La Niña De Gómez Arias
Comedia Famosa
Personas que hablan en ella
- DON FÉLIX
- FABIO
- BEATRIZ
- CELIA
- UN ESCUDERO
- DON DIEGO, viejo
- GÓMEZ ARIAS
- GINÉS
- DOROTEA
- JUANA
- DON LUIS, viejo
- DON JUAN
- FLORO
- CAÑERÍ
- LA REINA DOÑA ISABEL
- DOS MOROS
- MÚSICA
Jornada Primera
Salen don Félix, con banda, y Fabio, criado.
Fabio
¿Adónde vas?
Félix
De mi estrella
siguiendo el hado inclemente,
voy a ver a Beatriz bella.
Fabio
Apenas convaleciente
de la herida que por ella
te dieron, ¿vuelves, señor,
a ese amor?
Félix
Tú mismo, Fabio,
has respondido a tu error;
que, si has dicho amor, ¿qué agravio
podrá hallar que no sea amor?
Mira si a la reja está;
que, como merezca vella,
eso sólo bastará
a desquitar cuanto ya
he padecido por ella.
Fabio
No está a la reja, señor,
y antes creo que ahora viene
de fuera a su casa.
Félix
Amor,
si el que es infelice tiene
algún derecho al favor,
yo, pues infelice he sido,
de justicia te le pido.
Aumenta tanto mis daños
que de muchos desengaños
componer pueda un olvido.
Sale doña Beatriz, Celia, criada, y un escudero.
Habiéndome hallado aquí,
ni yo escusarme podré
de iros sirviendo, ¡ay de mí!,
ni vos, señora, de que
la vida que no perdí
de nuevo vuelva a ofreceros.
Beatriz
Mucho me espanto, señor
don Félix, de que poneros
oséis donde mi rigor
pueda escucharos ni veros;
que aquel que ha puesto en engaños
mi opinión en opiniones
y al cabo de tantos años
se vale de sus traiciones
más que de mis desengaños;
que el que, falso y alevoso,
con licencia de celoso
en mi misma casa entró,
donde a un tiempo aventuró
fama, honor, dicha y esposo;
y el que fingió, finalmente,
su muerte en mi calle, al ver
su contrario más valiente,
por librarse o por hacer
que de Granada se ausente,
bien escusado pudiera
tener ponerse jamás
donde su persona viera
ni aun su sombra, cuanto más
donde le hablara ni oyera.
Félix
Siempre pensé que ofendida
había de hallaros y airada,
pero no pensé en mi vida
hallaros mal informada,
por no decir entendida.
Gómez Arias, con quien yo
reñí, aunque es tan animoso,
temor ninguno me dio.
Hiriome por más dichoso,
mas por más valiente no.
Y puesto que mi valor
quién me hirió no ha declarado,
presumo fuera mejor
que el que de mí se ha ausentado
se ha ausentado de temor.
Y aunque en mi vida pensé
buscarle para vengarme,
por no haber, Beatriz, de qué
–que herirme no es agraviarme–,
desde este instante lo haré
para daros a entender
cuánto siento ese desprecio
y cuántos yerros a hacer
obliga al más cuerdo el necio
discurso de una mujer.
Vanse.
Celia
Qué mal, señora, has andado
en haber ocasionado
nuevos empeños.
Beatriz
No estuve
en lo que dije ni hube
la voz apenas formado,
cuando en ella reparé.
Celia
¡Oh, cuántas veces, señora,
un acaso causa fue
de mil desdichas!
Beatriz
No agora
me aflijáis, si confesé
que hice mal. ¿Qué he de decir?
No me deis más que sentir,
pesar juntando a pesar,
que harto tengo que llorar,
que padecer y sufrir;
pues, Gómez Arias ausente
y con razón ofendido,
aunque razón aparente,
mi amor ha puesto en olvido
tanto que aun no me consiente
que sepa de él para que
satisfaciones le dé.
Y amante que en sus pasiones
huye las satisfaciones
no arguye segura fe.
Toma este manto. ¡Ay de mí!
Celia, ¡cuán sin culpa mía,
esposo y gusto perdí!
Sale don Diego, viejo.
Diego
A solas, Beatriz, querría
hablarte. Salíos de aquí.
Vase Celia.
Ya sabes cómo después
que Isabel y que Fernando,
nuestros Católicos Reyes,
que vivan felices años,
ganaron esta ciudad,
los moros que se quedaron
con sus casas y familias,
viviendo en ella debajo
de las capitulaciones
que hicieron –bien como cuando
en la pérdida de España
se quedaron los cristianos
con los árabes, de donde
mozárabes se llamaron–,
las han cumplido tan mal
que, rebeldes a los pactos
piadosos con que los Reyes
los admitieron vasallos,
en toda Sierra Nevada
bandidos y rebelados
tienen al Andalucía
llena de ruinas y estragos,
siendo el Cañerí, un adusto
monstruo, etiope africano,
cabeza de sus motines
y caudillo de sus bandos.
Pues hoy la ciudad, habiendo
tenido aviso que, en dando
abril la primer librea
de verde esmeralda al campo
Isabel vendrá a Granada,
previene para el asalto
de Benamejí, que es
la corte de sus peñascos,
militares prevenciones
y bélicos aparatos.
Capitán de la milicia
de la ciudad me han nombrado;
y así, desde luego es fuerza
disponerme para el cargo.
Sola una dificultad
en el acetarle hallo,
que eres tú, porque tú sola
ocasionas mis cuidados.
Algunos, Beatriz, me cuestas,
que hasta agora no me he dado
por entendido ni es justo
decirlos sin castigarlos.
Yo me he de ausentar, Beatriz,
y tú en mi ausencia está claro
que no quedas bien sin mí,
sin marido y sin estado.
Y así dártele he dispuesto:
Don Juan Íñiguez de Haro,
en Guadix señor ilustre
de un antiguo mayorazgo,
tu esposo ha de ser. Sus deudos
y yo lo habemos tratado.
Y si tu altiva soberbia
intenta oponerse acaso
a mi obediencia, un convento
te habrá de tener en tanto
que te resuelvas. Escoge
o el matrimonio o el claustro.
Vase don Diego.
Beatriz
¿Otra desdicha, Fortuna?
¿Otro ahogo? Pero ¿cuándo
te quedaste en una sola,
si de ti dijo aquel sabio
filósofo que tenerte
por diosa era necio engaño,
porque los dioses no son
cobardes, y lo eres tanto
tú que, en haciendo un pesar
al hombre más desdichado,
de miedo de que le vengue,
le persigues hasta tanto
que a puros agravios muere,
por que no vengue un agravio?
¿Qué he de hacer? ¡Válgame el cielo!
A Gómez Arias los astros,
poderosamente doctos
y blandamente tiranos,
rindieron mi libertad.
Él huye de mí pensando,
y no con poca ocasión,
que pude ofenderle, cuando
más fina en su ausencia estoy.
Ocasiono a su contrario
cuando más confusa vivo,
por instantes esperando
que de mentidas sospechas
le lleguen los desengaños.
Mi padre, ¡ay de mí, infelice!,
darme a mi disgusto estado
dispone. ¿Qué he de hacer? Pero
¿qué me aflijo? ¿Qué me espanto?
¿El tiempo no ha de decirlo?
Pues dejemos a su cargo
mis desdichas, mis recelos,
mis penas, mis sobresaltos,
que él solo decir sabrá
lo que he de hacer. Y hasta tanto
que llegue el último esfuerzo,
cielos, dadme vuestro amparo;
temor, dame tus cautelas;
honor, dame tus recatos;
amor, dame tus industrias;
pesar, dame tus cuidados
y, para tenerlo todo,
ojos, dadme vuestro llanto.
Vase.
Sale Gómez Arias y Ginés, de soldados.
Gómez
¿Habrás en toda tu vida
hecho una cosa bien hecha?
Ginés
Sí, señor.
Gómez
¿Cuál es?
Ginés
Tener,
para sufrirte, paciencia.
Gómez
Pues ¿qué hay que sufrir en mí?
Ginés
¿Preguntas eso de veras?
Gómez
¿Por qué no?
Ginés
Porque no hay
señoril impertinencia
de cuantas tienen los amos
que tú solo no la tengas.
Gómez
¿Yo impertinencia?
Ginés
Infinitas.
Gómez
Dejemos la antigua tema
de que siempre que te llamo,
tarde, mal o nunca vengas,
y vamos a cuáles son,
que ya deseo saberlas,
por si pudiere enmendarlas.
Dime una.
Ginés
¿Dasme licencia?
¿Direlas todas?
Gómez
Sí.
Ginés
Pues
vamos haciendo la cuenta.
Primeramente eres pobre.
Gómez
¿Ser pobre es impertinencia?
Ginés
Pues ¿qué cosa hay más imper-
tinente que la pobreza?
Gómez
¿Fáltate algo en mi servicio?
Ginés
No, señor; mas considera
cuánto aflige pensar hoy
de dónde mañana venga.
Sobre pobre, eres soldado.
Gómez
¿Y es mala profesión esa?
Ginés
Yo no te digo que es mala,
mas dígome que no es buena
en cuanto a mí, que soy hombre
que aborrecí una belleza
que me adoraba de balde
por llamarse Ulana Guerra.
Sobre soldado, tahúr eres.
Gómez
¿No quieres que me entretenga?
Ginés
Sí quiero, pero no quiero
que tan a mi costa sea
que no me des cuando ganes
y que me des cuando pierdas.
Tu barato para mí
es caro, pues cosa es cierta
el andar de vuelta yo
en no andando tú de vuelta.
Sobre tahúr, eres hombre
que de alentado te precias,
tanto que, estando acostado
a medianoche, aunque llueva,
te volverás a vestir
por reñir una pendencia.
U dígalo el caballero
que herido en Granada dejas.
Gómez
¿He de sufrir nada a nadie?
Ginés
Que no has de sufrirlo piensa
todo; mas todo tampoco
lo has de reñir.
Gómez
No es materia
esa para ti.
Ginés
Pues vamos
hacia otra que lo sea.
Sobre ser valiente, eres…
Esto sólo no quisiera
decir.
Gómez
¿Por qué?
Ginés
Porque aun tengo
yo de decirlo vergüenza.
Gómez
¿Cómo?
Ginés
Como es la mayor
infamia, mayor bajeza
y mayor ruindad que pudo
caer en hombre de tus prendas.
Gómez
¿Yo tengo tan gran defeto?
Ginés
Tú.
Gómez
Di, ¿cuál es?
Ginés
Si me aprietas,
mira que lo diré.
Gómez
Dilo.
Ginés
Hombre eres…
Gómez
No te detengas.
Ginés
…tan ruin…
Gómez
¿Qué?
Ginés
…que te enamoras,
que es la última vileza
que hacen los hombres honrados.
Gómez
¡Qué loco!
Ginés
¿Locura es esta?
Gómez
¿Qué mayor, si contradice
la misma naturaleza?
¿Qué fiera la más inculta,
qué ave la más ligera,
qué planta la más silvestre,
no ama? Pues ¿qué mucho tenga
yo afectos que no perdonan
la planta, el ave y la fiera?
Ginés
Que quiera un hombre, señor,
a una mujer, no te niega
mi labio que es natural
filosofía secreta,
que hasta los brutos la saben
sin que los brutos la aprendan.
Que quiera al cabo del año
a dos, como las dos sean
por vanidad una hermosa
y por capricho otra fea,
vaya; mas que quiera cuantas
mujeres mira, que apenas
llegue a un lugar cuando ya
amor en el lugar tenga,
es mucha filosofía.
Gómez
Aunque tú tan necio seas,
quiero probarte, Ginés,
que es voluntad más perfeta
la voluntad que se muda,
que no la que persevera.
Ginés
Tú bien lo podrás probar,
pero mira no lo sepan
los familiares de Amor,
que es forzoso que te prendan
por sospechoso en su fe.
Mas ¿cuál es la razón?
Gómez
Esta.
Para ser perfeto amor,
perfeto ha de ser por fuerza
el objeto que se ame.
Ginés
La mayor concedo.
Gómez
Espera.
No hay tan perfeta mujer
que algún defeto no tenga.
Ginés
Concedo la menor.
Gómez
Luego
preciso es que me concedas
que no hay tan perfeto objeto
que todo un amor merezca.
Luego querer yo el aliño
de una y de otra la belleza,
de otra el ingenio y de otra
la calidad y las prendas,
es tener perfeto amor,
pues quiero en cada una de ellas
la perfeción que hay en todas.
Ginés
Concedo la consecuencia.
Mas contra ese tu argumento
¿posible es que no te acuerdas
de los gustos y pesares
que doña Beatriz nos cuesta,
por quien de Granada estamos
ausentes, viviendo en esta
tu patria, falso testigo
de la salud y belleza
de las damas, pues Guadix
es quien les da a todas ellas
el color que pocas veces
debieron a su vergüenza
para que hoy desembarazo
de amar a otra dama tengas?
Gómez
Confieso que a Beatriz quise,
y aun que la adoro pudiera
confesar también. Mas tanto
pudo la pasada ofensa
de los celos que me dio
con don Félix que no queda
esperanza a mis deseos
con que ya a adorarla vuelva.
Tuve el disgusto que sabes;
herido quedó; hice ausencia;
víneme a Guadix, por ser
mi patria o por estar cerca
para la ocasión que hoy
por puntos, Ginés, se espera
en Sierra Nevada. Aquí,
por divertir mis tristezas,
puse los ojos acaso
en la hermosa Dorotea,
humano hechizo de amor,
que ufana y altiva ostenta
muchos siglos de hermosura,
como dice aquella letra,
en pocos años de edad.
¡Cuánto ignora, cuánto yerra
el que, químico de amor,
vive de hacer experiencias!
Bien pensé que no pensara
el mío en su edad primera
de un cortesano despique;
mas, ¡ay!, que breve centella
ocasiona mucho incendio;
poco aire, mucha tormenta;
poca nube, mucho rayo;
poco motín, mucha guerra.
Dígalo yo, pues vi en breves
cenizas la llama envuelta;
la tormenta disfrazada
en suavísimas violencias;
en pardas nubes el rayo;
el motín, en voces tiernas;
siendo en el principio sombra,
blandura, halago y pavesa,
amor que después fue incendio,
asombro, rayo y tormenta.
Ginés
Por más que tus sentimientos
críticamente encarezcas,
ningún cuidado me dan.
Gómez
¿Por qué, cuando a verme llegas
morir?
