Los dos amantes del cielo
Gran Comedia

Personas que hablan en ella.

  • CRISANTO, galán
  • CLAUDIO, galán
  • POLEMIO, viejo
  • ESCARPÍN¸ gracioso
  • CARPOFORO, viejo.
  • AURELIO, galán
  • DARÍA, dama
  • CINTIA, dama
  • NÍSIDA, dama
  • CLORI, dama
  • SOLDADOS
  • UN LEÓN

Primera Jornada

Córrese una cortina y está Crisanto sentado en una silla con un bufete delante; y en él, algunos libros y lee en uno.
Crisanto
¡Qué corto es el caudal mío!
¡Qué torpe mi entendimiento!
¡Qué sin razón mi discurso,
qué sin discurso mi ingenio,
pues no puede comprender
los escondidos secretos
deste librillo que acaso
entre otros hallé! No entiendo
sus sentidos por más que
estudio, discurro y pienso,
habiendo ya tantos días
que me ocupo sólo en esto.
Pues ya que dé por vencida
la capacidad, no tengo
de dar por vencido, no,
el trabajo y el desvelo.
Sobre este libro he de estar
toda mi vida leyendo,
hasta que llegue a entenderle
o halle algún docto maestro
que me le declare; a cuyo
fin, a su principio vuelvo.
Bien “principio” dije, pues
empieza el renglón primero
con la misma voz, que dice:
“En el principio era el Verbo”.
Si verbo es palabra, ¿cómo
en el principio era, puesto
que aquí no se dice cúya
y no hay palabra sin dueño?
Dice más: que el Verbo estaba
en Dios, que era el mismo Verbo;
y éste era en el principio;
y todas las cosas fueron
hechas después por su mano;
y nada sin Él fue hecho.
¿Qué intrincado laberinto
de milagros y misterios
es éste que yo, que ha tantos
años que estudio y que leo
divinas y humanas letras,
ni le alcanzo ni le entiendo?
¿El Verbo era en el principio?
¿En qué principio fue esto?
¿Cuando Júpiter, Neptuno
y Plutón se dividieron
y el uno el cielo tomó
para sí; el otro, el infierno;
y el mar el otro, dejando
la tierra a Ceres, el tiempo
a Saturno, a Juno el aire
y el fuego a Mercurio y Venus?
No; que no fue en el principio
esta división, supuesto
que si ya el cielo y la tierra,
el fuego, el agua y el viento
estaban crïados, hubo
otro principio primero.
Pues quien absolutamente
principio dijo es muy cierto
que habló del primer principio
de todas las cosas; luego
hubo otro principio antes
en que estas cosas se hicieron.
Sí; y otro principio es fuerza
para quien las hizo. Esto
proceder en infinito
es. Pues si el principio intento
averiguar del principio,
uno de otro procediendo,
en principio vendré a dar
sin principio. Y será esto
sacar una consecuencia
de que hubo tiempo sin tiempo
y que tiempo sin principio
no tendrá fin. Esto es cierto.
Mas no te detengas; no
pares aquí, pensamiento;
sígueme, que vas llegando
aun a más realzado empeño
de mayor dificultad.
Y así, algunas cosas dejo
por entrarme de una vez
donde más el juicio pierdo,
al ver lo que en el principio
cita este escritor. Volviendo
dice:
Lee.
“El Verbo fue hecho carne”.
Pues ¿cómo puede ser esto?
Palabra que en el principio
estuvo en Dios, ¿fue Dios mesmo?
Palabra que lo hizo todo,
¿pudo hacerse carne? ¡Cielos,
o quitadme de una vez
hoy todo el entendimiento
o de una vez me le dad,
dándome de estos secretos
la inteligencia ignorada!
Deidad que no comprendo,
si eres Verbo y eres Dios,
principio y fin de ti mesmo,
sin tiempo crïaste el mundo
estándote en ti sin tiempo.
Si eres vida y eres luz,
da luz y vida a mi ingenio.
Dos voces, cada una a un lado.
Voz 1
¡Crisanto!
Voz 2
¡Crisanto!
Crisanto
Dos
voces, si no dos afectos
que forma mi fantasía,
sombras sin alma y sin cuerpos,
a un tiempo están batallando
dentro de mi mismo pecho.
Voz 1
Esa palabra de quien
habla ese ignorado texto
es Júpiter, cuya voz
tiene en los dioses imperio.
Crisanto
De Júpiter esto es, que él
da con su palabra aliento.
Voz 2
Ese Verbo que publica
ese sagrado evangelio
es el que en sí mesmo es
principio y fin ab eterno.
Crisanto
Mas principio y fin no hallo
razón de que pueda serlo.
Voz 1
En el principio del mundo,
del cielo tomó el gobierno,
dejando a los demás dioses
el poder de lo que es menos.
Crisanto
Sí; que él solo no podía
regir todo el universo.
Voz 2
Este era Dios antes que
fuesen la tierra y el cielo,
porque Él en sí mismo estaba
antes de crïar el tiempo.
Voz 1
Sólo a Júpiter adora,
que es dios de los dioses nuestros.
Voz 2
Adora a Dios, que Él es solo
incomprensible y inmenso.
Voz 1
Él es dios del mundo.
Voz 2
Él es el señor del cielo.
Voz 1
Teme el rigor de sus rayos.
Voz 2
Busca el agua de su pecho.
Desaparecen.
Crisanto
¡Oh que ciegas confusiones
entre mí mesmo padezco!
Dos espíritus están,
uno malo y otro bueno,
luchando dentro de mí.
Y, confusamente opuestos,
uno me inclina a dudarlo
y otro me mueve a creerlo.
¿Quién destas dudas podrá
rescatar mi entendimiento?
Polemio
dentro
Carpoforo ha de pagarme
todo el enojo que tengo.
Crisanto
Aunque habla acaso esta voz,
yo la tomo por proverbio;
pues Carpoforo, que en Roma
fue el más celebrado maestro
en todas ciencias y hoy,
del Emperador huyendo
por sospechas de cristiano,
en los ásperos desiertos
habita, racional fiera,
ha de dar a mi deseo
la solución destas dudas.
Y hasta entonces, pensamiento,
no me atormentes ni aflijas.
¡Déjame vivir!
Salen Polemio, Claudio, Escarpín, Aurelio y gente.
Escarpín
Al viento
mi señor voces da.
Claudio
Entrad
todos.
Polemio
Crisanto, ¿qué es esto?
Crisanto
Señor, ¿tú estabas aquí?
Polemio
No estaba, que agora vengo
traído, no sin cuidado,
del desentonado acento
de tu voz; aunque tenía
negocios de grave peso
entre manos, pues me envía
Numeriano este decreto
en que me manda buscar
dos cristianos encubiertos
en los montes, de quien es
Carpoforo amparo y maestro;
a cuyo efeto, yo estaba
en altas voces diciendo:
“Carpoforo ha de pagarme
todo el enojo que tengo”.
Aquesto dije al oírte.
¿De qué turbado y suspenso
estás?
Crisanto
¿Yo, señor? De nada.
Polemio
¿Con quién hablabas?
Crisanto
Leyendo
estaba a solas conmigo
y algún formado conceto
pronunciaría las voces
que haber dado no me acuerdo.
Polemio
Tus graves melancolías,
que hayan de quitarte entiendo
el entendimiento, si es
que tienes ya entendimiento.
Claudio
¿Un hombre consigo a solas
ha de hablar tan descompuesto
que ha de obligar que a esas voces
todos turbados entremos?
Crisanto
Tal vez el afecto...
Polemio
¡Calla!
No te disculpes con eso,
que no se ha de alzar con todo
un hombre sólo el afecto.
Bien, de mirarte aplicado
hoy a los libros, me huelgo;
pero no la aplicación
ha de ser con tanto estremo
que te enajene de todo,
padre, amigos, patria y deudos.
Claudio
Un joven, a quien dotó
de tantas partes el cielo,
como son nobleza, gala
hacienda, valor y ingenio,
¿se ha de dar tanto a una pena
que, encerrado en su aposento,
la edad mejor de su vida
sólo ha de gastar leyendo?
Polemio
¿No te acuerdas de que eres
hijo mío y de que tengo
hoy, por el gran Numeriano,
generoso césar nuestro,
el gran gobierno de Roma
y del mundo, pues gobierno,
primero senador, todas
las provincias de su imperio?
¿De Alejandría, mi patria,
a donde los timbres tengo
de mi sangre, no me trujo
para repartir el peso
de su corona conmigo,
públicos recibimientos
haciendo a mi entrada Roma,
si bien merecido premio
de vitorias que le han dado
ya mi pluma y ya mi acero?
Pues ¿por qué la vanidad
de mi hijo y mi heredero
no has de lograr disfrutando
tantos desvanecimientos?
Crisanto
Señor, aqueste retiro
en que vivo no es defeto
de ingratitud, a esas dichas
negando el conocimiento;
es natural condición
mía, que gusto no tengo
en la común vanidad
de los públicos cortejos.
Y si, viviendo conmigo
no más, vivo más contento,
¿para qué quieres que busque
lo que me ha de agradar menos?
Deja que pase, señor,
destas tristezas el tiempo;
que después lograré aplausos
que yo, por mí, no merezco,
sino por ser hijo tuyo.
Polemio
¿No es mejor gozar, primero,
los aplausos en la edad
florida y, pasando el tiempo,
en la decrépita y triste,
la soledad?
Escarpín
Pues todo eso,
yo se lo diré mejor
disfrazado en un ejemplo.
Un mal pintor compró una
mala casa y muy contento
un mal amigo llevó
a enseñarla; y lo primero
fue un mal aposento y dijo:
“¿Veis este mal aposento?
Pues dejádmele blanquear
y que yo le pinte luego
de mi mano a todo él,
las paredes y los techos,
y veréis qué bueno queda”.
Aquel amigo risueño
dijo: “Bueno quedará;
mas, si le pintáis primero
y le blanqueáis después,
quedará mucho más bueno”.
Déjate pintar, señor,
agora de lucimiento
y, sobre aquesta pintura,
caerá mejor el blanqueo;
porque, al fin, es mal pintor
si es buen albañir el tiempo.
Crisanto
Digo, señor, que, obediente
a tus leyes y precetos,
yo procuraré enmendarme
tanto, tanto que tú mesmo
me desconozcas desde hoy.
Vase.
Polemio
Claudio, como padre siento
de Crisanto las tristezas
y que hayan de parar temo
en locura. Pues tú eres
su primo y su amigo, haciendo
ambos oficios procura
saber de su sentimiento
la ocasión para que yo
la enmiende; que te prometo
que, aunque yo llegue a saber
que sea algún galanteo
de amor, que en aquella edad
esto será lo más cierto,
no me disguste ni enoje.
Y no sé si diga, viendo
sus tristezas, que estimara
el saber que nacían desto.
Escarpín
Un sacerdote de Apolo
tenía dos sobrinos necios;
sobre necios, miserables;
sobre miserables, puercos;
y viendo que hace amor limpios,
liberales y discretos,
no les decía otra cosa
que “¡Enamoraos, majaderos!”.
Y ansí, aunque no lo esté agora,
yo haré que lo esté muy presto
por darte este gusto.
Polemio
No es
eso lo que yo deseo;
que una cosa es desear,
ya sucedido, saberlo
y otra es desear que suceda.
Claudio
Lo que yo, señor, te ofrezco
es que procuraré saber
la causa de que nacieron
sus graves melancolías;
y de intentar, fuera desto,
divertirle y alegrarle.
Polemio
Eso es lo que yo pretendo.
Y ansí, pues es fuerza ir
a obedecer el decreto
de Numeriano buscando
cristianos por los desiertos,
en aquesta ausencia, Claudio,
no llevaré otro consuelo
que saber que asistirás
tú a Crisanto.
Claudio
Yo prometo
no apartarme de su lado
hasta que vuelvas.
Polemio
Aurelio.
Aurelio
Señor.
Polemio
Tú, en efeto, sabes
de ese monte en lo desierto
la cueva de Carpoforo.
Aurelio
A ponerle me prefiero
en tus manos.
Polemio
Pues la gente,
con recato y con secreto,
guía, que hoy han de morir
cuantos con él estén. ¡Cielos,
pues veis con la vigilancia,
la religión, culto y celo
que el honor de vuestros dioses
solicito destruyendo
esta nueva ley de Cristo,
que con el alma aborrezco,
premiadme con mejorar
de Crisanto los intentos!
Vase y con él, Aurelio.
Claudio
Escarpín, dile a Crisanto
que llevarle por ahí quiero
a que se entretenga.
Escarpín
¿Y dónde
hemos de ir a entretenernos?
Que ya en este tiempo hay
pocos entretenimientos
Claudio
Fuera de Roma, en la vía
Salaria, está el alto templo
de Dïana. En él asisten
los más hermosos sujetos
de Roma; que como todas
las beldades cuyos pechos
generosa sangre ilustran
van desde sus años tiernos
a ser sus sacerdotisas,
crïándose allí hasta el tiempo
de tomar estado, es
de las hermosuras centro,
es de las bellezas patria
y es de las deidades cielo.
Y como es Dïana diosa
de las selvas y está puesto
su altar del bosque en lo más
deleitoso y más ameno,
salen de él todas las tardes
varios escuadrones bellos
de hermosas ninfas; y es
a jóvenes caballeros
que están también sin estado
permitido el galanteo,
a que le pienso llevar
esta tarde.
Escarpín
No lo apruebo;
porque encerradas bellezas,
en cuyos altos empleos
el pensamiento más digno
es indigno pensamiento,
no divierten cuanto hay
que divertir en un pecho
lleno de melancolías.
Mejor es que le llevemos
por Roma, donde hay palpables
deidades de carne y hueso.
Claudio
¡Que como hombre bajo hables…!
¿Hay más dicha, hay más contento
que adorar una hermosura
brujuleada entre los lejos
de lo imposible?
Escarpín
Señor,
yo digo que será bueno;
pero hay bueno y mejor. Oye.
Esplíquelo aqueste cuento.
Preguntábale a su hijo
que le pedía el almuerzo
una madre: “¡Ah, Antoñico!
¿Qué quieres? ¿Huevo o torrezno?”
Y él dijo: “Torrezno, madre;
pero échele encima el huevo”.
No es malo que haya de todo.
Claudio
¡Qué notable desacierto
fuera de la Providencia
ser común en los afectos!
(¡Ay, discretísima Cintia!
Más dicha, más bien no espero
que adorarte. Mas ¿qué mucho,
si adorarte no merezco?)
Vanse.
Salen Nísida y Clori con arpa.
Nísida
¿Traes el instrumento?
Clori
Sí.
Nísida
Pues dámele, porque en esta
verde, apacible floresta
que de esmeralda y rubí
guarnecen rosas y flores,
siendo su apacible esfera
dosel de la primavera
matizado de colores,
probar quiero un tono que
a una letra que escribió
Cintia ayer compuse yo.
Clori
¿Qué asunto, señora, fue
el de la letra?
Nísida
El de estaren un olmo
un ruiseñor publicando
de su amor ya el placer,
ya el pesar.
