Aun no me miráis?
FÉNIX
¡Qué horror!
FERNANDO
Hacéis bien, que vuestros ojos
no son para ver enojos.
FÉNIX
¡Qué lástima! ¡Qué dolor!
FERNANDO
Pues aunque no me miréis,
señora, es bien que sepáis
que, aunque tan bella os juzgáis,
que más que yo no valéis
y yo quizá valgo más.
FÉNIX
Horror con tu voz me das
y con tu aliento me hieres.
¡Déjame, hombre! ¿Qué me quieres?
Que no puedo sentir más.
Vase. Sale DON JUAN con un pan.
JUAN
Por alcanzar este pan
que traerte, me han seguido
los moros y me han herido
con los palos que me dan.
FERNANDO
Esa es la herencia de Adán.
JUAN
Toma.
FERNANDO
Ya, amigo leal,
tarde llegas, que mi mal
es ya mortal.
JUAN
Deme el cielo
en tantas penas consuelo.
FERNANDO
Pero ¿qué mal no es mortal,
si mortal el hombre es,
y en este confuso abismo
la enfermedad de sí mismo
le viene a matar después?
Hombre, mira que no estés
descuidado; la verdad
sigue, que hay eternidad,
y otra enfermedad no esperes
que te avise, pues tú eres
tu mayor enfermedad.
Pisando la tierra dura
de continuo el hombre está
y cada paso que da
es sobre su sepultura.
Triste ley, sentencia dura
es saber que en cualquier caso
cada paso -¡gran fracaso!-
es para andar adelante,
y Dios no es a hacer bastante
que no haya dado aquel paso.
Amigos, a mi fin llego,
llevadme de aquí en los brazos.
JUAN
Serán los últimos lazos
de mi vida.
FERNANDO
Lo que os ruego,
noble don Juan, es que luego
que espire me desnudéis;
en la mazmorra hallaréis
de mi religión el manto,
que le truje tiempo tanto;
con éste me enterraréis
descubierto, si el Rey fiero
ablanda la saña dura
dándome la sepultura.
Ésta señalad, que espero
que, aunque hoy cautivo muero,
rescatado he de gozar
el sufragio del altar,
que, pues yo os he dado a vos
tantas iglesias, mi Dios,
alguna me habéis de dar.
Llévanle. El infante DON ALFONSO y SOLDADOS con arcabuces.
ALFONSO
Dejad a la inconstante
playa azul esa máquina arrogante
de naves, que, causando al cielo asombros,
el mar sustenta en sus nevados hombros;
y en estos horizontes
aborten gente los preñados montes
del mar, siendo con máquinas de fuego
cada bajel un edificio griego.
Sale ENRIQUE.
ENRIQUE
Señor, tú no quisiste que saliera
nuestra gente de Fez en la ribera
y este puesto escogiste
para desembarcar; infeliz fuiste,
porque por una parte
marchando viene el numeroso Marte,
cuyo ejército al viento desvanece
y los collados de los montes crece.
Tarudante conduce gente tanta,
llevando a su mujer, felice infanta
de Fez, hacia Marruecos,
mas respondan las lenguas de los ecos.
ALFONSO
Enrique, a eso he venido,
a esperalle a este paso, que no ha sido
esta elección acaso; prevenida
estaba y la razón está entendida;
si yo a desembarcar a Fez llegara,
esta gente y la suya en ella hallara;
y, estando divididos,
hoy con menos poder están vencidos,
y, antes que se prevengan,
toca al arma.
ENRIQUE
Señor, advierte y mira
que es sin tiempo esta guerra.
ALFONSO
Ya mi ira
ningún consejo alcanza.
No se dilate un punto esta venganza,
entre en mi brazo fuerte
por África el azote de la muerte.
ENRIQUE
Mira que ya la noche,
envuelta en sombras, el luciente coche
del sol esconde entre las sombras puras.