Ginés
Porque sé que estás
muy favorecido de ella,
pues la hablas todas las noches
por los hierros de la reja.
Y favorecido, tú
la olvidarás.
Gómez
No haré.
Ginés
Deja
que medio mates a otro
y nos vamos a otra tierra
y verás, en viendo otra,
cómo desta no te acuerdas.
Gómez
Podrá ser. Y ahora, Ginés,
vamos tomando la vuelta.
Pasemos su calle, a ver
si acaso pudiese verla.
Ginés
Su padre agora en las casas
del Ayuntamiento queda.
Gómez
Según eso, no vendrá
tan presto. Y así, aunque ofenda
su recato, entraré a hablarla,
que no da mi amor espera
de aquí a la noche, teniendo
ocasión ahora.
Ginés
¿Qué intentas?
Mas ya te han sentido y sale
a recibirte ella mesma.
Sale Dorotea.
Dorotea
¿Posible es, señor don Gómez,
que mi opinión no os merezca
más atenciones? ¿De día
os entráis de esta manera
en mi casa? ¿No miráis
cuánto en esta acción se arriesga
mi crédito? ¿Tanto había
de aquí a que la noche venga
para hablarme?
Gómez
No os espante,
bellísima Dorotea,
pues vos misma de vos misma
sois pregunta y sois respuesta.
Que, si ha sido haber venido
a veros toda mi culpa,
también toda mi disculpa
venir a veros ha sido.
Y supuesto que ha nacido
de una causa el ofenderos
y el obligaros, severos
no estén vuestros soles claros;
que no merece enojaros
quien os enoja por veros.
De aquí a la noche, encendidos
en mil civiles enojos
se hubieran muerto mis ojos
de envidia de mis oídos,
que, viéndolos preferidos
en oíros, su tristeza
presumió que era fineza
veros, logrando esta acción
de noche la discreción
y de día la belleza.
Y pues estar no se ignora
en una parte ofendida
cuanto en otra agradecida,
no es bien confundir agora
castigo y perdón, señora;
que ingratitud vendrá a ser,
cuando pesar y placer
a elegir dan, elegir
lo que tenéis que sentir
y no lo que agradecer.
Dorotea
Mucho que haya andado siento
tan necia mi voluntad
que lo que fue novedad
pareciese sentimiento.
Estrañar mi pensamiento
el veros aquí no ha sido
sentir que aquí hayáis venido,
sino equivocar turbado
los colores de admirado
con las señas de ofendido.
Si bien lo que entonces fue
novedad, ofensa es ya,
pues la disculpa que da
vuestro amor cuando me ve,
disculpa es contra la fe
de oírme. Y así, he presumido
que ofensa segunda ha sido
en esta amorosa calma
quitar el mérito al alma
para dársele a un sentido.
Sale Juana.
Juana
Señora, mi señor…
Dorotea
Di.
Juana
…viene con un caballero,
al parecer, forastero.
Gómez
¿Qué he de hacer?
Dorotea
Fuerza es que allí
os retiréis.
Ginés
(Siempre vi
suceder desta manera
este paso).
Juana
La escalera
sube ya.
Dorotea
En entrando él,
podréis saliros.
Gómez
¡Cruel
es mi suerte!
Escóndense los dos y sale don Luis.
Juana
Considera
que el hombre agora ha dejado
puesto a la puerta.
Dorotea
Quién sea
no conozco.
Luis
Dorotea.
Dorotea
Señor, ¿qué es esto? Turbado
parece (¡ay, Dios!) que has llegado
a hablarme. ¿Qué traes?
Luis
No sé
cómo he de decirte que
grande cuidado me da
un hombre que en casa está.
Dorotea
¿Hombre en casa?
Luis
Sí. Y porque
salir de cuidado espero,
retírate…
Dorotea
(¡Ansia cruel!).
Luis
…a tu cuarto; que con él
hablar aquí a solas quiero.
Dorotea
Señor, si… (¡Confusa muero!).
Luis
No te turbes ya, que no
será disgusto, aunque yo
ignoro lo que aquí quiera.
Dorotea
(¿Quién vio confusión más fiera?).
Gómez
(¿Quién mayor empeño vio?).
Ginés
(Dejarse un hombre a guardar
la puerta, decir que quiere
hablar con quien estuviere
aquí, da que sospechar).
Gómez
(Nada me ha de embarazar
para salir bien de aquí).
Ginés
(Tampoco, señor, a mí
para salir mal).
Luis
No haré
más que saber de él cuál fue
su intención. Vete de aquí.
Dorotea
Temblando voy.
Luis
Tú también
éntrate allá dentro, Juana.
Juana
Afuera de mejor gana
me saliera.
Dorotea
(¡Cielo, ten
piedad!).
Ginés
(Tomo bien a bien
mil palos).
Éntranse y sale don Félix, de camino.
Luis
Ya entrar podrás.
Félix
Sí haré, pues licencia das.
Ginés
(Al otro llama, por Dios).
Gómez
(¿Dos no somos para dos?).
Ginés
(No, señor, tú eres no más).
Luis
Viendo, Félix, el recato
con que a aquesta ciudad vienes,
a una posada me llamas
y dices que hablarme quieres
en la mía, entré primero
a que testigo no hubiese
que te escuchase ninguno.
Ya estás solo. ¿Qué pretendes?
Félix
No te admires que con tanto
secreto aquí hablarte intente,
pues presto, señor, sabrás
cuánto me importa el tenerle,
a cuyo efecto no quise
hablarte donde había gente.
Gómez
(¿No es don Félix?).
Ginés
(Sí, o no
hay en el mundo don Félix).
Gómez
(¡Oh, cuánto con cada acaso,
cielos, mis desdichas crecen!).
Dorotea
[dentro.]
(Aunque aventure la vida,
he de ver lo que sucede,
pues ver el daño no es tanta
desdicha como temerle).
Luis
No andéis, don Félix, por tantos
rodeos, mas claramente
conmigo hablad.
Félix
Pues, escucha.
Dorotea
[dentro.]
(Juana, oye).
Gómez
(Ginés, atiende).
Félix
Bien os acordáis, señor
don Luis, cuya vida aumenten
los cielos, de la amistad
que vos y mi padre siempre
tuvisteis desde que Flandes
os vio en la edad más ardiente
ser el Euríalo y Niso
de sus militares huestes.
Ya sabéis que esta amistad
es fuerza que yo la herede,
mejorado en ella, como
sus más principales bienes,
pues, antes que la ocasión
diga que a sus intereses
acreedor me trae, es bien
salvar un inconveniente
por que, poniéndome yo
en mis desdichas crueles
primero las objeciones,
acción a ninguno quede
de murmurarlas. Y así,
no os estrañéis de que llegue
a valerme en esa edad
de vos para un accidente
de amor; porque cuando en parte
la reputación padece,
no es yerro en todo fiarla
de igual valor si se advierte
que la ilustre noble sangre
helada en las venas hierve,
bien como suele el Volcán,
y bien como el Etna suele
exhalar llamas, aunque
cubiertos estén de nieve.
Aquesto, pues, disculpado,
digo que vengo a valerme
de vos aunque vengo…
Luis
¿A qué?
Félix
…a dar a un hombre la muerte.
Gómez
(¡Vive Dios, que he de salir
por que me halle presto!).
Ginés
(Tente,
señor. ¿Qué haces?).
Gómez
(¡Qué sé yo!).
Ginés
(Bien se ve. A ocultarte vuelve).
Dorotea
[dentro.]
(Albricias, alma; no fue
lo que temí).
Juana
[dentro.]
(No te ausentes,
escucha todo el suceso,
ya que aquí estás).
Luis
Dignamente
suspenso quedé al oíros;
y aunque quiera resolverme
a responderos, no sé
qué respuesta conveniente
será hasta saber qué causa
a tan grande empeño os mueve.
Contadme todo el suceso;
que si trance de honor fuere,
todavía ciño espada.
Ginés
(Por Dios, que el viejo es valiente).
Félix
Habrá dos años y más
que sirvo con poca suerte
una dama con intento
de casarme, si tuviese
tanta dicha, pero ¿cuándo
buscada la dicha viene?
Neutral mi amor la asistía,
ni ofendido a sus desdenes
ni admitido a sus favores,
cuya calma indiferente
ni me atormentaba triste
ni me consolaba alegre.
Sucedió en este intermedio
que, retirada la gente
de Sierra Nevada a causa
de los tiempos inclementes,
viniese a Granada alguna
para que entre ella viniese
un Gómez Arias que, aunque
dicen todos que es valiente,
no para mí, pues previno
contra una vida dos muertes.
Ginés
(Ya vas entrando en la trova).
Dorotea
[dentro.]
(«Gómez Arias» dijo, advierte).
Félix
Pues dio en festejarla el dicho.
Y como las más mujeres,
bozales indias de amor,
plumas y colores creen
más que el oro de la dicha
que en su misma patria tienen,
haciendo de él desperdicios,
le dio a trueco de una débil
lisonja del aire, donde
tanto en el cambio se pierde
que deja lo que más vale
por lo que mejor parece.
Gómez
(Ya es dicha que Dorotea
sin oír aquesto se fuese).
Ginés
(«Alá saber», dice el moro).
Dorotea
[dentro.]
(No fue en vano el detenerme).
Félix
Y como un celoso, en fin,
alivio en su mal no siente
más eficaz que el quejarse,
pude, señor, atreverme,
sobornando a una criada,
a entrar hasta su retrete
una noche, donde apenas
me sintió, cuando impaciente
dio tantas voces que fue
preciso que me saliese
de allí, a tiempo que su amante
llegaba. Reconocerme
quiso; la espada saqué,
en cuya ocasión, o fuese
tenerme ya la ventura
ganada o querer hacerme
mi vida aquella lisonja
de irse acercando a mi muerte,
de una estocada caí
en el suelo y él, ausente,
no pareció más. Yo, pues,
a pesar de herida y fiebre,
convalecí en pocos días,
tan obstinado y rebelde
en mi amor que volví a hablarla;
pero más ingrata y fuerte,
me hizo cargo que por mí
su honor y su esposo pierde.
Dorotea
[dentro.]
(¡Su esposo, cielos!).
Gómez
(¡Qué buen
desengaño si no fuese
tan tarde!).
Félix
Eso aun no importara,
si entre esto no me dijese
que de cobarde fingí
aquella noche mi muerte
por miedo de su galán.
¡Ah, cielos, y cuántas veces
de las mujeres destruyen
los fáciles pareceres
la más asentada fama,
hablando en lo que no entienden!
Que como ellas, ignorantes,
no saben cuánto contiene
en sí una fácil palabra,
a no decirla no atienden.
Aqueste necio desaire,
que, oído de lo que se quiere,
aún trae otra circunstancia,
este desaire me mueve
a la determinación
de buscarle por que llegue
a noticia de su dama
que supe darle la muerte.
A aquesto a aquesta ciudad
he venido. Y porque tienen
mis sentimientos noticia
de que en ella está, no quiere
mi valor que me ayudéis
a buscarle; solamente
que vos me tengáis oculto
es lo que de vos pretende,
que de noche yo saldré
donde espiado estuviere
de dos criados que traigo
no conocidos, de suerte
que como él de mí no sepa,
no hay en qué la acción se arriesgue,
ni vos aventuráis nada
no llegando nadie a verme
con vos ni aun en vuestra casa;
que ya sé el inconveniente
que hay para que un hombre mozo
en ella, señor, se hospede.
Y así, disponedlo vos,
pues la obligación más fuerte
de un hombre en cualquiera edad
es amparar a quien viene
ofendido. Yo lo estoy
de celos y honor dos veces.
Vos lo sois: considerad
cómo vuestra amistad puede,
dejando de aconsejarme,
dejar de favorecerme.
Gómez
(De albricias del desengaño
no salgo yo a responderle).
Dorotea
[dentro.]
(¡Oh, quién oído no hubiera
sus celos tan claramente!).
Luis
Señor don Félix, aunque
tanto prevenido hubieseis
el error de tratar estas
cosas conmigo, no tienen
merecida la disculpa.
Cuando aquese lance fuese
precisamente de honor,
hallaréis precisamente
amparo en mí; pero siendo
un acaso contingente
de amor, me daréis licencia
para que aquí os aconseje
que desistáis de ese intento,
porque no es bien que os despeñe
tanto la necia ignorancia
de una mujer.
Félix
Si os merece
mi confianza favor,
éste me dad solamente;
que yo no os pido consejo.
Luis
¿Qué importa, si es conveniente
el darle yo, y de mis canas
el mejor favor es éste?
Félix
Yo no estoy capaz de oírle.
Luis
Mirad…
Félix
Es en vano hacerme
discursos, que cuanto vos
aquí decirme pudiereis
sé yo.
Luis
¿Y no hay remedio?
Félix
No.
Luis
Pues siendo de aquesa suerte,
yo tampoco quiero darle.
Idos, pues, que ya anochece.
Solo no os vean conmigo.
Y decid a aquesta gente
que traéis dónde ha de hallaros,
que es aquí, y volved en breve,
que voto a Dios que, aunque ya
vos matarle no quisieseis,
le mate yo; que una cosa
es aconsejar prudente
y otra acompañar restado.
¿Qué esperáis?
Ginés
(¡Ah, viejo verde!).
Félix
Sólo echarme a vuestras plantas.
Luis
Escusado tiempo es ese.
Félix
Sois caballero, en efecto.
Vase.
Luis
Por otra parte conviene
ir yo a buscar algún medio
más cuerdo y más conveniente
con que pueda embarazar
una desdicha tan fuerte.
Vase.
[Salen Dorotea y Juana.]
Dorotea
No sé, señor Gómez Arias,
si en esta ocasión os den
o pésame o parabién
mis voces, de tan contrarias
razones como hoy en vos
militan, porque no sé
si dicha o desdicha fue
este aviso. Y así, en dos
mitades hoy dividida
mi voluntad os dará
pésame de cuanto está
puesta al riesgo vuestra vida,
y parabién de ver cuánto
están de vuestros desvelos
desengañados los celos.
Y así, con la voz y el llanto,
en cuanto a la dama digo
que el alivio de la pena
sea muy enhorabuena;
y en cuanto a vuestro enemigo,
que os guardéis de sus enojos,
dándoos juntos mis agravios
el parabién con los labios
y el pésame con los ojos.
Gómez
Mal, cielo mío y mi bien,
con semblante tan esquivo
de quien adoro recibo
pésame ni parabién.
