El Maestro De Danzar
Famosa Comedia

Personas que hablan en ella

  • Don Enrique
  • Chacón
  • Don Juan
  • Don Félix
  • Don Diego
  • Celio
  • Don Fernando
  • Beatriz
  • Leonor
  • Inés
  • Isabel
  • Juana
  • Alguaciles
  • Gente

Jornada Primera

Salen don Enrique y Chacón de camino.
Don Enrique
Deja locuras.
Chacón
¿Sin mí
ir solo, señor, procuras?
Don Enrique
¿Quién dice tal?
Chacón
Tú.
Don Enrique
¿Yo?
Chacón
Sí,
que si he de dejar locuras,
es fuerza dejarte a ti.
Y para que el argumento
veas cuánta fuerza esconde,
mientras de noche y a tiento
vamos, sin saber adónde,
haz cuenta que va de cuento.
Paseando el tablado.
En Madrid, patria de todos
—pues en su mundo pequeño
son hijos de igual cariño
naturales y extranjeros—,
noble naciste, si bien
al antiguo odio sujeto
con que, al repartir sus dones,
se miran de mal aspecto
naturaleza y fortuna;
conque he dicho que te dieron
la sangre sin el caudal;
y aunque es lo mejor, no veo
que jamás le llegue el día
en que se le luzga el serlo.
Pero esto ahora no es del caso.
Ilustre y noble, en efeto,
bienquisto con tus iguales,
con tus mayores atento,
cortés con tus inferiores,
en blanda paz vivías, dentro
de tu esfera, tolerando
lo no rico con lo cuerdo,
cuando, porque este atributo
aún no gozaras, el ceño
de tu fortuna al azar
le barajó de un encuentro.
Viste una dama, sobrina
de un anciano caballero,
que enfrente de nuestra casa
vino a vivir, y tan ciego
quedaste, que Lazarillo
desde aquel punto te adiestro.
Informado de quién era
el bellísimo portento,
supiste, como ya dije,
que era sobrina del viejo,
hija de un hermano suyo
que en Indias en un gobierno
estaba, y que por ser ella
embarazo para el riesgo
de tantos mares, la había
dejado, con buen acuerdo,
a la tutela del tío.
A este informe sucedieron
las edades de un amor,
que nace niño pequeño,
con el uso de la vida,
sin el del entendimiento;
crece, sin saber hablar,
explicándose indiscreto
por señas, hasta que empieza
torpe a pronunciar; y, puesto
a andar, no hay cosa en que no
caiga; tras cuyos tropiezos
se sigue el ponerle a leer
y escribir; conque sospecho
que en poco tiempo te he dicho
lo que pasó en mucho tiempo;
pues tu amor correspondido,
fluctuando los inquietos
golfos suyos, arribó
de buena esperanza al puerto.
Ya ni amigos, ni visitas,
conversaciones, ni juegos
cursabas, siendo un balcón
acomodado terreno,
donde en coche de ladrillo,
puesto al estribo de hierro,
tenías para todo el año
tus estanques en invierno,
tu río en verano, tu prado
en primavera, tu ameno
camino del Pardo y Fuente
de Reina en otoño, siendo
las orillas de tu casa,
salvo el arroyo de en medio,
tus estanques y tus ríos,
prados, fuentes y paseos.
La seña para poder
de noche hablar poco y necio,
era cuando tú a deshora
tocabas un instrumento,
como acaso, en el balcón,
que aunque no eres nada diestro,
para que ella te entendiese
bastaba, y para que oyendo
alguien folías de arriba,
dijera: «El primer barbero
es éste que vive en lo alto».
En fin, a la seña, en viendo
que el tío dormía, y que tú
esperabas, entreabierto
el marco de su ventana,
hablabais lo que el silencio
de la noche permitió.
«¿Qué diérades, majaderos,»
decía yo, «porque esta calle
fuera barrio de Toledo,
adonde no peligrara
el temor del hablar recio?»
A este tiempo, cuando más
alegre, ufano y contento
creíste acabara tu amor,
como farsa, en casamiento,
vino la flota, y en ella
su padre; conque, en habiendo
dado cuenta de sus cargos,
y sus caudales compuesto,
a descansar y gozar
la última edad en sosiego,
a Valencia, patria suya,
se vino a vivir, trayendo
su hija consigo. Aquí entra
el «¿cómo quedaste?»; pero
ausente y enamorado
y favorecido, ello
se está dicho; y de no estarlo,
lo habrá de decir su efecto.
Pues sacando de tu poca
hacienda algún caudalejo,
tras ella habemos venido
en alas de aquel proverbio:
«¡Ved con quién, y sin quién!» Pues
aplicado al viaje nuestro,
es con muchísimo amor,
y poquísimo dinero.
Y esto a ciudad donde no
tienes ni amigo, ni deudo,
ni conocido ninguno,
pues aun el padre sospecho
que no te conozca, a causa
del recato con que cuerdo
siempre de él te recelaste
aquel no largo intermedio
que se detuvo en Madrid,
por no entrarle en los recelos
que ya el tío se tenía.
Aquí se añade, sobre ello,
que apenas te has apeado
en ese mesón primero,
y dejado las maletas
en mal seguro aposento,
cuando, sin saber las calles,
de noche, a escuras y a tiento,
vas buscando la del Mar,
donde te avisó en el pliego
último que era su casa.
Mira, pues, si razón tengo,
cuando locuras me mandas
dejar, en dejarte, puesto
que, con dejarte a ti, en ti
todas las locuras dejo
de Esplandián y Belianís,
Amadís y Beltenebros,
que, a pesar de don Quijote,
oy a revivir han vuelto.
Don Enrique
Aunque debiera no haber
oído discurso tan necio,
te perdono la molestia
por el gusto del acuerdo.
«¿Cómo enseñaría yo a hablar
a mi hijo?», un extranjero
preguntó, porque entreoía
que era pesado y molesto.
«Enseñadle», respondió
un cortesano discreto,
«a que hable a cada uno
siempre en su amor, que con eso
hablará a gusto de todos.»
Y volviendo al argumento
de que es locura mi amor,
la consecuencia concedo;
pero locura tan puesta
en razón, que al mismo tiempo
que me está acusando loco,
me está acreditando cuerdo,
no tanto por la hermosura
de Leonor, por el ingenio,
cordura y nobleza, cuanto
por las finezas que debo
a su amor. Y así no culpes
pasos que sin tino pierdo,
que a mí me basta pensar
que a sus umbrales me acerco,
para engañarme este rato.
Hacia esta parte dijeron
que era de la Mar la calle.
Chacón
¿No reparas, por lo menos…
Don Enrique
¿Qué?
Chacón
…que es hablar del amar,
por el tal rato, tu intento?
Pero vamos.
Don Enrique
¡Ay, Chacón,
que si la oyeras, al tiempo
de despedirse, decir
con mil lágrimas…!
Beatriz
¡Los cielos dentro
me valgan!
Dentro cuchilladas y voces.
Don Juan
¡Muere, tirana! dentro
Don Félix
No hará, que yo la defiendo. dentro
Don Enrique
¿Qué es aquello?
Chacón
Cuchilladas
y voces se escuchan dentro
desta casa.
Dentro el ruido.
Don Félix
Huye, que yo,
de cien mil vidas a riesgo,
sabré defender la tuya. dentro
Don Juan
En vano será el intento, dentro
que en ti y ella he de vengarme.
Chacón
¿Dónde vas?
Don Enrique
A ver si puedo
estorbar una desdicha,
ya que la puerta han abierto,
y sale el ruido a la calle.
Chacón
El onceno mandamiento
es: «no estorbarás».
Don Diego
Bajad dentro
las luces, y acudid presto.
Sale Beatriz huyendo.
Beatriz
Hombre, quienquiera que seas,
pues basta a cualquiera serlo
para que a una desdichada
mujer ampares, corriendo
fortunas de amor y honor,
que el más favorable efecto,
a tan riguroso embate,
ha de ser por fuerza adverso;
y pues ya a impedirle (¡ay triste!)
de aquesa casa de juego,
como ves, con luces y armas
otros acuden, te ruego
que a estas horas, afligida
y sola, en manos del riesgo
de ser quien me dé la muerte
el que me venga siguiendo,
no me dejes, hasta que,
si no me falta el aliento,
en la casa de una amiga
tomen mis desdichas puerto.
Don Enrique
Palabra de no dejaros
doy, señora, hasta poneros
dónde vos queráis. Chacón,
ven conmigo.
Chacón
Sólo esto
le faltaba a tu fortuna,
para ser hecho y derecho
caballero andante.
Vanse los tres, y de la puerta por donde salió Beatriz, salen riñendo, las espaldas al tablado don Félix, y don Juan de cara, y por otra parte don Diego y Celio, gente, y luz.
Todos
Allí
es el ruido.
Don Diego
Deteneos,
pues basta haber yo llegado.
Don Félix
(Ya en salvo Beatriz, supuesto
que tomó la calle, mal
haré si aquí me detengo,
habiendo llegado gente
Ha estado embozado riñendo.
y luz. Testigos los cielos
sean de que no es huir,
sino retirarme esto;
pues el no ser conocido
y el seguirla, sólo es medio
de que pueda restaurarse
tan gran desdicha.)
Vase.
Don Diego
Teneos,
pues ya huyó el hombre con quien
reñíais.
Don Juan
Señor don Diego,
a mí me importa seguirle,
y así os suplico que en medio
no os pongáis.
Don Diego
¿Qué ha de importaros
seguir a hombre que va huyendo?
Don Juan
Más que pensáis. (¡Ay de mí!,
¿qué he dicho?)
Don Diego
Ya es vano intento,
no tanto porque he llegado
yo, que, en vez de deteneros,
señor don Juan, si os importa,
como encarecéis, a vuestro
lado estaré siempre, cuanto
por la ventaja; pues cierto
es que ya será imposible
alcanzarle.
Don Juan
Dadme, os ruego,
paso, que yo podrá ser
le alcance.
Uno
Importándoos eso
tanto como a entender dais,
vamos los dos.
Don Juan
Solo tengo
de ir, quedaos.
Don Diego
Eso no.
¿Cómo, siendo quien soy, puedo
dejaros ya?
Don Juan
(¡Ay infelice!
Que si conmigo los llevo,
y no le encuentro, no hago
más que ruido; y si le encuentro,
van a sólo ser testigos
que me agravia, y no me vengo,
pues no he de poder matarle,
puesta tanta gente en medio.
¿Qué debo hacer? ¡Ay de mí!)
Don Diego
¿Qué, os detenéis? Vamos presto.
Don Juan
Por no empeñaros a todos,
he mudado de consejo.
Ya yo me quedo, id con Dios.
Don Diego
Pues ¿no sabré yo qué es esto?
Uno
Reportaos, y decidnos
qué ha sido.
Don Juan
Si haré. Viniendo
a mi casa, que es aquésta,…
Don Diego
Ya lo sé.
Don Juan
…antes que (¡Ea, esfuerzo,
da viso al dolor!) llamase,
a traición (¡Qué mal me aliento!)
un hombre llegó, sacando
la espada. Permitió el cielo
que le sentí, con que pude
ponerme en defensa; y siendo
así que yo declarado
ningún enemigo tengo,
encarecí lo que importa
conocer al que encubierto
lo es tanto que, a no volver
la cara, me hubiera muerto,
según me embistió furioso,
desesperado y resuelto.
Celio
Aparte
(Cuanto te ha dicho, señor,
es engaño, porque dentro
de su casa fue el disgusto;
por señas que salió huyendo
de ella una mujer, que yo,
esperando a que del juego
salieses, lo vi.)
Don Diego
(No más.
Don Juan tiene entendimiento,
espera y valor, y si él
disimula, ¿cómo puedo
darme yo por entendido?
Éste es el mejor acuerdo.)
No dudo que la ocasión
es grande, y no hay otro medio
que vivir, don Juan, desde hoy,
sobre aviso; y pues el cielo
restauró una alevosía,
dejad el cuidado al tiempo,
y venid, que he de dejaros
en vuestra casa, primero
que de vos, don Juan, me aparte,
seguro, acostado y quieto.
Don Juan
Antes, señor, os suplico,
pues que ya en ella me quedo,
no, con verme acompañado
de vos y esos caballeros,
mi hermana, que ya estará
recogida, oiga el estruendo
y sepa que fue conmigo
el disgusto; que no quiero
darla ese cuidado.
Don Diego
Es justo.
Quedaos, pues, y sea advirtiendo
que a todo trance, don Juan,
me hallaréis al lado vuestro;
porque antes que a Indias pasase,
amigos muy verdaderos
fuimos vuestro padre y yo.
Adiós, pues.
Don Juan
Guárdeos el cielo.
Don Diego
(Por si hubiere novedad,
está con cuidado, Celio,
para avisarme.)
Celio
(Sí haré.)
Vanse los dos.
Don Diego
Volvamos a nuestro juego nosotros.
Don Juan
(Fortuna mía,
¿aún no perdonarás esto
de que don Diego llegara,
de quien más recatar debo
mi desdicha, por Leonor,
a quien…? Mas, ¿cómo me acuerdo
de nada, que honor no sea?
Y pues ya aquí no hay más medio
que saber de las criadas
quién es el agresor fiero
de mi fama y de mi vida,
temblando a buscarlas entro.
¡Ah, fiera hermana! ¡Ah, tirana!
¡Ah, cruel! ¡Ah, falsa!)
Éntrase, y salen Beatriz, Enrique y Chacón.
Beatriz
El tiento
de la casa que buscando
voy, con el susto y el miedo
perdí, o con el poco curso
que yo de las calles tengo.
Ponedme vos, ya (¡ay de mí!)
que generoso y atento
me acompañáis, en la plaza
de la Olivera; con eso
podré cobrarme, y llegar
adónde voy.
Chacón
¡Eso es bueno!
¡Querer que os guiemos, cuando
para los dos es lo mesmo
la plaza de la Olivera
que las coplas de Oliveros!
Don Enrique
Tan forastero, señora,
os sigo, que los primeros
pasos que en Valencia doy
son los del servicio vuestro,
y tanto, que aunque yo quiera,
en fe de ser caballero
de quien pudierais fiaros,
por esta noche ofreceros
mi posada, a ella tampoco
no sabré…
Chacón
«Con el sereno
de la luna de Valencia»
debió decirse por esto,
y estrellas errantes sois;
ser toda la noche habremos
serenísimos señores.