Sale Cintia con un libro.
Cintia
En tanto que las hermosas
discípulas de Minerva
a la más inútil yerba
vuelven en fragantes rosas
bajando a estas selvas bellas
que, esmaltadas de primores,
son verdes cielos de flores,
son azul campo de estrellas,
quiero retirarme aquí,
donde en Ovidio mejor
leeré el Remedio de Amor.
Nísida
Oye tono y letra.
Clori
Di.
Nísida
Canta.
Ruiseñor que volando vas
cantando finezas, cantando favores,
¡oh cuánta pena y envidia me das!
Pero no; que si hoy cantas amores,
tú tendrás celos y tú llorarás.
Cintia
En estremo agradecida,
hermosa Nísida, estoy
a la lisonja. Desde hoy,
vivir muy desvanecida
a mi presunción le toca,
si tiene ya que vivir
presunción que llegó a oír
versos suyos en tu boca.
Nísida
Es tu ingenio soberano,
bella Cintia, de manera
que antes hoy quedar debiera
mi voz por torpe; y por vano,
castigado mi instrumento,
pues osa su consonancia
a deslucir la elegancia
de tu raro entendimiento.
¿A dónde vas por aquí?
Cintia
La soledad discurriendo,
venía unos versos leyendo
cuando la dulzura oí
de tu voz; y ella el imán
de mis acciones ha sido;
ella tras ti me ha traído.
Pero ¿qué mucho, si están
a tus acentos süaves
suspendidas igualmente
las cláusulas de esa fuente,
la música de las aves?
Merezca, ya que llegué,
Nísida, a tal ocasión,
oír la glosa a la canción.
Nísida
Con vergüenza la diré.
Canta.
¡Qué alegre y desvanecido
cantas, dulce ruiseñor,
las venturas de tu amor,
olvidado del olvido!
Envidia de ti he tenido
al ver cuán ufano estás.
¡Oh cuánta pena me das
publicando tus favores!
Pero no; que si hoy cantas amores,
tú tendrás celos y tú llorarás.
Sale Daría.
Daría
¡Detén, Nísida, la voz,
que no es bien que de ese acento
hagas hoy capaz al viento
que le publique veloz,
porque todos son agravios
que haces a tu pundonor!
¿Qué son celos, qué es amor
para salir de tus labios?
Esta selva dedicada,
Nísida, a Dïana está,
no a Venus; que, como ya
vive de ti profanada
con tu canción, es error
notable, es acción liviana
en el templo de Dïana
cantar himnos al amor.
Mas si está Cintia contigo,
no me espanta de que estés
tan mal divertida.
Cintia
Pues,
¿por qué lo dices?
Daría
Lo digo
porque tú siempre ocupada
en profanos libros vives,
versos lees, versos escribes,
cuya vanidad te agrada.
Y si quieres de este error
verte convencida, ¿qué es
el libro en que agora lees?
Cintia
En los Remedios de Amor
leyendo estaba, de quien
inferir, Daría, podrás
cuán mal informada estás
de mis estudios; pues quien
remedios lee a su crüel
pena, contra el alma anima;
y es cierto que no le estima
quien estudia contra él.
Nísida
Con ese mismo argumento
te responda mi canción.
Desengaños de amor son
cuantos pronuncia mi acento.
Daría
Remedios y desengaños
las dos a un tiempo buscáis;
luego no lejos estáis
de sus penas y sus daños;
pues la que tiene por medios
buscar desengaños, ya
muestra que engañada está;
y la que estudia remedios,
ya muestra que algún mortal
dolor su pecho sintió,
porque ninguno buscó
el remedio antes del mal.
Luego con causa me ofendo
de veros hoy con engaños:
tú, cantando desengaños;
y tú, remedios leyendo.
Cintia
Las acciones del acaso,
acciones, Daría, no son
que con segunda intención
se ejecutan, Y así, paso
a otra cosa. No hay persona,
con ingenio o sin ingenio,
que no le aplica su genio
a alguna cosa. Esto abona
la variedad de ejercicios;
que república no hubiera
si el natural no escogiera
las artes y los oficios.
Cuya opinión asegura
que Nísida se inclinó
a cantar, a escribir yo
y tú a adorar tu hermosura.
¿Es mejor ocupación
que la de la habilidad
la de la gran vanidad
que tiene tu presunción?
¿Qué mañana no te vi
con aliño impertinente
en el cristal de esa fuente
enamorarte de ti?
Conque, volviendo al primero
argumento del amor,
es tu delito mayor
si de tu cuidado infiero
segunda causa; pues quien
siempre con desvelo igual
no se parece a sí mal,
parecer quiere a otros bien.
Daría
Tan lejos mi voluntad
en esa solicitud,
no hable agora mi virtud,
hable agora mi verdad.
Tan lejos, digo, mi pecho
vive de cuanto es amor
que el imposible mayor
de cuantos la mano ha hecho
de Júpiter soberano
me parece que sería
que permitiese Daría
el átomo más liviano
de amor a su pensamiento;
pues sólo de una manera
posible querer me fuera,
que éste es desvanecimiento.
Cintia
De qué manera nos di.
Daría
Cuando un hombre hubiera estado
de mí tan enamorado
que hubiera muerto por mí.
Y en teniendo yo por cierto
el que por mi amor murió,
entonces pudiera yo
amarle después de muerto.
Nísida
Fineza mal conseguida
fuera la de tanto amor,
si le había tu favor
de costar antes la vida.
Cintia
Que es liviandad considera
cuanto imaginando está
tu vanidad, que no hay ya
hombre que de amores muera.
Daría
¿Habrá más, siendo eso así,
de a ninguno querer bien?
Yo no he de admitir a quien
antes no muera por mí.
Cintia
A ambición tan singular,
¿qué respuesta puede haber
si no volver yo a leer
y tú Nísida a cantar,
no haciendo caso de tanto
desdén que toca a locura?
Nísida
Pues vuélvete a tu lectura,
que yo volveré a mi canto.
Daría
Pues yo, porque más se aumente
el baldón que de mí hacéis,
mientras cantáis y leéis
me he de mirar a esta fuente.
Canta Nísida y salen Claudio, Crisanto y Escarpín.
Nísida
Canta.
Ruiseñor que volando vas
cantando finezas, cantando favores,
¡oh cuánta pena y envidia me das!
Pero no; que si hoy cantas amores,
tú tendrás celos y tú llorarás.
Claudio
¿No os agrada la belleza
de esta amena selva?
Crisanto
Sí;
que el autor se esmeró aquí,
de la gran naturaleza.
¿Quién creerá que es la primera
vez que aquesta selva piso?
Claudio
Es segundo paraíso
de las diosas desta esfera.
Crisanto
Y más esta verde estancia
donde agora hemos venido,
pues tres objetos han sido
iguales en la distancia
los que estamos admirando
cuando, a un tiempo, estamos viendo
allí una dama leyendo,
aquí otra dama cantando
y otra dulcemente ociosa,
dando ella sola a entender
que no tiene una mujer
más que hacer que ser hermosa.
Escarpín
Dices bien, porque en mi vida
igual hermosura vi.
Claudio
Pues si de las tres que aquí
se han ofrecido, elegida
alguna hubiese de ser
de vuestro gusto, ¿cuál fuera?
Crisanto
No sé; que de una manera
las tres han sabido hacer
tres objetos que, en despojos,
cautivan el pensamiento
rindiendo el entendimiento,
los oídos y los ojos.
La que canta, en su dulzura
da a entender su perfección;
la que lee, su discreción;
la que calla, su hermosura.
Y así no agraviar intento
de la una la beldad,
de la otra la habilidad,
ni désta el entendimiento
por no ofender a las dos.
Mas si yo elegir hubiera…
Claudio
¿Cuál fuera?
Crisanto
La hermosa fuera.
Escarpín
¡Buena pascua te dé Dios!
Porque no hay, es cosa clara,
ni habilidad, ni saber
que se iguale con tener
una mujer buena cara.
La raposa y la perdiz
tuvieron cierta pendencia:
la raposa, por su ciencia,
quería ser más feliz;
la perdiz, por su hermosura.
A quien la zorra decía:
“Bobaza, que cada día
te caza quien te procura”.
Y ella dijo: “Aunque bobaza,
con cuanto tú sabes, no
sabes tan bien como yo
a cualquiera que me caza”.
Nísida
Clori, lleva ese instrumento;
que parece que he sentido
entre esos árboles ruido
y ya retirarme intento,
corrida de imaginar
que me hayan escuchado
esos hombres que han entrado.
Vase.
Cintia
(A Claudio pude alcanzar
a ver desde aquí; y intento
mirar si me sigue, dando
a entender que imaginando
me lleva mi pensamiento.
Si es que de amor al dolor
remedios no puede haber,
¿de qué me sirve leer
en los Remedios de Amor?)
Vase.
Daría
(Contenta en esta espesura
quedo, porque no quisiera
que compañía me hiciera
sino sólo mi hermosura.)
Claudio
Crisanto, vuestra elección
en una parte he sentido
cuanto en otra he agradecido;
pues en aquesta ocasión
sentí que no os agradase
la que en el libro leía,
siendo así que sentiría
que vuestro amor la alabase.
Y pues la queja es tan una
con el agradecimiento,
mientras yo seguir intento
los rumbos de mi fortuna,
probad la vuestra y aquí
os estad. Vase
Crisanto
Confuso quedo,
porque a mí mismo no puedo
preguntarme yo por mí.
Desde el instante que vi
esta rara perfección,
soy horror, soy confusión;
y en mil temores deshecho,
todo es Babilonia el pecho,
todo es Troya el corazón.
Escarpín
Pues común de dos ha sido
entre los dos ese efeto,
que yo también te prometo
que estoy perdiendo el sentido
desde que la vi.
Crisanto
¡Atrevido,
loco, necio! Pues ¿tú habías
de sentir las ansias mías?
Escarpín
No, señor mío; que no
siento sino las mías yo.
Crisanto
Deja tan vanas porfías;
y vete que, por los cielos,
que te mate.
Escarpín
Yo me iré;
que si la hablas, no sé
si podré sufrir mis celos.
Vase.
Crisanto
Atrévanse mis desvelos
a saber si sois, señora,
de aqueste cielo la aurora,
la Palas de esta campaña,
la Juno de esta montaña,
destos jardines la Flora,
para que sepa primero
con qué estilo hablar podrá
muda mi voz. Aunque ya
que me lo digáis no quiero,
porque si en vos considero
perfección tan soberana,
hermosura tan ufana
que deidad os publicáis,
Diana seréis, pues estáis
en los bosques de Dïana.
Daría
Si vos para hablar conmigo
queréis saber quién soy yo,
yo para hablar con vos no,
cuando a responder me obligo
haciendo el viento testigo
de mi rigor. Y así, quién
sois vos preguntar no es bien
para que altiva me oigáis;
pues, quienquiera que seáis,
he de hablaros con desdén.
Así, caballero, os pido
que aquese lugar dejéis
y en la soledad me deis
la que yo me había tenido.
Crisanto
Cuerdamente reprendido
habéis, señora, el error
de preguntar mi temor
quién sois; pues tan bella estáis
que, quienquiera que seáis,
he de hablaros con amor.
Daría
Esa voz tan ignorada
vive de mí que sospecho
que la ha ignorado mi pecho
aun después de pronunciada.
Crisanto
Luego no aventuro nada
cuando repetilla intento,
pues que vuestro sentimiento
aunque la escuche la ignora.
Daría
Sí hacéis; que aunque ignore agora
la voz, no el atrevimiento;
y aunque así como la oí
al instante la olvidé,
volverla a oír sentiré.
Crisanto
¿Que ya la olvidasteis?
Daría
Sí.
Crisanto
¿La voz de amor, ¡ay de mí!,
se olvida, siendo el más fuerte
rayo que vibra la muerte?
Daría
Sí, que el rayo donde entra
no hace mal si nada encuentra.
Crisanto
¿De qué suerte?
Daría
Desta suerte:
si un rayo en parte cayera
que abierta una puerta hallara
enfrente de otra, pasara
sin que la casa encendiera;
y desta misma manera,
aunque amor rayo haya sido,
como un oído ha tenido
a otro enfrente, no abrasó;
que por un oído entró
y salió por otro oído.
Crisanto
Luego, si ese rayo entrara
por parte que no tuviera
correspondencia, encendiera
cuanto en la casa encontrara.
Pues siendo así, cosa es clara
que me abrasan sus enojos,
siendo el corazón despojos,
pues, sin abrasar ni herir,
ya no es posible salir
rayo que entra por los ojos.
Daría
Si me hubierais escuchado
lo que decía, bien creo
que hubiera vuestro deseo,
antes de hablarme, quedado
en silencio sepultado.
Crisanto
¿Y qué decíais?
Daría
No sé;
que un arrojo vano fue
de la grande altivez mía.
Crisanto
Sepa yo qué contenía.
Daría
Que en mi vida no querré
sino quien muera por mí
de amor.
Vase y tiénela.
Crisanto
¿Y después de muerto
fuera vuestro favor cierto?
Daría
Bien pudiera ser que sí.
Crisanto
Pues yo os doy palabra aquí
de aspirar a ese favor,
sacrificado al ardor
de vuestros rayos, señora.
Daría
Pues no me sigáis ahora,
que aún no habéis muerto de amor.
Vase.
Crisanto
¿En qué pecho a un tiempo mismo
se habrán, ¡oh cielos!, juntado
tantas ansias? ¿En qué pecho
se habrán visto asombros tantos?
¿Soy yo quien, rendido aquí
al bellísimo milagro
de una hermosura, se olvida
de aquel primero cuidado
de sus estudios? ¿Qué hechizo,
qué frenesí, qué letargo
a la alma dio por los ojos
aqueste divino encanto?
¿Qué deidad, interesada
en que no sepa los raros
misterios de un libro, pone
inconvenientes al paso,
procurando divertirme
de saberlos y alcanzarlos?
Pero ¿yo qué digo? Que una
pasión sucedida acaso
no ha de ser bastante, no,
para enajenarme tanto.
Si de un astro la violencia
a una beldad me ha inclinado,
no me ha forzado; que no
fuerzan, si inclinan, los astros.
Libre tengo mi albedrío.
Alma y corazón, volvamos
a más generosas dudas
que las de amor. Y pues Claudio,
girasol del sol que adora,
le va siguiendo los pasos
y ese crïado se ha ido
y son aquellos peñascos
en que remata esta selva
de los huidos cristianos
rústico albergue, a ellos quiero
acercarme a ver si hallo
a Carpoforo; que él sólo
puede, por docto y por sabio,
rescatar mi entendimiento
de la confusión que paso.
¿Qué intrincado laberinto
es en el que voy entrando?
Aquí la naturaleza
poco estudio puso, dando
a entender que el desaliño
también es belleza. Un rayo
del sol apenas registra
aqueste lóbrego espacio
que penetra sus entrañas.
Según las señas que traigo,
por aquí ha de ser su cueva.
Muda huella, breve rasgo
de humana planta no topo.