El pésame, porque no
mi vida está perseguida,
que habiéndoos dado mi vida,
mal podré perderla yo;
ni el parabién, que ya hoy
llega tarde el desengaño
de aquel olvidado engaño.
Con que respondido estoy
que, ardiendo hoy en vuestra llama,
pena ni gusto recibo
ni del riesgo en mi enemigo
ni del crédito en mi dama.
Dorotea
Yo lo creo. Y pues ha dado
el cielo aquesta ocasión
de rescatar mi pasión
de aquel penoso cuidado,
hacedme merced, por Dios,
de iros ya.
Gómez
¿De irme ya?
Dorotea
Sí.
Ginés
Dice bien, vamos de aquí.
Gómez
Quedando enojada vos,
mal en ausentarme hiciera.
Dorotea
¿Qué veis en mí que os persuada
a que yo quede enojada?
Gómez
El hablar de esa manera.
Dorotea
Quejosa pudiera ser
confesaros la razón.
Gómez
Quejas que sin causa son
mal podré satisfacer.
Dorotea
Decís bien. Yo anduve errada
en pensar que la tenía,
cuando engañada vivía
de un ingrato que en Granada
deja otra fe y otro amor,
en cuyo alcance viniese
a darle la muerte ese
celosísimo señor.
Gómez
Antes que os viera, ¿qué culpa
fue adorar otra belleza?
Dorotea
¿Y con toda esa fineza
se da tan baja disculpa?
¡Finísima grosería!
Juana, mira si salir
puede y…
Vase Juana.
Gómez
Yo no me he de ir,
aunque aventure este día
vuestro amor, sin que primero
digan las ansias que lloro
que sois el dueño que adoro.
Dorotea
Adorador caballero,
mirad el riesgo en que estáis.
Ginés
Dice muchas veces bien.
Gómez
Pues no nace ese desdén
de las causas que me dais,
pensaré que otras han sido
fin de vuestra voluntad.
Dorotea
Idos agora y pensad
lo que fuéredes servido.
Gómez
Si con aqueso os obligo,
el gusto de irme os daré.
¡Ah, plegue al cielo que esté
en la calle mi enemigo!
Ginés
¡Ah, plegue al cielo que no!
Sale Juana.
Juana
Señor, el paso detén,
que agora salir no es bien.
Ginés
¿Hay embargo?
Juana
Estando yo
toda la calle mirando,
me asomé por poder vella
a la reja, y llegó a ella
don Juan de Haro preguntando
por tu padre. Que ahora en casa
no estaba, le respondí,
y él me dijo: «Pues aquí
le esperaré, si eso pasa,
porque un negocio con él
tengo». A la puerta se puso
y a esperarle se dispuso.
Y aun ya el lance es más cruel,
que él y mi señor –no puedo
hablar– están ya en la sala.
Gómez
¿Qué pena a mi pena iguala?
Ginés
¿Qué miedo iguala a mi miedo?
Dorotea
Retiraos adonde estabais.
Gómez
Ven, Ginés.
Ginés
Esta, señor,
es la carrera de amor.
Escóndense, y sale don Luis y don Juan.
Luis
¿A qué efecto me esperabais,
don Juan?
Juan
A efecto de hablaros
en un negocio y quisiera,
señor,…
Luis
¿Qué?
Juan
…que a solas fuera.
Luis
Pues aquí puedo escucharos.
Juan
Oídme.
Luis
(¿Otro secreto, cielos,
en mi casa? Después que
a Gómez Arias no hallé,
vengo a hallar muchos recelos).
Juan
Ya sabéis que un mayorazgo
rico y ilustre poseo
en Guadix, herencia antigua
de mis difuntos abuelos,
y ya sabéis que en Granada
tengo parientes y deudos
–si nobles, vuestras noticias
os aseguran de serlo–;
ellos, pues, hoy deseosos
de mi quietud y mi aumento,
un casamiento me tratan
con una dama que el cielo
dotó de todas las partes,
de sangre, hacienda y ingenio.
Doña Beatriz de Mendoza
se llama, con que encarezco
cuánto me estuviera bien
conseguir tan alto empleo.
Luis
Es verdad, ya la conozco,
y de su padre don Diego
de Mendoza soy amigo.
Si a informaros venís, puedo
aseguraros…
Juan
De nada
me aseguréis, que no es eso
a lo que vengo. Escuchadme
y sabréis a lo que vengo.
Gómez
(¿Oyes aquesto, Ginés?).
Ginés
(Y aun lo otro, cuanto y más esto).
Gómez
(¿Tan consolada está ya
Beatriz que de casamientos
trata?).
Ginés
(A mí me ha parecido
que es ya tarde, si a ti presto).
Luis
Decid, pues.
Juan
Yo no quisiera
que toda fuese conciertos
mi dicha, sino que entrase
hoy a la parte con ellos
la elección de mi albedrío,
que en más alta esfera he puesto.
Bien conozco que estas cosas
se hablan mejor por terceros;
pero donde la igualdad
es lo más, todos son menos.
La señora Dorotea,
no merecido sujeto
de mi esperanza, lo ha sido,
señor, de mis rendimientos.
Dorotea
(Cielos, ¡qué escucho!).
Gómez
(¿Quién tuvo
jamás duplicados celos?).
Ginés
(Revés amagó y dio tajo:
por Dios, que es jugador diestro).
Juan
No es atrevimiento hablaros
con aqueste atrevimiento
si, confesando adorarla,
que no lo sabe confieso.
Y así, digo que quisiera
ser de todo el mundo dueño
para ponerle a esas plantas,
de tan grande logro en precio.
En ellas…
Luis
Señor don Juan,
¿qué hacéis? Levantad del suelo,
que es tiranizar la acción
a mis agradecimientos.
Yo soy quien reconocido
a las vuestras estar debo,
en albricias de la dicha
que a mi casa traéis. Y puesto
que por tal le reconozco,
visto está que no la niego.
Gómez
(¿Esto escucho?).
Ginés
(Cierto que es
bien partido caballero,
pues deja de dos la una).
Dorotea
(Muerta estoy, Juana).
Luis
En efecto,
Dorotea será vuestra.
Desde aquí su mano ofrezco,
porque ella no tiene más
acción en sus pensamientos
que mi obediencia.
Juan
No sé
con qué palabras, qué estremos
mi contento os signifique.
Y porque sé que le ofendo
con cualquiera, será justo
que lo remita al silencio.
Callando respondo, y voy
a mis amigos y deudos
a pedirles las albricias
que deben a mis aciertos.
Vase.
Luis
Hoy se me han entrado en casa
juntos pesar y contento.
¡Juana!
Juana
Señor.
Luis
Pon aquí
unas luces al momento.
Juana
Aquí están ya.
Luis
Y si viniere
a buscarme el forastero
que estuvo hoy conmigo, dile
que espere, que ya yo vuelvo.
Después diré a Dorotea
su ventura. ¿Dónde, cielos,
hallaré yo a Gómez Arias?
Vase.
Ginés
Cerrado en este aposento.
Gómez
Pésames y parabienes
mezclados a un mismo tiempo
me disteis bien poco ha,
pero yo fui tan grosero
amante y tan mal partido,
señora, que sólo os vuelvo
los parabienes; que, en fin,
con los pésames me quedo.
Sea muy enhorabuena
el felice casamiento
con el venturoso amante
que os adora y que ya… Pero
¿qué digo? Quedad con Dios.
Dorotea
Mi bien, mi señor, mi dueño…
Gómez
Mirad el riesgo en que estáis.
Dorotea
Eso os dije yo primero.
No habéis de ir enojado.
Gómez
También dije yo lo mesmo.
Y pues vos no hicisteis caso
dello entonces, ¿por qué tengo
de hacerle yo ahora?
Dorotea
Mirad
que estoy quejosa y que os ruego.
Gómez
Pues no me roguéis ni estéis
quejosa.
Ginés
¡Oh, cuánto deseo
de saber cuándo se huelgan
los enamorados tengo!
Dorotea
De que me pida a mi padre
este galán caballero,
¿qué culpa tengo yo?
Gómez
Bien.
Ninguna tenéis, por cierto;
mas si es tan galán, ¿qué mucho
que la otra dama a quien dejo
en Granada yo sea hermosa?
Juana, ve y mira si puedo
salir.
Dorotea
No le mires, Juana.
Escúchame, y vete luego.
Ginés
¿Qué va que antes que nos vamos
vuelve el susodicho viejo,
ordinario de su casa,
pues la anda yendo y viniendo?
Gómez
¿Qué he de escucharte?
Dorotea
Las causas
que para quejarme tengo.
Gómez
Y yo, ¿no las tengo?
Dorotea
No,
pues me engañaste primero
tú a mí, teniendo otra dama.
Gómez
Y tú otro galán teniendo.
Dorotea
Es engaño, que ya él dijo
que no supe sus deseos.
Gómez
Malo era que no dijese
a tu padre sus secretos.
Dorotea
¿Soy yo mujer que pudiera
admitir a dos a un tiempo?
Gómez
¿Qué sé yo? Déjame ir,
porque daré, vive el cielo,
voces que alboroten toda
la casa.
Dorotea
Tales estremos
bien dicen que haber sabido
que fueron falsos los celos
que de Granada trajisteis
allá la pasión ha vuelto.
Y siendo así que yo sólo
he servido de hacer tiempo,
idos presto. ¿Qué esperáis?
Idos, que ya no os detengo.
Gómez
Ya no me quiero yo ir
sin que asegure primero
que no es razón que tú tienes,
sino razón que yo tengo,
la que me aparta de vos.
¿Qué dijo aquel caballero?
¿Dijo más que antes que os viera
tuve amor a otro sujeto?
Dorotea
Malo era que no decía
que después, no lo sabiendo.
Gómez
Aqueso sí; no te des
por vencida, porque habiendo
oído a tu padre y tu amante
la palabra casamiento,
es bien asirte a la queja.
Dorotea
Eso sí; válete de eso.
Y habiendo oído que han sido
sus agravios fingimiento,
aprovecha la disculpa
traída por los cabellos.
Gómez
Yo tengo razón.
Dorotea
Yo y todo.
Gómez
Tú, ¿en qué?
Dorotea
Tú, ¿en qué?
Los Dos
Yo…
Ginés
¿Estáis ciegos?
Gómez
…en tu traición.
Dorotea
…en tu engaño.
Ginés
Mirad…
Gómez
Pues…
Dorotea
Cuando…
Sale don Luis.
Luis
¿Qué es esto?
Ginés
(Cayose la casa a cuestas,
como dicen los fulleros).
Dorotea
¿Qué ha de ser? Que no sé a qué
se ha entrado este caballero
aquí. Y porque le decía
que se fuese, no queriendo,
colérica, yo…
Gómez
La causa
oíd.
Luis
Decid, que ya recelo,
señor Gómez Arias, cuál
puede ser.
Gómez
Estadme atento.
Díjome ahora ese criado…
Ginés
Lo que he dicho…
Gómez
(Calla, necio).
…que en vuestra casa había visto
entrar hoy un forastero.
Vine a buscarle, porque
con él un negocio tengo.
Luis
(Mirad si se descuidaba
estotro en buscarle presto).
Gómez
Y tanto esta mi señora
se turbó que yo, creyendo
que era negarle, di voces,
porque, si acaso está dentro,
sé que oyéndome saldrá.
Luis
Mucho de hallaros me huelgo
antes que vos a él le halléis,
porque de buscaros vengo.
Ginés
(Pues bien cerca de aquí estaba).
Gómez
Pues ¿qué me mandáis?
Luis
Yo intento
componeros con don Félix,
porque…
Sale don Félix.
Félix
Ya los criados dejo
avisados… Mas ¿qué miro?
Gómez
A quien te buscaba, viendo
que aquí estabas.
Félix
Dondequiera
Sacan las espadas.
que yo a mi enemigo encuentro,
la cólera me disculpa
de cualquier atrevimiento.
Luis
En mi casa, ¡vive Dios!,
que el que no tenga respeto
al lado me halle del otro.
Ginés
(Ponte al mío, que le tengo).
Félix
En tu confianza vine
y que has de ampararme es cierto.
Luis
Yo lo hiciera, cuando fuera
por trance de amor el duelo;
no siéndolo, he de estorbarlo.
Los Dos
Mal podrás ahora.
Luis
¿Qué es esto?
Sale Dorotea y Juana.
Dorotea
Juana, apaga aquesas luces,
por si así el daño remedio.
Gómez
¿Dónde estás, Félix?
Félix
Aquí.
Ginés
(¿Tan cerca mudó de puesto?).
Luis
¡Vive Dios, si no se tienen!
Dorotea
¡Cielo! ¿En qué ha de parar esto?
Ginés
Yo lo diré: Muerto soy.
Félix
(Huiré, pues le dejo muerto,
y a los ojos de su dama
airoso y vengado vuelvo).
Vase.
Luis
Traed luces.
Un criado con luces.
Criado
Ya están aquí.
Luis
¿Quién fue el infeliz?
Ginés
Yo pienso
que lo era; ya no lo soy,
pues fue esparcirlos mi intento.
Luis
Bien hiciste. Iré a buscar
a don Félix, pues, creyendo
que había muerto a su enemigo,
falta de aquí.
Gómez
También pienso
seguirle yo por que vea…
Luis
Eso no. Tenedle, os ruego,
todos, y no le dejéis
salir de aquí.
Vase.
Dorotea
Deteneos.
Gómez
No es posible, pues me fuera
por irme de vos huyendo,
cuando no por alcanzar
a mi enemigo.
Dorotea
Yo intento
daros las satisfaciones
que queráis.
Gómez
Sola una quiero.
Dorotea
¿Cuál es?
Gómez
Después la diré.
Dorotea
Pues desde agora la ofrezco,
como esperéis a que vuelva
mi padre.
Gómez
Yo lo prometo.
Dorotea
(Amor, ¿qué no haré por ti?).
Gómez
(¿Qué no haré por ti, deseo?).
Jornada Segunda
Sale Gómez Arias y Dorotea, de camino.
Gómez
En el verde laberinto
de estas peñas y estas ramas,
defendido aun a los rayos
del sol, los caballos ata,
en tanto que en su florida,
verde, lisonjera estancia
el hermoso dueño mío
un breve espacio descansa.
Dorotea
Poco el cansancio le aflige
a quien va huyendo, pues cuantas
leguas atrás deja son
sagrado de su esperanza.