ALFONSO
Pelearemos a escuras,
que a la fe que me anima
ni el tiempo ni el poder la desanima.
Fernando, si el martirio que padeces
-pues es suya la causa- a Dios le ofreces,
cierta es ya la vitoria:
mío será el honor, mía la gloria.
ENRIQUE
Tu orgullo altivo yerra.
FERNANDO
Dentro.
¡Embiste, gran Alfonso! ¡Guerra, guerra!
ALFONSO
¿Oyes confusas voces
romper los vientos tristes y veloces?
ENRIQUE
Sí, y en ellos se oyeron
trompetas que a embestir señal hicieron.
ALFONSO
¡Pues a embestir, Enrique!, que no hay duda
que el cielo nos ayuda.
Sale FERNANDO.
FERNANDO
Sí ayuda,
porque, obligando al cielo,
que vio tu fe, tu religión, tu celo,
hoy tu causa defiende;
librarme a mí de esclavitud pretende,
porque, por raro ejemplo,
por tantos templos Dios me ofrece un templo;
y, con esta luciente
antorcha desasida del oriente
tu ejército arrogante
alumbrando, he de ir siempre delante,
para que hoy en trofeos
iguales, grande Alfonso, a tus deseos
llegues a Fez, no a coronarte agora,
sino a librar mi ocaso en el aurora.
Vase.
ENRIQUE
Dudando estoy, Alfonso, lo que veo.
ALFONSO
Yo no, todo lo creo
y, si es de Dios la gloria,
no digas guerra ya, sino vitoria.
Vanse. El REY, CELÍN y en lo alto del tablado DON JUAN y un CAUTIVO, y el INFANTE en un ataúd, que se vea la caja no más.
JUAN
Bárbaro, gózate aquí
de que tirano quitaste
la mejor vida.
REY
¿Quién eres?
JUAN
Un hombre que, aunque me maten,
no he de dejar a Fernando
y, aunque de congoja rabie,
he de ser perro leal
que en muerte he de acompañarle.
REY
Cristianos, ese padrón
que a las futuras edades
informe de mi justicia,
que rigor no ha de llamarse
venganza de agravios hechos
contra personas reales.
Venga Alfonso agora, venga
con arrogancia a sacarle
de esclavitud, que, aunque yo
perdí esperanzas tan grandes
de que Ceuta fuese mía,
por que las pierda arrogante
de su libertad me huelgo
de verle en estrecha cárcel.
Aun muerto no ha de estar libre
de mis rigores notables,
y así, puesto a la vergüenza,
quiero que esté a cuantos pasen.
JUAN
Presto verás tu castigo,
que por campañas y mares
ya descubro desde aquí
mis cristianos estandartes.
REY
Subamos a la muralla
a saber sus novedades.
Vanse.
JUAN
Arrastrando las banderas
y destemplados los parches,
muertas las cuerdas y luces,
todas son tristes señales.
Tocan cajas destempladas, sale el infante DON FERNANDO con una hacha alumbrando al infante DON ALFONSO y ENRIQUE, que traen cautivos a TARUDANTE, FÉNIX y MULEY y todos los SOLDADOS.
FERNANDO
En el horror de la noche,
por sendas que nadie sabe,
te guié; ya con el sol
pardas nubes se deshacen.
Vitorioso, gran Alfonso,
a Fez conmigo llegaste;
éste es el muro de Fez,
trata en él de mi rescate.
Vase.
ALFONSO
¡Ah de los muros! Decid
al Rey que salga a escucharme.
El REY y CELÍN al muro.
REY
¿Qué quieres, valiente joven?
ALFONSO
Que me entregues al Infante,
al maestre don Fernando,
y te daré por rescate
a Tarudante y a Fénix,
que presos están delante.
Escoge lo que quisieres:
morir Fénix o entregalle.
REY
¿Qué he de hacer, Celín amigo,
en confusiones tan grandes?
Fernando es muerto y mi hija
está en su poder. ¡Mudable
condición de la fortuna
que a tal estado me trae!