Allí, a la margen de un claro
arroyo que, fugitivo,
hace continuos pedazos
de la nieve que los montes
traen mal derretida al campo,
está un caduco esqueleto,
a quien ha diferenciado
de ser vivo o de ser muerto
torpe el movimiento y tardo.
Cadáver vivo parece.
¡Oh tú, venerable anciano,
que entre los vegetativos
eres ya racional árbol!
Sale Carpoforo.
Carpoforo
¡Ay de mí, romano es éste!
Crisanto
No temas; que, aunque romano,
no riguroso te busco.
Carpoforo
Pues ¿qué me mandáis, bizarro
joven? Que en vuestra presencia,
ya he desmentido el espanto.
Crisanto
Que me digáis, os suplico,
cuál destos duros peñascos,
cuyas entreabiertas bocas
están siempre bostezando,
de un vivo enterrado es
rústica tumba de mármol
en que Carpoforo habita;
porque le vengo buscando,
que me importa hablalle.
Carpoforo
Yo,
sin recelos de mis daños,
lo he de decir. Carpoforo
soy yo.
Crisanto
Pues dadme los brazos.
Carpoforo
Y el alma en ellos, que no
sé qué aliento su contacto
me da que rejuvenece
yerto el verdor de mis años,
bien como caduco tronco
a quien da la vid abrazos.
¿Quién sois, heroico mancebo?
Crisanto
Mi nombre, padre, es Crisanto.
Hijo de Polemio soy,
primer senador romano.
Carpoforo
Pues ¿qué me mandáis?
Crisanto
No quiero
teneros en pie. Sentaos.
Carpoforo
Decís bien, que soy pared
que se está desmoronando.
Siéntanse en dos banquetas.
A la boca de mi cueva,
que es ésta, mejor estamos.
¿Qué me mandáis, caballero?
Crisanto
Desde mis primeros años,
fui inclinado a los estudios;
y leyendo libros varios,
en uno he topado en una
dificultad que no alcanzo.
Téngoos a vos por el más
docto varón, maestro sabio,
de toda Roma –que desto
me informó allá vuestro aplauso–
y vengo a que espliquéis
un lugar, porque no hallo
la razón de su sentido.
Éste es el libro.
Carpoforo
Mostradlo.
Crisanto
Abrid el principio de él;
que en el principio está el caso
que a preguntar vengo.
Carpoforo
(¡Cielos,
los evangelios son santos!)
Crisanto
¿El libro besáis?
Carpoforo
Y sobre
la frente le pongo, dando
indicios del gran respeto
con que le tocan mis manos.
Crisanto
Pues ¿qué libro es? Porque yo,
entre otros, le topé acaso.
Carpoforo
De la evangélica ley,
basa y fundamento.
Crisanto
Estraño
horror me habéis puesto.
Carpoforo
¿Cómo?
Crisanto
Como ya saber no aguardo
nada de él, pues que no dudo
que serán magias y encantos.
Carpoforo
No serán sino verdades.
Crisanto
¿Cómo puede serlo cuando
lo primero que en él dice
es que, atended con cuidado,
en el principio era el Verbo,
que estaba en Dios; y pasando
más adelante, aquel mismo
Verbo era Dios; y tornando
al Verbo, dice después
que fue hecho carne?
Carpoforo
Eso es claro,
porque aqueste evangelista,
en el principio, va hablando
de Dios en cuanto a divino
y, después, en cuanto a humano.
Crisanto
¿Humano y divino a un tiempo?
Carpoforo
Sí, en un supuesto juntando
entrambas naturalezas.
Crisanto
Pues ¿cómo, que no lo alcanzo,
es palabra que está en Dios
y es Dios y después, tomando
carne, es Verbo, es Dios y Hombre
Cristo, que murió clavado?
Decid, ¿cómo lo probáis?
Carpoforo
Es Dios porque es increado,
sin principio y fin; es Verbo
porque es también engendrado
del Padre, de quien procede
luego el Espíritu Santo,
siendo un Dios y tres personas.
Crisanto
¡Oh qué misterio tan alto
será si vos lo probáis!
Carpoforo
A eso responder aguardo
con éste que en nuestra fe
es el símbolo sagrado.
Fe católica es que una
trinidad siempre creamos,
ni confundiendo personas,
ni sustancias separando.
Del Padre, una es la persona;
otra, la del Hijo amado;
y otra persona también
la del Espíritu Santo.
Mas en el Padre y en el Hijo
y Espíritu…
Crisanto
¡Asombro raro!
Carpoforo
…una es la divinidad,
gloria y poder igualando
con una majestad sola;
que, aunque es…
Crisanto
De oíros me espanto.
Carpoforo
…el Padre inmenso y eterno
y, por este mismo caso,
inmenso y eterno el Hijo
y inmenso y eterno el Santo
Espíritu, no son tres
inmensos y eternos, claro
está, sino un solo eterno
y inmenso; de donde saco
que, aunque increados los tres,
son un solo increado.
El Padre de nadie fue hecho,
ni crïado, ni engendrado;
el Hijo, engendrado sí
del Padre, no hecho o crïado;
y el Espíritu, ni hecho,
ni crïado, ni engendrado
fue del Padre ni del Hijo,
sino procedido de ambos.
Ésta es la divinidad
de Dios en cuanto a Dios. Vamos
a su humanidad.
Crisanto
Teneos;
que son prodigios tan raros
los que habéis dicho que es fuerza
atenderlos muy despacio.
Dejadme cobrar aliento,
que suspenso y elevado
me tienen vuestras razones.
¡Ah, quién comprendiera cuanto
habéis dicho! ¿Un Dios y tres
personas con sólo un mando,
una sustancia, una esencia
y voluntad?
Carpoforo
Sí, Crisanto.
Salen Aurelio y soldados.
Aurelio
La cueva de Carpoforo
es aquésta y él sentado
está a su puerta, con otro,
leyendo.
Soldado 1
Pues ¿qué aguardamos?
Aurelio
Como Polemio nos manda,
en prendiéndolos cubramos
los rostros, porque no puedan
conocerlos los cristianos
que son cómplices con ellos.
Soldado
1º ¡Daos a prisión!
Crisanto
¡Ah villanos!
Ved que soy...
Aurelio
Tapad las bocas,
no den voces. Y las manos
atrás atad a los dos.
Crisanto
Mirad que soy…
Carpoforo
¡Cielos santos,
llegó el día a mi deseo!
Baja un ángel en una tramoya.
Ángel
Carpoforo, aún no ha llegado.
Porque quiero acrisolar
la constancia de Crisanto,
no le guardo; pero a ti,
desta manera te guardo.
Llévasele.
Sale Polemio.
Polemio
¿Qué ha sido aquesto?
Aurelio
Un prodigio.
A Carpoforo aquí hallamos
y a este cristiano con él.
Teniendo presos a entrambos,
él se desapareció.
Polemio
Valdríanle los encantos
de que los cristianos usan
y ellos tienen por milagros.
Soldado 1
Por el monte van huyendo
a tropas.
Polemio
Seguid a cuantos
topéis y dejad aquéste.
Vanse.
Seguro está, pues le guardo.
¡Mísero de ti! ¿Quién eres?
Para verte te destapo,
porque tu rostro me informe
de… ¡mis desdichas! ¡Crisanto!
Descúbrele.
¿Qué es esto?
Crisanto
¡Válgame el cielo!
Polemio
¿Tú hablando con los cristianos?
¿Tú en sus cuevas escondido
y tú preso? ¿Para cuándo,
inmenso Júpiter, son
las iras de vuestros rayos?
Crisanto
A preguntar una duda
que en mis libros había hallado,
por estas montañas vine
a Carpoforo buscando.
Polemio
¡Calla, villano, que ya
discurro quién ha causado
este suceso! Tú tienes
ingenio mal aplicado,
pues cuanto estudias son sólo
vanidades que en humanos
libros el ocio escribió;
y desta pasión llevado
te trae aquí, como he visto,
las mágicas y el encanto.
Crisanto
No es mágica la que vine
a aprender. Misterios altos
son de su fe, a quien yo debo
admiraciones y espantos
Polemio
¡Calla otra vez, calla! Niega
la pronunciación al labio.
¿Tú hablas dellos con respeto?
Crisanto
Porque en su ley he hallado
misterios incomprensibles.
Polemio
¿Esto escucho y no te mato?
Mas débame esta piedad
mi honor. Por esos peñascos
te esconde, que yo diré
que te ha valido otro encanto.
Crisanto
Voy a obedecerte.
Claudio
dentro
Allíestán
adonde quedaron.
Polemio
Ya no es posible que huyas
sin verte. Pues han llegado,
volveré a cubrirte el rostro.
No vean estos soldados
quién eres, porque no sepan
mancha que ha de ser agravio
de mi honor hasta que intente
de otra suerte remediallo.
Crisanto
(Dios que hasta agora ignoré:
dame tu favor y amparo,
que hasta conocerte más
sufriré eternos trabajos.)
Salen Aurelio y otros.
Aurelio
Aunque el monte hemos corrido,
a ninguno hemos hallado.
Polemio
Llevad a Roma ese preso
y mirad que a todos mando
que nadie el rostro se atreva
a descubrirle. (¿Qué aguardo,
cielos, que del pecho yo
el corazón no me arranco?
¿Qué he de hacer en tantas dudas?
Si digo quién es, infamo
con su culpa mi nobleza;
y mi lealtad, si lo callo,
pues, en sólo hallarle aquí,
quiebro del César el bando.
¿Castigarele? Es mi hijo.
¿Librarele? Es mi contrario.
Pues entre estos dos estremos,
haya un medio. No le hallo,
que como juez le aborrezco
y como padre le amo.)

Segunda Jornada

Salen Claudio y Escarpín.
Claudio
En efeto, ¿no parece,
ni de ninguna manera
se sabe de él?
Escarpín
Desde el día que, de
Diana en la selva, tú
conmigo le dejaste
–y yo, señor, con aquella
perfección tan soberana,
hermosura tan discreta–,
no pareció más. ¡Y sabe
bien amor lo que me cuesta!
Claudio
De tu lealtad no lo dudo.
Escarpín
Pues aunque lealtad parezca,
no es todo lealtad.
Claudio
¿Pues qué?
Escarpín
Imaginaciones necias
de pensar que allí encubierto
se quedó a vivir con ella.
Claudio
Si yo aqueso imaginara,
consuelo, Escarpín, tuviera,
no sentimiento.
Escarpín
Yo no,
sino una máquina entera
de sentimientos.
Claudio
¿Por qué?
Escarpín
Acá son ciertas quimeras
de un desesperado amor
que con celos me atormenta.
Claudio
¿Tú, amor y celos?
Escarpín
Yo, celos
y amor. ¿Soy yo alguna bestia?
Claudio
¿De Daría?
Escarpín
Yo no sé
si es Daría, diese u diera;
pero sé que tomaría,
tomara y tomase de ella
cualquier favor sustantivo.
Claudio
¿Tú, de tan rara belleza?
Escarpín
Sí; que no fuera tan rara
sin mí.
Claudio
Pues, ¿de qué manera?
Escarpín
Enamorose Vinorres
–nadie en el cómputo muerda
de los tiempos, porque ha habido
Vinorres en todas eras–
de una dama muy hermosa,
a quien Vinorres finezas
iba diciendo al estribo
una tarde. Y, muy severa,
otra dama que allí iba
dijo: “¿Es posible no tengas
desconfianza de que
te enamore un simple?” Y ella,
muy galante, respondió:
“Nunca he tenido soberbia
de hermosa hasta hoy, porque
no es hermosura perfeta
la que no enamoran tontos”.
Claudio
¡Qué frialdad!
Escarpín
¿Frialdad? Pues…
Claudio
Deja
esas locuras, que sale
mi tío.
Escarpín
De sus tristezas,
bien da su semblante indicio.
Salen Polemio y acompañamiento.
Claudio
Sabe Júpiter la pena,
señor, con que siempre llego
a ponerme en tu presencia.
Polemio
Claudio, no dudo que tú
tan como propia la sientas.
Claudio
Palabra te di de que
a Crisanto...
Polemio
¡Cesa, cesa!
No vuelvas a repetillo,
porque a sentirlo no vuelva.
Claudio
En fin, para saber de él,
¿no han sido tus diligencias
bastantes?
Polemio
No me atormentes
con preguntas; que, aunque quiera
no darte respuesta, anda
solícita la respuesta
por salir del pecho mío
y es probar mi resistencia.
Claudio
Pues ¿qué recatas de mí,
sabiendo que hay en mis venas
sangre tuya y que mi vida
está siempre a tu obediencia?
Descansa, señor, conmigo.
Hábleme una vez tu lengua
de cuantas me hablan tus ojos.
Polemio
Salíos todos allá fuera.
Vanse los criados.
Escarpín
(¡Ay, bellísima Daría,
quién a mano te tuviera
para ofrecerte dos cuentos
aunque ninguno de renta!)
Vase.
Claudio
Ya señor, solo has quedado.
Polemio
Pues, escúchame, aunque sea
prevaricar el intento
del secreto a que me fuerzan
mis desdichas; que es forzoso
decirlas porque no tengan,
oprimidas del silencio,
disculpas sino licencia
para romperlo; y así,
quiero honestar su violencia
haciendo yo voluntad
lo que ellas han de hacer fuerza.
Crisanto, Claudio, no está
ausente; en mi casa mesma
está Crisanto. A los dioses
plubiera, ¡ay de mí!, que fuera
sepultura y no prisión
este cuarto que le alberga.
Que esté en mi casa y que esté
preso y encerrado en ella
es preciso que te haga
gran novedad; pues, espera,
que más novedad te hará
cuando más la causa sepas.
Aquel infelice día
que yo al monte y tú a la selva
fuimos, en él le hallé yo,
si tú le perdiste en ella.
Prendiéronle mis soldados
a la boca de su cueva
con Carpoforo (¡oh aquí
me den los cielos paciencia!).
Cubiertos ambos tenían
los rostros, porque no vieran
en la cara de su culpa
el semblante de mi ofensa.
Prendiéronle sin mirarle;
que como la orden era
taparles el rostro, fue
aun antes que le prendieron,
porque de espaldas estaba,
la primera diligencia.
Huyó –valiole la magia–
aquella racional fiera
de Roma, monstruo dos veces
por costumbres y por ciencias.
Quedó, pues, preso Crisanto
a tiempo que por las peñas
los cristianos a sus grutas
corrían a su defensa.
Los soldados los siguieron.
Solos quedando en aquella
rústica estancia los dos,
descubrile. Considera
padre a un juez en una causa
tan abominable y fea
como haber contravenido
allí a los dioses y al césar,
con un hijo delincuente,
donde tan preciso era
que militasen iguales
el rigor y la clemencia.
Venció la clemencia, en fin;
díjele que se escondiera;
no lo conseguí, ¡ay infelice!,
porque al mismo instante llegan
los soldados y sería
otra desdicha más fiera
que tuviesen que callarme.
Lo más, pues, que a su defensa
entonces pude hacer fue
que nadie le descubriera.