Y así, cuanto más camina,
más descansado se halla,
porque fatigas del cuerpo
le son alivios del alma.
Sale Ginés.
Ginés
Ya los caballos, señor,
atados quedan, con harta
queja de los tres, diciendo
en rocinantes palabras
que por qué, siendo los locos
nosotros, a ellos los atan.
Gómez
Ya vendrás arrepentida
de haber tenido tan rara
resolución.
Dorotea
¿Eso temes?
Mucho mi fineza agravias.
No digo yo haber dejado
por ti mi padre y mi casa;
mas los imperios del mundo,
cuando por ti los dejara,
aun me parecieran poco
trofeo para tus plantas.
Sola una cosa debiera
tenerme desconfiada,
que es el peligro que pueden
correr mi honor y mi fama;
pero, habiéndome tú dado
de esposo mano y palabra,
en cuya seguridad
me trae mi confianza,
¿por qué me he de arrepentir?
Y más cuando tengo tantas
disculpas que me ocasionen.
Una, ver que me trataba
mi padre de dar esposo
a disgusto; otra, la estraña
confusión de aquella noche
que tu enemigo te halla
en mi casa, cuyo riesgo
entonces Ginés restaura,
y temer yo que otra vez
suceda; otra, ver que estabas
ya en Guadix desengañado
de los celos de Granada.
Pues si con sola una ausencia
tantos daños se reparan,
supuesto que yo me libro
de la sujeción tirana
de un esposo a mi disgusto,
tú de la celosa saña
de un competidor celoso
y los dos de la pasada
ocasión de nuestros celos,
¿qué necia desconfianza
podrá hacer que me arrepienta?
Y cuando no militaran
tantas razones, el verme
hoy en tu poder, ¿no basta
para vivir, dueño mío,
felice, alegre y ufana?
No digo yo que a Castilla
me lleves, que es donde tratas
ir, pero a la más remota
provincia donde el sol falta
u donde preside el sol,
y una hiela y otra abrasa,
iré gustosa contigo.
Gómez
Lo que me debes me pagas.
En esta florida alfombra
que tejen colores varias
te sienta, en tanto que el sol
templa su luciente llama,
ya que, por que no nos sigan,
del camino nos aparta
el temor, y en despoblado
estas dos o tres jornadas
hemos de hacer.
Ginés
Harto susto
me cuesta el imaginarlas.
Gómez
¿Por qué, Ginés?
Ginés
Porque temo…
Gómez
¿Qué?
Ginés
…que aquestas sierras altas
a cuyo pie estamos son
las sierras de la Alpujarra,
donde cada día los moros
que desde su cumbre bajan
hacen estragos y muertes.
Gómez
Tu temor finge fantasmas.
Cuando de Guadix salimos
dos días ha y una cabaña
nos albergó, ¿no tomamos
luego la parte contraria
de Sierra Morena?
Ginés
Sí.
Pero luego que dejada
la cabaña, que fue albergue
desta Angélica gallarda,
de noche salimos, ¿quién
nos asegura no haya
nuestra ignorancia perdido
el camino?
Gómez
Quedo habla,
que pienso que Dorotea
duerme.
Ginés
Rendida y postrada
al sueño quedó. ¿Qué mucho
si ha ya tres noches que anda
en trabajo?
Gómez
Dueño mío…
Ginés
¿De qué sirve despertarla?
Déjala dormir.
Gómez
No quiero
despertarla yo.
Ginés
Pues calla.
Gómez
Asegurarme no más
quiero si duerme.
Ginés
¿No basta
oírla roncar como un ángel?
Gómez
Pues de ahí, Ginés, te levanta
con tal silencio que apenas
las plantas sientan las plantas.
Ginés
Bien haces en retirarte
si lo haces por no inquietarla,
y déjala dormir.
Gómez
No hago
sino mal, pues esta instancia
no es por dejarla dormir,
sino sólo por dejarla.
Con cuanto recato puedas
los dos caballos desata
y vamos de aquí.
Ginés
¿Qué dices?
Gómez
¿Qué he de decir? Que esa rara
belleza, que al parecer
es una divina estatua
de Flora –que en estas selvas
el docto pincel del alba
de rosa y jazmín pulió,
compuso de nieve y nácar–
es un áspid para mí,
pues entre sus flores varias
traidoramente mañosa
mortales venenos guarda.
¿Ves toda aquesa hermosura?
Basilisco es que amenaza
con la vista; y sólo agora
que no me ve, no me mata.
¡Oh, nunca hubiera, Ginés,
con facilidades tantas
creído de mis deseos
las mentidas esperanzas!
Cuanto gusto liberal
me ofreció Amor al mirarla,
me le negó al conseguirla,
porque es mercader que trata
en piedras que solamente
la estimación las ensalza
y no valen nada el día
que la estimación les falta.
Ginés
Aunque esto en tu condición
poca novedad me haga,
me hace mucha novedad
la ocasión en que lo tratas.
¿Sola y dormida en un monte
has de dejar una dama?
Gómez
¿Por qué no, si desde el punto
que mía pude llamarla
la aborrecí de manera
que no hay víbora pisada
más ponzoñosa a mis ojos?
Y cuando esto no bastara
a hacerme ingrato con ella,
¿adónde quieres que vaya
cargado de una mujer
que,cuando intente negarla
las palabras que la he dado,
hallarla conmigo haga
la información contra mí?
Pues sin ella cosa es clara
que podré negarlo todo.
Mi profesión es la espada,
mi caudal es mi valor
y la milicia mi patria;
pues yo pobre y ella hermosa,
¿no es ocasionar la infamia
de vivir con su hermosura?
Y aun otra razón me falta
mayor que todas. Beatriz
ya conmigo disculpada
está, es rica, y es su amor
primero acreedor del alma.
Desata, pues, los caballos,
y a verla vamos.
Ginés
¡Mal haya
mujer que a hombre enamorado
de otra cree!
Gómez
¿Ahora me sacas
moralidades? Camina.
¿Qué te detienes?
Ginés
Repara,
señor, en que es tu crueldad
mayor que…
Gómez
¿La voz levantas?
Ginés
No más digo que es acción
indigna de ti que hagas
tal traición a una mujer
a quien de su casa sacas
y que de ti se confía.
Modo habrá para apartarla
menos cruel; no la dejes
sola en aquesta montaña.
Granada tiene conventos,
en uno puedes dejarla;
no la agravies en la vida
ya que en el honor la agravias.
Gómez
¡Vive Dios, que de tu pecho
sea llave aquesta daga
que abriendo once bocas cierre
la que mis secretos guarda!
¡O ven conmigo o aquí
quedarás a puñaladas
muerto!
Ginés
Si a escoger me das,
escojo…
Gómez
Más quedo habla.
Ginés
…irme. Pero vuelve y mira
esa hermosura gallarda.
Gómez
Ya veo que es hermosura,
y por eso es desdichada.
No me hubiera ella creído
que entonces yo la adorara.
Pero ya, ¿para qué es buena,
pues no hay cosa que más valga
que una hermosura ni menos
que una hermosura gozada?
[Vanse.]
Dorotea
Mi bien, mi esposo, no así
de mi amor huyendo vayas.
En lo alto Cañerí y dos moros.
Cañerí
Bajad con silencio, que
de aqueste monte en la falda
caballos y gente he visto
entre esas espesas matas.
Uno
De aquel caballero que hoy
dimos muerte en la montaña
quizá serán los caballos
que dices que has visto.
Cañerí
Baja
con silencio, no nos sienta,
porque ya sabes que anda,
temerosa de los robos,
muertes, iras y venganzas
que hacemos, corriendo el monte
la milicia de Granada,
que en tanto que Isabel viene
asegura la campaña,
sin atreverse a subir
a Benamejí ni a Gavia,
plazas fuertes que sustenta
la cerviz de la Alpujarra.
Uno
Hacia esta parte fue donde
se oyó el ruido.
Cañerí
No te engañas,
que aquí fue donde yo vi
dos caballos. Pero aguarda,
que he visto, si de mis ojos
no es ilusión o fantasma,
una divina deidad
que ostenta altiva y ufana,
para viva, poca acción;
para muerta, mucha alma.
Sobre el florido tapete
que suavemente el aura
mulló de silvestre hierba,
tejió de bruta esmeralda,
yace. En mi vida no vi
belleza más soberana.
A ser gentil y no moro,
dignamente imaginara
que eran aquestas las selvas
de Venus y de Diana.
No sé si me determine
a acercarme; que, turbada
el alma, teme su riesgo
y no con pequeña causa,
porque ¿de cerca qué hará
lo que de lejos abrasa?
Dorotea
¿En qué mi amor te merece
tal rigor?
Cañerí
Entre sí habla.
Atrevereme a llegar,
ya que su voz desengaña
que no es deidad, pues que duerme.
Dorotea
¡Espera, señor, aguarda!
¡No huyas! Mas ¡ay de mí, cielos!
¿Qué oposiciones contrarias
son estas? Entre los brazos
de mi esposo, ¡pena estraña!,
dormí, ¡infelice desdicha!,
y cuando, ¡aliento me falta!,
despierto, ¡tirana suerte!,
me hallo, ¡el corazón se arranca!,
en brazos, ¡de hielo soy!,
de un negro monstro, ¡qué ansia!
Dime, ¿qué has hecho del día,
atezada nieve parda?
Sombra, ¿qué has hecho del sol?
Noche, ¿qué has hecho del alba?
Esposo, señor, mi dueño,
¿dónde estás?
Cañerí
No huyendo vayas,
que no podrás, aunque Amor
te preste, mujer, las alas.
Y si por dicha es un joven
galán el dueño que llamas
y él a este monte te trajo,
en vano que venga aguardas
a socorrerte, porque
entre aquestas peñas altas
mi gente le ha dado muerte.
Dorotea
¡Falte a mis ojos la clara
luz del día, pues nací
para ser tan desdichada!
Mas ¿qué digo? Muerto él
y viva yo es repugnancia
imposible; que no pudo
morir sin mí quien estaba
en mi pecho y no tenía
más ser, más vida y más alma
que mi amor. Si acaso, ¡ay, triste!,
preso le tenéis y tanta
no ha sido vuestra fiereza,
llevadme a mí por esclava
y dadle a él la libertad
para que él a tratar vaya
el rescate de los dos.
Y no temáis que haga falta,
quedándome yo, porque
me adora, me estima y ama
de manera que es lo mismo
partir sin mí que sin alma.
Y si el precio de mi hacienda
hoy para los dos no basta,
quede él libre y yo cautiva.
Pero si es verdad (¡qué rabia!)
que le habéis muerto (¿tal digo
sin morir yo?), no hagáis tanta
sinrazón a mis finezas
que viva me dejéis: haga
esta piedad el rigor
siquiera una vez y haya
un ejemplar en el mundo
de que las piedades matan.
Cañerí
Infeliz mujer, tu esposo,
si era un joven que hoy estaba,
como he dicho, en ese monte,
en él murió y tus desgracias,
aunque enternecen las peñas,
aunque los riscos ablandan
y aunque los peñascos mueven,
no las bárbaras entrañas
de mi rigor, ni presumas,
ya que en mi poder te hallas,
que los diamantes de Oriente
ni los tesoros de Arabia
serán precio a tu rescate.
Mía has de ser, coronada
te has de ver, no solamente
por reina del Alpujarra,
pero del mundo. A la sierra
conmigo ven.
Dorotea
Con tus armas
mismas me daré primero
mil muertes.
Cañerí
En vano tratas
defenderte. ¿Qué esperáis?
Asidla los dos. Llevadla.
Dorotea
¿Esto los cielos consienten?
¿Cómo en ellos piedad falta?
¿Y en esta ocasión no tocan
truenos y rayos?
[Voces]
dentro.
¡Al arma!
Cañerí
¿Qué es esto? Perdidos somos:
una numerosa escuadra
cercándonos viene. Pero
sin pelear a la montaña
nos retiremos, llevando
esta mujer, que ella basta
hoy para presa y no quiero
peleando aventurarla.
Dorotea
¡Cielos, doleos de mí!
Cañerí
En vano a los cielos llamas.
Diego
dentro.
Hacia aquí se oyen las voces.
Adusto bárbaro, aguarda,
que has de dejar en mis manos
la hermosa presa que alcanzas.
Cañerí
Antes dejaré la vida.
La caja.
Uno
Imposible es ya llevarla
con nosotros, pues es fuerza
que volvamos las espaldas.
Cañerí
Pocos somos, y ellos muchos.
Soldados, a la montaña.
Perdí el tesoro mayor
en una hermosa cristiana.
Vanse, y salen don Diego y soldados.
Diego
Venid, señora, conmigo;
que, como noble, palabra
os doy que vuestra fortuna
me ha enternecido. En mi casa
hasta reparar el daño
que os sigue estaréis; mis canas
de vuestra seguridad
son la más digna fianza.
Con una hija que yo tengo
estaréis hasta que haya
remedio en vuestras desdichas.
Dorotea
Perdonad si merced tanta
no rehúso recibir,
porque es preciso acetarla.
Diego
Venid, pues.
Dorotea
Sin vida voy.
(¡Ay, infeliz! Gómez Arias,
la vida mi amor te cuesta:
muriendo sabré pagarla).
Vanse, y salen don Félix y Fabio.
Félix
Hallándome ya vengado
y que don Luis ofendido
estaría, habiendo sido
el lance en su casa, osado
salí de ella y sin parar
en Guadix un breve instante,
tomé un rocín que arrogante
me trajo sin descansar
a Granada, de un aliento
corriendo esas nueve leguas.
Aquí, pues, haciendo treguas
el temor y el ardimiento,
me he estado aquestos tres días
escondido y retirado.
Y viendo que no ha llegado
de aquestas fortunas mías
nueva ninguna a Granada
y que no se cuenta en ella
el raro empeño de aquella
muerte, sin mirar en nada,
el retraimiento dejar
quise; que si no ha sabido
Beatriz lo que ha sucedido,
¿de qué me ha servido andar
tan dichoso? Yo creía
que el vulgo se lo dijera;
pues él lo calla, quisiera
que lo oiga de la voz mía.
Don Diego, su padre, ha ido
por capitán de la tierra
a asegurar de la sierra
el paso. Pues yo atrevido
hoy en su casa entraré,
no estando don Diego en ella,
y vengado de su bella
ingratitud quedaré.
Vamos llegando a su casa.
Vanse los dos. Salen don Juan y Floro, criado.