FÉNIX
¿Qué es esto, señor? Pues, viendo
mi persona en este trance,
mi vida en este peligro,
mi honor en este combate,
¿dudas qué has de responder?
¿Un minuto ni un instante
de dilación te permite
el deseo de librarme?
En tu mano está mi vida,
¿y consientes -¡pena grave,
dolor fiero!- que la mía
injustas prisiones aten?
A tu voz está pendiente
mi vida -¡rigor notable!-
¿y permites que la mía
turbe la esfera del aire?
A tus ojos ves mi pecho
rendido a un desnudo alfanje,
¿y consientes que los míos
tiernas lágrimas derramen?
Siendo rey, has sido fiera,
siendo padre, fuiste áspid,
siendo juez, eres verdugo:
ni eres rey, juez, ni padre.
REY
Fénix, no es la dilación
de la respuesta negarte
la vida, cuando los cielos
quieren que contigo acabe.
Y, puesto que ya es forzoso
que una ni otra se dilate,
sabe, Alfonso, que a la hora
que Fénix le vio ayer tarde
con el sol llegó al ocaso,
sepultándose en dos mares,
de la muerte y de la espuma,
juntos el sol y el Infante.
Esa caja humilde y breve
es de su cuerpo el engaste.
Da la muerte a Fénix bella,
venga tu sangre en mi sangre.
FÉNIX
¡Ay de mí! Ya mi esperanza
de todo punto se acabe.
REY
Ya no me queda remedio
para vivir un instante.
ENRIQUE
¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?
¡Qué tarde, cielos, qué tarde
le llegó la libertad!
ALFONSO
No digas tal, que, si antes
Fernando en sombras nos dijo
que de esclavitud le saque,
por su cadáver lo dijo,
por que goce su cadáver
por muchos templos un templo,
y a él se ha de hacer el rescate.
Rey de Fez, por que no pienses
que muerto Fernando vale
menos que aquesta hermosura,
por él, cuando muerto yace,
te la trueco. Envía, pues,
la nieve por los cristales,
el enero por los mayos,
las rosas por los diamantes
y, al fin, un muerto infelice
por una divina imagen.
REY
¿Qué dices, invicto Alfonso?
ALFONSO
Que esos cautivos le bajen.
FÉNIX
Precio soy de un hombre muerto,
cumplió el cielo su homenaje.
REY
Por el muro descolgad
el ataúd y entregalde,
que para hacer las entregas
a sus pies voy a arrojarme.
Vase y bajen el ataúd con cuerdas por el muro.
ALFONSO
En mis brazos os recibo,
divino príncipe mártir.
ENRIQUE
Yo, hermano, aquí te respeto.
JUAN
Dame, invicto Alfonso, dame
la mano.
ALFONSO
Don Juan, amigo,
¡buena cuenta del infante
me habéis dado!
JUAN
Hasta su muerte
le acompañé hasta mirarle
libre. Vivo y muerto estuve
con él; mirad dónde yace.
ALFONSO
Dadme, tío, vuestra mano,
que aunque necio y ignorante
a sacaros de peligro
vine, gran señor, tan tarde,
en la muerte, que es mayor,
se muestran las amistades.
En un templo soberano
haré depósitos graves
de vuestro sagrado cuerpo.
A Fénix y a Tarudante
te entrego, Rey, y te pido
que aquí con Muley la cases,
por el amistad que sé
que tuvo con el infante.
Agora llegad, cautivos;
ved vuestro santo y llevalde
en hombros hasta la armada.
REY
Todos es bien te acompañen.
ALFONSO
Al son de dulces trompetas
y templadas cajas marche
el ejército con orden
de entierro, para que acabe,
pidiendo perdón aquí
de yerros que son tan grandes,
El católico Fernando,
.príncipe en la fe constante
- Holder of rights
- Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach
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- TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. El príncipe constante. El príncipe constante. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbqg.0