Trújele preso, en efeto;
y haciendo misterio que era
justo que aquella prisión
en Roma no se supiera
por los cómplices, mandé
traerle a mi casa mesma.
De allí a unos días pasados
–¡ah, poderosa violencia,
qué no facilitas, qué
no arrastras, qué no atropellas!–,
súpose, en fin; y un esclavo,
cuya inocente cabeza
destroncada reparó
el golpe de mi sentencia
muriendo allí por Crisanto,
fue la capa de mi afrenta.
Dirás tú agora: pues ya
enmendada la deshecha
fortuna del lance, ¿cómo
hoy le ocultas, hoy le encierras?
Y responderete yo,
lleno de dudas diversas,
que, aunque es verdad que no quise
que público, ¡ay de mí!, fuera
su castigo, claro está
tampoco quise que viera
tanta piedad en mi pecho
que no temiese mi ofensa.
Los castigos de los padres,
ejecutados, reservan
los de los verdugos, Claudio,
con tan grande diferencia
cuanto hay de una mano que honra
a una que hiere y afrenta.
Cesó el rigor, en efeto,
que los de los padres cesan
fácilmente; mas ¿qué mucho,
si la mano, ¡ay de mí!, mesma
que alientan contra los hijos
contra sí mismos la alientan?
Entré un día en su prisión
con deseo –¿quién lo niega?–
de perdonarle y, ¡ay!, cuando
pensé que lo agradeciera,
viendo en mí una reprensión
más que rigurosa cuerda,
tan afecto a los cristianos
me habló y con tantas veras
en defensa de su ley
que, apurada mi clemencia,
se volvió al primer castigo.
Cerré ventanas y puertas,
cargándole de prisiones,
de grillos y de cadenas,
dándole a comer por tasa,
todo por mi mano mesma,
que no me atreví a fiar
de nadie esas diligencias.
Bien pensarás que aquí paran
mis desdichas. Pues, espera,
que pasan tan adelante
que es agora cuando empiezan.
Aquestos sucesos tanto
le privan y le enajenan
que, olvidado de sí mismo,
de sí mismo no se acuerda.
Nada a propósito habla,
locuras son manifiestas
cuanto dice, desatinos
cuantos imagina y piensa.
Muchas veces le escuché,
porque elevada y suspensa
siempre el alma, nunca atiende
a quién sale, ni a quién entra:
“En el principio era el Verbo
y Dios en el Verbo era”.
Otras le oigo lamentar
de una tirana belleza,
diciendo: “Pues que ya muero
por ti, tu favor merezca”.
Otras dice: “¿Cómo tienen
tres personas una esencia,
cosa que allá los cristianos
en su ley tienen por cierta?”.
De suerte que está mi vida
en varias dudas envuelta.
Si le pongo en libertad,
no dudo, según le ciegan
discurso y entendimiento
de los cristianos las ciencias,
que se declare cristiano,
cosa que es preciso sea
pública nota en mi sangre,
vil infamia en mi nobleza.
Si le tengo en prisión,
según es su gran tristeza,
melancólico y confuso,
no dudo que el juicio pierda.
Y, finalmente, yo tengo
por cosa, sobrino, cierta
que estos mágicos cristianos
hoy hechizado le tengan;
y que en odio de mi sangre
y de mi oficio en ofensa,
hoy en Crisanto, mi hijo,
de mis justicias se vengan.
Dime, pues, ¿qué debo hacer?
Aunque antes que la respuesta
tu sutil entendimiento
me dé, quiero que le veas,
o porque mejor lo pienses,
o porque mejor entiendas
para qué pido el remedio.
Aqueste es el cuarto. Llega,
que en viéndole me dirás
si es menos mal que así muera,
o que, dejado llevar
de sus afectos, ofenda
su ilustre sangre manchando
mis blasones sus afrentas.
Corre una cortina y está Crisanto en una silla en cadenas y grillos.
Claudio
Lo que así he sentido el verle
no es posible que encarezca.
Polemio
¡Tente, no pases de aquí!
Que no quiero que en ti advierta;
porque le quiero escusar,
de verle así, la vergüenza.
Claudio
Desde aquí escuchar podemos
lo que le dictan sus penas.
Crisanto
¿Quién en la humana suerte habrá tenido
juntos tantos afectos desiguales?
Males, pues ¿no bastó haber sido males,
sin que males opuestos hayáis sido?
Al cielo vida por saber le pido
de un trino y uno, efetos celestiales;
muerte le pido, por mirarme en tales
penas de una beldad favorecido.
Pues ¿cómo vida y muerte mi desvelo
es posible que al cielo a un tiempo pida,
si es pedir juntos pérdida y consuelo?
Mas el cielo pedirle no me impida
vida y muerte, supuesto que es el cielo
árbitro de la muerte y de la vida.
Polemio
Corre la cortina.
Mira si yo he dicho bien.
Claudio
Todo es confusas ideas.
Polemio
Volvámonos a salir
antes, Claudio, que nos sienta;
y dime qué haré, pues ves
el dolor que me atormenta.
Claudio
Aunque es, señor, osadía
que yo a tus canas me atreva
a dar consejo, tal vez
joven se vio la prudencia.
Proporcionado un castigo,
muchos defectos enmienda;
mas un castigo sobrado
irrita muchas paciencias.
Un instrumento lo diga:
si le mide el que le templa,
suena bien; mas si le suben
más de su punto, disuena.
No se ha de querer tirar,
señor, tan alta una flecha
que, porque salga más fuerte,
se rompa el arco o la cuerda.
Bien en estos dos ejemplos
te he dado a entender que sean
bastantes, mas no excesivas,
las reprensiones. Modera,
pues, los estremos; y, en fin,
tome el medio tu advertencia,
escarmentando a Crisanto
süaves las diligencias;
que las diligencias fuertes
destruyen y no escarmientan.
Sácale, pues, de prisión
y por bien, señor, le lleva
a los principios, que infante
está el peligro, sin fuerzas.
Si es que esos ciegos cristianos
que le han hechizado piensas,
remedios hay; porque, en fin,
próvida naturaleza
ningún veneno crio
sin criar la contrayerba.
Y si quieres, finalmente,
que de todas sus tristezas
se olvide y que sólo acuda
a una acción y ésa perfeta,
dale estado; y imagina
que no hay cosa que más tenga
a raya hasta el pensamiento
que el cuidado y la asistencia
de la esposa y la familia;
advirtiendo que no sea
más poderosa esta vez,
que el gusto, la conveniencia.
Elija él; que sea su gusto.
Si él se casa, aunque pretenda
divertirse, no podrá
después; porque es cosa cierta
que un marido enamorado
de nada, señor, se acuerda.
Polemio
Con nada el consejo puedo
pagar, sino es con que veas
que le aceto; que éste es
el premio del que aconseja.
Y pues, entre dos estremos,
elegir el medio es fuerza,
hoy saldrá de su prisión
Crisanto; mas de manera
que, para ausentarse, Claudio,
tampoco la libertad tenga.
Aquese cuarto que cae
al jardín de Apolo, ordena
que le aderecen y cuelguen
de ricos paños y telas.
Prevenle costosas galas.
Haz que toda la nobleza
de la juventud de Roma
aquí a jugar con él venga.
Trayle músicos y, en fin,
échese bando que aquella
mujer ilustre por sangre
que a divertirle se atreva
de sus pasiones, curando
con el amor la tristeza,
será su esposa, aunque humilde
por el caudal y la hacienda.
Y si aquesto no bastare,
daré un talento de renta
al médico que le cure
haciendo en él esperiencias.
Vase.
Claudio
¡Oh piadoso amor de padre!
¿Qué no harán, qué, tus finezas
por la vida y la salud
de un hijo?
Sale Escarpín.
Escarpín
Señor, merezca
por Baco, que éste es el dios
por quien los pícaros ruegan,
saber qué suceso es éste.
Claudio
Poco importa que lo sepas
tú, si han de saberlo todos.
Crisanto de aquesta ausencia,
malo ha venido.
Escarpín
¿Qué tray?
Claudio
Nadie hay que su mal entienda,
porque él no dice su mal
sino por sombras o señas.
Escarpín
Pues mal hace en no decirle
claro. Dolores y penas
no se han de decir por frases.
Dolíale a un hombre una muela;
vino un barbero a sacarla;
y estando la boca abierta,
“¿Cuál es la que duele?”, dijo.
Diole en culto la respuesta,
“La penúltima” diciendo.
El barbero, que no era
en penúltimas muy ducho,
le echó la última fuera.
A informarse del dolor,
acudió al punto la lengua;
y dijo en sangrientas voces:
“La mala, maestro, no es ésa”.
Disculpose con decir:
“¿No es la última de la hilera?”
“Sí”, respondió, “más yo dije
penúltima y voacé advierta
que penúltimo es el que
junto al último se sienta”.
Volvió, mejor informado,
a dar el gatillo vuelta,
diciendo: “¿En efeto, ¿es
de la última la más cerca?”
“Sí”, dijo. “Pues vela aquí”.
Y con mucha ligereza
le sacó la otra que estaba
penúltima, de manera
que quedó, por no hablar claro,
con la mala y sin dos buenas.
Claudio
Pues aún hay más novedad.
Ven y sabrás lo que ordena
Polemio por la salud
de Crisanto, de quien piensa…
Escarpín
¿Qué?
Claudio
…que hechizado le tienenlos
cristianos. (Cintia bella,
pues hoy no puedo ir a verte,
perdóname tanta ausencia.)
Escarpín
(Mientras andan estas cosas,
en informándome dellas,
a verte, hermosa Daría,
iré. Mi amor no te ofenda,
pues nacer para querida
es pensión de la belleza.)
Vanse y sale Daría.
Daría
Céfiro fugitivo
que, con las plumas de mi arpón, herido
no corres sino vuelas.
Si tan veloz anhelas,
por morir dulcemente
desangrado en el baño de esa fuente,
aguarda la lisonja de otra herida:
acabarás más presto con la vida,
pues por lisonja un infeliz advierte
cuánto le facilita más la muerte.
Caiga junto a una boca que ha de haber.
Pero, ¡válgame el cielo!,
estatua viva soy de fuego y hielo,
pues tropezando acaso
dejé de sepultarme, ¡estraño caso!,
en una infausta, en una horrible boca
que está abierta en la falda de esa roca,
por donde con pereza
el monte melancólico bosteza.
A otro paso que diera,
su oscuro abismo fuera
de mi último aliento
rústica pira, incauto monumento.
¡Cuánto pavor me pone sólo el vella!
¿Qué encerrados misterios habrá en ella
que con asombro tanto
da miedo, causa horror y pone espanto?
Dentro música.
Y más ahora que oyó la ilusión mía
que, en su centro, dulcísima armonía
un instrumento informa.
La soledad, ¡qué de fantasmas forma!
Pero quiero escuchar, que mucho acento
de voces acompaña el instrumento.
Música
Feliz mil veces el día
que, piadoso, el cielo vea
que este oscuro centro sea
el sepulcro de Daría.
Daría
¿Día ha de ser, ¡ay de mí!,
feliz que este centro duro
sea monumento oscuro
de mi triste vida?
Música
Sí.
Daría
Pues, ¿quién felicidad vio
en tan infelice suerte?
¿No será rigor tan fuerte
desdicha y no dicha?
Música
No.
Daría
Pues, ¿cómo, ¡oh vil fantasía!,
puede ser que allí dichas vea?
Música
Ello dirá cuando sea
el sepulcro de Daría.
Daría
Pues, ¿quién ordena que yo
muera sepultada aquí?
Música
Daría, el que ya por ti
enamorado murió.
Daría
¿El que ya por mí murió,
¡ay cielos!, enamorado?
Si acaso, desesperado,
aquel joven a quien yo
tan crüel le respondí
en la selva el otro día,
diciendo que le querría
después de muerto, por mí
se arrojó a esta sima y hoy
intenta, aquí sepultado,
verse de mi amor pagado
después de muerto? Yo estoy
sin alma, que ya no es mía.
Cintia
dentro
¡Corred presto, no se crea
que este oscuro centro sea
el sepulcro de Daría!
Daría
Aquí y allí las voces
confusas suenan ya, como veloces:
aquí en cláusulas dulces sostenidas
y allí en cóncavos ecos suspendidas.
¡Oh si ya aquel rumor la gente fuera
que conmigo salió a esta verde esfera,
porque en tal agonía
templase mi dolor!
Sale Cintia.
Cintia
Bella Daría,
hasta venirte a hallar hoy mi cuidado,
las entrañas del monte he penetrado.
Daría
(Disimular espero
la confusión a que rendida muero,
si es que en sucesos tales
sabe el valor disimular los males.)
Corriendo el campo ufana,
por imitar en todo hoy a Dïana,
vagando este horizonte
dejé la selva, penetrando el monte
tras un ligero ciervo y tan ligero
que atrás dejaba el viento lisonjero,
a quien apenas vi rota la frente
por no tener aún años que le cuente.
No le alcancé, porque esa abierta boca,
bostezo formidable de esa roca,
el paso me detuvo.
Cintia
En confusión mi pensamiento estuvo
hasta hallarte, temiendo que una fiera
no encontrases.
Daría
(¡A Júpiter pluguiera!
Y que muerta a sus manos
me escusara castigos más tiranos.
Pero en vano lo siento,
pues todo es ilusión mi pensamiento,
que mal aquí podría
música haber.)
Sale Nísida.
Nísida
Bellísima Daría,
sabia Cintia, a buscaros he venido
con una novedad que agora he oído.
Cintia
¿Qué hay, Nísida, de nuevo?
Nísida
Apenas a contároslo me atrevo,
porque sólo de paso
a un hombre lo escuché, que agora acaso
el monte discurría,
diciéndome que ya Roma tenía
premios a la hermosura de la dama
que con lícito amor, pública fama,
tan atrevida fuese
que al hijo de Polemio le pudiese
sanar de una tristeza,
pensión de la mortal naturaleza.
Cintia
¿Y cuál, dinos, ha sido
de eso la causa?
Nísida
Aqueso no he sabido;pero hacia
allí un soldado
por la vía Salaria ha atravesado.
De él mejor lo sabremos.
Cintia
Llámale y la verdad examinaremos.
Daría
(¡Qué distantes mis penas
de asombro están y confusiones llenas!)
Nísida
¡Oh tú, que aquestos campos
así discurriendo vienes!
Sale Escarpín.
Escarpín
¡Oh tú y cuatrocientos túes!,
¿qué me mandas? ¿qué me quieres?
Nísida
Dinos ¿cuál ha sido un bando
que en Roma públicamente
hoy se ha echado?
Escarpín
Sí diré,
por lo que a mí me compete;
si no me estorba el decirlo
estar Daría presente,
porque ninguno hablar sabe
delante de lo que quiere.
Daría
Aguarda, pues ¿cómo así
hablar conmigo te atreves?
Escarpín
Como soy un atrevido.
Daría
¿Hombre de tan baja suerte,
que me quiere osa decir?
Escarpín
Pues ¿por qué no, si te quiere?
Daría
¿En qué esperanzas fundado?
Escarpín
El las del tiempo, que puede
traerte a menos y a mí a más.