Don Enrique
Pero creed que aunque, ciego
más que vos, dónde estoy dudo,
no dudo que por mí tengo
obligación de asistiros,
serviros y defenderos,
hasta que quedéis segura.
Beatriz
Aparte
(Sola esa ventura el cielo
ha dejado a mis desdichas,
cuando de tantas dependo,
que entre mi amante y mi hermano,
cualquiera que sea el suceso,
siempre ha de ser contra mí.)
Chacón
Pues nos importa el saberlo,
¿no daremos un pregón,
aunque algún hallazgo demos,
a quien sepa de nosotros,
que estamos perdidos?
Don Enrique
Necio,
¿agora de humor estás?
Beatriz
Por acuesta calle pienso
que vamos mejor.
Don Enrique
Guiad vos.
Sale una ronda.
Alguacil 1
La justicia, caballeros.
Beatriz
(¡Ay infelice de mí!)
Chacón
Albricias, que ya tenemos
adónde pasar la noche,
pues estos señores creo
nos harán el hospedaje.
Alguacil 2
¿Quién va?
Don Enrique
Un hombre forastero,
que ahora acaba de llegar.
Pónense delante de ella.
Alguacil 1
¿Vos quién sois?
Chacón
Otro y el mesmo.
Alguacil 2
¿Cómo el mesmo y otro?
Chacón
Como
soy otro, pues fuerza es serlo,
y el mesmo, porque también
forastero soy.
Alguacil 1
De en medio
os quitad, apartad. Esa
mujer,…
Beatriz
(¡Hoy sin duda muero!)
Alguacil 1
…decid, ¿quién es?
Chacón
La comadre.
Vamos a un parto secreto,
y ¿no ven que la justicia
aun no puede detenernos?
Vamos, señora, que está
en gran peligro.
Alguacil 2
Teneos,
que hemos de saber quién sois,
y quién es ella.
Don Enrique
Si el ruego
de un hombre de bien, que os pide
que no os empeñéis en eso,
algo merece, mirad
en lo que serviros puedo,
y no me impidáis el paso.
Alguacil 1
Más sospechoso os ha hecho
ya ese estilo.
Don Enrique
¿Cuándo fue
sospechoso el rendimiento?
Alguacil 1
Cuando pretende afectado
disimularse, y habemos
de saber quién sois.
Don Enrique
Ya he dicho…
Alguacil 1
¿Qué?
Don Enrique
…que soy un forastero;
esto sólo sé de mí.
Alguacil 1
Pues lo demás que queremos
saber, diréis en la cárcel.
Don Enrique
Ved…
Alguacil 1
Venid…
Chacón
(Malo va esto.)
Alguacil 1
…los tres.
Don Enrique
Aquesta señora
no sólo irá con vos, pero
ni saber quién es, ni verla
el rostro habéis.
Alguacil 2
Defenderlo,
¿cómo podréis?
Don Enrique
Desta suerte.
Riñen.
Beatriz
(Echó mi fortuna el resto.)
Todos
¡Favor al rey!
Beatriz
(¡Ay de mí!)
Chacón
Hoy se verá por lo menos
la novedad de un lacayo
que no huye y tira recio.
Don Enrique
Huid, señora, pues ya veis
que en nada serviros puedo
más que en hacer que no os sigan.
Beatriz
(¿Dónde he de ampararme, cielos,
si dondequiera que voy,
conmigo mi estrella llevo,
que es mi mayor enemigo?)
Vase. Métenlos a cuchilladas, y sale don Félix.
Alguacil 1
¡Ay infeliz, que me han muerto!
Chacón
Ya va uno, y voy por otro.
Don Félix
Por dondequiera que intento
ir, encuentro con mil sustos,
y con un gusto no encuentro.
En alcance de Beatriz
una y mil calles revuelvo,
y cuando, sin que haya hallado
luz de ella, a mi casa vengo,
por si acaso algún aviso
de dónde fue la merezco
—pues claro está que de mí
se ha de valer—, nuevo estruendo
hay en mi calle. Mezclar
no quiero con los ajenos
propios disgustos, y así
en casa me entraré. Pero
hacia ella se acerca el ruido.
A vista estaré.
Don Enrique y Chacón; y don Enrique con sangre en la cara.
Don Enrique
Supuesto
que ya la dama, Chacón,
habrá la calle traspuesto,
retirémonos nosotros.
Chacón
¡Buena hacienda habemos hecho!
Muerto uno y descalabrados
dos o tres quedan.
Don Enrique
Yo vengo
herido también, mas no
de cuidado, que un pequeño
piquete es no más.
Pónese un lienzo en el rostro.
Unos
¡Seguidlos! Dentro
Otros
¡Por aquí van! Dentro
Chacón
Peor es esto:
la calle nos han tomado.
Don Enrique
Allí, a escasa luz, abierto
se mira un portal; en él
ocultarnos procuremos.
Don Félix
(En mi casa se han entrado
los de la pendencia. ¡Cielos!
Si es resulta de la mía,
y a mí me buscan, no tengo
de huir el rostro.) ¿Quién así
en mi casa…?
Don Enrique
Caballero,
un infeliz, que este umbral
le dio aquesa luz por puerto.
Honrada ocasión ha sido
la que en un trance me ha puesto
tal, que sea la justicia
la que me venga siguiendo.
Por forastero, por noble
os pido…
¡Por aquí fueron! Dentro
Don Félix
No prosigáis, que no da
la prisa a noticias tiempo;
y ya que esta casa ha sido
casual amparo vuestro,
lo que pueda haré por vos,
no lo que quisiera, puesto
que, de haberos visto entrar
alguno, impedir no puedo,
siendo resistencia, el que
la allanen, que es contra fuero,
por noble que sea, en tal caso
defenderla; y así ofrezco
sólo dar paso a otras casas,
que aunque seáis forastero,
no ignoraréis que se van
unos a otros sucediendo
los terrados de Valencia.
Subid, pues, mientras yo cierro
la puerta, y corred fortuna
donde quiera el hado vuestro.
¡Por aquí, por aquí van! Dentro
Don Félix
La gente acude, entrad presto.
Don Enrique
De cualquier suerte, señor,
la piedad os agradezco.
Chacón
¿Qué piedad, cuando en-terrados
es donde nos lleva a vernos?
[Vanse.] Leonor y Inés, con luz.
Leonor
No me consueles, pues ves
que en el continuo desvelo
de un mal, el mayor consuelo
es no haber consuelo, Inés.
Inés
Razón tiene tu pasión,
no lo dudo; mas, señora,
contra una razón mejora
discursos otra razón.
Leonor
Si otra que tú me dijera
cortesanía que está
tan puesta en uso, quizá
algún crédito la diera.
Pero, oyéndola de ti,
¿cómo puede, Inés, dejar
de ser segundo pesar,
siendo (¡ay infeliz!) así,
que nadie sabe mejor
que tú la razón que tengo
de sentir y llorar?
Inés
Vengo
en que es grande tu dolor,
pues, de don Enrique amada,
y él de ti favorecido,
forzosa la ausencia ha sido;
pero, señora, porfiada
la imaginación no sea
tanto, que ni aun un momento
dé treguas al sentimiento.
¿Es bien que tu padre vea
cuán disgustada has venido,
y que entiendan tus guardadas
penas las nuevas criadas
que en Valencia has recibido?
Sólo a este fin, procurando
que alivio a tus ansias des,
mira el discurso.
Leonor
¡Ay, Inés!,
que nada aprovecha, cuando
tan apoderado vi
de mí al llanto, que sospecho
que sólo del labio al pecho
pronunciar sepa…
Beatriz
¡Ay de mí! dentro
Leonor
¿Quién del acento me hurtó,
al ver que con él respiro,
el alivio del suspiro?
Inés
Hacia la parte se oyó
de la escalera; que estando,
hasta venir, entreabierta,
mi amo, del zaguán la puerta,
alguien se habrá entrado.
Leonor
Cuando
lloro mi suerte tirana,
¿otro se queja por mí?
Sale Juana.
Juana
En todo mi vida vi
pena igual.
Leonor
¿Qué es eso, Juana?
Juana
Ruido sentí en la escalera,
el oído a ella apliqué,
y el tierno llanto escuché
de una mujer. Ver quién era
quise, tomé luz y abrí,
y en el descanso primero,
rendida a un desmayo fiero,
una hermosa dama vi,
cuyo traje da a entender,
bien que de paso notado,
que en lo rico y aliñado
es más que común mujer.
Leonor
¿Y qué hiciste?
Juana
Sin que a ti
lo diga, ¿qué he de hacer yo?
Leonor
Mujer y afligida, no
es justo dejarla así.
Id, y si está desmayada,
en el cuarto entre las dos la entrad.
Vanse las dos.
¡Oh, válgame Dios!
¿Que cuando de desdichada
me quejo al cielo, ha querido
traerme quizá quien lo sea
más que yo, para que vea
la razón que no ha tenido
el que presume que él es
el más infelice?
Las dos con Beatriz desmayada.
Inés
Aquí
la tenemos.
Beatriz
¡Ay de mí!
Leonor
Trae un vidro de agua, Inés.
Triste, infelice hermosura,
cobra el sentido, y alienta,
que ya hay quien tus penas sienta,
que es la última ventura
del más triste desconsuelo.
Rocíanla.
Inés
Ya al agua siguió el suspiro.
Beatriz
¡Ay de mí! Pero ¿qué miro?
¿Dónde estoy? ¡Válgame el cielo!
Leonor
Cobraos, señora, y pensad
que a casa os ha derrotado
de vuestra fortuna el hado
donde hay nobleza y piedad.
Beatriz
Perdonad no responder,
que como es ventura mía,
y la primera, no había
llegádola a conocer.
Y aun después de conocida,
a excusas del sentimiento,
anda el agradecimiento
preguntándole a una vida,
que está pendiente de un hilo,
qué gracias mis ansias den,
porque en materias del bien
nunca ha estudiado el estilo;
y así callando consagro
alma y vida a vuestros pies,
como a quien conozco que es
la deidad deste milagro.
Leonor
Alzad del suelo, y cobrad
el aliento, asegurada
de que, como dije, en nada
os faltará mi piedad.
Y para que desde luego
en más confianza entréis,
de la casa donde habéis
tomado puerto, don Diego
de Rocamora es su dueño,
yo su hija; agora pensad
si estáis con seguridad
de cualquier lance o empeño
que hasta aquí os pueda seguir;
y tan sin costa ha de ser,
que no tengo de saber
lo que no queráis decir.
Beatriz
En fortuna tan deshecha,
como veis, señora, ya
reconozco cuánto está
hoy contra mí la sospecha,
para que tengáis razón
de no quererla saber;
pero eso mismo ha de ser
lo que aliente mi pasión
para sanear la disculpa
de la presunción, en fe
de que hay acasos en que
lo que es desdicha no es culpa.
Y así decirlos intenta
mi voz, pues tales (¡ay Dios!)
son que podéis oírlos vos.
Leonor
¿Qué esperáis, pues?
Beatriz
Oíd atenta:
los más heroicos blasones
del reino a mi sangre dieron
lustre, pues ser merecieron…
Isabel
¡Ladrones, cielos, ladrones! dentro
Juana y Inés
¿Qué voces aquéstas son?
Sale Isabel.
Leonor
No prosigáis. Isabel,
¿qué es eso?
Isabel
Una ansia cruel.
Hoy puse —la turbación
no me deja hablar—, señora,
ropa al sol en el terrado,
y habiéndoseme olvidado
quitarla, por ella agora
iba, y apenas abrí
la buhardilla, cuando, al vella
con luz, dos hombres por ella
se entraron, y aun hasta aquí
vienen.
Don Enrique y Chacón, y trae el lienzo con sangre en la cara con la mano.
Don Enrique
Tu sospecha es vana,
mujer.
Chacón
(Sólo a mis pasiones
falta, en pena tan tirana,
que hoy nos prendan por ladrones,
y nos ahorquen mañana.)
Don Enrique
No alborotes, que no es
la que presumes la causa.
Oye, escucha…
Leonor
¿Cómo así
(esfuerzos el valor haga,
a pesar del susto) osáis,
hombres, en aquesta casa
entrar, sin ver que es…?
Don Enrique
Señora,
no os ofenda la ignorancia
de no saber cúya sea,
que en las fortunas contrarias
no elige veredas quien
sólo toma las que halla,
porque van las atenciones
al orden de las desgracias.
La presunción que ha tenido
con razón esa criada,
dirá esta herida en el rostro
si es verdadera o es falsa,
pues viniendo herido…
Descubre el rostro.
Leonor
(¡Cielos!
¿Qué veo?)
Don Enrique
(¿Qué mira el alma?)
Leonor
¡Enrique!
Don Enrique
¡Leonor!
Leonor
(Prosigue,
que hay muchos testigos, hasta
que hablar puedas.)
Chacón
(¡Vive Cristo,
que es ella!) Oye, señor.
Don Enrique
Calla.
Leonor
¿No proseguís?
Don Enrique
Sí, señora,
pero el aliento me falta.
Pues, viniendo herido, digo
que es la consecuencia clara
de que fue otra la ocasión
que me obligó a que me valga
del sagrado que primero
abierto encontré. Las plantas
puse apenas en Valencia,
cuando me empeñó una dama…
Beatriz
(¡Mas que tengo yo la culpa!)
Chacón
¡Maldita fuese su alma!
Don Enrique
…en su defensa, de que
resultó obligarme a que haga
resistencia a la justicia.
Beatriz
(¡Que tras mí mis penas andan!)
Chacón
¡Era una grande embustera!
Don Enrique
Huyendo, pues…
Don Diego
¿En mi casa
gente y ruido, y todo el cuarto
abierto? Dentro
Leonor
Nadie palabra
diga, y todos convenid
conmigo, que pienso que haya
razón para que los dos
aquí estéis; y, oída la causa,
tú quedes conmigo, y él
sin escándalo se vaya.
Beatriz
Mucho intentas.
Don Enrique
Mucho emprendes.
Sale don Diego [y Celio].
Don Diego
¿Leonor? Pues ¿qué es lo que pasa?
¿Qué gente es ésta?
Leonor
Señor,
en ese umbral desmayada
cayó la dama que miras,
que venía acompañada
de ese caballero herido.