Juan
Este es el medio mejor
para templar de mi amor
el fuego con que me abrasa;
bien que habiendo Dorotea
tomado resolución
tan estraña, a mi pasión
no hay remedio que lo sea
como tratar de olvidalla.
Floro
En fin, ¿de casa faltó?
Juan
Aunque su padre intentó
su afrenta desimulalla,
ya en el lugar se ha sabido
que un Gómez Arias, soldado,
de su casa la ha sacado.
Y así, poniendo en olvido
aquella loca pasión
que tan ciego me tenía,
acudir pienso este día
a mi aumento y mi opinión,
casando con Beatriz bella.
Floro
Esta de don Diego es
la casa.
Juan
Entra, Floro, pues,
y pregunta si está en ella.
Vanse los dos. Salen Gómez Arias y Ginés.
Ginés
En fin, ¿que te has atrevido
a entrar en Granada?
Gómez
Sí.
Pues ¿qué he hecho yo para que
de Granada ausente esté?
Si una herida a Félix di,
por quien celoso y cruel
allá en Guadix me buscó,
antes me importa que no
presuman que yo huyo de él;
que, si me ausenté aquel día
que le herí, por pensar fue
que se muriera, porque
a la justicia temía.
Ginés
Y lo que te ha sucedido
después, ¿no te da cuidado?
Gómez
No, porque lo bien negado
nunca es, Ginés, bien creído.
Negar pienso que yo fui
el que sacó a Dorotea
de su casa. Y cuando crea
todo el mundo que fue así,
¿cómo me lo ha de probar?
Ginés
Tú tienes buen desenfado.
Gómez
De Beatriz enamorado,
a Beatriz pienso adorar.
Ginés
Y si, aunque tan fino estás,
te desagrada al gozarla,
¿qué has de hacer della?
Gómez
Dejarla
en otro monte. ¿Habrá más?
No sé cómo me he vencido
a no matarle; mas quiero
hablar con Beatriz primero
para saber lo que ha habido.
En su misma casa hoy
de ella sabré lo que pasa.
Salen Beatriz y Celia.
Celia
Un hombre se ha entrado en casa.
Beatriz
¿Quién es quien así…?
Gómez
Yo soy,
señora doña Beatriz,
que habiendo agora sabido,
adonde ausente he vivido
estos días, el feliz
casamiento que tratáis,
venir me pareció bien
a daros el parabién
por que la razón veáis
que de quejarme de vos
tengo; pues, cuando a un galán
hieren mis celos, están
otros de repuesto. Dos
quejas de vos mi amor tiene
y es fuerza que una a otra iguale:
pues uno de noche sale
desta casa y otro viene
a ella de día, ¿qué acción
habrá que en disculpa espere?
Ginés
(¿No pensará quien le oyere
que tiene mucha razón?).
Beatriz
Señor Gómez Arias, yo
no trato de dar disculpa;
que hay cierta especie de culpa
en quien se disculpa, y no
tengo de qué, pues jamás
mi firme amor ofendí.
Don Félix, que fue el que aquí
entró una noche, no hay más
verdad de que fue movido
de mi desdén y sus celos.
Y saben los mismos cielos
que, cuando le hallé escondido,
di voces, con que le obligo
a que de aquí se ausentase
sin que palabra me hablase.
Ginés
(Bien concuerda este testigo).
Beatriz
Si al salir vos le topáis
y con él, señor, reñisteis,
si colérico le heristeis,
si quejoso os ausentáis,
harto vuestra ausencia yo
he llorado y he sentido.
Y si, en fin, darme marido
en este tiempo trató
mi padre, no habiendo dado
yo en ausencia vuestra el sí,
¿qué queja tenéis de mí?
Dueño sois de mi cuidado.
Ni uno ni otro os den pasiones,
vuestra me nombran mis labios.
Gómez
(¡Qué bien, sobre hacer agravios,
suena oír satisfaciones!).
Ginés
(Puesto que esté Beatriz bella
tan fina, hazte de rogar,
que todo, señor, es dar
en otro monte con ella).
Gómez
¿Bien pensaréis que yo agora
quedaré muy satisfecho?
Beatriz
La verdad nunca, sospecho,
teme ser creída.
Celia
Señora,
don Félix, ¡ay, infeliz!,
en casa entra.
Ginés
(La verdad
no teme jamás).
Gómez
Mirad,
señora doña Beatriz,…
Celia
A detenerle saldré.
Vase.
Gómez
…si es justa la queja mía,
pues ¿ya don Félix de día
a veros viene?
Beatriz
Por que
veáis que ocasión no le di,
hacia allí os retirad.
Gómez
¿Yo
de mi enemigo? Eso no.
Beatriz
No es por él, sino por mí.
Gómez
Entre y hálleme aquí agora.
Celia
dentro.
De aquí no habéis de pasar.
Félix
[dentro.]
No pretendo más que hablar,
Celia mía, a tu señora
una palabra.
Celia
[dentro.]
No es
posible agora, señor.
Beatriz
Poco te debe mi honor.
Gómez
Menos a ti mi amor, pues
quien de noche me ofendía
ya de día a verte viene.
Beatriz
Tan pequeña ocasión tiene
de noche como de día.
Félix
[dentro.]
Déjame entrar, pues no está
en casa el señor don Diego.
Beatriz
Que te retires te ruego,
y no por mi riesgo ya,
sino por desengañarte
de que ocasión no le di.
Gómez
No he de esconderme.
Ginés
Yo sí.
Beatriz
Llorando, esto he de rogarte.
Gómez
¡Ah, mujeres! ¿De qué modo
podrá un hombre resistirse
si en efeto han de salirse
vuestras lágrimas con todo?
Escóndese y salen los dos.
Beatriz
Débate yo esta fineza.
Gómez
Harto a mi pesar la haré.
Celia
Advierte…
Félix
Entrar tengo, aunque
más se ofenda su belleza.
Beatriz
¿Qué es eso, Celia?
Celia
Señora,
el señor don Félix es,
que aquí entrar porfía.
Beatriz
Pues
¿qué nueva ocasión agora,
señor don Félix, os mueve
a tan grande atrevimiento?
¿Qué favor a mi tormento
vuestro cansado amor debe
para que en mi casa entréis
desta suerte? ¿O qué ocasión
he dado para esta acción?
Félix
Escuchad y lo sabréis.
Vos me dijisteis un día
que de cobarde fingí
yo mi muerte, porque así
ver ausente pretendía
vuestro amante y mi enemigo.
Beatriz
Si diría, no me acuerdo.
Cólera fue y desacuerdo.
Félix
Yo, pues, aunque no me obligo
a satisfacer jamás
desacuerdos de mujer,
os quiero satisfacer,
quizá por quereros más.
Si bien es fuerza que os pese
de la fineza, supuesto
que yo a buscarle dispuesto
dondequiera que estuviese
quedé…
Beatriz
(Sin duda ha sabido
que aquí está y viene a buscarle).
Félix
…y soy tan feliz que hallarle
pude. Y así, hoy he venido…
Beatriz
(Mi temor ha sido cierto).
Félix
…a deciros solamente
que aunque él era tan valiente,
en Guadix le dejo muerto.
Beatriz
Ha sido una ilustre acción.
Félix
Que lo sepáis he querido.
Beatriz
Cierto, vos habéis cumplido
toda vuestra obligación.
Gómez
(¡Qué gusto y qué vanidad
es ver al competidor
desairado!).
Ginés
(A mí, señor,
se me debe la mitad).
Félix
¿No siente más el severo
rigor vuestro aquesto oír?
Beatriz
Pues ¿tengo yo de sentir
que ande airoso un caballero
como vos? Y pues estoy
satisfecha y vos lo estáis,
os ruego, señor, que os vais.
Ginés
(A retraer).
Félix
Si no os doy
más sentimiento, no habrá
conseguido mi esperanza
cabal toda su venganza.
Ginés
(Agora es cuando la da
un bofetón).
Gómez
(¿Bofetón?).
Ginés
(¿No lo hizo desta manera
al salir de la leonera
Manuel Ponce de León?).
Beatriz
Pues ¿qué venganza de mí
esperabais?
Félix
Esa sola
de sentirlo, y…
Dentro ruido y don Diego.
Diego
[dentro.]
Tened, ¡hola!,
este caballo.
Beatriz
¡Ay de mí!
En buen lance me habéis puesto,
que éste es mi padre.
Félix
Yo haré
que se remedie.
Beatriz
¿Con qué
se ha de remediar?
Félix
Con esto:
escondiéndome aquí, no
me verá.
Ginés
Aquí no hay lugar;
busque otro.
Beatriz
(¡Qué pesar!).
Félix
Pues ¿quién está aquí?
Gómez
Yo.
Ginés
Y yo.
Félix
Pues ¿cómo, cobarde, estás
vivo, a pesar de mi aliento?
Ginés
Muriose de cumplimiento,
por bien parecer no más.
Gómez
Como para darme a mí
muerte no eras tú bastante.
Félix
Yo lo haré verdad delante
de Beatriz misma.
Beatriz
No así
mi vida, opinión y fama
destruyáis, pues lo primero
en quien nació caballero
es el honor de la dama.
Y ya que ha sido ventura
que mi padre, al apearse,
le miro, hablando, pararse
con un hombre, la cordura
vuestra…
Félix
Estoy muy desairado
para estar tan advertido.
Gómez
Y yo muy favorecido
para estar desatinado.
Y pues no se ha de creer
de mí que aquesto es temor,
sino atención al amor
de una principal mujer,
me escondo. Vuestros estremos
miren cuán preciso es
esto agora, que después
en la calle nos veremos.
Escóndense [Gómez Arias y Ginés].
Beatriz
Señor don Félix, por Dios
que por esa puerta os vais
del jardín, que aventuráis
mucho en mi honor.
Félix
Aunque vos,
Beatriz, no me merecéis
esta templanza, yo quiero
tenerla. En la calle espero
que satisfecha quedéis
de cómo mi esfuerzo sabe
desempeñarse de todo.
Vase.
Beatriz
Yo ahora echando deste modo
a aquesta puerta la llave,
le aseguro que atrevido
no salga. ¿Hay más infeliz
mujer que yo? Pues…
Salen don Diego y Dorotea y gente.
Diego
Beatriz.
Beatriz
Señor, seas bien venido.
Diego
Aunque siempre que yo llego
a tus brazos puedes darme
muchos parabienes, nunca
con más razón que esta tarde.
Advierte qué hermosa amiga
te traigo.
Dorotea
En vuestras piedades
llego a conocer humilde
el sagrado a que me trae
a retraer mi fortuna;
y no satisfecha en balde,
pues ya segura estará
quien tiene por guarda un ángel.
Beatriz
De la ocasión desta dicha
no ha menester informarme,
ni quién sois, pues basta ver
tal belleza y tal donaire
para que os sirváis de mí.
Diego
Pues cuando a saber alcances
sus fortunas, aun harás,
Beatriz, finezas más grandes.
Con su esposo atravesaba
de las montañas la margen,
cuando el fiero Cañerí,
adusto bárbaro alarbe,
le salió al paso: la muerte
dio a su esposo.
Dorotea
(¡Ay, duro trance!
¿Cómo es posible que oído
atormentes y no mates?).
Diego
Quedó en su poder cautiva,
y a los estremos que hace,
a los suspiros que arroja
y a las lágrimas que esparce,
llegué yo. Pude en efecto
librarla. Y por que repare
el tropel de sus fortunas,
movido a lástimas tales,
mientras a su patria escribe
quiero que en casa se ampare.
Beatriz
Es piedad, de tu nobleza
digna. No pudieras darme
joya que estimara más
que tan piadoso mostrarte
en sus desdichas. Y vos,
señora, a vuestros pesares
pensad que hallasteis alivio,
ya que remedio no hallasteis,
pues alivia y no remedia
el que siente.
Dorotea
Dios os guarde,
y pensad que libertad
no me ha dado vuestro padre,
pues en más esclavitud
agora me pone.
Diego
Basten
los corteses cumplimientos.
Cansado estoy; Celia, trae
luz a mi cuarto. Y tú puedes
al tuyo, Beatriz, llevarte
contigo a esa dama.
[Vase Celia.]
Beatriz
En él
procuraré la agasajen
mis deseos.
Diego
¡Si supieras
qué gusto en eso me haces!
Sale Celia con luces.
Celia
Un anciano caballero,
y forastero en el traje,
por ti pregunta.
Diego
Saldré
al recibimiento a hablarle.
Vanse don Diego y Celia.
Beatriz
(¡Cielos! ¿Qué he de hacer agora,
de tantas dificultades
cercada? De esta mujer,
de hoy conocida, fiarme
no es cordura; pues llevarla
a mi cuarto es a que alcance
mis secretos, cuando en él
está encerrado mi amante).
Dorotea
(Deshecha fortuna mía,
no te pido en mis pesares
remedio; ya sé que vienen
los tuyos mal, nunca o tarde).
Beatriz
(Dar lugar a que él se vaya
sin verle ella, que esto es fácil,
es dar lugar a que al punto
él y don Félix se maten).
Dorotea
(Una palabra siquiera
desde que se fue su padre
esta dama no me ha hablado.
¡Cuánto el ánimo cobarde
de un menesteroso en todo
está temiendo que canse!
Esforcémonos a hacer
rendimientos). Tus semblantes,
señora, a entender me dan
algún sentimiento grave,
porque el silencio es a veces
el más parlero lenguaje;
y más cuando de los ojos
más que de la voz se vale.
Pesaríame ser yo
la ocasión que os obligase
a esa suspensión.
Beatriz
Pues ¿cuándo
ha menester ayudarse
la desdicha de terceros,
si ella por sí sola sabe
desempeñarse con todos,
no valiéndose de nadie?
Antes que vinierais vos
triste estaba; no os espante
que ahora lo esté.
Dorotea
No me espanto
de que sea en cualquier lance
tristezas cuantas yo encuentre,
desdichas cuantas yo halle;
que, sabiendo la fortuna
que era, señora, esta parte
donde había de venir
yo a parar, vendría delante
cargada de sinrazones
sólo a hacerme el hospedaje.
Sale Celia.
Beatriz
(A aquesto me determino).
Celia, en tanto que yo trate
de que en mi cuarto aderecen
lo que es necesario, baje
aquesta dama contigo
al jardín para que halle
en él algún desahogo.
Dorotea
(¡Aquesto es gana de echarme
de aquí! Obedecer es fuerza).