Daría
Por loco es bien que te dejé
sin castigo. Di, prosigue
esa novedad.
Escarpín
Atiende.
Polemio, gran senador
de Roma, a cuyos valientes
hombros fía Numeriano
todo el peso de sus leyes,
un hijo tiene. Crisanto
es el nombre suyo; éste
se fue a caza de novillos
una vez entre otras veces;
y como a los que se van,
echarle una corma suelen
–y para herrados no hay corma
como las propias mujeres–,
ésta le quieren echar
porque castigarle quieren.
Ítem más: dicen que una
gran tristeza que padece
causada es de los hechizos
que cristianos, que aborrecen
su sangre por ser el juez
su padre que los ofende,
contra él han hecho, en odio
de nuestros dioses. Y él siente
tanto este mal que no hay cosa
que le alivie y que le alegre.
Numeriano, como es cierto
que tanto a Polemio quiere,
ha mandado publicar
por Roma que la que fuere
tan feliz por su hermosura,
o por su ingenio excelente
tan dichosa, o por sus gracias
tan poderosa, que temple
su pasión –porque, en efeto,
a todo el amor lo vence–
le dará, como sea noble,
con que a ser su esposa llegue,
riquezas que se aventajen
a cuantas Polemio tiene,
sin otros mil prometidos
al que curarle supiere.
De modo que hoy tiene Roma,
como triunfos y laureles
para los doctos maestros
y los capitanes fuertes,
para la hermosura, gala,
ingenio y gracia, de suerte
que no hay dama en Roma ya
que a sus solas no se piense
vencedora; que ninguna
hay que preferir no intente,
unas por sus vanidades
y otras por sus intereses;
las feas al no sé qué
que sus agrados le atienen;
al sí sé qué, las hermosas.
Y así las tres me parece
que podéis prevenir vuestros
no sé qués y si sé qués.
Con esto, adiós; que si vine,
hermosa Daría, por verte,
con haberte visto es fuerza
que de tus ojos me ausente.
Vase.
Cintia
Rara novedad.
Nísida
No habrá
beldad que verlo no intente,
una vez que se ve en Roma
certamen entre mujeres.
Cintia
Según eso, ya mostrando
lo bien que no te parece,
das a entender que no estrañas
el ir, Nísida, a oponerte.
Nísida
Si en cuanto es música el cielo
puso el encanto más fuerte
–pues con la música el más
sañudo encanto se vence,
rústica fiera se amansa,
cauta serpiente adormece
y hasta ingenios malos, que
son espíritus rebeldes,
se ahuyentan– y en este arte
soy yo la más excelente,
mal haré en no lograr hoy
tan altivos intereses
como llegar a mirarme
dulce esposa de quien tiene,
por hijo del senador,
riquezas tan eminentes.
Cintia
Aunque la música es cierto
que tantos artes prefiere,
es, en efeto, una voz
que se lleva el aire leve;
y, aunque es verdad que regala,
en el mismo aire se pierde.
Yo que, dada a mis estudios,
no hay ciencia en que no me esmere,
y en la poética, que es
arte que enseña y divierte,
hago ventajas a muchos
ingenios que ahora florecen,
mejor, Nísida, podré
la vitoria prometerme,
pues es música del alma
la que el ingenio suspende.
Si bien sólo en una cosa
hoy estamos diferentes
las dos y es en que, a ti, ha sido
interés el que te mueve;
y a mí, sólo vanidad
de que otra a triunfar no llegue,
porque vea Roma que
el ingenio en las mujeres
es la mayor perfeción
y que a todos se prefiere.
Daría
Interés y vanidad
son las dos cosas que pueden
hoy a ti, Cintia, obligarte
y a ti, Nísida, moverte
a probar esta ventura
que tan difícil parece.
En vana razón fundáis
vuestra opinión, pues en este
caso, habiendo visto que es
el mal que este hombre padece
hechizos que los cristianos
han hecho porque aborrecen
a nuestros dioses, ninguna
de parte de ellos se mueve.
Yo, pues, que sola esta vez
he de creer a las fuentes
que es sin igual la hermosura
que me han dicho tantas veces,
sacrificarla a los dioses
intento, para que llegue
a verse la poca fuerza
que en sí los cristianos tienen.
Nísida
Según eso, publicada
nuestra competencia viene
a estar.
Cintia
Sí.
Daría
Desde este puntoserá
preciso que empiece.
Nísida
(Voz, pues eres dulce encanto,
esta vez me favorece
para que por ti merezca
llegar rica y noble a verme.)
Vase.
Cintia
(Ingenio, pues eres alma,
muestra esta vez que lo eres
para que tus vanidades
me coronen de laureles.)
Vase.
Daría
Hermosura, de los dioses hoy
muestra que el lustre tienes,para
que ellos por ti vivan
ufanos y altivos siempre.
Vase.
Salen Polemio, Claudio y Aurelio.
Polemio
¿Está todo prevenido?
Claudio
Todo está ya de la suerte
que has ordenado. Este cuarto
que cae sobre estos vergeles
tiene de costosas galas
guarnecidas las paredes,
dejando aparte los blancos
lugar para los pinceles,
donde la naturaleza
a sí misma se desmiente.
Los jardines han sacado
flores, rosas y claveles,
más aliñadas, ¿qué mucho,
si corren todas las fuentes
para que en ellas se miren?
Después, prevenidas tienen
galas, músicas y juegos.
Y todo esto, finalmente,
para en que Roma no sabe
qué es lo que en ella sucede;
que como haber academia
de hermosuras excelentes,
ingenios y gracias es
cosa no vista otras veces,
todas las damas de Roma
se han prevenido, que tiene
gran decoro la porfía
de que ser su esposa puede
la que le agrade; y así,
ninguna hay que se desdeñe
de venir a los jardines
a ser de él vista ni a verle.
Polemio
¡Oh quiera Júpiter, Claudio,
que todo aquesto aproveche
para quitarme un recelo
de lo que mi pecho siente!
Aurelio
Señor, un médico docto
dice que visitar quiere
a Crisanto. De la fama
llamado ha venido.
Polemio
Entre.
Aurelio
(Yo le conozco y no sé
dónde le he visto otras veces.)
Sale Carpoforo de médico.
Carpoforo
(¡Cielos, pues para el efeto
que me guardasteis fue éste,
dadme valor; aunque yo
en poco tengo la muerte.)
Permíteme, gran señor,
que tu invicta mano bese.
Polemio
Venerable anciano, alzad
del suelo; que me parece,
según el veros me alegra,
que vos trayréis solamente
la salud de mi hijo.
Carpoforo
El cieloquiera que
su cura acierte.
Polemio
¿De dónde sois?
Carpoforo
Soy de Atenas.
Polemio
Esa es la patria eminente
de todas la ciencias hoy.
Carpoforo
Bien se enseña allí y se aprende.
El deseo me ha traído
de serviros solamente
a esta ocasión. ¿Qué mal es
el que Crisanto padece?
Polemio
Profundas melancolías;
y si he de hablar claramente
–que hasta escrúpulos es bien
que al médico se revelen–,
hechizado está Crisanto;
que los cristianos aleves
se han vengado en él de mí.
De todos, principalmente
Carpoforo, un hechicero.
¡Llegue el día en que me vengue!
Carpoforo
(¡Quiéralo el cielo, porque
el de mi martirio llegue!)
¿Y dónde Crisanto está?
Polemio
Ahora saldrá donde verle
podáis; y ved que en el alma
está todo su accidente.
Carpoforo
Pues yo el alma he de curarle,
si el cielo me favorece.
Polemio
Pues él sale de su cuarto,
según avisan y advierten
esas voces que a su mal
hoy le dan música alegre.
Salen Crisanto y músicos.
Crisanto
Callad, que la pena mía
con voces no se divierte;
que la música es muy fuerte
cura a la melancolía,
pues más con ella se aumenta.
Aurelio
Esto tu padre mandó.
Crisanto
Es porque él nunca sintió
el dolor que me atormenta;
que si él con él hoy se hallara,
más remedios no pusiera
que sentir mi pena fiera.
Polemio
En que estoy aquí repara,
Crisanto; y en que no quiero
llevar por mal tu rigor
por ver si es por bien mejor.
Crisanto
No, señor, que tarde espero
mejorar de mi cuidado
y más mi pena aliviaba
la soledad en que estaba.
¿Por qué allí no me has dejado
morir?
Polemio
Porque mi piedad
hoy solicita curarte
y aquí viene a visitarte
un gran médico. Llegad.
Crisanto
(¿Qué es lo que miro? ¡Ay de mí!)
Carpoforo
Con tal licencia, bien creo
que podré hablarle.
Crisanto
(¿Qué veo?
¿No es Carpoforo el que vi?
Mi placer encubriré.)
Carpoforo
¿Qué es, señor, lo que sentís?
Crisanto
Pues a curarme venís,
claramente lo diré.
Yo tengo una gran tristeza;
y ésta en mi imaginación
carga tanto el corazón
que es en mí naturaleza.
Carpoforo
¿De qué esa tristeza pudo
ocasionarse?
Crisanto
Yo he sido
inclinado a haber leído;
y algunas cosas que dudo
me ponen en confusión
de imaginar si es así
lo que leí.
Carpoforo
Pues de mí,
tomad aquesta lición.
La fe en todas cosas fue
la que más facilitó
la dificultad y yo
he de curaros con fe;
y así, es bien que la tengáis
conmigo.
Crisanto
De vos infiero
mi bien; y tener espero
la fe que me aconsejáis.
Carpoforo
A Polemio
Dadme lugar de que allí
le hable; que a solas, señor,
se declarará mejor.
(¿Hasme conocido?)
Crisanto
A Carpoforo.
(Sí;
por señas de que tú eres
el que de mí te ausentaste
y en el riesgo me dejaste.)
Carpoforo
A Crisanto.
(Dios lo hizo; y si verlo quieres
que suya fue esa obra, di,
si Él de ti no me ausentara,
¿pudiera ser que llegara
a verte y hablarte aquí?)
Crisanto
A Carpoforo.
(No.)
Carpoforo
A Crisanto.
(Luego su providencia
fue justa, pues me guardó
para que te busque yo
y te dé la inteligencia
más despacio de las cosas
que causan tu confusión.)
Crisanto
A Carpoforo.
(Ellas misteriosas son,
pero muy dificultosas.)
Carpoforo
A Crisanto.
(Todo es fácil al que cree.)
Crisanto
(¿Qué he de hacer? Que ya lo intento.)
Carpoforo
A Crisanto.
(Cautivar tu entendimiento.)
Crisanto
(Pues yo le cautivaré.)
Carpoforo
A Crisanto.
(Lo primero es recebir
el bautismo.)
Crisanto
A Carpoforo.
(Yo le pido
a tus pies, padre, rendido.)
Carpoforo
A Crisanto.
(No demos que presumir;
aguarda, que puede hacernos
el secreto sospechosos,
pues, viviendo cuidadosos,
podemos cada día vernos
y yo te bautizaré
después que, catequizado,
te haya, Crisanto, enseñado
los principios de la fe.
Y sólo lo que te advierto
es que te aguarda y espera
la lid más sangrienta y fiera
de los hombres; pues es cierto
que, de mujeres buscado,
de deseos combatido,
de lascivias oprimido
y de deleites cercado,
te has desde este día ver.
No te dejes vencer de ellas.)
Crisanto
A Carpoforo.
(Pues, ¿quién de mujeres bellas
se ha podido defender?)
Carpoforo
A Crisanto.
(Quien de Dios se ayuda.)
Crisanto
A Carpoforo.
(Vos
se lo pedid.)
Carpoforo
A Crisanto.
(Sí lo haré;
y ayúdate tú, que al que
se ayuda, le ayuda Dios.)
Polemio
¿Qué juzgáis del accidente?
Carpoforo
Que para vencer su daño,
ya le he recetado un baño
que le cure eficazmente.
Polemio
Buenas albricias os mando,
si vuestra solicitud
consiguiere su salud.
Carpoforo
Yo no os puedo decir cuándo;
pero a verle volveré
y hasta verle libre y sano
de todo mal, de mi mano,
señor, no le dejaré.
Vase.
Polemio
La fineza os agradezco.
Crisanto
Nadie curarme podrá
como él, porque sabe ya
el achaque que padezco.
Sale Escarpín.
Escarpín
Todo este ameno jardín
patria es ya de la hermosura.
La rosa más bella y pura
y el más cándido jazmín
hoy tiene de qué aprender
un matiz y otro matiz.
Polemio
¿Cómo?
Escarpín
Como el más feliz espacio
se llega a ver
del mundo en el lucimiento
con la belleza que está
en estos jardines, ya
vertiendo risa y contento.
No hay árbol, no hay flor, no hay fuente…
Polemio
¿Qué?
Escarpín
No tenga diferente una
ninfa
Polemio
A Claudio.
(No hay cosa que le convenga
a mi dolor. Claudio, ven;
dejarle a solas es bien,
porque mejor se entretenga
sin el miedo y el respeto
que puedo causarle yo.)
Claudio
A Polemio.
(Quien el consejo te dio,
ayudar debe a su efeto.)
Salgamos todos de aquí.
Polemio
(Dicha esta acción me promete.)
Vanse.
Escarpín
(El primer padre alcahuete
es que yo en mi vida vi.)
Crisanto
Escarpín, ¿pues tú también
me dejas? ¿No hay más hablar?
Escarpín
Pienso que acierto en callar.
Crisanto
¿Cómo?
Escarpín
Aquí entra un cuento bien.
Cautivó un moro a un gangoso;
y él, bien o mal, como pudo,
se fingió en la nave mudo
por no hacer dificultoso
su rescate; de manera
que, cuando el moro le vio
defectuoso, le dio
muy barato. Estando fuera
del bajel, “Moro”, decía,
“no soy mudo, hablar no ignoro”.
A quien, oyéndole el moro,
desta suerte respondía:
“Tú fuiste gran mentecato
en fingir aquí el callar;
porque, si te oyera hablar,
aún te diera más barato”.
Y así, no quiero hablar más
de lo que tú has permitido;
porque, en habiéndome oído,
más barato me darás.
Crisanto
Ya sabes que yo he estimado
siempre tu gusto y humor.
Escarpín
No sé; que siendo, señor,
así, algo me hubieras dado;
que el que estima da.
Crisanto
¿Qué es
lo que se dice de mí
en Roma?
Escarpín
¿Direlo?
Crisanto
Di.
Escarpín
Que estás loco.
Crisanto
Dime, pues,
¿qué es lo que a eso les obliga?
Escarpín
No más de haber dado en ello;
que el más cuerdo, para sello,
basta y sobra que se diga.
Crisanto
No dicen mal, si han sabido
que a una hermosura ofrecí
morir por ella, ¡ay de mí!,
para estar favorecido
de su beldad soberana.
Escarpín
Para gozar su favor,
¿morir ofreces, señor?
Crisanto
Sí.
Escarpín
Luego no ha sido vana
la opinión de tu locura.
Crisanto
Si fuera su favor cierto,
gozarle después de muerto
no fuera sino cordura.