A los ecos de sus ansias,
mandé bajar luces; él
dijo a una de esas criadas
—viendo que ya para huir
la cortó el temor las alas—
que no menos que el honor,
la vida, el ser y la fama
iba en que quien la siguiese
no la hallase, y que ampararla
les tocaba por mujeres.
Yo, del suceso informada
—como esto de las desdichas
trae, para los nobles, cartas
tan de favor que no es
posible no ejecutallas—,
que la recojan mandé.
Como sin sentido estaba,
fue fuerza entrarla él; y, en fin,
vuelta del desmayo, para
todo, pues pudo traerla,
en que se vuelva a llevarla,…
Beatriz
(¿Qué oigo?)
Don Enrique
(¿Qué escucho?)
Chacón
(¿Qué va,
que aún con estotra nos cargan?)
Leonor
…si ya tú, compadecido
de su hermosura, su gracia,
su llanto, su desconsuelo,
su aflicción, su pena, su ansia,
no haces por mí una fineza
que humilde pido a tus plantas,
y es, señor —porque no vuelva
al riesgo que la amenaza,
y ese hombre de sus heridas
trate más que de guardarla—,
por esta noche permitas
se quede con tus criadas,
que no habemos de arrojar,
una vez dentro de casa,
en la calle a una mujer
que, triste y desconsolada
expósita de los hados,
de tus umbrales se ampara.
Beatriz
(Mejoró la petición,
enmendó mis esperanzas.)
Chacón
(Conforme lo que ahora el viejo
responda a la tal demanda.)
Don Diego
(¡Válgame Dios, qué de cosas
se eslabonan y se enlazan
unas de otras!) (Dime, Celio,
si es verdad, o si te engañas,
que en casa de don Juan fue
la pendencia.)
Celio
(No es más clara
la luz del sol.)
Don Diego
(¿Y es verdad
que de ella salió una dama
huyendo?)
Celio
(También.)
Don Diego
(¿Por cuánto
pudiera ser, ser su hermana,
y ser ésta, y éste el que
volvió tras ella la espalda?
Que aunque es así, que desdichas
venir suelen duplicadas,
y pueden ser dos, a mí
pensar que es una me basta
para que, acudiendo a una,
haya cumplido con ambas.
Y poco importa, pudiendo
saber la verdad mañana,
si no es ella, despedirla,
y si es ella, remediarla.)
Leonor
¿Es posible que mi ruego
tan poco contigo valga
que aun respuesta no merezca?
Don Diego
Sí, Leonor, porque me agravias
en pensar que yo faltar
pueda a deuda tan hidalga,
como no desamparar
a una mujer. Lo que extraña
mi valor es que yo había
de ser quien te lo rogara,
y tú quien no había, Leonor,
de consentirlo.
Leonor
¿A qué causa?
Don Diego
A que quedando contigo
y al abrigo de tu casa,
quien la deja en ella no
piense que puede buscarla,
ni verla en ella, ni oírla,
hasta que…
Don Enrique
Yo os doy palabra
de que no vuelva por ella,
ni a oírla, ni a verla, ni hablarla.
Forastero soy: el traje
salga por mí a la fianza
de que yo no la conozco.
Acaso la encontré (valga
lo que con la otra pasó
con ésta), y en la demanda
de estorbar que la justicia
la conociese, la espada
saqué, y con ella esta herida.
Leonor
(Di que es así.)
Beatriz
(Poco mandas.)
Ésa es tan verdad, señor,
que aunque estoy de él obligada,
puedo jurar a los cielos
y a todas sus luces santas
que no le conozco.
Leonor
(Bien
finge.)
Chacón
(De manera habla
que parece ella.)
Don Enrique
En efeto,
otra y mil veces palabra
vuelvo a dar de que por ella
no vuelva, y que…
Don Diego
Basta, basta,
que no me estimo en tan poco
que otra cosa imaginara.
En casa os quedad, señora,
en hora buena. Llevadla
a vuestro cuarto vosotras.
Beatriz
Humilde beso tus plantas.
(Ya por lo menos segura
estoy, donde espero que haya
ocasión para saber
en qué los empeños paran
de don Juan y de don Félix,
y donde, si los restaura
el cielo, pueda saber
cuán noble amparo me guarda.)
Vanse las tres.
Don Diego
Idos vos; pero primero
es bien que a la calle salga
a ver yo si hay gente en ella,
y alguien acaso os aguarda.
Vase.
Don Enrique
¡Leonor mía!
Leonor
¡Enrique mío!
Inés
¡Chacón mío!
Chacón
¡Inés ingrata!
Vanse los dos.
Leonor
¿Qué venida es ésta?
Don Enrique
¿Eso
preguntas? Pues ¿puede el alma
vivir sin verte? A eso sólo
vengo, donde ajena patria
huésped me admita, a merced
de servidumbres, de ansias,
necesidades y penas,
que todas bien empleadas
serán por verte, Leonor;
que no traigo otra esperanza.
Leonor
Bien, Enrique, a mis finezas
lo que les debes les pagas;
pero a mucha costa, pues
porque de balde no salga
el gozo de verte, ha sido
a pensión de la desgracia
de esa herida.
Don Enrique
No la sientas,
que no es cosa de importancia,
que haber tenido del lienzo
siempre cubierta la cara,
ha sido porque tu padre,
si otra vez aquí me halla,
no me conozca.
Leonor
Con todo,
no se aseguran mis ansias.
Sepa yo de tu salud,
que Inés estará avisada,
si viere a Chacón.
Don Enrique
Sí haré.
¿Y estarás tú a la ventana,
Leonor?
Leonor
Sí, Enrique.
[Sale Inés.]
Inés
Señor
vuelve ya.
Don Enrique
Al paso le salga,
porque no te halle conmigo,
y está, Leonor, avisada
de que mañana te vea.
Leonor
Tú, de que mi amor te aguarda.
Don Enrique
Pues hasta mañana, adiós.
Leonor
Pues adiós, hasta mañana.

Jornada Segunda

Sale Don Diego y Leonor.
Don Diego
¿Qué te ha dicho esa mujer?
Leonor
En peligrosas materias,
que a ella está mal el decirlas,
y a mí no bien el saberlas,
no he querido apurar más
de lo que ha querido ella
decir.
Don Diego
¿Qué ha sido?
Leonor
Que el lance
que tantos riesgos la cuesta
es más desdicha que culpa,
dándome a entender discreta
que aunque es delito de amor,
es delito con enmienda,
como quien dice que no
toca en marido la ofensa,
sino en padre o en hermano,
en quien, aunque ahora la queja
tenga razón, cesará
el día que ella parezca
casada con igual suyo.
Don Diego
Pues siendo de esa manera,
¿qué resta para la paz?
Leonor
Algo presumo que resta.
Y aunque sólo es conjetura,
no deja de hacerme fuerza.
El amante que en su cuarto
anoche estaba con ella
—quizá porque una criada
se le abrió sin su licencia—
debe de ser muy amigo
del ofendido, y recela
que en la parte de traición
a la confianza, quiera
más una venganza loca
que una satisfación cuerda.
Y así, hasta que haya quien tome
en esto la mano, y…
Don Diego
Cesa,
Leonor, que ya te he entendido;
y aunque desvelarme quieras,
para un informe hecho acaso,
muy por extenso lo cuentas.
Hablemos, pues, claro, y dime
—porque importa a la fineza
que haga por ella, si es
la que por ciertas sospechas
presumo— si quién es dice.
Leonor
Mujeres que a solas quedan,
curiosa una, otra afligida,
siendo la aflicción parlera,
sagaz la curiosidad…
Saca tú la consecuencia.
Beatriz César es, señor,
hermana de don Juan César.
Don Diego
No mintió mi presunción,
cuando a Celio oí.
Leonor
(Ni mi estrella,
en que sea desdichado
quien, siguiendo su influencia,
puso los ojos en mí.)
Don Diego
¿Y el galán?
Leonor
Si se me acuerda,
don Félix de Lara dijo,
que el que aquí vino con ella
fue un hombre que encontró acaso.
Don Diego
¿Qué hace ahora?
Leonor
Esperando queda
—viendo que a hablarte a tu cuarto
paso aun antes que amanezca—
la resolución, señor,
que lleve de tu respuesta
en que se quede o se vaya.
Don Diego
Leonor, aunque estas materias
estuvieran bien de ti
ignoradas, lo que es fuerza
no es elección. Esa dama
rica, principal y bella…
veslo ahí todo aventurado
por una vanidad necia.
Pero esto no habla contigo,
claro está. En efeto, esa
dama tiene contra mí
la obligación de una deuda,
que en la amistad de su padre
la ha tocado por herencia.
Darme al partido de que
contigo esté, es dar licencia
a que sepa yo que sabes
lo que no quiero que sepas.
Dejarla desamparada
al daño que la acontezca,
es también darme al partido
de que se imagine o crea
que, huyendo el riesgo en mi casa,
mi casa al riesgo la vuelva.
Sacar la cara al ajuste,
sin saber antes cuál sea
la razón de uno y de otro,
es resolución muy necia,
que no ha de empeñarse un hombre
sin saber en qué se empeña.
Y así, entre tantos extremos,
hasta que mañoso inquiera
qué hay aquí, y qué puedo hacer,
partamos la diferencia.
Yo he de decir que se vaya,
sin que imagine ni entienda
que sé quién es; tú podrás,
en quedándote con ella,
decir que se quede en casa,
sin saber yo que se queda;
con que ni a quien es me obligo
con la cara descubierta,
ni desamparo a quien es,
ni aventuro la decencia
de que la tuve conmigo;
pues siempre es mejor que tenga
este género de culpa
tu piedad, que mi imprudencia.
Conque quedamos los tres…
Mas disimula, que ella
tras ti a mi cuarto ha pasado.
Sale Beatriz.
Beatriz
Perdonadme esta licencia,
que hasta ser agradecida
a ninguna se le niega;
y dadme, señor, las plantas,
donde postrada merezca
saber si merezco ser,
no criada, esclava vuestra,
en tanto que…
Don Diego
No, no más,
señora (¡oh, cuánto me quiebra
el corazón!), que ya he dicho
a Leonor lo que convenga,
que es que, pues pasó la noche,
podréis iros encubierta
donde fortunas de amor
inconvenientes no tengan,
que tiene mi casa. El cielo
os guarde. (Leonor, deténla,
y de ningún modo que
falte de casa consientas.)
Vase.
Beatriz
¿Hasle dicho quién soy?
Leonor
No,
porque le vi de manera
resuelto a esto, que no quise
que al nombre el decoro pierda.
Beatriz
¡Que aun una esperanza sola,
que en fortuna tan deshecha
me dio el acaso, me falte!
Leonor
¿Qué esperanza?
Beatriz
Leonor bella,
la de haberme persuadido
el día que ya a tus puertas
el hado me encomendó,
que se dijese en Valencia
que un disgusto con mi hermano
me trujo a casa como ésta,
de donde salí casada
con gusto, y con conveniencia
de él mismo, y de los parientes;
pero arrojándome de ella,
donde, ofendidos, no habrá
ninguno que me defienda,
será fuerza que se diga,
pues me he de valer por fuerza
de don Félix, que liviana
me salí con él; y tenga
esa razón más mi hermano
para que irritado quiera
acabarlo con la espada
antes que con la prudencia;
si ya no es que lo esté (¡ay triste!),
pues en reñida pendencia
dejé a los dos, y no sé
qué resultó, de manera
que puede ser que a buscar
vaya, locamente ciega,
a quien, o ha muerto a mi hermano,
o mi hermano a él, expuesta
de un peligro a otro peligro.
Manda a alguna criada de ésas
que me dé, Leonor, un manto,
como limosna siquiera,
y adiós.
Leonor
No te desconsueles,
ni tan presto te resuelvas;
que compadecida yo,
he de hacer una fineza
por ti. Mi padre en mi cuarto
pocas veces sale ni entra,
y sin que él lo sepa, puedes
en una pequeña pieza,
que sirve de tocador,
estar, mientras yo pretenda
saber lo que ha sucedido;
con que, en teniendo más ciertas
noticias, resolveremos
qué debemos hacer.
Beatriz
Deja
que humilde bese tus plantas.
Leonor
Juana.
Sale Juana.
Juana
¿Qué me mandas?
Leonor
Lleva
al tocador a Beatriz,
donde de cuanto se ofrezca
has de cuidar, previniendo
a las demás que no entienda
mi padre que quedó en casa.
Juana
Así lo haré.
Beatriz
(Pues ya presa
voy por el delito, cielo,
ten piedad en la sentencia.)
Vanse las dos, y sale Inés con un papel.
Leonor
Aunque mi primer agrado
me han debido las finezas
de don Juan, estimo que haya
ocasión de mirar cuerda
por su honor, que no hay quien, ya
que no ame, no agradezca.
Inés
Mandaste que con cuidado
fuese, y viniese a la reja,
por si pasaba Chacón;
pasó, y echóme por ella
este papel.
Leonor
Muestra, Inés,
que aunque cosas tan diversas
como esta noche han pasado
en casa ocupar debieran
la imaginación, ninguna
se atrevió al lugar de aquella
guardada estancia del alma,
que al cuidado se reserva
de las heridas de Enrique.
Inés
Pues para que no le tengas,
él también queda en la calle,
a la esquina de la vuelta.
Leonor
Lee
«Aunque sea vanidad darme por lee
entendido de que pueda mi salud merecer
alguna lástima, que no me atrevo a decir
cuidado, no sólo me he de dejar incurrir
en ella, pero adelantarla hasta pedir, en
albricias de mi poco riesgo, la mucha
piedad de que te vea. Dios te guarde.»
¿Cómo haríamos, Inés,
que hablar con Enrique pueda,
sin dar nota, en la ventana?
Inés
Entrándole por la puerta.
Leonor
¿Y si viniese mi padre?
Inés
Echarle por la azotea,
pues ya se sabe el camino.
Leonor
¿Que en casa hay, no consideras,
un testigo más que esotras,
de quien fiarnos es fuerza,
pues Beatriz se queda en casa?
Inés
Si nos hemos de fiar de ellas,
dar a una oficio de guarda
de vista, que la detenga.
Leonor
¿Y si oye hablar en el cuarto
a un hombre, estando tan cerca
de la sala el tocador?
Inés
Para eso habrá otra deshecha.
Yo cantaré a la guitarra,
como que acaso divierta
tus penas, con cuyas altas
voces, las bajas se pierdan
en que los dos habléis.