Segunda merced me haces
en dar licencia, señora,
a que puedan mis pesares
regar con llanto la tierra,
poblar con quejas el aire.
Vase.
Beatriz
¿Oyes, Celia?
Celia
¿Qué me mandas?
Beatriz
Que un momento no te apartes
de ella ni volver la dejes
hasta que yo misma llame.
Celia
Su guarda seré de vista.
Vase.
Beatriz
(Él mismo ha de aconsejarme
lo que he de hacer). Gómez Arias,
no dudo de que ya sabes
el mucho cuidado que hay
en casa.
Gómez
Como cerraste
la puerta, que hablen se oye,
mas no quién ni lo que hablen.
Beatriz
Pues sabrás…
Gómez
Saber no quiero
nada sino que me saques
presto de aquí. No presuma
don Félix que es de cobarde
esta tardanza.
Ginés
No hagas
tal, así el cielo te guarde,
que bien estamos aquí.
Beatriz
Primero que… Mas mi padre
vuelve.
Gómez
Pues por si me ha visto,
no vuelvas a echar la llave.
Beatriz
¿Cómo no? No has de salir
hasta que…
Sale don Diego.
Diego
Beatriz, ¿qué haces?
Beatriz
Aquí estoy, dando, señor,
orden cómo acomodarse
aquesa señora pueda.
Diego
¿Dónde está?
Beatriz
En el jardín.
Diego
Hazme
gusto de bajarte tú
con ella por un instante,
que el hombre que me buscaba
no es hombre que puedo hablarle
en ese recibimiento
y quiero que aquí entre.
Beatriz
(¡Dadme
favor, cielos!). Siempre yo
obedezco cuanto mandes.
(Sin duda aqueste es don Juan,
el que aquí vino esta tarde.
Cuatro riesgos tengo, pues
tengo a mi esposo y mi padre
aquí, a mi amante en mi cuarto
y a mi enemigo en la calle).
Sale don Luis, de camino.
Diego
Entrad, don Luis, que más despacio quiero,
ya de vuestras desdichas informado,
saber qué me mandáis, pues considero
cuánto estoy a sentirlas obligado.
Luis
Por noble, por amigo y caballero,
vengo en vuestros favores confiado.
Diego
Proseguid, y hablad quedo.
Luis
¿En qué quedasteis?
Diego
En que menos, don Luis, vuestra hija hallasteis,
a cuyo grave empeño más atento,
en parte quise más oculta oíros.
Luis
Y fue bien para que cobrase aliento
el gastado raudal de mis suspiros
al pronunciar la fuerza del tormento
que aun a vos con vergüenza he de deciros,
porque ni es noble, honrado, cuerdo o sabio,
el que sabe el idioma de su agravio.
Faltó, pues, de mi casa, ¡dolor fuerte!,
Dorotea. ¡Ay, desdicha rigurosa!
Yo entonces, afligido, ¡bien se advierte!,
dispuse, ¡prevención dificultosa!,
decir que en un convento, ¡dura suerte!,
la tenía, creyendo, ¡acción penosa!,
que engañaba, ¡ay de mí!, a quien lo contaba,
siendo así que a mí solo me engañaba.
Cuerdo, prudente, atento me imagino;
ciego, loco, colérico me veo;
sagaz, callado y mudo lo examino;
furioso, osado y incapaz lo creo.
Una criada sola abrió camino
al continuo anhelar de mi deseo,
diciéndome quién era el homicida
de mi honor, ¡fuéralo antes de mi vida!
Gómez Arias me dice que se llama,
por que mayor mi sentimiento sea,
sabiendo que es de quien contó la fama
que en vicios sólo su vivir emplea,
nuevo dolor que nuevamente infama
la atrevida elección de Dorotea,
mostrando así que no hay desdicha alguna
donde no haga otra suerte la fortuna.
Sabiendo, pues, que este hombre es un soldado
y que en Granada está su compañía
y que hoy a vos el cargo se os ha dado
de ser de todas cabo, la ansia mía
de vos viene a valerse, confiado
de que, si de él sabéis, tener podría,
si no remedio mi dolor, consuelo;
pues en sabiendo de él…
Beatriz
dentro.
¡Válgame el cielo!
Diego
No prosigáis, que esta voz
es de Beatriz. ¿Qué es aquesto?
¡Celia, Laura! A verlo iré.
Perdonadme.
Vase don Diego y sale Dorotea.
Dorotea
Acude presto,
señor, porque en el jardín
ha caído… Mas ¡qué veo!
¡Ay de mí, infeliz!
Luis
¿Qué miro?
Trajo mi venganza el cielo
a mis manos. ¡Hija aleve!
Dorotea
Señor.
Luis
Hoy aqueste acero…
Dorotea
¿Dónde huir podré? La luz
se apagó.
Luis
Y ha sido acierto,
porque mi rigor disculpe
estar tantas veces ciego.
Dorotea
¡Que me da muerte mi padre!
Gómez
dentro.
Rompe aquesa puerta presto.
¿No oyes decir que la da
muerte su padre?
Ginés
No puedo.
Luis
¿Dónde estás?
Dorotea
(¡Oh, quién pudiera
decir que en el mismo centro!).
Gómez
Él sabe que estoy aquí
y a matarla se ha resuelto.
Luis
Golpes dan en una puerta.
Iré sus pasos siguiendo.
Gómez
Aunque fueras de diamante,
diera contigo en el suelo.
Abre la puerta, salen los dos.
Ginés
¿Que con no ser inocentes
siempre por limbos andemos?
Dorotea
¡Padre, señor!
Gómez
Esta es
Beatriz, pues dice su acento
señor y padre.
Dorotea
No así
castigues un desacierto
de amor.
Luis
¿Dónde se ha escondido
esta vil, que no la encuentro?
Gómez
No temas, señora; yo
soy quien a mi cargo tengo
tu defensa. Ven conmigo.
Dorotea
(Este es, sin duda, don Diego,
Topa con Gómez.
pues que dice que a su cargo
mi vida está).
Gómez
Sigue presto
mis pasos.
Dorotea
Contigo voy.
Gómez
(Ya de una desdicha, cielos,
saqué una dicha, pues ya
a Beatriz conmigo llevo).
Vanse, y topa don Luis con Ginés.
Luis
¡Hija aleve!
Ginés
(¿Yo hija aleve?).
Luis
Hoy morirás a este acero.
Ginés
(¿A cuál? Que yo no veo nada).
Luis
¿Qué voz oigo?
Sale don Diego con luz y Beatriz.
Diego
¿Qué es aquesto?
Luis
Hombre, ¿quién eres?
Ginés
No sé
quién soy.
Diego
¿Qué hacéis aquí dentro?
Ginés
Hago una Santa Susana
metidita entre dos viejos.
(Y entrambos los santos padres
de los dos demonios nuestros).
Luis
¿Dónde se fue una mujer
que aquí estaba?
Diego
¿Qué es tu intento?
Ginés
(Negar a todo me importa).
No sé nada. Ruido oyendo
en la calle, me entré aquí
majaderamente necio.
Luis
Don Diego, a mi hija he topado
en vuestra casa.
Diego
Yo pienso
que es una que yo en la sierra
encontré, su esposo muerto.
Luis
Sigámosla, pues ha huido.
Pero, aunque la preste el viento
sus alas, la alcanzaré.
Vase.
Diego
¡Oh, nunca hubiera suceso
tan infelice a Beatriz
sucedido! Pues por esto
falté yo de aquí.
Beatriz
Señor,
no te aflija el sentimiento;
que el susto, no la caída,
fue por entonces el riesgo.
Diego
Pues recógete a tu cuarto,
en tanto, Beatriz, que vuelvo.
Vase.
Beatriz
¿Qué es esto, Ginés?
Ginés
Pues yo
ni el diablo sabe qué es esto.
¿No te mataba tu padre?
Beatriz
¿A mí? ¿Por qué, no sabiendo
que estaba aquí tu señor?
Las voces que he dado fueron
causadas de una caída.
Ginés
¿Luego no eres, según eso,
una dama que él se lleva?
Beatriz
¡Calla, que esa voz me ha muerto!
Ginés
¡A mí aquese mojicón!
Beatriz
¿Dama se lleva?
Ginés
Y sospecho
que, aunque es llevada, es traída,
si es la hija deste viejo.
Beatriz
De celos estoy rabiando.
Ginés
Pues no rabies mucho de ellos,
que en el primer montecico
dará venganza a tus celos.
Jornada Tercera
Sale Gómez Arias, y Dorotea y Ginés.
Gómez
Aborrecida mujer
cuya fiera vista asombra,
¿eres acaso mi sombra,
que tras mí te he de tener?
¿Cómo estás en mi poder?
¿De qué suerte, que lo ignoro,
tus transformaciones lloro
y tus engaños padezco,
pues miro lo que aborrezco
donde traigo lo que adoro?
Dorotea
Si yo he sido la que a ti
ya por muerto te lloré
y al verme te espantas, ¿qué
me dejas que hacer a mí?
Siempre el vivo al muerto vi
temer; siendo aquesto cierto,
¿cómo al contrario lo advierto,
pues en trance tan esquivo
se asombra el muerto del vivo
y agasaja el vivo al muerto?
Cuando de un sueño, que en mí
imagen dos veces fue
de la muerte, desperté
en poder de Cañerí;
cuando restaurada fui
de una generosa espada;
cuando en su casa albergada
con Beatriz bella vivía,
tu muerte sólo sentía,
de tu sombra enamorada.
Pues ¿por qué agora afligida
intentas que de una suerte
quien ha llorado tu muerte
tenga que llorar tu vida?
No quejosa, no ofendida
quiero mostrarme, señor,
de aquel pasado rigor;
no de que me hayáis traído
por otra, y no de haber sido
desengaño de tu amor
se valen mis desconsuelos;
que a tu vida agradecida,
en albricias de tu vida
perdono todos mis celos.
Mas ¿por qué en tantos desvelos
nuevas penas solicitas?
¿Por qué el contento me quitas
de haberte llegado a ver?
Gómez
Lo más que yo he menester
ahora son dos lagrimitas.
Ginés
¡Oh, nunca hubiera salido
de aquella casa jamás,
nunca por servirte más
te hubiera hasta aquí seguido,
para no ver afligido
un corazón que te adora!
Mira que es mujer y llora,
que es ser dos veces mujer.
Gómez
Lo más que yo he menester
¿documenticos agora?
(¿Qué consuelo habrá que sea
hoy para mi amor feliz,
viendo perdida a Beatriz
y cobrada a Dorotea?).
Dorotea
Ya que ofendida se vea
tanto mi fe, tu valor
no ofendas. Deja, señor,
de decirme agravios, pues
una cosa es ser cortés
y otra no tener amor.
Paga siquiera con estas
atenciones, aunque leves,
los suspiros que me debes,
las lágrimas que me cuestas.
Gómez
¡Qué finezas tan molestas!
Dorotea
Fuerza es que lo hayan de ser,
que al fin son mías.
Gómez
Mujer,
¿qué me lloras? ¿Qué me quieres?
No te conozco. ¿Quién eres?
¿Qué te debo?
Dorotea
Honor y ser.
Gómez
¿Quieres saber cómo yo
a nada estoy obligado?
Haber tu casa dejado,
o fue por amor o no.
Si tu amor no te obligó,
¿en qué obligación pusiste
tú a mi amor? Y si lo hiciste
porque amor te obligó a ello,
¿he de agradecer yo aquello
que tú por tu amor hiciste?
Luego que tú, enamorada,
tu casa dejes o no,
de cualquiera suerte, yo
no vengo a deberte nada;
que es doctrina muy errada
el pensar que a una mujer
nada se ha de agradecer,
si es gusto o es conveniencia,
en cualquier correspondencia
el querer o el no querer.
Y así, ser tú a quien traía
y no a Beatriz, de manera
mi cólera irrita fiera
que volviera a dar el día
por la obscura noche fría.
Y si aquesto no ha bastado
a haberte desengañado,
pues dormida te dejé
una vez, ahora lo haré
despierta.
Dorotea
¿Qué monstro airado,
que bárbaramente aleve
no hay precepto que le dome,
que helado cadáver come,
que caliente coral bebe,
a una queja no se mueve?
Gómez
Yo, a quien ha hecho el rigor
nuevo caribe de amor.
Vamos, Ginés.
Dorotea
Considera
que en una desierta esfera
me dejas donde mi honor
segunda vez aventuras.
Mira que a vista, ¡ay de mí!,
estás de Benamejí;
mira que estas peñas duras
teatros de desventuras
son.
Gómez
¡Qué mujer tan cansada!
Dorotea
¿No dirás enamorada?
Gómez
¡Suelta! Vamos, Ginés.
Dorotea
¿Que así me dejes?
Gómez
Sí.
Dorotea
Pues
a tus plantas arrojada,
de ti no me has de apartar
u otro medio has de elegir.
Gómez
¿Cuál es?
Dorotea
Sin mí no te has de ir
o la muerte me has de dar.
Gómez
Ni uno ni otro he de otorgar,
pues ya de otra suerte aquí
sé cómo me he de ir sin ti
y sin que te dé la muerte.
Dorotea
¿De qué suerte?
Gómez
Desta suerte.
¡Guardas de Benamejí!
Sale al muro Cañerí.
Cañerí
Desde aquellas altas peñas
que yacen de sí pendiendo,
a esta ciudad viene haciendo
de paz un cristiano señas.
Gómez
No son las tuyas pequeñas
para no dudar de ti,
que tú eres el Cañerí.
Cañerí
Yo soy. ¿Qué queréis?
Gómez
No más
de saber…
Cañerí
¿Qué?
Gómez
…si querrás
comprar una esclava.
Cañerí
Sí.
Dorotea
(¿Dónde tus intentos van?).
Gómez
(A venderte, aborrecida).
Ginés
(¿Qué mujer no está vendida
en poder de su galán?).
Dorotea
(Advierte…)
Gómez
(En vano serán
las lástimas ya).
Cañerí
¿Qué es de ella?
Gómez
Aquesta mujer es bella.
Cañerí
Pues ¿cómo dudas si quiero
comprarla, que un mundo entero
daré, cristiano, por ella?
Pídeme por su hermosura
cuanto avariento tesoro
trajo a retraer el moro
a esta bárbara espesura.
No engendra del sol la pura
luz por cuantos rumbos huella,
ni el mar guarda, el monte sella,
ni la ambición descubrió
tanto oro como yo
daré, cristiano, por ella.