Escarpín
Un soldado de hartos bríos
muriéndose así decía:
“Ítem, es voluntad mía
que los camaradas míos
me lleven en mi ataúd;
a quien quiero se les dé
treinta reales para que
los beban a mi salud”.
Lo mismo es, después de muerto,
querer gozar un favor
que tener salud, señor.
Sale Nísida.
Crisanto
¿Qué mujer es la que advierto
entrar en este jardín?
Escarpín
Como ésas, señor, verás,
si por él paseando vas.
Nísida
La que solicita el fin
de tu tristeza.
Crisanto
(Ya empieza
la persecución que espero.)
Ni verte ni oírte quiero.
Perdóneme tu belleza.
Nísida
Mira que es grosero error
no hablar a quien viene a verte.
Crisanto
Error fuera, de otra suerte,
tratar a quien su valor
tan poco estima que así
confiesa que a verme viene.
Nísida
No todo lo que entretiene
es liviandad.
Crisanto
Error sí.
No han de verte mis enojos.
Nísida
Mira que hay muchos sentidos
y entraré por los oídos,
aunque te cierres los ojos.
Canta. La ventura del olvido
no la merecí jamás,
que siempre he querido más
lo que olvidar he querido.
Crisanto
¡Qué dulce voz! ¡Qué bien suena!
El alma arrebata el canto.
¿Quién de tan süave encanto
se libró? Dulce sirena,
déjame; que a ser despojos
el alma tu voz provoca.
¡Que haya labios en la boca
y párpados en los ojos
para poder resistir
un hombre el hablar y el ver
y no haya cómo hacer
resistencias al oír!
Sale Cintia.
Cintia
Pues si en oír no se halló
resistencia y es tu aprieto,
oye a ese mismo conceto
una glosa que hice yo.
“La ventura del olvido
no la merecí jamás,
que siempre he querido más
lo que olvidar he querido”.
Naturaleza en lo vario
tanto su poder mostró,
siendo todo necesario,
que aun veneno no engendró
sin engendrar su contrario.
Todo en el mundo ha nacido
con su contrario en rigor;
y así por cura ha tenido
la desdicha del amor
“la ventura del olvido”.
Estas raras maravillas
que influyen nuestras estrellas
nadie puede deslucillas,
mas aunque es fácil sabellas
no lo es el conseguillas;
y así sólo que hay infiel
olvido supe y no más,
porque en mi pena crüel
la dicha de dar con él
“no la merecí jamás”.
Pues, ¿qué importa a mi cuidado
saber que hay de olvidar medio
para que viva aliviado,
si nunca sana el remedio
sabido, sino aplicado?
En mi olvido lo verás;
que de su noticia llenos
hoy mis sentidos sabrás,
que nunca he olvidado menos,
“que siempre he querido más”.
Y pues mi dolor es tal
que, siendo el olvido el medio,
le he de despreciar leal,
por no morir del remedio
pudiendo morir del mal,
ufano y desvanecido
mi afecto viva en pensar
que yo misma me he vencido,
pues no he podido olvidar
“lo que olvidar he querido”.
Crisanto
No es música solamente
la de la voz que entonada
se escucha; música es
cuanto hace consonancia.
Tú, con suave dulzura,
el corazón arrebatas;
tú, con números medidos,
suspensa has dejado el alma.
¡Qué sutilmente discurres!
¡Qué apaciblemente cantas!
¡Bien haya tu habilidad!
Tu entendimiento, ¡bien haya!
Mas, ¿qué digo? Mi voz miente,
que sois esfinges entrambas
que me llamáis con halagos
y me esperáis con venganzas.
¡Idos de aquí, que no quiero
escucharos más!
Nísida
Aguarda,
señor.
Cintia
Espera, detente.
Nísida
¿Por qué la fineza agravias
de quien siente tus tristezas?
Cintia
¿Por qué con tal rigor tratas
a quien siente tus pesares?
Escarpín
¡Oh qué poquito dudara
–si me rogaran a mí–
yo, señor, en igualarlas
la sangre!
Crisanto
Yo he de guardarme
de verlas y de escucharlas;
que son fieros cocodrilos
que, fingiendo voz humana,
me llaman para matarme.
Nísida
Pues no importa que te vayas,
que mi voz sabrá traerte.
Cintia
Aunque esos esfuerzos hagas,
mi ingenio hará que me oigas
glosando cuanto ella canta.
Crisanto
(Dios que adoro, pues me ayudo
yo, ¿cómo a ayudarme faltas?)
Nísida
La ventura… Mas, ¿qué es esto?
Torpes las manos y heladas,
al instrumento no aciertan;
y a la voz, aliento falta.
Cintia
Pues ella no canta, escucha
este sutil epigrama:
“Amor, si mi deidad…” ¿Cómo,
la razón equivocada,
la memoria confundida,
la voz en el labio embarga?
Nísida
De fuego y de hielo, soy
una mal compuesta estatua.
Cintia
A mí el pecho se me hiela
y el corazón se me arranca.
Crisanto
¿Qué es lo que a las dos sucede
que han perdido el juicio entrambas?
Escarpín
¿Ser músicas y poetas
para perdelle no basta?
Nísida
¡Cielos!, ¿cómo a media tarde
hoy la luz del sol me falta?
Cintia
¿Cómo, en un instante, cielos,
os cubrís de nubes pardas?
Nísida
La tierra se me estremece
al contacto de mis plantas.
Cintia
Los más perezosos montes
sobre mis hombros se cargan.
Escarpín
Siempre vi parar en esto
los que hacen versos y cantan.
Crisanto
(Maravillas son de un Dios
que adoro con vida y alma.)
Sale Daría.
Daría
Hacia esta parte las siento.
Nísida
Daría, detente, aguarda;
no te llegues, que hay portentos
que con la muerte amenazan.
Escarmienta en mis desdichas…
Cintia
Recélate en mis desgracias…
Nísida
… que sin mí, huyendo de mí,
salgo desta verde estancia.
Cintia
… que de un encanto oprimida,
vuelvo sin vida y sin alma.
Nísida
¡Qué desdicha!
Cintia
¡Qué temor!
Nísida
¡Qué congoja!
Cintia
¡Qué desgracia!
Vanse las dos.
Escarpín
Yo ¿qué he de hacer, cielos,
que volver al dolor la espalda?
Vase.
Daría
Los merecidos castigos
no me admiran, no me espantan;
porque si os trujo a las dos
la ambición y la arrogancia,
a mí el culto de los dioses;
y he de ser ya reservada
de cuantos hechizos tiene
de los cristianos la magia.
¿Eres tú Crisanto?
Crisanto
Sí.
Daría
Ni confusa, ni turbada
te miro, con tener yo
para estarlo mayor causa.
Crisanto
¿Por qué?
Daría
Porque imaginé
que eras tú él que muerto estaba
de amor por mí en una cueva,
que por sepulcro me aguarda.
Crisanto
No he tenido tanta dicha
que te cumpla esa palabra.
Daría
Pues he venido a buscarte,
satisfecha y confiada
en que he de poder vencer
yo solamente tus ansias
aunque contra mí el hechizo
de los cristianos te valga.
Crisanto
En cuanto a que tú podrás
vencer sola mis desgracias,
yo te lo concedo; en cuanto
a que en los cristianos haya
hechizos, yo te lo niego.
Daría
Pues, ¿de qué causa se causan
estos efetos que he visto?
Crisanto
De sus maravillas raras.
Daría
¿Cómo contra mí no obran?
Crisanto
Como contra ti no hablan
mis labios; y porque yo
no me ayudo, no me amparan.
Daría
¿Luego tú, tan de su parte
estás que a ellos los alabas?
Crisanto
Sí, que he visto muchas cosas
hoy en mi favor obradas.
Daría
Pues yo vengo a deshacellas.
Crisanto
Será cruel la batalla:
de una parte tu hermosura,
de otra parte su alabanza.
Daría
Yo te he de dar a entender
que nuestros dioses se agravian
de tus sentimientos.
Crisanto
Yo,
que son sus deidades falsas.
Daría
Pues prevente a la contienda,
que no he de volver la cara
hasta vencer o morir.
Crisanto
No vencerás mi constancia,
aunque mi libertad venzas.
Daría
Pues toque mi voz al arma.
Crisanto
Rendirase el corazón,
primera posta del alma;
pero no el entendimiento,
que es alcaide que la guarda.
Daría
Tú me creerás, si me quieres.
Crisanto
Tú a mí, si no me desamas.
Daría
Podrá ser que sí, porque
no he de darte esa ventaja.
Crisanto
Pluguiera al amor que yo
a tanta dicha llegara.
Daría
Oh, ¡quién pudiera, Crisanto,
desengañar tu ignorancia!
Crisanto
Oh, ¡quién pudiera, Daría,
hacer que fueses cristiana!

Tercera Jornada

Salen Polemio, Aurelio, Claudio y Escarpín.
Polemio
Toda es prodigios mi casa,
toda es asombros notables.
Bien dice quien dice que es
un hijo muchos pesares.
Claudio
Mira, señor…
Aurelio
Considera…
Escarpín
Advierte…
Polemio
Callad, dejadme,
porque todos me afligís
y no me consuela nadie.
Si veis que él en sus locuras
está agora más constante
y de unos males enferma
cuando sana de otros males
–pues una hermosura sola
que quiso amor que le agrade,
esenta al horror de quien
otras asombradas salen,
es la que hoy le aflige más
y tan rendido le trae
que en el instante se muere
que de aquí falta un instante–,
¿cómo queréis, cómo, que
yo de mi consuelo trate?
Claudio
¿Por qué, si a aquesa hermosura
verle inclinado llegaste,
no se la das por esposa?
Polemio
Porque a los dos llegué a hablarles
y uno y otro respondieron
el que era preciso antes
acabar una porfía
que los dos entre sí traen.
Quise saberlo y no pude,
cuyo secreto me hace
presumir que entre los dos
hay algún misterio grande;
y que éste de aquella misma
causa que los otros nace.
Aurelio
Señor, mal hicieran ya
en callar más mis leales
deseos, viendo que pasan
los daños tan adelante.
El día que al monte fuimos…
Polemio
(¡Ay de mí! ¿Si aquéste sabe
que Crisanto el preso fue?)
Aurelio
…yo, llegando por la parte
que el uno estaba de espaldas,
del otro miré el semblante;
y me parece que es…
Polemio
(¡Dioses,
sin duda él le vio, amparadme!)
Aurelio
…el mismo que estaba allí
este médico que hace
en la salud de Crisanto
hoy experiencias tan grandes.
Examina tú si es
Carpoforo y no te espantes
destas cosas, si te fías
de quien es bien que te guardes.
Polemio
Aurelio, el aviso estimo,
aunque me le has dado tarde.
Y de si es cierto o no es cierto,
hoy he de hacer el examen;
que me ha dado el corazón,
que alteradamente late
al pecho, señas de que
son tus sospechas verdades;
y si lo son, verá Roma
castigos tan ejemplares
que tengan mil escarmientos
juntos en sólo un instante.
Vanse los dos.
Claudio
Escarpín.
Escarpín
¿Señor?
Claudio
No sé
cómo en mis penas te hable.
En fin, ¿dices que fue Cintia
una de aquellas beldades
que aquí a Crisanto vinieron
a ver, en quien la notable
fuerza de aquellos hechizos
probó su letargo grave?
Escarpín
Tan ella fue como fue
ella Daría; que iguales
están nuestros sentimientos;
y aún es el mío más grande,
cuanto va de que Crisanto
la aborrezca a que la ame.
Claudio
Yo no he de argüir contigo
–porque fuera disparate–
si quien ama sentir debe
más que el favor el desaire
de lo que ama; porque a mí,
saber que ella fue me baste
–quien del interés movida
o la vanidad a hablarle
vino– para que mi amor
de su amor se desengañe.
Escarpín
Un zurdo dio a un calvo un día,
señor,…
Claudio
Ya querrás contarme
algún cuento.
Escarpín
Aunque no soy
muy amigo de contarles,
¿quién un cabe no tiró,
puesto de paleta el cabe?
Claudio
Pues yo no le quiero oír.
Escarpín
Si acaso es porque lo sabes,
va otro. Un fraile… No, no es bueno
porque en Roma no había frailes.
Un loco...
Claudio
¡Calla!
Escarpín
Será,
quedar sin cuento, desaire.
Entonaba un sacristán…
Claudio
¡Vive el cielo, que te mate!
Escarpín
Óyeme y mátame luego.
Claudio
¿Hay mayores necedades
que querer que escuche burlas
quien siente veras tan grandes?
Vase.
Escarpín
Pues yo no he de reventar.
¿Quién quiere un cuento escucharme?
Ya le diré… Mas no quiero
decirle ya, que aquí salen
Crisanto y Daría y mis celos
no dan lugar a contarle;
porque quien de veras ama,
no es bien que de burlas hable.
Vase.
Salen Crisanto y Daría.
Daría
(Dioses, pues mi pensamiento
fue desvanecer al aire
deste Dios de los cristianos
las prodigiosas señales
que en Crisanto hoy obran, ¿cómo,
teniéndoos yo de mi parte,
no consigo una victoria
a mi hermosura tan fácil?)
Crisanto
(Cielos, pues mi pretensión
fue que Daría llegase
a conocer un Dios que
tantas maravillas hace,
¿cómo, teniéndole yo
en mi intento favorable,
tal fácil victoria no
consigue ingenio tan grande?)
Daría
(Él está aquí; y aunque ya
el verle, ¡ay de mí!, y hablarle
ha despertado en mi pecho
vivo fuego que me abrase,
ha de confesar mis dioses
primero que me declare.)
Crisanto
(Ella viene allí; y aunque
en su hermosura idolatre,
primero ha de ser cristiana
que yo mi esposa la llame.)
Daría
(Pon en mi hermosura, Venus,
imperio que le avasalle.)
Crisanto
(Pon en mi lengua, Señor,
voces que la desengañen.)
Daría
(Temerosa a verle llego.)
Crisanto
(A hablarla llego cobarde.)
No en balde, hermosa Daría,
todo el verdor de este parque,
con alborozo de verte,
rejuvenece. No en balde,
viendo que eres en su esfera
el aurora de la tarde,
acorde selva publica
la armonía de las aves.
No en balde fuentes y arroyos,
entonando sus cristales,
van glosando el contrapunto
de las copas de los sauces,
siendo el leve movimiento
de los templados embates,
la humillación de las flores,
reverencia que te hacen.
Daría
Mal, Crisanto, esas finezas
creeré de ti, que en quien sabe
dorar tan bien las lisonjas
ociosas son las verdades.
Crisanto
¿Tan mal crédito contigo
tiene mi amor?
Daría
No te espantes.
Crisanto
¿Por qué?
Daría
Porque no merece
mejor crédito quien tales
engaños usa.
Crisanto
¿Qué engaños?
Daría
¿No son, Crisanto, bastantes
los de persuadirme a que
tú me quieras, tú me ames,
siendo así que a mis sentidos
respondes siempre cobarde?