Leonor
lo dispones de manera,
que aun cuando no lo deseara,
la facilidad hiciera
que lo ejecutase. Hazle
por esa reja una seña.
Inés
Hay gente en la calle agora.
Leonor
Pues guárdame, Inés, suspensa
la industria para después.
Inés
No hayas miedo que se pierda.
Leonor
Harto hará, si es dicha mía.
Vanse, y sale don Juan.
Don Juan
¡Oh tirana ley severa
de que el más honrado, culpas
que no comete, padezca!
¡Quién te borrara del mundo,
o, ya que aquesto no pueda,
al honor y a la malicia
les trocara las materias
del vidro y el bronce, haciendo
que el honor de bronce fuera,
y la malicia de vidro!
Mas ¡ay, qué loca propuesta,
que aun de bronce se quebrara
al golpe de tanta ofensa!
Entré en mi casa, y no hallé
ya criada ninguna en ella,
que, cómplices de mi injuria,
se valieron de su ausencia;
con que saber no es posible
el agresor que me afrenta,
ni dónde puede tener
a una ingrata en salvo puesta.
Preguntarlo será infamia;
comunicarlo, bajeza.
¿A quién se le habrá negado
hasta el uso de la lengua?
Si estoy en casa, presumo
que pierdo tiempo; si fuera
salgo, no sé dónde voy;
y esto, con tanta vergüenza
que juzgo que ya entre sí
me notan cuantos me encuentran,
sabiendo ellos lo que ignoro.
¡Oh, pundonor, cuánto cuestas,
para que un hombre te halle,
y cualquier mujer te pierda!
A una esquina suspenso, y sale don Félix.
Don Félix
(¿Adónde, fortuna mía,
siempre a mis dichas opuesta,
iría Beatriz, que de mí
ni se vale ni se acuerda?
Después que escapé a aquel hombre,
la noche pasé a la puerta
sin resolverme ni a entrar
ni a salir, para que en vela
me hallase cualquiera aviso.
Mas fue inútil advertencia,
pues ni ella me da noticias,
ni yo sé dónde tenerlas.
¡Qué fuera, ay de mí, que hubiese
dado su hermano con ella,
pues mejor que yo sabría
dónde ir pudo! Vaga idea
de un triste, ¿cuándo sabrás
hacia lo mejor la senda?)
Aparte los dos.
Don Juan
(No sé qué hacer en mis dudas.)
Don Félix
(No sé qué haga en mis sospechas.)
Don Juan
(¡Qué asombro!)
Don Félix
(¡Qué confusión!)
Don Juan
(¡Qué dolor!)
Don Félix
(¡Qué ansia!)
Los Dos
(¡Qué pena!)
Vense.
Don Félix
¡Don Juan!
Don Juan
¡Don Félix!
Don Félix
¿Adónde
vais? (Mal el alma se esfuerza,
que al delincuente, aun la sombra
de la vara le amedrenta.)
Don Juan
A un negocio que me importa
(¡Qué mal el valor se alienta!)
iba. ¿Y vos?
Don Félix
Con el cuidado
voy de no sé qué encomienda
que me ha encargado un amigo
(esto es temer que me lea
el delito en el semblante),
y así me importa la ausencia.
Yo os buscaré en vuestra casa
después.
Don Juan
Hallaréis en ella
un gran disgusto. (Esto es
prevenir, cuando no vea
a Beatriz, como otras veces,
que no la eche menos.)
Don Félix
Sepa
yo el disgusto. (¿Si conmigo
declararse, ¡ay de mí!, intenta?)
Don Juan
Anoche en mi calle (¡cielos,
favor!) tuve una pendencia
de un hombre que me embistió.
Don Félix
Hablad bajo, porque llega
gente pasando la calle.
Don Enrique y Chacón, y hablan quedo, y al pasar el tablado, sale por otra parte don Diego, y ellos se retiran adonde salieron.
Chacón
En fin, ¿damos otra vuelta?
Don Enrique
Y otras mil, hasta la dicha
de estar Leonor a la reja.
Chacón
¿No bastan siete, que es
el número de las bestias
el día de San Antón?
Mas su padre…
Don Enrique
No nos vea;
volvamos por esta parte.
Don Diego
(¿Quién en el mundo creyera
que hallara en conversación
el ofendido y la ofensa?
¡Don Juan y don Félix, cielos,
en plática tan secreta,
y tan sin recato el uno
del otro! ¿Si es conveniencia
la que tratan, declarados
ya los dos? Mas eso fuera
la boda hacer sin la novia,
pues ninguno sabe de ella.
¿Cómo, a dar el primer paso
en restauración de aquella
Vase acercando.
pobre, afligida señora,
con los dos me introdujera,
por si algo rastrease?)
Don Juan
En fin,
de la casa donde juegan
llegó con gente don Diego
Rocamora…
Don Diego
Y ahora llega
también, en fe de que viene
de buscaros de la vuestra,
señor don Juan.
Don Juan
¿Qué tenéis
que mandarme?
Don Diego
La respuesta
os dé lo mismo en que habláis,
pues dejándoos con la pena
que os dejé anoche, es preciso
el que cuidadoso vuelva
a saber qué ha resultado.
¿Habéis sabido quién sea
quien tan cauteloso os busca?
Don Juan
Agradezco la fineza,
y con deciros a vos
lo que a don Félix dijera,
habré cumplido con ambos.
Huyó, sin saber quién era,
el hombre; quise seguirle,
y viendo ser diligencia
perdida, me entré en mi casa,
donde hallé, ¡desdicha fiera!,
segundo mayor pesar:…
Los Dos
¿Qué fue?
Don Juan
…a Beatriz medio muerta,
que, conociendo mi voz
y que la pendencia era
conmigo, desalentada
bajar quiso; y de manera
la trabó la turbación,
que se cayó en la escalera
desmayada —tanto debo
a su amor—, cuya violencia
fue tal, que a esta hora no hay
esperanzas de que vuelva.
Don Félix
(¿Qué escucho?)
Don Diego
Ella volverá.
No desahuciéis tan apriesa
esperanzas, que los cielos
de un instante a otro remedian.
Don Juan
Podrá ser; pero el pesar
tan arrastrado me lleva,
que siendo fuerza salir
de casa a una diligencia,
no veo la hora de volver.
Perdonad, y dad licencia
de no quedaros sirviendo.
(Ya, por lo menos, con esta
prevención no la echarán
menos los que no la vean,
usando, mientras no puedo
del valor, de la prudencia.)
Vase.
Don Diego
(Cuerdo procede don Juan,
don Félix suspenso queda,
y yo, leyendo uno y otro
corazón, no sé qué deba
hacer.)
Don Félix
(¡Ay de mí! ¿Qué he oído?
Beatriz, al tomar la puerta,
sin duda que desmayada
cayó, y yo pensé que era
haber salido. ¡Qué mucho,
que si a mí, las luces muertas,
no me conoció don Juan,
que tampoco conociera
yo que Beatriz se quedaba!
Esto pide grande enmienda;
pues vuelva o no vuelva en sí,
está en gran peligro puesta.)
Perdonadme a mí también
(No sé a lo que me resuelva.)
el que no pueda serviros.
Vase.
Don Diego
¿Quién creerá, ¡cielos!, que sea
el mentir un hombre honrado
la cosa más torpe y fea,
y que haya trance en que agrade
ver que un hombre honrado mienta?
Don Juan lo diga, supuesto
que es prevenir con cautela
el que no se vea su hermana:
acción a dos luces cuerda,
pues calla a un tiempo el que agravie,
y salva el que no parezca.
¿Cómo yo por entendido
me daré? Que es cosa recia
decirle a un hombre en su cara:
«Yo sé las desdichas vuestras»,
mayormente cuando él
me está cerrando la puerta.
Dejárselo de decir,
es dar con el tiempo fuerza
al escándalo. Un camino
solo se ofrece. ¡Oh, si hubiera
sido antes que don Félix
se fuese con tanta priesa!
Mas, con alcanzarle, poco
hay perdido.
Vase don Diego, y salen don Enrique y Chacón.
Chacón
El viejo no entra
en su casa.
Don Enrique
Antes parece
que la calle abajo echa
con acelerado paso,
más que suele.
Chacón
¡En hora buena
vaya, y más si de ahí resulta
que Leonor salga a la reja,
y que el dar vueltas dejemos
nosotros a la cuaresma!
Don Enrique
Pasemos esta vez sola.
Inés a la reja.
Inés
¿Es Enrique?
Don Enrique
¿Quién llama?
Inés
Entra
en ese primero cuarto,
que ya está la puerta abierta.
Chacón
¿Tengo yo de entrar contigo?
Don Enrique
Para nada que acontezca
es malo el hallarnos juntos.
Éntranse los dos por una parte, y salen por la otra Leonor y Inés, y ellos vuelven a salir por la que ellas salieron.
Leonor
Cuidado con la deshecha
de que has de cantar, Inés,
porque aun los ecos no pueda
oír de nuestra voz Beatriz.
Inés
Para todo estoy alerta.
Leonor
Sólo a tanto atrevimiento
pudiera dar osadía,
tras la corta dicha mía,
el no corto sentimiento
de tu salud; y así, a intento
de que crédito no dé
amor a lo que no ve,
el riesgo al cuidado iguala.
Canta Inés, y sin dejar nunca de cantar ella y representar ellos, advirtiendo que en las repeticiones del tono, acaben iguales los versos de cantado y representado.
Inés
Guarda corderos, zagala;
zagala, no guardes fe;… canta
Don Enrique
¿Qué es aquesto?
Leonor
Es que hay ahí
de quien fiarme no puedo;
y porque, aunque hablemos quedo,
no nos oiga, discurrí
en disimular así
nuestras voces.
Don Enrique
¿Qué temer
queda en la vida a quien ser
dueño del alma no ignora?
Inés
…que quien te hizo pastora
no te libró de mujer. canta
Leonor
Aunque del alma lo fuera,
diera cuidado la vida.
¿Qué fue aquello de la herida,
y entrar de aquella manera
en mi casa?
Chacón
Una embustera,
que tras dos horas o tres
de andar a ciegas, después
nos dejó en gentil aliño.
Inés
La pureza del armiño,
que tan celebrada es,… canta
Don Enrique
Calla, loco. Una afligida
mujer, que de mí llegó
a valerse, por quien yo,
de la ronda defendida,
saqué la pequeña herida,
y, escapando del tropel
de un terrado en otro, a aquel
que vi luz la fuga aplico.
Inés
…vístela con el pellico,
y desnúdala con él. canta
Leonor
Luego ¿la que a aquella hora
huyendo también venía,
fue esa dama?
Don Enrique
Sí sería;
pero eso, ¿qué importa agora
para malograr, señora,
de otra estrella en la esquivez,
el breve rato que, juez
de mi amor, puedes decirme…
Inés
Deja a las piedras lo firme,
advirtiendo que, tal vez,… canta
Don Enrique
…qué piensas hacer de un hado
tan neutralmente dudoso,
que sólo se ve dichoso
para verse desdichado?
Dígalo, Leonor, tu agrado,
y dígalo tu cruel
temor, pues, atenta al fiel
decoro de tu belleza,…
Inés
…a pesar de su dureza,
obedecen al cincel.
Deja de cantar.
Don Enrique
…pendiente me traes de suerte
que, piadosa y homicida,
ni acabas de darme vida,
ni acabas de darme muerte.
Leonor
Ya que en extremos advierte
tales tu pena, bien hoy
disculpada, Enrique, estoy,
pues me acobardo y me animo:
osada, porque te estimo;
remisa, por ser quien soy.
¿Cómo puedo…? Pero espera,
aseguraré un cuidado.
Inés, ¿por qué lo has dejado?
Inés
La guitarra de manera
destemplada está, que fuera
dar más sospecha, si ve…
Leonor
De cualquier suerte que esté,
no lo dejes un instante.
Don Enrique
Si tanto importa que cante,
muestra, yo la templaré.
Toma la guitarra don Enrique y, estándola templando, sale don Diego, y hállale con ella en la mano.
Inés
¡Ay, desdichada de mí!
Cuando entraste, Enrique, en casa,
¿cerraste la puerta?
Don Enrique
No.
Inés
Pues contigo descuidada,
pensando que nadie fuera
tan necio que la dejara
abierta, no cuidé de ella;
con que dentro de la sala
ya señor está, y te ha visto.
El demonio imaginara
hallar tocando al galán.
Leonor
¡Qué descuido!
Don Enrique
¡Qué ignorancia!
Chacón
(En vez de guitarras, pienso
que habemos de templar gaitas.)
Don Diego
¿Quién es este caballero,
que, tan hallado en mi casa,
viene a divertirse a ella?
Leonor
¿De qué de verle te espantas?
Como en la corte, señor,
se usan tan poco las danzas,
no aprendí esa agilidad,
y, hallándome desairada
en Valencia —donde están
tan en uso, que no hay dama
que no luzga en sus primores,
pues cuando juntas se hallan,
todos sus divertimientos
son saragüetes que llaman,
sin los públicos saraos,
en que suele caerse en falta
de grave u de descortés,
mayormente si la saca
persona de autoridad—,
dije ayer a doña Juana,
mi prima, enviase al maestro.
Preguntó si había guitarra
en casa, o si la traería,
que el hombre que le acompaña
iría volando por ella;
sacóle ésa esta criada,
y apenas la tomó cuando
entraste. Si esto te cansa,
¿habrá más de que no vuelva?
Chacón
(¡Mentira más adecuada
al caso no vi en mi vida,
pues dio papel en su farsa
a la guitarra, a él, y a mí!)
Don Diego
Una cosa es que me haga
novedad, y otra, Leonor,
que yo me canse de nada
que tú gustes, cuando todas
has de hacer, y me pesara
que no entrases en los usos
de la tierra, y que te hallaras
corta en ninguna ocasión.
Y para ver si me agrada
o no el que tú te diviertas,
por vida del maestro, vaya
Siéntase.
de lición, que aunque cuidados
por agora no me faltan,
para ellos se hizo el alivio,
mayormente cuando paran
en ajenos. Vaya, pues,
de lición.
Don Enrique
(Lo que me saca
de un riesgo me pone en otro,
que ha de conocer la falta,
que poco o nada sé desto.)
Chacón
(Tirar coces, dar patadas,
y ¡cátate ahí, danzarín!)
Leonor
La primera vez turbada
he de estar, y así, señor,
hasta que tomado haya
algunas liciones, no
lo has de ver.