Cuanta plata se recata
en los centros de la tierra
daré, haciendo aquesta sierra
Sierra Nevada de plata;
cuanto cristal se desata
y en sí mismo se atropella
por esa campaña bella,
por más que huya despeñado
en blancas perlas cuajado,
daré, cristiano, por ella.
Toda esa hierba florida
que en la cumbre y en la falda
ha sido bruta esmeralda,
será esmeralda pulida;
la rosa menos crecida
rubí será; la más bella,
diamante; el diamante, estrella;
y en fin, cuanto gran tesoro
tengo en piedras, plata y oro,
daré, cristiano, por ella.
Aguarda, que a tratar voy,
no el precio, sino la entrega.
Hacia la puerta te llega
del rastrillo. ¡Cielos! Hoy
del mismo sol dueño soy.
Vase.
Gómez
Baja, pues; baja por ella,
si en tu poder quieres vella,
que si tienes tú, al miralla,
tanta gana de compralla,
más tengo yo de vendella.
Dorotea
Monstruo ingrato, bruto fiero,
pasmo horrible, asombro vil,
fiera inculta, áspid traidor,
cruel tigre, ladrón neblí,
león herido, lobo hambriento,
horror mortal, y hombre, en fin,
por decirte de una vez
cuanto te puedo decir,
¿qué intentas, qué solicitas,
qué determinas, que así
en tu ofensa todo el cielo
conjuras, sin advertir
que a tanto delito ya
todo su imperial zafir,
piadosamente irritado,
forjando está contra ti
los rayos de ciento en ciento,
las iras de mil en mil?
¿Venderme tratas, tirano?
¿Venderme, sin prevenir
que, aunque el amor me hizo esclava,
libre soy, libre nací?
¿A un monstruo entregarme quieres?
¿De qué bárbaro gentil
se cuenta acción tan infame,
se dice hazaña tan vil?
¿Tu misma dama –no quiero
tu misma esposa decir,
ser dama basta, aunque sea
dama aborrecida–, di,
entregas a ajenos brazos?
Véngueme el cielo de ti.
El sol te niegue sus luces;
su aliento, el aire sutil;
el agua, su azul esfera;
la tierra, su verde abril.
Bañado en tu misma sangre,
un verdugo dividir
veas, por traidor, tu cuello…
Pero ¿qué digo? ¡Ay de mí!
Mi señor, mi bien, mi esposo,
tu esclava soy, es así;
mas no fugitiva esclava,
pues ¿por qué he de presumir
que fiel, y no fugitiva,
te has de deshacer de mí?
Si yo te di algún enojo,
si algún enfado te di,
maltrátame, y no me vendas;
muera yo, y vive feliz.
Favorable el sol te alumbre
desde su hermoso cenit,
suave el aire te regale,
la agua su claro viril
te sirva de espejo, y sea
toda la tierra un jardín.
Cañerí, este monstruo fiero,
cuando en el verde país
de esa montaña me vio
aquella tarde dormir,
se mostró, al verme despierta,
enamorado de mí;
porque soy, en ser querida
y aborrecida, infeliz.
¡Oh, quién pudiera a los astros
la residencia pedir!
¿Por qué al que aborrezco yo
me ha de amar? ¿Y por qué a mí
me ha de aborrecer aquel
a quien el alma le di?
Pero ¡qué locura!, que esta
no es materia para aquí.
Sólo lo digo por que,
si no basto a prevenir
yo tus piedades, los celos
me ayuden. Dellos oí
que aun de lo que se aborrece
se saben hacer sentir.
¡Cuál debo yo de estar, cuando
me valgo de gente ruin!
Cuando no de enamorado
los tengas, de honrado sí,
siquiera porque tal vez
pude de tu labio oír
que habías de ser mi esposo.
No pierdas, pues, desde aquí
tanto el miedo a tus agravios,
que en la mitad del decir
te alcancen, pues en los dos
la duda se vio partir:
tú, porque me lo dijiste;
yo, porque te lo creí.
Señor Gómez Arias,
duélete de mí,
no me dejes presa
en Benamejí.
Si el temor de la palabra
que me has dado te hace huir
por no cumplirla, señor,
yo te doy palabra a ti
–con seguridad de que
la sabré mejor cumplir,
cuanto va de alma que sabe
hablar verdad o mentir–
de no pedírtela, de irme
a un convento desde aquí,
donde, o fáltenme los cielos,
ofrezco de no pedir
a ellos mismos otra cosa
que venturas para ti,
cuanto el dolor de tu ausencia
me dilatare el vivir.
Si desto no me aseguras
por temor que, en viéndome ir
a Granada, la has de dar
celos conmigo a Beatriz,
llévame a su misma casa,
de donde anoche salí
por engaño, y yo diré
que, siéndolo, vuelvo allí
a darla satisfaciones;
que aquello fue por huir
de mi padre; y por librarla
a ella, me libraste a mí;
que no hay nada entre los dos;
y si destinada, en fin,
a ser esclava me tienes,
yo me quedaré a servir
en su casa. A mí me mande
quien te ha enamorado a ti,
que este es el último medio
a que se puede rendir
el desengañado amor
de una altivez mujeril.
Y cuando no te enternezca
este llorar y gemir
por quien agora soy, vuelve
los ojos a lo que fui.
Duélate ver que de noble
y ilustre padre nací;
que me viste de él amada;
que me miraste asistir
del vulgo y nobleza, siendo
el ídolo de Guadix;
que al principio te escuché
y que después te creí;
que perdí patria y honor
y que un anciano infeliz,
cuando a su noticia llegue
tan triste nueva de mí,
si con matar no se venga,
se vengará con morir.
Y en efecto… Pero ya
la voz falta y el latir
del corazón titubea
intercadente entre sí
al ver que ya de la ruda
Babilonia, a quien pensil
sirve ese murado alcázar
sobre la parda cerviz,
a hacer las entregas viene
descendiendo el Cañerí,
si ya no es escura nube
que, mirando el mar aquí
de mis lágrimas, a él
se abate por compelir
diluvios que después sean
del mundo inundada lid.
Ea, señor, dueño mío,
mi cielo y mi bien, en ti
vuelve por ti mismo. Y sea
el mirarte arrepentir
mérito ya y no delito,
porque de no hacerlo así,
cielo, sol, luna y estrellas,
sin alumbrar ni lucir;
hombres, aves, fieras, peces,
sin obrar ni discurrir;
montes, penas, troncos, fieras,
sin albergar ni servir;
agua, tierra, fuego y viento,
sin animar ni asistir,
atentos a acción tan fea,
se volverán contra ti
viendo que de tantas veces
no te enternece el oír:
señor Gómez Arias,
duélete de mí,
no me dejes presa
en Benamejí.
Sale Cañerí y moros.
Cañerí
Mi gusto no ha de ponerse,
cristiano, en precio; y así,
por no hablarte en él, te traigo
más que me puedes pedir.
Toma todas esas joyas,
donde verás competir
a las estrellas y flores
los diamantes y rubís.
Cristiana, segunda vez
eres mía.
Dorotea
¡Ay, infeliz!
Ginés
(¿Quién duda que arrepentido
se vuelve ahora a desdecir?).
Gómez
Es verdad, yo te la entrego.
Y por hacer más aquí
el delito, el precio tomo,
si bien no es acción civil,
pues cuanto esotras mujeres
desde el día en que nací
me han llevado mal llevado
me lo vuelve una. Y así,
aunque aquesto sea culpa,
pienso que es restituir.
Tuya es la esclava.
Cañerí
Conmigo,
cristiana hermosa y gentil,
ven a coronarte reina
de todo el rudo confín
destas ásperas montañas.
Dorotea
¿Hay mujer más infeliz?
Cañerí
En vano las quejas son.
Llevadla los dos de aquí.
Dorotea
Dejad que le dé siquiera
un abrazo al despedir.
Cañerí
Ya eres mía y tendré celos.
Traedla por fuerza y venid.
Alá te guarde, cristiano.
Dorotea
¡Estrellas que esto influís,
luceros que esto miráis,
cielos que lo consentís,
altos montes que lo veis,
aves que lo repetís,
viento que lo estás oyendo,
árboles que lo asistís
y escucháis mi triste llanto,
a darme amparo acudid!
Y pues de mí no se duelen
los hombres, doleos de mí,
que me llevan presa
a Benamejí.
Vanse.
Ginés
Temiendo tu condición,
sin hablar ni discurrir,
oyendo y mirando he estado
lo que has hecho. Y aunque aquí
me quites una y mil vidas,
lo que siento he de decir.
¿Es posible…?
Gómez
¿Cómo, cómo?
¿Sermoncito escuderil
tenemos? Aqueso no.
¡Ah, valiente Cañerí!
Cañerí
¿Qué quieres?
Gómez
¿Quieres comprarme
también un cristiano?
Cañerí
Sí.
Gómez
Pues barato le daré,
que no tengo de pedir
por él más de que le lleves.
Ea, Ginés, pasa allí,
besa la mano a tu dueño.
Ginés
Pues ¿hasme gozado a mí
ni hete yo desagradado,
siendo melón de Guadix
de mala calaña, para
que tú me vendas así?
Gómez
Tú no has de quedar conmigo.
Ginés
Yo me iré con el Sofí,
pero vendido, eso no.
¿A qué gitano sutil
me compraste en el mercado,
que me vendes?
Gómez
Cañerí,
por tuyo el esclavo queda.
Ginés
¿Esclavo yo, que nací
más libre que aquella ave
que en la cartilla de abril
no sabe más que una letra?
¡Mal haya tu trato vil!
Gómez
(En mujer echo y criado
dos enemigos de mí.
Rico y sin ellos, espero
desenojar a Beatriz).
Vase.
Cañerí
Calla, y conmigo vendrás.
Darete buen trato aquí.
Ginés
Verde monte, cielo azul,
blanca sierra, mar turquí,
leonada amapola, parda
peña, rosa carmesí,
papagayos verdegayes
y morados alhelís,
¿cómo con vuestros colores
os estáis y no os vestís
del color de mis tristezas?
¿Cómo no os doléis de mí,
que fui niño y solo,
y nunca en tal me vi,
y me llevan preso
a Benamejí?
Vanse, y sale don Diego y doña Beatriz.
Diego
Beatriz, ya ves el cuidado
que desde anoche he tenido.
Beatriz
Harto, padre, me ha cabido
de él a mí.
Diego
Don Luis, osado,
a su hija anoche siguió,
y aunque yo tras ella fui,
ni al uno ni al otro vi
ni sé si la ha hallado o no.
Dudo lo que habrá pasado,
porque, como te conté,
quien a él se la robó fue
Gómez Arias, un soldado
que era a quien ella dejó
muerto en el monte.
Beatriz
(¡Pluguiera
al cielo que verdad fuera,
que menos llorara yo!).
Diego
Está advertida de que
le digas, si aquí volviere,
que ruego yo que me espere.
Vase.
Beatriz
Yo, señor, se lo diré.
Ya que de tantos enojos
libres quedan mis agravios,
salga la voz a los labios
y salga el llanto a los ojos.
¿Qué ha pasado por mí, cielos?
El hombre que yo tenía
en mi cuarto, y quien venía
de mí a ampararse, con celos
me mata, siendo los dos
él quien la robó y ella
quien, seguida de su estrella,
muerto le lloraba. ¡Ay, dios
vendado y ciego! No sé
cómo tengo sufrimiento
a no rendirme al tormento
de tan mal pagada fe.
Sale Gómez Arias.
Gómez
(Antes que corra la voz
aquí de sucesos tales
–que siempre la de los males
suele ser la más veloz–,
a hablar me atrevo a Beatriz
y, sin recelar el daño,
valerme del mismo engaño,
por si pudiese feliz
hoy persuadirla mi intento
a que se vaya conmigo).
Beatriz hermosa, testigo
sea de mi sentimiento
el verme volver aquí.
Mi juicio pensé perder
cuando vi que otra mujer
anoche llevé y no a ti,
que como su voz decía:
«Mi padre me da la muerte»,
atrevido, osado y fuerte
rompí las puertas. El día
me desengañó, y aquí
considera mi fortuna
cuál quedaría con una
mujer que en mi vida vi,
cuando tenerte pensó,
Beatriz, a ti en su poder.
Beatriz
¿Luego tú a aquella mujer
nunca la habías visto?
Gómez
No.
Beatriz
¿Cómo no, si aquella dama
es la hermosa Dorotea,
en quien tu afición se emplea
y a quien tu voluntad ama?
De su casa la sacaste.
Si en el monte la perdiste
y buscándola veniste
y ya, en fin, te la llevaste,
dime, ¿para qué es volver
a ofenderme de ese modo?
Gómez
Todo lo sabes y a todo
te quiero satisfacer.
Cuando a esa mujer amé,
estaba de ti ofendido
y, habiéndola aborrecido,
en el monte la dejé.
Tu padre la trujo aquí.
Es verdad que de aquí yo
la llevé anoche, mas no
por ella, sino por ti.
Y tanto el enojo ha sido
de no ser tú y de ser ella,
que por no volver a vella,
a los moros la he vendido
por que en tus plantas estén
joyas que su precio son.
¿Es buena satisfación?
Beatriz
Y aun desengaño también,
pues, avisándome el daño
en que iba a tropezar,
de los dos quiero tomar
solamente el desengaño.
Cadáver de amor ha sido
esa dama, y en su estrago
es ya tu traidor halago
dispertador de mi olvido.
Yerto, deshecho y perdido
dentro de mí misma vi
ese amor y honor, y así,
mudamente me ha avisado:
huye verte en el estado
tú que me miras a mí.
No es buen modo, es desvarío
hacer tan a costa ajena
las finezas, que la pena
de otro es escarmiento mío.
¿Cómo dará mi albedrío
licencias a mi deseo,
cuando el desengaño veo
de un delito tan horrible,
tan infame, tan terrible,
tan triste, mortal y feo?
Su ruina es un ensayo
de cuerdos avisos lleno
y si me ha avisado el trueno,
¿por qué he de esperar el rayo?
Si a ese pálido desmayo,
ceniza de amor, oí
decirme: «Engañada fui
de un falso amante traidor
cuando con padre y honor,
como tú te ves, me vi»,
creerte quiero; y tu castigo
sea tu misma locura,
que a mí nadie me asegura
de que si agora te sigo,
no harás lo mismo conmigo.
Pues mi libertad poseo,
huiré tu tirano empleo;
que, si hasta aquí pudo ir,
no ha de acabar de decir:
«veraste como me veo».