¿Cómo es posible que un hombre
tan ilustre por su sangre,
tan bienquisto por su ingenio,
tan amado por sus partes
quiera destruirlo todo
con un error tan notable
y verse, por un engaño,
aborrecido y infame?
Crisanto
Ni partes, sangre, ni ingenio
tuviera si yo negase
un primer criador de todo:
tiempo, cielo, tierra y aire,
fuego, agua, sol, luna, estrellas,
hombres, fieras, peces y aves.
Daría
Pues, ¿Júpiter no hizo el cielo,
donde reside tonante?
Crisanto
No; que si el cielo hiciera,
no había por qué tomarle
para sí en la partición,
cuando a Neptuno los mares
dio y a Plutón los infiernos.
Luego estaban hechos antes.
Daría
¿Ceres no es la tierra?
Crisanto
No,
pues consiente que la labren
y una diosa no sufriera
sobre sí tantos pesares.
Daría
¿Saturno el tiempo no es?
Crisanto
No lo es, pues que deshace
los mismos hijos que cría
y en Dios delitos no caben.
Daría
¿No es Venus el aire?
Crisanto
Menos,
pues dicen de ella que nace
de la espuma y no pudiera
nacer de la espuma el aire.
Daría
¿No es Neptuno el mar?
Crisanto
Tampoco,
que fuera dios inconstante.
Daría
¿No es Marte el fuego?
Crisanto
No, puesto
que es sólo una estrella Marte.
Daría
¿El sol no es Apolo?
Crisanto
No.
Daría
¿Diana la luna?
Crisanto
Es dislate,
porque sólo son los dos,
dos mandados luminares
del móvil que los gobierna.
Y para que no te canses,
¿cómo pudieran ser dioses
dioses que adulterios hacen,
homicidios, hurtos, muertes
y otras mil atrocidades
si el decir dios y delito
implica contrariedades?
Fuera de que otro argumento
quiero que te desengañe.
Doy que Júpiter sea dios
que está en su cielo triunfante;
que Marte también lo sea.
Ves aquí que fulminase
Júpiter un rayo contra
quien Marte no quiera darle,
supuesto que él es el fuego.
De acciones tan desiguales
de los dos, ¿no era preciso
que uno vencido quedase?
Luego no puede haber dos
dioses con dos voluntades;
pues el que no consiguiera
la suya, fuera dios fácil.
Vamos a ver. Fieras y hombres,
cada uno en el linaje
de su especie, ¿no van siempre
a engendrar su semejante?
Sí; pues proceden, si vemos,
hombre de hombre, ave de ave,
fiera de fiera. Pues, ¿quién,
tomando el antes del antes,
lo empezó, si nunca vemos
sin padres nacer a nadie?
Luego es fuerza que haya habido
criador de primeros padres.
Éste es el Dios que yo adoro;
y éste, en fin, es el amante
que murió de amor por ti,
pues dijiste que tan grande
era tu desdén que sólo
sería posible que amases
a quien por tu amor muriese.
¿Has…?
Daría
No pases adelante.
Ten, aguarda, espera, escucha.
No mi entendimiento arrastres,
no confundas mis sentidos,
no mi discurso arrebates;
que a tanto misterio es fuerza
que a mí la fuerza me falte.
No quiero, no, discurrir
contigo, porque ignorante
mujer soy y comprendo
mal tantas dificultades.
En aquesta ley nací,
en ella me he criado. Baste
aquesto para que en ella
muera. Y pues no he de mudarme,
porque nunca convencidas
de ti serán mis verdades,
quédate en paz; que en mi vida
no he de verte, no he de hablarte
y no he de oírte, Crisanto,
porque tienen de su parte
mucho poder las mentiras
cuando parecen verdades.
Vase.
Crisanto
Pues, ¿cómo sin ti podré
vivir yo, si son imanes
tus ojos que tras sí llevan
todas mis felicidades?
Sale Carpoforo.
¡Vuelve Daría!
Carpoforo
¡Detente!No la
sigas sin que antes me
escuches a mí.
Crisanto
¿Qué quieres?
Carpoforo
Reñir tus facilidades,
habiendo visto, Crisanto,
que tan ingrato me sales.
Crisanto
¿Yo ingrato?
Carpoforo
Tú ingrato; pues,
olvidas tantos, tan grandes
auxilios de Dios, no sólo
suficientes, si eficaces.
Crisanto
No, sabio maestro, digas
que los olvido, pues sabes
que para ellos mi memoria
es lámina de diamante.
Carpoforo
¿Cómo quieres que lo crea
si después que en este traje
te busqué y que aquesta industria
me dio lugar de enseñarte
hasta que la teología
doctísimamente sabes;
si después, en fin, de estar
tus atenciones capaces,
te di en secreto el bautismo,
que es indeleble carácter?
Tú ¿tanto bien desconoces
y tantas felicidades,
entregándote a un afecto
de amor torpemente fácil?
¿No te previne, Crisanto,
que habían de contrastarte
del deleite los vaivenes
y del amor los combates
que resistieses? ¿No viste,
la vez que tú te ayudaste,
cuánto favoreció el cielo
tus deseos? ¿No miraste
al árbitro de la voz
y del ingenio al dictamen,
balbuciente el instrumento
y entorpecido el lenguaje,
hasta que, voluntarioso,
te rendiste al agradable
hechizo de una hermosura,
que en ti tanto efecto hace
que prevaricar te hiciera
si más durara el examen?
Crisanto
Docto maestro y padre mío,
escúchame; que aunque tales
son los cargos que me impones,
Al paño Polemio.
razones tengo bastantes
para disculparme a mí,
pues tú mismo me enseñaste
que es sacramento en mi ley
la unión de dos voluntades.
No te ofendas, Carpoforo…
(Pero, ¿qué he dicho? ¡Mi padre!)
Polemio
(Ya no tengo que dudar.
¡Quiera Júpiter que baste
mi valor contra mi enojo,
porque aquí me es importante
disimular!) ¿Qué hay Crisanto?
Crisanto
Siempre están mis humildades
a tus pies. (¡Albricias, alma,
que no me oyó, pues no hace
más estremos!)
Polemio
Mucho estimo
el mirar cuán vigilante
a la salud acudís
de Crisanto.
Carpoforo
El cielo sabe
cuánto aprovechar deseo
en serviros; mas son tales
de Crisanto las pasiones
que pienso que sirvo en balde.
Polemio
¿Cómo?
Carpoforo
Como no obedecelos
remedios que le hacen.
Crisanto
Sí hago, señor; que es engaño
presumir que en nada falte.
Carpoforo
No es, pues no se guarda de
lo que dicen que se guarde.
Polemio
A vos quiero yo creeros,
de cuyas heroicas partes
tan informado estoy ya
que intento, liberal, darles
el premio que ellas merecen.
Carpoforo
El cielo, señor, os guarde.
Polemio
Conmigo venid, que quiero
que elijáis lo que os agrade
de mi cuarto; que no dudo
que haya en él paga bastante
a vuestro cuidado.
Carpoforo
Sólo
para mí es paga el honrarme
desta suerte.
Polemio
(Hoy verá el mundode mi
justicia el más grave espectáculo
que vio
el sol en tantas edades.)
Vanse.
Crisanto
Felizmente ha sucedido,
pues, en tan igual semblante,
no ha dado muestras de que
oyó su nombre mi padre.
¿Qué más desengaños quiero
de haber visto que le trate
tan humano y que le lleve
a donde intente premialle?
¡Oh, así mi amor me jurara
en Daría mis notables
sucesos, con quien no puedo
ser cristiano y ser amante!
Sale Daría.
Daría
(En fin, tirana pasión,
con cuanto quieres te sales;
pues, contra mi voluntad,
a verle otra vez me traes.)
Crisanto
(Pero ella vuelve; repriman
sus pasiones mis pesares).
Pues, ¿no dijiste, Daría,
que no habías de volver
a verme?
Daría
Aquesto es haber hecho,
¡ay, loca altivez mía!,de la
religión porfía.
Por ella, pues, vuelvo yo;
que no por hablarte, no.
Crisanto
Qué quieres saber me di.
Daría
Tú has dicho que un dios por mí
enamorado murió
y véngote a convencer
solamente con decir…
Crisanto
¿Qué?
Daría
…que ser dios y morir,
Crisanto, no puede ser.
Si niegas –por no tener
principio– el dios a quien fío
yo mi alma y mi albedrío
ser dios, claramente arguyo,
pues pudo morir el tuyo,
que pudo nacer el mío.
Crisanto
Bien tu grande sutileza
arguya; pero imagina
que en mi Dios hubo divina
y humana naturaleza,
uniéndose a la bajeza
nuestra su poder con nombre
de hombre; y así, no te asombre
ver estas sustancias dos;
pues no nació en cuanto dios
y sí murió en cuanto hombre.
Daría
Pues, ¿no es más contrariedad
el ser dios en una parte
y en otra hombre que ser Marte
una divina deidad
y otra Júpiter? ¿Verdad
no es más segura, en efeto,
el pensar que esté un conceto
mismo en dos dioses también
que no que unidos estén
hombre y dios en un sujeto?
Crisanto
No; porque un dios, separado
de otro, distinto poder
por fuerza había de ser.
Mas dios que es padre increado
y dios que es hijo engendrado
y dios que espíritu ha sido
de hijo y padre procedido,
siendo un dios sólo, no dudo
que con sólo un poder pudo
hombre y dios haber nacido.
Y hasta que esta verdad creas,
no he de verte, no he de hablarte
porque es mi muerte el mirarte.
Daría
Tente, escucha; y si deseas
eso, para que en mí veas
lo que por ti intento, di
lo que puedo hacer aquí
para creer aqueso yo.
Carpoforo
dentro
¡Alma, busca al que murió
enamorado de ti!
Crisanto
Cuanto puedo responderte
te ha respondido esta voz
que, temerosa y veloz,
es trompeta de mi muerte.
Daría
¡Qué hielo tan grave y fuerte
ha introducido en mi aliento
su temeroso lamento!
Crisanto
Sin mí me ha dejado a mí.
¿Dónde la voz sonó?
Salen Polemio, Escarpín y otros y descubren a Carpoforo en una mesa degollado, cubierta la cara con un tafetán.
Polemio
Aquí.
Hoy darte a entender intento,
Crisanto, cuánto he estimado
la salud que has conseguido
viendo el premio que ha tenido
el hombre que te ha curado.
Lo que me pidió le ha dado
mi gran liberalidad:
la muerte fue. Levantad.
Mira, si ésta es…
Crisanto
(¡Suerte dura!)
Polemio
… de tu enfermedad la cura,
cuál será tu enfermedad.
Carpoforo es…
Daría
(¡Pena fuerte!)
Polemio
… el que con ciencia fingida
no vino, no, a darte vida,
sino a que le dieses muerte.
En su triste fin advierte
mi rigor, Crisanto, esquivo.
El tuyo en él te apercibo;
porque será desacierto,
estando el médico muerto,
quedarse el enfermo vivo.
Crisanto
O es linaje de crueldad
o es especie de locura
que en él se errase la cura
si está en mí la enfermedad.
Polemio
Pues no fue sino piedad,
puesto que el premio le di
que el me pidió; pues allí
solamente pronunció…
Carpoforo
¡Alma, busca al que murió
enamorado de ti.
Crisanto
¡Qué gran prodigio!
Daría
¡Qué espantos!
Escarpín
¡Maldita sea mi estrella!
Polemio
Aun cortada, dura en ella
la fuerza de sus encantos.
Crisanto
Señor, a prodigios tantos
no niegues la admiración;
ni los que milagros son
encantos llames, pues ves
que ciencia de hombres no es
bastante a tal confusión.
El haber aquí venido
a dar vida y hallar la muerte,
que es una lición advierte
que de su maestro ha aprendido.
Él solamente habrá sido
quien vida muriendo dio.
Si éste a su maestro imitó,
mátame; que es importuno
error que él aprenda de uno
y de dos no aprenda yo.
Polemio
Tanto escucharte he sentido
en mi ofensa declarado
que, si muerte no te he dado,
es porque me la has pedido.
Crisanto
Padre, aunque muerte te pido…
Polemio
Ese nombre no me des.
Crisanto
…no hablaba contigo; pues,
aunque tú a mi vida diste
el ser, de padre perdiste
el dulce nombre después
que otro con más alta palma
el ser del alma me dio;
y así, cuanto al ser venció
de la vida el ser del alma,
tanto él vence en esta calma;
porque si tu mano ingrata
vierte el humor que él desata,
más de padre el nombre adquiera
el padre que por mí muera
que el padre que por mí mata;
y así, sobre aqueste frío
tronco sin razón cortado,
que en sangre y nieve bañado
es imán de mi albedrío,
desatará el dolor mío
tantas lágrimas…
Coge la cabeza y quítasela Polemio.
Polemio
De aquíle llevad.
¡Suelta!
Escarpín
(¡Ay de mí,
qué de cosas estoy viendo
que ni alcanzo ni comprendo!)
Polemio
Le da la cabeza.
Toma.
Escarpín
¿Yo tomarla?
Polemio
Sí.
Y ahora todos a Crisanto
llevad a una torre oscura,
que ha de ser su sepultura.
Crisanto
Ni me aflijo, ni me espanto,
pues va conmigo mi llanto,
que es mi mejor compañía.
Adiós, hermosa Daría;
y pues sabes quién murió
de ti enamorado, no
le quebrantes este día
la palabra que le diste
de amarle después de muerto.
Polemio
¡Llevadle de aquí!
Daría
A Polemio.
Si advierto
que su muerte preveniste
porque confesar le viste
al gran Dios de los cristianos,
en mí tus sangrientas manos
prueben su rigor crüel.
Llevadme a morir con él,
pues digo a voces que vanos
son los dioses que seguí
y que sólo creer espero
en Cristo, dios verdadero,
que murió de amor por mí.
Polemio
Llevadla también de aquí.
Prendelda también, pues ya
publica que ciega está.
Daría
Manda encerrarme también,
señor, con Crisanto; a quien
la mano de esposa daba
mi amor, pues sólo faltaba
para casarnos los dos
el tener los dos un dios.
Crisanto
Sólo esta dicha esperaba
para morir satisfecho.
Dame aquesa mano, hermosa
esposa, mi bien.
Polemio
(Rabiosa
cólera me oprime el pecho,
en ira y rabias deshecho.)
A Crisanto.
Ten la mano, no la des;
porque no quiero que estés
de ningún bien satisfecho.
A Daría.
Ni tú, supuesto que hiciste
tan desesperada acción,
has de tener el blasón
de que ese bien conseguiste.
A los soldados.
Divididlos, pues.
Crisanto
¡Ay triste!
Daría
¡Ay infelice de mí!
Polemio
Llevad a los dos de aquí.
Y porque empiece a mostrar
mi justicia singular
su persecución ansí,
diferente a cada uno
hoy darle la pena creo
más contraria a su deseo,
por hacer más importuno
su dolor. Si de ninguno
acompañado deseó
verse Crisanto y halló
alivio en la soledad,
a la cárcel le llevad
pública y en ella no
sea en nada preferido
al más torpe delincuente.