Don Diego
No temas nada.
Leonor
Si no tengo otro galán,
y ése presente se halla,
¿no he de temer el desaire?
Don Diego
Tampoco tengo otra dama
yo, y, en fe de enamorado,
aun el desaire hará gracia.
Vaya, por vida del maestro.
Don Enrique
Volveré a templar. ¡Mal haya
la prima!
Sube la clavija hasta quebrar la cuerda.
Don Diego
¿Qué fue?
Don Enrique
Saltó.
Leonor
Ello está de Dios que no haya
de tomar hoy lición.
Don Enrique
Todas
las cuerdas están rozadas,
y aun la guitarra está rota.
Leonor
Fue trasto olvidado en casa.
Llévela el maestro, haga que
la aderecen, y mañana
o a la tarde volver puede.
Don Enrique
Sí haré, de muy buena gana.
Don Diego
Mire, maestro, que no deje
de volver, y fíe la paga
de mí.
Don Enrique
Aunque muchas liciones
tengo, en ésta no haré falta.
Don Diego
Vaya con Dios.
Chacón
(La primera
vez es ésta que una dama
dio guitarras de favores.)
Don Enrique
(¿Quién creerá que a aprender vaya,
queriendo firme a Leonor,
el cómo he de hacer mudanzas?)
Vase don Enrique [y Chacón].
Leonor
Pues siempre el pesar al gusto
pisando la sombra anda,
y éste aún no intentara ayer
a saber lo que hoy en casa
había de pasar, te ruego
me digas, ¿qué es lo que alcanzas
desto a saber?
Don Diego
Que su hermano
tiene valor y constancia
para recatar sus penas.
A mí me dijo que mala
en su casa está Beatriz,
con que cortó la esperanza
de que yo pudiese darme
por entendido de nada,
sin aventurarme a mucho.
Leonor
¿Tú, señor?
Don Diego
¿Es circunstancia
no creer a uno para menos?
En fin, está en ignorancia
de quién es el agresor;
tanto, que con él hablaba
en este mismo sentido.
Yo, atento a una y otra ansia,
como quien estaba dueño
de los corazones de ambas,
resolví que era más fácil
—ya que hubiese de tratarlas—
que con don Juan, con don Félix,
por lo mejor que se hablan
materias de amor que honor.
Mas tan aprisa la espalda
volvió, que no le alcancé,
y viendo que ni la dama
corre riesgo, ni tampoco
los dos, me he venido a casa
para buscarle, después
que deje escrita una carta
a mi hermano, en que le diga
no dilate la jornada
a Valencia; que no puedo,
después de ausencia tan larga,
como gobernó la hacienda,
ni entenderla ni ajustarla
sin él.
Leonor
Será para mí
el verle gran dicha, a causa
que por padre tantos días
le tuve. (Mejor desgracia
dijera, si, viendo a Enrique,
resucita las pasadas
sospechas que ya de él tuvo
en Madrid.) Beatriz.
Vase don Diego y sale Beatriz y Juana.
Beatriz
¿Qué mandas?
Leonor
Que sepas que entre don Félix
y don Juan no hubo desgracia,
y tan desimaginado
está en pensar que le agravia,
que se acompaña con él.
Ha fingido que en la cama
estás, porque nadie te eche
menos; con que el día que haya
quien tome la mano, pienso
que airosa de todo salgas.
Beatriz
¡Plega al cielo, Leonor bella,
que en premio de piedad tanta,
o no tengas amor,…
Leonor
(Tarde
esa bendición me alcanza.)
Beatriz
…o le tengas con ventura!
Y permíteme, a tus plantas
una y mil veces rendida,
usar de la confianza
con que el beneficio de hoy
consecuencia al de mañana
hace, siendo el que se goza
víspera del que se aguarda.
Toda mi dicha, Leonor,
está en que don Juan no haga
duelo de ver ofendida
su amistad; y ya que falta
quien saque la cara a esto,
pues tu padre, cuyas canas
y autoridad ser pudieran
medio, no sólo me ampara,
pero me deja que tú,
sin que él lo sepa, me valgas,
fuerza es que yo busque otro,
y no pienso que le haya,
si no es que le dé don Félix,
a que es forzoso que añadas
que no sabiendo de mí,
¿qué sé yo si se persuada
a una indignidad? Con que
honor, ser, vida, honra y fama
está en tu mano, Leonor,
con sólo que por mí hagas
la última fineza.
Leonor
¿Qué es?
Beatriz
Que sepa que tú me amparas,
y para discurrir medios,
yo le hable una palabra
delante de ti.
Leonor
¿No ves
cuánto en eso aventurara,
si mi padre…?
Beatriz
Ya lo veo;
pero quien necesitada
pide, no pide discreta.
Tienes razón, no lo hagas;
que yo me dejaré estar
a don Juan con su ignorancia,
y a mí con el desconsuelo
de no haber otra esperanza.
Leonor
(¡Que no la pueda decir
que mi padre en esto anda,
por no obligarme a decirla
que sabe que se está en casa!
Pero si los dos se ven,
¿no podrá ser que den traza
que a mi padre desempeñe
y que ellos allá se valgan
de medios que a él no aventuren?)
Beatriz
¿Qué es lo que a tus solas hablas?
Leonor
No sé, Beatriz, qué te diga.
Siento no hacer lo que mandas,
y temo hacerlo. (Ahora bien:
yo tengo de ver si saca
a mi padre del empeño
esta resolución.) Juana,
pues que tú eres de Valencia,
di si a don Félix de Lara
conoces.
Juana
Muy bien, señora.
Leonor
¿Sabes su calle?
Juana
Y su casa,
por señas de que es tan cerca,
que cae de aquésta a la espalda,
por cuyos terrados suelo
hablarme con sus criadas.
Leonor
Pues búscale, y sin decirle
quién es, dile que una dama
le quiere hablar; que a esa reja
espere una seña blanca,
que será cuando mi padre,
en habiendo escrito, salga.
Vase Juana.
Beatriz
¿Qué puedo decir, Leonor,
sino con mil vidas y almas
ser tu esclava eternamente?
Leonor
Beatriz, los extremos bastan;
que fortunas de amor tienen
tanto imperio en las humanas
penas, que lo que nos ruegan
parece que nos lo mandan.
Inés
(Y añade, sepolturera
de amor: «Hagan bien a esta alma,
porque nos depare Dios
quien por nosotros lo haga.»)
Vanse. Sale don Félix.
Don Félix
Aunque en casa de Beatriz
gente a inquirir he enviado,
ninguna razón me ha dado,
no sólo de su infeliz
accidente, mas la puerta
no abren, ni nadie responde.
Y pues su hermano la esconde
con tanto recato, cierta
cosa es que, para vengarse
a salvo, fingiendo va
que tan de peligro está;
y aunque mi pena restarse
quiera a todo trance, el ser…
Sale Juana tapada.
Juana
¡Señor don Félix!
Don Félix
¿A mí?
Juana
A vos.
Don Félix
Ved si soy yo.
Juana
Sí.
Don Félix
¿Qué mandáis?
Juana
Obedecer
a las damas es forzoso;
una envía a suplicaros
vengáis donde pueda hablaros.
Don Félix
¿Dama a mí? Dificultoso
se me hace que haya dama
que de mí se acuerde. Quién
es me decid.
Juana
No está bien
ni a su estado ni a su fama
el nombralla antes de vella;
porque la que os llama no
la que os llama es. Con que yo
no puedo de ésta ni aquélla
decir más de que sigáis
mis huellas, donde hallaréis
una seña que veréis
a una reja, en que sepáis
cuál os llama de las dos.
Seguidme, pues, esperad,
y, donde yo entrare, entrad,
que a vos os importa. Adiós.
Vase, y vuelve a salir atravesando el tablado, y él tras ella.
Don Félix
¡Oíd, esperad! (¿Qué será
novedad tan grande? Pero
aunque ningún bien espero,
fuerza es el seguirla ya,
que no me ha de acobardar
que don Juan sepa quién era,
y que así vengarse quiera.
La casa en que la veo entrar
es la de don Diego, ¡cielos!,
y el ser tan noble y segura
del peligro me asegura,
pero no de los recelos
del llamarme deste modo.
Mas ¿para qué es discurrir?
Pues con esperar, y ir,
habré cumplido con todo.)
A la puerta del tablado, y salen don Enrique y Chacón.
Chacón
Y en fin, ¿qué piensas hacer?
Don Enrique
Repasar desde este día
lo poco que yo sabía
desta habilidad, y ser
su maestro de danzar, puesto
que en la casa de Leonor
entrada tendrá mi amor
a todas horas con esto.
Chacón
¡Oh, si tanto repasaras
eso poco que sabías,
que maestro en breves días
hecho y derecho te hallaras!
Que no fuera mal socorro
enseñar, para aprender
los compases del comer.
Don Enrique
¡De imaginarlo me corro!
¿Yo había de ser maestro, di,
de quien no fuera Leonor?
Chacón
¿Había más de andar, señor,
preguntando: «¿Vive aquí
alguna Leonor que quiera
saber danzar con primores?»,
y, maese-danza Leonores,
no enseñar a quien no fuera
Leonor? Con que comerías,
sin ajar el pundonor
de enseñar, sin ser Leonor.
Don Enrique
Deja necias boberías;
no el juicio y el tiempo pierdas.
¿Traes la guitarra?
Chacón
Ella es juez
de que es la primera vez
que habemos tratado en cuerdas.
Un pañuelo en la reja.
Don Enrique
Pues volvamos allá. Pero
espera. ¿En la reja, di,
no hacen una seña?
Chacón
Sí.
Don Félix
(Avisan.)
Don Enrique
Un caballero
que estaba en la calle, ¿no
le ves —¡oh, tirana estrella!—
que se va acercando a ella?
Éntrase don Félix.
Chacón
Así me acercara yo.
Don Enrique
¡Entró dentro!
Chacón
Y recatado
más que tú, no dejó abierta,
como tú hiciste, la puerta,
pues al punto la han cerrado.
Don Enrique
¡Seña en la reja, ay de mí!
¡Hombre que la seña espera,
y, en viéndola —¡pena fiera!—
entrar tras ella! ¿Qué vi?
Chacón
Lo que yo, y no me asusté.
Haz tú lo mismo, y verás
lo poco que importa.
Don Enrique
¿Estás
borracho, infame?
Chacón
¿De qué
lo he de estar, si ya no hay vino
que tenga esa utilidad,
pues no le habla en puridad
ningún hijo de vecino?
Pero ¿dónde vas?
Don Enrique
No sé:
a llamar, abrir, entrar,
y qué hombre es éste apurar.
Chacón
Eso yo te lo diré:
uno que en la calle estaba,
esperando a que le hizieran
seña, y la puerta le abrieran
por donde entró.
Don Enrique
Hoy acaba
mi amor, si mi agravio empieza.
Ven tras mí.
Chacón
Si ello hay pesar,
por Dios que le he de quebrar
la guitarra en la cabeza.
Vanse los dos, y salen Leonor y don Félix y Inés.
Leonor
Tendréis a gran novedad
el que yo os llame.
Don Félix
Sucesos
que imaginados aún no
los hallara el pensamiento,
¿qué mucho que acontecidos
hagan novedad?
Leonor
Pues presto
saldréis de la duda, que
si decir suele el proverbio
que el tiempo es precioso, aquí
es más que precioso el tiempo.
¿Conocéis aquesta dama?
Sale Beatriz.
Don Félix
Débame vuestro respeto
decir que sí, tan remiso,
que al ver su prodigio bello,
enviándola la voz
me quede con el afecto.
Sí, señora, otra vez digo,
turbado, absorto y suspenso
de ver aquí a quien juzgaba
en otra parte, a más riesgo.
Leonor
Pues en albricias, don Félix,
de ese desengaño, quiero
me deis —¡ved cuán poco os pido!—
lo que os debéis a vos mesmo.
Ella es mi amiga; de mí
se ha favorecido, y menos
que honrada, airosa y casada
con gusto de hermano y deudos,
no ha de salir de mi lado.
Los medios que para esto
faltan, habéis de dar vos.
Llaman.
Pero ¿quién con tanto estruendo
llama? Por aquesa reja
mira, Inés.
Inés
¿Quién es?
Chacón
El maestro dentro
de danzar.
Leonor
(¡Ay infelice!
Don Enrique es.)
Beatriz
(El pequeño
rato de una conveniencia
aun no me permite el cielo.)
Vuelven a llamar.
Leonor
Aunque quien llama no es
persona de cumplimiento,
por lo mismo no es razón
que tenga parte en secreto
tan reservado que aun no
le sabe mi padre, y puesto
que el fin a que os he llamado
es sólo a tratar los medios
que más convengan, don Félix,
al desenojo o al duelo
de don Juan, y con Beatriz
se han de hablar, mientras yo intento
—porque ni a vos ni a ella vean
al primer recibimiento—
salir al paso a quien llama,
en esa sala de ahí dentro
esperad a que yo vuelva.
¡Juana!
Juana
¿Señora?
Leonor
Esté abierto.
Entra tú con ellos, Juana.
Don Félix
En todo he de obedeceros.
Beatriz
¡Ay, Félix, cuánto me debes
de penas y desconsuelos!
Don Félix
No hago, Beatriz, porque todos
los pagan mis sentimientos.
Vanse los tres, y salen don Enrique y Chacón.
Leonor
Abre tú la puerta, Inés,
y está a la mira, advirtiendo
si entra mi padre en la calle.
Don Enrique
Pensarás, Leonor, que vengo
a usar de aquella licencia
que sutil halló tu ingenio
para, restaurando un daño,
facilitar un remedio.
Pues no, Leonor: otra causa
es la que me trae.
Leonor
¿Qué es esto
¿Tú tan perdido el color,
tan fatigado el aliento,
tan turbadas las acciones?
¿Hate puesto en otro empeño
otra dama?
Don Enrique
Sí, Leonor,
en otro empeño me ha puesto
otra dama, y tal, que de él
vivo no saldré, si atiendo
que mal podrá salir vivo
quien entra a buscarle muerto.
Leonor
¿Qué traes? ¿Qué tienes? ¿Qué miras?
Don Enrique
Nada y mucho.
Leonor
No te entiendo.
Don Enrique
Yo sí te entiendo, Leonor,
a ti, puesta al paso a efecto
de que no pase adelante.
Leonor
¿Dónde has de pasar?