Vase donñ Beatriz.
Gómez
Por donde pensé obligar
a Beatriz, a Beatriz, cielos,
desobligué; bien sus celos
supo prudente vengar.
Mas yo la sabré engañar.
¿Ella no es altiva y vana,
y tiene celos? Liviana
es, pues, la duda en que estoy.
Yo volveré a hablarla hoy,
y aun a venderla mañana.
[Vase.]
Tocan chirimías y atabales, y salen todas las mujeres con acompañamiento y detrás la Reina.
Reina
Bellísima Granada,
ciudad de tantos rayos coronada
cuantos tus torres bellas
saben participar de las estrellas,
y a cuyos brutos liberal se atreve
tu sierra altiva a convertir en nieve
cuando eminente sube
a ser cielo, cansada de ser nube;
cada vez que te miro
grande te aclamo, si imperial te admiro.
¿Qué mucho si mortal te considero
heroico patrimonio de mi acero?
A tu nevada sierra
vengo piadosamente a hacer hoy guerra;
que quiero, por ser tuya,
que mi valor la gane y no destruya.
Los moros que bandidos
viven de su esperanza defendidos
me obligan a este empeño;
con ellos es, que no contigo, el ceño.
Las leyes despreciando
que el grande, que el Católico Fernando,
tu rey y señor mío,
les dio, ha sabido atropellar su brío.
Esta justa venganza
de quien una tan grande parte alcanza
a ti me trae agora
por que segunda vez hoy vencedora
me vea tu campaña,
a quien riega el Genil y el Darro baña.
[Sale don Diego.]
Diego
Vuelvan, pues, los veloces
ecos del parche y del metal las voces
a saludarla con sonora salva,
dando envidia a los pájaros del alba
su música festiva.
¡Isabel, nuestra reina, viva!
Todos
¡Viva!
Sale don Luis.
Luis
Viva tanto que, al tiempo haciendo engaños,
la memoria se pierda de los años
por que sagrado sea
su valor, su piedad de quien desea
ampararse de todo.
Y perdona, señora, deste modo
ver a un caduco, a un infeliz anciano,
arrojado a tus pies, besar tu mano.
Reina
Alzad, alzad del suelo;
que vuestro llanto, vuestro desconsuelo,
grande suceso indicia.
¿Qué pretendes?
Luis
Pediros…
Reina
¿Qué?
Luis
Justicia.
Reina
Desde luego os la ofrezco.
Luis
La tierra que pisáis aun no merezco
besar.
Reina
Pues por que empiece a consolaros,
más paso no he dar sin escucharos.
Luis
Yo, señora, una hija bella
tuve… ¡Qué bien «tuve» he dicho!,
que, aunque vive, no la tengo,
pues sin morir la he perdido.
Criela… Pero esto es tomar
las cosas muy de principio.
Noble soy, aunque no tengo
necesidad de decirlo.
Sagaz, virtuosa, atenta
creció hasta que a turbar vino
atención, virtud, cordura
el traidor aleve hechizo
de un hombre. Aqueste, engañada,
la sacó del poder mío
y… Mas ¿para qué, señora,
con las voces lo repito,
si más presto y mejor todo
con las lágrimas lo digo?
Dejemos –que no quisiera
con lástimas afligiros,
pasándome fácilmente
de lastimado a prolijo–
que la eché menos, que vine
en su alcance, que la miro
con otro nombre, amparada
de la casa de un amigo;
y vamos –que hacer no quiero
caso de aqueste delito,
pues que tantos ejemplares
ya le han el miedo perdido–,
y vamos, digo otra vez,
al mayor, al más indigno
que pudiera imaginar
el más depravado juicio
de los hombres, el más fiero,
más cruel y más inicuo…
Pero, antes que lo diga,
cómo lo sé he de deciros.
Un moro, que el interés
le facilitó el camino
de Benamejí a Granada,
a traerme un pliego vino.
Hallome, porque traía
mala nueva, fue preciso.
De mi hija era el pliego; en él
me dice… Humilde os suplico
vos lo leáis por que vos
sepáis el caso de él mismo,
escusando de una vez
dos tormentos tan impíos
como decirlo y haber
en público de decirlo.
«Padre y señor, las erradas
acciones nunca han tenido
más disculpa que llegar
a confesar que lo han sido:
yo erré, de un hombre engañada.
De esposo me dio al principio
mano y palabra. Después,
con desprecios infinitos,
con engaños, con traiciones,
la mayor que pudo hizo,
pues al fiero Cañerí
por esclava me ha vendido.
Trata de mi libertad
y dame después castigo,
que no, señor, la deseo,
por no morir a los filos
de tu acero, mas porque
en la esclavitud que vivo,
si no peligro en la fe,
en la persuasión peligro».
La gente que de Castilla
viene a Granada conmigo
y la que tiene Granada
prevenida al punto mismo
de Benamejí la vuelta
marche, porque el cetro mío
ni aun que descanse consiente,
que esto es descanso y alivio.
¿Quién es este hombre? Si es
que es de nombre de hombre digno.
Luis
Gómez Arias es su nombre.
Reina
Échese un bando en que digo
que, pena de traidor, nadie
le dé sustento ni abrigo
a Gómez Arias, un hombre
fiero, alevoso y esquivo.
Y a cualquiera que le prenda
daré, habiéndole traído,
si muerto, dos mil ducados,
y cuatro si le traen vivo.
Y hago homenaje a los cielos
de no quitarme el vestido
ni entrar en poblado hasta
que, avasallando esos riscos
rebeldes a mi poder,
tiranos a mi dominio,
dé a esta mujer libertad
para que digan los siglos,
si hubo una mujer burlada,
que otra que la vengue ha habido.
Vanse, y salen Cañerí, Dorotea y Ginés, vestidos de esclavos, y moros.
Cañerí
Por no parecerte en todo
monstruo tan cruel y esquivo
que de humano no merezca
tener el nombre, he querido
este tiempo que aquí estás,
bella cristiana, conmigo,
afectar los sobresaltos
de verme con los cariños
de escusarme, porque es vil
el amor que, conseguido
por fuerza, quita a su dueño
el merecer por sí mismo.
Tan finamente te adoro
que hasta saber si te obligo
cortés y amante a que dejes
tu ley y cases conmigo,
no he querido a tu hermosura
perder el respeto digno,
a esos soles que idolatro
de amor atezado indio.
Dorotea
Ese cortés rendimiento
tanto, africano, te estimo
que no me ofrezco a pagarle
con engaños. Y así, digo
que, si mil vidas tuviera,
fueran poco desperdicio
de tu acero en la defensa
de mi fe y del honor mío.
Cañerí
No me quites esta sola
esperanza con que vivo.
Dorotea
No me hables tú en ella, pues
has de oír siempre esto mismo.
Cañerí
Bien me aconsejas, y así,
divertirla solicito.
A los músicos mandad
que canten desde aquel sitio
retirados, y que sea
de amor.
Ginés
Escusado ha sido
mandarles eso, que amor
siempre es todo su canticio.
Cañerí
Tú, cristiano, que por ser
criado de mi bien, te libro
de la cadena o la muerte,
¿cómo te hallas conmigo?
Ginés
Malditamente, señor.
Cañerí
¿Maltrátante en mi servicio?
Ginés
Muchísimo.
Cañerí
¿Cómo?
Ginés
Como
no me dan gota de vino
ni he visto torrezno en cuanto
tiempo ha, señor, que te sirvo
y no puede haber holgura
donde no hay vino y tocino.
Cañerí
¿Por qué, dime, aquel cristiano
vendió a los dos?
Ginés
Por capricho.
Mas ya la música suena.
Cañerí
Oye la canción, bien mío.
Dorotea
(¿Si habrá mi padre, ¡ay de mí!,
ya la carta recibido?).
Música
Señor Gómez Arias,
duélete de mí,
que soy niña y sola
y nunca en tal me vi.
Dorotea
¿Ya anda en canciones mi historia?
Cañerí
Mal haya acento que ha sido
con sus voces ocasión
de dispertar tus suspiros.
Callad, callad.
Dorotea
No, señor;
que prosigan te suplico,
que, si oírlo es sentimiento,
por sentir más, quiero oírlo.
[Voces]
dentro.
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Cañerí
¿Qué estruendo de armas, qué ruido
es éste? Mas ¿qué pregunto,
cuando ya desde aquí miro
de castellanas escuadras
irse poblando los riscos
que coronados de plumas
son Olimpos sobre Olimpos?
Al muro, alarbes, al muro
salid, que por muchos lidio,
pues lidio por mí y por esta
hermosura a quien me rindo.
Vase.
[Voces]
dentro.
¡Guerra, guerra!
Dorotea
Al cielo gracias,
Cajas.
hados, que os mostráis benignos.
Dame tu aliento, Fortuna,
esfuerzo, valor y brío
para que siendo de todos
los cristianos hoy caudillo
que en esas mazmorras yacen
sepultados, aunque vivos,
pueda divertir las fuerzas
destos alarbes bandidos.
Toma armas, Ginés.
Ginés
Yo nunca
tomo, que es bellaco vicio,
sino solamente aquello
que me dan.
Dorotea
Vente conmigo.
Feliz me haga Marte, pues
Venus infeliz me hizo.
Vase.
Ginés
¿Yo ir? ¿No es mejor quedarme
haciendo este silogismo?
Si los cristianos vencieren,
yo, por cristiano, me libro,
y si vencieren los moros,
viendo que yo no me incito
contra ellos, me darán
después premio y no castigo.
Luego a ganar, no a perder,
voy estándome quedito
y de camino me ahorro
algún desmandado tiro,
que sin estar convidado
me lleve a cenar con Cristo.
¡Cepos quedos!, que van dando.
Dorotea
[dentro.]
Vuestra libertad, cautivos,
os va en que toméis las armas.
Ginés
Hagan bien para sí mismos,
hermanos presos. ¡Oh, cómo
con mis voces los animo,
pues ya rompiendo las puertas,
las cadenas y los grillos,
hacen matanza en los moros,
comuneros de a poquito!
La caja.
Luis
[dentro.]
Yo he de ser el que primero
ponga sobre el obelisco
bárbaro destos peñascos
las plantas.
Cañerí
[dentro.]
Habiendo sido
yo quien le defiende, ¿cómo
has de entrar?
Ginés
¡Por Jesucristo,
que hay cristianos ya en el muro
y que entran al tiempo mismo
cristianos ya por las puertas!
Ahora sí que yo me arrimo
a ellos. ¡Mueran los perros!
La caja y clarín siempre, y salen todos y la Reina por la puerta. Y desde el muro caen abrazados Cañerí y don Luis.
Dorotea
Pues tenemos el rastrillo,
abrámosle. Entrad, cristianos.
Cañerí
¡Santo Alá!
Luis
¡Cielos divinos!
Cañerí
¿Quién eres, cristiano Cid,
que a mí rendirme has podido?
Luis
Soy un rayo desatado
de la esfera de mí mismo.
Reina
¿Quién eres, cristiana, a quien
esta vitoria he debido?
Dorotea
Una infelice dichosa,
pues a tus plantas me humillo.
Reina
¿Eres tú la que vendió
Gómez Arias atrevido?
Dorotea
Antes que diga yo el sí
mi vergüenza te lo ha dicho.
Luis
Invicta reina, a tus plantas
hoy el Cañerí te rindo.
Reina
Yo a mis brazos restituyo
libre a tu hija, advertido
que debajo de mi amparo…
Luis
Triste y alegre te miro.
Reina
Tú, bárbaro, rebelado
a mis preceptos, que píos
por vasallo te admitieron,
hoy morirás en castigo
de aquestas comunidades
que osado has introducido.
Cañerí
Yo te escusaré, señora,
la venganza a mis delitos,
pues no sé si las heridas
del temor de haberte visto
me dan la muerte a tus plantas.
Rabiando y gimiendo espiro. Cae.
Reina
Quitad ese tantas veces
funesto cadáver frío
de mis ojos y a los cielos
daremos… Pero ¿qué ruido
es aqueste?
Ruido dentro.
Félix
Unos villanos,
de tanto interés movidos,
a Gómez Arias traen preso,
y siguiéndote han venido
hasta aquí.
[Salen Gómez Arias y villanos.]
Reina
¿Quién de vosotros
Gómez Arias es?
Gómez
Yo he sido
el que fieramente loco
cometí tantos delitos.
Reina
Sea este de mi justicia
agora el primer indicio,
que, en restaurando su honor,
llega mejor mi castigo.
Dale de esposa la mano
a esa mujer.
Gómez
Y rendido
a sus pies, que me perdone
humildemente la pido.
Dorotea
Yo lo hago, y con la mano
el alma te doy.
Ginés
(Por Cristo
que si éste se sale sólo
con casarse por castigo,
que desde mañana rindo
cuantas topare).
Reina
Ya has visto
de tu hija el honor, don Luis,
vengado y restituido.
Luis
Son dádivas de tu mano.
Yo os abrazo como a hijos.
Reina
Aguarda, que, si los dos
estábamos ofendidos,
tú estás vengado y yo no.
Ginés
(Ni yo tampoco, que he sido
el criado que vendió).
Reina
A ese hombre al punto mismo
un verdugo corte el cuello
y su cabeza en el sitio
que a su esposa vendió quede
en una escarpia.
Gómez
Rendido
a tus pies…
Reina
Ea, llevadle.
Ginés
De eso yo seré ministro.
Juro a Dios que habéis de ir
a ahorcar, pues habéis sido
Judas de amor que besáis
y vendéis.
Gómez
¡Cielos divinos!
Pague mi culpa mi pena.
Dorotea
Gran señora, si yo he sido
la parte y yo le perdono,
perdónale te suplico.
Reina
En cualquier delito, el rey
es todo. Si parte has sido
tú y le perdonas, yo no,
porque no quede a los siglos
la puerta abierta al perdón
de semejantes delitos.
Diego
Nuestros tratados conciertos,
don Juan, en habiendo ido
a Granada, tendrán fin.
Félix
Y téngale a un tiempo mismo
La niña de Gómez Arias.
Ginés
Que perdonéis os suplico
sus errores y nos deis
de piedad siquiera un vítor.
- License
-
CC0 1.0 Licence
Link to license
- Citation Suggestion for this Edition
- TextGrid Repository (2026). Calderón de la Barca, Pedro. La niña de Gómez Arias. CalDraCor. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbtm.0