Entre la mísera gente
desnudo esté y abatido;
allí de hierros herido
su cuerpo mil veces vea.
Y para Daría, sea
otro público lugar
la cárcel donde ha de estar,
porque su desdicha crea
que, si fiada en su hermosura,
desvanecida creyó
ser de mi hijo esposa, no
ha de verse en tal ventura.
Ájese su beldad pura,
piérdase su pompa vana,
su tez se marchite ufana,
su luz se desdore altiva
y en casa de Venus viva
quien dejó la de Diana.
Entre las viles mujeres,
como vil mujer esté.
Escarpín
(Allá mi amor lograré.
Lindo sentenciador eres.)
Crisanto
Señor, si vengarte quieres,
mátame. Tuya en rigor
la vida es, más no el honor.
No le ofendas en Daría.
Daría
Si te enoja la fe mía,
véngate en mi fe, señor,
no en mi castidad, porque
ella nunca te ha ofendido
y más que el sol pura ha sido.
Polemio
¡Llevaldos de aquí!
Crisanto
No sé
con qué palabras podré
mover tu pecho.
Daría
¿Quién vioigual
martirio?
Polemio
Si no
queréis ver tan grave exceso,
negad a Cristo.
Crisanto
Sólo eso
no tengo de hacer.
Daría
Ni yo.
Polemio
Pues, retiraldos de aquí
y obedeced lo que mando.
Escarpín
Sí, señor, no andes mudando
parecer. Bien está así.
Crisanto
¡Ay infelice de mí!
Mas, ¿qué temo? Esposa amada,
ten fe y no receles nada.
Pues padecemos por Dios,
Dios volverá por los dos.
Daría
En Él vivo confiada;
que si murió por mi amor
y es mi amante, bien arguyo
que guardará el honor suyo,
pues ya es tan suyo mi honor.
Crisanto
Él sabe que es mi dolor
no verte más. ¡Qué desvelo!
Daría
Pierde, Crisanto, el recelo
y espera que nos veamos
cuando en el cielo seamos
los dos amantes del cielo.
Llévanlos a los dos.
Polemio
¿Habrá alguno cometido
mayor delito que ser
cristiano, ¡ay de mí!, y haber,
enamorado y rendido,
a su dama reducido?
Escarpín
Otro mayor se habrá hallado.
Polemio
¿Cuál?
Escarpín
Un hombre, enamorado
de su madre, muerte dio
a su padre. Éste salió
a la vista y un letrado
empezó a abogar por él,
pero el juez, muy impaciente,
dijo: “Un hombre tan prudente,
¿un delito tan crüel
defiende, que mayor que él
no le puede haber?” “Señor”,
dijo el letrado, “es error;
que si a su madre matara
y a su padre enamorara
fuera el delito mayor”.
Conque estar probado así
que sería peor es llano
que fuera tu hijo cristiano
y te enamorara a ti.
Polemio
Agradéceme que aquí
son tan grandes mis enojos
que no te vuelvo en despojos
por no vengarme en lo menos.
(Pues, estáis de dolor llenos,
gemid labios, llorad ojos.)
Vase.
Escarpín
Muchas cosas, señor, son
las que debo agradecerte:
una, el no darme la muerte;
otra, el darme la ocasión
que pretendió mi afición;
y tan barata que quien
siente destas cosas bien
dice: “Frutas y mujeres,
cuando abaratarlas vieres,
es cuando saben más bien”.
Vase.
Sacan a Daría los soldados.
Aurelio
Aquí es adonde nos manda
dejarla el gran senador.
Vanse.
Daría
Lo mismo es haber dejado
entre las nubes el sol;
pues aunque tinieblas, sombras
y nubes, con presunción
villana manchar intenten
candidez, lustre, esplendor,
atrevérseles podrán,
pero deslucirlos no.
Y aún es consuelo, si ya
no es esfuerzo del valor,
pensar que el oro no tiene
segura su estimación
si no prueba los quilates
la experiencia del crisol.
De estremo a estremo ha pasado
mi altivez. Ayer se vio
puesta en lo más eminente
y en lo más ínfimo hoy.
Mas, ¿qué dudo, qué recelo,
si yo aquí conmigo estoy?
Pero, ¡ay de mí!, que no basto
para mi defensa yo.
Nuevo Dios que adoro, a quien
la vida y el alma doy,
en la confianza vuestra
vivo. Socorredme vos.
Sale Escarpín.
Escarpín
¿Cuál será su aposentillo?
Mas, allí está. Al fin llegó
el tiempo, seora Daría,
en que tanta perfeción
alhaja viniese a ser
del baratillo de amor.
Y pues no tiene que hacer
postura aquí un regidor,
pues que por su justo precio
este humano bodegón
tiene ya su arancel para
cualquier humano favor,
dame, Daría, los brazos.
Daría
¡No desampares, Señor,
esta esclava tuya!
Voz
dentro
¡Guarda el león!
Todos
dentro
¡Guarda el león!
Escarpín
Guárdese el león a sí,
que harto haré en guardarme yo.
Uno
dentro
De las montañas huyendo,
se ha entrado en la población.
Dos
dentro
Un rayo es. Por donde llega,
todo lo abrasa feroz.
Escarpín
Aun bien, que yo estoy seguro,
pues en buena casa estoy;
que hasta agora no se ha oído
decir que rayo cayó
sino en palacios o en torres,
pero en casas llanas no;
y si el león es un rayo,
no dará aquí su furor.
Y así vuelvo a mi requiebro.
Dame los brazos.
Sale el león y acomete a Escarpín.
Daría
¡Qué horror!
En toda mi vida vi
fiera más fiera.
Escarpín
Ni yo
más cariñosa, supuesto
que los abrazos me dio
que te pedí a ti. ¡Dios Baco,
pues tan tu devoto soy,
líbrame deste peligro,
si tiene imperio tu voz
sobre los leones como
sobre los lobos!
Daría
Mi honor
defiendes, pues a ser vienes,
bruto, ministro de dios.
Va a Escarpín.
Escarpín
¡Ay, que me muerde y araña!
¿El olor no te bastó
para no comerme de asco?
Mas, ¡ay!, que adonde ahora estoy
nadie bocado comiera,
si causara asco el olor.
A este propósito, escucha
lo que a un hombre sucedió.
¿Aún no queréis oír un cuento?
Mal gusto tienes, león.
Daría, si a defenderte
viene aqueste valentón,
suplícale que me deje;
que mi palabra te doy
de no atreverme jamás
a tu respeto.
Daría
¡Feroz
monarca de los desiertos,
bruto rey cuya ambición
la misma naturaleza
de melenas coronó,
en nombre de quien te envía
a defender mi opinión,
te mando que a ese hombre dejes!
Escarpín
¡Qué bien mandado, señor!
Barriendo con las guedejas
el suelo, se le humilló
a los pies y con halagos
se los besa.
Daría
¿Qué mayor
argumento de quién eres,
¡oh tarde adorado Dios!,
que ver la soberbia humilde
al preceto de tu voz?
Ya segunda vez en pie,
el rugiente campeón
de los montes me hace señas
que le siga. Tras ti voy,
pues me rescata tu asombro
de esta infame confusión.
¿Qué fineza no hará amante
que supo morir de amor?
Vase tras el león.
Escarpín
Si un león vivo por rufián
sus pendencias la riñó,
¿quién la dará un perro muerto?
Cuanto ha que gallina soy,
lindos miedos he tenido,
pero ninguno mejor.
Con la mano en la cerviz
y mano a mano los dos
por medio de la ciudad
se van. Y a lo que el temor
desde aquí mira –que siempre
fue más que tahúr, mirón–,
al campo se salen ambos
en buena conversación.
Marido y mujer parecen
que van a tomar el sol.
Nadie se atreve a mirarlos.
Pues hago galanes hoy,
discurramos, pensamiento,
agora un rato yo y vos.
¿Qué Dios es, mandaleones,
éste que Daría adoró?
El mismo que Carpoforo.
¿Qué sacas desta razón?
Que a las Darías defiende
y a los Carpoforos no;
y que estoy mucho más cerca
de ser Carpoforo yo
que Daría; y así es bien
estarme como me estoy,
ni cristiano ni gentil,
sino un medio entre los dos.
Vase.
Salen Nísida y Cintia huyendo.
Cintia
¡Huye Nísida!
Nísida
¡Huye Cintia,
porque peligro mayor
nos amenaza que cuando,
sin discurso ni razón,
aquel letargo nos tuvo
llenas de asombro y pavor!
Cintia
Dices bien; pues allí, sólo
el ingenio padeció
a la fuerza de un encanto
una ciega suspensión;
y aquí, padece la vida
toda, al ver con cuanto horror
talando esta selva viene
un coronado león.
Nísida
¿Dónde ampararnos podremos?
Cintia
¡Dïana, danos favor!
Pero al barbudo monarca
del monte, que nos causó
tanto asombro, una mujer
sigue.
Nísida
¡Rara confusión!
Cintia
Daría es la que con él
viene.
Nísida
¿Presa?
Cintia
No sé yo;
que hasta ahora, sin hacer daño,
por la selva atravesó
y ella tras de él.
Nísida
En el monte
se han emboscado los dos.
Sale Escarpín.
Escarpín
Toda Roma portentos hoy ha sido.
Nísida
¿Qué es aquesto? Decid.
Cintia
¿Qué ha sucedido?
Escarpín
Preso Crisanto estaba,
donde el padre tormentos hoy le daba;
puesta estaba Daría…
(no digas dónde, honesta lengua mía)
cuando el que los defiende,
poner los dos en libertad pretende;
y así, a él de tantas penas
sacó, rompiendo grillos y cadenas;
y a ella, ¡ay!, enviando
un león que la venga escudereando.
Entrambos, finalmente,
de por sí cada uno, a este eminente
monte huyendo vinieron.
A Numeriano tales nuevas dieron
y el mismo Numeriano,
ciego de enojo, presumiendo en vano
que Polemio debía
de haber hoy a Crisanto y a Daría
puesto en su libertad, con gente viene
siguiéndolos, a cuyo efeto tiene
de escuadrones cubierto este horizonte.
Voces
dentro
¡Al valle, al llano, a la espesura, al monte!
Escarpín
Ese ruido lo diga.
Y pues curiosidad es quien me obliga
a verlo todo, quiero
seguir la gente.
Cintia
Tan confusa muero,
por ver el fin de tanto
asombro hoy en Daría y en Crisanto,
que también la siguiera,
si dada a una mujer esta acción fuera.
Escarpín
Cuando son tan estraños los sucesos,
la admiración disculpa los excesos.
Nísida
Dices bien. A lo largo los sigamos.
Vamos tras ellos, pues.
Cintia
Nísida, vamos.
Escarpín
Yo, en vuestra compañía,
siempre os he de asistir.
Vanse.
Salen Daría y el león.
Daría
¿Dónde me guía
tu tardo pie, pisando torpe y lento,
más que sobre la tierra, sobre el viento?
A la boca ha llegado
de una profunda cueva. En ella ha entrado,
dejándome aquí sola.
Mi pena por instantes se acrisola;
pues si mejor advierto
las señas deste rústico desierto,
ésta es la misma adonde
el eco, ¡ay Dios!, con música responde.
Della el temor, confusa, me desvía.
Crisanto
dentro
¿Adónde estás, bellísima Daría?
Daría
¿Quién pronuncia mi nombre?
Hoja no se menea que no asombre
a mi afligido pecho.
Mas, ¿qué digo afligido? Satisfecho,
diré mejor, del grande Dios que adoro.
Bautícenme las lágrimas que lloro,
porque mejor le adore la fe mía.
Crisanto
dentro
¿Adónde estás, bellísima Daría?
Daría
Otra vez me han nombrado. ¿Quién me llama?
Sale Crisanto.
Crisanto
Quien más que tu beldad, tu virtud ama;
porque, inspirado y libre, tu luz sigo
por morir o vivir siempre contigo.
Daría
Sólo serme pudiera
alivio, amado esposo, que te viera
tu amada compañía
por fin de los prodigios deste día;
que no es bien que los calle.
Oye, y sabrás…
Voces
dentro
¡Al llano!
Uno
dentro
¡Al monte!
Dos
dentro
¡Al valle!
Crisanto
Siguiéndonos ha venido
un escuadrón.
Daría
Pues, ¿qué haremos?
Crisanto
Tener fe y morir por Cristo.
Daría
Una y mil veces lo ofrezco;
que debo mucho a tu dios
y seré feliz si pierdo
por Él la vida.
Polemio
dentro
En lo oculto
de este monte, cuyo seno
apenas registra el sol,
se han entrado. Penetremos
sus entrañas y en él mueran.
Daría
Una cosa sólo siento
en mi muerte, que es no estar
bautizada.
Crisanto
Ese recelo
pierde, que el martirio es
bautismo de sangre y fuego.
Salen Polemio y Cintia, Nísida, Escarpín y soldados y todos los que pudieren.
Polemio
Aquí, soldados, están.
Y yo he de ser el primero
que los dé muerte, porque
no piensen de mí que tengo
a mi hijo más amor
que a mis dioses. Y así quiero,
cuando llegue Numeriano,
que ya los dos estén muertos.
Coged a los dos y en esa
cueva oscura, cuyo centro
es un abismo, arrojaldos.
Y pues en vida tuvieron
un amor, es bien que en muerte
tengan sepulcro mesmo.
Crisanto
¡Oh, qué alegre a morir voy!
Daría
Y yo, pues me cumple el cielo
el gran anuncio de que
sería feliz, es cierto,
el día que mi sepulcro
fuese aqueste oscuro centro.
Arrójanlos.
Polemio
De piedra, de tierra y troncos,
cubrid la boca. ¿Qué es esto?
Al echarlos en la cueva,
se ha eclipsado todo el cielo.
Nísida
De tristes, oscuras sombras,
hoy se ha entapizado el viento.
Cintia
Caliginosos cometas
vuelan, pájaros de fuego.
Claudio
Mal desasidos, los montes
se deshacen de sí mesmos.
Polemio
Es verdad, que aquel peñasco
sobre nosotros cayendo
se precipita.
Cintia
Y al mesmo instante se
escuchan dentrode la
cueva dulces voces.
Polemio
Hoy toda Roma es portentos,
pues hace una gruta fiestas
cuando hace el sol sentimientos.
Música
Feliz mil veces el día
que, piadoso, el cielo vea
que este oscuro centro sea
el sepulcro de Daría.
Aparece un ángel en una apariencia.
Ángel
Aquesta cueva que hoy tiene
tan grande tesoro dentro,
de nadie será pisada;
y así este peñasco quiero
que la selle, porque sea
losa de su monumento;
y para que sus cenizas,
nunca perdidas del tiempo,
duren volando inmortales
siglos de siglos eternos,
este rústico padrón
estará siempre diciendo
a las futuras edades:
“Aquí yacen los dos cuerpos
de Crisanto y de Daría,
los dos amantes del cielo”.
Claudio
Y aquí, humildes os pedimos,
el perdón de nuestros yerros.
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Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach

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TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. Los dos amantes del cielo. Los dos amantes del cielo. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbt6.0