Don Enrique
Adentro.
Leonor
¿A qué?
Don Enrique
Si lo he de decir,
a buscar a un caballero
que, esperando en esa calle
la seña que le hizo un lienzo
en tu reja, entró en tu casa,
de ella llamado, y supuesto
que abusos del mundo mandan
que los hombres ajustemos
lo que ofenden las mujeres,
con que contigo no tengo
más acción que hasta quejarme,
deja que pase, resuelto
a la que con él me queda.
Leonor
¡Mi bien, mi señor, mi dueño!
Don Enrique
¡A buen tiempo la primera
vez te escuché agrados! Pero
favores de infeliz, ¿cuándo
llegaron a mejor tiempo?
Aparta.
Leonor
No has de pasar
de aquí sin oírme primero.
Don Enrique
¿Qué puedes decirme?
Leonor
Que
soy quien soy, y no te ofendo.
Don Enrique
Aunque fueras la que fueras,
me dijeras eso mesmo,
y palabras generales
que a cualquier predicamento
vienen, ¿qué haces tú en decirlas?
Y así, pues ya he dicho que esto
no se ha de acabar contigo,
habiendo con quién, no tengo
de oírte.
Leonor
Mira…
Don Enrique
Suelta.
Leonor
Advierte…
Don Enrique
Quita.
Leonor
…que yo…
Inés
Hablad más quedo,
y disimulad, que viene
mi señor.
Chacón
Aquesto es hecho.
Toma la guitarra.
Don Enrique
¿Yo
había de hacer tal? No quiero.
Leonor
Enrique mío, si algo
a tus finezas merezco,
disimula con mi padre,
valiéndonos del primero
engaño; que yo te doy
palabra que satisfecho
quedes.
Inés
¿Quieres que te halle
quien ayer te dejó maestro
de danzar, maestro hoy de esgrima?
Leonor
De la dama lo primero
ha de ser siempre el honor:
mira por él.
Don Enrique
¿Habrá, cielos,
otro, a quien haya obligado
tan no imaginado empeño
de amor y honor, a que haya
de hacer festín a sus celos?
Toma la guitarra.
Chacón
Si «mandábanle bailar»
por otro dijo el proverbio,
¿qué mucho que por ti diga
«mandábanle danzar»?
Leonor
Esto
has de hacer: hállenos como
dando lición.
Inés
Y sea presto,
que entra ya.
Tocando, y con el sombrero en la espada, haciendo la reverencia, los halla don Diego.
Don Enrique
A la reverencia,
señora, otra vez.
Don Diego
(¿No es bueno
que, después de haber tenido
escrito y cerrado el pliego,
se me olvidase? Mas vaya,
el descuido me agradezco,
pues vengo a buena ocasión.)
¿Qué le ha parecido al maestro?
Que el aire luego se deja
conocer.
Don Enrique
Que sabrá presto
cuánto hay que saber, porque
a la primer lición veo
que ha hecho toda una mudanza.
Leonor
Engáñase, que no he hecho.
Don Enrique
Yo la he visto ejecutada.
Leonor
Sí, pero llena de yerros.
Don Diego
Yo lo veré, que también
algo supe allá en mis tiempos
de «lo cierto» y «lo galano».
Don Enrique
Por ahora basta lo cierto.
Don Diego
¿Y qué es la primer lición?
Don Enrique
Ser solía «la alta»; pero
no es danza que ya está en uso.
Leonor
Ni «la baja», a lo que entiendo.
Don Enrique
Y así son los cinco pasos
los que doy, y los que pierdo,
por «la gallarda» empezando.
Inés
(Cuanto se hablan son floreos.)
Chacón
(Yo pensé que eran pavanas.)
Don Diego
Yo no estorbo: vaya, maestro.
Pónense en sus puestos, y hacen lo que dicen los versos.
Don Enrique
La reverencia ha de ser,
grave el rostro, airoso el cuerpo,
sin que desde el medio arriba
reconozca el movimiento
de la rodilla; los brazos
descuidados, como ellos
naturalmente cayeren;
y siempre el oído atento
al compás, señalar todas
las cadencias sin afecto.
¡Bien! En habiendo acabado
la reverencia, el izquierdo
pie delante, pasear
la sala, midiendo el cerco
en su proporción, de cinco
en cinco los pasos. ¡Bueno!
(¡Ah, ingrata! ¿Quién sino yo
por ti se pusiera a esto?)
Leonor
(¿Y quién sino yo por ti
sintiera lo que yo siento?)
Don Enrique
En cobrando su lugar,
hacer cláusula en el puesto
con un sustenido, como
que está esperando el acento.
Romper ahora…
Sale Celio.
Celio
De don Juan
César te busca…
Don Diego
Ya esto
es de otro caso.
Celio
…un criado.
Leonor
(¿De don Juan César? Ya tengo
más que temer.)
Don Diego
(¿Qué querrá?)
Proseguid, pues, que ya vuelvo.
Vase.
Don Enrique
¡Vive Dios, que por mí solo
pasara el estar haciendo
festín, ingrata, a tu amante!
Leonor
No lo es.
Don Enrique
¿Cómo no ha de serlo
quien, escondido en tu casa,…?
Leonor
Considerando, advirtiendo
que antes de agora te dijo
de Inés la voz que hay sujeto
dentro, Enrique, de mi casa,
de quien recatarme debo.
Don Enrique
Quizá sería el mismo entonces.
Leonor
No sería, y aunque esto
es largo para de paso,
¿dejaste, Enrique, tú mesmo
aquí una dama la noche
que veniste?
Don Enrique
Ya eso es viejo
de echar la culpa a otra dama.
¿No hubieras, pues hubo tiempo,
pensado mejor disculpa?
Leonor
Ésta lo es.
Don Enrique
Es fingimiento.
Leonor
Ésta es verdad.
Don Enrique
Es traición.
Leonor
Cuando sea todo eso…
Don Enrique
Él lo ha de decir, no tú.
Leonor
¿Qué haces?
Don Enrique
Entrar a saberlo.
Leonor
Mira que vuelve mi padre.
Don Enrique
¡Que haya de ser fuerza esto!
Chacón
¡Ella danza «la gallarda»,
y él «el pie gibao»!
Inés
¡Silencio!
Vuelve don Diego, y ellos danzan como los dejó.
Don Diego
(Don Juan me avisa que en casa
le espere. ¿Si sabrá, ¡cielos!,
que está aquí Beatriz? Mas no
discurro, pues el efeto
lo ha de decir tan aprisa.)
Maestro, ¿en qué estado está esto?
Don Enrique
En romper, como quedamos.
Leonor
Y es a lo que yo no acierto.
Don Enrique
Sí aciertas. Con quebradillo
entrar ahora en el paseo.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco,
señalados, y a concierto.
Don Diego
Digo que en mi vida vi
mejor aire, y me prometo
que ha de salir bien con todo.
Don Enrique
Sí saldrá.
Sale Celio.
Celio
Aquel caballero
que te avisó viene ya.
Don Diego
Dile que me espere dentro
de mi cuarto, que ya voy.
[Vase Celio.]
(Leonor, no sé qué recelo
desta visita. A Beatriz
di que se esté en su aposento,
y a nada que escuche salga.)
Váyase con Dios, maestro,
que ya por hoy la lición
basta.
Don Enrique
En todo te obedezco.
Don Diego
Por acá, no es por ahí
la puerta.
Chacón
Ha perdido el tiento
de la sala con las vueltas.
Don Diego
Venid, pues, ya yo os enseño
por dónde habéis de ir.
[Vase.]
Don Enrique
Di, ingrata,
a tu amante que le espero
en la calle, donde vea
que el que, a tu opinión atento,
maestro es de danzar en casa,
en la calle es caballero.
Vase.
Leonor
¿Quién se vio en más confusiones?
Inés
Vayan todos con el cuento.
Beatriz escondida en casa,
su galán en su aposento,
su hermano con mi señor,
mi señor con sus recelos,
mi ama con sus sobresaltos,
el no aún mi amo con sus celos,
yo con mi temor. Señores,
¿en qué ha de parar aquesto,
y más en veinticuatro horas
que da la trova de tiempo?

Jornada Tercera

Don Juan solo.
Don Juan
Consejo muda el más sabio,
sagrada sentencia dijo,
para enseñarnos que nadie
se pague del suyo mismo.
Y siendo así que yo tanto
de consejo necesito,
¿de quién, como de don Diego,
puedo tomarle, si miro
que por su sangre, sus canas,
sus experiencias, su juicio,
y habérseme dado en esta
ocasión tan por amigo,
nadie le dará mejor?
Que aunque es verdad que él ha sido
de quien más, por Leonor bella,
recatarme solicito,
llegando a honor, no hay amor;
y no por un requisito
lo principal de una esencia
ha de torcer los designios.
Fuera de que, ¿qué verá
en mí, que no sea un testigo
de honrado, atento y restado?
Que espere en su cuarto dijo,
Sale don Diego y Celio.
y él viene ya. ¿Quién creerá
que, al ver cercano el peligro
de haber de hablar desto, cuanto
vine osado, estoy remiso?
Don Diego
Llega esas sillas, y aguarda
allá fuera. En mucho estimo,
señor don Juan, este honor.
[Vase Celio.]
Don Juan
En nada, señor, os sirvo,
que habiendo honrado mi casa
hoy, como vos me habéis dicho,
hiciera mal en faltar
a cumplimiento tan digno
como pagar la visita.
Don Diego
Aunque el cortesano estilo
en eso se satisfaga,
que me deis licencia os pido
a que la puntualidad
me haya, don Juan, persuadido
que debe de haber segunda
causa. ¿Habéis algo entendido
de aquel ignorado empeño?
Mirad que soy vuestro amigo,
que lo fui de vuestro padre,
que soy quien soy, y los bríos
no están del todo apagados.
Aparte
(Para que él me dé motivo
a que en la plática entre,
harto se lo facilito.)
Don Juan
Señor don Diego, el haberos,
como decís, persuadido
mi puntualidad a que
sea de otra causa indicio,
no he de negároslo; pero
es tal, que cuando conmigo
resolví hablaros en ella,
juzgué fácil el camino,
que hallo tan dificultoso
al pisarle, que os suplico
me hagáis merced de que no
pase adelante el designio.
A pediros un consejo,
desconfiado del mío
—que en efeto nadie es
buen médico de sí mismo—,
venía, es verdad, por salvar
el acusado capricho
de quien no se aconsejó
con algún prudente juicio.
Para esto os elegí y, como
dije, lo que se me hizo
tratable allá, aquí es tan otro…
Perdonad, si sólo os digo
tengáis lástima de un hombre
a quien han acontecido
sucesos tales, que siendo
vos a quien buscando vino
para decirlos, no osa,
y se vuelve sin decirlos.
Levántase.
Don Diego
Oíd, esperad, don Juan,
y mirad que, enternecido,
más que vos me habéis callado,
vuestras lágrimas me han dicho.
¿Para qué queréis que quede
vacilando discursivo,
y sea lo imaginado
aun más que lo sucedido?
Yo no me espanto de nada;
de nada, don Juan, me admiro;
soldado soy de fortuna,
mucho mundo es el que he visto,
todo me cabe en el pecho;
no os embaracéis conmigo,
y ved que haberme buscado,
hallarme, y arrepentiros,
es ofenderme en el fin
más que os debí en el principio.
Don Juan
Si sólo en duelos de honor
al corazón más altivo
disculpa el llanto, ¿qué haré
yo en callar lo que él ha dicho?
Anoche en mi casa entré,
en la puerta sentí ruido
de un retrete de mi hermana.
La luz tomo, el paso aplico,
cuando un aleve, apagando
luz y rostro a un tiempo mismo,
hizo servir el embozo
de la capa a dos oficios.
«¡Valedme, cielos!», tomando
la puerta, la ingrata dijo;
conque, porque no escapase,
hago a él cara y a ella sigo;
de suerte que, embarazado,
por acudir indeciso
a dos acciones, lugar
la doy de abrir el postigo
y tomar la calle, donde
tras ella (¡ay de mí!) salimos
riñendo los dos. Aquí
llegasteis, y así no digo
que él, en su alcance, veloz
corrió sin ser conocido,
y yo, de vos estorbado,
ser otra la causa finjo,
bien como finjo ser otra
la del mortal parasismo,
por dar visos a su ausencia
—bien que trasparentes visos—,
siendo así que ya en mi casa
no había un tan solo testigo,
habiendo faltado todas
las cómplices del delito.
Conque robada mi hermana,
sin presunción, sin indicio
de quién sea el agresor,
ni dónde hallarla, me miro.
Ved vos lo que debo hacer,
pues de vos sólo me fío,
en fe de quien sois, y en fe
de que a esos pies afligido,
triste, confuso y… no acierto
cómo decir, ofendido,
deseando hacer lo mejor,
vida, honor, ser y alma rindo.
Don Diego
Don Juan, en un hombre honrado
la desdicha no es delito,
que no aja la virtud
el que no comete el vicio.
Vos habéis hasta aquí andado
cuerdo, valiente, advertido,
caballero, honrado, atento;
y siendo así, proseguidlo.
Que aunque allá la ley del duelo
diga que el que fue embestido
de un fracaso, y hizo entonces
lo que pudo, satisfizo
su empeño, sin que por eso
de quedar deje en preciso
trance de que después haga
lo que por entonces no hizo;
esto ha de entenderse cuando,
el agravio recibido
en lo personal, conviene
que ello vuelva por sí mismo;
mas cuando el agravio es
culpa ajena, aunque él sea mío,
lo que le resta de hacer
al más noble y más altivo,
es enmendarle; porque
hay sucesos infinitos
en que dijo la venganza
lo que el agravio no dijo.
Hombre a quien dio esa licencia
Beatriz, no sujeto indigno
ha de ser tanto que vos,
domeñándoos al partido
de un leve desdén, no hagáis
voluntario lo preciso.
Y así mi primer consejo
es que, cautos y advertidos,
sepamos quién es, que a esto
yo, don Juan, sin vos me obligo;
y siendo noble —que sólo
faltando el serlo, permito
que no toméis mi consejo—,
sin escándalo y sin ruido
vuelva Beatriz a su casa,
y dadla vos por marido
al que eligió, que no es poco
logro hacer de un enemigo
un obligado: conque —otra
vez, y otras mil lo repito—
la venganza no dirá
lo que el agravio no dijo.
Don Juan
¡Pluguiera al cielo, don Diego,
que, ya el caso sucedido,
nos volviéramos a hallar
en ese primer principio!
Que no digo yo su hacienda,
pero el patrimonio mío,
mi vida, mi alma, mi honor,
cuanto soy y cuanto he sido
y he de ser, por restaurar
un algo de lo perdido,
pusiera a los pies de quien
noble, ilustre, claro y limpio,
antes que fuese memoria
mi ofensa, la hiciese olvido.
Don Diego
(¡Oh, quién hubiera a don Félix
hablado! Pero no ha habido
ocasión; que aquí quedara
todo el lance concluido.
Si yo supiera de qué
ánimo está… Mas si digo
a don Juan ahora quién es,
y él, allá por los motivos
que puede tener, no viene
en los conciertos, me obligo,
habiéndolo dicho yo,
a hacer que haya de cumplirlo;
y así, hasta hablarle…)
Don Juan
¿De qué
tanto os habéis suspendido?
¿He dicho algo mal? Que quiero
retractar haberlo dicho.
Don Diego
No, don Juan; antes estoy
tan admirado de oíros
honrado y discreto, que
casi el desaire os envidio.
Dadme, pues, plazo a que sepa
quién es: tan breve os le pido,
que a vuestra casa a esperar
la respuesta podéis iros.
Don Juan
¿No será mejor que vos
no os canséis, y yo, advertido
del cuándo, vuelva por ella?
Don Diego
Eso o esotro es lo mismo.
Volved dentro de una hora.
Don Juan
Quedad con Dios.
Don Diego
Si es preciso
que salga a la diligencia,
dejad que vaya a serviros.
Salgamos juntos de casa.
¡Leonor! Id vos, que ya os sigo.
(¡Dichoso yo, si hallar puedo
en tanto pesar alivio!)
Vase [don Juan], y sale Leonor y Inés.
Leonor
(¡Que por más medios que demos,
en ninguno convenimos!)
¿Qué me mandas?
Don Diego
Del cuidado
sacarte, que habrás tenido
de la visita. Don Juan
—que en toda mi vida he visto
caballero más atento—
a perdonar reducido
la ofensa está. A buscar voy
a don Félix, y imagino
que ha de salir de tu lado
honrada Beatriz.
Vase.
Leonor
Bien fío
de tu cordura y consejo
su reparo, que no impío
el cielo la encomendó
a tu sagrado. A decirlo
vuelvo a los dos, para que,
haciéndose encontradizo,
se deje hallar de mi padre.
Mas ¿cómo me determino
a que salga, si en la calle
Enrique está?
Inés
¡Buen arbitrio!
Váyase por los terrados,
con que señor, que habrá ido
a su casa, le hallará
en ella.
Leonor
No mal has dicho.
Pero ¡ay, que ya no es posible,
Inés!
Salen don Enrique y Chacón.
Don Enrique
Habiendo salido
tu padre, Leonor, de casa
con el que a buscarle vino,
bien puedo yo entrar en ella
a decir a ese escondido
caballero que se deje
hablar, que no es buen estilo
hacer esperar a un hombre
tanto tiempo.
Leonor
Yo te estimo
el que hayas, Enrique, vuelto.
A aquesta cuadra, que ha sido
reservada, por si acaso
en casa hay huésped, te pido
te retires, y verás
si trato verdad o finjo.
Don Enrique
¡Bueno es, entrando a buscar
un hombre que está escondido,
ser el escondido yo!
Chacón
Ésos son los solecismos
de amor, dar persona que hace
y padece a un tiempo mismo.
Leonor
Ten aquesa razón más,
y haz esto que te suplico;
que abierta tendrás la puerta,
para que, al menor resquicio
de sospecha, salir puedas.
Don Enrique
¡Mira cuál es el hechizo
de tus encantos, Leonor!
Que con ser un basilisco
el que me está abriendo el pecho,
te obedece, adormecido
al conjuro de tu voz.
Leonor
Entra, que has de ser testigo
tú también de mi verdad.
Chacón
Veamos por lo que se dijo
«Mete ruin, y saca bueno».
Escóndense los dos en la puerta de en medio, y por la del lado salen Félix y Beatriz.
Inés
¿Qué intentas?
Leonor
Hallar arbitrio
que a Enrique le satisfaga,
a mí me excuse el peligro
del secreto de mi amor,
Beatriz tenga un buen aviso,
y Félix vaya a encontrar
con mi padre.
Inés
En conseguirlo,
mucho harás.
Leonor
¡Félix, Beatriz!
Salid, que vengo a pediros
albricias.
Los Dos
¿De qué?
Leonor
De que
cuantos medios discurrimos,
todos sobran.
Los Dos
¿Cómo?
Leonor
Como
don Juan está reducido
a la conveniencia. A esto
mi padre a buscarte ha ido:
procura hallarle, y de nada
te darás por entendido,
hasta que él lo diga. ¿Qué
esperáis? A tu retiro,
Beatriz. Tú, a buscarle.
Los Dos
Deja…
Beatriz
…que humilde,…
Don Félix
…que agradecido,…
Beatriz
…al reparo de mi honor,…
Don Félix
…de mi amor al beneficio,…
Beatriz
…bella Leonor,…
Don Félix
…Leonor bella,…
Beatriz
…diga a voces…
Don Félix
…diga a gritos…
Beatriz
…que eres la deidad hermosa…
Don Félix
…que eres el bello prodigio…
Beatriz
…por quien vivo cuando muero.
Don Félix
…por quien, cuando muero, vivo.
Vanse.
Leonor
Ahora, señor don Enrique,
¿qué haremos de lo reñido?
¿Ve usted cómo aquella dama
que usted convoyando vino,
hasta que le fue forzoso
dejar el convoy, y herido,
dando al terrado escalada,
entrar por asalto el sitio,
fue la que llamó a su amante,
con consentimiento mío,
porque habiéndose amparado
de mi padre, era preciso
que de mi lado saliese
su honor puro, claro y limpio?
Pues si lo ve usted, y ve
que tuvieron sus delirios
de mí tan baja sospecha,
como tener escondido
un hombre en mi mismo cuarto,
que se vaya le suplico,
y no vuelva donde escuche
otra vez los desatinos
de tan licenciosos celos.
Chacón
(¡Oigan, que ha cobrado bríos
de provincial la que antes
no hablaba más que un novicio!)
Inés
(En viéndonos disculpadas,
todas hacemos lo mismo;
no hay diablo que se averigüe
con nosotras.)
Don Enrique
¡Dueño mío,
mi bien, mi Leonor, señora…!
Leonor
¡A muy buen tiempo ha venido
el halago! Pero, a un triste,
¿cuándo a mejor tiempo vino?
Don Enrique
¿No hubiera sido peor
que a tanto aparente indicio
respondiera el sentimiento
perezosamente tibio,
y dado a la confianza,
que es la ruindad del cariño,
sucediera al no extrañarlo
el desdén del no sentirlo?
Leonor
No, pues pudo el sentimiento
mirar que hablaba conmigo.
Don Enrique
No está en mano del dolor
el nivel de los sentidos.
Leonor
Hasta quejarse cortés,
yo perdonara el delito.
Don Enrique
Celos y consejos, ¿quién
en el mundo los ha visto?
Leonor
Nadie, que no ha visto nadie
tanto decoro ofendido.
Don Enrique
Desaires de desatento
suelen ser galas de fino.
Mira, Leonor…
Inés
Ea, señora,
¿qué hacen dos desatinillos
celosos hoy más o menos?
Chacón
Faraona de poquito,
enternécete.
Leonor
Es en vano.
Mi padre espera a mi tío;
mi tío, ya receloso
de nuestro amor, sabéis que hizo
tantos extremos; aquella
mentira, que de un peligro
nos sacó, durar no puede
con quien es tan conocido.
Y pues hoy tengo, ofendida,
ocasión para decirlo
—que quizá sin ella no
me atreviera—, no es… Mas ruido
siento en la escalera.
Dentro pasos.
Chacón
¿Qué
importa? Guitarra pido,
como iglesia.
Inés
Don Juan es.
Aquí no entra lo fingido.
Retírate, que él se irá
en oyendo que aún no vino
mi señor.
Don Enrique
¿Ves, Leonor, cuánto
ibas a decir y has dicho?
Pues venga tu enojo, venga
tu ausencia, venga tu olvido,
como no vengan tus celos.
Escóndense, y sale don Juan.
Don Juan
Perdonad si inadvertido,
en fe de tener licencia
del señor don Diego, piso
estos umbrales.
Leonor
Mi padre,
señor don Juan, no ha venido.
Si tenéis que hablar con él,
aquél es su cuarto; idos
en él a esperarle.
Don Juan
(Honor,
licencia de hablar te pido,
de albricias de la esperanza
con que de cobrarte vivo,
un breve rato en mi amor,
que no hallaré en muchos siglos
otra ocasión.)
Leonor
¿Qué esperáis?
Su cuarto es aquél.
Don Juan
Deciros
que, pues ya, bella Leonor,
habéis a esa reja oído
tantas veces de mis ansias,
en ecos de mis suspiros,
la verdad con que os adoro,
la fineza con que os sirvo,
por ofendida no os deis,
si acaso mis desvaríos
—adelantando favores
de otras honras que recibo
de vuestro padre, que vos
no habéis de oír hasta el fijo
punto que suene primero
mi dicha en vuestros oídos
que mi desdicha— me atreven
a ofrecer en sacrificio
al templo de vuestro amor
el más postrado albedrío
que vio arder en sus altares,
a cuyas aras aspiro,
en fe de que podrá hacerme
dichoso, pero no digno.
Vase.
Inés
¡Esto sólo nos faltaba!
sale [Chacón]
Chacón
Y poco aguardar nos hizo.
sale [Don Enrique]
Don Enrique
Y ahora, señora Leonor,
¿qué haremos de lo sentido?
¿Ve usted cómo aquel amante,
que tantas veces ha oído
a esos umbrales sus ansias,
a esas rejas sus suspiros,
a tratar su boda viene,
en fe de que…?
Leonor
¡Enrique mío…!
Don Enrique
Aquí no hay Enrique, puesto,
ingrata, que haber fingido,
para arrojarme de ti,
la venida de tu tío,
sobre extremos que estimarlos
debieras más que sentirlos,
sólo ha sido que la boda
de quien tan atento y fino
licencias que tiene pide,
te estaba hablando al oído.
Leonor
¡Plega al cielo…!
Don Enrique
No, no jures;
que no hay, ni ha de haber, ni ha habido
aquí otra dama: en tu cara
y con tu nombre te ha dicho
si has oído, o no, sus penas.
Y ya que esta razón vino,
Leonor, aquí la razón
tenga que no había tenido:
ratificado el dolor,
yo también me ratifico
en que eres falsa y mudable;
y pues sé de qué ha nacido
el despedirme, cruel,
con tan no usado desvío,
pudiendo tú pronunciarlo,
¿qué haré yo, fiera, en cumplirlo?
Adiós, pues.
Chacón
Escucha.
Inés
Espera.
Don Enrique
En vano es. ¿No habéis oído
que su padre a su tío aguarda?
¿Que, receloso su tío,
no ha de dudar en mi engaño?
¿Que yo…? Mas ¿qué lo repito?
Adiós, a no más ver.
Leonor
Mira…
Don Enrique
¿Qué he de mirar más que miro?
Leonor
Que no es culpa ser amada.
Don Enrique
Si no lo es serlo, es oírlo.
Suelta.
Leonor
¿No basta mi ruego
a detenerte?
Don Enrique
Es delirio.
Leonor
Pues vete, que no he de verte
que de él hagas desperdicio.
Don Enrique
Agora no me quiero ir,
sin que sepas…
Leonor
No he de oírlo.
Don Enrique
Ni yo decirlo tampoco.
Leonor
Adiós.
Don Enrique
Adiós.
Al entrarse, sale don Diego [y Celio].
Don Diego
¿Es ya iros,
maestro?
Don Enrique
Habemos acabado
con todo ya.
Don Diego
¿Y cómo ha ido?
Don Enrique
Esta vez no negará
cuán ciertas mudanzas hizo.
Don Diego
Mire que le he menester,
y que traiga los amigos
con todos los instrumentos,
porque muy presto imagino
que tendremos boda en casa.
Don Enrique
Siempre estoy para serviros.
Vase.
Chacón
Eso he de hacer yo, pues sólo
para eso, señor, le sigo
a cuantas liciones va,
tomando de ellas avisos
de dónde hay festines.
Don Diego
Pues
¿qué es, hidalgo, vuestro oficio?
Chacón
Toco el violón, y soy maestro
de los demás violoncillos,
y a las bodas desta casa
traeré todos mis ministros.
Vase [él y Inés].
Don Diego
Leonor,
si luego lo he de decir
a don Juan, el repetir
excusemos.
Leonor
Él, señor,
rato ha que en tu cuarto espera.
Mas ¿cómo lo sabré yo,
sin repetirlo, si no
lo oigo allá?
Don Diego
Desta manera:
di, Celio, a ese caballero
que entre aquí.
[Vase Celio.]
Tú, con Beatriz,
oye a esa puerta el feliz
reparo que dar espero
a este amoroso desmán,
de él librando a Beatriz bella,
casando a Félix con ella,
sin sospecha de don Juan
en que él fue el que le ofendió.
Leonor
¿Cómo es posible consigas eso?
Don Diego
Con sólo que digas
tú que, sin saberlo yo,
a Beatriz has amparado,
cuando veas que conviene.
Y retírate, que él viene.
Vase Leonor, y sale don Juan.
Por excusar el enfado
de un hombre que ha de venir
a buscarme, estar no quiero
en mi cuarto; y pues infiero,
para lo que he de decir,
que éste es lo mismo, escuchad:
advertido y recatado
toda la ciudad he andado,
sin que en toda la ciudad
haya un hombre que de vos
ni Beatriz se acuerde, y bien
se ve hay yerro, pues no hay quien
tome en la boca a los dos,
ni en fuga ni en galanteo;
porque luego se dijera,
se hablara o se trasluciera
a quien iba con deseo
de saber qué se decía.
Don Juan
Mal puede dejar de ser
lo que yo llegué a oír y ver,
y faltar (¡ay, suerte mía!)
Beatriz de casa.
Don Diego
Oíd ahora,
que ya que esa nueva no
os traigo, os traigo otra: yo
volvía a casa (¿quién lo ignora?)
triste de que no alcanzara
a imaginar ni entender
lo que os ofrecí saber,
cuando don Félix de Lara,
que pienso que es vuestro amigo,…
Don Juan
Y mucho.
Don Diego
…al paso salió,
y en una cosa me habló
que, aunque hago mal si la digo
en esta ocasión, peor
haré en callarla, porque
sobre aviso estéis.
Don Juan
¿Qué fue?
Don Diego
Que en fe de ser servidor
vuestro, os hable —dejo aquí
los más nobles cumplimientos,
obsequios y rendimientos
que en toda mi vida vi—
en que, pues que vos sabéis
su hacienda y su calidad,
hagáis deudo la amistad,
y que licencia le deis
de pediros por esposa
a Beatriz divina y bella.
Don Juan
¡Ay, Beatriz! ¡Cuál es mi estrella,
pues siendo aquésa la cosa
que más pudiera desear,
sólo por ser dicha mía
viene en tan infausto día
que me es forzoso negar
lo que pidiera, pues no,
en pena tan inhumana,
hay quien sepa de mi hermana!
[Sale Leonor.]
Leonor
Sí hay, señor don Juan.
Don Juan
¿Quién?
Leonor
Yo,
que aunque aventure dos quejas,
con mi padre una, que haya
escuchádole curiosa,
y otra que tenga en su casa,
sin que él lo sepa, a Beatriz,
ni ésta ni aquélla me espantan,
para que no sean primero
su honor, su opinión y fama,
que ambos enojos.
Los Dos
¿Qué dices?
Leonor
Que oigáis, y sabréis la causa.
Sin que Beatriz lo supiera,
la traición de una criada
a aquel hombre —sea el que fuere,
que no es bueno para nada
añadiros un rencor—
introdujo en vuestra casa.
Ella, temiendo el enojo
más que la razón, turbada,
habiéndonos hecho amigas
los estrados de otras damas,
mientras dispone un convento
adonde a morir se vaya,
por no vivir con quien tuvo
una presunción tan baja,
se vino a valer de mí.
¿Qué consecuencia más clara
hay que no irse a valer de él
para saber que no estaba
cómplice, ni qué decoro
más que el hallarla en mi casa
y a mi lado?
[Salen Beatriz, Inés y Juana.]
Beatriz
Y porque veas
que el temor que no escucharas
mis disculpas me hizo huir
más que el temer que me hallaras
culpada en igual delito,
humilde estoy a tus plantas,
pidiéndote a ellas, en fe
que otro empeño no me arrastra,
que me cases con don Félix,
si es don Félix quien te agrada,
porque en mí no hay elección.
Don Diego
Aunque debiera con causa
quejarme, Leonor, de ti,
que tal huéspeda me guardas,
eso, y la curiosidad
de oír lo que a don Juan hablaba,
en hallazgo te perdono.
Don Juan
¿Quién creyera dicha tanta,
cuando más desesperado
me vi de poder hallarla?
Deja, Leonor, que a tus pies
una y mil veces…
Leonor
Levanta,
don Juan, que no a mí, a Beatriz
ha de ser a quien se haga
el rendimiento, y pedirla
perdón de que imaginaras
de ella semejante acción.
Don Juan
Señora, Beatriz, hermana,
¿quién en tan no imaginado
lance tan cuerdo se hallara,
que no se arrojara ciego?
Beatriz
Quien viera que en mí se guardan
su sangre y su obligación.
Inés
(¡Ay, pobrecillos, y cuántas
veces rogáis ofendidos!)
Don Diego
Justos sentimientos bastan;
y pues don Félix, don Juan,
con la respuesta me aguarda
—que claro está que no había
de darle a entender la falta
de Beatriz—, habéis de ser
vos el que habéis de llevarla,
y las vistas de las bodas
han de ser hoy en mi casa,
diciendo que Beatriz vino,
por convalecer sus ansias,
a visitar a Leonor.
Inés, compón tú la casa,
por si él avisa a sus deudos.
Tú prevén bebidas, Juana,
y dulces. Y tú avisar
al maestro de danzar manda,
por si quieren divertirse.
Vamos, don Juan.
Don Juan
Cuanto mandas
obedezco agradecido.
(Pues ya vino una esperanza,
enseñe el camino a otra.)
Don Diego
(Todo presumo que tarda;
que la hora de echar no veo
este embuste de mi casa.)
Vanse los dos.
Beatriz
Bien, Leonor, ha sucedido.
Leonor
Sólo una cosa nos falta.
Beatriz
¿Qué es?
Leonor
Que licencia me des
para ofrecerte una gala;
que no has de estar de visita,
si alguien viene, como estabas
cuando de casa saliste.
Juana, ve con ella, y dala
aquel vestido que aún no
he estrenado.
Beatriz
En todo andas
tan cabal, que sólo puede
darte el silencio las gracias.
Vanse [don Diego y Beatriz], y salen don Enrique y Chacón.
Chacón
¿Es posible que te atrevas
a volver aquí?
Don Enrique
Si nada
tengo que perder, perdida
Leonor, di, ¿de qué te espantas?
Pues no digo, habiendo visto
que fuera su padre salga;
pero aunque en casa estuviera,
hoy desesperado entrara.
Leonor
¿A qué, señor don Enrique?
Don Enrique
A sólo decirte —¡ah, falsa!—
que, pues quieres que me ausente
a no estorbar la tratada
boda de ese nuevo amante,
fingiendo para eso causas
que ni son ni serán, veas
que es mi pasión tan hidalga,
tan caballeros mis celos,
mis penas tan cortesanas,
que, porque nunca un testigo
de pasadas dichas haya,
te traigo hasta las memorias.
Rompe unos papeles, y álzalos Inés.
Éstas son, Leonor, tus cartas,
éstos tus papeles, éstos
tus favores: toma, ingrata,
y llévese las cenizas,
ya que se llevó la llama,
aquel aire, y no sea donde
topen con mis esperanzas.
Leonor
Si yo en mi mano tuviera,
Enrique, la soberana
majestad de los ajenos
albedríos, yo mandara
que nadie me amase; pero
si yo…
Inés
Discursos ataja,
que como iban a buscar
a quien aguardando estaba
con gana de que le hallasen,
con él vuelven todos.
Leonor
Nada
importa que aquí te vean,
que antes a buscarte andan
para que esta noche asistas
aquí.
Don Enrique
¿Qué querías, tirana?
¿Que festejara mis celos
otra vez? Una, ¿no basta?
Leonor
Pues ¿qué has de hacer?
Don Enrique
Que pues una
vez por tu gusto me mandas
esconder, yo por mi gusto
me esconda otra: ya la cuadra
sé, que huéspedes reserva
este cuarto…
[Escóndese.]
Leonor
Espera, aguarda.
Chacón
Entróse, con que es forzoso
que yo también tras él vaya.
No por el violón pregunten.
[Vase.] Salen todos.
Inés
(Atención con la primera necedad.)
Don Félix
Si yo pensara
que era mérito la dicha,
bella Beatriz, disculpara
a los que presumen necios
que merecen lo que alcanzan;
pero conociendo que es
dicha y no mérito, nada
podrá acusar a quien llega
hoy tan rendido a mirarla,
que la ve como fortuna
y no como confianza.
Beatriz
Ya mi hermano por mí hablado
habrá, y no es bien, en tal causa,
siendo suyas las razones,
sean mías las palabras.
Don Félix
Vos perdonad, Leonor bella,
no ser la primera que haya
saludado, que aquí dicen
que la turbación es gala.
Leonor
Tan grande dicha, don Félix,
gocéis por edades largas.
Don Juan
(¡Dichoso yo, que salí
de confusiones y ansias!)
Don Diego
Sentaos, y los cumplimientos
cesen, mientras…
¡Para, para! Dentro
Don Diego
Pero ¿qué alboroto es éste?
Sale Celio.
Celio
¡Albricias, señor, me manda!
Don Fernando, mi señor,
es quien de apearse acaba.
Don Diego
¿Mi hermano? Toda la dicha
hoy se me ha venido a casa.
Don Juan
Bajemos a recibirle todos.
Inés
(Sólo nos faltaba
esto, señora.)
Leonor
(Mal puede,
siendo desdicha, hacer falta.)
Sale Don Fernando.
Don Diego
Los brazos una y mil veces
me dad.
Todos
Y a todos las plantas.
Don Fernando
A vos, hermano, y a todos,
sobre los brazos, el alma.
¡Leonor mía!
Leonor
Que me des
la mano mi amor aguarda.
Don Fernando
Si haré. Pero porque no
de esa suerte estés, levanta.
Perdonad no conoceros
vos, señora, aunque me basta,
para ser vuestro, el hallaros
honrando a Leonor.
Beatriz
Esclava
suya, y vuestra.
Don Diego
La señora
doña Beatriz es hermana
de don Juan César, y esposa
hoy de don Félix de Lara;
y digo hoy, porque he tenido
yo la dicha de que se hayan,
para las primeras vistas,
valido de mí y de mi casa.
Ved si puedo recibiros
con más gusto, pues nos halla
de fiesta vuestra venida.
Don Fernando
Mucho siento el perturbarla;
pero es forzoso mezclar
su ventura y mi desgracia.
Don Diego
¿Qué desgracia?
Don Fernando
Apenas una
legua de aquí, en una zanja
del camino cayó el coche
desde una quiebra tan alta
que fue milagro no hacernos
pedazos. Traigo estropeada
una pierna, y dolorido
todo este lado; importara
sangrarme luego.
Don Diego
¡Jesús
mil veces! Abre esta cuadra,
que estos señores darán
licencia, Inés.
Todos
Y con harta
pena de todos.
Don Diego
Al punto
la adereza, y haz la cama.
Leonor
(¡Ay de mí infeliz!)
Don Diego
¿Qué esperas?
¿Qué te detienes? ¿Qué aguardas?
Inés
No sé de la llave, como
ha tanto que ahí no se anda.
Don Diego
¡Para venir como viene,
es buena esa flema!
Inés
Aguarda,
que ya a buscarla voy.
Don Diego
No
haré tal.
Leonor
¿Qué haces?
Don Diego
Aparta:
echar la puerta en el suelo.
Abre la puerta y ve a los dos.
Mas ¡ay de mí!, otra es la causa.
¿Quién aquí se oculta?
Chacón
El maestro
de danzar y el camarada
del violón, que hemos entrado
sólo a buscar la guitarra.
Don Enrique
Ya no es tiempo de eso. Quien,
a pesar de todos, salga.
Todos
¿Cómo podrás conseguirlo?
Don Enrique
A costa de vida y alma.
Don Diego
Teneos todos, que no es
duelo de tanta importancia;
que es el maestro de danzar
de Leonor, y esta criada
le habrá ahí metido; bien dice
su turbación con su infamia.
Y así más cuerdo y mejor
es que castigado vaya
con ella que muerto a manos
nuestras. ¿Qué esperáis, pues? Dadla
la mano, y cargad con ella.
Inés
Por mí, de muy buena gana.
Don Enrique
Y por mí…
Don Fernando
¿Qué veo? Traidor,
¿tú aquí?
Don Diego
¿Quién es?
Don Fernando
Quien te engaña,
don Diego, porque el que ves
es don Enrique de Ayala.
Y pues con ese disfraz
le hallo escondido en tu casa,
después de muchas sospechas
en la mía, de que ama
a Leonor y ella le admite,
no es tiempo de callar nada,
sino de vengarlo todo.
Don Diego
¿Qué es lo que escucho? En ti, ingrata,
empezará mi rencor.
Don Juan, delante de Leonor, detiene a don Diego.
Don Fernando
Y en ti, tirano, la saña
de mis primeras injurias.
Beatriz
Félix, el honor restaura
de quien restauró mi honor.
Don Félix, delante de don Enrique, detiene a don Fernando.
Chacón
Acuérdate de la plaza
de la Olivera, mujer.
Beatriz
Y más siendo los que matan
los que me han dado la vida.
Don Juan y don Félix
¿Quién se vio en confusión tanta?
Deteneos.
Don Fernando y don Diego
¿Qué es tenerme?
Leonor
Don Juan, tú mi vida ampara.
Don Enrique
¡Ah, cruel! ¿Otro no había
de quien valerte?
Don Juan
No hallara
otro que pudiera hacerlo
con presunción más hidalga,
pues halla su obligación
donde pierde su esperanza.
Don Diego
¿Cómo contra mí, don Juan,
después de finezas tantas
como vos me debéis?
Don Juan
Como
con esto intento pagarlas,
pues os doy lo que me disteis.
Don Diego
Yo os di el honor y la fama.
Don Juan
Yo también aquesa deuda
os vuelvo en la misma paga.
Don Diego
¿Y qué es?
Don Juan
Que hagáis la desdicha
que es precisa, voluntaria,
y lo que calla el agravio
no lo dirá la venganza.
Don Diego
Ese consejo cayó
sobre sangre ilustre y clara.
Don Fernando
Si él fue bueno, y eso es
lo que al admitirle falta,
¡así fuera la intención
del que tu respeto agravia,
como es su sangre! Porque es
de las familias de España
más ilustres.
Don Diego
Mal podré,
si con mi razón me atajan,
dejar de tomar consejo
que di a otro. Dale, ingrata,
la mano a ese caballero,
porque no quiero mañana,
lo que el agravio no diga,
que lo diga la venganza.
Chacón
Ponle, Inés, impedimento,
pues que con otra se casa,
después de casar contigo.
Inés
No estoy agora de gracias.
Señores, ¿que un día que sólo
se vio a pique la criada
de casar con el galán,
hubiese estorbo? ¡Mal haya
mi alma y mi vida, si a nadie
le dejare hablar palabra
en orden a que den todos
a su fortuna las gracias,
viéndose Félix dichoso
con su Beatriz, con su amada
Leonor Enrique, don Juan
con su opinión restaurada,
don Diego con igual yerno,
Fernando con tal venganza!
Todos
Pues ¿qué has de hacer?
Inés
Decir sola
yo, llena de penas y ansias,
que aquí El maestro de danzar
venturosamente acaba.
Leonor
No nos quitarás, por eso,
que nuestras voces añadan:…
Todos
…pidiendo a esos reales pies
el perdón de nuestras faltas.
FIN

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TextGrid Repository (2026). Calderón de la Barca, Pedro. El maestro de danzar. CalDraCor. https://hdl.handle.net/21.11113/4gc19.0